–5–
Prudentemente, Loki había escondido el Cofre de los Antiguos Inviernos en una cueva oculta bajo las nieves, cuya localización sólo conocían él y sus hijos varones. Por nada del mundo lo habría mantenido en su propia fortaleza, con Amora rondando por ahí. La Encantadora sólo era su aliada hasta cierto punto, y por su supervivencia Loki debía tener muy claros los límites de su confianza con ella. Pese a tener su vínculo con Lorelei para controlarla, no era bueno confiarse. La excesiva confianza en su dominio de la situación ya le había costado muy cara en el pasado y Loki no tenía intención de que algo similar volviera a repetirse.
Aunque hubieran podido teletransportarse directamente, aquello habría dejado un rastro de energía residual en el éter que rodeaba Jotunheim, un rastro que Amora habría podido captar; así que, para extremar las precauciones, Loki y sus hijos no tenían más remedio que trasladarse de la manera tradicional. En aquel momento, el dios del engaño cabalgaba a lomos de su hijo mayor, Fenrir. Ya adulto y en su forma de lobo negro, Fenrir era tan gigantesco como un oso terrestre y su aspecto daba pavor a todo aquél que no lo conociera y supiera el carácter ciertamente afable –bajo el cual hervía una veta asesina– que tenía el jotun.
A poca distancia de ellos, Jormungand se deslizaba sinuosa pero velozmente por entre las rocas en su forma de serpiente. A diferencia de su hermano, él no sólo podía controlar su forma sino también su tamaño: el menor que podía alcanzar, que era el que tenía en aquel momento, eran unos cuatro metros de longitud con medio metro de diámetro de grosor; y el mayor… podía ser infinito. Su capacidad de aumentar de tamaño era tal que Jormungand no había llegado a probarla con toda su potencia, pero se jactaba de que podría llegar a ser tan grande como para aplastar Jotunheim con su peso.
Cuando llegaron a la entrada de la caverna, situada a unas cuantas millas al oeste de la fortaleza de Loki, se había levantado otra ventisca que hacía volar alocadamente los copos de nieve en torno a ellos. En Jotunheim se podía alcanzar temperaturas cercanas al cero absoluto, pero ninguno de los tres mostró el menor signo de frío. Aunque con su forma humana y apenas abrigado, Loki era capaz de soportar aquel clima extremo por su genética; y en cuanto a sus hijos, además de eso, habían crecido allí toda su vida.
Una vez allí, Loki desmontó de la grupa de Fenrir.
–Quedaos aquí y custodiad la entrada –ordenó a sus dos hijos–. A la menor señal de algún intruso, ya sabéis lo que tenéis que hacer.
–Desde luego… matar-devorar-destrozar –respondió el mayor con una risita y una ronca carraspera típica de quien intenta hablar de forma humana con una garganta no concebida para ello. Como lobo, Fenrir era un asesino implacable, devorador de casi cualquier animal o cosa que fuera de menor tamaño que él o incluso más grande.
–¿Quieres dejar de tomártelo todo a broma? –se oyó la siseante voz de su hermano serpiente reconviniéndole– Padre está especialmente irritable hoy.
Loki alzó una ceja. ¿Cómo lo había sabido? ¿Acaso ahora todo el mundo podía ver sus sueños?
–¿Y eso a qué viene?
–Bueno, es normal –la cabeza achatada de Jormungand se inclinó sobre él desde la parte superior de la oquedad de la caverna–, teniendo en cuenta el día que es hoy.
–¿Qué día es…? –se interrumpió al darse cuenta– Oh, es cierto.
Qué afortunada –o simplemente extraña– casualidad, y qué sorprendente que él no se hubiera acordado de aquello hasta que su hijo lo había mencionado. Aquel día era el día de Thor. No su coronación, ya que Thor había manifestado hacía mucho no desear ser rey mientras su padre viviera, haciendo innecesaria la abdicación de Odín; pero sí el día en que sería proclamado Campeón de honor de Asgard, su representante en el resto de los ocho Reinos. Supuestamente era el día en que le hubieran concedido el uso del Mjolnir, de no ser porque ya se lo habían otorgado mucho antes, y sin que él hubiera tenido que mover un dedo.
–Sí, la proclamación de nuestro "querido" tío como Campeón de Asgard –en las palabras del lobo había un inequívoco tono de burla–. ¿Por qué no hemos ido para allá a hacer nada para fastidiarlo un poco?
Loki se encogió de hombros.
–Para qué perder el tiempo y energías con pataletas infantiles. Esa ceremonia no es más que una tonta farsa destinada a complacer a los asgardianos. Thor siempre ha sido su Campeón y nada de lo que nosotros hagamos va a cambiar eso.
"Éste iba a ser mi día triunfal", se le había quejado Thor tantos años atrás cuando su coronación se vio arruinada por la incursión de los gigantes de hielo en la Cámara protegida, ignorante de que había sido el propio Loki quien los había metido allí. "Lo será, más adelante", le había contestado filosóficamente él. Y cosas del destino, ese día había llegado y él ya no estaba allí en Asgard para estropeárselo de nuevo.
Pero no importaba, ya llegaría el día triunfal del propio Loki, que echaría por tierra cualquier cosa que pudiera conseguir su hermano.
–Aun así, podríamos haber hecho algo –comentó Jormungand–. Llevábamos meses enterados de la ceremonia, nuestros espías nos revelaron todos los detalles.
–Sólo porque Odín permitió que lo hicieran –repuso Loki–, y eso es una prueba de que nos habrían estado esperando si hubiéramos ido allá. Una trampa un poco burda –añadió desdeñoso.
–¿Que Odín permitió que…? ¿Y cómo lo sabes?
–Porque mis señuelos también captaron esa información.
–¿Señuelos? –Fenrir estaba sorprendido.
Loki suspiró cansinamente. No había nada que pusiera más a prueba su paciencia que tener que explicar a sus hijos todos sus movimientos estratégicos.
–Mis espías "falsos". Odín se imaginaba que enviaría espías a Asgard, así que mandé algunos un poco torpes para que fueran detectados. El viejo zorro, bastante astutamente por cierto, no los capturó, sino que los usa para enviarme información falsa, o que él quiere que yo sepa. Lo que no sabe es que, aparte de esos espías, también envié a otros más hábiles que no fueran detectados. Ésos son los que me proporcionan información fidedigna y verdaderamente útil. Aunque habría que ver si Odín no los ha localizado también y ha repetido la jugada con ellos… –murmuró como para sí. Al menos, era lo que él mismo habría hecho de estar en su lugar.
Por desgracia, aquel jueguecito entre su padre adoptivo y él resultaba en que era muy difícil discernir, entre todas las informaciones que le traían los espías, cuáles eran auténticas y cuáles falsas. Y esos magos que había contratado Odín generaban una nube de niebla mística que en muchas ocasiones ocultaba Asgard del alcance de las Llamas de la Omnipresencia. Cada uno de los bandos estaba en relativa oscuridad con respecto a los planes del otro, si bien Loki estaba continuamente rompiéndose la cabeza en busca de modos de darle la vuelta a esa situación.
–Lo que nos debe importar de esta estupidez del Campeón de Asgard son dos cosas –resumió–. La primera, por desgracia, es que ellos también saben que el momento se aproxima, por lo que ellos también deben estar tomando medidas y preparándose para la guerra. Ésa es la mala noticia. Pero la segunda conclusión es que deben de estar muertos de miedo, como para querer hacerme esa advertencia. Ésa es la buena noticia.
Podía imaginarse perfectamente la escena, toda la Corte arremolinada en el palacio de Odín, lamiéndole el trasero, y el Padre de Todos anunciando la proclamación de Thor como Campeón con su lenguaje pomposo y con la boca llenándosele de conceptos como el honor, la valentía y el sacrificio… lo mismo de siempre. Y su medio hermano, con cara de bobalicón, jurando que pondría toda su fuerza y la de su martillo al servicio de Asgard. Que se fueran al infierno.
Lo que más le molestaba de todo aquello no era que todo el mundo estuviera venerándole y reverenciándole cuando a él lo habían temido y despreciado incluso durante el breve tiempo que se sentó en el trono asgardiano, ni que Thor siempre hubiera tenido derecho a Mjolnir y hubiera podido levantarlo sin problemas mientras que él no había tenido oportunidad de moverlo ni una sola vez, eso podía aceptarlo… Lo que más rabia le daba era que cuando acabara la ceremonia, Thor cenaría con sus padres y sus amigos, disfrutaría de sus hijos y después se iría a la cama a dormir con su mujer, y ninguno de ellos se acordaría de él más que para maldecir su memoria. Ya no pertenecía a aquella familia. Ya no tenía familia, por mucho que se empeñara en fingir que sí. Podía rodearse de cientos de personas, pero siempre estaba solo.
Fenrir y Jormungand eran demasiado independientes, y aunque quería considerarlos sus hijos ellos mismos le trataban más como un jefe que como a un padre. Y aunque si se sentía solo por las noches siempre podía llamar a Lorelei, no era lo mismo. Nunca había sentido ganas de dormirse simplemente abrazándola, pero sabía que en el caso de que hubiera querido hacerlo ella lo habría tomado como una invitación para tirársele encima buscando más sexo. Aquella pequeña ninfómana casi lo hacía sentirse viejo, pese a que externamente él pareciera tener la misma edad que sus hijos.
Todo para Thor, como siempre; y nada para él. Aunque él sí hubiera tenido una familia en una época y la hubiese tirado por la borda, eso no lo consolaba, al contrario.
Pero en fin… siempre le quedaba aquello. El Cofre de los Antiguos Inviernos. Su única victoria sobre Odín; al menos, por el momento.
Mientras reflexionaba sobre el particular, se paseó por la caverna rodeando al Cofre, contemplando cariñosamente su mayor tesoro. Hacía mucho tiempo que no iba a echarle un vistazo, precisamente por lo alejado del emplazamiento de su escondite y que desde la llegada de Amora no podía hacer uso de su poder para teletransportarse hasta allí; y lo había echado de menos. Aquel Cofre había sido el inicio de todo. Gracias a él, se había enterado de quién era realmente. Gracias a él, Loki era lo que era.
Sonrió casi paternalmente, acariciando con suavidad el cuerpo hexaédrico, el cual desprendía una suave luz azul. Al tener los dedos recubiertos por los guantes, no sucedió nada, pero Loki sabía que el contacto directo lo devolvería inmediatamente a su forma jotun, que de ordinario tenía que hacer un esfuerzo por adoptar. Cosas de estar tantos años como humano, ahora le costaba mucho más trabajo mostrar la auténtica forma con la que había nacido, requería cierta concentración por su parte.
Quitándose los guantes, se situó frente al Cofre y lo sostuvo con ambas manos. Aunque no sintió nada especial en su piel, percibió bullendo bajo la superficie del objeto los irrefrenables y gélidos vientos de los mil inviernos que, según se decía, se contenían en aquel pequeño espacio. Al mismo tiempo, vio que sus manos se coloreaban de azul grisáceo, por lo que supuso que ya había vuelto a su forma jotun. Había llegado el momento de empezar el hechizo de invocación de Ymir.
El idioma antiguo, muerto para la mayoría de los seres vivientes, era complejo, impenetrable, pero Loki lo hablaba con la misma fluidez del idioma común; si bien la Encantadora conocía mejor que él las arcaicas fórmulas rituales que convocaban el poder de las fuerzas de la naturaleza, no en vano había dedicado su vida a aprenderlas. Loki dejó el Cofre de los Antiguos Inviernos en su sitio, aunque siguió apoyando una de sus manos en él para no perder el contacto. Con la otra, se buscó en el bolsillo, sacando un pergamino donde Amora le había puesto por escrito el conjuro que tenía que repetir. Sólo tuvo que leerlo una vez para retenerlo: no tenía memoria eidética, pero sí bastante buena.
Pronunció las palabras de manera solemne, con los ojos cerrados, procurando no equivocarse. Un conjuro de ese calibre podía ser peligroso si era mal recitado. En realidad no sentía nada de la humildad con la que ese hechizo proclamaba ser emitido, pero eso no tenía por qué saberlo nadie. Era tan buen actor que podía engañar hasta las mismas arcanas fuerzas de la naturaleza.
O no. Después de decir las palabras, abrió los ojos y esperó unos segundos. No ocurrió nada.
Algo de contrariedad se reflejó en su semblante. Sí, estas cosas llevaban su tiempo, pero… esperaba que sólo hiciera falta eso, aguardar. Ojalá que la secreta arrogancia con la que había dicho el conjuro no hubiese estropeado el efecto del hechizo. O tal vez Amora se había equivocado. Sería eso. Cuando volviera a la fortaleza, se iba a enterar.
De todos modos, esperó un poco más, ya que estaba ahí. Y entonces –se sintió aliviado–, pudo percibir un tenue sonido, un ligero movimiento tras las paredes de hielo de la cueva. Estaba allí. Estaban allí, no era uno solo.
Poco a poco los movimientos se intensificaron y las imágenes se fueron haciendo más definidas, como si el hielo de esas rocas no fuera más que un cristal que separase una dimensión de otra, al igual que los inviernos que se acumulaban bajo la superficie esmerilada del Cofre. Poco a poco se fueron abriendo grietas en aquella extensión quebradiza, y el estruendo que venía de todas las paredes fue en aumento de forma terrible. Parecía haber bastantes de ellos, e incluso Loki, el dios del engaño que no solía dejarse impresionar por casi nada, sintió miedo durante un segundo. Pero su impaciencia era mayor incluso que su temor.
–Vamos… –susurró– No tengo todo el día.
De repente el hielo de la roca frente a él estalló en mil pedazos como un cristal, y aunque había roca tras éste, eso no parecía detener a los entes que había atravesado el tenebroso sendero desde la dimensión de los muertos a donde Loki los había invocado. Varios enormes gigantes de hielo de primera generación e Ymir, el gigante de hielo original. El primero y padre de todos los jotnar, el mayor de todos ellos y el más poderoso. Loki se quedó observándolo, fascinado.
Ymir era cuatro veces mayor que un asgardiano medio y duplicaba en proporciones a los gigantes de hielo actuales, los cuales apenas resultaban ser meras copias descafeinadas de éste. De dimensiones ciclópeas y rasgos y miembros esculpidos como con escoplo, todo él parecía hecho de hielo y su piel refulgía con destellos diamantinos a la pálida luz que se veía en la cueva; era tan grande que era una suerte que el techo estuviera tan alto, porque de lo contrario habría derribado la caverna.
Sus ojos, de un intenso color carmesí, brillaban como ascuas ardientes, y una corona de escarcha centelleante parecía levitar en torno a su frente y sienes, sin rozarlas. Ni siquiera el más valiente de los hombres habría podido evitar sentirse impresionado por una visión así, pero aun así Loki se esforzó por dominarse y ocultar su aprensión.
–Controlo el Cofre de los Antiguos Inviernos –le advirtió de entrada, arreglándoselas para que la voz no le temblara demasiado–, y por tanto te controlo a ti. Una palabra mía, y volverás al abismo de donde saliste.
–¿Tú crees? –le respondió la voz cavernosa y espectral de Ymir. A continuación, se echó a reír (una risa estremecedora) al ver la expresión del rostro de Loki–. Sólo bromeaba. ¿Piensas que tengo la intención de atacarte?
–Conociendo a nuestra raza, nada me sorprendería –repuso Loki cautelosamente, sin dejar de vigilar los movimientos del coloso, por si acaso.
–Pero tú eres familia. No dañaría a uno de mis hijos, al menos sin una buena razón –dijo Ymir–, y tú eres el último de mis descendientes. Loki, hijo de Laufey. Incluso me recuerdas a uno de mis hijos de la antigua era, Utgard-Loki, del cual tú heredaste parte de su nombre. Claro que tú eres mucho más canijo. Casi pareces humano –añadió algo despectivamente.
Loki no contestó, pero sus párpados se entrecerraron dejando apenas una ranura a través de la cual se veía el color rojizo de sus ojos jotun.
–No te ofendas –dijo jocosamente el gigante–. Como suelen decir, el tamaño no es lo que importa. Mi criterio a la hora de juzgar a otros es el poder y el éxito, y tú vas bastante bien servido, al menos en lo que se refiere al poder. Eres el más poderoso de tus hermanos, más de lo que nunca fue Laufey. Me atrevería a decir que eres el miembro de nuestra raza más poderoso de las últimas generaciones.
–Gracias –contestó Loki, halagado.
–En cambio, en el aspecto del éxito, es otra cuestión –objetó Ymir, con cierto reproche–. Tanto poder, y aún no has conseguido someter a nuestros enemigos asgardianos.
Loki carraspeó, algo incómodo.
–Estoy trabajando en eso. Precisamente para ello quería hablar contigo.
–Lo sé. Me has convocado para pedirme ayuda. Quieres mi colaboración para destruir las defensas de Asgard, en particular a tu odiado hermano adoptivo, Thor.
–Se necesita bastante más que tú para eso –replicó Loki, deseando quitar a su antepasado esa expresión de suficiencia, tan parecida a la suya propia.
–Ya me imagino. Supongo que no soy yo el único recurso que tienes en mente. Apuesto a que también pretendes convocar a Surtur, y… ¿tal vez Ulik, el rey de los trolls?
La expresión de Loki cambió a una de absoluta estupefacción. Si hubiera podido palidecer lo habría hecho, pero la piel azul de los gigantes de hielo no manifestaba tales debilidades.
–¿Co-cómo…?
–¿Que cómo lo he sabido, dices? No olvides que mi sangre corre por tus venas, hijo de Laufey. Y conozco tu forma de pensar. Pero déjame decirte que ni los gigantes de fuego ni los trolls son buena idea. Ambas especies son impredecibles, poco manejables; no respetan las reglas. No razonan como nosotros ni se deben a nadie más que a sí mismos. Te darán más problemas de los que te solucionen.
–Pero no tengo opción –razonó Loki–. Los gigantes de hielo, por sí solos, no son suficientes para enfrentar a los ejércitos asgardianos, ni siquiera con la ayuda de los elfos oscuros. La tecnología asgardiana sigue siendo altamente superior a la de Jotunheim. Si quiero aplastarla, necesito una superioridad numérica total. He de reunir a todos los efectivos que pueda.
–Y puedes hacerlo.
–Ni hablar. La ayuda de Malekith es limitada y está sujeta a demasiadas condicionantes, siempre existe la posibilidad de que se eche atrás en el último momento. Una cosa que he aprendido a través de la experiencia es que nunca hay que poner todos los huevos en la misma cesta.
–Siempre podrás fiarte de los gigantes de hielo. Tú los controlas, eres su Comandante. Los jotnar resolvemos nuestros problemas sin ayuda de nadie.
–Ya te he dicho que no es suficiente –insistió Loki, algo impaciente–. No existen tantos gigantes de hielo como para darme la ventaja que necesito.
–En eso tienes razón. No hay tantos gigantes de hielo… vivos.
Los ojos de Loki volvieron a estrecharse.
–¿Qué quieres decir con eso? –preguntó, intrigado.
–La población viva de gigantes de hielo es escasa, en efecto. Pero, ¿te imaginas la cantidad de gigantes que han poblado Jotunheim durante generaciones y generaciones, desde la aparición del reino en la época antigua? Y, ¿qué harías si pudieras comandar esa increíble cantidad de jotnar contra Asgard? –propuso Ymir con una mueca maliciosa, obligando a Loki a reflexionar.
–Sería magnífico, por supuesto. La solución ideal. Pero no puede hacerse –observó después, algo desalentado–. Ni siquiera yo, ni aun con la ayuda de Amora, tenemos capacidad para invocar a tantos espíritus, ni traerlos a la vida desde el reino de las tinieblas.
–No, vosotros no –replicó su antepasado–, pero hay alguien que sí puede. Alguien sobre quien, por casualidad, tú tienes ascendiente. El ascendiente que da la sangre.
Loki parpadeó un segundo hasta darse cuenta de lo que insinuaba.
–¿Hela? –murmuró muy sorprendido, e Ymir asintió.
–Ella es la soberana del reino donde confluyen los muertos ahora. Es ella la que los atrae y los hace entrar y manifestarse, por lo que igualmente los puede dejar salir.
–Pero… –objetó él–, aunque lo que dices fuera cierto, es imposible. Por mucho que yo sea su padre, Hela me odia. Jamás se prestaría a ayudarme.
–Oh vamos, seguro que esforzándote un poco puedes convencerla. ¿O acaso tu celebrada elocuencia, tu afamada "Lengua de Plata" son tan sólo un falso mito? Ya que no tu autoridad de padre, haz valer tu habilidad para la persuasión. A poco que busques, encontrarás algo que puedas prometerle a cambio de su ayuda –se acercó por primera vez a Loki, y sus pesados pasos resonaron en el eco de la desierta caverna. Éste tuvo que contenerse para no retroceder, pese a sus supuestamente amigables intenciones–. Convéncela para que los deje salir, nos deje salir, de este espacio de oscuridad y vacío, y te garantizo que cuando llegue el Ragnarök nos tendrás ahí, y no dejaremos piedra sobre piedra en el reino de tus enemigos.
La imponente figura del coloso de hielo empezó a difuminarse: el tiempo dictaminado por Amora como limitado para que pudiera parlamentar con él estaba a punto de agotarse.
–No te aseguro que pueda, Ymir, pero lo intentaré –prometió Loki.
–Hazlo –asintió éste–. Ve a ver a Hela y demuestra quién es el dios del engaño –sonrió torcidamente–. No pierdes nada por intentarlo.
Mientras mantenía esa sonrisa, su piel opalina comenzó a aclararse y unas pequeñas motitas brillantes salían de ella, era como una figurita de cristal descascarillándose. Y no sólo de él, sino del resto de gigantes de hielo que lo acompañaban. El proceso continuó cada vez más intensamente y a mayor velocidad, hasta que el cuerpo de Ymir y los de su cohorte fantasmal parecieron deshacerse en miles de cristales de nieve que quedaron flotando dentro de la cueva ante los ojos maravillados de Loki. Pero a éste no había muchas cosas que le impresionaran cuando su cerebro le daba vueltas a su próximo paso.
Hela.
Sus hijos se quedarían de piedra cuando les dijera que tendrían que viajar al Helheim a visitar a su hermana, a la que hacía tantos años que no veían.
–*–*–*–*–*–
Tenía intención de ir a Helheim al día siguiente.
Habría ido en ese mismo momento, pero necesitaba un poco de tiempo para reflexionar. La perspectiva de volver a ver a su hija no lo seducía precisamente. Hela era la única de sus hijos que no le apreciaba ni respetaba; de hecho siempre había parecido detestarle más que a ninguna otra cosa en el mundo. No sabía si había sido por la influencia de su madre, o tal vez que ella era la única de entre sus hermanos que era capaz de penetrar en sus sinuosas intenciones y percibir que desde el principio él sólo había querido utilizarlos, si bien había acabado apreciando a sus hijos varones con el contacto continuado. Mientras vivieran –el tiempo que les quedara–, Fenrir y Jormungand eran como una extensión de él. Hela, en cambio, siempre había sido independiente y había manifestado muchas veces su decisión de mantenerse al margen de las intrigas y los planes de conquista de su padre y hermanos.
Aun así, tenía que convencerla. La idea de Ymir cada vez se le antojaba más lógica y factible. Usar a los gigantes de hielo muertos no lo hacía depender de nadie y era la opción más segura para conquistar Asgard. Por no hablar de que le proporcionaría una fuerza táctica muy superior a la que tendría aun contando con las acumuladas de los elfos oscuros, gigantes de fuego o trolls.
Al día siguiente iría al mismísimo Helheim. Llevaba sin ver a Hela mucho tiempo, desde antes de acabar rompiendo con su madre –Angerboda, esa zorra… ¿dónde se habría metido?–, aunque alguna vez le había enviado mensajes pidiéndole que fuera a verle a Jotunheim, más que nada por curiosidad, para ver cómo estaba. Hela había ignorado sistemáticamente cada una de esas invitaciones, así que Loki prefirió no insistir. Sabía que no era digno ni conveniente. Podía aceptar el odio de su hija sabiendo que probablemente estaba justificado: como Fenrir había remarcado en alguna ocasión, él no estaba como para ganar el premio al mejor padre, como tampoco Laufey y ni siquiera Odín. Las relaciones paterno filiales nunca habían sido lo suyo, ni ascendentes ni descendentes.
Pero al día siguiente, iría a visitarla. No como padre, sino como soberano –sin título, pero soberano– de Jotunheim, a solicitarle una alianza, como se le había ocurrido hacerlo en el pasado. No apelaría a la relación familiar que existía entre ellos, si es que aún existía; sino a su ambición. Negociaría con ella como lo habían hecho con Malekith, y por muy tirantes que estuvieran las cosas entre ellos, si con Malekith había conseguido llegar a un acuerdo, con ella también podría. Como ya había remarcado Ymir, tenía que haber algo que ella pudiera querer, que él pudiera prometerle a cambio de su ayuda. Todo el mundo tenía un precio.
Sin el menor rastro de hambre, aquella noche se fue directamente a su habitación a descansar. Tenía mucho que reflexionar y que discurrir, ahora que su plan parecía haber cambiado de rumbo para inclinarse a un extremo mucho más siniestro… el límite entre el mundo de los vivos y de los muertos, el uso de espectros para completar su plan. Era algo muy propio de él, pero a la vez muy arriesgado.
A pesar de su nerviosismo y su excitación ante el nuevo plan que empezaba a fraguarse en su mente, debería esforzarse por dormir un poco. Al día siguiente tenía que estar totalmente despejado para concentrarse y poder echar mano de toda su capacidad intelectual. Con Hela, lo necesitaría.
Al llegar a su habitación, se quitó su abrigada capa y comenzó a desnudarse, dejando toda su ropa tirada en el suelo. Esa noche estaba fatigado por el viaje –pese a su resistencia, ya no tenía costumbre de viajar al modo tradicional, habituado como estaba a teletransportarse y al uso de pórticos interdimensionales–, así que la ropa se podía quedar ahí: ya la recogería algún criado al día siguiente. Se sentó en su cama y comenzó a quitarse las botas, y en ese momento un leve rumor a sus espaldas llamó su atención. Al mirar hacia atrás se dio cuenta de que no estaba solo, y la perspectiva de una noche tranquila se le vino abajo al ver a la muchacha tendida entre las sábanas. Ella se incorporó e intentó abrazarle, pero él se levantó de la cama, esquivándola.
–Lorelei, ¿qué haces aquí? –preguntó, cansado y algo impaciente.
–¿Tú qué crees? –ronroneó ella, lanzándole una mirada ardiente.
–Creí que estabas furiosa conmigo y que no querías volver a verme.
–Estaba furiosa –confirmó ella con voz mimosa–, pero no sé por qué, me resulta difícil estar enfadada contigo demasiado tiempo. A veces te pones muy antipático, pero eso es porque eres un hombre de carácter, y eso me gusta. Me excita mucho –Mientras hablaba, se bajó los tirantes de la liviana túnica malva que llevaba y la dejó caer, quedando totalmente desnuda ante él. Tenía un cuerpo espectacular, pero Loki intentó no caer en sus redes.
–Esta noche no, Lorelei. Estoy cansado. Ha sido un día… complicado.
–Precisamente. Yo puedo ayudarte a relajarte. Ya sabes cómo –añadió con una risita–. Y no te preocupes, que no me quedaré a dormir. Después de tener lo que quiero me iré a mi cuarto como una buena chica.
–No. Márchate. No tengo ganas de juegos.
–Pero yo sí –llevó sus manos a su cabello y lo levantó en un gesto sensual–. ¿No te parezco hermosa, Loki? ¿No me deseas?
Él apartó la vista con indiferencia y continuó su acción de desnudarse… sólo para dormir.
–Sabes que no se trata de eso.
–¿De qué, entonces? –Lorelei saltó de la cama y se plantó ante él, con su aroma a jazmín tan embriagador– Es muy simple. Yo siempre obtengo lo que deseo. Y da la casualidad de que lo que deseo en este momento… es a ti –se abrazó a él, sin que esta vez pudiera esquivarla.
Qué fastidio, pensó él. Si no la necesitara para controlar a Amora… Algunas ocasiones le venía bien descargarse con ella, pero la mayor parte de las veces era más un engorro que otra cosa. Por muy bella que fuera –y lo era–, no era a ella a quien deseaba.
–Lorelei… –dijo con un ligero tono de advertencia. No quería hacer daño a la chica, pero se estaba poniendo muy pesada y él estaba perdiendo la paciencia.
–Puedo hacerte sentir bien, cariño… ya lo sabes –ella comenzó a besarle en el cuello y le acabó de quitar el chaleco del uniforme, para empezar a atacar los botones de su camisa.
Loki puso las manos en sus hombros intentando separarla de él, pero tenía que reconocer que no ejercía demasiada presión para alejarla. No sabía si era por no hacerle daño o porque aquellos besos en su cuello, el tacto de su piel joven y la proximidad de su precioso cuerpo desnudo y en especial sus pechos oprimiéndose contra su torso estaban empezando a afectarle… y ya no estaba tan seguro de desear que se fuera. Aun así, todavía intentó realizar un último esfuerzo para detenerla:
–Lorelei, para… –susurró. Un esfuerzo inútil, sin embargo, ya que aquello le salió jadeante, más un gemido de excitación que una verdadera orden con intención de ser obedecida.
–Ssshh… –lo acalló ella. Le abrió la camisa y empezó a besar y a lamer su pecho desnudo– Yo sé lo que te gusta…
Él cerró los ojos y se dejó llevar, consciente de que su cuerpo no había tardado mucho en reaccionar ante las caricias y la belleza de la muchacha y ahora su deseo se erguía, exigente, demandando ser satisfecho. No llegaba a estar realmente furioso –en tal caso, habría expulsado a Lorelei violentamente–, pero sí se sentía un poco irritado de que su cuerpo fuera tan fácil de convencer, cuando en principio había llegado a su cuarto sin la menor intención ni deseos de sexo. Pero ya que estaba, y ya que Lorelei se lo ponía tan fácil… Tal vez fuera eso precisamente lo que necesitaba para ayudarlo a relajarse y descansar.
Ella siguió jugando con su boca en su pecho, llegando a mordisquear los pezones y provocarle un leve quejido. Él le dirigió una mirada de censura, a lo cual ella respondió con una risita… y entonces bajó aún más lamiendo su vientre y se arrodilló soltándole los pantalones, los cuales cayeron a medias por sus piernas. Con los ojos cerrados, Loki inspiró hondo en el instante en que la sintió tomarlo en su boca.
Pese a su juventud, su técnica era soberbia. Sabía perfectamente cómo incitarlo para hacer las sensaciones más placenteras. Lo empapaba con su saliva y jugueteaba con su lengua precisamente en los puntos más sensibles, de forma que él tenía que hacer acopio de todo su autocontrol para no venirse en ese mismo momento. Su respiración empezó a hacerse más ronca y agitada, y ya rendido casi del todo a la maestría de su compañera de cama, comenzó a acariciarle suavemente el cabello, apartándoselo de la cara para permitirle continuar sin que le molestara. Le gustaba aquella melena, era tan sedosa, tan agradable de tocar, con ese color rojizo… tan parecido al de…
Entonces ella, sin dejar de estimularlo, levantó la vista hacia él, juguetona, y él sintió que el corazón se le detenía un instante, al igual que en sus sueños. Los ojos que lo miraban mientras su dueña le daba placer no eran los color violeta de Lorelei. Aquellos ojos eran de aquel inolvidable azul verdoso… aguamarina.
–Eres… eres tú… –susurró, sin poder creerlo. Su esposa muerta seguía mirándolo, con una expresión traviesa en aquellos labios que seguían cerrándose en torno a él, enloquecedores… y que sólo lo abandonaron para responder:
–Claro, amor. ¿Quién creías que era?
"Sigyn… oh, Sigyn…" pensó, aunque no llegó a decirlo en voz alta: no quería romper el hechizo. Ella continuó con sus caricias con su boca y con su lengua, rozándole suavemente con los dientes procurando no hacerle daño, sólo aumentar las sensaciones. Loki se limitó a cerrar los ojos de nuevo y acarició su cabello con mayor devoción, para seguir disfrutando de aquel placer que ahora le invadía con una fuerza y un significado renovados.
No sólo su corazón había dado un salto, sino también su apetito puramente carnal, y la idea de que la boca que lo rodeaba fuera la de Sigyn lo enardecía hasta límites insospechados. Ella nunca le había hecho aquello durante el tiempo que pasaron casados, ni él había llegado a pedírselo: le parecía que era algo demasiado obsceno para poder pedírselo a una esposa. Y no lo necesitaba, teniendo a Angerboda y posteriormente a la muerte de Sigyn otras amantes que nunca pusieron reparos a hacérselo.
Pero ahora, viéndola a ella en aquella posición, Loki deseó habérselo pedido. Sabía que Sigyn no estaba realmente allí, pero era a ella a quien veía; y la combinación de aquella visión insoportablemente sensual con la habilidad de Lorelei lo estaban matando: no aguantaría mucho más y no quería acabar así. Sigyn se merecía mucho más. Aunque quien estuviera allí sólo fuera su recuerdo.
Se alejó de ella –una parte de él protestó de mala gana, aunque otra estaba ansiosa por ir más allá–, la hizo incorporarse y sin contenerse la estrechó contra sí besándola con una intensidad voraz, un anhelo que ordinariamente tenía reprimido en su interior pero que al verla había resurgido con toda su fuerza. Ella le respondió con idéntico entusiasmo, y durante un instante Loki se sintió transportado a la época de su juventud, cuando estaba recién casado con ella y compartían aquellas deliciosas noches llenas de una pasión tan ardiente que él se negaba a admitir que pudiera ser auténtica, porque algo tan bueno no podía ser real. Y ahora sabía que sí lo era, después de haberlo perdido; pero al menos tenía la opción de intentar recrearlo.
Tomando el esbelto cuerpo entre sus brazos, lo depositó delicadamente sobre el lecho y se echó sobre ella de inmediato. Sigyn, su visión de Sigyn, no parecía molesta por el brusco e inesperado arranque de ansia que lo había invadido, y sonreía complacida y algo divertida por el palpable deseo que él manifestaba mientras de rodillas se quitaba apresuradamente la ropa que le quedaba. Loki se deslizó sobre ella, casi sin poder contenerse mientras acariciaba sus hermosas curvas –que eran de ella–, besaba cada centímetro de su cuerpo suave –que era de ella–; y lamía la fina piel de sus pechos y su vientre para bajar aún más hasta sus escasos rizos cobrizos, saboreando aquella mezcla de miel de flores con un ligero regusto salado de la excitación de la muchacha, que en el fondo él seguía viendo como de su esposa.
Había olvidado completamente la desgana que había mostrado apenas unos minutos antes, y los gemidos de placer de Lorelei, que iban en aumento, en sus oídos sólo sonaban como de Sigyn. Su poderosa mente, creadora de espejismos, había creado para él la ilusión más poderosa de todas, la más engañosa y la más dulce; y de forma completamente inconsciente.
En cuanto tuvo ocasión, la poseyó con un rugido de placer, hundiéndose en ella profundamente, casi con violencia… al darse cuenta, se detuvo y continuó con un poco más de suavidad. El deseo le hacía perder la cabeza y querer llevar a cabo el acto de la manera más intensa posible, pero la mujer que estaba mirándolo bajo él, la que lo recibía en su interior, era Sigyn, su Sigyn; y ella merecía todo tipo de consideraciones. Se merecía que lo hiciera con dulzura, tiernamente. Se merecía todo el amor que no había sido capaz de darle cuando estaba viva, y que ahora habría dado cualquier cosa por poder darle.
–Amada mía… –susurró jadeante, moviéndose rítmicamente sobre ella. Tomó su rostro entre sus manos y comenzó a besarla en la frente, en las mejillas, en sus suaves labios. Sigyn se dejaba besar, cerrando los ojos con deleite; mientras él le decía– Te quiero tanto… creí que nunca volvería a verte.
–Estoy aquí, querido –contestaba ella, también sin respiración, transportada por el placer.
–No vuelvas a irte. No me dejes nunca.
–Jamás –prometió ella abrazándolo muy fuerte. Él la estrechó contra sí, emocionado. Tales manifestaciones románticas, en el pasado, le habían parecido empalagosas y lo distraían del propio acto sexual en sí; ahora formaban parte de él, incrementando el placer más que apagándolo. Aquel gozo nunca le había parecido tan intenso, no porque estuvieran haciendo nada especial ni novedoso, sino porque lo estaba haciendo con ella.
Procurando no hacerle daño pero sin vacilar, se hundió aún más profundamente entre sus muslos y la oyó gritar al alcanzar el clímax. Sintió la urgente, casi irresistible necesidad de dejarse llevar él también… pero ella merecía que aguantara un poco más y eso hizo, esforzándose en mantener un ritmo que la complaciera, para permitirle prolongar su placer lo más posible.
Con delicadeza, la hizo cambiar de posición, colocándola encima de él igual que aquella última noche que pasaron juntos, poco antes de que ella muriera. Ella le siguió el juego con aquella sonrisa entre inocente y voluptuosa que le volvía loco, y empezó a moverse sobre él sensualmente. Loki no dejaba de observarla: era Sigyn la que estaba cabalgándole, y su rostro mostraba la misma expresión de placer que tenía aquella noche de quince años atrás, lo cual despertaba a partes iguales su nostalgia y su lujuria. Sus manos no podían alejarse del cuerpo de ella, tan pronto acariciaban sus caderas y ascendían por su vientre para llegar a sus pechos como se ceñían a la breve cintura femenina, marcando el ritmo; y la abrazaban, obligándola a recostarse sobre él para besarla una y otra vez.
Por desgracia, aquello no duró mucho. Ella se convulsionó violentamente bajo un segundo y más intenso clímax y aquello marcó el final: las contracciones de su interior rodeándolo fueron un estímulo demasiado poderoso para él y no pudo evitar explotar impetuosamente.
Sigyn se dejó caer rendida sobre él hundiendo la cara en su cuello y Loki la abrazó con tanta fuerza como podía sin llegar a lastimarla. Él mismo se encontraba sin respiración y jadeaba, intentando recuperar el aliento. Tenía los ojos cerrados, e incluso después de liberarse de la necesidad sexual, encontraba increíble aquella sensación de seguir abrazando a Sigyn, su Sigyn, continuar aún en su interior, poder saber que estaba allí, con él. Sólo aquello lo hacía tan feliz… Sin dejar de respirar pesadamente, la besó con dulzura en el cabello. Había recuperado a su esposa… no, no sólo a su esposa. Había recuperado a su amada.
Ella se incorporó un poco para besarle, y al principio él le respondió… pero su ternura y sus cálidos sentimientos se desvanecieron como bajo una lluvia helada cuando abrió los ojos y vio, sobre él, el rostro hermoso pero no deseado de Lorelei, y sus ojos violeta en lugar de los de Sigyn. El espejismo se había desvanecido y la realidad lo golpeó cruelmente. Lorelei, en cambio, parecía radiante.
–¡Oh Loki! –exclamó con sus ojos brillándole de entusiasmo– Ha sido maravilloso…
Intentó besarle de nuevo, pero él la esquivó. Sin decir palabra, se la quitó de encima un tanto bruscamente y se alejó sentándose al otro lado de la cama. Su cuerpo aún estaba tembloroso por el reciente orgasmo, pero una vez pasado el placer físico y devuelto a la realidad, se sentía horrible. No por lo que acababa a hacerle a Lorelei, sino por el vacío, por la desilusión. Sigyn estaba muerta, jamás volvería a su lado, y aquellas alucinaciones serían lo más cerca que estaría nunca de ella.
En realidad, una parte de él no dejaba de ser consciente en ningún momento de que Sigyn no estaba allí y que sólo sus recuerdos y sus fantasías eran los que la hacían verla en Lorelei; pero otra parte siempre acababa dejándose llevar por esa fantasía y creyendo que realmente su esposa había regresado, que era a ella a quien estaba abrazando, que era ella a quien estaba amando. Lo cual hacía que el despertar del sueño fuera mucho más frustrante y emocionalmente devastador.
–Vete –dijo en voz baja, sin mirarla.
–¿Qué? ¿Por qué? –preguntó la muchacha, desconcertada– ¿Qué ocurre?
–Quiero estar solo. Vuelve a tu habitación.
Ella abandonó su confusión para empezar a mostrarse enojada.
–¿Pero qué mosca te ha picado? Acabas de estar increíblemente dulce y apasionado conmigo, ¿y ahora me echas como a un perro, una vez satisfechos tus deseos?
–Prometiste que en cuanto termináramos te marcharías sin protestar.
Lorelei no pudo replicar a aquel argumento, que por lo demás era cierto.
–Ya lo sé, pero… Loki, me has dicho que me querías.
–No te lo estaba diciendo a ti. Márchate, por favor.
–¡¿Qué? –atónita y encolerizada, ella se enfrentó a él– ¿Estabas pensando en otra mujer mientras hacíamos el amor?
–Lo que hacemos no se puede denominar "hacer el amor" –remarcó Loki con sarcasmo cruel. Aunque él sí que estaba haciendo el amor… sólo que no con ella–. Por última vez, vete.
–Eres… ¡eres un bastardo!
–Lorelei, estoy empezando a enfadarme –le advirtió él con voz calmada pero severa, intentando no perder la paciencia, ya que nada de aquello era su culpa… pero sin poder evitar sentirse cada vez más irritado con esa chica. ¿Es que ella no se daba cuenta de lo mal que se sentía?
–Mi hermana tiene razón, eres un cerdo y te odio –siseó rabiosa–. ¡No pienso volver nunca más a tu lecho!
–A ver si es verdad… –suspiró él. Ella avanzó hacia él y le sacudió una bofetada, que a pesar de todo no pareció afectarle. Estaba demasiado sumido en su honda pesadumbre interior.
–¡Espero que el dios del trueno acabe contigo! –chilló la joven impulsivamente. Aquella frase, más que los golpes, más que cualquier otro insulto, encendió la ira en el pecho de Loki.
Se levantó, aún desnudo, y agarró el brazo de Lorelei con saña, lastimándola.
–Eso te gustaría, ¿eh? –siseó con un fuego verde brotando de sus ojos– Eso os gustaría a todos. Pues no os daré esa satisfacción. Aún tengo que causar mucha muerte y destrucción antes de morir a mi vez. Y podrás darte por contenta si una de esas muertes no es la tuya.
Lorelei no contestó. Se quedó observándole con ojos desorbitados, cargados de miedo. Loki no solía mostrarle su lado dominador y autoritario, al menos no de forma tan patente: siempre que lo hacía, ella había creído que formaba parte del juego sexual. Pero esta vez era obvio que no lo era, y que la amenaza de muerte iba en serio.
Él la soltó despectivamente, con tanta fuerza que la hizo perder el equilibrio y dar con su trasero en el suelo de forma dolorosa.
–Que te largues, he dicho –repitió, aunque el tono ya era menos de petición y más de orden. Una orden que era mejor no desobedecer.
Como pudo, Lorelei se levantó y trastabillando, sin querer perderlo de vista, retrocedió y tomó rápidamente sus ropas para salir corriendo de la habitación. En sus ojos había una mezcla de odio y terror, que era lo que él estaba acostumbrado a inspirar.
Una vez solo, Loki suspiró de nuevo, aliviado pero sobre todo abatido. Se tumbó en la cama poniendo las manos detrás de su cabeza y contemplando el techo del amplio aposento, sin verlo realmente. Sabía que no era justo lo que estaba haciéndole a Lorelei, pero la vida tampoco había sido justa con él. Si no le hubiera quitado a Sigyn justo en el mismo momento en que se había dado cuenta de que la amaba, él no tendría que estar ahora buscándola en los cuerpos de otras mujeres.
Sigyn, Sigyn… Hacía meses que se habían cumplido quince años de su muerte, y su dolor por perderla y su añoranza de ella seguían tan intensos como el primer día. Su recuerdo lo perseguía en sus sueños, en sus fantasías; su fantasma no lo dejaba descansar, lo tenía obsesionado. Tal vez antes no había querido dejar que sus sentimientos por ella invadieran su corazón, pero una vez los había admitido en él, éstos habían echado raíces y no había quien los sacara de allí. ¿Por qué no podía olvidarla? Realmente lo estaba trastornando.
Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde, eso era indudable; y en el caso de él con su esposa era especialmente candente. Si alguna vez llegaba a desarrollar sus poderes de forma que le capacitaran para viajar en el tiempo, viajaría hasta ver a su yo joven, el que había creído no amar ni necesitar a Sigyn, y le daría un buen puñetazo por imbécil. Porque había sido realmente un imbécil dejando escapar aquel amor.
¿Cómo había estado tan equivocado? ¿Por qué se había cegado tanto, negándose a ver lo que ahora era tan claro para él? Ahora estaba pagando las consecuencias. No pasaba un día sin que se arrepintiera de la crueldad con que la había tratado; no había noche en la que no pensara en ella. Era una suerte para su reputación que nadie supiera aquello: para el resto del mundo, su corazón estaba tan frío e inerte como las rocas de Jotunheim y la muerte de su esposa era una simple anécdota que había ocurrido quince años atrás, y que de ninguna manera lo afectaba en el camino de su conquista.
Amora había estado a punto de descubrir lo distinta que era la realidad, aunque afortunadamente él había conseguido persuadirle de lo contrario. Pero no era tan fácil mentirse a sí mismo. Loki ya había intentado convencerse diciéndose cientos, miles de veces, que Sigyn sólo había sido una mujer más, que ya no la echaba de menos, y que todos los reinos estaban llenos de mujeres más hermosas que ella como Amora, y mucho más que dispuestas a complacerle, como la propia Lorelei. Todo había sido inútil.
La fachada exterior era la del dios del engaño, el embaucador, el villano al que nada ni nadie le importaba salvo su lucha eterna contra Thor. En su interior, habría arrasado todo el universo y destruido todas sus opciones de victoria con tal de verla sólo una vez más.
¡Qué bien se había vengado ella por todo el mal que él le había hecho! Puede que no lo hubiera hecho a propósito –o quizás sí, era difícil de ver–, pero el caso era que, al suicidarse, Sigyn se la había jugado de la peor de las maneras. Le había quitado la posibilidad de enmendar su error, de recuperarla, de poder ser feliz con ella. Le había privado del único amor verdadero que había conocido en su vida.
Ahora su recuerdo no lo dejaba en paz, y seguro que ella lo sabía. Tal vez se estuviera riendo de él desde el reino de los muertos. Él la había martirizado durante años, y ahora su memoria hacía lo mismo con él. Su corazón, si aún le quedaba, estaba tan encadenado como en aquella cueva: ella lo mantenía prisionero desde la tumba. Y no lo quería soltar.
"Maldita seas Sigyn…", pensó, furioso y a la vez desolado. Respiró un par de veces e hizo uso de toda su concentración para impedir que las lágrimas volvieran a acudir a sus ojos: llevaba años sin llorar por ella y así debía seguir. "Sal de mi cabeza. O resucita y vuelve a mi lado. Ojalá no te echara tanto de menos".
No sabía que aquellas palabras y el dolor sincero que entrañaban estaban, por alguna misteriosa fuerza mística –el amor, el destino, o como quisieran llamarlo–, viajando a través de los años luz que separaban los reinos del Yggdrasil y en ese mismo momento llegaban a la Tierra, a oídos de una mujer que dormía abrazada a su almohada. Tal vez, incluso, soñando con el hombre que las había pronunciado.
Una mujer que era llorada como muerta pero que estaba viva. Muy viva.
Esa escena de Loki empezando a fantasear con Sigyn mientras está con otra mujer está basada en una de otro fanfic magnífico que leí, también Loki/Sigyn en inglés, llamado "Stumbling and Trudging" de Aurea Mediocritas (lo tenéis en mis Favoritos, os lo recomiendo a las fans de la pareja). Por desgracia la autora lo abandonó hace mucho tiempo, pero recuerdo que esa escena me impresionó mucho, así que quise hacer mi propia versión.
Con respecto a la parte de Ymir, como dije es una adaptación muy libre de la escena de la intro del videojuego, aunque luego ya lo llevo por mis propios derroteros.
