–9–
El Helheim estaba situado en el límite oriental de Niflheim, el Reino de las Tinieblas. Éste se llamaba así porque el grado de humedad de aquel mundo era tan alto y la presión tan pesada, que ésta se condensaba por toda la superficie del planeta, formando una densa y permanente capa de niebla oscura a su alrededor. La luz parecía huir de aquel sitio, y nada salvo algunos yerbajos grises y matorrales desangelados crecía en aquel mundo yerto, sumido en una eterna y tristísima semipenumbra.
Y en el propio Helheim la sensación de opresión era aún mayor. Allí la humedad del resto del Niflheim parecía esfumarse para ser sustituida por la simple oscuridad y la muerte. Por no haber, allí no había ni matorrales. La única vida que podía divisarse allí eran unos asquerosos hongos de un enfermizo color luminescente y líquenes pegados a las rocas que se extendían a lo largo del paisaje, más allá de lo que la vista podía alcanzar.
Mientras Loki, Fenrir y Jormungand caminaban por aquel páramo con aspecto interminable, no vieron ni un solo signo más de vida, ni rastros de que animal o persona alguna hubiera habitado esos parajes. Y, con todo… los tres tenían la sensación de no estar solos. No una, sino muchas, infinitas presencias que concurrían en aquel lugar; padre e hijos podían sentirlas con claridad. Y cuando cualquiera de ellos miraba un poco hacia atrás, con el rabillo del ojo casi creía poder percibir ligeramente el movimiento de unas sombras grises, con una leve forma humanoide, reptando, arrastrándose como con desgana… deambulando sin rumbo fijo, siguiendo un camino que no parecía tener final. Las almas de los muertos.
Todas ellas, aunque en su mayor parte invisibles para el ojo humano, se encontraban en aquel reino por el influjo de Hela, su reina; y todos merodeaban por allí, concentrándose en mayor proporción cuanto más se acercaban a su castillo, hecho de granito y mármol negro, hermoso e imponente pero aterrador.
El castillo estaba al lado del mar, y las olas rompían contra el muro con una furia y violencia inusitadas, bañando las rocas que estaban debajo con una espuma blanca que a veces aparecía algo rosada, como si en vez de agua, el mar estuviera formado por sangre. Era difícil saberlo, porque aquel mar era de un color totalmente negro.
Loki y sus hijos atravesaron la playa que los separaba del castillo, una playa de arena grisácea, tan lúgubre como el resto del lugar. Loki, con su armadura verde y su casco de orgullosos cuernos, iba en cabeza del grupo y sus hijos lo seguían, flanqueándolo uno a cada lado; con una armadura negra y pesada el mayor, y otra más ligera y de un color gris plateado el menor. El mar estaba embravecido, aunque aquello no tenía aspecto de deberse a ningún fenómeno atmosférico, porque el cielo, aunque oscuro, estaba en total calma. Al mirar un poco más allá de la orilla, pudieron ver unos bultos flotando en el agua… como trozos de cadáveres humanos; y deslizándose entre ellos, los anillos de otra gigantesca serpiente, esta vez negra.
–Mira, ése debe ser primo tuyo –bromeó Fenrir hacia su hermano, el cual respondió con una mirada despectiva.
–Hela siempre ha tenido un gusto muy particular en cuanto a… ambientación –comentó.
–Ya puedes decirlo. Este sitio es deprimente.
Las palabras de Fenrir eran ciertas. En Helheim no hacía tanto frío como en Jotunheim, pero era la única ventaja que tenía sobre el reino de los gigantes de hielo. En comparación con Helheim, el mundo de origen de Loki y sus hijos parecía un sitio colorido y lleno de vida.
–¿Qué esperabas? –Jormungand soltó una carcajada– Estamos en el reino de los muertos.
Loki no añadía nada ni prestaba atención a la conversación entre sus hijos. Su mente aún trataba de deshacerse de los retazos de recuerdos que le quedaban de lo sucedido la noche anterior, cuando había creído ver el rostro de su esposa en el de Lorelei durante el sexo. Aquello, o más bien lo hundido que se había quedado después de desaparecer aquella fantasía, aún lo tenía bastante afectado, pese a haberse esforzado por olvidarlo todo. Incumpliendo totalmente sus buenos propósitos de descansar durante la noche para estar concentrado y en plenas facultades para su encuentro con Hela, se había pasado toda la noche despierto recordando a Sigyn y soñando con ella. Estaba muy, muy molesto consigo mismo. Tanto despreciar a Thor y a su adoración por aquella mortal, y él había resultado ser mil veces peor.
"Concéntrate", se dijo con el mismo tono heladamente autoritario que usaba para dar órdenes a sus subordinados. "Deja de pensar en esas tonterías". No sólo lo debilitaban, sino que además eran totalmente inútiles. Si se hubiera esforzado por encontrarle una solución mientras aún podía, mientras Sigyn aún estaba viva… ahora ya no tenía caso.
Se detuvieron ante el amplio e inmenso portón principal del castillo, indecisos por un momento, sin saber si deberían llamar o hacer cualquier otra cosa. Entonces el portón pareció abrirse solo ante ellos, como movido como una fuerza invisible que no provenía de Loki ni de ninguno de los otros dos; y los tres hombres franquearon el umbral y penetraron en el castillo, aparentemente tan desierto como el resto del reino. Las paredes que los rodeaban, negras y sin aberturas que dejaran pasar el aire o la luz –en el caso de que alguna luz pudiera venir de aquel cielo plomizo– daban una sensación sofocante, claustrofóbica.
–¿Os habéis fijado? –comentó Fenrir– No tiene guardias ni vigilantes.
–No le hacen falta –repuso Jormungand, sin dejar de observar con fría cautela el entorno que los rodeaba, atento a cualquier signo de hostilidad–. ¿Quién va a atacar a la misma muerte?
–Os equivocáis –intervino Loki–. Sí que los tiene. De hecho, llevan rodeándonos desde que entramos aquí, sólo que no podemos verlos.
Tenía razón. Profundizando un poco en su visión de lo incorpóreo, ambos hermanos se percataron de que el castillo no estaba ni mucho menos desierto como parecía; antes al contrario. Ante sus ojos se materializaron multitud de sombras cubiertas por unos hábitos con capucha, por supuesto de color negro, de forma que no se les podía ver la cara. Loki se dijo que, aunque no estuvieran ocultas bajo la capucha, probablemente no tendrían caras que pudieran verse. Muchas de aquellas sombras encapuchadas parecían estar vigilándolos a ellos, pendientes ante el menor movimiento sospechoso.
No hacía falta que nadie los guiara: las puertas iban abriéndose solas ante ellos a medida que iban caminando, marcándoles el camino a seguir. La última de ellas era muy grande y al abrirse, dejó ver una enorme sala de aspecto impresionante. El techo se abría en una bóveda de vidrio, oscuro por supuesto, y las paredes parecían un jardín, sembradas de rosales trepadores –aunque ellos no sabían que existieran rosales que dieran esa variedad de rosas tan oscuras, casi negras–, entre los que se deslizaban serpientes coral con los anillos de color rojo, negro y amarillo. El suelo era de mármol totalmente blanco, casi deslumbrador.
Un poco más al fondo se abría otra sala donde podían ver un trono similar al de la monarquía jotun pero hecho de ébano en vez de piedra. Pero en aquélla donde se encontraban ahora, estaba totalmente vacía, no había un solo mueble salvo una alargada mesa en el centro y una silla labrada en su cabecero. Sentada en ella, una chica de cabellos negros disfrutaba de su almuerzo.
Hela había cambiado mucho desde la última vez que la habían visto, cuando ella había abandonado Jotunheim para no tener que participar en las intrigas de sus padres, intrigas que sus hermanos estaban encantados de seguir. Dominaba su capacidad de cambiar de forma tanto como el resto de sus familiares o aún más, y en aquel momento había elegido una forma permanente muy atractiva, que escondía sus deformidades de nacimiento.
Al contrario que sus hermanos, los cuales habían conservado su aspecto original de adultos jotnar como forma permanente salvo cuando se convertían en animales, ella había adoptado la forma de una bella muchacha humana en pleno esplendor de su adolescencia. A Loki le recordó un poco a Angerboda, tal vez una versión más joven de ella, aunque pálida en lugar de bronceada. Llevaba un vestido de terciopelo color aceituna con adornos de obsidiana o alguna piedra similar, y su cabello oscuro como el de sus padres mezclaba finas trenzas con mechones suavemente ondulados. También llevaba su capa encima, aunque no tenía la capucha subida. Loki recordó que no solía desprenderse de ella jamás. A sus pies, un gigantesco perro negro, encadenado con un collar de pinchos, mordisqueaba un hueso que ella debía haberle tirado antes. El hueso era grande y largo, lo suficiente como para parecer un fémur humano.
La muchacha no levantó la vista hacia ellos mientras seguía comiendo, y sólo les prestó atención cuando acabó su plato y una de aquellas sombras encapuchadas se lo retiró. Entonces alzó los ojos hacia ellos, mirándolos directamente por primera vez desde que estaban allí. Y ni aun así dijo nada y sus ojos continuaron duros e indiferentes mientras los contemplaban. Eran también verdes, pero en vez del esmeralda intenso de Loki, los de ella eran de un verde grisáceo, frío, brumoso. Su rostro, de piel muy clara y una belleza inhumana, mostraba una expresión desdeñosa.
–Hola, hermanita –Fenrir alzó una mano hacia ella en un desastroso intento de hacerse el simpático. Jormungand no llegó a tanto, sólo inclinó la cabeza a modo de saludo.
Loki se adelantó hacia ella, y al instante el perro, tomando aquel movimiento como una amenaza a su dueña, se levantó gruñéndole amenazadoramente. Él no mostró la menor inquietud, sólo se quedó mirando fríamente a Hela, aguardando, u ordenándole simplemente con su calmada actitud que controlara a su mascota. Sorprendentemente, eso hizo ella, sujetando al enorme animal por la cadena que surgía de su collar.
–Ssshh, Garmr. Tranquilo –Su voz era suave pero ligeramente metálica, venenosa.
El animal obedeció inmediatamente a su ama y volvió a tenderse, aunque no dejó de observar a Loki con ojos amenazadores, aviesos.
–Si la serpiente de afuera era mi primo, me parece que ése debe ser el tuyo –le susurró Jormungand a su hermano, devolviéndole la broma de unos momentos antes. Fenrir apenas gruñó malhumorado.
–Ja-ja-ja. Muy gracioso.
–Me alegra verte, hija mía –Loki la saludó con tono solemne–. Ha pasado mucho tiempo.
–Preferiría que no me llamases así –replicó Hela inmediatamente–. Aunque tenga tu sangre, no te reconozco en absoluto como padre.
–Bien, como quieras –Loki asintió conciliador.
–Ni a madre tampoco, ya que estamos –añadió ella–. A ninguno de los dos os importé nunca lo más mínimo. Nos engendrasteis a mis hermanos y a mí sólo como instrumentos en vuestras estúpidas intrigas. Puede que a esos dos memos que te acompañan no les importe que los utilices, pero yo nunca fui así. Por eso me marché.
–¡Eh! –protestó Fenrir–. No hace falta ofender.
–Ssshh –lo acalló Jormungand.
–Y como ves, tantos años después, ya no soy un instrumento de nadie –Hela continuó reivindicándose ante su padre–. Soy libre, independiente, tengo mi propio reino, mi propio poder… aquí todo es como debe ser –miró durante un instante su reflejo en una jarra de plata que quedaba en la mesa, y se apartó el cabello del cuello en un gesto coqueto, casi inseguro–. Incluso yo soy como debo ser.
–Estás muy guapa –asintió Loki.
–Ahórrate tus cumplidos baratos, embaucador –saltó ella duramente.
–No es un cumplido barato –repuso él–. Realmente me complace que hayas encontrado tu lugar aquí, y que seas feliz.
–Yo no he dicho que lo sea… –murmuró ella con los ojos bajos, pero enseguida volvió a alzarlos hacia él– Pero al menos tengo lo que tú aún no tienes. Más poder del que podría querer y un trono ganado por mis propios méritos, sólo mío.
–Un momento –saltó Fenrir, un poco ofendido–. Padre podría tener el trono de Jotunheim si quisiera.
Ella rió, y de sus ojos del color de la bruma del Niflheim brotó un destello malévolo.
–Me refería a un trono que valiera la pena.
Se levantó y, con paso majestuoso, caminó hacia una de las paredes cubiertas de rosales.
–Ahora soy más poderosa de lo que vosotros tres juntos seréis jamás.
–Muy presuntuosa te veo, Hela –le dijo su hermano serpiente.
–No Jord, no hay presunción –extendió la mano a uno de los rosales y una de las serpientes coral empezó a deslizarse por ella. Tras unos segundos de rozar la fría piel blanca de su mano, los coloridos anillos de la serpiente se volvieron grises y ésta cayó silenciosamente al suelo, muerta al instante–. Tengo el poder de matar sólo con tocar. ¿Alguno de vosotros desea venir aquí y comprobarlo?
–Mejor que no –contestó Fenrir, incómodo. Ambos hermanos, pese a su valor, su ferocidad y a que ellos mismos eran unos asesinos, se sentían algo intimidados por la siniestra serenidad de su hermana pequeña, pero Loki era diferente. Él no perdió la compostura.
–Ésta no es una visita de cortesía, hij… Hela –se corrigió el dios del engaño–. Mejor dicho, lo sería si lo desearas, pero ya veo que no estás interesada en reanudar nuestra relación familiar.
–¿Qué relación familiar? –ella soltó una carcajada– Puedes apostar todo tu reino por eso –la sonrisa de la muchacha se veía ufana y un tanto desafiante.
–Pues no me veas como un padre si no quieres. Considérame el señor de Jotunheim, que ha venido a parlamentar contigo. A proponerte un trato.
Ella se apoyó displicente contra la pared, aplastando los rosales; y no pareció resentirse de las espinas que se le clavaron, si hubo alguna. Algunas de las serpientes corales que se deslizaban por aquella zona se le acercaron, emitiendo amenazadores siseos muy cerca de su cabello negro; pero sin llegar a tocarla. Incluso siendo animales, habían aprendido del ejemplo de su compañera y debían intuir lo que suponía el contacto directo con la muerte.
–Sí, lo suponía. De hecho, me estaba preguntando cuándo ibais a venir a suplicarme mi ayuda.
Fenrir y Jormungand intercambiaron una mirada asombrada. ¿Cómo lo había sospechado ella?
–Es obvio –continuó la joven, respondiendo a la muda interrogante que mostraban los ojos de sus hermanos–. Incluso después de tanto tiempo, aún no habéis atacado Asgard. Es fácil deducir que es porque no tenéis efectivos suficientes. Sólo era cuestión de tiempo hasta que se os ocurriera recurrir a un ejército de espectros. De hecho, habéis tardado más de lo que yo pensaba. No se os ha ocurrido a vosotros, ¿verdad? –rió suavemente–. Seguro que os lo ha propuesto Ymir. Ese viejo zorro no sabe cómo salir de aquí.
Tal vez Loki estuviera tan asombrado como sus hijos, pero desde luego no lo demostraba. En su rostro y sus ojos de helada mirada verde se veía una sangre fría que nada ni nadie podrían alterar… al menos, mientras no bajara la guardia. Estaba despierto y esto eran negocios, negocios con una persona que le odiaba pero de la cual dependía el resto del plan de su vida. Decidió no decirle que tenía razón en lo de Ymir. De todas formas, seguro que ella lo sabía.
–De hecho, había pensado en ti hacía mucho, pero siempre creí que no aceptarías.
–¿Y qué te hace pensar que ahora lo haré? –aquel tono burlón, tan irrespetuoso, en cualquier otro individuo habría encendido la ira de Loki y le hubiera acarreado un castigo doloroso y ejemplar. Pero claro, ahora no tenía más remedio que aguantarse. A Hela no le podía exigir obediencia o respeto como a sus otros hijos. Aun en el caso de que no hubiese necesitado nada de ella, aquella mujer era la muerte personificada y le odiaba. Dos razones para ser un poco más permisivo de lo que normalmente solía ser.
–Que ahora estoy dispuesto a dejar que tú pongas las condiciones.
–Qué honor… –ella continuó con su sonrisa mordaz.
–Vamos, Hela… –Loki se aproximó un poco a ella. Estaba a punto de recordarle que eran familia, pero se abstuvo de hacerlo: habría resultado contraproducente–. No lo hagas por mí: hazlo por ti misma. Sabes que ayudándonos tú también saldrás beneficiada. ¿Cómo podrías conseguir más almas para tu oscuro reino sino ayudándonos a desatar la mayor de las guerras? Morirán millones, querida; y todas esas almas serán para ti. Y no arriesgas nada "prestándonos" las almas que ya tienes. En cuanto la guerra acabe, en cuanto tú quieras, esos espectros volverán a tus dominios. No tienes nada que perder y sí mucho que ganar.
Su expresión era amistosa, razonable, un poco sumisa pero no demasiado… el rostro de un perfecto vendedor. Incluso sus ojos parecían mostrar una inocencia genuina, un auténtico deseo de ser creído, comprendido… aquellos ojos invitaban a la complicidad. Era difícil resistirse a la persuasión del dios del engaño… para cualquiera, salvo para la diosa de la muerte.
–Te he dicho que no intentes embaucarme, Loki –siseó ella entre dientes.
–No lo intento. Sabes que cada una de mis palabras es cierta. Es lo malo de ser el dios del engaño: cuando dices la verdad, nadie te cree. Pero reflexiona un poco y verás que es así. Rechazar impulsivamente un trato tan ventajoso sólo por tu animadversión hacia mí no sería inteligente, ¿no te parece?
La muchacha guardó silencio, meditando lo dicho por su padre, intentando descubrir la trampa que se escondía en aquellas aparentemente acertadas palabras; y no se la encontró. Aquello parecía molestarle… y eso era buena señal, pensó Loki. Indicaba que lo estaba empezando a considerar, pese a su inicial rechazo ante la idea. Su ambición por reunir almas podía más que su rencor hacia él.
Al final, y tras un tiempo que tanto a él como a sus hijos les pareció interminable, ella bajó la cabeza, suspirando. Rindiéndose. Al final, incluso ella había sido seducida por la "Lengua de Plata" de Loki. Ymir se equivocaba: no era un mito infundado, en absoluto.
–Está bien –asintió–. Os ayudaré. Dejaré libres a las almas que desees para que sus espectros puedan colaborar en el asalto a Asgard.
–Las de todos los gigantes de hielo –repuso Loki–. Comandados por Ymir, aplastarán las defensas de los que los asgardianos están tan orgullosos.
–¿Seguro? –de nuevo, ella se mostraba burlona– Creí que ibas a pedirme que levantara para ti a todas las almas del Helheim.
–No será necesario, por el momento –él contestó con una sonrisa–. Aunque si cambio de opinión, te lo haré saber.
–Como quieras –la joven se encogió de hombros distraídamente–. Y ahora es cuando pongo mis condiciones.
–¿Condiciones? –Loki pareció extrañado.
–Hace un momento has dicho que yo ponía las condiciones. ¿O sólo era un truco para convencerme? Olvidas tus ofertas tan pronto salen de tu boca, dios del engaño –sonrió–. Pero te tomo la palabra, y aparte de todo ese beneficio que indudablemente obtendré de la guerra, voy a requerir algo más de ti. Llámalo un pago adicional. No te inquietes –añadió, al ver una ligera tensión asomándose en la mandíbula de su padre–, será un pago que estarás encantado de realizar.
–Sabes que pidas lo que pidas, la respuesta será sí –contestó él–. Y no estaba inquieto, sólo sorprendido. No sabía que había algo que tú pudieras querer de mí.
–En efecto lo hay… –murmuró Hela pensativa, como si no le hiciera mucha gracia estar cediendo ante las pretensiones de su padre–, y de hecho he estado todo este tiempo esperando a que me lo proporcionaras sin tener que hablar contigo. Pero como no ha sido así, probablemente tendré que echarte una mano para poder obtener lo que quiero.
–¿A qué te refieres? –Loki frunció el ceño, extrañado– ¿Cómo podría yo proporcionarte algo sin que tú me lo hubieras pedido antes?
Ella tardó en contestar.
–Como sabes, obtengo mi poder de las almas que atraigo hacia mí –explicó, acercándose a una de las sombras encapuchadas que hacían las veces de sus sirvientes. Tanto Loki como sus hijos observaron estupefactos cómo, tras acercar ella la mano a la sombra, se produjo una extraña transferencia de energía. Fue como si una ligera emanación de neblina plateada se traspasara de aquella cabeza sin rostro a la nívea mano de Hela, que la absorbió hasta que no quedó el menor rastro. La sombra se tambaleó un poco, pero después siguió caminando sin más reacción, como si no hubiese ocurrido nada–. En todas las almas muertas siempre queda un poco de energía residual, que es la que yo puedo consumir y hacer mía. Por desgracia, en casi todas ellas queda muy poca de esa energía, por eso tengo que acumular todas las que pueda, para poder llegar a un nivel razonable.
Loki asintió. No del todo, pero le parecía comprender el sistema.
–Pero como en todo, hay excepciones –continuó ella–. Como decía, prácticamente todas las almas fallecidas son sombras de lo que una vez fueron, por eso su energía es mínima, pero de vez en cuando, de forma excepcional, aparece un alma especial. Un alma tan llena de energía, tan brillante y pura que es capaz de seguir manteniendo su esencia incluso después de la muerte del sujeto. Si encontrara una de esas almas, ese diamante en medio de carbones, no necesitaría seguir dependiendo de acumular otras menos valiosas. Sólo la energía de esa alma brillante me daría más poder que un millón de almas ordinarias. Pero esas almas son escasas… muy escasas. Tanto que en la actualidad sólo he encontrado una de esas características.
Él alzó una ceja, interesado.
–¿Y esa alma brillante no seré yo por casualidad?
Hela rió. Fue una risa suave, cordial, pero de todas formas aterradora.
–En realidad, eres divertido. Si no fuera porque te odio, me caerías bien y todo. Por supuesto que no. Tu alma es una de las más poderosas del universo, pero está llena de oscuridad. Y la oscuridad no puede ser alimentada con más oscuridad. Es luz lo que necesito, Loki. Necesito la luz de esa alma pura, brillante… poderosa y bondadosa a la vez, la más poderosa y bondadosa de los hombres vivos en la actualidad. Me imagino que ya sabes de quién te estoy hablando.
El dios del engaño bajó la vista.
–Creo que me hago una idea.
–Tu medio hermano, Loki. El alma de Thor. Ése es el pago que pido… no, que exijo. Por desgracia es considerado un dios, semi inmortal y casi invulnerable, por lo que tendré que esperar una eternidad hasta hacerme con su alma; algo que me resulta intolerable. Ahí es donde entras tú. Mátale para que pueda apoderarme de su alma y olvidaré mi odio hacia ti y te prestaré mi ayuda en todo lo que necesites.
Él guardó silencio. No sabía por qué, si siempre se había jurado a sí mismo la muerte de su hermano mayor, pero el caso era que la idea no le acababa de hacer gracia.
–Vaya, pareces indeciso –se burló ella–. Pensé que ibas a saltar de alegría al proponerte una condición tan adecuada a tus… gustos personales.
–Lo sé, pero… –Pero aun así, no acababa de estar convencido de aquello.
Algo inquieto, Jormungand se aproximó hacia él:
–¿Qué haces, padre? ¿Por qué dudas? ¡Acepta! –le susurró apremiante– ¡Es un trato fabuloso! Íbamos a matar a Thor de todas maneras, ¿no?
–No me presiones, hijo –le siseó Loki amenazador, pero después se volvió hacia Hela. Jormungand tenía razón, ¿verdad?– Trato hecho, Hela. Thor morirá, de hecho esto es sólo una razón más que tengo para matarle, una más de muchas. Sólo le añade una utilidad práctica a una venganza que para mí será un placer.
–Ya lo sé –asintió ella con una sonrisa–, y a fe mía que nunca te propondría nada que fuera un placer para ti, si no fuera porque a mí me beneficia aún más. ¡Pero hay que establecer prioridades! –exclamó desenfadadamente.
–Por desgracia, tal vez tengas que esperar –reflexionó él–. Puede que no tenga opción de acercarme a él hasta que estalle la guerra. Tal vez ese pago sólo pueda hacerlo con posterioridad a tu ayuda.
–Entonces, ¿para qué prolongarlo? –preguntó ella burlonamente– Hablando en serio, he esperado varios años hasta que me proporcionaras su alma, así que puedo esperar un poco más. Pero no pongas a prueba mi paciencia, te lo aconsejo. Quiero que Thor muera, si no antes de la guerra, sí en la guerra… o sufrirás el peso de mi ira, algo que objetivamente no te recomiendo.
–Amenazar a un padre no es muy bonito… –replicó Loki de buen humor. Ahora que ya habían llegado a un entendimiento, se sentía bastante mas relajado y habían vuelto sus ganas de bromear.
–No amenazo a mi padre. Le hago una advertencia al señor de Jotunheim. No es lo mismo.
Loki rió: Hela podría aborrecerle, pero su siniestro sentido del humor y su retorcida forma de demagogia eran muy similares a los de él mismo. Por mucho que ella quisiera, no podría negar que era hija suya.
–Advertencia percibida –le hizo una reverencia–. Te avisaré cuando llegue el momento de que liberes a los espectros que necesitamos.
–Y yo estaré esperando tus noticias, "querido padre" –ambos jugaban ahora a una cortesía falsa, hipócrita–. Después de todo, aparte de dejar pasar el tiempo, no hay mucho que hacer aquí en el reino de los muertos.
La sonrisa de Loki se desvaneció y fue sustituida por una grave expresión reflexiva al caer en la cuenta de una cosa. Las palabras de Hela, añadidas a lo que había dicho antes Jormungand, le habían recordado dónde estaban en ese momento. En su memoria aún permanecían sus pensamientos de la noche anterior, especialmente lo de que Sigyn se estaría riendo de él desde el reino de los muertos. Precisamente donde estaban ahora.
Sigyn estaba muerta y él vivo, pero aun así tenía que reconocer que nunca antes habían estado tan cerca… al menos, desde que ella se había quitado la vida. Su alma debería estar por allí, por alguna parte, deambulando sin destino fijo como todas las otras. Con suerte, Narvi y Váli la estarían acompañando, tal y como ella había deseado.
Aquella perspectiva le causó dolor en el corazón. Saber que estaba tan cerca de ella y que no podría verla, ni hablar con ella, era una idea amarga para él.
Aunque… un momento. ¿Por qué no iba a poder hacerlo? Tal y como Ymir le había dicho, poseía cierto ascendiente –mínimo, pero ascendiente al fin y al cabo– sobre la persona que dominaba todo aquello. Hela podría traer su alma y hacer que se manifestara delante de él. Con respecto a las ánimas muertas, no había nada que Hela no pudiera hacer.
Qué idiota, ¿cómo demonios no se le había ocurrido antes? Pero era la primera vez que estaba en Helheim, y cuando había pensado en Sigyn en el reino de los muertos, siempre había sido una idea abstracta, ahogada por la nostalgia y el sentimiento de culpa. Su dolor por no tenerla prevalecía sobre todo lo demás, incluido su pensamiento lógico. Si hubiera prestado más atención a su raciocinio que a su corazón, habría llegado a esa conclusión mucho antes.
Su corazón latió fuertemente ante el pensamiento de que, de hecho, sí que podría llegar a verla… unos minutos nada más. Verla de nuevo, ahora despierto. Contemplar de nuevo los dulces e inolvidables rasgos de su rostro, que ahora sería verdaderamente de ella, sin que él tuviera que recurrir a sueños o fantasías. Sigyn… ¿qué le diría? ¿Tendría palabras de reproche para él o sólo de perdón, como había sido siempre su naturaleza? Y él, ¿qué le diría a ella? ¿La censuraría y le echaría en cara que lo hubiera abandonado, o tal vez sólo le diría lo mucho que la quería y que la echaba de menos, como le había sugerido Váli en el sueño? No lo sabía, seguramente ya lo decidiría en cuanto la tuviera delante. Ahora, todo lo que le importaba era verla una vez más.
Se volvió hacia sus hijos varones:
–Regresad al punto de entrada.
–¿Tú no vienes? –se sorprendió Fenrir.
–Dentro de un momento. Vosotros adelantaos, no me esperéis –se volvió hacia Hela–. Tengo que hablar de otro asunto en privado con vuestra hermana.
Ninguno de sus hijos podía imaginarse cuál sería ese asunto y se les veía algo intrigados, pero a pesar de todo obedecieron y reemprendieron el camino de vuelta al pórtico que comunicaba Helheim con Jotunheim.
Una vez solos, Loki volvió a encararse con su hija, quien parecía también intrigada… dentro de su indiferencia.
–¿Y bien? –inquirió ella, algo sarcástica– ¿Cuál es ese asunto tan delicado que ni siquiera deseas que mis hermanos sepan?
–He de pedirte otro favor, algo… personal.
–Ya te estoy haciendo demasiadas concesiones, pero adelante, dime –lo animó ella–. Otra cosa es que acceda, pero no pierdes nada por intentarlo.
Loki bajó la vista. No sabía por qué, pero le costaba trabajo hablar. A él, al "Lengua de Plata". Le resultaba difícil pedir un favor que implicaba admitir ante la hija que le detestaba su única debilidad.
–Podrías… –empezó, casi con timidez– ¿Podrías dejarme verla?
Las cejas de Hela se alzaron con perplejidad.
–¿A quién te refieres?
Él levantó los ojos hacia ella.
–Sabes bien a quién me refiero. A mi esposa, Sigyn. Su alma está aquí. Tráemela.
En el rostro de la joven apareció una expresión levemente irónica.
–Padre… –lo llamó deliberadamente, con sarcasmo–, no puedo hacer eso.
Loki sintió que se enfurecía.
–Claro que puedes, pero no quieres –le escupió, pero su tono iracundo pronto comenzó a transformarse de nuevo en suplicante–. Sé que me detestas, y puedo entenderlo, pero… hazlo sólo por esta vez. Hazlo y te deberé un gran favor, un favor que podrás cobrarte cuando quieras –bajó la mirada, y admitió en voz baja, a su pesar–: Necesito verla.
Ahora Hela sonreía. Indudablemente ver a su aborrecido padre en un estado tan vulnerable debía divertirla mucho.
–No me has entendido. No podría traerte a tu esposa aunque quisiera… su alma no está aquí.
Loki sintió que las palabras de su hija lo golpeaban como un mazazo.
–¿Qué…? –sacudió la cabeza, incapaz de reaccionar durante unos segundos– ¿Cómo que no está aquí? Tiene que estarlo.
–Pues no lo está.
–Estás… ¿estás segura?
Hela respondió con un gesto de suficiencia.
–Controlo absolutamente todo lo que pasa aquí, y a todas las almas que habitan este reino. Sé quién está y quién no. Por ejemplo, tus hijos asgardianos sí están aquí. ¿Quieres verlos? –propuso, divertida; y a varios pasos de ellos empezaron a materializarse dos sombras con forma humanoide, hechas como en humo.
–Yo… –murmuró Loki, turbado–. No, ahora no –Al instante, las dos figuras de humo se desvanecieron en el aire, ante la expresión desalentada y casi consternada del dios del engaño. No era que no quisiera verlos, pero no estaba preparado para ello, para contemplar de nuevo a sus víctimas más inocentes. Y más aún con aquella confusión estúpida. ¿Cómo que Sigyn no estaba allí? Pero Hela parecía segurísima.
–Bueno, pues ellos están, pero tu mujer no. Y si te digo que ella no está aquí, es que no está.
–Podrías estar mintiendo para atormentarme.
–Sí, ¿no es cierto? Eso habría estado divertido… –murmuró ella, como si lamentara que la idea no se le hubiera ocurrido antes–. Pero el caso es que digo la verdad.
–Pe-pero ella murió hace quince años –balbució él, desconcertado–. En ese momento tú ya estabas haciéndote con las almas de todos los que morían en Asgard y en el resto de los reinos. Pudiste recoger las almas de Narvi y Váli. ¿Puede ser que la suya se te escapara?
Hela le devolvió una mirada despectiva.
–Por favor, Loki. Olvidas quién soy ahora: soy la muerte. A mí no se me escapa nadie que haya muerto, ni en aquella época ni en ninguna. Si su alma no está aquí, sólo hay una explicación posible…
Sí, sólo una explicación posible. Pero era una explicación tan absurda, tan inconcebible, que Loki no quería ni empezar a planteársela para no crear una inútil esperanza en su corazón. Pero Hela volvió a hablar, y sus palabras le dieron vértigo:
–Tu mujer debe de estar viva.
EDITO: Este capítulo tiene ya su propio fanart:
ht tp : / / kaleidoscopicos . deviantart . com / art / Loki-and-Hela-doodles-273383644 (como siempre, juntad los espacios)
Mil... no, millones de gracias kaleidoscopicos!
Os traigo un capítulo muy importante porque es donde se descubre todo. Como veis, las escenas de Ymir y Hela no eran tan gratuitas, iban todas encaminadas a que Loki descubriera la verdad. Y felicito a Gaby Torres porque ella adivinó lo que iba a pasar desde el momento que supo que Hela iba a aparecer.
Mi versión del Helheim y Hela es un tanto particular, tiene ciertos elementos de los mitos pero no los sigue fielmente, sólo es una recreación muy libre. La playa que atraviesan Loki y sus hijos hasta llegar al castillo de Hela es Náströnd (Playa de los cadáveres), donde vive la serpiente Niddhögr (el "primo" de Jormungand que veis en el mar de sangre, y casualmente el apellido que elige el personaje en su identidad mortal… lo de "primo" es broma, advierto). En cuanto a Garmr, es un perro que custodia la entrada del reino en plan Cerbero, pero aquí lo he puesto como mascota de Hela (una mascota nada mona, la verdad XD). Se supone que en el Ragnarök Garmr se enfrentará a Tyr, el dios de la guerra (que no es Sif).
En los cómics Hela tiene apariencia humana (sin que se le vea su mitad "muerta") debido a su capa, pero aquí es debido a su habilidad de shapeshifter heredada de sus padres. Me acabo de dar cuenta de que su aspecto está muy inspirado por el de Leah, su sirvienta / reencarnación / lo que sea que es ella (una larga historia), un personaje de Journey into Mystery, donde aparece también una reencarnación de Loki como un chaval. Pero ha sido una inspiración totalmente inconsciente. Por lo que Hela aquí sería como una Leah un poco mayor.
Y en el cómic Hela también está bastante obsesionada por obtener el alma de Thor, supuestamente es un alma muy valiosa para ella (dicha línea argumental aparece también en la novela gráfica de Blood Brothers), aunque nunca acaba de decir por qué. La explicación del texto es mi versión, que concuerda con esa forma de Hela de obtener su poder de las almas de los muertos.
