¡Hola otra vez! Siento haber tardado siglos en actualizar (ya me disculpo más largamente abajo). Sólo deciros que, como ha pasado tanto tiempo y comprensiblemente habréis olvidado parte de la historia, hago un breve resumen para poneros al día:

Loki averiguó, por medio de su hija Hela, que Sigyn no sólo no está muerta, sino que escapó de él y vive en Midgard haciéndose pasar por mortal. Cuando fue a por ella, se encontró además con la sorpresa de que tenía otra hija adolescente, Tess Black. Con la intención de recuperarlas a ambas, tomó la forma de Sif para ganarse la confianza de Sigyn, pero el subterfugio le salió mal cuando los Vengadores se metieron por medio e intentaron utilizar a la asgardiana y a su hija como cebo para atrapar al dios del engaño. Tras una escaramuza con sus eternos enemigos, incluyendo a su medio hermano Thor, Loki escapó con su mujer y su hija, pero no antes de que Sigyn resultara gravemente herida.

Loki llevó a ambas mujeres a su fortaleza de Jotunheim, su residencia actual, y curó a Sigyn gracias, en parte, a la intervención de Amora la Encantadora, su socia. Sin embargo, y aunque Tess parece haberse adaptado a ese nuevo mundo desde el principio, Sigyn no perdona a su marido el haberla engañado para llevarlas allí. Decidido a reconquistarla, se dispone a sacar su as en manga para ganar su favor…

Ahora sí, el capítulo nuevo. Espero que os guste y que haya merecido la pena la espera.


–28–

La ventisca había amainado, aunque Sigyn, arrebujada bajo las mantas y con los ojos cerrados, aún podía oír el viento ululando tras su ventana. Se sentía un poco embotada, como si llevara durmiendo durante meses, pero también descansada gracias a lo que había sido un sueño de lo más reparador. Durante unos segundos, se desperezó placenteramente bajo las mantas hasta que recordó dónde estaba y bajo qué circunstancias había llegado allí. No estaba en casa, ni en la suya antigua de Asgard ni tampoco en aquélla a la que se había acostumbrado durante los últimos años. Estaba en un reino extraño, hogar de los enemigos ancestrales de su raza, y para colmo ni siquiera estaba allí por voluntad propia.

Se sacó las mantas de encima, abriendo los ojos a la oscuridad. Siguiendo un reflejo automatizado de su estancia en Midgard, alargó la mano buscando un interruptor de la luz que obviamente allí no existía. Tendría que aprender de nuevo a pasar sin electricidad ni otras muchas cosas a las que se había acostumbrado en la Tierra, pensó con un suspiro, y se incorporó. Se estremeció de frío, así que tomó una de las gruesas frazadas para envolverse en ella al salir de la cama. Se movió despacio y con cautela para no tropezar con nada mientras se dirigía a la balconada de la estancia, donde recordaba haber discutido con Loki la última vez. A medida que se acercaba sus ojos se iban acostumbrando a la penumbra.

Al igual que el día anterior, apartó los pesados cortinajes de terciopelo con la esperanza de que lo ocurrido fuese un sueño, pero de nuevo la golpeó la realidad. A través del cristal –mágicamente reforzado y sellado para que pudiese soportar las bajas temperaturas de aquel reino aislando el interior–, contempló otra vez la sombría panorámica que se mostraba bajo su ventana: un escarpado desfiladero de roca cubierta de hielo color índigo, de formas tan angulosas que parecían esculpidas a cuchillo. El infinito y sombrío color azul, tan oscuro que parecía absorber la poca luz existente, inundaba sus retinas, como si no pudiera ver nada más. Sobre el desfiladero, la noche estaba tan oscura como la boca de un lobo, y tan sólo algunas estrellas proporcionaban una luz tenue y fría.

Los dedos de la mujer se posaron en el frío marco de la ventana, abriéndola. El golpe helado del aire que agitó sus cabellos y la manta donde se envolvía le acabó de convencer de que no era un sueño. No había verjas en la ventana, ¿para qué? No existía ningún sitio fuera de la fortaleza donde ella pudiera ir sin arriesgarse a una gélida muerte.

Sus lúgubres pensamientos se vieron interrumpidos por unos golpes en la puerta de su habitación, pidiendo permiso para entrar. Sigyn cerró la ventana y dio permiso para entrar a la sierva jotun que le habían asignado.

–Mi señora –ésta saludó a Sigyn según su estilo habitual, inclinando la cabeza respetuosamente. Viendo que la habitación se encontraba a oscuras, fue hasta la mesita de noche que había situada junto a la cama de Sigyn y encendió una lámpara de aceite que hasta entonces ella no había visto. La pequeña llamita iluminó levemente los rasgos sonrosados de uno y los azulados de la otra; y el olor exótico del aceite perfumado ardiendo trajo a la memoria de la asgardiana mil connotaciones de un pasado que había creído olvidado.

–Hola, Gerda –Sigyn tuvo que levantar mucho la cabeza para poder mirarla, ya que la superaba en varios codos. Recordó que, pese a sus enormes proporciones, tenía que tratarla de forma normal y se esforzó en pensar en ella como otra Brinda, la criadita que la había asistido cuando vivía en Asgard. Ambas, aunque de diferente tamaño, tenían el mismo carácter dulce y servicial… así como un miedo terrible a Loki.

–¿Cómo os encontráis? –preguntó amablemente–. Supuse que estabais a punto de despertar y vine a ver si se os ofrecía algo. ¿Queréis que llame a vuestro esposo o a vuestra hija?

–¡Ni se te oc…! Quiero decir, no es necesario que les molestes –se contuvo para darle mayor suavidad a la respuesta. Con el humor que tenía, no le apetecía nada enfrentarse otra vez a Loki; y aunque deseaba estar con Tess, sabía que si la llamaba ésta avisaría a su padre. No quería confrontar de nuevo a ninguno de los dos sin haber meditado antes la estrategia a seguir.

–Debéis tener hambre. ¿Deseáis que os traiga algo para comer?

–No.

–¿Alguna bebida?

–No… –Sigyn suspiró. Empezaba a impacientarse, aunque supiera que era el deber de la joven jotun ser tan solícita. Sólo quería que se marchara y la dejara pensar en paz.

–¿Deseáis que os prepare un baño?

–Que n… Un momento –se interrumpió, pensándolo mejor. No sentía hambre ni sed, pero sí le apetecía bañarse. No es que fuera una maniática de la limpieza, pero siempre le había gustado ir aseada y llevaba varios días sin ducharse ni más limpieza que la superficial con esponja y lienzos húmedos que Tess le había efectuado desde que había sido herida. Aquello también le daría seguridad: en su último cara a cara con Loki, éste estaba pulcramente aseado y arreglado, mientras que ella seguía hecha un desastre, con el cuerpo y el pelo sucios. Un baño le sentaría bien, la refrescaría no sólo física sino anímicamente–. Ahora que lo pienso, sí. Por favor, prepárame un baño.

Mientras Gerda iba corriendo al cuarto de baño a obedecer la orden, Sigyn se dio una vuelta por las habitaciones a ver si encontraba ropa para vestir allí que fuera más apropiada –y más abrigada también– que el fino camisón que llevaba puesto. No tuvo que buscar demasiado: colindante al dormitorio había un amplio vestidor repleto de bellos ropajes y prendas que hubieran resultado lujosas incluso en Asgard. Al parecer, Loki se había afanado preparando el regreso de su mujer con todo lo que había pensado que le podía gustar, incluido un guardarropa nuevo confeccionado con los tejidos más ricos y delicados y en los colores favoritos de Sigyn: amarillo, verde y azul. Incluso en uno de los rincones había dispuesta una gran cantidad de suaves pieles de zorro, oso, armiño y otros animales que en Midgard habría hecho poner el grito en el cielo a más de un ecologista, pensó.

La mujer se paseó por el vestidor observando fascinada todas aquellas maravillas. Parte de ella, por su naturaleza de mujer, estaba encantada con tanta belleza sólo para ella; pero su parte más racional se sentía culpable de sentirse atraída por algo que al fin y al cabo era un regalo del hombre que tanto la había herido. Sacó uno de los vestidos, un precioso traje en tono ambarino con un cinturón de oro labrado. Frunció el ceño, preguntándose hasta qué punto sería cómodo. Después de años llevando jeans y confortables prendas deportivas casi todo el tiempo, le sería difícil volver a los rígidos corsés, más femeninos pero también mucho más incómodos.

Guardó el vestido ámbar en su sitio y escogió una túnica bastante más sencilla de lino en color celeste y con un simple cordón de seda para ajustarlo en torno a la cintura, una indumentaria que se semejaba bastante a las ropas que llevaba cuando era más joven. Incluyó también una camisa de fina batista y ropa interior no tan sugerente como la que llevaba en la Tierra pero sí suave y delicada, así como unos botines de flexible cuero blanco.

Gerda volvió para avisarla de que el agua estaba preparada.

–Seguramente después de bañaros tendréis hambre, mi señora –añadió–. Mientras os refrescáis, voy a dar orden a las cocinas de que os preparen algo para cenar.

–No quiero nada –repitió ella, aunque con menos convicción que antes. Lo cierto era que no había comido nada en condiciones en varios días y sólo se había sustentado de la energía que Loki le había prestado, la cual estaba agotándose. A medida que oía hablar de comer empezaba a sentir hambre, pero su orgullo hacía que siguiera negándolo, como si al consentir en comer estuviera aceptando su precaria situación allí.

–Debéis reponer fuerzas, mi señora –insistió la sierva, con una suave tenacidad que la sorprendió–. Os traeré comida por si luego os apetece, pero si no es así podéis dejarla.

Sigyn prefirió no discutir, después de todo la jotun sólo estaba siendo amable con ella –qué extraño se le hacía todo: una gigante de hielo tratándola con gentileza, después de todo lo que había oído sobre ellos–. Sólo quería bañarse y olvidarse de todo, aunque sólo fuera por un ratito; aunque sabía que con todo el caos en su cabeza, le iba a ser imposible desconectar.

Cuando entró a la habitación que estaba destinada a los baños, allí tuvo otra sorpresa. Era enorme y casi tan impresionante como el dormitorio, combinando el lujo y estilo asgardianos con los ingenios modernos de Midgard: al parecer Loki había decidido aprovechar ciertos aspectos de la Tierra después de todo. El color oro predominaba en la decoración, distribuyéndose en aterciopeladas alfombras, esponjosas toallas y hasta en detalles relucientes de las pulimentadas baldosas que recubrían las paredes.

El centro de la sala la ocupaba una enorme bañera que era al menos cuatro veces más grande que la que tenía Sigyn en su apartamento de Nueva York, parecía más una pequeña piscina; y que además estaba cubierta por un dosel con brocados dorados que pendía del techo. El agua rebosaba de espuma y humeaba de una forma muy atrayente. Además, Gerda había añadido sales y esencias aromáticas, con lo que el aroma que inundaba la estancia era embriagador.

La asgardiana se desnudó, apartó los cortinajes exteriores del dosel de la tina y entró en ella. Con un suspiro de placer se sumergió en el agua, disfrutando de su calidez. Se lavó concienzudamente el cabello y el cuerpo con un jabón perfumado, dejando que la espuma borrara la suciedad, el sudor y todo rastro del dolor y la tensión soportados durante los últimos días. Y una vez totalmente limpia, aún se tomó unos instantes más para estirarse en aquella enorme bañera y divagar un poco, ya totalmente relajada y dueña de sus pensamientos. Durante el baño, en soledad, era cuando podía reflexionar y ver las cosas desde cierta perspectiva, y aquel momento no fue la excepción.

Su situación allí era peliaguda. Ya no tenía esperanzas de que Heimdall hiciera descender el puente Bifrost para ayudarlas a escapar: si no lo había hecho el día anterior, ya no lo haría. Tal vez no pudiera ver nada en los dominios de Loki como éste había asegurado, o puede que ya no se fiara de ella tras verla liberar al dios del engaño de la trampa de los Vengadores en Midgard. En cualquier caso, no podía contar con él; ni con Odín, al cual ella nunca le había importado demasiado; ni tampoco con los Vengadores, los cuales la verían ahora como una traidora.

¿Y Thor? Lo pensó un momento, mas enseguida lo descartó también. Él sí que la apreciaba, pero Loki había afirmado que éste había permitido que se las llevara a Tess y a ella. ¿Por qué habría hecho tal cosa?, se preguntó. Tal vez Loki le había convencido. Tal vez esas tiernas manifestaciones de amor que a ella no lograban engañarla habían conseguido embaucar al inocentón dios del trueno. Siendo así, no podía esperar que las rescatara. Seguramente él pensaba que ellas serían una buena influencia para Loki. Por lo que sabía, Thor era la única persona en el universo que aún creía que su hermano tenía remedio.

Loki tenía razón: Tess y ella no podían contar con nadie, no podían esperar ayuda de nadie, de dentro o del exterior. Estaban solas, como habían estado siempre. Pero ahora, además, estaban atrapadas.

A su hija no parecía importarle demasiado, porque estaba entusiasmada con aquel mundo nuevo y con cada mágico descubrimiento que hacía de él, pero ella sabía lo que había detrás. No podía permitir que Loki ejerciera su maligna influencia sobre ella. No podía permitir que él la sedujese –¿estaba pensando en Tess, o ya en ella misma?– con su gallardo porte, sus ojos hechiceros y sus lisonjeras palabras. Puede que el día anterior hubiese reaccionado con demasiado arrebato, poniéndose histérica y arriesgándose a provocar la peligrosa cólera de su marido, debía ser más inteligente y mantener la calma. Pero la situación no cambiaba: tenían que escapar.

En ese momento, sonaron unos débiles toques en la puerta del baño. Debía de ser Gerda que venía a avisarla de que la cena estaba lista, pensó.

–¡Adelante!

Los doseles que cubrían la bañera ocultaban a la vista todo lo que ocurría fuera de ella de forma que Sigyn no podía ver a la joven jotun, pero sí oyó el sonido de la puerta al abrirse y unos pasos quedos que debían corresponder a la sirvienta.

–Justo a tiempo, el agua estaba empezando a quedarse fría –comentó agradecida la asgardiana, incorporándose un poco–. ¿Puedes acercarme una toalla mientras salgo?

No hubo respuesta por parte de Gerda, pero sus pasos acercándose indicaban que se disponía a acatar la orden, de modo que cuando sintió que apartaban los cortinajes tras ella, Sigyn se puso de pie para salir del baño y extendió el brazo para que la otra le pasase algo para secarse.

Por un momento no ocurrió nada, como si la sirvienta dudase, o simplemente se hubiese detenido absorta contemplándola; y Sigyn permaneció de pie en el borde de la enorme tina, con el agua escurriéndose por sus cabellos y el cuerpo desnudo cubierto de espuma. Su aspecto debía recordar a Afrodita surgiendo de las aguas… aunque a la diosa griega seguramente no se le habría puesto la carne de gallina por el frío.

–¿A qué estás esper…? –Sigyn comenzó a mirar hacia atrás extrañada por la inmovilidad de la sirvienta, pero detuvo el movimiento cuando sintió que la envolvían en un suave y mullido lienzo. Algo turbada pero sin decidirse a rechazar el amable gesto, se quedó quieta dejándose hacer. Cerró los ojos: era una sensación muy placentera dejarse mimar como si fuera un niño, como hacía ella con sus hijos cuando eran pequeños. Sintió cómo la frotaban suavemente con el tejido para secarla por completo, con dulzura, con ternura; acariciando más que restregando su piel húmeda y desnuda. A Sigyn le sorprendía que una gigante de hielo tuviera un toque tan delicado, pero no protestó. La hacía sentirse protegida, querida; la hacía sentirse bien.

–Gracias… –casi suspiró de placer, ya relajada y entregada por completo, pero su placidez se cortó repentinamente cuando oyó la respuesta a sus espaldas:

–Es todo un placer serte de ayuda.

La voz de su marido, masculina y sensual, la sobresaltó de tal manera que se giró con una exclamación, de forma tan brusca que resbaló en la tina y Loki tuvo que sostenerla entre sus brazos para evitar que cayera.

–Cuidado, querida… –comentó, medio riéndose– No te vayas a hacer daño.

–¡Apártate de mí! –Sigyn lo empujó hacia atrás intentando que no se le cayera la toalla ni volver a resbalar, y una vez recuperado el equilibrio, trató también de recuperar la dignidad, cosa bastante más difícil– ¿Se puede saber qué demonios haces aquí?

–Llamé a la puerta y tú me diste permiso para entrar –se justificó él sin abandonar su expresión pícara.

–¡Porque pensaba que eras Gerda! –saltó ella, preguntándose si habría tomado la forma de la sirvienta para sorprenderla en el baño tal y como había tomado la forma de Sif en Midgard. Seguramente no, ya que ella no había vuelto la vista atrás en ningún momento. Había entrado con su aspecto real, pero el muy ladino se había callado arteramente disfrutando del equívoco de ella– Podrías haber dicho que eras tú.

–Eso habría arruinado el momento –respondió él con una risita.

Ella se sujetó la toalla contra el cuerpo para evitar que pudiera escurrírsele en un acceso de furia y pasó sus piernas por el borde de la bañera para salir.

–Empiezo a estar harta de esos jueguecitos tuyos de hacerte pasar por otras personas, Loki –le reprochó mientras empezaba a secarse procurando que no se le viera nada indebido, lo cual era bastante complicado.

–¿Lo dices por haberme disfrazado de Sif? Lo siento, pero fue lo único que se me ocurrió para acercarme a ti.

–¿Para acercarte a mí, o para averiguar algo que utilizar en mi contra? Te conté cosas íntimas, Loki. ¡Cosas privadas, que de ningún modo quería que supieras!

–Y que sin embargo no te importó que supiera una extraña.

–Sif no es una extraña, es… ¡pero qué hago justificándome contigo! –exclamó, y a continuación soltó una carcajada amarga– Lo peor de todo es que teniendo a Sif en casa me sentía segura de ti. ¿Te das cuenta?

–Sí, no se me ha escapado que eso podría tener cierto matiz irónico.

–¡Un matiz irónico! –repitió, indignada– Me has demostrado que quince años después se puede confiar en ti tan poco como antes. ¡No, aún menos que antes! Como vuelvas a hacerme algo así, te juro que lo lamentarás.

–Celebro ver que ya te has recuperado por completo –La expresión despreocupada del dios del engaño indicaba que no temía demasiado de las amenazas de su esposa. Ya seca casi del todo, Sigyn tomó la ropa que había traído con intención de vestirse, y viendo que Loki seguía sin moverse, le lanzó una aviesa mirada de advertencia.

–Hum. Perdona –murmuró él, y se volvió dócilmente dándole la espalda. A ella le sorprendió que hubiese obedecido tan pronto y sin objeciones o comentarios burlones.

–Vaya, esto es nuevo… –comentó sarcástica mientras se pasaba la camisa por la cabeza–. El dios del engaño siendo caballeroso. No te pega en absoluto.

–¿Preferirías que mirase? –repuso él, como invitándola a desafiarle para que lo hiciera.

–No sé por qué tendrías interés en ello –Sigyn se encogió de hombros–. Pensé que no tenía nada que no hubieras visto ya.

Loki recordó que le había dicho eso en una situación similar, muchos años atrás.

–Y así es, pero eso no quiere decir que no me guste verlo. De hecho, si no quiero verlo ahora es para resistir la tentación de saltar sobre ti –contestó en un tono sugerente que hizo que Sigyn tragara saliva, acalorada más que atemorizada–. No me gustaría que volvieras a acusarme de ser un violador –añadió con tono falsamente compungido, como si se tratara de una exageración de ella. Era increíble la habilidad que tenía para darle la vuelta a las cosas y parecer él la víctima.

–¿De veras? –aunque aún estaba en camisa, Sigyn no pudo soportar la indignación y se fue hasta él para obligarle a volverse y mirarla a los ojos– ¿Cómo llamarías entonces a un hombre que se mete en la cama de una mujer sin haber sido invitado?

–Ah, pero tú me invitaste, ¿o no te acuerdas? –argumentó él satisfecho.

–¡Porque pensaba que eras Sif!

No todo el tiempo –le recordó él–. No fue a Sif a quien le pediste que te abrazara y que te hiciera el amor.

Las mejillas de la asgardiana se encendieron aún más, pero disimuló su turbación con una mirada furibunda.

–Fue por culpa del vino. Y preferiría que no volvieras a mencionar nunca más lo que ocurrió aquella noche. Ya te dije que no significó nada. Sólo quise darte una probadita de lo que jamás volverás a tener.

La mirada socarrona de Loki parecía decir "eso aún está por ver".

–Qué decepción –comentó sarcástico–. Y yo que pensaba que te entregaste porque no pudiste resistir la pasión que sientes por mí.

–Estás demasiado seguro de ti mismo –respondió ella con voz glacial. A pesar de que él había dado justo en el blanco, se habría dejado matar antes de admitirlo–. No siento ninguna pasión por ti.

–¿De veras? –Loki se acarició la barbilla, como intentando hacer memoria– Si mal no recuerdo, creo que tus palabras exactas fueron "no pares, no pares, amor mío", ¿o me equivoco?

Ahora el calor de las mejillas de Sigyn era un fuego abrasador, pero ella se negó a ceder terreno. Se lo quedó mirando, esforzándose por que su rostro reflejara la más perfecta indiferencia.

–No eres tú el único que sabe fingir.

Pero Loki era el más experto en cualquier tipo de contienda dialéctica y se resistía a darse por vencido en aquélla.

–Así que ya no me deseas.

–No.

–Ya veo –Loki la tomó de un brazo acercándola a él como en los viejos tiempos, pero con delicadeza en vez de rudeza, con sensualidad en lugar de brutalidad. La aferró de la cintura contra él, sujetándola contra su pecho y acercando tanto su rostro al de ella que sus labios apenas quedaban separados por unos pocos centímetros–. ¿Quieres decir que si estamos así de cerca, tú no sientes nada?

Ella le sostuvo la mirada del modo más frío posible, intentando controlar la respiración para que no se le exaltara y la traicionara.

–Nada en absoluto –consiguió contestar, con un tono más o menos firme.

Pero él sonrió. Acarició delicadamente la mejilla de su esposa, haciéndola estremecerse con el simple contacto. Continuó bajando la mano aún más hasta que se posó sobre su cuello, y sus ojos siguieron clavándose en los suyos, abrasadores.

–¿Nada aún?

–…N-no… –consiguió contestar ella, aunque dentro de su pecho su corazón golpeaba tan fuerte que estaba segura de que él podría oírlo.

Él no mostró señales en uno u otro sentido, pero manteniendo la sonrisa –aquella sonrisa maliciosa suya que tanto la exasperaba y a la vez la excitaba–, deslizó suavemente su dedo índice por la clavícula izquierda de ella, cuya desnudez mostraba el escote de la camisa. Un roce muy sutil, casi imperceptible, pero tal vez precisamente por eso, electrizante.

–¿Nada de nada? –provocó de nuevo. Su dedo comenzó a descender por el costado cubierto de finísima tela, casi rozando el pecho de ella, sin llegar a tocarlo.

Sigyn sacudió la cabeza débilmente, apenas sin respiración. Loki la tomó suavemente por la barbilla y la hizo mirarlo a los ojos.

–¿Y si ahora te besara? –insistió, acercando aún más su boca a la de ella. Su voz era más ronca, varonil… terriblemente incitante. Una de sus armas más letales, recordó ella. Sus ojos verdes tenían también cierto poder hipnótico, era como mirar a una serpiente que estuviera a punto de inyectarle un veneno letal.

–Preferiría que no lo hicieras –se las arregló para decir ella sin balbucir.

–¿No? ¿Y por qué no?

–Porque si lo hicieras tendría que darte otra bofetada –repuso ella–. Y los dos sabemos que lo poco que te gusta eso.

–Creo que merecería la pena el riesgo –musitó el dios acabando de acercar su rostro sin que ella se viera con fuerzas para rechazarlo. Pero se movió ligeramente hacia un lado y Sigyn se sorprendió cuando sintió el tierno beso, no sobre su boca, sino sobre su mejilla. Aun así, sus labios se sintieron insoportablemente cálidos y suaves sobre la piel ruborizada de ella.

–Puede que en otro momento –dijo él con su tono normal, alejado de los incitantes susurros de antes; y se separó de ella–. Vístete querida, te espero en la habitación. Tenemos mucho que conversar.

Y sin más, salió de la habitación.

Sigyn se quedó mirando a la puerta, atónita y sofocada. Con un larguísimo suspiro, exhalando el aire que parecía haber estado conteniendo durante aquellos minutos de tensión, se dejó caer sobre un taburete. Aún sentía el rostro abrasado y no sabía si estar más furiosa con Loki por su tendencia a esos jueguecitos o consigo misma por caer con tanta facilidad en ellos.

Temblaba como una hoja y al abrocharse el vestido, los dedos no le respondían. ¡Maldita sea, no era justo! ¿Por qué ese hombre seguía teniendo ese poder sobre ella? Pero tenía que controlarse. No podía permitir que él se percatara del efecto que producía en ella. Ni la situación ni ella eran las mismas de quince años atrás: si su carne seguía siendo débil, ahora su voluntad era más fuerte.

Terminó de vestirse, y a falta de sus aparatos y productos de peluquería que usaba en la Tierra, se sujetó el cabello medio húmedo con un sencillo y rápido trenzado, como cuando era adolescente en Asgard. Era curioso cómo sus dedos, tras tantos años sin practicar, recuperaron enseguida la destreza para trenzar. Debía ser una de esas cosas que no se olvidaba, pensó; y se preguntó también cuántas cosas de su antigua vida debería volver a recuperar.

Cuando salió del baño hacia el dormitorio, Loki la estaba esperando sentado en un cómodo sillón, gemelo de otro que estaba situado enfrente de él. Frente a ellos, en la chimenea, ardía de nuevo una pequeña fogata que Loki había encendido con el poder de su mente; y entre ambos, sobre la mesita, estaba la comida que la solícita Gerda ya había dejado preparada. El dios del engaño parecía totalmente sereno e indiferente, como si la escena de casi seducción de unos minutos antes no hubiese tenido lugar.

–Bien, Loki –Sigyn se paró ante él con los brazos en jarras–. ¿Qué demonios quieres?

–Ya te lo he dicho. Sólo quiero hablar.

–No tengo nada que hablar con un secuestrador –Loki, al cual no le importaba que lo llamaran criminal, asesino, tramposo y otros apelativos similares, no obstante se ofendió con aquella acusación.

–¡Un secuestrador! Podrías agradecerme al menos que te salvara la vida.

–Sí, eso es cierto, me salvaste la vida –admitió ella–, y supongo que debo darte las gracias. Gracias por haberme salvado de un peligro en el que nunca me hubiera visto envuelta de no haber sido por ti.

Loki respondió un poco crispado.

–Hice cuanto estuvo en mi mano para protegerte, para protegeros a las dos. Y si resultaste herida, fue por tu temeridad al salir al encuentro de la bestia verde. ¿No te das cuenta de lo valiosa que es tu vida para mí? Aún no puedo creer que la arriesgaras para proteger a unos estúpidos mortales –escupió con desprecio–. ¿Por qué lo hiciste?

–¿Que por qué lo hice? Por la misma razón por la que me quedé una eternidad protegiendo del veneno a una sabandija que merecía morir, ¡por pura y simple humanidad! Pero no me extraña que no lo entiendas, no conoces el significado de ese concepto. ¿Dónde está Tess?

–Se fue con sus hermanos a explorar los alrededores de la fortaleza y aún no han vuelto. Tranquila, está segura con ellos. Parecen llevarse bastante bien –le informó, al ver una ligera expresión de alarma en el rostro de ella–. Si quieres puedo llamarla, pero pensé que sería mejor que pudiésemos hablar de todo lo que tenemos que tratar en privado.

–Sí, será lo mejor –Por si acababan peleándose de nuevo, que Tess no estuviera allí para verlo, pensó ella. Desvió la mirada su mirada hacia el fuego de la chimenea. Le extrañaba ver algo así allí, no se imaginaba que un gigante de hielo pudiese necesitar mantener el calor.

–Todas las habitaciones principales tienen chimenea –explicó Loki, observando la dirección de la mirada de ella–, incluyendo la mía. Realmente no son necesarias, pero las mantengo por comodidad. Al crecer en Asgard, me acostumbré a su clima más cálido; y las noches en Jotunheim pueden ser muy frías… sobre todo cuando duermes solo –le lanzó la indirecta.

–No veo que tú tengas ese problema –replicó agudamente ella–, teniendo a esa chica para que caliente tu cama.

Él se inclinó un poco, interesado.

–¿Acaso estás celosa?

–¿Yo? –Sigyn se echó a reír para ocultar su irritación– Más quisieras. Hace mucho tiempo que dejó de importarme con quién duermas o dejes de dormir.

–Ya no duermo con Lorelei –aseguró él–. Eso se acabó en el mismo momento en que me enteré de que estabas viva.

–Te repito que no quiero tus explicaciones –replicó ella con dureza–. No te dignaste a dármelas cuando las necesitaba, y ahora no las necesito ni las deseo. Por mí puedes seguir durmiendo con ella o haciendo lo que te venga en gana. Lo único que quiero de ti es que nos dejes regresar a casa.

–Estás en casa –repuso él.

–Jamás consideraré esto como mi casa.

–Cambiarás de opinión.

–No cuentes con eso.

–Ya veremos –zanjó él sin perder la sonrisa–. Entretanto, tendrás a bien acompañarme en la cena, espero –invitó señalando con un gesto la comida que les había traído Gerda: pan de cereales, guisado de res, col aromatizada con hierbas y compota de manzana endulzada con miel; además de una jarra de vino y otra grande de agua–. Me encontré a Gerda y me dijo que iba a traerte la cena, así que di instrucciones de que fuera para dos. Así podremos cenar y hablar en intimidad.

Ella se acercó cautelosamente. Loki había perdido parte de la dureza que le caracterizaba y en su lugar había ganado sutileza. Ahora formulaba sus órdenes en forma de educadas sugerencias.

–¿Tengo elección?

–¿Elección? Por supuesto que la tienes –el dios se sirvió un poco de agua–. Si no quieres cenar conmigo hoy, puedes hacerlo mañana. O al otro día. O al siguiente.

Sigyn suspiró. De nada servía posponer una conversación que debía tener lugar antes o después.

–Está bien –se sentó, un poco de mala gana, pero no hizo gesto de tocar la comida.

–¿No vas a comer? –preguntó él amablemente.

–No, no quiero comer –replicó ella impaciente, deseosa de pasar el mal trago cuanto antes–. Quiero que me digas lo que tengas que decirme y que después me dejes en paz.

Loki se encogió de hombros.

–Como desees. Ya te lo dije, no quiero obligarte a nada. Sólo que… lástima por el cocinero.

–¿Por qué "lástima por el cocinero"? –inquirió ella extrañada.

–Porque le advertí que si no era capaz de cocinar algo que despertara tu apetito lo haría ejecutar –explicó él como sin darle importancia–. Y ahora me vas a obligar a cumplir mi palabra. Una pena… para estar cocinado por un jotun, esto no está nada mal –añadió, tomando un trozo del guiso y poniendo expresión de deleite.

Sigyn abrió mucho los ojos.

–No hablas en serio.

–¿Cuándo habla en serio y cuándo no el dios del engaño? –la provocó él juguetón– La cuestión es: ¿vas a arriesgar una vida inocente por tu tonto orgullo?

Furiosa, ella tomó un tenedor y pinchó un trozo de carne, luego arrancó un pedazo del pan y se lo metió todo en la boca de mala manera.

–¿"Fatiffecho"? –le preguntó con la boca llena. Él se echó a reír.

–Sí. Pero mastica, querida; no te vayas a ahogar.

Atravesándolo con la mirada, Sigyn se sirvió algo de vino y se lo bebió de un trago, tanto para hacer pasar el bocado como para que el alcohol le infundiera energías. Después engulló otro trozo de carne. Y otro más, acompañándolo de col. Y otro pedazo, esta vez más grande, de pan. Pronto se olvidó de su marido y antes de darse cuenta, estaba devorándolo todo a gran velocidad. Hasta el momento, llevada por su irritación y por la tensión de confrontar a Loki, no había sido consciente del hambre que tenía. Y el guisado de res había sido uno de sus platos favoritos cuando vivía en Asgard.

Él se mantuvo en silencio para no molestarla y sólo picoteaba de vez en cuando pedacitos de su plato, mientras observaba con una leve sonrisa cómo ella engullía la cena que tanto necesitaba, pero que su orgullo no le permitió comer hasta que él la chantajeó para que lo hiciera.

Incluso así, comiendo ansiosamente y sin demasiados modales, le parecía preciosa. Se había trenzado el cabello como solía cuando era más joven, y eso despertaba un montón de recuerdos en él. ¡Ah! Antes, en el baño, le había costado lo indecible quitarle las manos de encima, viéndola semidesnuda, mojada aún y tan apetecible, pero se había forzado a alejarse. Sabía que si hubiera llegado a besarla o continuaba tocándola, habría llegado a un punto en el que le sería imposible contener su deseo por ella. Pero no podía repetirse lo ocurrido en Midgard. Mientras ella aún siguiera albergando ese rencor hacia él, el contacto íntimo, por deseable que fuera, sería contraproducente. Tenía que hacer que volviera a confiar en él y no malgastar en juegos un tiempo que no tenía. Sí, volverían a yacer juntos, pero no antes de que ella se rindiera a la evidencia de que era completamente suya.

Sigyn se dio cuenta de que él la estaba contemplando con esa media sonrisa suya que delataba a su mente calculando y paró de comer.

–¿Qué miras tanto? ¿Acaso tengo monos en la cara?

–¿Monos en la cara? –Loki frunció el ceño, confuso– Querida, me sigues resultando encantadora, aunque te confieso que encuentro un tanto difícil comprender toda esa jerga de Midgard que has aprendido.

–Pues tendrás que aguantarte, porque así es como hablo ahora. Por si no te has dado cuenta, ya no soy esa mujer sumisa y aterrorizada que era en Asgard. He cambiado.

–Ya lo veo –asintió él–. A decir verdad, no entiendo qué tiene Midgard para transformar de ese modo a las personas. Tras su primera visita allí, Thor se convirtió en un mojigato blandengue –afirmó con desprecio, para añadir después mucho más cálidamente–. Pero me doy cuenta de que no es tu caso. Tú has cambiado de la forma opuesta. Sin embargo, yo también lo he hecho.

–Seguro. Y a peor –repuso ella–. No fue Midgard lo que me cambió. Fue estar lejos de ti –explicó, continuando con su colación y atacando la compota de manzana con bastante apetito.

–Veo que te ha gustado la comida –comentó él complacido.

–Mucho. Puedes perdonar a tu cocinero.

Loki se echó a reír.

–¿De verdad me crees capaz de asesinar a un inocente si no hubieras comido? Por favor, querida, seré muchas cosas, pero no soy tan desalmado –Sigyn bajó la vista, algo avergonzada por haber caído en su farol pero aliviada al ver que Loki no era el cruel tirano que a veces parecía ser. Entonces él habló de nuevo–. Sólo lo habría hecho azotar.

La asgardiana hizo rodar sus ojos. Daba igual lo que él dijera, nunca cambiaría.

–Eso está hecho con manzanas de Idunn –le informó Loki, señalando su postre–. Aunque tú no las necesitas, viendo el tiempo que has estado sin comerlas y sigues tan joven y hermosa como siempre.

–Y tú sigues tan adulador como siempre –replicó ella, mordaz–. Hubieras traído mejor granadas. Creo que son más adecuadas para nuestras circunstancias.

–¿Granadas? Ah, ya entiendo –dijo tras caer en la cuenta–. Hades y Perséfone.

Ella asintió, confirmando que había aludido a la leyenda del rey del inframundo griego y su esposa Perséfone, la cual fue raptada por éste y obligada a quedarse con su marido en su oscuro reino tras ingerir unas pocas semillas de granada. Visto así, la situación actual de ellos tenía ciertas semejanzas con dicha historia.

–A Narvi y Váli les encantaban esos cuentos de la Tierra –recordó con una sonrisa nostálgica–. Me acuerdo que se sentaban conmigo y yo se los contaba. No se cansaban de escucharlos.

–Lo sé –asintió él, con una expresión casi tan cálida como la de ella. Pero Sigyn pareció molesta.

–Tú qué vas a saber. Nunca estabas allí –le acusó.

–Váli se tumbaba a tu lado, apoyaba la cabeza en tu regazo y te escuchaba mientras tú le acariciabas el pelo –evocó él–. Y Narvi, como se aburría enseguida, se sentaba a tus pies y jugaba con figuritas de madera, como escenificando lo que pasaba.

Sigyn se quedó atónita, con la cuchara a medio camino entre el bol con el dulce y la boca.

–No puede ser… ¿cómo puedes saberlo?

Él bajó un poco la vista, lo más parecido que Sigyn había visto nunca en él a una expresión azorada.

–En realidad, sí estuve en tus aposentos bastantes veces, y presencié cómo les leías, les cantabas y les narrabas esas historias –confesó–. Pero me ocultaba en las sombras para que no pudierais verme.

–¿Por… por qué? –inquirió ella– ¿Por qué no querías que te viéramos?

Loki carraspeó, incómodo.

–No deseaba que se malacostumbraran al verme demasiado.

–¿Malacostumbrarse? ¿Verte demasiado? –Sigyn no podía comprenderlo– Por amor de Dios, ¡sólo eran unos niños, Loki! ¡Y te adoraban más que a cualquier otra cosa en el mundo! ¿Cómo podías escatimar tu tiempo con ellos?

Ahora era el dios del engaño el que evitaba la vista de ella, avergonzado.

–Di la verdad: era a mí a quien no querías ver –insistió ella.

–No… bueno, sí; pero no es por lo que tú crees. En realidad, yo…

–Basta –indignada, ella dejó caer los cubiertos en la bandeja. Se había acabado el diálogo pacífico, si había llegado a ser realmente pacífico en algún momento–, no quiero más explicaciones ni más excusas. Seguramente serían mentira, de todos modos. No quiero revolver más en un pasado que está muerto; y además duele demasiado.

Se levantó de la mesa, parecía muy cansada.

–Quiero que te vayas, Loki.

Éste, aún limpiándose con la servilleta, se levantó también, un poco alarmado. Al igual que la vez anterior, las cosas no estaban tomando el rumbo que él pensaba.

–Espera, tienes que escucharme. Estoy intentando hacer las paces; o si eso te parece demasiado, ¿qué te parece una tregua? Ahora que estás bien del todo, tengo algo que enseñarte, una sorpresa.

Ella alzó los ojos hacia él, llenos de desconfianza.

–No me gustan las sorpresas, y menos las que vengan de ti.

–Ésta te gustará. Está aquí, en este mismo castillo –la tomó de la mano, pero ella se soltó con energía, rechazando su contacto–. Está bien, no te tocaré, pero tienes que acompañarme. Cuando veas lo que tengo que mostrarte te pondrás de mucho mejor humor.

Ella suspiró, resignada.

–No me vas a dejar en paz hasta que vaya contigo, ¿verdad?

El dios del engaño sonrió.

–Me conoces bien.

–De acuerdo, vayamos entonces –rezongó, rindiéndose–. Acabemos de una buena vez.

Loki fue hasta el vestidor y regresó con una piel de zorro plateado.

–Más vale que te abrigues –comentó, alargándosela a su mujer–. Muchas de las habitaciones, en especial las destinadas a nuestro uso, tienen acondicionada la temperatura para que sea similar a la asgardiana, pero con las zonas de uso común y las galerías ha sido imposible. No sólo porque traer una fuente de energía térmica tan caliente que pudiera caldear así toda la fortaleza sería peligroso, sino también porque perjudicaríamos a los jotnar que viven aquí. A los gigantes de hielo puros no les hacen bien las temperaturas demasiado altas.

–Muy considerado –comentó ella, no del todo irónica, enfundándose en la suave y lujosa prenda.

–No seas tonta –replicó él–. Me importa un bledo su bienestar, pero no quiero quedarme sin sirvientes. A mí no me molesta el frío y es un pequeño inconveniente para evitar otro mayor –añadió, caminando hasta la puerta y señalándola cortésmente con la palma de la mano–. Después de ti, querida.

Resoplando y de mala gana, Sigyn se dirigió hacia la salida, disponiéndose a acompañar a su marido para ver esa "sorpresa" que le tenía preparada.

–*–*–*–*–*–

Ambos esposos caminaron por los corredores de la fortaleza, y por primera vez Sigyn pudo ver de ésta algo más que los aposentos donde se había autoconfinado. Comprobó asombrada que sus habitaciones no eran las únicas decoradas al estilo asgardiano, sino que toda la edificación había sido construida igual y ornamentada con el lujo y magnificencia habituales en la corte del Reino Dorado.

La mujer observó con los ojos muy abiertos los tapices de seda y terciopelo de las paredes, bordados con los colores emblemáticos de Loki; y las lámparas de bronce, cuyos brazos habían sido forjados con forma de serpiente. Como él había explicado, hacía bastante más frío allí, y los techos estaban más altos para adaptarse a la enorme estatura de los jotnar que lo habitaban; pero aparte de eso, a Sigyn su nueva cárcel le recordó en todo a la antigua. No sabía si Loki lo había hecho deliberadamente, pero había imitado en casi todo a las estancias del palacio donde habían residido en Asgard mientras estaban casados.

Aquello le traía algunos buenos recuerdos, pero casi todos malos; y algunos realmente desgarradores. Las galerías con escalinatas de mármol que recorrían eran idénticas a aquéllas del palacio de Odín por los que Narvi y Váli solían corretear riendo, a pesar de las advertencias de ella de que se refrenaran un poco, no fueran a tropezarse y a abrirse la cabeza. Sintió un doloroso estrujón en el estómago al pensar en ello. Esa época en la que lo que más le preocupaba con respecto a sus hijos era que se hicieran daño mientras jugaban. Parpadeó para hacer desaparecer las lágrimas que habían acudido a sus ojos y se esforzó por apartar aquellos recuerdos de su pensamiento.

–¿De qué se trata la famosa "sorpresa"? –preguntó, desprendiendo algo de vaho por la boca debido al frío. En el fondo, tenía que reconocer que comenzaba a sentirse intrigada.

–Lo sabrás cuando lo veas, querida –contestó él juguetón, comprendiendo que empezaba a captar su interés–. Pero te alegrarás mucho cuando lo veas, y quién sabe, tal vez puede que incluso me estés agradecida. Es algo que me pediste hace mucho tiempo.

Sigyn frunció el ceño, extrañada. ¿Algo que ella le había pedido? Mientras estaban casados, ella se había acostumbrado a no esperar nada de él, y mucho menos pedirlo.

–A decir verdad, no recuerdo qué deseaba entonces con tanta desesperación que me hizo cometer la imprudencia de pedírtelo a ti; pero ahora mismo, si no se trata de mi libertad, no me interesa nada de lo que tengas que ofrecerme.

Las comisuras de los labios del dios se elevaron ligeramente en una sonrisa de significado impreciso.

–Sólo espera a verlo.

Al igual que ocurriera el día anterior con Tess, Sigyn estaba realmente asombrada, no sólo al ver la fortaleza sino también por sus moradores. Multitud de gigantes de hielo pululaban por los pasajes y estancias que ellos atravesaban, y ellos dos, los únicos humanos a la vista, semejaban ser diminutos en comparación con aquellos seres descomunales. Algunos, presumiblemente siervos, llevaban sencillas ropas de basto tejido similares a las que vestía Gerda; otros debían ser guardias o soldados, a juzgar por su vestimenta algo más ostentosa hecha de pieles y sus enormes armas de cortante filo hechas de hielo. Y todos ellos, sin excepción, agachaban la cabeza igual que la propia Gerda rindiendo pleitesía a su único dueño y señor. Sigyn no podía dejar de observar aquello, al principio lo más discretamente posible, pero después olvidando todo disimulo.

–Ah, sí –comentó Loki, dándose cuenta–. Los gigantes de hielo. Me temo que, como ya te dije, tendrás que acostumbrarte a verlos, por repulsivo que te resulte.

Era imposible averiguar si su tono, un tanto irónico, era realmente sarcasmo u ocultaba una amargura ofendida. Con Loki, nunca se podía estar segura. Sigyn recordó la expresión herida en sus ojos cuando se mostró asustada al ver a su sirvienta por primera vez.

–Los gigantes de hielo no me desagradan –explicó–. Mi reacción al ver a Gerda el otro día fue por la impresión, y por la sorpresa. Creía que estábamos en Asgard y no esperaba ver un jotun.

–Ya –Fue todo lo que dijo. Era evidente que no la creía.

–Es verdad –insistió ella, sin lograr alterar el semblante escéptico de su marido, lo cual le dio mucha rabia–. Mira, piensa lo que quieras– añadió enfadada. Era increíble: con todo lo que le había hecho él y era ella la que se sentía culpable por lastimar sus sentimientos.

–No hace falta que te justifiques. Comprendo que te impresionen –comentó él en tono neutro. Si se sentía herido, no lo demostraba; pero eso, conociendo a Loki, no significaba nada. Si algo sabía Sigyn de él, era su tendencia a enterrar cualquier sentimiento que lo hiciera sentirse vulnerable bajo capas y capas de hielo, exteriorizando sólo los que reforzaran su imagen de líder triunfador.

–Lo que realmente me impresiona es la forma en que nos tratan. Son tantos, y tan grandes… Cada uno de ellos podría partirnos en dos con facilidad, incluso Gerda. Pero todos, incluso los más enormes y temibles, te miran con reverencia, con sumisión…

Él asintió, satisfecho.

–Así debe ser. Así debió ser desde el principio. Si me hubiesen tratado así en Asgard, las cosas habrían sido muy distintas –su rostro se ensombreció un tanto, mientras añadía–. Yo me merecía ese respeto. Tenía derecho a él, tanto como Thor. Aunque no sea asgardiano, mi sangre es tan real como la suya.

Ella sacudió la cabeza.

–Oh, vamos. Nadie duda que tengas derecho a respeto. Pero lo que muestran estos seres –miró de nuevo a su alrededor, a los jotnar que los rodeaban–, es algo más que respeto, más que veneración. Ellos te temen, Loki.

–Supongo que también hay un poco de eso –él sonrió jactanciosamente–. En realidad, lo prefiero.

La mujer meditó esas palabras durante unos segundos.

–Pues yo no te temo.

–Eso está bien –la sonrisa del dios cambió, pasando a ser una más cálida y afectuosa–, no es tu temor lo que deseo.

Pronto abandonaron la parte más superficial, luminosa y concurrida de la fortaleza para ir adentrándose en una estrecha travesía descendente, apenas iluminada por alguna que otra antorcha solitaria fijadas a la pared de cuando en cuando. Estaba completamente desierto: por no haber, no estaban ni siquiera los guardias que había estratégicamente repartidos en las otras zonas de la fortaleza.

Sigyn se arrebujó dentro de sus pieles. Allí abajo la temperatura seguía siendo baja, pero era muy diferente al frío seco que hacía en la superficie. Era una humedad glacial que penetraba en los huesos, un frío que no llegaba al punto de congelación –ya que comprobó, al tacto, que las paredes de roca rezumaban agua, y además oía de vez en cuando la caída de alguna gota solitaria en la oscuridad– pero que estaba muy próximo a él. El suelo era igual de resbaladizo que las paredes y de superficie desigual, como si se tratara de una cueva natural o de un pasadizo excavado sin mucho cuidado dentro de la roca viva.

Todo aquello, unido a la pobre iluminación, hacía que caminar por allí fuera cuanto menos complicado. La mujer, tras librarse un par de veces, acabó resbalando, y hubiera acabado dando con sus huesos en aquel suelo de piedra de no haber sido porque Loki la sostuvo. Y ya era la tercera vez en las últimas horas en que él la tomaba entre sus brazos para evitarle alguna caída.

–¡Maldita sea! –renegó ella, tratando de deshacerse del abrazo. No podía enfadarse con su marido por intentar ayudarla, pero lo estaba, y mucho, con su propia torpeza–. ¡No se ve nada!

–Lo lamento, no me había percatado de ello –repuso él–. He recorrido tantas veces estos pasadizos que los conozco como la palma de mi mano y sé por dónde pisar aunque estemos a oscuras. Puedes sujetarte a mí para no caerte –le propuso de forma solícita.

–¡Ni hablar! –se negó ella. No quería tener más contacto con él del estrictamente necesario– ¿No puedes crear alguna luz o algo así con tu magia para que podamos ver por dónde andamos?

–Lo siento, pero me quedé sin energía desde que realicé ese hechizo para curarte. Necesito más tiempo para recuperarme. Aunque si te empeñas, puedo intentarlo…

–No, no, déjalo. Sólo falta que te desmayes aquí por el sobreesfuerzo –Sigyn se rindió y, aunque de mala gana, se aferró al brazo de su marido para que la guiara. Incluso se mordió el labio y contuvo una protesta cuando él le pasó el brazo por la cintura para llevarla mejor. Le ponía nerviosa estar tan cerca de él y que la tocara (con aquellas manos que la habían tocado para cosas mucho menos inocentes), pero peor era la idea de caerse allí en aquel pasadizo lejos de todo, romperse un tobillo y que él tuviera que cargarla en brazos de vuelta hasta sus habitaciones.

En la casi completa oscuridad, no pudo ver la leve sonrisa de Loki. En realidad él se sentía tan fuerte como siempre, y además invocar una simple luminescencia le costaba el mismo esfuerzo, aproximadamente, que rascarse la nariz. Pero eso ella no tenía por qué saberlo. Así él podía disfrutar del beneficio adicional de sentir su cuerpo cerca de él, percibir su calidez y la emoción que le producía el simple contacto de su brazo sobre su cintura. En fin, una mentirijilla no hacía daño a nadie.

Después de lo que a Sigyn le pareció una eternidad, comenzó a divisarse una ligera claridad al fondo a unos metros más allá, en tanto que la galería cavernosa comenzó a ensancharse paulatinamente hasta desembocar en un ancho portón de madera cuyas rendijas dejaban pasar la luz. La puerta se veía vieja, la madera estaba casi podrida y los goznes de metal estaban cubiertos de herrumbre debido a la humedad, pero sólo era frágil en apariencia. En realidad, estaba protegida por un potente hechizo que hacía que sólo pudiera abrirla el dios del engaño o alguien que llevara su sangre. No poseía pomo ni manija, pero tampoco la necesitaba. Loki apoyó ligeramente la palma de su mano en la madera y la puerta se abrió sola con un ligero chirrido, permitiéndoles continuar.

Una vez atravesado el umbral de aquel portón, accedieron a una sala alargada y de amplias proporciones, iluminada por antorchas también encendidas mediante brujería, la cual las hacía arder permanentemente sin agotarse ni necesitar combustible alguno, aunque emitiendo una luz bastante mortecina. Predominaba un aroma peculiar, mezcla del típico olor a estancia cerrada con perfume a incienso y otras resinas aromáticas. Todo aquello hacía que el ambiente resultara opresivo, inquietante.

Aparentemente, lo único que ocupaba aquella estancia era una serie de armaduras y otras indumentarias guerreras que estaban cuidadosamente bruñidas, montadas y dispuestas en fila, como en una exhibición de museo. Algunas, en verde y oro y con cascos cornudos de diversas formas, eran versiones antiguas de la propia armadura de Loki. Otras eran totalmente distintas y de estilos muy diversos: las había muy elaboradas y complejas, negras, rojas y azules; y también otras más simples, incluso alguna que otra tenía plumas y otros detalles de tipo tribal. Sigyn creyó reconocer, por haberlas visto en ilustraciones de sus lecturas, el estilo de Alfheim en una de ellas, en un azul plateado. Las otras, salvando las de Loki, no las había visto nunca.

Las paredes, a diferencia de la roca irregular del pasadizo, eran lisas y de un suave color crema. Además, estaban adornadas ocasionalmente con pan de oro labrado como era costumbre en Asgard, si bien los motivos eran un tanto diferentes: fieras, serpientes y angulares formas geométricas en lugar de las suaves hojas y volutas de la ornamentación asgardiana. Pero aquello no era lo más destacable, sino que se limitaban a cubrir el espacio intermedio entre la decoración principal: una serie de cabezas de los más variados animales que cubría toda la pared hasta donde la vista de Sigyn podía alcanzar, disecadas como trofeos. Había leones, lobos, grandes osos –predominando los blancos aunque había de todos los colores–, pumas y tigres dientes de sable; y otras bestias más exóticas: enormes lagartos que podrían parecer dragones, la cabeza de un gigantesco narval o mamuts que en Midgard se habían extinguido mucho tiempo atrás.

Sigyn abrió mucho los ojos, asombrada, mientras contemplaba todo aquello.

–¿Te gusta? –le preguntó Loki orgulloso– Pareces sorprendida.

–No era lo que esperaba. En realidad, no sé qué esperaba –se corrigió–. Creo que una mazmorra o algo así.

–En parte lo es –sonrió, como haciéndose el interesante–. Tenemos calabozos normales, para los intrusos o vasallos que se pasan de listos, pero ésos están en otra área y la seguridad la llevan a cabo guardias jotnar. Esta estancia es especial: se protege mágicamente mediante hechizos, es sólo para nuestro disfrute. Podríamos decir que es el salón de trofeos de caza de la familia.

Ella alzó las cejas.

–¿Así que ahora te va la caza?

–No mucho, salvo excepciones –repuso él con indiferencia–. Casi todo son trofeos de mis hijos. Pero de vez en cuando me cobro alguna pieza interesante.

Sigyn contempló las corazas y las indumentarias de batalla. ¿Cuántas había: veinte, treinta, cincuenta? Puede que incluso más. Salvo las armaduras de Loki, cada una de aquellas armaduras representaba a un enemigo que el dios del engaño había conseguido vencer.

–Te refieres a los propietarios de estas armaduras, ¿verdad?

Loki asintió.

–He avanzado mucho en estos años, amada. Cada paso que he dado, cada combate que he librado, ha sido con un único fin. Antes era sólo un hechicero, pero ahora soy también un líder militar a la altura de Odín. No está lejos el día en que todos se vean obligados a reconocer mi valía y lamenten no haber creído en mí como rey de Asgard.

Sigyn decidió no replicar. No merecía la pena seguir malgastando energías intentando disuadirle de su obsesivo sueño de derrotar a los que una vez fueron su familia.

–¿Qué hemos venido a ver aquí? –preguntó, en cambio, para cambiar de tema. El brillo esperanzado, casi desquiciado, que se veía en los ojos de Loki cada vez que hablaba de sus planes de grandeza desapareció para dar paso a una expresión más distendida e ilusionada, como un niño que le va a enseñar a su madre un dibujo donde ha puesto todo su esfuerzo.

–Ah, sí, mi sorpresa. Mi pieza más importante, al menos hasta que incorpore a Mjolnir o a Gungnir a la colección. Acompáñame, por favor –le pidió ofreciéndole la mano. A esas alturas, Sigyn sentía tanta curiosidad por lo que quería enseñarle que olvidó inconscientemente su natural rechazo hacia él y tomó su mano, dejándose guiar a lo largo de la sala.

El matrimonio llegó hasta el otro extremo de la sala. Una impresionante armadura de un color metal rojizo, guarnecida con detalles de oro y rematada por una espada con empuñadura enjoyada y una gran hacha de mango largo marcó el final de la exhibición de indumentarias bélicas. El fondo de la sala aparecía sorprendentemente vacío de otras armaduras o cabezas disecadas de animales; lo único que se veía allí era un sencillo pedestal de mármol negro y, sobre éste, una estatua de piedra blanca que representaba a una mujer de formas exquisitas.

Había algo extraño en todo aquello. ¿Qué hacía un objeto artístico como aquél en un sitio dedicado a los trofeos de caza? La posición de la mujer, levantando los brazos y retrocediendo como si tratara de defenderse de algún peligro, hacía la escena aún más inquietante.

–¿Quién se supone que es, Loki? Se me hace conocida…

–No me digas que no la reconoces –se burló él–. Sería una decepción.

Intrigada y a la vez con un oscuro presentimiento, Sigyn se acercó a la escultura. No se había equivocado: los rasgos de la mujer le resultaban familiares. Había visto antes aquellas facciones de oscura perfección, aunque su belleza se veía algo opacada por una espantosa mueca de terror que deformaba su semblante. La figura, esbelta y cuyas formas resaltaba la fina tela de sus ropajes, también le sonaba. Y aquel peinado levantado en un recogido espectacular, casi arquitectónico, que dejaba escapar de forma sensual algunos mechones que en la piedra se veían blancos pero que ella recordaba negros…

negros como ala de cuervo.

Entonces la reconoció. Y el corazón se le estrujó de forma mil veces más violenta que en la superficie de la fortaleza, cuando había recordado a sus hijos. Ante ella estaba representada la mujer que se los había quitado.

Se volvió hacia su marido con una mirada fulminante:

–¡Loki, cómo te atreves! ¡Cómo puedes tener aquí una estatua de Karnilla!

Él, que al principio se mostró asombrado por la agresiva reacción de Sigyn, enseguida se echó a reír:

–¿Una estatua? No, querida. Míralo mejor.

Con extrañeza y desconfianza reflejados en su semblante, la mujer se acercó lentamente a la figura de piedra. La minuciosidad en la representación de cada rasgo, de cada mínimo detalle, era perturbadora. Pero si aquello no era una estatua, ¿qué era?

Y entonces recordó, a propósito de los cuentos midgardianos que les narraba a sus hijos, la historia de la Medusa, un monstruo con cabellos de serpientes que convertía a las personas… en piedra. Pero era una leyenda, la Medusa no existía, ¿cierto? Tal vez, mas no debía olvidar que Loki conocía hechizos capaz de replicar cualquier poder, real o imaginario, de cualquiera de los Nueve Reinos.

–No me digas que ésta… es la auténtica Karnilla…

–…petrificada, sí. Es ella. La asesina de nuestros hijos.

Karnilla… la mujer que le había arrebatado a dos de los seres que más amaba en el mundo… la persona que le había quitado, aunque fuese temporalmente, la voluntad de seguir viviendo. Allí estaba, convertida en piedra. Eso era lo que Loki quería tan ansiosamente que ella viera, la sorpresa que le tenía preparada: la venganza. Una venganza que, era cierto, ella le había exigido años atrás, mientras él permanecía encadenado en aquella cueva. Por eso estaba seguro de que ella estaría encantada al verlo.

Pero, extrañamente, no lo estaba. De hecho, sentía un poco de alivio, pero ese alivio estaba mezclado con un inexplicable y doloroso vacío, como si acabara de vomitar una comida en mal estado. Nunca dejaría de extrañar a sus hijos, pero hacía tiempo que había olvidado el rencor por su muerte… al menos hacia Karnilla, ya que inconscientemente siempre había culpado más a Loki. Y tener ante sus ojos la venganza sobre la reina Norn que una vez había deseado le escocía en el alma igual que si le hubiesen abierto la cicatriz de una antigua herida y hubiesen echado sal en ella.

Era curioso, pero la venganza que Loki tan ilusionadamente le ofrecía no la hacía lo feliz que ella imaginaba cuando se la pidió.

Aun así, fascinada, se aproximó aún más para verla mejor. Una parte de ella quería alejarse, no quería seguir regodeándose en algo que parecía morboso y enfermizo; pero otra no podía dejar de mirar. Los últimos momentos de Karnilla debieron haber sido espantosos, se dijo. La posición indefensa y el horrible rictus de terror de su rostro manifestaban a las claras que Loki no había tenido la menor piedad con ella.

Más cerca de la cara de piedra, algo llamó la atención a Sigyn: bajo las cejas fruncidas que expresaban un terror infinito, los ojos se veían con mucho más detalle, casi excesivo. Eran de un material distinto a la piedra, como si ésta hubiera cristalizado, y su color era el negro profundo que ella recordaba en la sanguinaria mujer. Eran similares a los ojos de cristal que completaban las cabezas disecadas de los animales que adornaban las paredes, pero parecían más vivaces. Era como si una especie de brillo húmedo continuara animándolos.

Curiosa, Sigyn se acercó y no reprimió el impulso de rozar con la yema de sus dedos uno de aquellos ojos, pero enseguida retiró la mano con una exclamación horrorizada: ¡había visto agitarse aquel brillo!

–¡Cielo santo!

–¿Qué ocurre? –Loki, que hasta el momento había permanecido un poco apartado para permitir que ella disfrutara sin trabas de la vista, se acercó interesado.

–Se… se ha… No, olvídalo –sacudió la cabeza, incapaz de creer lo que había creído ver–. Por un momento, me ha parecido ver como si sus ojos se movieran, pero ha debido ser un efecto óptico.

–Ah –indolente, el dios del engaño se paseó en torno a la figura de Karnilla, con cierta satisfacción abriéndose paso en su fingida indiferencia–. Así que aún le quedan energías para mover los ojos. Creí que ya se habría rendido hace mucho. Es toda una luchadora.

Espantada, Sigyn clavó los ojos en su marido. No daba crédito a lo que oía.

–Es imposible lo que estás insinuando. ¿Estás diciendo que… que está viva?

–¡Claro que está viva! –exclamó él como si fuese lo más obvio del mundo– ¿Qué gracia tendría si no? ¿Crees que iba a conformarme con darle una muerte rápida después de lo que me hizo, de lo que nos hizo? No, querida. Le prometí que no la mataría, sino que le haría algo peor, algo que le haría pensar en la muerte como una liberación. Y pese a lo que dicen de mí, hay promesas que sí me gusta cumplir.

Sigyn rodeó a la figura petrificada, con su semblante oscilando entre la conmoción y la repugnancia.

–¿Desde cuándo lleva así?

Loki lo pensó un instante.

–Si te digo la verdad, ya no me acuerdo exactamente. Sé que fue antes del primer aniversario de la muerte de los niños. Lo sé porque me acuerdo que ese día bajé aquí y me tomé una copa de vino sin dejar de mirarla, al igual que ella hizo mientras miraba cómo morían nuestros hijos. Sabes que no me gusta mucho el alcohol, pero estarás de acuerdo en que la ocasión lo merecía.

Ella lo contempló, incrédula.

–¿Me estás diciendo que la tienes aquí, petrificada pero viva, desde hace casi quince años?

Loki asintió.

–Ajá. Viva y consciente además. No le he hecho daño, no sufre ningún dolor físico: no es necesario. Sólo estar ahí, inmóvil y consciente ya la habrá hecho enloquecer. Me imagino que hace mucho tiempo que perdió la cordura.

La asgardiana sacudió la cabeza, intentando asumir la gigantesca crueldad de aquel castigo.

–¿Y cuánto más piensas tenerla así?

Él sonrió, ufano.

–¿Cuánto dura la eternidad? Ella pensó que no podría hacerme nada peor que lo del Eitr,así que le he enseñado cómo se tortura de verdad.

Ella se llevó las manos a la boca, incapaz de contener su horror. Aquello parecía haberse convertido en una competición entre Loki y Karnilla sobre cuál de los dos era capaz de pensar en la tortura más cruel, perversa y retorcida. Y cómo no, el primero, con su afán competitivo y su prodigioso intelecto para el mal, había ganado de calle dicha competición.

Lo peor de todo era que lo había hecho en su nombre, y Sigyn no quería formar parte de aquello. Cuando, en aquel pasado que recordaba como un doloroso borrón, había exigido a Loki que vengara las muertes de sus hijos, no sabía qué había querido exactamente, pero seguro que no había deseado eso. Y no podría volver a subir y dormir en aquella blanda y lujosa cama mientras continuara aquella aberración.

–Loki, por favor, pon fin a esto. Mátala.

Él la observó alzando una ceja.

–Supongo que esto tenía que pasar, tarde o temprano. Si crees que matarla sería un mejor castigo, te equivocas. La muerte sería una misericordia para ella.

–Piensa lo que quieras. Allí en la caverna me prometiste que me concederías todo lo que te pidiera a cambio de mi ayuda. Pues ahora te pido esto. Acaba con su miseria.

Él suspiró, resignado.

–Está bien –caminó hacia la última de las armaduras ornamentales y extrajo la espada de su vaina enjoyada. Después se dirigió a Sigyn y se la ofreció por la empuñadura–. Te dejo que hagas los honores.

–¿Qué? –ella lo miró con ojos desorbitados.

–Yo creo que está bien tal y como está. No la mataré, pero tampoco te impediré que lo hagas. Así que si la quieres muerta, tendrás que hacerlo tú misma –su sonrisa parecía dudar de que lo hiciera, como si estuviera seguro de que no tendría lo que había que tener.

Irritada por esa seguridad, sólo para demostrar que sí que tenía valor y efectivamente había cambiado, ella tomó la espada que le tendía con actitud resuelta. Después avanzó hacia la petrificada Karnilla, y se detuvo ante ella esgrimiendo la espada con ambos manos para sujetarla mejor. Adoptó una posición de equilibrio y echó los brazos hacia atrás para tomar impulso: no sabía si tendría fuerzas para atravesar la piedra con la espada para llegar a su corazón. Por un instante, deseó ser Sif: de seguro la valiente guerrera no habría tenido problemas con eso. Pero era ella quien estaba allí, y débil e imperfecta como era, tenía que hacer lo que era correcto.

La espada se hundió de un solo mandoble entre los pechos de la petrificada Karnilla, y la vibración del choque del acero contra la piedra se trasladó de forma dolorosa desde la espada al brazo de la asgardiana. La fuerza del impacto fue tal que desniveló la figura, que perdió su equilibrio sobre el pedestal y cayó pesadamente sobre el suelo, estallando como un jarrón de porcelana.

Al principio, Sigyn tuvo el reflejo de apartarse y protegerse los ojos de las esquirlas de piedra que saltaron por todas partes, pero después se calmó y se apoyó sobre la espada como si fuera un bastón, bufando por el esfuerzo. La figura de mujer de Karnilla había desaparecido, todos sus miembros se habían roto en fragmentos más pequeños. Lo único que quedó fue la cabeza, que rodó casi hasta los pies de Sigyn. Ella, tirando la espada al suelo, tomó la cabeza de piedra y la sostuvo para observarla, como Hamlet con la calavera. El brillo semi enloquecido fue opacándose y desapareciendo poco a poco de aquellos ojos similares al cristal, y antes de apagarse definitivamente, Sigyn creyó ver una expresión de alivio, casi de agradecimiento. Tal y como Loki había prometido, la muerte había sido una dulce liberación para ella.

Apenas había rastros de sangre: la sangre, como el resto de fluidos, se había convertido en una pasta viscosa, casi sólida, al mantener a su dueña momificada en vida; pero aun así un olor rancio y metálico se propagó por la sala, combinándose con el incienso y los otros perfumes y formando una mezcla nauseabunda.

–Magnífico… –Loki contempló a su esposa embargado por un orgullo casi sensual: le había encantado su actuación, desmañada pero enérgica. La sangre, incluso corrompida como aquélla, y la muerte unidas producían en él un efecto afrodisíaco. Incluso con aquel simple traje y peinado, pálida y con el sudor perlando su frente, jamás su esposa le había parecido más bella, más indomable y más parecida a la reina que algún día sería. Si no hubiese sido por su política de contenerse mientras no arreglasen sus problemas maritales, habría enloquecido por poseerla allí mismo, sobre los restos desintegrados de su enemiga.

Pero enseguida olvidó sus propios deseos cuando la vio arrojar la cabeza lejos de sí con repugnancia y desplomarse sobre el suelo de rodillas, presa de las náuseas. Pensando que iba a vomitar, acudió raudo en su ayuda dispuesto a ayudarla, pero ella, como siempre, le rechazó con el brazo.

–Déjame en paz.

–¿Estás bien? –preguntó, sinceramente preocupado.

Ella asintió. Las arcadas remitieron poco a poco sin que ella llegara a vomitar –habría sido una pena desperdiciar lo que había sido una buena cena–, pero aún estaba pálida y su respiración era fatigosa.

–Sólo sácame de aquí.

Sin decir nada, Loki se dispuso a cumplir su petición y la sostuvo para ayudarla a caminar y abandonar aquella sala. Deshicieron el camino en silencio y esta vez el dios no se anduvo con más juegos, iluminando con su magia el pasadizo para que no hubiera riesgo de caídas. Sigyn no pareció darse cuenta de aquello, y tampoco demostró que recordara la negativa anterior de Loki con la excusa de una supuesta debilidad. Avanzaba encerrada en sí misma, como ida, horrorizada por lo que había tenido que hacer y presenciar.

Al llegar a los aposentos que había dispuestos para Sigyn, el dios del engaño avivó con su poder mental el fuego que poco a poco se extinguía en la chimenea, y la mujer corrió a arrodillarse junto a él para calentarse las manos. Seguía temblando, tanto de frío como de espanto, y no había pronunciado ni una palabra desde que habían abandonado la cámara. Loki empezaba a sentirse nervioso por la situación.

–Di algo, te lo ruego.

Sigyn pareció salir de su ensimismamiento y dejó de concentrarse en el fuego para fijar sus ojos en él.

–Cuando averiguaste tu verdadera herencia te convenciste a ti mismo de que eras un monstruo, y has dedicado tu vida a demostrar al mundo que lo eres. Había olvidado lo aterradoramente eficaz que puedes llegar a ser.

–¿A qué viene eso? –bufó él indignado–. ¡Sólo he hecho lo que tú me pediste que hiciera, lo que tú querías!

Ella se volvió hacia él, furiosa.

–¿De verdad creíste que yo quería lo que he visto ahí abajo?

–Te juro que no hay quien te entienda. ¡Dijiste que querías que ella pagara por lo que le hizo a nuestros hijos!

–¡Pero no así, Loki, no así! –chilló ella– Tenerla torturada de esa manera durante años no nos va a devolver a Narvi y a Váli.

–Eso ya lo sé, no soy idiota –repuso él, ofendido–. Pero no se trata de eso. Es una cuestión de justicia.

–¿Tú consideras justicia lo que le has hecho?

–Sí, y ojalá se me hubiera ocurrido algo peor –saltó él–. Cuando me sentía mal, cuando me acordaba de los niños o de ti, bajaba aquí y la miraba durante un buen rato, sabiendo lo mucho que ella estaba sufriendo, y eso siempre me hacía sentir mejor. ¿Me vas a decir que matarla no te ha hecho sentir mejor a ti?

–No lo sé… –susurró ella, suspirando–. Tal vez durante un segundo, pero ha sido una sensación pasajera. Después de hacerlo sólo me he sentido… vacía. Supongo que ésa ha sido siempre la diferencia entre tú y yo… –añadió con tristeza–. A mí la venganza nunca me solucionó nada.

Él no supo qué replicar.

–Por favor, Loki –dijo ella–. Por última vez te lo pido: déjanos regresar a casa. Y con "casa" quiero decir a la Tierra –puntualizó, al ver que él iba a abrir la boca con el ya habitual argumento de "ya estáis en casa" –. Ya me las arreglaré con esos mortales. Nos esconderemos y no nos encontrarán. Me…

–Ya te he dicho que no. El problema no son esos mortales.

–¿Cuál es, entonces? –saltó ella con impaciencia.

Loki guardó silencio. ¿Cómo podría explicarle lo que iba a ocurrirle a la Tierra en poco tiempo?

–¿Sabes qué? –añadió Sigyn– Me da igual. Si no a la Tierra, déjanos ir a Asgard.

–Imposible. Cuando te dije que no podía dejar que volvierais, lo decía en serio. Ahora que todo el mundo sabe que existís y la relación que os une a mí, estáis en peligro. Tengo muchos y peligrosos enemigos en todo el universo, incluyendo Asgard; y si os dejo solas, alguno de ellos tratará de atacarme a través de vosotras. Ya viste lo que ocurrió en la Tierra: los mortales intentaron utilizaros para llegar hasta mí. ¿Qué te hace pensar que los asgardianos serían diferentes? ¿Quieres que se repita lo de hace unos días? ¿O lo de hace años, con Narvi y Váli?

–Yo… –Sigyn no supo qué contestar. Tal vez fuera la legendaria habilidad de su marido para la persuasión, pero el caso es que le costaba encontrar objeciones a sus argumentos.

–Sí, lo admito: no pude proteger a nuestros hijos y es un peso que llevaré toda mi vida. Pero por eso mismo no consentiré que vuelva a ocurrir. Y en Asgard no estaréis más seguras que en la Tierra. Créeme, allí no recibiréis ningún trato de favor: sólo seréis las familiares de un desterrado, de un criminal. Y si piensas que Odín o Thor os protegerán, olvídalo: ellos están bastante ocupados con sus propios juegos de guerra. Aquí, en cambio –prosiguió–, seréis la esposa y la hija de su Alto Comandante. Dispondréis de un ejército de gigantes que darían hasta la última gota de su sangre por defenderos. Esta fortaleza es ahora mismo el sitio más seguro del universo para vosotras.

Sigyn se mordió los labios. Si había una cosa que los dos tenían en común, era el interés por la seguridad de Tess; y por mucho que le costara admitirlo, aquel discurso parecía razonable y la opción de permanecer allí la más prudente. ¡Maldita fuera su Lengua de Plata!

–Está bien, nos quedaremos… por el momento. Pero no volveré a ser tu esposa –murmuró, intentando imponer un límite. Loki, con su eterna astucia y comprensión de su corazón, había atacado su único punto débil, su preocupación por su hija; pero nadie la obligaría a regresar con él.

–Por desgracia, tampoco tienes elección. Esto es el reino de los gigantes de hielo y como sabes, éstos sienten un odio ancestral hacia los asgardianos. En el caso de Amora y Lorelei, los jotnar las temen debido a los poderes de Amora; pero en vuestro caso, la única opción de que os respeten es que os vean como parte de mi familia, y a ti como la señora de la fortaleza. No te preocupes –añadió para tranquilizarla–, no te obligaré a compartir mi lecho si no lo deseas. Podrás quedarte en tus habitaciones, no te molestaré; y te daré libertad para hacer lo que desees dentro de los muros de esta fortaleza. Sólo tendrás que compartir mi mesa y permanecer a mi lado como consorte, aunque sólo sea de cara a la galería.

–Es decir, una farsa de matrimonio –concluyó ella con frialdad–, justo como en Asgard. Vuelta a los orígenes.

–No, es totalmente diferente. Allí fui yo quien impuso la separación, fui un completo estúpido. Aquí eres tú quien tomará la decisión. Una palabra tuya, y volveremos a ser un matrimonio de verdad… como lo fuimos al principio, como siempre deberíamos haber sido. Yo esperaré.

Ella sacudió la cabeza, debatiéndose entre la incredulidad y la indignación.

–¿A qué esperarás, Loki? –se encaró con él, clavando sus ojos en los del dios. En los de ella, el aguamarina estaba cubierto de escarcha– ¿Realmente pretendes que me quede aquí de buen grado? ¿Esperas que rodeándome de lujos, dándome la venganza que quería sobre Karnilla y mostrándote tú un poco más amable de lo habitual yo olvide todo lo que sucedió? ¿Esperas borrar todo lo que me hiciste, lo cruel que fuiste conmigo, lo mucho que sufrí…? ¿De verdad esperas borrar la muerte de nuestros hijos?

–No, no lo espero. Sé que todo eso ocurrió y no tiene vuelta atrás. Sólo quiero que miremos hacia adelante. Quiero que te tomes algo de tiempo para entender que me quieres lo suficiente como para intentar perdonarme y olvidar el pasado. Acabarás comprendiendo, como comprendí yo. Sólo espero que no tardes tanto como lo hice yo –añadió en voz baja y bastante más serio–; ahora no disponemos de tanto tiempo.

–¿Ah no? –inquirió incisivamente– ¿Y por qué? ¿Porque la paciencia del dios del engaño es limitada?

–No, en realidad es… –Loki se detuvo. Quería contárselo todo, contarle lo que iba a ocurrir; pero una parte de él se resistía. Si lo hacía, parecería que estaba intentando despertar su compasión. Seguramente ella estaba tan resentida con él que no se compadecería, pero si lo hacía sería aún peor. Siempre había odiado que los demás le tuvieran lástima.

–¿Y bien? ¿La realidad es… qué? –lo espoleó ella, impaciente por su silencio.

–No, has dicho bien. Mi paciencia es limitada.

–Pues razón de más para dejarnos de tonterías –replicó ella, cortante–. Como he dicho, nos quedaremos por el momento, y me prestaré a hacer ese teatro de ser tu esposa fiel como cuando estábamos en la corte de Odín, pero sólo por la seguridad de Tess. Óyeme bien lo que te digo: nunca volveré a tu lecho por voluntad propia, y nunca renunciaré a mi esperanza de volver a Asgard algún día. Y ahora déjame sola, por favor –la mujer bajó la vista.

–Como quieras –asintió él, cuyo rostro serio parecía indescifrable en esos instantes–. Ya te lo dije, sólo deseo complacerte.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo:

–Fue por tu sonrisa –dijo enigmáticamente, con los ojos fijos en el suelo.

–¿Qué? –Sigyn no sabía de qué estaba hablando.

–Antes, cuando me preguntaste por qué me ocultaba de vuestra vista cuando jugabas con nuestros hijos en Asgard. Era para ver tu sonrisa. Cuando estabas con los niños, sonreías todo el tiempo, parecías muy feliz –se volvió a mirarla–. Pero cuando me veías, tu sonrisa desaparecía: te volvías tan seria… tan triste. Me gustaba verte sonreír, así que os contemplaba desde las sombras, para poder veros sin imponerte mi presencia.

Ella lo observó, tragando para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.

–¿Y de quién es la culpa de que yo no pudiera sonreír al verte? –consiguió decir con la voz quebrada.

–Mía, no lo niego. Pero lo estoy intentando, ¿sabes? Realmente lo intento –Estaba realmente frustrado al ver cómo todas y cada una de sus tentativas, todos sus planes y sus halagos, se estrellaban invariablemente. ¿Tanto rencor le tenía ella?

–No se trata de cuánto lo intentes.

–Ya –él suspiró–. Te aconsejo que descanses bien. A partir de mañana tendrás que salir de estos aposentos y acostumbrarte a actuar como mi esposa –desvió la vista concentrándola en la ventana–. Jotunheim nunca será tan bonito como Asgard, pero uno acaba encontrándole el encanto. Sobre todo al anochecer. Te aconsejo que mires por la ventana, creo que te gustarán las vistas –añadió melancólicamente antes de abandonar la habitación.

–*–*–*–*–*–

Sigyn se sentó en la cama, mordiéndose los labios. Respiró aliviada al verse sola: cada vez que confrontaba a Loki le suponía mucha tensión –especialmente psicológica y emocional–, y no se veía capaz de soportar esa tensión por mucho más tiempo.

De modo que así estaban las cosas, se dijo. Más de quince años después, y volvían a estar como al principio, con ella obligada a fingir un matrimonio perfecto que ya no existía. Claro que ahora habían cambiado un par de detallitos: el reino donde vivían era el de los gigantes de hielo, lejos de la calidez y la prosperidad asgardianas; y en lugar de un marido que la ignoraba tenía a uno que se declaraba apasionadamente enamorado de ella y que intentaba seducirla de todas las formas posibles.

Se preguntó por qué le había sugerido que mirara por la ventana con el pretexto de que "le gustarían las vistas". Ya lo había hecho antes y la panorámica no había sido nada del otro mundo, pensó sonriendo por lo irónico de la expresión, ya que tomado de forma literal, sí pertenecía a otro mundo. Intrigada, se dirigió de nuevo a los ventanales y descorrió un poco más la cortina, para ver si había algo más en aquel paraje árido y helado en lo que no hubiera reparado antes.

Entonces pudo ver una combinación de maravillosas luces que titilaban y parecían flotar en el espacio, recortando destellos contra las placas de hielo. Era algo muy similar a las auroras polares de la Tierra, pero con mayores dimensiones y tonalidades mucho más luminosas: irisados azules, rosas, violetas y verdes que parecían ir y venir y se mezclaban entre sí formando una danza de colores llena de gracia y belleza al ritmo de una melodía muda, y que nunca repetía dos veces el mismo patrón. Era el espectáculo más hermoso que hubiera visto jamás.

Boquiabierta, Sigyn disfrutó de aquel baile de luces durante un tiempo indeterminado, le parecía que nunca llegaría a cansarse de una visión tan sensacional. Se preguntó cómo habían aparecido allí de la nada: tal vez se tratara de un fenómeno atmosférico común en Jotunheim, aunque nunca antes había visto nada acerca de él en ninguno de los libros que había leído sobre aquel reino. Pero luego recordó aquella noche que Loki y él habían pasado en la Tierra, en su apartamento de Nueva York, aquel instante en que ella, acorralada, le había confesado a la supuesta "Sif" que le gustaban las auroras polares y que solía relajarse al contemplarlas.

No, aquel fenómeno no tenía nada de natural, sino que tenía un origen mágico. Aquellas deslumbrantes luces habían sido creadas por Loki exclusivamente para sus ojos como forma de disculpa. En Midgard, cuando un mortal quería ganarse el favor y el perdón de una mujer, le regalaba un ramo de flores; pero un poderoso hechicero como él podía permitirse algo más vistoso. Aquella exhibición, en el fondo, no era más que un ramo de flores que trataba de despertar su indulgencia.

Sigyn se retiró de la balconada, cerrando las cortinas tras ella. Tenía que endurecerse y no permitir que ese tipo de demostraciones, por románticas que fueran, la ablandaran. Pero empezaba a darse cuenta de que Loki estaba, como había declarado de forma tan vehemente, intentándolo de verdad. Se había acordado de aquel trivial comentario suyo sobre las auroras polares en la Tierra. Recordaba sus colores favoritos, la comida que le gustaba; y las esencias perfumadas en el baño, vainilla y canela, eran sus preferidas. Sigyn no podía creer la forma en que había atesorado cada uno de sus gustos y palabras para, quince años después, ofrecerle hasta la última cosa que pudiera desear. Incluso aquella venganza inhumana sobre Karnilla había sido, aparte del propio desquite, una declaración de amor hacia ella. A su manera perversa y retorcida, pero lo había sido.

Pero eso no hacía las cosas más fáciles para ella. Todo lo contrario: las volvía más dolorosas. Por los muchos años de práctica, seguramente no tendría problemas para volver a interpretar un matrimonio de mentirijillas, teniendo en cuenta que Loki se había comprometido a respetar los límites que ella había impuesto –¿confiaba ella en aquella promesa? Eso aún estaba por ver–. Lo que no estaba segura era de si sería capaz de aparentar indiferencia como en aquel entonces. Ya lo había comprobado: apenas unos minutos con él, y ya se sentía frustrada, exasperada… y enardecida también. ¿Cómo iba a ser capaz de aguantar así semanas, meses… incluso años?

Adiós, Sibyll Black, se dijo. Bienvenida, Lady Sigyn, consorte del Alto Comandante del Reino de Jotunheim. Adiós a su tranquila y organizada vida de mortal, y por supuesto adiós a su paz interior. Ya no volvería a conocer esa sensación; no, viviendo bajo el mismo techo que su marido. Loki, el hombre al que más odiaba en los Nueve Reinos. Y el único capaz de hacer que su corazón latiera con violencia cuando la miraba, y que su cuerpo vibrara de deseo cada vez que la tocaba.


Después de tanto tiempo sin actualizar, muchas lectoras habrán pensado que abandonaba el fanfic como he hecho con los demás. Intento resistirme, porque realmente me gusta la historia, pero la vida real juega en mi contra más que nunca. Estos meses he estado sujeta a uno de los mayores cambios y retos a los que se puede enfrentar una persona (muchas de vosotras sabéis de qué hablo), y no exagero si os digo que hasta hace poco no he tenido tiempo ni de acercarme a un ordenador.

A las que continúen siguiendo el fic, no tengo palabras para expresar lo agradecida que me siento por vuestra fidelidad y paciencia. A quienes me habéis seguido mandando reviews, mensajes y hasta fanarts preguntando por él e interesándoos, sabed que habéis sido vosotras el motor de mi inspiración y la causa de que, tras tanto tiempo, vuelva a ello. Esta vez no voy a mencionaros a todas, porque sois muchas y temo que se me olvide injustamente alguna; pero de verdad que os agradezco todos y cada uno de vuestros mensajes y os dedico este capítulo. No os garantizo que pueda escribir con la regularidad de antes (quiero decir, antes del parón), pero voy a intentar sacar adelante esta historia aunque me tarde lo que sea. Por desgracia, lo que sí que no voy a tener tiempo es de contestar a los reviews, algo que de verdad me encantaba, pero ya me cuesta sacar ratitos para escribir el fic. Espero que también me perdonéis por eso.

Bueno, este capi no ha avanzado mucho el argumento, pero ya lo tenía planeado desde hacía mucho, es sorprendente el tiempo que me he atascado en una cosa tan simple. Al principio iba a haber un frente a frente entre Sigyn y Amora, pero lo corté porque no añadía nada a la trama y alargaba innecesariamente el capítulo (a mi pesar, cada vez los hago más largos). Si alguien está interesada en leer esa conversación, la subiré a las notas de mi facebook, más que nada porque me da pena eliminarla sin más.

La escena de nuestra parejita en el baño es un reflejo de la que aparece en el capítulo 16 de Early Winter, sólo que con los cambios dados por la evolución de los personajes y todo lo ocurrido desde entonces. Las lectoras de EW habréis visto que aunque las circunstancias son similares, la interacción entre ellos es radicalmente diferente y las fuerzas están mucho más equilibradas.

La conversación sobre el poder que mantienen cuando están caminando por la fortaleza, me la inspiró algo que leí en el cómic Loki, el dios de las mentiras (2011), en particular el episodio donde Loki salva de un troll al hijo de unos granjeros (sí, es capaz de hacer cosas buenas de vez en cuando XD). En esa escena, Loki se da cuenta de que lo miran con agradecimiento y devoción, pero también con miedo. Y piensa "lo prefiero". Lo he incluido para explicar ese rasgo del personaje en el fic, que de tanto sentirse infravalorado en Asgard, se va al lado opuesto y ya no le basta el respeto o el reconocimiento, sino que quiere el temor de los demás, excepto, claro está, de Sigyn (y de Tess, claro). De ellas sólo quiere su amor.

Sobre la venganza de Loki a Karnilla, puede que a algunas os parezca muy simplona, pero yo creo que la inmovilización perpetua puede ser una tortura peor que la muerte. Recordad la víctima de la pereza en la película Seven. También, si habéis visto Riddick Chronicles: Dark Fury (un corto de animación sobre Riddick, otro de mis personajes favoritos), la villana de la historia mantenía así a sus víctimas, una colección de estatuas vivas. Pero mi inspiración para esta parte ha sido el relato Reliquia de un Mundo Olvidado, de Hazel Heald (podéis leerlo en Internet), que habla de la existencia de un dios tan terrible que su visión petrifica el cuerpo de sus víctimas, aunque permanecen conscientes durante siglos o milenios. Imaginaos lo que debe ser eso.