–15–
Tess no volvió a su casa hasta una hora más tarde. Se había pasado todo aquel tiempo dando vueltas por la calle sin saber qué hacer, intentando asimilar toda aquella absolutamente increíble información que, inesperadamente y sin venir a cuento, le acababa de caer como una bomba.
Su padre estaba vivo. Eso ya era lo bastante fuerte, pero lo que la acababa de volver loca era todo lo que venía con ello. Ni siquiera era humano. Cómo los había llamado… ¿mortales? ¿Su padre era un dios nórdico? Si ella no había creído nunca en esas cosas. No podía ser. Su padre, aunque elegante, guapo y carismático –habría que estar ciega para no percatarse de tales aspectos–, debía estar loco. Y su madre también. Los dos estaban locos. Debían de haberse conocido en alguna terapia de grupo psiquiátrica para pacientes con delirios de grandeza divina.
Pero, entonces, ¿por qué ella jamás se había visto afectada por el frío extremo, ni siquiera el casi mortal que sufrió en el accidente del lago? Y… –lo peor de todo–, ¿por qué ella podía crear hielo sólo con sus propias manos? Y eso que había temido ser una mutante, por eso recientemente había asaltado a su madre con tantas preguntas sobre su padre… Pero estaba claro que había que tener cuidado con lo que se deseaba. Había deseado tanto conocer a su padre, pero ahora que sabía la verdad, casi habría preferido ser una mutante.
Ahora sabía que su padre, aquel elegante desconocido al que acababa de conocer en su casa, era el hombre que había visto tantas veces en sus sueños, rodeado de aquellos ogros azules –¿cómo los había llamado? Gigantes de hielo–, en aquel mundo helado y como de novela de fantasía. Poderoso, majestuoso como… un dios. Su padre era un dios. Estaba tan confusa… pero al mismo tiempo, todo parecía adquirir sentido por primera vez en su vida.
Desde pequeña, Tess siempre se había sentido un poco aislada, como alienada del mundo en el que vivía. Tal vez aquélla era la raíz de sus problemas de actitud. Todos los que la trataban siempre habían coincidido en una cosa: que pese a ser guapa e inteligente, en todo lo demás era un desastre. En su comportamiento, en su modo de ver el mundo, en sus relaciones con los demás. Nunca había sido como las demás personas que la rodeaban, ella lo sabía y ellos también. No tenía muy claro si lo que los demás –los "mortales", como su madre los había llamado– sentían hacia ella era envidia, desprecio o simplemente una intuitiva prevención hacia alguien que no era como ellos, pero el caso era que nunca se había sentido cómoda allí. Ni en Lubbock, ni en Nueva York… ni en ningún lugar de la Tierra. Y al final se había encerrado en sí misma, decidida a demostrarles a los demás que tenían razón al alejarse de ella… al temerla.
Sólo su madre había peleado por ella desde el principio, sólo ella había aguantado estoicamente sus cambios de humor, los líos en que se metía, sus caprichos, sus chiquilladas. Porque eso era lo que hacían las madres. Tess sabía que su madre la quería más que a nada en el mundo, y pese a su difícil carácter Tess también la quería a ella. Muchísimo. Era la única que jamás se había rendido con ella, la única que siempre había creído que podía ser mejor. Y precisamente por eso estaba tan furiosa por su mentira. Al parecer, su padre al igual que ella acababa de descubrir su existencia, y lo había visto casi tan sorprendido como ella misma. Pero su madre… Tess siempre había confiado en ella. Debería haberle dicho la verdad.
De nuevo utilizó sus llaves para entrar en casa, y se la encontró a oscuras. Casi mejor, eso significaba que, por lo menos su padre –qué raro era pensar así–, se había marchado. Una parte de ella habría querido quedarse antes y averiguar más cosas sobre él, después de tantísimo tiempo preguntándose cómo sería; pero otra estaba aún en pleno shock y casi no podía soportar verle ni someterse al examen de él. No sabía si satisfaría las expectativas… de un dios nórdico. ¡Maldita sea, un dios nórdico!
–¿Mamá? –llamó– Estoy aquí. Sólo he venido a buscar una muda de ropa y mi iPod, aviso. Me voy a quedar en casa de Sarah. No tengo ganas de quedarme aquí esta noche, aún estoy muy enfadada.
Lo cual era cierto, aunque se estaba obligando a hablar con más dureza de la que realmente sentía. Su madre, la persona en la que más confiaba en el mundo, le había mentido durante toda su vida. Su orgullo se había visto seriamente herido por lo que consideraba una traición.
Tess esperó respuesta, pero no la recibió. Lo cual era raro en su madre.
–¿Mamá?
Silencio de nuevo. La muchacha se adentró en la casa hacia el salón, donde había visto por última vez a su madre. Éste también estaba a oscuras y parecía desierto. Por un momento Tess temió que aquel guapo desconocido hubiera raptado a su madre… o la hubiera convencido para que se marchase con él, dejándola a ella sola. Pero sus temores se desvanecieron cuando oyeron un apagado sonido junto a la ventana. Su madre estaba ahí, pero seguía sin decir palabra. Tess se acercó, dándose cuenta de que tenía el rostro hundido entre sus manos.
–Mamá… –murmuró, notando que el enfado empezaba a desvanecerse para ser sustituido por una espantosa sensación de aprensión– ¿Estás bien?
Su madre por fin sacó la cara de entre sus manos y la miró, y Tess se asustó cuando vio que tenía las mejillas bañadas en lágrimas negras por el maquillaje corrido. Estaba llorando, como ella no recordaba haberla visto llorar desde que era pequeña.
–¡Mamá! –se apresuró a correr hacia ella y abrazarla. Sigyn respondió al abrazo, aferrándose al pecho de su hija como si fuera su tabla de salvación, sin dejar de sollozar– Dios mío mamá, ¿qué ha ocurrido?
–Tess, mi vida… –dijo la mujer entre lágrimas– Lo siento. Siento haberte mentido. Por favor, no te vayas. No podría resistirlo.
–Tranquila, mamá –conmovida, casi a punto de llorar ella también, la chica acarició el cabello de su madre–, no me voy a ir a ningún lado. ¿Pero qué ha pasado, por qué estás así? ¿Te ha dicho algo mi pa… ese hombre? ¿Te ha hecho algo?
Algo más tranquila por la certeza de que su hija no la dejaría, Sigyn se separó un poco, limpiándose las lágrimas. Volvía a recuperar el dominio de sí misma, aunque aún se sentía débil y emocionalmente devastada por todo lo que había ocurrido aquella noche.
–Sí –contestó a la pregunta de su hija–. Ha regresado. Eso es lo que me ha hecho.
–*–*–*–*–*–
De vuelta a Jotunheim, Loki no tuvo que enfrentarse a demasiadas preguntas por su ausencia de esa noche, aunque era cierto que de haberlas tenido, no habría respondido ninguna. Sus hijos ya lo conocían lo bastante como para no arriesgarse a provocarle pidiéndole explicaciones, Amora como siempre iba a lo suyo y en cuanto a Lorelei, afortunadamente estaba encerrada en sus aposentos en medio de uno de sus períodos depresivos, lo cual le venía a él muy bien porque así le dejaba en paz. Paz era una de las cosas que el dios del engaño, que podía permitirse prácticamente todo, no tenía muy a menudo, ni interior ni exterior; y por eso mismo una de las cosas que más apreciaba.
Aunque después de la extraordinaria revelación de que su mujer estaba viva y el intenso reencuentro que habían tenido en Midgard, lo que era paz interior no tenía demasiada, la verdad. Su mente aún seguía lidiando con las agridulces emociones que henchían su corazón tras su primer reencuentro con su mujer tras quince años separado de ella.
Era feliz por saber que ella estaba viva, que aún tenía una oportunidad con ella; pero también había descubierto que ella le odiaba y no quería saber nada de él, o eso afirmaba. Pese a la seguridad osadamente irónica que había mostrado ante Sigyn, y aunque estuviera seguro de que tarde o temprano ella volvería a su lado, estaba algo deprimido después de la forma en que ella le había echado en cara lo mucho que la había hecho sufrir. Y también se sentía enojado, ya que después de eso se daba cuenta de que le iba a costar más trabajo del que tenía previsto hacerla regresar.
De hecho, en aquel momento se encontraba de bastante mal humor porque no veía solución a aquel dilema de hacerla volver sin obligarla a ello por la fuerza, algo que iría totalmente en contra del efecto que quería conseguir. Y encima ni siquiera podía dedicar toda su atención a pensar en ello, ya que tenía que concentrarse en los planos que estaba examinando de la nueva nave de guerra que iba a construirse especialmente para atacar Asgard. Por mucho que el corazón tirara de él, haciéndole distraerse de su trabajo –algo que siempre se había jurado que no haría, lo cual lo irritaba el doble–, lo primero era lo primero.
–No. ¡No! ¡Está todo mal! –exclamó al final, impaciente. Realmente estaba de muy mal humor; y aunque no quería pagarlo con Sigyn, eso no quería decir que el resto del mundo a su alrededor disfrutara del mismo privilegio. Poco le faltó para lanzar los planos al enano que se los había traído–. No quiero un motor nuclear. Quiero una vela de plasma.
–¿Una vela de plasma?
–Sí, tiene que ser un velero, una nave como los drakkar de la antigua era. Pero no cualquier tipo de velero. Necesito un diseño donde las velas sean redes que generen un campo magnético capaz de interceptar el plasma interestelar para obtener impulso.
El ingeniero enano, llamado Eitri, parpadeó aturdido.
–Pe-pero eso es muy difícil, mi señor. Es un diseño demasiado ambicioso para ser concluido en…
–Lo ambicioso es mi campo –lo cortó Loki–. Construisteis para ese inútil de Freyr una nave buenísima que apenas utilizaba para nada útil. ¿Es que no deseáis hacerlo para mí?
–Por supuesto que no es eso –Eitri pareció ofendido.
–¿Entonces es que les he dado a los ingenieros enanos, que se jactan que pueden construir cualquier cosa, más de lo que pueden morder? –Loki provocó al enano con una mirada mordaz, consiguiendo por fin obtener una respuesta acalorada pero firme. Si los enanos eran orgullosos en una cosa, era acerca de su habilidad tecnológica y constructora, y detestaban que se dudara de ella.
–Claro que podemos hacerlo. Pero os saldrá caro. Y más aún si pretendéis tenerlo en el plazo que habéis fijado, teniendo en cuenta las dimensiones tan gigantescas que exigís.
–Sí, ya sé la importancia que le dais los enanos a cobrar… –rezongó Loki, frotándose los labios con gesto inconsciente y malhumorado–. Puedo pagaros y lo sabéis. Todo lo que me pidáis, el dinero no es problema. Duplicaré o incluso triplicaré vuestra tarifa si es lo que hace falta para que pongáis a todos los malditos enanos de Nidavellir a trabajar en el encargo, pero tiene que estar terminado para el próximo invierno –ordenó sin rodeos. El oro no significaba nada para él. Ahora podía permitirse derrocharlo como si fuera paja.
Eitri, al ver abierta la opción del cuantioso salario, pareció ablandarse y respondió con una sonrisa y una leve reverencia.
–Como deseéis.
Loki hizo una mueca de desprecio. Todos los enanos eran iguales cuando se trataba del dinero, pensó, pero eso era una ventaja para él porque los hacía predecibles.
–¿Y qué es esto del nuevo material? –inquirió, echando de nuevo un vistazo al plano.
–Es un material que hemos sintetizado en nuestros laboratorios. Es una fibra nueva, altamente resistente y también flexible ya que hemos agregado diversos polímeros orgánicos: fibras de quitina y de queratina.
–¿Queratina? ¿La proteína que tenemos en las uñas y el cabello?
–Así es, mi señor. Nuestros recientes estudios nos han indicado que aumentan la flexibilidad y dureza del material, e integradas con el carbono proporcionan una mayor resistencia a las radiaciones sufridas por la nave en el espacio exterior. Todas nuestras pruebas de laboratorio indican que es uno de los mejores materiales para construir naves de guerra interestelares, aunque sería la primera vez que realmente lo llevaríamos al terreno práctico.
–Qué curioso… queratina –murmuró Loki. "Uñas de los hombres muertos", creyó recordar que había leído–. Está bien, procede con el nuevo material. Pero necesito un diseño nuevo y totalmente original la semana que viene.
–¡¿La semana que viene? Mi señor, eso es muy poco tiempo…
–Tenéis siete días y ni uno más; para mí sería suficiente y para vosotros debe serlo también. Recuerda que tiene que estar construida para el invierno. Todo el tiempo que os retraséis con el diseño, os lo quitáis de la ejecución. Y al igual que os pagaré más que generosamente si está lista y a mi gusto para ese momento; ten presente también que castigaré cualquier retraso o error con una dureza que no podéis ni imaginar. Te aseguro que no tendré la menor misericordia con vosotros: los de tu raza no sois de mis favoritos precisamente. ¿Me he expresado con claridad?
El miedo había aparecido otra vez, sustituyendo a la codicia, en los ojos del ingeniero Eitri.
–Sí, perfectamente, mi señor.
–Bien, pues retírate y ponte a trabajar ya mismo. Haz algo que se te pueda agradecer.
Reclinándose sobre su asiento y con una sonrisa calculadora y satisfecha en los labios, Loki contempló cómo el enano se apresuraba a escurrir el bulto, sus pequeñas y retorcidas piernas moviéndose con toda la velocidad que podían para sacarlo de allí. Le gustaba que le temieran, tanto como miedo le había causado uno de ellos a él en el pasado. Diminuta escoria avariciosa, qué asco les tenía. Y qué suerte tenían ellos de que los necesitara. De no ser así, tal vez habría intentando repetir con ellos la jugada que probó con los gigantes de hielo, y seguro que en esa ocasión Thor no estaría allí para estorbarle. Tal vez lo hiciera después de la guerra, si sobrevivía.
Bien, resuelto lo más perentorio del trabajo, al menos por el momento, le quedaban siete días por delante sin nada verdaderamente urgente que hacer. Ahora podía dedicar su tiempo y sus energías a resolver su otro problema, tan importante como el primero, aunque su solución era bastante más peliaguda.
Sigyn. En realidad no había esperado que ella se hubiese echado en sus brazos nada más verle, sabía que era demasiado esperar… pero tampoco había pensado que ella le odiara tanto, después de quince años. Y sabía que seguramente tenía todos los motivos para hacerlo, sólo que… él lo había olvidado. Tras aquellos quince años de añorarla y esos sueños tan emotivos y melancólicos con ella, su memoria selectiva había actuado de forma poderosa y sólo recordaba los momentos dulces que habían pasado juntos. Ni había imaginado que ella sólo recordaría los amargos, que tenía que reconocer que habían superado en número, aunque no en intensidad, a los primeros.
Pero también había habido de los primeros. Su amor tenía que haber estado sustentado en algo real, no sólo en sus sueños y fantasías, ¿no era cierto? Aparte de sus hijos, que ya estaban muertos y ya no podrían hacer nada por salvar su unión, y esa hija nueva pero que Sigyn reclamaba como una huella de su manipulación más que de su amor, había habido también unos cuantos años buenos antes de que él perdiera la cabeza con esa estúpida idea de que su matrimonio y sus sentimientos por ella lo apartaban de su meta.
Recordó con una sonrisa nostálgica aquellos primeros días en que él llegaba de su trabajo en el Observatorio y la encontraba estudiando para ponerse a su nivel, y las noches en que después de hacer el amor se quedaban charlando durante horas… porque, además, en aquel momento poca gente más quería hablar con él en palacio. Bueno, tanto como charlando… en realidad era él quien hablaba y ella se limitaba a escuchar. Nunca nadie había vuelto a escucharle como lo hacía ella. Más que el sexo, más que la ternura, más que la admiración… tal vez había sido aquello lo que lo había hecho empezar a enamorarse de ella. El hecho de que de verdad lo escuchara.
Su padre, Thor, el Consejo, incluso su madre… todos ellos parecían escucharle cuando hablaba, pero siempre tuvo la sensación de que ninguno de ellos acababa de tomarle totalmente en serio, como si estuviera bromeando, o mintiendo, o simplemente lo que dijera no tuviera el menor valor. Con Sigyn jamás tuvo esa impresión. Ella siempre le escuchaba y le miraba como si cada cosa que dijera fuese una verdad incontestable, y lo más importante del mundo.
Si él no había olvidado aquellos buenos momentos, seguramente ella tenía que recordarlos también. O, si los había enterrado en lo más profundo de su memoria, debía haber una manera de hacerlos salir. Tenía que hacerlos salir. Ella también lo había amado, todavía lo amaba, sólo tenía que recordárselo.
¿Pero cómo? Ella no quería dejarle volver a acercarse a ella para lograrlo. Debía tener presente su amenaza de llamar a Thor, o a los odiosos amigos mortales de éste, si intentaba volver a contactar con ella; y sabía bien que las amenazas de su mujer no eran una cosa para tomarse a broma, como tampoco lo eran las suyas propias. No temía a los Vengadores, pero tampoco quería que interfirieran. Seguro, a él le encantaba combatir con ellos, esas contiendas épicas con las que disfrutaba un montón, pero su presencia crearía un clima indeseable para la reconciliación.
Mas aquello no sería un problema para un cambiante como él. Si Sigyn no quería tener a su marido cerca –por el momento–, tendría a otra persona. O a él con la apariencia de otra persona, alguien en quien confiara, alguien que la hiciese bajar la guardia. Así él podría penetrar en su mente y conocer sus secretos, aquellas debilidades que pronto le servirían para rendirla y hacerla caer en sus brazos de nuevo. Puede que ella no fuera una presa, pero indudablemente era un objetivo, y por tanto cabía suponer que los mismos métodos que utilizaba con sus víctimas serían eficaces con ella también. Después de todo, no quería hacerle daño como creía Heimdall. La meta de aquello era que volviera a su lado y él pudiese hacerla feliz. Y el fin justificaba los medios. Siempre.
Entonces, ¿quién sería? ¿Qué forma adoptaría para abordarla? Tenía que ser alguien que ella conociera y en quien confiara. La respuesta más inmediata sería Thor, pero sacudió la cabeza con disgusto. Puede que fuera la solución más lógica, pero a Loki le desagradaba profundamente la idea de adoptar su forma. Además, ¿y si en algún momento la veía acercarse demasiado a él pensando que era su hermano, como ocurrió en aquella fiesta tantos años atrás? Sólo pensar en ello lo llenaba de unos celos oscuros y devoradores.
No, Thor quedaba descartado. ¿Quién podía ser? ¿Alguno de los amigos mortales de Sigyn? Imposible, Loki no los conocía y no sabía qué reacciones tendrían, de forma que podría incurrir en algún error fácilmente; y no tenía tiempo de ponerse a estudiar a nadie. Tenía que ser una persona que él conociera también, de forma que estuviera al corriente de todos los detalles de la relación entre esa persona y Sigyn y de la cual pudiera imitar su comportamiento. No debía haber fallos en su actuación.
Entonces la respuesta le vino a la cabeza, disipando la oscuridad de sus dudas tan claramente como el nuevo día ilumina tras la noche. Y su rostro de nuevo reflejó aquella expresión satisfecha y calculadora que solía poner cuando avanzaba un paso más en su plan.
–*–*–*–*–*–
–¡Tess, baja la música! –gritó Sigyn desde la cocina. En la habitación de la chica, el estruendo de la música que tenía puesta en el ordenador no disminuyó ni un ápice, y continuó resonando por toda la casa.
Sigyn resopló, secándose el sudor de la frente con la manga del jersey y gesto fatigado, ya que tenía las manos ocupadas con el cuchillo y sucias de cortar la verdura para el acompañamiento de las hamburguesas de la cena. Había pasado el día un poco como atontada, después de todo lo ocurrido la noche anterior.
Apenas había podido dormir, se había pasado la noche llorando –como siempre que su marido reaparecía en su vida– y en ese momento estaba agotada, asustada y muy enfadada consigo misma. Quince años de fortaleza e independencia tirados a la basura: cuando Loki asomaba su altiva nariz por el horizonte, ella siempre retrocedía a su época de vulnerable adolescente. Casi no había podido reunir las fuerzas necesarias para llamar a Mabel y disculparse por su espantada de la noche anterior. Se justificó alegando que la habían llamado porque había surgido un problema familiar imprevisto y bastante grave. No era una completa mentira, después de todo.
Afortunadamente Mabel era muy amable y no le reprochó demasiado que la dejara sola durante el resto de la fiesta. Que Sigyn le prometiera que renunciaría a su comisión para dársela a ella tuvo algo que ver, pero aun así Mabel estaba de muy buen humor. Aun sin la presencia de Sigyn, la fiesta había sido un completo éxito y habían recaudado más que todos los años anteriores, de modo que Pepper Potts la había llamado personalmente desde Hong Kong para felicitarla por la gestión. Sin duda, uno de los principales motivos de tan brillante resultado había sido la generosísima donación del misterioso doctor Golmen, comentó Mabel. "¿A que era guapo? Por cierto, teníais un rollo muy raro vosotros dos, ¿seguro que no os conocíais?". Cuando Sigyn oyó esto, le dieron ganas de colgarle el teléfono a aquella mortal, pero habría sospechado algo. Así que se limitó a negarlo todo y a hacerse la tonta, algo que siempre se le había dado de maravilla.
Ahora Sigyn no sabía qué hacer. No podía simplemente tomar a Tess y salir corriendo, como había sido su impulso la noche anterior. No sabía bien dónde estaba Loki en ese momento, pero sí sabía una cosa: si intentaban huir a donde fuera, él lo sabría y volvería a encontrarlas. ¿Qué haría, entonces: intentarlo a pesar de todo, o recurrir a Thor o a Tony Stark? Pero esa última idea la desagradaba en algún rincón de su mente que ella desconocía. Así que se tomaría unos días de reflexión, hasta que agotara el plazo de dos semanas en su trabajo que le había marcado Pepper Potts, mientras decidía qué hacer. Con un poco de suerte, se le encendería la bombilla y se le ocurriría alguna buena solución para escapar de esa situación de entre la espada y la pared en que se encontraba.
Soltó el cuchillo, apartó la carne del fuego y la tapó para que no se enfriara. Después se lavó las manos y se encaminó, de mala gana –no le apetecía tener un nuevo enfrentamiento pero sabía bien que era lo que iba a pasar– hacia el dormitorio de su hija. Hubiera llamado a la puerta, pero jamás la habría escuchado con todo ese ruido, así que optó por abrir la puerta y quedarse en el quicio, contemplando a la muchacha con una mezcla de cariño y miedo.
Tess estaba sentada ante el ordenador mascando chicle mientras navegaba por Internet, una estampa que Sigyn conocía bien de haberla visto prácticamente todas las noches desde que su hija aprendió a usar una computadora. En el cuarto, la música resonaba a un volumen aún mayor.
–¿No me has oído? –dijo Sigyn, intentando adoptar un tono no demasiado autoritario pero a la vez hacerse oír– Te dije que bajaras la música. Los vecinos van a empezar a quejarse.
La muchacha no hizo ni dijo nada y por un momento Sigyn pensó que era incapaz de oírla, pero tras unos segundos resopló de mala gana y movió el ratón para hacer lo que le pedía. Pero ni se giró ni la miró. A pesar de que hubiera accedido a quedarse tras ver sus lágrimas de la noche anterior, eso no quería decir que no siguiese furiosa con ella ni que estuviera dispuesta a ponérselo fácil, no señor. Cuando se enfadaba, podía ser tan dura y pertinaz como… bueno, como el propio Loki.
Sigyn entró en el cuarto y se sentó en la cama, intentando adoptar un tono razonable.
–¿Piensas seguir mucho tiempo más sin hablarme?
Silencio. La mujer insistió suavemente:
–He hecho hamburguesas caseras. Y de postre hay helado de chocolate, el que te gusta.
Entonces Tess habló, y su voz tenía un tono amargo.
–Ya no tengo cinco años, mamá. ¿De verdad esperas que lo olvide todo sólo porque has hecho mi cena favorita?
Sigyn contuvo sus ganas de ponerse a gritarle. La entendía, y estaba intentando armarse de paciencia, pero... ella también estaba bajo una gran tensión, y la actitud de Tess no la ayudaba. Pero no estaba molesta con ella, su hija no tenía la culpa de reaccionar así. Estaba molesta con la situación… y sobre todo con el principal causante de ella. Y no pudo evitar que su respuesta reflejara esa irritación.
–Por Dios Tess, ese hombre irrumpe en nuestras vidas, ¿y es conmigo con quien te enfadas?
Por fin la chica apartó la vista del ordenador.
–No es él quien me ha estado mintiendo durante casi quince años.
–Lo sé, lo sé… –Sigyn suspiró–. Te he mentido. Y lo siento, pero no tenía otra opción.
–No tenías otra opción –repitió Tess, obviamente poniendo en duda dicha afirmación–. Mamá, si quieres que no me acabe yendo de casa, vas a tener que decirme la verdad.
–Está bien –asintió ella apresuradamente–. Pregúntame lo que quieras. Te diré toda la verdad, ya sí.
Tess se giró totalmente hacia ella, expectante. ¿Por dónde empezaba?
–¿El hombre que vi ayer en casa… es realmente mi padre?
Sigyn suspiró. Otra vez.
–Sí.
–¿Y es verdad lo que dijo? ¿Es Loki, el dios de las mentiras, o el engaño, o como demonios sea?
Sigyn inspiró durante unos segundos para aclararse las ideas antes de contestar.
–Sí… y no. Sí es quien los mortales identifican con el dios del engaño de los mitos nórdicos. Aunque en Asgard también lo llamaban así, pero no es un dios propiamente dicho… –se detuvo, consciente de que no se estaba explicando bien.
–Un momento –la interrumpió Tess–. ¿Mortales? ¿Asgard? No me estoy enterando de nada. ¿Sois dioses o no?
–No. ¿Cómo te lo explico…?
Trabajosamente, a trompicones, le fue contando la historia de los reinos del Yggdrasil, de Asgard, del transporte del Bifrost, y de cómo los primeros asgardianos, al llegar a la Tierra, fueron tomados por dioses por los primitivos moradores de la Escandinavia del siglo X. Por perspicaz que fuera Tess, le llevó un rato, no porque no entendiera lo que estaba diciendo, sino porque se veía claramente el escepticismo pintado en su rostro. Aun así, Sigyn intentaba explicarse lo mejor que podía:
–¿Te acuerdas de esa película que vimos hace tiempo, Stargate? Esa película donde una civilización parecida a la egipcia era controlada por una raza alienígena más avanzada, y a los que consideraban como sus dioses. Pues a los Aesir les ocurrió algo parecido con los vikingos, los confundieron con dioses. Y parece que a partir de sus primeras expediciones a la Tierra, ellos mismos copiaron esa costumbre de los mortales y empezaron a llamarse entre sí como si fueran dioses, aunque realmente no lo fueran. Como una especie de apodo: si alguien se caracterizaba por algo, ya decían que era el dios de tal o cual cosa. Una costumbre estúpida… –murmuró como para sí.
–¿Qué son los Aesir?
–Es el término en lenguaje antiguo que designa a los asgardianos, mi especie.
–¡Sí, claro, qué lógico todo! –exclamó ella, aumentando aún más su sarcasmo– ¡Y me lo dices tan tranquila! ¡Me estás diciendo que somos extraterrestres, como ET!
–No lo saques todo de quicio –se defendió Sigyn, irritada–. Creo que los mortales, quiero decir los habitantes de la Tierra, y los asgardianos debemos tener algún tipo de origen común, por eso somos tan parecidos biológicamente –reflexionó–. Sólo que ellos son más frágiles, menos resistentes y viven menos. Me imagino que ellos deben ser una versión empobrecida de nosotros.
–Así que por eso no te he visto envejecer ni un solo día desde que recuerdo.
–Sí, así es. En teoría en Asgard tienen sus propios mecanismos para retrasar el envejecimiento –comentó, recordando las manzanas de Idunn–, pero aun sin eso los asgardianos envejecemos mucho más lentamente que los mortales. A ti también te ocurrirá. Cuando llegues a la edad adulta, dejarás de envejecer, al menos tan rápidamente. Podrás permanecer joven durante siglos.
Tess resopló. Realmente todo aquello era una enormidad para asimilarlo de una vez. Pero ella ya había tenido tiempo de pensarlo todo desde el día anterior, o incluso antes de eso ya empezaba a abrir su mente a esos otros mundos a través de sus sueños que creía fantasiosos, pero que ahora se demostraba que reflejaban una increíble realidad.
–Ya. Pero por lo que escuché, papá no es como vosotros. ¿Qué dijo que era? Un… –se detuvo, sin poder recordar bien el término.
Sigyn detestaba entrar en ese terreno pantanoso, pero no tenía otro remedio. Lo había prometido.
–… Un jotun, un gigante de hielo.
–¿Y eso qué es?
–Otra de las razas de los Nueve Reinos del Yggdrasil.
–¿Esos ogros azules que vi en mi sueño?
–Supongo que sí.
–Pero papá no es como ellos. No es azul, ni tiene pinta de ogro. ¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
–La verdad es que no tengo ni idea.
–¿Y él podría decírmelo?
Sigyn dejó pasar unos segundos antes de responder:
–Preferiría que no volvieras a verle.
–¿Que no vuelva a verle? –saltó Tess indignada– Dios mamá, ¡es mi padre! ¿Por qué le odias tanto? Siempre creí que él era una especie de príncipe azul a cuyo recuerdo eras fiel incluso tanto tiempo después.
–Pues estabas muy equivocada. Loki es de todo menos un príncipe azul –Aunque sí que era un príncipe, y e incluso en ocasiones también debía de ser azul, pero desde luego no era el concepto de príncipe azul que tenían las jovencitas románticas como Tess. Malditas películas de Disney, se dijo.
–¿Por qué os divorciasteis?
Sigyn se envaró. En realidad no estaban divorciados legalmente… recordó de nuevo las palabras de Loki acerca de que le habría concedido el divorcio si se hubiera quedado en Asgard. No era que le hubiera creído en ningún momento: incluso quince años después, ese hombre seguía mintiendo más que hablando. Pero la posibilidad de que hubiera dicho la verdad existía, y sólo al pensarlo le daban ganas de golpearse la cabeza contra una pared.
Pero la pregunta de Tess… Sigyn estaba preparada –bueno, no lo estaba– para responder a casi todas las preguntas de Tess sobre sus verdaderos orígenes, después de todo tenía derecho a saberlo. Pero no, cuando se trataba de la relación entre Loki y ella. No quería hablar de ello. No podía soportar hablar de ello.
–Fue… un mal matrimonio.
Tess se quedó en suspenso por un segundo, pero no tardó en reaccionar.
–¡¿Un mal matrimonio? –alzó la voz– ¿Me estás diciendo que has huido durante quince años y me has ocultado de mi padre porque tuvisteis un mal matrimonio?
Sigyn bajó la mirada, incómoda. Sabía lo que Tess quería decir. Ella tenía un montón de amigas hijas de parejas divorciadas más o menos civilizadamente, y se preguntaba por qué sus padres no eran una de ellas.
–Fue un pésimo matrimonio –puntualizó–. Y no quiero hablar más de eso, es demasiado personal.
–¿Personal? Estamos hablando de mi padre. ¡Claro que tiene que ser personal!
–Mira Tess, no tengo la menor intención de discutir contigo mis problemas de pareja con tu padre, ¿de acuerdo? –advirtió, con un tono firme que advertía que no pensaba cambiar de opinión respecto a ese punto. Y la chica lo comprendió así, ya que renunció a insistir sobre el tema… por el momento.
–Vale –asintió, pero no le dijo a su madre que no renunciaría a enterarse de qué había ocurrido de una u otra forma–. Al menos, podrás hablarme de ti, quiero decir de tu verdadero yo.
Ella asintió cansadamente.
–Está bien.
–No te llamas Sibyll de verdad. ¿Cómo te llamó ayer él?
Ella contestó de mala gana:
–Sigyn.
–¿Sigyn? Es realmente extraño, ¡pero me gusta! ¿Tiene algún significado concreto?
Ella se encogió de hombros.
–Creo que quiere decir "amiga de la victoria" en lengua antigua, pero no sé por qué me pusieron ese nombre, ni quién me lo puso. Nunca conocí a mis padres.
–¿Y eres una diosa también?
–Tess, ya te he dicho que no éramos…
–Ya sabes lo que quiero decir. ¿Eras la diosa de algo?
Ella se revolvió incómoda en su asiento. Entraban en un tema que no le gustaba nada.
–Yo… eso decían.
–¿De qué?
–Preferiría no tener que…
–¡Mamá, prometiste que me dirías la verdad!
–¡Vale, vale, de acuerdo! –exclamó Sigyn de mal humor. Tenía unas ganas horribles de acabar la conversación y librarse de la curiosidad inagotable de su hija– En Asgard me llamaban… eh… –vaciló– la diosa de la fidelidad.
Tess parpadeó, sorprendida.
–Diosa de la fidelidad –repitió, sin expresión.
–Nunca me gustó ese apodo. La verdad es que me lo pusieron sin que yo…
–Diosa de la fidelidad –volvió a decir Tess, e inmediatamente se echó a reír–. Sí, creo que te pega. Aunque ahora que lo pienso… no deja de tener gracia que la diosa de la fidelidad abandonara a su marido.
–Repito que nunca me consideré diosa de nada –"Si acaso, de la estupidez", añadió para sí, irritada–. Sólo era fiel a mis sentimientos. Y si lo abandoné, fue porque era necesario. Lamento haberte privado de tu padre, de verdad que sí, pero créeme que era lo mejor para nosotras.
Su hija clavó en ella sus ojos esmeralda, tan parecidos a los de Loki.
–¿Y para él?
–¿Cómo que para él? ¿Qué quieres decir?
–Debió dolerle que le dejaras. Y enterarse de que tenía una hija de la que no ha sabido nada en quince años.
Sigyn miró hacia otro lado. Su rostro mostraba la misma indiferencia implacable que a menudo se veía en el semblante del propio Loki.
–Me da igual lo que él haya sentido o dejado de sentir; él jamás se preocupó por lo sentía yo. Para empezar, lo más seguro es que no le importemos un bledo –espetó, causando que la chica frunciera el ceño.
–¿Y si es así, entonces por qué te ha buscado?
"Para fastidiarme la vida otra vez", estuvo a punto de decir ella, pero se contuvo.
–No lo sé. Tal vez para recuperar su propiedad. Él se crió entre asgardianos, y éstos tienen un concepto muy anticuado del matrimonio. Ya sabes, el "juntos hasta que la muerte nos separe" y cosas así.
–No creo que sólo fuera eso. Ayer parecía tan contento de vernos… contento de verte.
Sigyn miró hacia abajo, hacia sus manos. Su anular derecho aún mostraba la señal blanca de la alianza que se había quitado la noche anterior. Se sentía un poco rara sin su anillo después de haberlo llevado desde que podía recordar.
Sí, Loki se había comportado de forma diferente a la habitual. Pese a su inicial actitud provocativa y arrogante, en sus palabras finales Sigyn había creído ver un atisbo de tristeza… de ternura. De arrepentimiento.
Pero no era la primera vez que él se mostraba falsamente contrito y nostálgico del pasado como modo de manipularla. La última vez que ella había caído ante esa fachada suplicante y conmovedora, él se la había llevado a la cama y destrozado su corazón después; una vez más, entre tantas otras que lo había hecho. Y recordando aquel momento, se endureció de nuevo. No, ni hablar. El "numerito" del marido arrepentido y enamorado no volvería a funcionar con ella. Nunca más.
–Puede ser el mejor actor del mundo. Por algo le llaman el dios del engaño.
–Y a ti te llamaban la diosa de la fidelidad, y ninguna de las dos cosas significa nada –replicó agudamente su hija–. No mamá, dudo que estuviera actuando. Había algo sincero en él, en sus ojos… en su forma de mirarte.
Ella hizo una mueca escéptica.
–¿Ah sí? Ayer lo viste por espacio de, no sé… ¿cinco minutos? ¿Y ya crees que lo conoces mejor que yo?
Tess se encogió de hombros.
–Tal vez no, pero podría conocerle mejor si lo dejaras entrar en casa.
Sigyn se levantó, envarada por la tensión.
–Ni hablar.
–¡Vamos mamá!, no digo que vayas a volver con él si no quieres, pero podrías dejarle venir de visita… –Tess dejó de hablar al ver la cara de su madre–… O que yo quedara con él, a tomar un helado o algo…
–No –dijo ella tajante.
–¡Pero mamá…!
–Te lo he dicho antes, no quiero que vuelvas a verle.
–¡Pero yo quiero conocerle! –se obstinó Tess– He estado investigando en Internet y en los libros de mitología nórdica y es el más misterioso de los dioses de ese panteón. Sí, ya sé que no es un dios… –se corrigió al ver que Sigyn iba a volver a protestar–. Pero lo que dicen los libros y las páginas en Internet es tan contradictorio… que si es el dios del fuego, que si es el dios de las mentiras… Pero en la mayoría de esos sitios no he encontrado que sea tan malvado como lo quieres pintar.
–Me da igual lo que sea o deje de ser, te prohíbo que vuelvas a verle –espetó Sigyn con severidad–. Sea lo que sea, es un hombre que no nos conviene tener en nuestras vidas.
–¿Pero por qué? ¿Qué es lo que te hizo para que lo odies así?
Ella apretó los labios en un obstinado silencio del que ni todos los enfados de su hija la harían salir. Aunque realmente consideraba a Loki un bastardo insensible, no era algo que le pudiera decir a Tess. Ella tenía sus propias y muy firmes opiniones sobre el hombre con el que se había casado, pero algo dentro de ella le impedía que escupiera todo el veneno que la corroía por dentro hacia su hija. Tess no se merecía que intentara manipularla en una guerra sucia contra su padre. Pero… ¡qué difícil era mantener el equilibrio! ¡Y cuánto le habría gustado que Tess lo dejara todo estar! Claro que eso era demasiado pedir. En una adolescente normal habría sido díficil, de modo que en alguien tan curiosa e inquieta como su hija, era imposible del todo.
Aun así pensaba intentarlo, aunque fuera imponiéndoselo a la fuerza. Era su madre y la había criado durante toda su vida, eso tenía que valer más que la fascinación que aquel guapo y misterioso padre surgido de la nada había despertado en ella.
–Tampoco quiero que sigas investigando sobre él en Internet ni en ningún otro sitio –dijo simplemente–. Prácticamente todo lo que los mortales saben o creen saber de él o de nosotros, son mentiras, fantasías. Leer esas estupideces no te hará ningún bien, sólo confundirá tu mente.
–¿Cómo lo sabes? ¿Tú has leído esas historias?
–No, pero me da igual –Sigyn había evitado forma sistemática cualquier referencia a Loki (o el personaje que los mortales identificaban como el dios Loki) desde que estaba en la Tierra, tanto en libros como en cualquier otro soporte de información. Se había esforzado todo lo posible en olvidar a su marido y andar investigando lo que los mortales decían de él no le parecía muy buena manera de conseguirlo–. Si te vuelvo a ver mirando ese tipo de basura, te quitaré la conexión a Internet. Y el móvil también.
La muchacha abrió la boca para cerrarla inmediatamente, consciente de que el tono de su madre era mucho más amenazador que en otras ocasiones y que su amenaza de castigo mucho más fácil de cumplirse. Aun así, ya no era indignación lo que se veía en su lindo rostro: ahora era directamente cólera, una cólera que volvía a hacerla más semejante a su padre. Volvió a abrir la boca, esta vez seguramente con una incisiva réplica en los labios, pero en ese momento el sonido del timbre de la puerta la interrumpió.
Ambas mujeres se quedaron mirándose, enfrentadas y sin que ninguna de las dos quisiera ceder terreno ante la otra. El timbre de la puerta se escuchó de nuevo. Sigyn frunció el ceño: no esperaba a nadie. ¿Quién podía ser a esas horas? Tal vez algún vecino que había ido a quejarse al final por la música, pese a que Tess hubiera bajado el volumen. Y Sigyn se sentía demasiado fatigada psicológicamente para más enfrentamientos.
–Tess, ¿quieres ir a ver quién es? –suspiró, rindiéndose a pedirle a su hija que hiciera una cosa que debería haber salido de ella– Por favor.
Resoplando impaciente, la chica se levantó del asiento. Aún no era tan rebelde como para ignorar una orden directa de su madre.
Cuando ella dejó la habitación, Sigyn se frotó las sienes, notaba que le volvía el dolor de cabeza. Tess ya no volvería a confiar en ella. Ya nunca más serían "su hija y ella contra el mundo". La confianza, la intimidad que había existido entre las dos, había desaparecido. Rota por su mentira, sí; pero también por la forma brutal en la que Tess había descubierto la verdad. Si hubiera tenido la oportunidad de explicárselo todo poco a poco, ir haciéndoselo entender, ella…
Claro que había tenido esa oportunidad durante quince años y nunca se había atrevido a aprovecharla, con lo cual gran parte de la responsabilidad era suya; pero aun así era más fácil echarle la culpa a alguien de fuera. Loki. Otra cosa que tenía que "agradecerle" a Loki. Todo lo malo que le ocurría en la vida, era por su culpa. Si pudiera verle de nuevo, le aporrearía esa hermosa cara de expresión arrogante. Por dejarla al descubierto con su hija, por haberle obligado a revivir aquel pasado tan doloroso, y también por hacerle de nuevo lo mismo que tantos años atrás, robarle un beso tan ardiente que le había dejado las rodillas temblorosas. ¿Pero cómo se atrevía a besarla otra vez, después de todo lo que le había hecho? La desfachatez de ese hombre no conocía límites.
Lo peor era lo débil que se había sentido ella al verle, al tener que bailar entre sus brazos, al confrontarlo y descubrir que lo que quería de ella era que regresara a su lado. Había sido fuerte e independiente durante todos esos años, pero al verlo de nuevo toda su fortaleza se había venido abajo y ella se había vuelto a sentir tan débil como en el pasado, durante su espantoso matrimonio. De nuevo volvían la indefensión y el miedo. Miedo de él –pese a su afirmación de que no le haría daño, estaban las cosas como para fiarse–, pero sobre todo miedo de lo que él la hacía sentir.
Sólo saber que él había vuelto la hacía sentirse tan débil, tan asustada… tan sola. Tan necesitada de consuelo. Habría dado lo que fuera por tener alguien con quien hablar, con quien poder desahogarse de todo lo que llevaba dentro. Pero no podía hacer eso con ninguna de sus conocidas de la Tierra. Se llevaba bien con la mayoría de las compañeras de la Fundación, pero a ellas no podía decirles la verdad. Y ni siquiera podía contar con Tess. Aunque su hija hubiera confiado en ella como siempre –cosa que ya no ocurría–, no quería traumatizarla revelándole qué era realmente su padre, todo lo que había hecho; o que había tenido dos hermanos que habían terminado de una forma espantosa.
Ojalá tuviera una verdadera amiga, pensó. Ahora la necesitaba más que nunca.
Tess regresó a la habitación.
–Has tardado mucho –observó Sigyn–. ¿Era algún vecino quejándose, o…?
La muchacha sacudió la cabeza, tenía una expresión un tanto extraña en la cara que inquietó a Sigyn.
–No será tu pa… –se interrumpió: aún le costaba pensar en Loki en términos de "padre de Tess", aunque lo fuera–. Bueno, ya sabes quién.
Su hija negó de nuevo.
–Es una mujer. Y dice que es amiga tuya –hizo una pausa, y añadió–. De Asgard. Está esperándote en el recibidor.
–¿Qué? –Estupefacta, Sigyn se levantó y se dirigió al salón. Su hija la acompañó con actitud irónica.
–Ayer era mi padre, hoy una amiga de Asgard… ¿vamos a recibir la visita de todos los dioses nórdicos o qué?
Sigyn ignoró el malicioso comentario con un gesto malhumorado. Estaba demasiado intrigada por la identidad de la misteriosa visita.
La mujer permanecía de pie en el recibidor, aguardando y observando todo lo que la rodeaba como si le resultara lo más extravagante del mundo, pese a que no podía haber nada más común que aquel espejo, la mesita o los cuadros de bebés vestidos de flores. Tomó una foto enmarcada de la mesita, una que mostraba a unas sonrientes Sigyn y Tess cuando era más pequeña, seguramente en algún cumpleaños, y la contempló largamente.
Era alta y muy hermosa; y su larga cabellera oscura le daba un aspecto enigmático y majestuoso. Vestía con ropas asgardianas de color verde oscuro, y bastante ajustadas –imitando el estilo de Amora la Encantadora–, con lo que el conjunto resultaba siniestramente sexy.
Cuando Sigyn la reconoció, al principio le costó salir de su estupor; pero pronto la sorpresa desapareció para ser sustituida por una sensación de intensa felicidad y nostalgia. Era como si el cielo hubiese escuchado sus plegarias.
–¡Dios mío…! –Se precipitó a abrazarla y la mujer le respondió, oprimiéndola contra su cuerpo con delicadeza y cerrando los ojos, como si abrazarla la emocionara casi más que a la propia Sigyn– Oh Sif… me alegro tanto de que estés aquí.
"Sif" no dijo nada, sólo estrechó aún más el abrazo y sonrió. Aquella disimulada sonrisa maliciosa se reflejó contra el espejo del recibidor, y por un instante sus ojos parecieron disolverse en un mar de fuego verde, para al segundo siguiente recuperar su –falso– color azul.
Pero ni la madre ni la hija se percataron de aquel sutil cambio.
Para las que sólo conozcáis la peli y no tengáis ni idea del cómic, durante un tiempo Loki se quedó sin cuerpo (una larga historia) y se vio obligado a sobrevivir poseyendo el de Sif, por lo que en esa etapa se vio como una mujer, ¡y una mujer muy sexy! En esta historia no posee a Sif, sólo adopta su forma para ganarse la confianza de Sigyn. Y su presencia va a dar bastante juego a la situación, jejeje… Como interiormente sigue siendo un hombre, seguiré hablando de él en masculino; salvo cuando pase al POV de Sigyn que lo ve como una mujer.
En cuanto a la nave en cuyo diseño van a trabajar los enanos, se trata de Naglfar, la nave en la que (según la Völuspá), Loki atacará Asgard en el Ragnarök. Es una nave con forma de drakkar, las naves de combate vikingas, pero que a la vez tiene tecnología para moverse por el espacio, para atravesar las dimensiones de Jotunheim hasta Asgard sin necesidad de utilizar el Bifrost. La paranoia de la queratina es porque, según la leyenda, la nave está hecha "con las uñas de todos los hombres muertos", y he leído en Internet que un polímero reforzado con ese material tiene mayor flexibilidad. También leí que los exoesqueletos de las cucarachas tienen quitina, y que son lo suficientemente resistentes para soportar las radiaciones de una guerra nuclear. En fin, como os dije, muchas paranoias científicas de alguien que no tiene idea de ciencia (¿dónde está el Doctor Selvig cuando se le necesita? XD).
Eitri es uno de los enanos que aparecen en la mitología nórdica. Era hermano de Brok (que ya apareció en EW), aunque en esta historia no tienen ningún parentesco. En los mitos, Brok y Eitri (denominados Hijos de Iwaldi) construyeron el nuevo cabello de Sif, la lanza de Odín Gungnir, el martillo Mjolnir, y también Skíðblaðnir, el que se dice que fue el barco mejor construido de aquella época, y que pertenecía al dios Frey. En el fic, Eitri también estará a cargo de la construcción de Naglfar.
