–20–

–Es un placer volver a verla, señora Black –la saludó la elegante CEO de Stark Industries, Pepper Potts, y le señaló con un gesto uno de los cómodos sillones frente a su mesa de madera de cerezo–. Tome asiento, por favor. No suponía que la vería tan pronto.

Sigyn se encogió de hombros y sonrió cortésmente.

–Quería hacerle partícipe de mi decisión cuanto antes.

–De acuerdo –asintió Pepper, y tomó el teléfono–, pero antes, ¿me permite hacer una llamada?

–Claro, cómo no.

La empresaria marcó unos números en el teclado digital, y comenzó a hablar:

–Sí… soy yo –hizo una pausa–. Sí… ahora mismo –otra pausa, aún más larga–. De acuerdo, pero no tardes…

Mientras hablaba, no pudo evitar lanzar una rápida mirada hacia Sigyn, pero ésta no se dio cuenta. Había "desconectado" y estaba pensando en su situación y en cómo había cambiado todo desde la primera vez que había estado en aquel despacho hasta ese mismo momento. Entre una vez y otra no había llegado a transcurrir una semana y media, pero le parecía una eternidad. Habían pasado tantas cosas…

Su ex marido, del cual llevaba escondiéndose quince años, había descubierto su existencia y había reaparecido en su vida con la absurda intención de volver con ella, como si tantos años de abandono y desamor no hubieran tenido lugar. Su cuñada también la había localizado casi al mismo tiempo –lo que no dejaba de ser extraño–, y aunque la había estado apoyando mucho durante todo aquel tiempo y había estado muy a gusto en su compañía, había descubierto que mantenía hacia ella ciertos sentimientos más allá de la simple amistad o camaradería; la forma apasionada en la que la había besado la noche anterior podría ser un buen indicativo de ello.

Y por si eso fuera poco, Loki, el mayor tramposo del universo, se las había arreglado para meterse en su cama; y ella, en un estado que no podía definir más que de grave enajenación mental transitoria –o dicho más claramente, estupidez pura y dura–, había permitido que él… bueno, en realidad había sido ella la que…

"Mejor no pensar en eso", se dijo nerviosa. Sólo el recuerdo hacía arder sus mejillas, y no quería reconocer que había pasado uno de los mejores ratos de su vida… como cada vez que estaban juntos. Realmente necesitaba ese desahogo, sólo habría deseado que no hubiera tenido que ser con él. Ya lo decían sus compañeras de la Fundación, las películas, la columna de consejos de la Cosmopolitan y cualquier otra fuente a la que tuviera acceso: liarse con un ex sólo traía complicaciones.

Aunque ese ex fuese el único capaz de hacerla sentir como en el paraíso, como una hembra lujuriosa y hambrienta de sexo, como una cría estúpida y enamorada. Todo lo contrario a lo que siempre había querido ser.

Sea como fuere, desde la última vez que había estado en ese despacho, su vida había dado un vuelco de 180 grados. Su corazón estaba lleno de emoción, y en parte también de miedo, ante la idea de volver a Asgard. ¡A casa! ¿Cómo se lo explicaría a Tess? Pero ella estaría encantada. Siempre le habían atraído los escenarios fantásticos, se enamoraría de Asgard en cuanto lo viera y aceptaría de buen grado la idea, inicialmente inadmisible para ella, de separarse de sus amigos, sus libros, su móvil, su ordenador y todo lo que implicaba vivir en Midgard. Nadie que viese el Reino Dorado podía resistirse a su hechizo.

Pepper Potts colgó el teléfono y volvió a centrar su atención en ella, obligándola a ella a hacer lo mismo y sacándola de sus elucubraciones.

–Lamento haberla hecho esperar. Se trataba de un asunto de trabajo realmente urgente, y no he tenido ni un segundo de respiro esta mañana… En fin, tengo entendido que viene a presentar la renuncia definitiva.

–Sí, así es. He dejado todos los papeles preparados para que el siguiente administrador lo encuentre todo en orden, no tendrá mayor problema.

–¿No quiere reconsiderarlo?

–No hay nada que pensar, señorita Potts. Quiero cerrar mi etapa aquí en Nueva York. Me marcho de viaje con mi hija, vamos a conocer Europa –explicó, ante la mirada interrogante de la empresaria.

–Ah, maravilloso –Potts parecía interesada, pero a Sigyn le dio la impresión de que sólo asentía sonriendo para seguirle la corriente, aunque no sabía por qué.

–En fin, sólo quiero darle las gracias por todo. El tiempo que he pasado aquí ha sido muy feliz –comenzó a levantarse–, y les deseo a usted y al resto de su equipo lo mejor para el futuro.

Inexplicablemente, Pepper pareció inquieta.

–Un momento, no se vaya aún. Todavía no ha cobrado su finiquito.

Sigyn sacudió la cabeza.

–Ingréselo en el fondo de las donaciones. Es justo que yo también contribuya con algo a la causa –"Y además, adonde voy no necesitaré dinero midgardiano", pensó.

–De acuerdo, pero aun así necesito que me firme unos papeles. Para formalizar su fin de contrato –explicó Pepper ante la mirada interrogante de la asgardiana–. Ya sabe la pesadilla que es la burocracia.

–Sí, me lo imagino –se rindió–. Está bien, pero que sea rápido.

Con una sonrisa de circunstancias y echando un vistazo a su reloj, Pepper le sacó una carpeta bastante abultada llena de impresos.

–Lo lamento –se justificó, al ver la cara que puso Sigyn–, pero hay que hacerlo así, por triplicado. Ya sabe, una copia para Recursos Humanos, otra para los archivos de la Fundación y la otra para que se la quede usted. Siento mucho las molestias, de verdad.

–Acabemos de una buena vez –Con un suspiro de fastidio que no se molestó en disimular, Sigyn comenzó a estampar su firma en todos aquellos impresos. Al principio lo hacía cuidadosamente, pero después de unas cuantas empezó a impacientarse y a automatizar el gesto, haciéndolo cada vez más rápido. Y al desconectar, también se puso a pensar.

Había algo raro en todo aquello. Ni siquiera cuando la habían contratado en la Fundación había tenido que firmar tantos papeles. ¿Cómo podía ser que le fuera más difícil salir que entrar? A menos, claro, que aquello fuera una excusa. Que estuvieran tratando de retenerla.

Levantó los ojos de los papeles de nuevo y los fijó en Pepper Potts, en su sonrisa serena y confiable. Pero aquella forma de mirar el reloj, y aquella llamada… Sí, ahora mismo… no tardes. "Zorra mentirosa", pensó fríamente Sigyn. ¿Por qué siempre acababa dando con hipócritas? Pero ella misma también sabía serlo.

–¿Sabe qué? –dijo despreocupadamente, con una seguridad que estaba lejos de sentir– En realidad tengo bastante prisa, tengo que estar en el aeropuerto en una hora –improvisó–. ¿Por qué no me manda estos papeles por correo electrónico y yo se los reenvío firmados por mensajería?

–Pe-pero… –Pepper pareció alarmada al verla levantarse, lo que le ratificó a Sigyn su impresión de que tenía que salir de allí cuanto antes.

–Adiós, señorita Potts –sin dejarla acabar, Sigyn le estrechó la mano apresuradamente–. Gracias por todo.

Sin esperar respuesta, salió del despacho, indiferente al modo un tanto ansioso en que Pepper intentaba detenerla:

–¡Señora Black, espere!

Pero Sigyn ya no la escuchaba. Caminaba a paso ligero por el pasillo en dirección al ascensor, intentando contenerse para no correr y con un único deseo en su mente: tomarlo y poder salir de allí cuanto antes. Ahora veía que Sif tenía razón, no debía haber ido allí. Tendría que haberse esfumado sin más con Tess y con ella, ¿qué importaba si eso creaba revuelo a su alrededor? Ellas ya no estarían allí para verlo.

Mientras llamaba al ascensor y esperaba que viniera, giró la cabeza una última vez para comprobar que Pepper Potts no la seguía. Afortunadamente, según pudo ver, la empresaria había decidido no moverse de la puerta de su despacho, aunque aún seguía observándola con una extraña expresión en el rostro. Sigyn volvió a mirar hacia delante cuando el ascensor se detuvo en su planta. Mejor que esa mujer no la siguiera, se dijo, no quería que la obligara a hacer nada expeditivo. Subiría al ascensor, saldría de aquel endemoniado lugar y se reuniría con Sif y Tess, para ir a casa.

Pero sus esperanzas se vieron truncadas cuando, al abrirse las puertas del ascensor, vio que no estaba vacío. En él viajaban dos hombres vestidos de traje, de los cuales conocía bien a uno, y el otro le sonaba vagamente, aunque no identificaba de qué en concreto.

–Buenos días, señora Black –le saludó el primero, carismático como siempre y con aquella atractiva sonrisa de estar siempre de vuelta de todo que parecía su seña de identidad.

–Se-señor Stark… –balbució ella. El otro hombre, de mediana edad y algunas entradas sobre su cabello castaño, también le sonrió amablemente, pero aquello sólo aumentó su sensación de que algo no iba bien, de que estaba ocurriendo algo. Algo muy malo.

–¿Sube? –ofreció Tony Stark con lo que a ella le pareció una expresión burlona.

–Eh… en realidad… –se quedó paralizada. Pensó en retroceder, pero antes de que pudiera reaccionar, Stark la tomó suavemente por el brazo y la hizo entrar en el ascensor antes de que ella pudiera reaccionar. Sin violencia, pero con firmeza.

Antes de que el ascensor cerrara sus puertas, aún pudo ver por última vez el rostro de Pepper Potts, y sintió odio hacia ella cuando Stark la saludó agitando los dedos de una mano:

–Gracias, querida. Qué haría yo sin ti…

Pepper suspiró con los ojos en blanco, y entró de nuevo en el despacho. La última mirada que le dirigió a Sigyn fue como de compasión, pero eso no la hizo ablandarse, ahora que sabía que había estado entreteniéndola para que Stark y el otro hombre pudieran encontrarla allí.

Las puertas del ascensor se cerraron, y Stark aún no la había liberado. Seguía aferrándola por el brazo amablemente pero sin vacilar, y la sensación de alarma de Sigyn se había convertido en una campana que sonaba sin cesar en su cabeza. El empresario oprimió el botón del ascensor que llevaba al último piso.

–Esto… yo tengo que bajar –dijo ella, intentando controlar el miedo que, cada vez más, le oprimía el corazón–. He de estar en el aeropuerto… tengo un vuelo…

–Oh, no se preocupe –le contestó él–. Si es por eso, vamos a volar.

Ella lo miró espantada, y consideró deshacerse de él a la fuerza, parar el ascensor con su energía mental y salir corriendo, pero él pareció leer sus intenciones en sus ojos, porque añadió:

–Por favor, señora Black, no haga ninguna tontería. Mire –señaló fuera del ascensor, que era transparente y dejaba ver toda la actividad en el edificio–, todas las salidas están vigiladas –le indicó, apuntando con un gesto a varios hombres en el hall principal, fornidos, trajeados y con toda la pinta de guardaespaldas. Sigyn no podía verlo desde allí, pero le pareció que seguramente también estarían armados.

Ella esbozó una sonrisa torcida, irónica.

–¿Tan peligrosa me consideran?

–Esto no es por usted. Al menos, no del todo. Ya sabe por quién es.

Ella miró hacia el frente y tragó saliva. Sabían quién era.

–La señorita Potts es realmente eficiente en sus investigaciones –comentó fríamente, intentando no dejar traslucir la angustia que le agarrotaba el estómago.

–Sí que lo es, un verdadero tesoro. Pero no ha sido ella quien nos ha puesto al corriente de todo –repuso Stark con tranquilidad, haciendo a Sigyn preguntarse quién habría sido.

Entretanto, habían llegado al último piso del edificio, y Stark y el otro hombre –el cual aún no había pronunciado palabra, pero que a Sigyn seguía haciéndosele conocido… ¿por qué demonios le resultaba tan familiar?– la guiaron por un pasillo, haciéndola salir al exterior, a la amplia azotea de la Torre Stark. En la parte exterior de dicha azotea había instalado un gran letrero con enormes letras que por la noche se iluminaban en un tono azul fluorescente como un rótulo publicitario, para que nadie tuviera dudas sobre quién era el propietario de aquel complejo. No sólo los dioses eran egocéntricos y narcisistas, pensó Sigyn; los mortales midgardianos sabían serlo también.

Aquella azotea era tan grande que tenía incluso un helipuerto. Si la gran H en el suelo no hubiera bastado para advertir a Sigyn de tal circunstancia, el helicóptero que los estaba esperando, ya en marcha, se lo habría dejado totalmente claro.

–Basta ya –gritó Sigyn, desasiéndose del agarre de Stark. En realidad tenía que gritar para hacerse oír en medio del ruido de las aspas del helicóptero–. No pienso ir con ustedes hasta que me digan qué está pasando y adónde vamos.

–A un lugar seguro, señora Black –habló por primera vez el hombre que acompañaba a Stark–. Por favor, no se resista; todo esto es por su bien. En estos momentos estamos localizando a su hija para trasladarla también.

Sin molestarse en disimular su desconfianza, pero sin saber qué otra cosa hacer, Sigyn subió al helicóptero, y Stark y el hombre del traje subieron detrás de ella.

–Lamento el malentendido del otro día –comentó el primero, tendiéndole amablemente unos auriculares acolchados para protegerse los oídos del ruido del helicóptero y colocándose él mismo unos similares–. Sé que fui un poco grosero, pero cómo me iba a imaginar que estaba tratando con una princesa, usted no parece… –se detuvo, al darse cuenta de que lo que estaba diciendo se podía interpretar como una nueva indelicadeza–. Quiero decir, no es la primera princesa que conozco; he tratado con algunas princesas europeas y, en fin… usted no se parece a ellas. Eso es bueno –aclaró enseguida–, esas nobles son todas unas estiradas.

Sigyn miró hacia abajo mientras el helicóptero se elevaba en el cielo, tomando cada vez mayor altura.

–¿Adónde vamos? –insistió con un hilo de voz.

–Ya lo verá –contestó Stark–. En breve llegaremos, pero no debe preocuparse. Está en buenas manos –Le pasó algo que parecía una mascarilla de oxígeno portátil–. Póngase esto también, le hará falta –comentó, mientras se ajustaba él una idéntica.

Ella obedeció, pero no podía dejar de preguntarse adónde iban a ir que les hiciera falta aparatos que les facilitaran respirar.

Durante un buen rato sobrevolaron Nueva York, y durante todo ese tiempo Sigyn no despegó los labios. Cada vez le parecía más que se estaba metiendo en algo de lo que no podía salir, pero no veía la manera de evitarlo. Casi le hacía desear que Loki apareciera y la sacara de allí, aunque no sabía si era salir de la sartén para caer en las brasas. Por lo menos Loki era un mal conocido, pero ¿y ellos? ¿Y qué ocurriría con Sif y Tess, que la estaban esperando?

Sus inquietos pensamientos quedaron olvidados en un segundo cuando, al elevarse el helicóptero sobre las nubes, de repente vio que una enorme sombra se cernía sobre ellos, oscureciendo el apagado sol. Cuando alzó la vista, curiosa, para ver lo que estaba causando aquella sombra, se quedó sin aliento.

–Qué… ¿qué es eso? –murmuró, observando el monstruo de metal que los sobrevolaba. La superficie superior parecía la de un portaaviones, aunque Sigyn no sabía que existieran portaaviones voladores; pero el resto parecía una nave gigantesca, con un diseño mucho más sofisticado que la idea que tenía ella de los portaaviones militares. Aquella mole aérea se sostenía en el aire gracias a multitud de enormes aspas de helicóptero situadas a ambos laterales que giraban a muchísimas revoluciones por minuto, generando un ruido ensordecedor. Daba impresión de algo sacado de alguna película de ciencia ficción.

Stark sonrió, divertido al verla tan asombrada.

–Bienvenida al Helitransporte.

Sigyn le devolvió la mirada.

–El Heli… ¿qué?

–*–*–*–*–*–

El helicóptero, que en comparación parecía una mosca al lado de un rinoceronte, se posó en el suelo de cemento del "Helitransporte", que no era más que la mayor base móvil de operaciones de S.H.I.E.L.D. –aunque eso Sigyn no podía saberlo–, capaz de moverse tanto por aire como por mar. Era una de las instalaciones más sofisticadas y secretas de la Agencia, y Tony Stark estaba especialmente orgulloso porque se trataba de su diseño y de piezas de su empresa. De hecho, había habido otros Helitransportes antes, pero aquél era el más moderno y el mejor construido, y enteramente obra suya.

Cuando el helicóptero aterrizó sobre aquella gigantesca nave y sus aspas dejaron de girar, el empresario descendió y ofreció su mano caballerosamente a Sigyn para ayudarla a bajar a su vez. Aunque reluctante, Sigyn se quitó los auriculares y aceptó la mano que Stark le ofrecía, y el tercer ocupante, el lacónico hombre del traje, los acompañó silencioso como siempre. Hacía un frío tremendo, ella se imaginaba que debido a la altura.

La superficie del portaaviones, de cemento gris sobre el que habían pintado grandes logos amarillos con la figura de un águila y múltiples líneas blancas para delimitar las pistas de aterrizaje, estaba atestada de hombres en uniforme. Sus atuendos le recordaron a Sigyn a los de los soldados de las Fuerzas Especiales del ejército de los Estados Unidos aunque eran un tanto diferentes. Todos iban con cascos, anteojos y armados con rifles, y todos llevaban mascarillas de oxígeno al igual que ellos tres, ya que se encontraban a tantísima altura que la respiración natural se hacía muy difícil, por no decir imposible. Ninguno de aquellos soldados les prestaron atención, lo cual debía significar que ni Stark ni el otro hombre eran extraños en aquel lugar, como sí lo era ella.

Ambos la escoltaron por aquella zona al aire libre, haciéndola entrar por una puerta y descender por unas escaleras; sólo entonces pudieron quitarse las mascarillas de oxígeno. Sigyn nunca había estado en unas instalaciones militares –porque obviamente aquel heli-loquefuera era una de ellas–, pero aquello no se parecía nada a lo que había visto en las películas. Cualquiera habría imaginado unos pasillos pobremente iluminados, estrechos y claustrofóbicos, repletos de soldados armados hasta los dientes; pero no era así en absoluto. Lo de los soldados se cumplía, pero era lo único: el corredor que recorrieron era amplio y lleno de luz, con un diseño casi futurista, como la propia nave. Dentro del recinto se sentía como si fuera un edificio normal con cimientos enraizados en la tierra, en lugar de en aquel armatoste volador situado a tantísimos pies de altura.

Incluso tenía ascensor al final de dicho corredor, no transparente o elegante como el de la Torre Stark, pero también espacioso e iluminado; sólo le faltaba la música de ambiente, se dijo Sigyn de forma un tanto absurda. Stark y el otro hombre, escoltados por un par de soldados, la guiaron hacia el ascensor, el cual bajó un par de plantas hasta otro pasaje similar al anterior, y tras recorrer otro pasillo llegaron a su destino, una especie de salita casi completamente vacía, a excepción de una larga mesa de reuniones y algunas sillas. A Sigyn le dio la impresión de que aquello era una sala de interrogatorios, sólo que en vez del consabido espejo que ocultaba un cristal de doble fondo que había visto en el cine o en las series de televisión tenían un par de cámaras de vídeo: una pequeña, de vigilancia, situada en una de las esquinas de la habitación; y otra de mayor tamaño colocada en la mesa, para poder grabar las "sesiones" de interrogatorio, supuso ella. En aquel sitio, todo estaba dotado de lo último en tecnología.

–Bien, aquí nos separamos –la informó Stark, quedándose en el umbral–. Tengo que dejarla aquí, por el momento. Pero no se asuste, no le quitaré ojo de encima. Volveré –añadió imitando la entonación de Terminator en broma; y después le guiñó el ojo juguetonamente, intentando tranquilizarla, pensó Sigyn. Algo en lo que no estaba teniendo demasiado éxito.

–Pero… –empezó, pero después decidió cerrar la boca. No sabía por qué había accedido a acompañarles allí sin resistirse, aunque algo le decía que de haberlo hecho tampoco le habría servido de mucho. Y también tenía la impresión de que todo lo que dijera podía ser utilizado en su contra, aunque nadie le hubiera leído sus derechos. ¿Necesitaba que se los leyeran? ¿Estaba detenida? ¿En qué lío se había metido?

Stark se marchó, y ella se quedó sola con el otro hombre, el del traje oscuro. Éste le sonrió también, pero había algo inquietante en esa sonrisa. La aprensión de Sigyn fue creciendo, formando un denso nudo en su estómago que empezaba a ahogarla de ansiedad.

–No se inquiete, señora Black –le dijo él, sacando un par de carpetas de documentos de una cartera que llevaba–, no le va a ocurrir nada malo. Sólo colabore con nosotros y todo saldrá bien.

–¿"Nosotros"? ¿De quién habla exactamente? –la tensión en el gesto y en las palabras de Sigyn se debía a la desconfianza, pero también, y cada vez más, al miedo.

–No se acuerda de mí, ¿verdad?

–Sé que le he visto antes, aunque ahora no recuerdo dónde.

Antes de que él pudiera contestar, la puerta se abrió de nuevo y entró otro hombre vestido de negro y con una cazadora de cuero también oscura. Era calvo y de color, tenía un parche cubriendo uno de sus ojos –de nuevo le recordó a Odín– y lucía un aire marcial, terriblemente autoritario. Era el mismo que había visto una semana atrás acompañando a Tony Stark.

–Soy Philip Coulson –prosiguió el hombre del traje, alargándole la mano para saludarla. Confusa, ella se la estrechó casi como por reflejo–, y éste es el general Nick Fury –Sigyn miró al aludido, que pese a todo no dijo ni una palabra.

–¿Son ustedes del FBI o algo así? –preguntó ella, y Coulson sonrió.

–No. Pertenecemos a un organismo independiente del Gobierno de los Estados Unidos denominado Sistema Homologado de Inteligencia, Espionaje, Logística y Defensa. S.H.I.E.L.D. –aclaró.

–¿Y se supone que eso debe sonarme de algo…? –empezó a decir Sigyn, pero se detuvo bruscamente. Empezaba a recordar dónde había visto antes a aquel hombre. Era el mismo que había ido a visitarla e interrogarla al hospital de Puente Antiguo pocos días después de que llegara a la Tierra, visita que había obligado a Sigyn a huir del hospital y empezar a llevar una vida casi furtiva–. Ahora le recuerdo.

–Sí –asintió él, casi amablemente–. Le dije que volveríamos a vernos, ¿verdad?

Pero Sigyn nunca se imaginó que aquella promesa se materializaría quince años después de formulada.

–Esto es un atropello en toda regla. No pueden traerme aquí y retenerme sin motivo –empezó a protestar–; yo no he hecho nada malo.

–De hecho, señora Black, aunque sabemos que ése no es su nombre… sí lo ha hecho. Utilizar una identidad falsa es delito federal en este país, así como el empleo de documentación falsificada. Tenemos todo el derecho de retenerla, incluso mandarla a la cárcel si queremos, pero no es nuestro deseo. La hemos traído aquí para protegerla.

Con la angustia estrujándole el estómago, Sigyn bajó la vista. No lloraría, aunque en ese momento era lo que más deseos tenía de hacer para desahogar su miedo.

–¿Qué quieren de mí? –preguntó con un hilo de voz.

Coulson abrió una de las carpetas y empezó a sacar fotografías de tamaño mediano, a color y en papel satinado, que mostraba a un hombre caminando por una calle. Empezó a mostrárselas a Sigyn, y ella inspiró intentando controlarse al verlas. Debían estar tomadas desde cierta distancia porque la imagen se veía un tanto borrosa, pero la silueta era inconfundible. Aun sin tener en cuenta su uniforme de guerra, ella habría reconocido aquel casco de afilados cuernos en cualquier parte.

–¿Conoce a este hombre?

Ella levantó enseguida la vista de las fotografías.

–No.

–Fueron tomadas hace bastantes años, en un ataque terrorista que este individuo efectuó sobre un museo en Stuttgart –le informó Coulson–. ¿Seguro que no lo ha visto antes? –le preguntó de nuevo socarronamente– Tal vez no ha mirado bien.

Intentando mantener la calma, Sigyn se obligó a mirar de nuevo las fotografías. Sí, aunque no se podía distinguir del todo, alrededor de Loki podía verse el caos que solía crear por donde pasaba. Algunas figuras de transeúntes corrientes parecían alejarse de él, como huyendo despavoridos. Ése era el efecto que su marido solía causar. Volvió a alzar los ojos hacia sus captores, con una ligera sonrisa tonta.

–¿Por qué me enseñan la foto de un tipo con un disfraz de Halloween? ¿Es esto alguna broma de cámara oculta de la tele? Porque si lo es, les ha tenido que costar una pasta montar todo esto…

Coulson pareció como si lo hubieran golpeado, pero Fury le devolvió la sonrisa a Sigyn. Pero no era una sonrisa alegre. De hecho, a ella le dio escalofríos.

–Una chica dura, ¿eh?

Una vez recuperado el dominio de sí misma, Sigyn les lanzó una mirada desafiante. No la harían hablar.

–Podría estar así todo el día.

–Bien, y mientras nos hace perder el tiempo aquí, ese psicópata tiene todo el que quiera para acercarse a su hija –atacó él esperando que aquel argumento la asustara, pero sólo consiguió que el brillo en los ojos de Sigyn se intensificara agresivamente.

–No lo llame así. Usted no le conoce –siseó, pero inmediatamente después de decir aquello, bajó la vista, sorprendida consigo misma. ¿Por qué lo estaba defendiendo?

–Pero usted sí –intervino Coulson–. Deje de intentar negarlo –para subrayar sus palabras, sacó una nueva fotografía de la carpeta y se la alargó a Sigyn. Esta vez la fotografía estaba bastante más nítida, y parecía mucho más reciente. Y tan reciente: la imagen los mostraba a Loki y a ella bailando en la fiesta de beneficencia de Stark. De nuevo los nervios encogieron el estómago de Sigyn.

–Le estaban siguiendo… –murmuró angustiada, pero Coulson negó con la cabeza.

–No. La seguíamos a usted.

–¡¿Qué? –exclamó ella, casi gritando.

–¿De verdad creyó que huir del hospital hace quince años le serviría para despistarnos? Por favor, somos profesionales y tenemos más recursos de los que nadie imaginaría –le espetó Coulson–. Su aparición inexplicable en un lugar tan cercano al vortex donde apareció su compatriota Thor, sus ropas, su carencia absoluta de identidad anterior… sólo tuvimos que investigar un poco para saber de dónde había venido usted; y mire por dónde, también salió a la luz su parentesco con este terrorista. De modo que la dejamos marchar, pero siempre la mantuvimos bajo vigilancia, por si acaso –tomó la segunda carpeta, algo más voluminosa que la primera, y la lanzó sobre la mesa, a un punto donde Sigyn podía tomarla y leerla. Ésta así lo hizo, a medida que Coulson glosaba–. Conocemos todo lo que ha estado haciendo durante los últimos años. Su adquisición de la identidad de Sibyll Black, su trabajo como maestra en Lubbock, su traslado a Nueva York…

Sigyn no podía dejar de leer aquel expediente, dedicado íntegramente a ella. Incluía informes, documentos e imágenes lo que había sido toda su vida en la Tierra, incluyendo fotos y una copia del certificado de nacimiento de Tess, sus notas del colegio… Aquella sensación de paranoia que la acometía a veces, incluyendo durante la fiesta mientras Loki y ella estaban bailando o la noche anterior en el centro comercial, no era paranoia. Ni tampoco era Loki quien la acechaba, sino ellos, los propios mortales. La habían vigilado todo el tiempo, mientras ella estaba haciendo su vida.

–Estuvimos a punto de darnos por vencidos, ya que en quince años él nunca pareció ponerse en contacto con usted –continuó el hombre–, aunque admito que el hecho de que usted entrara a trabajar en Stark despertó nuestras alarmas, pero después de unos cuantos años, nada tampoco. Casi habíamos tirado la toalla con usted, pero de repente… esto –volvió a señalar la fotografía que los mostraba a Loki y a ella juntos.

Ella siguió guardando silencio. Ya no tenía caso negar nada, pero tampoco sabía qué decir.

–¿Ha vuelto a tener algún contacto con él desde el momento en que se tomó esta fotografía? –le preguntó Coulson.

Realizando un esfuerzo, Sigyn consiguió levantar sus ojos de aquellos papeles que habían sido toda su vida durante los últimos quince años.

–¿Contacto? –repitió con un hilo de voz. Sin que lo pudiera evitar, volvieron a atacarla imágenes de la noche anterior, tomándola desprevenida. La piel desnuda de Loki contra la suya, sus manos y su boca recorriendo su cuerpo, el modo increíble en que la llevó al éxtasis… todos aquellos detalles se reprodujeron de nuevo en su mente como si estuvieran ocurriendo en aquel mismo momento, con idéntica intensidad, como si los estuviera viviendo a cámara lenta. Sintió que se sofocaba, y le costó contestar– No.

–¿Seguro?

–Totalmente. Además –saltó algo más decidida–, si me han estado vigilando, no hará falta que yo se lo diga, ¿verdad?

–Eso es cierto –admitió Coulson. Afortunadamente, cualesquiera que fueran sus métodos de espionaje, no habían alcanzado a verle dentro de su casa, porque si no también habrían averiguado lo de su "visita nocturna", pensó Sigyn–. De todas maneras, ¿sabe dónde está?

–No –"Y si lo supiera, tampoco se lo diría", añadió ella para sí.

–Aun así, prevemos que seguramente vuelva a contactarla, y en ese momento necesitaremos su colaboración. Ahora tenemos una oportunidad para acercarnos a él.

–¿Qué quiere decir?

Fury tomó la palabra:

–Mire, hemos estado intentando pillarle durante años. Desde nuestro primer encuentro, donde conseguimos capturarle y se nos escapó, ya no hemos vuelto a tener oportunidad de echarle el guante otra vez. Alguna vez logramos acercarnos, pero él siempre nos esquivaba. Hay que admitir que el cabrón es listo, y muy escurridizo. Esto es lo más que hemos conseguido acercarnos a él –señaló las primeras fotografías que le había enseñado a Sigyn–. Hasta la otra noche –tomó la otra, la de la noche del baile–. Por primera vez cometió un error: el de dejarse ver cerca de usted; es una lástima que no estuviéramos ninguno de nosotros para aprovecharlo. Natasha me dijo que Thor le contó que todo el mundo en Asgard la creía muerta, ésa debería ser la explicación de por qué él no la ha contactado antes; pero ahora lo ha hecho –la miró de arriba abajo–. Diría que usted es su debilidad. No se ofenda, pretendía ser un cumplido –agregó al ver que Sigyn fruncía el ceño–, pero el caso es que es una debilidad que tenemos que aprovechar; no tenemos muchas oportunidades con él.

–¿Qué es lo que quieren de mí? –repitió ella, esta vez dirigiéndose hacia Fury. Coulson podría ser el que llevaba el traje y hablaba más, pero estaba claro quién era el jefe en todo aquello.

–Quiero que en cuanto vuelva a contactarla, nos avise inmediatamente. Tiene que ayudarnos a detenerlo. Tiene que hacerlo por usted y por su hija.

Ella bajó la vista.

–No.

–Señora Black…

–¡He dicho que no! Y no diré nada más sin la presencia de un abogado –exclamó ella, sintiendo que el firme autocontrol que se estaba forzando por mantener desde que la habían llevado allí estaba a punto de saltar por los aires, amenazando con hacerla estallar en lágrimas.

Fury pareció divertido.

–Esto va mucho más allá de la jurisdicción de la ley estadounidense. Además, usted no puede pedir un abogado –repuso con voz fría.

–Claro que puedo. Tengo derecho a…

–No, no lo tiene –la contradijo él–. La asistencia por un abogado es un derecho constitucional, es cierto, pero sólo aplicable a los ciudadanos de los Estados Unidos, y usted no lo es. De hecho, ni siquiera es humana en el sentido estricto de la palabra, por lo que si quisiéramos saltarnos los derechos humanos con usted y ponernos bruscos para obtener su colaboración, podríamos hacerlo sin la menor consecuencia legal para nosotros.

A Sigyn empezaron a temblarle las rodillas, pero se esforzó por dominarse. Aquello era un farol para asustarla. Tenía que serlo. Dios, esperaba que lo fuera.

–Pues haga lo que tenga que hacer, que yo también lo haré –le lanzó otra mirada desafiante. Coulson pareció confuso.

–Señora Black, es lo mejor para usted. Ese hombre es peligroso y nosotros podemos protegerla. A usted y a su hija.

Ella ya no quiso contestar, y se encerró en un obstinado silencio. El hombre del traje levantó las manos exasperado, como dándose por vencido; en tanto que Fury le clavó una mirada calculadora.

–Espero que a otra persona lo escuche más que a nosotros –dijo entre dientes, y salió de la sala.

Pasaron un par de minutos. Sigyn seguía aferrándose a su silencio, intentando ignorar a Coulson, pero de repente se oyeron algunas voces fuera de la sala.

–¿No podéis dejarla en paz? –exclamó una potente voz masculina que ella conocía bien– Ya ha sufrido bastante.

–Sabes que es nuestra única opción –repuso la de Fury, algo más baja–. Espero que puedas convencerla… por su bien.

Thor entró en la habitación, y Sigyn lo recibió con expresión orgullosa… una altivez totalmente fingida. Después, el dios del trueno intercambió una mirada con Coulson. No hicieron falta palabras: el hombre del traje se levantó y abandonó la estancia, dejándolos solos.

Thor se sentó en el sitio que había estado ocupando Coulson, y ambos antiguos cuñados quedaron frente a frente, chocando sus miradas.

–Hola, Sigyn –la saludó suavemente.

–Hola Thor. Así que tú eres el "poli bueno", ¿me equivoco?

–¿El poli…? –pareció desconcertado– Ah, ya sé a qué te refieres. Ahora eres tú la que más conoce la cultura de la Tierra, yo voy y vengo desde Asgard para cosas puntuales, así que… –se interrumpió al darse cuenta de que divagaba–. Aún no puedo creerlo. Estás viva.

–Estoy viva –confirmó ella secamente–. Pero eso ya lo sabías. Os habréis estado riendo bastante durante estos años a mi costa.

–¿Qué? ¡No! –él se defendió de la acusación– Fury y su servicio de inteligencia lo sabían, pero yo no. Nunca me dijeron nada. Demonios, ni siquiera Tony lo sabía.

–¿Te refieres a Tony Stark?

–Sí. Cuando se enteró por poco mata a Coulson por no haberle informado de quién eras tú y de que estabas trabajando en su empresa. Al parecer en la propia empresa también te investigaban, pero de forma paralela a la Agencia, y no averiguaron tanto como ella. Yo también estoy bastante enfadado, nadie nos contó nada hasta hace poco. Quise ir a verte enseguida, pero no me dejaron.

–Vaya. Así que ahora el dios del trueno obedece las órdenes de unos mortales –comentó ella sarcástica, haciéndole fruncir el ceño.

–Eso no es así, Sigyn. Me dijeron que si te avisaba antes de tiempo, huirías de nuevo y ya no podríamos protegerte.

–Protegerme –repitió ella.

–Sí. De él.

–No necesito vuestra protección –declaró ella, aunque había dicho todo lo contrario los días anteriores.

Ambos se quedaron callados unos segundos, sin saber bien qué decir.

–La última vez que nos vimos… –dijo al final Thor– fue hace quince años…

–Sí.

–¿Por qué no me dijiste que Narvi y Váli habían muerto?

Ella se encogió, como si el recuerdo de sus hijos asesinados la golpeara simplemente por el hecho de salir a la luz.

–¿Habría cambiado algo?

–Claro que habría cambiado. Yo pensaba que querías reunirte con ellos, no que ibas a suicidarte… o huir, o lo que fuera. De habérmelo imaginado, no te habría dejado marchar. Te habría hecho quedarte con nosotros y habríamos cuidado de ti. Eras parte de la familia.

–Ya no lo soy –susurró ella apesadumbrada, pero Thor no parecía fácil de convencer.

–Lo sigues siendo –la contradijo–, al igual que Loki. Por muchas cosas terribles que él haya hecho durante este tiempo, y aunque se niegue a admitirlo, aún es mi familia; y tú también.

Sigyn evitaba su mirada.

–Aquella última vez que nos vimos… te dije también que…

–Recuerdo lo que dijiste –él no la dejó terminar–, pero sé que no hablabas en serio.

–¿Ah, no?

–No. Estabas trastornada. Acababas de perder a tus hijos y de vivir una terrible y penosa experiencia junto a Loki. Sé que eres una buena persona, y que nunca intentarías nada malo contra ninguno de nosotros.

–Sigues siendo un tonto confiado –dijo ella en voz baja, y él sonrió.

–Incluso los dioses tenemos nuestras debilidades.

Sigyn suspiró.

–Tienes que decirles a tus amigos que me dejen salir de aquí.

–Por desgracia, ni a mí me escucharían. Y es que además, creo que tienen razón.

–¿Qué?

–Sabes mejor que nadie de lo que Loki es capaz. Tenemos que detenerle, y ya que no podemos hacerlo en Jotunheim, tenemos que aprovechar mientras aún está aquí en la Tierra. Mientras intenta acercarse a ti.

Ella pareció reflexionar.

–¿Qué me estás pidiendo, Thor? ¿Que os sirva de cebo en algún rocambolesco plan para atraparle?

–No lo veas así. Le estarías haciendo un favor a la Tierra donde has vivido, a ti misma, a tu hija… incluso a él. Sé lo que sientes por él, pero…

–Ya no siento nada por él –lo contradijo ella con rotunda brusquedad, tal vez excesiva–, no se trata de eso. Ese hombre, Fury, lo ha definido muy bien. Loki es listo y escurridizo –explicó–. Supongamos que os escucho y colaboro en ese plan para que lo atrapéis. Y supongamos, que ya es mucho suponer, que ese plan tiene éxito. ¿Cuánto tiempo crees que pasaría antes de que escapase? Porque sabes que antes o después, es lo que acabaría haciendo. Y me buscaría, Thor. Ahora mismo está medio razonable conmigo, sabrá Dios por qué, ¿pero qué haría si se enterara de que lo he traicionado, de que he colaborado con sus enemigos?

El dios del trueno la observó durante unos segundos, intentando calibrar lo que realmente pensaba su cuñada.

–¿Seguro que te niegas por miedo a sus represalias?

–¿Acaso importa? Eso no hace que lo que digo sea menos cierto. Por eso iba a irme, iba a regresar a Asgard. Sif me ha dicho que…

–¿Sif? –Thor se mostró muy sorprendido– ¿Cuándo has hablado tú con Sif?

Sigyn se arrepintió de haber dicho aquello. Le parecía que había metido la pata, traicionando a su amiga.

–Vino a verme hace unos días y se ha estado quedando en mi casa –confesó, y la expresión de desconcierto de él se intensificó.

–Que yo sepa, ella no se ha movido de Asgard en todo este tiempo.

–Es lo que tú crees. Me pidió que no te dijera nada, no quería que te molestaras.

–Qué raro… –reflexionó el dios del trueno–, no es propio de Sif hacer ese tipo de cosas a mis espaldas. No sé, hablaré con ella.

–No te enfades demasiado con ella, me ha estado apoyando mucho estos días. Gracias a ella he reunido el valor para abandonarlo todo, de nuevo, y regresar a casa. Pero para eso tenéis que dejarme marchar.

–Pero Loki…

–No me importa lo que haga, mi respuesta a vuestra petición sigue siendo no. Y dile a tu… jefe… que si quiere torturarme, que lo haga. Pero que si lo hace, que se acuerde de matarme después, porque en cuanto salga de aquí iré a la prensa y tiraré de la manta. No sólo lo que hacen en este sitio, sino la existencia de Asgard, las amenazas interplanetarias… todo lo que se están callando "por el bien nacional"… todo.

–No… –repuso él turbado–, él no hace esas cosas. Al menos, eso espero… –murmuró para sí mismo–, y además, aunque así fuera, ni yo ni mis compañeros dejaríamos que te hicieran daño. Pero tú tienes que reconsiderar tu decisión –se levantó de la silla y se dirigió a la salida, parecía fatigado. Podía tener una resistencia sin igual y combatir durante horas sin manifestar el menor cansancio, pero ese tipo de enfrentamientos psicológicos podía con él–. Por favor, piénsalo –le pidió antes de salir.

–No hay nada que pensar –replicó Sigyn desafiante, y Thor suspiró otra vez antes de cerrar la puerta.

Sigyn volvió a quedar sola en aquella sala, y esta vez nadie entró de nuevo para molestarla ni interrumpir sus pensamientos, que de nuevo corrieron rápidos, caóticos.

No podía simplemente sentarse allí y dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Sif y Tess estaban allí fuera y a cada minuto que pasaba corrían peligro, el peligro de que Loki las encontrara. Ella no podía dejar que eso ocurriera. Claro que si estuviera con ellas, no serviría de mucha ayuda contra él, al menos en cuanto a la fuerza bruta… pero no podía soportar el no estar allí con ellas sino encerrada en aquel cuartucho, incomunicada e impotente.

¿Qué podía hacer? ¿Qué iba a hacer?


Comienza una pequeña subtrama de acción con los Vengadores, que tendrá lugar durante algunos capítulos. Todo comienza con el epílogo de EW (nunca un epílogo dio tanto juego XD), donde Coulson va a visitar a Sigyn al hospital, visita que obliga a ésta a huir.

Lo que fue un hecho puramente anecdótico, puesto sólo servía para conectar más la historia con el fandom, ha dado para toda una aventura, porque luego se me ocurrió que S.H.I.E.L.D. no deja huir a los sujetos que le interesan así como así. Desde el capítulo 11 he ido aludiendo a ciertas sensaciones ocasionales de Sigyn de estar siendo vigilada, y pensaba que ibais a sospechar, pero con tantas otras cosas (reencuentro, UST, etc.) quedó "disimulado" como yo quería. Porque Nick Fury también tiene su parte de mischief.

El Helitransporte (Helicarrier) es el cuartel general móvil de los Avengers. En una primera versión de estos capítulos situaba la acción en unas instalaciones secretas de S.H.I.E.L.D. en tierra, pero para hacer la historia lo más cercana posible al canon de los Avengers he decidido trasladarla al Helitransporte.