30–

Muerte y desolación. Eran todo cuanto la rodeaba en aquel sueño.

Ella recordaba haber estado allí antes. Era un prado donde había reído y jugado cuando era pequeña, y donde había estado persiguiendo mariposas y recogiendo flores para hacer ramilletes y coronas con las que adornaba su cabello durante su edad núbil, cuando aún conservaba su inocencia y creía que su vida sería simple y sin complicaciones. ¿Cuál era el nombre de aquel lugar? …Vigrid. En sus recuerdos era un sitio maravilloso, bucólico, lleno de sol y vegetación. Pero no en ese momento.

En su sueño, aquel prado acababa de ser escenario de una batalla sangrienta.

No había más sol en Vigrid, pues el humo de diversas fogatas repartidas por toda la llanura oscurecía el cielo, convirtiendo la atmósfera en algo gris, plomizo, casi irrespirable. Las bellas flores habían sido arrasadas y pisoteadas, y sólo quedaba una grama pajiza medio quemada y que en muchos sitios tenía el color rojizo oscuro de la sangre derramada.

Un silencio pesado, de muerte, golpeaba los oídos de Sigyn mientras caminaba por aquella llanura entre los restos de lo que debía haber sido la más mortífera batalla que hubiera podido imaginar. Innumerables cadáveres de asgardianos, de jotnar y de elfos tapizaban el suelo, extendiéndose más allá de lo que la vista podía alcanzar. La muerte parecía haberse enseñoreado de aquel lugar, y Sigyn sintió que una angustia desconocida le oprimía el corazón al contemplarlo.

Al principio, no reconocía a nadie, ni siquiera a los asgardianos. Tampoco quería mirar demasiado la cara de los cadáveres. Cada vez que por casualidad sus ojos se posaban en uno de ellos, tenía que desviar la vista, horrorizada por las expresiones de sufrimiento, miedo y rabia que deformaban aquellos rostros yertos.

Pero poco a poco comenzó a ver caras conocidas. Tyr, a quien recordaba vagamente como el Alto General del ejército einherjer de Odín, un hombre grande, muy serio y lacónico, yacía en medio de un charco oscuro de barro, barro formado al mezclarse su sangre con la tierra. Sorprendentemente, su mano era de metal, como una prótesis, pese a que ella no recordaba que le hubiese faltado nunca una extremidad; pero lo más impresionante eran las múltiples laceraciones que cubrían todo su cuerpo, como si hubiese sido atacado por un animal de gran tamaño. A poca distancia de él, confirmando la impresión de Sigyn, estaba el cadáver de un gigantesco perro negro, con la enorme espada de Tyr atravesándole el costillar.

La congoja de Sigyn aumentaba a medida que lo hacía el grado de familiaridad con los muertos. Un poco más allá reconoció al mismísimo Padre de Todos. Yacía boca arriba, con su único ojo abierto y mirando a ninguna parte y su orgullosa armadura dorada llena de rasguños, como hechos por unas garras enormes y afiladas. La causa de la muerte de Odín estaba a la vista: tenía la cabeza echada hacia atrás, mostrando una garganta horriblemente desgarrada. El obvio autor de aquellas heridas, su hijastro Fenrir, estaba a su lado en su forma de lobo. Tenía la mandíbula rota y la lengua le colgaba blandamente por un lado de la boca en una imagen que revolvía el estómago.

Un manchón blanquecino y alargado atrajo la atención de Sigyn, y se dirigió hacia el lugar para saciar su curiosidad. Incluso antes de llegar se dio cuenta de que el manchón blanco era el cuerpo de su otro hijastro, Jormungand. Era enorme y Sigyn tuvo que caminar mucho rato a su lado para llegar a la cabeza. Ésta estaba aplastada, como machacada por muchos golpes realizados por un poderoso objeto contundente: Mjolnir.

A pocos metros de él, vio el cadáver del propio Thor. Él siempre había sido un hombre muy guapo, pero muerto su aspecto no era tan agradable. El cabello rubio y largo cubría su rostro, algo que ella agradeció, porque lo poco que se veía a través del pelo era espantoso. La piel de su rostro y del resto de su cuerpo estaba terriblemente quemada, como expuesta a un ácido particularmente corrosivo… el ácido que ella conocía tan bien después de haber pasado un tiempo interminable recogiéndolo con una copa de plata para que no cayera sobre el rostro de su marido. De modo que así habría quedado el cadáver de Loki si ella no hubiera estado allí o hubiera decidido no ayudarle, se dijo con un asombro asqueado.

Pero pronto su repugnancia desapareció, siendo sustituido por un terrible presentimiento cuando vio el cuerpo del guardián del Bifrost, Heimdall. Apenas se fijó en él, porque de alguna manera sabía lo que venía a continuación, a quién vería; y ese conocimiento se clavaba en su corazón como un puñal. Comenzó a andar más deprisa, buscándole angustiada. ¿Dónde estaba…? ¿Dónde?

Y entonces lo vio, tendido sobre la hierba. Reconoció el verde y dorado de su armadura, y el casco de cuernos afilados.

¡Loki! –exclamó con el corazón estrujándosele dolorosamente en el pecho, y corrió dejándose caer de rodillas junto a él. Le quitó el pesado casco arrojándolo a un lado, y le ordenó el cabello oscuro, apartándoselo de la cara con dulzura.

El bello rostro del dios del engaño estaba blanco como el mármol, mucho más pálido de lo que normalmente solía ser, y tenía los ojos cerrados. Su armadura estaba destrozada a la altura del pecho, y una profunda herida en éste dejaba escapar su sangre, que bañaba todo su cuerpo y empapaba la hierba que había debajo. No lo sentía respirar.

Loki… –susurró tomándolo entre sus brazos y meciéndolo en su regazo, como había hecho con sus hijos cuando estaban enfermos. Apenas se percataba de ello, pero su rostro ya estaba bañado por las lágrimas. Y mientras tanto, sumida en aquella sobrecogedora angustia que le impedía ver ninguna otra cosa, no se percató de que el cielo comenzaba a oscurecerse aún más, ni de aquella gigantesca silueta de forma vagamente humanoide que se recortaba contra el horizonte.

"No, no, no…", pensó desesperada. ¡Él no podía estar muerto! –Loki, respóndeme… –suplicó con voz trémula–… Por favor, Loki… ¡Loki…!

–¡Loki!

Sus propios gritos horrorizados la despertaron. Se incorporó como un resorte sobre su lecho, intentando huir del horror de la pesadilla. El corazón le martilleaba en el pecho violenta y dolorosamente; y su respiración era jadeante y espasmódica, intentando llevar la mayor cantidad posible de aire a sus pulmones. Sentía que se ahogaba, y tragó saliva para hidratar su garganta reseca. Se pasó la mano por la frente, notándola humedecida por una película de sudor que se enfriaba con rapidez.

Miró a su alrededor, incapaz de creer que sólo había sido un sueño, y que de nuevo se encontraba en el lecho con dosel de sus aposentos en la fortaleza de Loki en Jotunheim. Como si le costara asumir que era allí donde realmente estaba, observó la lujosa decoración de su alcoba, los cortinajes de terciopelo y la chimenea donde aún brillaban tenuemente unos rescoldos del fuego que había ardido allí apenas un par de horas antes. Aquélla era la única iluminación que había en ese momento y la estancia en penumbra se veía invadida por multitud de sombras de aspecto siniestro. Sigyn tragó de nuevo, extenuada. Le había parecido tan real… incluso sentía más frío ahora, como si su piel acusase el contraste de temperatura entre el sueño ambientado en Asgard y su realidad en la tierra de los Gigantes de Hielo, aunque sabía que era una impresión subjetiva.

Ya un poco más recuperada de su angustia, los latidos de su corazón y el ritmo de su respiración se ralentizaron y pudo pensar con mayor claridad. ¿Por qué había tenido aquel sueño tan horrible? Recordó las palabras de Loki apenas unas horas antes:

"¿Qué harías si supieses que voy a morir mañana? ¿Lo sentirías?"

¡Sería agorero!, pensó enfadada. Su capacidad de sugestión era tal que incluso con una simple frase era capaz de inspirarle aquella aterradora pesadilla. No le habría extrañado, incluso, que hubiese recurrido a la brujería para reforzar aquella imagen en su mente, y todo con tal de aparecer como la víctima.

Sin embargo, ahora que lo pensaba… se equivocaba. No había sido él quien había provocado aquel sueño, y estaba segura porque no era la primera vez que soñaba algo así.

Parpadeó, confusa, mientras memorias de un pasado muy lejano se reagrupaban y ordenaban en su mente. Ya había tenido ese sueño antes, sólo que no lo había recordado hasta ese momento. La primera ocasión había sido mucho, mucho tiempo atrás, cuando Loki y ella llevaban pocos años casados y Narvi y Váli eran muy pequeños. Ahora comenzaba a recordar: fue la primera vez que Loki se marchó como embajador a Jotunheim, cuando conoció a Angerboda. Y no había sido la última: aquella pesadilla se había repetido esporádicamente durante aquellos infernales años de matrimonio, en especial cuando ella se sentía nerviosa o estresada en relación a su marido. Incluso lo había soñado alguna vez mientras vivía en Nueva York. Siempre se despertaba gritando, pero por alguna razón nunca había recordado el contenido del sueño, nunca… hasta ahora. Pero esa noche sí que podía recordarlo, y con todos y cada uno de los sangrientos detalles.

Se incorporó más aún, apoyando la boca sobre sus puños y los codos sobre sus rodillas en un gesto de pensativa concentración. De modo que no se trataba de una pesadilla aislada y quizá causada por la discusión con su marido, sino de un sueño recurrente; y tanto su aprendizaje mágico con Clea como su propia experiencia le habían enseñado que era peligroso ignorar ese tipo de señales. Ya fueran un aviso del subconsciente o un augurio del destino, debía pensar qué trataba de decirle.

Recordó los sueños de Váli, cuando éste le contaba angustiado sus pesadillas donde, transformado en lobo, despedazaba y devoraba a Narvi. Ella se había preocupado bastante por aquellos sueños, viéndolos como una alegoría de la envidia que empezaba a corroer a su hijo menor hacia su brillante hermano, tan similar, aunque su padre no se hubiera percatado, a la que éste siempre había sentido hacia el dios del trueno. Por eso, había intentado suavizar la relación entre los dos hermanos intercediendo ante el propio Loki, arriesgando incluso su propio inestable equilibrio con él… lo cual, por otra parte, tampoco había servido para nada, pensó con tristeza.

Sí, se había preocupado por las pesadillas de su hijito, pero no lo suficiente. Y también se había equivocado al considerarlas metafóricas, porque habían acabado resultando atrozmente literales. ¿Sería el mismo caso con lo que acababa de soñar? ¿Era aquella pesadilla recurrente un simple grito de su intuición o se trataría, al igual que con Váli, de un sueño premonitorio?

Debía ser lo primero, porque si se trataba de lo segundo… ¿qué hacía ella teniendo sueños premonitorios? La oniromancia, la adivinación del futuro mediante sueños, era más común en la raza jotun que en los Aesir, aunque también había asgardianos con poderes de precognición, como Völla, la Vidente a la que había consultado cuando era pequeña y que había pronosticado su azaroso destino junto a Loki. Ella siempre había creído que Váli había sido capaz de predecir su muerte porque había heredado poderes proféticos de la raza de Loki, pero, ¿y si se equivocaba? ¿Y si ella formaba parte de la pequeñísima proporción de asgardianos con esos poderes y su hijo los había heredado de ella y no de su padre?

Una pequeña explosión interrumpió sus pensamientos, haciéndola chillar sobresaltada y respingar en la cama. Miró hacia la chimenea, el lugar de origen del ruido: sólo había sido un chasquido de una brasa de leña. Sigyn la observó meditabunda: un nuevo e inquietante augurio para añadir a la pesadilla que acababa de experimentar. Aunque no recordaba qué exactamente, le parecía que algo que había visto u oído tenía que ver con el fuego.

Suspirando, dejó caer su cabeza de nuevo sobre su almohada, pero sabía que no podría dormir. Estaba agotada, pero aquella pesadilla había puesto sus nervios en tensión y no había forma de que se relajara. Tal vez un paseo le vendría bien, o si iba a la biblioteca y leía un poco, o practicaba algo de magia… cualquier cosa que apartara aquella horripilante escena de sus pensamientos y la cansase lo suficiente como para que regresase el bendito sueño. Si se quedaba allí, sabía que se pasaría toda la noche despierta y dando vueltas en la cama, haciendo elucubraciones a cada cual más tétrica.

Apartó las pesadas mantas de sus piernas y saltó de la cama. Fue hasta el vestidor y se echó encima una pelliza con cuello de piel, encendió un candil y con él en mano se lanzó afuera de su habitación, renunciando al confort y a la seguridad de sus habitaciones. Pasó entre los adormilados guardias jotnar que custodiaban su puerta, los cuales la observaron curiosos por verla abandonar sus aposentos a aquella hora intempestiva, pero no hicieron comentario alguno. Después de todo, ellos sólo tenían el deber de que evitar la entrada de intrusos, no impedir que su ama saliera, fuese la hora que fuese. Ella apenas les prestó atención.

El corredor apenas estaba iluminado algunas antorchas fijadas en los muros cada cierto tramo y que ardían permanentemente, quizá a efectos de algún hechizo, pero que no conseguían disipar del todo la oscuridad. También hacía un frío helador, nada extraño teniendo en cuenta el lugar y la hora que era. La atmósfera tenebrosa y solitaria provocaba escalofríos, pero ella estaba demasiado sumida en sus pensamientos como para fijarse en el exterior.

Tal vez sólo estuviera siendo paranoica y aquello sólo fuera un extraño sueño provocado por el estrés, pensó intentando ser racional. Durante aquellas últimas semanas había estado sometida a un fuerte estrés, y lo curioso era que en cuestión de seguridad y de estabilidad las cosas difícilmente podían irle mejor. Tess… quería decir Sylene –maldita sea, le costaría acostumbrarse al dichoso nombrecito– parecía más feliz que nunca y sus hermanos e incluso aquella estirada de Amora la habían aceptado plenamente, pero ¿y ella? ¿Cómo encajaba ella allí, una asgardiana acostumbrada al sol y a la luz dentro del reino del hielo? Se sentía una extraña entre tantos enormes jotnar, convencida de que sus súbditos la toleraban por ser familia de quien era, pero que la habrían echado a patadas o algo peor si no contase con la protección del señor del lugar. Se imaginó que algo similar debía haber sentido Loki mientras vivía en Asgard.

¿Y si… y si se rindiera?, la pregunta pasó por su mente. ¿Debería empezar a adaptarse al igual que su hija? Tal vez debiera asumir la verdad, que estaba sola y atrapada, que por mucho que lo negara no cambiaría las cosas, que sin importar cuánto se esforzase en rechazarlo, cuánto le doliera la memoria de sus hijos, aun así, con todo aquello, ella seguía… enamorada de él.

Sacó de nuevo el pañuelo que él le había dado y que tenía guardado entre sus ropas y volvió a aspirarlo, sintiendo que las lágrimas se acumulaban en sus ojos al reconocer otra vez en él la sutil fragancia. "Ah, Loki…", suspiró en silencio, para a continuación arrepentirse de su nostalgia de él. ¡No, no y mil veces no!, se dijo guardándose otra vez el pañuelo, enfadada. Aquel tipo de pensamientos sólo la hacían más débil, y se había jurado no serlo nunca más.

Al caminar hacia la biblioteca, se dio cuenta de que la zona del corredor que atravesaba pasaba al lado de los aposentos de Loki, aunque no veía guardias vigilándolo como ocurría con el suyo. Al dios del engaño le molestaba la presencia cercana de los demás incluso aunque un grueso muro de piedra lo separara de ellos. Ninguno de los habitantes del lugar era tan estúpido como para intentar robar nada allí, y en cuanto a la seguridad del propio Loki, Gerda le había contado a Sigyn una vez un asesino a sueldo de Nornheim se había infiltrado en las habitaciones de su señor para matarle mientras dormía. Por supuesto Loki lo interceptó, y aunque la doncella jotun no sabía bien cómo había castigado su señor al intruso, sí dio testimonio de los gritos espantosos que se estuvieron oyendo en las mazmorras durante los dos días y noches siguientes antes de apagarse definitivamente. Desde entonces, no había habido más atentados. "El amo se pone de muy mal humor si le molestan cuando está descansando", explicó. Sí, ella lo sabía bien.

Sin embargo, cuando pasó por su lado, pudo ver luz brillando bajo su puerta. Al menos en eso no había cambiado, se dijo, lo cual era tranquilizador. Algunas veces Sigyn se sentía desconcertada al ver lo diferente que era Loki con respecto a cuando vivían en Asgard. Le ponía nerviosa aquel desconocido galante y educado que tenía la misma gallarda apariencia que el marido del que había renegado siempre. Pero en eso, al menos, seguía siendo el Loki que ella conocía: un ave nocturna, cuyo intelecto alcanzaba su máxima capacidad a unas horas a las que a los demás les era imposible mantener los ojos abiertos.

Sigyn recordó cómo en muchas ocasiones, en aquellos primeros y felices años de casados en los que compartían lecho, ella se despertaba de madrugada para ver que él continuaba leyendo en su lado de la cama o garabateando notas sobre un pergamino a la luz de una lamparilla, como si aquellas oscuras horas le inspiraran todo tipo de pensamientos. Seguramente eso era lo que estaría haciendo en esos momentos, como si todos aquellos años no hubiesen transcurrido, y de alguna estúpida forma la idea despertó una emotiva sensación en su pecho.

Aunque hubiera debido continuar su camino hacia la biblioteca e ignorar aquello, se detuvo. En su cabeza aún quedaban retazos de la horrible pesadilla que la había despertado, y aunque quizás no se tratara más que de un sueño sin trascendencia, cabía la posibilidad de que no lo fuera. No iba a repetir el mismo error que con Váli. Tenía que contarle a Loki lo que había soñado, tal él supiera algo que pudiera tranquilizarla. Se sintió un poco rara: era la primera vez que pensaba en él como alguien que pudiera disminuir su ansiedad, en lugar de aumentarla.

Cayó en la cuenta de que era la primera vez que lo vería en sus habitaciones, ya que siempre había sido él quien la visitaba en las suyas. Esperaba que no pensara lo que no era, aunque la hora y lo livianamente que iba vestida bajo las pieles se prestaban a ser malinterpretados. Aquello la hizo vacilar por un instante… entonces oyó un leve rumor dentro de la habitación, como de un mueble siendo arrastrado bruscamente. Aquello la extrañó y golpeó la puerta con suavidad:

–¿Loki? –dejando el candil en el suelo junto a la pared, intentó pegar el oído a la puerta, pero ésta era muy gruesa y ya no se oyó nada más– Loki, ¿estás despierto? –volvió a llamar– ¡Soy yo!

Seguía sin oír nada dentro de la habitación, y temió que tal vez Loki se hubiera quedado dormido con la luz encendida, ya que tampoco era raro que el sueño lo venciera mientras leía o escribía. Pero entonces, ¿cuál había sido el motivo de aquel ruido? Otra posibilidad era que siguiera enojado por el final de su conversación de unas horas antes, cuando ella fue tan cortante con él, y que no quisiese hablar con ella. Ahora era ella la que estaba ante su puerta, pidiéndole que le abriese, rogándole unos minutos de su tiempo.

–¡Ábreme, por favor! –esta vez los golpes fueron más fuertes y sus llamadas comenzaron adquirir cierta urgencia– ¡Tengo que hablar contigo, es importante! –En realidad, no sabía hasta qué punto era importante lo que tenía que decirle, pero sí sabía que no descansaría tranquila hasta haber aclarado aquel asunto.

Transcurrieron unos segundos de espera, pero entonces oyó un rumor de pasos gráciles hechos por unos pies descalzos. Loki abrió la puerta, llevando sólo unos pantalones de seda negra, que era la ropa que usaba para dormir; el cabello graciosamente despeinado y la estupefacción pintada en el rostro.

–¡Sigyn! –Era evidente que le sorprendía mucho verla allí, pero más allá de eso, ella no fue capaz de leer su extraña expresión, mezcla de alegría e inquietud. Era como si su presencia allí le agradara pero a la vez le resultara inoportuna. Por un momento, creyó que iba a hacerla pasar a su cuarto, pero en lugar de eso fue él quien salió a la oscuridad del corredor, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí– ¿Qué… qué estás haciendo aquí? ¿Aún te encuentras mal? –cambiando su sorpresa por inquietud, avanzó hacia ella y con delicadeza tomó su mentón con ambas manos para observarla detenidamente– Si sigue doliéndote la cabeza, tal vez sea alguna secuela de la herida que te hiciste en Midgard. Llamaré ahora mismo a un sanador para que te examine, así descartaremos…

–No, estoy bien –se alejó un paso de él con la mayor suavidad que pudo, sintiendo una punzada de culpabilidad al comprobar que, pese a la forma desagradable en que lo había tratado aquella noche, su primera reacción era de preocupación por ella–. He venido por otra cosa. He tenido un sueño, una pesadilla terrible… y no sé si significa algo.

Loki parpadeó. De nuevo parecía desconcertado.

–¿Un sueño? –repitió, como si le costase creer que aquélla fuera la razón que la había empujado a ir a verle.

–Sí, ya sé que parece una tontería, pero… me he quedado muy intranquila. Loki, cuando antes me preguntaste si lo sentiría si murieras pronto, ¿hablabas por hablar o querías decir algo concreto?

Incómodo, él inspiró como si tomara aire para hablar, pero no llegaron a salirle las palabras. Ni siquiera sabía si quería que ella lo supiese. Tantas veces que había deseado contárselo, y ahora que ella le daba pie para hacerlo, le fallaba el valor. O tal vez, simplemente no estaba preparado.

–En realidad, querida… no sé si es buen momento para hablar de esto ahora. Es muy tarde, y…

–¡Es importante! –insistió ella con vehemencia, y sin pensarlo lo sujetó por los brazos para que la escuchara– Odín, tus hijos, Thor… muertos, todos muertos… y tú… tú… –empezó a atropellar las palabras cuando los nervios la traicionaron, impidiéndole explicarse. Entonces reparó en lo cerca que estaban el uno del otro, y en que ella estaba tocándolo, sintiendo su piel desnuda bajo sus dedos. Por primera vez se dio cuenta de cómo estaba él vestido, o de lo poco que estaba vestido, y no pudo evitar fijarse en su torso desnudo. Salvo cuando lo habían encerrado en la máquina de Stark en el Helitransporte, la única vez que lo había visto sin camisa recientemente fue durante aquella noche de pasión en su apartamento de Nueva York, y cuando recordó lo ocurrido aquella noche empezó a sentir mucho calor y las pieles con las que se había abrigado comenzaron a sobrarle.

Con aquellos sencillos pantalones negros como único atuendo y sus cabellos oscuros cayéndole desordenadamente por los hombros, desprovisto de las ropas que solían darle su usual aspecto majestuoso y refinado a la vez, Loki parecía distinto, más joven y vulnerable. Sin embargo, también irradiaba masculinidad, pero no al modo recio y rotundo de su hermano sino de una forma mucho más sutil, con el aire romántico y arrebatadoramente seductor de un héroe byroniano. Su pecho desnudo y lampiño era tan pálido que parecía brillar en la oscuridad, reflejando la tenue luz de las antorchas como la luna reflejaba la del sol.

Aquella visión resultaría irresistible para cualquier mujer, y ella no era la excepción.

–E-esto… –masculló, notando cómo la mayor parte de su capacidad verbal se esfumaba por la turbación–. Tienes razón, es muy tarde. Mejor me voy, hablaremos mañana a una hora más decente. Lamento haberte molestado –acabó, maldiciendo su impulso de acudir al hombre que más debía evitar, como una niñita que tras una pesadilla corre al lado de su papá buscando consuelo y seguridad.

Se giró para marcharse, pero Loki la detuvo sujetándola suavemente por el antebrazo.

–Espera, por favor.

Ella contuvo sus deseos de salir corriendo y lo escuchó de mala gana:

–Tú misma lo has dicho: si has venido aquí a estas horas, es que se trata de algo importante. Debes contármelo, aunque sólo sea para quedarte tranquila –Su mano se movió muy despacio de su brazo hasta posarse sobre su mejilla, algo que en cualquier otra ocasión hubiese incomodado a Sigyn, pero que ahora se sentía confortable, amigable. Sonrió, con aquella sonrisa suya tan característica que nunca fallaba en lograr que le temblaran las rodillas–. Vamos, ¿no podrías hacer una excepción y confiar en mí por una vez? –preguntó con aquel tono razonable y persuasivo que le había granjeado el sobrenombre de "Lengua de Plata".

Sigyn no pudo contestar, sólo logró tragar saliva. Aquella situación era muy peligrosa: "Sal de aquí, sal de aquí", notó que le ordenaba su cada vez más débil raciocinio, aterrado ante la marea de sentimientos y sensaciones que amenazaba con ahogarlo por el simple hecho de estar allí a solas con su marido semidesnudo.

–Me… me voy– repitió con un graznido e intentó marcharse otra vez, pero él se desplazó, interponiéndose entre ella y la parte del corredor que conducía de regreso a sus seguras habitaciones. Ella intentó apartarlo de su camino poniendo una mano en su pecho… que era lo último que debía hacer. Porque si había algo que no necesitaba en aquel momento era recordar el tacto de la piel de su pecho, suave como la de un niño e inusualmente cálida para tratarse de alguien de su raza.

Y una vez que lo recordó, fue como si le hubieran pegado la mano a él: Sigyn quería retirarla, pero su brazo no la obedecía. Como hipnotizada, sus dedos se movieron lentamente por los músculos delgados pero bellamente modelados del pecho masculino. Aquel contacto era demasiado delicioso, demasiado sublime.

Por su parte, Loki tampoco se mantuvo indiferente al notar que ella no dejaba de tocarle. Contuvo el aliento extasiado, y aunque deseaba cerrar los ojos para sentir más intensamente la caricia, prefirió mantenerlos abiertos y clavarlos en los de su mujer, disfrutando de su expresión confusa, tan cercana a dejarse arrastrar por el deseo. Puso su propia mano sobre la de ella y muy despacio la llevó bajo su tetilla izquierda para que pudiese percibir los fuertes latidos de su corazón, como queriendo decirle que latía por ella, para ella.

La mujer naufragó en ese mismo instante. Tanto el motivo que la había llevado con tanta urgencia a consultar a su marido como las severas consideraciones morales que la habían atormentado apenas unas horas atrás fueron olvidados, derretidos como nieve fundiéndose bajo una cálida lluvia de primavera. Sólo quedaron sus sentimientos y sus ansias de sentirse mujer, amada, viva como jamás se había sentido más que estando entre sus brazos.

"Se acabó. Al diablo con todo".

El dios del engaño se percató de aquel sutil cambio en la expresión de su esposa: el aumento de su respiración, las pupilas dilatadas que lo observaban fijamente, sus bellos labios entreabiertos dejando entrever unos dientes blanquísimos. Parecía alterada, trémula, incapaz de dominar unas emociones que de usual mantenía rígidamente sujetas, al igual que él. No había hecho gesto de retirar su mano, la cual seguía tocando suavemente su pecho. Aquella simple caricia lo tenía electrizado: ¿es que ella no se daba cuenta del efecto que tenía sobre él?

Y sin embargo, no se atrevió a realizar el menor movimiento para no asustarla, como si se tratara de un tímido cervatillo que fuese a emprender la huida ante cualquier sobresalto. Ignoraba que, más que con un cervatillo, se las veía con una leona hambrienta.

–Por favor, Loki… –la frase murió antes de abandonar sus labios. Él pensó que le estaba suplicando que la dejara ir, pero las palabras de Sigyn iban en un sentido muy diferente: "Por favor, Loki, llévame a tu lecho y ámame como si no hubiera un mañana. Haz de mí lo que quieras, soy tuya, siempre lo he sido". Jamás llegaría a pronunciarlas, por supuesto, pero eran un resumen bastante preciso de sus sentimientos. Lo deseaba, ¡ah, cómo lo deseaba! Y debía tenerlo, allí mismo, esa misma noche. Sabía que al día siguiente los remordimientos le harían pagar un alto precio por ceder ante su pasión, pero poco le importaba, ni quería pensar en ello. Demonios, estaba dispuesta a arrastrarlo ella misma a sus habitaciones y poseerlo si él tardaba demasiado en decidirse.

Por suerte, con Loki nunca se daba ese problema. Él no tenía la menor idea del motivo del cambio de actitud de su mujer, pero no era hombre que desperdiciara oportunidades: aquélla podía ser muy bien la ocasión que llevaba esperando desde hacía meses. De modo que posó una mano sobre la parte baja de su espalda y la atrajo hacia sí, utilizando la otra para tomar su barbilla y levantar su rostro hacia el suyo. Se inclinó sobre ella y sonrió cuando la rozó involuntariamente con la nariz y vio que se estremecía y cerraba los ojos, anticipándose a un contacto mucho más delicioso y esperado.

A Sigyn le pareció una eternidad el tiempo que se tomó él jugueteando, posponiéndolo, como si quisiera prolongar todo lo posible la dulce tortura que constituían aquellos segundos previos a que sus bocas se unieran. Hasta en eso era perverso, pensó, y sin poder evitarlo se puso de puntillas alzando el cuerpo hacia él, como intentando acortar distancias. Sabía que, en cuanto él la besara, todo habría acabado. Él la llevaría a su recámara y la reclamaría como suya, sin que ella pudiera ni quisiera hacer nada por evitarlo; y aquel tormentoso juego de atracción y repulsión que llevaban jugando desde que se reencontraran en la fiesta de Stark se saldaría con Loki como único y absoluto vencedor. Pero en aquel momento, no podía importarle menos. En toda su vida, jamás había deseado tanto perder.

Sintió que su estómago se encogía con aquella cálida y familiar emoción cuando los labios del dios cubrieron los suyos y durante un segundo le pareció que explotaría de felicidad… pero entonces una voz de mujer a sus espaldas interrumpió el ansiado momento:

–¿Por qué tardas tanto, querido? ¿No vuelves a la cama?

Era difícil saber quién de los dos se quedó más petrificado ante aquella intromisión, si ella o él. Sigyn no necesitaba mirar hacia atrás para saber a quién pertenecía aquella voz, estridente y melosa a partes iguales, pero de todos modos lo hizo y su vista sólo confirmó sus peores sospechas. Lorelei estaba apoyada en el dintel de la puerta de la alcoba de su marido, en una de sus inacabables posturas insinuantes. Llevaba un camisón de encaje tan exiguo que hacía parecer un hábito de monja aquéllos de Victoria's Secret que Sigyn había tenido en la Tierra, y una de las tirantas se deslizaba provocativamente por su hombro, casi dejando al descubierto uno de sus perfectos pechos.

Sigyn se separó de Loki con tanta brusquedad que parecía que su contacto le quemara y retrocedió, sacudiendo la cabeza. No dijo nada, pero sus ojos eran más que elocuentes reflejando hasta qué punto se sentía herida, traicionada.

Él, por su parte, en su vida había sentido mayores deseos de estrangular a alguien.

–¡Maldita sea Lorelei, te dije que te quedaras en la habitación…! –siseó intentando contener su ira, pero en cuanto hubo pronunciado aquellas palabras cayó en la cuenta de lo mucho que parecían una confesión de culpabilidad, de modo que se volvió de nuevo hacia su esposa– Querida, esto no es lo que parece. Te aseg…

–Contigo nunca lo es –susurró ella con voz ronca, y añadió aún más bajo, como hablando consigo misma–. No debí haber venido.

–Escucha, te juro que no es lo que crees. Lorelei sólo estaba aquí por… –mientras hablaba, intentó acercarse de nuevo y sujetarla, pero ella se desasió con un chillido:

–¡Apártate de mí! –Aunque intentó evitarlo, las lágrimas asomaron a sus ojos.

–Por favor, deja que te explique…

–¡¿Para qué, para que puedas convencerme con una de tus bien montadas mentiras?! No gracias, ya tuve bastante de eso –de nuevo Loki intentó sujetarla e impedir que siguiera retrocediendo, pero ella se alejó– ¡Que no me toques!

Loki intentó dominarse, pero empezaba a perder la paciencia.

–Haz el favor de calmarte, estás montando una escena.

–Si no dejas que me vaya ahora mismo, vas a ver lo buena que soy montando escenas –amenazó alzando la voz. Él temió que si dejaba que continuara aquello, con ella cada vez más histérica, sus gritos atraerían a todos los jotnar de la fortaleza. Lo que le faltaba, que todo el mundo se hiciese eco de sus problemas maritales.

–Está bien, puedes irte –alzó los brazos, como demostrando que ya no intentaría retenerla. Ella no desaprovechó la ocasión y se marchó con rápidas zancadas del lugar, sin importarle la oscuridad del corredor ni ninguna otra cosa que no fuera huir de allí–. Hablaremos mañana, cuando estés más tranquila –añadió él.

–¡No te molestes! –oyó que le respondía ella agriamente mientras se alejaba.

Cuando la figura de su mujer se desvaneció entre las tinieblas del frío corredor, Loki volvió a su pétrea mirada hacia la otra protagonista de la penosa escena, quien lo observaba con una expresión contrita tan cándida como falsa.

–Ups, creo que he metido la pata.

–*–*–*–*–*–

Sigyn consiguió mantener la compostura conservando una expresión impávida durante todo el camino de vuelta a su habitación, pero una vez a salvo en ella se había derrumbado. Apoyó la espalda contra la puerta y se dejó caer, sin poder impedir que las lágrimas se deslizasen por sus mejillas hasta caer sobre el suelo de piedra. Se arrastró como pudo hasta su cama y se dejó caer sobre el colchón, hundiendo el rostro sobre la almohada para contener los sollozos, igual que cuando era más joven.

"Se acabó", decía su parte más frágil y emocional. "Le hice esperar demasiado y le he perdido". Mientras, su mitad más racional se burlaba de su debilidad, despreciándola. "¿Perdido? ¿Acaso fue tuyo alguna vez? No, Loki sólo se pertenece a sí mismo. Incluso su pretendido actual amor por ti no es más que un capricho derivado del hecho de que no puede tenerte. Si te consiguiera, no tardaría en cansarse de ti. ¿De verdad creíste que te esperaría, que te sería fiel?".

Lo malo no era que él siguiera sin poder contener sus apetitos sexuales, sino lo mucho que aún seguía hiriéndola aquello, pese a que había sido ella misma la que le había dado carta blanca para hacer lo que quisiera con Lorelei, ya que no estaba dispuesta a volver a admitirle en su lecho. Por más que quisiera negarlo, aún lo amaba, ¡cuánto lo amaba! ¡Y cuánto le dolía que él aún quisiera estar con otras, pese a lo absurda que resultaba la idea contraria!

Pero aún peor que eso, peor que cualquier otra cosa, era la idea irracional pero persistente, de que aquello había sido culpa suya, que lo había "dejado escapar". Si hubiera sido menos dura… si no se hubiera aferrado tanto a su rencor y a su rígida idea de la moralidad… Cuando Angerboda apareció en sus vidas ella era joven y tonta, y no pudo hacer absolutamente nada para alejar a Loki de la bella jotun. Pero en esta ocasión, había tenido muchas oportunidades de regresar con él y retenerle a su lado, pero las había despreciado por puro orgullo. ¡Y aquello era lo peor de todo, pensar que había sido ella quien lo había arrojado a los brazos de Lorelei!

–*–*–*–*–*–

Unos minutos antes de que Sigyn se lanzase a llamar a su puerta de manera tan apremiante, Loki se hallaba en su alcoba, despierto y escribiendo. Aunque había intentado acostarse y dormir, sus lúgubres meditaciones acerca de su funesto destino y el fracaso en su intento de recuperar a su mujer lo mantenían despierto, y no hacía más que dar vueltas y más vueltas en un lecho mullido y confortable pero en el cual no encontraba descanso mientras no pudiera compartirlo como deseaba.

Hastiado y terriblemente malhumorado, renunció a dormir y se decidió a ocupar su mente con el único recurso que sabía que no le fallaba jamás: el trabajo. Se levantó y se sentó en un pequeño escritorio que tenía al lado de su cama justo para ocasiones como aquélla, en la que deseaba escribir o consultar papeles sin tener que desplazarse a su laboratorio o a la biblioteca.

Tomó papel y pluma y comenzó a escribir a Helblindi. Hacía mucho que no veía a Malekith y quería que su hermano mayor organizase en su palacio de Utgard un encuentro entre los tres para comenzar a definir estrategias contra Asgard. Malekith no conocía aún la nueva baza de Loki de poder utilizar el ejército de espectros jotnar y éste no estaba seguro de querer dejarle conocerla por el momento, pero sabía que el caudillo svaltar también tenía sus espías y se sentiría ofendido si se enteraba del tema por otras fuentes. Los elfos oscuros eran muy susceptibles y la alianza entre los dos antiguos rivales era peligrosamente frágil. Tendría que pensarlo, es decir, si era capaz de concentrarse estando tan obsesionado con su mujer.

De repente unas suaves y blancas manos se deslizaron desde atrás por sus hombros, acariciándolos con dulzura. Loki se habría ilusionado pensando que aquellas manos pertenecían a Sigyn, de no haber sido porque las uñas lucían un sofisticado esmalte rosa vivo muy distinto del brillo natural que solía llevar su esposa, y además un intenso olor a jazmín anunciaba a su propietaria a kilómetros. Lorelei debía haber copiado su habilidad de deslizarse entre las sombras y penetrar sin ser vista en los lugares que deseaba, pero había olvidado disfrazar su perfume.

Se volvió hacia ella con el ceño fruncido. Ella no podía haber elegido un momento más inoportuno. Quería estar solo: si no podía tener con él a su amada, entonces no quería a nadie.

–¿Qué haces aquí en mi habitación, y por qué has entrado sin mi permiso?

Ella batió sus pestañas con expresión inocente:

–Venía a disculparme por lo de antes en la cena, Loki. No quería que te enfadaras conmigo, pero tu hija estropeó mi mejor vestido.

–Ella no habría hecho nada si no hubieras insultado a su madre– repuso él severamente.

–¡No fue un insulto! –protestó la joven– Fue… fue un comentario desafortunado, lo admito. Pero no pretendía ofender a tu… a tu esposa –terminó haciendo un esfuerzo, como si le costara referirse a Sigyn de ese modo.

–No soy yo la persona ante la que tienes que disculparte, sino ella –recalcó Loki.

–¡Lo haré, te lo prometo! Haré todo lo que tú quieras –contestó vehemente, ansiosa de complacerle, pero él no se hacía muchas ilusiones sobre que cumpliera su palabra: si algo tenían en común, era su tendencia a realizar promesas que luego jamás cumplían. Pero tampoco iba a hacer mayor problema de ello, le bastaba con que dejase de molestar a Sigyn.

–Bien –creyendo zanjado el tema, se dispuso a regresar a su escrito, pero sintió de nuevo la desagradable sensación de que volvía a agarrarlo por los hombros:

–Entonces, ¿cómo estás? Hace mucho que no estamos así, a solas. Te echo de menos… en realidad, mi cama y yo te echamos de menos.

Aunque no se movió de su posición, él alzó los ojos al cielo, como armándose de paciencia. De modo que ésa era la auténtica razón de su visita… ya le extrañaba.

–Lorelei, creo que lo dejé muy claro: no quiero que sigas molestándome –dijo, pero en lugar de retirarse, ella se aferró aún más a él:

–Oh vamos, Loki… sé que llevas meses sin tener sexo. Debes estar subiéndote por las paredes –ronroneó mientras lo abrazaba cariñosamente por la espalda… tal y como Sigyn había acostumbrado a hacer mientras convivían en Asgard. Y aquello fue la gota que colmó el vaso de su paciencia.

–¡Basta! –se desasió de ella– ¿Quién te ha dado permiso para tocarme?

Lo malo era que ella tenía razón: desde su delicioso aunque breve encuentro con Sigyn en Midgard, varias semanas atrás, no había vuelto a tocar a una mujer, y su cuerpo empezaba a acusar la autoimpuesta privación. Prueba de ello era cómo se había crispado ante el torpe intento de acercamiento de la hermana de la Encantadora. Y Lorelei era muy bella, lo bastante como para que cualquiera con sus necesidades se sintiese tentado, pero no era Sigyn. Para él, Lorelei, y todas las mujeres como ella, eran sólo un cascarón vacío: ninguna se molestaba en conocerle, ninguna le comprendía. Ninguna de ellas había hecho nada bueno por él. Sólo se fijaban en sus majestuosas ropas, en sus riquezas y modales elegantes, y en su poder, como había hecho la propia Lorelei en un principio. E incluso ahora, si Lorelei lo reclamaba, era por la fuerza del hechizo que la animaba; de no ser así, lo habría despreciado como todas las asgardianas que había conocido en su juventud. Él ya conocía el verdadero amor, y una vez que se conocía lo auténtico, las imitaciones sólo eran basura.

–¿P-pero qué es lo que te pasa conmigo? –empezó a balbucear ella, haciendo pucheros– ¿Tanto me odias? Estás tan distante y malo conmigo desde… –su expresión se oscureció, llenándose de odio–… desde que llegó ella.

El dios intentó volver a sus papeles, cada vez más irritado.

–Realmente no tengo ganas de discutir contigo sobre eso.

Pero Lorelei parecía no escucharle, porque, y olvidada su anterior –y falsa– actitud comedida, se lanzó a una diatriba de insultos contra Sigyn:

–Es por ella, ¿verdad? ¡Cómo pudiste sustituirme por ésa, Loki! Esa mujer que huyó de ti durante años, que en realidad no es más que una criada, ¡una zorra que…!

No pudo terminar la frase. Iracundo, él se levantó de su mesa con tanta velocidad y energía que estuvo a punto de volcarla y agarró a la joven por el cuello, interrumpiendo el flujo de oxígeno que llegaba a su garganta y, de ese modo, aquel discurso lleno de estupideces que no hacían más que enervarle.

–Ya es suficiente –siseó con voz suave pero con aquella peligrosa inflexión que la hacía tan terrorífica–. Demuestras ser realmente necia ofendiendo dos veces en una noche a la persona que tengo en más estima. Si entre tanta torpeza te queda algo de seso, te irás en este instante y dejarás de importunarme. Si no…

No pensaba concretar la amenaza, solía dejar ese tipo de intimidaciones en el aire porque resultaban aún más inquietantes; pero tampoco habría tenido ocasión de terminarla porque en ese momento sonaron unos golpes en la puerta acompañados de una voz femenina:

–¿Loki? –y tras unos segundos, volvió a hablar– Loki, ¿estás despierto? ¡Soy yo!

Él se quedó helado al reconocer la voz de su mujer. ¿Qué hacía Sigyn allí? Se preocupó al mirar a Lorelei, sabiendo lo que pensaría su esposa si encontraba a la muchacha en su habitación a aquellas horas. Con su historial, no podía culparla, ¡pero qué situación más inoportuna! ¿Qué podía hacer?

–¡Ábreme, por favor! –oyó que Sigyn volvía a golpear la puerta– ¡Tengo que hablar contigo, es importante!

No había tiempo para pensar. Lorelei también había reconocido la voz y torció el gesto al ver interrumpido su intento de seducción. De aquello no podía salir nada bueno, pensó él.

–Voy a ver qué quiere –dijo–. Tú quédate aquí y ni se te ocurra moverte.

Fue un tonto al pensar que le obedecería sin rechistar. Debió haberla atado, o petrificado con algún conjuro como a Karnilla.

Después de que Sigyn se marchase indignada tras la escena relatada anteriormente, Loki se dirigió hacia Lorelei, con un fuego asesino reflejándose en sus ojos. Ella se encogió espantada mientras la agarraba con fuerza por un brazo.

–¡Ay, me haces daño! –se quejó, pero él la ignoró.

–Enhorabuena, ahora tienes toda mi atención –dijo lleno de rabia, arrastrándola hacia su recámara de nuevo. Una vez dentro, la soltó bruscamente, haciéndola chocar contra una pared y arrancándole otra lastimera exclamación de dolor, pero a él no podía importarle menos–. Veo que no te gusta vivir.

–¡Lo… lo siento! –gimoteó ella, y sus lágrimas, esta vez auténticas, se deslizaron por sus mejillas transformadas en manchurrones oscuros al mezclarse con el maquillaje–. Sólo estaba bromeando, no sabía que iba a reaccionar así.

–¿Una broma? ¿Y por eso te has medio desnudado y has dicho que volviera a la cama, como si hubiésemos estado compartiéndola? ¡¿Me tomas por imbécil?!

–¡Está bien! –admitió ella con rabia en medio de su llanto–. Lo confieso, quería que ella se enfadase y se fuese. ¡No puedo soportar que esté cerca de ti, Loki, porque sé que acabará haciéndote daño! ¡Ella no te quiere, no como yo!

–¡Te equivocas! –rugió él encolerizado, y le volvió a echar las manos al cuello como hecho antes de la aparición de Sigyn– ¡Ella me ama! Y lo recordará, más pronto o más tarde –añadió con expresión feroz–. Quién sabe si no lo habría hecho ahora, de no haber sido por tu "amable" intervención. Agradece que últimamente tu hermana me está siendo muy útil y que me interesa estar en buenos términos con ella, de otro modo ahora serías un montoncito de cenizas humeantes en el suelo.

Estrechó aún más los dedos en torno a la garganta de su presa, dejando entrar apenas el aire justo para no matarla:

–Y escúchame bien, porque sólo te lo diré una vez –añadió en voz baja–: Nunca jamás vuelvas a referirte a mi esposa en términos tan ofensivos como has hecho antes. A su lado, sólo eres un pálido remedo de mujer, un parásito; y si vuelves a insultarla, no será el aire lo único que te va a faltar, "querida".

La soltó y ella cayó al suelo, tosiendo ruidosamente y jadeando en busca de aire.

–¿Me entendiste, Lorelei? Espero que así sea –la observó con desprecio– Y si no te importa, te agradeceré que te largues de mi vista ahora mismo y no vuelvas a acercarte, ni a mí ni a ella.

Loki contempló cómo ella huía de la habitación con la mirada fría y el rostro indiferente. Se le ocurrió que aquellas desconsoladas lágrimas de Lorelei, producto de su rechazo, se parecían mucho a las que había vertido Sigyn en su tiempo, pero, al contrario que con aquéllas, no le escocían en absoluto. No sentía nada. Aunque objetivamente el sufrimiento de aquella joven debiera haberle movido a compasión, estaba demasiado furioso con ella por haberle estropeado lo que había sido su mejor oportunidad con Sigyn en el tiempo que llevaban allí.

No, no sentía la menor pena por Lorelei. De hecho, le resultaba agradable que, ya que no su mujer, hubiera alguien que sí sufriera por su amor; un pensamiento de los que hubieran escandalizado a Sigyn, mezquino y lleno de despecho. Pero así era él: por mucho que se esforzara en hacerse el buen chico, era un ser mezquino y lleno de despecho, tal y como su esposa, su antigua familia adoptiva y el mundo entero le obligaban a ser.

–¡Maldición! –exclamó rabioso, y en medio de su furia, invocó de forma inconsciente una carga telequinética que lo barrió todo a su alrededor, derribando el escritorio, el sillón y, exceptuando la gran y pesada cama, cualquier lujoso mueble que se encontrase a menos de veinte pasos de él.

¡Había estado tan cerca…!

–*–*–*–*–*–

El amanecer, si es que se podía llamar así a la tenue claridad que separaba el día y la noche en aquel reino alejado de cualquier sol, sorprendió a Sigyn despierta y sentada de nuevo junto a la balconada, contemplando los oscuros e insondables peñascos helados como si entre ellos aún brillase el resplandor de las auroras polares que tanto le gustaban. No era así, pero ella llevaba sin moverse de allí toda la noche, y unas marcadas ojeras se apreciaban en su rostro macilento. Se había negado, contra su primer impulso, a llorar para desahogarse de la penosa escena de la madrugada anterior, y como resultado había vuelto el insomnio. Otra vez como en Asgard, pensó; tendría que empezar a prepararse té o café, si es que podía conseguirlos allí. Si no hubiera estado tan cansada y deprimida, la idea incluso le habría hecho gracia.

La fatiga hizo que al principio no oyese los golpes en la puerta. Cuando sintió que la puerta se abría se tensó un poco, recordando que Loki había prometido que les quedaba pendiente una conversación para aclarar lo ocurrido, pero se relajó enseguida cuando vio a su hija.

–¿Mamá?

–Tess… –se le escapó antes de recordar que ya no debía llamarla así. Por mucho que quisiera evitarlo, seguía llamándola con su nombre midgardiano–. Quiero decir, Sylene. Lo siento, no he oído la puerta.

Ella soltó una risita.

–Está bien. Sólo quería saber si ya estás mejor.

–Ah, sí –recordó que se había despedido de la fiesta de su hija con el pretexto de un dolor de cabeza. Aquello había ocurrido tan sólo la noche anterior, pero le parecía que habían pasado semanas–. Yo… –observó el rostro de Sylene, lleno de sincero y cariñoso interés. No había necesidad de que ella compartiera su carga ni su tormento, así que sonrió–. Sí, claro que sí. Y tú, ¿cómo acabaste la noche? –le preguntó, haciéndole un sitio en el diván a su lado al que la muchacha corrió a sentarse.

–¡Genial! Amora se fue pronto a acostarse, y Lorelei no sé dónde se metió, pero Fenrir, Jord y yo nos quedamos despiertos hasta las cinco de la mañana celebrando. Ellos empezaron a apostar quién aguantaba más hidromiel, ¡y acabaron terriblemente borrachos! Pero yo fui una buena chica y sólo probé un poco de vino –aclaró enseguida, viendo que el rostro de su madre se ponía serio ante la mención del alcohol–. Luego, ya casi al amanecer, ellos quisieron irse de caza para "despejarse con el fresco", dijeron. Me pidieron que les acompañara, pero yo ya no podía más. ¡No sé cómo ellos podían seguir teniéndose en pie, pero yo necesitaba dormir!

Sigyn escuchó el entusiasta relato de su hija observándola con ternura.

–Ay… –suspiró–. Sólo llevas dos meses aquí y mira cómo has crecido. Ya pareces toda una preciosa dama.

–¡Oh, mamá! –ella se ruborizó ante el cumplido–. Yo puedo ser linda, pero tú eres realmente hermosa.

–¡Eres tan aduladora como tu padre! –Sigyn soltó una carcajada, secundada por su hija.

–¡Ves, aún te hago reír!

Sylene intentó recuperar la seriedad.

–Mamá, lo siento si lo que pasó ayer te molestó. Sé que no fui muy agradable con Lorelei, pero ¡es que no la soporto! Es una melindrosa, ¡y encima te llamó gorda! Ah, ¡esa estúpida…! Algún día será ella la gorda, y viviré para verlo… –añadió maliciosamente.

Sigyn desvió la vista. Realmente no le apetecía que le hablaran de Lorelei, tras la escena de la madrugada anterior.

–No importa, Tess. Ella lo está pasando mal, y…

–Es Sylene, mamá –volvió a corregirla la muchacha, volviendo a recordarle el otro tema que le dolía. ¿Por qué el mundo no le daba un respiro?

–Sí, ya veo –asintió ella resignadamente, esforzándose por no dejar traslucir su contrariedad. Pero no tuvo demasiado éxito, porque su hija la observó preocupada:

–Sólo quiero saber si estás bien. Ayer pensé que te fuiste porque estabas aburrida.

–No, no estaba aburrida –la asgardiana se sentó de nuevo en el diván, observando el panorama tras los ventanales, el cual, por el día, sólo mostraba las rocas heladas azotadas por la ventisca–. Es que… me sentí como si no hiciera falta allí. Estás tan feliz con los demás, con tus hermanos gigantes de hielo, con tu padre y tu maestra…

–Vamos, eso es absurdo –intentó animarla ella–. ¿Cómo no vas a hacer falta?

–Pero me olvidé de tu cumpleaños, cariño –bajó la vista, avergonzada–. No sé si podrás perdonarme eso, o si pueda yo…

–¿Qué importa eso? No me importan las fechas ni los detalles. Yo sólo quiero… –su expresión se oscureció, tornándose ansiosa, imperativa– sólo quiero que te integres con nosotros.

Sorprendida, Sigyn alzó la mirada:

–¿Qué?

–Aquí soy mucho más feliz que en Midgard. Me siento a gusto, querida… Mamá, aquí está mi familia: papá, mis hermanos… y tú también. Eres mi madre y me gustaría mucho que fueras feliz también aquí, éste es nuestro hogar. Sé que en el pasado papá no se portó muy bien, pero ha cambiado, y todo sería ideal si lo perdonaras y fuésemos una verdadera familia… ¿No puedes reconsiderarlo? ¿Por mí?

Sigyn guardó silencio durante un buen rato, como sopesando cuidadosamente esas palabras.

–Comprendo tu punto de vista –dijo muy lentamente–, y veo con claridad lo que quieres decir. Pero tú tienes que entender que…

En ese momento, volvieron a tocar suavemente a la puerta. Por un momento, Sigyn creyó que sería Gerda que venía a traerle el desayuno o prepararle un baño, pero esta vez sí era la visita que estaba temiendo. Loki había llegado un rato antes y había estado escuchando la conversación, pero discretamente había decidido postergar su entrada unos minutos para darles algo de intimidad a madre e hija.

–¡Buenos días, papá! –lo saludó Sylene, sonriente.

–Buenos días, princesa –su tono era amable pero no tan risueño como el de la muchacha, su semblante aparecía totalmente serio y no apartaba la vista de su mujer–. ¿Te importa dejarnos? Tu madre y yo tenemos que hablar en privado.

La sonrisa de Sylene se transformó en una expresión ligeramente inquieta. Como siempre que sus padres se quedaban a solas, temía que acabaran discutiendo.

–Por supuesto. Estaré en el estudio de Amora –y besando en la mejilla a su padre, salió de la estancia, quedándose el matrimonio a solas.

Durante varios segundos Sigyn no dijo nada, sólo se levantó de su diván y se metió en la cama sin mirarle.

–¿Qué quieres? –le preguntó al final hoscamente–. No me encuentro bien.

Él advirtió su demacrado rostro y su palidez, pero sabía que estaba mintiendo. Aunque pareciese agotada, sus movimientos eran ágiles y enérgicos, nada que ver con la debilidad que le había hecho temer por ella después de haber sido herida en Midgard; y sus ojos aguamarina tenían ese brillo acerado que solían adoptar cuando estaba furiosa. No, no debía preocuparse por su salud. Muchas mujeres solían alegar indisposiciones pasajeras para evitar compartir el tálamo con sus maridos, pero Sigyn lo llevaba a un siguiente nivel, haciéndolo para evitar incluso una simple conversación con él.

–Supongo que sigues sin querer hablar de lo que pasó anoche –dijo de todos modos, intentando imprimir a sus palabras un tono calmado y conciliador.

–Supones bien –fue la seca respuesta.

–Vamos, incluso a los peores criminales se les da el derecho a defenderse –arguyó él–. ¿Por qué no quieres siquiera escuchar mi versión?

–No conozco ningún criminal peor que tú –replicó ella–. Y, teniendo en cuenta que de cien veces que has sido acusado de alguna fechoría, en noventa y nueve de ellas eres efectivamente culpable, el que seas inocente en la ocasión número cien me tiene sin cuidado.

Él resopló: comenzaba a cansarse de estar justificándose una y otra vez, ¡sobre todo cuando esta vez no había hecho nada malo, maldita sea! Pero claro… "esta vez". Sabía que ahora, sin haber roto un plato, estaba pagando por todos los que había roto en el pasado.

–¿Y qué hay del motivo que te llevó a venir a verme a mis habitaciones? ¿No tenías que contarme algo sobre un supuesto sueño?

Sigyn parpadeó con cierta sorpresa:

–Mi sueño… –musitó pensativa. Con todo lo que había ocurrido y el caos emocional en el que se había sumido posteriormente, su agorera pesadilla se le había ido completamente de la cabeza. No era la primera vez que le pasaba: al igual que la primera vez que sospechó que Loki quería herir a Balder, sus problemas sentimentales siempre acababan arrastrando de su mente esas intuiciones a las que debiera prestar más atención.

Y con todo, a la luz del día, le pareció que el terror que la había acometido en la noche perdía sentido. Loki simplemente no podía morir. En ese aspecto sí que podía considerarse un dios, ya que entre su resistencia, su astucia y su magia, tenía suficientes recursos para salvarse de cualquier peligro que lo amenazara, aunque fuese a costa de otros inocentes. La única persona con el poder suficiente como para acabar con él era Thor, y éste ya había demostrado en multitud de ocasiones que era incapaz de lastimar en serio al que aún consideraba su hermano pequeño. No, Loki siempre era el verdugo, no la víctima. Cualquier otra idea era impensable.

Además, si ahora le contaba su pesadilla, podría hacer pensar a Loki que estaba más preocupada por él de lo que quería demostrar. Esta vez su orgullo herido era más fuerte que su prudencia, que su instinto y que todo el raciocinio del mundo.

–Ya no importa –repuso–. Sólo fue un estúpido sueño. A saber si no has tenido algo que ver, podrías haberme hecho objeto de uno de tus trucos de sugestión para que fuera a verte asustada.

Loki levantó las manos con exasperación.

–¡Si no sé siquiera de qué estás hablando! ¿Te das cuenta lo absurda que suenas?

–No pienso bajar a comer, ni a cenar –añadió Sigyn en voz baja, encogiéndose como si así pudiera aislarse más–. Di a los demás que realmente me encuentro mal, o lo que te venga en gana. Que me suban la comida a mis habitaciones… o que no me suban nada, me da igual.

–Así que estás dispuesta a matarte de hambre con tal de evitarme –repuso él–, pero no es necesario. Venía a comunicarte que salgo de viaje.

Los fatigados ojos de la asgardiana se animaron un poco.

–¿De viaje?

–Así es. Parto a Utgard ahora mismo. He de entrevistarme con Helblindi para hablar del entrenamiento de nuestras tropas y para preparar la futura visita de Malekith. Seguramente tenga que hacer noche allí y no pueda regresar hasta mañana –Vio que Sigyn no mostraba demasiado interés por aquellos detalles–. Me imagino que estarás feliz de perderme de vista durante un par de días.

–Sigo en una cárcel. Que mi carcelero se vaya dos días no cambia mucho las cosas.

Loki carraspeó con fastidio. Le habría explicado por milésima vez que aquello no era una cárcel para ella y que él nunca había pretendido que lo fuera, pero era como hablar con una pared. Él era quien tenía la fama de obstinado, pero ella no se quedaba atrás.

–Que lo pases bien sin mí, querida –pese a todo, no quiso resistirse al impulso de inclinarse y besarla en la mejilla, aunque sabía que ella se pondría tensa ante el contacto.

–A ti no tengo que deseártelo, sé que te lo pasarás en grande con tus jueguecitos de guerra y estrategia. Me da pena el pobre pelele al que le ha tocado aguantarte.

Él le mostró los dientes en una sonrisa divertida.

–Le transmitiré tus saludos a mi hermano.

Sorprendentemente, ella sonrió también, pero no en respuesta a su chanza sino por otra razón, más privada e irónica. Loki no pudo dejar de captar la diferencia.

–¿Qué? –preguntó, susceptible.

–Nunca creí que volvería a oírte decir "mi hermano", al menos sin ese retintín de sarcasmo o desprecio con el que acompañabas siempre esa expresión.

Ahora fue el rostro del dios el que se crispó.

–Si te refieres a quien yo creo, no tiene nada que ver. Al contrario que él, Helblindi sí es mi hermano de sangre.

–Y al contrario que él, a Helblindi jamás se le ocurriría contravenirte o sobrepasarte en nada.

Loki apretó los labios, y mascullando un par de palabras de despedida, abandonó la estancia. Aunque la noche anterior había renegado de las mujeres vacías que no lo comprendían, a veces era tanto o más incómodo vérselas con una que lo conocía tan bien que era capaz de leerlo como a un libro abierto.

–*–*–*–*–*–

Sigyn permaneció en la cama un rato más después de que Loki se hubiera marchado, pero pasados unos minutos no pudo soportarlo más. Dejando a un lado la debilidad y el cansancio que había fingido ante su marido sólo hasta cierto punto, apartó enérgicamente las mantas y se levantó con decisión. De su guardarropa tomó el primer vestido que encontró, uno del color del junquillo con brocados de seda verde, y se lo puso casi a la carrera, anudándose al descuido los lazos del corpiño mientras salía por la puerta.

Aquello tenía que terminar de una vez por todas, se dijo. Ya no lo soportaba más. Aquella montaña rusa emocional en la que terminaba siempre que Loki andaba cerca podía haber resultado romántica cuando era una tierna jovencita, pero ya comenzó a pesarle cuando se convirtió en madre de familia; y ahora, a sus años y con tantas experiencias sobre sus espaldas, le resultaba ridícula. En el pasado había sido lo bastante masoquista como para callar y aguantar aquellas noches de sufrimiento, pero en la actualidad no estaba dispuesta a pasar una sola más.

Lo sentía por su hija, que tan feliz era allí, pero no aceptaría presiones de nadie para ceder y aceptar lo inaceptable. Se marcharían de Jotunheim, no en un año o un mes ni al día siguiente, sino ese mismo día, y regresarían a Asgard. Loki se equivocaba: Odín las protegería, o si no, seguramente Thor lo haría. E incluso si el dios del trueno se desentendía, le daba igual, se las arreglaría sola. Ya llevaba años haciéndolo y no le había ido tan mal… al menos hasta que Loki había regresado a sus vidas.

Pero su única baza para volver a casa era el mapa de pórticos interdimensionales, el cual Loki tenía guardado cuidadosamente, según él para "evitarle tentaciones". Recordaba haberle oído mencionar que lo dejaría en sus habitaciones, seguramente pensando que Sigyn nunca entraría allí voluntariamente. Pero ahora tenía un buen motivo para entrar, uno mucho mejor que la noche anterior; y contaba con el aliciente añadido de que esta vez Loki no estaría allí para estorbar su búsqueda. Él no solía abandonar la fortaleza y menos durante tanto tiempo, de modo que era ahora o nunca. Aunque fuera vista por cualquier siervo o guardia, nadie se extrañaría de verla entrar en las habitaciones de su marido.

Como ya había comprobado de la noche anterior, no había guardias vigilando la entrada de los aposentos de Loki, así que se evitaba ese problema. Sigyn suponía que la puerta estaría asegurada mediante algún complejo mecanismo mágico, y se había mentalizado para pasarse un largo rato intentando descifrar el hechizo que la protegía, pero se sorprendió mucho cuando ésta se abrió a los pocos segundos con un simple conjuro de apertura de primer nivel. O Loki debía estar muy seguro del terror que infundía en sus súbditos o se estaba volviendo descuidado, pensó.

Inspiró hondo al penetrar en la amplia alcoba, la cual, como el resto de estancias, era casi un calco de la que habían compartido durante su convivencia en Asgard. El techo y las paredes tenían un tono ambarino que contrastaba con el ébano de los muebles y daba calidez al conjunto. La cama con sábanas de la más fina seda –el dios del engaño sólo se contentaba con lo mejor– era enorme, mayor incluso que aquélla en la que Sigyn dormía; y su cabecero era de hierro negro forjado que formaba complejas volutas, con algunos pequeños detalles dorados que iluminaban tanta oscuridad, como estrellas en la noche. Del mismo material eran las barras que sujetaban el dosel negro que daba intimidad al lecho, aunque en ese momento la colgadura se encontraba totalmente recogida.

La distribución del mobiliario era bastante parecida a la de los propios aposentos de Sigyn, aunque en vez de tocador junto a la cama, él tenía un escritorio y una silla a juego, además de las mesillas de noche, una mesita central y un par de sillones ante la chimenea y un diván tapizados en el mismo terciopelo verdoso de los cortinajes de las ventanas. La asgardiana se fijó en que sobre el diván descansaba el cetro rematado con aquella gema azul que tanto emitía destructores rayos de energía como robaba voluntades. Se preguntó cómo Loki era capaz de dejar tirado por ahí un objeto tan valioso y peligroso como si un bastón cualquiera se tratase, pero después de todo no era asunto suyo. Ella tenía un objetivo que cumplir.

Comenzó por el escritorio, un mueble tan lujoso como los demás pero cuya brillante madera oscura tenía algunos arañazos, al igual que, curiosamente, el sillón y el resto de enseres que lo rodeaban. Sobre el tablero había algunos papeles formando un revoltijo, cosa que le extrañó aún más conociendo lo maniático del orden que era Loki con sus cosas. Era como si alguien hubiese derribado la mesa y después la hubiese vuelto a poner en pie sin preocuparse de ordenar lo que hubiera encima.

Removió un poco las hojas y levantó una de ellas, sin poder evitar una sonrisa nostálgica al reconocer en ella la letra de su marido, bella incluso cuando escribía en lengua común, ya que las runas las reservaba para los hechizos y escritos muy solemnes. La escritura de Loki habría podido engañar a cualquier experto caligráfico, que habría atribuido aquellos estilizados trazos a un carácter lleno de armonía y espiritualidad. Dejó el papel sobre la mesa: estaba perdiendo el tiempo. Lo que debía buscar era un portarrollos de marfil.

Miró por todas partes: en el vestidor, casi tan grande como el de ella, en las mesillas y hasta debajo de la cama, y al no encontrar nada se sentó en ella y después se dejó caer de espaldas, resoplando con fastidio. La cama no estaba hecha y las sábanas color musgo formaban un montoncito arrugado justo a su lado, y ella de forma inconsciente enterró la cara en ellas. Olían igual que el pañuelo que Loki le había dado, a él, pensó suspirando; y le asaltó la idea de que si Lorelei no les hubiera interrumpido, allí era donde habría acabado ella, enredando aquellas sábanas junto a él. Había estado tan cerca…

Aunque ahora que lo pensaba, ¿cómo habría Loki hecho que pasara a su habitación estando allí Lorelei? Arrugó la nariz con disgusto y se levantó como un resorte al recordar a la muchacha pelirroja e imaginar qué porquerías habrían estado haciendo allí, en aquella cama. No sin cierta aprensión, se llevó de nuevo las sábanas a la nariz e intentó identificar el denso perfume a jazmín de la joven, pero no notó nada, sólo el olor de Loki. Tal vez no lo habían hecho en la cama sino en el escritorio, en el cuarto de baño o incluso el suelo, pensó asqueada.

O tal vez él era de verdad inocente, le dijo una vocecita en el fondo de su mente.

Pero no importaba, porque inocente o no, ella no podía regresar con él, y cada día que pasaba a su lado era una tortura; de modo que ahora que tenía ocasión, debía intentar escapar. Demonios, tenía la obligación de intentar escapar.

Se quedó de pie mirando a su alrededor, contrariada por no haber logrado su objetivo, pero entonces vio la amplia puerta que comunicaba la alcoba con otra habitación y recordó la biblioteca privada de su marido. ¡Allí debía estar, no había duda!

Pero cuando cruzó el umbral que separaba ambas recámaras, contuvo el aliento cuando vio que, si el dormitorio era grande, la biblioteca lo era mucho más: de tres plantas de altura, estaba repleta de anaqueles y de libros hasta el techo, de forma parecida al laboratorio: ¿cómo diablos un solo hombre podía tener tantos libros? Y Sigyn sabía que el portarrollos podía estar detrás de cualquiera de ellos, ya que más de una vez había visto a su marido esconder documentos y objetos tras alguna fila de libros. La asgardiana contempló el panorama con desaliento: ¿había creído que sería fácil, una cuestión de entrar y salir? Allí había trabajo para varios días.

"Pues entonces será mejor que te pongas manos a la obra", pensó subiéndose las mangas del vestido.

Durante su juventud como sirvienta, Sigyn apenas había podido poner las manos encima de tres o cuatro libros, y los consideraba objetos preciosos al mismo nivel de las obras de arte o las reliquias. La primera vez que Loki le había permitido tocar sus libros, en una biblioteca muy similar a aquélla, había sentido un temor reverencial, como si le asustara estropear lo más mínimo aquellas valiosas joyas con sus toscas manos de plebeya.

Pero en sus actuales circunstancias, y con otras prioridades, no tuvo tanta consideración. Empezó a sacar libros de sus estanterías sin detenerse demasiado y a medida que pasaba el tiempo y que su paciencia se iba desvaneciendo, a tirarlos directamente al suelo, donde formaron un profuso montón. Ella misma se estaba llenando de polvo y de frustración, pero no podía detenerse. Ahora más que nunca tenía que encontrar el dichoso mapa o pronto tendría que abortar la búsqueda para reordenar el lugar tal y como estaba de forma que Loki no notase la intromisión. Y como eso era realmente difícil, por no decir imposible, la vía más segura era seguir adelante, encontrar el mapa, tomar a su hija y largarse antes de que el dios regresara de Utgard.

Mas llegó un momento en que tuvo que parar, jadeando, mientras se secaba el sudor de la frente. Volvió a repasar con la mirada la totalidad de la cámara mientras calculaba todo lo que le quedaba por revisar. Aparte de los anaqueles con libros, todo estaba igual que en su biblioteca de Asgard, salvo que la parte central ya no estaba ocupada por la armadura de Loki, la cual había quedado relegada a rincón apartado, entre dos tapices que no pudo distinguir bien pero a los que no dio importancia. En el núcleo de aquella nueva biblioteca se alzaba un atril en ébano que sostenía, vaya sorpresa, otro libro.

Pero no un libro cualquiera. Obcecada en su búsqueda del mapa, Sigyn no había llegado a interesarse por lo que en principio sólo parecía uno más de los miles de libros que poseía su marido, pero ahora que se fijaba, se daba cuenta de que aquél debía ser especial para ocupar un sitio tan destacado. Por fuera, sin embargo, no parecía diferente. Estaba encuadernado en piel de color ocre y parecía muy antiguo, pero Loki tenía muchos libros así. En la portada no había ningún dato sobre el autor o la procedencia, sólo su título, una única palabra en lengua antigua: "Völuspá".

Curiosa, por fin, por saber qué motivo había llevado a Loki a distinguir aquel libro sobre el resto, lo abrió y comenzó a hojearlo para ver su contenido. Su sorpresa fue mayúscula al ver que no contenía hechizos sino una especie de poesía épica con nombres que reconocía, como el del Padre de Todos y el de Völla la Vidente. Siguió pasando páginas y abrió mucho los ojos al reconocer nombres aún más cercanos a ella, como el de Thor, Heimdall y… ¿Loki? ¿Acababa de leer el nombre de su marido?

–¡Deja eso!

La orden, pronunciada por Loki en un tono potente y apremiante que en nada tenía que envidiar al de Odín, la sobresaltó de tal forma que estuvo a punto de dejar caer el libro al suelo. Sigyn se giró para enfrentar a su esposo, consciente de que otra vez la había pillado con las manos en la masa, y en esta ocasión le iba a ser mucho más difícil negar lo que era evidente. Ahora sabía cómo se debió haber sentido la mujer de Barba Azul.

El dios del engaño pareció inquieto al verla con aquel extraño libro entre las manos, pero una vez la vio dejarlo en su sitio, se relajó y avanzó hacia su esposa con expresión ufanamente burlona, sabiendo, como sabía ella, que esta vez el juego tenía lugar en su terreno.

–¿Redecorando la casa, querida?


Aunque ha estado a punto de haber cierto acercamiento, Lorelei ha ido a embrollar las cosas al más puro estilo de culebrón XD Pero ahora que Loki ha pillado "in fraganti" a Sigyn de nuevo, ya no pueden evitar una conversación de la que puede salir algo muy jugoso.

La pesadilla de Sigyn está ambientada en Vigrid (o Vigridr), la llanura donde tendrá lugar la mayor batalla del Ragnarök. En la mitología nórdica, esta llanura está en la isla de Oskopnir, pero como licencia poética lo he convertido en un campo en las afueras de Asgard. Lo que ella sueña son los resultados de dicha batalla, incluyendo las muertes de personajes muy relevantes.

Si os preguntáis si efectivamente Sigyn tiene poderes premonitorios… prefiero dejarlo a la imaginación de cada cual. Por un lado me gusta la idea, pero por otro darle más poderes me parece rozar lo suesco (porque ella ya domina la magia, tiene poderes telequinéticos y eléctricos, etc.), así que vamos a dejarlo con un "quién sabe, a lo mejor". De todas formas, estuve investigando sobre sueños premonitorios y muchas veces les sucede a personas completamente normales.

Como en el resto de capítulos, ha habido ciertas escenas inspiradas por los cómics de mi muy querida y talentosa Saku-Zelda, que os reseño en mi perfil. Y además, en éste, se estrena en los sketches otra de mis amigas, Arihdni, de la cual siempre he tenido apoyo pero que no tenía ni idea de que dibujara, y genial además! Es un honor que estas dos grandes artistas dediquen su tiempo a inspirarme con sus dibujos.