–11–
Sigyn abrió los ojos, todavía jadeando, y aun con la casi total oscuridad pudo percibir los rasgos familiares del pequeño dormitorio de su apartamento en Manhattan, dándose cuenta de que había vuelto a la realidad. Una realidad que, por una vez, le pareció menos agradable que su sueño.
Un gemido apagado, colérico, se escapó de sus labios, pese a que intentó reducir su intensidad mordiéndoselos. Su ira se alimentaba por igual, por un lado de la vergüenza y la humillación que sentía no sólo al tener aquellos degradantes sueños sino al saber que indefectiblemente acababa sometiéndose y gozando de ellos; y por otro lado de la frustración sexual. ¿Por qué siempre tenía que despertarse justo el segundo antes de acabar?
Así, al despertar su cuerpo se encontraba en un estado de excitación total. Su piel estaba enrojecida y ardía, extrañando las caricias y el contacto del hombre odiado que acababa de disfrutar en sueños; su corazón latía violentamente, su respiración aún era entrecortada…
…y, al llevar suave y lentamente sus dedos hasta su sexo, tuvo que retirarlos enseguida con un estremecimiento. No sólo porque el calor allí era tan intenso que prácticamente quemaba, sino por la súbita y culpable oleada de placer casi doloroso que la inundó al hacerlo.
Sintió la casi irresistible tentación de volver a llevarlos allí y continuar, seguir acariciándose hasta liberar por fin aquella ansia que la devoraba. Pero apretó el puño, absteniéndose de hacerlo. Por puro orgullo, como había dicho él. Sabía que si alcanzaba el clímax tocándose, sería porque, al hacerlo, estaría pensando en él… como siempre. Él no lo sabría, claro; no podría mirarla con suficiencia sabiendo que su deseo por él no sólo no había muerto sino que aumentaba con cada día de separación, pero ella sí lo sabría y la idea era más de lo que estaba dispuesta a soportar. Tal vez no pudiera controlar lo que hacía mientras soñaba, pero sí mientras estaba despierta.
Aunque eso le costara seguir con aquel estado de frustración y de excitación permanente. Tal vez sus compañeras de la Fundación tenían razón y debería conseguirse un "amigo" aunque fuera para desahogarse, quizás así no tendría esos sueños. El problema era que ningún otro hombre que hubiera conocido la atraía, ni de lejos, como la había atraído él… ni mucho menos la excitaba como él.
Suspirando, se levantó; sabía que aunque lo intentara no conseguiría dormir, y temía que si lo conseguía regresara aquel sueño. Aún faltaba un poco para el amanecer, pero el descanso parecía huir de ella, como cada vez que su ex marido –aunque sólo fuera su recuerdo– aparecía en su vida. De todas formas, tenía mucho que hacer. Una ducha la ayudaría a despejarse. Y si era fría, esperaba que también le ayudara a reducir un poco su calentura.
Con la lluvia casi helada cayendo sobre ella, estremeciéndose por la baja temperatura, Sigyn comenzó a reflexionar. ¿Por qué seguía teniendo aquellos sueños? ¿Cómo podía su mente tergiversar de aquella forma sus recuerdos, haciéndola evocar con deseo lo que no dejaba de ser un episodio sórdido y desagradable de su vida? Aquello era retorcido, perverso.
Ya era la segunda noche seguida que soñaba con Loki. La noche del viernes había tenido aquel sueño tan dulce y maravilloso, de lo más ridículo, con ellos cinco –ellos y Narvi, Váli y Tess– en plan familia feliz; y esa noche, aquel sueño erótico, que en cierto modo era peor. Una cosa era la nostalgia del pasado, o al menos de un pasado ideal que nunca ocurrió; pero anhelar de tal manera algo que aún podría ocurrir…
No, no, no. Eso tampoco ocurriría jamás. Nunca volvería a ver a Loki; y en el caso remoto de que lo hiciera, por nada del mundo le permitiría que se le acercara, y mucho menos de la forma que lo hacía en el sueño. Por mucho que la excitara la idea.
Aquello ya era obsesivo, preocupante. ¿Es que no estaba destinada jamás a ser feliz? Casada con él había sido terriblemente desgraciada; pero ahora que lo había dejado, que él no sabía que ella existía y que ella era libre y tenía una vida maravillosa con Tess, lo echaba desesperadamente de menos en todos los aspectos. Pero tenía que luchar contra aquello. Ahora que él la había dejado en paz, sólo le faltaba que su fantasma regresara para atormentarla. Y ya no podía echarle la culpa a él, ahora la culpa era sólo suya.
Suspirando, cerró el grifo y salió de la ducha. Pegaba tiritones por el agua fría en aquella temperatura invernal, pero otra parte de ella aún seguía excitada y caliente por el recuerdo del sueño. Tenía que descargar aquella energía frustrada de alguna manera.
Se vistió con ropa de deporte y salió del apartamento, cerrando con llave para asegurar la casa ya que Tess aún dormía en su cuarto. El ejercicio siempre le sentaba bien y la ayudaba a liberarse. Si se agotaba, tal vez podría dejar de pensar en el modo sensual en el que Loki la había aferrado y había empleado sus manos sobre ella. Después se pondría en marcha de nuevo con otra ducha, esta vez caliente, y a trabajar. Aunque fuera domingo, ese día era especial: aquella noche se celebraba esa maldita recepción de beneficencia de Stark y aún quedaban algunos detalles por ultimar, así que no estaría de más que estuviera por allí controlando el asunto. Tenía que estar al cien por cien, no podía permitirse el distraerse fantaseando durante todo el día con el sueño que acababa de tener.
Bajó trotando por las calles, en dirección a un parque donde ella solía salir a correr de vez en cuando. Ya empezaba a amanecer; el cielo tomaba tonos anaranjados, rosados y el negro de la noche se volvía azul grisáceo por las nubes, pero Sigyn esperaba que no lloviera: no había llevado impermeable, aunque llevaba puesta una gorra de los Knicks que le había traído Tess de cuando había ido a uno de sus partidos. Tras un rato trotando, se encontró con un sin techo pidiendo limosna, y ella, siguiendo un reflejo automático, se metió la mano en el bolsillo y le entregó casi todo lo que llevaba encima.
Una de las peores cosas que tenía Midgard con respecto a Asgard era la drástica desigualdad social, que se traducía en una proporción mucho mayor de pobres e indigentes. En Asgard también tenían su parte de pobreza, pero no era tan acusada. Pero aun así, Sigyn siempre opinó que los hombres de la Corte, empezando por Odín y terminando por cada uno de los cortesanos, no se preocupaban lo suficiente por ellos. Sí, hacían múltiples obras de caridad, pero no tomaban medidas reales para que la situación cambiara, siempre inmersos en sus intrigas, en sus batallas y en sus cuestiones de honor. Al fin y al cabo, Asgard era llamado el Reino Dorado, y las pocas manchas de herrumbre que había bajo esa capa áurea no llegaban a deslucirlo del todo, puesto que casi no se veían.
Pero estaban ahí, Sigyn siempre lo supo. En su juventud como sirvienta había estado en contacto con ambos mundos: el lujoso de los nobles, pero también el de los pobres y desahuciados. Y aunque se hubiera dejado matar antes de admitirlo ante nadie, una parte de ella se habría alegrado de que su marido hubiese llegado al trono en lugar de Thor. Esos asuntos nunca habían interesado a Loki y seguramente él habría dejado en sus manos todo lo relativo a las cuestiones sociales, de modo que como reina ella habría tenido la oportunidad de hacer algo realmente útil, no sólo poner parches y parches como solía hacer cuando era Princesa de Asgard.
Y lo mismo estaba haciendo allí en la Tierra: poner parches. Todas las obras de caridad de las que se había ocupado, por dinero que recaudaran, por beneficios que tuvieran, y por mucho que complacieran a esa Potts, eran parches. Midgard estaba podrida, como también lo estaba Asgard, sólo que en el caso de esta última se notaba un poco menos. Ninguna de ellas tenía solución, ¿pero qué otra opción había sino seguir luchando? ¿Quemarlo todo y volver a empezar?
Suspiró. Se acabó el correr por aquel día: tales pensamientos filosóficos a esas horas de la mañana agotaban de por sí sus fuerzas. Caminando pausadamente, se dirigió a uno de los puestos callejeros que había en la calle y pidió un café, rebuscándose entre los bolsillos del pantalón de deporte las pocas monedas que llevaba sueltas. Después de haberle dado prácticamente todo lo que llevaba encima al mendigo, casi no le había quedado dinero para el café. Se disculpó con el vendedor con una sonrisa por no poder pagarle más que en calderilla menuda, y se dirigió hacia el primer banco que encontró libre, estirándose a placer. Tomó un sorbo de café del vaso de espuma: estaba caliente y un poco amargo para su gusto, pero eso también la ayudaría a despejarse.
El teléfono móvil sonó y ella descolgó, asombrada por el hecho de que la llamaran a aquellas horas tan tempranas. Era Mabel la asistente de Potts, que aquella noche estaría con ella como personal de refuerzo. Al parecer, la prensa ya la estaba atosigando con preguntas sobre respecto a la fiesta, y ella no sabía qué hacer. Por enésima vez, Sigyn tuvo que tranquilizarla y darle instrucciones de lo que tenía que decir a la prensa si volvían a preguntar: que sí, que la fiesta era aquella noche en el Plaza si querían ir, pero que no iban a asistir ninguno de esos Vengadores en los que los periódicos estaban tan interesados –afortunadamente, añadió para sus adentros–.
–Por Dios Mabel, es una fiesta benéfica, y ellos son un equipo de combate de élite –intentó hacerle entender–. ¿Qué pintan allí?
–¿A final el señor Stark tampoco podrá venir?
–No, tampoco Stark. Él está en Hong Kong, creo; en no sé qué convención. Precisamente si me encargo yo es porque no hay nadie más que pueda ocuparse –suspiró. Un ligero viento pareció levantarse a su alrededor y Sigyn sintió el inexplicable impulso de quitarse la gorra, no sabía por qué. Levantó la vista, buscando señales de algo raro, pero enseguida Mabel la distrajo de su inquietud con otra más de sus interminables preguntas, y ella volvió a bajar la cabeza, centrándose en la conversación.
Por fin Mabel la dejó en paz y Sigyn pudo dedicarse a su café de nuevo. Para entonces ya se le había quedado frío, cómo no.
De nuevo sintió que la gorra le apretaba en la cabeza. No sabía por qué se la había puesto en primer lugar. Era más bien por la costumbre que para protegerse del sol, ya que hacía muchos meses que el sol no brillaba con fuerza y aquella mañana tampoco era la excepción, como confirmó levantando la vista y observando las nubes.
La verdad es que era estúpido ir por ahí con gorra estando el tiempo así, pensó, y se la acabó quitando. Seguía teniendo una sensación muy rara, como si alguien la estuviera observando… pero cuando se era alguien como ella, con tantos secretos que ocultar y tanta gente de la que esconderse, lo raro era que su actitud no estuviera revestida de algún grado de paranoia. Durante el tiempo que llevaba en Midgard había tenido esa sensación en múltiples ocasiones, y aunque las primeras veces eso la sumía en terror, luego ya no ocurría nada; de forma que había acabado identificando esas impresiones con falsas alarmas y ya no hacía nada al respecto. Si seguía aterrorizándose cada vez que le parecía estar siendo observada, se volvería loca.
Pero aquello era diferente. Seguía teniendo un extraño presentimiento sobre aquella noche, aquella fiesta, y aún más sobre la extraña actitud de Pepper Potts hacia ella en la entrevista del viernes anterior. Tal vez, consideró, aunque Potts acabara readmitiéndola, debería mantener su decisión de dimitir y huir con Tess a algún pueblecito de América del Sur o tal vez a Europa, a Suecia, Finlandia, Noruega o alguno de esos países del norte. Conocer la civilización de mortales que una vez había adorado a los asgardianos como a dioses no dejaba de resultar una idea interesante.
El sitio al que fueran daba igual, lo importante era irse. Sí, huir otra vez, pero seguir a salvo. No podía olvidar las palabras de Loki en el sueño: Nueva York era el sitio donde más probabilidades tenía él de encontrarlas, no sólo a ella sino también a Tess. No podía permitir eso.
Un escalofrío volvió a subir por su columna cuando la sensación regresó de nuevo, más intensa que nunca. Definitivamente había alguien observándola, no sabía quién… Miró hacia todos lados, a su derecha, a su izquierda y a su espalda, e incluso al cielo; todo se veía en completa calma. Era como si el mundo se hubiese ralentizado a su alrededor, incluso dejó de escuchar los sonidos de la ciudad despertándose: los pasos y las voces de los mortales, el canto matutino de los pájaros; todo desapareció y sólo veía, como en cámara lenta, las imágenes de cuantos la rodeaban moviéndose y haciendo su vida a su alrededor, ignorándola por completo. ¿Entonces…?
Había aprendido a seguir sus corazonadas, y todo aquello le estaba dando muy mala espina. No podía librarse de la sensación de que un peligro la amenazaba, como si estuviera al borde de un abismo, como aquella vez en el Observatorio de Asgard quince años atrás, antes de que Heimdall la dejara marchar para comenzar una nueva vida.
No tenía pruebas ni nada físico que sustentara esa impresión; pero lo sabía, lo notaba tan claramente como la gravilla bajo sus pies. Sólo un segundo, un capricho del destino, la separaba de la muerte. Y podía sospechar qué, o quién, era el causante de aquello.
"¿…Loki?"
–*–*–*–*–*–
Pese a que en su conversación con Heimdall parecía, fiel a su costumbre, ser totalmente dueño de la situación, Loki regresó a Jotunheim en un estado que los habitantes de la Tierra describirían como de auténtico shock. Sigyn estaba viva. Su esposa, la mujer que había añorado todas las noches de los últimos quince años creyéndola perdida para siempre, estaba viva. Y no sabía muy bien cómo sentirse al respecto.
Aparte de la gigantesca sorpresa que le había supuesto esa revelación, sí, se sentía feliz. Notaba que una intensa y cálida emoción se extendía desde su corazón hacia el resto de su cuerpo, haciéndolo vibrar como no recordaba haberlo hecho desde hacía mucho. Pero esa dulce sensación se iba transformando en otra muy distinta a medida que lo iba viendo de la otra forma. Sigyn estaba viva. Le había tomado el pelo y le había hecho penar durante quince años culpabilizándose de su muerte. Quince años de noches obsesionado con ella, castigándose, sufriendo por haberla perdido. Y cuando pensaba en eso, su felicidad se desvanecía y se sentía letalmente furioso. Al dios del engaño no le gustaba que le engañaran.
¿Qué iba a hacer ahora? Lo que le había dicho a Heimdall, por supuesto: encontrarla. Eso era lo primero. Luego ya decidiría si sería para bien o para mal; si sería para hacerla volver o para castigarla por haberle desafiado huyendo. Pero, y a diferencia de lo que tan confiado había declarado al guardián, no sería tan fácil. Éste tenía razón: la Tierra estaba llena de mortales. Localizarla sería como buscar una aguja en un pajar. Afortunadamente, él siempre había tenido sus recursos. Recursos como las Llamas de la Omnipresencia.
Apresuradamente, aunque sin perder su aire majestuoso y marcial, Loki recorrió las galerías de su fortaleza en dirección a su estudio, lugar donde lo tenía guardado; pero antes de llegar a él se vio abordado por sus hijos.
–Padre –lo interpeló Fenrir–, ya estás aquí. Estábamos preocupados.
–No teníais por qué –repuso él fríamente.
–Parecías muy alterado antes de que entráramos en el pórtico. ¿Y dónde has ido después?
–Ignoraba que tuviera que manteneros informados sobre adónde voy o dejo de ir –replicó él cortante, haciendo a Fenrir vacilar.
–No, claro, pero…
Su hermano lo interrumpió:
–Da igual, tenemos que hablar. Hela ha consentido en ayudarnos. No sé cómo, pero al final ha accedido. Contando con sus espectros, ya tenemos todos los efectivos que necesitamos y más aún. ¿Cuándo atacaremos Asgard? –preguntó con cierta impaciencia.
Loki se detuvo; era cierto. Con la extraordinaria revelación sobre Sigyn, aquel asunto se le había ido totalmente de la cabeza. Lo pensó durante unos segundos.
–Cuando el invierno caiga sobre su reino.
–¿Qué? –exclamó Jormungand– ¿Hasta entonces no?
–Faltan bastantes meses para eso –apostilló Fenrir–. ¿Por qué esperar tanto?
–Cuando salimos de las minas Norn y yo quise abandonar el plan, dijisteis que no os importaba esperar lo que hiciera falta, con tal de que esta vez hiciéramos las cosas bien.
–Pero pensábamos que tardaríamos unos meses, o uno o dos años como mucho –dijo su hijo mediano–. ¡Pero han pasado quince años! Y de acuerdo, teníamos que tener paciencia mientras reuníamos a nuestros efectivos, ¡pero ahora nuestro ejército está completo! ¡Ya no hay que esperar más!
Loki suspiró. Realmente se estaba cansando de que le estuvieran continuamente pidiendo explicaciones sobre sus decisiones, sólo porque eran sus hijos.
–A ver si pensáis con la cabeza. Su invierno es nuestra ventaja. Aun con los espectros de Hela, nuestros soldados son principalmente jotnar, es decir, nuestro elemento es el frío. A ellos el frío, incluso el moderado que tienen allí comparado con el de Jotunheim, los debilita. En cambio, si atacáramos ahora, con la primavera cada vez más avanzada, ocurrirá el efecto contrario: ellos se crecerán con el clima cálido y a nosotros nos sentará peor. ¿Lo entendéis ya, u os tengo que hacer un esquema?
Los dos jóvenes callaron sin poder objetar nada a la aplastante lógica de su padre, pero aun así Jormungand intentó aducir:
–Tienes razón, pero podemos desatar sobre ellos el poder del Cofre de los Antiguos Inviernos. Después de todo, llevamos haciéndolo sobre Midgard durante dos de sus años terrestres y ha funcionado muy bien.
–Midgard es una cosa y Asgard otra. En la Tierra no tienen ni idea de lo que estamos haciendo, y dos años después aún siguen preguntándose qué demonios les está pasando. Pero en Asgard, Odín tiene un consejo de magos que sabrán en ese mismo momento que el motivo de su invierno prematuro es el Cofre, y que saben cómo defenderse de él. Usar el cofre para forzar un cambio climático en Asgard, de verano a invierno… apenas duraría unos días. Los magos pronto anularían el poder del Cofre y nos veríamos atrapados en el Reino Dorado con unas temperaturas demasiado altas para nuestra conveniencia –sacudió la cabeza–. Además, estoy pendiente de que los ingenieros de Nidavellir me diseñen una nave específicamente destinada a trasladar todo el ejército jotun a Asgard, y su construcción nos llevará aún algunos meses –lo pensó unos segundos, y añadió–: Así tendréis tiempo de descansar y relajaros estos meses antes de la gran batalla. Qué demonios, parece que tengáis ganas de lanzaros a ciegas a la guerra.
–¿No las tienes tú? –preguntó Fenrir, y él sacudió la cabeza con otro suspiro. La impetuosidad de la juventud. Era una suerte que él hubiera dejado aquello atrás.
–Por supuesto, pero no tengo prisa. Los dos sabéis lo que probablemente pasará.
–Esta vez no, padre –declaró Jormungand decidido, y su hermano asintió con un brillo salvaje en los ojos.
–Puede que no, o puede que sí –dijo Loki–. Por si acaso, dedicad estos meses a entrenaros y a prepararos; pero también a disfrutar de la vida. Puede que sea todo el tiempo de que dispongáis.
Esta vez fue Fenrir quien suspiró, en su caso con resignación.
–Está bien; esperaremos –"No es que tengamos elección, de todas formas", pensó para sus adentros. Era imposible, además de peligroso, tratar de llevar la contraria a su padre.
–No os preocupéis, seguro que este tiempo se os pasa volando –los dos jóvenes acogieron sus palabras con escepticismo–. Atacaremos cuando las primeras nieves empiecen a caer sobre Asgard.
Así, además, tendría tiempo de sobra para ocuparse del otro asunto que en ese momento reclamaba su atención: su esposa resucitada de entre los muertos.
–Con las primeras nieves de Asgard –repitió Jormungand, como para confirmarlo–. Y no aceptaré más excusas ni demoras, ¿está claro?
Los ojos de Loki se entrecerraron. No le gustaba nada el tono exigente de su hijo.
–No habrá más demoras –prometió, sin embargo, con voz suave–. Es el plazo que fijo y lo cumpliré.
Sin más siguió caminando, dando la espalda a sus hijos, pero se detuvo un momento y giró un poco el rostro hacia ellos.
–Ah, y Jord… –el aludido lo miró, intrigado–, de nuevo vuelves a hablarme sin el respeto que me debes.
Sus ojos verdes destellaron durante una fracción de segundo y de inmediato el joven jotun sintió que un fuego lo quemaba desde las entrañas, en una zona peligrosamente cercana a la ingle. Se dobló de dolor emitiendo una exclamación ahogada, y Fenrir, alarmado, se apresuró a sujetarle para que no cayera al suelo.
A Loki ya no le hacía falta utilizar punzones para torturar. Sus poderes se habían desarrollado tanto que podía controlar telequinéticamente la mayor parte de los cuerpos vivos, no sólo sus huesos y músculos, sino también los órganos e incluso los nervios. Era capaz de ordenar a estos últimos que enviasen todas las señales de dolor al cerebro sin necesidad de lesionar realmente ningún tejido. No quería lastimar realmente a su hijo, sólo… corregirlo.
–Es el segundo aviso que te doy en dos días –volvió a acercarse a ellos, con expresión grave–; por tu bien espero que no sea necesario un tercero. No me gustaría tener que hacerte daño de verdad.
Jormungand no contestó, demasiado centrado en soportar el dolor para hablar. Su hermano mayor, sin dejar de sostenerlo, saltó en su defensa:
–¡Padre, basta!
–Tú, a callar –le espetó Loki–, a ver si voy a tener que escarmentarte a ti también. Y no te creas que por el hecho de que no lo esté haciendo ahora eres mi favorito. Ninguno de los dos lo es.
–¿De qué hablas? –preguntó Fenrir, desconcertado.
Loki hizo un vago gesto con dos dedos y liberó el control que tenía sobre el cuerpo de su hijo mediano. Éste, aliviado del dolor, jadeó y se hubiera desplomado si su hermano mayor no lo hubiese impedido.
–Os creéis que disfruto teniendo que disciplinaros. Os equivocáis, no es así; pero tampoco me temblará la mano al hacerlo. Soy el dios del engaño, pero precisamente a vosotros no os miento nunca. Cuando fijo un plazo, queda fijado; y no toleraré que se ponga en duda mi palabra. ¿Me he expresado con claridad?
–Desde luego, como siempre –replicó Fenrir, incómodo.
–¿Jormungand? –inquirió Loki. Éste tardó en contestar, aún estaba resoplando y recuperándose del ataque nervioso.
–Siempre te explicas de maravilla –acabó diciendo al final–. Lo siento, ¿de acuerdo? –exclamó con rabia–. He aprendido la lección.
–¿Seguro? –Loki alzó una ceja, un tanto escéptico– ¿No volverás a hablarme de forma inconveniente? ¿No hará falta un tercer aviso?
–No –susurró el joven. Su voz revelaba una docilidad forzada, que seguramente escondía una intensa cólera hacia él. Loki lo sabía, pero no le importó. Realmente daba libertad a sus hijos para pensar lo que quisieran, de él o respecto a cualquier otro tema; siempre que supiesen dónde estaban los límites y controlasen su ira.
Parecía un contrasentido que castigase de esa forma una falta tan leve precisamente para enseñarles a controlar su ira, pero no lo era. La ira había sido un problema para Loki en su juventud (de hecho todavía hoy lo era), precisamente porque no había aprendido a controlarla bien del todo. Esas cosas, o se controlaban perfectamente o se soltaban de forma inmediata: lo peligroso eran las medias tintas. Las medias tintas hacían que uno se reprimiera durante años para acabar explotando en medio de un banquete y diciendo cosas que no debía. A veces, con consecuencias catastróficas.
–Mejor así. Sé que ahora mismo me odias, pero se te pasará –su tono se suavizó–. Aunque no lo creas, todo lo que hago es por tu bien. Por el de ambos –acabó diciendo.
–Como tú digas.
Loki siguió caminando, ignorando las miradas –furiosa por parte de uno, y desconcertada del otro– que se clavaron en su espalda.
–Hermano, ¿estás bien? –le preguntó Fenrir al joven serpiente.
–Sí –jadeó éste.
–¿Por qué has tenido que provocarle hablándole así? –le reprochó el licántropo.
Jormungand tomó aire un par de veces, parecía haberse recuperado enseguida del "escarmiento" de su padre. El dolor no era extraño para ellos, no siendo hijos de quien eran. Ninguno de los dos, ni siquiera Jormungand, sentía auténtico odio contra su padre por su manera de comportarse con ellos. Nunca habían conocido otra cosa, y además no era nada fuera de lo corriente en la severísima y pseudo espartana sociedad de los gigantes de hielo, donde lo habitual era que los padres trataran a sus hijos con mayor rigor aún de lo que lo hacía Loki con los suyos. De hecho, según los estándares jotun, Loki era un padre casi permisivo.
–Me tiene harto –rezongó Jormungand–. Tanto posponer la guerra… casi se diría que no quiere hacerlo. Cuanto más se esfuerza en ocultarlo, más blando me parece. Pero no debemos consentirlo, hermano. Siento la Tierra casi al alcance de mis dedos, y no poder apoderarme del todo de ella me llena de frustración.
–¿Y crees que yo no estoy impaciente? –replicó Fenrir con energía–. Ardo en deseos de que la guerra llegue, aún más que tú. Llevo años soñando con el momento de enfrentarme a Odín. Me parece que mi vida hasta entonces se reduce a una larga espera sin final.
–Y padre dice que nos dediquemos a disfrutar de la vida… –añadió su hermano despectivamente–. Lo dicho, un blando. Si no se dedicara a aterrorizar a todo el mundo, nadie le respetaría. Creo que se fuerza a ello para mantener el control.
–Tienes razón, está muy raro. Y hoy lo he visto aún más raro. No sé, se controla igual que siempre, pero hay algo extraño en él. Parece ido, como si lo que le hubiera dicho Hela a solas lo hubiera trastornado. Me pregunto qué habrá sido.
–No lo sé, pero tengo el presentimiento de que no nos va a gustar.
En la soledad de su estudio, Loki, ya olvidada su pequeña escaramuza con sus hijos, se quitó el casco dejándolo en la mesa y retiró el paño que cubría las Llamas de la Omnipresencia. El objeto lo recibió como siempre: mostrando su faceta más inocente, la de un simple espejo, pero Loki lo activó inmediatamente con la soltura y la facilidad que da la práctica. El uso que le daría en esta ocasión sería uno de los más importantes que le daría jamás. Esta vez no iba a utilizarlo por capricho, ni por diversión, ni como una estrategia contra sus enemigos. Esta vez lo usaría para buscar a su esposa.
Loki inspiró hondo y el espejo pareció disolver su luna en fuego líquido, como hacía siempre. Él concentró todas sus energías mentales en la Tierra, como otras veces. Era sorprendente que nunca se le hubiera ocurrido eso antes, ya que una vez llegada la idea, no tardaría mucho en llegar la solución, el espejo casi siempre solía ser infalible; pero a la vez no era extraño. ¿Cómo podía pensar en usar el espejo para encontrar a Sigyn si creía que no se la podía encontrar, si no la contaba ya entre los vivos?
Aun así, el espejo tardó en localizarla. Incluso para su mágico poder, fue un proceso lento y fatigoso: demasiadas almas en la Tierra, demasiadas energías entre las que buscar. Muchos corazones de mujer, almas dolientes sufriendo, solitarias, que sin embargo no eran de ella. Le llevó toda la noche y Loki casi perdió la paciencia, pero al amanecer se fueron despejando poco a poco las brumas y haciéndose más clara la imagen de una de las pequeñas naciones que formaban aquel reino, y dentro de ésta se acercó aún más hasta una de sus ciudades más concurridas. Loki comprobó asombrado que aquella ciudad le resultaba familiar: él había estado allí antes. Era, precisamente, la ciudad donde tenían establecido su cuartel general aquellos impertinentes pero peligrosos amigos mortales de Thor, aquellos llamados Vengadores. ¿Cuál era su nombre…? Nueva algo… Nueva York.
Externamente sólo manifestó su sorpresa abriendo un poco más sus ojos ya fatigados, pero por dentro se sentía desconcertado. ¿De modo que en el pasado él había estado allí, a poca distancia de Sigyn, sin saberlo siquiera? No sabía bien si aquello era triste, irónico o simplemente lo enfurecía aún más.
La imagen se iba acercando más y más, ya enfocando zonas y edificios concretos; y acabó centrándose y mostrando una zona ajardinada… o lo que los mortales entendían por zona ajardinada, ya que apenas había árboles y unos cuantos setos que ni siquiera estaban bien cuidados, y también un poco de verde en el suelo, eso era todo.
Allí, docenas de mortales pululaban como hormigas por los senderitos que dejaban libres las zonas verdes, algunos paseando, solos o acompañados, algunos más de pie y otros, los menos, corriendo, aunque no huían de nada en concreto, sólo corrían con un ritmo establecido. Loki había oído que muchos midgardianos solían hacer eso para, cómo lo llamaban… "mantenerse en forma". Era su forma de impedir que toda la basura grasienta que ingerían se les atascara en las arterias y les provocara un fallo de corazón.
Viendo lo defectuosos que acababan siendo orgánicamente, Loki agradecía ser un jotun. Puede que los gigantes de hielo fueran monstruos, pero al menos no eran tan frágiles como esos mortales… vidas tan quebradizas, tan superfluas. Tan inútiles. Cada una suponía un excesivo gasto de recursos de la Tierra: de agua, de aire, de alimentos… de espacio. Pero cuando Jormungand y él bajaran y se apoderaran definitivamente del planeta, aquello cambiaría.
Aunque al principio no supo por qué, el espejo parecía empeñado en mostrarle la imagen de una de aquellas mortales. Su aspecto no era muy diferente al otras mujeres que corrían sin rumbo fijo por aquélla y otras zonas: llevaba la misma ropa ridícula de las otras, formada por unas calzas y una especie de voluminoso saco de un color chillón y de aspecto absolutamente vulgar, que Loki sabía que los mortales llamaban de deporte –como si llamarla así les diera una excusa para hacerla todo lo fea posible–; recogía su cabello rubio en una coleta desmañada y se cubría la cabeza con un sombrero espantoso, también de colores, que sólo tenía un ala por delante, la cual no dejaba ver del todo su rostro. La moda de la Tierra tenía sus manifestaciones atractivas –cuando se disfrazaba de mortal le gustaban, por ejemplo, los trajes hechos a medida, en especial los procedentes de una pequeña región llamada "Italia", así como unas pequeñas piezas de adorno en el cuello que denominaban "pañuelos" o "bufandas", según el espesor del tejido del que estuvieran hechas–, pero aquélla en concreto era horrible.
Loki no sabía por qué, si estaba buscando a su bella y elegante esposa, las Llamas se empecinaba en poner ante él la imagen de esa mortal cualquiera. Aun así, siguió observándola: con los años había aprendido a confiar en la intuición del espejo. Tal vez aquella mortal fuera una sirvienta de Sigyn y acabara llevándolo hasta ella. Sintió la tentación de atravesar el velo y aparecerse con su presencia astral, pero supuso que la asustaría. Por el momento, se conformaría sólo con mirar.
Casi se aburrió en el proceso: aquella mortal no paraba quieta. Cuando por fin se cansó de correr, se paró y pareció darle algo a un mendigo que estaba tirado en una esquina –si a Loki ya los pocos mendigos de Asgard le habían desagradado siempre, no quería ni imaginarse a los mendigos mortales… en Jotunheim no había mendigos: los desgraciados que lo perdían todo morían antes de tener la oportunidad de convertirse en tales–, y después volvió a detenerse junto a un carrito blanco conducido por otro mortal. Compró una bebida de las que vendían allí, en un vaso que parecía de un material blanco y muy endeble, y sonrió al vendedor.
Loki no podía distinguirla muy bien, desde donde estaba aquel maldito sombrero le tapaba la mayor parte de la cara, pero sí pudo ver aquella sonrisa y una especie de estremecimiento lo sacudió. Sólo había conocido a una persona en toda su vida capaz de sonreír así, con aquella dulzura… incluso a los sirvientes como aquel hombre del carrito. ¿Podría ser…? Pero no, era imposible.
La mujer caminó hacia uno de los bancos que había desperdigados por aquella zona ajardinada y se sentó desenfadadamente, tomando un sorbo de la bebida. Aunque no podía verle la cara, por su lenguaje corporal parecía estar reflexionando. Pareció que algo la sorprendiera y sacó de su bolsillo un aparatito midgardiano que Loki conocía bien: él mismo tenía, en su identidad de científico noruego, uno similar, aunque no lo utilizaba casi nunca, sólo para guardar las apariencias. Lo llamaban teléfono móvil. Entonces se puso a hablar de nuevo, y oír el sonido de su voz volvió a hacer saltar su corazón. Aquella voz… aquella dulce y grave voz, que sólo había oído en sus sueños durante los últimos quince años…
Sólo oír el timbre de aquella voz lo trastornó de tal manera que estuvo a punto de perderse el contenido de lo que decía, pero su cerebro era poderoso y registraba cosas casi sin que él se diera cuenta siquiera. Estaban hablando de una fiesta que iba a celebrarse esa misma noche… una fiesta benéfica en el Hotel Plaza. La fiesta benéfica de Stark. ¿Stark?, se sobresaltó al oír aquel nombre. Era el nombre de uno de sus enemigos, no podía ser casualidad. ¿O sí? Si esa mujer era quien temía, o esperaba, que fuera… ¿significaba eso que se había unido a ellos?
Tenía que ser ella, seguramente lo era, pero sus sentidos podrían engañarlo. No podría saberlo con seguridad hasta que pudiera verle la cara.
–Vamos, quítate ese sombrero… – murmuró entre dientes, sin poder contener su impaciencia. Ella por un momento miró hacia arriba como si fuera capaz de oírle (aunque no era así, a menos que él se manifestara conscientemente en su forma astral), haciéndole respingar de nuevo, pero después bajó de nuevo la cabeza y siguió hablando. Por fin acabó la conversación y se guardó aquel "teléfono móvil" en el bolsillo. Ahora parecía inquieta, nerviosa por algo. Era como si pudiera presentir que él estaba allí, observándola.
–Quítate el sombrero –volvió a decir Loki, esta vez deliberadamente–. Enséñame tu rostro de una vez, maldita sea.
Automáticamente, ella llevó su mano al ala de aquel sombrero ridículo y se lo retiró de la cabeza, mirando hacia el cielo, como si estuviese contemplando el inexistente sol. En ese momento Loki pudo ver su cara y, sobre todo, sus ojos. Aquellos ojos inconfundibles en todos los reinos del Yggdrasil, francos, acuosos… aguamarina. El resto de su aspecto podría ser el de una vulgar mujer mortal, incluso el color de su cabello era diferente, pero nadie tenía aquel rostro y sobre todo, aquellos ojos. Nadie más que ella.
–Sigyn… –susurró él con voz casi desfallecida. Su corazón se inundó de emociones de tal manera que acabaron desbordándole por los ojos y, por primera vez en quince años, el dios del engaño sintió el escozor de unas lágrimas queriendo rebasar sus pestañas. Parpadeó para hacerlas desaparecer.
Sigyn… estaba allí. Era ella. Y estaba viva. Hasta entonces casi había temido creer en ello del todo, seguramente temiendo la desilusión, pero ya no podía negarlo; no teniendo a su mujer corriendo, bebiendo, respirando, delante de sus narices. Estaba viva.
Y lo primero que sintió él de forma consciente fue una rabia mortal. Sigyn… su esposa, la que decía que nunca lo traicionaría, la "diosa de la fidelidad" –era asquerosamente irónico que alguien como ella pudiese ostentar ese título, habiéndole abandonado de esa forma–. Y lo había engañado. Se había ido y le había dejado creer que había muerto… no, le había dejado creer que él la había matado, que ella se había quitado la vida por su culpa, cuando él le había pedido –suplicado– que no impusiera esa carga sobre su conciencia. Lo había condenado a noches y noches de culpabilidad, de remordimientos. De pesadillas. Tanto que decía haberle querido… y le había hecho eso, mil veces peor que todo cuanto hubiera podido hacerle él.
Sin ser apenas consciente de ello, su puño derecho se cerró, tembloroso por la ira contenida. Apenas un segundo y el poder telequinético que controlaba como un reflejo podría trasladarse a través de las dimensiones por obra del espejo. Con sus poderes, Loki podría matarla a distancia comprimiendo su corazón al igual que horas antes lo había hecho con los nervios de Jormungand, para que ella sintiera lo mismo que había sentido él durante los últimos quince años. Quince años con su corazón aplastado, herido… y lo único que deseaba en aquel momento era hacerla pagar a ella con la misma moneda, como habían pagado y seguirían pagando todos aquellos que alguna vez habían hecho daño a Loki: Laufey, Brok, Odín, Thor, Karnilla…
Sería una muerte dolorosa pero rápida; mucho más rápida que la agonía a la que ella le había sometido a él: un dolor prolongado durante quince años, tantas noches en soledad –por muchas mujeres que le acompañaran–, tantos días fríos y sin amor.
En el espejo, Sigyn comenzó a mirar hacia todos los lados, con expresión alarmada. Intuía algo, lo presentía. Lo presentía a él. Y hacía bien en sentirse inquieta, se dijo Loki. "Mujer infernal, debería hacértelo pagar. Merecerías que te lo hiciera pagar. Tendría que matarte".
Indudablemente lo merecía, pero, no sabía por qué… no conseguía decidirse. Visible en forma de una tenebrosa luminiscencia verde, el poder telequinético de Loki empezó a concentrarse en su mano; y su puño comenzó a temblar por la tensión de reprimir aquel intenso y diabólico deseo de venganza. Sólo un gesto para liberarlo y en dos segundos ella caería al suelo sin vida. Muerta, como ella le había hecho creer que estaba.
Seguramente sería lo que debería hacer: matarla y olvidarse del tema, olvidarse de una mujer que lo había engañado y lo había hecho sufrir durante quince años sin preocuparse lo más mínimo.
Pero en su memoria aparecieron imágenes de ella, del pasado, de su vida juntos… en especial de las partes felices que habían compartido antes de que él se volviera un monstruo cruel e insensible con respecto a ella. Sus cumplidos, sus palabras de ánimo. Las noches de pasión, el nacimiento de sus hijos. Pero sobre todo, los últimos momentos que habían pasado juntos en aquella caverna, cuando ella y la copa que sostenía eran lo único que se interponía entre él y una muerte espantosa, y ella afirmaba llorando que no importaba que se odiaran, ni nada de tantas cosas terribles que él le hubiera hecho, porque ella no lo dejaría sufrir, ni tampoco lo dejaría morir.
¿Cómo podría hacer daño a alguien que le había salvado la vida, alguien a quien debía tanto? Le había prometido que nunca volvería a herirla, aunque eso no tenía nada que ver: romper una promesa más o menos; eso ya daba igual. El motivo auténtico era que simplemente era incapaz de hacerlo. No podía matarla. Al igual que en el pasado le daba igual que ella lo pasara mal o no –o al menos de eso se había convencido–, ahora no podía soportar la idea de que sufriera el menor mal, por mucho que se lo mereciera. Quería… no, tenía que traerla a casa. Era su amada y la quería de vuelta. La necesitaba. Y aquélla era la respuesta que estaba buscando.
Al instante abrió la mano, y el terrible poder telequinético que había estado a surgir de su mano y matarla se disipó como el humo de una hoguera sofocada por la lluvia.
–Sigyn… –murmuró de nuevo, sintiendo, por fin, las lágrimas deslizándose por sus mejillas, sin que esta vez él pudiera hacer nada por contenerlas.
En Midgard, Sigyn dejó de percibir aquella sensación de amenaza. Se levantó respirando agitadamente y salió corriendo.
Loki no quiso ver nada más. Se alejó con pasos fatigados y esbozó un ligero y distraído gesto con la mano para desactivar el espejo; éste volvió a recuperar su apariencia reflectante normal. Se sentía cansado como nunca antes. Como en trance recorrió los corredores de vuelta a su habitación, ignorando a Jormungand, a Fenrir, a Amora, a Lorelei y al resto de sirvientes jotun que se cruzaron en su camino y que se quedaron impresionados al ver a su normalmente impasible amo con el rostro desencajado. Y ya en la seguridad de sus aposentos se dejó caer en la cama, presa de tantas emociones que casi no podía lidiar con ellas.
Pero él no era alguien que se dejase vencer por las circunstancias por impactantes que fueran, al menos no durante mucho tiempo. Cuando consiguió tranquilizarse, al minuto siguiente ya estaba calculando cuál podría ser su próximo paso.
Y su próximo paso sólo podía ir en una dirección: buscarla y traerla de vuelta. No había estado añorándola, soñando con ella, deseando volver a verla, para encontrarla de nuevo y no hacer nada. La última vez que se vieron, cuando él aún estaba encadenado en aquella cueva, se lo dijo muy claro: "Te encontraré y te haré volver". Lo que había esperado hacer quince años atrás, cuando entre ella y ese bastardo de Heimdall se las arreglaron para jugársela. Pero ahora que se había descubierto la farsa, eso no lo iba a detener. El juego no se había acabado. Sólo se había paralizado un tiempo, un lapso bastante largo, pero se acababa de reanudar. Iba a empezar a cumplir todas las promesas que le había hecho, empezando por aquélla.
Pero esa promesa de años atrás no acababa ahí. "Te haré volver… y te haré feliz". Si lo primero podía asegurar que lo conseguiría sin contratiempos, lo segundo ya no era tan fácil. Ella no había huido de él debido sólo al dolor por el recuerdo de sus hijos. Le odiaba, y no era que no tuviese razón al hacerlo. Él había sido un monstruo con ella en el pasado… demonios, aún lo era. ¿Por qué, si no, al verla su primer impulso había sido desear matarla?
No obstante, podía cambiar. Él se lo había asegurado allí en la cueva, y aunque ella no le hubiese creído, estaba dispuesto a probar que sí era capaz. Aunque sólo fuera para quedar por encima, para demostrarle que estaba equivocada.
Bueno, mejor ir paso a paso. Ya la había localizado, ahora lo siguiente era confrontarla. Eso, y traerla a casa.
Recordó la conversación telefónica que la había visto mantener por su móvil. Había estado hablando de una fiesta en el Plaza, y sería esa misma noche.
Sus labios se curvaron en esa característica sonrisa que solía esbozar cuando ponía en marcha uno de sus planes.
"Conque una fiesta, ¿eh?"
La relación entre Loki y sus hijos es más compleja de lo que parece en la superficie. En teoría es él quien los domina y los somete, incluso utilizando la fuerza; pero en la práctica ellos no se sienten abusados porque es lo que esperan de él, y no aceptarían ser tratados de forma más blanda, al menos no de su Comandante, de quien esperan la mayor severidad. Recordad que se han criado en Jotunheim y como gigantes de hielo que son, sólo valoran y respetan a los más duros. De hecho, Jormungand le desafía deliberadamente para provocar una respuesta violenta de él. Quedaos con sus palabras: "Si no se dedicara a aterrorizar a todo el mundo, nadie le respetaría. Creo que se fuerza a ello para mantener el control". Es un poco el resumen de mi caracterización de Loki en esta historia.
Lo cual explica un poco cómo, en privado, ya no es capaz de ejercer la violencia contra Sigyn como pocas horas antes sí hizo contra Jormungand.
