–6–
"Vuelve a mi lado, Sigyn. Ojalá no te echara tanto de menos…"
Aquellas palabras y sobre todo el tono inconsolable con el que parecían ser dichas rasgaron el tenue velo de su sueño ya segundos antes de que la alarma del despertador hiriera sus oídos; y la mujer que tiempo atrás había sido Sigyn, Princesa consorte de Asgard, mal llamada Diosa de la Fidelidad –no se podía considerar exactamente fiel a alguien que fingía su muerte para abandonar a su marido, por mucho que éste lo hubiera merecido–, inspiró profundamente y abrió los ojos.
Medio dormida aún, estiró el brazo para apagar el despertador y silenciar de una vez ese estridente pitido y despegó los labios, sólo para mordérselos cuando su conciencia constató que iban a pronunciar el nombre que se había prohibido a sí misma volver a pronunciar. Pero por mucho que se reprimiera de decirlo en voz alta, o siquiera en voz baja, no podía evitar que su mente lo gritara, haciendo que sus ecos resonaran dentro de su cerebro.
"Loki…"
Aquel nombre odiado –y amado– que se esforzaba por olvidar, no con mucho éxito al parecer; y que aún aparecía en su mente de vez en cuando, cuando ella bajaba la guardia… como en esos momentos en los que aún no se había despertado del todo, o cuando estaba a punto de dormirse.
Con cierto malestar, se dio cuenta de que otra vez había dormido abrazada a la almohada. La apartó y se incorporó, disgustada consigo misma. No tanto con el hecho en sí, sino con lo que implicaba: aquella sensación de desamparo, esa necesidad de abrazar algo, ya que no podía abrazar a alguien. Era una mujer libre e independiente. No tendría por qué sentirse así.
Desperezándose, salió de la cama y descorrió las cortinas de su ventana: si tenía alguna ilusión por ver un día despejado o simplemente templado, ésta se desvaneció al instante cuando vio que de nuevo el cielo estaba encapotado, plomizo. Sería otro día frío, más propio de noviembre o incluso diciembre que de marzo, mes en el que de verdad se encontraban. ¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Desde cuándo no recordaba haber visto brillar realmente el sol?
Pese a ser tan temprano, a través de los cristales ya penetraban los sonidos de los coches, el martilleo neumático de una obra cercana e incluso alguna que otra sirena ocasional, perteneciente a un coche de policía o alguna ambulancia. Era una molestia a la que tanto ella como su hija habían tenido que acostumbrarse cuando se habían mudado a Nueva York. Era una ciudad enorme y con múltiples oportunidades para casi todo, pero más agobiante y enormemente ruidosa. Echaba de menos el silencio y la tranquilidad de Lubbock.
Se puso el albornoz sobre su camisón de seda –era increíble el frío que hacía en el pasillo a esas horas–, fue hasta la cocina y puso en marcha la cafetera. Después se dirigió hasta el cuarto de baño para su ducha matutina, no sin antes golpear la puerta de la habitación que había al lado:
–¡Tess, a levantarse!
–Mmm… –se oyó apenas al otro lado de la puerta. Sigyn sabía que a su hija aún le quedaba un buen rato antes de que realmente llegara a despertarse, pero era mejor ir avisándola con tiempo para que su cerebro se hiciera a la idea de que había llegado el duro momento de madrugar.
Aún frotándose los ojos por el sueño y con su largo cabello rubio revuelto, se quedó desnuda ante el espejo del baño, examinando su cuerpo con ojo crítico como tenía por costumbre.
Exceptuando una pequeña cicatriz de cesárea de cuando había nacido Tess, no se notaban huellas de los tres embarazos por los que había pasado. Aunque ya no era una fresca muchachita, el conjunto era bastante decente. Piel tersa y cuidada, curvas moderadamente esbeltas, pechos todavía firmes pese a las tres lactancias y piernas largas y suaves: un cuerpo que resultaría deseable para cualquier hombre. "Un desperdicio que no lo aproveches", solían decirle a veces sus compañeras de mayor confianza en la Fundación.
Su rostro, pese a su expresión somnolienta y los años transcurridos, era aún bello y juvenil, de rasgos delicados, tez clara y mejillas que con el frío se le sonrosaban naturalmente, algo que durante los últimos meses le ocurría casi todos los días. No habían cambiado ni su nariz fina ni sus labios color fresa, pero sus ojos seguían siendo su rasgo más hermoso, con aquel transparente tono verde azulado tan similar al de la aguamarina que aún colgaba de su cuello y que jamás se quitaba. El primer regalo de su esposo, el único recuerdo, junto con su alianza de boda, que le quedaba de él. Aparte de su hija, claro. Y aparte de sus memorias.
La apariencia de Sigyn era la de una atractiva mortal de unos treinta años de edad como mucho, aunque solía decir que tenía treinta y cinco para estar más en consonancia con la edad de Tess. Probablemente era la única mujer de la Tierra que se echaba años encima en lugar de quitárselos, pensó con una sonrisa. Aunque tenía justificación para ello y era, como casi todo en su comportamiento, una forma de asegurar su disfraz, su supervivencia. Como lo había sido el trasladarse a Nueva York.
Tres años atrás, se había marchado de Lubbock porque su tapadera empezaba a derrumbarse sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Y es que después de la quinta vez que le preguntaron cuál era el nombre de su cirujano plástico y la decimotercera por la marca de sus cosméticos, se dio cuenta de que no podría seguir allí mucho más tiempo sin llamar la atención. Incluso sin consumir manzanas de Idunn, los asgardianos envejecían a velocidad mucho más lenta que los mortales. Todos los amigos que había hecho al empezar en Lubbock y que al principio aparentaban una edad similar a la suya, ahora parecían sus padres, mientras que ella… permanecía igual.
Lubbock era como Vanaheim: un sitio pequeño, rural, donde todos se conocían y todos hablaban del menor detalle de la vida de una. No podía permitirse llamar la atención, quién sabía hasta dónde podían difundirse las habladurías y a oídos de quién podían llegar. Así que había huido de nuevo. Esta vez a una ciudad grande, donde todo el mundo iba a lo suyo y a nadie le preocupaba el aspecto que tenía. Tampoco era que eso le permitiera hacerse ilusiones; sabía que dentro de unos años tendría que volver a mudarse para ocultar su falta de envejecimiento.
Pero aun así, lo que más la preocupaba era el momento en que Tess pareciera alcanzarla en edad, aunque probablemente mucho antes de aquello ella ya habría notado que algo extraño ocurría con el aspecto de su madre. Según había comprobado Sigyn, los asgardianos solían tener un ritmo de crecimiento similar al de los mortales hasta llegar a los primeros años de su vida adulta: a partir de ahí se estancaban, pudiendo permanecer así durante siglos incluso. Siempre podrían fingir que eran hermanas, pero eso supondría tener que explicarle a ella la verdad sobre su origen, una idea que aún la aterraba.
Tras una ducha rápida, se envolvió de nuevo en el albornoz y empezó a arreglarse. Sacó el secador y las tenacillas para acondicionar su cabello y con la rapidez y destreza que dan la práctica continuada secó su melena y la dispuso en suaves ondas doradas; y a continuación se maquilló ligeramente. Después se dirigió a la cocina para desayunar.
La puerta de la habitación de su hija seguía cerrada a cal y canto y no se veía el menor rastro de luz en la rendija de abajo. Sigyn volvió a golpear la puerta, esta vez con más fuerza que antes.
–¡Tess, levántate! ¡Tienes el baño libre!
–Mmm… –volvió a oírse al otro lado. Sigyn, con la experiencia que le daban los casi quince años que había estado criando a su hija, sabía que ese "mmm" en concreto significaba "ya voy", aunque eso no significaba que fuera a ir en ese preciso instante.
Con un suspiro de cansancio, ella se dirigió a la cocina: no acabaría de ponerse en marcha del todo hasta que se tomara un café. Para entonces, la cafetera ya lo tenía preparado, cosa que agradeció. Bostezando sonoramente, se sirvió una taza, un zumo de naranja y unas tostadas, que fue mordisqueando mientras encendía el televisor y sintonizaba el canal de noticias.
A esas horas todavía era demasiado temprano como para que hubieran abierto las bolsas internacionales, pero aun así a Sigyn le gustaba rastrear la actualidad política y económica. Con eso y un poquito de intuición, además del consejo de Tess –incluso a una edad tan joven ya parecía un lince en esos temas–, podía mantener sus acciones en bolsa seguras, e incluso obtener algo de beneficios. Sus inversiones no eran demasiadas, pero a lo largo de aquellos años las había hecho crecer lo bastante como para proporcionarles a su hija y a ella un colchón de seguridad suficiente para cubrir sus necesidades si ella se quedaba sin trabajo, algo imprescindible con los precios de hasta lo más básico disparándose debido a la crisis agraria y económica causada por la inestable situación política y climática a nivel global.
Precisamente de aquello estaban hablando en la tertulia de la mañana: unos cuantos mortales vestidos de traje elucubrando sobre diferentes cuestiones de actualidad. Sigyn los observó con la cabeza apoyada perezosamente sobre una mano mientras con la otra seguía picoteando el desayuno:
–… estamos perdiendo de vista la visión global de esto, el peligro real… –aseveraba uno de aquellos mortales de la televisión, un hombre canoso con gafas–. Durante los dos últimos años, se ha producido una escalada de violencia sin precedentes, tanto a nivel internacional como local. Los conflictos armados parecen haberse multiplicado en todos los frentes, con un resultado de cientos de miles de muertos, y es como si cada vez más naciones y facciones terroristas tuvieran un mayor acceso a todo tipo de armamento y armas de destrucción masiva que Estados Unidos no puede controlar: incluso se rumorea que todo el que quiera armas puede obtenerlas a precio de coste de fabricantes legales. Aquí en nuestro querido y viejo país, con tantísimos millones invertidos en seguridad nacional, la gente sigue sintiéndose segura porque lo ven como algo lejano, pero no parecen caer en la cuenta de que verdaderamente estamos al borde de la Tercera Guerra Mundial. Y sólo se preocupan por la ola de frío.
–Pero es que eso tiene relación también, Mike… –replicaba otro de los tertulianos, calvo y rellenito, llamado Perlman–.Todo lo tiene. Los daños económicos son cuantiosos… realmente no se puede contabilizar hasta qué punto las bajas temperaturas están arruinando las cosechas o afectando al ganado. Lo cual repercute, como es de esperar, en la precaria estabilidad económica de muchas naciones subdesarrolladas o en vías de desarrollo. De hecho, las extensivas hambrunas que se están produciendo en países de África, en la India o en Rusia han hecho estallar nuevos brotes de violencia que ya se creían controlados. Se han producido linchamientos, verdaderas masacres, sólo por conseguir comida. No, la anómala situación climática en la que nos encontramos también está contribuyendo a que, cada vez más, nos vayamos acercando al desastre.
–Precisamente –intervino el moderador–, para hablar de esto tenemos con nosotros a un experto perteneciente a la Sociedad Meteorológica Americana, el profesor Michael Wallace, de la Universidad de Washington –presentó a otro de los expertos invitados, un hombre bajito y con aspecto de enterado–. Profesor Wallace, ¿cuál es la situación climática mundial en la actualidad?
–Como ya ha dicho el señor Perlman, totalmente anómala. Tiene desconcertada a toda la comunidad científica internacional dedicada a la meteorología. El hecho de que, sin razón aparente, las temperaturas globales hayan experimentado un descenso tan acusado y que ese fenómeno se prolongue durante todo el año es algo sin precedentes históricos. Sólo se han encontrado huellas de unas desviaciones similares en los vestigios terrestres de hace diez mil años, cuando tuvo lugar la última glaciación.
–Espere un momento, profesor Wallace. ¿Insinúa que este descenso de temperaturas que llevamos experimentando desde hace dos años es una señal de que nos aproximamos a un nuevo período de glaciación?
–Todos los indicios apuntan en este sentido, aunque no estamos seguros. Según todos los cálculos que se habían hecho teniendo en cuenta los ciclos glaciales acontecidos sobre la Tierra desde su aparición, no se esperaba un nuevo período glacial hasta dentro de varios millones de años. Aunque a lo largo de la Historia se han producido períodos de frío extremo incluso en la época moderna, después de Cristo. El más prolongado, desde el siglo XIV hasta el XIX, se denomina "Pequeña Edad de Hielo". En sus picos, parecía que el año constituía un invierno permanente sin intervención de otras estaciones, como está sucediendo en la actualidad.
–¿Entonces dice que nos encontramos en el inicio de una nueva "Pequeña Edad de Hielo"?
–Es la teoría más aceptada por el momento, aunque seguimos haciendo pruebas. Paradójicamente, el efecto invernadero contra el cual hemos estado luchando durante años, está haciendo que por ahora esta super ola de frío no nos afecte a niveles realmente peligrosos, pero a la larga tememos que pueda provocar un efecto rebote en el clima a escala mundial.
–¿Y eso es lo que dicen las previsiones para el año próximo?
–Bueno, no quisiera ser alarmista… –Wallace no parecía muy resuelto a hablar–, pero sí puedo asegurar que lo que estamos viviendo ahora no será nada comparado a lo que tendremos en el invierno que viene.
–¡Menos mal que no desea ser alarmista! –intervino algo irónico el tertuliano al que habían llamado Mike– ¿Y qué opina de todas esas voces de sectas y gurús que se han levantado diciendo que este invierno que ya dura dos años es una señal del inminente fin del mundo?
El meteorólogo se echó a reír.
–Que entiendo que quieran justificarse así, de algún modo tienen que asustar a la gente: eso les ayuda a llenar sus bolsillos. Pero, como ya he dicho, todo tiene su explicación científica. Puede que se aproximen tiempos difíciles, pero de ahí al Apocalipsis hay un buen trecho. Más peligro veo en lo que estaban comentando antes sobre la inestable situación política internacional que en un invierno un poco más largo de lo habitual.
"Ragnarök…", pareció susurrar una voz impersonal pero siniestra dentro de la mente de Sigyn, y ésta notó cómo un escalofrío le subía por la espalda. Parpadeó fuertemente y sin necesidad de tocar el mando a distancia, la televisión cambió de canal a otro que emitía esos videoclips musicales que tanto le gustaban a Tess. Mucho mejor eso para despertarse, pensó, y recogió los platos y preparó su almuerzo y el de su hija para aquel día moviéndose al son de uno de esos éxitos actuales sin trascendencia, pero cuyo ritmo animado venía muy bien para activarse a aquellas horas de la mañana.
Aun así y pese a que intentaba olvidarlo, seguía con una inquieta sensación en su estómago. Inquieta, y también molesta. No quería pensar en el presentimiento que había tenido al ver aquella tertulia sobre la ola de frío. ¿Apocalipsis? Imposible. No había estado durante quince años reconstruyendo su vida en la Tierra para que ahora ésta se acabara. Pero no podía olvidar lo que Loki había mencionado en la cueva quince años atrás… Ragnarök: la guerra de las guerras. El final de todo, aunque siempre había creído que sólo de Asgard.
"¡No!", exclamó sacudiendo la cabeza. Tenía que alejar su mente de ese tipo de pensamientos y recuerdos peligrosos. El pasado era el pasado; Asgard (y su ex) eran el pasado. Ahora estaba en Nueva York, Estados Unidos, Midgard. Tenía una vida totalmente distinta ahora, era una mortal más; y era feliz, o por lo menos vivía en paz y relativamente tranquila. Eso no podía acabar. Ya había sufrido bastante. La vida tenía que darle un respiro: se lo debía.
Se vistió –descartando una camisa verde para su traje sastre negro: combinar ambos colores le daba muy malas vibraciones–; y antes de salir de casa, volvió a golpear la puerta de su hija, que seguía sin levantarse.
–¡Tess, vas a llegar tarde al instituto! –exclamó con más energía– ¿Quieres levantarte de una vez?
–Mmm… –se oyó a través de la puerta de nuevo. Aquello era exasperante.
–Si no te quedaras todas las noches hasta las tantas leyendo o en el ordenador, no te costaría tanto levantarte por las mañanas –le reprochó ella sin poder evitarlo.
–Mmm… –esta vez el murmullo de su hija tenía una entonación diferente, de la cual Sigyn conocía perfectamente el significado: "No me eches la charla, mamá".
Suspirando, se dirigió a la puerta de casa y se puso el abrigo, la bufanda, los guantes de cabritilla y una boina de lana para proteger su cabello de la humedad, pero antes de marcharse, se aseguró de abrir su bolso y comprobar que no se dejaba nada. Llaves de casa y del coche, cartera, teléfono móvil, maquillaje para retocarse… y su revólver semiautomático Leviathan calibre .32. Hacía varios años que se había sacado la licencia y prácticamente no iba a ninguna parte sin él. Las clases de defensa personal estaban bien, pero no la hacían sentirse segura como aquel pequeño juguetito que usaban los mortales. Aunque no estaba garantizada su utilidad frente a ataques que no fueran de aquel mundo –un ataque mágico, por ejemplo–, siempre era mejor tenerlo que no tenerlo.
–¡Me voy a trabajar, Tess! –anunció en voz alta– ¡Tienes el almuerzo listo en la cocina, que no se te olvide como siempre! ¡Y te recojo esta tarde en el polideportivo! ¡Si necesitas algo, llámame al móvil!
Y cerró la puerta, sin estar muy segura de si su hija la habría oído o no.
Al salir del garaje, inmediatamente los cristales del coche se le empañaron por la baja temperatura y Sigyn conectó la calefacción para desempañarlos. Dejando aparte la situación de crispación política a nivel mundial, era normal que la gente se sorprendiera y preocupara por la ola de frío. ¿Cómo era posible que en pleno marzo pareciera ser diciembre? Y el año anterior había sido igual. En los últimos dos años, el mundo entero había experimentado un descenso tan brusco de las temperaturas que el ciclo de las estaciones parecía haberse detenido. Nada de primaveras, veranos u otoños: sólo un invierno permanente.
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Trabajo de nueve a cinco en la Fundación. Lo mismo de siempre. ¿Quién le habría dicho a Sigyn, sólo unos años atrás, que habría acabado trabajando para Stark Industries, el consorcio empresarial perteneciente a uno de los mayores enemigos de su ex marido? La vida daba muchas vueltas y el mundo, incluso dentro de los Nueve Reinos del Yggdrasil, era muy pequeño.
FSVOUT eran las siglas de Foundation Stark for Victims of Universal Terrorism. Lo de "Víctimas del Terrorismo Universal" era una perífrasis –bastante vaga y ciertamente inadecuada para su significado, pero pegadiza y políticamente correcta– que designaba a las personas, tanto civiles de a pie como militares, damnificadas por las superamenazas a las que el grupo de Stark, los Vengadores, se enfrentaban mes sí, mes no; en ocasiones extraterrestres y muchas con poderes sobrehumanos.
Una gran proporción de estos damnificados eran víctimas –muertos o con lesiones graves– de Hulk, cuando había sido controlado por una maligna influencia externa que lo había desencadenado provocando el caos por varias ciudades de la Costa Este varios años atrás. Gracias a sus contactos con Stark y agencias gubernamentales y a sus servicios en posteriores conflictos que habrían sido irresolubles sin la ayuda de Hulk, Bruce Banner, la identidad humana de éste, había sido declarado inocente en un juicio sumarísimo que había tenido en vilo a toda la sociedad estadounidense. Al final, había sido liberado sin más restricciones que la de seguir un severo régimen de drogas que impidieran otra nueva transformación en Hulk más que en condiciones controladas; y que fuera tratado por un psiquiatra para dominar esa influencia externa que había liberado su agresividad. Aunque Banner juraba que esa influencia externa ya había desaparecido.
Pero las víctimas seguían allí; si no ellas, sí sus familias. Y todas querían la cabeza de Banner. Al final, Tony Stark resolvió el problema de la forma que tenía acostumbrada: a golpe de talonario. Fundó la FSVOUT para crear un fondo de apoyo que sirviera de indemnización a las víctimas, o a sus familias si éstas habían sido mortales. Más por tener sus bocas cerradas que por auténtico altruismo, pero aun así Pepper Potts, la CEO de Stark Industries, había decidido mantenerla. Una buena idea era una buena idea, tuviera la intención que tuviera. Y la FSVOUT, bastantes años después de su creación, seguía ayudando a mucha gente.
Y a medida que los Vengadores se iban enfrentando a más amenazas, iba aumentando el número de daños colaterales, es decir, víctimas inocentes. Un civil que desgraciadamente estaba en el lugar y momento equivocados y era alcanzado por una bala perdida –o un rayo láser, o una proyección de energía de algún artefacto místico de una civilización extraterrestre–; o una anciana que cruzaba por un paso de peatones y que el supervillano de turno arrollaba en una de esas infartantes persecuciones en coche que se veían en las películas, cosas así. Todos los que sobrevivían, o si no sus familias, recibían apoyo, comprensión, terapia médica y/o psicológica y muchas veces cuantiosas indemnizaciones por parte de la FSVOUT.
Pero Tony Stark empezó a cansarse de estar pagándolo él todo. Tenía una inmensa fortuna, sí; pero no quería que le tomaran el pelo y pensaran que la Fundación era un extenso cheque en blanco. Así que, deliberadamente, empezó a recortar fondos a la Fundación y a requerir el apoyo de donaciones externas que complementaran el presupuesto anual designado por él. Y era función del administrador de la Fundación gestionar y alentar dichas donaciones.
Casualidades de la vida –o puede que no–, ése era el puesto que ocupaba ahora Sigyn, bajo la identidad mortal de Sibyll Black.
Aquel día transcurrió con normalidad, con papeleo, llamadas y emails en cantidad, tanto al territorio nacional como al extranjero –su trabajo llegaba a ser una mezcla entre contable y relaciones públicas– exceptuando dos incidentes, ocurridos casi simultáneamente a mitad de la mañana. El primero fue una llamada telefónica del director del instituto de Tess. Por un momento, Sigyn pensó que su hija se había vuelto a saltar las clases como en otras ocasiones, pero enseguida el director la sacó de su error. No, Tess no había hecho novillos. Lo que había hecho esta vez era peor.
Resoplando resignada, estuvo un cuarto de hora hablando con el director, tranquilizándolo –estaba bastante indignado–, y prometiéndole que hablaría con Tess sobre su comportamiento y que las dos se presentarían a la próxima reunión de padres de alumnos. Después colgó el teléfono y se tomó una aspirina. Siempre que su hija se metía en líos, era ella la que acababa con dolor de cabeza.
El otro acontecimiento fuera de lo corriente fue un email que recibió de su jefa en última instancia, la CEO de Stark Industries, la mismísima Ms. Potts. Virginia Potts (apodada Pepper), la citaba para ese mismo día después del trabajo, en su despacho en la Sede Central de Stark, donde ella nunca había estado antes. Sigyn tachó de su agenda la práctica en la galería de tiro que tenía planeada al salir del trabajo y envió una contestación al email confirmándole su asistencia, aunque en el fondo estaba intrigada y hasta un poco escamada con aquello. La mujer que se encargaba de los negocios de Stark nunca se había mostrado interesada en hablar personalmente con ella antes. Sigyn había mandado los informes del último trimestre la semana anterior, se imaginaba que tendría algo que ver con eso. Esperaba que no hubiera encontrado algo mal; Pepper Potts tenía fama de exigente.
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El despacho era enorme, con muebles de cerezo de diseño exclusivo que tenían pinta de costar una fortuna, y estaba exquisitamente decorado en tonos crema. Un estilo elegante y a la vez funcional, con un levísimo toque femenino, reflejo del gusto y personalidad de su interlocutora.
Sigyn se revolvió incómoda en el asiento. Era la primera vez que la todopoderosa Pepper Potts la llamaba a su despacho, en la sede central de Stark Industries. Por supuesto, la llamada de Pepper Potts no era algo que pudiera ignorarse. Aunque Tony Stark fuera, sobre el papel, el propietario de una de los mayores consorcios empresariales a nivel mundial, todos sabían que era ella quien mandaba: Stark le dejaba tomar todas las decisiones a ella mientras él se divertía en fiestas o jugaba a los superhéroes con armaduras de alta tecnología. Sigyn sintió admiración y también un poco de envidia. En Asgard, nunca podría haber visto a una mujer manejando tal cantidad de poder de forma independiente. Incluso las nobles, como la reina Frigga, estaban supeditadas al control de sus maridos.
Se obligó a alejar sus pensamientos de Asgard mientras fijaba su mirada en la propia Ms. Potts, quien ese momento se encontraba hojeando con mirada crítica el último balance de cuentas que, Sigyn reconoció, ella misma había enviado a la Central la semana anterior. Pepper Potts era muy hermosa: alta, esbelta y con una elegancia innata en sus rasgos aristocráticos y en cada uno de sus movimientos, desde la forma de pasar las hojas del informe hasta el modo en que se apartaba el flequillo de su cabello rubio fresa para situárselo detrás de la oreja, pasando por la manera con la que cruzaba las piernas o cómo llevaba su traje de chaqueta de lino color melocotón. Ante ella, Sigyn se sentía bastante pequeña, y no sólo en estatura.
Por fin, Potts alzó sus ojos azules hacia ella.
–Tengo que felicitarla, Ms. Black –comenzó–. Según mis informes, desde que se puso al frente de la FSVOUT hace dos años y medio, las donaciones particulares han aumentado en un 32%, algo impensable en los tiempos que corren. Por lo que tengo entendido, ese incremento en las donaciones se debe a su inestimable labor y al celo con el que ha desempeñado su cargo.
Sigyn se encogió de hombros con una cortés sonrisa.
–No es nada especial, sólo la aplicación de algunas técnicas básicas de marketing –repuso modestamente–. Es fácil cuando conoces qué recursos emplear.
Recursos como el chantaje emocional o la explotación del sentimiento de culpa, dos técnicas rastreras pero que sin embargo Sigyn conocía muy bien. Era fácil manipular las mentes de aquellos mortales ricachones. Se hacían los duros e inteligentes y fingían estar de vuelta de todo, pero ella sabía exactamente qué resortes tocar para obtener el efecto que deseaba. Sólo tenía que enternecerles por las víctimas a la vez que los hacía sentir culpables por estar vivos y ser ricos, y enseguida soltaban la pasta. A Sigyn no le costaba identificarse con ese sentimiento de culpa para poder explotarlo en su favor, porque era una emoción que ella misma experimentaba cada día.
–Aun así, está realizando un gran trabajo –declaró Potts–. Es reconfortante ver tal nivel de dedicación en alguien, teniendo en cuenta que se trata de una institución benéfica y que el sueldo, al fin y al cabo, no es tan alto como en otras filiales de Stark Industries.
–El dinero no es importante, no tengo grandes necesidades financieras. Y que sea una labor benéfica no quiere decir que no deba ser enfocada con la mayor seriedad.
–Estoy de acuerdo –asintió la CEO de Stark, y añadió como sin darle importancia–. Es curioso cómo una maestra de un pequeño pueblo de Texas acaba viviendo en Nueva York y ocupándose de una unidad de atención a víctimas del terrorismo.
Sigyn sonrió de nuevo, pero comenzó a sentirse incómoda. A pesar de los cumplidos de Potts, no podía librarse de la sensación de que aquello era como un interrogatorio. Un examen.
–En fin, el voluntariado me ha interesado desde siempre. De hecho ya realizaba trabajos en este sentido cuando vivía en Lubbock. Y cuando me trasladé a Nueva York, pensé que estaría bien dedicarme a eso profesionalmente. Los niños me encantan, pero creo que puedo ayudar más desde…
–¿Y cómo es que decidió trasladarse? –la interrumpió la mujer. Aquello definitivamente era un interrogatorio. Disfrazado de amable curiosidad, pero lo era. Sin embargo, Sigyn no caería en la trampa. Se limitó a encogerse de hombros de nuevo con expresión inocente.
–Pensé que sería buena idea cambiar de aires.
–Me alegra que decidiera venir aquí –comentó Potts–. Desde luego, son personas con su grado de implicación lo que nos hacen falta, sobre todo con la cantidad de superamenazas que han azotado el país durante los últimos años.
Sigyn bajó la vista, avergonzada. Aquello no había pretendido ser un reproche, pero ella no podía evitar sentirlo así.
–Me gusta ayudar a la gente que sufre. Digamos que me lo tomo como una… misión vital.
–Lo sé –asintió su interlocutora–. Por eso hemos permitido que se quedara, a pesar de que nos mintiera en sus referencias.
La educada sonrisa de Sigyn se congeló en sus labios.
–¿Cómo dice?
–Vamos, Ms. Black. ¿De verdad cree que una corporación como Stark Industries no investiga a fondo a sus empleados? –preguntó la empresaria– No podemos permitirnos ser confiados. Es cierto que estuvo varios años como maestra en Lubbock, pero ésa ha sido la única verdad que nos ha contado en su currículum. Bueno, su título de educadora también es auténtico, eso es cierto; pero nos ha mentido en lo más importante. Su número de la Seguridad Social, su certificado de nacimiento, cualquier hecho de su vida hasta un par de años antes de su llegada a Lubbock son falsos. De hecho, hasta esa fecha todo su pasado está en blanco. Sibyll Black no existe.
Respirando lenta pero disimuladamente para controlar el pánico que insistía en agarrársele al estómago, pero sin poder ocultar una palidez de cera, Sigyn se esforzó en mantener la compostura.
–Pues… no lo entiendo. Tiene que tratarse de un error.
–No lo es, y lo sabe. Y no sólo eso. Su hija Tess… ¿qué edad tiene, catorce años?
–Cumplirá los quince el próximo veintidós de mayo –susurró Sigyn, ya sin sorprenderse por el hecho de que Potts supiera cosas de su familia, y se apresuró a añadir–. Pero ella tiene sus papeles completamente en regla.
–Lo sabemos, ella no nos preocupa. Pero sí la identidad de su padre –Sigyn palideció aún más, y Potts agregó–. Por favor, no intente mentirnos. Según nuestros registros, en el certificado de nacimiento de la chica, como padre figura un tal Lucas Black. No se sabe nada de él, aunque nos consta que ha comentado a alguna de sus compañeras de la Fundación que era abogado y que estudió en Harvard. ¿Es esto correcto?
–¿Para qué me lo pregunta si ya sabe la respuesta? –espetó Sigyn un tanto impaciente, comenzando a perder el control. Potts, en cambio, continuaba totalmente serena, casi fría.
–El problema es que, según los ficheros de Harvard, no ha habido un Lucas Black en ninguna de las promociones salidas de la Escuela de Abogados; de hecho tampoco en Yale, ni en Princeton, ni en ninguna de las universidades de este lado del Atlántico. Por supuesto, el certificado de su matrimonio con ese hombre, el de nacimiento, el de defunción y todos los relacionados con esa persona son falsos también. No existe ese tal Lucas Black, al igual que no existe Sibyll Black. ¿Me lo puede explicar?
Sigyn bajó la cabeza, incapaz de enfrentar los ojos de Pepper Potts que antes había encontrado hermosos y que ahora en cambio le parecían estar hechos de hielo azul. Su farsa, la mentira que había sido toda su vida en Midgard, estaba a punto de ser descubierta. Pero todavía podía salir de aquello. La habían pillado en una mentira, pero aún no sabían la verdad.
–Yo… –se levantó– El lunes a primera hora tendrá en su mesa mi carta de dimisión.
–Por favor, vuelva a sentarse.
Sigyn se sorprendió por el tono más amable de la empresaria, que casi le suplicaba que se quedara. Y su expresión se había suavizado, volviéndose sus ojos más cálidos. Aún con cierta ansiedad, obedeció, pero no sin antes advertir:
–No tengo nada que decir.
–Está bien –Potts apoyó las manos sobre la mesa en un ademán que intentaba ser conciliador–. Tal vez haya sido un poco demasiado dura con usted. No tenía intención de asustarla.
Sigyn parpadeó, esperando que aquella mortal se definiera.
–Verá, si la hemos investigado tan a fondo es porque hacemos lo mismo con todos los empleados que intentan entrar con referencias falsas. El señor Stark es un hombre con muchos enemigos y muchos de ellos muy peligrosos, más de lo que cree –Sigyn contuvo la respiración al oír aquello.
–¿Creían… creían que yo era una espía o algo así?
–O una terrorista –replicó Potts, ante la mirada aturdida de la antigua asgardiana–. No, no se sorprenda. Le parecería increíble cuántas personas con aspecto, comportamiento y vidas aparentemente normales son en realidad células durmientes de alguna facción terrorista. Algunas pueden llegar a mantener esa fachada durante años.
Ella bajó la mirada.
–Y esperaban que tal vez yo lo fuera.
Por primera vez, Pepper esbozó algo parecido a una sonrisa.
–Personalmente, espero que no lo sea –replicó–. Es usted una gran administradora, y en poco tiempo ha hecho más por la Fundación de lo que habría conseguido el propio Stark, y se nota que realmente se ha implicado en este trabajo. Además, es honrada: en todo el tiempo que lleva al frente, no ha cogido ni un solo centavo, algo de lo cual ha tenido oportunidad en muchas ocasiones. Por desgracia, eso es menos habitual de lo que cabría desear en este mundo. Lo único raro que hemos visto en usted son sus frecuentes visitas al Doctor Stephen Strange. Tenemos contactos con el Doctor Strange, y al preguntarle ha hablado en su favor… pero a la vez se niega a revelar detalles sobre usted, lo cual, como podrá comprender, despierta aún más nuestra intriga.
–No tengo verdadera relación con el Doctor Strange, si voy a su casa es para visitar a su esposa, que es amiga mía. Yo… le juro que no soy una terrorista –aseguró Sigyn, fijando sus ojos en los celestes de la CEO de Stark–. Tiene que creerme.
–Le creo –asintió Potts–. El señor Stark no me tiene aquí por mi cara bonita, si sabe lo que quiero decir. Se fía de mi intuición, y de hecho yo también me fío. Y mi intuición me dice que es usted una buena persona.
Ante el cumplido, esta vez auténtico, los labios de Sigyn se curvaron en una sonrisa muy breve, aunque nerviosa y desvaída.
–Pero eso sigue manteniendo la incógnita de quién es usted y por qué oculta su verdadera identidad, Ms. Black –de nuevo Potts le clavó aquella mirada penetrante–. Aunque mi experiencia es principalmente empresarial, tengo ligeros conocimientos de psicología, y tengo una cierta idea sobre pautas de comportamiento que se repiten en determinado tipo de personas. Su manera de mirar, su licencia de armas, su miedo cuando aludo a su pasado. Y el hecho de que también en su tiempo libre trabaje como voluntaria en una asociación de apoyo a mujeres maltratadas es bastante revelador. Aunque no podría decirlo con seguridad, tengo la impresión de que usted no se oculta como un terrorista, para atacar a nadie. Parece más bien que anda usted huyendo de algo… o más probablemente de alguien.
Sigyn contuvo la respiración y contó hasta cinco antes de responder. Le habían dicho en uno de esos talleres de comunicación asertiva que era un método eficaz para tranquilizarse y no saltar como el tapón de una botella de champán recién descorchada. Porque la alusión de Potts le daba ganas de gritar.
–Realmente no sé de qué me está hablando –gracias a esa técnica, sus palabras salieron más serenas de lo que pensaba.
–Creo que sí lo sabe. Y no pretendo inmiscuirme en su vida personal, se lo prometo. Todo el mundo tiene secretos. Sólo quiero asegurarme de que los suyos no sean sobre algo que pueda afectar a la empresa ni al señor Stark.
Sigyn miró a los ojos de su interlocutora. Sabía mentir bastante bien –había aprendido del mejor–, pero Potts era de todo menos estúpida. Tendría que aplicarse y ser convincente.
–Le aseguro que nada en mí ni en mi pasado podría afectar al señor Stark en absoluto –afirmó sin que ni en su voz ni en sus ojos pudiera hallarse la menor vacilación.
–¿Y no desea confiar en nosotros? Sea cual sea su problema, podríamos ayudarla.
La mandíbula de Sigyn se tensó un poco.
–Repito que no tengo nada que decir.
–Entiendo –Potts pareció rendirse–. Personalmente preferiría que pudiese quedarse, pero entienda usted que no puedo dejar a una persona que ha mentido de esa manera en sus referencias, y que se niega así a revelarnos su verdadera identidad, al frente de una institución que maneja tanto dinero como la FSVOUT.
–Me hago cargo. El lunes tendrá la carta…
–No, no lo haga. Al menos, aún no. No puedo aceptar su dimisión hasta que encuentre a otro administrador, al menos tan bueno como usted. Espere un par de semanas, y entonces podrá marcharse, le daremos un buen finiquito. Tal vez eso le dé tiempo para pensárselo y con suerte cambie de opinión.
Ella no dijo nada, pero en su cara se leían sus serias dudas al respecto.
–Además –añadió Potts–, ahora menos que nunca podemos permitirnos quedarnos sin administrador. No, con la gala benéfica del domingo.
–¿La gala benéfica?
–Sí. De hecho, aunque sus referencias hubiesen sido intachables, la habría mandado llamar también para eso.
Sigyn sabía que anualmente se celebraba un baile de gala al que acudía la flor y nata de la sociedad neoyorkina para recaudar fondos para la Fundación, aunque ella nunca había asistido. El administrador estaba precisamente para eso, para realizar tareas administrativas y gestionar las donaciones, no para lucirse en las fiestas.
–Todos los años he sido yo quien se ha encargado de la organización, he sido la anfitriona, he recibido a los invitados… todo –explicó Potts, con el tono cansino de quien ya estaba hastiada de organizar tanta fiesta de su jefe–, pero este año no voy a poder ocuparme. No estaba previsto, pero a última hora el señor Stark ha decidido que quiere asistir a la convención tecnológica internacional de Hong Kong de este fin de semana, y me temo que tendré que acompañarle –"Para que no cometa más tonterías", parecía decir su actitud un tanto molesta–. Todo está ya perfectamente organizado, pero aun así necesito a alguien que me sustituya en la recepción de la gala, alguien que represente a la Fundación ante los invitados. Preferiblemente de la propia Fundación.
–¿Y quiere que ese alguien sea yo? –Sigyn estaba realmente asombrada.
–Así es. Sé que tiene un gran don de gentes. Es usted accesible, amable y sobre todo da muy buena imagen, que es lo que queremos. Ya le he dicho que está todo prácticamente organizado, sólo tendrá que controlar los últimos detalles. Estoy segura de que con un poco de voluntad y ayuda de mis asistentes, no tendrá problemas –vio la duda en el rostro de Sigyn, y añadió–. Realmente lo consideraría un favor personal hacia mí, y sin duda eso se reflejaría en su… finiquito.
Ella lo pensó un poco.
–Supongo que no me costaría mucho hacerlo…
Potts sonrió de nuevo.
–Me alegra oír eso –tomó una carpetilla y se la alargó a Sigyn antes de que hubiera realmente aceptado–. Esto es una lista de los invitados que asistirán a la gala, todos ellos gente importante e influyente –en su tono había un matiz ligeramente sarcástico, como si al comentar aquello quisiera decir en realidad "ricos caprichosos y malcriados"–. Sólo tendrá que recibirlos, hacerles sentirse bienvenidos y dorarles un poco la píldora para que se sientan más animados a hacer donaciones. Nada del otro mundo.
Ella tomó la carpetilla, aún sintiéndose insegura. Todo estaba pasando muy rápido, y ni siquiera había tenido tiempo de pensárselo.
–Pero… pero el domingo es pasado mañana –dijo dubitativa. No sabía si le iba a dar tiempo a aprenderse esa lista con nombres y caras incluidas–. Y ni siquiera tengo ropa apropiada para ese tipo de eventos.
–Vaya mañana y cómprese un vestido bonito; y cárguelo a cuenta de Stark, tiene mi autorización –replicó enseguida Pepper Potts–. Recuerde que tiene que dar buena imagen. Y luego puede quedarse el vestido, considérelo un plus por la tarea.
Sigyn contempló la carpetilla durante unos instantes. No se le ocurría ninguna excusa plausible. Y total, una noche de trabajo, aunque fuera en domingo, podría incrementar la cantidad de su finiquito, ahora que tendría que irse de Stark. Incluso con sus inversiones, no estaban las cosas como para ir tirando el dinero tontamente.
–Está bien, lo haré.
–Excelente. Yo tengo que tomar un avión esta noche con el señor Stark y me inquietaba bastante este tema, pero me tranquiliza saber que lo dejo en sus manos. Llame a Mabel, mi asistente, y ella le pondrá al corriente de los detalles de la recepción; ella le servirá de apoyo. Se celebrará en el Hotel Plaza y todo está ya arreglado, usted sólo tendrá que controlarlo todo un poco y estar allí a la hora señalada.
–No se preocupe. Aun así… –la idea pareció llegarle repentinamente a la cabeza, y se estremeció–, aunque el señor Stark o usted no asistan, ¿cree que alguno de los compañeros del señor Stark, esos… Vengadores, podrían acudir?
Potts alzó las cejas, intrigada.
–¿Los Vengadores? –repitió.
–En concreto ése tan guapo, ya sabe, el rubio que se disfraza de dios nórdico –dijo deliberadamente. Sabía que el resto de los mortales consideraba a Thor una especie de actor que había adoptado el papel de uno de los dioses del panteón nórdico. Si ellos supieran…
–¿Habla de Thor? Bueno, no es que sea un disfraz… –murmuró Pepper, pero respondió a la pregunta– No, ninguno de los compañeros del grupo del señor Stark podrá acudir. Lo cual es una pena, porque su presencia suele atraer a más invitados, y eso se traduce en más donaciones –suspiró–. ¿A qué viene ese interés en él?
–Oh, ya sabe –Sigyn adoptó una actitud despreocupada–. Me habría gustado pedirle un autógrafo. Para mi hija, es que es fan suya.
En realidad, lo que quería decir era que si Thor hubiera asistido a aquella fiesta, a ella le habría tocado pensar rápidamente en una excusa para librarse del compromiso que acababa de adquirir con Pepper Potts. Que los mortales supieran que su endeble tapadera era precisamente eso, una tapadera, ya era lo bastante malo; pero no estaba dispuesta a ver a Thor. O mejor dicho, que él la viera a ella.
Pero no siendo así, eso era un alivio. Por lo menos, hasta que Potts añadió:
–Bueno, en ese caso, si sólo quiere un autógrafo, puedo conseguírselo ahora mismo. El señor Stark, Thor y los demás están por aquí. De hecho, creo que en estos momentos se dirigen hacia este despacho.
Muestro un día rutinario de Sigyn de forma similar a como os había mostrado un día en la vida de Loki, aunque en ambos casos ocurren cosas especiales que ponen en marcha el proceso de acontecimientos que culminarán en el reencuentro entre ambos. Como dije, la vida de Sigyn ha cambiado bastante. Aquí ya os avanzaba la razón de por qué se traslada a NY, y en el siguiente capi se explicará cómo ha acabado trabajando para Stark Industries.
En Midgard la vida sigue, y ha sido un reto introducir los sucesos del Fimbulwinter sin que eso afecte a la normalidad de la vida de los americanos. Pero como el ser humano es un poco duro de mollera, he establecido que el Fimbulwinter es un proceso paulatino que en el momento de la acción aún puede confundirse con un clima de crispación política un poco más grave que el que tenemos en la realidad, intensificado por la difusión de armas realizado por Loki y Jormungand y por el cambio climático. Supuestamente estamos en el segundo año: al tercer año todo se volverá un caos apocalíptico, pero eso los mortales no pueden sospecharlo. O si lo sospechan, no pueden imaginarse la forma inminente en la que esas sospechas se harán realidad. Y lo de la "Pequeña Edad de Hielo" de los ss. XIV hasta el XIX es un dato verídico.
En cuanto a Pepper Potts, ya os avisé de que iría incluyendo algún cameo de Marvel de vez en cuando.
En el cómic, la Tess Black adulta es una respetada agente de bolsa, por lo que aquí la pongo aconsejando a su madre sobre inversiones. Aun así, mi versión de la Tess adolescente es bastante diferente a la que aparece en el cómic, al menos por ahora. Tiene un poco del "mischief" de su padre. Bueno, algo más que un poco.
