–3–

Una vez aseado y vestido, Loki se miró en el espejo de su habitación para dar los últimos toques a su atuendo y asegurarse de que todo estaba en su sitio. Siempre había sido muy cuidadoso con su aspecto, exceptuando aquella etapa en la que estaba obsesionado por aumentar sus poderes psíquicos, una época en la que no pensaba en absolutamente nada más que sus ambiciones. Ahora había echado un poco el freno y, si bien no había renunciado en modo alguno a sus aspiraciones de poder y grandeza, le parecía que podía compatibilizarlo con disfrutar un poco y dedicarle algo de tiempo a su arreglo personal.

Había recuperado su gusto por las ropas elegantes –aunque siempre en tonos sombríos–, y otra vez llevaba su cabello negro y lustroso cortado por la nuca como en su juventud, cuando descubrió quién era realmente y había empezado su enemistad con Thor. Su apariencia era de nuevo la del suave príncipe asgardiano que había sido, abandonando el aspecto enjuto y casi famélico que tenía cuando se había dedicado a cultivar su magia en serio, aunque de hecho ahora fuera mucho más poderoso que en aquel entonces. En la actualidad parecía igual de joven y delicado que en aquel tiempo, sin importar cuántos años hubieran pasado y cuánta sangre hubiera manchado sus manos desde entonces, que había sido mucha.

Una acumulación de matices aparentemente contradictorios, superpuestos como las capas de una cebolla, confería a sus atractivas facciones y a sus ojos verdes e intensos aquella semblanza insondable y engañosa que confundía tanto a propios como extraños. Lo más superficial era aquella expresión apacible e inocente, incluso cómplice, que adoptaba muchas veces a propósito cuando trataba de convencer, de persuadir. Pero tras esa cordialidad aparente se escondían la dureza y la crueldad, como una chispa furtiva en el fondo de sus pupilas que podía acabar convirtiéndose en un fuego destructor, tal y como ya habían tenido ocasión de comprobar sus enemigos o cualquiera que lo desafiara.

Y todavía había algo más. Aquella aparentemente simple malevolencia ocultaba aún otra cosa. Una emoción tan profunda y secreta que nadie, amigos, enemigos o familiares –los pocos que le quedaban vivos– podía sospechar que estaba ahí. Una nostalgia tan ligada a su ambición que ni él mismo podía discernir dónde acababa una y dónde comenzaba la otra.

Su exterior era joven y hermoso como cuando aún era Príncipe de Asgard. Su interior, ya no. Su alma era vieja, muy vieja, y estaba llena de amargura y melancolía. Helada, como sumida en un invierno permanente.

El dios del engaño se dirigió a la biblioteca privada que había adyacente a su dormitorio. Era una más pequeña que la general que había en otro ala de su fortaleza, sólo para guardar sus documentos y sus libros más preciados… aproximadamente unos dos mil ejemplares de libros raros, muchos de ellos dedicados a diversas ramas prohibidas de la magia, adquiridos e incautados de todos los rincones civilizados del Yggdrasil. Allí la distribución era casi idéntica que en sus aposentos en el palacio de Asgard: una sala circular de tres pisos, con el centro abierto. Era un sitio donde jamás permitía que Lorelei, ni de hecho nadie, entrara, y que mantenía limpio y ordenado gracias a su magia. Era, junto con su estudio, su santuario, el único sitio donde estar solo de verdad.

El centro de la estancia ya no lo ocupaba su orgullosa armadura ni el casco de cuernos puntiagudos: éstos estaban montados en la pared del fondo, en medio de dos tapices pintados a mano y que colgaban a modo de cuadros. En el centro de la biblioteca había ahora un atril, montado enteramente en ébano y con grabados rúnicos y volutas por todas partes; y sobre él un libro, no muy grande y encuadernado en piel de color tostado. Su título también estaba en letras rúnicas: Völuspá.

Loki se paseó alrededor de aquel atril y del libro que soportaba, observándolo sombríamente como si ese libro ejerciera sobre él una atracción magnética, una extraña mezcla de fascinación y repulsión. Luego se alejó de él y se dirigió a la pared donde estaba montada su armadura, aunque ese día no tenía intención de ponérsela, y ni siquiera le prestó atención. Su interés estaba puesto en los tapices que colgaban a ambos lados.

Los dos estaban pintados a mano con una hábil técnica que dotaba los retratos de las personas que representaban del mayor parecido posible a los que debieron ser los originales. El tapiz de la izquierda mostraba dos niños jugando, uno con el cabello liso y negro como el de Loki y el otro con rizos castaño-rojizos. Ambos se veían unidos, alegres: la imagen de dos perfectos hermanos.

La imagen del tapiz de la derecha era una bella dama vestida de azul, de cabellos suavemente ondulados de un color rojo oscuro y ojos aguamarina. Esbozaba una ligera y enigmática sonrisa, y en una de sus manos, de forma similar a los santos de la cultura midgardiana con sus atributos, sostenía una gran copa de plata. En la parte inferior del cuadro, una leyenda en letras rúnicas mostraba una única palabra en idioma antiguo: Falyndi. Cualquiera que no conociera la historia que había tras aquel término y aquella copa hubiera pensado que se trataba de una pintura alegórica, pero Loki sabía que no lo era.

El hombre contempló ambos retratos con ánimo taciturno. Una sonrisa nostálgica se asomó levemente a sus labios al mirar el de los niños, pero pronto se desvaneció al centrarse en el otro. Mirar el segundo retrato siempre ensombrecía su semblante y apagaba levemente el brillo esmeralda de sus ojos.

Se acercó a él y rozó con los dedos la parte del tapiz que mostraba el rostro de la dama, acariciándolo. Al hacerlo, cerró los ojos con los párpados apretados, como si el contacto le doliera. Bruscamente apartó la mano y le dio la espalda al tapiz, molesto consigo mismo. ¿Por qué seguía torturándose así?, se preguntó. Pero no podía evitarlo. Todas, todas las mañanas, sentía el impulso irresistible de ir allí y mirar aquellos retratos, aunque fuera sólo un par de segundos.

Mientras salía de sus habitaciones, pensó que llevaba algún tiempo sin visitar las mazmorras del sótano. Aquella noche volvería de nuevo y se quedaría un buen rato allí, como otras veces. Sólo mirando. No sabía si ella aún se percataba de que él estaba allí, pero confiaba en que lo hiciera.

–*–*–*–*–*–

Caminando por el corredor que lo conducía al gran salón, con tan sólo el sonido de sus pasos sobre el mármol rosado de las baldosas acompañando sus pensamientos, Loki presintió, más que oírla realmente, que se avecinaba otra ventisca. No era que aquello tuviera nada de particular. En aquel reino, las ventiscas de nieve se sucedían día sí, día también; y cuando no había ventisca, eran los copos de nieve, pequeños y ligeros como plumas, los que caían suavemente pero sin parar sobre los páramos de roca gris de Jotunheim.

El dios del engaño sonrió, un tanto irónico, al pensar lo deprimente que le había parecido aquello las primeras veces que fue a aquel reino acompañando a Thor, como en aquella incursión que desencadenó el destierro de su hermano; o más tarde, cuando viajó como embajador de paz como parte de sus planes para hacerse con el ejército de los gigantes de hielo, la época en la que conoció a Angerboda. Recordó que en aquel entonces encontraba desagradable la perspectiva de residir en aquel reino toda su vida; pero tras años viviendo allí, dicha opinión había cambiado y encontraba aquel oscuro y helado paisaje reconfortante, muy adecuado a su propio estado interior. No tendría que haberle sorprendido el hecho de adaptarse a aquel lugar tan rápidamente: después de todo había nacido allí.

Exiliado definitivamente de Asgard, donde pesaba sobre su cabeza una orden de busca y captura por asesinato y conspiración para cometer alta traición, Loki Laufeyson había fijado en Jotunheim su residencia oficial desde bastantes años atrás. En la zona más septentrional, había diseñado y posteriormente supervisado la construcción de una fortaleza adecuada a sus necesidades y sus gustos. Tras marcharse –huir– de Asgard, había decidido que ya era tiempo de tener su propia casa, después de haber vivido toda su vida en el palacio de sus padres adoptivos.

Su fortaleza era la más avanzada de las construcciones fortificadas que había en todo el reino, la mejor protegida y la que contaba con los mayores adelantos técnicos. Por ejemplo, era la única de ellas que tenía calefacción. No era que Loki la necesitara, como gigante de hielo era perfectamente capaz de soportar las bajas temperaturas usuales allí; pero después de todo él se había criado en Asgard, con un clima mucho más moderado, y al fin y al cabo, si podía elegir, sí que encontraba más cómodo vivir con una temperatura algo más cálida que la media. Además, sólo así era posible que pudieran permanecer allí sus huéspedes asgardianas sin morirse de frío.

El diseño y la seguridad también habían sido tenidos en cuenta para el levantamiento de aquella impresionante morada. Era un edificio alto y estrecho, de aspecto sombrío e imponente, siniestro. Era posible ver su silueta desde mucha distancia a la redonda y su vista siempre impactaba: todo estaba hecho en piedra negra, y el bloque central estaba rodeado por galerías circulares externas que lo hacían parecer contorneado por mortíferos tentáculos gigantes. En la parte superior, a mucha altura del suelo, se podían divisar unas tenues y tétricas lucecitas rojas que indicaban la presencia de torres de vigilancia protegidas por armas de alta tecnología, láseres entre otras, siempre dispuestas a ser descargadas ante la cercanía de cualquier intruso.

Pero eso era su apariencia externa, que Loki había proyectado así específicamente para impresionar e intimidar a potenciales enemigos o simples entrometidos. Su interior, al igual que la antigua caverna de Angerboda, revelaba una morada confortable y hasta lujosa, en muchos aspectos similar si no idéntica al Palacio Real asgardiano donde Loki se había criado. El mármol, los muebles de madera noble, los lujosos tapices de seda… todo importado de Asgard, Alfheim, Nidavellir y otros reinos a precios de escándalo; nada de las riquezas que el dios del engaño había conocido durante su infancia faltaba allí en su fortaleza. No era alguien a quien le gustara pasar privaciones o prescindir de nada y él podía permitírselo, ahora que había perfeccionado sus hechizos alquímicos lo suficiente como para fabricar oro puro auténtico, y no esa chapucera imitación que tan cara le había costado una vez en su juventud.

Incluso había diseñado sus propios aposentos para que se parecieran lo más posible a los que había tenido allí en el palacio de Odín. Su dormitorio prácticamente era un calco del que había tenido en Asgard, con la misma distribución, mobiliario y decoración; y otro tanto ocurría con la biblioteca privada adyacente al dormitorio, los baños e incluso el estudio que hacía funciones de laboratorio y lugar de trabajo para él: todo estaba prácticamente igual, como si los hubiesen simplemente trasladado de un reino a otro. Aunque no lo pareciera, en ciertos aspectos Loki era totalmente un animal de costumbres.

Lo que más le había costado había sido amueblar la biblioteca y sobre todo el estudio. Al haber tenido que abandonar Asgard tan precipitadamente –era lo que tenía el haber sido secuestrado estando borracho y tener que huir tras haber sido torturado durante horas con ácido–, había dejado todas sus queridas pertenencias allí, y después se había encontrado el problema de que no podía volver por ellas.

Pero Loki era un hombre de recursos y paciencia, mucha paciencia, algo que había tenido ocasión de poner en práctica durante aquellos quince años. Había estado sobornando a criados y guardias y enviando espías continuamente al palacio de Asgard, recuperando poco a poco sus cosas, o entrando él directamente a robarlas, al menos hasta que pusieron defensas místicas en el palacio de Odín que lo detectaban cuando intentaba entrar a través de sus portales interdimensionales. Entre eso y lo que había ido recopilando en aquellos quince años de otras partes, ahora tenía su "pequeña" colección de objetos "mágicos" y de libros prohibidos casi reestablecida como la que había dejado en Asgard.

Al igual que el Palacio Real asgardiano, la fortaleza de Loki estaba rodeada por una pequeña ciudadela de gigantes de hielo cuyo único propósito era atender a las necesidades de su amo, de la familia de éste y de sus huéspedes. Como había aprendido en sus continuas visitas al reino en su etapa de amistosas relaciones con Byleist, no sólo había feroces guerreros entre la raza de los gigantes –que era la única clase que Thor, sus amigos y él mismo habían conocido en su juventud–, sino también campesinos, sirvientes, comerciantes y otras castas, aunque la proporción de todos éstos era bastante menor que sus homólogas de Asgard y estaban mucho menos desarrollados. Pero cumplían su función de forma bastante aceptable.

Las tierras de Loki, en medio de las cuales se encontraba su fortaleza y la ciudadela que la rodeaba, se situaban en el cuadrante noroeste de Jotunheim. Eso en teoría, claro. En la práctica, todo el reino era suyo, sólo que no de manera oficial. Lo único que le faltaba a Loki para ser el rey de Jotunheim era el nombre, y eso era porque él mismo no había querido.

En la actualidad, el cargo oficial de rey de Jotunheim era ostentado por el hermano mayor de Loki, Helblindi, el cual había sucedido a Byleist quince años atrás, después de la repentina y misteriosa muerte de este último. La versión oficial había atribuido esa muerte a una enfermedad, por raro que resultara que un gigante de hielo adulto y totalmente sano sucumbiera ante una enfermedad: todos solían morir de heridas de guerra, accidentes o motivos similares. Sólo el propio Helblindi, Loki y los hijos de éste conocían los auténticos hechos que habían devenido en la ocupación del trono por parte del actual rey.

Helblindi era uno de los pocos gigantes de hielo no obsesionados con la guerra, de hecho su vocación era la historia, lo cual también le había granjeado el desprecio del propio Laufey y de la mayoría de sus congéneres. El conocimiento era aún menos apreciado en Jotunheim de lo que lo había sido en Asgard.

Aquel noble jotun tan diferente al resto de ellos se había aislado, como una vez hizo Hoder el asgardiano ciego, del resto de la sociedad de sus iguales; y vivía en Gastropnir, una fortaleza similar a la actual del propio Loki, sólo que no tan grande. Ni tan lujosa. Ni con tantos adelantos. Lo más exclusivo que se podía permitir un jotun en aquella época… lo cual tampoco era demasiado.

Apenas había visto al hombre que resultaba ser su hermano menor un par de veces en su vida, pero Byleist sí había hablado a Loki de él. No mucho, sólo lo suficiente para burlarse de su afán intelectual. Pero eso fue bastante para, sin que ninguno de los dos hermanos lo supiera, salvarle la vida a Helblindi. Loki, que había sufrido en sus propias carnes el desprecio de los asgardianos por culpa de su interés por la magia y la tecnología en lugar de por el combate, encontró en Helblindi una cualidad con la que, si no simpatizar, sí identificarse un poco, y decidió respetar su cuello… aunque no de forma totalmente desinteresada.

De modo que pocos meses después de que Loki fuera secuestrado y torturado por Karnilla y posteriormente liberado por sus hijos Fenrir y Jormungand, el noble Helblindi recibió un gerifalte, un halcón de las nieves, con un mensaje urgente de su hermano para que fuera a verlo a Utgard, la capital de Jotunheim, y en el mayor de los secretos. Intrigado, el gigante –que no era tan gigante, sino de algo más bajo que la media– acudió a atender la petición de su hermano sólo para llegar a los aposentos reales y encontrarse a tres extraños individuos, dos gigantes de hielo y un humano de cabellos oscuros y vestido de negro, que mostraron ante sus horrorizados ojos la cabeza decapitada de Byleist. Sus ojos muertos reflejaban el terror y el sufrimiento que debían haberle invadido en el momento de morir.

Después, el humano –al que reconoció como el embajador asgardiano que había estado durante años visitando su reino, y a cuya cabeza Byleist acababa de poner precio–, le hizo lo que cualquiera habría considerado una extraña oferta: le dio la opción de ser proclamado rey de Jotunheim como sucesor legítimo de su hermano, mas siguiendo sus condiciones; o de lo contrario acabaría sin cabeza como Byleist.

Vivir y reinar, aunque fuera bajo las condiciones de aquel hombrecillo tan siniestro; o morir… aquel gigante de hielo era un poco más inteligente que el resto de sus congéneres, pero tampoco había que ser muy listo para darse cuenta que debería aceptar aquella situación y sacar cuanto provecho pudiera de ella.

Después de todo, Helblindi compartía sangre con Loki y era en cierta forma pragmático como él. Podría dedicarse a vivir a cuerpo de rey –nunca mejor dicho– mientras desarrollaba la ambición de su vida: realizar una crónica completa de la historia del reino de Jotunheim, o tal vez renovar la legislación y disponerla por escrito, algo que en aquel reino hacía mucha falta. Mientras, otro tomaría las decisiones difíciles por él, y a cambio él sólo tendría que actuar como administrador. O al menos de eso le convenció Loki, con una habilidad persuasiva sólo alcanzable por él mismo. Aunque sin ella tampoco habría habido mucha diferencia, a juzgar por la enorme espada manchada de sangre en las manos del joven Fenrir, y que había servido para decapitar a su tío.

De modo que Helblindi aceptó, y durante todos aquellos años había sido la cabeza visible de la corona de Jotunheim y el que había negociado con Odín desde entonces, asegurándole que respetaría el tratado de paz que su difunto hermano había firmado. Mientras, Loki, en la sombra, era quien realmente tomaba las decisiones.

Loki sabía que si también hubiese eliminado a Helblindi y se hubiera convertido en rey de Jotunheim desde el principio, enseguida Odín y sus súbditos se habrían puesto en pie de guerra, previendo lo que quería hacer. Con Helblindi en el trono, sin embargo, y sin que los asgardianos pudieran saber que él estaba detrás dictándole prácticamente todo lo que tenía que hacer y decir –podía enorgullecerse de llevar años esquivando la mirada de Heimdall gracias a su magia–, sabía que sus enemigos bajarían la guardia.

Odín no era idiota, sabía que Loki estaba allí en Jotunheim y que preparaba la confrontación entre ellos… pero seguramente ignoraba hasta qué punto. Y todos esos años de aparente inactividad los tendrían desconcertados, haciéndoles confiarse, pensar que se había olvidado del asunto. Pero cuando más confiados estuvieran, sería el momento que él elegiría para asestarles el definitivo y postrero golpe mortal.

Todo había salido según lo previsto y en la actualidad la situación política de Jotunheim era justamente la que Loki habría deseado: tenía todas las ventajas de ser el rey y ninguno de sus inconvenientes. Reconocía que ocupando él mismo el trono de Jotunheim se habría aburrido mucho. La sociedad de los gigantes de hielo era bastante primitiva comparándola con la de Asgard y todos los días se producían disputas internas por temas territoriales, desavenencias por propiedades y guerrillas entre los pequeños señores jotnar, conflictos en los que el rey tenía obligación de mediar y dirimir, ya que no existía una ley escrita. Y él no tenía tiempo ni ganas de perderlo en aquellas minucias, así que permitía que su "hombre de paja" le solucionara esos asuntillos burocráticos, y de las relaciones interplanetarias se ocupaba él.

Nunca le había interesado el trono de los gigantes de hielo. Sabía que no sería por ser rey de Jotunheim por lo que lo recordarían, lo respetarían. En aquel momento estaba muy bien como estaba, y no lo habría cambiado por nada salvo por el trono de Asgard.

Pero como nunca hay dulzura sin amargura, su triunfo en Jotunheim se vio ligeramente empañado por una pequeña derrota. Su primera exigencia a Helblindi, la misma noche que sellaron su pacto de colaboración, había sido que trajeran a su presencia a Angerboda, la sacerdotisa que había sido su amante primero y posteriormente la de su hermano Byleist. No le dijo para qué, sólo que quería "tener unas palabras con ella". En descargo de Helblindi hay que decir que realmente intentó cumplir con su encargo, pero le fue imposible. Sus soldados –los soldados del nuevo rey– la buscaron por todo el palacio y posteriormente por todo el reino sin hallar ni rastro de ella.

A Loki le irritó profundamente aquello, pero no le sorprendió. Seguramente ella ya sabía que él estaba allí y lo que le esperaba si él le ponía las manos encima, así que prudentemente había volado. Después de todo siempre se habían parecido mucho, y eso era lo que él mismo habría hecho de haber estado en su lugar.

Nunca supo cómo ella llegó a sospechar de su llegada y de sus intenciones para con ella. Probablemente a través de sus sueños premonitorios, pero también era posible que alguno de sus hijos la hubiese avisado. Aunque Loki nunca hubiera hablado a Fenrir ni a Jormungand de sus planes concretos hacia ella, éstos no eran tontos. Sabían bien que tras haber traicionado a Loki, el destino de nadie podía ser muy halagüeño, pero sabían también que no podrían detener a su padre cuando llegara el momento ni tampoco desafiarle, o ellos mismos se habrían convertido en objetos de su ira.

Loki habría podido averiguar fácilmente cuál de sus hijos había prevenido a Angerboda, si es que alguno de ellos lo había hecho, pero se abstuvo de investigar. Si descubría quién había sido el traidor, se habría visto obligado a darle un escarmiento ejemplar por desafiarle y no deseaba hacerlo. En el fondo, los comprendía: por muy desnaturalizada que fuera, Angerboda seguía siendo su madre; pero aquella –rara en él– misericordia sería la única concesión que les haría.

Además, aquello no cambiaba nada: sólo lo retrasaba un poco. Algún día encontraría a esa ramera, aunque se escondiera en el último rincón de los Nueve Reinos, y le haría pagar por lo que le había hecho a él y a sus hijos asgardianos. Por de pronto, ahora era ella la que tenía puesto precio a su cabeza: una suma realmente sustanciosa por su cadáver, y más elevada aún si se la traían viva. Por desgracia ella era muy lista: había conseguido evadirle durante aquellos quince años; seguramente seguía contando con la ventaja de su don de la premonición. Pero no importaba. En cuanto hubiera dejado bien atados los preparativos de la guerra, podría dedicar los últimos meses que le quedaban antes de que estallara a localizar a esa zorra. Cuando el dios del engaño se proponía encontrar a alguien, nadie se le escapaba.

Mientras, sin necesidad de nombramiento de por medio, hacía las funciones de Gran Comandante de los ejércitos de Helblindi con plena potestad sobre éstos, vivía confortablemente en su fortaleza construida en las tierras que le habían sido asignadas por la corona –o dicho de otra manera, donde a él le había dado la gana–, y podía dedicar todo su tiempo a proyectar tranquilamente su venganza: la gran guerra donde todo ardería y se consumiría. El Ragnarök.

No tenía excesiva prisa, opinaba que la impaciencia era cosa de jóvenes y pese a su lozano aspecto él ya no lo era. Pero notaba que el momento se iba aproximando, y su alma comenzaba a verse invadida por una cálida sensación de anticipación.

–*–*–*–*–*–

Cuando llegó al enorme salón comedor, sabía que ninguno de sus dos hijos estaría allí. A Fenrir no le gustaba desayunar con la familia: prefería comida caliente, preferiblemente recién cazada… por él. Y Jormungand estaba en la Tierra de viaje de negocios, aunque se esperaba su regreso en cualquier momento.

Quien sí se encontraba allí desayunando era una de sus huéspedes. Se trataba de una hermosísima mujer de cabellos de un rubio platinado, porte regio y ojos azules como zafiros. Vestía de verde claro, con un traje realmente revelador que hubiera escandalizado a la conservadora sociedad asgardiana, pero que allí en Jotunheim apenas levantaba el menor comentario. Loki no lo habría permitido.

La mujer apenas levantó los ojos de su desayuno al verlo. Por supuesto no estaba sola: el gigante de hielo que Loki le había asignado como guardaespaldas permanecía a poca distancia de ella, inmóvil y silencioso.

–Buenos días, Loki –comentó ella.

–Amora… –la saludó él.

Amora era llamada por sus congéneres asgardianos la Encantadora por múltiples razones. La más visible era su incuestionable belleza, y otra su habilidad diplomática y seductora cuando le interesaba. Pero la más evidente y real era su poder y vasto conocimiento en las artes místicas que tanto interesaban a Loki. Se decía que nadie, ni en Asgard ni en ninguno de los demás reinos, era capaz de leer runas y de interpretar e incluso crear hechizos en el idioma antiguo como ella. Aunque la voluntad, y por tanto los poderes mentales de Loki eran superiores, era Amora quien sabía sacar el mejor partido a todas las fuerzas invisibles que fluctuaban en el cosmos.

Amora y su hermana menor Lorelei habían llegado a Jotunheim un año atrás, desterradas de Asgard como en su momento lo había sido Thor y después lo sería el propio Loki. El motivo de la expulsión de éstas había sido, como no podía ser de otra manera, el interés de la primera por estas artes prohibidas, sobre todo su uso para el propio beneficio.

La Encantadora sabía exactamente dónde ir tras el destierro, y en vez de perder el tiempo yendo a Vanaheim, a Alfheim o a la Tierra, se plantó con Lorelei en Jotunheim pidiendo asilo político. Y no a Helblindi, sino al propio Loki, lo que demostraba hasta qué punto controlaba ella la situación real del reino.

En otras circunstancias, Loki no habría admitido a dos pedigüeñas que no tenían donde caerse muertas, pero había oído mucho sobre las extraordinarias capacidades de Amora, y además ésta se había presentado con un regalo para Loki, un objeto que él había apreciado en el pasado y que había lamentado mucho perder cuando tuvo que abandonar precipitadamente la casa de sus padres adoptivos: su querido espejo de las Llamas de la Omnipresencia. Al parecer, lo había sustraído de la propia Cámara de Odín utilizando sus artes, esperando que aquel presente inclinara el favor del dios del engaño hacia ella. Y funcionó: Loki se avino a acogerlas tanto a ella como a su hermana en su fortaleza, pero condicionando su estancia a una lealtad absoluta, incluyendo la ayuda de Amora y sus habilidades en su guerra presente y sobre todo futura contra Asgard.

De forma que, en aquel momento, Loki, Amora, Lorelei y los hijos del primero formaban una familia en aquella fortaleza de Jotunheim. Una familia muy extraña, pero familia al fin y al cabo.

–Has vuelto a tener pesadillas –comentó Amora, mientras Loki se sentaba y un sirviente jotun se apresuraba a servirle el desayuno. Dicha tarea, aunque aparentemente sencilla, era más difícil de lo que parecía y entrañaba un cierto riesgo. Había que desempeñarla lo suficientemente rápido como para que el exigente Loki no se impacientara, pero a la vez teniendo cuidado de no cometer el menor error, lo cual haría al desdichado sirviente acreedor de un fuerte castigo.

Loki alzó una ceja ante el comentario de la Encantadora.

–¿Es que ahora espías mis sueños?

–En modo alguno. Pero cuando construiste esta fortaleza, empleaste tus poderes para ello, y por eso parte de tu energía ha quedado impregnada en estos muros. Por eso, cuando estás alterado se percibe en toda la estructura. No todo el mundo puede sentirlo, desde luego, pero yo sí. Al igual que cuando no estás aquí: se nota que falta algo.

–Para que quede claro, ¿estás tratando de insinuarte? –repuso él sonriendo. Aunque ambos hechiceros eran socios y la naturaleza de su relación no iba más allá, Loki se sentía atraído por ella, como cualquier hombre que no estuviera ciego; si bien sólo era algo físico. Ella le había rechazado en más de una ocasión, algo que él se había tomado con deportividad precisamente porque su interés no era demasiado profundo, y él mismo reconocía que no era buena idea mezclar trabajo y placer, algo que ya le había salido mal en el pasado. Pero eso no le impedía bromear sobre ello. Cuando estaban trabajando, no había hombre más serio, frío y dedicado que él; pero en las horas de relax le divertía incomodar a Amora de vez en cuando con alguna indirecta de ese estilo.

Ella le devolvió la sonrisa, pero de forma cortés y forzada.

–Si hay algo más grande que tu ansia de poder, ése es tu gigantesco ego.

La sonrisa de Loki se amplió, con un matiz un tanto provocativo.

–Tengo cosas aún más grandes.

El hermoso semblante de ella formó una mueca de disgusto. Y Loki creyó ver que no sólo el de ella. En los ojos de Skurge, el guardaespaldas jotun normalmente inexpresivo y silencioso, había brillado un centelleo de cólera al escuchar a Loki hablar de forma tan poco respetuosa a su señora, pero a Amora no le hacía falta que él la defendiera, al menos no de Loki.

–Eres repugnante, Laufeyson.

–Me refería a mi energía psíquica. ¿De qué creías que estaba hablando, malpensada? –se burló él sin perder su sonrisa. Cuando estaba de broma, no solía enfadarse cuando los demás reaccionaban mal ante sus chanzas. Cuando hablaba en serio, sin embargo, que nadie se atreviera a llevarle la contraria lo más mínimo.

–Es curioso verte tan animado, cuando ayer te percibí tan angustiado en tus sueños –atacó ella mordaz, haciendo desaparecer la socarrona sonrisa de Loki–. Me da mucha curiosidad saber qué, o quién, aparece en ellos. No puedo imaginarme qué es lo que puede trastornar tanto al dios del engaño.

Loki había recuperado enseguida la sangre fría después del momentáneo sobresalto causado por la nueva alusión de Amora a su pesadilla. No había muchas cosas que pudieran impresionarlo por demasiado tiempo.

–A ti te lo voy a decir –dijo burlonamente.

–No sería mi hermana.

–Ciertamente no. Por cierto, ¿dónde está? –preguntó, extrañado al no verla en la mesa del desayuno– No se le habrán vuelto a pegar las sábanas.

–No. No he podido convencerla para que bajara. Está realmente furiosa contigo. Y permíteme que te lo diga, tiene razón. No me gusta nada lo que le estás haciendo.

–Ayyy... –suspiró él cansinamente, previendo que se le venía encima un nuevo sermón de Amora. El berrinche de Lorelei no le sorprendía. Tenía un cuerpo de mujer (uno espectacular), pero su mentalidad era la de una chiquilla caprichosa con sólo dos modos de humor: el lascivo y el malhumorado. Cuando acababa uno, empezaba el otro–. Por favor Amora, es muy temprano para que me vengas de nuevo con esto. Lorelei, por mucho que se comporte así, no es ninguna niña: es lo bastante mayor para saber lo que hace. Desde el principio yo le dejé muy claro los términos de nuestra relación y ella los aceptó; yo no tengo la culpa de que ahora cambie de idea, como siempre. Además, yo no la obligo a nada: es ella la que viene a mí por propia voluntad.

–Sabes que eso no es completamente cierto –contraatacó la hechicera.

–¿Otra vez te refieres a ese maldito elixir? Me tenéis aburrido ya las dos con eso –repuso él, un tanto impaciente–. Ni que se lo hubiera dado yo a ella, en lugar de al revés.

Cuando Amora y Lorelei eran unas recién llegadas a Jotunheim, la imponente y oscura presencia de Loki impresionó enseguida a la menor de las hermanas, que siempre se veía atraída por los hombres menos convenientes, del tipo peligroso –justo el tipo de Loki–; por no hablar de la erótica del poder que lo envolvía como un aura tenebrosa, al tratarse del señor del reino. La preciosa Lorelei estaba acostumbrada a conseguir a cualquier hombre que se propusiese, por lo que el desinterés de Loki por ella en un principio la contrarió y la molestó.

Por eso, atosigó a su hermana hasta que ésta accedió a facilitarle la fórmula de un filtro denominado elixir de Lofn, que haría, supuestamente, que él se enamorara de ella. Pero algo salió mal. Tal vez Lorelei lo preparó de la forma incorrecta, o puede que cometiera un error al recitar el hechizo en el lenguaje antiguo que lo acompañaba. El caso fue que, en vez de conseguir que Loki se enamorara de ella, fue ella la que cayó perdidamente enamorada de él, con un amor enfermizo, obsesivo, servil. Un amor que no toleraba el rechazo.

De forma que lo persiguió tenazmente durante semanas, metiéndose en su cama desnuda repetidas veces y poniéndole en todo tipo de situaciones comprometidas, hasta que al final él se rindió, más por cansancio que otra cosa. En fin, Lorelei era realmente bella y él no era de piedra, ni tampoco era que fuera casto ni nada por el estilo. Eso sí, estableció desde el primer momento que su relación sería sólo algo físico, sin el menor vínculo emocional ni ningún compromiso de exclusividad ni de ningún tipo entre ellos. Si ella estaba de acuerdo, seguirían adelante; si no, lo dejaría en paz. Desde el punto de vista de Loki, consideraba que estaba jugando bastante limpio con ella, para lo que era él. Por supuesto Lorelei accedió a todo lo que él quiso, y desde entonces ella acudía a su lecho y ambos saciaban sus ansias sexuales. A veces él pensaba que sobre todo era ella quien lo utilizaba a él para saciar las suyas, más que al contrario.

Pero ella enseguida faltó a su promesa, mucho antes de lo que él lo habría hecho. Eso de que no hubiera ningún vínculo entre ellos era pura palabrería que ella había aceptado para poder estar junto a "su amado". Muy pronto se volvió emocional y posesiva con respecto a él, Loki se resistía a dejarse controlar por una mujer y de ahí surgían los conflictos, o más bien el eterno conflicto. De vez en cuando aguantaban varios días sin pelearse, pero eran los menos. Sus peleas siempre se iniciaban de la misma manera: Loki se mostraba frío o distante de algún modo, Lorelei se enfadaba y él la mandaba a paseo. Ella estaba enfurruñada durante un lapso de tiempo variable, odiándolo a muerte; pero entonces el hechizo volvía a tomar fuerza atrayéndola hacia él. Era un círculo realmente vicioso.

–¿Sabes qué? –añadió Loki a Amora– Siempre me he preguntado por qué ese elixir salió tan mal. Lorelei no tiene tanta experiencia como tú, pero también sabe de magia, y se aplica especialmente cuando es para conseguir algo que le interesa, especialmente en el aspecto sexual. Me extraña mucho que se equivocara al elaborarlo. ¿No será que estabas harta de su ansia de hombres y le diste la fórmula mal a propósito para darle una lección?

Ella lo fulminó con la mirada.

–¿Crees que habría puesto a mi hermana en tus infames manos sólo por escarmentarla? Piensas que todo el mundo se comporta con su familia al igual que tú con la tuya. No, la fórmula era correcta, y no sabes cuánto me arrepiento de habérsela dado. Ella debió mezclarla mal… –hizo una pausa mientras una idea parecía venirle a la mente, y añadió–: Bueno, hay otra posibilidad, pero tan absurda que ni me atrevo a comentarla.

–¿Y cuál es? –le preguntó él con una sonrisa socarrona– Venga Amora, suéltalo todo. Estamos en confianza.

A ella le costó hablar.

–Al contrario que la mayoría de filtros de amor, esa fórmula no sólo tiene efecto sobre las feromonas, los motores químicos del cuerpo responsables de la atracción física –explicó–, también afecta al corazón, al alma, a la capacidad de amar, por eso ese elixir es tan poderoso. Y una magia tan poderosa no debe ser tomada a la ligera, su uso frívolo suele tener consecuencias. Si el corazón de la persona objeto del hechizo ya está ocupado por un amor verdadero, éste se defiende del ataque mágico anulando su efecto, y a menudo el hechizo rebota contra quien lo ha impuesto.

Loki se quedó mirándola. Al principio, su rostro pareció adquirir una expresión confusa, pero enseguida soltó una dura y burlona carcajada.

–¿Eso es lo que crees que ocurrió? ¿Que el elixir no me afectó y el hechizo rebotó contra tu hermana porque mi corazón está ocupado por un amor verdadero?

Amora le clavó una mirada altiva.

–Por supuesto que no. Para eso, habría que suponer en primer lugar que tú eres capaz de amar, algo que dudo de veras. Como dije, Lorelei debió equivocarse al elaborar el filtro.

–Estoy de acuerdo –Loki subrayó desenfadadamente sus palabras con un gesto con la mano que portaba su copa de jugo de fruta.

–Aunque… la otra posibilidad explicaría por qué te despiertas tantas noches tan angustiado y alterado –añadió ella, estrechando los ojos de forma desafiante.

–No sigas por ahí, amiga mía –le recomendó él, con tono (falsamente) jocoso.

–Que yo recuerde, estuviste casado, ¿verdad?

–Amora… –esta vez su tono ya no era risueño, sino de advertencia pura–, basta.

Ella se quedó callada, observándole un poco atemorizada. Loki era aterrador cuando abandonaba su máscara cordial y mostraba su temible oscuridad. Dándose cuenta, él volvió a sonreír.

–Sí, estuve casado, pero aquello fue hace mucho tiempo –comentó como sin darle importancia–. Sólo fue un matrimonio de conveniencia y no nos llevábamos demasiado bien, hacíamos vidas prácticamente separadas. Por suerte ella murió y recuperé mi libertad, algo a lo que siempre he tenido mucho aprecio –añadió con una mueca de satisfacción–. No des vueltas a tu linda cabecita con teorías ridículas, querida. Ni intentes ver cosas que no son. No hay ningún amor, ni verdadero ni falso, dentro del corazón del dios del engaño.

–El dios del engaño no tiene corazón –susurró ella, sin tranquilizarse aún del todo.

–Tú lo has dicho –concordó él.

–Aun así, sigue siendo ruin por tu parte lo que le estás haciendo a Lorelei –insistió la Encantadora–. Si hubiera sospechado que algo así podría llegar a ocurrir nunca le habría dejado intentar hechizarte.

–Espero que hayáis aprendido la lección. Las dos.

–No es que se pueda esperar nada bueno de ti, pero debí imaginar que tú acabarías aprovechándote…

–¿De una niña inocente? –la provocó él, ufano; y ella volvió a mirarle con odio. El sarcasmo venía de que los dos sabían que Lorelei, pese a su juventud, era de todo menos esas dos cosas.

–…de la situación –completó Amora.

–Creo que me confundiste con un caballero –sonrió él, sirviéndose unos huevos revueltos–; es un error muy común de la gente, aunque cada vez menos. Ni yo soy un caballero ni tu hermana, si no te importa que te lo diga, es una dama. Y viendo la insistencia de Lorelei, me resistí bastante más de lo que tengo por costumbre, por deferencia a ti.

–Qué considerado –dijo ella despectivamente.

–De hecho, y pese a la ironía con la que has hablado, lo soy. ¿Por qué no anulas el efecto del elixir?

–¿Crees que no lo he intentado ya? –Amora parecía furiosa a través de su apariencia de impasibilidad–. Pero Lorelei se niega y si el objeto del hechizo se resiste, no hay manera de deshacer el conjuro. Tienes que ayudarme, Loki. Tu capacidad de sugestión hipnótica es la más formidable que he conocido. Si trabajamos juntos, podríamos anularlo.

–No –contestó él simplemente.

–¿Por qué? Me consta que tú eres el primero que está harto de esto, y de ella.

–Y así es, pero tengo mis razones para querer conservar a Lorelei a mi lado. Una de ellas es que soy un hombre y como tal tengo mis necesidades, necesidades que tu hermana me ayuda a satisfacer. Lorelei es lo más aceptable en cuestión de mujeres que tengo por aquí en Jotunheim. Exceptuándote a ti, por supuesto. Sabes que preferiría tenerte a ti, si tú te ofrecieras para sustituirla en mi lecho tal vez me pensaría el ayudarte.

–Sigue soñando, Loki –contestó ella con dureza–. No eres mi tipo –Sorprendentemente, aquella réplica pareció hacer mella en la fría y sardónica máscara del dios del engaño, pero por una razón muy diferente a la que habría podido sospechar la Encantadora. Loki bajó la vista, como perdido en sus recuerdos.

–No… –le oyó murmurar Amora– no más sueños.

Ella lo observó intrigada. En ocasiones le parecía ver una personalidad muy diferente bajo el exterior y la actitud cínica e insoportable de Loki Laufeyson. No ocurría a menudo, y cuando ocurría era durante un tiempo tan breve que la dejaba preguntándose si sólo habría sido su impresión, pero a veces le parecía que a sus ojos se asomaba un alma totalmente distinta: solitaria, atormentada. Llena de tristeza. Tal vez, por absurdo que resultara… ¿podría realmente estar escondiendo el dios del engaño en su corazón un amor verdadero, un amor perdido?

Pero ese momento de duda pasaba y de nuevo estaba allí la expresión burlona, autoritaria y despectiva, totalmente odiosa.

–Sí, ya sé que no soy tu tipo. Conozco perfectamente cuál es tu tipo… –la provocó–; pero cambiando de tema, empiezo a estar impaciente. ¿Cuándo vas a tener listo el ritual para convocar a Ymir? –le preguntó de sopetón, haciéndola alzar la vista sorprendida.

–Ya te dije que no era tan sencillo –se defendió ella–. Convocar a un ser tan poderoso es fácil, pero mantenerlo en esta esfera de forma permanente, y además manteniendo el control sobre él… no lo es. Existen demasiados riesgos, demasiadas variables que contemplar.

–¿Qué variables? Me estoy cansando de esperar –atacó Loki–. Cuando tu hermana y tú vinisteis a vivir aquí, me aseguraste que eras capaz de manejar como nadie los antiguos rituales en el idioma antiguo y que podías invocar a todas las fuerzas del universo, pero en todo este tiempo aún no he visto resultados. Y tengo que parlamentar con Ymir de una vez. Hasta que no sepa su postura sobre mi plan, si puedo contar con su ayuda, el resto de mi proyecto se encuentra totalmente atascado.

La Encantadora pareció reflexionar.

–Si sólo es hablar con Ymir lo que deseas, existe una manera más fácil de hacerlo. Es un ritual mucho más sencillo y tan sólo requiere el uso del Cofre de los Antiguos Inviernos.

Los párpados de Loki se entrecerraron y se levantó con calma. Alzó una mano cerrando el puño y de inmediato Amora sintió que la garganta se le cerraba y le impedía respirar. Skurge, siguiendo un impulso, avanzó hacia ellos, no se sabía bien si para ayudar a la mujer o para atacar a Loki, y de inmediato éste puso fin a aquello. Sólo con una de sus miradas letales, consiguió intimidar a aquel gigante que casi le duplicaba en tamaño, de forma que éste se detuvo en seco. En su rostro se veía claramente la lucha entre sus deseos de abalanzarse sobre Loki y el miedo que éste le inspiraba.

–¿Vas a atacarme, amigo Skurge? –preguntó éste, burlón– Tal vez no hice bien del todo cuando te asigné a la escolta de esta mujer, creo que lo has convertido en algo demasiado personal. Seguro, es preciosa, ¿pero vale la pena morir por ella?

El jotun no replicó, sólo bajó la vista, avergonzado, mientras Loki añadía:

–Recuerda quién es tu señor, y desde luego no es ella. Es a mí a quien debes lealtad.

Skurge no tuvo otra opción que retroceder cautelosamente, obedeciendo a su auténtico amo, aunque a las claras se veía su deseo –frustrado– de auxiliar a la mujer de la cual le habían encomendado su protección; tanto como su rencor hacia Loki. Éste, olvidándose de él, volvió a centrarse en Amora, la cual aún se afanaba por respirar, aprisionada por el poder telequinético de Loki.

–¿Me estás diciendo que durante todo este tiempo ha habido un modo para comunicarme con Ymir y que tú me lo has ocultado? –siseó él.

La Encantadora se esforzó por hablar a pesar de estar ahogándose.

–¡N-nunca me lo preguntaste! –se justificó apresuradamente, aterrorizada– ¡Creía que lo que querías era convocarlo y controlarlo, nunca dijiste nada de simplemente hablar con él!

Algo –aunque no del todo– convencido por aquel argumento, Loki abrió la mano y liberó su presa. Amora cayó de rodillas al suelo, aspirando a bocanadas el precioso aire.

–Este hechizo del que hablo es más sencillo e inmediato, pero sólo podrá traer a Ymir a esta esfera durante unos pocos minutos. Luego, las fuerzas del cosmos que han sido violentadas vuelven a su cauce y lo devuelven al lugar a donde pertenece –explicó, aún jadeando–. Y desde luego, no te garantiza el completo dominio sobre él.

–Bastará –afirmó él–. Prepáralo. Quiero hablar con él hoy mismo. Y, Amora… no quiero más fallos, ni que me ocultes más información. Podría haberme comunicado con Ymir desde hace mucho. Detesto perder el tiempo; que no se repita.

Amora se levantó, humillada:

–¡No puedes tratarme así, Loki! ¡Soy la Encantadora! ¡Soy la mejor hechicera que existe en los Nueve Reinos!

–Puede que seas la más versada en los rituales secretos en el idioma antiguo y por eso te necesito, pero soy yo quien tiene más poder –replicó él–. Que no se te olvide eso.

Ante aquello, la mujer le dio la espalda, demasiado furiosa para quedarse allí pero demasiado asustada como para desafiarle. Pero Loki tenía una última cosa por decirle:

–Y de hecho, ¿quieres saber la otra razón por la que no estoy dispuesto a liberar a tu hermana del hechizo que la hace amarme? Porque hace tiempo aprendí que el amor es una debilidad, una que puedo explotar a mi favor. Y no me refiero a su amor por mí. Me refiero al tuyo por ella.

Amora se volvió de nuevo hacia él pero no contestó, sus ojos echaban chispas mientras contemplaban a Loki. Él continuó hablando desde el asiento de su mesa, recostado sobre él en actitud displicente.

–¿Crees que no sé de quién estás enamorada? –dijo sibilinamente– ¿Crees que no soy consciente de que sólo vas a ayudarme para debilitar a Thor, y que así puedas quitárselo a Sif? ¿Y que me traicionarás cuando te sea conveniente? Pero Lorelei está atada a mí. Tú quieres a tu hermana, y ella me ama a mí. Esto quiere decir que yo la controlo y que no podrás alejarla de mí por mucho que lo intentes. Así que, Amora, cuando pienses en traicionarme, piensa también que es a tu propia hermana a la que estás traicionando. Si intentas jugármela, será ella quien pague las consecuencias. Tenlo muy presente.

Dicho aquello, continuó con su desayuno tranquilamente, indiferente a la mirada de odio con la que Amora lo taladró antes de abandonar la estancia. Skurge la siguió. Su expresión de disgusto hacia Loki no fue tan evidente como la de ella, pero aun así él se dio cuenta y una mueca desdeñosa asomó a sus labios mientras los observaba marcharse.

Seguramente había sido una mala idea asignarlo a la escolta de la Encantadora, pero cómo iba a imaginar que aquel enorme y temible jotun, que hasta el momento sólo había mostrado interés por arrancar las cabezas de sus enemigos, iba a caer tan rendido ante los encantos, nunca mejor dicho, de aquella mujer. No quería apartarlo de su escolta, aún necesitaba a Amora y todavía quedaban muchos jotnar hostiles a lo asgardiano –la memoria del pueblo por la derrota ante Asgard tantos años atrás aún seguía presente en algunos de los gigantes de hielo–; pero mentalmente se recordó que no debería quitarle la vista de encima, por si acaso.

Ah, el amor. Sí, era una debilidad, pero a la vez podía ser una fuerza muy poderosa. Y muy peligrosa… Podía subyugar los corazones de los hombres y trastornarlos hasta convertirlos en el completo opuesto de lo que una vez fueron. Él lo sabía mejor que nadie, pero afortunadamente el resto del mundo ignoraba hasta qué punto.


Como veis, las cosas han cambiado bastante para Loki. He vuelto a recuperar su aspecto de la película de Thor. El que tiene en la peli de los Vengadores, con el pelo más largo y pinta más amenazadora también me gusta, pero prefiero el de la primera peli. Cuestión de gustos.

En cuanto a su situación, no es rey, pero como si lo fuera. De todas formas, no le da demasiado valor al trono de Jotunheim. Sabe que para demostrar que él vale tanto como Thor o más (ser su igual), tiene que hacerse con el trono de Asgard.

Pero en realidad, como se vio en el cómic o la animación de Blood Brothers, ser rey a Loki le aburriría bastante. Tantos trámites y asuntos burocráticos y rutinarios supondrían un engorro para alguien brillante y creativo como él. Para él, ser rey sólo es una forma de reivindicarse como alguien valioso (un hijo digno), por lo que me parecía plausible que designara a alguien como "hombre de paja" para que le solucionara los asuntos más triviales y para las cosas importantes él estuviera en la sombra manejando los hilos.

En principio iba a hacer que ese "hombre de paja", ese rey falso de Jotunheim, fuera Thrym (otro jotun de los mitos), pero Thrym siempre me ha parecido tener demasiado carácter y energía como para dejarse manejar por nadie, así que al final he decidido que fuera Helblindi, que al fin y al cabo es el sucesor legal de Laufey y Byleist. Espero que la justificación no haya quedado muy liosa, de hecho tenía medio escrito el primer encuentro entre Helblindi y Loki en la que hacen el pacto, pero ya se hacía muy largo y la historia ya es bastante larga sin ella (se ha quedado en plan "deleted scene" XD).

A quienes estáis impacientes por saber de Sigyn y Tess, tened paciencia. En un par de capítulos conoceréis cómo va su vida de la misma manera que estáis viendo la de Loki. Pero hasta entonces no dejarán de pasar cosas.

Para quienes no conozcáis los cómics, Amora la Encantadora es uno de los personajes emblemáticos de los cómics de Thor. Probablemente la veáis en alguna de las secuelas de la peli de Thor. Es una hechicera de moral ambigua, muy poderosa y muchos cómics la ponen como intentando seducir a Thor. A veces es aliada de Loki, otras su enemiga (por esa atracción que siente hacia Thor), y Loki se siente atraído por ella, pero en su mayor parte su relación es de socios. En el fic "Magia negra" de Lady Loky aquí en ffnet es una de las protagonistas, y su relación de atracción/repulsión con Loki tiene una química bestial, ¡os lo recomiendo! Yo seguramente no he podido caracterizarla tan bien como ella, pero aquí tenéis mi versión.

Skurge, el Ejecutor, es un guerrero que a veces le ha hecho de guardaespaldas y que está enamorado de ella. En los cómics tiene aspecto humano, pero he leído que es de Jotunheim, por lo que lo he hecho gigante de hielo.

La relación entre Loki y Lorelei, provocada por un hechizo de amor un tanto "tramposo", aparece en los cómics. En el canon, Amora y Lorelei no se llevan tan bien (por lo menos aparentemente), y realmente fue Amora la que arregló el hechizo para que Lorelei se enamorara de Loki (como se insinúa en el fic), para darle una lección porque Lorelei no quería unirse a sus intrigas, y además había conseguido seducir a Thor y se lo estaba restregando por la cara. Y Amora es mucha Amora XD

Aquí lo cambio un poco. Eso de que el elixir de Lofn salga mal y "rebote" si el objetivo ya amaba previamente es una invención mía, ya sé que un poco ñoño pero no me he podido resistir. Cirze me comprenderá esta alusión al poder del amor verdadero (está publicando un precioso fic de "La princesa prometida", película donde se habla bastante del tema, si os gustó la peli también os lo recomiendo).

Lo de que Loki admita su matrimonio en plan irónico también aparece en el cómic, concretamente en Thor vol. 1, nº 41 (correspondiente a The Mighty Thor #357), aunque esta conversación la tiene con la propia Lorelei.

Ah, y el término que aparece en el retrato de Sigyn, fá-lyndi, es la traducción que he encontrado en Internet del nórdico antiguo para "fidelidad". Espero que sea el correcto.