Los personajes son de Susana Colinas pero The Sexy Girl es mi historia!

Nos leemos abajo!


Capítulo 21

Me dejé llenar por el aroma de su camisa, que se había transformado en mi ropa de dormir. Las volutas de su perfume se impregnaban en mi piel desnuda y caliente. Sentí los ojos hinchados e irritados, producto del ataque de llanto que había tenido la noche anterior.

Bajé las escaleras, así despeinada y acurrucada en su ropa, descalza, frágil. Allí en el interior de su cocina estaba el rubio, que pareció adivinar mi presencia, ya que sin voltearse a verme me dijo.

–Has llegado justo para el desayuno– Se dio media vuelta y me regaló una sonrisa sincera y tierna– ¿Cómo has amanecido? ¿Pudiste dormir un poco más aliviada?

…Y como si una epifanía de los dioses me llegara, corrí a sus abrazos…otra vez. Sus dedos se enmarañaron en los míos, podía percibir el pulso desbocado correr por sus venas. Su respiración seguir la mía. Su calor y el mío se unieron. Sentí como mi cuerpo solo deseaba sentir más carne, más piel, más Peeta. Solo quería quedarme, quedarme allí acurrucada como si fuese una niña pequeña. Sintiendo como si mi lugar fuese ese, un lugar confortable donde dejarme morir. Sus labios se apoyaron en mi frente, besándola, corriéndome un impulso eléctrico dentro. Se separó de mí y me acomodó sobre una de las sillas. Sentí el frío y el vacío, me sentí desnuda sin su dermis como protección.

–Espero que te guste el chocolate caliente– Me dijo con una media sonrisa dulce mientras me servía una taza de ese líquido ébano y espumoso. Tomé la taza con ambas manos absorbiendo la calidez de la bebida, respirando el olor al cacao y el perfume de las notas de azúcar. Bebí un sorbo de chocolate dejándome reconfortar por aquel líquido, esperando que algo mágico en él derritiese el hielo que reinaba en mi interior, que reviviera lo muerto que había en mí, que calentara un poco mi corazón entumecido.

Peeta me acompañó en silencio, nunca entendí si fue miedo de decir algo erróneo o por respeto a lo sucedido la noche anterior en casa de Finnick. Se me hizo un nudo en la garganta al recordar los ojos de Peeta mirando cómo me derrumbaba ante su consuelo. Como entre sollozos y palabras a medias le explique lo que había sucedido. Mi estado histérico y poseído no me dejó percibir como le había sentado la noticia.

Levanté la vista y pude ver a ese mismo Peeta que hacía unos meses atrás había conocido por primera vez. Sus ojos seguían las letras impresas de una carta, sus pestañas curvas y doradas acompañaban el movimiento de su mirada, sus parpados blancos se cerraban delicadamente como si fuesen el aleteo de una mariposa. Podía nombrar cada detalle que encontraba en él, cada detalle que me parecía nuevo y fresco como si fuese otro Peeta, otra persona; o mejor dicho como si fuese el verdadero Peeta, el de siempre, el niño bueno que conocí una noche hace ya; casi; tres meses.

Llevé la taza a mi boca, sorbiendo con cuidado el chocolate, deleitándome con su sabor. Tenía tantas cosas en la cabeza que no podía pensar en nada, eran tantas cosas que ninguna tenía mi entera atención. La risa del rubio me despertó. Levanté la vista, atónita, y me encontré con un Peeta sonriente que me miraba fijamente mientras ladeaba la cabeza. Y antes de que preguntase que sucedía, me contestó.

–Es muy cómico verte con la cara tan seria y arrugada, y un gran bigote de espuma en los labios

Instantáneamente me llevé la mano a la boca buscando y limpiando el resto de espuma. Percibía las mejillas coloradas por la vergüenza, sintiéndome una tonta y deseando que la tierra me tragara.

Peeta dejó su lugar en la mesa acercándose a mí despacio, se inclinó y coló sus dedos sobre mis labios.

–…Te quedaba un resto…– Me sonrió tímidamente ante mi eclipsada mirada.

Nuestras miradas se encontraron y se fundieron en algo más inexplicable que el deseo, que el apetito. ¿Podría llamarse amor?

No contuve más las ganas y estiré mi cuello lo más que pude para poder llegar a mi meta, su boca. Esa boca dibujada y perfecta, rosada y suave, carnosa y apetecible. Ataqué sus labios con mis dientes, mordiendo su carne tierna y caliente. Mi boca se devoró la suya de un solo bocado, mi lengua acariciaba sus labios mientras esperaba su reacción. La cavidad de Peeta se abrió como las puertas de un castillo ante la llegada de su reina, presionó más su boca en la mía mientras sus brazos fuertes se cernieron sobre los huesos salientes de mi cadera. Dejé que su lengua se empapara de mi saliva, que recorriera cada centímetro y que me penetrara con más profundidad y avidez. Sabía tan dulce, sabía a azúcar y chocolate, sabía a pasión.

Mis brazos se abrazaron a su cuello y mis manos jugaron con su cabello trigueño y dócil. Teníamos tanta hambre de nosotros que nuestras lenguas se enrollaron con tanta fuerza que ninguna de las dos quería ceder terreno. Sus dientes se clavaron en mi labio inferior, hinchándolo y mordisqueándolo con un descuido sumamente placentero. Sus labios succionaron las comisuras de los míos, robándome sugestivos gemidos mientras revolvía su pelo en forma desesperada.

Con la punta de los pies hice presión contra el suelo y dejé que la silla se escapara por detrás, cayendo entera sobre su cuerpo. Sus manos se ajustaron a mi espalda sosteniéndome mientras me sentaba sobre él. El contacto de su intimidad contra mi bajo vientre me encendió más de lo que ya estaba. Ansiaba tenerlo dentro, dentro de mi cuerpo, dentro de mi sexo, dentro de mí. Aprovechamos ese momento para recobrar un poco el aliento. La desesperación de ambos era demasiada evidente y demasiado fuerte como para detenernos. Habíamos abierto una puerta que ya no podíamos cerrar, no podíamos y no queríamos dejar las cosas en este punto.

La punta recta de su nariz me acarició el cuello, su aliento me rozaba la piel, la proximidad era tanta que parecía tan distante anta la incontrolable desesperación de tenerlo más cerca. La calidez de su saliva se evaporó al contacto abrasivo de mi piel. Sus dientes y su boca se encargaron de reclamar ese punto como suyo.

Jadeante y sumamente excitada suplicaba que me hiciera suya.

– ¡Por favor Peeta…hazme el amor!

– ¡Joder Katniss! ¡No lo digas más! Me vuelve loco que me lo pidas así

–Por Dios, Peeta…te ruego que me hagas el amor

Peeta apenas subió la mirada para contemplar mi cara enajenada y desdoblada por la calentura que sentía y se dedicó nuevamente a comerme la boca con más urgencia y pasión que antes. Sus dedos se posaron sobre la camisa que llevaba puesta, buscando los ojales y botones que me hacían estar vestida. Botón por botón fue liberándome de la prisión de mi prenda.

La camisa quedo a totalmente desabrochada dejando libre mi piel oscura, mostrando la tez del centro pero no mi pechos. Las yemas de los dedos del rubio latían rítmicamente al contacto con mi esternón, estaba tan sensible a sus caricias que podía sentir hasta sus huellas dactilares. Sus dedos recorrieron toda esa carne que mi prenda no cubría mientras yo me deleitaba observando sus gestos al tocarme tan íntimamente.

Era la primera vez que nos permitíamos un contacto tan cercano, la primera vez que dejábamos atrás la razón y nos llevamos por el deseo.

Era tan delicado y suave como el rose de una pluma, su piel era algodón; blanca y suave. Me mordió el labio inferior tratando de que mis jadeos no salieran a la luz, pero era tan difícil no ceder ante Peeta. Era como un aire refrescante, esos que llegan y te obligan a dejarte ir con ellos, esos que duran tan poco, esos donde cierras los ojos y te sientes volar. Así me sentía, volar.

Respiré profundamente y largué un suspiro prolongado y hondo. La cara de Peeta se levantó y me esculcó con esos ojos azules brillantes, y no pude más que rezar para que acabara con la tortura y me poseyera de una vez.

–Hazme el amor Peeta, lo imploro...por favor...

–No puedo...–Me dijo mientras tomaba los extremos de la ropa cubriendo aquello que antes se encargó de dejar libre.

Lo miré sorprendía. No entendía por qué no quería si tantas veces antes se había encargado de dejar claro que quería hacerme suya.

– ¿Por qué no?– Pregunté molesta

–Porque nunca he hecho esto antes

–Peeta Mellark...acaso... ¿eres...eres virgen?

–...Sí...lo soy. Voy a decepcionarte Katniss

–No Peeta, no lo harás...

–Sí lo haré. Sé que lo haré

No sé cómo hizo pero se despegó de mí, se levantó del suelo y me dejó allí, sola y atontada. Me tomé unos minutos pero entender qué diablos había sucedido.

¿Eran acaso nervios porque era su primera vez o es que había encontrado algo malo en mí? La idea que no le gustase, después de todo, me golpeó con furia directo al corazón. Y dolió. Dolió sentir el rechazo del rubio. Así que así se sentía no ser correspondida...se sentía un asco, una mierda.

Cobré el sentido y estaba dispuesta a tomar mis pertenencias y largarme que allí, dejando atrás todas esas cosas que sentía por Peeta, dejando atrás mis estúpidas añoranzas de fundirme en su cuerpo, dejando atrás el placer enorme que generaban sus ojos en mí.

Pero lo vi allí, abatido, pensativo, hasta avergonzado, tirado sobre el sofá el salón. Y esa ira que minutos antes había corrido por mis venas se esfumó como el humo en el viento. Dudé unos instantes antes de acercarme a él pero tenía que terminar de entender que era lo que realmente le había sucedido. Así que cobré valor y me acerqué, esperando la respuesta más coherente que sonaba en mi cabeza; el rechazo.

– ¿Es solo eso?

Peeta tenía las manos en la cara, cubriéndose de mi mirada. No se molestó siquiera en mirarme, solo siguió ahí, oculto y estático sobre el sillón.

– ¿...O es que hay algo malo conmigo? –No me dijo absolutamente nada, el silencio parecía infinito y golpeaba duro, más duro que el golpe en la piel.

– ¿...Es que te doy asco?... ¿Es eso?... Dímelo Peeta… Dímelo de una maldita vez así puedo dejar de ilusionarme y largar de una buena vez

Peeta se acomodó en el sofá, se sentó derecho pero con la cabeza a gachas, jugueteo un rato con sus manos hasta que por fin se dignó a contestar.

–Ya te lo dije...voy a decepcionarte. Y no me das asco ¡joder! Eres la cosa más preciosa que alguna vez mis manos tuvieron el honor de tocar.

– ¿Entonces?

–...Entonces...siento que no estoy a tu altura, que mereces un hombre mejor, alguien con más experiencia, alguien que te dé el placer que necesitas, alguien que se haga sentir una verdadera mujer, alguien que quieras, que desees con cariño y amor. Y ya hemos tocado este tema Katniss. Sé perfectamente qué opinas al respecto

–Tú me haces sentir más mujer que cualquiera– Los ojos de Peeta me observaron con asombro y una gota de recelo– Tan solo con una mirada, tan solo con una sonrisa, tan solo con saber que existo en el mundo...tan solo con eso, ya, me haces más mujer que cualquier otro hombre

– ¿Y el amor donde queda en todo esto?– Me escupió en forma belicosa y mordaz.

–El amor queda para los que se pueden permitirse eso. Y como bien me lo acabas de decir, ya sabes mi postura con respecto eso

La boca del Chico del Pan se abrió veloz y violenta pero la palabras no salieron de su garganta, solo quedamos en silencio. Entonces aproveché la ocasión para remarcar aún más mi posición.

–A demás…teníamos un trato ¿lo recuerdas? Cliente–Dije señalándolo– Prostituta–Señalándome.

–Lo recuerdo– Musitó entre dientes.

Me senté a horcadas sobre él, y volví a pegar mi boca con la suya. Peeta no pudo más que comenzar a besarme suavemente y poco a poco comenzar a mover sus labios en formar frenética y famélica. Su lengua recababa cada espacio de mi boca, bebiendo un poco de mí, consumiendo mis suspiros y jadeos. Las cosquillas volvieron a concentrarse en el sur de mi cuerpo, ese lugar tan receptivo a todos sus actos. Sus brazos fibrosos se envolvieron en mi espalda, cortando la distancia que nos separaba. Nuestros organismos se adhirieran como si nuestro destino fuese estar fijados siempre uno al otro.

Y aunque el aire era cada vez menos y necesitara respirar para seguir con vida, no podía dejar de engullir la boca tersa y jugosa; como si esta fuera la forma más placida de morir. A duras penas me separé de él, recobrando un poco el oxígeno y la cordura; aunque era en vano tratar de hacer funcionar mi cabeza ya que estaba totalmente narcotizada por el goce.

Sus dientes roían mi mentón, mi quijada, mis labios; hincándose con furia y erotismo, hinchando el camino que seguían, robándose mis gemidos más sensuales. Mis manos se deshicieron de la prenda que llevaba en sima y buscaron las del rubio para luego colocarlas sobre mis pechos turgentes y sensibles.

– ¡Dios Katniss! Te deseo tanto…–Sollozó con la voz ronca.

– ¡Pues tómame!– Levantó la mirada y un residuo de duda se dejó entre ver en ellos– Peeta…no pensemos más. Dejemos las cosas así, ya lo veremos con el correr del tiempo

–Vale…–Me dijo un poco inseguro.

Acomodé mis manos sobre las suyas, obligándolas a estrechar mis senos, ganándome una mirada penetrante y fija por parte del chico del pan.

–Te deseo con locura Peeta…Hazme el amor

Mis palabras le dieron confianza para volviera a mis labios con más premura y prisa que antes, introduciendo con codicia y ambición su lengua en mi garganta. Mordisqueando mis pezones con afán y anhelo, succionando con fuerza y frenesí, deleitándose con ellos y yo disfrutando y gimiendo con cada sorbo.

La dureza y erección de Peeta se sentía tan bien bajo de mis muslos. La humedad de mi intimidad no era para nada disimulada, estaba sumamente excitada y acalorada. Las palpitaciones de mi vagina eran cada vez más rítmicas y ardientes, deseosas y expectantes de recibir su hombría en ella.

Le sustraje la camiseta en un movimiento certero y apurado, dejando su torso musculoso y formado, desabrigado. Cada musculo estaba perfectamente torneado y firme, con algunas cicatrices producto de su labor en la panadería. Su piel era tersa, suave, blanca y sedosa; apenas cubierta por algunos bellos dorados.

Era tan fácil resbalar mis yemas por su superficie tierna y refinada, y sentir los latidos de su corazón latir con fuerza, sentir como se tensaba con cada toque de mis dedos, sentir como su rigidez crecía y despertaba más y más.

Ambos estábamos muy ansiosos y exasperados por sentirnos, así que nos liberamos del resto de nuestras vestiduras y quedando expuestos y liberados.

Todo su cuerpo era perfecto, simple y llanamente perfecto. Todas sus fibras tan marcadas y duras, con su miembro erecto, vigoroso, nervudo, venoso, enérgico. Me mojaba con solo verlo, con solo anticiparme al tocarlo, no tenía punto de comparación con otros, él era lo más cercano a la exquisitez y a la excelencia. Su sexo era ancho y corpulento, de la longitud ideal, con su glande rosado e hinchado, con sus bellos rizados y de un rubio más oscuro que el resto del resto de su cuerpo.

Me tumbé sobre el mullido sofá y la carne de Peeta reposó sobre la mía. Sus manos pasearon por mi vientre, por mi cintura, mi cadera, clavándose en mi masa y mis huesos, acariciándome como si la vida se le fuese en eso, como si mi figura fuera de cristal y vidrio, con sutileza y delicadeza, con avidez y determinación al mismo tiempo. Sus dedos se colaron en mi intimidad lubricada y mojada, jugando con mi clítoris, apretando mis labios, haciéndome retorcer de placer ante su atenta mirada. Mis uñas rasguñaban vivazmente el ancho de su espalda, descargando mi éxtasis entre arañazos y jadeos. Las pupilas nubladas del rubio se fijaron en mis ojos mientras acomodaba su cuerpo entre mis piernas. El roce de la punta de su pene me hacía arquear la espalda y gritar de impaciencia. Una sonrisilla se asomaba en la cara de Peeta, estaba gustoso de verme tan ansiosa de él. Cada segundo que pasaba me causaba una zozobra incontrolable.

Nunca estuve tan deseosa y dispuesta antes. Peeta me tenía hechizada completamente. Jugaba conmigo con tanta practicidad, como si conociera las formas más tortuosas para mi desasosiego, como si él fuese el experimentado y yo la novata, como si fuese un libro que él podía leer con facilidad. Y lejos de molestarme, más me rendía ante él, más suplicantes eran mis gemidos, más nerviosos mis ruegos, más demandantes mis deseos. Era un hueso duro de roer, tenía un carácter muy poco dócil y bastante indomable pero si algo había descubierto era que me encantaba sentirme domada, aunque más no sea en el sexo. Era receptiva, muy sensible, muy afín, a la sumisión. Podía dejar de yo misma, tan bestial, tan feroz, tan impermeable y dejarme llevar por la dominación y el poder que Peeta tenía sobre mí.

Por fin su hombría penetró mi femineidad. Mi interior se acopló a su intimidad. La fricción era tan estrecha, tan apretada. No había dolor, solo placer. Un placer y un goce tan infinito que es muy complicado de explicar. Los músculos de mi cuerpo se tensaron por completo, el aire se me hacía muy complicado de mantener en los pulmones, una presión se concentraba en mi bajo vientre.

…Y los movimientos de Peeta eran esplendidos, majestuosos, tan acompasados y coordinados con mi cuerpo. Cada estocada era un zarpazo, cada zarpazo una estocada. Penetrante, profunda, honda, abismal, violenta, deleitable, plácida, gustosa.

Sus brazos me atajaron con tenacidad y mis manos apretaron los huesos de su cadera buscando más inclusión.

Nuestros labios se unieron y se comieron con apetito inasible al tiempo en el que su ritmo subió y sus movimientos cobraron más profundidad y velocidad. Mi sexo apretaba más su sexo. Su sexo se enterraba más en mi interior. Su pelvis se frotaba contra mi clítoris, sobre estimulándolo, acelerando mi orgasmo, contorsionando mi ser de placer.

Mi orgasmo llegó primero, disfruté de cada milésima de segundo que duró. Hasta en eso era un auténtico caballero. Las sacudidas de Peeta eran más frenéticas y ajetreadas, estaba a punto de acabar cuando puede volver a sentir ese fuego que hacía segundos antes había experimentado.

Moví mi cadera en busca de más presión, sentía que iba a reventar, esta vez era más fuerte, más despertante por salir. Peeta se dio cuenta de ello y me miró sorprendido y algo altanero. Encontraba encantador y muy sensual que tuviera esas actitudes; de vez en cuando; sobradoras.

Estábamos fundidos uno con el otro, no se podía divisar donde terminaba mi sexo y empezaba el suyo, estábamos totalmente adheridos, consolidados en un solo cuerpo, ligados y llevados por el mismo placer, por la misma delicia, por el mismo regodeo; por el mismo orgasmo.

Gritó mi nombre cuando se vino. Grité su nombre cuando acabé. Ambos al mismo tiempo, en un solo grito, un grito desgarrador, un grito liberador, un grito que dejó entre ver algo de nuestras almas.

Nos tómanos un momento para recobrar el aliento, lo necesitábamos urgentemente. Como gotas de lluvia su frente estaba cubierta de sudor, su mirada volvía a recobrar el color azul mar que tenían, su cuerpo poco a poco se fue relajando, mientras su erección iba bajando hasta volverse blanda y flácida.

Acomodó su cuerpo en el sillón, recostándose y descanso su cabeza sobre la cabecera. Estiró su mano obligándome a descansar sobre él. Nos mantuvimos en silencio un buen rato. Solo disfrutando del silencio de la casa, del silencio de nuestras mentes, del silencio de nuestros instintos, del silencio de nuestras ganas.

–Ahora me va a ser imposible dejarte ir– Apenas salieron las palabras de su boca.

–…Peeta…–Suspiré, ganándome un casto beso en los labios y una mueca para que guardara silencio.

–No diré nada más preciosa. No quiero arruinar el momento con mis habladurías. No quiero arruinar el recuerdo perfecto y preciado de mi primera vez

–…De nuestra primera vez

Peeta me sonrió amable y ampliamente y yo le correspondí con un tierno beso y un estrecho abrazo.

Porque era verdad, para mí, esa, era mi primera vez.

Atrás había quedado lo ocurrido en casa de Finnick y mucho más olvidado y empolvado las marcas de Gale.

Las cicatrices que Peeta había dejado nunca cerrarían en su totalidad. Él siempre será el primer hombre para mí.


Hola mis perves! Bien no tengo mucho que decir esta vez solo que espero que dsifruten de este capitulo que tanto han ansiado. Ovbio que la historia no terminara aca, seguira el drama y la injusticia en la vida de esta chica pero con la presencia de Peeta mas a flor de piel. Espero muchos reviews con este capitulo, mas que nada para saber si le gusto. Perdonen pero mi forma de ser es un poco salvaje y poco romantica, no esperen cosas super melosas sacadas de un libro barato de poesia adolescente!

Las dejo y nosseguimos leyendo mis chicas!