–18–
Mientras el coche regresaba al bloque de apartamentos donde vivían Sigyn y Tess, las nubes se habían concentrado en el cielo, ocultando la luna y las estrellas tras una bruma turbia, sombría; y cuando los tres entraron en el apartamento ya había empezado a lloviznar. El tiempo frío pero despejado que habían tenido durante los días anteriores había acabado convirtiéndose en una noche borrascosa e inclemente. A lo lejos, en el horizonte del cielo neoyorkino en el que se recortaban innumerables siluetas grises de rascacielos, se avecinaban las primeras señales de tormenta.
Lo primero que hizo Sigyn después de que entraran en el departamento fue atrancar la puerta, corriendo los pestillos y girando los tres cerrojos de seguridad. Sin embargo, ya antes de acabar de asegurar el último se echó a reír furtivamente, apoyando la frente contra la puerta: ¿de qué servirían todos los cerrojos del mundo contra un hechicero que podía moverse en las sombras? Durante aquella semana se había permitido relajarse un poco, pensando que la presencia de Sif y la amenaza que ella había hecho de llamar a Tony Stark o a Thor eran suficientes para mantener a Loki alejado, pero ahora se daba cuenta de que había sido una ilusión vana. El dios del engaño siempre acababa por salirse con la suya de una manera u otra.
–Mamá, ¿estás bien? –la pregunta de su hija a sus espaldas la sobresaltó. Se giró para enfrentarla con una sonrisa para tranquilizarla.
–Claro, cariño. ¿Por qué lo preguntas?
–Te veo tan nerviosa… y antes en el centro comercial, te has puesto histérica.
–No sé de qué estás hablando. No quería que nos pillara la caravana de toda la gente que toma el coche siempre que se pone a llover –repuso ella, arreglándoselas para disimular con una expresión apacible y casi bobalicona–. Sabes que no soporto conducir con tanto tráfico.
Tess alzó una ceja, no del todo convencida con aquella explicación, pero se encogió de hombros y se metió en su cuarto. A su edad, los jóvenes tendían a creer que los adultos estaban todos un poco locos, así que por una vez no quiso discutir. Se puso el pijama y se metió en la cama, acompañada de su inseparable laptop y escuchando música a través de unos auriculares. Chateó un poco con sus ciberamigos, se puso a ver una película… y no pasó mucho tiempo sin que se quedara dormida en esa posición, con el laptop en el regazo y los auriculares puestos. Tampoco era la primera vez.
Entretanto, en el salón y ya con Tess fuera de escena, el dios del engaño creyó llegado el momento de confrontar a su esposa sobre su extraño comportamiento. Ella se había servido una copa de vino blanco y estaba sentada en el sofá con aquel aparato midgardiano, "televisión" lo llamaban, encendido. Loki se quedó de pie a pocos pasos de ella, mirándola con los brazos cruzados, como intentando calibrar lo que estaba pensando. Pensó en intentar leerle la mente, pero ella se habría percatado de la intrusión en su psique.
–¿No vienes a acostarte?
–No tengo sueño –respondió ella sin mirarle. Se dedicaba a mirar la televisión cambiando los canales del televisor con simples pestañeos, como un tic inconsciente destinado a dar salida a la tensión. Loki lo observó unos segundos antes de apartar la vista, molesto. La rápida y constante sucesión de imágenes luminosas era mareante.
–¿Me vas a decir de una vez qué es lo que pasa? –dijo sin poder evitar cierta dureza y causando por tanto que Sigyn levantara la mirada hacia él, sorprendida– Y deja eso ya. Me estás poniendo nerviosa.
–Sí, lo siento –la mujer detuvo su "zapping" psíquico y la imagen del televisor quedó estabilizada mostrando un paisaje helado. En la esquina de la imagen había una pequeña figura en letras negras y azules que rezaba "Discovery Channel", acompañadas por el dibujo de lo que parecía un planeta también en azul, presumiblemente la Tierra.
Loki se sentó al lado de ella y contempló las imágenes del televisor. En principio aquel paraje helado no parecía tener nada de especial, de hecho era bastante similar a Jotunheim, pero en el cielo que se levantaba sobre las capas de hielo, una serie de bellísimas luces de color verde azulado parecían danzar, iluminando la oscura noche con su fulgor. Parecían las luces del Puente del Arco Iris, sólo que su movimiento era más lento, más rítmico y constante… hipnótico.
–Qué lindo. ¿No es una de las cosas más bonitas que has visto en tu vida? –preguntó ella, olvidando el motivo de su preocupación durante un momento para observarlas fascinada. Y aunque de hecho lo fueran, no eran aquellas luces lo que tenía embelesado a Loki. Era la expresión soñadora que ella ponía al verlas, y que él no podía dejar de contemplar.
–Indudablemente.
Sigyn le devolvió la mirada, y Loki se obligó a dejar de mirarla a ella y prestar atención a la imagen del televisor.
–Se llaman "auroras polares". Me encantan, en Asgard no había cosas así. ¿Sabes dónde me gustaría estar ahora mismo? Allí en el Polo Sur, donde ni Loki ni nadie pudiera encontrarme. Me encantaría ver una de éstas en vivo y en directo. Tiene que ser tan relajante… viendo esto, seguro que ya no tienes cabeza para acordarte de tus problemas, ni del dolor… ni del miedo… –suspiró y quitó el televisor con un nuevo pestañeo. Después tomó la copa de vino bebiendo un largo trago, y se levantó, como si estuviera demasiado nerviosa para parar quieta sin hacer nada.
–¿Me vas a decir ya de qué tienes miedo? –insistió Loki. Empezaba a estar algo más que un poco preocupado.
Ella se había apoyado contra la ventana con aire melancólico. Era la misma ventana por la que la semana anterior había tratado, en vano, de expulsar a Loki con su limitada telequinesis. Las primeras gotas de lluvia empezaban a resbalar contra el cristal, y en el casi absoluto silencio de la noche se oyó un trueno retumbar en el cielo. Loki esbozó una media sonrisa que era más bien una mueca. Sabía que no tenía nada que ver, pero la presencia ominosa de su hermano siempre acababa arruinándole todos sus momentos importantes.
–Está ahí fuera.
–¿Quién? ¿Thor?
–¿Thor? ¿Por qué crees que hablo de Thor? –gruñó ella de forma casi grosera, demostrando que lo alterada que estaba– Me refiero a Loki.
–¿Qué? –él casi estuvo a punto de echarse a reír por lo absurdo– Eso es imposible –"Más que nada porque estoy aquí dentro", añadió para sí.
Sin embargo, la expresión sombría con la que ella recibió su respuesta le disuadió de continuar con su tono risueño.
–Puedo sentirle. Siento que me observa… –murmuró– En realidad esa sensación ya la tenía antes de que apareciera la semana pasada. De vez en cuando tenía la impresión de que alguien me estaba vigilando, pero nunca ocurría nada, y pensaba que me estaba volviendo loca. A veces creo… creo que él sabía perfectamente que yo estaba aquí en Midgard, y que se complacía en jugar conmigo, acecharme, asustarme –tomó un sorbo de su copa y contempló el paisaje de la calle, con la caída de la lluvia iluminada por las luces de neón de las farolas.
–Eso no puede ser –saltó Loki, molesto por la acusación–. Me consta que él te creía muerta hasta hace una semana.
–Entonces, ¿por qué he tenido esas impresiones antes? Ya no sé si estoy alucinando o no… Maldita sea, ¿por qué ha vuelto? Me hace dudar de todo, incluso de mi propia cordura –se bebió el resto del vino y se dirigió a la cocina–. Voy a ponerme otro vino. ¿Tú quieres? –la oyó decir desde allí.
–Eeehh… no, gracias. No me gusta mucho el vino.
–En Asgard sí te gustaba –señaló ella un tanto divertida, haciendo respingar un poco a Loki, algo que afortunadamente Sigyn no pudo ver–. No me digas que te has vuelto abstemia como mi ex.
–Pensándolo mejor, ponme esa copa –él no tuvo más remedio que aceptar. No podía permitir que ella sospechara.
Sigyn regresó al salón con dos copas de vino blanco y le pasó una a Loki. Él la contempló algo inquieto: debía tener cuidado de que el alcohol no le hiciera cometer más errores de los que ya estaba cometiendo, se jugaba mucho. Pero esperaba que una sola copa no le afectara demasiado.
–Esta noche, en el centro comercial… –confesó ella–. Sentí su presencia. Sentí que nos vigilaban. Obviamente, era él.
"No tan obviamente", se dijo Loki. Los nervios y la tensión constante debían haberla inducido a un estado de paranoia, una especie de autosugestión que la hacía excesivamente sensible a cualquier detalle fuera de lo corriente, atribuyéndolo a quien ella creía el causante de todos sus males: él.
–¿Tanto miedo le tienes? –sonrió un poco, intentando quitarle hierro al asunto– ¿A Loki?
Su mujer se volvió a girarse a mirarle, sólo durante un momento, y su expresión mortalmente seria convenció a éste sin necesidad de palabras de que no estaba bromeando ni exagerando, ni por un solo momento. Después, volvió a beber de su vino y echó otro vistazo inquieto por la ventana. En ese momento, la lluvia ya caía torrencialmente sobre la calle iluminada por las farolas y todo se veía desierto, pero ella no estaba ni mucho menos tranquila.
–¿Te extraña que se lo tenga? No sabes hasta dónde es capaz de llegar para salirse con la suya. Hasta ahora no ha hecho nada porque aún tiene la esperanza de convencerme con sus dulces y falsas palabras de arrepentimiento, pero temo lo que ocurrirá cuando se dé cuenta de que no es así. Puede que entonces se quite su máscara de "marido enamorado" y se muestre tal como es. En Asgard ya intentó matarme una vez, ¿quién me dice que no querrá volver a hacerlo?
Loki no contestó inmediatamente. Sí, en otras circunstancias, si ella fuera otra persona, habría tenido razón. Pero tratándose de ella, se equivocaba. Era curioso: él había cometido muchos crímenes en su vida y no se arrepentía prácticamente de nada. Pero Sigyn le había hecho descubrir tantas cosas… el amor. El desinterés. Y también el remordimiento.
–Él nunca habría llegado a ese extremo, ni siquiera entonces… y mucho menos ahora. Sé que lamenta haber sido violento contigo. Lo que ocurrió la noche del funeral de Balder… él es el primero que no puede perdonárselo. No era él mismo.
Ella esbozó una sonrisa incrédula.
–De hecho, sí lo era. Es duro, ¿sabes? Tener miedo de alguien a quien una vez quisiste con toda tu alma.
Él contestó aún más bajo:
–Él tampoco sería muy feliz si supiera que sientes eso.
Sigyn se echó a reír amargamente.
–¿Bromeas? ¡Loki vive para eso! Que los demás le teman es su motivación, es su droga. Aunque no siempre fue así… –tomó otro sorbo de vino, perdida en sus recuerdos–. Creo que durante un tiempo sí intentó hacer las cosas bien. Recuerdo cuando Thor fue desterrado a Midgard y el Padre de Todos cayó en el Sueño de Odín, y Loki fue nombrado Regente en tanto despertaba. Al principio, se le veía tan satisfecho como rey… tanto que todo el mundo creyó que él había conspirado para expulsar a su hermano y ocupar el trono.
–No, eso no fue exactamente lo que pasó –murmuró él, también retrayéndose a aquella época–. En realidad le tomó de sorpresa. Nunca se imaginó que de aquella estúpida broma de la coronación saldría todo aquello.
–…Pero ya que estaba, decidió sacarle provecho a la situación.
–Sí, eso sí. No iba a hacer el tonto, ¿verdad?
–Creo que era la oportunidad que esperaba, la oportunidad de ser admirado, respetado como el propio Odín o como Thor –reflexionó Sigyn–. Sólo que no era tan fácil. No puedes imitar a alguien del cual eres totalmente diferente. Thor no estaba preparado para sustituir al Padre de Todos, pero él tampoco. De hecho, ni siquiera creo que aquel asunto de ser rey le interesara de verdad.
De nuevo, Loki tardó en contestar. En su memoria, se vio de nuevo gritándole colérico a Thor, en aquél el primero de sus muchos enfrentamientos, en el Observatorio de Asgard:
"¡Yo nunca quise el trono! ¡Todo lo que quería era…!"
–En realidad, lo que él quería era… era… A decir verdad, no sé qué era lo que quería –suspiró. No sabía cómo explicarlo, ni siquiera estaba muy seguro de saberlo realmente.
"…era ser tu igual…"
–Supongo que lo que quería era saber qué se sentía siendo Thor –comentó Sigyn, sin dejar de contemplar la lluvia–. Apreciado. Admirado. Imprescindible… ser el primero, por una vez en su vida.
Loki alzó la mirada hacia ella, asombrado: lo que él no había sabido explicar, ella lo había resumido a la perfección en pocas palabras. Jamás habría esperado que nadie pudiera comprenderle así, aunque no debería sorprenderle. Ella era la única que siempre había tratado de entenderle, la única para la cual él nunca había sido invisible.
–Pero como no lo consiguió, no logró que le obedecieran o le respetaran como él quería, se volvió así… tal y como es ahora –añadió la mujer–. Ya que era imposible superar a Thor en heroísmo, Loki decidió que él sería el mejor en la villanía. Ya que los demás no querían admirarle o amarle, juró que haría todo lo posible para que le temieran. ¿Pero por qué, Sif? ¿Por qué tuvieron que salir las cosas así? –preguntó con voz trémula– Él hubiera podido ser lo que hubiera querido, era tan brillante… tenía tanto potencial… no tenía por qué envidiar a Thor, ni a nadie. Habría podido hacer tanto bien al mundo, en lugar de tanto mal…
Loki sintió un nudo en la garganta, y se obligó a beber un poco de vino para deshacerlo. Cada una de las palabras de Sigyn se le clavaba en el corazón… porque sentía que, hasta cierto punto, eran ciertas. Pero, al igual que con Narvi y Váli, a ese respecto no había vuelta atrás para él. Demasiados años siendo así, construyendo su imperio de terror; demasiado acomodado en su papel de temible enemigo de Asgard. Ya era demasiado tarde para cambiar, para volver atrás.
La expresión de Sigyn se endureció, mientras añadía:
–…Aunque en parte tenía razón.
–Un momento: ¿le das la razón? –se sorprendió. Eso era nuevo. Siempre había creído que a Sigyn le importaban un bledo sus razones.
–Sí, yo nunca dije lo contrario. Loki siempre se sintió muy solo, fuera de lugar en la familia de Odín, poco querido. Y aunque eso no lo justifique, debo reconocer que no eran imaginaciones suyas: Frigga lo quería, sí, pero Odín nunca fue justo con él, siempre favoreció demasiado a Thor y prácticamente no valoraba lo que hacía él. Aunque Thor sea tu marido, debes reconocer que es así. No puedo imaginar lo que debió haber sido para Loki presenciar eso durante años. ¡Oh, si yo hubiera podido hablar con libertad, le habría dicho un par de cosas al Padre de Todos!
Él la contemplaba emocionado.
–Debiste habérselo dicho –murmuró–. A Loki, quiero decir. Él necesitaba que alguien le comprendiera. Tal vez así… te habría tratado mejor.
Sigyn soltó una carcajada escéptica.
–Parece que no le conozcas. ¿Cómo habría podido yo hablarle de algo que él consideraba una debilidad? Lo habría negado todo y me habría mandado al diablo –suspiró–. Intenté hacerle ver que le apoyaba sin decírselo de forma explícita. Cuando me casé con él, me esforcé por darle ese amor que le faltaba, compensarle de alguna manera todo el cariño que no tenía de su padre, con la esperanza de que eso le hiciera sentirse más seguro. Pero sólo conseguí alejarlo de mí –terminó amargamente.
–Eso no es verdad… –intentó defenderse él.
–Claro que lo es –dijo ella con voz dura–. Le agobié demasiado y no le ayudé en absoluto. Y después conoció a Angerboda y lo perdí definitivamente. Y aun entonces yo habría renunciado a él, si eso lo hubiera hecho feliz. Hacerlo feliz era todo lo que yo hubiese querido, Sif. Habría dado mi vida por conseguirlo… pero no fue suficiente. Para él nada era suficiente. Sólo le importaba lo que pensara Odín.
–Sigyn… –Loki estaba cada vez más conmovido.
–Llegué a odiarle, ¿sabes? O de eso quise convencerme. Cuando perdí a Narvi y a Váli por su culpa, me dije que se había acabado, que nunca más sentiría nada por él. Pero por mucho que me avergüence, no puedo mentirme a mí misma. Le he echado de menos todos y cada uno de los días durante estos quince años –empezó a hablar cada vez más rápido, alterada–. Y ahora va y reaparece en mi vida con esa odiosa arrogancia suya diciendo que quiere recuperarme y está más apuesto que nunca y por mucho que yo quiera odiarle me doy cuenta de que no puedo… ¡no puedo! Oh Dios, ¿por qué no puedo odiarle? –se precipitó hacia la ventana y la abrió, rabiosa. La lluvia, arrastrada por el viento, empezó a entrar en la sala de estar y caer sobre Sigyn– ¡Maldito seas, Loki! –exclamó al cielo nocturno y tormentoso– ¿Me estás oyendo, dondequiera que estés? ¡Ojalá no hubieras vuelto jamás! ¡Ojalá nunca te hubiera conocido!
–Está bien… –Él se dirigió hacia ella y la apartó de la ventana, cerrándola para cortar el paso a la lluvia– Basta. No te tortures más.
–O-ojalá pudiera… ojalá pudiera dejar de… –A Sigyn le falló la voz antes de terminar la frase y en un impulso, como de necesidad de protección, se abrazó a él intentando controlarse para no sollozar. Y al igual que la semana anterior, Loki cerró los ojos para disfrutar mejor de la sensación de tocarla, de sentir el calor de su cuerpo y su fragilidad… Ojalá, pensó, pudiera estar así para siempre, abrazándola, protegiéndola.
Ella se apartó, algo avergonzada.
–Lo siento. No quería aburrirte con mis lloriqueos. Probablemente sigues pensando que soy una estúpida.
–Nada de eso –susurró él.
Lo que él pensaba era cuánto deseaba abrazarla con su verdadera forma de hombre, revelarle su auténtica identidad y decirle cómo aquel amor tan fiel, prácticamente escondido, había acabado conquistando su corazón, un corazón que había permanecido dormido hasta que ella había entrado en su vida. Pero no podía hacerlo, ni siquiera ahora. No se atrevía, ni siquiera con aquellos tragos de vino en el cuerpo: hablar de más por culpa del alcohol ya le había costado caro una vez. Si ahora le revelaba que la estaba engañando para hacerse con sus secretos, sería entonces cuando ella realmente acabaría odiándolo.
–Ojalá hubiera podido contarle todo esto –añadió ella–. Ojalá Loki y yo hubiéramos podido estar así, hablando como estamos haciendo tú y yo, y yo hubiese tenido el valor para decirle todo lo que sentía.
–Tal vez él ya lo sepa.
–No lo creo, y si lo supiera le daría igual. Nunca le importaron mis sentimientos. Ni siquiera ahora que asegura estar enamorado de mí, creo que le importen.
–Eso no es cierto. ¿No has pensado en la posibilidad –propuso entre titubeos–… de que él esté sinceramente arrepentido y te quiera de veras? –Sigyn miró al vacío, muy seria.
–A decir verdad, ni siquiera quiero planteármelo.
–¿Por qué?
–Porque mis hijos están muertos y fue él quien los mató –replicó ella sin rodeos–. Así que prefiero pensar que sólo soy un trofeo más para él. Ya sabes, para tener fuerzas para rechazarle –explicó–. Lo contrario dolería demasiado.
Él enmudeció por un instante ante la brutal sinceridad de aquella declaración.
–Y tú, ¿qué sientes por él? –consiguió decir en cuanto se recuperó– ¿Aún le quieres?
Ella tardó en contestar, y durante esos larguísimos segundos Loki sólo pudo oír dos sonidos: el apagado repiquetear de la lluvia en los cristales de fondo y, dominando por encima y golpeando sus oídos, los violentos latidos de su corazón. Sigyn no pudo dejar de darse cuenta de la ansiedad en el rostro de Sif y de nuevo tuvo aquella sensación irreal, de que había algo allí que no llegaba a comprender. Frunció el ceño por la sospecha:
–Me da la impresión de que te interesa demasiado lo que ocurra entre Loki y yo. ¿Por qué?
Él intentó mantener la calma, pese a que cada vez le era más difícil. Ya estaba, pensó. Tarde o temprano se tenía que dar cuenta.
–Contesta, Sif –insistió Sigyn–. ¿Es simple interés de amiga, o…? –una duda terrible la asaltó, al recordar lo que había pensado la semana anterior, la noche que Sif había llegado– Acaso tú… ¿sientes algo por él?
Loki no podía creer lo que estaba oyendo. Aquello ya era surrealista.
–¡¿Qué? ¡No!
–¿No? Yo creo que sí, que sientes algo por él –replicó ella, enfadada– Cuando se casó conmigo te arrepentiste de no haberle hecho caso y por eso lo criticabas tanto. Desapareció y tú te casaste con Thor, por despecho seguramente. Y ahora que sabes que él ha venido a por mí, has venido aquí para poder meterte en medio.
–¡Eso es absurdo! –protestó él, comenzando a impacientarse– ¿De dónde has sacado una idea tan estúpida?
–¿Entonces por qué estás tan interesada en conocer lo que siento por él, si no es para saber si podría corresponderle, si aún soy una rival para ti? ¡Pues no lo soy, ¿vale? –los ojos volvieron a empañársele sin que pudiera evitarlo–. Yo ya no siento nada por Loki, y aunque así fuera no tendría opción si tú quisieras quitármelo. Él te preferiría a ti, siempre las prefirió a todas antes que a mí… –se le quebró la voz y abrió mucho los ojos consternada al darse cuenta de lo que había dicho. Retrocedió, intentando esconder las lágrimas que no quería que Sif viera, pero Loki se lo impidió, sujetándola contra él.
–Sigyn, espera. ¿Estás celosa?
–¡Yo, celosa de él! ¡Más le gustaría! –exclamó ella, y sin embargo mientras decía aquello se frotaba los ojos con el dorso de la mano para borrar las lágrimas que habían aparecido en ellos.
–Te juro que estás equivocada –insistió él–. Entre Loki y yo no hay nada, ninguno de los dos querríamos que lo hubiera. Él sólo te quiere a ti.
–¿Ah sí? ¿Y cómo estás tan segura? –atacó ella, agresiva.
–Porque si yo fuera él, no tendría ojos para ninguna otra –se acercó un poco más a ella y tomó delicadamente su rostro con las manos, acariciando la mejilla de la mujer y descubriendo su calor, su tacto de seda.
La dulzura en la voz de Sif disolvió toda hostilidad en el ánimo de Sigyn, e inmediatamente se sintió avergonzada de su infantil comportamiento. Su cuñada tenía razón: la idea de que ella estuviera interesada en Loki la quemaba de celos por dentro, por mucho que se repitiera que su amor por él ya no existía.
Pero después de que Sif afirmara que Loki no le interesaba, que él sólo podría quererla a ella… aquellas palabras la asustaban, pero también la hacían inmensamente feliz en un pequeño rinconcito de su alma que se resistía a morir, como se había resistido durante años, no sólo los años que ella llevaba en Midgard, sino desde mucho, mucho antes. Aquel rinconcito continuaba haciéndola sentirse de forma absurda incluso en ese momento, como si fuese el propio Loki quien le estuviera diciendo aquellas palabras, o incluso estuviera allí, sosteniéndola entre sus brazos.
–Lo-lo siento, yo…
–No te preocupes… –la tranquilizó Sif entre susurros– Está bien…
Ambas mujeres no podían dejar de mirarse la una a la otra, como si entre los ojos de ambas se hubiera establecido un lazo invisible que ninguna de las dos quería romper. Sin saber por qué –Dios, ¡era Sif! Su cuñada, su amiga… otra mujer–, a Sigyn empezó a latirle más rápido el corazón. Le parecía que aquella mirada, en teoría inocente, iba adquiriendo un significado totalmente distinto teniendo en cuenta los sentimientos que iban invadiéndola poco a poco, mientras se perdía en aquellos ojos de color azul profundo, que por un momento le parecieron verdes… pero que cuando parpadeó, recuperaron aquel tono azulado que era bonito, aunque ni la mitad de bonito que el verde de los de Loki. ¿Y por qué no podía dejar de pensar en él, mirándola a ella?
Sif continuó acariciándole la mejilla con sorprendente ternura, y poco a poco fue bajando su rostro hasta hacerlo encontrarse con el de ella. Sigyn sintió que el estómago le daba un vuelco cuando se dio cuenta de que su amiga pretendía besarla. Y lo peor de todo era que ella deseaba que lo hiciera.
Las bocas de las dos mujeres se encontraron. El beso fue tan suave como los labios de ellas, leve, delicado, desprovisto de la energía y la pasión marcada por la habitual testosterona masculina. Sigyn cerró los ojos disfrutando de la sensación, nueva para ella, de ser besada por una boca de mujer, tan tierna como la suya propia. Pero a la vez, no podía librarse de aquella impresión de irrealidad… mezclada con esa familiaridad, una sensación de déjà vu, como si hubiera vivido aquella situación antes. Le parecía que aquel beso de Sif, al igual que sus ojos, le recordaba a los de Loki, aunque mucho más dulce y exquisito, con una delicadeza que él era incapaz de imprimir en los suyos.
Todo fue muy breve, o al menos así se lo pareció a ella. Sif se separó y volvió a mirarla como expectante por conocer su reacción, como si temiera que ella la rechazara. Pero como Sigyn no hizo ningún gesto ni a favor ni en contra –tal vez en sus ojos se viera cierta sorpresa, incluso algún rastro de curiosidad, pero desde luego no rechazo–, volvió a inclinar el rostro sobre ella y la besó de nuevo, esta vez con algo más de intensidad.
Los labios de ambas mujeres establecieron un juego sensual de roces muy, muy suaves, húmedos… escandalosamente voluptuosos. Sigyn abrió un poco los ojos asombrada cuando sintió la lengua de su amiga adentrándose en su boca, pero ni aun así se alejó. Sólo cerró de nuevo los ojos y se dejó llevar, notando que el deseo empezaba a crecer poco a poco en su interior… no de la manera vibrante y ardiente que la acometía cuando Loki la tocaba, sino de forma paulatina, delicada y muy morbosa; con la incitación de lo prohibido.
Pero al cerrar los ojos, sólo podía pensar en Loki. La piel y los labios de ambos eran diferentes, pero Sigyn no podía evitar la sensación de que la forma de besar era similar, sólo que en Sif se sentía algo más suave. O tal vez Loki la había marcado tanto que ahora creía ver su huella en todas las demás personas que la besaran, fueran hombres o mujeres, porque de otra forma no se lo podía explicar. Aparte de que aquello estaba tan mal –besar a otra mujer, y casada además–, ni siquiera era justo para la propia Sif.
Se alejó, rompiendo el beso.
–Yo… –murmuró–. No debemos hacer esto.
Sif la miró muy seria, y Sigyn creyó ver un destello de desilusión en sus ojos. Pero asintió, suspirando:
–Lo siento.
No sabía por qué, pero Sigyn se sintió obligada a explicarse:
–Quiero decir, tú eres realmente guapa y te aprecio mucho, pero… no me van estas cosas –Aunque a juzgar por el ritmo alocado que habían tomado los latidos de su corazón, aquella afirmación no era del todo cierta–. Además, tú estás casada con Thor, y yo…
No pudo seguir. De todos modos, ¿qué podía decirle? ¿Que ella lo estaba con Loki? Pero eso ya no era cierto. ¿Pero cómo se habría sentido Sif si le decía la verdad? ¿Que incluso el que ella la abrazara o la besara le recordaba a él?
–Mira, es mejor que lo olvidemos –dijo simplemente–. Tenías razón, no hemos debido beber vino después de cenar… –murmuró con una sonrisa de disculpa–. Yo… estoy cansada, me voy a acostar.
–Bien.
Sigyn comenzó a retirarse, pero antes de hacerlo se volvió hacia Sif de nuevo, con el rostro sonrojado. Había olvidado que tenían que dormir juntas. ¿Pero cómo iban a poder hacerlo después de lo que había ocurrido?
–Yo… esta noche… ya sé que no debería, pero quería preguntarte si… si no te importaría…
–No te preocupes –asintió Sif resignada–. Dormiré en el sofá.
–En el armario del pasillo tienes mantas y almohadas. Tal vez debería dormir yo en el sofá –murmuró ella, sintiéndose muy culpable, no sabía por qué.
–Ni hablar. Vamos, vete a la cama –Sif parecía tan incómoda como ella misma–. Mañana será otro día. Descansa, buenas noches.
–Buenas noches –murmuró Sigyn mientras se metía en su habitación. Estaba tan avergonzada que no quiso volverse a mirarla; pero de haberlo hecho tal vez se habría asustado ante la intensidad que en ese momento reflejaban los ojos de aquella persona que creía su cuñada.
La mujer se desnudó para ponerse uno de sus camisones, esta vez de seda color crema, y se metió rápidamente en la cama. Aunque estaba bastante cansada, de nuevo estaba demasiado nerviosa para dormir, su corazón aún latía violentamente por lo que acababa de ocurrir. ¡Maldito vino, cómo soltaba la lengua! Por culpa de aquellas dos copas había hecho totalmente el idiota aquella noche: primero con aquellas quejas lacrimógenas sobre Loki que la habían hecho quedar como una niñita estúpida y llorona delante de Sif, y luego acusándola de querer quitárselo… Vamos, que se había "lucido".
Y por si aquello fuera poco, estaba aquel beso que había surgido inesperadamente y sin que ella hubiera sospechado jamás que podría llegar a pasar entre ellas. Ahora sí que no entendía nada, y encima ahora se daba cuenta de que había metido la pata doblemente al acusar a Sif. Su cuñada no se sentía atraída por Loki, como había creído –o temido–: ¡se sentía atraída por ella!
Estuvo dando vueltas en la cama durante un rato y también dándoselas al tema en su cabeza. No tenía ni idea de que a Sif le fueran esas cosas; mientras vivía en Asgard, jamás había visto en ella ninguna señal que apuntara a esa dirección. No le molestaba que la gente tuviera su sexualidad, de hecho durante su estancia en la Tierra había hecho amistad con homosexuales de ambos sexos, pero saber que un asgardiano podía ser gay, o bisexual, la descolocaba. ¡Y era la mujer de Thor! Que una mujer tan hermosa y con un marido tan guapo y masculino pudiera tener esos sentimientos hacia ella era el colmo del absurdo. Y pensar que la había tenido en su casa esos días sin sospechar nada, y se había paseado delante de ella prácticamente desnuda… qué vergüenza.
Pero lo más vergonzoso no era eso. No, no había sospechado que a Sif le fueran esas cosas; pero mucho menos que a ella misma le fueran también. Y al parecer le iban, a juzgar por la reacción alocada de su cuerpo ante el hecho de que Sif la abrazara o la mirara tan intensamente. En quince años, nunca se había sentido atraída por ningún hombre… y ahora, la única persona que hacía saltar su corazón, aparte de su marido, era una mujer. Sif había sido la única que la había hecho sentirse de forma un poco parecida a Loki.
Intentó racionalizarlo: tal vez fuera, simplemente, necesidad de afecto. De afecto… y de otras cosas, como dirían sus compañeras más atrevidas de la Fundación. Llevaba tanto tiempo sin que nadie la tocara, sin querer satisfacer sus necesidades más físicas, que su deseo despertaba con el menor contacto íntimo, sin importar de quién proviniera. Lo mismo había ocurrido la semana anterior, cuando Loki la había vuelto a besar a la fuerza, y ella casi no había podido resistirse al ardiente anhelo que eso había provocado en ella. Demonios, sólo aquel recuerdo la estaba haciendo encenderse de nuevo…
No era de extrañar que aquellos inoportunos sueños eróticos hubieran aumentado de frecuencia durante los últimos meses. Precisamente aquella semana no había tenido ninguno –lo que era una suerte, pues habría sido muy embarazoso teniendo a Sif durmiendo a su lado–, pero ahora que estaba sola casi deseaba tener uno, uno en el que pudiera llegar hasta el final. Sería la única forma que se permitiría de hacer lo que, en el fondo, deseaba con todas sus fuerzas; por mucho que quisiera engañarse a sí misma negándolo.
Aparte de eso, de sus –para variar– confusos y tumultuosos sentimientos, de nuevo había algo que no encajaba en toda aquella historia. Si a Sif le gustaba ella, ¿por qué se había pasado aquella semana defendiendo a Loki, insistiendo en que había cambiado, susurrándole que tal vez debería pensarse el darle otra oportunidad? ¿No debería tener más interés que nadie en que ella le odiara? Había algo que se le escapaba, una pieza del rompecabezas que le faltaba, porque lo viera como lo viera todo aquello le seguía pareciendo de lo más ilógico.
En aquel momento se había sentido demasiado aturdida para reaccionar, pero al día siguiente, antes de que Sif se marchase, hablaría con ella muy seriamente sobre el beso y sobre su extraño comportamiento de aquella semana. No podía dejar que se fuera sin hablar de todo lo que había ocurrido. "Hay algo que no me está contando…", se dijo; "y de mañana no pasa sin que averigüe qué diablos es".
Mañana hablarían y aclararían definitivamente las cosas, pensó antes de dormirse.
–*–*–*–*–*–
Cuando la puerta de la habitación de Sigyn se cerró tras de ella, Loki abandonó su obligada pasividad. Rabioso consigo mismo, apretó el puño, y sólo su tremenda fuerza de voluntad impidió que lo descargara contra la pared que estaba al lado de la ventana, pulverizándola con su vigor de gigante de hielo.
Ya estaba, lo había estropeado. La había asustado, que era justo lo que no tendría que haber hecho. Y no era que no hubiera sido consciente del peligro, de la necesidad de disimular, pero toda prudencia se venía abajo cuando se trataba de Sigyn. Cuando estaba cerca de ella, los sentimientos lo inundaban ahogándolo de tal manera que casi olvidaba del todo su disfraz de Sif. Qué estúpido, se reprochó. Estúpido y débil. Sabía que era fuerte y poderoso, lo bastante como para gobernar todo un reino o incluso varios; pero estar cerca de su esposa lo hacía sentirse tan débil y falto de control como cuando era un chiquillo.
Hacía mucho que no tenía que reprimirse así, desde sus primeros tiempos de tener que seguirle la corriente a Thor y ser el hermano menor suave y cómplice que aceptaba con una sonrisa el papel de segundón por detrás del primogénito. Ese Loki conformista había desaparecido hacía mucho y el temible señor de Jotunheim que era ahora se había acostumbrado a tomar lo que quería, cuando lo quería; y tener que contener su deseo por su mujer, ¡su propia mujer!, era más de lo que pensaba que aceptaría aguantar nunca.
Pero, por otro lado… en su cabeza aún daban vueltas todas las cosas que le había dicho. Sigyn… tan dulce, tan fiel. Ella siempre le había entendido mejor de lo que él se entendía a sí mismo. A ella nunca le había podido esconder nada, y mucho menos su vulnerabilidad. ¿Y por qué, entonces, no sospechaba nada de "Sif" en ese momento? Recordó que ella no conocía nada de su capacidad de cambiaformas. De haberlo hecho, seguramente le habría pillado desde el principio.
Ella le había comprendido tanto… y había sufrido tanto a sus manos… ¿Por qué no quería dejarle que la compensara por ello? ¿Realmente tenía razón cuando decía que no había forma de que le compensara el daño que le había hecho? No, se negaba a creerlo.
No supo cuánto tiempo se quedó allí de pie, apoyado en el alféizar de la ventana, contemplando la lluvia en la noche, las gotas levemente iluminadas por el amarillento resplandor de las farolas sobre la calle y resbalando sobre el cristal. Inmerso en su dilema, en aquel caos emocional del que siempre había huido pero que ahora caía sobre él con todo su peso, aplastándolo.
Sabía que no estaba bien lo que deseaba, que debería contenerse, jugar limpio, no aprovecharse de aquellas confidencias, de la forma en la que ella se le estaba mostrando vulnerable… pero, qué demonios. Él era el dios del engaño, no el maldito santurrón de su hermano. Y después de todo, no quería hacerle daño a Sigyn. Sólo quería… en realidad no sabía lo que quería, pero sí sabía lo que no quería. No quería pasar su última noche en la Tierra durmiendo solo en el sofá.
Se tomó el resto del vino de su copa de un trago, y la dejó en el alféizar con tanta decisión que estuvo a punto de quebrar el pie de cristal, al tiempo que se limpiaba con el dorso de la mano. No había bebido prácticamente nada, sólo aquella copa… y aun así, le pareció que sólo esa copa le daba valor. Lo necesitaba.
Sin hacer el menor ruido –él siempre había sido sigiloso, una sombra invisible cuando lo deseaba–, entró en la habitación de Sigyn, que para entonces ya había tenido tiempo de tranquilizarse y había conseguido dormir, o más bien se había obligado a dormir, algo a lo que afortunadamente había contribuido el vino.
Durante algunos instantes se quedó allí de pie, inmóvil, contemplándola mientras dormía. Aunque estaba casi totalmente a oscuras, ella había olvidado bajar su persiana y la luz de las farolas de la calle se colaba por la ventana iluminando levemente su figura, que respiraba suavemente. Estaba tan hermosa… tanto como en las noches anteriores, en las que él sólo había podido limitarse a mirarla casi clavado en su extremo de la cama, sin atreverse a acercarse siquiera por miedo a no poder controlarse.
Conmovido, Loki se aproximó poco a poco a la cama. Sin saber cómo, olvidó –o quiso olvidar– el mantener su forma de Sif por primera vez desde aquel incidente en el cuarto de baño y recuperó de nuevo su forma original masculina mientras se bebía ávidamente la bella imagen de su esposa dormida, no queriendo desviar los ojos de ella como si temiera que fuese a desvanecerse si apartaba la vista por un segundo. Con ternura, apartó un mechón de su cabello de su rostro y se inclinó para besarla: un beso muy suave, apenas un tenue roce de sus labios sobre los de ella. Sigyn se movió en sueños, sobresaltándolo un poco, pero enseguida se tranquilizó cuando vio que sólo lo hacía para cambiar de postura.
No era justo. Ella era su esposa, ¿por qué tenía que limitarse a observarla con cara de idiota, y tener miedo hasta de darle un beso? Tendría que estar allí, en aquella cama con ella, y poder abrazarla a su antojo. Ni siquiera tenían que yacer juntos, se conformaba con tenerla entre sus brazos aunque fuera sólo aquella última noche. ¿Era tanto pedir? Sólo quería abrazarla…
Su mente le decía que aquello era una pésima idea, que se estaba arriesgando demasiado… pero, no sabía si era el vino o simplemente que no podía soportar aquella tensión de haberse estado conteniendo con ella durante aquellos días, en ese momento no estaba para razonamientos; así que se deslizó despacio entre las sábanas y abrazó su cuerpo dormido, muy suavemente. Utilizó un poco de su influencia hipnótica para hacerla seguir durmiendo, no era cuestión de que se despertara y empezara a chillar furiosa.
La estrechó contra sí y de inmediato, en medio de su sueño, ella se abrazó contra él, siguiendo aquel reflejo tan antiguo que tenía desde el principio de su matrimonio.
Las intenciones de Loki eran casi totalmente inocentes: sólo quería abrazarla… Sólo un poco, y luego volvería al salón, al solitario sofá. Pero no había calculado que, volviendo a ser un hombre, sus deseos masculinos habían despertado como el día de la ducha, y ciertas partes de su anatomía, ante el estrecho contacto, también. Por el deseo que lo espoleaba, pareciera que se hubiera mantenido célibe aquellos quince años, en lugar de haberse desahogado con muchas mujeres bellas y dispuestas como Lorelei. Pero su cuerpo parecía haberlas olvidado a todas: sólo vibraba por la que en aquel momento abrazaba contra sí, sintiendo todas y cada una de sus curvas rozándole, torturándole, volviéndole loco.
Pero se obligó a controlarse y a estarse quieto. Se había prometido que esta vez iba a jugar limpio con ella. De acuerdo, se había metido en su casa –y en su cama– disfrazado, y bajo ese disfraz había conseguido sonsacarle cosas que ella nunca le habría dicho a la cara, pero… aun así jugaría todo lo limpio que alguien como él podía permitirse. No abusaría de su vulnerabilidad, pese a que le habría encantado hacerlo. Eso de hacer lo correcto siempre le había parecido una estupidez, y ahora que trataba de hacerlo nunca habría esperado que fuera tan difícil; debía ser la falta de práctica. Pero ella se merecía que por lo menos lo intentara.
Apoyó la mejilla contra su cabeza, se concentró en el agradable olor de su pelo y en el sonido de la lluvia e intentó pensar en otras cosas para disminuir su calentura. Sólo abrazarla. Podía hacerlo. Y sólo eso era lo más agradable que había experimentado en mucho tiempo. Era como volver a los viejos tiempos, a los buenos tiempos, cuando empezaban a vivir juntos en el palacio de Asgard.
–…nas noches, Loki –farfulló ella entre sueños, haciendo saltar otra vez su corazón por un instante, pero no hizo ningún gesto más, lo cual fue un alivio. No, afortunadamente no se había despertado. Tal vez estuviera soñando, o puede que aún conservara recuerdos de él y de su contacto a un nivel mucho más profundo que el superficial. El cuerpo de su esposa aún lo recordaba y lo reconocía, aunque conscientemente ella no lo hiciera.
–Buenas noches, amada mía –respondió él, y la besó en el cabello. Sigyn volvía a respirar profundamente–. No volveré a herirte –le prometió de nuevo con un susurro en su oído, aunque ella no pudiera escucharle–. Te juro que haré que me perdones y seré digno de ti; y que al igual que en el pasado te causé sufrimientos, a partir de ahora me esforzaré por hacerte feliz…
Se tumbó al lado de ella, dejando reposar la cabeza sobre uno de los almohadones, sin dejar de mirarla. Cerró los ojos un momento y añadió todavía más bajo, de forma casi inaudible:
–…al menos, durante el tiempo que me quede.
–*–*–*–*–*–
Despertó cuando sintió a Sigyn moverse contra él, murmurando algo ininteligible. Se dio cuenta horrorizado de que se había quedado dormido él también, y que al hacerlo, había bajado la guardia y relajado la sugestión hipnótica que obligaba a Sigyn a seguir dormida. Intentó restablecerla de nuevo, pero era demasiado tarde: ella ya había despertado.
Sigyn miró hacia arriba adormilada, y reconoció a Loki abrazándola. Él no se atrevió a moverse ni a decir nada, se había quedado helado y no sabía cómo reaccionar.
–¿Loki…? –preguntó ella con voz somnolienta y un poco sorprendida, aunque no tan indignada como él habría esperado– ¿Qué… qué estás haciendo aquí?
–Eh… yo… esto tiene una explicación… –empezó él. "Una que se me va a ocurrir ahora mismo", añadió para sí desesperadamente, esforzándose por encontrar una excusa convincente durante los dos próximos segundos, por difícil que resultara. La inspiración, traidora como él mismo, no acudió en ese momento y él se preparó para que de un momento a otro ella comenzara a gritar, por eso se sintió aún más aturdido cuando ella se recostó sobre él, muy tranquila.
–Sabía que esta noche volvería a soñar contigo. De hecho… lo esperaba.
"¿Volvería a soñar conmigo?", se dijo él estupefacto. "¿Ella también sueña conmigo?". Pero aquello era una vía de escape a su comprometida situación.
–Por supuesto –dijo–. Esto es un sueño.
–Lo sé –Sigyn suspiró, con los ojos entrecerrados. No había hecho gesto alguno para zafarse de su abrazo–. Supongo que el verdadero Loki no sería tan estúpido como para arriesgarse a venir aquí con Sif en casa, sabiendo que en cualquier momento podemos llamar a Thor.
"Maldita sea, ¡por qué piensa que puedo temer nada de Sif o de ese imbécil!", pensó irritado, una protesta que debía provenir de su parte más arrogante. Pero no dijo nada. Había que ser prácticos, y aquello era la coartada perfecta que necesitaba. Frágil, sí; pero que se esforzaría por mantener mientras pudiera. Hasta que ella volviera a dormirse y él pudiera marcharse como si nada hubiese pasado.
–Exactamente. Nada de esto es real.
–Después de toda esa conversación que tuve con Sif sobre ti anoche, mi subconsciente me la debe estar jugando otra vez –añadió ella–. Parece que no puedo librarme de ti, ni despierta ni dormida.
Aprovechando su docilidad, él la estrechó contra su pecho. Era la primera vez que ella permanecía de forma voluntaria tan cerca de él, y no parecía disgustada en absoluto. Y desde luego él estaba encantado.
–¿Tanto deseas librarte de mí? –aprovechó la ocasión para preguntarle– Sé que aún me quieres. Te pusiste celosa cuando creíste que Sif estaba enamorada de mí.
–Eso no significa nada, y mucho menos que vaya a regresar contigo –Loki se dio cuenta de que ella no había negado su afirmación sobre los celos–. Ahora soy feliz, o todo lo feliz que puedo llegar a ser. No me arriesgaré a que vuelvas a tiranizarme como hiciste durante años.
–Eso jamás volverá a ocurrir –aseguró él, acariciando con ternura su pelo.
–Porque jamás volveré contigo –murmuró ella y hundió su rostro en el cuello de él, provocándole escalofríos.
–¿Y vas a castigarnos a los dos por lo que ocurriera en el pasado? ¿No hemos sido ya lo bastante castigados? –murmuró él contra su oído con su voz más persuasiva– ¿Vas a condenarnos a los dos a la soledad, sólo por miedo a lo que pueda pasar?
La oyó reír suavemente.
–Dudo mucho que hayas pasado solo estos años, mi amor. Seguro que no has estado falto de compañía femenina bella y dispuesta que te "consolara" de mi supuesta muerte –Loki hizo una mueca contrariada: incluso tras tanto tiempo separados ella seguía conociéndole a la perfección–. En cuanto a mí… me quedan mis sueños, sueños como éste. Sueños en los que puedo tenerte sin miedo a que me hagas daño –alzó el rostro hacia él, con mirada anhelante–. Bésame.
Loki no podía creer lo que estaba oyendo.
–¿Qué?
–Bésame –repitió ella, abrazándose cada vez más estrechamente contra él–. Está bien, lo has conseguido. He aceptado el hecho de tener estos sueños contigo, así que por lo menos voy a intentar disfrutar de ellos. Quiero que me beses… y que me hagas el amor, como en los otros sueños.
