–8–
Justamente cinco minutos después, Tess emergió de nuevo de la zona de los vestuarios, esta vez ya duchada, arreglada y con su ropa de adolescente mortal: un jersey ajustado de cuello de cisne color pistacho, una falda vaquera y unas botas altas negras. Al salir, se estaba poniendo una corta cazadora bomber en tono dorado, y de su hombro colgaba una moderna mochila deportiva.
–¿Sólo te has traído eso de abrigo? –Sigyn frunció el ceño: había intentado mil veces convencerla de que llevara un abrigo más voluminoso, como el de ella misma– ¡Sabes que eso no es suficiente, hace demasiado frío! ¿Y cómo quieres salir fuera con el pelo mojado?
Tess la miró sonriente, sin dar importancia a unos reproches que había oído cientos de veces y que ya no tomaba en serio de una madre sobreprotectora como la suya. Sigyn sintió un doloroso estremecimiento en el corazón. Tras la ducha, su hija se había peinado totalmente hacia atrás su cabello mojado, negro y corto por debajo de la nuca, de forma que la semejanza con su padre se hacía aún más marcada, más punzante.
–Vamos, mamá… –replicó con tono conciliador, mientras salían del polideportivo y se dirigían al aparcamiento donde Sigyn había dejado el coche–. ¿Me he resfriado yo alguna vez? Ya sabes que, salga con el pelo mojado, sin abrigar o medio desnuda si me da la gana, el frío no me afecta, soy prácticamente inmune.
–Vale, ya lo sé. No me lo recuerdes… –rezongó Sigyn como para sí, sacando las llaves y entrando en el coche mientras su hija lo hacía en el asiento del copiloto. No le gustaba que le recordasen que su hija tenía herencia jotun. No por el hecho de ser jotun, sino por lo que ello implicaba. Por lo que a ella respectaba, Tess era hija suya y de nadie más, y cada rasgo de Loki que veía en ella la contristaba y la ponía de mal humor.
Lo cual la sumía en un estado de contradicción constante, mezcla de amor, nostalgia y aversión, ya que Tess era prácticamente un calco de Loki, pero en mujer y en edad adolescente. A pesar de eso, o puede que precisamente por eso mismo, era preciosa. Aun sin haber cumplido los quince años, tenía porte de mujer y un rostro de ángel que ya apuntaba a la arrebatadora belleza que sería en el futuro.
A pesar de que en él mismo resultaban bastante masculinos, los rasgos de Loki poseían cierta delicadeza andrógina que hacía que en un rostro femenino se viesen igual de atractivos o incluso más: los mismos ojos de intenso esmeralda, la misma nariz recta y patricia, los mismos labios finos y sensuales. También tenía sus marcadas cejas, que daban carácter al rostro; su piel pálida, como de prístina nieve; idéntica complexión en apariencia delicada pero llena de fuerza y hasta su mismo óvalo facial. A pesar de que Sigyn amaba a esa chica más que a su propia vida, muchas veces no se veía capaz de resistir el mirarla fijamente por demasiado tiempo. En ciertas ocasiones le costaba trabajo recordar que Tess era una persona con entidad propia, en lugar de una versión de su padre.
–¿Y ahora qué? –preguntó ella burlona, haciéndola volver a la realidad.
–¿Qué?
–Otra vez me estás mirando de esa forma tan rara. Como estuvieras viendo a otra persona en lugar de a mí. Haces eso a menudo.
–No sé de qué hablas –volvió a negarlo todo ella, intranquila. A medida que iba creciendo, Tess se iba haciendo cada vez más perspicaz. Cuando la miraba a los ojos, Sigyn tenía la sensación irracional de que podía leer dentro de su mente; y para alguien con tantos secretos como ella, esa sensación era como mínimo incómoda. Pero Tess se limitó a encogerse de hombros, indiferente.
–Lo que tú digas –repuso, y sacó su Blackberry y empezó a teclear a velocidad de vértigo con sus dedos largos y finos, con uñas esmaltadas en negro. Pese a que realmente era una mezcla de asgardiano y jotun, en su aspecto y comportamiento Tess no se diferenciaba casi nada de las adolescentes mortales. Despreocupada, displicente, distante y enganchada a las nuevas tecnologías: a su teléfono móvil, a su ordenador, a las redes sociales y al chat. Sigyn tenía un buen nivel de manejo de esas cosas a nivel usuario (de hecho, Internet le había salvado la vida cuando era una recién llegada a la Tierra: en aquella pantallita mágica había información prácticamente de todo), pero no dependía de ellas tanto como su hija.
Contuvo un suspiro. Ahora, con el trabajo y las diferentes actividades de ella y el instituto y la vida social de Tess, apenas sí se veían durante el día; y cuando lo hacían ella se ponía a jugar con su móvil. La misma queja de padres de adolescentes a lo largo de todo el mundo.
–¿A quién escribes? –Sin poder evitar la curiosidad, intentó echar un rápido vistazo a ver qué era lo que su hija escribía con tanto interés, pero Tess apartó el móvil de su vista, protestando indignada.
–¡Mamá! ¡Respeta mi intimidad!
–¡Vale, vale, perdona! –se disculpó ella un poco mordazmente por la excesiva reacción de su hija– Ni que fueran secretos de seguridad nacional. Por cierto, ¿quién es Sylene? –tuvo que preguntar, ya que había conseguido leer ese nombre en la pantalla.
–Eres una cotilla –rezongó la chica, pero a pesar de todo contestó–. Sylene es mi nick en Internet.
–Ah, vale. Bien. Es bonito. ¿Qué pasa, no te gusta tu nombre? –preguntó, un poco inquieta.
–Yo no he dicho que no me guste. Pero en la Red todo el mundo se pone nombres chulos, como de fantasía, de mitología o de anime. Tess es demasiado… normal. Como de mortal común –rió.
Sigyn no comentó nada, pero sus rasgos se tensaron.
–Me ha llamado el señor Cassidy, el director del instituto.
Tess dejó de teclear.
–Oh. Vaya.
–Sí. "Oh, vaya" –repitió ella con dureza–. ¿De verdad has hecho lo que me ha dicho que has hecho? ¿Has hackeado la página web del instituto y la has llenado de fotos de una compañera en ropa interior con su número de móvil y el mensaje "soy fácil, llámame"? –Tess abrió la boca, pero Sigyn añadió enseguida– Y ni se te ocurra mentirme, jovencita.
La chica guardó silencio, como pensando cuál era la respuesta menos comprometedora.
–En mi defensa, no era ella en ropa interior. Se veía claramente que era un montaje de Photoshop –acabó diciendo, y añadió en un murmullo–. Mierda…, pensé que no había dejado rastro. Ese idiota del foro me dio las instrucciones mal. Se va a enterar cuando lo pille. Le voy a mandar un virus que…
–¡Tess! –su madre la cortó indignada– ¿Por qué has hecho eso?
–¡Esa zorra tramposa de Samantha Parrington se lo merecía! ¡Me quitó la presidencia del Consejo de Alumnos! Se cree la mejor porque es rubia, animadora y su padre está en la Junta Escolar, mientras que yo sólo estoy en el Club de Matemáticas y en el de Informática. Pero los del Club de Informática también tenemos nuestros recursos… –añadió maliciosamente.
–¿Y eso lo justifica todo? Precisamente que el señor Parrington esté en la Junta Escolar agrava las cosas. Podrían denunciarte por lo que has hecho. ¿Sabes lo que me ha costado convencer al director Cassidy de que no te expulse?
La chica se encogió de hombros.
–Bah. Que me expulsen. Me da igual.
–¿Y si en tu expediente figura una expulsión por una falta de disciplina para cuando te toque aspirar a alguna buena universidad, también te da igual?
Esta vez Tess bajó la cabeza, avergonzada.
–No, mamá. Pero es que… ¡no es justo! –dijo rabiosa– La eligieron a ella porque es popular, aunque sea una cabeza hueca que no hará nada por el Consejo más que lucir su cara bonita y votar que sí a todo lo que sus amigos le aconsejen. Y yo, que tenía un montón de ideas estupendas para mejorar el instituto…
–Lo sé, cariño, pero a veces la vida es injusta. No puedes tomarte la venganza por tu mano así como así.
–Lo siento… –Tess bajó la cabeza en actitud contrita, pero aquello no engañó a su madre.
–No lo sientes, no seas mentirosa –le dijo con severidad.
–Siento que el director Cassidy te haya echado la bronca, y siento haberte disgustado –esta vez el tono de arrepentimiento de la chica parecía más genuino–, pero no lamento habérsela jugado a esa estúpida. No sé por qué montan tanto escándalo, después de todo sólo ha sido una broma inofensiva. Sólo fue… no sé, un poco de diversión.
–Por favor… –suspiró Sigyn, notando que le volvía el dolor de cabeza–. Tess, ya hemos hablado de esto. Me juraste que si te sacaba de esa escuela especial y te dejaba ir a un instituto normal, no te meterías en más líos "por diversión".
–¡Odiaba esa escuela para superdotados! –estalló ella– Todo el mundo decía que allí desarrollaría mi potencial, pero lo único que hacían era mandarme cosas estúpidas.
–¿Y qué hago contigo, eh? –exclamó la mujer– No te gustaba la escuela para superdotados, pero en el instituto normal te aburres, no estudias y te metes en un problema tras otro.
–Sigo siendo la primera de la clase –se defendió Tess.
–Porque tienes un coeficiente de 144, no porque te esfuerces en trabajar. Pero tus problemas no son académicos, siempre has sido brillantísima. Tu problema es la falta de disciplina. ¿Sabes lo que piensa Cassidy? Bueno, él y el resto de profesores, y hasta la Junta Escolar. Que no soy buena madre, que como he tenido que criarte sola no soy capaz de meterte en cintura.
–Y qué te importa lo que piensen esos idiotas –de nuevo ella volvía a hablar con desprecio.
–Me importa porque estoy empezando a temer que tengan razón. ¿Es eso, no soy suficiente para ti? ¿Te metes en líos porque te falta una figura paterna, alguien más autoritario que yo? –Sigyn parecía temerosa de que pudiera ser así.
–No –contestó Tess de mala gana.
–Entonces, ¿por qué es? ¿Tanto te cuesta portarte bien?
–Siento no ser el "angelito" que era de pequeña –murmuró la chica con voz rencorosa.
–No tienes que ser un ángel –repuso Sigyn–. Sólo quiero que seas feliz, pero que seas honrada y juegues limpio. No quiero que acabes perdiéndote como… –se interrumpió bruscamente.
–¿Cómo quién? –preguntó Tess interesada.
–…como tantos otros chicos que se pierden en el camino –terminó ella.
–Pero es que creo que no encuentro mi camino –se lamentó Tess–. Noto como si… como si no perteneciera a esto. A veces tengo la impresión de que todo esto es irreal, como si hubiera algo más.
Su madre no contestó, y Tess no pudo entender aquella expresión consternada y preocupada en su semblante mientras atendía a la carretera.
–Tiene que haber algo más –añadió la muchacha–. Esta vida se me queda corta.
Sigyn sintió que el corazón se le detenía un instante.
–¿Qué quieres decir?
Tess miró afuera de la ventanilla con expresión ensimismada, como si en el fondo no viera lo que estaba mirando.
–A veces tengo esos sueños en los que veo otros mundos… un mundo dorado, como un paraíso… y también otro muy diferente, gris y helado, donde nunca deja de nevar. En esos sueños todo parece tan auténtico… y esta vida, la que tengo cuando estoy despierta, lo nebuloso, lo irreal.
Un escalofrío recorrió la columna de Sigyn. Recordó los sueños de su hermano muerto, Váli, que resultaron ser premonitorios.
–¿De veras? –intentó aparentar indiferencia– ¿Qué es lo que ves en esos sueños?
–El mundo dorado lo veo como lejano, lleno de personas maravillosas, bellas y perfectas como dioses… –murmuró ella–. Pero es el otro el que más veo. Y está lleno de seres enormes, como ogros, con la piel de color azul y expresión feroz… y veo una fortaleza… negra, amenazadora; pero que a mí no me da miedo. Y en esa fortaleza hay un hombre vestido también de negro, el único de aspecto humano. Es más pequeño que el resto de esos seres azules, pero está claro que es el que domina sobre todos ellos. Desprende un aura de poder tan inmenso que da vértigo.
Los dedos de Sigyn se crisparon mientras aferraba el volante. No quería dejar de mirar a la calzada, no quería mirar a su hija.
–Nunca consigo acordarme totalmente de su cara cuando despierto, pero sé que se parece mucho a mí, ignoro por qué… –continuó ésta, sumida por entero en su propia voz y en sus recuerdos–. Tiene el cabello negro como yo… Sus ojos… son verdes como los míos… Y su alma es oscura y fría, pero sobre todo triste…
Sigyn pegó un brusco frenazo, haciendo que el cuerpo de Tess saliera despedido hacia delante por efecto de la inercia. Por fortuna, estaba bien sujeto con el cinturón de seguridad, pero aquello consiguió despertarla de su ensoñación.
–¡Mamá! –protestó molesta por el frenazo.
–Perdona –dijo Sigyn, aún sin desear mirarla a los ojos–. Es que ya hemos llegado.
Tess miró por la ventanilla y constató que lo que decía su madre era cierto. Estaban frente a la puerta del garaje del bloque donde vivían, que se abría morosamente para que el coche pudiera entrar.
–Lees demasiadas novelas y ves demasiadas películas de fantasía y ciencia ficción –añadió Sigyn severamente mientras aparcaba en su plaza de garaje–. No me gustaría que eso pudiera hacerte perder la noción de la realidad, cariño.
–¿Y cuál es la realidad? –Tess se volvió de nuevo hacia ella, y esta vez Sigyn no tuvo más opción que mentirle a la cara.
–La realidad es donde estamos ahora. Esto… –hizo un gesto que abarcaba su entorno–, Nueva York. Nuestra casa. Nosotras, tú y yo contra el mundo, ¿recuerdas que decíamos eso cuando eras pequeña? Y no hay más.
La muchacha entrecerró los ojos, irritada.
–Pues es una realidad bien aburrida.
–Pero es la que hay, y tendrás que conformarte con ella.
–¿Por qué te enfadas ahora? –se extrañó Tess– Sólo estaba contándote mis sueños.
Sigyn parpadeó.
–No me enfado, yo…
–¡Sí lo haces! No entiendo por qué te pones a la defensiva con cosas tan tontas. Eres peor que esos imbéciles de la Junta Escolar. Te has vuelto tan seria… Cuando yo era pequeña, eras más alegre. A veces te ponías a llorar sin razón, pero cuando me mirabas siempre te ponías contenta. Ahora ya no lloras, pero sigues triste, y cuando me miras ya no te pones contenta sino de peor humor, como si… como si me odiaras.
–No Tess, eso no es cierto.
–¿Ah sí? ¿Cuándo fue la última vez que me dijiste que me querías "más que a ninguna otra cosa en los Nueve Reinos" como cuando era pequeña? Sé que no soy la hija perfecta que deseabas, pero a veces me da la impresión de que te he decepcionado terriblemente y continúo decepcionándote, no importa cuánto me esfuerce. ¿Y te acuerdas de todas las leyendas de los dioses nórdicos que me contabas para que me durmiera? ¿Por qué dejaste de hacerlo?
–Porque ya no eres una niña.
En realidad, había sido porque a medida que transcurría el tiempo cada vez le dolía más hablar de nada que le recordara a su pasado. Los años no habían mitigado su pena por todo lo que había perdido, antes al contrario. Tess la observó durante unos segundos… aunque Sigyn tuvo la impresión de que había cierta condescendencia en aquella mirada, como si dijera "mi madre está mal de la cabeza". Pero suspiró de mala gana, lo cual era señal de que se rendía.
–De acuerdo, siento lo de esa tonta página web. De verdad que lo siento, tal vez me haya excedido. El lunes iré a ver a Samantha y al director Cassidy y les pediré disculpas a ambos. Me va a costar mucho hacerlo, pero en fin, supongo que me lo merezco.
Sigyn respiró aliviada.
–Eso está mejor. ¿E intentarás no meterte en más líos "por diversión"?
–Vaaaale –dijo con un tono cansino y resignado que hizo sonreír a Sigyn–. ¿Me vas a castigar?
Ella lo pensó un momento.
–No, si cumples tu palabra –Objetivamente, no tenía autoridad moral para castigarla por tomarse la justicia por su mano cuando ella había hecho algo similar apenas un rato antes, cuando había provocado esa descarga eléctrica en el móvil de Stark para escarmentarlo por su ofensivo comentario.
–¿Y me dejarás salir esta noche con Sarah y quedarme a dormir en su casa?
Sigyn frunció el ceño.
–¿No crees que te estás pasando?
Tess se aferró a su brazo.
–¡Venga, mami! –suplicó mimosa–. Te prometo que seré buena. Porfa, porfa, porfa…
–Ayyy… –suspiró ella–. Está bien.
Alborozada, la chica estrechó su abrazo sobre ella.
–¡Eres la mejor, mamá!
–Anda que no tienes cuento ni nada –rezongó Sigyn, no tan molesta con su hija como consigo misma y su propia permisividad. Pero habría sido inútil tratar de resistirse, cuando al final habrían acabado igual. Nunca era capaz de negar nada a su hija, la única persona que tenía en el mundo.
Tess se separó de ella y le dio un beso en la mejilla.
–Te lo digo en serio. Sé que soy difícil de manejar, y que ha debido de ser muy duro criarme sola después de que muriera papá, pero lo has hecho genial. No hagas caso a lo que ese capullo de Cassidy o los demás opinen. Eres la mejor madre del mundo, y te quiero.
–Y yo a ti, mi vida.
Tess salió del coche de camino hacia el ascensor y Sigyn la siguió, pero se quedó unos momentos contemplando sus espaldas mientras caminaba con aquellos andares gráciles suyos, pese a estar cargada con la mochila. Tenía una sensación agridulce, mezcla de amor y miedo. Cómo hubiera podido decirle lo mucho que temía perderla, o como ya había señalado, que se perdiera ella misma. Se parecía demasiado a su padre, el alejarlo de su influencia tal vez no resultara ser suficiente. Si sus temores se hacían realidad, no veía el modo de impedir que acabara siendo como él.
Por eso, pese a que años atrás su intención fuera llevarla a ver a Clea para que se entrenara en las artes místicas al igual que ella misma, seguía posponiendo el momento. En la actualidad Tess era un poco traviesa nada más, pero sólo con su inteligencia y su sentimiento competitivo ya era capaz de buscarse un montón de problemas. ¿Qué ocurriría si empezaba a desarrollar poderes psíquicos? ¿No sería como darle una pistola cargada a un niño que no supiera manejarla? ¿No sería como convertirla aún más en… su padre?
Sigyn había confiado a Clea Strange sus preocupaciones buscando su consejo, siempre con el mismo resultado inútil. No sabía si a su maestra, además de por las artes místicas, le daba también por la filosofía zen, pero nunca le había sacado nada más provechoso que "la respuesta está en tu corazón". Es decir, que se las arreglara como pudiera.
Y no era que Clea no fuera una buena maestra. Sigyn había tenido una suerte bárbara encontrándola, o más bien de que Clea la encontrara a ella. Casi le parecía que había sido el día anterior cuando, tras salir del trabajo, vio a aquella mujer de cabello platinado esperándola a la puerta de la cafetería donde solía comer.
Clea era la esposa del Doctor Stephen Strange. Sigyn no estaba segura de si éste era humano o no; su apariencia era humana, desde luego, pero sus poderes místicos eran los más vastos que había visto antes, casi equiparables a los del propio Loki. Clea también tenía ciertos poderes, aunque no tan intensos como los de su marido. Le dijo que había soñado con ella y que sabía que necesitaba ayuda para aprender a defenderse. Así había empezado todo.
Por "aprender a defenderse", se entendía que se refería a perfeccionar los propios poderes psíquicos de Sigyn, los que, sin que ni ella misma supiera cómo, había empezado a desarrollar la primera vez que había tenido contacto con un objeto místico de los pertenecientes a su marido, aquel espejo que era capaz de comunicarse entre dimensiones.
Todos los lunes y los miércoles, Sigyn hacía un alto en su trabajo como voluntaria en el taller de la asociación en la que colaboraba e iba a casa de los Strange. Allí, Clea la llevaba a una habitación en penumbra, sólo iluminada con velas y perfumada con palos de incienso, y meditaban un rato. Luego, practicaban. Lo que más le interesaba a Sigyn ejercitar eran ataques telequinéticos y barreras de oclusión mental. Cuando Clea le preguntaba por qué, su respuesta era que "la mejor defensa siempre es un buen ataque".
Los Strange conocían perfectamente su auténtica identidad y su parentesco con el archienemigo de los Vengadores, de los cuales el Doctor Strange era un aliado ocasional, una especie de asesor en temas místicos. Strange no llegaba a confiar del todo en Sigyn –debía ser porque sabía también que ella había salvado a Loki en su momento– ni estaba totalmente de acuerdo con que su mujer le diese clases de artes psíquicas, pero no se lo prohibió a Clea. Ni ella lo hubiera escuchado, de habérselo prohibido; era una mujer con mucho carácter, cosa que Sigyn envidiaba.
Tras dos años y medio de aquellas clases, podría decirse que los poderes psíquicos de Sigyn habían experimentado un incremento bastante considerable. Tampoco era que se hubiera vuelto una super mujer, ni como esos mutantes psiónicos que se decía que podían apoderarse del mundo entero. Un poco de telequinesis, generación de campos de fuerza, algo de telepatía. Nada del otro mundo, por malo que fuera el chiste. Por alguna razón desconocida, manipular las máquinas se le daba bien. Era como si el haber aprendido a usarlas a la vez que empezaba a desarrollar sus poderes le hubiera conferido cierta afinidad a ellas. Era capaz de fundir una bombilla con el pensamiento, dar orden de impresión al ordenador sin necesidad de teclado o ratón o cambiar los canales del televisor sin necesidad de buscar el mando a distancia, que normalmente acababa perdido en alguno de los huecos de dentro del sofá. Claro que eso sólo lo podía hacer cuando Tess no estaba presente.
Y si eso era lo que ella, que había nacido sin predisposición para la magia, podía hacer, ¿qué no habría de poder Tess, que tenía la sangre del que seguramente era el hechicero más poderoso del universo? Con todo lo bueno que eso implicaba, pero también con todo lo malo. Y ese "todo lo malo", esa posibilidad aterradora, era lo que detenía a Sigyn de revelar la verdad a su hija y comenzar a entrenarla. Sí, sabía que seguramente estaba desperdiciando el extraordinario potencial de Tess, pero eso era preferible a lo que podría ocurrir.
Tal vez la estaba malcriando, pensó. Tendría que haberle prohibido salir esa noche y quedarse a dormir en casa de su amiga, pero ya le había dicho que sí y no podía desdecirse. Eso quería decir que volvería a pasar la noche del viernes sola. De nuevo. Tess era demasiado independiente para lo joven que era, lo había sido desde pequeña y esa tendencia se había agudizado en la adolescencia. Siempre estaba fuera de casa o encerrada en su habitación; y aunque Sigyn sabía que su hija la quería, a veces la angustiaba la idea de no ser capaz de llegar hasta ella.
Cuando la madre de la amiga de Tess pasó a buscarla –llevaría a las chicas al cine y luego las recogería para que se quedaran a dormir juntas en su casa–, ésta decidió al menos sacarle provecho al rato en soledad. Fue hasta el baño, se inclinó sobre la bañera y abrió el grifo del agua caliente, añadiendo un buen chorro de gel y un puñado de sales de baño perfumadas. Terminaría el día con un baño caliente de espuma para relajarse de las tensiones del día. Un lujo de princesa, como los que tenía en Asgard. Una de las pocas costumbres sensuales que aún conservaba.
Se sirvió una copa de vino blanco, puso música relajante en un aparato portátil que llevó al baño y empezó a desvestirse. Falda, camisa y uno de sus bonitos conjuntos interiores de encaje fueron a parar al resto de la ropa sucia: al día siguiente haría una colada antes de ir al centro comercial a buscar el dichoso vestido para la recepción del domingo.
Y también tendría que ir a la peluquería, pensó, preguntándose si habría peluquerías abiertas para ese domingo. En el peor de los casos, siempre podría arreglarse el pelo ella misma: de joven solía peinar a una reina nada menos, y ésta nunca se le había quejado. Se acercó un momento al espejo para comprobar la raíz de su cabello, si ya era visible el color rojizo en sus mechas rubias, lo que supondría que tendría que renovar su tinte… decidió que aún no hacía falta.
Sigyn solía cuidar bastante su físico y su vestimenta, tanto exterior como interior. No era que tuviera que lucirse ante nadie, pero lo hacía por ella misma, como una especie de reafirmación personal. Necesitaba sentirse hermosa, deseable, ya que había salido de su matrimonio con la autoestima bajo mínimos. El haber sido traicionada e ignorada sistemáticamente por su marido durante años había acabado con su seguridad como mujer, pese a que cuando era adolescente recordaba haber tenido que rechazar a bastantes pretendientes. No era que ninguno de ellos le hubiera importado nunca… salvo tal vez uno.
Theoric… hacía mucho tiempo que no pensaba en él. Fue el único al que le había dolido tener que decirle que no, y desde entonces no había vuelto a verle. ¿Cómo le habría ido en la vida? Seguramente habría llegado a Capitán de la Guardia de Halcones Carmesí como era su ilusión, y estaría casado con alguna mujer de los campos y rodeado de niños. Bien por él. Realmente esperaba que, dondequiera que estuviera, fuera feliz: ese chico lo merecía. Suspiró nostálgica al recordarle. Era muy guapo –aunque no tanto como Loki–, encantador –pero no de la manera de Loki–; y bondadoso –definitivamente, no como Loki–…
Sacudió la cabeza, enfadada consigo misma. ¿Por qué había empezado recordando a Theoric y había acabado pensando en Loki, otra vez? ¿Por qué, fuera el tema que fuera, siempre le acababa trayendo a la mente a la misma persona que ella no quería recordar? ¿Y por qué a veces le parecía oír su voz en sueños, como si él la estuviera llamando?
–A la porra… –murmuró, metiéndose en la bañera y suspirando sonoramente al hacerlo. Aquello era un gustazo. Junto con el chocolate, lo más cercano al sexo que se permitía. Pero por desgracia, ni siquiera eso le daba pie para desconectar del todo.
Por si no le bastara con las preocupaciones por su hija y aquellos inoportunos recuerdos sobre su ex, ahora se empezaba a romper la cabeza también con el otro tema inquietante del día. Pepper Potts había empezado a sospechar. Y es que el asunto era muy fuerte: que la mujer de uno de los enemigos extraterrestres y más acérrimos del grupo de Stark trabajara en una de las Fundaciones de éste era como mínimo tentar a la suerte. Sigyn se preguntó qué pensaría la siempre correcta Potts si supiera que el hombre del que ella huía era uno de los "terroristas" que su jefe había combatido.
Tomó un sorbo de vino y empezó a frotarse con la esponja jabonosa, aún ensimismada en sus pensamientos. Nunca entendería el interés de Loki por la Tierra. Suponía que lo hacía por fastidiar a Thor, pero aquello ya había llegado a cotas de obsesión. Le habría gustado pensar que lo hacía por ella, en un intento de encontrarla, pero era una presunción vana. Incluso le había dado por pensar que él sabía exactamente dónde estaba y le daba igual, de no ser porque, de haber sido así, ella no habría seguido viva mucho tiempo más. Su ex no era de los que se dejaban engañar o desafiar sin tomar represalias rápidas y mortalmente certeras. Él nunca había sido un buen marido, sólo en ocasiones había sido buen padre; pero vengarse se le daba de maravilla. El dios del engaño creía tener superioridad sobre los objetivos de su venganza, cuando en realidad él era el principal prisionero de su odio por el resto del universo.
Las notas de piano de la canción que en ese instante sonaba en el reproductor de música inundaban el cuarto de baño con su cadencia melancólica, resonando en medio de la borrosa neblina formada por el vapor del agua caliente. El estribillo se repetía una y otra vez en los oídos de Sigyn: "Nunca te olvidaré… nunca te olvidaré…" No, nunca lo olvidaría, pensó ella, sintiendo el escozor de las lágrimas en sus párpados y aquel familiar picor en la nariz que las precedía.
"Oh, Loki…", susurró su mente, y de su garganta surgió un gemido. De forma casi inconsciente, mientras enjabonaba la parte de su cuerpo no sumergida en agua, sus manos empezaron a recorrer su piel de forma más lenta, más sensual. Sigyn cerró los ojos, como perdida en una ensoñación; y aunque no quería hacerlo no pudo evitar imaginarse que aquellas manos, que recorrían sus pechos llenos de espuma y su vientre con suavidad amante, eran las del propio Loki tocándola, acariciándola, apoderándose de su voluntad. Su respiración se ralentizó y se hizo más ronca, y entre sus piernas notó una humedad que no tenía nada que ver con el agua del baño.
Tragó saliva, sentía que se ahogaba. Con su mano izquierda seguía enjabonando sus pechos cuyos pezones se habían puesto erectos, tanto por el roce como por el recuerdo prohibido; mientras que su derecha estaba metida en el agua, tan pronto deslizándose sobre sus muslos como trazando círculos por su vientre y acercándose a la zona del pubis. Respirando ya entrecortadamente, Sigyn bajó la mano un poco más, de modo que sus dedos casi rozaban aquella parte que ya demandaba la voluptuosa caricia…
De pronto abrió los ojos cuando cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Rápidamente quitó la mano de allí, furiosa y frustrada, y se dejó hundir por completo en la bañera, permaneciendo sumergida bajo el agua hasta que sus pulmones comenzaron a gritar por la falta de aire y no tuvo más remedio que emerger con el cabello pegado a la cara y cubierta de espuma… y en un estado de mal humor indescriptible.
Salió de la bañera casi sin acordarse de quitarse el jabón y se envolvió con una gran toalla el cuerpo y otra la cabeza. Apagó el reproductor de música, silenciando aquel maldito piano y esa voz lánguida que la hacían sentirse tan débil y nostálgica, y se aplicó la loción corporal con movimientos deliberadamente bruscos para evitar la tentación y la sensualidad de antes.
No era sano que se reprimiera así. Sus compañeras de más confianza de la Fundación habían intentado convencerla de que se echara novio o al menos un amigo especial con el que desahogarse, con el argumento de que debía aliviar las necesidades sexuales que como mujer joven y sana indudablemente debía tener.
Y no se equivocaban respecto a este último punto, aunque en vez de satisfacer esas necesidades ella se limitaba a ignorarlas, como había hecho casi siempre en Asgard. Pero Asgard había sido un entorno represivo. Allí en la Tierra era libre y podía hacer lo que le diera la gana, incluso acostarse con cien hombres si le apetecía. El problema era que no deseaba a ninguno. O para ser más exactos… sólo deseaba a uno. El único que no debía desear, nunca más.
Cuando acabó de darse la loción se vistió con uno de sus camisones cortos. Aunque aún fuera invierno –el más largo invierno que los mortales hubieran conocido en siglos–, el bloque donde estaba su piso tenía calefacción central, y tras permanecer ésta funcionando todo el día, de noche el calor se había acumulado en el apartamento y la temperatura era casi tropical.
Se calentó un precocinado en el microondas: pese a su costumbre de comer sano, en aquel momento lo que había ocurrido durante el baño la había puesto de tan mal humor que no le apetecía cocinar. Además, con Tess fuera, no tenía caso hacerlo.
Mientras esperaba que el microondas acabara, Sigyn se apoyó contra la ventana de la cocina, contemplando meditabunda la luna medio escondiéndose entre el cielo encapotado de nubes. ¿Sería el mismo cielo que Loki contemplaba desde Asgard, Jotunheim o dondequiera que estuviese? No, aunque se parecían mucho. Las estrellas que se veían desde unos reinos y otros se parecían, aunque su posición sería diferente.
¿Se acordaría de ella?, se preguntó melancólica. Probablemente no. Por lo que sabía, para Loki ella estaba muerta y la habría olvidado haría mucho tiempo. Pese a su ardiente declaración de amor la última vez que se habían visto, ahora ya no estaba segura de que aquello tuviera el significado que le había dado en aquel momento. Cada vez más, creía que las palabras finales de Loki en la cueva se habían debido a un estado de locura transitoria causado por la prolongada tortura; y aunque no hubiera sido así, el dios del engaño no tenía fama precisamente por la constancia de sus afectos. Habría vuelto con Angerboda o estaría con alguien como ella, y si por casualidad alguien le recordaba su matrimonio se burlaría despectivamente, renegando de aquella época y alegrándose de ser libre de nuevo.
Sigyn sonrió con sarcasmo ante el rumbo que habían tomado sus pensamientos. ¿Qué le importaba si se acordaba o no de ella? ¿Qué podía importarle nada de lo que él opinara? Era patético, pensó con un intenso desprecio hacia sí misma. ¿Pero qué demonios le pasaba, por qué seguía pensando en él? ¿No había aprendido nada? Ya no se sentía celosa ni dolida por la idea de que él la hubiera olvidado, sólo estaba rabiosa porque ella no conseguía hacer lo mismo.
En camisón, con el cabello aún húmedo y secándosele de cualquier manera y con la bandeja en su regazo, conteniendo el plato humeante y el vino que le quedaba en la copa, Sigyn se sentó a cenar viendo la televisión. Sin molestarse en buscar el mando a distancia, recorrió mentalmente los casi doscientos canales del cable sin encontrar nada que le interesara, y al final se acabó enganchando a la enésima reposición de Lo que el viento se llevó, todo un clásico.
Pero no pudo aguantar cuando llegaron a la parte en que la hija de los protagonistas moría al caer del caballo: no quería ver esa escena. Le recordaba demasiado a cuando Narvi estuvo a punto de morir, precisamente también por un accidente de caballo. En aquel momento había estado tan asustada, y tan feliz cuando le dijeron que se salvaría… pensó que estando más pendiente de él y de su hermano sería suficiente para evitar que nada malo pudiera pasarles. Qué ingenua había sido, qué estúpida. Había sido una estúpida en todo.
Como en una especie de explosión mental a pequeña escala, apagó bruscamente el televisor –arriesgándose a fundirlo: no era la primera vez que le pasaba–, y se quedó un rato mirando el aparato desconectado sin verlo realmente. Narvi… y Váli. Incluso sintiéndose satisfecha y conforme con la vida teniendo a Tess, aún echaba de menos a sus hijos. Ya no eran la herida continuamente sangrante de antes, sino un dolor latente y tenuemente cicatrizado, una brecha que sólo se abría cuando algo se los traía a la memoria, como la escena de esa maldita película. Pero aún los echaba de menos. Y aun eso habría sido lo normal. Lo que no era tan normal era que también lo echaba de menos a él. A él, con todo lo que la había hecho pasar.
–Imbécil… –murmuró en el silencio de la habitación. Ni ella sabía si el insulto estaba dirigido a Loki o a sí misma.
Se tomó lo que quedaba de vino de un trago y se fue a acostar.
Y con todo lo que había ocurrido aquella tarde, la conversación con Potts, su casi encuentro con Thor, su discusión con Tess, lo que había estado a punto de hacer en la bañera y sus pensamientos sobre él y los niños a la hora de cenar… era lógico que todo aquello se arremolinara en su cerebro y montara un caos infernal.
Soñó. Con él, por supuesto. Soñó que Loki era un padre responsable y cariñoso y un marido tierno y amante, el hombre que siempre había deseado que se convirtiera, alguien que realmente la quería. Y al despertar a la mañana siguiente tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no echarse a llorar contra la almohada al darse cuenta de que sólo había sido un sueño.
El sueño más estúpido e imposible de todos.
En el epílogo de EW, dejamos a Sigyn y a Tess como flotando en una nube rosa. Pero las nubes rosas no duran mucho tiempo. Y Sigyn, pese a ser libre, no está carente de problemas: tener que esconder su identidad, sus remordimientos de conciencia, tener que lidiar con Tess que ahora es una adolescente rebelde, su preocupación sobre el futuro de su hija… y luego, claro está, que no es capaz de olvidar a Loki. Le tiene miedo, pero a la vez lo sigue amando.
Sylene es la hija de Loki en otro universo Marvel, el MC2. Es una hechicera y una de las antagonistas del A-Next, la versión de los Vengadores en ese universo, formado el grupo por los hijos de los Vengadores del universo que conocemos (no sé si me explico), y en especial es enemiga de Thena, su prima e hija de Thor. Se supone que Tess Black y ella son personas diferentes (o versiones de la misma persona en universos diferentes), pero en esta historia convergen en la misma. De modo que aparte de toda la historia entre Loki y Sigyn, también asistiréis a la intriga de ver si Tess se acaba dejando arrastrar por el lado oscuro de su padre y se convierte en la malvada Sylene o no.
Samantha Parrington, la compañera a la que ataca Tess, es el nombre humano de Valkyrie, una de las aliadas de Thor en el cómic. Tranquilas, sólo se menciona el nombre y no tiene mayor trascendencia (al igual que el de Donald Blake en la peli).
La canción que suena en la escena del baño, la de las notas de piano y el estribillo de "Nunca te olvidaré", es I'll never forget you de Francis and the Lights (la tenéis en youtube en watch?v=2FI_Tswq3cc), una recomendación de Lady Loky para el pairing, que he querido incluir. ¡Mil gracias, amiga!
Y las lectoras de EW reconocerán la anécdota del accidente de Narvi con el caballo en el cap. 17. De vez en cuando haré eso de remitir a escenas del otro fic. Por ejemplo, también con el caso de Theoric. Para quienes no conozcan el cómic, Theoric fue el primer novio de Sigyn en el cómic (de hecho estaban prometidos y Loki lo hizo matar y adoptó su forma para casarse con Sigyn, aunque en EW la historia es diferente porque ella lo rechazó). Aparece mencionado en EW, creo que en el cap. 7. Aquí por ahora sólo se lo menciona también, pero aparecerá en capítulos futuros, bastante más adelante.
