–21–

–Algo va mal… –murmuró Loki. Pero su comentario quedó perdido entre las conversaciones de la gente que transitaba por el Central Park, algunos paseando, otros corriendo (esa gente nunca dejaba de correr, y eso que no tenían verdaderos motivos para hacerlo… aún), y otros sentados en los bancos intentando captar los escasos restos de calor del mortecino sol invernal, oculto bajo una especie de niebla.

–¿Cómo dices? –preguntó Tess, mirándolo curiosa.

–Nada –repuso él, desviando la vista para que la chica no pudiera adivinar la inquietud en sus ojos.

Mientras esperaban que Sigyn saliera de su entrevista con Pepper Potts, ambos habían estado matando el tiempo vagando por el centro comercial, abarrotado incluso a esas horas; o en lo que Tess llamó "recreativos", un sitio infernal lleno de luces brillantes y ruidos estridentes del que Loki había tenido que salir enseguida porque le daba dolor de cabeza. Al final habían acabado dando vueltas por el Central Park. Todos ellos sitios con mucha gente, había sugerido Sigyn, de modo que nadie, ni siquiera Loki –lo cual tenía bastante gracia– tuviera la oportunidad de hacer nada contra ellos.

Tess y él parecían dos transeúntes más entre el resto de mortales, de no ser por la belleza de la forma de Sif, y también por el hecho de que ellos dos eran los únicos que no iban embutidos de pies a cabeza en gruesas ropas de abrigo. Tess llevaba una cazadora de cuero y unos guantes sin dedos, pero Loki sospechaba que lo hacía exclusivamente por moda; y en cuanto a él, llevaba un fino vestido de lana de color caqui sin nada más encima. Ninguno de ellos sentía el menor frío debido a su constitución de gigantes de hielo; pero aun así Loki reflexionó si no sería mejor ponerse algo de abrigo… más que nada por no llamar la atención. Tras unos segundos, desechó la idea. Sólo eran mortales, después de todo; para qué molestarse en disimular con ellos.

Además, en pocas horas estarían de vuelta en casa y no tendrían que preocuparse por su imagen. Tenía ganas de recuperar su aspecto original definitivamente. Ya estaba cada vez más incómodo con su apariencia de Sif, sobre todo después de haber experimentado –en todos los sentidos– lo que era ser hombre otra vez. Una ligera sonrisa asomó a sus labios al recordar lo ocurrido durante la madrugada de la noche anterior. Volver a tener a Sigyn en sus brazos tras quince años había sido mejor aún de lo que había esperado. Si tan sólo ella no lo hubiese estropeado después con ese auto forzado afán de venganza, que le pegaba tan poco…

Debería estar muy molesto por aquello, pero sorprendentemente no era así. Aquel esfuerzo de ella por desquitarse de las heridas del pasado, casi patético si se comparaba con la forma que solía tener él de cobrarse las suyas propias, casi le hacía gracia. Y todo el mal humor que al principio le había causado aquella jugarreta infantil había desaparecido de su ánimo cuando pensaba que con eso ella le había dado la excusa para jugar sucio a su vez. Le dejaría creer que había ganado esa batalla, porque él acabaría ganando la guerra. En cuanto su mujer acabara con esos estúpidos de Stark, se las llevaría a ella y a su hija y no tendrían que volver a pisar ese estercolero de Midgard, al menos hasta que lo conquistaran y él lo hubiera reformado de arriba abajo, convirtiéndolo en un reino en condiciones.

Pero Sigyn estaba tardando más de la cuenta y eso no era propio de ella.

–¿Crees que mamá estará bien? –insistió Tess, volviendo a distraerle. Loki asintió, aunque en el fondo no acababa de estar seguro. Tenía un presentimiento bastante inquietante.

La hora de comer en aquel lugar había transcurrido y Sigyn no había llamado al móvil de Tess para dar instrucciones o simplemente comunicarles que se reuniría con ellos; y cuando la joven había intentado llamarla, una voz impersonal les informaba de que el móvil al que estaban llamando se encontraba apagado o fuera de cobertura. Seguramente tanto el retraso como lo del móvil se debían a motivos sin importancia, algún problema burocrático al rescindir el contrato en Stark o tal vez se le había pinchado la rueda del coche, y que se hubiera quedado sin batería en su aparato telefónico.

O tal vez no.

Si se hubiera tratado de otra persona, habría pensado que Loki había puesto en marcha algo de su habilidad para el engaño para impedirle comunicarse con ellos. Pero dado que Loki era él y que, por una vez y sin que sirviera de precedente, estaba allí de lo más inocentemente con su hija, no podía evitar la sensación de que lo que retenía a su mujer era algo aún más siniestro y amenazador que él mismo.

Como adivinando sus pensamientos, Tess volvió a hablar:

–¿Piensas que mi padre ha podido, no sé… secuestrarla o algo así?

–Por última vez, no –Loki se encaró con ella un tanto impaciente–. Tu padre no es el psicópata que todo el mundo quiere que creas. Ha hecho muchas cosas que no son para enorgullecerse, pero no es… –se detuvo. ¿Iba a decir que no era una mala persona? Porque sí lo era, él lo admitía antes que nadie–… un loco –terminó.

Tess se echó a reír.

–Ya lo sé. Sólo estaba bromeando. Me hace gracia cuando te pones tan nervioso, papá.

Loki se quedó helado.

–¿Cómo dices?

–¿Cuándo le vas a decir a mamá quién eres en realidad? Porque no pensarás seguir con esa forma de mujer toda la vida, ¿verdad?

Atónito, él tardó unos segundos en reaccionar. Sólo unos pocos, pero eso en él era mucho.

–¿Sabías quién soy?

Ella se encogió de hombros.

–Si anda como un pato, grazna como un pato y nada como un pato… Es decir, en Internet vienen todas esas historias sobre ti transformándote en otras personas, o incluso en animales. Mamá no conoce esas historias, me imagino que por eso no sospecha nada… –murmuró, como reflexionando en voz alta–. Andas como un hombre, siempre hablas en tu defensa cuando supuestamente a esa mujer a la que interpretas le caes fatal y, sobre todo, cuando crees que nadie te ve miras a mamá con ojos de cordero degollado –sonrió–. Creo que estaba bastante claro.

–Vaya, no me imaginaba que fuera tan transparente –murmuró él, algo molesto por haber sido descubierto, pero a la vez orgulloso por la perspicaz lógica de su hija, tan parecida a la suya propia–. Y si lo sabías, ¿por qué no le dijiste nada a tu madre?

–Tenía ganas de conocerte y pasar tiempo contigo, y sabía que era la única manera en la que mamá te dejaría estar cerca de mí. Ha sido un poco raro tener que verte todo el tiempo con esa forma de mujer, pero lo he pasado muy bien esta semana.

–Yo también –admitió él–. Pero me alegro de poder dejar este juego del escondite, al menos contigo.

Tess se echó a reír, contemplando el estanque de los patos, donde en realidad ya no quedaba un solo pato… todos habían emigrado, aunque lo más probable era que estuvieran muertos. Era complicado emigrar a países más cálidos cuando todos los países del planeta estaban sumidos, en mayor o menor grado, en el mismo perpetuo invierno.

Cuando la chica se volvió a mirar a Loki de nuevo, no pudo evitar un respingo. "Sif" había desaparecido y en su lugar estaba el elegante caballero de aspecto hermoso pero sombrío, impecablemente vestido como siempre con un traje a medida, un ligero abrigo de paño oscuro y una bufanda de espiguilla con fondo verde. También llevaba un delgado bastón de madera de tono azabache con puño de plata, aunque parecía más un complemento para su aspecto de dandy que porque realmente necesitara un instrumento para sostenerse. Presumido como siempre, se estaba atusando su cabello negro, asegurándose de que ni un solo pelo estuviera fuera de su sitio, aunque dejó de hacerlo al percatarse del sobresalto de su hija.

–¿…Qué? –preguntó, sorprendido por la reacción.

–Dios papá, ¡me has asustado!

–No veo necesidad de seguir manteniendo mi disfraz contigo si sabes quién soy –se justificó tranquilamente.

–Pero cambiar así, delante de la gente… –murmuró ella, intranquila– ¿No es peligroso?

Loki observó al resto de transeúntes con una ligera sonrisa, un tanto despectiva.

–Cuando quiero, puedo resultar invisible a los mortales.

–¿Entonces me están viendo hablar sola? –Él se echó a reír.

–Claro que no. Pueden verme, sólo que… no reparan en mí. Sus mentes no registran mi presencia y por tanto tampoco la tuya, a menos que yo me dirija hacia ellos o que nos estén buscando a propósito –Justo igual que cuando vivía en Asgard, reflexionó un tanto incómodo, salvo que ahora su tendencia a pasar desapercibido era una ventaja para él–. Cuando tu madre regrese, volveré a mi disfraz antes de que me vea. Espero que puedas cubrirme unas cuantas horas más.

–Está bien, ¿pero no crees que está tardando demasiado?

Él se encogió de hombros vagamente, sin decir nada concreto. Sí que estaba inquieto al respecto, pero no quería transmitírselo a su hija. No le gustaba dar impresión de inseguridad, ni siquiera cuando realmente se sentía inseguro.

–Ya llegará.

–Mientras llega, ¿quieres que comamos algo? Me muero de hambre, y por aquí venden unos perritos calientes que alucinas.

Loki miró a su hija con cara de asco.

–¿Los mortales comen perros?

Tess rió de nuevo.

–No son perros de verdad, son… OK, te lo enseñaré.

La muchacha guió al dios del engaño hasta uno de esos puestos callejeros, de aspecto absolutamente vulgar e higiene dudosa, y pasando por alto esos aspectos compró dos de esos "perritos calientes", que no eran más que unas piezas alargadas de carne embutidas y metidas dentro de un panecillo, con diversos condimentos y aderezos a su alrededor. Le pasó uno a Loki –quien lo tomó no muy convencido–, y se dispuso a dar cuenta del suyo.

–Buen provecho –dijo, y le metió un gran mordisco– ¡Mmtá bunnízimo! –añadió con la boca llena.

Loki bajó la mirada y observó su "perrito" con cierta repugnancia. La mayoría de comidas de la Tierra estaban bien, sobre todo las que cocinaba Sigyn, pero aquélla en concreto no le despertaba mucha confianza.

–¿Le pasa algo a tu perrito caliente? –le preguntó su hija al ver su expresión recelosa– ¿No te gusta?

–Me parece que no… –pareció dubitativo–. ¿Qué son esas cosas verdes que tiene por encima?

Tess se encogió de hombros.

–Creo que nadie lo sabe.

–¿Cómo podéis comer una cosa que no sabéis lo que es?

Ella se echó a reír.

–Bien mirado, tienes razón. Pero de algo hay que morir, ¿no?

Loki no contestó. Él tenía una idea bastante clara de cómo moriría, pero no le apetecía adelantarlo comiendo una de esas cosas de apariencia sospechosa y origen más sospechoso aún. Fue a tirar el "perrito", pero Tess lo detuvo:

–¡No, espera! –le quitó el bollo de las manos y se apartó del camino, localizando a una anciana indigente que pedía limosna por el parque. Se lo entregó con una sonrisa y volvió al lado de su padre.

–¿Por qué has hecho eso? –le preguntó Loki, extrañado, y ella se encogió de hombros.

–No sé… mamá siempre dice que hay que ayudar a los demás si se puede… y ya que ibas a tirarlo…

–Darle comida sólo prolongará el sufrimiento de esa mujer. Si no muere de hambre, lo hará de frío o de alguna de las repugnantes enfermedades que infectan este reino mugriento –comentó él altivamente–. La verdadera compasión sería acabar con su vida y por tanto con su miseria.

Ella lo miró con ojos como platos.

–¿Realmente opinas eso?

–¿No te parece lo más lógico?

–Supongo que sí… –susurró para sí, confusa–, pero que sea lógico no quiere decir que no sea cruel.

–La vida es cruel, pequeña, y uno debe ponerse a su altura si quiere sobrevivir. Pero ahora que lo pienso –cambió de tema despreocupadamente–, sí que tengo hambre, pero nada de perros ni otros animales. Tengo antojo de esa comida fría y dulce… ¿cómo lo llamaste? ¿El-ado? ¿Hay por aquí algún sitio donde se pueda conseguir?

Aunque aún preocupada por las frías palabras de su padre, Tess asintió.

–¿Te refieres a un helado? Claro.

Realmente a Loki le apetecía uno de esos… helados, el del día anterior le había gustado mucho. Y como era su último día en Midgard, quería volver a disfrutar de ese delicioso dulce antes de regresar a Jotunheim y a su comida, bastante simple y poco variada en comparación con la de la Tierra. Tendría que ver algún modo de importar aunque fuera algunos de sus platos a Jotunheim, al igual que había hecho con las manzanas de Idunn o cualquier cosa de Asgard o Alfheim que le gustara.

Padre e hija se dirigieron a un puesto del centro del parque, una dulcería que vendía de todo: desde latas de refresco y botellas de agua hasta gofres y bollería para comer en la calle, pasando por golosinas de todas las formas y colores. Y por supuesto, también helados.

El tendero del puesto se quedó un poco sorprendido ante la estampa de aquel señor con aspecto aristocrático acompañado por una adolescente con ropa casual, casi de estilo punk. No pegaban demasiado, aunque sus rasgos se parecían mucho.

–Quiero un helado –dijo el primero.

–¿De qué sabor?

Loki miró por los cajones de helado ofertados en el mostrador, buscando la refrescante mezcla de que tanto le había gustado la noche anterior.

–¿Dónde está ése tan delicioso de menta y chocolate… cómo se llamaba?

After Eight –le recordó Tess.

–No, lo siento –repuso el dependiente–. De ése no tenemos.

–¿Cómo que no tienen? –su semblante se oscureció– Miserable mortal, ¿cómo te atreves a negarte a…?

La chica se aferró a su brazo con una sonrisa nerviosa.

–¿Qué tal vainilla? –propuso al tendero, que obedeció apresuradamente llenando un cucurucho y tendiéndoselo a Loki con un brazo tembloroso.

–S-son dos dólares –dijo atropelladamente, aunque daba la impresión de que si Loki no hubiese querido pagar, no le habría importado mucho, con tal de que desaparecieran de allí. Pero con una mirada siniestra, él sacó un billete de veinte y se lo tiró con una mueca de desprecio, girándose arrogante y alejándose majestuosamente del puesto. Él sería todo lo que quisieran decir de él, pero no era un ladrón. Al menos, no de helado.

Tess dedicó una expresión de circunstancias al tendero.

–Puede quedarse con el cambio –dijo rápidamente, y salió corriendo detrás de su padre.

Loki se había sentado en un banco cercano a saborear el helado, dejando el bastón a un lado. No estaba mal, aunque era un sabor más soso que el que había tomado la noche anterior. No se dio cuenta de que al derretirse, el helado goteaba un poco por el cucurucho, y algunas de las gotas del dulce derretido cayeron al suelo. Un gato callejero que pasaba por allí se acercó y empezó a lamerlas, y cuando se acabaron se restregó por las piernas del dios del engaño, y maullaba zalamero como pidiendo más. Loki resistió el impulso de darle una patada.

–Largo de aquí, criatura midgardiana –murmuró molesto, aunque éste no le hizo caso y siguió ronroneando contra sus piernas. Él suspiró, rindiéndose. Dentro de lo que cabía, se sentía de buen humor. La prueba de ello era que no había vaporizado al mortal cuando se había negado a servirle el helado que él quería, se había conformado con otro de inferior calidad y ¡hasta se lo había pagado! Claro que el dinero de Midgard no tenía el menor valor para él: sólo era papel tintado.

Aun así, era obvio que aquel sitio lo cambiaba a uno. Tal vez fuera por la compañía, o por el desahogo de lo que había compartido con Sigyn la noche anterior. O simplemente el alivio de saber que ese mismo día iban a regresar a casa.

Agarró a aquel animal por la piel del cuello y lo levantó, observándolo como al más raro espécimen. Uno que sin embargo era tan listo como para haber despertado su curiosidad.

–Te sabes todos los trucos para sobrevivir, ¿eh, bicho? –sonrió. En cierta forma le recordaba a él mismo.

A Tess, que llevaba allí un rato observándole, también le hizo gracia aquella escena.

–Qué, ¿otro aliado para completar tu ejército del mal?

Loki miró hacia su hija, distracción que aprovechó el gato para dar un lametón al helado que el primero había dejado descuidadamente a su alcance… y por supuesto arruinándoselo. Así que dejó al gato en el suelo y también el helado, dando éste buena cuenta de él. Tess se sentó en el banco al lado de su padre, tomó al felino en brazos y lo acarició.

–Es una monada, deberíamos quedárnoslo. Mamá nunca me dejó tener animales en casa, decía que yo acababa perdiendo el interés y después era ella quien tenía que cuidarlos.

–¿Y se equivocaba?

–En realidad, no –se echó a reír, y dejó el gato en el suelo–. ¿Por qué te has puesto así en la tienda? Deberías dejar de hablar así, amenazando a la gente. Ese hombre no tenía la culpa de no tener el helado que querías. Además, ¿y si hubiera llamado a la policía? Según dice mamá, eres un fugitivo de la justicia y deberías tener cuidado con esas cosas, por muy invisible que digas ser.

–Bah… como si yo tuviera algo que temer de unos miserables mortales –murmuró él arrogante–. Ellos deberían estar agradecidos de que en esta ocasión sólo haya venido por tu madre y no tenga tiempo para preocuparme por ellos.

¿Pero cómo podía pensar que él, un dios, podía sentirse amenazado por esos seres insignificantes? Si la justicia asgardiana nunca había conseguido atraparle, mucho menos tenía nada que temer de la midgardiana… Sin embargo, se daba cuenta de que no podía pensar sólo en él. Ahora tenía también que preocuparse por su mujer y su hija, y si bien esta última estaba con él y por tanto estaba a salvo, no podía decir lo mismo de Sigyn. Y su mal presentimiento seguía creciendo e intensificándose.

Si la peor amenaza para Sigyn, que según ella misma era él, no representaba tal amenaza, ¿cuál era el verdadero peligro?

Recordó las palabras de su esposa, la noche anterior: "Esa sensación ya la tenía antes de que él apareciera… De vez en cuando tenía la impresión de que alguien me estaba vigilando, pero nunca ocurría nada…". Y si él, como bien sabía, no era quien la estaba vigilando, ¿quién podía ser?

Los mortales, por supuesto. Quién si no.

Pero ¿por qué iban a vigilarla a ella? Sigyn no tenía enemigos entre los mortales… pero él sí. ¿Y si se habían enterado? ¿Y si lo sabían?

Y no era la primera vez que sus enemigos utilizaban a su familia para golpearle en un punto débil. Karnilla ya había recurrido a esa rastrera táctica una vez, con consecuencias desastrosas para él, para Sigyn y sobre todo para dos pequeños inocentes. No permitiría que volviera a ocurrir. Tenía que encontrar a Sigyn en ese mismo instante, aunque eso le supusiera perder la ventaja de su disfraz.

Ojalá tuviera su espejo de Las Llamas de la Omnipresencia, pensó. Le habría revelado la localización exacta de su mujer en ese momento. Pero se había quedado en Jotunheim, y si utilizaba su capacidad de teletransporte para volver a Jotunheim a utilizarlo y luego regresar a la Tierra, corría el riesgo de quedar agotado en caso de que algún peligro requiriese que hiciera uso de sus poderes. No le quedaba más remedio, aprovechando que estaban en el propio reino y que la distancia era menor, que hacer un rastreo telepático. Eso advertiría a Sigyn de su presencia, sobre todo ahora que ella se había entrenado un poco en las artes místicas, pero era preferible. Del mal, el menos.

–¿Papá…? –preguntó Tess, preocupada por ver su sombría expresión.

–Silencio, hija –ordenó él con voz grave–. Tengo que concentrarme –Y ya le costaba bastante hacerlo con todo el barullo y ruido a su alrededor en aquel banco del parque. Cerró los ojos e inspiró lentamente, intentando invocar su poder psíquico para localizar a Sigyn en un radio de varios kilómetros. Al menos, esperaba que estuviera cerca.

Lo malo, o mejor dicho lo desagradable, era que para ello tendría que sondear las mentes de todos los mortales que encontrara por el camino, seres tan vacíos y patéticos… era como revolcarse en el barro para encontrar una bella perla, pero merecía la pena si conseguía hallarla. Lo bueno, o su ventaja, era que su objetivo era de sobra conocido por él, y que la psique de Sigyn, la hermosa y brillante energía de su esposa, era fácil de reconocer a poco que se aproximara.

"Dónde estás, Sigyn…"

Tras unos minutos, su rostro se crispó. La había encontrado. Y no le gustaba nada el sitio donde lo había hecho.

–*–*–*–*–*–

Sigyn sintió aquella energía penetrar en su cerebro, la presencia cuya identidad era terriblemente inequívoca; y respingó.

–Loki… –murmuró, aunque tan bajo que las cámaras que grababan lo que ocurría en aquella sala no captaron sonido alguno, ni siquiera su imagen moviendo los labios.

Loki. La había localizado de nuevo. Ella no sabía dónde se encontraba él –podía encontrarse a cientos de kilómetros de allí–, pero él sí sabía que ella estaba allí y aquel pensamiento la aterrorizó, pero no por lo que habría creído en un principio. Lo lógico hubiera sido asustarse ante la idea de que Loki aprovechara su encierro para quitarle a Tess, pero descubrió que había otra cosa que le daba más miedo aún: ¿y si a él se le metía en la cabeza querer rescatarla?

Aquello estaba lleno de soldados y de guerreros poderosos que estaban deseando ponerle las manos encima, que ya lo habían hecho una vez, según las palabras de Fury. Y Sigyn no podía soportar que él volviera a meterse en aquella boca del lobo por ella, que se arriesgara así, el muy estúpido. Le odiaba, sí, pero no hasta el punto de querer que cayera en manos de sus enemigos. Se sintió débil y asustada ante la idea de que él sufriera algún daño por su culpa.

"Oh, ¡qué tonta soy!", se reprochó a sí misma.

Pero, ya fuera con o sin razón, cada vez le parecía más imprescindible salir de allí.

–*–*–*–*–*–

–¿Papá? Papá, ¿estás bien?

Loki abrió los ojos sobresaltado. La poco delicada manera en que su hija lo estaba zarandeando lo trajo de vuelta a la realidad, en aquel banco del Central Park apenas calentado por un agónico sol, con Tess frente a él y aquel bicho peludo aún restregándose perezosamente contra sus piernas. Ella lo miró un poco avergonzada por haberlo sacudido tan bruscamente.

–Lo siento –se disculpó–. Estabas como en trance y me he asustado.

–No importa –él le quitó importancia casi sin darse cuenta, estaba demasiado preocupado por Sigyn.

La había encontrado. Y ella había reconocido su presencia, a juzgar por su sobresalto cuando había entrado en su mente, pero lo peor era el sitio donde la había encontrado. No, no estaba en la Torre Stark como debería; ni siquiera estaba ya en Nueva York. En aquellos momento se encontraba un sitio donde él había estado antes, mucho tiempo atrás, atrapado en una de sus primeras aventuras contra los Vengadores. Aquella nave gigantesca, similar en tamaño a muchos de los navíos de guerra asgardianos, y tan avanzada tecnológicamente que costaba creer que fuera un ingenio creado por mortales. Una de las bases de operaciones de sus mayores enemigos en Midgard.

Y eso demostraba que su presentimiento sobre que los mortales estaban utilizando a su amada para ir a por él era terriblemente acertado.

–¿Papá…? –repitió Tess con un hilo de voz, un poco impresionada ante la palidez y la expresión tensa en el rostro de su padre– ¿Qué has visto?

Él puso sus manos en sus hombros y fijó sus ojos en los de ella con la mayor seriedad que pudo.

–Tengo que ausentarme durante unos minutos. Tú quédate aquí y espérame. Volveré con tu madre.

Se levantó y agarró su bastón, mirando a los lados buscando un sitio un poco más apartado donde pudiera teletransportarse de forma más discreta, pero Tess enseguida se levantó también.

–¿Es mamá? ¿Le ocurre algo?

–Todo va bien, no te preocupes, pero tengo que ir a por ella ahora mismo. Tú quédate aquí y espera nuestro regreso. Cómprate un helado o lo que quieras.

Sin esperar respuesta y ante la mirada aturdida de la chica, salió andando apresuradamente, pero la falta de reacción de Tess duró muy poco. Su bello rostro se contrajo cuando frunció el ceño, enfadada, y no tardó ni dos segundos en seguirle.

–¿Qué estás haciendo? –le dijo– ¿No irás a dejarme aquí? Por muy dios del engaño que seas, a mí no puedes tomarme el pelo. Sé que pasa algo, lo veo en tus ojos. Y voy a ir contigo.

–Ni hablar, es demasiado arriesgado –intentó explicarle él un tanto impaciente, ya que no había mucho tiempo–, y prometí a tu madre que cuidaría de ti.

–Prometiste que me protegerías de ti mismo –repuso ella con una carcajada–. Lo llevas claro si crees que me voy a quedar aquí con los brazos cruzados.

–Tu madre me matará si sufres el menor rasguño.

–Te matará de todas maneras cuando se descubra tu "pequeño teatro" –replicó Tess agudamente–. Y además, no puedes dejarme aquí sola.

–¿Ah no? ¿Y por qué no?

–Porque esos tipos que nos llevan siguiendo desde que salimos de la heladería no me dan buena espina.

Segunda sorpresa del día. Antes, angustiado como estaba por la desaparición de su esposa, apenas había podido prestar atención a su entorno, pero ahora que Tess lo decía sí se daba cuenta de que los estaban siguiendo. No podía verlos, pero la sensación de estar siendo vigilados era inequívoca, la misma sensación de la que Sigyn le había hablado la noche anterior.

Ahora podía percibirlos con claridad: eran dos. Dos hombres con traje que intentaban disimular, muy pobremente por cierto, pero que no les quitaban ojo. Aquellos trajes de saldo y esas gafas de sol cuando no era necesario, ya que la estrella que calentaba Midgard prácticamente estaba oculta tras las nubes… Su aspecto aparentaba ser corriente, pero gritaban "agente encubierto" por los cuatro costados, y estaba claro de qué organización eran.

¿Cómo no se había dado cuenta?, pensó maldiciéndose a sí mismo por su negligente comportamiento. Pero había tenido la mente concentrada en otros asuntos… o más concretamente en un solo asunto. Se había confiado demasiado, contando con su habilidad de ocultarse a plena vista, pero no había tenido en cuenta un punto importante. Como había explicado a su hija, no se habían vuelto invisibles, él manipulaba las mentes de quienes tuvieran a su alrededor para que no registrara su presencia en tanto ellos estuvieran pensando en otras cosas, pero si había alguien buscándoles específicamente… Aunque nadie sabía que él estaba allí: debían estar siguiendo a Tess. Ya habían atrapado a la madre; ahora querían también a la hija. Pero él no dejaría que se la llevaran.

–Ven conmigo –agarró la muñeca de la muchacha y sin vacilar casi la arrastró para que lo siguiera, deshaciendo el camino por el parque a buen paso, sin rastro de la tranquilidad casi aburrida de antes. Ella no pareció molesta por aquel trato y lo siguió dócilmente, leyendo en el rostro tenso de su padre que la situación era apurada.

–¿Vamos a teletransportarnos? –inquirió, entre asustada y emocionada.

–Aún no –contestó él, sin quitar ojo de sus perseguidores. Por desgracia, sólo despistarlos no era suficiente, porque en cuanto los vieran desaparecer se apresurarían a informar a su superior midgardiano (aquel tuerto de tez oscura al que detestaba, pero con el que se identificaba en más de un aspecto), lo que pondría a todos sus enemigos sobre aviso. Ésa, más que nada, era la amenaza real que constituían aquellos espías. Tenía que deshacerse de ellos antes de que se pusieran en contacto con Nick Fury.

Se metieron por un pequeño callejón muy similar a aquél donde él se había aparecido la noche de una semana atrás, antes de la fiesta de beneficencia de Stark; afortunadamente, también parecía estar desierto. Los agentes de S.H.I.E.L.D. apresuraron el paso y comenzaron a acortar distancias, algo que enseguida percibió Tess.

–Nos están alcanzando. ¿Cómo nos libramos de ellos? Creo que a uno le he visto un arma bajo la chaqueta… Papá, van armados, y nosotros no –terminó algo temerosa–. Bueno, tienes ese bastón, pero es demasiado endeble para utilizarlo como arma.

–Mmm… –el semblante de Loki adoptó una expresión maliciosa. No le gustaba tanto el combate como a Thor, pero no quería desperdiciar su magia para deshacerse de dos simples mortales; podría necesitar ahorrar energías con vistas a un posible enfrentamiento con sus auténticos enemigos. Además, aquello le serviría de entrenamiento: estaba un poco oxidado–. No me subestimes, pequeña. Recuerda que soy un dios –la tomó suavemente por un hombro, doblando una esquina.

Mientras, los agentes casi los habían alcanzado y los vieron desaparecer tras la esquina sin demasiada preocupación. Sólo tenían que doblarla ellos también y podrían pillarles. Sacaron sus armas y se dispusieron a detenerlos.

Pero en cuanto el primero de ellos rebasó el recodo, recibió un violento y súbito bastonazo en la cara que le rompió la nariz. Aullando y sangrando a chorros, retrocedió a trompicones, mientras que el segundo, percatándose del error que habían cometido al subestimar a aquel hombre delicado y elegante, se apresuró a apuntarle con su arma, dispuesto a disparar. En un instante Loki le asestó otros tres violentos bastonazos casi de forma simultánea: en la cara, en un costado y el más doloroso de todos, en la rodilla, lo cual le hizo perder simultáneamente su pistola y el equilibrio y caer jadeando. En sólo unos pocos segundos, la presa se había convertido en el cazador ante los ojos asombrados de Tess.

Satisfecho ante la fácil victoria, Loki llevó su mano izquierda al extremo opuesto del bastón y lo aferró, tirando con la derecha de la empuñadura de plata. Enseguida reveló que lo que parecía un simple bastón era en realidad una espada realmente afilada camuflada bajo una empuñadura de madera que simulaba un bastón.

–Se acabó, mortal… –sonrió, blandiendo el cortante filo sobre el cuello del agente– Si le rezas a algún dios, te aconsejo que te encomiendes a él, aunque dudo que te escuche.

Sin embargo, cuando ya había empezado a realizar el movimiento descendente para descargarlo sobre su víctima, Tess le saltó encima, deteniendo su brazo.

–¿Qué haces?

–Querías que me librara de ellos, ¿no? –preguntó él como si fuera la mayor obviedad del mundo.

–¡Pero no quería decir que los mataras! ¡Tiene que haber otra forma!

Loki suspiró cansinamente, poniendo los ojos en blanco. No le gustaba la idea de desperdiciar su magia con despreciables mortales, pero tampoco quería que Tess lo viera matando a sangre fría desde el principio. Aunque ya lo hubiera hecho multitud de veces antes. Que él mismo se reconociera como monstruo no significaba que quisiera que su hija lo viera así.

–Y que tenga que perder el tiempo con esto… –rezongando y de mala gana, le entregó el bastón / espada a Tess, e impuso sus manos en dirección de las cabezas de los agentes, tanto la del primero, que permanecía arrodillado en el suelo y aún sangrando por la nariz; como la del segundo:

Sofnið –murmuró.

Al instante, ambos perdieron totalmente la conciencia, cayendo como piedras sobre el sucio asfalto de la calle.

–¿Qué les has hecho? –preguntó su hija, aún sin fiarse del todo. Era rápida aprendiendo.

–Sólo los he puesto a dormir. Tardarán bastante en despertar, pero estarán ilesos. Más o menos –añadió, teniendo en cuenta los daños que habían sufrido por los golpes de su bastón.

–Gracias –ella respiró aliviada–. Creí que ibas a matarlos.

Loki la miró severamente.

–Ya estás otra vez. No deberías malgastar tu compasión en estos mortales. No son tu gente, ni siquiera son tu especie. Ahora que conoces tu verdadero origen, ¿por qué sigues preocupándote por ellos?

Tess empezaba a ver lo que quería decir su madre cuando afirmaba que su padre era un hombre poco recomendable. Sin embargo… debería sentirse horrorizada, y una parte de ella lo hacía, pero otra se sentía llena de excitación y orgullosa por tener un padre tan poderoso.

–No lo sé –se encogió de hombros–, siguen siendo personas, ¿no?

Él resopló desdeñoso, no estaba en absoluto de acuerdo con la chica. Ella no debería preocuparse por los midgardianos más de lo que él se preocupaba por los asgardianos, es decir nada. Tenía que dejar atrás su mentalidad de mortal y su preocupación por los otros mortales como tiempo atrás él había hecho con su identidad de príncipe asgardiano. Sólo debía pensar en ella misma y en los suyos, ya que nadie más lo haría. Estaban solos y cuanto antes lo comprendiera, mejor.

Pero no tenía tiempo para explicarle eso a Tess, ni para discutir. Sigyn continuaba en poder de sus enemigos y él tenía que rescatarla. Pero, ¿qué haría con su hija?

–Me temo que tendrás que quedarte aquí… –reflexionó en voz alta– Venir conmigo es muy peligroso.

–¡No! –exclamó ella– Por favor, no me dejes sola. ¿Y si vienen más hombres?

Loki hizo una mínima pausa para reflexionar. No quería llevar a Tess a un sitio donde había tantos enemigos suyos, pero tampoco le gustaba nada perderla de vista. No olvidaba que Narvi y Váli le habían sido arrebatados porque él no había estado allí para defenderlos; eso no volvería a ocurrir. No tenía otra opción que arriesgarse a llevarla consigo, porque al menos así la tendría cerca y podría protegerla de cualquier cosa que la amenazara. Después de todo, era un dios: no había mucho que aquellos mortales pudieran hacer en su contra. Y aunque Thor estuviera allí… si era así, más le valía apartarse de su camino, porque no se detendría ante nada con tal de recuperar a su esposa.

–Está bien… –cedió, para alegría de la chica–. Pero no quiero que te separes de mí ni por un segundo. Puede que nos las veamos con gente peligrosa. Nada realmente de temer –sonrió arrogante–, pero por si acaso debemos extremar las precauciones.

–¿Esa gente peligrosa son esos Vengadores de los que alguna vez ha hablado mamá?

Loki asintió.

–Pero si tu hermano Thor pertenece a ese grupo, ¿no podría ayudarnos a recuperar a mamá? –preguntó la muchacha, y él respondió tenso:

–Para empezar, ya dije que no es realmente mi hermano; y para seguir, yo no contaría con su ayuda. Está del lado de quienes tienen a su madre.

–¿Entonces es de los malos?

Él esbozó una sonrisa un tanto irónica.

–En realidad… creo que los malos somos nosotros.

Algo sorprendida, Tess abrió mucho los ojos, pero sólo por un segundo. Después, comprendiendo, sonrió.

–Me gusta eso. Nunca me sentí identificada con ese rollo de "buena chica" que intentaba inculcarme mamá. Ser malo es más divertido.

Él se encogió de hombros, y rodeó con un brazo los de su hija antes de convocar sus poderes.

–Bondad o maldad, supongo que es cuestión de perspectivas. Aunque, entre tú y yo… –añadió en tono confidente al oído de la muchacha, y en torno a ellos los contornos de cuanto les rodeaba empezaron a desdibujarse, rasgándose los velos de la realidad–, estoy de acuerdo. Es más divertido.

Otro sin techo –aquella zona estaba plagada de mendigos– renqueaba apáticamente por aquel callejón. La explicación de su paso tambaleante podría encontrarse en la botella de whisky barato que el vagabundo no dejaba de llevarse a los labios una y otra vez, ya fuera para combatir el frío o por simple alcoholismo, quién sabía.

Llegó a la zona donde Loki había noqueado a los agentes que los perseguían justo a tiempo para ver la escena más extraña de su vida. Al lado de los cuerpos de dos hombres vestidos de traje, una adolescente se abrazaba a otro hombre de aspecto elegante pero siniestro. Una especie de neblina que no parecía surgir de ninguna parte empezó a rodearlos y el aire en torno a ellos comenzó a enturbiarse, volviéndose borroso. Se oyó una apagada explosión, y al segundo siguiente habían desaparecido ante los ojos desconcertados del vagabundo.

Confuso, éste parpadeó fuertemente, pensando que sus sentidos lo engañaban; pero no era así. Un segundo antes esas dos personas habían estado allí y ya no estaban.Ahora lo ves, ahora no lo ves. El pordiosero frunció el ceño, miró con gesto desconfiado la botella que hasta hacía un momento había sido su mejor amiga y después la lanzó lejos.

Tal vez no fuera mal momento para dejar de beber.

–*–*–*–*–*–

Sigyn llevaba unos minutos rompiéndose la cabeza sin saber qué hacer, impotente y frustrada. Había intentado forzar la puerta con su poder mental, sólo para descubrir que su escasa capacidad telequinética resultaba insuficiente para atravesar aquella puerta de seguridad, delgada pero tan fuerte e impenetrable como el más grueso de los blindajes. Aunque tal vez no era la puerta lo que debiera atacar.

El pequeño panel digital que había situado en el marco, prácticamente al lado de la cerradura, evidenciaba un sistema automatizado central de seguridad, lo mejor y lo último en tecnología de Stark Industries. Eso quería decir que todas las comunicaciones de seguridad de aquel lugar se controlaban a distancia, por impulsos eléctricos. No había llaves para abrir o cerrar las puertas: sólo tarjetas de identificación con un chip electrónico y órdenes de control desde la consola central, seguramente situada bastante lejos de allí.

Sigyn observó el panel digital, reflexiva. Los impulsos eléctricos eran como el fuego, como las energías que viajaban de una dimensión a otra mediante un espejo milagroso. También se podían mover con la mente y responder a los poderes de la voluntad. Claro que era lo más ambicioso que hubiera intentado jamás y ella no tenía los poderes de Loki, por ejemplo. Apagar un televisión con su mente era fácil, pero intentarlo con aquel sistema tan sofisticado y seguro, era muy diferente.

Y no obstante… tenía que hacerlo. Por Sif y por Tess. Y por el propio Loki.

Una vez había activado un espejo mágico sin tener ni idea de magia. Esperaba poder repetir aquel golpe de suerte. Además, tantas lecciones con Clea tenían que haber servido de algo.

Aplicó su mano al panel, inspiró hondo y cerró los ojos. Con su otra mano aferró su colgante, esa especie de piedra Norn a pequeña escala, y suplicó a todas las fuerzas del universo que aquello fuera suficiente para salir de allí.

La cámara que grababa lo que ocurría en aquella habitación registró su última imagen, la de la detenida apoyando su mano en el panel de apertura de la puerta, y del contacto surgía una especie de luz brillante y azulada. Después, la cámara se estropeó y la imagen de la cámara de seguridad que aparecía en las pantallas del área de vigilancia realizó un fundido a negro… junto con todas las demás.

Y todo comenzó a temblar.

–*–*–*–*–*–

–Anímate, amigo –decía Steve Rogers, ofreciendo un café al dios del trueno–. Todo irá bien.

–¿De verdad? –murmuró Thor, y tomó la taza de las manos de Rogers casi sin darse cuenta–. No lo sé. Todo este asunto no me gusta nada. Sigyn lo ha pasado muy mal. No debería tener que pasar por esto.

–Pero la estamos protegiendo –razonó el Capitán América–. Tu hermano, su marido, es un hombre peligroso e intentamos evitar que él pueda hacerle daño. Es lo que hacemos: proteger a la gente inocente, ¿no?

–Y si no, la vengamos –concluyó Tony Stark a pocos pasos de ellos, para a continuación dar un sorbo de una petaca que tenía en un bolsillo de la chaqueta. Los tres estaban en la estancia central de su cuartel general.

–Tony, estamos de servicio… –le reconvino suavemente Rogers.

–Dios, eres peor que Jarvis.

Thor, sin apenas prestar atención, tomó su café de un sorbo y dejó cuidadosamente la taza sobre el platito. Hacía mucho que se habían acabado sus días de estrellar los recipientes cuando acababa una bebida.

–Hay algo que Sigyn dijo… –reflexionó en voz alta–. Algo que no encaja. Aunque no sé muy bien qué es.

–Pues como no lo sepas tú… –el constante tono mordaz de Stark empezó a impacientarle.

–Intento pensar, ¿de acuerdo? Los mortales sois tan charlatanes. No os calláis ni debajo del agua.

–¡Perdóneme usted, oh su divinidad del trueno! –se siguió burlando el empresario.

–Bien, tranquilicémonos –Rogers intentó poner paz–. Tony, vale ya. Esto es un asunto familiar, es normal que Thor esté algo nervioso. Y tú, Thor, ¿a qué te refieres?

Éste no respondió; estaba reflexivo. Algo de lo que había dicho Sigyn seguía sin cuadrarle. Algo que podía no tener importancia… o por el contrario, tenerla toda.

¿Qué era? El dios del trueno repasó desde el principio la conversación que había tenido con ella, parte a parte. El reencuentro, sus reproches por el hecho de que S.H.I.E.L.D. la hubiera estado controlando. Su negativa, incluso con todo lo que había ocurrido, a traicionar a Loki. Y después…

Después…

Sif.

Sif nunca habría ido a la Tierra sin decírselo, para luego esconderse de él. Ellos se lo contaban todo. Pero Sigyn parecía segurísima al afirmar que había estado con ella, y no tenía ninguna razón para mentir en eso.

–Oye, si los chicos de Fury han estado siguiendo a Sigyn durante estos días, tendréis fotos de ella, ¿verdad? –preguntó a Stark. Éste se encogió de hombros.

–Supongo. Pero en ninguna de ellas salía tu hermano, o ya nos habrían informado.

–No es él quien me interesa. ¿Habéis visto a alguien con ella? Una mujer.

–¿Una mujer? No sé, siempre se les ordenó que estuvieran pendientes de un hombre con la descripción de Loki. No se les dio instrucciones para reaccionar en caso de que la vieran con otras personas.

–Quiero ver esas fotos.

Extrañado ante el tono mortalmente serio del dios del trueno, Stark se guardó lo que seguramente habría sido otro socarrón comentario y fue a buscar el expediente de Sigyn, sobre todo las fotos que le hubieran tomado durante aquella semana.

–Thor, ¿sospechas algo? –quiso saber Rogers, pero él sacudió la cabeza, caviloso.

–Aún no lo sé… –murmuró. Stark volvió con una carpetilla cargada de fotografías.

–Tengo una noticia mala y otra buena –anunció–. La mala es que hace unos minutos hemos perdido contacto con los hombres que habíamos enviado a recoger a esa chica, la hija de Sigyn.

–¡¿Qué?

–La comunicación se cortó en algún punto cerca del Central Park de Nueva York. Acabamos de enviar más efectivos por si acaso, pero yo no me fiaría mucho. Tanto si se ha escapado por sí sola como si la han ayudado… en ambos casos, localizarla sería como encontrar una aguja en un pajar.

Tanto el dios del trueno como el Capitán América parecieron consternados.

–Aunque se tratase de lo que sospechamos, ni siquiera él haría daño a su hija… –dijo el primero débilmente. Tony Stark alzó una ceja, escéptico.

–¿Estás seguro?

–Bueno… eso espero –Pero tampoco parecía convencido del todo. Había visto demasiada sangre y destrucción originada de los manejos de Loki como para no preguntarse hasta qué punto su hermano conservaba la cordura–. ¿Y cuál es la buena noticia? –preguntó, en espera de que eso lo animara un poco.

–Que tenías razón en tu pálpito de antes –repuso Stark señalando las fotografías–. Durante estos últimos días, a tu cuñada se la ha visto salir varias veces acompañada de su hija, y también de una morenaza sin identificar que… –se acercó una de las fotos para verla más de cerca–. Un momento: ¿ésta no es tu mujer?

Ansioso, Thor le arrebató las imágenes a Stark y las observó. Sigyn, su sobrina Tess y una mujer de pelo oscuro y con ropas midgardianas comiendo en una pizzería. Sigyn y la mujer paseando por el Central Park, con sendos cafés en la mano. Visitando el Empire State. A los pies de la Estatua de la Libertad. Ambas parecían relajadas, felices. A la mujer morena se la veía especialmente feliz de estar con Sigyn.

Y se parecía muchísimo a Sif, tanto como para que nadie notara la diferencia. Nadie excepto él, claro; después de todo era su marido. Y había cierta actitud, ciertos gestos… cierto brillo en los ojos que le resultaban familiares… pero que no eran de su esposa.

–No… –murmuró–. No sé quién es, pero ésta no es Sif.

Entonces la revelación le llegó como un fogonazo. Thor abrió desmesuradamente los ojos y ahogó una maldición. Él no era especialmente perspicaz, pero sí había aprendido bastante de la experiencia con todos los años que llevaba combatiendo a Loki. Y sabía perfectamente bien de la habilidad cambiaformas de su hermano, una habilidad que Sigyn desconocía.

–Por todos los… –dijo angustiado, y exclamó más alto–. Tengo que hablar con Sigyn. Esa mujer no es Sif, es…

Antes de que pudiera acabar la frase, las luces se apagaron y toda la estancia experimentó una gigantesca sacudida, como un edificio sacudido por un terremoto. Unos segundos después, las luces volvieron a encenderse pero en un tono rojo oscuro nada tranquilizador, y una aguda alarma empezó a rugir, ensordeciendo los oídos de los tres compañeros Vengadores. La sala de reuniones comenzó a moverse de nuevo en torno a ellos, pero ahora la sensación no era tanto de estar en medio de un terremoto como de encontrarse dentro de un ascensor que caía sin control, y los tres se agarraron a lo que pillaron para mantener el equilibrio: a la mesa, al marco de la puerta, a uno de los sillones.

–¿Qué está pasando? –gritó Thor para hacerse oír en medio de la atronadora alarma.

–¡Un fallo en el suministro de energía! –respondió Tony Stark, también a voces. Incluso bajo la luz roja, se veía el sudor perlar su frente–. No lo entiendo… esto nunca había ocurrido antes.

Mientras, la sala seguía temblando alrededor de ellos y no dejaban de caer cada vez más rápidamente; aún no tanto como para simular la gravedad cero, pero si aquello no se detenía, pronto llegarían a ese punto.

–¿Entonces el Helitransporte no tiene energía para volar? –exclamó Steve Rogers– ¡Si esto sigue así, nos estrellaremos!


Aquí hemos visto más interacción padre/hija, que ya se estaba echando de menos, y Loki va a empezar a ejercer su influencia sobre Tess. La escena de Loki comiéndose un helado y se encuentra con el gato callejero está inspirada por otro de los maravillosos cómics de Saku-Zelda (cuyo enlace, como siempre, tenéis en mi perfil), aunque ahí no sale Tess, porque la agregué a posteriori XD

La discusión de Loki y Tess sobre los perritos calientes, la saqué del cómic Amazing Spiderman #504, precisamente uno en el que sale la Tess Black canon, sólo que esa conversación no es entre Loki y Tess sino entre Loki y Spiderman. Pero siempre pensé que Tess era un poco como Spiderman en ese carácter abierto y extrovertido, así que me apeteció incluir ese diálogo.

Y en cuanto a Loki deshaciéndose de los agentes que los siguen a Tess y a él a bastonazos, me inspiré en la escena de Avengers de Loki en Stuttgard.