–31–
Caminando lento y petulante, el dios del engaño avanzó hacia su mujer, con una sonrisa de complacencia gatuna en sus labios. Sabía que la había pillado in fraganti y que era él quien dominaba la situación. Había pocas cosas que él adorara más que tener enteramente el control.
–Ah, Sigyn, Sigyn… –suspiró, como si dijera "¿Qué voy a hacer contigo?"– No recuerdo haberte dicho que podías entrar en mis aposentos en mi ausencia –comentó, juguetón–. Sería distinto si compartiéramos alcoba, claro, pero no es el caso.
Sonrió aún más cuando la vio titubear, buscando desesperadamente una explicación plausible a algo que no la tenía:
–En realidad yo… venía a… eh… –la mujer miró a su alrededor, a los libros tirados por el suelo y todo el desorden que había causado. Supo que no había justificación posible para aquello, y confesó de mal humor–. Está bien, me rindo. Ya sabes qué estoy haciendo aquí, ¿pero qué estás haciendo tú aquí? ¿No se suponía que ibas camino a Utgard?
–Sí, debería; pero olvidé esto –levantó el cetro que llevaba en la mano con una sonrisa que a Sigyn le pareció muy sospechosa.
–Tú nunca has necesitado tu cetro en una reunión pacífica.
–De hecho, sí. Refuerza mi imagen de líder, ¿no te parece? –Lo acercó más a su cuerpo en una actitud pomposa, como si estuviera posando; y parecía preguntar con los ojos "¿A que me queda bien?"– Y si alguien se pone impertinente, supone una ayuda inestimable –No aclaró si se refería a su facultad de disparar rayos de energía o su poder de dominar la mente, y ella no se lo preguntó.
Lo que Sigyn estaba pensando era que algo no cuadraba. Loki no parecía enojado por verla allí revolviendo entre sus cosas, ni siquiera sorprendido; sino más bien divertido. Y después estaba el hecho de que ella hubiera podido penetrar tan fácilmente en sus aposentos, y encontrar el cetro allí tirado, de forma tan "casual" que parecía que alguien lo hubiera dejado olvidado a propósito para poder regresar a por él y sorprenderla…
–Tú no pensabas ir a Utgard –murmuró, sintiendo que su indignación crecía al descubrir la verdad–. ¡Era una trampa!
–Más bien una prueba –él levantó el índice para corregirla–, y mucho me temo que no la has superado.
–De modo que el mapa no está aquí –dedujo ella, y él sacudió la cabeza con gesto cómplice y divertido para confirmar sus sospechas–, y tenías la intención de verme levantar todo este maldito sitio buscándolo.
Loki se encogió de hombros.
–Quería ver hasta dónde estabas dispuesta a llegar con tal de escapar de mí. Además, no sólo me has desobedecido por segunda vez, sino que me has desafiado abiertamente cuando te dije que no siguieras por ese camino. Te prometí que no te haría daño, pero eso me obliga a ser más creativo a la hora de pensar modos de escarmentarte.
Y podría decir que había logrado su objetivo bastante bien. Sin tocarle un pelo, había conseguido que ella se sintiera al límite de la extenuación, pero eso había que achacarlo más bien a la propia obstinación de Sigyn. Él había dispuesto aquellas aguas, pero no la había obligado a nadar en ellas.
–Entonces, ¿por qué me has detenido antes de que lo desmantelase todo?
–Me estabas dando un poco de lástima –repuso él sonando afable, pero ella vio algo en sus ojos que le hizo sospechar que mentía.
–Y un cuerno. Has salido a la vista cuando… cuando he empezado a mirar ese libro. ¿Qué es lo que hay en él? –preguntó suspicaz e intentó echar mano de nuevo al volumen encuadernado en piel, pero al segundo siguiente Loki se había teletransportado entre ella y el atril, impidiéndole el acceso.
–No te interesa saberlo –"Aún no", añadió para sus adentros.
–Deja que sea yo quien juzgue eso –Sigyn se desplazó de nuevo para intentar agarrar el libro, y Loki creyó llegado el momento de una de sus maniobras de distracción:
–¿De verdad te importa lo que ponga en un viejo y polvoriento libro… o más bien preferirías ver esto? –inquirió, sacando algo alargado y de color hueso de un bolsillo interior de su sobretodo. Los ojos de Sigyn se abrieron ávidamente al reconocer el portarrollos de marfil que tanto había perseguido.
–¡El mapa! –tal y como él había previsto, olvidó por completo el apolillado tomo y se lanzó hacia él de nuevo, pero esta vez para alcanzar el portarrollos. Satisfecho por haber conseguido su objetivo, Loki se permitió jugar un poco, levantando el preciado objeto para alejarlo de su alcance:
–¡Ah, ah! Tienes que pedirlo por favor.
–¡Loki, maldita sea, no seas crío! –rezongó ella estirándose y dando saltitos para tratar de alcanzarlo.
–Oh, así que ahora soy un crío…
–No sólo ahora. ¡Dámelo! –exclamó ella, dando un salto mayor y consiguiendo arrebatarle el portarrollos, aunque él tampoco hizo demasiados esfuerzos por recuperarlo. Alejándose de él, Sigyn abrió ansiosamente el recipiente, con miedo a todo siguiera siendo una burla y ella estuviera haciendo el ridículo por un estuche vacío; de modo que sintió un gran alivio al comprobar que, efectivamente, el valioso pergamino estaba allí. Sin dignarse a decir más, se dispuso a salir con él en la mano, pero las palabras de Loki la detuvieron:
–No te desesperes mucho cuando lo estudies –ella se volvió hacia él, desconcertada, mientras él añadía–: Yo tardé muchos meses en dominarlo tras largas horas de trabajo y dedicación, y eso que mi magia y conocimientos, incluso en aquel entonces, eran de mayor nivel que los tuyos. Aunque claro, también puedes dejarte llevar por la impaciencia e intentar usarlo sin tener mucha idea, pero no te lo recomiendo porque Sylene y tú corréis el peligro de extraviaros por los resquicios que hay entre las dimensiones del universo.
Mortificada, Sigyn desenrolló el pergamino y apenas en un vistazo confirmó que lo que decía su marido era cierto. Siempre había pensado que sería como en "Las Llamas de la Omnipresencia", un objeto intuitivo que se activaba con el poder intrínseco en cada uno; pero nada más lejos de la realidad: la cantidad y complejidad de runas y fórmulas parecía totalmente insalvable para ella. Tardaría, no meses como Loki, sino años en entender aquella cosa, y aun cuando lo hiciera siempre sentiría miedo a utilizar aquellos pórticos llevando a Sylene. Si se hubiese tratado de ella sola, no le habría importado el riesgo, pero no podía exponer a su hija a aquel peligro.
–Bueno, ¡ya está bien! –dijo exasperada y tiró con rabia el arcano pliego que ya había perdido toda utilidad para ella–. De acuerdo, no usaré el mapa. Serás tú quien nos saque de aquí.
–¿Ah, sí? –él se cruzó de brazos, con actitud burlona.
–¡Sí, lo harás! No quiero estar aquí. Te lo he dicho muchas veces por las buenas, pero pareces empeñado en hacerte el loco. Vas a llevarnos a Utgard donde Heimdall pueda bajarnos el Puente o a guiarnos de forma segura a través de uno de esos pórticos hacia Asgard.
Con desafiante arrogancia, Loki alzó la cabeza:
–A mí nadie me da órdenes. Soy yo quien manda aquí.
–¡Maldita sea, me lo debes! ¡Yo te salvé la vida!
–Y yo a cambio te concedí la de Karnilla –replicó él agudamente–. Una cosa por la otra. No puedes cobrarte dos veces el mismo favor.
–El mismo favor… –repitió Sigyn, anonadada. Pero pronto el asombro dio paso a la comprensión–. Entiendo. Y si no te hubiera pedido lo de Karnilla, ¿nos habrías dejado marchar o te inventarías alguna otra estúpida excusa para seguir reteniéndonos?
Él lo pensó un momento.
–Seguramente lo segundo –admitió con una apacible sonrisa de lo más cínica.
–Ya veo –ella suspiró largamente, como preparándose para hacer algo muy difícil–. Bien, no me dejas alternativa. Sé que esperar de ti misericordia o justicia es demasiado pedir, pero te lo suplico –a despecho de su orgullo, se arrodilló ante él–. Por favor, deja que nos marchemos de aquí.
Loki quedó estupefacto ante aquel gesto. Si ella estaba dispuesta a humillarse así, significaba que su ansia de libertad superaba todo lo imaginable.
–¿Qué estás haciendo? –escandalizado, se agachó rápidamente junto a ella y la tomó por las manos, para hacerla levantarse de nuevo.
–Lo que sea necesario para ablandarte. ¿No eres tú el obsesionado con hacer que todo el mundo se arrodille ante ti? –sonrió con amargura.
–¡Sí, los asgardianos que me despreciaron o escoria como los mortales! Pero tú no, nunca. Tú eres mi esposa, mi compañera… mi reina.
–¡Deja de decir tonterías! –chilló ella, soltándose– No soy ninguna reina y tú tampoco eres rey de nada aparte de este trozo de hielo, y eso porque tienes atemorizado al auténtico rey. Una vez te dije que como tu esposa me arrepentía de no haber sido más sincera contigo, por eso ahora voy a serlo. Loki, tu ambición por el poder será tu perdición.
Atónito, él no acertó a responder. Nunca nadie se había atrevido a hablarle de ese modo, todos los que estaban lo bastante cerca para hacerlo le temían demasiado. Sigyn lo agarró por los brazos para que la escuchara y continuó desesperada:
–A pesar de todo lo ocurrido entre nosotros, no te deseo ningún mal. Aún estás a tiempo de recapacitar. Olvida ese sueño envenenado que acabará contigo, tal y como acabó con…
No llegó a terminar la frase: aunque sin ser pronunciados de forma explícita, los nombres de sus hijos flotaban entre ellos como una sombra de duelo y de culpa. Loki se desasió del agarre de su mujer. Su ánimo juguetón había desaparecido y su rostro mostraba de nuevo esa expresión sombría y pétrea que solía poner cuando le recordaban cosas poco gratas.
–Hablas igual que él –escupió despectivamente. Aunque no dijo su nombre, Sigyn tenía una idea bastante clara de a quién aludía–. Y los dos os equivocáis. Llegará el día en que mi victoria sea cierta y todo el mundo deba inclinarse ante mí y reverenciarme como su salvador. Y ese día, estarás a mi lado como mi reina y compartirás mi triunfo, te guste o no –acabó con dureza, como si en vez de prometerle la gloria le estuviese augurando un castigo.
Sigyn suspiró de nuevo. Se sentía agotada física y psicológicamente, pero era imposible tratar de razonar con Loki cuando se sentía ofendido en aquello que más valoraba en el mundo: sus sueños de grandeza. Debería haberse callado y frenar su impulso de sinceridad, los hombres como él aguantaban muy mal las críticas. Sería mejor que se marchase de allí: no conseguiría nada de él habiéndolo puesto otra vez de mal humor.
Sin añadir nada, se giró para marcharse, pero entonces sus ojos captaron algo que atrajo su interés.
Antes, cuando había entrado en la biblioteca, no había visto bien los tapices que había en la pared, a ambos lados de la armadura; y después, concentrada en su búsqueda del mapa, aquella parte en concreto había quedado a su espalda y ella no les había prestado más atención. Después de todo, multitud de tapices parecidos habían adornado los muros del palacio de Asgard y todos eran similares, con motivos de batallas de la antigüedad contra Jotunheim, o frente a los gigantes de fuego. Pero aquellos no tenían nada que ver con la guerra.
Sintiendo una extraña congoja mezclada con familiaridad, Sigyn se acercó a esa pared para contemplarlos más de cerca. El de la derecha mostraba a dos niños sonrientes, jugando: un preadolescente de cabello negro y ojos verdes y otro, algo más joven, con despeinados rizos castaños: Narvi y Váli. Y el otro… era ella misma, el parecido era lo bastante bueno como para que la identificación fuese instantánea. En el retrato, estaba vestida de azul y sonreía mientras mostraba una copa de plata. Una pequeña leyenda en letras rúnicas en una esquina inferior del tapiz revelaba una única palabra: fidelidad.
–Hice venir a uno de esos artistas que tanto te gustaba patrocinar en Asgard –explicó Loki, acercándose por detrás de ella–. Y los pintó con las descripciones que le hice de vosotros. Creo que el parecido no quedó mal, al menos viéndote a ti delante. Y espero que con los chicos sea igual, porque le pagué un montón de oro.
Sigyn estaba tan sorprendida que casi ni le salían las palabras. Sin interesarse en el tapiz que la representaba a ella, se detuvo ante el que mostraba a Narvi y a Váli, con la barbilla temblándole de la emoción.
–Todas las mañanas, antes de empezar el día, me detenía un rato y los contemplaba –continuó él–. Y también cuando iba a cambiarme o a ponerme la armadura, o por las noches, cuando no tenía nada en particular que hacer. Y luego, según el humor con el que acabara, bajaba a las mazmorras y también me ponía a observar a Karnilla. Ya sabes, para desahogarme. Eso me hacía sentir un poco mejor.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por las mejillas de Sigyn.
–Tú no eres la única que lo perdió todo aquel día, ¿sabes? –añadió él en voz baja, contemplando el retrato junto a ella–. Yo estaba allí. Y les vi morir, no como tú, que te desmayaste. Tú no eres la única que los quería, que los echa de menos. No eres la única que piensa en ellos, o que los ve en sus pesadillas.
Ella bajó la cabeza.
–Pero la diferencia… –contestó con voz trémula–, es que tú te lo mereces.
Loki giró la cabeza, apartando la mirada del tapiz y fijándola en ella.
–Eso ya lo sé.
–¡Te lo mereces! –estalló ella, ignorando esa última frase. Llena de ira, se lanzó contra él y se puso a golpearle el pecho y los hombros con sus puños–. ¡Ellos murieron por tu culpa, Loki! ¡Por culpa tuya y de tus estúpidas intrigas! ¡Tus ambiciones absurdas me quitaron a mis hijos! ¡Te odio, te odio…!
Loki se dejó golpear sin moverse ni decir palabra. En su rostro se reflejaba la más honda pesadumbre por verla tan rabiosa contra él, pero sabía que tenía que dejarle desahogar su furia y su pena, contenidas durante quince años. Ella continuó golpeándole hasta que el cansancio y la desolación la hicieron derrumbarse en los brazos de Loki, llorando.
–Te odio… –murmuraba aún, entre sollozos.
Ninguno de los dos supo exactamente quién de ellos inició el acercamiento. Probablemente fuera él para acallarla, para que no siguiera diciendo aquella terrible frase que le dolía mucho más que cualquier golpe que pudiera darle; pero también pudo haber sido ella para no continuar diciéndola, pues sabía que sus palabras tenían el significado opuesto al que parecían.
Sin importar quién de los dos empezase, de repente se encontraron besándose con una pasión que ni siquiera su último encuentro en Midgard podía igualar. Se devoraron mutuamente intentando huir de la culpa, la tristeza y de todos los fantasmas del pasado que los atormentaban. Cada uno se aferró desesperadamente al otro para no hundirse en el mar de desconsuelo que amenazaba con ahogarlos.
Él enterró el rostro en su cuello embriagándose con el aroma de su piel, besó su garganta y recorrió su clavícula con los labios, haciéndola gemir aunque de forma muy diferente a los sollozos de antes. Las lágrimas aún mojaban el rostro enrojecido de la asgardiana, pero el dolor retrocedía, y el deseo empezaba a cobrar fuerza. El fuego que los unía era tan intenso que consumía todo lo demás: rencor, aflicción, remordimientos.
–Ámame, Loki… –susurró ella– Hazme olvidar.
–Olvidar… sí –asintió él, aunque en realidad no sabía muy bien qué estaba diciendo–. Los dos necesitamos olvidar.
La arrinconó contra la pared justo al lado del cuadro de sus hijos y la apoyó contra el muro como ella había vivido en aquel sueño, saboreando sus labios, buscando su lengua con la suya y sus curvas con las manos. Sin dejar de besarla, empezó a desatarle los cordones del vestido; y sin pensar demasiado ella le abrió su sobretodo de cuero negro y verde y se lo sacó, empujándoselo por detrás de sus hombros. La pesada prenda cayó rápidamente al suelo, emitiendo un débil sonido tintineante cuando las partes metálicas que la guarnecían golpearon las losas de mármol.
Pronto Sigyn se encontró tironeando con las hebillas que sujetaban el revestimiento protector del torso de su marido, impaciente por quitárselo también y poder sentir su pecho sólo con la fina camisa que llevaba bajo éste, o mejor aún sin nada, como la noche anterior. Y mientras sus manos se llenaban con su piel, también podía percibir con desvergonzada claridad la rigidez enardecida del deseo de él apretándose contra su falda, justo entre sus piernas, pero eso sólo la encendía aún más. Al igual que la pasada noche, al igual que cada uno de los días desde que había llegado allí, cada centímetro de su cuerpo clamaba pidiendo que la poseyera, y el sólido muro de contención en el que se había apoyado para mantenerse a distancia hasta entonces se estaba derrumbando rápidamente sobre ella como el montón de cajas de madera en aquella nave de Midgard.
Ya no había espacio para el dolor ni para los remordimientos, ni siquiera para la ternura: un deseo animal parecía haberse apoderado de ambos, un deseo que tenía que ser satisfecho allí mismo, en ese preciso instante. Cada uno se afanaba por desnudar al otro lo más rápido posible mientras no paraban de besarse como si fueran a morir si sus bocas estaban separadas por más de un segundo.
Pero pronto él empezó a bajar por su garganta, cubriéndola de rápidos pero intensos besos; y descendió sobre sus pechos, ya casi totalmente libres de la sujeción del corsé. Al mismo tiempo, llevó su mano derecha bajo su falda y comenzó a levantársela, acariciando la sedosa piel de sus muslos, y en un determinado momento se deslizó entre éstos, rozando delicadamente con sus dedos aquella zona que para entonces ya estaba ardiendo y empapada, suplicando atención… una atención que él estaba encantado de prestarle.
Sigyn jadeaba con los ojos cerrados, llevándose una mano a la boca y mordiéndose los nudillos para evitar gemir demasiado alto. Cada uno de aquellos besos, ya cayeran sobre su piel desnuda o sobre una parte aún cubierta por tela, y cada una de sus caricias, la quemaban. Todo contacto que procediera de él la enloquecía, y le impedía razonar con claridad. Por mucho que tuviera al lado el retrato de sus hijos, ya no podía verlos, era como si el dolor terrible que acababa de sentir por ellos hubiese retrocedido a otro mundo. Sólo podía pensar en su último encuentro con Loki, en el placer que había sentido yaciendo con él cuando estaban en su apartamento de Midgard –¿sólo habían transcurrido dos meses desde aquello? A ella le parecían dos siglos–. Los recuerdos sensuales de aquel encuentro y de todos los anteriores que había tenido con él, tanto reales como soñados, la invadieron, excitándola más de lo que nunca había estado.
Pero, en una especie de retorcido proceso inverso al que ocurría en sus sueños, otros recuerdos también la asaltaron. Loki rechazándola, cuando empezaba a traicionarla con Angerboda. Seduciéndola para después abandonarla, burlándose cruelmente. Dominándola y sometiéndola mediante la violencia y el terror. Amenazándola de muerte e intentando estrangularla e incluso violarla. Y, al final de todo, Loki salpicado con la sangre de Narvi y Váli, los hijos cuya muerte había causado. Ella se había jurado no perdonar jamás aquello, aunque fuese por ser digna de la memoria de aquellos niños… y ahora allí estaba, totalmente rendida a él, suplicándole que la llevara a su lecho, otra vez. El hombre al que debería odiar con todas sus fuerzas, era a la vez el único hombre al que amaba y deseaba con todas sus fuerzas. ¿Por qué, en nombre de Odín, tenían que ser el mismo?
No pudo continuar. Se sintió enferma por la situación, por su debilidad. Por el desprecio que aquello le hacía sentir por sí misma.
–No… –dijo débilmente, apoyando las manos en su pecho para alejarlo, pero sin decidirse a hacer fuerza con ellas– Loki, detente…
Él ni siquiera pareció escucharla, extasiado como estaba besando su cuerpo, explorándolo con una habilidad tal que la hacía sentir pequeñas explosiones de placer en cada punto que tocaba. Su cuerpo, su traidor y estúpido cuerpo, continuaba exigiendo el contacto masculino, pero esta vez no le dejaría ganar. Esta vez, tenía que ser más fuerte.
Se desasió de él y le empujó, apartándolo de ella… como en el pasado.
–Basta, ¡maldita sea!
Esperaba que él reaccionara violentamente ante el rechazo como otras veces, pero no lo hizo. Sólo se quedó allí ante ella, respirando agitadamente y mirándola con intensidad.
–Lo siento… –Sigyn bajó la vista, rehuyendo sus ojos–. No puedo hacerlo.
Por cómo la miraba, temió durante un momento que se abalanzara sobre ella y la forzara a acabar lo que había empezado –ya que había sido ella quien le había pedido que le hiciera el amor–, por lo que se quedó sorprendida y confusa cuando lo vio bajar la cabeza con un suspiro resignado, y se apartó sin más.
–Loki… –murmuró, sin saber qué decir. Avergonzada, se apresuró a cubrirse el pecho.
–Veo que hablabas en serio. Realmente me odias –él habló con calma–, pero ahora utilizas formas de tortura más propias de tu sexo. Más sutiles… y perversas. Es algo que ni siquiera yo puedo igualar. ¿Le has pedido consejo a Amora?
–No lo he hecho a propósito. Yo…
–Tenías razón, ¿sabes? –la interrumpió él, mientras se abrochaba de nuevo las hebillas de su peto–, en Midgard. Lo que dijiste de mí aquella noche de lluvia. Antes de que ocurriese todo, cuando aún creías que hablabas con Sif.
Se dirigió hacia el suelo y recogió su sobretodo, enfundándoselo tranquilamente. A Sigyn le sorprendió su frialdad, su autocontrol. El Loki del pasado se habría enfurecido por haberle interrumpido justo cuando la cosa se estaba poniendo más candente, pero el hombre que tenía ante ella se comportaba con perfecta impasibilidad. Incluso se mostraba totalmente tranquilo, en tanto que ella aún jadeaba e incluso continuaba excitada por aquel breve y ardiente intercambio. Pero aunque su comportamiento y su tono parecieran indiferentes, sus palabras no lo fueron:
–Nunca conseguí que me quisieran igual que a Thor. Sí, Odín, Frigga, todos parecían apreciarme, pero en realidad nunca recibía más que unas pocas migajas del amor o el respeto que ese estúpido parecía dar por sentado. Yo nunca lo di por sentado, y durante un tiempo me esforcé por ganármelo, pero no era fuerte ni temerario en la batalla, y me gustaban más los retos intelectuales y los juegos de magia. No tenía lo que debía tener un hombre en Asgard, y mucho menos un príncipe. Y al principio sufría por ello, puedes creerlo; no sabía por qué precisamente yo era diferente. Con el tiempo me fui acostumbrando, lo cual no quiere decir que lo aceptara. Claro que eso fue cuando era más joven y desconocía quién era realmente.
Sigyn lo contempló asombrada: nunca habría esperado escuchar un discurso similar de él, uno que revelaba una vulnerabilidad aún mayor que la que había confesado bajo aquel aparato de electroshock en Midgard.
–Cuando por una casualidad averigüé mis auténticos orígenes, fue como si se me cayera una venda de los ojos –continuó el dios del engaño con la vista fija en el suelo–. Supe que por mucho que me esforzara, nunca sería como ellos, nunca me admitirían realmente entre los suyos. Y aun así, realicé aquel último intento desesperado: borrar a todos los jotnar del Yggdrasil, como si exterminando a mi propia raza pudiese borrar también aquella parte de mí que tanto me avergonzaba… pero por supuesto, fue una estupidez. Estaba dolido y confuso. Y fracasé.
«Pero desde entonces, supe que era imposible que nadie pudiera quererme o respetarme. No importaba que sólo mis padres adoptivos lo supieran: los demás también lo intuían, lo había visto en sus ojos desde que era un niño. Así que, aunque no quisieran amarme, me juré que llegarían a respetarme. Aunque no quisieran por voluntad propia, les obligaría a hacerlo, o mejor aún, a temerme o incluso a odiarme. Cualquier cosa antes de volver a humillarme de nuevo ante su desprecio.
«Desde entonces me he hecho una reputación, una llena de sangre. Y sí, me la he ganado a pulso, gota a gota. He cometido actos atroces y no me arrepiento, porque tenían que hacerse, y antes de morir habré cometido muchos más. Pero he pagado un precio muy alto por estar donde estoy. Perdí a dos de las pocas personas que me querían sinceramente –volvió a mirar hacia el retrato de Narvi y Váli–, y la mayor parte del universo me teme y me odia. No sólo mis enemigos: mis súbditos, mis aliados, incluso los hijos que me quedan me odian. No me importa, estoy conforme con eso. Tener tan claros los sentimientos de los demás hacia ti es hasta cierto punto una liberación, te da… control. Sabes a qué atenerte. Podría decirse que después de tantos años ya me he acostumbrado a que me odien, e incluso he llegado a encontrarlo satisfactorio.
Mientras duraba su confesión, él no la había mirado a los ojos, pero en ese momento la atravesó con su mirada.
–Pero toda regla tiene su excepción –añadió–, y esa excepción eres tú, Sigyn.
Ella tragó saliva.
–Loki… –de nuevo intentó interrumpirle, pero él parecía decidido a acabar antes de arrepentirse de estar descubriéndose por primera vez tan íntimamente, y ahora de forma voluntaria:
–Cuando te conocí, me recordaste esas sensaciones que tenía de joven. Ese ansia de ser aceptado, respetado, amado. Eran unas sensaciones que yo no quería tener de vuelta, que me hacían sentirme demasiado mal, por eso te traté de la forma en que lo hice. Sé que es inexcusable, pero… siempre estuve solo con mis emociones. Nunca supe muy bien cómo manejarlas –avanzó hacia ella y la sujetó por los hombros–. Tú despertaste en mí algo que llevaba mucho tiempo dormido, esa parte que deseaba ser amado, y todavía lo desea… Pero ya es demasiado tarde, ¿verdad?
Ella miró hacia abajo con los ojos cubiertos de lágrimas, sin decir nada.
–Ojalá pudieras perdonarme –susurró él–. A pesar de lo que soy, de lo que te he hecho, de que sé que tienes todo el derecho a odiarme… a pesar de todo haría cualquier cosa por ganar tu perdón.
–¿Mi perdón? –se alejó de él, furiosa, no sabía bien si con él o consigo misma– ¡No puedo hacerlo! ¡Por algún motivo no puedo perdonarte! Tú… tú que tanto daño me has hecho. Y Narvi y Váli… –volvió a mirar el retrato de los niños, avergonzada por haber estado a punto de sucumbir al deseo justo al lado de la imagen de aquellas víctimas inocentes–, ellos no se merecen que los olvide así. Aún recuerdo que ellos te querían… te querían demasiado… ¡Y no hicimos nada por salvarles! ¡TÚ no hiciste nada! –gritó, sin poder evitar que las lágrimas de rabia corrieran por sus mejillas– ¡Ahora tienes todo el poder del universo en tus manos y en ese momento no pudiste ni mover un dedo por ellos! ¿Cómo te hace sentir eso, gran hechicero?
Sabía que estaba siendo injusta, más que eso: estaba siendo cruel. Pero no podía contenerse. Quería ser cruel, quería herirle, quería que él sufriera aunque fuese una mínima parte de todo el daño que él le había hecho a ella en el pasado. Y lo estaba logrando, a juzgar por su expresión abatida y el brillo acuoso que empañaba sus ojos.
–Te aseguro que si hubiera podido morir en su lugar, lo habría hecho –dijo él con voz ligeramente gangosa, como intentando contener las ganas de llorar–. Y aún hoy, preferiría haber muerto yo mil veces antes que ellos.
–Yo también lo habría preferido, pero no lo hiciste –concluyó ella con despiadada crudeza–. Tú estás aquí y ellos se han ido. Y te odio por eso, y me odio aún más a mí misma porque sí, aún te quiero… aún amo esa parte de ti que una vez me quiso –se giró y le dio la espalda, incapaz de soportar aquella durísima realidad, ni tampoco la mirada asombrada de él cuando oyó la última frase.
–Sigyn… –se acercó a ella lentamente–. Todo mi ser te sigue amando, sólo a ti.
Alargó una mano para intentar tocarla, pero ella volvió a girarse hacia él, impidiendo el contacto. Su rostro ya estaba totalmente serio y decidido, y sus ojos secos.
–Eso ya no es suficiente –sentenció con voz ronca, acabando de un plumazo con todas las esperanzas del dios–. Efectivamente, es demasiado tarde.
Loki se alejó y suspiró con los ojos cerrados. Tenía que aceptar la realidad. Había pocas cosas que hubiera intentado con más ahínco, incluso había cambiado su forma de ser, pero había sido en vano. Había perdido. La había perdido. La perdió mucho tiempo antes, no en Asgard por su trato cruel hacia ella, ni tampoco en Jotunheim debido a su infidelidad. La había perdido en la Mina Norn, pero siempre se había negado a admitirlo… hasta ahora.
Había estado convencido de que ella aún le amaba y que la única razón que motivaba su rechazo era el orgullo, un orgullo que acabaría cediendo si era paciente… pero su rencor era demasiado. Nunca le perdonaría, y él, al seguir reteniéndola en contra de su voluntad, sólo conseguía torturarlos a ambos: a ella, pero también a sí mismo.
Al final, volvió a abrir los ojos, unos ojos que no habían perdido su brillante pátina de lágrimas. Su semblante estaba grave e inexpresivo como siempre, y de sus labios salió una única palabra que al principio no tuvo sentido para la mujer:
–Vanaheim.
–¿Qué? –ella parpadeó, incapaz de comprender.
–La Tierra se está desmoronando, de ningún modo podéis volver allá. Pero tampoco permitiré que mi hija vaya a Asgard, donde están mis más acérrimos enemigos –hizo una pausa, como si le resultase particularmente difícil lo que iba a decir a continuación–. En Vanaheim poseo, bajo una identidad falsa, un pequeño palacete, una especie de casa de campo donde me alojo cada vez que tengo que viajar allí. Aunque tengo propiedades similares en la mayoría de los Nueve Reinos, ésta es la más resguardada; no es demasiado lujosa pero sí muy cómoda. Si actuáis con discreción, posiblemente allí estaréis tan seguras como aquí, al menos hasta que empiece la guerra.
Sigyn no daba crédito a sus oídos. ¿Significaba eso lo que ella creía?
–E-estás diciendo que…
–Éste es el trato: yo permito que Sylene y tú residáis allí, con plena libertad para moveros por todo ese Reino, siempre que ocultéis vuestra identidad a los Vanir, por seguridad más que otra cosa. Yo no apareceré por allí ni te molestaré a menos que me necesitéis. A cambio, tienes que darme tu palabra de que si la guerra llega allí y las cosas se ponen feas, dejarás que os traslade a un lugar más seguro, que puede ser aquí u otro lugar de mi elección. Pero incluso en ese caso no habrías de preocuparte, porque en ese momento yo estaré en Asgard, en lo más álgido de la batalla, por lo que no tendrás que volver a verme la cara en absoluto –terminó en tono calmado–. ¿Estás de acuerdo?
Enjugándose las lágrimas, Sigyn asintió. Seguía sin poder creer que, tras tanto tiempo negándose, finalmente él se hubiera avenido a acceder a sus súplicas. Casi le hacía preguntarse si habría alguna trampa escondida en todo aquello.
–Decidido, entonces –zanjó él, sin mirarla–. Haz que dispongan tu equipaje y el de Sylene y cuando estéis preparadas le diré a Fenrir que os guíe a través del pórtico que hay aquí. No te preocupes: él sí está entrenado en moverse por los portales interdimensionales, así que en ese aspecto no tienes nada que temer.
Sigyn abrió mucho los ojos, asombrada:
–¿Hay un portal interdimensional dentro de esta misma fortaleza?
–Por supuesto, ¿por qué crees que elegí este lugar para construirla? Nos viene muy bien para evitar malgastar energía teletransportándonos por nuestros propios medios –dijo tomando su cetro, y le dio la espalda. Eso le hizo pensar que la conversación había terminado, pero Loki habló una última vez antes de desaparecer en las sombras:
–Espero que allí encuentres la felicidad que yo no he podido darte.
Ella tragó saliva para deshacer el nudo en su garganta.
–Gracias, Loki –susurró, pero él ya se había ido, y no estaba segura de si la habría escuchado.
–*–*–*–*–*–
Sigyn regresó a sus habitaciones y llamó a Gerda. Ésta apareció con presteza y la asgardiana le dio instrucciones para que prepararan su equipaje y el de su hija con las prendas más ligeras que encontrara en sus guardarropas, previendo que el clima de Vanaheim sería mucho más cálido que el de Jotunheim, posiblemente más incluso que el de Asgard, ya que tenía entendido que era más húmedo.
La doncella asintió.
–¿El amo os acompaña en vuestro viaje? –quiso saber, curiosa por si tenía que mandar a preparar también el equipaje del señor.
–No, no. Sólo iremos mi hija y yo –contestó ella. Gerda puso cara de extrañeza, mas no dijo nada.
Cuando la joven gigante se hubo marchado a cumplir los encargos que le había hecho, Sigyn cerró la puerta tras ella, suspirando. Una intensa mezcla de emociones ascendía por su garganta desde su pecho y hacía que le picara la nariz y le escocieran los ojos por las ganas de llorar.
Por fin lo había logrado, se dijo. No había creído que pudiera llegar aquel momento, pero allí estaba: Loki las dejaba marchar. Tal vez aquello era una prueba de que efectivamente había cambiado, se dijo. Antes, cuando decidía algo, nada ni nadie podía hacerle cambiar de opinión, pero tras ese choque entre ellos, que había mezclado reproches y lágrimas con aquella desenfrenada pasión que se apoderaba de ellos cada vez que estaban cerca, tal vez había llegado a la misma conclusión que ella: sólo podían hacerse daño el uno al otro. ¡Por fin empezaba a ser un poco razonable!
Y sin embargo, debía tener cuidado. Nunca podría fiarse del todo del dios del engaño, así que debía aprovechar su –aparente– buena disposición para largarse mientras pudiera, antes de que él cambiara de opinión. Si es que realmente él tenía la intención de dejarlas ir, que eso estaba aún por ver. ¿Dónde estaría la trampa?, volvió a preguntarse. Porque debía haberla por algún lado.
Reflexionando sobre tales cuestiones, se dirigió en busca de su hija para comunicarle la noticia.
La encontró en la biblioteca común, con la nariz enterrada en un enorme volumen lleno de polvo y telarañas que en otras circunstancias la habrían asqueado. Amora estaba con ella, orientándola en su aprendizaje de runas:
–Hay muchas maneras de leerlas, pero la clave siempre será la receptividad de tu propia intuición. Por ello debes tomarte unos momentos para centrarte antes de cualquier lectura –le explicaba la mujer con voz suave–. Una vez establecida la conexión con tu intuición en el tiempo presente, escúchala, confía en ella y deja que te guíe. El resto llegará por sí solo.
Sylene se había tomado realmente en serio su determinación de aprender a leer runas cuanto antes, era sorprendente lo que podía conseguir la motivación. En la Tierra, estudiar lo mismo que sus compañeros de instituto siempre había aburrido a su hija, pero allí en Jotunheim nunca la había visto más deseosa de aprender. Le recordó un poco a sí misma cuando era joven, y estaba tan afanosa de cultivarse para no desentonar en el ambiente noble de su marido.
–Amora, ¿te importa dejarnos a solas? –dijo Sigyn con voz algo tensa. Siempre se sentía un poco amenazada por la Encantadora, en parte por su belleza y magnetismo, pero sobre todo por la fascinación que ejercía sobre su hija.
–Desde luego –contestó ella en apariencia complaciente, y salió de la estancia.
–¿Qué ocurre, mamá? –preguntó Sylene, extrañada por la urgencia, ya que su madre nunca antes había interrumpido ninguna de sus clases. Sigyn avanzó para estrecharle los hombros con ternura.
–Tengo algo que anunciarte, cariño. He hablado con tu padre y podemos marcharnos.
–¿…Qué? –La chica abrió mucho los ojos por la sorpresa.
Sigyn no olvidaba todas las veces que Sylene le había expresado lo contenta que estaba de vivir en Jotunheim, pero pensaba que lo que en realidad le gustaba era la novedad y el exotismo de aquel reino helado, tan similar a los escenarios de sus novelas de fantasía favoritas. Si lograba despertar su interés por el que sería su nuevo hogar…
–A partir de ahora, viviremos en Vanaheim. Te va a encantar, es mucho más bonito que esto, idéntico a los bosques de la Tierra Media –improvisó, apelando astutamente al amor de su hija por los libros de Tolkien.
–¿Y papá, y mis hermanos? Ellos no pueden dejar sus obligaciones aquí –arguyó ésta, haciendo carraspear a Sigyn.
–Sólo iremos nosotras dos, ellos se quedan aquí.
Sylene se alejó de ella, recelosa y enojada:
–¿Me estás diciendo que tengo que abandonar a mi familia y mi casa para ir a un Reino que no conozco?
–Vanaheim es precioso, lo encontrarás aún más fascinante que Jotunheim –insistió Sigyn, pese a que ella misma tampoco había estado nunca–. Pero el sitio es lo de menos. Seremos libres.
–Yo ya soy todo lo libre que quiero aquí –Sylene se cruzó de brazos con suficiencia–, eres tú la única que se las da de prisionera y de víctima, ¡tú sola!
Aquellas palabras parecieron golpear a la mujer.
–No lo entiendes. Yo…
–No, no lo entiendo –la interrumpió ella–. Aquí vivimos mejor de lo que nunca lo hicimos en la Tierra. Papá se deshace en atenciones contigo, con las dos, pese a que continúas rechazándole y tratándole como un ogro, pero yo no veo nada de eso. ¡Y quieres dejar todo esto para acabar perdida en un reino de mala muerte!
–Eso no es justo –se defendió Sigyn–. Tú sólo ves una parte de tu padre. No siempre fue así.
–¿Y cómo quieres que yo lo sepa? ¡Jamás me contaste nada! –exclamó la joven– Incluso hoy, te niegas a hablarme de lo que pasó entre vosotros. Lo sé, te fue infiel, tuvo a Fenrir, a Jord y a esa otra chica que no conozco, Hela, con otra mujer. ¡Pero eso fue en el pasado! Claramente está arrepentido y tú en cambio disfrutas castigándole, atormentándole. No sabía yo que fueras tan rencorosa.
–No hables de lo que no sabes –la cortó ella, empezando a enfadarse también–. Si tan sólo se hubiera tratado de su infidelidad, le habría perdonado. Pero eso no fue todo lo que ocurrió.
–¿Y entonces qué fue? –demandó su hija. Sigyn bajó la cabeza, sin decidirse a contestar.
–Continúas con tus secretos –repuso Sylene fríamente–. Bien, haz lo que quieras, pero yo no pienso ir contigo. Ya te he dicho que nunca me sentí a gusto en la Tierra. Siempre supe que yo podía hacer algo más, ser algo más, y me sentía frustrada por no conseguirlo. Aquí, soy parte de algo, soy respetada y tengo una verdadera familia. Acabo de encontrar a mi padre y tengo mucho que aprender de él y de Amora, así que no voy a moverme de aquí. Vete tú sola a tu precioso Vanaheim si quieres.
Sigyn respiró profundamente. Había conseguido sortear el principal obstáculo que era Loki, de modo que no iba a consentir que su hija la desobedeciera.
–No tienes elección –su voz se endureció tanto como la de ella–. Aunque no lo creas, yo sé lo que te conviene. He hablado con tu padre y está de acuerdo, de modo que tú no tienes nada que decir en este asunto. Vendrás conmigo a Vanaheim y se acabó.
–¡De eso nada! –chilló la muchacha con lágrimas en los ojos, y salió corriendo– ¡Papá no permitirá que me lleves de aquí contra mi voluntad! Voy a hablar con él ahora mismo, ¡y ya veremos si no cambia de opinión!
–¡Espera Tess! –intentó detenerla Sigyn, sin conseguirlo.
–¡Es Sylene! –replicó ésta cortante, antes de salir con un portazo que dejó temblando la enorme sala.
Sigyn se apoyó contra la hoja de la puerta ya cerrada, cerrando los ojos para intentar calmarse. No sabía si sentirse desolada o directamente furiosa.
¿No se había preguntado antes dónde estaba la trampa de Loki? Bueno, pues ahí la tenía. Él ya había desistido de intentar convencerla a ella, por lo que se había dedicado a convencer a la persona que era su único punto débil, su hija. Reteniendo a Sylene allí, Loki se aseguraba de tenerla a ella también, más segura que si estuviera sujeta por cadenas más resistentes que las que lo aprisionaron a él en la Mina Norn.
Tenía que reconocer que también había sido culpa suya. Si no se hubiera encerrado en sí misma, regodeándose en la autocompasión, habría podido ver antes lo que estaba pasando y habría podido impedir que Loki y Amora ejercieran su influencia sobre su hija. Ahora ya no tenía remedio.
Estrechando los ojos y endureciendo el semblante, decidió que prefería estar furiosa. Así se sentía más fuerte.
–*–*–*–*–*–
En aquel momento, Loki estaba reunido con sus hijos en su despacho, y los tres se hallaban congregados en torno a unos planos de Asgard. Ni los hermanos Lokison parecían acusar la anterior noche de borrachera –era lo bueno de ser un jotun–, ni el dios del engaño demostraba en absoluto que su humor fuese diferente del normal, aparte de una actitud inusualmente silenciosa.
Fenrir, que estaba a cargo de vigilar la situación en Asgard al igual que Jormungand lo estaba de la Tierra, estaba resumiendo a los otros dos hombres el último informe que le habían proporcionado sus espías, cuya mayor novedad era una preocupante noticia que podía suponer un grave obstáculo para sus planes bélicos:
–Así es. Han levantado un escudo defensivo en torno a todo el Reino.
–¿Un escudo defensivo? –repitió Jormungand, sin comprender.
–Sí, una especie de campo de energía, que impide tanto la entrada como la salida de cualquier objeto o materia.
El licántropo apretó un botón en el cuadro de mandos que tenía enfrente y ante ellos surgió un holograma en tres dimensiones que mostraba, en colores rojo y azul, la distribución orográfica de Asgard.
–Al parecer, se trata de un campo de origen mecánico y no mágico, ya que rodea al planeta de forma constante. Los magos del séquito de Odín no pueden permitirse convocar ese tipo de fuerza con magia de forma tan prolongada, de modo que debe generarlo algún tipo de dispositivo creado con una tecnología similar a la del Bifrost. Me imagino que lo habrán estado construyendo a marchas forzadas durante el mismo tiempo que nosotros hemos estado reclutando efectivos.
–No han perdido el tiempo, esas ratas asgardianas –comentó su hermano.
–Desde luego que no –concordó él, y oprimió otro botón en el panel táctil. En el plano holográfico surgió un nuevo elemento, unas líneas de color amarillento. Dichas líneas partían del Palacio Real, subían un par de millas hacia arriba sobre el cielo asgardiano y se curvaban para descender sobre una serie de puntos en los extremos del Reino–. Nuestros espías no han sido capaces de recopilar mucha información sobre el dispositivo, pero todos han coincidido en que el emisor se encuentra en el Palacio de Odín. Este emisor genera una onda electromagnética que es recibida por una serie de estaciones receptoras en varios extremos del Reino, creándose así un campo de ondas sobre la atmósfera de Asgard, como una especie de "paraguas" protector virtualmente impenetrable –Como ilustrando las palabras de Fenrir, sobre las líneas empezaron a iluminarse una serie de círculos concéntricos que descendían desde un punto central hasta formar una cúpula invisible sobre el mapa–. Con este escudo a pleno rendimiento, el único punto de acceso factible a Asgard es el Puente Bifrost. Ni siquiera podemos teletransportarnos, ya que la señal electromagnética generada por el emisor alteraría el flujo de energía y los resultados son impredecibles.
–¿Qué hay de los pórticos interdimensionales? –preguntó ansiosamente Jormungand.
–En teoría no tendrían que estar bajo la influencia de la señal magnética, pero es imposible saberlo hasta que lo comprobemos. Pero aunque así fuera, no nos serviría de nada. Los pórticos interdimensionales sólo pueden dejar pasar masas pequeñas, como por ejemplo un limitado número de personas. ¿Cómo podríamos trasladar por ahí el numeroso ejército que tenemos o, peor aún, la gigantesca nave que los enanos nos están construyendo? Seguro que padre… –se dio cuenta de que no les estaba prestando atención– Padre, ¿nos estás escuchando?
Loki no había dicho palabra desde que habían comenzado la reunión. Sentado en su sillón con las piernas abiertas y el mentón apoyado en sus nudillos, contemplaba el vacío pensativo y parecía estar completamente en otro lugar, hasta que la interpelación directa de Fenrir lo devolvió a la realidad.
–¿…Eh? Claro que os estoy escuchando –mintió. Aunque no sabía bien por qué, todavía no le había comunicado a su hijo que al día siguiente debería escoltar a Sigyn y a su hija para que abandonaran la fortaleza. Tal vez su mente seguía resistiéndose a la idea, pese a saber que ya no tenía remedio.
–¿Estás bien? –Fenrir lo miró preocupado–. Pareces… no sé, deprimido.
–Estoy perfectamente –aseguró él y se levantó para estudiar la imagen holográfica más de cerca. Fenrir siguió observándolo con cierta inquietud, pero la mirada de su hermano menor reflejaba algo muy distinto: irritación, e incluso desprecio.
Su padre estaba otra vez en las nubes, pensaba molesto Jormungand, y podía apostar hasta la última de sus escamas a que conocía el motivo. Esa dichosa asgardiana… Todo se había complicado desde que su padre las había traído a ella y a su hija de Midgard. Reconocía que hasta cierto punto se había encariñado con su nueva hermanastra, después de todo tenía sangre jotun, pero no le ocurría lo mismo con la madre. Aquella mujer tenía embobado a su padre, haciéndole perder el norte justo en los momentos en que debería estar más concentrado. No sabía si estar más furioso con esa zorra por jugar con su padre o con éste por dejarse ablandar de esa forma por una mujer.
Entretanto, Loki se esforzó por olvidar su melancolía ante la inevitable marcha de su esposa y centrarse en el trabajo, después de todo se trataba de algo importante. Se levantó para acercarse a la proyección holográfica y durante unos segundos examinó el diseño del escudo, ya que le resultaba muy familiar. Él había visto eso antes…
Y cuando se dio cuenta de por qué le sonaba, se echó a reír:
–¡Condenados asgardianos! ¡Este diseño es mío!
–¡¿Cómo?! –se sorprendieron ambos hermanos.
–Tal como lo oís. Hace muchos años, cuando apenas era un muchacho, tracé un proyecto muy similar a éste para proteger a Asgard, pero el Consejo no quiso aprobarlo porque, según ellos, "consumía demasiados recursos" y "en época de paz, encontraban superfluo tal gasto de energía en un mecanismo de defensa que no necesitábamos". Estaban muy seguros de sí mismos, esos bastardos.
–Es obvio que han cambiado de opinión –repuso Fenrir.
–Y tienen la osadía de usar tu diseño para contra nosotros –añadió su hermano–. Pero su atrevimiento también es su imprudencia, porque tú mejor que nadie, padre, conocerás los puntos débiles de ese trasto.
–Por desgracia, no tiene puntos débiles –murmuró Loki, rodeando la proyección para observarla desde todos los ángulos posibles–. Estoy viendo que no es totalmente exacto a lo que yo diseñé, deben haber introducido variaciones. Pero lo que sí recuerdo es que el dispositivo emisor de ondas electromagnéticas era casi indestructible, lo diseñé así precisamente como protección ante el sabotaje. No obstante…
–¿…No obstante? –demandó Jormungand con impaciencia, temeroso de que aquél fuera el final de sus planes de invasión contra Asgard.
–No obstante, y aunque la estación emisora era invulnerable, las receptoras no lo eran tanto, ya que debían ser más ligeras y pequeñas. Y aunque tuvieran vigilancia, estaban lo suficientemente desprotegidas como para poder destruirlas –señaló el plano con la cabeza–. ¿Son ésos los puntos reales de ubicación de las estaciones receptoras?
–No –negó Fenrir–, son sólo aproximaciones hechas a partir de un plano antiguo que robó uno de nuestros espías, pero a juzgar por informes más modernos, creo que han quedado obsoletas. Las auténticas localizaciones son un secreto sólo conocido por Odín, Heimdall, Tyr y un par de personas más, me imagino que hombres de confianza del Alto General, todos incorruptibles e invulnerables a la telepatía. Nuestros espías seguirán intentándolo, pero si fracasan, no tendremos forma de saber dónde se encuentran.
Jormungand soltó una larga e intrincada maldición en lengua antigua, y Loki podía comprender su frustración. Algo que en teoría tenía una solución tan fácil, que podía resolverse con una pequeña información, sin embargo podría ser el final de todos sus sueños y proyectos antes de que empezaran.
–Si el pórtico interdimensional aún funciona, puedo viajar a Asgard –propuso Fenrir–. Disfrazado, podría acercarme a Odín e intentar sonsacarle de alguna forma la ubicación…
–Ni se te ocurra –le advirtió su hermano–. Él no es estúpido y te descubrirá antes de que abras la boca, por muy bien disfrazado que vayas. Y lo mismo ocurre con Heimdall.
–Entonces lo intentaré con Tyr, o si no con alguno de sus subordinados que conozca la información –repuso el licántropo–. Te apuesto cien piezas de oro a que en menos de una semana averiguo…
–Tú y tu manía de apostar tonterías –lo interrumpió Loki, y volvió a observar el plano con actitud pensativa y calculadora–. Tu hermano tiene razón, ir a Asgard ahora es jugarte el cuello absurdamente. Descubriremos esos dichosos puntos de ubicación, pero no de esa forma.
"Tal vez deba ir yo para estar más seguros…", se dijo, pero en ese momento Sylene irrumpió impetuosamente en el gabinete:
–¡Papá, tengo que hablar contigo! ¡Es importante!
Loki intercambió una mirada con sus otros hijos. El tema que estaban discutiendo era primordial para sus planes, pero Sylene tenía la cara roja, como sofocada, y mostraba señales de haber llorado, de modo que no la podía despedir sin más.
–Para empezar, cálmate –la agarró suavemente por los hombros y la hizo sentarse en su propia silla, para a continuación secarle las lágrimas–. ¿Se puede saber por qué estás así?
–¡Mamá me ha dicho que va a irse a no sé qué reino, y que me tengo que ir con ella! –contestó la chica hipando desconsolada– ¡Y que a ti no te importa!
El dios del engaño puso expresión de fastidio. A decir verdad, ni él ni Sigyn habían tenido en cuenta los sentimientos de su hija en medio de todo aquello.
–Eso de que "no me importa" no es exactamente verdad.
–Pero tenemos que irnos, ¿no?
–Sí –asintió él con resignación.
Fenrir y Jormungand se quedaron mirando a su padre con la boca abierta: siempre habían sospechado que su madrastra asgardiana no estaba a gusto allí con ellos, pero nunca habrían creído que su padre llegaría al punto de liberarla. Lo habrían comprendido si hubiera mostrado signos de haberse cansado de ella, pero daba la impresión de que era todo lo contrario.
–¿Pero por qué permites que me lleve con ella? ¿Y por qué permites que ella se vaya? –preguntó la chica, quejumbrosa– Creí que la querías, que nos querías. Tú puedes hacer que nos quedemos –sus ojos brillantes por las lágrimas se ensombrecieron–. Oblígala a que se quede.
Loki suspiró: –No puedo hacer eso.
–Puedes hacer lo que quieras, eres un dios.
Él le acarició la mejilla con ternura. Su ingenua arrogancia le recordaba tanto a sí mismo en el pasado…
–Eres muy joven para entenderlo.
Sylene iba a replicar, seguramente otra acalorada protesta, pero en ese momento entró Sigyn en busca de su hija. Los hermanos Lokison intercambiaron una mirada: la que faltaba para completar el drama familiar.
–Tú y yo no hemos acabado nuestra conversación, jovencita –dijo la mujer severamente.
Con un suspiro, Fenrir apagó el proyector holográfico:
–Creo que nuestra reunión ha terminado.
–No hemos terminado, aún nos queda por resolver lo de las estaciones… –Jormungand quiso protestar, pero el otro lo agarró por el codo y lo arrastró hacia fuera de la habitación.
–Ya habrá tiempo para eso, ahora padre tiene otros asuntos que tratar y nosotros no pintamos nada aquí –aunque su tono era ligero y despreocupado, se notaba su impaciencia por salir de allí.
Ya fuera, el joven serpiente se resistió, desasiéndose del agarre de Fenrir. Estaba indignado por la interrupción de su trascendente debate y su rostro lo dejaba ver claramente.
–Habráse visto… –murmuró clavando sus acuosos ojos en la puerta del despacho, y Fenrir le dirigió una mirada de advertencia.
–Sé lo que estás pensando, y sólo te puedo decir una cosa: no te metas. Los asuntos de padre con su mujer y con nuestra hermana son cosa suya.
–¡Es que me hierve la sangre al verlo así! Tan blando, tan… sumiso ante una mujer, cuando a nosotros nos castiga a la mínima. Estoy empezando a preguntarme si realmente él tiene lo que hay que tener para ser nuestro Comandante.
Fenrir se cruzó de brazos, sonriente.
–¿Planeas amotinarte, hermano?
Pese a que sólo lo planteaba en broma, Jormungand desvió la vista, demostrando que él se tomaba aquello bastante más en serio.
–No… me sería imposible rebelarme contra él. Mientras viva, nadie podría igualar su nivel de poder. Ni yo ni nadie.
–"Mientras viva"… No me digas que lo que quieres es asesinarlo –Fenrir soltó una carcajada.
–¿Para qué? No me hace falta –repuso el joven serpiente con una mirada aviesa–. Sólo tengo que esperar un poco y Heimdall me ahorrará el trabajo. Cada vez tengo más claro que, en estas condiciones, padre no sobrevivirá.
–Aunque así fuera, no creas que eso te basta para convertirte en Comandante –le recordó su hermano–. Si padre muere, como hijo mayor seré yo quien lo suceda en el cargo. ¿También vas a querer asesinarme a mí?
Jormungand le respondió con tono irónico:
–Depende de lo buen Comandante que resultes ser.
Era imposible saber hasta qué punto estaba bromeando.
–*–*–*–*–*–
–¿Por qué, papá? –Sylene lloraba dentro de la sala ante la mirada consternada de sus padres, que no sabían cómo consolarla– Dijiste que seríamos una familia. ¿Por qué ahora quieres enviarnos lejos?
–No es que quiera –puntualizó Loki, pero vio que Sigyn lo atravesaba con los ojos, así que se concentró en intentar tranquilizar a su hija–, pero es lo mejor para todos.
–¡No para mí!
–Escucha, tu madre ha cuidado de ti desde que naciste, así que debes estar con ella. Esto no significa que las cosas entre tú y yo tengan que cambiar. Nuestra relación seguirá siendo la misma, sólo que viviremos en sitios diferentes. Pero nos veremos a menudo, tú podrás venir aquí y seguiré dándote tus clases…
–¡No es lo mismo! –se quejó ella, y miró con odio a Sigyn– ¡Eres una egoísta, mamá! ¡Sabes lo mucho que él te quiere y lo mucho que deseo quedarme y aun así te empeñas en que nos vayamos! ¡Lo haces para fastidiarle a él, pero también me fastidias a mí y eso te da igual!
–Ya está bien, Sylene –la cortó ésta, cruzada de brazos y con voz fría. Ver a su hija tan enfadada con ella le recordaba a cuando Narvi se enfureció contra ella porque no le permitió seguir jugando a magia oscura con su padre–. Puedes chillarme todo lo que quieras, el resultado final no cambiará.
–Creía que eras buena, pero eres mala. Me quitaste a mi padre durante los primeros quince años de mi vida, y ahora que lo he encontrado y he empezado a conocerle y a quererle me lo quieres quitar otra vez –le echó en cara la muchacha–. ¡Debí haber sospechado que esto acabaría así cuando estábamos en la Tierra y te oí hablar con tanto odio de él! No querías ni que lo conociera, pero te tomó el pelo disfrazándose de esa mujer, ¡y me alegro de que lo hiciera! Porque así podía estar con mi padre aunque fuera a escondidas, ¡y todo por culpa de tu maldita intransigencia!
Sigyn se quedó impactada por el shock de aquella revelación:
–¿Tú sabías desde el principio que no era Sif sino él? ¿Lo sabías y no me dijiste nada?
–Eh… creo que deberíamos dejar el tema –intentó mediar Loki, pero fue inútil.
–¡Sí! –exclamó la chica, ignorando los intentos de conciliación de su padre– ¡Y me alegro mucho de haberme callado, porque…!
Sin dejarla terminar, Sigyn le cruzó la cara de una bofetada, y tanto Loki como la propia Sylene se quedaron helados. Sylene se llevó la mano a la mejilla lastimada, incapaz de creer que su propia madre la hubiese golpeado. La bofetada no había sido muy fuerte, pero sí contundente; y la palidez lechosa de la mejilla de la joven comenzó a enrojecer intensamente.
–Llevo quince años viviendo por ti, para ti… –murmuró Sigyn con voz trémula y los ojos cubiertos de lágrimas–, ¿y a la menor oportunidad, me traicionas? –Su mirada herida y decepcionada se convirtió en desprecio al cambiar de objetivo y posarse en su marido– No cabe duda de que es hija tuya, Loki.
Él no supo cómo reaccionar, pero Sylene sí: rompiendo a llorar.
–¡Te odio! –le gritó a su madre y, aún con la mano pegada a la mejilla, salió corriendo entre sollozos.
–¡Hija, espera! –intentó detenerla su padre, pero ella ya estaba lejos. Sigyn, por su parte, no dijo nada. Miraba hacia ninguna parte, estaba rígida como una vara y temblaba. Parecía emitir un fuego helado de ira tan intenso que hasta Loki tragó saliva al mirarla, pero al final hizo un esfuerzo para hablar con tono despreocupado, intentando quitar hierro a la situación.
–Adolescentes… –fingió jovialidad–. Adoran hacer dramas de cualquier nimiedad.
Hizo gesto apoyar su mano en el brazo de su mujer de forma cómplice, pero la manera en que lo miró ella lo disuadió de hacerlo.
–Felicidades –susurró ella roncamente–. Ya tienes lo que querías. Me quedo. No volveré a intentar escapar.
–¿Lo dices por…? Oh vamos, no seas absurda. Acabará entrando en razón.
–No –ella habló en voz baja, crispada–, no lo hará. Es como tú y como yo. No cambiará de opinión, nunca querrá marcharse. Y si ella no se va, yo tampoco, y tú lo sabes. Realmente estuve a punto de tragarme tu numerito de marido arrepentido… fue una actuación excelsa, como todas las tuyas. Casi me hiciste dudar. Espero que estés orgulloso: te has salido con la tuya, como siempre.
–Yo no quería que ocurriera esto –dijo él, apesadumbrado.
–¿Y piensas que voy a creerte? –alzó la voz y lo atravesó con la mirada–. No sé cómo pude pensar que habías cambiado –murmuró amargamente.
–Sigyn… –empezó él. Ella, sin querer escucharle más, hizo gesto de marcharse de la estancia, pero al pasar a su lado él la detuvo sujetándola por el brazo–. Olvidas que nuestra hija es casi una adulta, y que es capaz de tomar sus propias decisiones.
–Y vuelve a hablar el príncipe de las mentiras –ella se soltó llena de furia–. Sabes que no está tomando una decisión consciente, por voluntad propia. ¡Dijiste que no ibas a quitármela y a pesar de todo es lo que has hecho! ¡Seducirla con tu magia, tu misterio, tu porte de padre perfecto, cuando no puedes estar más lejos de serlo! La has alejado de mí, como hiciste con Narvi y con Váli.
–¿De qué estás hablando? –preguntó él, estupefacto.
–¡Ellos siempre te quisieron más a ti! –exclamó Sigyn con los ojos echando chispas– ¿Crees que no me daba cuenta? Lo mucho que te respetaban, que te veneraban como si fueras el ser más perfecto del universo, maldito seas. Yo me esforzaba por cuidarles y quererles, pero era a ti a quien admiraban, a quien querían parecerse. ¡Y te quejas de lo injusto que fue Odín contigo! ¡Tú no tienes ni idea de lo que es injusto!
Loki se quedó mirando a su mujer atónito… y sintiéndose algo culpable.
–Yo… no sabía que te sintieras así.
–Claro que no, ¿tú qué vas a saber? Para ti sólo contaban tus sentimientos, tu soledad, tu dolor, tus celos: tú, tú y siempre tú. Los de los demás jamás te importaron lo más mínimo. Igual que ahora: nos trajiste aquí contra mi voluntad, poniéndonos además en el punto de mira de tus enemigos, y te escudas en la excusa de que ahora nos quieres y no puedes estar sin nosotras. ¡Egoísta, egoísta hasta el final! ¡Incluso cuando crees amar o tener buenos sentimientos, en realidad sólo te preocupas de ti mismo! Has conseguido que me vea obligada a quedarme en este asqueroso Reino, pero no conseguirás que deje de odiarte, ¿me has oído? ¡Te odiaré todos y cada uno de los días hasta que me muera! –chilló, y retrocediendo aún más, se dio la vuelta y salió corriendo.
–Sigyn… –la llamó él inútilmente, lo cual lo enfureció– ¡Sigyn! –rugió, pero ella ya no le escuchaba.
–*–*–*–*–*–
Los jóvenes Lokison tenían habilitado un pequeño patio interior de la fortaleza como sala de entrenamiento, pues, aunque solían preferir combatir con sus formas animales, muchas veces les apetecía un vigoroso intercambio de espadas, siendo la esgrima una de las pocas disciplinas en las que ambos hermanos tenían una habilidad similar y por tanto podían competir como iguales, aunque fuese por puro entretenimiento.
Posteriormente a la llegada de Sigyn y su hija, Loki había comenzado a adiestrar a Sylene en magia de ataque y otras tácticas de combate que él había utilizado en su juventud. Aquellas clases eran una de las actividades preferidas de la joven en el castillo, hasta el punto de que cuando Loki tenía que dejarla por la multitud de obligaciones que lo reclamaban, ella continuaba entrenándose por su cuenta. Por eso, no le sorprendió encontrarla allí, ni siquiera a aquellas horas de la noche.
Sylene no había acudido al salón familiar a comer ni tampoco a cenar, seguramente para evitar a su madre, lo cual era innecesario porque Sigyn también se había encerrado en sus habitaciones y se había negado a salir. Loki había ordenado a Gerda que le llevase comida, pero la sierva había traído de vuelta las bandejas prácticamente sin tocar. Era difícil decidir cuál de las dos mujeres era más obstinada, si la madre o la hija, pero por lo menos con la hija podía hablar sin que le escupiera un montón de venenosos reproches a la cara.
Intrigado, el dios del engaño estuvo observando durante un rato a su hija antes de dar a conocer su presencia. La muchacha llevaba casi toda la armadura que le habían regalado por su cumpleaños, salvo el yelmo con cuernos, a cuyo peso aún tenía que acostumbrarse para poder combatir con soltura llevándolo puesto, tal como hacía él. Parecía muy concentrada, y su semblante se veía sombrío y enojado.
En el otro extremo del patio, como había hecho Loki en otras ocasiones, había dispuesto una serie de cacharros de cerámica sobre unas bases, haciendo las veces de blancos que la joven usaba cuando quería practicar puntería, como estaba haciendo en ese preciso momento. Sacó un conjunto de dagas, las regaladas por Fenrir, y tomando una con la mano derecha y guardando el resto de ellas en la izquierda, se dispuso a disparar.
Loki alzó una ceja apreciativamente al contemplar la depurada técnica de su hija al lanzar las dagas, cambiándolas de mano a una velocidad que escapaba al ojo humano y cambiando cada vez de posición con ágiles piruetas para dispararlas cada vez desde una posición distinta y sin dejar de moverse, como si estuviera en un combate real: con una mano, luego con la otra, de frente, desde ambos costados e incluso una de espaldas, con una habilidad que él mismo hubiera envidiado a su edad. En muy pocos segundos se oyeron una serie de débiles crujidos que anunciaban que todos los blancos habían caído.
Todos, salvo uno. Sylene torció el gesto, irritada al ver que uno de los jarrones aún se mantenía en pie y tambaleándose sobre la base, pues la daga sólo lo había rozado. Se miró las manos vacías: ya no le quedaban más dagas. Su expresión enojada se ensombreció más, transformándose en cólera, y su mano empezó a temblar y se tiñó gradualmente de un tono azulado. Lentamente, el hielo surgió de la nada en su palma, adoptando una forma alargada y puntiaguda, como de carámbano.
"Chica lista", pensó Loki complacido. Si él hubiera conocido aquel truco del hielo en su juventud, no habría tenido que estar dependiendo de dagas, ni habría tenido que preocuparse cuando se le acababan. A veces, ser un gigante de hielo tenía sus ventajas, se dijo. Se imaginó que Sylene lanzaría aquella daga de hielo para eliminar el último blanco, pero ella no había terminado. Con lágrimas de rabia helándose en su rostro que también se coloreó levemente delatando su herencia jotun, la muchacha apretó el carámbano y una especie de fuego azulado inflamó el hielo, ardiendo llamativamente sobre la mano de la chica.
–Estúpida… –Loki la oyó rezongar en voz baja, y supo al instante que estaba hablando de su madre–. ¿Cómo se atrevió?
Entonces fue cuando lo arrojó contra el blanco con mucha más violencia que los anteriores, llena de ira; y la cerámica, alcanzada por el carámbano en llamas, no se limitó a romperse, sino que estalló como si le hubiera lanzado una pequeña bomba.
–Impresionante –aplaudió, sobresaltando a su hija, y rió suavemente cuando vio su reacción–. Lo siento, no quise asustarte.
–No pasa nada –contestó Sylene, aliviada de ver que era él: era a su madre a quien no quería ver. Empezó a recorrer el patio en busca de las dagas–. Siento haber desaparecido todo el día. Necesitaba estar sola.
–No te preocupes, te comprendo –asintió Loki–. Pero deberías comer algo. Una jovencita no puede estar un día entero sin comer.
Ella sacudió la cabeza.
–No tengo hambre.
Él avanzó un poco más y se apoyó en una columna de mármol, con los brazos cruzados, mientras observaba a la chica ir de un lado a otro del patio, escudriñando el suelo.
–Sé que ahora mismo estás muy enfadada con tu madre… –comenzó, pero Sylene le interrumpió.
–¡No quiero hablar de ella!
Prudente, Loki calló y dejó a su hija acabar su tarea de recolección de las dagas, pero cuando lo hizo, se quedó con ellas en las manos, contemplándolas absorta.
–No tenía ningún derecho a pegarme… –murmuró quejumbrosa, desdiciéndose de su anterior afirmación, y repitió llena de ofendido orgullo– ¡No tenía derecho! ¿Cómo se atrevió a ponerme la mano encima? ¡A mí, a la hija de un dios! ¡La odio, ojalá se vaya a Vanaheim sin mí y no vuelva a verla nunca!
De nuevo, no lo vio venir. Al instante siguiente, su padre estaba a su lado –¿se había teletransportado o simplemente había hecho uso de su rapidez sobrehumana?– y la estaba aferrando por el brazo, no tan fuertemente como para hacerle daño, pero sí como para llamar su atención. Sylene se estremeció: su semblante, que de usual sólo le mostraba su faceta más paternal y cariñosa, estaba serio y sombrío. Daba miedo.
–Jamás vuelvas a decir nada parecido –siseó él, y la soltó sin mirarla–. Si de verdad ocurriera, créeme, lo sentirías. Mucho.
Ella se quedó observándole intimidada, y después agachó la cabeza avergonzada. Su padre tenía razón: por enfadada que estuviera con ella y por mucho que se pelearan, era su madre. Ella la había criado y mantenido, la había cuidado y querido; y aunque a veces chocasen por sus caracteres tan distintos, Sylene debía admitir que su niñez había sido bastante feliz gracias a ella. Su furia se desinfló y de nuevo volvió a sonar triste y herida:
–Nunca me había pegado antes… –susurró–, y eso que cuando vivíamos en la Tierra le di motivos muchas veces, pero nunca llegó más allá de regañarme o castigarme sin televisión o sin salir.
–Tu madre te quiere muchísimo –asintió Loki–, pero tienes que comprender que ahora está bajo una gran presión.
–Ella siempre dijo que haría cualquier cosa para hacerme feliz, pero ya le he dicho muchas veces que sólo sería feliz quedándome y parece que no quiere entenderlo. ¿Por qué le cuesta tanto vivir aquí?
Él suspiró.
–No es por el sitio, sino por mí.
–Mamá siempre fue la persona más comprensiva que conozco, ni siquiera podía imaginarla sintiendo auténtico rencor hacia nadie hasta que apareciste. No comprendo cómo puede odiarte tanto por una infidelidad cometida hace mil años o por un accidente que no pudiste evitar… –reflexionó ella en voz alta mientras se guardaba las dagas en unos cintos específicos cosidos en los ropajes de entrenamiento que llevaba bajo la armadura.
Loki se sentó en uno de los bancos de piedra y golpeó con la palma de su mano la parte de su derecha:
–Ven, siéntate a mi lado –le pidió, y ella obedeció.
Padre e hija contemplaron las estrellas de un cielo nocturno que, por una vez, se mostraba despejado y en calma. Al no haber techo, parecía que se encontraran en el exterior, aunque las recias paredes de piedra de la fortaleza les resguardaban de la mayor parte de los inclementes vientos que solían azotar Jotunheim. Aun así, el frío era helador, pero ni Loki ni la muchacha, ambos con sangre jotun, parecían afectados. Para ellos, aquellas temperaturas bajo cero eran tan suaves como el suave clima de una noche de mayo para los mortales.
–¿Recuerdas aquella noche en Midgard, antes de que viniéramos aquí? Me pediste que te contase la historia de lo que había ocurrido entre nosotros, y te dije que lo haría más adelante –le recordó él–. Creo que ha llegado el momento.
Sylene lo observó sorprendida. Hasta entonces, tanto él como su madre parecían empeñados en ocultarle todos aquellos secretos del pasado que tanto peso tenían sobre su presente. Ya no esperaba que nadie le contase nada, y al ver que finalmente iba a suceder, estuvo a punto de encaramarse al banco, de pura expectación.
Pero su padre se demoró en hablar. Tenía la vista perdida en el suelo, como si bucease en el profundo océano de sus recuerdos.
–Papá –lo llamó ella, tras unos segundos de desesperante silencio. Él pareció volver a la realidad, al igual que antes con Fenrir y Jormungand.
–Oh, sí. Es que no sé por dónde empezar –se excusó casi azorado, lo cual era extraño porque a su padre casi nunca le faltaban las palabras.
–Empieza por el principio –le aconsejó ella–, como en los cuentos que me contaba mamá. "Había una vez un príncipe, que se enamoró de una princesa…"
–No, no es así –Loki sonrió, y comenzó su propio cuento–. Había una vez un príncipe que necesitaba a una princesa… para casarse y tener hijos, y así poder impresionar a su padre, el rey.
–¿Necesitabas casarte para impresionar a tu padre? –se extrañó Sylene– ¿Y por qué querías impresionarle?
–Yo también me lo pregunto ahora –murmuró él, como para sí mismo, y después continuó con el cuento–. El caso es que, casi por casualidad, se fijó en una doncella. No era princesa, pero eso tampoco importaba mucho para lo que él quería. La eligió por puro capricho, sin darse cuenta de que era la mujer más dulce y maravillosa de todas. A medida que lo fue descubriendo, y aunque aquello no entraba en sus planes, sucedió lo inevitable: se enamoró de ella…
–Qué romántico –comentó Sylene con una sonrisa, hechizada por la magia de la historia, pero Loki prosiguió en un tono muy diferente.
–…Pero no quiso admitirlo… y la torturó… durante años.
La sonrisa de la muchacha desapareció al instante.
–¿…Qué? –le salió en un hilo de voz.
Loki le habló del momento en que había comenzado su rivalidad con Thor; de cómo su hermano adoptivo, tras su destierro en Midgard, había vuelto totalmente cambiado por culpa de su amor hacia una mujer mortal, y cómo él se había jurado que jamás le ocurriría lo mismo. Le contó cómo, cada vez que se sentía feliz al lado de Sigyn, también se sentía culpable por descuidar sus planes de venganza contra Odín y Thor; y cómo eso causó que fuera alejándose paulatinamente de ella, hasta acabar rechazándola del todo. Le habló también de Angerboda, y de la temporal ilusión que había vivido junto a su amante de que podía estar con una mujer que compartiese sus maquiavélicos objetivos y que a la vez no le desconcentrase tanto como lo hacía Sigyn.
No quiso esconderle nada: ni el hecho de que Sigyn estuviera al tanto de su relación con Angerboda con el sufrimiento que eso le había producido, ni lo frío, despótico y en ocasiones directamente cruel que había llegado a ser él con ella. Tampoco le ocultó que había tramado el asesinato de un hombre inocente casi por puro capricho; e incluso le confesó que la noche que Sigyn y él la habían engendrado, él sólo estaba tratando de seducir a su mujer para que ésta olvidase sus sospechas respecto a Balder y no fuese un obstáculo en sus maquinaciones.
Sylene escuchaba sin hacer el menor comentario: no había pronunciado palabra desde que había cambiado el tono de la historia. Muy seria y pálida, se esforzaba por asimilar lo que en un principio había creído un cuento romántico y de fantasía y había acabado resultando un relato de terror. Sólo cuando Loki llegó a la parte de su concepción, murmuró dolida:
–¿Entonces mi existencia es un simple accidente? –su voz temblaba– ¿No fui concebida por amor?
–Fuiste un accidente en el sentido de que ninguno de los dos esperábamos que nacieras, pero fue el accidente más afortunado que he tenido jamás –repuso su padre con seriedad–. Y desde luego que fue por amor, sólo que, al igual que con otras tantas cosas, en aquel momento no fui consciente de ello.
Loki, determinado a contar su historia antes de que le fallase la resolución, continuó su narración, y el horror de Sylene siguió aumentando a medida que el relato se iba volviendo más y más tenebroso. Él hablaba calmadamente, exponiendo los hechos tal y como habían ocurrido, sin intentar justificarse ni defenderse. Admitió que el asesinato de Balder que él había orquestado había llevado a una mujer vengativa y pérfida a quitarle la vida a sus hijos inocentes para castigarle. Aquello lo convertía, aunque de forma indirecta, en el asesino de sus hermanos, pese a lo cual Sigyn se había quedado a su lado protegiéndolo, salvándolo de una muerte horrible.
–Eso me hizo abrir los ojos a la realidad –concluyó el dios–. La amaba, la había amado desde el principio, aunque me hubiera resistido a aceptarlo. Pero cuando lo descubrí, ya era demasiado tarde. Por eso ella huyó de mí entonces y por eso quiere marcharse ahora. Pequeña, tu madre tiene todo el derecho del mundo a odiarme y a quererme fuera de su vida, de vuestras vidas. Ahora comprendes por qué, ¿verdad?
La joven se mantuvo en silencio. Hacía mucho rato que había bajado la cabeza, incapaz de seguir mirando a su padre a la cara, y tenía la vista clavada en el suelo, pero podían distinguirse las lágrimas brillando en sus párpados.
–¿Y bien? –insistió Loki con la voz más serena que pudo– ¿No vas a decir nada?
Ella levantó por fin el rostro, y el movimiento hizo que una única lágrima se le escapara y cayera rodando por su mejilla.
–Eres… –siseó horrorizada– eres un…
–¿…Monstruo? –Él sonrió algo resignado, como si ya se hubiera hecho a la idea de que lo iba a llamar así.
–Iba a decir "hijo de perra", pero eso también le va –repuso ella, sacudiendo la cabeza con dolorida incredulidad. En sus ojos brillaba lo que Loki siempre había temido ver: el desprecio, la misma repulsión que había visto más de una vez en los de Sigyn– ¿Cómo pudiste, papá? ¿Cómo pudiste portarte así con alguien que te quería tanto?
Loki se encogió de hombros. Ni él mismo lo entendía.
–Era joven… idiota. Y estaba asustado.
–¡Eso no es excusa! –exclamó la chica, encolerizada–. Yo no hacía más que defenderte y creía que mamá era demasiado dura contigo, pero ahora me doy cuenta de que ha sido mucho más tolerante de lo que mereces. Si un hombre me hubiera hecho la mitad de lo que tú le has hecho a ella, yo no le miraría más que para escupirle a la cara. No sé cómo ella ha aguantado aquí durante todas estas semanas.
Él no respondió a aquella provocación, sólo desvió la vista.
–Me imagino que ahora sí estarás de acuerdo en marcharte con ella a Vanaheim –dijo tras unos segundos.
–Puedes apostar todo tu precioso Reino de hielo a que lo haré –replicó ella con dureza, y de pronto pareció asaltarla una terrible idea y se llevó las manos a la boca, angustiada– Dios mío, mamá… me he portado fatal con ella. Tengo que hablar con ella, tengo que pedirle perdón y decirle que iré con ella adonde quiera…
–Ve, entonces –Loki hizo un gesto, animándola. Su rostro estaba sereno, no mostraba en absoluto la honda pesadumbre que oscurecía su interior–. Pero no le hables de esta conversación, sólo la confundirías.
La chica salió corriendo, pero apenas hubo dado un par de pasos cuando otra idea la hizo detenerse:
–Papá, ¿por qué me has contado todo esto? Sabías que perderías mi respeto, que te odiaría. Y que accedería al deseo de mamá de irnos.
–Sí, lo sé muy bien.
–Entonces, ¿por qué lo has hecho? ¿No te importa que yo me vaya?
Él intentó acercarse a ella, posiblemente queriendo acariciarle el cabello como había hecho siempre, pero esta vez ella retrocedió, en un gesto de rechazo idéntico al de Sigyn. Loki suspiró interiormente.
–Claro que me importa. Lo que más querría en el mundo es que te quedaras conmigo. Pero tu madre tiene razón… –bajó la vista–, tú eres lo único que tiene. Ya le he quitado mucho, no puedo quitarle eso también. Ella me dijo una vez que deseaba que yo fuera feliz, aunque fuera sin ella… Lo menos que puedo hacer es devolverle el favor.
La muchacha sintió un nudo en la garganta.
–La quieres… De verdad la quieres –susurró conmovida, pero el dios del engaño le dio la espalda, sin contestarle–. Me siento dividida… Te odio por lo que hiciste en el pasado, pero también te admiro por lo que acabas de hacer.
Él asintió como si lo encontrara lógico.
–Bienvenida al mundo de las contradictorias emociones adultas.
La chica emitió un soplido de indignación.
–Pues son un asco.
Loki pensó en la relación que había mantenido con Sigyn en el pasado, y en su estúpida obstinación en no amarla para no volverse débil pese a todas las evidencias de lo que significaba para él. Pensó en aquella ansia de amor y aprobación mezclada con rencor que había sentido hacia Odín. Pensó en su hermano adoptivo: algunas veces deseaba verlo muerto y otras, las menos, extrañaba terriblemente todo lo que habían vivido juntos.
–Estoy de acuerdo –dijo–. Disfrutad en Vanaheim, te gustará. Y cuida de ella –añadió mientras abandonaba el patio, confundiéndose entre las sombras.
–*–*–*–*–*–
Por un lado, a Sylene le daba un poco de pena su padre, pero por otro sentía rabia y repulsión hacia la forma en que había tratado a su madre en el pasado. Ahora veía que tenía más que merecido que ella le odiara, lo cual era una lástima porque él parecía quererla con toda su alma, si alguien como él era capaz de tener alma. Pero él ya no importaba. Ahora era su madre la que merecía todo su apoyo y comprensión.
Corrió a buscarla a sus habitaciones, y la encontró desempacando los últimos bultos del equipaje que tan ilusionadamente había mandado preparar para empezar una nueva vida en Vanaheim. Tenía la cara congestionada y los ojos rojos, y la chica se sintió horrible porque sabía que había sido ella quien la había hecho llorar.
–Mamá… –la llamó desde la puerta, casi sin atreverse a cruzar el umbral. Se sentía avergonzada por lo odiosamente que se había portado con ella.
–¡Hija! –Sigyn se sorprendió de verla allí. La joven corrió hacia ella pero se quedó callada, sin saber qué decir, por lo que fue la asgardiana quien comenzó a disculparse– Lamento tanto haberte pegado –le acarició suavemente la mejilla, donde la había abofeteado–. No sé qué me pasó. Sabes que jamás te haría daño, pero me dio tanta rabia enterarme de que… –no acabó la frase, no quería discutir sobre el hecho de que su hija la hubiera engañado en beneficio de su padre, aunque ni siquiera eso justificaba que hubiese golpeado a la persona que más quería en el mundo. Pero Sylene sacudió la cabeza:
–No te preocupes, mamá. En parte, me lo merecía. Eres tú la que tiene que perdonarme –en un impulsivo arranque, se lanzó a los brazos de su madre, apoyando la cabeza contra su pecho–. He sido tan injusta contigo… –susurró, y las lágrimas amenazaron de nuevo con desbordarse de sus ojos–. Vamos a hacer otra vez el equipaje, nos vamos a Vanaheim, adonde tú digas. Yo sólo quiero que seas feliz.
Sigyn se separó un poco de su hija para mirarla a los ojos, atónita. ¿Había oído bien?
–¿Hablas en serio? –La muchacha asintió enérgicamente con la cabeza, sonriendo– ¿Y… tu padre lo sabe?
"¿Que si lo sabe? Fue él quien me convenció", pensó Sylene, pero desvió la vista y apenas le respondió un escueto:
–Sí, sí lo sabe.
–¿Y qué hay de tus hermanos, y tus clases con Amora? –preguntó su madre, como si ahora que ella había accedido a acompañarla se sintiese culpable de estarla privando de todas las satisfacciones que tenía allí.
–Seguiré viéndolos, y mis clases también, aunque a distancia. Ellos utilizarán ese espejo que tiene papá, ya sabes cuál. Es como un Skype mágico –rió, y a su pesar Sigyn no pudo dejar de reírse con ella por la extraña comparación.
–Bueno… –la asgardiana parecía desconcertada, intentando todavía asimilar la información–, no es que me queje, ¿pero por qué has cambiado de opinión?
Sylene recordó las palabras de Loki: "No le hables a tu madre de esta conversación, sólo la confundirías".
–Por nada en particular, sólo he estado pensando… y me he dado cuenta de que mi padre lleva en mi vida apenas unas semanas… pero tú has estado ahí siempre. Si tanto deseas irte, mi deber es apoyarte a ti, aunque sólo sea por agradecerte todo lo que has hecho por mí.
Enternecida, Sigyn volvió a tenderle los brazos, y de nuevo la chica se refugió en ellos:
–Perdóname por haber sido tan tonta y desagradecida, mamá –le susurró–. Te quiero mucho.
Sigyn no contestó, estaba demasiado emocionada para hablar. De nuevo las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, pero, y por vez primera desde que había llegado a Jotunheim, en esta ocasión lloraba de alegría. No sabía qué había hecho que su niñita cambiara tan radicalmente de idea, pero fuese lo que fuese, sólo podía dar gracias al universo por ello.
Desde su asiento en su estudio, Loki había observado aquella tierna escena a través de Las Llamas de la Omnipresencia. Circunspecto y pensativo, esbozó un gesto con la mano para desactivar el artefacto: ya no quería ver más. Aquella conversación que demostraba aquel lazo entre madre e hija, ese profundo cariño, esa felicidad… no tenían nada que ver con él.
El Loki más joven e inexperto que había sido años atrás se habría burlado de él y de la idea de que los sentimientos podían hacerte sentir físicamente mal, pero de hecho así era. El fracaso lo volvía débil y febril, le revolvía las entrañas. Se sentía enfermo de impotencia, de soledad y de ira.
Tal vez un poco de hidromiel lo hiciera sentir mejor.
–*–*–*–*–*–
La mañana de su partida, las habitaciones de ambas mujeres hervían de actividad. Gerda y otras sirvientas se afanaban en dar los últimos toques al equipaje de sus señoras.
–No hace falta que metáis tantas cosas –les recomendó Sigyn por milésima vez–, sólo la ropa más ligera. No olvidéis que en Vanaheim hace bastante más calor que aquí.
Sin embargo, lo que en Jotunheim era considerado "ropa ligera", seguía siendo demasiado caluroso, como el traje de viaje que llevaba en ese momento, de terciopelo color verde hoja. Comprarían ropa nueva y más adecuada cuando llegaran allí. Aparte de sus equipajes, Loki había dispuesto que se llevasen oro suficiente como para comprar todo el Reino, aunque se suponía que debían administrarlo con discreción para no levantar demasiado revuelo.
Aun así, quedaba el problema de qué hacer con el resto de vestuario que no se llevarían consigo a Vanaheim, todas las pieles y la ropa más abrigada, así como los lujosos trajes de princesa que no necesitaría lucir en una casa de campo que se suponía era un refugio secreto. Aquellos trajes eran de talla humana y nadie más en aquel Reino podía vestirlos, exceptuando Amora o Lorelei, y ellas seguramente serían demasiado orgullosas para aceptar ropa que había pertenecido a otra persona.
–¿Quién sabe? –dijo Sylene–. Tal vez Lorelei quiera utilizarlos para parecerse más a ti y lograr algo con papá.
Sigyn puso los ojos en blanco ante el malicioso comentario de su hija. Ahora que ella se marchaba, le dejaba a la hermana de la Encantadora el camino abierto para reconquistar a Loki, lo cual le producía intensos y contradictorios sentimientos. Por un lado, quería que lo consiguiera para que Loki no tuviera que estar solo, pero por otro se sentía hervir de celos cada vez que los imaginaba juntos. Esperaba que aquella tontería se le pasara, el tiempo y la distancia la ayudarían a olvidar.
–Tal vez podríamos llevar esos trajes a la Tierra –sugirió–. Ahora que el clima allí es casi tan frío como el de Jotunheim, a muchas mortales les vendrían bien.
Gerda sacudió la cabeza:
–Si no os molesta, los dejaremos donde están, mi señora. Se quedarán ahí hasta que volváis.
–Es que no voy a volver –intentó explicarle ella, pero la doncella sonrió sin dejarse convencer.
–Sí que vais a volver, mi señora. Me lo dice el corazón.
Sigyn sacudió la cabeza. No le sobraba el tiempo para intentar convencer a una ingenua gigante de hielo de que esperaba un imposible.
Fenrir estaba esperándolas y las condujo, seguidas por un cortejo de criados jotnar que cargaban con su equipaje, a la misma amplia estancia donde, días antes, Loki había llevado a cabo el peligroso primer experimento del Sjælevandring, y que era donde se encontraba ubicado el pórtico interdimensional que comunicaba Jotunheim con otros Reinos.
–Si no os importa, utilizaré mi telequinesis para llevar todo eso –el licántropo señaló los numerosos bultos que conformaban su equipaje, la mayoría de los cuales eran baúles con libros de magia para que Sylene pudiera seguir estudiando–. No sólo sería difícil trasladar a tantos criados por el pórtico, sino que si los exponemos al clima de Vanaheim, aunque sólo sea durante unos minutos, se pondrán todos enfermos.
–¿Tanto calor hace en Vanaheim? –se sorprendió Sylene.
–Depende de con qué lo compares. Comparado con las zonas desérticas que hay en Midgard o Svaltarfheim, por ejemplo, es un clima muy templado. Pero para la mayoría de gigantes de hielo, que están acostumbrados exclusivamente a las temperaturas de Jotunheim, hace un calor insoportable. Es similar a Asgard, sólo que más húmedo.
Sigyn no participaba en la conversación entre los hermanastros. Miraba todo el tiempo hacia la puerta, como esperando a alguien.
–Fenrir, ¿tu padre no va a venir?
–No –éste carraspeó incómodo–. Lo he visto hace un rato y no creo que se encuentre en condiciones de hacerlo.
–¿Está muy enfadado?
El licántropo prefirió no contestar, fingiendo ocuparse de que los criados apilaran y amarraran los bultos del equipaje de la manera más eficiente para poder transportarlas por el aire mediante telequinesis. Sin embargo, Jormungand, que acababa de llegar, respondió a la pregunta de Sigyn:
–Está borracho. Como una cuba.
–¿Qué? –Sylene se quedó atónita– Pero si a papá no le gusta beber.
–Normalmente, no –concordó su hermano, con los brazos cruzados–, salvo cuando tiene razones para hacerlo –observó aviesamente a Sigyn. Ésta agachó la cabeza, apenada.
–Lamento oír eso.
–No puedes culparlo –añadió Fenrir mientras ajustaba una de las correas de cuero que ataban los baúles. Parecía molesto–. Padre no suele renunciar fácilmente a lo que considera suyo. No puedes pretender que además esté aquí poniendo con buena cara y aceptando su derrota con deportividad: él no es así.
–Yo no pretendo eso –se defendió ella–, pero me habría gustado que estuviera aquí para… para despedirse de su hija.
"Y para verle por última vez", no pudo evitar pensar.
–No te preocupes, mamá –Sylene apartó la vista–, no es necesario. Papá y yo ya nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos.
La actitud de la joven sorprendió a Sigyn. Le costaba creer que su hija, que siempre había adorado a su padre, ahora no quisiese despedirse de él siquiera. ¿Se habrían peleado, se preguntó, y ésa era la razón por la que había accedido a acompañarla? Pero, cualquiera que fuese el motivo, no debía planteárselo demasiado si a ella le beneficiaba.
–Según nuestras costumbres, la mujer es propiedad de su marido, más aún que en Asgard –declaró Jormungand. Su tono no ocultaba su desaprobación–. Entenderás el flaco favor que hace a su imagen, y por tanto a la nuestra, dejando que te marches después de haberte proclamado como su esposa ante todo Jotunheim.
–Vamos, si a ti nunca te ha gustado que yo esté aquí –le echó en cara ella, y él le respondió con un rictus de desagrado.
–Eso es cierto. No deberías haber venido nunca, pero viniste. Y ahora te marchas, y nosotros… nos quedamos aquí –repuso con inquieta contrariedad, como insinuando que iba a ser muy difícil soportar a su padre cuando ellas se hubiesen ido.
–Jord… –intentó terciar Sylene, melosa, y el joven relajó su hosquedad cuando ella se le acercó.
–No te inquietes hermanita, esto no tiene nada que ver contigo. A ti sí te echaré de menos –la abrazó, demorándose unos instantes más de lo necesario, y hasta le susurró algunas palabras al oído. Extrañada, Sigyn se fijó en ellos, viendo cómo el joven le entregaba un bulto a su hija escondiéndolo entre sus ropas, y alcanzó a oír entre sus murmullos las frases "Es muy fácil" y "Siempre que quieras".
Después se apartó, y Fenrir se situó junto al altar de piedra y separó sus manos, concentrándose. Sigyn se fijó en que no llevaba el mapa, ni siquiera lo necesitaba: tanto su hermano como él llevaban utilizando los pórticos desde mucho antes de que Sylene naciera, entrenados por su padre, y conocían las conexiones de aquel misterioso sistema de comunicación entre los Reinos como la palma de su mano.
En el mismo lugar en el que días antes desapareciera Ikol, volvió a abrirse la brecha azulada que emitía refulgentes destellos eléctricos, sólo que esta vez más grande, de un tamaño que permitiera viajar a las tres personas. Fenrir, mientras controlaba la abertura con una mano, hizo un gesto con la otra y de inmediato el equipaje de las dos mujeres se levantó del suelo, levitando en el aire.
–En marcha.
Sigyn pudo comprobar que los pórticos interdimensionales eran muy diferentes del sistema de traslación del Puente Arco Iris. En realidad, eran puntos donde el espacio del universo parecía plegarse sobre sí mismo, superponiendo zonas que de ordinario estaban alejadas entre sí varios millones de años luz, como pequeños agujeros de gusano de origen natural, pero que necesitaban de ciertas fórmulas y conjuros para ser localizados y abiertos. Mientras que el camino del Bifrost, construido con la avanzada tecnología asgardiana, era amplio, resplandeciente y lleno de irisadas luces que mareaban y confundían los sentidos; aquel pórtico era estrecho y casi totalmente oscuro, semejante a un túnel alrededor del cual parecían girar espirales negras y violetas y dejaba pasar un ruido ensordecedor, como de un millar de tormentas que los rodearan. Aunque apenas se requerían unos pocos pasos para recorrerlo, Sigyn se sintió algo atemorizada, pese a contar con la reconfortante compañía de Fenrir, tan seguro de sí mismo como su padre.
Pronto llegaron al otro extremo del pórtico, y se adentraron en otro deslumbrante centelleo azulado. Al instante, una claridad verde y luminosa hirió sus retinas, acostumbradas a la oscuridad del pórtico.
–Hemos llegado –anunció el licántropo–. ¿A que ha sido corto?
Después, comenzó a detallar una serie de instrucciones sobre dónde se encontraban, cómo debía ser su nueva vida allí o lo discretas que debían ser. Instrucciones que la asgardiana y su hija apenas escucharon, deslumbradas como se hallaban contemplando su primera impresión del Reino de Vanaheim en forma de bellísimo paraje boscoso, restallante de luz, de frondosos árboles y de vegetación, que ocultaba, en medio de la floresta, un coqueto palacete en tonos crema y rosado. Pese a ser la primera que había cantado las maravillas de aquel reino, Sigyn se quedó sin palabras, tanto palidecía su idea con respecto a aquella exuberante realidad. Pero su hija habló por las dos:
–¡Wow, es fabuloso! Tenías razón, mamá: ¡es idéntico a la Tierra Media!
Fenrir interrumpió su telequinesis, dejando caer los fardos al suelo con un ruidoso estruendo. Afortunadamente no había nada frágil o que pudiera romperse.
–Pues ya estamos –comentó–. Supongo que los criados os estarán esperando, padre se comunicó con ellos y les avisó de que llegaríais. Llamadlos y ellos se encargarán del equipaje.
Sigyn logró despegar los ojos del extraordinario paisaje para fijarlos en su hijastro.
–Gracias, Fenrir.
El joven licántropo se adelantó y, en un gesto que a ella le sorprendió, alargó la mano para estrechársela.
–Al contrario que a mi hermano, a mí sí me habría gustado que te quedaras con nosotros, Sigyn. Jormungand opina que tu presencia alteraba a padre, pero yo creo que lo que lo altera es no poder estar contigo. Es una pena que lo vuestro no cuajara, sobre todo porque ahora no va a haber quien lo aguante. Pero, en fin… –suspiró, encogiendo los hombros–, todos lo conocemos y sabemos que nunca ha tenido un carácter fácil.
A continuación, se dirigió a su hermanastra y la abrazó con tanta fuerza que la levantó del suelo.
–Adiós, pequeñaja. Si necesitas algo, cualquier cosa, ya sabes cómo contactar con nosotros.
Lo último que vieron de él antes de que desapareciera en la brecha del portal fue su ancha espalda y un ademán de despedida, levantando dos dedos hacia su cabeza:
–A más ver, señoras.
Tras desaparecer el jotun, el portal se cerró, de tal forma que parecía que nunca hubiera existido; y las dos mujeres quedaron solas en aquel soleado lugar cuyo silencio sólo se veía roto por los chirridos de los insectos. En Jotunheim no había ni un solo insecto.
–Sí que es precioso esto… –comentó Sylene, tironeando del cuello de su traje–, pero es verdad que hace un poco de calor.
–Ya nos acostumbraremos –respondió la asgardiana, aunque ella también se sentía algo sofocada. Se sentiría mejor cuando se bañara y se pusiera ropa más ligera, pensó, y echó a andar hacia el palacete que constituía su nuevo hogar.
"Ya no volverás a ver a Loki", la idea asaltó su mente. "Eres libre".
Ese pensamiento debería haberle hecho sentir exultante, eufórica, liberada. Pero en lugar de eso, la invadió una tristeza abrumadora que hacía tiempo que no sentía.
¡Largo, muy largo, lo sé! Pero también intenso, así que espero que no se os haya hecho aburrido. Se nota que quiero que la trama avance, ojalá no dé la impresión de apresurado.
El cuasi lemon frente al retrato de los pequeños Narvi y Váli lo escribí porque para mí, la mezcla de sentimientos que une a nuestra pareja es muy fuerte (este background trágico es lo que para mí da valor a esta pareja), y el dolor, la culpa y el odio son emociones muy intensas que pueden acabar convirtiéndose en pasión, tenía muchas ganas de incluir algo así. Pero no he querido que acabaran de consumar (¡pobre Loki! Ya son dos veces que le he cortado el rollo, le debe doler, jajaja) porque Sigyn aún necesita poner sus ideas en orden. Si acaban en la cama por un simple calentón, como en el capi 19, cuando todo acabe volverán a los problemas de antes. Cuando haya un lemon completo entre ellos, será no sólo una unión física sino también espiritual. Os pido un poquito más de paciencia, porque aunque ahora no lo parezca, será antes de lo que pensáis.
También he incluido algo de drama familiar, Sylene ha bitcheado bastante en este capítulo, pero al final se ha redimido gracias a la confesión de Loki. Descorchen el champaña, señoras: es la primera vez que lo vemos hacer algo realmente desinteresado. ¿No es un amor? =)
Y por último, la escena de Loki hablando con sus hijos del escudo defensivo de Asgard, es para avanzar un poco la trama del Ragnarök. Aunque no lo creáis, cada una de estas escenas (Ikol, el escudo, etc.) serán esenciales más adelante, aunque ahora, con las ganas que tendréis de romance, se os hagan aburridas.
De nuevo mil gracias a todas las lectoras que han estado apoyándome con sus mensajes, comentarios y fanarts. Y también, quiero dar las gracias a Arihdni y a Hachi06, que han hecho nuevos fanarts de DF (incluyendo una escena entre Loki y Sigyn de este capítulo) y del capítulo 9 de Early Winter respectivamente, los tenéis en mi tumblr y probablemente los suba a este perfil más tarde.
Y continúa la cuenta atrás para el estreno de TDK... Ánimo, que falta poco! Muchos besos!
