–17–

El espejo devolvía al dios del engaño una imagen de lo más tentadora: una bellísima mujer de largos cabellos oscuros y ojos azules, mínimamente vestida con un conjunto de sujetador y bikini de encaje color dorado y con florecitas verdes bordadas. La sugerente estampa, que en otras circunstancias hubiera despertado su deseo –al igual que el de cualquier hombre que se preciara–, le irritaba cuando recordaba que era su propio reflejo lo que estaba contemplando.

Pese a todas sus protestas y las veces que le había dicho que no se molestara, al final Sigyn había cumplido su "amenaza" y lo había llevado a aquella tienda para que él –ella– pudiera renovar su ropa interior, pero no estaba siendo en absoluto la experiencia festiva que prometía la situación. Estar de incógnito en aquel lugar donde tantas chicas, muchas guapas y jóvenes, se paseaban con esas prendas minúsculas en la mano, y algunas incluso desnudándose para probárselas… un obseso sexual como Fandral, en su lugar, se habría sentido como un niño en una tienda de caramelos. Él no. Él estaba cada vez más incómodo, más molesto y más irritado. Sólo eran mortales, después de todo.

Arrugó la nariz con desprecio: aquello era una pérdida de tiempo. Cuando tenía un propósito en mente, detestaba cualquier desviación del plan que le conducía a alcanzarlo. Él había viajado a la Tierra para recuperar a su mujer, no para disfrazarse y perder el tiempo en esas estupideces.

–¿Cómo vas, Sif? –oyó la voz de Sigyn desde fuera del probador.

–Bien –contestó él lacónicamente, aún luchando contra el broche de aquel endemoniado sostén. Él sabía quitarlos perfectamente cuando era otra persona quien los llevaba puestos, pero para quitárselos a sí mismo, era diferente. Aquel broche, aquel atuendo, y la imagen de aquella hermosa mujer que una vez él había deseado y ahora era la esposa de su peor enemigo (y por extensión, enemiga suya también), todo aquello le ponía de mal humor. Estar en esa tienda probándose lencería sexy no entraba, en absoluto, dentro de sus planes.

–¿Puedo pasar? –pidió Sigyn desde fuera. Tras recibir el permiso deseado, entró en el probador y se quedó pasmada contemplándola con una admiración similar a la que Tess había mostrado al verla a ella vestida de gala. Una admiración no del todo exenta de su puntito de envidia, pero eso era algo que Loki no podía saber.

–Guau Sif, ¡estás realmente preciosa! A Thor le vas a encantar con esto, de verdad.

Él no pudo evitar torcer el gesto, como siempre que el nombre de su medio hermano salía a relucir y lo pillaba desprevenido. Sigyn malinterpretó su expresión de desagrado:

–Esto no es lo tuyo, ¿verdad? –pareció reflexiva, recordando que Sif, como guerrera, nunca había sido muy asidua a la ropa, afeites y demás aficiones femeninas sobre moda. Él se volvió hacia ella con los brazos cruzados.

–A decir verdad, no, no demasiado.

–Bien, como quieras. Sigo pensando que estás guapísima, pero no te voy a obligar, faltaría más –sonrió–. Nos vamos enseguida.

–Menos mal –murmuró Loki casi con un gruñido.

–¿Perdón? No te he oído.

–Nada –repuso él, y de nuevo volvió a su pugna con el broche. Estaba considerando seriamente el romperlo o utilizar la magia para quitarlo, cuando Sigyn se adelantó con una sonrisa.

–Deja que te ayude. Estos broches son especiales, requieren un poco de práctica –comentó llevando sus manos a su pecho y soltándolo sin llegar a rozar la piel. Loki contuvo el aliento al tenerla tan cerca de él, con sus respiraciones mezclándose. Verla mirándole con tanto afecto, mostrándose tan confiada… Casi le daba pena por ella. Casi.

–Ya está –añadió ella, y se alejó dos pasos esperando a que Loki acabara de quitarse el conjunto. Loki se quedó mirándola con cara muy seria, a lo que ella soltó una risita–. Vale, vale, ya me voy… estoy en el probador de al lado. He visto un modelo que me gusta y voy a ver qué tal –añadió mientras salía–. No te importa, ¿verdad?

Él se encogió de hombros. Mientras no fuera él quien tuviera que ponérselo, le daba igual. No le gustaba especialmente llevar ropa de mujer, aunque debía aguantarse ya que era lo que iba con el "disfraz", y Sigyn habría sospechado si él se hubiese empeñado en llevar ropa de estilo completamente masculino. Pero había ropa de mujer y "ropa de mujer". Los vestidos tenían un pase –qué remedio–, pero aquellas prendas tan minúsculas y sexys… no, ni hablar. No para él, al menos.

Una vez solo, Loki procedió a vestirse. No tenía paciencia para esas tonterías y la poca que tenía se le agotaba con rapidez, pero debía controlarse y mantener como fuera su papel de "amiga simpática", algo que le costaba el doble porque hacía mucho que no tenía que fingirse simpático con nadie. Y con respecto a la amistad… él no tenía amigos. Su único amigo, en un tiempo muy antiguo, había sido Thor, algo que había acabado hacía mucho.

Estaba adoptando la forma de un cuerpo extraño, fingiendo tener un carácter extraño y en un reino extraño, recordó. No resultaba sorprendente que aquel papel que interpretaba le estuviera resultando el más difícil de su vida.

Cuando, ya vestido –con un sobrio traje de punto de una pieza en color negro–, entró en el probador de al lado, se dio cuenta de que Sigyn se estaba probando un conjunto similar al suyo pero en color azul.

–Esto… perdona –dijo apartando la vista y haciendo el gesto de salir de nuevo, pero Sigyn la detuvo:

–No, tranquila, quédate. Necesito la opinión de otra chica –se giró hacia él–. ¿Qué tal me queda?

Él la contempló casi sin respiración. Lo que en él mismo había considerado humillante, por mucho que tuviera el cuerpo de Sif, en Sigyn le parecía una visión irresistible. A poco menos de un metro de él, su esposa se le mostraba en todo su dulce encanto; pero tras unos segundos se obligó a bajar la vista. No podía permitirse que el anhelo en su mirada lo delatara.

–Estupendo –gracias a la práctica durante aquellos días, había conseguido que la voz le saliera firme en ese tipo de situaciones, pero aún se podía entrever en su actitud una cierta turbación que Sigyn solía confundir con vergüenza. Cuando su mujer comenzó a quitarse el conjunto para vestirse de nuevo, él se apresuró a volverse, haciéndola reír y comentar:

–Me sigue haciendo gracia que, con todo lo arrojada que eres en combate, seas tan tímida con estas cosas.

Loki se mordió la lengua: era lo más prudente. No era timidez lo que le hacía actuar de ese modo, ni vergüenza, ni siquiera sorpresa como la primera noche. Lo que le hacía apartar la mirada con gesto de malestar era el puro y simple deseo. Un deseo que le hubiera gustado que fuera tierno, amoroso, como ella se merecía; pero que con el transcurso de los días se había incrementado hasta convertirse, de la simple chispita que era, en una hoguera tan intensa que amenazaba con devorar su control. Y la actitud tan confiada e íntima de ella hacia él durante aquella semana no ayudaba precisamente.

Días atrás, sin ir más lejos, él estaba en la ducha –un extraño invento de los mortales un tanto incómodo, comparado con los largos y gustosos baños que disfrutaba en Asgard y hasta en Jotunheim, pero que era más rápido y ahorraba mucho tiempo–, cuando ella entró corriendo en el cuarto de baño, diciendo que tenía prisa y que si podía entrar en la ducha justo detrás de ella. Lo cual no hubiera sido tan grave si no fuera porque era en esos momentos supuestamente en intimidad cuando él aprovechaba para descansar un poco y recuperar su forma de hombre. Sigyn había comenzado a desnudarse sin saber que era él, esta vez él, quien estaba a tan poca distancia de ella. Pero él sí era consciente de todo, y la idea de que ambos estuvieran desnudos y apenas separados por una simple cortina de ducha por poco lo hizo estallar. Sintió deseos de hacer algo indigno, patético, que no se había visto obligado a hacer desde que era un crío… pero la otra opción era perder la cabeza y saltar sobre ella como un tigre hambriento.

Pero ni siquiera ese desahogo le fue concedido, ya que oyó la voz de Sigyn pidiéndole que se apresurara, que debía entrar: "Tienes la voz muy rara, ¿te pasa algo?", añadió. Loki suspiró, y tras unos segundos salió de la ducha, de nuevo con la apariencia de Sif e intentando no mirar el cuerpo desnudo de su mujer, porque sabía que de hacerlo podría no responder de sus actos. Cuando Sigyn se metió, ahogó un grito.

–¡Maldita sea Sif, has puesto el agua helada! ¿Cómo puedes aguantar esta temperatura?

–Es tonificante –masculló él, y tras envolverse en una toalla huyó del cuarto de baño. A grandes males, grandes remedios, pensaba; pero desde aquel día siempre cerró el baño con pestillo. Por si acaso.

Ese día había pasado bastante mal rato, pero al menos había sido rápido. Lo peor, lo más interminable, eran las noches. Tener que dormir en la misma cama que ella ya le había resultado una tortura la primera noche, y la cosa no había mejorado durante las siguientes. Tenía mucho que agradecer a la resistencia reforzada de los gigantes de hielo, porque casi no había podido descansar en condiciones desde que había llegado a Midgard; y de no haber sido un jotun en esos momentos estaría agotado. Ver a Sigyn dormir a tan poca distancia de él, con aquella expresión tan dulce y adorable, y no poder exteriorizar sus sentimientos, sus deseos, era un verdadero suplicio. Tenerla tan cerca, y a la vez tan lejos. Mirar pero no tocar. Maldita sea, era su esposa y ni siquiera podía tocarla. No quería asustarla aún revelándole su identidad, pero contenerse se le hacía cada día más cuesta arriba. ¿Cuánto aguantaría así?

Seguramente aquélla era una de las razones por las que estaba de tan mal humor, un mal humor que la visita a aquella tienda de lencería no hacía sino exacerbar: la frustración. Se sentía tremendamente frustrado, y en él la línea que separaba la frustración de la furia destructiva era muy fina.

–Quiero decir, entendería que te diera vergüenza si yo fuera un hombre, o lo fueras tú –continuó diciendo Sigyn despreocupadamente, ajena a los sombríos pensamientos de la persona que creía su amiga–, pero aquí no hay hombres que puedan vernos. Si exceptuamos a Heimdall, por supuesto –añadió con una risita maliciosa–. Con esa vista que tiene, podría estar mirándonos ahora desde su puesto de vigilancia en Asgard.

La expresión hostil de Loki se intensificó sin que pudiera evitarlo. Dudaba que Heimdall pudiera verlos, porque llevaba desde su juventud entrenado para ocultarse a su casi ilimitada vista y ocultar también a todo lo que lo rodeara en un radio bastante amplio, pero Sigyn no tenía esa habilidad. Y recordó la última conversación que habían tenido cuando él había ido a reclamarle al Observatorio:

"Puedes ver a Sigyn, ¿verdad? Tú lo ves todo".

"Sí, puedo verla".

¿También estaría hablando de esas situaciones, cuando ella estaba más expuesta, más indefensa? La simple idea le daba ganas de no esperar ni al Ragnarök y volver al Observatorio de Asgard a reducir a polvo a aquel bastardo. Sí, puede que él también estuviera haciendo aquello, aprovechando la ingenuidad de ella para verla como ella no quería que la viera, pero en su caso era legítimo, ya que él era su marido. Sin embargo, Heimdall…

–Miserable pervertido… –murmuró sin poder evitarlo; y Sigyn lo observó asombrada.

–Sólo estaba bromeando. Sabes que Heimdall es demasiado caballeroso como para hacer algo así –dijo, un poco más seria. Era extraño que Sif hiciese un comentario tan desagradable sobre Heimdall, al que según sabía ella apreciaba un montón, casi como a un hermano mayor. Pero en quince años habían podido ocurrir muchas cosas, reflexionó.

Acabando de vestirse, una idea le vino a la cabeza:

–Por cierto, hablando de Heimdall… cuando me dijiste que Loki fue a reclamarle por haberme dejado escapar, ¿él no hizo nada?

Loki parpadeó confuso.

–¿Qué tendría que haber hecho?

–Hasta donde sé, el Padre de Todos había emitido una orden de busca y captura contra Loki por la muerte de Balder. ¿Entonces Heimdall no intentó capturarle?

Él lo pensó un momento. Sí, era raro que Heimdall no hubiese intentado atacarle y se limitase a burlarse de él con esa mirada suya, lacónica y desafiante a la vez, que a él le daba tanta rabia. Probablemente era porque sabía que la fecha del enfrentamiento entre ambos estaba fijada, y era un error anticiparse forzando un combate entre ellos antes de que se cumpliera el ciclo.

–Su misión es sólo vigilar que el acceso al Puente no se vea vulnerado. Le está prohibido intervenir en los asuntos que no tengan que ver con eso.

–Ya… –murmuró Sigyn, con una mirada triste y hasta cierto punto resentida– Tengo mucho que agradecerle, pero siempre pensé que si él hubiera avisado a alguien cuando mis hijos y yo fuimos secuestrados por Karnilla, ellos estarían vivos ahora…

El semblante de Loki se tensó. Nunca lo había pensado de forma consciente, pero si eso era verdad, ya tenía otra cosa por la que hacer pagar a Heimdall. Ya llegaría el momento.

–¿Y qué hay de ti? –añadió la mujer, curiosa– ¿Tú no intentaste detener a Loki? Quiero decir, por muy Princesa de Asgard que seas, aún eres una guerrera, ¿no?

–Eeehh… en realidad lo intenté, pero desapareció antes de que pudiera hacer nada contra él –improvisó él rápidamente–. Era demasiado rápido para mí.

–Sí, es verdad. Siempre me olvido de que puede teletransportarse –Sigyn se encogió de hombros–. Con sus poderes, es prácticamente imbatible…

Loki empezó a esbozar una sonrisa satisfecha ante aquel comentario halagador para él, pero enseguida interrumpió el gesto cuando Sigyn añadió:

–…si no contamos a Thor, claro. Con su Mjolnir, seguramente él podría vencerle.

–¿Tú crees? –siseó él fríamente.

–¿Tú no? –preguntó la mujer, sorprendida.

–Creo que hacen falta más que unos grandes músculos y un martillo injustamente ganado para superar la inteligencia y la magia de Loki.

Sigyn parpadeó confusa, y él se dio cuenta de que, impulsado por su vanidad y su rivalidad hacia Thor, había vuelto a meter la pata. No podía hablar bien de sí mismo tan descaradamente, y mal de su hermano. En esos momentos se suponía que era Sif, la esposa de Thor y una mujer que a él le odiaba.

–Por supuesto, Thor es el más fuerte, si sólo tenemos en cuenta la fuerza física… –se obligó a añadir, por mal que le sentara tener que decir aquello–, de modo que sí, puede que si tuviera mucha suerte él conseguiría vencerle.

–¿Crees que eso ocurrirá algún día? –murmuró Sigyn con cierta preocupación, Loki no sabía si por él. Ojalá fuera por él.

–Creo que un equilibrio tan inestable no puede durar mucho. Pronto la balanza caerá del lado del más poderoso.

"Y ése pienso ser yo", se dijo aviesamente, pero se las arregló para que aquella emoción no se manifestase en su rostro –el rostro de Sif–, y en cambio le ofreció una sonrisa amable y despreocupada y le señaló el sostén azul para cambiar de tema:

–¿Te vas a quedar con eso?

–¿Qué? No, no creo. Es bonito pero ya tengo muchos, y ahora que voy a quedarme sin trabajo es mejor que ahorre un poco y prescinda de caprichos innecesarios. Además, a diferencia de ti, no tengo a nadie que vaya a vérmelo –añadió con una sonrisa un poco triste.

Eso no era totalmente cierto, pensó él. Porque sí lo tenía, y llegado el momento él no sólo la vería, como hombre, con ropa así; sino que también podría quitársela.

–Quién sabe… –comentó, medio en broma medio en serio–. Tal vez llegues a arreglarte con tu marido.

–Sí –asintió ella sarcástica, mientras salía del probador–, cuando el infierno se congele.

Loki se quedó un par de segundos inmóvil, intentando discernir el significado de aquella frase y si hablaba en serio o no. A pesar de hablar con fluidez la mayoría de lenguas, muertas o en uso, de los reinos más apartados del Yggdrasil, aún le costaba captar los matices de la jerga terrestre que su esposa había incorporado en su habla cotidiana. Siempre podía bajar con el Cofre de los Antiguos Inviernos a Mulpelheim, aunque dudaba que a Surtur le hiciera mucha gracia.

Seguramente era una frase hecha.

–*–*–*–*–*–

–Vamos –decía Sigyn mientras salían de la tienda y comenzaban a caminar por el centro comercial. Miró el reloj–. Tess se retrasa, como siempre. A ver si llega ya y podemos ir a cenar.

Mientras caminaban por aquel templo al consumismo midgardiano, Loki observaba todo y a todos los que le rodeaban. No era la primera vez que estaba en la Tierra, pero sí la primera que se mezclaba entre los mortales de aquel reino como si fuera uno de ellos, descendiendo del pedestal desde el cual se había distanciado siempre de la plebe, tanto allí como en Asgard.

Nunca había entendido el amor de Thor por los mortales. Una pequeña parte de él se había preguntado si no sería porque, al igual que el propio Thor en su momento, no se había molestado en conocerlos, pero ahora que los veía más de cerca, se reafirmaba en el desprecio que sentía por ellos. Eran unos seres tan cargantes: huecos, superficiales, anodinos. Se preocupaban más del aspecto de su ropa o del tamaño de sus mecanismos de transporte a ruedas que de su futuro. A poco menos de una vuelta alrededor de su sol de que aquello se convirtiera en un hervidero de sangre y muerte, allí seguían, comprando y vendiendo, comiendo y bebiendo, hablando de tonterías y pululando por todas partes del reino de Midgard como si fueran hormiguitas, ignorantes de lo que se les venía encima. A Loki no le gustaba estar allí, ni quería que su mujer y su hija siguieran allí ni un día más de lo necesario.

Aquél era, seguramente, el otro motivo por el que se sentía tan malhumorado aquella noche. Llevaba allí una semana y sus vacaciones en la Tierra tocaban a su fin. El enano ya tendría listos los planos de la nave y al día siguiente él ya tendría que regresar a Jotunheim darles el visto bueno y a supervisar las obras de ejecución, de otra forma se arriesgaba a que no estuviese terminada para el próximo invierno. El tiempo se le había acabado sin que hubiera avanzado nada en el propósito que había venido a conseguir: Sigyn parecía tan reacia a volver con él como el primer día.

Durante aquellos días habían hablado algunas veces sobre su relación, aunque no de la manera que a él le habría gustado. Más que aclarar las cosas o recordar los buenos momentos que hubieran pasado juntos, Sigyn le había hecho múltiples confidencias –tal y como se las hubiera hecho a una amiga– sobre todo lo que había aborrecido de él y de su matrimonio. Y lo que decía de él le había sentado como si le marcaran con un hierro al rojo, con el fuego de la indignación, pero también de la culpabilidad. Le hacía desear más que nunca terminar con aquel juego estúpido y llevarla de vuelta a casa para empezar a compensarle por todo lo que había sufrido a su lado; después de todo tenía un tiempo limitado para eso.

Aparte de que, como había comprobado una vez más en el probador de aquella tienda, cada vez le costaba más contenerse estando con ella. No pasaría mucho tiempo antes de que sus sentimientos y su deseo hacia ella le hicieran perder la cabeza y cometer un error fatal para su tapadera.

Pero ¿cómo podría conseguir convencerla de que volviera con él? La violencia ya no era una opción –no deseaba que volviera a serlo nunca con ella–, pero la simple persuasión, su otra especialidad, no funcionaba. Su legendaria elocuencia, la "Lengua de Plata" que incluso había conseguido convencer a la mismísima Hela para que le ayudase a desatar la guerra, parecía no tener efecto en su mujer. Él podía tener la suficiente habilidad para plantear el tema de forma sutil, –ya que se suponía que hablaba por boca de una persona que le odiaba–, pero toda la sutileza del mundo se estrellaba contra el pertrechado muro de rencorosa y amarga desconfianza de Sigyn.

Había ido dejando pasar el tiempo, esperando que la inspiración le llegara como por arte de magia en cualquier momento –su mente solía funcionar así–, o que después de tantas conversaciones al respecto Sigyn cambiara de opinión y se diera cuenta de que tal vez le convenía darle aquella última oportunidad que esperaba… pero nada de aquello había ocurrido. Y ahora, allí estaban, en el "tiempo de descuento", como habría dicho Tess –una expresión sacada de la jerga deportiva que utilizaba en aquel deporte tan extraño y violento que solía practicar–, y seguía sin ocurrírsele nada. Tal vez no hubiera sido buena idea ir a Midgard con un plan tan improvisado y un plazo tan ajustado, pero se sentía dividido entre su deber y sus deseos hasta el punto de que empezaba a afectar a su lógica; algo que jamás le había ocurrido antes.

Quitando ese pequeño detalle, no lo había pasado mal del todo durante aquella semana. Sigyn se había tomado vacaciones en el trabajo –"total, me voy a despedir en breve…", había comentado– y, adoptando el papel de guía turística, lo había llevado a visitar lo que ella denominaba los "sitios emblemáticos" de una ciudad que antes él sólo había visitado para luchar contra sus enemigos Vengadores. La Estatua de la Libertad, el Empire State Building, la Quinta Avenida, el Estadio de los Yankees… Todos ellos eran monumentos realmente extraños y sin demasiado valor artístico ni arquitectónico en su opinión, y con el desagradable inconveniente de tener que aguantar colas y más colas y un excesivo trasiego de mortales chillones y malolientes que le daban ganas de empezar la purga ese mismo día… pero aquello era lo de menos. En el fondo los lugares a los que iban le daba igual, y las molestias de tener a tantos fastidiosos mortales a su alrededor quedaban largamente compensadas por la compañía de su esposa. Estando con ella, descubría algo que había creído perdido desde hacía mucho: despreocupación. Y felicidad.

Además, durante aquellos días en Midgard y disfrazado de Sif, había experimentado un efecto secundario que nunca habría esperado: era liberador no tener que ser él, y a la vez poder ser él mismo, por contradictorio que sonara aquello. En Jotunheim e incluso antes, en Asgard, siempre se había visto sometido a la presión de ser quien era, o mejor dicho quien su posición le obligaba a ser. Por mucho que le gustara pensar que él hacía lo que quería, siempre tenía que actuar de acuerdo con su papel: el hijo menor de Odín, primero, siempre dependiendo de los caprichos de Thor; y el oscuro y marginado dios del engaño después, inspirando temor ya que no podía inspirar respeto.

E incluso en Jotunheim, su propio reino, donde en teoría podía hacer su plena voluntad, tenía que estar pendiente de mantener su imagen de señor autoritario ante sus tropas, controlar a sus díscolos hijos, cuidarse de la "dudosa" lealtad de Amora, aguantar los berrinches de Lorelei… demasiada presión, por no hablar de que no le quedaba mucho para tener que cumplir también con el rol que la Volüspá profetizaba para él: el futuro caudillo de los ejércitos de los gigantes de hielo y artífice de la destrucción de todo lo existente durante el Ragnarök.

Claro que allí en Midgard también estaba sometido a otro tipo de presión. El tener que hacerse pasar por otra persona durante un tiempo tan prolongado era un reto para él. Y para colmo, se trataba de una mujer, y no cualquier mujer, sino una que había sido su acérrima enemiga durante años… Por muy bien que conociera a Sif, muchas veces no podía evitar que se le escaparan opiniones que de ninguna manera podrían provenir de ella, en especial cuando el tema de conversación giraba en torno a Thor o él mismo. Afortunadamente Sigyn no parecía sospechar por el momento, pero él sentía continuamente como si caminara sobre una cuerda floja y la próxima indiscreción pudiera descubrirle y hacerle caer en el abismo.

Aun así, pese a lo difícil que era tener a Sigyn al lado y el peligro de ser descubierto, había conseguido disfrutar de la semana y, aunque se habría dejado matar antes de admitirlo, en el fondo no lo había pasado tan mal actuando como un mortal, comiendo como un mortal… viviendo como un mortal.

Era algo que había empezado a ver la misma noche que había llegado a casa de Sigyn y que se había confirmado durante los días siguientes en su convivencia cotidiana con ella: aquélla era la vida que hubieran podido tener si aquella noche tan lejana hubiera hecho caso de aquel impulso que tuvo de dejarlo todo y empezar de nuevo sin mirar atrás. Una vida sencilla y seguramente vulgar, pero también sin preocupaciones… una vida feliz. Una vida en la que hubieran podido estar Narvi y Váli.

Pensó en ellos con nostalgia. Aquélla habría podido ser una semana perfecta si ellos hubieran estado allí. E incluso –¿por qué no?–, también Fenrir, Jormungand y Hela. Recordó aquella vez en Asgard en que Angerboda le propuso que le pidiera a Sigyn que criara a los hijos de ambos, y él se negó rotundamente. Por el escándalo, pero sobre todo porque aún le quedaba la suficiente conciencia para someter a Sigyn a ese dolor. Pero ahora le parecía que todo habría sido muy distinto si le hubiese acabado haciendo caso. Angerboda nunca fue una madre afectuosa, al contrario que Sigyn. Su mujer habría acabado tomando cariño a aquellos niños gigantes de hielo pese a su origen y ellos habrían sido muy felices con ella como madre, al igual que él lo había sido –más o menos– con Frigga. Sobre todo, Hela habría salido beneficiada de aquello. Con la dulce influencia de su madrastra, seguro que Hela habría acabado resultando muy parecida a Tess, aquella adolescente alegre y llena de energía que resultaba ser hija suya.

Tantas cosas que podrían haber sido y ya no serían. El "podría haberlo logrado, padre" que a veces aún le perseguía también en sueños, junto con todo lo demás.

Observó a Sigyn, que caminaba a su lado feliz de la vida pese a las circunstancias, y tan sencilla y despreocupada como el resto de midgardianos que los rodeaban. Loki no sabía si era a pesar de eso o precisamente por eso, pero la encontraba más atractiva que nunca. Libre de esa imagen de fragilidad y languidez que siempre había mostrado en Asgard, Sigyn se veía feliz, vibrante, plena de energía, belleza y juventud. Era en esos momentos cuando ella se mostraba realmente tal como era, o al menos como había sido en una época, antes de que él con su trato frío y cruel hubiera acabado quebrantando su espíritu.

Aunque aquello no le quitaba ni un ápice de feminidad, al contrario. Vestida con un jersey de cuello alto, esos pantalones que parecían ser el uniforme de los mortales americanos en sus horas libres denominados jeans y una cazadora de cuero, casi parecía ella misma una adolescente. Se veía tan encantadora que Loki tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no atraerla hacia sí y apoderarse de aquellos labios rojos que se le ofrecían tan tentadores e inocentes, ignorantes de la tortura que le suponía a él mirarlos sin poder besarlos.

Y al parecer, según había comprobado con cierta irritación, no era él el único que opinaba así. Observó molesto que un grupo de hombres que se encontraba en una terraza tomando cerveza se quedaban mirando embobados en su dirección.

"Qué estáis mirando, mortales asquerosos", pensó hostil. Si hubiera sido él mismo, si hubiera podido adoptar su verdadera forma sin estropear su plan, los habría educado en un segundo hacia dónde tenían que mirar –aunque les habría resultado difícil sin globos oculares–, pero en su actual situación, una en la que llamar la atención era indeseado, sólo podía apretar los dientes y tragar bilis. Eso era otra cosa que había comprobado durante su estancia allí y que le ponía frenético: el modo en que los midgardianos miraban a su esposa. Un motivo más que tenía para invadir aquel planeta y someter a aquellos insectos hasta que ni uno solo osara levantar la cabeza más que cuando él lo ordenara.

–Parece que tienes mucho éxito con los mortales, ¿no? –no pudo evitar que se le escapara, bastante molesto. Sigyn echó un vistazo en la dirección que estaba mirando su amiga y se echó a reír.

–He tenido mis admiradores –se encogió de hombros modestamente–, pero si te refieres a los chicos de esa mesa, no es a mí a quien están mirando.

Loki se quedó un poco sorprendido hasta que se dio cuenta de lo que insinuaba ella.

–…Oh –Por supuesto: el cuerpo de Sif. Realmente un cuerpo muy sensual, que ahora era el suyo. No podía culparlos, después de todo él también la había deseado en la época de su juventud, incluso cuando su carácter en ese sentido era más frío y el sexo apenas le interesaba; pero saber que era él el objeto de los deseos y fantasías depravadas de aquellos repugnantes mortales le daba ganas de vomitar.

No se pudo contener: ralentizó el paso esperando que Sigyn se adelantara un poco y cuando ella no estaba mirando efectuó un pequeño movimiento con su mano en dirección a la mesa de aquellos cerdos, un gesto casi imperceptible que sin embargo fue suficiente para transmutar el contenido de sus jarras de cerveza. Loki era lo bastante listo como para no desear llamar la atención en ese momento y por tanto aquellos mortales continuaron tragando su bebida sin notar nada extraño en el color ni el sabor, pero un par de días más tarde todos tendrían que ser hospitalizados, aquejados de un brote inusitado pero particularmente virulento de fiebre tifoidea.

"Así aprenderéis, gusanos terrestres", pensó, y no pudo evitar una disimulada sonrisa satisfecha tras haber escarmentado a esos mortales lujuriosos con su pequeña "broma".

–Vaya, por fin sonríes –comentó Sigyn, dándose cuenta–. No has estado de muy buen humor hoy. ¿Tienes ganas de volver a casa? ¿Echas de menos a tu familia?

–Sí… –respondió él, sincero. Llevaba demasiado tiempo echándola de menos–. No veo el momento de volver a casa y estar todos juntos por fin.

Como si hubiese respondido a alguna invisible llamada, vieron a Tess avanzando hacia ellos, llena de energía, belleza y juventud. Idéntica a su madre, pensó Loki orgulloso.

Estaba encantado con Tess, tanto como en su momento lo había estado con Narvi. Durante aquella semana había tenido oportunidad de conocerla y hasta el momento le gustaba todo lo que iba viendo en ella. Aquella chica parecía una extensión de él, en mayor medida aún que Fenrir o Jormungand. Le hablaba de sus travesuras en el instituto, de su fresca y desenfadada visión de la vida y hasta de sus sueños con total desparpajo y Loki no se cansaba de escucharla. Al ver su inteligencia, su belleza, su inmenso potencial, Loki sentía un orgullo de padre que no recordaba haber experimentado desde que Narvi estaba vivo y ardía en deseos de llevarla a Jotunheim y empezar a instruirla en sus artes. No cabía duda de que Sigyn era la pareja ideal para él, viendo que cada fruto de su unión resultaba tan… perfecto.

–¡Hola! ¿Qué hacéis? –los saludó la muchacha– Siento haberme retrasado, pero estaba, eehh… hablando con una compañera de un trabajo de clase.

–Te has entretenido en los recreativos, como si lo viera –replicó Sigyn, que estaba tan poco dispuesta a tragarse las mentiras de su hija como lo estaba con respecto a las del padre.

Tess miró a Loki con expresión de circunstancias, un poco culpable, que a él le hizo sonreír.

–Vaaale, sí…

–No sé por qué tienes esa tendencia a mentir. Bueno, sí lo sé… –rezongó Sigyn incómoda–. Pero mentir no arregla las cosas, cariño, si acaso las empeora. Tarde o temprano, siempre te acaban pillando. Con lo fácil que es decir la verdad…

Loki pareció reflexivo ante las palabras de su mujer. ¿Le acabarían pillando a él? No, si se aplicaba y dejaba de cometer estúpidos errores. Lástima que con su esposa cerca eso se le hiciera tan difícil.

–Bueno Sif, ¿dónde quieres que vayamos a cenar? –le preguntó Sigyn– Hoy decides tú, ya que es tu última noche en la Tierra… por rara que suene esa frase –se echó a reír.

–Pero yo no conozco esto, ¿qué tal si decides tú, Tess? –propuso él, rodeando los hombros de su hija con un brazo. Sigyn abrió la boca para avisarle: la joven no solía dejar que la tocara todo el mundo, pero la frase murió en sus labios al ver que Tess no sólo no protestaba sino que sonreía.

–¿Te gusta la pizza, Sif?

–¿"Pizza"? ¿Y eso qué es?

–No puede ser que no sepas lo que es –Tess pareció cómicamente escandalizada–, no puedes marcharte de la Tierra sin haber comido una buena pizza con el queso más pringoso posible. Y conozco el lugar perfecto para eso. En la planta de arriba hay una pizzería increíble, te va a encantar.

–Si a ti te gusta, seguro que a mí también. Tú guías– empezaron a andar, y cuando estaban un poco más lejos de Sigyn él le susurró al oído–: La próxima vez nunca vaciles al hablar, déjalo salir con más naturalidad. Y si te pillan, no te des por vencida tan fácilmente. Niégalo siempre.

Sigyn contempló un tanto desconcertada cómo la muchacha y la guerrera caminaban en dirección a las escaleras mecánicas que llevaban a la planta donde estaba el restaurante; el brazo de la segunda aún rodeaba los hombros de la primera como si fueran amigas íntimas, en lugar de haberse conocido tan sólo una semana atrás.

–*–*–*–*–*–

Lo que los mortales llamaban "pizza" era otro plato típico de la Tierra –una torta de pan con queso y otros ingredientes por encima–, que pese a su aspecto un tanto raro y grasiento, en realidad, como con la hamburguesa, estaba bastante bueno, aunque las raciones eran gigantescas, casi para satisfacer a un Volstagg hambriento. Ahora Loki entendía por qué había tantos mortales gordos y con problemas de corazón. Los midgardianos tenían un gran ingenio en dos aspectos: en inventar armas y excusas para matarse los unos a los otros, y en crear comidas fatales para la salud pero deliciosas al paladar. Afortunadamente él era un dios –o alguien con las características de uno, al menos–, y nada de lo que engordaba o perjudicaba a los mortales tenía efecto sobre él. Por suerte.

–Me gustaría empezar a aprender magia, mamá –la súbita petición de Tess los sorprendió a ambos–. Por lo que he visto, papá es un hechicero consumado y si no me equivoco yo también debo haber heredado sus habilidades.

–¡Tess! Te dije que no siguieras investigando sobre él –la riñó Sigyn, enfadada–. La magia es algo muy peligroso, no es un juego. Esto no es "Harry Potter" ni nada que se le parezca.

–Pero tú también has estado ejercitándote –contraatacó la chica–. Nunca entendí por qué ibas a hacer esas visitas a Clea Strange, pensaba que era algún rollo raro tipo New Age. Pero era por eso, ¿verdad? Ibas a practicar magia.

–Sí, pero…

–Tu madre tiene razón, Tess –intervino Loki–. La magia no es algo para tomar a broma. Memorizar un hechizo es fácil, lo difícil es encauzar la energía del cosmos del Yggdrasil para que se movilice y materialice el hechizo que deseas realizar. Es casi imposible, por no hablar de peligroso, intentar controlar las fuerzas del universo sin la guía adecuada. Podrás intentar aprender más adelante, cuando estés preparada.

–Mmm… está bien… –rezongó la muchacha, pero esta vez ya no protestó. Al igual que discutía a su madre, a "Sif" parecía tenerle un enorme respeto y aceptar todas sus palabras sin ponerles el menor pero.

Sigyn reconoció su ayuda con una mirada agradecida, aunque por otro lado también estaba un poco extrañada:

–¿Y tú cómo sabes tanto sobre el funcionamiento de la magia? Nunca creí que esas cosas te interesaran.

Otro resbalón. Preocupado por tranquilizar –e impresionar también, para qué negarlo– a su hija, Loki volvía a olvidar su papel. Si se hubiera tratado de otro, de algún subordinado, él no habría tardado en castigarle por su incompetencia. Nunca antes había cometido tantos fallos; era un milagro que Sigyn siguiera sin sospechar nada.

–En realidad, el Padre de Todos tiene todo un comité de magos velando por la seguridad de Asgard. Ya sabes, para que Loki no pueda entrar –respondió con voz firme y sin vacilar, como había aconsejado a Tess–, y están todo el día pululando por Palacio y repitiendo esas cosas a quien quiera escucharles. Y claro, al final acabas aprendiéndotelas –Afortunadamente, Loki nunca perdía su prodigiosa elocuencia que le hacía salir del paso cuando Sigyn detectaba algún fallo de coherencia entre la idea que ella tenía de la antigua Sif y el comportamiento de la "actual" Sif.

–Ah, ya veo… –sin darle más importancia, Sigyn regresó su atención a su hija–. Está bien Tess, tal vez lo haya estado posponiendo demasiado. Podría llevarte a Clea para que decida tus posibilidades, y después quizá…

–¿A Clea? ¿Y no podría enseñarme mi padre?

–No –de repente tanto el gesto como la voz de la mujer se habían vuelto muy tensos–. Tess, ya hemos hablado de esto.

–Pero…

–De acuerdo, haya paz –terció Loki de buen humor–, no hay que decidirlo esta noche, ¿no es cierto? Disfrutemos de la cena.

Sigyn pareció relajarse.

–Tienes razón… –suspiró– Mejor que eso lo hablemos en otro momento. No vamos a fastidiarle a Sif su última noche con nosotras, ¿no? –le preguntó a su hija, y ésta asintió de mala gana.

Cuando acabaron de cenar, Sigyn se levantó para ir a pagar la cuenta –extraño método ése que tenían los mortales, cambiar el oro por pasar unas pequeñas piezas de plástico por unas máquinas–, mientras él y Tess se quedaban a acabar el postre.

–¿Y cómo dices que se llama esto? –preguntó él, saboreando aquella crema fría y dulce, deliciosa.

–Helado, es de mis postres favoritos. Ése en concreto que te estás comiendo se llama "After Eight", menta con trocitos de chocolate. No está mal, pero deberías de probar el de chocolate solo.

–Éste está bien –comentó él. En realidad lo había elegido porque le había gustado el color, verde y negro; pero el sabor, picante y dulce a la vez, le había acabado sorprendiendo agradablemente. Como casi todo lo que estaba experimentando en la Tierra con su mujer y su hija. Mientras, Tess lo observaba –la observaba– sonriente, metiéndose en la boca de vez en cuando cucharadas de su propio helado.

–¿En qué piensas, Sif?

–¿Qué? –la voz de su hija lo trajo de vuelta a la realidad– En nada, sólo en lo bien que me lo he pasado con vosotras estos últimos días.

–Lamento que tengas que irte. En esta última semana he visto a mamá feliz como pocas veces, supongo que tú tienes algo que ver.

Loki sonrió halagado. Le gustaba la idea de que Sigyn se sintiera bien en su compañía… aunque en realidad no supiera que era él. Tuvo que contenerse para no decirle a la chica que, aunque él tuviera que regresar a casa, no lo haría solo.

–Aunque se hace la fuerte, creo que está sufriendo mucho… ya sabes, con la reaparición de mi padre y todo eso –añadió la joven, haciendo desaparecer su sonrisa–. Y no me gusta verla así. En fin, está muy cabezota con respecto a lo de prohibirme ver a mi padre y aún no la he perdonado del todo por haberme mentido, pero aun así es mi madre y la quiero –confesó. Loki recordó cómo Fenrir, o tal vez Jormungand, habían tratado de proteger a Angerboda cuando él la había buscado para matarla, y eso que como madre su antigua amante siempre había dejado bastante que desear. La sangre tira, pensó; mientras Tess continuaba–: Está muy asustada y creo que se siente segura contigo.

Loki fijó sus ojos en los de su hija.

–Te garantizo que mientras yo pueda evitarlo, nadie le hará daño.

–¿Ni tampoco mi padre?

–Tu padre menos que nadie. Él jamás querría hacerle daño, os quiere muchísimo.

–¿Y por qué ella está tan convencida de que sí se lo haría?

La pregunta le tomó desprevenido. Él, que tenía respuestas para todo, esta vez no supo qué contestar; porque cualquier explicación plausible pasaba por contarle todo el dolor que le había causado a Sigyn, y eso jamás lo haría. Que la madre lo odiara ya era suficiente; no quería que también lo odiara su hija.

–¿Sabes qué ocurrió entre ellos? –insistió Tess, y Loki desvió la vista, incómodo.

–Sí, pero tu madre no quiere que te hable de eso.

–Empiezo a estar harta de tantos secretos. Ni siquiera sé si rompieron por culpa de él, o de ella…

–Tu madre no hizo nada mal… –murmuró él, con la mirada fija en su helado para no tener que enfrentar la expresión interrogante de su hija–, excepto querer demasiado a alguien que en ese momento no era digno de ello.

–Entonces, fue por culpa de él. ¿Qué pasó? Por favor, cuéntamelo.

Los recuerdos de toda la amargura que habían vivido juntos –no sólo ella, sino también él– volvieron a asaltar a Loki. Tantas culpas… tantas heridas por curar.

–Ahora no, tu madre se disgustaría –contestó a su hija–. Te lo contaré más adelante.

–Ya, y yo me lo creo –repuso la chica sarcástica–. ¿Sabes? Por cómo se ha comportado estos años, yo siempre pensé que ella seguía enamorada de él, fiel al recuerdo de un muerto; pero ahora que reaparece con vida ella parece odiarle y temerle más que a nada –contó ante la mirada reflexiva y un tanto culpable de Loki–. No lo entiendo, de verdad que no. ¿Tan terrible fue lo que pasó?

–Ciertamente, no fue bonito –murmuró él–. Tu padre cometió unos cuantos… no, cometió bastantes errores, algunos de ellos muy graves. Y ahora está intentando arreglarlo. Lo que no sé es si la situación tendrá arreglo.

Echó un vistazo nostálgico al interior de local y contempló anhelante a Sigyn, quien estaba revisando la cuenta del restaurante, tan metódica como siempre. Nadie que hubiera conocido al cruel e indiferente dios del engaño lo habría reconocido en aquel momento y no tenía nada que ver con su apariencia de mujer, de hecho ni siquiera él mismo se reconocía. Aquel dolor de corazón, aquella inseguridad, aquella incertidumbre y aquella ternura; todo aquello le resultaba extraño. Con todo lo que había ocurrido y lo que él había hecho, a la propia Sigyn y a otros, ¿de verdad tendría arreglo?

Se volvió de nuevo y se dio cuenta de que Tess lo estaba observando con una expresión curiosa, una sonrisilla conmovida e incluso casi juguetona.

–¿Estás bien?

–¿…Qué? Eh… sí, desde luego. Es que me entristece tener que marcharme –se justificó torpemente.

–Pero esta semana no será la última vez que nos veamos, ¿verdad?

Él dejó la cucharilla en la copa de helado con un sonido tintineante.

–Haré cuanto esté en mi mano para que eso no ocurra.

–*–*–*–*–*–

–Son cincuenta y siete con cincuenta, señora.

–Cóbrese –Con los ojos aún fijos en la cuenta, Sigyn alargó su Visa sin fijarse demasiado: era un gesto que tenía automatizado con la práctica. Mientras esperaba que la máquina enviara la señal de que aceptaba la tarjeta, buscó con los ojos a Sif y a Tess, que seguían charlando animadamente. En fin, pensó; debía alegrarse de que hicieran tan buenas migas. Tess podía ser encantadora cuando quería, pero no todo el mundo solía caerle bien.

Y sin embargo… había algo que no acababa de cuadrar en todo aquello. El primer día, con la alegría por la aparición de una Sif como caída del cielo –nunca mejor dicho–, apenas había tenido tiempo de pensar en ello, pero era raro que Sif se arriesgase a hacer algo a espaldas de su marido, arriesgándose a tener un conflicto con él sólo por ayudarla. En el fondo, ellas dos nunca habían sido íntimas, y de hecho cuando vivía en Asgard Sigyn siempre había mantenido cierta distancia hacia ella, porque cada vez que se encontraban ella no hacía más que recordarle la indigna sumisión que mostraba hacia Loki.

En cambio, ahora era todo lo contrario: Sigyn había perdido la cuenta de todas las veces que había sacado el tema de Loki, y siempre era para defenderlo, ya fuera directamente o bien con un montón de rodeos cuando se daba cuenta de que se estaba excediendo por la mirada sorprendida de Sigyn. Y parecía muy interesada en saber si ella estaba dispuesta a regresar con él. ¿Por qué? ¿Por qué le importaba tanto a Sif su vida amorosa o si quería volver o no con su marido?

Realmente Sif estaba rara, rara como nunca. No sólo era el cambio físico, aunque le sentaba estupendamente; o la ocasional actitud fría y displicente que mostraba hacia el resto del mundo que no casaba nada con ella, o al menos con la Sif que ella había conocido en Asgard. ¿Cómo había podido cambiar tanto?

Lo más inquietante era aquella impresión contradictoria que a veces asaltaba a Sigyn al mirarla. Por un lado le parecía una Sif de lo más extraña; pero por otro le resultaba muy familiar. Era como si no conociera a su amiga, o la conociera pero no fuera ella a quien veía cuando la miraba. Aun así… se sentía muy bien estando con ella. Se sentía protegida a su lado y Sif había sido de lo más agradable con ella durante aquellos días. Gracias a ella había conseguido quitarse un poco de la cabeza la ansiedad que le había provocado el regreso de su ex marido.

Sus pensamientos se vieron súbitamente interrumpidos cuando notó aquel escalofrío que ya había experimentado antes, esa inquietante sensación de estar siendo observada. Había alguien en aquel centro comercial vigilándolas, alguien en las sombras, que no quería ser descubierto. "Loki…", pensó con la angustia aferrándosele al estómago y arruinándole la digestión de la deliciosa cena.

Miró a todas partes intentando ver algo fuera de lo corriente, pero fue en vano, al igual que aquel día en el parque. Sólo se veía el barullo habitual de la gente en un centro comercial: familias y parejas paseando con bolsas en la mano, charlando despreocupadamente y entrando y saliendo de las tiendas. Pero, como ella ya sabía por experiencia, aquella aparente normalidad no significaba lo más mínimo. La estaban vigilando, de eso no había duda.

Intentando contener su impulso de salir corriendo, regresó con la mayor calma que pudo a la mesa a por Sif y Tess, tenía que sacarlas de allí. No sabía de qué humor estaría Loki ese día, y debía tener presente que Sif era la mujer de Thor. No estaba segura de si Loki querría dañar a Sif para atacar a Thor, pero era mejor no arriesgarse.

–Nos vamos.

Pese a que intentaba mantener la calma, la tensión en su rostro no pasó desapercibida a ninguno de los dos.

–¿Qué ocurre, Sigyn? –preguntó Loki.

–Nada –dijo ésta nerviosamente, y miró inquieta hacia los cristales esmerilados del techado del centro comercial, a través de los cuales se veía una noche nublada, sin estrellas–, pero el tiempo se está estropeando y quiero salir antes de que empiece a llover: el tráfico se pone fatal cuando llueve.

–Pero mamá, aún no me he acabado el helado… –empezó a decir Tess, pero ella la interrumpió:

–Me da igual, ¡nos vamos! ¿Es que siempre tienes que discutir lo que digo? –exclamó impaciente. Curiosamente, la muchacha no protestó; seguramente había visto en los ojos de su madre el mismo miedo que había percibido el propio Loki.

–Está bien –se levantó y tomó su cazadora. Ella y Loki intercambiaron una mirada: ambos estaban realmente desconcertados por la extraña actitud de la mujer, pero prefirieron no discutir. Pese a haber estado durante años inclinando la cabeza sumisamente ante su marido (o puede que precisamente debido a eso), Sigyn podía mostrarse verdaderamente autoritaria llegado el caso.

En silencio, padre e hija siguieron a Sigyn hasta el aparcamiento subterráneo del centro comercial, donde estaba estacionado el Saab de ella. Ella no dejaba de mirar a un lado y a otro, y parecía dispuesta a pegar un respingo y echar a correr ante el menor ruido extraño. Estaba realmente asustada y Loki no sabía qué había podido ponerla en ese estado. Sólo sabía que, si había algo que los amenazara, fuera lo que fuera, él estaba dispuesto a dar su vida para defenderlas a ella y a la chica.

A Sigyn le pareció que el trayecto que las tres recorrieron en el solitario garaje hasta llegar al coche duraba una eternidad. Una vez en el coche –por fin–, se apresuró a cerrar el seguro de las puertas. No era que eso detuviera a su marido si quería entrar a la fuerza, pero era mejor que nada, se dijo. Pero a pesar de todo, tuvo que controlarse para que la mano no le temblara al meter la llave en el contacto del automóvil. Vio que Sif la observaba inquieta desde el asiento del copiloto y sonrió hacia ella en lo que pretendía ser un gesto tranquilizador. Sif le devolvió la sonrisa, buscando su mano y apretándosela cariñosamente durante un segundo como intentando comunicarle que no estaba sola. Eso le hizo sentirse un poquito mejor.

Sigyn ignoraba que la "amiga" que en ese momento la tomaba de la mano para reconfortarla y que había estado durmiendo con ella durante todas las noches de aquella semana, haciéndola sentirse protegida, era la misma persona de la que intentaba huir; de la misma manera que Loki desconocía que el peligro que tanto asustaba a su mujer era él mismo. O la imagen de su antiguo yo. Una imagen que flotaba, amenazadora, interponiéndose entre ellos… como el resto de su pasado.