Mi historia esta basada en los personajes de Sussane Collins
Nos leemos abajo.
Capítulo 22
Solo se oyó el ruido hueco de la taza vacía posarse bruscamente sobre la mesa. Había un vacío entre nosotras. Cosas que se sentían pero ninguna de las dos decía. Un abismo de silencio entre ambas. No había miradas con desdén, no había suspiro, no había nada. Sonido muerto entre Johanna y yo.
–…Y supongo que ahora vendrás con el cuento de que estas enamorándote de Peeta Mellark…
No respondí ante las palabras coléricas y envenenadas de Johanna. Solo me mantuve en silencio. No podía decirle que no…pero tampoco que sí; que sentía una especial atracción por el Chico del Pan.
–Duele…lo sabes ¿verdad?
–… ¿Duele?... ¡¿Qué es lo que te duele!?
Se sonrió enojada, exasperada por mi respuesta.
–Siempre tan inocente…tan en tu mundo que no puedes registrar los sentimientos ajenos
Se levantó de la silla y caminó por la habitación. Sus pasos crujían sobre las tablas de madera. Pesados y sin rumbo. Se detuvo un momento y se giró sobre sus talones para ver en dirección a mí, en dirección a esa esquina donde estaba parada desde que había llegado.
– ¿Qué debo hacer Katniss?– Sus palabras me dejaron atónita y desesperanzada. Creí encontrar ayuda en ella pero solo estaba recibiendo flechas ponzoñosas de su parte. No entendía como mis actos podían afectar a tantas personas. Bajé la mirada avergonzada. Sabía que no había actuado bien. Que fui egoísta y me dejé llenar de caricias y ternura. Cosas que no llenan un plato de comida. Entendía por en ese punto Johanna podía estar molesta. Pero había un capítulo de la historia entre nosotras que me había perdido.
–…No se Johanna, por algo acudí a ti –Contesté irritada.
Se acercó a un cajón, revolvió en silencio y al fin sacó una tableta de pastillas. Las dejó en la mesa, junto a un vaso de agua fresca.
–Tomate dos. Impedirán que el embrión se inserte en el útero; en el caso de que estés embarazada
Tomé las dos pastillas juntas tal y como la morena me lo había indicado. Había sido tan estúpida e irresponsable, que más allá de ir contra mis creencias, estas píldoras eran mi gran alivio. Me costó tragarlas pero al fin de unos segundos quedaron en mi estómago, derritiéndose, dándome la tranquilidad que necesitaba después de mi encuentro con Peeta y Finnick.
–Posiblemente te den náuseas y mareos. No te alarmes, es normal –Me dijo como si me hablara del clima. Su frialdad me resultaba extraña y dolorosa. El desapego era algo nuevo en nuestra relación. Ella siempre había sido tan comprensiva y cariñosa conmigo que este desafecto me retorcía en alma. Pero no era mi intención hacerle mal. Nunca quise lastimar los sentimientos de Johanna. Ella había sido desde un primer momento mi mentora, mi protectora, mi mejor amante, mi amiga. En ese momento solo era Johanna la madama y Katniss la puta. La amistad y la familiaridad se habían esfumado tan rápido como la espuma en el mar.
Tragué saliva y como pude le agradecí.
–No tienes porque, lo hubiese hecho por cualquiera de las chicas –El hielo de sus palabras acentuaban más la travesía que tendía que recorrer para recuperarla.
–Claro… ¿Le dirás a Haymitch y Snow?– Cuestioné preocupada.
Se tomó unos minutos, minutos que me parecieron largos e inciertos. Minutos donde sus ojos se volvieron más oscuros, debatiéndose entre el deber y el hacer. Carraspeó delicadamente.
–Si esa es tu preocupación déjame decirte que te quedes tranquila. No diré nada…ni a Haymitch y mucho menos al viejo –Estuve a punto de agradecerle cuando volvió a decir –Primera y única vez que voy a cubrirte en semejante cagada que te has mandado. No puedo creer lo estúpida e inconsciente que has sido. Me decepcionas mucho, Katniss
–También estoy decepcionada de mi misma, no te preocupes que entiendo tu indignación. No volverá a ocurrir –Me llené de coraje, me tragué las lágrimas y crucé el umbral de la puerta, dejando atrás mi mentora. Dejando atrás su confianza, su protección, su cariño, su ternura. Y sí. Dolía, mucho.
Una vez que llegué a casa Annie me recibía con una taza de humeante y fresco café. Hablamos de todo lo acontecido la noche anterior. Finnick, Peeta, Johanna, las pastillas. Pero Annie era como el agua, tan transparente y clara que en su mirada podía saber que ya lo sabía todo. ¿Cómo? Misterio.
–Dale tiempo Katniss. Solo necesita asimilar las cosas
– ¿Tiempo para asimilar las cosas? Pero ¿qué es lo que tanto tiene que asimilar?– Pregunté molesta. Es que entendía perfectamente que se sintiera traicionada pero al fin y al cabo era algo. Algo que por un par de monedas podía ser de cualquiera. ¿No debería haberse sentido decepcionada antes? ¿Qué tiene esto de diferente que con Gale? ¿Que con Finnick? ¿Que con cualquier otro que me ha tocado revolcarme antes?
–Pues que has elegido. Que has elegido entregarte a alguien. A alguien por elección propia. Esa es la gran diferencia entre Peeta y el resto. Que él no te compró. Él te tuvo porque tú así lo has querido
–No tuve opción…
– ¿No tuviste opción?– Repreguntó Annie cínicamente ganándose una mirada fulminante de mi parte –Es verdad que la gente como nosotras no tiene otras opciones pero este no es el caso. Corriste a su casa, en el medio de la noche, a sus brazos. ¡Hiciste el amor con él, por Dios Santo! ¡¿Y me respondes que no tuviste opción?! Quien es la irónica Katniss!?
Si, era una ironía, una hipocresía no responsabilizarme de los sentimientos que poseía por Peeta. Correr contra el frío cortante solo para arroparme en sus brazos no fue una reacción cualquiera, algo dentro de mi cabeza me dijo que ese era el lugar más seguro para mí.
Las medicinas hicieron el efecto esperado y el mareo no tardó en llegar. Me pasé todo el resto del día tumbada en la cama, hablando con Prim del instituto, de sus amigas, de ese chico que me nombraba demasiadas veces. Acompañé a mi hermana a casa de su nueva amiga, Rue. Una niña de su misma edad, de piel y cabellos morenos, de contextura chupada y huesuda; se notaba a la legua que también había pasado hambre.
Rue vivía en una pequeña casa en el límite de La Veta y el bosque, junto con su anciana abuela; que tenía el mismo estado flacucho de su nieta. Ambas fueron sumamente amables conmigo y Prim. Nos ofrecieron un té y un poco de pan; pan que tenía varios días; todo un banquete para las personas como nosotras que padecimos el hambre y dolor de las tripas rugiendo por algo sólido con que llenarlas. Pasamos la tarde entre charlas y anécdotas que Orcheyt; la abuela de Rue; nos contaba acerca de cómo las cosas eran diferentes en el Distrito 12, en La Veta, en la mina. Y aunque distaba mucho de ser extrovertida, no puede resistirme a preguntar por mi padre, quizás Orcheyt lo conocía; porque aparentemente conocía a todo quien haya pisado La Veta; y podía aportar un nuevo recuerdo a mi mente. Pero lamentablemente no recordaba a nadie de las características de papá.
El sol se enrojeció, las nubes naranjas brillaron custodiadas por el rosado del firmamento, colores que solo se podían ver allí, en la parte más pobre del 12, colores que se creaban gracias a los gases que la mina despedía aun después de haber volado en miles de pedazos. Dejé que Prim se quedará a pasar la noche en casa de Rue, no podía negarle nada a esa niña, aunque mis deseos egoístas se vieran heridos por compartirla con alguien más. Así que caminé por las calles polvorientas y ennegrecidas, buscando en mi cabeza respuestas a preguntas mudas que cruzaban mi mente, tratando de comprender que era esa extraña sensación cálida que sentía en el pecho.
La noche llegó con más mareos y una estruendosa jaqueca pero aun así estuve lista para salir al escaparate de ventas del Capitolio. La primera dirección llegó, el primer nombre de la noche; y por dentro rogaba que fueran las del Chico del Pan. Pero para mi decepción, mi destino fue otro.
…Y otra vez la rutina de forrarme en un estúpido disfraz para satisfacer las fantasías absurdas de un jodido cliente.
Pase la noche entera asqueada por el toque de otro en mi piel, traba de imaginar a Peeta pero no podía. El trato brusco y desinteresado revivió el odio que me causaba el abuso de poder, lo diminuta e insignificante que era en el mundo. Me concentré, bloqueé mi mente y dejé que el frío se apoderara de mi alma.
Los besos vacíos, inapetentes y repugnantes, ávidos de vomitivo sabor; los toques rústicos, toscos y descorteses; la penetración mecánica, violenta y cruel; se sintieron más dolorosas que nunca a pesar del esfuerzo desmedido por no sentir absolutamente nada.
Volví con los primeros rayos del sol, distante, abstraída en mundos donde podía sentir pena por mí misma, dejarme caer, culparme, castigarme. Cansada. Apesumbrada. Haciendo un esfuerzo por no vomitar.
Sentir el dinero en las manos no mejoró mi sensación. El revoltijo que contenía en el estómago luchaba por salir. La cara de Haymitch denotó su preocupación por que no le devolviera encima, así que llamó a Johanna para que se ocupara de mí. Muy de mala gana mi mentora me llevó hasta su habitación. Me tumbó sobre la cama y se quedó allí estática a mi lado.
Cerré los ojos tratando de que no se notaran las lágrimas que estaban punto de saltar de ellos. No podía soportar el trato tan frío y desolador de Johanna.
Luego de un buen rato, sentí como acariciaba mi cabello, con tanta paz y cariño que la mi sensación de alivio cautivo corazón. La miré; me miró. No hizo falta más.
Se recostó sobre mí, no recordaba que su cuerpo era tan liviano, su perfume me embriagó en segundos, esa aroma dulce con notas de madera eran muy sugestivos para mí. Su piel era tan sutil, delicada, suave, la forma en me que acaricia, me tocaba, no quería sentir la insipiente excitación que estaba padeciendo pero Johanna tenía la habilidad de estimularme de sobre manera. La respiración me empezó a fallar, sentía el calor abrazador capturar mi entre pierna, el latir de mi sexo era más rítmico y la humedad de mi vagina era demasiado evidente. La punta de sus dedos recorrió el contorno de mis labios, de mis hombros, de mi torso. Rogué en silencio que me quitara el vestido y me tomara, me follara como antes lo había hecho, pero solo se encargó de torturarme una rato más.
Por fin pude sentir su boca succionar la mía, esos labios jugosos y deliciosos que saboreé con desesperación. Y es que mi cuerpo extrañaba la sensación delicada, femenina y sutil que mi mentora me brindaba. Sus labios recorrieron la piel ardiente de mi cuello, sobando cada espacio libre, probando mi sabor; ese sabor conocido y renovado. Su lengua esponjosa se posó en la zona sensible y erecta de mi pecho, chupando, mordiendo y lamiendo la dureza de mis pezones. Mis uñas se clavaron en la piel blanca de su espalda, arañando, marcando, dejando en claro el éxtasis que estaba viviendo. Sus ojos negros penetraron los míos, su sonrisa chancera reflejaba su ego burlándose de mi exasperación, encontrarme tan rendida y entregada solo me mojaba más; y ella lo sabía muy bien. Johanna era como un pase al lado salvaje, peligroso e imposible de negarse. Esa habilidad para hacerme caer en su red de artimañas, un juego que siempre terminaba como en ese momento; ella sobre mí haciéndome sentir el placer inigualable y único que otra mujer podía dar. Sus garras se entrometieron bajo mi falda, introduciéndose ávidamente en mi anegado sexo. Los jadeos se escurrieron de mi garganta, llenando el espacio de eróticos sonidos.
Cada pellizco, cada rose, cada penetración por parte de Johanna era la forma más exquisita y placentera de perder la conciencia y dejarme llevar cada vez una poco más. Volver a recorrer ese cuerpo que me resultaba tan familiar, tan fácil de leer y entender, tan conocido pero a la vez tenía un halo de renovación, algo que me generaba una sensación nueva y sorpresiva.
Mis dedos se metieron por debajo de su camiseta, palpando la cremosidad de la piel nívea de mi mentora. Su piel estaba caliente y muy sensible, mis caricias también le sacaron algunos gemidos a Johanna, eso me dio llenó de una oleada de narcisismo y egolatría.
Pero es tan deleitante sentirse poderosa. Sentir que con el solo rose de tus yemas puedes volver loca a una persona. Verla rogar por tus toques, por tus besos, por tu sexo, por todo aquello que a una misma también la vuelven loca. Es la relación de poder más extraordinaria, gustosa y prohibida que uno puede tener.
Su ropa voló por los aires, acompañando la mía y decorando el suelo de telas y texturas. Mientras me retorcía sobre el colchón sentía la punta mojada y sofocante de su lengua lamer con amplitud y sin pudor alguno, toda la superficie de mi sexo que sus dedos no poseían. Y fue la explosión máxima del placer. Su saliva se mezclaba con la secreción viscosa de mi intimidad, absorbiendo cada gota de mis jugos femeninos, y lo disfrutaba. Le gustaba, se percibía por la forma audaz y frenética de succionar cada espacio sensible de mi bajo vientre.
Fue tan rápida que no puede percibir el momento donde Johanna se lanza sobre mí, encastrando su cadera a la mía, sentándose sobre mi sexo, pegando su intimidad mojada y calcinante sobre mi estimulada vagina. Su lubricación se fundió con la mía, su clítoris se restregó sobre el mío y el movimiento acompasado de su cuerpo sobre mí, nos trasportó a un espacio donde solo ella y yo existíamos.
Incliné la espalda hacía arriba mientras ella me imitaba con el movimiento contrario. Nuestro contacto íntimo era cada vez más penetrante y profundo, mas efervescente y abrasivo, mas abismal y demencial, casi ilegal. Sus pechos quedaron a un suspiro de mi boca, perdí la cabeza y saboreé la erección de sus pezones. Eso solo provocó que Johanna se encendiera más y aumentara la regularidad de sus roses.
Nos miramos, nos desafiamos con la mirada, esperando por la caída de la otra; pero no aguantamos ese juego, y nos corrimos juntas y al unisón.
Antes de tumbarse a mi lado y recuperar el aliento, la morena me regaló un beso puro, casto y amable en los labios. Y algo dentro de mi pecho se encogió. En ese beso estaba respuesta a la pregunta que me hacía desde esa mañana.
Pasaron largos y pesados minutos, minutos de silencio blanco, donde ninguna parecía dispuesta a explicar nada lo que había acontecido.
La quietud del colchón me llamó la atención. Para mi sorpresa me había quedado completamente dormida. Busqué a Johanna por la habitación pero mis ojos no pudieron hallarla pero el sonido del caer del agua me dio una pista de donde se encontraba. Me senté en la cama esperando cobrar un poco más lucidez antes de caminar, hecho una ojeada al reloj que reposaba en la mesa de luz; hora y media pasada del mediodía.
Me apoyé sobre el umbral de la mampara del baño, admirando en silencio la silueta esbelta y perfecta de la morena. Me estrujé unos instantes admirando como las gotas de agua resbalaban con arrebato y compás por la tersura de su piel impoluta y fina. Esa melena salvaje, desobediente, oscura, montaraz, que la hacían tan irresistible para mí. Sus piernas fuertes, largas, torneadas, llenas de gracia delicadeza. Sus tetas turgentes, exquisitas, sutiles, elegantes; dueñas de mis fantasías más perversas y secretas. Esa boca indómita, rebelde, terca, sabrosa, deleitable, dibujada; reina de mi debilidad por ella.
¿Podría relegar todo eso por Peeta? ¿Podría vivir sin el cuerpo, la piel, el sudor, el aroma, la esencia de Johanna? ¿Sería capaz de aguantar mis incontrolables deseos de caer bajo sus pies? Posiblemente no sería capaz. Pero tampoco era capaz de dejar ir lo que sentía por Peeta. Y aunque Johanna era el elixir mas refinado y apetitoso que probé en mi vida, no estaba dispuesta a negociar nada que tuviera que ver con el rubio. Así que estaba lista para decírselo, aunque eso terminara de romperle el corazón. Porque en ese beso lo supe todo, como un rayo de sabiduría que me quito la venda de los ojos. Johanna estaba enamorada de mí.
–…Y supongo que ahora vendrás con el cuento de que estas enamorada de mi…
Mi mentora se giró y me lanzó una mirada austera y recelosa. Se tomó unos segundos para escupirme su dardo venenoso.
– ¡Felicidades querida! ¡Eres toda una detective!– Me respondió irónica mientras aplaudía –Me pregunto cómo te habrás dado cuenta, ¿si por mi evidente debilidad por ti o porque hace unas horas atrás prácticamente terminé confesándote mi amor?
–De acuerdo Johanna. Lo admito soy una inocentona de cuarta. Realmente no pensé que tenías eso sentimientos por mí
–Ya Katniss, no tenías por qué saberlo. Pero es que los celos que siento por Mellark no me dejan pensar claramente
–De eso justamente quiero hablarte…Veras…Peeta me encanta y no se…yo…quizás es como me dijiste…quizás si este enamorándome de él
–Katniss…no soy tonta. Ya sé que estas enamorándote de él, lo entiendo y te apoyo en eso. Pero no eches por la borda todo el esfuerzo que has hecho desde este punto hacia atrás. Has relevado tu inocencia por este trabajo…no relegues tu sacrifico por ningún hombre; aunque ese hombre sea Peeta "Perfecto" Mellark –Me escupió jocosa. Y no pudimos evitar dejar salir una risotada.
Johanna se acercó despacio, mi corazón se iba deteniendo a cada centímetro que la tenía cerca. Sus manos me tomaron por sorpresa, arrastrándome hasta el centro de la ducha. Mientras el agua tibia caía golpeando con apacible presión mi piel, la morena me estampó contra la frialdad de los azulejos de la pared.
– ¿Que sientes?– Me preguntó audaz.
– ¿Ahora?
–Así es
–Unas ganas enormes de que me folles
–Bien… ¡¿Y dejarías de ver a Peeta si te follo ahora mismo?!
Su pregunta me moqueó la suficiente como para darle un empujón y tratar de liberarme de ella. Pero su cuerpo presionó más el mío impidiendo mi salida. Entonces le eché una mirada fulminante y pendenciera, junté un poco de ponzoña y le respondí.
–No voy a dejar de ver a Peeta
– ¡¿No!? ¿Ni siquiera por mí?
–Ni siquiera por ti
–Bien…Entonces ve por él. No relegues tu vida por esta mierda de trabajo. No hagas como muchas hemos hecho. Siempre habrá algo inexplicable entre ambas, esa extraña atracción, esa comodidad, ese cariño. Pero aunque me haya dejado llevar por todo eso siempre fui consiente de tu no estabas ni por asomo cerca de sentir lo que yo por ti
–Supongo que tienes razón
– ¿Me quieres? –Pregunto un tanto nerviosa y apurada.
–Si te quiero, creo que lo sabes
–Sí, lo sé pero solo quería cerciorarme de ello
Me acerqué y enredé mis brazos a su cuello, sus piernas y las mías se enrollaron, sus manos se posaron mi cintura. Nos miramos y no hizo falta decir nada. Sabíamos que era la última vez que estaríamos así de juntas. Aunque nuestros cuerpos se extrañasen y algo de la magia que teníamos se extinguiera, debíamos dejarnos ir la una a la otra. Ella para no seguir atada a una utopía y yo para poder serle fiel a Peeta.
Su boca encontró la mía instantáneamente. Sus labios sabían tan deliciosos, deleitantes y majestuosos. Esa ductilidad de su lengua, es calor que desprendía su cuerpo, ese perfume de su piel. Esos detalles que ya no serían míos nunca más.
Así que solo cerré los ojos, me recosté sobre su cuerpo y disfruté por última vez del glorioso y celestial sexo que Johanna podía brindarme.
Si! Lo se! Estoy desaparecida...joder pero que ni tiempo tengo de esribir. Trabajo, trabajo, trabajo...esto de vivir en la realidad es jodido!
En fin...espero les guste este capitulo. Ya voy cerrando puertas e historias que Katniss deja a medio abrir.
Un beso a todas!
