–12–
"Me lo he imaginado. Sólo ha sido eso. Mi imaginación", se repitió Sigyn por enésima vez ante el espejo, intentando convencerse.
Por lo menos era lo que esperaba que hubiera sido el terrible y amenazador presentimiento que la había sacudido durante algunos segundos esa misma mañana. No se le ocurría otra explicación. Pero recordó aquella sensación de ser observada, y otra vez la angustia agarrotó su estómago. ¿Acaso Loki había descubierto dónde estaba? ¿No sería acaso él quien…?
Sacudió la cabeza, desechando la idea. No podía ser Loki, no podía ser él. Para Loki ella estaba muerta, ¿cómo podía averiguar que estaba allí? Para empezar, ¿cómo se le ocurriría buscarla? Pero la mayor prueba de que tenía que ser una impresión equivocada era que ella aún estaba allí de una pieza. Si su ex marido la hubiera descubierto y hubiera sido él quien la hubiera estado observando aquella mañana, ella no estaría esa noche arreglándose para asistir a una fiesta. Estaría en el depósito de cadáveres, teniendo que ser reconocida por su hija… no quería ni pensarlo. Si Loki la hubiera descubierto, aquella sensación que había tenido ella de estar en peligro no se habría quedado en una sensación a secas. Se habría materializado en la más terrible y dolorosa de las venganzas por parte de un hombre que no conocía la misericordia.
Aun así, Sigyn no podía librarse de la inquietante sensación de que algo se avecinaba, algo que podría dar al traste con su solitaria pero relativamente satisfactoria y ordenada vida.
Bueno, un problema a la vez. Se quitaría de encima aquel compromiso de la fiesta de la Fundación, al día siguiente presentaría la dimisión y cobraría su finiquito, y después haría las maletas y desaparecería con Tess. Tomarían el primer vuelo que saliera para Europa del que pudieran encontrar billete. Fácil y sencillo.
Sólo que para ella las cosas nunca solían ser fáciles ni sencillas.
Había pasado el día en el Plaza con Mabel y el resto del equipo de colaboradores de Potts que estaban llevando a cabo los últimos preparativos para la gala benéfica, coordinando a los empleados del Hotel y la lista de invitados, intentando controlar hasta el último detalle.
Parecía ser una cualidad propia de los mortales de Midgard el dejar las cosas para el último momento, porque hasta ese mismo día seguía confirmándose la asistencia de más invitados y apuntándose más nuevos que ni siquiera estaban contemplados. Sigyn insistía en comprobar personalmente la identidad y referencias de todos los que fueran a asistir. No olvidaba lo que había dicho Pepper Potts: Stark era un hombre con muchos enemigos y cualquiera podría querer colarse en aquella fiesta para boicotearla. Pero aun así, ella sola no podía controlarlo todo, y al final tuvo que poner a dos de los asistentes a recibir aquellas confirmaciones de última hora.
Ella había intentado poner toda su atención en lo que estaba haciendo, pero la mente se le iba una y otra vez a lo que había ocurrido en el parque. Eso tenía una ventaja: que ya no tenía cabeza para fantasear con el sueño de la madrugada anterior; pero, de una forma u otra, su cabeza siempre se le iba al mismo tema… o a la misma persona. Cuanto más quería dejar de pensar en Loki, más cosas le ocurrían que parecían empujarla justamente a lo contrario.
Al final, con su afán de controlar hasta el último detalle, se había quedado hasta casi la hora de inicio de la fiesta y había vuelto a casa con el tiempo justo para ducharse y arreglarse rápidamente para regresar después. Por supuesto no había tenido tiempo para ir a una peluquería a arreglarse el pelo, en caso de que hubiera alguna abierta en domingo, pero tampoco lo necesitaba. Lo había marcado con suaves ondas con tenacillas y después se hizo un recogido flojo sujetándoselo hacia atrás con horquillas, aunque dejó sueltos varios mechones en la parte de las sienes para evitar un efecto demasiado rígido. Elegante aunque ligeramente despeinado, como estaba de moda entre las mortales de esa época; distinguido pero no demasiado formal. Bastaría.
Se maquilló de forma un poco más sofisticada para estar en consonancia con el peinado y la ropa de gala, y a continuación se enfundó el vestido que se había comprado el día anterior en una tienda del centro comercial al que siempre iba con Tess. Era en raso azul noche, muy hermoso. El cuerpo drapeado, sin tirantas y con escote corazón, se ceñía a sus curvas marcando sus contornos pero sin exagerar, y luego la falda se abría suavemente hasta sus pies. No había sido una completa ganga pero le había costado más barato de lo que parecía, y después de todo pagaba Stark Industries.
Sigyn contempló los zapatos torciendo el gesto. Si el vestido había sido una buena compra, los zapatos no: los tacones eran demasiado altos para lo que ella estaba acostumbrada y aún trastabillaba de vez en cuando con ellos, pero no había conseguido encontrar otros de la misma tela y color del vestido en ninguna de todas aquellas malditas tiendas del centro comercial. Con eso no había quien condujera, así que se puso unas deportivas para llevar el coche hasta el Plaza, y una vez allí cambiarse y dejar las deportivas en el coche.
Completó el atuendo con unos pequeños pendientes de plata que no le quitaran protagonismo al vestido, y su aguamarina de la suerte. Después, contempló el conjunto en el espejo. Aceptable. Recordaba las palabras de Pepper Potts del viernes anterior: era fundamental tener buena presencia en aquella fiesta. Siempre se sentía un poco insegura cuando iba a algún sitio donde se sintiera juzgada por su imagen, eso era algo que arrastraba de su época de Princesa de Asgard. No le gustaba disfrazarse, aunque admitía que los vestidos que llevaba cuando era Princesa eran mucho más bonitos. Pero menos prácticos.
Se miró el reloj de pulsera: faltaba poco para que tuviera que salir. Se retocó el brillo de labios y se aplicó unas gotas de su perfume de vainilla. Debería haber cambiado de perfume, pero aquél siempre le traía recuerdos dulces desde la primera vez que se lo había puesto, en su noche de bodas. Aquella noche había sido la primera que Loki y ella habían pasado juntos, y ella…
–Guau mamá, ¡estás guapísima! –la sorprendió la voz de su hija, por fortuna apartándola de aquellos recuerdos gratos y dolorosos a la vez.
Tess se había asomado a su habitación y la estaba contemplando desde la puerta con expresión admirada. Era la primera vez que la veía vestirse de gala y era normal que estuviera sorprendida. Aunque cuidaba bastante su vestimenta, Sigyn solía tener un estilo bastante sobrio, tendiendo a los trajes de ejecutivo para trabajar y a los jeans y jerseys o camisas para sus momentos de ocio. Aquel momentáneo cambio de imagen fascinaba a la muchacha.
–Es inútil que me hagas la pelota Tess, aunque yo salga hoy el toque de queda se mantiene –le advirtió ella, pese a sentirse muy halagada por ver tan impresionada a su hija–. Te llamaré a las diez desde la fiesta, y espero que para entonces ya estés en casa. Es domingo y mañana tienes clase.
–Jo, mamá… –protestó ella, algo enfurruñada. Pero después siguió contemplándola con admiración– Aunque hablaba en serio. Estás super sexy con ese vestido. Deberías arreglarte así más a menudo.
–¿Sexy? ¿De verdad? –se contempló de nuevo en el espejo, bastante seria– No era ésa la impresión que quería dar…
–Vamos mamá, ¡suéltate un poco! Estás demasiado reprimida. A mí me gusta verte así, tan guapa. Pareces una princesa.
Sigyn entornó los ojos con una sonrisa irónica, preguntándose qué diría su hija si supiera que en el pasado realmente había sido una princesa… y que de hecho había sido la época más desgraciada de su vida.
–Sí, como si la vida fuera un cuento. ¿Qué te he dicho de ceñirse a la realidad?
–¿Pero qué hay de malo en soñar un poco? Esa fiesta estará llena de hombres ricos y elegantes. Con un poco de suerte, hasta podrías encontrar a un príncipe como la Cenicienta.
La sonrisa irónica de Sigyn se convirtió en una mueca.
–No voy a ir a divertirme ni a ligar, Tess, sino a trabajar. Y cuando seas un poco mayor, te explicaré por qué eso de los príncipes nunca funciona.
–¿Entonces papá no era tu príncipe?
Ella se quedó paralizada. Cada vez que Tess aludía a su padre, no sabía cómo reaccionar.
–Bueno… durante un tiempo, lo fue.
–¿Por qué nunca me hablas de él? Sé que debe resultarte doloroso, pero ¡han pasado quince años desde que murió! Y yo quiero saber más cosas de él. ¡Se me hace tan misterioso…!
Ella empezó a recoger los instrumentos de maquillaje y para arreglarse el pelo con movimientos apresurados y gesto nervioso.
–Porque no hay nada que decir. Era abogado, nos casamos, me quedé embarazada de ti y antes de que nacieras él se salió de la carretera con su coche y murió. Y eso es todo.
–Pero me gustaría saber cómo era… lo que le gustaba, si era divertido o no…
Sigyn respiró hondo, intentando mantener la calma.
–Le gustaban los libros, como a ti. Y sí, a veces era divertido… aunque tenía un sentido del humor un tanto peculiar –respondió rápidamente, esperando que eso la conformara y abandonara el interrogatorio. Pero no fue así.
–¿Cómo os conocisteis? ¿Y cómo os enamorasteis?
Ella suspiró largamente y volvió a contar hasta cinco. De todas formas, ¿qué podía decirle? Como mucho, la historia de cómo ella se enamoró de él, porque lo contrario nunca sucedió. No, ni siquiera al final. Cada vez estaba más convencida de ello, y no debía dolerle… pero le dolía.
Se volvió hacia Tess, muy seria.
–¿De verdad quieres hablar de esto ahora?
–¿Y cuándo quieres que lo haga? –replicó la chica con tono impaciente– Siempre te niegas a hablar de él, y cada vez que yo lo hago te pones a la defensiva. ¿Por qué?
–Porque eso pertenece al pasado. Y tenemos que mirar al presente, y al futuro.
Tess soltó una carcajada sarcástica.
–¡Ja! Tiene gracia que digas eso, cuando precisamente es lo que tú no eres capaz de hacer.
Sigyn frunció el ceño.
–¿A qué te refieres?
–¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita, mamá?
–Yo… –bajó la vista, turbada.
–Y jamás desde que recuerdo te he visto salir con un hombre en serio. Rechazas por sistema a todos los hombres que se han interesado por ti, que han sido bastantes. ¿Por qué?
–Porque no me interesa involucrarme en una relación.
–No hace falta que sea una relación seria. ¿Por qué no simplemente sales a ligar o a divertirte por ahí como hacen las madres divorciadas de mis amigas? Aún eres joven y muy guapa, ¡no hay más que verte! –exclamó contemplándola de arriba abajo– ¿No te interesan los hombres, o qué?
Cada vez más nerviosa, Sigyn rehuyó la mirada de su hija.
–¡No! Quiero decir sí, pero… –se miró el reloj–. Como te he dicho, no tengo tiempo de hablar de eso ahora. Voy a llegar tarde a la recepción.
Se puso el abrigo y agarró la carterita de fiesta, la carpeta con la lista de invitados y la bolsa con los zapatos de tacón, pero antes de salir Tess habló de nuevo:
–Me gustaría haberle conocido, ¿sabes? A papá –dijo melancólica, mirando a ninguna parte–. Debió haber sido un hombre realmente especial, para que en quince años no hayas podido olvidarle.
Sigyn no mostró ninguna reacción en su rostro impasible, pero la tensión se veía claramente en sus rasgos, incluso dulcificados y con el toque de sofisticación que les daba el maquillaje.
–A las diez en casa, Tess. Que no se te olvide.
"No llores. No llores. No llores", se repetía una y otra vez mientras tomaba el ascensor para bajar al garaje de su bloque y se metía en el coche. Si lloraba, se le arruinaría el trabajado maquillaje. Pero lo peor era que también se arruinarían sus buenos propósitos de mantenerse fuerte con respecto al recuerdo de Loki.
Llevaba años sin llorar por él, y a menudo no era porque no tuviera ganas, sino por puro orgullo. Estaba ya cansada, harta de llorar por él. Harta de llorar en Asgard, y harta de llorar allí en la Tierra. Harta de llorar por las cosas que él le hacía primero, y harta de llorar por echarle de menos después. Había derramado verdaderos océanos de lágrimas por aquel hombre, un hombre que no lo merecía. Y sobre todo estaba cansada de ser la sufrida Sigyn, siempre llorando en silencio, y siempre por el mismo maldito tema.
Aunque reconocía que al llorar se desahogaba mucho más que al no hacerlo. El sentimiento de tristeza y soledad seguía allí, lo único que cambiaba era que ella elegía no darle salida a través del llanto. Pero cuando hacía eso, volvía el insomnio. Y las pesadillas. O peor aún… los sueños húmedos.
Pero en aquel momento, entre el sueño de aquella mañana y las palabras de Tess, aquella fuerza a la que solía recurrir para mantenerse impasible se resquebrajaba y Sigyn se descubrió deseando llorar ahora más que nunca, y lo que era aún peor, echando de menos a Loki más que nunca. Otra vez volvía con lo mismo, pensó mientras se incorporaba al tráfico en la noche cuasi invernal de Nueva York. Con todo lo que le odiaba, ahora habría dado cualquier cosa por volver a verle una última vez, aunque fuera de lejos. Sólo verle, a él y a su hermoso rostro sombrío y ojos esmeralda, los suyos de verdad, y no sólo a través de los rasgos de Tess.
Mientras pensaba aquellos disparates, una estrella fugaz se deslizó perezosamente por el cielo nocturno, pero las nubes que cubrían el firmamento y la contaminación lumínica de la ciudad impidieron que se viera desde el suelo. Aunque si la hubiera visto, Sigyn no habría prestado atención. Después de todo, lo de que los deseos formulados mientras cae una estrella fugaz se cumplen era sólo una superstición. Un mito.
Pero también lo eran los dioses nórdicos.
–*–*–*–*–*–
Aquel callejón situado a un par de calles del Hotel Plaza, en Nueva York, estaba oscuro y sobre todo desierto, exceptuando tal vez un par de gatos callejeros que rebuscaban entre la basura su cena de aquella noche. Nada de lo que ocurriera allí sería presenciado por ningún testigo, nada llamaría la atención de nadie. Ni siquiera aquel enrarecimiento del aire en el centro del callejón, que empezó a concentrarse y a hacerse cada vez más denso, a la vez que una luz que no surgía de ninguna fuente visible aumentaba de intensidad hasta culminar en una ligera explosión. Siempre ocurría así cuando, en lugar de utilizar un portal interdimensional ya existente, Loki forzaba sus poderes de teletransporte. Se cansaba bastante más, sobre todo para viajar de un reino a otro; pero tenía la ventaja de que no tenía que depender del emplazamiento de los portales y podía ir adonde a él le apetecía.
Al sentir la explosión, los gatos dejaron de hurgar en la basura y contemplaron algo sorprendidos al elegante caballero que había emergido de la nada, tan fresco como si acabara de bajarse de una limusina, en vez de haber atravesado cientos de años luz desde Jotunheim hasta la Tierra. El hombre contempló con desagrado el poco glamouroso entorno en el que se había visto obligado a aparecerse, pero era mejor no arriesgarse y aquel sitio era el más discreto que había percibido en el entorno del Plaza.
Siempre un gentleman, ya fuera con ropas asgardianas, su armadura y el casco de cuernos afilados o con trajes de diseño de Midgard, Loki revisó su atuendo para asegurarse de que todo estuviera impecable. Aquella ropa de la Tierra llamada smoking, mucho más refinada, sí era de su agrado, y de hecho era más cómoda que la armadura por mucho que se hubiera acostumbrado a ella; aunque los zapatos de cuero apretaban más que sus botas de combate. Se ajustó el nudo de la pajarita, tiró de los puños de la chaqueta, recolocó las solapas de ésta y se cercioró de que su bufanda verde y negra seguía en su sitio, sin moverse de donde él la había colocado… no sabía si aquello casaba bien con la ropa de fiesta masculina de aquel reino, pero le daba igual. Le encantaba aquella bufanda.
Cuando terminó de atusarse y quedó completamente conforme con su aspecto, respiró hondo, preparándose psicológicamente para lo que le esperaba aquella noche. Sus ojos, que casi siempre mostraban una temible seguridad en sí mismo, se nublaron melancólicamente al pensar en el motivo de su presencia allí. Ella.
"Sigyn…", pensó con un suspiro. "Vengo a por ti. Y voy a llevarte conmigo, a casa". Por un segundo, el corazón le latió con más fuerza ante la mera idea de recuperar a la mujer a la que había añorado durante años.
Pero ¿sería tan fácil? No, seguro que no. Si ella había hecho algo como fingir su muerte y esconderse de él durante quince años, era que aún quedaba mucho rencor acumulado. O miedo. Seguramente las dos cosas. Y no era que él no se lo hubiera ganado a pulso, desde luego, pero… las cosas podían cambiar. Ella misma se lo había dicho una vez años atrás: no había nada que él se propusiera en serio, que no pudiera hacer.
"Sólo espero que quieras volver a mi lado. Tienes que querer", añadió en silencio mientras caminaba hacia la entrada principal del Plaza. "Por favor, vuelve…", pensó mientras subía las escaleras y entraba en el elegante vestíbulo en dirección a una de sus salas más grandes, donde se celebraba la gala benéfica. Para cuando una de aquellas mortales lo abordó, sus pensamientos ya eran menos vacilantes y más seguros, más propios del hombre que siempre se salía con la suya: "Volverás, o no soy Loki Laufeyson el dios del engaño".
–Bienvenido a la recepción de la Fundación Stark, señor –lo saludó amablemente la mortal–. ¿Puedo preguntarle su nombre?
–Ah, sí –contestó él con aquella sonrisa amable y encantadora que derretía a las féminas–. Doctor Gunnar Golmen.
–¿Gunnar Golmen? –la mujer pareció extrañada.
–Soy de Noruega –explicó él lo extraño del nombre. Le divertía muchísimo fingir acento noruego con aquellos mortales, aparte de que los de aquella zona en concreto, Estados Unidos, eran unos analfabetos que no sabrían distinguir un acento noruego de uno islandés, por ejemplo.
–Bien, pero no lo decía por eso. No lo encuentro en la lista… –murmuró ella, repasando los papeles de una carpeta.
–Sí, eso debe ser porque me he apuntado esta tarde –comentó él, mientras observaba distraído el salón y a los mortales que lo abarrotaban. De no ser por la diferencia de ropas, casi parecía uno de los bailes de gala de Asgard–. Mire al final.
La chica obedeció, buscando el nombre al final de la lista, y sus facciones se iluminaron.
–Oh, aquí está. Y veo que ya ha hecho una donación –añadió, ya que en aquella lista también se veía si los asistentes habían realizado donaciones previas a la fiesta. Al ver la cifra concreta, sus ojos se abrieron desmesuradamente– ¡Santo Cielo, esto es muchísimo dinero!
Él se encogió de hombros. Había hecho una donación tan cuantiosa porque sabía que así no le pondrían problemas para asistir a la gala, aunque se hubiese apuntado tan a última hora.
–Sólo es dinero. Y de todas formas, nada es demasiado cuando se trata de ayudar a los desfavorecidos, ¿no cree? –comentó con una sonrisa.
–P-por supuesto –balbució la chica, aún anonadada. No creía haber visto nunca tanta cantidad de dinero junto dedicada a caridad. Ese tío tenía que estar forrado para permitirse ir tirándolo por ahí–. Yo… verá, la persona que está a cargo de la gala ha salido un momento, pero en cuanto la localice, vendrá a recibirle y a agradecerle personalmente su generosidad. Seguro que Ms. Black aprecia…
–¿Ms. Black?
–Sí, Sibyll Black, la administradora de la Fundación.
–Oh, vaya –Realmente era curioso cómo salían las cosas. Él había investigado para saber dónde vivía Sigyn ahora, el falso nombre que había adoptado y a qué se dedicaba; y se había quedado muy sorprendido al ver que trabajaba en una de las empresas de ese petimetre de Tony Stark. Y no en cualquiera, sino en una de sus fundaciones benéficas. Siempre preocupándose por los demás, así era ella. Aunque no sabía por qué había tenido que ser con el imbécil de Stark, pensó molesto. Más le valía que no estuviera colaborando con él ni con los otros "Vengadores"… y mucho menos con su hermano–. Está bien, si la ve dígale que me busque. Me gustaría saludarla y felicitarla por su magnífica… labor –terminó tomándola de la mano y besándosela galantemente. La chica se sonrojó.
–Desde luego, señor… quiero decir doctor.
–Gracias –se alejó, paseándose por el salón como si hubiese estado moviéndose entre riquezas toda su vida y todos los que le rodearan fueran vulgares plebeyos, pese a que en realidad constituían lo más selecto de la sociedad neoyorkina.
"Qué hombre…", pensó Mabel arrobada. Caballeroso, elegante, rico, generoso, guapísimo… tenía un aire un tanto misterioso, casi siniestro, pero eso sólo lo hacía más atractivo. ¡Y era doctor, nada menos! Y esos ojos tan verdes y penetrantes que parecían que podían leerle a una por dentro… Sibyll iba a alucinar cuando le conociera. Por desgracia, recordó bajando un poco de su nube, había creído ver una alianza de boda en su anular derecho. Por supuesto, un hombre tan perfecto tenía que estar casado. La señora Golmen seguramente tenía que ser la mujer más afortunada del mundo.
La joven suspiró: "Ay, qué suerte tienen algunas…"
–*–*–*–*–*–
"Qué aburrimiento…", resopló Sigyn, comprobando su apariencia con un rápido vistazo al espejo mientras se lavaba las manos en el cuarto de baño. Estaba algo cansada por la tensión mental y el sueño precario, pero era lo bueno de los asgardianos: muy mal tenían que estar para dar mal aspecto. Y el de ella, pese al cansancio, seguía siendo aceptable.
Las nueve y cuarenta. Aún le quedaban por delante al menos un par de horas de aguantar a ricos malcriados e intentar sacarles dinero para la Fundación. Todo fuera por el suculento finiquito, aunque para ser sinceros, eso ya no le importaba tanto. Pero se había comprometido con Pepper Potts, y cuando ella se comprometía a una cosa tenía que cumplirla pesara a quien pesara, algo que casi siempre le había costado caro.
Afortunadamente tenía experiencia en estar al cargo de ese tipo de eventos, algo que no había querido reconocer ante Potts porque no habría sabido cómo justificar su contexto. Ya cuando era Princesa de Asgard, había sido la anfitriona de alguna de las fiestas celebradas por la Casa Real, en sustitución de la reina Frigga; y casi siempre se había defendido bastante bien. Recordó dolorosamente una en particular, que se había visto obligada a ofrecer nada menos que en honor a Angerboda, la amante de su ex marido, en su primera visita a Asgard como embajadora de paz de Jotunheim. Aquella época en la que sólo podía agachar la cabeza y acatar en silencio las órdenes de Loki, fueran las que fueran.
Pero lo más doloroso de aquello no había sido el tener que organizar esa fiesta y agasajar a aquella mujer con su mejor sonrisa como si fueran íntimas amigas, qué va. Lo peor había sido verla junto a Loki en el baile y constatar la magnífica pareja que hacían, mucho mejor que con ella. Cerró los ojos, sin desear que aquellos recuerdos antiquísimos regresaran a morderle en el corazón pero sin poder hacer nada por evitarlo. Se veían tan atractivos, los dos por separado y juntos más aún… qué elegantemente se movían en la sala; y pese a ser ella la esposa oficial, cómo había deseado Sigyn estar en el lugar de la hermosa giganta de hielo, con Loki estrechándola entre sus brazos mientras bailaban, con la mano de él en su cintura y sus ojos verdes contemplándola con admiración, con deseo…
Abrió los ojos y sacudió la cabeza, como si eso pudiera alejar las amargas memorias de su mente. Aquella noche tan atrás en el tiempo había empezado a perder el gusto por las fiestas y ya dudaba que lo fuera a recuperar. Ni hacía falta que lo hiciera, ya que aquello sólo era un trabajo. Así que, al igual que en Asgard, se esforzó por tragarse su nostalgia y su apatía por aquellas horas y cuando regresó a la fiesta ya había recuperado su expresión amable y su sonrisa de bienvenida, como si adorara a todos aquellos mortales que en realidad no le importaban un bledo.
La decoración del salón del Plaza era espectacular aquella noche, había que reconocer que en Stark sabían lo que hacían y no escatimaban en gastos. Aunque el invierno no se hubiera marchado ni tuviera pinta de hacerlo, sólo por la fecha el tema de la primavera parecía obligado y todo el recinto estaba adornado en azul, rosa y verde… todo muy colorido pero en plan minimalista, muy elegante. Las enormes arañas de cristal enviaban destellos de luz por todas partes y los invitados, todos en sus mejores galas, reían y charlaban mientras trasegaban sin parar copas de vino importado y del más caro champán pagado por Stark.
Nada diferente a los nobles de Asgard, pensó Sigyn un tanto mordazmente. En ciertos aspectos, los mortales no eran tan diferentes de los asgardianos. Buscó con la vista por el abarrotado salón hasta que localizó a Mabel, a cuyo cuidado había dejado la recepción de los invitados mientras ella estaba en el baño.
–¿Ha habido mucho movimiento mientras he estado fuera? –le preguntó, recogiendo de nuevo su carpetilla con la lista de invitados, casi idéntica a otra de la propia Mabel.
–No mucho. He recibido al matrimonio Price y a la señora McConnell, ya sabes, esa viuda avara a la que le sale el dinero por las orejas, pero que a la hora de la verdad nunca suelta nada.
–Sí, ya sé quién es –comentó ella, risueña.
–Ah, y también al doctor Golmen.
–¿Doctor Golmen? –preguntó Sigyn extrañada–. A ése no lo conozco.
–Oh, pues tienes que conocerlo. No he visto un hombre más guapo en mi vida. Y más elegante, y distinguido… ay, parecía un príncipe.
–Ya estamos… –murmuró Sigyn de mal humor. ¿Pero qué les daba a las mujeres con los príncipes? Claro que sólo era a las que no se habían casado con uno de verdad y habían comprobado que eso de romántico tenía más bien poco.
–Daban ganas de tirársele al cuello –añadió su compañera con mirada ciertamente lasciva–. Lo malo es que tenía anillo de casado.
–¿Y…? –repuso ella mientras sacaba su carpeta y consultaba la lista de invitados–. Muchos hombres casados son infieles. Y si son guapos, peor –revisó de arriba abajo la lista de invitados que se había llevado aquella tarde–. Oye, aquí no tengo a ningún Golmen.
–Ah sí, es un añadido de última hora… –empezó a decir Mabel, pero se detuvo al ver la expresión enojada de Sigyn.
–¿Habéis admitido a alguien a última hora y no me lo habéis consultado?
–Sí, pero…
–¡Pero nada! –Sigyn estaba bastante enfadada– Eso quiere decir que no ha habido tiempo de comprobar su identidad, su historial ni nada respecto a la seguridad. Y luego soy yo quien tiene que responder ante Pepper Potts. ¿Y si hay algún problema?
–Vamos Sibyll, ¡es un doctor!
–Dice que es doctor.
–Parecía todo un caballero. Y además, ha realizado la mayor donación de toda la noche.
–¿Sí? –ella frunció el ceño, extrañada– ¿De qué cantidad estamos hablando?
Mabel se alzó de puntillas hacia ella y le susurró una cifra al oído; y muy a su pesar Sigyn no pudo evitar silbar tenuemente. La asistente tenía razón: sólo con aquella donación ya tenían amortizada la noche.
–Pues peor me lo pones –dijo después, intentando no dejarse llevar por el entusiasmo y continuar con su actitud desconfiada–; nadie en su sano juicio dona tantísimo dinero por puro altruismo. ¿Y si es un saboteador, o un espía industrial, o un mafioso, o…?
–Dios Sibyll, para trabajar en una Fundación benéfica eres bastante escéptica con la bondad de la gente.
Ella resopló, admitiendo que la joven tenía razón. Pero la vida –en especial cierto individuo que había encontrado en ella– le había enseñado a ser cínica.
–Cuando llegues a mi edad tú también aprenderás a ser desconfiada. Es la única manera de sobrevivir.
Mabel se echó a reír.
–¿Cuando llegue a tu edad? Pero si apenas tendrás cinco o seis años más que yo.
Oh, sí. La perpetua juventud de los asgardianos. Sigyn tendría un aspecto joven, pero interiormente se sentía mucho, mucho más vieja y con un poquito más de sabiduría. La suficiente para saber que nadie, por muy encantador que fuera, aparecía de la nada y regalaba aquel montón de dinero porque sí, sin ninguna razón.
–Como sea. Pero quiero hablar con ese Golmen –Sólo viéndole podría analizarle y decidir si era de fiar o no–. ¿Dónde está?
–No sé, hacía un minuto estaba aquí… –murmuró ella, y al final señaló a uno de aquellos hombres con traje, que en ese momento estaba de espaldas–. Sí, ése es. Por cierto, él también estaba interesado en verte.
Al estar de espaldas, Sigyn no podía verle la cara, pero reconoció que Mabel estaba en lo cierto: tenía una planta magnífica. Alto, lo bastante esbelto para verse elegante pero a la vez de espaldas anchas y masculinas; y con un cabello oscurísimo y brillante peinado pulcramente hacia atrás…
Ella sintió que el corazón se le estrujó dolorosamente al mirarlo. Así de espaldas, aquel desconocido le recordaba tanto a… a él, a Loki. Pero no era el primer hombre que se le parecía: durante los años que llevaba en la Tierra, Sigyn había visto a muchos mortales guapos de cabello oscuro, de piel pálida o con los ojos verdes, hombres que de una forma u otra le habían recordado a su ex marido y de los que se había alejado precisamente por eso. En la actualidad, ver algo que le recordara a él en otro hombre no la afectaba tanto, o eso creía… al menos hasta esa noche.
Pero se esforzó por serenarse. Habían pasado quince años y no podía ponerse así sólo por ver a alguien con un peinado parecido al de Loki. No podía dejar que su recuerdo la afectara tanto todavía. No podía ser tan débil.
Y todavía quedaba la cuestión de aclarar quién era aquel "doctor". Sigyn tenía experiencia en tratar con "guapos embaucadores". Aunque amablemente, lo sometería a un tercer grado; y si percibía la menor señal de que no era trigo limpio, ya podía ser Mister Universo que eso no impediría que llamara a Seguridad y lo echara de la recepción con cajas destempladas.
Resueltamente se dirigió hacia él y llamó su atención tocándole en un hombro.
–Doctor Golmen, ¿cierto? Soy Sibyll Black, la administradora de la Fundación –su voz le salió un poco más dura de lo que había pretendido, pero aquellos recuerdos que había despertado en ella la habían puesto nerviosa. Se sentiría más tranquila en cuanto le viera la cara y comprobara que se trataba de una persona completamente distinta–. Si no le importa, quisiera tener una charla con usted.
Él habló sin girarse aún del todo.
–Sí, yo podría decir lo mismo.
Su voz, aquella inflexión que ella conocía tan bien, tan suave y persuasiva, tan seductora, hizo que el estómago de Sigyn se encogiera –¿de emoción o de pánico?–. Y cuando el "doctor Golmen" se volvió hacia ella con una sonrisa y por fin mostró su rostro, la mujer retrocedió un paso notando que las rodillas le temblaban y creyó que estaba soñando de nuevo, aunque en ese momento estaba bastante segura de estar despierta.
Durante aquellos años, ella se había estado preparando para aquel momento aunque fuera de forma teórica, planeando reaccionar de una forma u otra; sólo para descubrir ahora que era imposible estar preparada para aquello. No tenía ni idea de cómo reaccionar. Si hubiera sido golpeada con el Mjolnir, no se habría sentido más aturdida.
–Cuánto tiempo sin vernos, Sigyn –la llamó por su verdadero nombre.
Era él. El hombre al que había temido y a la vez anhelado más que a nada en el mundo. El hombre que durante los últimos quince años había estado apareciendo en sus sueños.
Y en sus pesadillas.
La escena de Loki apareciéndose en un callejón se la debo toda a Saku-Zelda de dA, que me inspiró con un precioso fanart cuyo enlace podéis ver en mi perfil. ¡Mil gracias, guapísima!
En cuanto al nombre supuesto de Loki, Gunnar Golmen, creo que ya lo comenté en un capítulo anterior, pero es el nombre de su identidad mortal en el cómic de los Ultimates.
Y como os comenté, en este fic se hacen unas cuantas referencias a cosas que ocurrieron en EW. La noche de bodas de Loki y Sigyn fue en el cap. 9; y la fiesta en honor a Angerboda en el 15.
