–27–

La habitación se encontraba en penumbra. Lo único que evitaba que la oscuridad fuera total eran un par de lámparas de gas y una luz grisácea que a duras penas conseguía filtrarse entre las aberturas de los pesados cortinajes de terciopelo verde oscuro, tras las cuales se oía un extraño murmullo, como de un fuerte viento estrellándose contra las ventanas. En la pared contigua brillaban débilmente los últimos rescoldos del fuego que había estado ardiendo en la chimenea de piedra. Y enfrente de ésta, en una enorme cama, se encontraba Sigyn cuando despertó.

Aún medio adormilada comenzó a desperezarse, pero interrumpió el gesto cuando percibió el agudo dolor en su cabeza. Se incorporó con un quejido llevándose una mano a la sien, pero al notar el mareo volvió a recostarse con un gemido. Mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, se dio cuenta de que ni aquella cama ni aquel cuarto le eran familiares. ¿Dónde estaba? ¿Qué había ocurrido? No recordaba cómo había llegado allí.

Aunque no se había dado cuenta, en un mullido sillón forrado en el mismo terciopelo que las cortinas se encontraba sentada una delgada figura, la cual se levantó rápidamente y corrió hacia ella al verla moverse.

–¡Mamá! –exclamó, precipitándose hacia la cama– ¡Has despertado!

–¡Tess! –Sigyn abrazó con fuerza a su hija, sin importar que el gesto volviera a lanzar dolorosas pulsaciones a su cabeza– Cariño, ¿estás bien?

–¿Que si estoy yo bien? Estoy perfectamente, mamá. Eres tú la que nos ha tenido a todos muertos de angustia –dijo ella, mientras se alejaba un momento hacia las ventanas y descorría un poco las cortinas para dejar pasar la luz. Una claridad mortecina penetró en el cuarto y entonces Sigyn pudo ver que Tess llevaba un vestido largo color lima y de estilo antiguo, como los que llevaba ella cuando estaba en Asgard, una indumentaria que contrastaba de manera curiosa con su cabello corto pero que la hacía parecer una joven damita.

Y no sólo la vestimenta de su hija, todo aquel aposento estaba suntuosamente decorado en un estilo con reminiscencias medievales. Su cama estaba rodeada por un dosel de finísima gasa y vestida con sábanas de seda de color oro viejo, y los muebles estaban confeccionados en maderas nobles y rematados con apliques en bronce y plata. Se parecía muchísimo al dormitorio que ella tenía cuando era princesa en Asgard. Así que era allí donde estaban, pensó emocionada. Habían vuelto a Asgard y estaban de nuevo en el palacio de Odín.

Volvió a llevarse la mano a la sien, y con los dedos, fue palpando suavemente su cabeza. Encontró una zona dura e inflamada a la izquierda de la coronilla, por encima de la oreja, y soltó un leve quejido cuando la leve presión le provocó otra aguda descarga de dolor. Cada mínimo movimiento hacía que la cabeza le retumbara, como si tuviera la peor resaca de su vida, pero poco a poco fue evocando los últimos acontecimientos: S.H.I.E.L.D., el viaje al Helitransporte, el reencuentro con Thor, el interrogatorio y su huida, la captura de Loki y su posterior tortura… y finalmente el enfrentamiento de Loki contra los Vengadores, donde ella, huyendo de un Hulk enloquecido, había acabado bajo un montón de cajas de armas que se le habían caído encima. Pero después de eso, no recordaba nada más.

–¿Cómo hemos llegado aquí?

–Papá nos teletransportó… con un poco de mi ayuda –explicó Tess orgullosa, y le hizo un corto pero entusiasta resumen de los acontecimientos que habían tenido lugar la noche anterior, mientras ella estaba inconsciente. Sigyn escuchó el relato constatando que, tal y como su hija contaba, las heridas de su pierna y rostro habían desaparecido sin dejar la menor señal gracias a las piedras curativas; y la más grave de su cabeza se había cerrado de tal forma que ya apenas revestía peligro, aunque aún le dolía si apretaba la zona y todavía se encontraba un poco mareada.

–Esa hechicera, Amora, le enseñó a papá ese hechizo de transferencia de energía, y él te dio su propia energía hasta quedar agotado, ni siquiera reservó un poco para curarse él. Estaba tan preocupado por ti, se ha quedado con nosotras toda la noche… –Tess iba a continuar, pero Sigyn la detuvo alzando una mano con expresión fatigada.

–Sí, de acuerdo, ya lo capto –En realidad no se sentía tan cansada como incómoda ante el hecho de que Tess le describiera con tanta admiración el desinteresado comportamiento de Loki, al cual ella le debía la vida. La generosidad o el sacrificio nunca habían formado parte del carácter de su marido–. ¿Y dónde está ahora?

–Se levantó muy temprano y se fue, tenía no sé qué reunión… dijo algo de unos planos y de un enano –añadió con una sonrisa: le hacía la gracia hablar de enanos, unos seres que siempre había creído propios de los libros y de los juegos de rol, sabiendo ahora que eran reales–. Pero voy a buscarle a ver si ha terminado para decirle que has despertado. Seguro que se alegrará mucho.

–¡No Tess, espera! –exclamó ella, pero ésta ya se dirigía hacia la puerta de la estancia.

–¡Enseguida vuelvo, mamá! –entonó ella con voz cantarina y se marchó, ignorando los ruegos de su madre:

–¡No, no quiero que le llames! ¡No quiero… –se percató de que Tess ya se había ido y no podría escucharle– …verle… –terminó la frase en voz baja y resignada.

Se hundió de nuevo entre las suaves almohadas de plumas, suspirando. No se sentía preparada para tener otro encuentro con Loki, pero en conjunto podía considerarse satisfecha. Había vuelto a Asgard, a casa. Ya no tendría que esconderse más, se había acabado el fingir ser otra persona y tener miedo a ser descubierta como si fuera una fugitiva. Tendría que readaptarse de nuevo a su antigua vida, pero sabía que no sería problema para ella. Más complicado sería volver a ganar la confianza del Padre de Todos después de que Thor le hubiera contado cómo había ayudado a escapar a Loki de la trampa que le habían puesto los Vengadores, siendo como era un criminal con una orden de busca y captura sobre su cabeza.

Entonces se dio cuenta de algo en lo que no había pensado hasta el momento, y que la hizo incorporarse rápidamente de nuevo sobre el lecho –pese al ligero mareo que la sacudió como castigo por su precipitación–: siendo su ex marido como era un criminal aún buscado, ¿cómo podía pasearse por Asgard sin que lo detuvieran? ¿Acaso había sido indultado? Pero de ser así, Thor se lo habría dicho. ¿O es que iba disfrazado de nuevo? ¿Qué estaba ocurriendo allí?, se preguntó mientras un sombrío presentimiento se apoderaba de ella.

Al incorporarse, las sábanas y las mantas se deslizaron dejando su pecho al descubierto y ella se apresuró a cubrirse con ellas de nuevo: al principio no había pensado conscientemente en ello, pero el ambiente en aquella habitación era bastante fresco, se dio cuenta con un escalofrío. Pese a que en la chimenea quedaban los restos de una fogata reciente, el aire se había enfriado muy rápidamente, algo que no era normal en Asgard, ni siquiera en sus épocas más frías. Los inviernos en el Reino Dorado solían ser bastante moderados, recordó.

Oyó la puerta, situada a su izquierda, abrirse de nuevo y se preparó para asaetear a preguntas a Loki no bien le viera la cara… pero quien entró no era él, ni tampoco su hija.

Se trataba de una mujer muy joven, casi adolescente, y una de las más bellas que Sigyn hubiera visto jamás. Sus formas voluptuosas y sensuales estaban marcadas con un vestido ajustado en lujoso satén rosado que indicaba que no era una sirvienta, sino una noble. Sus cabellos cobrizos –de una tonalidad parecida al propio color original de Sigyn, aunque bastante más clara– caían en una rica cascada de ondas por su espalda y sus ojos violeta echaban chispas, observándola con una hostilidad que Sigyn no comprendió. ¿Sería ella la famosa Amora de la que le había hablado Tess?

–Hola –saludó, por decir algo, pero la hermosa muchacha no le contestó ni relajó su hosco semblante.

–No lo entiendo… –dijo como quejándose–. No eres como esperaba.

–¿Qué? –Sigyn no podía estar más confusa.

–Cuando mi hermana me habló de ti, no quería creerlo… tenía que verlo con mis propios ojos.

–Perdona, ¿te conozco?

–Pensé… pensé que alguien que fuera su esposa sería una belleza deslumbrante, más hermosa que yo o incluso que Amora, pero ahora veo que no… –prosiguió la joven, que al parecer estaba experimentando una gran decepción–. No eres más bella que yo, ni más joven… ¡eres absolutamente vulgar! –Su tono empezó a elevarse y a temblar, como si estuviera a punto de echarse a llorar– ¡Cómo pudo él casarse con una mujer como tú!

Sigyn pronto ató cabos y se dio cuenta de lo que pasaba. Tener delante a la actual amante de Loki no le molestaba, ni siquiera la sorprendía. Conociéndole, lo sorprendente hubiera sido que no hubiese tenido a nadie que calentara su cama, y seguro que sólo era la última de una larga serie. Y de hecho, que fuera esa chica la que le estuviese reclamando a ella le parecía incluso divertido.

–Ah, ya comprendo –sonrió no sin cierto cinismo–. Tú eres la "amiguita" de mi ex marido.

–¡No soy su "amiguita"! –chilló la muchacha– ¡Loki y yo nos amamos!

Esta vez Sigyn se echó a reír abiertamente, aunque tuvo que parar con otro gemido cuando comenzó a dolerle la cabeza.

–¡De qué te ríes! –demandó la joven, furiosa. Sigyn tenía que hacer esfuerzos por no seguir riendo, porque cada vez que cedía a su hilaridad sentía como si la cabeza le fuera a estallar.

–De lo poco que lo conoces –poco a poco, fue sofocando su risa–. Si lo conocieras, sabrías que alguien como él no es capaz de amar a nadie excepto a sí mismo.

Antes de que la otra pudiera replicar, una aterciopelada voz masculina que ambas conocían bien intervino en la conversación, oyéndose desde la puerta con un ligero deje sarcástico:

–Las cosas que tengo que oír en labios de mi fiel esposa.

Sorprendida, Sigyn giró la cabeza hacia la puerta, y esta vez sí estaban en el umbral quienes ella esperaba: Tess, un poco confusa también ante la presencia de la chica; y a su lado el propio Loki. Tal y como él había prometido a su hija la noche anterior, unas pocas horas de sueño y un concienzudo baño habían bastado para borrar de su aspecto todo rastro de heridas, cansancio o torturas, así como de derrota y temor. En aquel momento el dios del engaño se mostraba en toda su arrogante magnificencia, con ropas nuevas y elegantes e irradiando autoridad en cada uno de sus gestos, desde sus brazos cruzados de forma displicente hasta la maliciosa mirada en sus ojos verdes entrecerrados.

–Si tienes la suficiente energía para criticarme, es que ya estás bien –entró con una sonrisa aliviada, aunque no exenta de cierta ironía. Sin embargo, la expresión con que miró a la otra joven no fue tan relajada–. Pero tú Lorelei, ¿qué demonios haces aquí? –demandó en aquel helado y exigente tono que Sigyn conocía bien.

–¡Tenía que verla, Loki! ¡Tenía que comprobar que mi hermana decía la verdad! –exclamó la aludida de forma lastimera– ¡Pero aún no puedo creerlo! ¿De veras es ésta la mujer por la que me has sustituido? ¿Es ella la razón por la que ya no quieres dormir conmigo? ¿Era en ella en quien estabas pensando la última vez que estuvimos en el lecho, a quien dijiste que la amabas?

Tess se sonrojó hasta la raíz del cabello, y Sigyn se llevó una mano a la frente, como cansada y escandalizada por la escena. O tal vez, turbada por lo que acababa de oír.

–Oh, por Dios… –suspiró.

Loki no había mostrado la menor reacción, aunque los rasgos de su rostro volvían a expresar esa inexpresividad pétrea que precedía a una terrible tempestad. Avanzó un par de pasos hacia Lorelei, quien a su pesar no pudo evitar el temor que la impulsaba a retroceder.

–Ésa era demasiada información para que la revelaras en público, muchacha –le dijo, pero pareció cambiar de actitud y alzó una ceja con una media sonrisa–; pero ya que lo preguntas, sí, es ella. Y para que te enteres, no te he sustituido por ella. Ella estaba antes que tú. Es mi esposa legítima, y más vale que te acostumbres a la idea.

Lorelei pareció golpeada por aquella manifestación brutalmente sincera.

–Te odio… –murmuró, y añadió chillando– ¡Os odio a los dos! –Salió corriendo de la habitación con los ojos llenos de lágrimas de rabia.

–Niña estúpida… –comentó despectivo Loki entre dientes, pero no hizo el menor gesto para detenerla–. No sé para qué ha venido aquí. Les ordenaré a los guardias que la próxima vez le impidan el paso y no pueda importunarte más.

En ese momento llamaron a la puerta, una puerta que era extraordinariamente alta y ancha, se dio cuenta Sigyn, bastante más de lo necesario para una persona normal. Loki concedió el paso y la puerta se abrió, pero aun así una tímida voz femenina volvió a pedir autorización antes de entrar.

–¿Dais vuestro permiso, mi señor?

–Ah, Gerda, eres tú –Loki reconoció a la sierva jotun–. Sí, pasa.

Una giganta vestida con sencillas ropas de color gris claro entró cargando una bandeja con comida, agachando la cabeza en un gesto de completa sumisión.

–Disculpadme, mi señor. Se me ha informado que la señora ha despertado, y como vos me encomendasteis que me pusiera a su servicio lo antes posible, pensé que le vendría bien comer un poco, y…

Se detuvo al contemplar a la que iba a ser su ama a partir de ese momento, confusa. Los demás se volvieron a mirarla también y se dieron cuenta de que Sigyn había palidecido y su expresión era de un terror mal disimulado.

Al igual que el resto de asgardianos, Sigyn había escuchado cuentos sobre los gigantes de hielo durante su infancia. Eran los "cocos" o asustaniños preferidos de las ancianas y amas de cría de Asgard, compitiendo en ese papel con los demonios de fuego de Muspelheim. "Cómete la cena o te llevará un gigante de hielo", le decían, describiéndolos como unos seres horribles cuyo toque podía helar el corazón de una persona; y que venían por la noche a llevarse a los niños que se portaban mal a un mundo de hielos eternos, donde nunca jamás volvían a ver la luz del sol.

Hacía mucho que Sigyn había olvidado todos aquellos absurdos relatos oídos en su niñez, especialmente tras casarse con alguien de quien sabía que era un jotun pero cuyo aspecto era completamente humano. También Angerboda había adoptado forma humana aquella vez que la había visto en Asgard, así que su único contacto con gigantes de hielo en su apariencia original había sido aquella vez que había visto a Fenrir y a Jormungand en el pasado, pero la fisonomía de éstos, al igual que la del propio Loki, difería radicalmente de la de la mayoría de jotnar. Había visto ilustraciones –algunas más fieles a la realidad que otras– en muchos libros, pero nada de aquello la había preparado para ver a un gigante de hielo real.

En realidad Gerda no era fea en absoluto: de hecho, dentro de su especie era considerada bastante hermosa. No era, pese a su denominación de giganta, especialmente alta –apenas superaba a Sigyn en medio cuerpo–, sus rasgos eran más redondeados y agradables que en el resto de su raza y hasta tenía un cabello negro azulado, algo más corto que el de Tess, que le confería un aire femenino no muy corriente entre sus congéneres gigantas.

Pero en aquel momento Sigyn sólo podía ver su estatura antinatural, su rostro de piel azulada y facciones afiladas, y sobre todo sus ojos de un intenso color carmesí semejando dos heridas recién abiertas. Aquellos ojos hacían pensar en demonios, y en un instante todas aquellas historias que Sigyn había creído olvidar reaparecieron con fuerza en su mente, haciéndola estremecerse y palidecer de horror. Haciendo un esfuerzo consiguió dominarse, pero Loki ya había visto su expresión desencajada.

–Eh… ¿va todo bien, mi señor? –preguntó Gerda, desconcertada ante la reacción de Sigyn. Amora y Lorelei, también asgardianas, ya estaban acostumbradas a la presencia de los sirvientes jotnar y la tomaban con la mayor naturalidad, por lo que la asombraba que aquella otra mujer pareciera temerla. Preocupada, volvió a inclinar la cabeza hacia Sigyn– Espero no haber hecho nada para ofenderos, mi señora.

Ésta, aún impresionada, apartó la mirada y sacudió la cabeza, un poco avergonzada ante su reacción, que pese a todo no había podido evitar.

–No te preocupes Gerda, no has hecho nada malo. La señora sólo está algo cansada –intervino Loki con tono seguro e indiferente, desviando la vista de forma que nadie pudo ver brillar una débil luz de decepción en el fondo de sus ojos–. Deja la comida y retírate. Se te avisará cuando tu presencia vuelva a ser necesaria.

–Como ordenéis, mi señor –de nuevo la giganta asintió con la cabeza tan agachada que casi parecía que llevara un peso colgado del cuello.

"¿Como ordenéis?", se repitió Sigyn. Cada vez estaba más sorprendida, ahora ya no sólo la presencia de aquel ser insólito, sino por la actitud de Loki. ¿Otra vez volvía a dar órdenes como si fuera el señor del castillo? ¿No se suponía que allí en Asgard era un fugitivo de la justicia?

Al quedarse solos de nuevo los tres, Loki pareció relajarse y por primera vez una sonrisa auténtica pareció asomar a sus labios.

–Querida, me alegra tanto que estés bien, hemos estado terriblemente preocupados por ti –se acercó a la cama con expresión distendida–. Pero sé que eres fuerte y que tarde o temprano acabarías recuperándote –Cuando se dirigía a Sigyn, parecía completamente otra persona: su gesto era más suave, su voz más dulce y seductora. Pero ella ya no se dejaba ganar por esos trucos, como los consideraba.

–¿Esa mujer era un… –se atragantó antes de decirlo–… una gigante de hielo?

–Ah, sí. Había olvidado que es la primera vez que ves uno "auténtico". Lamento haberte expuesto a una visión tan… perturbadora –añadió, y esta vez en su voz había un inequívoco matiz dolido–, pero tendrás que acostumbrarte a ellos. Después de todo, pronto los verás a todas horas.

"¿A todas horas?", insistió la mente de Sigyn. ¿Qué estaba ocurriendo allí?

–Siento también lo ocurrido con Lorelei –continuó Loki, ajeno a la preocupación de ella–. Quería contártelo yo, habría preferido que no te hubieses enterado así –dirigió una rápida mirada hacia Tess, no le agradaba que su hija se enterara también de aquellos detalles tan personales. Pero la muchacha parecía interesada en la historia; más, de hecho, que su madre, quien parecida perdida en sus pensamientos.

–¿Quién es, papá? ¿Era tu novia?

–Llamarla "novia" sería un poco exagerado –repuso él, no sin cierto desprecio–. Basta con saber que es una historia que acabó desde el mismo momento en que me enteré de que tu madre estaba viva –dirigió una tierna mirada hacia la aludida–. Tienes que creerme, Sigyn. Entre esa chica y yo ya no hay nada y no lo volverá a…

–No me interesan tus líos de faldas, Loki –lo cortó ella con impaciencia, sorprendiéndolo con su tono frío y duro–. ¿Dónde estamos?

La sonrisa suave y persuasiva del dios del engaño se congeló en sus labios.

–¿Qué?

–En Asgard no podrías pasearte así tan libremente, aún te buscan como criminal. Y allí no hay gigantes de hielo, a menos que las cosas hayan cambiado muchísimo en los años que he pasado en la Tierra. No estamos en Asgard como creía, ¿verdad?

Él bajó la vista, incómodo.

–Nunca dije que fuera a llevarte a Asgard.

–¡¿Qué?! –saltó ella indignada, pese a las ráfagas de dolor que atravesaron de nuevo sus sienes al levantar la voz–. Por última vez te lo pregunto: ¿dónde demonios estamos?

–¿Aún no lo has adivinado? –Bajo su aspecto de fastidio, ella creyó ver la sombra de una maliciosa sonrisa en el rostro de él, lo que la enfureció aún más. Lo peor de todo era que sabía la respuesta, pero se resistía con todas sus fuerzas a aceptar aquella idea.

De modo que, en vez de contestar, apartó las sábanas y las mantas de un tirón y saltó de la cama, dirigiéndose hacia las ventanas. Tess le había cambiado las ropas destrozadas con las que había venido de la Tierra por un ligero camisón de seda y de nuevo sintió frío, pero ya no se preocupó por ello. Tenía cosas más importantes en las que pensar.

–¡Espera, Sigyn! –intentó detenerla Loki– Aún no estás en condiciones de levantarte.

Ella le ignoró. Interiormente suplicaba que todo fuera otra de las perversas bromas de Loki, aunque ignorara su finalidad; y que al apartar las cortinas viera el paisaje amable y templado de Asgard, pero una parte de ella sabía que no iba a ocurrir.

Aún estaba muy débil y se sentía cada vez más mareada por toda la alteración emocional que estaba experimentando, pero se habría dejado matar antes de regresar a la cama sin averiguar lo que había al otro lado de la ventana. Así que, haciendo acopio de fuerzas, aferró el terciopelo verde de los cortinajes y tiró de ellos violentamente para correrlos por completo. Por un momento la claridad, pese a ser desvaída y nebulosa, la deslumbró antes de que sus pupilas se acostumbraran y pudiera ver el paisaje que se divisaba a través de los amplios ventanales.

–Oh, no… no puede ser posible –murmuró, apoyándose en el alféizar de mármol. Sentía como si sus rodillas se negaran a sostenerla.

Sus ojos abiertos de par en par observaban atónitos el paraje abierto, nublado y grisáceo, todo roca estéril y helada, donde el viento susurraba ominoso tras los cristales. Lo que más la sobrecogía no era la interminable extensión cubierta de hielo, sino el cielo. Estaba enturbiado por una ventisca de nieve mucho más violenta de lo que había visto jamás en la Tierra, ni siquiera durante aquellos dos últimos años de invierno permanente. Aunque una levísima claridad que se entreveía a través de las pesadas nubes hacía suponer que era de día, el cielo estaba tan oscuro y cerrado que fácilmente hubiera podido pasar por noche.

Y el suelo era todo hielo y escarcha, un hielo que tomaba formas caprichosas y escarpadas hasta más allá de donde la vista podía alcanzar, tiñéndolo todo de color azul y ceniza, del mismo tono que la piel de aquellas gigantescas criaturas cuya visión la había asustado tanto apenas unos minutos atrás. Aquello no se parecía en nada a Asgard. El Reino Dorado nunca había sido tan gris… tan sombrío.

Loki sonrió levemente e hizo un gesto como mostrándoles a ella y a Tess un nuevo paraíso.

–Contemplad los parajes de Jotunheim, el reino de los gigantes de hielo. Mi mundo natal.

Sigyn se volvió hacia él: al comprender lo que había pasado, el estupor empezaba a dar paso a la indignación. A la cólera.

–Nos… ¿nos has traído a Jotunheim?

–Ajá –asintió Loki–. ¿No te gusta? A mí mismo tampoco me hacía demasiada gracia al principio, pero todo es cuestión de acostumbrarse.

Ella lo miró con un odio tan ardiente en sus ojos claros que cualquiera con menos sangre fría que él no habría resistido el impulso de retroceder.

–¡Nos has traído a Jotunheim! –gritó. La ira le había enrojecido las mejillas y dado fuerzas para chillar a un volumen que sobresaltó tanto al padre como a la hija– ¿Cómo te has atrevido? ¡Te pedí que nos llevaras a Asgard y dijiste que lo harías! ¿Es que jamás en tu miserable vida vas a cumplir lo que prometes?

–Me pediste que os llevara a casa –repuso él, tenso–, y así lo he hecho. Estáis en casa –Pese a su intención de mostrarse tranquilo, no estaba acostumbrado a que le hablaran así y estaba empezando a irritarse.

–¡Me refería a Asgard! ¿En qué lugar de tu perversa y retorcida mente se te ocurrió que estaba hablando de Jotunheim?

El rostro de Loki se endureció aún más. No, no era en absoluto la reacción que había esperado. Era realista y tampoco se había hecho ilusiones de que ella se lanzase en sus brazos olvidando el pasado, pero después de todo acababa de salvarle la vida, jugándose la suya de paso. No acostumbraba a hacer cosas buenas por la gente y ahora echaba de menos un poco de gratitud por parte de su esposa.

–Jotunheim es mi casa. Y mal que te pese, al ser tú mi mujer y Tess mi hija, ahora es la vuestra también. Me pediste que te llevara a casa y yo te prometí que así lo haría; pero en ningún momento hablé de que esa casa sería Asgard. No es mi culpa si lo malinterpretaste.

Ella sacudió la cabeza con incredulidad, incapaz de aceptar que había caído ante otro nuevo engaño del dios embaucador.

–De modo que ése era tu plan –señaló resentida–. Cuando tú, o mejor dicho Sif, me habló tan convincentemente de que teníamos que ir "a casa", te referías a esto. En realidad es culpa mía, me tomaste el pelo con lo de Sif y aun así yo te dejé traernos aquí. Confié en ti y has vuelto a engañarme…

–Sí –asintió él petulante–, eso suelen decírmelo mucho.

–¡Espero que ardas en el infierno! –exclamó ella con rabia.

–Eso también me lo dicen bastante. Tú misma lo dijiste Sigyn, no me llaman el dios del engaño por nada.

–Lo tenías planeado desde el principio, ¿verdad?

–No, no desde el principio –Loki avanzó provocador hacia ella, satisfecho de su triunfo–. Al principio quise ser honrado contigo y darte un tiempo para reflexionar, o convencerte de buena fe a través de Sif, de que lo mejor era regresar conmigo. Pero tras tu "bromita" de la otra noche, cambié de opinión.

–¿Mi… "bromita"? –repitió ella, sin comprender– No tengo la menor idea de a qué te refieres.

–¿De verdad no te acuerdas, querida? –sonrió juguetón, y citó– "No es nada personal, sólo un poco de diversión…"

–Dios mío… –Sigyn enrojeció violentamente al recordar las palabras con las que ella misma había despachado a Loki tras aquel breve aunque intenso momento de pasión entre ambos, aquella noche lluviosa no tanto tiempo atrás. Un momento de pasión que ella no había tenido intención de que se produjera, pero que había estado deseando inconscientemente desde su separación. Y del cual ahora se arrepentía doblemente, dada la forma en la que él se estaba vengando de su brutal rechazo:

–Creíste que podrías derrotarme en mi propio juego, utilizarme –le echó él en cara–. Pero como se ha demostrado, soy yo el que dice siempre la última palabra.

Como dándole la razón, Sigyn no encontró palabras para replicar. Maldecía el momento en que se le había ocurrido jugar a las venganzas retorcidas con el hombre más vengativo y retorcido del universo. Debió haber supuesto que, incluso con todo lo que afirmaba amarla, aun así encontraría la manera de devolvérsela antes o después.

–¿De qué está hablando, mamá? –Tess se acercó con curiosidad.

–De nada– respondió ella rápida y nerviosamente, esperando que su hija no averiguara más sobre aquel bochornoso asunto–. Cariño, ¿podrías salir un momento? Necesito hablar a solas con tu padre.

–Pero mamá…

–Por favor.

La joven se rindió y abandonó la habitación. Una vez solos, Sigyn se enfrentó a su marido, el cual aguardaba con los brazos cruzados y una sonrisa en el rostro, evidentemente complacido de haber sido el vencedor en aquel particular "juego".

–Loki… –comenzó con dificultad–, tienes razón. Lo que hice esa noche fue estúpido e infantil, indigno de mí. Estaba furiosa contigo por aparecer así… pero aun así lo siento –tragó saliva trabajosamente, como si al hacerlo también se estuviera tragando su orgullo–. Lamento haberte ofendido.

–Acepto tus disculpas –Loki estaba encantado–, y me alegra verte razonable al fin.

Ella se mordió los labios e inspiró como si se estuviera conteniendo.

–Lo que tú digas. Y ahora, ¿nos dejas volver ya a Asgard?

Él frunció el ceño.

–¿Qué?

–Tú ganas, ¿no era eso lo que querías? Me has dado una lección, me has demostrado que no se debe jugar contigo –Loki ahogó un suspiro desencantado al darse cuenta de que ella sólo le estaba diciendo lo que pensaba que quería oír para que las dejara en paz, no porque lo sintiera de verdad–. Has ganado, has quedado por encima. Y ahora, por favor, déjanos volver a Asgard.

–Lo siento –continuó cruzado fríamente de brazos–, no puedo hacer eso.

Ella lo fulminó con la mirada, desvaneciéndose al momento su –falsa– actitud humilde.

–¿No puedes o no quieres?

–Un poco de ambas –contestó arrogante–, aunque admito que más lo segundo.

Por un momento, pareció que Sigyn hubiera querido lanzarse sobre él para arrancarle los ojos, pero cambió de opinión y se dirigió hacia la ventana, abriéndola antes de que él pudiera evitarlo.

–¡¿Qué haces, mujer?! –Un frío glacial penetró en la tibia habitación y Loki tuvo que hacer rápidamente uso de su poder para controlar la temperatura antes de que ella se congelara. Vio que Sigyn sacaba la parte superior del cuerpo por la ventana y se apresuró a sujetarla, temiendo que intentara lanzarse al vacío: bajo aquel ventanal se abría un profundo precipicio sobre las rocas escarpadas– ¿Intentas poner fin a tu vida de nuevo?

–¡Más te gustaría, cerdo tramposo! ¡Suéltame! –chilló ella dándole un enérgico codazo en las costillas para quitárselo de encima, haciéndole caer al suelo. Sigyn aprovechó ese breve momento de libertad para volver a asomarse por la ventana. El frío le mordió las mejillas y casi le cortó la respiración, pero no le impidió que se pusiera a gritar con todas sus fuerzas– ¡Heimdall! ¡Heimdall, estamos aquí! ¡Por favor, baja el Puente o busca ayuda! ¡Por favor…!

Loki se levantó sin decir palabra y contempló en silencio cómo ella se desgañitaba suplicando una ayuda que nunca llegaría. Después de un rato, puso una mano sobre su hombro, pero ella se erizó y se sacudió del contacto. Él no pareció molestarse.

–Déjalo ya, te vas a destrozar la garganta –le aconsejó con el tono amigable de un adulto que intenta razonar con un niño especialmente terco y caprichoso–. Es inútil, no puede oírte.

–¡Mentiroso! Él puede verlo y oírlo todo. ¡Acabará escuchándome! –porfió ella sin quitar los ojos del cielo gris– Heimdall, por favor… tienes que ayudarnos… –Sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas de frustración y rabia, unas lágrimas que se congelaban al contacto con el aire helado. Loki volvió a sujetarla para apartarla de allí, sin que esta vez ella tuviera fuerzas para resistirse.

–Ese tonto guardián no puede oír ni ver nada aquí –explicó él con calma mientras cerraba la ventana, impidiendo el paso del viento cortante–, mi magia lo impide. Todos mis dominios, que se extienden hasta más allá del horizonte, constituyen un inmenso "punto ciego" para él. Él lo sabe, pero no puede hacer nada –sonrió triunfante, pero añadió algo más serio–. Y por si se te ha ocurrido, te recomiendo que no intentes escapar de ellos para avisarle.

Sigyn lo miró sobresaltada, preguntándose si en ese momento estaba leyéndole la mente porque efectivamente eso era lo que estaba pensando; aunque Loki sólo seguía su pensamiento lógico. El dios del engaño continuó su advertencia:

–Ahí fuera, como has visto, el frío alcanza niveles casi letales para un asgardiano, así que podrías morir si pasas demasiado tiempo en el exterior. Mientras permanezcas dentro de la fortaleza estarás a salvo. Si quieres salir, tendrá que ser conmigo, para que pueda controlar la temperatura a tu alrededor y cerciorarme de tu seguridad. Es más, cuando lo desees estaré encantado de mostrarte las maravillas de este reino, que no son pocas –añadió con su voz más galante, pero Sigyn no estaba interesada en el turismo, sino que parecía rumiar otra idea.

–Thor… –murmuró–, él sabe que estamos aquí. Él vendrá a por nosotras, nos rescatará.

El rostro de Loki se ensombreció de nuevo: empezaba a enfadarse otra vez, y mucho. Él había arriesgado su vida y su libertad por recuperarla a ella y a su hija, se había enfrentado a varios de sus más acérrimos enemigos casi desarmado por ella y lo habían torturado y humillado, ¡pero era en Thor en quien ella pensaba como su salvador! "Siempre igual, no sé ni para qué me molesto", se dijo apretando los dientes. No importaba lo que hiciera: Thor siempre sería el bueno y él el malo. Intentó controlar su ira para no asustarla, pero sólo lo consiguió hasta cierto punto.

–¿Thor? –la sostuvo por un brazo, procurando no hacerle daño pero sí llamar su atención lo suficiente para que ella lo mirase a la cara. Su expresión era de despectiva burla… su forma de disimular lo mucho que le dolía que ella tuviese más esperanza en su gran enemigo que en él– ¿Quién crees que me dejó marcharme llevándote a ti y a mi hija conmigo? Ese principito consentido lleva todo este tiempo sin atreverse a venir aquí a medirse conmigo y tuvo que recurrir a sus amigos mortales para tenderme una trampa en Midgard… ¿crees que va a arriesgarse ahora por ti? ¿Que le importa lo más mínimo lo que te ocurra?

Desconcertada, Sigyn quiso contestar, pero no le salieron las palabras.

–No, a Thor no le importas –continuó él–. Ni a Heimdall, ni a Odín. Para ellos sólo eres la mujer de un criminal, alguien aún más prescindible que yo mismo. No sé por qué estás tan empeñada en volver a Asgard, cuando allí no le importas a nadie. Ni tampoco en la Tierra, por cierto. El único sitio donde hay alguien que se preocupa por ti, que realmente te ama… –su expresión se suavizó y sus ojos se clavaron apasionadamente en los suyos–… es aquí.

Por un momento, ella se quedó paralizada. Lo observó dolida, sus ojos cristalinos a causa de las lágrimas. Y cuando por fin reaccionó, lo hizo guiada por la rabia que la consumía desde que había descubierto el engaño.

–¡Mientes! –esta vez sí se dejó llevar por el impulso de agredirle y se lanzó sobre él, intentando llevar sus uñas a sus ojos– ¡Desgraciado embustero malnacido, no vas a convencerme más con tus trucos! ¡Déjanos volver a Asgard!

Pese a la sorpresa, a Loki no le costó mucho dominarla aferrándole las muñecas. La comparación entre las fuerzas físicas de ambos era casi tan desproporcionada como con sus poderes mágicos.

–Sí que has cambiado… estás hecha una auténtica fierecilla, ¿eh? –se burló– Para de una vez, o vas a hacerte daño –Pero ella no le escuchaba.

–¡Maldita sea, déjanos regresar o…!

No pudo continuar. La acometió un fuerte mareo, producto del sobreesfuerzo y las intensas emociones que había estado experimentando tan poco tiempo después de haber sido gravemente herida. Sigyn perdió el equilibrio y se habría desplomado en el suelo de no ser porque Loki la mantenía sujeta por las muñecas. Éste se alarmó al ver lo ocurrido y se apresuró a sostenerla más suavemente, olvidando toda su indignación y sus celos después de que ella mencionara a su medio hermano.

–¡Sigyn! ¿Estás bien? –De nuevo preocupado, tomó el frágil cuerpo en brazos y la llevó corriendo de nuevo al lecho, tendiéndola con delicadeza. Parecía que últimamente, cada vez que se veían, acababan discutiendo (ella no se reprimía de arrojar su rabia sobre él cada vez que tenía ocasión y a él no hacía falta mucho para provocarle), pero aquél había sido un mal momento para una de esas peleas. Pese a parecer recuperada, estaba claro que Sigyn aún seguía débil. Habría debido tener eso en cuenta y resistir el impulso de restregarle por la cara su triunfo, pensó con remordimiento. Aquélla no era la mejor manera de recuperarla.

Ella no había llegado a perder totalmente el conocimiento, de modo que se quedó medio acostada con las manos sujetándose la frente, como si la cabeza le fuera a estallar.

–Dime algo, por favor… –Loki consideró la idea de mandar llamar a Amora, pero decidió que sería más rápido transferirle algo más de su energía. Sostuvo su brazo y se preparó para repetir el hechizo que había aprendido la noche anterior, pero ella lo retiró bruscamente.

–No me toques.

–Sigyn, lo siento. Olvidé lo débil que debes estar todavía. Si me lo permites, puedo ayudar a que te recuperes…

–Estoy perfectamente –lo cortó ella, con los ojos cerrados y las manos sobre sus sienes–. Lo único que quiero de ti es que nos dejes volver a Asgard, y si no me concedes eso, que me dejes en paz.

Él suspiró. Al menos quedaba claro que aquello no había sido más que un vértigo momentáneo y que ella conservaba energías suficientes para mandarlo al infierno, lo cual lo aliviaba. Una leve sonrisa nostálgica se formó en sus labios al caer en la cuenta de una cosa.

–Es curioso cómo resultan las cosas, ¿sabes? –hizo una pausa, tal vez esperando a que ella le preguntara por qué decía eso, pero Sigyn permaneció obstinadamente callada–. Cuando nos conocimos, yo estaba convaleciente y tú me sostuviste cuando me sentí mareado, ¿recuerdas? Y ahora sucede al contrario. Tal vez signifique algo –murmuró reflexivo–. Al volver del abismo, fue como si yo hubiera vuelto a nacer. Podríamos decir que ésa es ahora tu situación. Tu identidad mortal es la que se quedó allí abajo en Midgard, bajo todas esas cajas; y has renacido como quien eras, quien has debido ser siempre. Mi amada esposa.

Ella no contestó, sólo lo observó ceñuda y claramente nada convencida por aquel argumento.

–Deberías comer algo, eso te ayudará a recuperarte –añadió él, señalando la bandeja de comida dejada por Gerda, y su sonrisa se amplió– ¿Recuerdas que entonces tú me traías la comida, e intentabas convencerme de que comiera aunque yo no quería?

Sigyn miró hacia otro lado enfurruñada. Claro que se acordaba, y se resistía a dejarse invadir por los dulces sentimientos que aquellos recuerdos traían a su memoria, como estaba claro que él pretendía. Le parecía que la inocente y sumisa chica de aquel entonces, tan parecida en carácter a Gerda, era totalmente ajena a ella.

–Si hubiera sabido cómo iba a acabar todo, habría envenenado aquella maldita comida.

Sorprendentemente, su rencorosa respuesta provocó una carcajada en su marido.

–No me cabe duda.

Llamaron a la puerta y antes de que ninguno de los dos pudiera dar permiso, Tess entró en la habitación, evidentemente impaciente por saber qué estaba ocurriendo allí.

–¿Puedo entrar ya? Oí gritos, y… –se justificó– Mamá, ¿por qué has vuelto a la cama? ¿Estás bien?

–Claro, sólo necesita descansar, ¿cierto? –contestó Loki mirando hacia su esposa, y ésta asintió de mala gana confirmando sus palabras. No quería preocupar a su hija– Tu madre y yo hemos hablado y hemos aclarado las cosas.

Sigyn no le contradijo para no crear más confusión en Tess, pero la fugaz mirada asesina que le dedicó a Loki indicaba a las claras que aquel asunto no había quedado zanjado en absoluto.

–¡Qué bien! –se alegró Tess– Mamá, creo que aquí vamos a estar muy bien. Papá cuidará de nosotras y se encargará de que estemos a salvo.

–Sí, eso pensaban Narvi y Váli… –susurró Sigyn.

La sonrisa de Loki desapareció y su expresión se demudó ante el certero –y malvado– ataque de su mujer. Ésta lo miró con una sonrisa entre desafiante, maligna y rencorosa, como declarando que no era él el único capaz de golpear donde dolía.

–…Como dije, necesitas descansar, querida –consiguió decir él, muy serio, en cuanto consiguió recuperarse del golpe–. Deberías dormir un poco más.

–No necesito…

Sofðu –pronunció antes de que ella continuara hablando, y la cabeza de Sigyn cayó blandamente sobre la almohada, donde quedó respirando con suavidad–. Mujer testaruda… –rezongó de mal humor y tan bajito que ni Tess pudo oírle, aunque sí ver su expresión enojada.

–¿Estás bien, papá?

–Por supuesto. Es mejor que nos vayamos y dejemos reposar a tu madre para que pueda recuperarse del todo.

Abandonaron la habitación lo más silenciosamente posible, aunque por mucho ruido que hicieran habría sido difícil que pudieran despertar a Sigyn, teniendo en cuenta que ésta se encontraba bajo el influjo del hechizo de sueño de Loki, el cual duraría unas cuantas horas más.

–*–*–*–*–*–

Padre e hija recorrieron la galería que los conduciría al salón principal, aunque el primero caminaba silencioso y meditabundo. Tess volvió a sentirse pasmada cuando vio a otros criados gigantes de hielo, idénticos a los de su sueño.

–¡Qué seres más asombrosos! ¡Parecen salidos de un libro de fantasía épica!

Aunque perdido en sus sombríos pensamientos, Loki no pudo evitar una leve sonrisa al oír a su hija.

–¿Te asustan?

–No, no exactamente… –repuso ella, sin dejar de mirarlos fascinada–. Pero me parecen impresionantes, tan enormes… e imponentes.

Los siervos jotnar, reconociendo a su señor, se apartaban a su paso y se inclinaban con respeto ante ellos, algo que no dejaba de encandilar a la muchacha. Que unos seres tan grandes y de apariencia tan amenazadora parecieran someterse e incluso temer a su padre era algo que le costaba comprender… pero la idea le encantaba. Y no dejaba de mirar a todos lados con los ojos muy abiertos, como deseando beberse todo lo que se ponía ante ellos, sin querer perderse nada.

–Pues los hay aún más grandes –comentó Loki, recordando a Ymir–. Y me alegra que no te disgusten, ya que yo soy como ellos –Tess volvió los ojos hacia él, asombrada–, e incluso tú.

–¿Yo también? –Tess apenas podía asimilar toda aquella información nueva e increíble.

–En parte. Si tienes esos poderes para crear hielo es por esta parte de tu herencia genética.

–¿Y por qué no somos azules como ellos o tan grandes? ¿Por qué tenemos aspecto normal?

–¿Aspecto humano, te refieres? En tu caso, los genes de tu madre inhiben tu apariencia jotun. En el mío, estoy acostumbrado a tener esta forma, me crié así.

–¿Y a mamá sí le dan miedo los gigantes de hielo? –preguntó la chica preocupada.

–…Se trata de una cuestión cultural. Tradicionalmente, los aesir y los jotnar han sido enemigos desde hace siglos.

–Pero no creo que le den miedo de verdad. Si no, no se habría casado contigo, ¿cierto?

Él no contestó. En teoría su hija tenía razón, Sigyn sabía lo que él era cuando se casaron y nunca pareció rechazarle por esa razón, pero también era verdad que jamás lo había visto bajo su forma de gigante de hielo. De hecho, aquélla era la primera vez que veía a un gigante de hielo… y su reacción no había sido demasiado buena. Claro que habría podido ser peor, pero eso no le quitaba a Loki cierta sensación de amarga desilusión.

–Entonces, ¿por qué estaba tan enfadada mamá? –insistió su hija–. ¿Es por lo de esa chica… Lorelei?

–¿…Qué? Oh, en absoluto –De hecho, eso no había podido importarle menos, recordó Loki un tanto incómodo. Habría preferido que hubiese mostrado celos, aunque fuesen unos pocos–. En realidad no estaba exactamente enfadada, sólo un poco alterada. Ella no esperaba venir aquí… es un cambio muy grande para ella, pero ya se acostumbrará. Necesita un poco de descanso y aclarar sus ideas, nada más. Pronto estará completamente curada. Por suerte el hechizo de Amora resultó ser muy eficaz.

–¡Esa mujer es sensacional! –saltó Tess llena de admiración. Amora era como la personificación de la magia que siempre le había atraído desde pequeña– Pero se supone que tú también eres un hechicero, ¿no? ¿Entonces por qué ella conocía ese hechizo para curar a mamá y tú no?

Él se aclaró la garganta antes de comenzar su explicación:

–Porque yo no soy como el resto. La mayoría de hechiceros aprenden de sus maestros, que les instruyen en todas las disciplinas de la magia, comenzando por la magia blanca y curativa, la más sencilla e inocua. Yo aprendí por mi cuenta de los libros, sin maestros, y siempre desdeñé esas disciplinas, nunca pensé que me hiciera falta aprenderlas –Al ser capaz de curarse solo con su resistencia de jotun, sólo le había interesado aprender formas de atacar y herir eficazmente, no de sanar a los demás: jamás pensó que llegaría el día en que necesitara, o siquiera deseara curar a otra persona. Tess asintió, meditando las palabras de su padre.

–Ojalá conociera yo también los secretos de la magia, seguro que deben ser fascinantes –Desde su primer contacto con su padre, e incluso antes, siempre se había sentido atraída por todo aquel mundo de la brujería. Loki esbozó una sonrisa.

–¿Te gustaría aprender?

Los ojos de Tess se iluminaron ilusionados.

–¿Tú me enseñarías?

–Bueno, en los próximos meses voy a estar bastante ocupado… pero supongo que podré sacar algún rato para darte unas lecciones –añadió, recordando que uno de sus mayores errores como padre había sido descuidar a sus hijos por concentrarse demasiado en sus planes–. Además, le diré a Amora que también te dé clases, para que tengas una formación variada. Así, ella te dará las clases teóricas y yo las prácticas. ¿Qué te parece?

La respuesta de su hija fue echársele al cuello entusiasmada.

–Vaya, supongo que eso quiere decir que estás de acuerdo –rió un poco azorado: aún no estaba acostumbrado a recibir demostraciones de cariño tan vehementes. Sus hijos no eran demasiado expresivos, e incluso las muestras de afecto que él mismo, durante su juventud, había recibido de su familia postiza fueron más bien tibias, no por falta de amor por parte de éstos, pese a que él lo acabara viendo así; sino por la contención general en manifestar los sentimientos que era costumbre en Asgard. Loki sólo había conocido a una persona igual de efusiva y afectuosa que su hija: la propia Sigyn cuando era sólo un poco mayor que ésta, antes de que él la transformara en la mujer resentida y desconfiada que era ahora. Las semejanzas de Tess con él eran evidentes, pero también había mucho de Sigyn en aquella adorable muchacha.

–Aun así, antes de decidir nada será mejor que le preguntemos a tu madre si le parece bien –añadió con seriedad–. Recuerdo que no le hizo mucha gracia cuando Narvi… –se interrumpió bruscamente. Al igual que a la propia Sigyn, recordar a sus hijos muertos le dolía mucho; y aunque jamás lo habría admitido, la indirecta de ésta unos minutos antes le había herido en lo más profundo. Pero Tess no quiso dejar pasar la oportunidad de saber más sobre una de tantas cuestiones que la corroían de curiosidad.

–Narvi… y Váli. Eran mis hermanos, ¿verdad? Los que mamá mencionó hace un rato, y también allí en la Tierra, mientras tú estabas en aquella máquina.

Loki asintió gravemente.

–¿Era la primera vez que oías esos nombres?

La joven pareció reflexionar.

–No lo sé… ahora que recuerdo, creo que no. Hace mucho, cuando era más pequeña, una noche oí a mamá gritar mientras dormía. Gritaba esos nombres sin parar y me asusté mucho, así que la desperté, pero cuando lo hice ella no me quiso contar qué era lo que estaba soñando.

–No debes enfadarte con tu madre por no haberte hablado de ello –le aconsejó él, viendo que volvía a tener la misma expresión molesta que la noche en que la conoció–, supone un gran trauma para ella. Tus hermanos… –vaciló, a él mismo le costaba abordar el tema–, como ella dijo, murieron antes de que nacieras… a consecuencia de algo que yo hice.

–¿Qué ocurrió exactamente? –quiso saber Tess.

–Si no te importa, preferiría no entrar en detalles –Loki desvió el rostro para evitar la mirada interrogante de la muchacha–, es una historia que también a mí me duele recordar.

–Lo siento, papá –se disculpó ella, viendo su expresión atormentada–, no quiero obligarte a revivir algo tan triste. Pero me gustaría tanto saber…

–Algún día te lo contaré, te lo prometo, pero hoy no –No sabía si algún día reuniría fuerzas para cumplir esa promesa, pero eso Tess no tenía por qué saberlo por el momento–. Basta con saber que fue un accidente, lo último que yo hubiera querido era que sufriesen el menor daño. Pero ocurrió y no pude evitarlo, y tu madre me culpa por ello.

–Así que por eso está tan enfadada y no quiere volver contigo.

–Sí… –continuó rehuyendo su mirada directa–, entre otras razones.

En ese momento uno de los guardias jotun se acercó a ellos y les informó de que Fenrir y Jormungand habían regresado de su viaje de cacería. Ambos tenían prohibido cazar demasiado en las inmediaciones de la fortaleza –más que nada para no despoblar la zona de fauna y acabar con el suministro de caza, que constituía gran parte de la alimentación de sus habitantes–, por lo que de vez en cuando se marchaban a otras regiones del reino, donde podían cazar a su antojo y sin tener que contenerse.

–Excelente –aprobó Loki, y se giró hacia su hija–. Ven, quiero que conozcas a tus hermanos.

–¿Tengo más hermanos? –Después de haber oído la triste historia de Narvi y Váli, no esperaba tener otros hermanos.

–Dos varones y una chica, aunque ella no vive con nosotros. Bueno, en realidad son tus hermanastros. Son hijos míos, pero no de tu madre.

Tess lo miró con expresión un tanto indefensa.

–¿Volviste a casarte después de que mamá se fuera?

–Eh… no –titubeó de nuevo, percatándose de que se avecinaba otro tema espinoso–. Verás, mientras estaba casado con tu madre, yo… tuve otra relación –tuvo que admitir. De todas formas, viviendo allí acabaría enterándose.

–¿Otra relación? ¿Quieres decir que le fuiste infiel? –Tess recordó las palabras de Sigyn en el Helitransporte, echándole en cara a Loki que se hubiese buscado a otra mujer.

Él asintió de mala gana.

–Engañar está mal –susurró ella, como una lección aprendida.

–Lo sé. Mi matrimonio con tu madre fue complicado y estuvimos distanciados mucho tiempo –explicó–. No es que eso lo justifique, claro. No estoy orgulloso de aquello y ojalá pudiera borrar el daño que hice a tu madre, pero no lamento el nacimiento de tus hermanos. Han sido un gran apoyo para mí durante estos años que he pasado solo. A veces creo que soy un poco duro con ellos… –murmuró, como reflexionando en voz alta–, pero lo hago por su bien. Tienen un carácter muy salvaje y si no les impartiera disciplina, se desmandarían.

Tess lo escuchaba cabizbaja y en silencio.

–Así que ya no tienes nada que ver con esa mujer… con tu amante.

–¿Con Angerboda? En absoluto. No sé nada de ella desde hace años. Comprendí que tu madre era la única mujer que me importaba, pero creí que nunca volvería a verla. Pero ahora que está aquí, estoy determinado a conseguir que me perdone por todas estas cosas y que volvamos a ser una familia.

La muchacha lo observó: parecía sincero. Y había dicho las palabras mágicas: "volver a ser una familia". Aunque siempre había parecido una chica muy independiente y reconocía que su madre hacía lo que podía al criarla sola, en secreto Tess siempre había envidiado a sus amigas que tenían familias completas con padre, madre y hermanos; y ahora que tenía la oportunidad de conseguirlo, no quería que aquello se estropeara por unas supuestas culpas de su padre que, de todos modos, habían quedado en un pasado lejano en el que ella ni había nacido aún.

–Mamá es muy cabezota, pero si de verdad estás arrepentido y le demuestras que la quieres, al final te perdonará por lo de esa mujer. Y respecto a mis hermanos… –hizo una pausa: se le hacía raro hablar de unos hermanos a los que nunca había conocido–, acabará comprendiendo que fue un accidente.

–Eso espero, pequeña… –alzó una mano y le acarició el sedoso cabello azabache, tan similar al suyo propio.

No se le escapaba que su hija se excedía en su optimismo y lo había absuelto tan rápidamente de sus pecados como duramente lo había condenado Sigyn. Claro que lo que había escuchado era su versión de los hechos que él había suavizado enormemente, así que no podía juzgar de forma ecuánime; pero no sería él quien la sacara de su error. Por nada del mundo haría algo que arruinara esa admiración que su hija parecía sentir por él.

Para entonces ya habían llegado al salón y sus dos hijos varones estaban aguardando a Loki con los brazos cruzados: Fenrir enorme y musculoso –comparado con su padre y hermano, si bien seguía siendo inferior en estatura a un jotun normal–, con la tez azul oscura y vestido de pieles, como si echara de menos su pelaje de lobo cuando adoptaba su forma original; y Jormungand delgado y de aspecto grácil, con su trenza blanquecina y sus ojos de un encarnado acuoso, casi tendiendo al rosado, como si en ellos hubiera un velo que ocultara mil secretos.

–¿Qué ocurre, padre? –preguntó el mayor–. Llegamos aquí y los criados nos vienen con la disparatada historia de que tu mujer asgardiana está viva…

–No es un disparate. Está viva –confirmó Loki tranquilamente y los dos jóvenes jotnar intercambiaron una mirada desconcertada. Ambos recordaban aquella vez en la que, tras abandonar el Observatorio asgardiano, él les había informado de su muerte. Aunque había intentado aparentar indiferencia, sabían que aquella muerte, o supuesta muerte, le había dolido más de lo que había dejado ver, aunque creían que había acabado superándolo con el tiempo.

Ahora se preguntaban si Loki lo había sabido desde el principio o él también había ignorado la verdad. Recordando la agitación de su padre después de hablar a solas con Hela, era más probable lo segundo; pero lo conocían bien y si aquello era cierto, eran lo bastante listos como para no provocarle preguntándole por un tema que debía quemarle.

–Lo único que tenéis que saber es que está aquí para quedarse –continuó el dios del engaño–, y por fin ocupará el lugar que le corresponde dentro de esta casa y de esta familia.

–Por los cuernos de Surtur –maldijo Jormungand por lo bajo–, ¿y nosotros no tenemos nada que opinar?

–Dado que yo soy el señor de esto y lo he dispuesto así, no, no tenéis nada que opinar –repuso Loki con voz suave–. De todos modos no pretendo imponérosla como madre, ni falta que os hace. Vosotros sois adultos con vida independiente, no es como si ella tuviera que cambiaros los pañales y limpiaros el trasero –acabó burlón.

Fenrir tuvo que sonreír ante la chanza de su padre. Pese a que Jormungand era el que mentalmente más se parecía a Loki, era Fenrir el que compartía su extraño y a veces incomprensible sentido del humor. Además, su padre tenía razón: a él, al contrario que a su hermano menor, no le importaba quién compartiera el lecho de su padre o viviera en el castillo, siempre que no se metiera en sus asuntos y lo dejara vivir su vida en paz.

Pero las novedades no acababan ahí. El dios del engaño señaló a la adolescente que lo acompañaba y anunció:

–Y no sólo Sigyn compartirá techo con nosotros. Ésta es vuestra hermanastra.

Los dos jóvenes jotnar iban de sorpresa en sorpresa. Teniendo en cuenta la agitada vida sexual de su padre, tampoco les habría sorprendido demasiado que hubiera tenido más de un bastardo suelto por ahí, pero no se esperaban que hubiera tenido más hijos con su esposa legítima.

"Estupendo, otra hermana con la que repartirse la herencia", parecía decir la mirada sarcástica de Jormungand, pero se calló al ver la de su padre, mucho más fría, cuyo mensaje inequívoco era "Más os vale ser simpáticos con ella". Ante aquello, Fenrir, bastante más sociable y conformista que su hermano, se encogió de hombros y decidió complacer a su padre: siempre era más fácil tenerlo de buenas que de malas. Se adelantó y estrechó la mano a la chica.

–Bienvenida a la familia, hermanita. Yo soy Fenrir, y el cabeza de culebra aquí a mi lado se llama Jormungand –el aludido sólo entornó los ojos ante el apelativo.

–Yo soy Tess –se presentó ella en voz baja. Ella nunca había sido tímida antes, pero aún estaba un poco impresionada por las altas e imponentes presencias de sus hermanos.

–¿Nada más? ¿Sólo Tess?

Ella asintió, un poco avergonzada por tener un nombre tan normal, tan corto y "midgardiano", en contraposición a los sonoros nombres de ellos.

–¿Quieres que te enseñemos esto? –Tess pareció dudar y miró a su padre como buscando su consejo. Fenrir se dio cuenta e intentó tranquilizarla a su particular modo– No te preocupes, aunque nos veas grandes, no mordemos. Bueno, no siempre –sonrió maliciosamente–. Pero no nos comemos a nadie. Al menos, no de la familia –su sonrisa se convirtió casi en una risotada, que Tess no pudo dejar de acompañar: la risa de Fenrir era bastante contagiosa–. Vamos, anímate. No sólo te mostraremos la fortaleza, sino la ciudadela y sus pasadizos secretos –le guiñó un ojo.

Tess le devolvió la sonrisa. Tenía muchas ganas de pasar tiempo con su padre, pero siempre había querido tener hermanos y Fenrir le había causado una impresión muy buena; y aunque Jormungand parecía más reservado, esperaba poder ganárselo también.

–Eh… vale.

–Pues decidido, entonces –el licántropo pasó jovialmente uno de sus enormes brazos por los delgados hombros de la chica, que se habrían resentido del peso si ella hubiese sido una simple mortal; y los tres hermanos se marcharon por el corredor, mientras Fenrir continuaba hablando animadamente– ¿Sabes? Me recuerdas a nuestra otra hermana, Hela. Te pareces un poco a ella, ¿verdad, Jord?

El aludido se encogió de hombros, convertido también en guía a su pesar.

–Supongo.

–Pero espero que tú seas más simpática –añadió su hermano mayor–. Por cierto, ¿te dan miedo los lobos? ¿O las serpientes?

–No, ¿por qué?

Incluso encontrándose los tres ya a cierta distancia, Loki pudo oír el estruendoso sonido de las carcajadas de Fenrir.

Loki se quedó solo y pensativo. No le gustaba separarse de Tess, pero era bueno que empezase a relacionarse con sus hermanos: había dicho en serio lo de convertirse en una auténtica familia, una como la que había tenido en el pasado y no había sabido apreciar hasta que se la arrebataron. Eso no volvería a ocurrir. Afortunadamente Tess parecía haber aceptado muy bien aquel drástico cambio de aires, como si hubiese estado esperándolo toda su vida.

Con Sigyn era otra cuestión. Ella, mal que le pesara a él, había sido criada como una asgardiana, y los asgardianos odiaban y temían a los gigantes de hielo: esto era un hecho que no podía ignorar. Y le odiaba mucho más a él, éste era otro hecho indiscutible. Además, él había sido incapaz de resistirse a traerla a Jotunheim a la fuerza –o, en aquel caso, mediante engaños– y en contra de su voluntad como forma de vengarse por su rechazo de aquella noche, de modo que no podía decir que la hubiese recuperado. Si acaso, la había trasladado físicamente de lugar, pero su hostilidad hacia él seguía siendo la misma ya estuviera en la Tierra, en Jotunheim o en el mismísimo Helheim. Más aún incluso, ya que ahora lo veía como un secuestrador.

Tenía que hacer algo para ganársela. Algo debía haber que pudiera ofrecerle para obtener de nuevo su confianza. Su cambio de actitud no bastaba: ella ya no confiaba en él, de modo que tenía que demostrarle que ya no era un enemigo. Debía brindarle una ofrenda de paz que, aunque no consiguiera que le perdonase del todo, sí resquebrajase un poco el sólido muro de hielo que protegía el corazón de ella, un muro cuyo grosor superaba en mucho el de las tremendas placas congeladas que recubrían el reino de Jotunheim.

Afortunadamente, recordó, sí había algo en lo que no había pensado desde que descubrió que Sigyn vivía, pero que sabía que los dos tenían en común. Era una de las pocas cosas en las que ambos, que eran tan diferentes, podían coincidir; algo que los uniría, que haría que ella se identificara con él y que, con suerte, la haría sonreír… la primera sonrisa auténtica que él provocaría en ella en mucho tiempo. Y entonces ella, por fin, lo miraría con indulgencia.

Le regalaría la mejor sensación del mundo, una a la que él había dedicado su devoción desde hacía tantos años. Una sensación maravillosa, cálida y deliciosa como un vino añejo que llevara tiempo encerrado en la bodega, aguardando a ser degustado… dulce, pero con un fondo un poco amargo. Exquisito, como la venganza.


Hola a todas! Lamento la espera y os agradezco enormemente vuestra paciencia. Comienza la parte de Jotunheim, y sólo quedan unos cuantos capítulos para la esperada reconciliación aunque no lo parezca. Como veis, al principio de esta parte Sigyn va a ser muy dura, ya que se considera víctima de un secuestro más que de un rescate. Loki, en cambio, está sorprendido y contrariado de que no le esté agradecida por salvarle la vida. Desde mi punto de vista, ambas posturas tienen parte de razón.

Ojalá no juzguéis muy severamente a Sigyn por haberse asustado con Gerda (Gerda es el nombre de una giganta de hielo que en la mitología se casó con el dios Frey, aunque aquí no tengo pensado que ocurra, sólo me gustó el nombre). Como decía, Sigyn no se lo esperaba y vosotras también os asustaríais si de repente tuvierais delante a un gigante de hielo (y me refiero a uno de verdad, no al sexy jotun!Loki). No quería que las cosas fueran tan fáciles que Sigyn aceptara a los gigantes de hielo sin más, especialmente teniendo en cuenta, como he establecido, que a los asgardianos se les enseña a odiar y a temer a los jotnar desde la infancia. Por cierto que eso va también en sentido contrario, lo cual explicará ciertos aspectos futuros del argumento.

La frase de Loki, "Contemplad los parajes de Jotunheim…" hace referencia a la narración de estilo clásico que también aparece en los cómics, donde a menudo se interpela al lector con expresiones tipo "Behold the Mighty Thor…" y similares.

Mil gracias a todas las lectoras y especialmente a quien se molesta en dedicar su valioso tiempo a dejarme esos fantásticos comentarios y mensajes, ya sea en ffnet, como Sango Hale, Lola St. James, RemyStrawberry, Clementine, Silvia, Alva Loki, LaDahliaNegra, Nicky, Stephsak, Elhy, Jeny Borjas, Daniela Lopes, Animo, Cirze, LadyCapuleto, Silver Jackie, caminantdlaluz, Torunn, Gaby Hiddleston y Zoe mnm; o en Facebook, como Idalmys, Patricia, Morgana, Arantxa, Stephany, Zuerish, Saku-Zelda, Mª José y Mª Elena; e incluso en dA, como leyichka o indhi (perdonadme si me he olvidado de alguien). Sois realmente increíbles, en serio. No escribo por los reviews, pero es verdad que ver cuánto apreciáis esta historia me hace ponerme a escribir incluso cuando estoy cansada o tengo otros temas en la cabeza (que muchas sabéis cuáles son). Un beso enorme!