–13–
El día antes, Hela se había burlado de la cara desencajada que había puesto Loki cuando había descubierto que Sigyn estaba viva, pero seguro que no había sido ni la mitad de hilarante que la de la propia Sigyn en ese momento, al verle. Al menos, era lo que él esperaba.
La sangre había huido completamente de su rostro, haciéndola lucir más pálida que él mismo a pesar del maquillaje. Parecía como golpeada por un mazo invisible, y tenía que reconocer que era una expresión bastante cómica.
Aun así, estaba preciosa. La horrible "ropa deportiva" con la que la había visto aquella mañana no le hacía la menor justicia. Aquel traje de noche, muy similar a los que llevaba en Asgard –y encima azul… le encantaba cuando vestía de azul– se ajustaba más a ella, le hacía parecer más la Princesa que realmente era. Tal y como él había visto en el espejo, su cabello era diferente: ahora era de un color dorado un poco más oscuro que el de Idunn, la guardiana de aquellas prodigiosas manzanas que prolongaban la juventud, o que el de la hermosa Freyja; pero aun así le sentaba maravillosamente. Y olía a vainilla… aquel dulce perfume que una vez había encontrado empalagoso, y al que ahora se había hecho adicto. Pero no a cualquier vainilla. Sólo al olor de la vainilla en su piel.
Tal vez se debiera a su añoranza producida por la prolongada separación, que la hacía apreciarla más, pero Loki nunca la había visto tan bella. Incluso con esa expresión de torpe estupefacción.
–Dios mío… –la oyó murmurar, horrorizada; y él casi se echó a reír.
–No hace falta ser tan formales. Puedes llamarme Loki, como siempre.
Ella no parecía saber qué replicar, pero de todos modos no hubiera podido hacerlo. La mortal que lo había recibido al entrar, se acercaba a ellos.
–Doctor Golmen, preguntaba por la administradora de la Fundación; veo que ya la ha encontrado.
–En realidad me ha encontrado ella a mí. Aunque es cierto que la he estado buscando. Durante bastante tiempo –repuso él con una cándida sonrisa. Sigyn no decía ni hacía nada: seguía paralizada, sin reaccionar. Con el rostro aún lívido, tenía los ojos clavados en el suelo, como si no se decidiera entre salir corriendo, gritar, o lanzarse a sacarle a él los suyos. O deseando simplemente que la tierra se la tragara.
–Le presento a Sibyll Black, nuestra administradora. Sibyll, éste es el doctor Gunnar Golmen.
–Encantado –le alargó la mano para saludarla, siguiendo el juego de los dos desconocidos que se vieran por primera vez. Sigyn lo observó sin decidirse a responderle, primero mirándolo a él y después a la secretaria, lamentando que esa mortal tuviera allí y que ella se viera obligada a guardar las apariencias. Después, de mala gana, tendió su mano a su vez y se la estrechó, tocándose ambos esposos por primera vez en quince años.
Fue como si un chispazo eléctrico brotara de aquel contacto. A pesar de que él era un gigante de hielo y ella asgardiana, era la mano de Sigyn la que estaba fría, y la de él parecía arder. Y tal vez debido a aquel contraste de temperaturas –o tal vez no–, los dos notaron un estremecimiento recorriendo sus cuerpos, un anhelo desesperado que parecía agudizar aún más la pasada agonía de la separación. En las memorias de ambos se habían reavivado, con poderosa intensidad, los recuerdos y las emociones de cada uno al tocar al otro. Unas sensaciones tan violentas y arrebatadoras que durante un segundo el resto del mundo pareció oscurecerse, y aquel simple apretón de manos se sintió como un apasionado beso de reencuentro.
Sin desearlo realmente Sigyn se obligó a retirar la mano, si bien una parte de ella quería seguir tocándolo, apretando su mano en la de ella e incluso llegar a acariciar su rostro, para poder convencerse de que aquello era real y no un sueño. Pero Loki, una vez superada la primera impresión –una impresión verdaderamente intensa–, pronto recuperó la sangre fría.
–¿Sibyll? Bonito nombre –se burló, aunque eso Mabel no podía saberlo–. Me recuerda mucho al nombre de mi mujer.
Ante aquella provocación, Sigyn consiguió reaccionar y lo fulminó con la mirada.
–¿Cómo ha dicho? Creo que no le he entendido bien. Me parece haber oído "mi ex mujer".
–No, he dicho "mi mujer" –insistió él sin perder la sonrisa.
–Estoy segura de que se equivoca –lo contradijo ella ante los ojos asombrados de Mabel, que no se esperaba aquel intercambio, agresivo por parte de su compañera y burlón por parte de aquel atractivo y misterioso invitado.
–No me equivoco –miró hacia Mabel, como excusándose–. Tuvimos ciertos problemillas en el pasado, pero lo estamos arreglando.
–Y una mierda –la oyó murmurar agriamente, lo cual le hizo mucha gracia: incluso había adoptado el vulgar modo de hablar de los mortales. No era lo que habría esperado de su refinada esposa, pero era divertido.
La secretaria no hacía más que mirar a uno y a otro alternativamente, siguiendo el diálogo como un partido de tenis.
–Un momento… ¿se conocen? –preguntó, demostrando tener no demasiadas luces. Era el tipo de pregunta que habría formulado Thor, pensó Loki.
–No –contestaron ambos al unísono. La mortal seguía intrigada, pero tampoco se atrevía a acribillar a Sigyn a preguntas delante de él, como claramente era su deseo.
Y entretanto, la fiesta proseguía a su alrededor, ajena al primer acto de aquel drama que empezaba a representarse allí. Los camareros continuaban circulando con bandejas de comida y bebida, los invitados se hartaban de beber, hablar y reír, y en la pista de baile algunas parejas se movían al compás de la delicada música que interpretaba una virtuosa orquesta contratada para la ocasión. Era música clásica, no como la de Asgard pero el suave compás era muy similar; y al oírla Loki se sintió movido por una repentina inspiración.
Tendió la mano a Sigyn:
–¿Me haría el honor de bailar conmigo?
Ella retrocedió con la repugnancia y el miedo pintados en el rostro, como si le hubiera propuesto tocar a una serpiente venenosa:
–¡No! –exclamó, antes de recordar que se suponía que debía ser diplomática– Quiero decir… me gustaría pero me va a resultar imposible. ¿Por qué no baila con Mabel? –sugirió, poniendo una mano en la espalda de la mortal y acercándosela a él, como si se la ofreciera–. Ella está menos ocupada y de seguro podrá atenderle como se merece –Los ojos de la mortal se iluminaron como si la idea la ilusionara.
Él volvió a sonreír, pero sacudió la cabeza. El dios del engaño no se conformaba con premios de consolación.
–No me cabe duda de que la señorita… Mabel resultaría una compañía muy grata, pero realmente me urge tener ciertas palabras con usted. Como ya le he señalado a su compañera, estoy interesado en conocer a fondo su labor en la Fundación. Si me convence, tal vez podríamos dejar abierta la posibilidad de realizar otra donación mayor.
–¡¿Mayor aún? –murmuró la mortal con voz maravillada, y prácticamente empujó a Sigyn hacia él. Aunque indudablemente se sentía atraída hacia él, el deseo de ganar una suculenta comisión por conseguir unos buenos resultados en las donaciones derivadas de aquella fiesta (Potts debía haberle hecho la misma oferta que a Sigyn), pudo más. Loki tenía un magnífico oído y casi pudo oírla susurrar al oído de su amada–: Sibyll, no seas tonta. Ve con él y síguele la corriente.
–P-pero… –ella intentaba encontrar una excusa, pero no había ninguna excusa plausible que no supusiera una grosería hacia él, o que perjudicara de algún modo la farsa de desconocidos que se ven por primera vez que ambos estaban manteniendo.
–Venga, mujer –Mabel le dio un nuevo empujón–. Y encima es guapísimo. No es como si fuera Hulk o uno de esos monstruos contra los que lucha nuestro jefe.
Sigyn le reconvino con la mirada, pero no se atrevía a decirle nada más. Llena de aprensión, volvió a observar a Loki, el cual continuaba aguardando su respuesta con una sonrisa apacible. Pero aún seguía sin decidirse, y era obvio que no deseaba que Mabel se marchara y los dejara solos por nada del mundo.
Dándose cuenta, él se inclinó un poco hacia ella y le susurró en voz baja para que Mabel no pudiera oírlos:
–Si no despachas a esta mortal, no me dejarás otra opción que tener que hacerlo yo.
Los ojos de Sigyn se abrieron desmesuradamente y palideció aún más por el miedo. Loki no tenía necesidad de dañar a la mortal, pero sabía que eso sería lo que Sigyn pensaría y aquello era la motivación que necesitaba.
Ella esbozó una nerviosa sonrisa.
–Desde luego doctor Golmen, será un placer bailar con usted –inclinó la cabeza, y luego dirigió su mirada a Mabel intentando mantener la sangre fría–. Mabel, ¿puedes echar un vistazo por la otra sala mientras yo atiendo al doctor?
–Claro, Sibyll –asintió ésta, alejándose con una sonrisa. Mientras, disimuladamente apretó el puño levantando el pulgar, un gesto que iba dirigido sólo a Sigyn pero que Loki también pudo ver.
Ambos esposos se quedaron solos en medio de la multitud, mirándose a los ojos como si no existiera nadie más en el mundo. Por supuesto los sentimientos de cada uno en aquel momento eran diferentes… ¿o tal vez no?
–¿Qué es lo que quieres, Loki? –fue ella la que disparó primero con voz severa, amparándose en el hecho de que estaban en público y él no podría hacer prácticamente nada sin descubrirse.
Éste no respondió inmediatamente, sólo continuó contemplándola. Verla de cerca por primera vez en quince años, tan bella, tan vibrante, tan viva… y tan suya todavía, por mucho que ella se negara a aceptarlo.
Casi no podía reprimir sus deseos de tomarla entre sus brazos, estrecharla contra él y cubrir de besos sus labios rojos y llenos, indiferente a la mirada hostil de sus ojos, hostilidad que él seguramente acabaría haciendo desaparecer a fuerza de caricias y ternura. Pero sería algo precipitado, contraproducente, que podría hacerla gritar y rechazarlo con violencia, algo que llamaría la atención en aquella sala abarrotada de gente. Así que, al igual que en otra época se había visto obligado a reprimir su odio hacia Thor y sus amigos; ahora tuvo que esforzarse para contener el casi irrefrenable amor que lo invadía al ver a su esposa de nuevo.
Y en sus labios se formó de nuevo su típica sonrisa de suficiencia, de "lo tengo todo bajo control", cuando no podía estar más lejos de ello.
–¿No te lo acabo de decir? Sólo quiero bailar con mi mujer. No creo que sea mucho pedir, ¿verdad? –preguntó socarronamente.
Ella suspiró, como si sólo el esfuerzo de tenerlo delante y reprimir la rabia que le causaba verlo la agotara.
–Por favor, no…
–Vamos, sólo un baile –insistió él, acercándose a ella y tomándola de la mano. De nuevo el contacto fue turbador para cada una de las partes, aunque no con tanta intensidad como la primera vez. Sigyn quería alejarse, salir corriendo… pero su cuerpo no le obedecía. Como si fuera otra persona (como en uno de sus sueños), se dejó llevar por Loki a la pista donde en aquel momento ya bailaban unas cuantas parejas.
Cerró los ojos por un instante al sentir la mano de él posándose sobre su cintura: cada mínimo contacto, cada nimio roce, la cautivaba con una mezcla intoxicante de miedo, rabia y deseo. Aunque vagamente, recordó que aquella misma noche había deseado volver a ver a Loki, e incluso rememorado con nostalgia su deseo de bailar con él. Estaba claro lo que decían sobre que había que tener cuidado con las cosas que se deseaba.
Loki no había tenido muchas parejas de baile en su vida, pero todas podían afirmar sin mentir que era un consumado bailarín. No tanto por la práctica sino por la gracilidad y el dominio innato de sus movimientos en general, por lo que seguir un ritmo concreto le resultaba tan fácil como memorizar un pesado libro. Incluso en las pocas ocasiones en las que luchaba cuerpo a cuerpo contra Thor o cualquier otro enemigo, su estilo de combate simulaba una especie de ágil danza que confundía y desorientaba a sus adversarios. Y eso por no hablar de su habilidad para moverse en otros contextos… pero eso era algo que Sigyn no quería recordar, pese a tener su memoria fresca del sueño de aquella mañana.
Pero aquello había sido un sueño. El Loki que estaba ante ella, tomándola de la cintura, era el real. Su marido, el padre de sus hijos, el amor de su vida… y también el hombre que más daño le había hecho. Sigyn no podía dejar de temblar en sus brazos, y no sabía si era de terror o de emoción.
Debería ser lo primero, pensó. O al menos, esperaba que fuera así. Recordó lo que era él: el villano enemigo de Thor y de sus amigos, para uno de los cuales resultaba que trabajaba ella; alguien a quien no le importaba lo más mínimo que murieran los mortales de los que ahora ella formaba parte. Tal vez hubiera venido dispuesto a sembrar el caos como otras veces, a que se repitiera una de aquellas terroríficas situaciones en las que moría tanta gente.
–Por favor, no hagas daño a los mortales que están aquí –susurró–. Sea lo que sea que tú y yo tengamos que aclarar, ellos son inocentes.
La sonrisa de él se amplió… apenas unos milímetros, pero lo hizo. No, no había cambiado nada. Incluso en su –teórica– comprometida situación, siempre se preocupaba antes de los demás que por sí misma.
–Veo que mi fama me precede –comentó.
–Hablo en serio, Loki. Yo…
–Sshhh… –la acalló él, apretándola un poco más contra él– Bailemos. Celebremos nuestro reencuentro.
Ella no replicó –tampoco se le ocurría nada que decir, o siquiera cómo reaccionar– y se dejó llevar siguiendo mecánicamente los pasos que él le marcaba, aunque en la atribulada expresión de su semblante se veía que intentaba discurrir una manera de zafarse.
Con él ciñéndola estrechamente por el talle, los dos bailaron entre las demás parejas, aunque para ambos el resto de los asistentes a la fiesta habían desaparecido y sólo parecían estar ellos dos moviéndose por aquel salón; los demás parecían haber quedado a años luz de distancia. Loki la estrechaba contra él, atrayendo su mirada con sus propios ojos magnéticos, esmeralda contra aguamarina. Aunque para cada uno era diferente, la impresión y la emoción de tener delante al otro después de quince años eran profundas y poderosas.
Los movimientos de Loki eran tan gráciles como siempre y la pareja se deslizaba con fluida elegancia por la pista, pese a que ella estaba más bien torpe. Pero no se la podía culpar: estaba tan impresionada que no sabía cómo detener aquello. O siquiera si quería detenerlo, o si de lo contrario quería que siguieran así para siempre, girando y girando y ella permaneciendo entre sus brazos.
Aquello duró apenas unos minutos, unos breves y a la vez eternos minutos. Sigyn tenía una sensación totalmente irreal, aún más que en el sueño de aquella mañana, como si fuera en ese momento cuando realmente estaba soñando. Y algo más. Era un presentimiento, una impresión de que estaban siendo observados. Otra vez estaba siendo paranoica, pensó; aunque aquella mañana desde luego no había sido paranoia. ¿Pero cómo iba a pensar con claridad con Loki abrazándola de nuevo después de quince años? Miró hacia uno y otro lado, buscando a alguien que los estuviera mirando; pero no era así. Al menos externamente, tenían el mismo aspecto que cualquier otra pareja que bailara en aquel salón y no parecían llamar la atención.
Y con todo… Sigyn recordó lo que había hablado el viernes anterior con Pepper Potts, y todas las noticias veladas que había tenido de Loki durante aquellos años, alusiones por parte de los Vengadores. Para ellos, Loki era un terrorista, alguien que a ellos les encantaría detener. ¡Y el muy imbécil se ponía a exhibirse en público como si nada! ¡Y en plena fiesta de Stark, de uno de sus más acérrimos enemigos! ¿Acaso había perdido la cabeza?
Así que cuando se aproximaron a un rincón un poco alejado de la vista de la gente, ella se esforzó por salir del hechizo de sus ojos verdes y se separó de él bruscamente.
–¡Suéltame!
Loki no se resistió. Sólo siguió contemplándola como si quisiera grabar sus rasgos permanentemente en su memoria, con una media sonrisa en los labios que consiguió transformar su miedo en irritación.
–¡Estás loco dejándote ver así por aquí! ¡¿Es que no sabes quién da esta fiesta?
Él no alteró su expresión de suficiencia.
–¿Tú qué crees, querida?
–¡Entonces sabes la barbaridad que estás haciendo! Si alguien te reconoce… –miró a ambos lados inquieta, y tomándolo de la mano lo arrastró a un punto aún más apartado de la indiscreta mirada de curiosos. Él se dejó guiar, divertido.
–Es agradable ver que después de tanto tiempo aún sigues preocupándote por mí.
–¡¿Qué? ¡No! –exclamó ella escandalizada, y le soltó la mano, ruborizándose. Claro que él tenía razón: incluso tras tantos años y todo lo que había ocurrido entre ellos, su primer impulso había sido protegerle.
Pero ella no podía saber que tal preocupación era innecesaria, al menos desde la perspectiva de él. Lo tenía todo calculado. Cuando quería, tenía la capacidad de hacerse invisible ante cualquier ojo que él no quería que lo viera; pero en esa ocasión ni siquiera hacía falta. Lo había oído de los labios de la propia Sigyn aquella mañana, y lo había confirmado después al asegurar su presencia en la fiesta: los únicos mortales que podrían reconocerle eran los Vengadores, y éstos estaban en la otra punta del Reino de Midgard. Allí, entre los mortales del Plaza, sólo era un invitado más: nadie conocía su verdadera identidad. Pero no quiso decir nada a Sigyn. Le gustaba verla tan inquieta por su seguridad, por mucho que ella lo negara:
–Es sólo que no quiero problemas, eso es todo. En cambio, tú pareces ir buscándolos. ¿Por qué te estás arriesgando así?
Él dejó pasar unos segundos antes de responder mientras volvía a devorarla con la mirada y de nuevo ella se sintió perdida en sus ojos.
–¿No es obvio? –alargó la mano para acariciarla en la mejilla, pero ella tuvo el suficiente reflejo para alejar el rostro, rehuyendo el contacto. La desconfianza y el recelo asomaban a sus ojos, pero aun así él continuó– Estás preciosa. Algo que tiene doble mérito teniendo en cuenta que llevas quince años muerta.
Sigyn bajó la vista, avergonzada.
–Continúo sin saber para qué has venido –murmuró.
–Continúas haciendo preguntas cuya respuesta conoces. ¿No recuerdas lo que te prometí la última vez que nos vimos? Te dije que te encontraría y lo he hecho. Me ha llevado quince años, pero lo he hecho.
–No… –susurró ella, sacudiendo incrédula la cabeza– Aléjate de mí o llamaré a Seguridad. ¡La verdad, no sé por qué no me estoy desgañitando a gritar ahora mismo!
–Hazlo –la desafió él con voz sensual, avanzando un paso hacia ella… y haciéndola a ella retroceder otro.
Sigyn volvió a buscar con ojos angustiados por la sala de baile. Hombres trajeados, a todas luces miembros del personal de Seguridad, recorrían la estancia atentos a que todo funcionara como debía. Sólo un grito de ella, y todos se echarían sobre Loki en dos segundos. Eso no garantizaba que pudieran atraparle, o tal vez sí; pero Sigyn no sabía cuál de las dos posibilidades la asustaba más. El caso era que ella no se sentía capaz de denunciarlo… a menos que él la obligara.
–Aléjate de mí, Loki –repitió con mayor tono de advertencia, mientras retrocedía aún más. Esta vez él no hizo nada por detenerla. Antes de salir corriendo, ella exclamó–: ¡Déjame en paz!
Loki se quedó quieto observando cómo se marchaba apresuradamente, tan trastornada que casi ni miraba por dónde iba, a punto de chocarse un par de veces con otros tantos invitados. Sonrió divertido cuando la vio tropezar y casi caerse, para a continuación quitarse los zapatos, tirarlos al suelo con gesto irritado y continuar descalza, sosteniéndose el borde del vestido para no pisárselo. Tampoco hizo nada cuando la perdió de vista: había espiado los ficheros de los empleados de Stark, y sabía cuál era su dirección exacta. Se limitó a caminar tranquilamente siguiendo el camino que había tomado ella, agachándose un momento para recoger uno de sus zapatos de altísimo tacón en raso azul. Pareció reflexivo. Era curioso… aquella situación le recordaba algo que había leído tiempo atrás, aunque en ese momento no podía recordar con precisión qué en concreto.
–Que te deje en paz… –murmuró– Qué más quisieras, amor mío. No te librarás de mí.
–*–*–*–*–*–
–Hijo de…
El insulto murió en los labios de Sigyn mientras, sin señalizar siquiera la maniobra, giraba bruscamente a la derecha con su automóvil y aceleraba con rumbo a su apartamento, dejando parte de la goma de las ruedas en el pavimento. Casi duplicaba el límite de velocidad permitido y se arriesgaba a tener un accidente o, aún peor, que la detuviera la policía, pero en aquellos momentos no estaba para pensar en eso. Su corazón golpeaba violentamente contra su pecho, y una sensación mezcla de pánico, rabia y otra cosa mucho peor y más humillante que las otras dos se le había aferrado a la boca del estómago, casi impidiéndole respirar.
Tenía que haber supuesto que acabaría encontrándola. Y lo peor era que probablemente era culpa de ella. ¿Por qué había huido a Midgard en primer lugar? Era como esconderse en el territorio particular de Loki. Y por si eso fuera poco, se había mudado a Nueva York. Si tenía que trasladarse de Lubbock, había cientos, miles de pueblecitos anónimos en los que hubiera podido ocultarse.
Nada de probablemente. Aquello definitivamente era culpa suya. A su mente acudieron retazos del sueño de aquella mañana –intentó no pensar en el final del sueño–, en el que Loki le decía con aquella sonrisa de suficiencia suya que en realidad era su subconsciente quien quería que él la encontrara.
"¡No! ¡No es cierto!", pensó desesperadamente. Ella era feliz tal y como estaba, y lo que no necesitaba de ninguna de las maneras era que él regresara a su vida. A susvidas, a la de Tess y ella. Pero lo que más furiosa la ponía no era el haberse dejado encontrar. Lo que la hacía aferrar el volante temblando de ira era el hecho de que una parte de ella, un pequeño rincón de su mente, no cesaba de llamar su atención sobre lo atractivo que lo había visto con aquel traje. Las ropas de la Tierra le sentaban especialmente bien.
Sacudió la cabeza, intentando apartar de su mente su imagen, aquella imagen que le provocaba a la vez odio y anhelo. Él era un megalómano obsesionado con el dominio del universo y el hombre que una vez se lo había quitado todo. No podía, no debía, olvidar eso.
Recordando a Tess, rebuscó frenéticamente en el bolso con su mano derecha mientras intentaba manejar el volante con la izquierda. Tras unos angustiosos e interminables segundos, dio con lo que buscaba: su teléfono móvil, y pulsó la tecla de llamada rápida que le conectaba con el móvil de su hija.
"¡Hola!", saltó la alegre voz de la chica. No era ella, por supuesto, sino su buzón de voz. "Soy Tess. En este momento no puedo contestar, pero deja tu mensaje y te llamaré en cuanto…"
–Maldita sea… –rezongó Sigyn, y se dispuso a hablar al buzón–: Tess, soy tu madre. ¿Cuántas veces te he dicho que tengas el móvil disponible en todo momento? Llámame inmediatamente en cuanto oigas este mensaje. No, olvida eso: ven corriendo a casa. Y no te hagas la remolona. Es importante.
Pulsó el botón para cortar la llamada, y enfiló el camino hacia la manzana donde se encontraba el bloque de apartamentos donde vivían.
Ahora más que nunca tendrían que huir, esconderse en el último rincón de la Tierra. Se acabó Nueva York, la Fundación Stark, Pepper Potts y todo. Se preguntó qué dirían todos sus conocidos al enterarse de su desaparición y de la de Tess, pero no le importaba mucho. Se largaría y empezaría otra nueva vida, partiendo de cero como la primera vez. Nueva identidad, nuevo hogar, nuevo trabajo… el paquete completo. Ya conocía el tema y le sería más fácil.
Pero eso no podía hacerlo sin pasar antes por su casa. Disponía de muy poco tiempo, pero no necesitaba mucho. Sólo subir, llevarse todo el dinero y su documentación, recoger a Tess dondequiera que estuviera si para entonces no había llegado a casa y desaparecer, esta vez de verdad. Ya lo había hecho antes y habían tenido quince años de paz y tranquilidad. Pero eso era cuando Loki creía que ella estaba muerta.
Al abrir la puerta de su apartamento, lo primero que hizo fue quitarse las deportivas que se había puesto para conducir el coche –aquellos estúpidos tacones se le habían perdido en el Plaza, aunque tampoco los echaría de menos–. Lo segundo, bajarse de un tirón la cremallera del vestido de noche, el cual dejó tirado en el suelo hecho un ovillo, al igual que las medias. Descalza y en ropa interior, corrió hacia su habitación y apresuradamente sacó unos jeans y un jersey de un cajón de la cómoda. Mientras se enfundaba los primeros a saltitos, se dirigió a un baúl del armario y lo abrió, sacando una bolsa de deporte. No estaba muy llena, sólo contenía un par de mudas de ropa para Tess y ella. La bolsa que tenía preparada, desde hacía años, por si se diera la eventualidad de que las dos tuvieran que salir corriendo en mitad de la noche. Como precisamente estaba ocurriendo.
Se arrodilló junto a su caja fuerte y tecleó el número secreto para abrirla. Sólo tenía que sacar su contenido, meterlo en la bolsa y salir corriendo de allí para buscar a Tess. Rápidamente empezó a extraer los fajos de billetes, sus títulos de propiedad, sus acciones y los documentos de identidad y pasaportes falsos que había comprado hacía tiempo, y a trasladarlos a la bolsa de deporte. Respiró hondo: faltaba poco. Sin embargo, cuando cerraba de un tirón la cremallera de la bolsa, el corazón se le encogió cuando oyó la voz masculina en la sala de estar:
–Tienes una casa muy acogedora, Sigyn.
La mujer se quedó paralizada.
–¿Por qué no dejas eso y vienes al salón? –oyó que Loki proseguía– Tenemos muchas cosas de qué hablar.
Sigyn cerró los ojos durante un par de segundos. Había estado tan cerca… Pero tenía que haber supuesto también que él no sólo sabía ya dónde vivía, sino que era capaz de transportarse de un sitio a otro con mucha más rapidez que ella. El teletransporte siempre es más rápido que el coche, por mucha velocidad que alcance éste.
Suspirando, dejó la bolsa para su huida –ya inútil– en el suelo y se puso de pie. De mala gana, se encaminó hacia el salón, aunque primero se puso el jersey. Antes había estado tan acelerada que ni se había acordado de ponérselo, pero ahora correr ya no tenía caso. Aun así, antes se detuvo una última vez para sacar otra cosa del cajón de su mesilla y metérsela en el bolsillo trasero de sus jeans. Si algo había aprendido, era a no enfrentarse a su marido estando totalmente indefensa.
Loki la estaba esperando en la salita de estar, cómodamente sentado en un sillón y con las piernas cruzadas, como si estuviera en su propia casa. Seguramente cuando ella había llegado, él ya llevaba algún tiempo aguardándola, y ella ni se había dado cuenta –Dios, ¿la habría visto quitarse la ropa?–. En la mesita ante él había dispuesto sendos vasos de cristal, de su propia vajilla, y los había llenado con hielo y coñac. El coñac que ella misma había comprado. Sigyn no sabía por qué, pero aquello la enfureció. Él era el extraño y parecía comportarse con más comodidad en aquella casa que ella misma.
–Siéntate, querida –le dijo él amablemente–. Tomemos un trago.
No parecía furioso, ni siquiera hablaba con ese tono frío y neutro, carente de emociones, que ella identificaba tanto con él. Al contrario, parecía complacido y… juguetón. Como si hubiera ganado un premio al haberla encontrado. Aquello la molestó aún más. Y seguía con aquel traje que tan bien le sentaba. Sigyn bajó la vista: no quería mirarlo, si al hacerlo se le ocurrían esas cosas.
Salir corriendo era tentador… pero demasiado humillante, e inútil además. Así que tomó cautelosamente asiento en el sillón que había enfrente del que él ocupaba, y aunque no hubiera querido hacerlo, tomó el vaso y bebió un trago largo de coñac, esperando que el alcohol le diera algo de valor e hiciera desaparecer el temblor que se había apoderado de ella.
–¿Vas a matarme? –le preguntó sin rodeos.
El rostro de Loki cambió de expresión, mostrando una ofendida sorpresa, como si le doliera que ella pudiera pensar eso de él.
–¿Matarte? ¿Es eso lo que crees que quiero?
–Eso es lo que haces con todo el que te contraría –repuso ella–. Estoy preparada para eso, pero quiero que sepas que no pienso ponértelo fácil.
Él bajó la vista, observando el hielo deshacerse en el coñac de su copa. No hizo gesto de tocarla, sin embargo. Ella recordó que el alcohol debía producirle aversión, teniendo en cuenta cómo acabó todo la primera vez que se emborrachó de veras. Aunque se hubiera servido un vaso para él, la copa estaba preparada exclusivamente para ella, como una convención social.
–No he venido a hacerte daño. Me salvaste la vida, ¿recuerdas?
–Lo recuerdo –asintió Sigyn, sin desviar la vista de él–. Recuerdo cada uno de los detalles. Como la sangre de nuestros hijos empapando mi ropa.
–Sí, yo también… –murmuró él sombríamente ante el certero ataque– La última vez que nos vimos dijiste que no querías sobrevivir sin ellos –añadió. Casi había una ligera sombra de reproche en su voz.
–Y en ese momento lo dije en serio… pero al final cambié de opinión. Quise darme una última oportunidad, ver si a pesar de todo aún podía seguir viviendo sin ellos.
–… Y sin mí –completó él, con voz herida.
–Sobre todo sin ti –espetó ella sin la menor compasión.
–Veo que te las has arreglado bien –comentó él desenfadadamente–. Pero el juego terminó. Entiendo las razones de tu "pequeña" espantada, y estoy dispuesto a perdonarte sin mostrar represalias. Además, estoy en deuda contigo por cómo me ayudaste cuando Karnilla me capturó, pero es la única concesión que estoy dispuesto a hacerte. Y sólo si vuelves conmigo… ahora mismo.
Sigyn palideció y sintió que la indignación la dejaba sin aliento.
–¡¿Qué? ¡Estás completamente loco!
–Seguimos casados, y el lugar de una mujer está al lado de su esposo –repuso él con tranquilidad.
–Cuando te ayudé, recogiendo el Eitr durante no recuerdo cuánto tiempo, me dijiste que me concederías el divorcio.
–Y en ese momento tenía intención de cumplirlo –asintió él–. Si cuando todo acabó te hubieras quedado y me hubieras solicitado el divorcio, no habría tenido más remedio que concedértelo porque me sentía agradecido. Pero en lugar de eso, fingiste que te habías suicidado y desapareciste huyendo a la Tierra, haciéndome creer que habías muerto por mi culpa. Y he mantenido esa creencia quince años. Quince largos años, Sigyn –su tono desenfadado empezó a oscurecerse, adoptando un timbre frío y amenazador más propio de él–. ¿Tienes idea de cómo me afectó eso?
–¿Vas a decirme que tuviste remordimientos de conciencia? –Sigyn sonrió escéptica de nuevo– Venga ya. Conozco bien lo que has estado haciendo durante estos años, todas las muertes producidas por tus intrigas y tus maquinaciones para tomar el poder sobre Midgard. ¿Por qué iba a afectarte una sola muerte más que las otras centenares que has causado?
Loki clavó sus ojos en ella.
–Sabes muy bien por qué, ya te lo dije en aquella cueva. Te quiero.
Ella bajó la vista al oír aquello y se mordió los labios, como conteniéndose las ganas de llorar. Cuando levantó los ojos de nuevo, éstos miraban fría y enojadamente.
–¿Qué solía decir Thor? Que tienes talento para la mentira. Y tiene razón: eres el mentiroso más hábil que jamás he conocido.
–No, en aquel momento no mentía, ni tampoco ahora. Te he añorado todos estos años cuando te creía muerta, así que podrás entender que ahora que te veo viva no esté dispuesto a renunciar a ti. Al igual que tú cambiaste de idea acerca del suicidio, yo lo he hecho con respecto al divorcio. Puedes olvidarte de eso, nunca te lo concederé. A todos los efectos, seguimos casados.
–Por la ley asgardiana, una ley que yo ya no reconozco –dijo ella rígidamente, y añadió algo más bajo–: Además, yo no quiero regresar contigo.
–Cambiarás de opinión –afirmó él inmutable–. Allí en la cueva, me dijiste que tú también me querías.
–Eso fue hace quince años.
–En quince años yo no te he olvidado. ¿Pretendes que crea que tú a mí sí?
–Cree lo que quieras, yo a ti sí te he olvidado y soy muy feliz sola –mintió ella.
–Ya. Por eso sigues llevando tu alianza de boda –replicó él, alzando un poco su mano derecha de modo que ella pudo ver que él también seguía llevando su propio anillo, el gemelo del de ella.
Eso la descolocó un tanto. Él había dejado de llevar su anillo mucho tiempo atrás, poco después del nacimiento de los niños, antes incluso de comenzar su historia con Angerboda. Sigyn siempre había pensado que lo había perdido o tirado directamente, dándole el mismo valor que había dado al resto de su matrimonio: ninguno. Le sorprendía saber que lo había guardado durante todo aquel tiempo. Claro que podía tratarse de una imitación que llevaba para impresionarla, o de un anillo cualquiera.
Ella miró hacia su mano, observando su propia alianza; e impulsivamente se la quitó. Le costó trabajo, se le había quedado atascada en el dedo, pero lo consiguió tras forcejear un poco.
–Bueno, pues te la puedes quedar –se la arrojó con toda la dureza y el desprecio que pudo fingir, aunque a él no le costó trabajo atraparla en el aire. Loki sonrió.
–También llevas el colgante que te regalé de recién casados –le señaló con un breve gesto de la cabeza dirigido hacia su pecho. Aún escondidas bajo el jersey, la forma de la piedra y la cadenita que la sostenía eran claramente visibles bajo el fino tejido de punto.
Ella se llevó la mano al colgante en un gesto automático de defensa. Ése no se lo daría.
–Eso no tiene nada que ver contigo.
–¿Entonces con qué?
–Lo verás, como sigas importunándome. Sí, en la cueva tal vez se me escaparan muchas estupideces, pero olvidas que también dije otra cosa, la que verdaderamente importa: que jamás perdonaría al hombre que causó la muerte de mis hijos.
Loki pareció meditar durante un instante.
–Como has mencionado, eso fue hace quince años –objetó al final, mientras se guardaba el anillo de ella en el bolsillo del chaleco de su traje–. Y en estos quince años has podido superar tu tristeza y seguir adelante. También aprenderás a superar el hecho de que… fuera culpa mía –acabó con tono más bajo–. Volverás a quererme y todo volverá a ser como antes. No, mejor –se corrigió, al vez que Sigyn iba a protestar–. Todo será como debió haber sido desde el principio. Te dije que te haría la mujer más feliz del mundo, y eso sí pienso cumplirlo.
–Yo no quiero que cumplas nada –ella se levantó, y se llevó una mano al bolsillo trasero del pantalón. Cuando volvió a mostrarla, en ella llevaba su revólver cargado, con el que apuntó a Loki–. Quiero que te vayas de mi casa. Si no vas a matarme, quiero que salgas de mi vida y jamás vuelvas a ella. Y no creas que no pienso disparar. Te tengo muchas guardadas.
El dios del engaño se había levantado del sillón, alzando las cejas sorprendido al ver el arma, pero sólo durante un instante. Después sonrió divertido, sin el menor rastro de temor.
–Por favor, querida. No seas niña –intentando controlar la risa, hizo un gesto casi imperceptible con dos dedos. Al instante, la pistola pareció deshacerse sola en la mano de Sigyn, como si estuviera hecha de arena. Ella contempló consternada cómo una de sus defensas ni siquiera había tenido oportunidad de hacerle nada, pero enseguida se rehízo y le clavó una mirada helada. Aún le quedaba la otra.
–¿Vas a obligarme a ir contigo? –le preguntó fríamente, girando sobre el sillón y dirigiéndose al balcón– ¿Hacerme ir a la fuerza, como todo lo que me obligabas a hacer?
–Preferiría que vinieras de buen grado –repuso él con tranquilidad, caminando hacia ella y situándose a su espalda. Sigyn se estremeció al sentirlo de nuevo tan cerca de ella, respirando contra su nuca–. Ya te dije que no quiero hacerte daño.
–No, claro –susurró ella–. Ya me hiciste daño suficiente para varias vidas.
–Lo que quiero es compensar eso.
–Nunca podrás compensarlo –dijo ella, cerrando los ojos para evitar que las lágrimas se le escaparan. Loki tomó entre sus dedos uno de los mechones de su cabello, cuyo recogido para entonces ya estaba casi totalmente deshecho por el movimiento y las tensiones, y se lo llevó suavemente a la nariz y a los labios, como aspirando su aroma. Ella estaba temblando.
–¿Por qué el cambio del color del pelo? Te queda bien, pero tu color original era muy hermoso.
–Lo hice para que nadie me encontrara. Incluyéndote a ti, Loki –repuso ella fallando miserablemente en su intento de conservar la voz firme. Él sonrió de nuevo.
–¿Creíste que cambiar el color de tu cabello haría que no te reconociera? No podría no reconocerte. Tendrías que cambiar tu rostro, tu voz... tus ojos. He soñado con esos ojos todas las noches.
Sigyn no contestó. Continuaba contemplando el cielo de la noche, la luna en sus tres cuartos escondida entre brumas. El corazón le latía tan violentamente que creyó estar sufriendo un infarto. Pero el dolor de corazón que experimentaba en ese momento era de una naturaleza muy distinta.
–¿Qué vas a hacer ahora, Sigyn? –insistió él, con aquella voz profunda suya, tan masculina; y el calor de su aliento posándose sobre su oreja– ¿Volverás a huir de mí?
Siempre el seductor, el embaucador.
–Loki... –murmuró ella, a punto de claudicar, de volverse hacia él y echarse en sus brazos llorando, pero de pronto su expresión se endureció. Ya había caído en esa seducción antes y no volvería a caer– Sí. Mientras me quede un hálito de vida, huiré de ti –dijo, y abrió la ventana. El frío aire de la noche penetró en la habitación, haciendo volar brevemente sus cabellos. Loki entrecerró los ojos.
–Espero que no tengas la intención de saltar.
–En absoluto –repuso Sigyn, alejándose del balcón lentamente y rodeando a Loki, situándose de forma que él quedaba entre ella y el balcón abierto–. Sólo que no quiero romper el cristal. El ruido podría llamar la atención –Loki pareció extrañado.
–¿De qué estás…?
Sigyn apretó su mano en torno a su colgante y sus ojos destellaron. De inmediato Loki notó que una fuerza invisible y gigantesca lo arrastraba como un huracán, impulsándolo por el hueco abierto del balcón y precipitándolo hacia el cielo, a unos veinte metros del edificio. No llegó a caer, por supuesto, sino que se quedó allí levitando en las alturas, con una expresión de absoluto asombro.
Ella regresó corriendo a su cuarto, a recoger la bolsa. Apenas disponía de unos segundos para huir, y fueron insuficientes. Cuando volvió a pasar por el salón, dispuesta a abandonar la casa, Loki había levitado de vuelta al apartamento, entrando por el mismo hueco por donde ella lo había expulsado. Sigyn se detuvo y dejó caer la bolsa en el suelo con fuerza rabiosa, ahogando otra maldición.
Loki aún continuó flotando durante un par de segundos, hasta que posó suavemente sus pies sobre la alfombra.
–Sigues siendo una caja de sorpresas, mi pequeña Sigyn. Al final veo que no te daba tanto miedo aprender mis artes. ¿Cómo lo has hecho?
–Tengo mis recursos, como tú los tuyos –escupió ella poniéndose en posición defensiva, e invocó un nuevo campo de fuerza–. Y como ya te dije una vez, si tengo que jugar a tu modo para defenderme de ti, lo haré.
Loki reprimió una carcajada.
–No me digas que… ¿pretendes luchar conmigo?
–Si es la única manera de que me dejes en paz, sí.
Él sacudió la cabeza.
–No tendría ni para empezar. Antes me has tomado por sorpresa, pero no deja de ser de aficionados. Mi poder es mil veces superior al tuyo.
–Probablemente más, pero no me importa. Sólo hay dos soluciones a esto: o me matas, o me dejas tranquila.
–Me inclino por la tercera: olvidas todo esto, y te vienes conmigo pacíficamente.
–¡Nunca! –ella liberó su energía, golpeándolo de nuevo en el rostro y haciéndolo trastabillar hacia atrás. Loki no tardó en recuperar el equilibrio, y para entonces ya no estaba tan sonriente. Se pasó dos dedos por el pómulo derecho, observando el par de gotas de sangre que habían brotado del golpe.
–De acuerdo, si lo quieres así… –siseó fríamente, y concentró su propio poder. Al instante Sigyn sintió todos sus músculos paralizados–. Me va a costar doblegarte sin hacerte daño, pero lo intentaré.
–¿Sin hacerme daño? –ella soltó una carcajada sarcástica– ¡Eso es nuevo! ¡Durante los años que estuvimos casados prácticamente no hiciste otra cosa!
–Eso va a cambiar… –dijo él, con la tensión conteniendo la rabia de su voz.
–¡Ya lo estoy viendo! –gritó ella, y al darse cuenta él la liberó de su poder paralizante.
–Lo siento –se disculpó, suspirando–. Por favor, no me pongas las cosas más difíciles. Regresa conmigo y déjame tratarte bien.
–Jamás –escupió ella, y levantó con su mente una pesada lámpara de hierro–. Tengo demasiadas cosas que cobrarme, Loki.
Él permaneció inmóvil e indiferente, esperando que ella le lanzara la lámpara, pero entonces la atención de ambos se vio distraída por un ruido metálico en la puerta. Unas llaves girando en la cerradura, y a continuación la puerta se abrió.
–¿Mamá? –se escuchó la fina voz de Tess en el recibidor– ¿Estás en casa?
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