–14–

La sangre y el color huyeron totalmente del rostro de Sigyn, quien dejó de nuevo la lámpara sobre el suelo. Al confrontar a Loki, había olvidado a Tess. Y Loki no sabía nada de ella, como demostró la expresión extrañada de su rostro. De hecho, se había quedado aún más pálido de lo que solía ser.

La muchacha avanzó hacia la sala de estar, sólo para encontrarse a su madre y a un desconocido de traje elegante y porte distinguido.

–Mamá, he escuchado tu mensaje –comentó, observando extrañada y algo recelosa a Loki, pero no hizo comentario alguno: después de todo, había sido ella la que le había sugerido que conociera a algún hombre en la fiesta, aunque le sorprendía que las cosas hubieran ido tan rápido como para que su madre lo trajera a casa esa misma noche–. Me tenías preocupadísima, parecía que se estaba quemando la casa o algo así. Y no he llegado tarde –añadió, mirando el reloj de pulsera y admitiendo de mala gana–. Bueno, sí, pero sólo un poco. Sólo son las diez y media.

–Vete, Tess –le ordenó Sigyn, con la tensión manifestándose en cada uno de sus rasgos–. Sal de casa ahora mismo.

–¿Qué? ¿Por qué? –se asombró la muchacha, alarmada ante el miedo que veía en el rostro de su madre– ¿Qué es lo que está ocurriendo aquí?

–¡Obedéceme! –gritó ella, angustiada.

–¡No hasta que sepa lo que pasa! –se obstinó su hija. En realidad, estaba tan preocupada como la propia Sigyn y no quería dejar sola a su madre con un extraño. Se había equivocado al considerarlo un ligue de su madre. Estaba claro que ella no quería que ese hombre estuviera allí.

Loki se había quedado paralizado durante un momento. La odiosa expresión de suficiencia que siempre lo había caracterizado había desaparecido para verse sustituida por un absoluto desconcierto, como diciendo "¿Qué significa esto?". Con los ojos muy abiertos, observó a Tess, después contempló a Sigyn como demandando una explicación que ella no parecía dispuesta a ofrecerle; para regresar de nuevo a la chica.

–¿Quién es, Sigyn?

–¿Quién es este hombre, mamá? –las preguntas de ambos, Loki y Tess, surgieron casi al mismo tiempo. Si alguna vez Sigyn había estado en una situación en la que se había sentido más agobiada, no lo recordaba.

–Euh… yo…

–¿Y por qué te llama… cómo ha dicho: "Sigyn"? –añadió Tess, atrayendo su atención la primera. Una confesión vergonzosa por vez, por favor.

–Yo… verás Tess, él es… –No sabía cómo seguir. No se le ocurría una forma sencilla o digna de decírselo, ninguna que no le dejase a ella como a la bruja mentirosa del cuento. Tal vez porque eso era precisamente lo que era.

–Sigyn… –insistió Loki, con un tono inflexible que reclamaba sin más demora una explicación. Ella volvió hacia él su mirada irritada. Con él, el asunto era más sencillo.

–Ella es mi hija.

–Hasta ahí llego –se cruzó de brazos, inquisitivo–. Lo que quiero saber es, ¿y de quién más?

Sigyn caminó con decisión hasta ponerse delante de Tess, como interponiéndose entre ellos. Como defendiéndola de él, pese a que no existiera una amenaza real.

–De nadie.

–Normalmente hacen falta dos para engendrar un hijo. ¿Quién es su padre? –hizo una pausa, conteniendo la respiración– ¿Acaso soy…?

–¡No! –exclamó ella antes de que Loki completara la pregunta– Fue… un mortal –dijo casi sin pensar–. Eso es, un mortal. Me quedé embarazada al poco de llegar a la Tierra.

–¿Qué? –Tras ella, Tess se quedó anonadada. No sólo lo que estaba oyendo no tenía nada que ver con lo que siempre le había contado su madre, sino que no entendía en absoluto la forma en la que hablaba. ¿"Mortal"? ¿"Al llegar a la Tierra"?– Mamá, ¿qué estás dicien…?

Sigyn alzó la mano con objeto de hacerla callar.

–Ahora no, Tess.

Loki avanzó tranquilamente hacia ella, y pese a su deseo de retroceder Sigyn no se movió ni un centímetro de su posición. El dios del engaño inclinó un poco la cabeza hacia un lado para poder ver detrás de Sigyn, aunque sólo fue un segundo ya que ella cambió su postura para volver a impedirle la visión. Pero ese leve atisbo que tenía de Tess era suficiente. Era imposible no percatarse del parecido de los rasgos entre los dos, de los ojos o el cabello.

–Así que un mortal, ¿eh? –dijo un tanto burlón. El escepticismo se notaba en cada una de sus palabras–. ¿Me vas a hacer creer que tuviste una relación con uno de estos mortales indignos, y…?

Sigyn se dirigió con pasos firmes hacia una vitrina llena de libros y sacó uno de ellos, de tamaño considerable y con pasta muy gruesa. Aunque Loki nunca había visto un libro de ese tipo, cualquier habitante de la Tierra lo habría identificado rápidamente con un álbum de fotografías.

Ella lo abrió y mostró a Loki cartulinas con imágenes que había pegadas en aquel libro. En varias de ellas se la veía a ella mostrando un avanzado embarazo. A su lado se veía un hombre sonriente que la rodeaba cariñosamente por la cintura.

–Lucas Black –informó ella.

Loki tomó de sus manos el álbum y contempló estupefacto la imagen. El hombre era alto, delgado y pálido, de cabello negro; bastante parecido a él mismo y por tanto también a Tess. La posibilidad de que Sigyn estuviera diciendo la verdad y que hubiera sido capaz de tener una hija con otro hombre le hacía temblar… de desolación, pero también de ira. ¿Para eso había venido desde Jotunheim, para ver aquello?

Tragó saliva para deshacer el seco nudo de decepción de su garganta. Tal vez lo mejor sería desaparecer y olvidarse de Sigyn y de aquella chica de la que por un momento se había sentido ilusionado por la posibilidad de ser su padre. Pero entonces la muchacha se le acercó, esquivando a su madre como si renunciara a estar en el campo "protegido":

–Un momento… yo a usted le conozco. Le he visto antes… –murmuró, y en ese instante su rostro se desencajó de la impresión– Dios mío, ¡es el hombre que sale en mis sueños!

–¿Qué?

–No digas tonterías, Tess –intentó detenerla su madre, pero ella no la escuchó.

–Sí, lo he visto cuando soñaba… en esa fortaleza negra, y rodeado de esos ogros azules… –se aproximó a él, fascinada; como deseando tocarle, aunque no se atrevió– ¡Es usted, estoy segura! Creí que nunca llegaría a verle, al menos mientras estuviera despierta. No pensé que usted fuera real…

Loki se quedó contemplando los ojos de la muchacha, del color exacto de los suyos. Después, cerró el álbum de fotos de un golpe, sonriendo otra vez arrogante tras haber descubierto la patraña.

–Conque un mortal. La hija de un mortal no sería capaz de soñar con otros Reinos. Los sueños clarividentes son comunes en mi raza –dijo, recordando a Angerboda.

Sigyn suspiró derrotada; la mentira con la que había intentado protegerse de la embarazosa verdad le había resultado tan inútil como el revólver, o incluso las prácticas de magia con Clea.

Loki no prestó atención a su desaliento. La increíble sorpresa y el shock de la primera impresión empezaban a desvanecerse como lo habían hecho cuando Hela le descubrió que Sigyn continuaba con vida, y ahora empezaba a notar las primeras verdaderas emociones a partir de aquella revelación, una realmente inesperada. Tenía otra hija. Pero también… una revelación maravillosa. Pese a su usual dominio sobre sus emociones, no pudo evitar que el gesto arrogante de sus labios se transformara en una breve sonrisa, asombrada pero feliz. ¡Tenía otra hija!

–¿Quién es usted? –insistió la muchacha con un hilo de voz

Loki se giró brevemente para observar la reacción de Sigyn. Ella contemplaba la escena con los puños apretados contra la boca. Parecía que aquello fuera algo que hubiera temido todo el tiempo, pero ahora que sucedía se sentía paralizada, impotente para evitarlo.

Manteniendo su expresión condescendiente, él se volvió de nuevo hacia Tess.

–Me parece que soy tu padre.

A su lado, Sigyn ahogó una exclamación contra sus manos, o tal vez fue un sollozo. Tess entrecerró los ojos con sospecha, un gesto idéntico al que Loki realizaba muchas veces.

–Mi padre está muerto.

Esforzándose por dominar la emoción que realmente lo embargaba –no era cosa de asustarla lanzándose a estrecharla en sus brazos–, Loki avanzó hacia ella con la sangre fría que era típica en él. Él y la muchacha quedaron frente a frente; ella estuvo a punto de retroceder, pero no lo hizo. Eso era buena señal, se dijo: era valiente.

–¿Quién, el de esa imagen? No muchacha, te equivocas. No sé quién es ese hombre, pero una cosa puedo asegurarte, y es que no es tu padre –se giró hacia su esposa–. ¿Quién es, Sigyn? Tengo curiosidad.

Ella apretó los labios obstinadamente.

–¿Quién es el de las fotos, mamá? –preguntó también Tess–. No es mi padre, ¿verdad? –Ahora tenía la voz quebrada, como si estuviera conteniéndose las lágrimas. Empezaba a darse cuenta de que todo aquello que había creído desde su infancia estaba construido sobre unos cimientos endebles, como hechos de arena y mortero, y ahora todo comenzaba a derrumbarse a su alrededor. Y el silencio de su madre la ponía de los nervios– ¡Dímelo!

El grito sobresaltó a Sigyn. No era la primera vez que Tess y ella se enzarzaban en una discusión a gritos, pero era la primera vez que Tess no gritaba por puro genio vivo sino porque tenía legítimo derecho a estar furiosa. No podía seguir mintiendo, pensó. Hasta ahora le había ido bien, pero por buena que fuera nunca lo sería tanto como lo era él.

Y Tess merecía saber la verdad. Aunque el precio que ella misma pagaría por aquello sería muy alto.

–Es… un actor –confesó–. Un chico ruso al que conocí cuando llegué a… a Estados Unidos. Le ayudé a traerse a su mujer y a sus tres hijos a América, y cuando quiso agradecérmelo le pedí que se hiciera esas fotos conmigo, como si fuésemos un matrimonio. Para tener una imagen de tu padre que enseñarte.

–¿Qué…? –musitó Tess, atónita.

–Te felicito, Sigyn –en las palabras de Loki había cierta burla, pero también una sincera admiración–. Una farsa muy bien construida. Por un momento he estado a punto de creérmela.

Bien construida, pero que se había venido abajo en un momento con la aparición del padre de verdad. Maldito, mil veces maldito, pensó rencorosamente Sigyn.

Estupefacta como jamás lo había estado, Tess volvió a centrar su atención en aquel desconocido que afirmaba ser su padre:

–¿Entonces usted es Lucas Black?

–No existe ese tal Lucas Black. Todo lo que te haya contado ella no son más que mentiras –afirmó él, inmisericorde–. Mi nombre es Loki Laufeyson. Por cierto, encantado –le alargó la mano en un amistoso intento de que ella se la estrechara, pero Tess no respondió. Seguía en shock por aquella increíble noticia.

–¿Loki? –repitió en voz baja– ¿Como el dios de las mentiras de la mitología nórdica?

–Sin el como –repuso él–. En fin, los mortales tienen una visión bastante adulterada de nuestra especie, le añaden demasiada fantasía a las historias que cuentan de nosotros. Pero sí, supongo que esa imagen se le puede acercar. Aunque eso de "dios de las mentiras" suena un poco rudo; prefiero "dios del engaño". Llega a ser lo mismo, pero queda algo más poético.

Tess dejó escapar una carcajada nerviosa.

–Intenta tomarme el pelo, ¿verdad? –la seriedad en la mirada de Loki la asustó, e intentando aferrarse a un poco de racionalidad, volvió a buscar el apoyo de su madre–: Mamá, este hombre dice que es… –se echó a reír nerviosamente de nuevo– ¡un dios nórdico! O me está vacilando, o está loco… Porque es así, ¿verdad? ¡Mamá, di algo!

Sigyn se apartó las manos de la cara, llevándoselas hacia el cabello y echándoselo hacia atrás. Ya se había descubierto su secreto, del todo y por ambas partes además, y estaba extrañamente tranquila. O tal vez se sentía demasiado abatida para estar histérica.

–Lo siento, Tess. No quería que te enteraras así.

–¿Qué? ¿Tú también estás mal de la cabeza? ¡Esto es una locura!

–¿Una locura? ¿De verdad lo es? –intervino Loki, y sin más conjuró una bola de fuego en su mano que sostuvo ante la mirada atónita de la adolescente, antes de hacerla desaparecer de nuevo–. No pequeña, no hay locura en esto. Sólo la realidad.

La muchacha bajó la mirada, intentando sin conseguirlo asimilar la enormidad de lo que estaba oyendo desde hacía sólo unos minutos. A Loki su expresión le resultó terriblemente familiar. Atrás, muy atrás en el tiempo, él debió haber puesto la misma cara cuando Odín le confesó, en la Cámara protegida del palacio de Asgard, que era un gigante de hielo, hijo de Laufey. Aquella chica estaba descubriendo, como descubrió él mismo en su momento, que su vida y todo aquello en lo que había creído hasta entonces habían sido una flagrante mentira. Y si sus sentimientos se parecían un poco a los de él en aquel entonces, sintió compasión por ella.

–Yo… yo… Dios mío, ahora todo tiene sentido.

–¿Qué es lo que tiene sentido? –quiso saber él.

–Hace un par de años me fui de viaje con unos amigos, fuimos a patinar a un lago helado, y el hielo se rompió y me caí al agua –contó ella en voz baja–. Mis amigos no pudieron rescatarme hasta varios minutos después, y dijeron que cuando me sacaron estaba totalmente azul. No quise decir nada a mi madre para no asustarla, pero según los médicos la hipotermia debió haberme hecho entrar en coma. Pero en vez de eso me recuperé enseguida. ¿Tiene algo que ver?

–Tiene todo que ver. Eres mestiza de Jotun.

–¿De qué?

–De gigante de hielo. El hielo es un elemento natural para ti.

–En-entonces… –comenzó a balbucear– ¿por eso a partir de ese momento empecé a hacer esto?

Con los ojos llenos de lágrimas extendió la mano, que empezó a tomar un color azul grisáceo. Ambos, Loki y Sigyn, contemplaron boquiabiertos cómo en su palma empezaba a formarse una costra de escarcha.

–Sí. Es por eso –dijo él al final, más sereno ante aquella revelación que su esposa.

–Dios mío, Tess… –susurró Sigyn– ¿Por qué nunca me has dicho nada de esto?

–¡¿Y tú me lo preguntas? –saltó Tess, encolerizada contra ella– ¡No es como si fuera yo la única que guardase secretos! ¡Estaba asustada, mamá, no sabía qué me pasaba! ¡Creía que era una mutante o algo peor! ¡Y ahora me entero de que mi padre es un dios nórdico o lo que sea que es él y que nada de lo que me dijiste era cierto!

Sigyn se levantó del sillón. Intentaba conservar la calma.

–Tess, escúchame. Yo sólo intentaba protegerte. Yo…

–¡Lo que has hecho ha sido mentirme desde que recuerdo! –chilló la chica– ¡Toda mi infancia he vivido sin padre pensando que estaba muerto cuando una sola palabra tuya hubiera podido cambiar eso! ¿Sabes lo que ha sido para mí crecer sin un padre?

Sigyn lanzó una mirada de odio a Loki, y éste le contestó con una expresión desafiante. Aunque la quería, no podía negar que sentía un mezquino placer viendo todas sus mentiras volverse contra ella, como las de Odín se habían acabado volviendo contra él.

–Tenía mis razones –la mujer intentó razonar con su hija–. Si me dejas que te explique…

–¡No quiero oír tus explicaciones! ¡Serían más mentiras, de todas formas! –Tess retrocedió, y se dirigió hacia la puerta.

–Hija mía, deberías quedarte y hablar –dijo Loki con tono amigable, pero tampoco él se libró de la ira de la muchacha:

–¡No me llame así! Aunque sea mi padre y a usted también le haya mentido mi madre, no le conozco de nada. ¡No es más que un extraño para mí! –volvió a fulminar a Sigyn con la mirada– ¡Ahora los dos lo sois!

Sin añadir más, salió por la puerta del apartamento, cerrándola de un portazo.

–¡Tess! –angustiada, Sigyn hizo el gesto de salir detrás de ella para detenerla, pero Loki se interpuso.

–Déjala. Sé cómo se siente. Necesita estar un tiempo a solas.

Sigyn continuó mirándole llena de rencor. Tenía ganas de atacarle y sacarle los ojos, darle un puñetazo o una patada, lo que fuera. Estaba muy, pero que muy furiosa con él; pero no tanto como para jugarse la vida atacándole físicamente, así que no le quedaba otra que contenerse.

–¿Te das cuenta de que cada vez que entras en mi vida, la derrumbas por completo? Creo que disfrutas haciéndolo.

–No disfruto, pero tampoco me das ninguna pena. No tienes nada que no te hayas buscado. Nos has ocultado a Tess y a mí el uno del otro durante todos estos años. A ella le has quitado a su padre, y a mí mi hija. Deberías alegrarte de que haya sido ella la que se haya enfadado, y no yo.

–Pero tú sabes muy bien por qué lo he hecho. Y da la casualidad de que su opinión sí me importa, al contrario que la tuya.

–Lo que ocurriera entre nosotros no tiene nada que ver con esto –arguyó él, indiferente a su despectiva y fría actitud–. Según acabo de ver, esa chica es mi hija y tiene mi sangre, por lo que no tenías ningún derecho a privarme de ella. Y a ella no deberías haberle mentido sobre su origen –añadió–. Sé lo que duele cuando alguien a quien quieres y en quien confías te miente.

–Yo también lo sé, Loki –le echó ella en cara–. Y como he dicho antes, sólo quería protegerla.

–Pfff. Protegerla –repitió él con desprecio–. Ya he oído esa excusa antes –Muchos años atrás, aunque eso no hacía que lo olvidase más fácilmente:

"Podrías haberme dicho quién era desde el principio, ¿por qué no lo hiciste?"

"Eres mi hijo. Únicamente quería protegerte de la verdad".

–¡Quería que tuviera una infancia normal y feliz, sin que tuviera que avergonzarse o tener miedo! –chilló Sigyn– Lo mismo que Odín y Frigga intentaron hacer contigo. Con tanta inteligencia que dices tener y nunca te entró eso en tu dura cabeza.

Racionalmente, Loki podía intentar comprender ese punto de vista. Su propia madre adoptiva, Frigga, le había dicho algo similar mucho tiempo atrás: "Te ocultamos la verdad para que no tuvieras que sentirte diferente".

Claro que se equivocaban. Frigga, Odín; y ahora Sigyn también. Sólo el hecho de ocultarle su verdadero origen transmitía indirectamente el mensaje de que era algo quedebía ser ocultado. Y cuando él averiguó la verdad, no sólo se sintió diferente –algo que al fin y al cabo se había sentido durante toda su vida, aunque nunca había sabido por qué–, sino también avergonzado.

Por mucho que Frigga, e incluso Odín si le daba el beneficio de la duda, tuvieran buenas intenciones, no pudieron haberlo hecho peor. Como decían los propios mortales, "el infierno está lleno de buenas intenciones".

–Es evidente que a ellos no les salió bien ese sistema, ¿por qué haces lo mismo con mi hija? ¿Por qué debería avergonzarse o tener miedo de lo que es?

¿Por qué tenía que sufrir ella lo que había sufrido él?, quería decir realmente. El traumático choque de la verdad contra la educación que había recibido en su infancia, llena de odio y prejuicios contra los gigantes de hielo, era la causa de que todavía, tantos años después, siguiera sin aceptarse realmente.

Por eso le costaba tanto regresar a su apariencia jotun pese a ser su forma original de nacimiento; y por eso procuraba, incluso en Jotunheim, rodearse de cuanto le recordara a su vínculo asgardiano, en eso Jormungand había tenido razón. Tanto tiempo creyendo ser un Odinson, lo único que lo había hecho sentirse importante, igual a Thor... para descubrir que ni siquiera tenía ese privilegio, jamás lo había tenido. Si le hubieran dicho la verdad desde el principio, seguramente nunca se habría sentido tan desilusionado.

Mentiras, mentiras, mentiras. El dios del engaño sólo había surgido como tal a partir del engaño de otro. Y comprendía mejor que nadie la furia y la decepción de aquella adolescente que acababa de huir del apartamento dando un portazo.

–No quería protegerla de quién es ella –replicó tajante Sigyn–. Nunca me importó que tuviera sangre jotun, como tampoco me importaba que la tuviesen mis otros hijos; ni siquiera que la tuvieras tú. Lo que intento protegerla es de quién es su padre. Protegerla de un hombre ambicioso y cruel cuyas intrigas llevaron a la muerte a sus hermanos. Haré lo que sea para evitar que la pongas en peligro a ella también, Loki. Lo que sea.

Él pareció meditar esas palabras. De acuerdo, tal vez Sigyn tuviera más razones para mentir a Tess que Odín y Frigga para mentirle a él.

–He aprendido de mis errores y te aseguro que no tengo intención de poneros en peligro.

–¡ eres el peligro! Sólo tenerte cerca de ella ya supone un riesgo que no pienso tolerar. La vida me dio otra oportunidad con ella, y no pienso dejar que lo destruyas todo, como haces siempre.

Sin embargo, Loki no parecía dar importancia a aquellos reproches. Parecía más concentrado en otro asunto:

–No recuerdo… ¿cuándo fue? ¿Cuándo la…?

–¿Cuándo la concebimos, quieres decir? –lo interrumpió ella– La noche de la cena de compromiso de Balder. La noche que me dijiste que no tenías intención de hacer nada para perjudicar a tu primo, maldito bastardo.

–No hace falta ponerse grosera –le reconvino él, algo ofendido, pero su expresión volvió a hacerse soñadora, nostálgica–. Así que fue esa noche. La recuerdo, la última noche que estuvimos juntos. Fue una noche maravillosa.

Las mejillas de la mujer estaban arreboladas por la cólera.

–¿Lo fue? ¿Es eso lo que recuerdas? Porque lo que yo recuerdo es cómo me tuviste de rodillas ante ti, llorando y suplicándote que no me abandonaras como siempre.

Él bajó la vista.

–Puede que el final no fuera muy bonito, pero el resto de la noche fue… oh, increíble. Y sé que también para ti fue especial. De todas formas, fuiste tú quien quiso que me quedara, diciendo que no querías seguir estando sola.

–Sólo porque tú me manipulaste de la manera más infame –contraatacó ella–. Y encima ni siquiera fue porque me desearas. Sólo lo hiciste porque querías distraerme de tus intenciones de hacer daño a Balder.

–Puede que al principio, pero enseguida cambió. Nunca fingí contigo en ese aspecto, Sigyn. Te deseaba entonces… –hizo una pausa, y añadió con mirada vehemente–, y te deseo ahora.

–¡Mentiroso! ¡Mentías entonces y mientes ahora! –gritó ella, sintiendo que aquella voz sensual y aquellas miradas empezaban a afectarle– Tess fue lo único bueno que resultó de aquella noche, Loki, y es mía, sólo mía. ¡Puede que biológicamente sea tu hija y que haya heredado un par de cosas de ti…!

–¿Un par de cosas? –él la interrumpió, riendo– Si se parece más a mí que a ti. Es más gigante de hielo de lo que nunca fueron Narvi o Váli.

–… pero no eres nada de ella –acabó ella–. ¡Y no vuelvas a hablar de ellos nunca más! ¡No eres digno de pronunciar sus nombres!

La sonrisa de Loki desapareció.

–También eran mis hijos, Sigyn… –dijo, empezando a sonar amenazador otra vez–, al igual que lo es Tess. Y estás loca si crees que pienso renunciar a ella.

A Sigyn comenzaron a temblarle los labios cuando cayó en la cuenta que su mayor temor se estaba haciendo realidad.

–Por favor, Loki. Tú aún tienes tus propios hijos, los que tuviste con Angerboda. Yo perdí a los míos, y sólo tengo a Tess. No me la quites. Es lo único que me queda.

–No quiero quitártela –repuso él, un poco sorprendido–. No voy a renunciar a ella, pero a ti tampoco. Pienso recuperaros a las dos. A mi esposa, a la que creía muerta, y a la hija que no sabía que tenía.

–Eso no pasará. No pienso regresar contigo, así que ya puedes ir olvidándolo –se dirigió hacia la puerta que Tess había cerrado de un golpe varios minutos antes y la abrió de nuevo–. Quiero que te vayas de mi casa, y que no vuelvas.

–No podrás tenerme alejado de ti para siempre, Sigyn –le advirtió él.

–Haré todo lo que esté en mi mano para ello –prometió ella–. Me imagino que si sabes dónde vivo, también sabrás dónde trabajo.

–Sí –asintió él, sin apartar sus ojos insondables de los de ella–. En la empresa que financia a esos amiguitos de Thor, esos llamados Vengadores. Te has unido a mis enemigos.

–¡No! Trabajo en Industrias Stark, pero no tengo nada que ver con Thor ni con los otros. Como el resto de asgardianos, él me cree muerta, y te aseguro que me he tomado muchas molestias para que eso siguiera así. Pero como no me dejes en paz, me obligarás a salir a la luz y a pedirle protección para las dos contra ti. No he querido hacerlo antes porque eso supondría que nos encerrarían en algún búnker perdido de la mano de Dios y nos gusta nuestra libertad, pero si insistes en acosarnos, tal vez empiece a considerar la idea.

Ante aquello, Loki sacudió la cabeza, sonriendo.

–Supongo que eso no me deja elección –Sigyn se sintió inquieta ante el significado de aquello, hasta que él añadió–: Tendré que retirarme… por el momento.

–Por el momento no. Para siempre.

Él se dirigió a la puerta que ella mantenía abierta, pero antes de salir se volvió de nuevo hacia ella. Ahora sólo estaban separados por unos centímetros.

–¿Y qué vas a hacer con Tess?

–Eso no es asunto tuyo –dijo ella, pero a pesar de todo añadió–: Intentaré explicarle, y espero que ella comprenderá.

–¿Y si quiere volver a verme?

–Ruego a Dios que no sea así. Y si lo es, se lo quitaré de la cabeza.

–Ya –agachó la vista–. ¿Crees que volverá pronto?

–¿Quieres despedirte de ella? Lo siento, pero no creo que vuelva por ahora –dijo ella, mirando hacia fuera de la casa–. Cuando se pone así, necesita un buen rato hasta que se tranquiliza.

–Me alegra oírlo –repuso él–. No lo decía por despedirme, sé que volveré a verla más adelante por mucho que intentes impedírmelo. Lo decía porque me sentiría algo incómodo si ella regresara y me viera haciendo lo que voy a hacer ahora.

–¿A qué te refieres? –preguntó ella extrañada, y una idea aterradora golpeó su mente. A su pesar, no pudo evitar retroceder un paso– Loki, como se te ocurra ponerme la mano encima, te juro que no respon…

Como siempre, él no la dejaba acabar las frases. Con inaudita rapidez, antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando y aún menos evitarlo, él la había tomado entre sus brazos y la estaba besando ardiente y posesivamente, como nadie había vuelto a besarla desde la noche en que concibieron a Tess; y como él mismo no había vuelto a besar a nadie, a pesar de todas las otras mujeres que habían pasado por su lecho. Si sólo al estrecharse las manos habían generado electricidad, sus bocas unidas produjeron una corriente de pasión arrolladora que circuló por los cuerpos de ambos, reavivando aún más si cabe el deseo que ya los habitaba.

Al principio, Sigyn intentó resistirse, zafarse de aquel abrazo abrasador. Pero él siempre había sido más fuerte, y además tenía que reconocer que tal vez no estuviera resistiéndose con todas sus fuerzas. Su mente decía "no", pero su cuerpo estaba a punto de tomar las riendas, y éste lo deseaba con tanta intensidad que Sigyn supo que no aguantaría más y se rendiría… justo como aquella vez, quince años atrás. Cuando quería, aquel hombre de comportamiento y corazón helados podía resultar el más ardiente de los amantes; ella lo sabía bien. Y la idea de repetir lo que había soñado aquella mañana pero ahora en la realidad debilitaba su voluntad, haciéndola desear con todas sus fuerzas parar de rechazarle, entregarse a aquel anhelo tan voluptuoso, tan profundo.

Afortunadamente, esta vez él se detuvo antes de que ella experimentara de nuevo aquella humillación. Aunque sin dejar de abrazarla, se separó unos centímetros y la observó con una complacencia gatuna en sus ojos verdes y una sonrisa satisfecha en los labios.

–Sí… –susurró sensualmente– Se siente como haber vuelto a casa.

Ante aquella nueva muestra de petulancia, Sigyn consiguió reaccionar. Lo apartó de sí de un empujón y, en un gesto al que jamás se hubiera atrevido en Asgard, le sacudió una bofetada con todas sus fuerzas. El rostro de él se movió un poco, pero no dejó de sonreír.

–Ya no soy aquella niña que no protestaba por nada, y que respondía a todo diciendo "mi señor" –le escupió, agresiva–. Ni tú eres mi príncipe tampoco, no te debo el menor respeto. Y lo que intentaba decirte antes de que me interrumpieras tan groseramente es que no me volverás a poner la mano encima. Nunca más–. aunque procuraba hablar con toda la firmeza que podía, sus labios aún le quemaban por el contacto del beso. Los sentía latir, la sangre golpeando contra ellos, acusando la presión de los labios masculinos, su calor. Protestando porque él hubiera abandonado el beso, deseando más.

Loki no pareció ofendido por la irrespetuosa reacción de ella, al menos aparentemente. Se limitó a pasarse el pulgar por la mejilla lastimada, como si en realidad hubiese disfrutado el golpe. La sonrisa aún permanecía en su rostro, pero había algo oscuro en ella. Y en sus ojos había vuelto a aparecer esa oscuridad letal que no toleraba la menor provocación: la oscuridad del tirano, del déspota dominador. Sigyn palideció y tragó saliva, arrepintiéndose de haberle desafiado. Como siempre, la semi cordialidad que había mostrado hasta el momento no dejaba de ser una eficiente máscara bajo la cual bullía la más siniestra malevolencia.

–¿Sabes? Por mucho menos de eso he matado a gente. Y no es una exageración.

Sigyn sintió que le temblaban las piernas y pese a su voluntad de mantenerse firme, retrocedió, alejándose de él.

Pero –continuó Loki, con gesto irónico y despreocupado–. Como te dije, quiero ser bueno contigo. Eres mi mujer y quiero que vuelvas a mi lado. Sé que en el pasado no te traté como debía, y por eso por el momento voy a transigir con ciertos comportamientos que en otras circunstancias no toleraría de nadie –Pareció reflexionar, y añadió–: Aunque te aconsejaría que no me pusieras demasiado a prueba. Quiero ser bueno, pero nunca fui tan paciente como tú.

Ella retrocedió aún más hasta que chocó con la mesa que había en el recibidor. Seguía pálida aunque las mejillas le ardían; y ya no eran las piernas lo único que le temblaba. ¿Se suponía que eso era una disculpa? Al pensarlo un poco, descubrió asombrada que para él, sí lo era. Aquello era lo más cercano a una disculpa que recibiría. Él estaba más guapo que nunca. Y tan aborrecible como siempre.

Desvió la vista. No quería seguir mirando aquellos ojos esmeralda, que la hacían sentirse más débil que todas las palabras que él pudiera decir.

–Qué magnánimo vienes ahora… después de todo lo que me hiciste –susurró–. ¿Que en el pasado "no me trataste como debías"? Es una buena manera de decirlo –esbozó una sonrisa sarcástica pero triste–. Un eufemismo de lo más elegante, como todos los tuyos.

Aquella calma digna aunque abatida, casi indefensa, empezó a hacer mella de nuevo en la provocativa arrogancia de Loki.

–Bien, sí. Sé que debí herirte mucho, y…

–No, no lo sabes. No tienes ni idea –se giró y le dio la espalda, pese al riesgo que eso entrañaba–. Me heriste como nunca nadie me había herido antes… en formas en que ni siquiera sabía que una persona podía herir a otra –contempló su propia imagen en el espejo del recibidor, como si fuera la primera vez que la veía–. Me anulaste. Me hiciste perder mi personalidad, mi dignidad, tú mismo lo dijiste.

–Eso no es cierto… –empezó a decir él, pero ella no le dejó seguir.

–Pero por más daño que me hicieras, una parte de mí seguía con esa estúpida esperanza de que podrías cambiar… de que podrías llegar a quererme. Pero nunca llegaste a hacerlo.

–En realidad, sí lo hacía –murmuró él–. Todo el tiempo. Pero… –"Pero fui estúpido y no me di cuenta". O simplemente no había querido darse cuenta.

–Pues lo disimulaste de maravilla –ella habló con severidad–. Me traicionaste con otra mujer, me ignoraste, me humillaste, me trataste con todo el desprecio del que eras capaz y más… Incluso… –vaciló, como si le costara aludir a aquello– Incluso me lastimaste físicamente. ¿Recuerdas la noche del funeral de Balder?

Él apretó los labios, muy tenso.

–Sí… aunque desearía que tú no lo hicieras.

–No es algo que se pueda olvidar. ¿Cuáles fueron tus "amorosas" declaraciones, la forma en que me demostraste lo mucho que me querías? –se volvió y se encaró con él con una mirada de fuego, escupiéndole las mismas frases que él le había dicho quince años atrás– "Te mataré"… "Puedo destruirte y lo haré"… "No tendré piedad contigo"… "No me vas a negar tu cuerpo"…

–No sigas, por favor… –la voz de Loki ya no era tan persuasiva ni seductora, ni tampoco provocativa. Ante aquellos terribles recuerdos, salía casi estrangulada, atribulada y atormentada al igual que su dueño.

–¿No? –chilló ella, totalmente iracunda– ¡Yo también te pedí que te detuvieras!

–…Y lo hice –intentó defenderse él–. Al final no llegó a ocurrir nada, ¿verdad?

–¡Oh gracias, su "generosa Excelencia"! –Sigyn empleó todo el sarcasmo del que era capaz– ¡Mil gracias por no haberme violado!

–El hecho es que no lo hice, no pude hacerlo –contraatacó él, intentando dar la vuelta a la situación. Por más que ella tuviera razón, nunca lo admitiría. Nunca la dejaría ganar en un duelo dialéctico sin luchar. Nadie le ganaba a él cuando se trataba de argumentar, tuviera razón o no–. Ni siquiera entonces era capaz de hacerte auténtico daño, no a ti, nunca a ti. Y te juro que no estoy orgulloso de lo que pasó. Te juro que si pudiera borrarlo, yo…

–Cada vez que dices "te juro que", me dan ganas de estrangularte –siseó ella–. Durante todo el tiempo, todo eran promesas, todo fueron "te juro que", y luego hacías lo que te daba la gana. Volvías con tus mentiras, y yo me las creía… o no me las creía pero al final acababa cayendo y siguiéndote el juego. Porque te quería, es verdad. Te quería…

Hizo una pausa, y durante unos segundos los ojos de ambos enlazaron sus miradas como volviendo a rememorar aquellos tiempos, aquellos sentimientos… que habían existido, y por parte de los dos además, por mucho que ella se empeñara en afirmar que no era así.

Pero ella bajó la vista al continuar:

–…Con énfasis en lo de "quería", en pasado.

Él fue incapaz de encontrar palabras para replicar mientras ella se volvía y se dirigía de nuevo hacia el salón, cerrando la ventana del balcón por el que no había conseguido expulsarle. Aunque él no se diera cuenta del frío y ella, con tantas emociones, no se hubiera parado a pensarlo, el aire invernal llevaba un rato entrando por la ventana abierta y la temperatura en la habitación era gélida. Parecida a como ella tenía el corazón, reflexionó Sigyn.

–Fui tan estúpida, ¿verdad? –sonrió tristemente, mirando de nuevo la luna entre brumas mientras hablaba–. Una completa estúpida. Por seguir creyendo que algún día cambiarías, que dejarías de hacerme daño… algo que jamás dejaste de hacer. Siempre volvías mintiendo… y siempre acababas haciendo lo mismo, una y otra vez. No sé quién de los dos era más incorregible, si tú fingiendo o yo esperando el milagro de que alguna vez dejase de ser mentira.

Se volvió un poco hacia él, y Loki sintió un nudo en la garganta al ver una lágrima, una sola lágrima, deslizándose por su mejilla.

–Y ahora vienes y dices que será diferente, que me tratarás bien… ¿De verdad esperas que te crea? ¿Pero por qué clase de imbécil me has tomado? La clase de imbécil que era antes, seguro. Pero… –se giró de nuevo hacia la ventana–… ya no soy esa imbécil. Acabaste con ella hace quince años, lo hicieras voluntariamente o no.

Despacio, como si temiera que fuera a desvanecerse en el aire o ponerse a chillar si lo hacía demasiado bruscamente, Loki volvió a acercarse a ella. Su aire arrogante se había desvanecido por completo ante los amargos reproches de su mujer. Deseaba abrazarla, convencerla de que, esta vez, sí decía la verdad, sí quería tratarla bien, hacerla feliz… pero ¿cómo convencer a alguien cuya confianza está destruida por completo? Era imposible. Pensó en mil excusas, en mil disculpas, todas elaboradas y conmovedoras… pero ninguna daría resultado. Su Lengua de Plata y su capacidad de persuasión ya no funcionarían con ella nunca más.

–Sigyn, yo… yo no…

–Vete, Loki –lo interrumpió ella–. Si de verdad me quieres como dices, déjame en paz.

Él no dijo nada. Su rostro sombrío apenas era un reflejo del pesar de su corazón. Alzó una mano, a punto de posarla en su hombro, casi sin poder reprimir el deseo de tocarla… de besarla de nuevo, esta vez de forma suave. Si sus palabras no la convencían, tal vez un nuevo beso, uno de verdad, uno que no diera la impresión de que pretendía dominarla…

Pero ella pareció leerle el pensamiento –¿también tenía telepatía?–, porque dijo:

–Por favor, no me toques. Ya me has lastimado bastante, ¿o es que aún no tienes suficiente? Mi cuerpo no puede soportar más dolor… ni yo tampoco. Por favor, sólo… vete –al final su voz se oía temblorosa, producto de estar intentando contener las lágrimas durante tanto rato y mantenerse firme a la vez. Dar una apariencia digna cuando era consciente de que sus lágrimas, como siempre, la traicionaban. ¡Cómo detestaba que él la viera llorar! Y detestaba aún más no poder hacer nada por evitarlo. Era como si aquellos quince años no hubieran tenido lugar.

Loki apretó los párpados, atormentado; pero Sigyn no podía verlo, y de haberlo visto tampoco habría atribuido aquel gesto a una actitud sincera. Lo oyó, más que verlo, retroceder. Escuchó algunos pasos suyos alejándose de ella, una pequeña detonación en la sala; y a continuación se hizo el silencio más absoluto.

Sigyn se volvió, sobresaltada por el ruido final:

–¿Qué…? –murmuró confusa. El salón estaba desierto y en completa calma, como si nunca hubiera habido nadie allí aparte de ella misma; pero aún se notaba el aire vibrando, una perturbación en el éter místico que flotaba en el aire, la energía universal que conectaba las de todas las demás cosas. Restos invisibles pero perceptibles del hechizo de teleportación del dios del engaño.

Ella tragó saliva. Quería apartarse de allí, pero le era imposible moverse. Temblaba como una hoja por la rabia, por el miedo… y por más sensaciones y emociones indescriptiblemente intensas e insoportables. Apoyó la frente contra el cristal de la ventana, de nuevo el corazón parecía querer salírsele del pecho. No quería llorar, no quería derrumbarse y ceder a su necesidad de desahogarse entre sollozos como otras veces, pero sabía que si se contenía sería peor.

–Loki… –susurró, aunque él ya no podía escucharla.

–*–*–*–*–*–

Atravesando las dimensiones que lo separaban de su hogar, Loki apareció en Jotunheim, en una montaña escarpada de hielo que estaba a poca distancia de su fortaleza. A veces solía ir allí cuando quería meditar, escapar de todo y estar solo, sin la posibilidad de que ni Lorelei o Amora, ni sus hijos, ni sus sirvientes pudieran molestarle y perturbar sus pensamientos. Allí no había nada ni nadie que pudiesen distraerle, sólo roca, hielo y un árbol muerto y petrificado probablemente mucho antes de que el propio Laufey naciera, puede que llevara allí desde la antigua era. Lo aislado de aquel sitio hacía que prácticamente nadie excepto Loki con su poder de teletransporte pudiera acceder a él, y por eso era uno de sus lugares favoritos.

Al marcharse de la casa de Sigyn en Midgard, no había pensado explícitamente en aquel lugar, sólo había deseado irse, volver a Jotunheim, a casa. Y allí estaba, en casa. Su hogar helado, cuyo silencio apenas era roto por el ululante sonido del gélido viento sobre la roca. Un hogar al que había vuelto solo. Se había prometido volver trayendo a su esposa, pero como con tantos otros planes e ilusiones que se había hecho, había fracasado. Y había fracasado porque, pese a todo, pese a que tenía la intención de ser lo más suave y amable posible para convencerla de volver, otra vez había vuelto a comportarse como un completo idiota.

De todos modos, su comportamiento del presente era un poco lo de menos. Aunque hubiera sido perfecto, sin una sola falla, no era ése el problema. El problema, ahora lo veía, era y sería siempre el pasado. Un pasado que él no podía cambiar, por muy buenos propósitos que tuviera.

Aunque imperceptiblemente, ahora él también temblaba; y por un motivo distinto a la bajísima temperatura de la cima de la montaña. Se llevó las manos a la cabeza y se echó el pelo hacia atrás como antes había hecho la propia Sigyn. Aunque en realidad sólo comenzó el gesto: a medio camino, sus dedos se engancharon en sus cabellos negros, mesándoselos como si quisiera arrancárselos de pura rabia.

"Sigyn…", se lamentó en silencio. Sin que ni él mismo se percatara, las lágrimas empezaron a rezumar en sus ojos. "Lo siento… lo siento de verdad. Me da igual que no me creas. Tienes que perdonarme… ¡Maldita sea, vas a perdonarme!"

Inspiró profundamente, recuperando su posición envarada y serena. Ni siquiera solo se permitía la libertad de manifestar exteriormente su tribulación interior durante demasiado tiempo. Ya bastante malo era sentirse débil como para encima también demostrarlo. No. No iba a actuar como Thor, perdiendo la cabeza ante la menor dificultad y dejándose guiar por sus impulsos. Tenía que enfocar aquello como hacía con el resto de sus problemas: de una forma práctica y racional. Debía encontrar una solución, y no podría hacerlo si se ponía a llorar como una doncella desvalida, pensó con desprecio hacia sí mismo. Si Ymir lo viera ahora, se reiría de él. Y Laufey, y Malekith, y Hela… por no hablar de Thor y Odín. Ninguno de ellos lo consideraría digno.

Emprendió el arriesgado descenso de la montaña. Para un mortal, o incluso para un asgardiano, sería peligroso, pero él la conocía como la palma de su mano e incluso distraído y con la mente en otra cosa, le era fácil bajar. Lo peor era el riesgo de resbalarse con aquellos delicados zapatos midgardianos, pero no era nada que no pudiera controlar. Podría volver a teletransportarse directamente a su habitación, pero el paseo le sentaría bien y el viento fresco –si se podía considerar aquellas temperaturas bajo cero simplemente frescas– le ayudaría a serenarse.

Lamentablemente, aunque él había esperado estar solo todo el tiempo y no encontrarse con nadie, no fue así. Cuando estaba llegando a la falda de la montaña, el sonido de unos amortiguados gruñidos llamó su atención. Cuando miró hacia el lugar de donde procedían, vio al gigantesco lobo encorvado sobre el cadáver de un oso polar aún más grande que él, su pelaje blanco casi totalmente teñido de rojo.

Fenrir masticaba ruidosamente y Loki apartó la vista, un poco asqueado. Siempre le había repugnado ver comer a su hijo en su condición de lobo; pero no por sensibilidad o escrúpulos, algo de lo que normalmente carecía, sino porque algún mecanismo perverso de su cerebro volvía a traer a su memoria lo que había ocurrido quince años atrás, en aquella maldita mina Norn. Ver a Fenrir comiendo le recordaba demasiado a aquella espantosa visión de Váli… Váli con su hermano…

Aquellos horribles recuerdos lo dejaron paralizado unos segundos, lo suficiente para que Fenrir se diera cuenta de su presencia. Extrañado, éste apartó el hocico ensangrentado del cadáver aún humeante del oso.

–¿Padre, qué haces aquí? –lo observó durante un instante, intrigado– ¿Por qué tienes esa cara? ¿Y qué haces vestido con ropas midgardianas?

Loki no contestó. Bajó la vista y continuó su camino en silencio, ante la mirada sorprendida de su hijo.

–¿…Padre? –insistió por última vez, pero en vano. Loki no volvió la vista atrás. Los ojos amarillos de Fenrir eran muy penetrantes, y por mucho que se las hubiera secado, no quería arriesgarse a que quedasen en su rostro restos de lágrimas congeladas que él pudiese ver.

Además, tenía mucho en qué pensar. No sólo en su mujer, sino en aquella chica de la que de pronto y de forma tan imprevista descubría su existencia. Pese a que su semblante inexpresivo, como siempre, no dejaba mostrar sus emociones, su corazón estaba sumido en el caos y en la turbación también por aquel descubrimiento inesperado. Jamás en su vida habría podido sospechar que tenía otra hija. Todos sus hijos, tanto los asgardianos como los jotnar, habían sido buscados y engendrados con unos propósitos muy específicos, y nunca habría podido imaginar que aquella nueva vida había surgido prácticamente por accidente de sus manejos con Sigyn.

Pero… cuanto más lo pensaba, más empezaba a emocionarle la idea. Si cómo había acabado aquél su primer encuentro con Sigyn le deprimía, el descubrimiento de que tenía otra hija lo animaba… de hecho le hacía bastante ilusión. Aquella adolescente de rostro angelical pero genio vivo como el de él mismo, era una segunda oportunidad. Para Sigyn, pero para él también. Para ambos. La vida le había quitado a Narvi y a Váli, pero ahora le compensaba haciéndole descubrir a aquella chica. Con Hela ya era tarde; incluso con Fenrir y Jormungand tal vez lo fuera, pese a sus esfuerzos para ganárselos. Pero esa chica no lo conocía: podría partir de cero con ella. Y era tan hermosa… Puede que superficialmente se pareciera a él, pero en su dulzura y en la belleza de su rostro se veía claramente la impronta de su madre.

Debería sentirse enojado con Sigyn, no sólo por haber escapado de él, sino por haberle ocultado –o creer que podría ocultarle– la existencia de su hija; pero tal vez ése era el poder del amor. Al igual que Lorelei con él mismo, ahora a él le costaba mucho mantener ningún tipo de enfado o rencor hacia Sigyn, incluso después de que ella lo desafiara de tal manera. Y como tan brutalmente le había lanzado a la cara, había tenido todas las razones del mundo para ello. Pero a Loki le satisfacía saber que ella lo había tenido presente durante todo aquel tiempo tanto como él a ella, aunque sólo fuera a través de esa hija que habían tenido en común.

La había herido del modo más espantoso, y de todas las formas posibles, sí. Había destruido prácticamente todas sus opciones con ella, y según sus palabras era imposible que lo suyo tuviese solución. Pero él estaba acostumbrado a buscar lo imposible. Encontraría la solución, aunque no existiese, aunque tuviera que inventársela, o buscarla en el último rincón del universo. La propia Sigyn lo había dicho una vez: él era el hombre más inteligente de los Nueve Reinos, y podía conseguir cualquier cosa que se propusiera. Y nunca antes se había propuesto algo más en serio. Haría que volviera y lo haría amarle, aunque tuviera que obligarla a ello. No a la fuerza –al menos había aprendido esa lección–, pero existían otras vías, más sutiles. Más propias del dios del engaño.

Se sacó la alianza de Sigyn del bolsillo de su chaleco y la contempló unos instantes. Al igual que había hecho con la suya propia, la guardaría hasta el momento en que ella decidiera volver a ponérsela, un momento que tarde o temprano llegaría, por mucho que ahora ella quisiera resistirse.

La recuperaría. Las recuperaría a las dos, madre e hija; pero sobre todo a la madre. Sigyn volvería a ser suya.

Ya lo era, sólo que ella aún no se daba cuenta.


Por fin asistimos al primer beso real entre nuestros protagonistas en este fic. Si os dais cuenta, es muy similar a su primer beso en EW, algo deliberado. Pero la reacción de ella (al menos externamente) es la opuesta a la que tuvo en el otro fic, como podéis comprobar.

Como supongo que os habréis percatado, la escena de Tess averiguando la verdad es el reflejo de la escena de la película, cuando Loki descubre sus auténticos orígenes. Y con la pobre Sigyn haciendo el papel de Odín XD Aclarar que el universo de Marvel es también el de los mutantes, por eso cuando Tess empieza a desarrollar esos poderes de hielo de los jotnar teme ser una mutante (os recuerdo que los mutantes no son muy bien considerados en el mundo Marvel).

Al igual que en los dos capítulos anteriores, debo agradecer la significativa contribución de Saku-Zelda, que hace unos cómics fanart tan preciosos y que me dan tanta inspiración que casi podría decir que la autoría de este capi es tan suya como mía. El diálogo entre Loki y Sigyn antes de que él se marche, aunque algo desarrollado, es todo obra suya; así como cuando él aparece en Jotunheim hecho polvo. Podéis ver el cómic en los links que posteo en mi perfil. Gracias por tus magníficas ideas y por dejarme utilizarlas.