–10–
–¿Qué…? –Loki estaba tan estupefacto que ni las palabras le salían más que en apagados hilos de voz– ¿Sigyn, viva? Es… es imposible. Ella se suicidó hace quince años.
–¿En serio? ¿La viste hacerlo? ¿Llegaste a ver su cadáver? –preguntó su hija, y sonrió cuando Loki admitió con su silencio que no había llegado a hacerlo– Quién sabe, tal vez sólo fingió su muerte para darte esquinazo. Conociéndote, ¿quién podría culparla…? –añadió bromeando, pero paró al ver la expresión demudada de su padre– No me lo puedo creer, así que eso fue realmente lo que hizo –soltó una carcajada.
Él sacudió la cabeza, totalmente incrédulo. Aún le costaba asimilar la enormidad de la nueva información. No, no podía ser. Hela se equivocaba.
–Imposible… –murmuró, como para sí mismo, haciendo memoria de los sucesos de aquel terrible día en que se había enterado de la noticia– Heimdall me dijo que… –se detuvo bruscamente, al darse cuenta de lo que había ocurrido, y repitió, lleno de ira contenida–: Heimdall, ese… malnacido…
Ahora Hela se reía directamente, sin la menor vergüenza.
–Esto es buenísimo. ¿De modo que una simple asgardiana y ese fantoche de guardián se las arreglaron para tomar el pelo al dios del engaño y tenerlo así durante quince años? Me has alegrado el día. Ha merecido la pena que vinieras aquí, sólo por ver la cara que has puesto.
Loki la fulminó con la mirada. Seguía totalmente anonadado por la increíble revelación que acababa de conocer, pero pocas cosas aturdían al dios del engaño por demasiado tiempo. Y aunque lo hicieran, su máscara de frialdad y odio impedían que esas emociones se manifestaran más que en los breves momentos en los que él bajaba la guardia. Y ese momento ya había pasado para él.
–Más te vale que esto no salga de aquí, Hela.
–¿Amenazas ahora? Tienes que estar de veras rabioso –se burló ella.
–No quiero volver a hablar de este tema. Nuestro trato aún sigue en pie: los jotnar muertos por el alma de Thor. Te avisaré cuando el momento llegue.
Ella se secó las lágrimas de risa y le observó con mirada apacible.
–Estaré esperando tus noticias… padre –en sus labios, la palabra siempre sonaba sarcástica, hiriente. Justo como cuando él se la decía a Odín.
Pero en ese momento Loki no estaba para comparar o analizar las relaciones que mantenía con su hija con respecto a las que había tenido con su padre adoptivo. Salió del castillo de Hela apenas esquivando a los espectros encapuchados y andando a grandes zancadas, sin mirar atrás.
Su mente y su corazón eran una vorágine de ideas, sensaciones y emociones que lo sumían en el caos por el simple descubrimiento de que la mujer a la que había creído perdida durante quince años estaba aún viva. Tantos sentimientos: incredulidad, perplejidad, alegría, miedo, orgullo herido… Pero dos de ellos predominaban por encima de los demás: por un lado el amor, acumulado en lo más profundo de su corazón todo aquel tiempo, y por otro una tremenda rabia homicida por el engaño. No sabía cuál de los dos era el más intenso.
Casi sin darse cuenta de por dónde iba, ya que no había prestado atención a nada, atravesó la playa y el páramo y regresó al lugar donde estaba establecido el pórtico interdimensional que lo comunicaba con Jotunheim. Sus hijos lo estaban esperando, y volvieron sus rostros hacia él al verlo llegar. La expresión tensa e indignada de su rostro pareció inquietarles.
–¿Ocurre algo, padre? –quiso saber Jormungand.
–Nada que os interese –lo cortó enseguida Loki–. ¿Qué hacéis aquí? Os dije que os fuerais.
–Creímos que querrías que te esperásemos.
–No. Volved a casa. Aún tengo una visita que hacer.
–¿Quieres que vayamos contigo? –se ofreció Fenrir.
–No. Largo.
Ambos hermanos intercambiaron una mirada preocupada, pero optaron por no discutir y obedecer. Los dos sabían que no debían jugar con la escasa paciencia de su padre cuando se ponía de ese humor, pero no podían sospechar el motivo por el que había salido de la reunión con Hela en ese estado, cuando en teoría habían obtenido el resultado que esperaban.
Aun así, se adentraron en el pórtico sin más réplica y se desvanecieron.
Una vez solo, Loki esperó que el pórtico se esfumara en el aire. No quería utilizarlo para ir al sitio donde tenía que ir, quería emplear directamente el dispositivo que había sido construido para ello.
Por primera vez en muchos años, retiró el velo místico que impedía a Heimdall localizar su situación, y que ahora tenía automatizado como un reflejo. Luego alzó la vista hacia el cielo y gritó lleno de ira:
–¡Heimdall! ¡Asqueroso bastardo, sé que me estás oyendo! ¡Más te vale que hagas bajar el Puente hasta aquí, o antes de lo que crees me habré plantado allí con mi ejército y quemaré ese maldito Observatorio hasta los cimientos!
Durante unos instantes no ocurrió nada, como si el guardián se lo estuviese pensando.
–Maldito cobarde… –murmuró Loki– No creas que no pienso llevar a cabo mi amenaza. ¿O acaso me tienes miedo? ¿No eres lo bastante hombre para enfrentarte a mí?
Un par de segundos después, algo similar a un gigantesco rayo cayó sobre el suelo… muy cerca de Loki, casi rozándole. Él se apartó conteniendo un juramento, seguramente Heimdall debía haberlo hecho a propósito. Le daban ganas de matarle sólo por eso, pero no sin antes sonsacarle la información.
El dispositivo del Bifrost le llevó adonde deseaba: el Observatorio de Asgard, en cuya reconstrucción él había colaborado tanto tiempo atrás, recién casado con Sigyn. Seguía igual, no se percibía ningún cambio; como si los quince años transcurridos desde la última vez que había estado allí buscando a Sigyn nunca hubieran tenido lugar. Pero a Loki no le interesaba el lugar, sino su morador. Heimdall. Miserable embustero hijo de perra.
Ellos dos siempre se habían llevado a matar. Incluso cuando él era simplemente el Príncipe e hijo menor de Odín, y Thor y sus amigos le favorecían con su amistad y confianza, siempre había notado que Heimdall lo miraba con suspicacia. Y lo ocurrido durante su primer enfrentamiento con Thor, cuando Loki había utilizado el Cofre de los Antiguos Inviernos para petrificarlo y así librarse de su interferencia, no había mejorado las relaciones entre ellos. Loki era consciente de que entre Heimdall y él había ciertamente algo más que enemistad, una aversión más injustificada pero de raíces más profundas que la que sentía hacia Thor, Angerboda o Karnilla, por mencionar sólo algunos de sus enemigos.
Con Heimdall era diferente. Aquella hostilidad entre ambos se gestaba desde mucho antes de que ellos nacieran. Loki lo comprendía así, sobre todo tras leer aquel librito encuadernado en piel que tenía en su biblioteca.
Y lo que había hecho el vigilante sólo añadía más leña al fuego entre ellos. Aquello era una de las peores cosas que le hubieran hecho, porque a la mentira y al sufrimiento derivado de ésta se sumaban además la humillación y el orgullo herido por haber sido engañado.
–Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez. Aunque para mí demasiado poco –lo saludó Heimdall desde el centro del Observatorio, donde se encontraba el puesto de activación del Puente. Su voz dejaba entrever un tono que le pareció levemente irónico y Loki tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no echarse sobre él. La cólera era mala consejera. Tenía que dominarse y averiguar lo que realmente había pasado.
–Aquel día de hace quince años me mentiste, ¿verdad? Cuando me dijiste que Sigyn había muerto.
–Yo nunca dije tal cosa, hijo de Laufey. Sólo manifesté la opinión de que ella estaba libre y fuera de tu alcance, y que estaba mucho mejor así; opinión que aún hoy mantengo.
–Hijo de… –se le escapó, pero se mordió la lengua antes de continuar–. Lo cierto es que no me interesa tu opinión. Sé que Sigyn está viva y que la dejaste escapar; lo que quiero saber es adónde. ¿Vanaheim? ¿Alfheim? ¿Midgard?
Heimdall guardó silencio ante todas esas opciones, pero Loki creyó ver un apagado fulgor en sus ojos cuando mencionó la última de ellas.
–Midgard… –repitió en un murmullo asombrado. Desde que Sigyn había desaparecido él había estado cientos de veces en la Tierra, sin imaginar siquiera que ella también pudiera estar allí. Volvió su atención sobre el guardián–. ¿Dónde está exactamente, Heimdall? Sé que puedes verla, tú lo ves todo.
Éste esbozó una ligera sonrisa desafiante.
–Sí, puedo verla. Pero no esperarás que te diga dónde está, ¿verdad?
–Lo harás si te obligo –extendió una mano e invocó sus poderes telequinéticos. La sonrisa y la mirada de suficiencia de Heimdall se ampliaron.
–¿Como obligaste a aquel enano de Nidavellir a revelarte el secreto de Balder? No, dios del engaño. Yo no soy como el desdichado Brok. A mí no puedes controlarme.
Loki se dio cuenta de que Heimdall tenía razón. Odín no le había encomendado la misión de la vigilancia del punto de acceso más vulnerable de Asgard por capricho. A su formidable visión y su extraordinaria lealtad, se le añadían además cualidades como una tremenda fuerza física y una resistencia mental a toda prueba. A él no le resultaría fácil hipnotizarlo o hechizarlo para que hablara, ni siquiera leerle la mente.
Retrajo sus poderes, con una sonrisa confiada asomándose por primera vez a sus labios.
–¿Sabes qué? No necesito que me lo digas. Pienso encontrarla por mi cuenta.
–Pues buena suerte –repuso el guardián sarcástico–. En la Tierra hay millones de mortales. Será como buscar una aguja en un pajar.
–He hecho cosas más difíciles que eso.
–Sí, y siempre para arruinar algo –comentó Heimdall–. Igual que pretendes hacer ahora. Ella no quiere que la encuentres. Es feliz sin ti, Loki.
–Eso va a cambiar –prometió él con tono ominoso.
–Obviamente. Si la encuentras volverás a destrozar su vida como ya hiciste en el pasado. Si de verdad te importara, la dejarías en paz.
–Quería decir que será feliz, pero conmigo –lo corrigió él, sintiendo que cada vez le costaba más mantener la compostura ante aquellos sutiles ataques verbales. Pero además, ¿qué hacía él justificándose ante Heimdall?– No pretendas meterte en medio de un matrimonio, Heimdall –le recomendó con voz engañosamente suave, y se aproximó hacia él, de forma que se encararon directamente a muy poca distancia–. Ya lo hiciste una vez, y ésa también te la pienso guardar. Tú y yo vamos a acabar muy mal, algún día nuestras espadas tendrán algo más que un ligero encuentro.
Heimdall le sostuvo la mirada con sus ojos dorados.
–Aguardo ese día con impaciencia.
Loki no dijo nada, pero sin apartar los ojos del guardián, alargó la mano y activó el pulsador que ponía en marcha el dispositivo del Puente Bifrost. Éste se movilizó, volviéndose a iluminar la sala con aquellas luces que giraban a gran velocidad. En silencio, volvió a dirigirse hacia el punto de la salida del Puente para regresar a Jotunheim. Antes de volver a lanzarse allí, al transporte vertiginoso del Puente, se giró una última vez hacia Heimdall.
–Me alegra saber que no soy el único.
–*–*–*–*–*–
Contrariamente a lo que la mayoría de la gente cree, los peores traidores no son las demás personas, ni siquiera los profesionales de la traición como el dios del engaño, Loki Laufeyson. Los peores traidores siempre son la mente y el cuerpo de uno mismo: la mente, por sacar a la luz ideas perversas y retorcidas procedentes de un subconsciente perverso y retorcido; y el cuerpo, por reaccionar ante tales ideas de un modo que no debería. Sigyn sabía eso muy bien. Lo experimentaba en carne propia, durante aquellos sueños.
Esos sueños comenzaban de forma bastante inocente. Solían manifestarse como un recuerdo del pasado, uno de los tantos recuerdos intensos y dolorosos que la memoria de Sigyn solía traer de nuevo al presente a pesar de ella misma. Pero, en algún momento del sueño, el recuerdo empezaba a… cambiar. Y solía derivar en una escena humillante pero inevitable que solía dejarla sintiéndose sucia, rabiosa… y muy excitada.
Aquella noche, en concreto, el recuerdo era el de ella confrontando a Loki para pedirle el divorcio. Era un recuerdo bastante trascendente para ella, ya que había supuesto la única vez en su vida que ella hubiera tenido el valor de enfrentarse realmente a él, pese a que todo acabara de forma brusca y casi trágica, con lo que había estado a punto de convertirse en una violación. En la realidad, afortunadamente, un último resquicio de conciencia había detenido a Loki antes de consumar esa atrocidad. En el sueño, eso no ocurría; pero aquello no era lo peor. Lo peor era que ella no lo sentía como una violación.
Habían vuelto a sus antiguos aposentos en el palacio de Asgard, como si jamás hubiesen salido de allí, como si todos esos años en Midgard nunca hubiesen existido. Pero en vez de las oscuras ropas de luto que llevaba entonces –acababan de regresar de los funerales de Balder–, en ese momento su vestido era rosa y blanco, pleno de luz e inocencia como en su época juvenil, antes de conocer a Loki. Una luz e inocencia que ya no tenía, o que creía no tener. No sabía por qué parecía recuperarla justo en ese momento.
Se veía a sí misma plantada ante él, un ciervo enfrentándose a un león, con actitud asustada pero valiente, haciendo gala de toda la dignidad que poseía, y que luego él se encargaría de arrancarle en un segundo. Las palabras no eran exactas –había pasado demasiado tiempo como para que pudiera recordarlas al pie de la letra–, pero sí mantenían su esencia:
–Se acabó, Loki; he aguantado todo lo que he podido, pero ya no más. No seré la esposa de un asesino. Quiero el divorcio, y quiero a los niños. Y si no me los das, contaré a todo el mundo la verdad, que fuiste tú el verdadero autor de la muerte de Balder. Esto ha ido demasiado lejos. No quiero volver a verte nunca más.
Él no contestaba: se quedaba allí, sólo mirándola, atónito al verla desafiándole después de haberla tenido silenciosa y sometida durante años. Sigyn se daba la vuelta, dándole la espalda de mala gana, y cerró los ojos preparándose para lo que iba a venir a continuación. Sabía lo que iba a ocurrir, que él se lanzaría detrás de ella y la atacaría brutalmente, pero no podía hacer nada para evitarlo: después de todo, estaba reviviendo un recuerdo.
Y como había esperado, eso hacía él. Salía detrás de ella y la aferraba por la espalda, agarrándola, no por el cuello, pero sí por la cintura y por el brazo. La inmovilizaba con su fuerza de gigante de hielo, impidiéndole prácticamente cualquier movimiento.
Pero entonces hablaba, y era cuando el sueño empezaba a cambiar. En lugar de las implacables amenazas de muerte que le había hecho en la realidad, en el sueño su discurso era muy diferente. Eran palabras de amor, apasionadas, ardientes. Aquella forma de dirigirse a ella la descolocaba totalmente:
–No, no te vayas –le susurraba él al oído, y al instante aquella escena se convertía en otra anterior, la del momento de su seducción, la noche en que habían engendrado a Tess–. Puedes contarle al mundo lo que quieras, pero no puedo dejarte marchar. Te quiero. Te necesito…
Aquellas palabras, y sobre todo el tono sensual con que él las pronunciaba, se agarraban a los nervios del estómago de Sigyn, impidiéndole cualquier reacción racional. Aun así, intentaba resistirse:
–No… ¡suéltame!
–No puedes dejarme amor mío, eres mi esposa. ¿No decías que siempre mantenías tus promesas? Pues prometiste ser mía hasta que la muerte nos separara, ¿o no lo recuerdas? –le echó en cara él.
–La muerte ya nos ha separado. Nos separó cuando nuestros hijos fueron asesinados. Y ese mismo día Sigyn, tu mujer, murió también –objetó ella, intentando zafarse inútilmente de su abrazo–. Yo soy Sibyll Black, una mortal más de la Tierra, y soy libre.
–¿De veras? ¿Eso crees? –en el tono voluptuoso de Loki había una nota mordaz, socarrona, que ella percibía contra su oreja– ¿Entonces qué haces viviendo en Nueva York? ¿Por qué, de entre todos los sitios posibles de la Tierra, has ido a vivir a la única ciudad donde yo volvería a ir, donde podría localizarte? ¿No es verdad que al mudarte allí seguías un deseo inconsciente de que yo acabara encontrándote?
Ella se ruborizó.
–¡No! ¡No es verdad! Si vivo en Nueva York y trabajo en la Fundación de Stark, es para paliar un poco el daño que tú estás haciendo.
Él rió. Su risa era increíblemente sexy.
–Vamos, amor. Esa excusa tan endeble no se sostiene por ningún lado. Podrías haberte ido de misionera a África, o hacer esa caridad que tanto te gusta desde cualquier parte, oculta de mí. Pero está bien, finjamos que la doy por válida –asintió–. Aun en ese caso, si tanto me odias, si no me echas de menos, ¿por qué sigues soñando conmigo? –preguntó, enfatizando la frase con doble intención– ¿Por qué sigues teniendo estos sueños en los que hacemos… esto? –su mano en torno a la cintura de Sigyn subió un poco, posándose sobre su pecho con firmeza. Ella contuvo la respiración.
–Los… los sueños… a menudo manifiestan los temores de quienes sueñan –se justificó entrecortadamente, recordando lo que había aprendido en aquel taller de psicología al que había asistido tiempo atrás.
–Y mucho más a menudo, sus deseos inconscientes –replicó él, sonriendo. Y sin dejar de acariciarla.
–No en este caso. Esto sólo es una pesadilla.
–Mentirosa… –la mano de Loki abandonó el pecho de Sigyn y ascendió aún más para tomarla de la barbilla y hacerla girar la cabeza hacia él. Entonces la besó, forzando suavemente su lengua en la boca de ella, jugando con la suya. Sigyn intentó resistirse, pero no fue por mucho tiempo: en pocos instantes su boca se rindió a aquella lengua que la invadía como si fuese uno de esos reinos que pretendía conquistar, y el beso que había empezado siendo forzado pronto se convirtió no sólo en consentido, sino en recíproco; con ella respondiendo a él tan apasionada como él o más aún.
Con los ojos cerrados, Sigyn notaba que Loki liberaba su presa: ya no le hacía falta tenerla sujeta, las cadenas que la amarraban a él eran invisibles y mucho más sólidas que la simple fuerza bruta. A partir de ese momento, ella ya no se reconocía. Sabía el papel que estaba interpretando en aquel sueño, quién se suponía que era, pero no se comportaba como lo hubiera hecho de estar despierta. Porque lo que habría hecho de estar despierta habría sido empujarlo hacia atrás y huir todo lo rápido que hubiera podido; y sin embargo en el sueño, se volvía hacia él y lo dejaba estrecharla en sus brazos sin dejar de responder a su beso. Ardiente, fieramente.
Loki parecía devorarla con tanta intensidad que ambos pronto se quedaron sin aliento, y sólo entonces Sigyn volvía a girarse dándole la espalda… sólo para permitirle a él un mayor acceso de sus manos sobre su cuerpo. Él respondía jadeante, lamiendo su cuello y recorriendo cada una de sus curvas con sus manos de hechicero, haciendo verdadera magia con ellas. Una de ellas se concentró en acariciar sus pechos, estrujándolos con la fuerza justa para enloquecerla sin lastimarla, estimulando sus sensibles pezones; mientras que con la otra comenzó a levantarle la falda. Convenientemente para el sueño, ella no llevaba nada debajo del vestido, de forma que quedaba totalmente expuesta a lo que él quisiera hacerle, pero eso no la preocupaba, al contrario. Anhelante, aguardaba respirando agitadamente por la anticipación.
Aun así, tuvo que contener una exclamación cuando sintió los dedos de él entre sus piernas, palpando, comenzando a explorar. Loki separó su boca de ella, sus labios curvados en una sonrisa satisfecha, de triunfo.
–Tanto calor… tanta humedad. ¿Es ésta tu reacción normal a una pesadilla?
–Cállate –le espetó ella, apartando la vista irritada. Estaba enfadada con él pero sobre todo consigo misma y con su cuerpo que tan traicioneramente delataba sus verdaderas emociones. Apenas un beso, sólo una caricia de él y ya la tenía ardiendo de deseo. Aquello ya era lo suficientemente humillante, pero que encima él se diera cuenta, era insufrible.
Y él parecía encontrar divertidísimo todo eso. Ni siquiera se mostraba molesto por la poco respetuosa actitud de ella, antes al contrario.
–Qué autoritaria te pones cuando te excitas, amor. Creo que te di un pésimo ejemplo… –comentó. Sigyn quiso contestar con alguna punzante réplica, pero casi le faltaba el aliento. El constante jugueteo de aquellos dedos entre sus piernas estaba aumentando su excitación hasta un punto de veras intolerable. Respiró aliviada aunque algo molesta cuando él los retiró de ahí, llevándoselos a la boca, chupándoselos con fruición. Después se los sacó de la boca y la miró con pura lascivia–. Aunque ya no te oigo pedirme que te libere. Supongo que eso quiere decir que deseas que continúe.
Le levantó la falda de nuevo, y con los dedos ahora mojados con su propia saliva, volvió a atacar ese punto enloquecedor entre sus piernas.
Sigyn respingó cuando volvió a notar los dedos de su marido allí, acariciándola sin pudor, esta vez doblemente lubricados por su saliva y por sus propios fluidos. La sensación era suavísima, resbaladiza, arrebatadora. Y para aumentar el estímulo, Loki movió su otra mano para metérsela por la abertura del escote del vestido, acariciando la piel desnuda de sus pechos sin que pudiera estorbarle la barrera de la tela. Los jadeos de Sigyn se convirtieron en gemidos.
–Me encanta verte así… –susurró él, también jadeando contra su oreja, su aliento ardiente enviándole mil sensaciones electrizantes contra su piel. En medio de su placer, Sigyn percibió la propia excitación de él apretándose contra ella, rígida y poderosa contra sus nalgas.
Ella se sentía tan humillada, tan furiosa, pero no podía evitar responder como lo estaba haciendo. Su cuerpo, o más bien los deseos de éste, habían tomado el control y casi le impedían pensar. Todo lo que pasaba por su mente es que ansiaba más, y que no quería que él dejase de tocarla así… nunca.
Pero él retiró sus manos de ella, y Sigyn no pudo evitar una exclamación enojada, de pura frustración.
–¿Ves? –se rió él– Sólo con tocarte un poco ya puedo hacer de ti lo que quiera.
–¡Eres un miserable! –exclamó ella rabiosa por la burla, pero más que nada porque tenía toda la razón del mundo.
Fuera de sí, lo empujó hacia atrás y se quedó observándolo unos segundos, sin respiración… para después lanzarse sobre él de nuevo, apoderándose de sus labios con la misma ferocidad y salvajismo de antes. ¡No, no era ella misma, no podía serlo! ¿Cómo podía ella ser tan ansiosa, tan depravada? No lo sabía, y a una gran parte de ella empezaba a no importarle.
Continuó empujándolo hasta hacerlo chocar contra una de las paredes de la habitación. Parecía como si fuera ella quien estuviera acorralándolo a él; y sin dejar de besarle (¿de verdad estaba haciendo eso?) llevó una de sus manos a la entrepierna de él. Casi sintió el impulso de quitarla aterrada al hacerlo, al percibir la intensidad de su excitación, su tamaño y su dureza, pero no lo hizo y siguió acariciándolo, haciéndolo gemir y cerrar los ojos con deleite.
–Creo que no soy yo la única aquí que está a punto de estallar –esta vez fue ella quien lo provocó.
–Nunca he dicho que lo fueras –rápidamente, con su agilidad característica, la agarró y la puso a ella contra la pared, siendo esta vez él quien apretaba el cuerpo de ella con el suyo, acorralándola. La aferró de las muñecas, subiéndoselas por encima de los hombros e inmovilizándola prácticamente con un solo movimiento, haciéndola lanzar un pequeño grito sorprendido, o mejor dicho enardecido, ya que podía notar claramente cada uno de los músculos masculinos oprimiéndose contra ella. Ahora las tornas habían cambiado: otra vez era él quien tenía el control– ¿Y ahora qué vas a hacer, eh? –preguntó, sensual y un poco irónico.
Ella lo fulminó con la mirada, desafiante. Debería sentirse aterrada, pero no lo estaba. Al contrario, aquella situación la excitaba como no recordaba haber estado nunca.
–Esto –levantó su boca hacia él, aplastando sus labios con los suyos. De nuevo Loki respondió al beso de forma ardiente, su lengua buscando la de ella, jugando con ella, provocándola. Era increíble el estado en que podía dejarla sólo con un beso. Ella trató de rebelarse y le mordió en el labio, haciéndole soltar un leve quejido.
–¡Hey! Pequeña caníbal… –le reconvino con tono travieso y picante. Ella le sonrió ufana, retándole con los ojos; y él pareció aceptar el desafío– Te vas a enterar.
Pronto las manos masculinas se retiraron de sus muñecas, dejando de inmovilizarla, y tiraron del borde de su vestido rosa y blanco, bajándoselo muy lentamente, casi con morosidad… como despojándole de aquella falsa inocencia a la vez que de sus ropas, y encontrando una divertida y perversa satisfacción al hacerlo. Pronto ella quedó del todo desnuda ante su marido, temblando entre jadeos, no sabía si de vergüenza, de miedo o de deseo; aunque en realidad estaba bastante claro.
–Eres tan hermosa… –susurró él y comenzó un excitante viaje por el cuerpo de Sigyn, con sus manos y su boca deteniéndose en todos y cada uno de sus puntos sensibles, del modo justo y con la cantidad de fuerza justa. Muy despacio sus labios trazaron su camino por su garganta y su clavícula y se recrearon en sus pechos, que se erguían suplicando sus caricias. Bajó por la suave y blanca piel de su vientre y acabó entre sus piernas haciéndola saltar de nuevo, pero con más intensidad que antes.
–N-no… –murmuró ella–. No deberías…
–Sshhh… –le chistó él, y continuó. Ella dejó de resistirse (si lo había hecho en algún momento) y apoyó la cabeza contra la pared, respirando agitadamente y cerrando los ojos para gozar sin distracciones del placer que la boca de su marido le brindaba. Se mordió los nudillos, tratando de no gritar. Si sólo sus dedos tocándola allí habían sido enloquecedores, su lengua era… oh, no había palabras para describirlo. Pronto la sangre que circulaba por las venas de Sigyn se convirtió en poco menos que fuego líquido.
Tras un rato, interminable y demasiado corto a la vez, de aquella tortura deliciosa, él se separó un poco y levantó el rostro hacia ella con una sonrisa muy, muy maliciosa. Muy propia del dios del engaño.
–Eres dulce en todos los sentidos.
Sigyn sentía su rostro abrasado por la vergüenza, pero de nuevo el deseo pudo más. Ya no se resistió en absoluto cuando su marido volvió a tomarla entre sus brazos, aunque se sobresaltó al sentir el contraste de temperatura del cuero de las ropas de él sobre su piel ardiendo.
–Quítate la ropa… –le pidió, anhelante.
–¿Por qué? –la provocó él– Estoy muy bien como estoy.
–Porque no es justo que sólo yo esté desnuda… –explicó ella, ante la mirada escéptica de Loki–, porque el cuero está frío… y porque me muero por sentir tu piel contra la mía.
Sólo aquel último argumento pareció convencerle.
–Bueno, si me lo pides así…
Sus ropas, confeccionadas enteramente en cuero negro, cayeron al suelo. Primero la chaquetilla, aunque los pantalones no tardaron en seguirla junto con todo lo demás. El cuerpo de Loki, ya tan desnudo como el de ella, era pálido y perfecto como una estatua de mármol, ni demasiado delgado ni demasiado musculoso.
Sigyn intentaba no mirar esa parte que se erguía poderosa hacia ella, pero no podía evitar que sus ojos se vieran irresistiblemente atraídos por aquella sensual imagen. Dios, hasta ahí era perfecto. ¿Por qué la fascinaba tanto? Era el padre de sus tres hijos, nada en él debería resultarle una novedad. Pero aun así lo era, por culpa de aquellos quince años sin él, sin poder verle, tocarle, sentirle. Ya no era capaz de pensar: sus reacciones estaban dictadas por aquel ansia que tenía de él y por un puro instinto animal.
Loki volvió a abrazarla y ahora, despojado de aquel cuero sensual pero helado, su piel se sentía suave y cálida contra la de ella. Deslizó sus manos por sus caderas y bajo sus nalgas, levantándolas y haciéndola rodearle por la cintura con las piernas, de modo que ella pudo notar con desvergonzada claridad el candente tacto de la excitación del hombre que antes había admirado.
De un solo golpe entró en ella, pero no le hizo el menor daño. Al contrario, sentirlo dentro de ella hizo que una descarga de placer recorriera todo su cuerpo. Intentó morderse los labios, pero no pudo reprimir un ahogado gemido.
–No te contengas… –susurró él con voz ronca, levantándola en vilo como a una pluma y empezando a moverla rítmicamente sobre él, en un delicioso vaivén– Esto es un sueño, nadie nos oye. Puedes chillar todo lo alto que quieras.
–Ni hablar… –jadeó ella. Sabía que nadie los oiría, pero no quería que él la oyera a ella y supiera cuánto disfrutaba cuando la poseía.
–Eres una cabezota.
–Y tú un bastardo.
–Seré un bastardo, pero sigo siendo tu marido, y tú mi mujer. Somos un matrimonio demostrándose su amor.
–No intentes hacer de esto lo que no es. Esto no es amor, no es más que otro de esos sucios sueños húmedos que no sé por qué sigo teniendo –repuso ella con voz dura, aunque sin poder evitar que la sensualidad del acto la embargara–. Tú nunca me quisiste.
–Te quería… –la contradijo él, adentrándose en ella una y otra vez, sin darle tregua–, y te quiero. Y tú aún me quieres y me deseas con todas tus fuerzas, es inútil que intentes negarlo. Sabes que podrías tener esto en la realidad, todas las noches, sólo con una palabra tuya. Si yo supiera que estás viva, podríamos ser felices por fin.
A pesar de su voluntad de no dejarse llevar por aquello, al final Sigyn no pudo reprimir sus gemidos. En sus sueños, él era igual de buen amante que había sido en la realidad. Igual, porque más era imposible.
–Si supieras que estoy viva… –se las arregló para contestar entre jadeos, a pesar de todo–, me matarías por haberte engañado.
–Tal vez. O tal vez no. Tal vez sólo te acogería de nuevo como mi esposa y te daría todo el amor que no supe darte cuando debía, todo el amor que te mereces. ¿Por qué no te arriesgas?
–Jamás –siseó ella, cerrando los ojos e intentando que el placer que la inundaba no nublase su mente, algo que era extraordinariamente difícil–. He rehecho mi vida, Loki; y tú no estás en ella. Ni estarás nunca, más que en estos sueños.
–Pero en estos sueños aún eres mía –arguyó él, moviéndose sensualmente bajo ella–. Y no sólo en sueños. Eres mía Sigyn, y siempre serás mía. Cualesquiera que sean tus pasos en el futuro, y aunque te encuentres a otros hombres en él, siempre me pertenecerás.
–¡Eso nunca! –gritó ella por pura dignidad, y entonces él se detuvo y la dejó en el suelo, separándose de ella. Sigyn ahogó una exclamación frustrada y lo fulminó con la mirada, enfadada por la interrupción de su placer– ¡Eh! ¿Por qué paras?
–Sólo es un pequeño correctivo –dijo él ufanamente, retrocediendo aún más–, para someter tu orgullo y hacer que admitas de una vez lo que te niegas a aceptar. Nunca volveré a emplear la violencia sobre ti, pero puedo… dejar de complacerte.
–¡Eres un tramposo!
–Lo soy –asintió él con la mayor desfachatez–. Ya sabes, soy el dios del engaño, el embaucador, el príncipe de las mentiras, el…
–¡Vuelve aquí ahora mismo y acaba lo que has empezado! –ordenó ella furiosa– ¡No puedes dejarme así!
–No hasta que admitas en voz alta que eres mía.
Sigyn respiró entrecortadamente, dejándose caer contra la pared en la que se apoyaba, porque se sentía demasiado pesada y las rodillas le temblaban. No podía decir lo que él quería, era demasiado vergonzoso, demasiado humillante… pero la consumía el deseo y era físicamente doloroso que él la dejara así. Su batalla interior mantuvo su ser en el caos durante unos larguísimos segundos, pero, al igual que cuando tuvo que decidir si ayudarle o no con el Eitr, era una batalla que tenía perdida de antemano.
¿Qué más daba lo que dijera? Sólo eran palabras. No significaban nada: aunque las pronunciara podían ser mentira, aunque bien sabía ella que no lo eran. Pero aquello sólo era un sueño. El Loki real, el malvado, el villano, no estaba ahí. El Loki que tenía ante ella sólo era una manifestación de la parte más licenciosa y pervertida de su mente, un Loki que era un amante excepcional como el verdadero, pero al que no tenía por qué temer, porque nunca le haría daño más allá de reírse un poco de la pasión que despertaba en ella. Ojalá, pensó, el auténtico Loki hubiese sido igual.
Aunque eran sus mismos ojos verdes los que la miraban burlones y arrebatadores, esperando que su deseo por él triunfara sobre su orgullo, sobre su rencor. Que era, justamente, lo que siempre acababa ocurriendo.
Si sólo diciendo unas tontas palabras conseguía descargar su frustración, su deseo…
Sólo eran palabras. No significaban nada.
Aunque sí lo hacían.
–Yo… yo… soy tuya… –murmuró de mala gana, de forma casi inaudible y sin querer mirarle– Maldito desgraciado.
–¿Cómo dices? –preguntó él con una risita, poniéndose una mano detrás de la oreja– No te he oído bien.
–¡He dicho que soy tuya! –gritó ella furiosa; y la sonrisa de él se amplió.
–Eso está mejor –dijo satisfecho, y caminó de nuevo hacia ella, tomándola en sus brazos de nuevo.
Sigyn esperaba que volviese a apoyarla contra la pared, pero en lugar de eso la llevó a la cama, tan amplia que parecía el lecho donde Odín solía dormir su profundo sueño. Allí la depositó delicadamente en uno de los bordes, aunque torció el gesto cuando vio que ella se echaba un poco hacia atrás.
–¿Adónde te crees que vas?
–Sólo me estaba colocando mejor –explicó ella–. Me has puesto en la misma punta.
–Ah, creía. No querría pensar que estabas intentando escapar –comentó con un leve mohín de contrariedad–. Porque no puedes escapar de mí –se echó en la cama situándose encima de ella y entre sus piernas, y volvió a recuperar su gesto divertido al ver el leve temor en los ojos de Sigyn–. ¿Y eso? No me digas que ahora me tienes miedo otra vez.
–Yo…
–Al decir que no puedes escapar de mí, me refiero a que no puedes escapar de lo que sientes por mí. A mí no debes volver a temerme. Sabes que no te haría daño, ¿verdad?
–Sí lo harías –replicó ella, ceñuda–. Siempre me lo hiciste.
–No aquí. No en estos sueños. Nunca más –le acarició tiernamente la mejilla–. Sabes que te quiero, Sigyn. Siempre te quise, aunque me diera cuenta tan tarde. Soy tuyo, como tú eres mía.
Mientras seguía susurrándole aquellas dulces palabras, volvió a entrar en ella. Esta vez el placer de tenerlo así, llenándola, fue más allá de lo que sus sentidos podían soportar. Ya estaba, de nuevo, totalmente rendida a él. Odiaba aquello, pero ya no podía hacer absolutamente nada para evitarlo. Ni tampoco quería.
–Dilo otra vez… –jadeó él, moviéndose ahora sobre ella. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte–. Di que eres mía.
–¡No pienso decirlo otra vez!
–Hazlo o volveré a parar.
–¡No te atrevas! –exclamó indignada– Oh, Dios… yo… no puedo… –gimió, pero sabía que era inútil resistirse. No quería que él volviera a parar, no quería que parara nunca; así que acabó claudicando–… Soy tuya.
Cerró los ojos por la vergüenza de aquella denigrante declaración, pero pronto los volvió a abrir para ver el rostro de Loki, odiado y amado a la vez, mientras él se movía sobre ella. La expresión de dicha que observaba en aquel normalmente impávido semblante la fascinaba tanto como la contemplación de su cuerpo. Sus besos, aquellos tiernos besos que caían como lluvia sobre sus mejillas y sobre sus labios, le daban ganas de llorar. Y sus dedos expertos acariciando su piel la hacían hundirse como en un estanque cálido, pero a la vez le daban seguridad. La seguridad de que era él, siempre había sido él, y nunca podría ser ningún otro.
De nuevo él volvía a tener razón. Ella era completamente suya y siempre lo sería, por mucho que aborreciera la idea.
–Dime que me quieres –susurró él.
–Tú siempre odiaste eso.
–Ya no, y quiero que lo digas. Y di mi nombre. Di "te quiero, Loki".
Ella tardó unos segundos en hacerlo, pero acabó obedeciendo. Ya no le preocupaba nada en absoluto, nada más que asegurarse de que aquel placer sublime no acabara nunca.
–…te quiero… Loki…
Él la besó de nuevo; ardiente, arrebatadoramente, con sus lenguas volviendo a acariciarse. Después se incorporó un poco, volvió a meterse los dedos en la boca para chuparlos y dejarlos resbaladizos y los llevó de nuevo a ese punto sensible de antes. Esta vez Sigyn agradeció el estar tumbada en aquel lecho enorme, porque las piernas acabaron de aflojársele, perdiendo absolutamente toda su fuerza.
–Y yo a ti, amada mía… –contestó el dios del engaño–. Dilo otra vez.
Sigyn no podía aguantar más. Estaba al borde del clímax.
–…te quiero, Loki…
Él aceleró aún más el ritmo de sus embestidas y el de sus caricias y ella sintió que un orgasmo colosal se generaba en sus entrañas, presto a liberarse en cualquier momento.
–¡Grítalo! –ordenó él.
–…¡Te quiero, Loki! –gritó ella con todas sus fuerzas, mientras sentía la proximidad del clímax, el delicioso pero torturante segundo inmediatamente anterior a que el éxtasis estallara en ella se prolongaba más y más, de forma casi simultánea a su rugido de placer…
…y entonces despertó.
Este lemon no es totalmente gratuito. Estas escenas de fantasías o sueños vienen a explorar las carencias de cada personaje. En el caso de Loki, esa carencia es emocional (en el otro aspecto está bien servido por Lorelei); en el de Sigyn, es sexual, ya que se ha estado reprimiendo durante quince años. Y este sueño tendrá cierta relevancia en la trama un poco más adelante.
Y os confieso que no todo ha sido invención mía. Ciertos elementos me los ha inspirado el sueño de una amiga muy querida, a la que agradezco de todo corazón que tuviese la confianza de contármelo, y que después me diera permiso para incluirlos. Espero haber hecho justicia a tu sueño ;)
En relación al enfrentamiento entre Loki y Heimdall, os recuerdo que según los mitos ambos están destinados a matarse entre sí en el Ragnarök, y los dos lo saben. De ahí viene esa enemistad de la que se habla en el texto (y que también aparece sugerida en la película, un punto acertadísimo en mi opinión).
