32–

Vanaheim.

Sigyn había oído historias sobre aquel Reino desde que era pequeña. La sanadora Eir, la mujer que la había criado en Asgard, siempre le había dicho que ella tenía antepasados Vanir, pero no era algo inusual, ya que una proporción muy alta de asgardianos eran una mezcla de Aesir y Vanir. Pero lo decía con tono orgulloso y un tanto misterioso, como si no fuera una herencia Vanir corriente, y como nunca había conocido a sus padres, Sigyn no sabía qué pensar de aquellas alusiones de la anciana. De pequeña fantaseaba con ser una princesa abandonada que había acabado trabajando de fregona, pero sabía que lo más probable era que fuese descendiente de alguno de los soldados Vanir que sirvieron a la causa asgardiana durante la guerra contra Jotunheim.

El pueblo Vanir era recio y orgulloso, menos sofisticado que los asgardianos pero no por ello menos honorable ni valeroso en la batalla. En el pasado, una sangrienta guerra había enfrentado a Vanir y Aesir, resultando, obviamente, Asgard los vencedores. Pero hacía muchos siglos de aquello y Vanaheim era en la actualidad un reino tributario de Asgard. Los embajadores Vanir en Asgard, Njord y sus hijos, los mellizos Freyr y Freyja, eran tan influyentes en la Corte de Odín como los Aesir más antiguos y poderosos.

Siendo Vanaheim un aliado de Asgard, Sigyn se preguntaba si era seguro que Loki mantuviera un refugio allí, pero seguramente él sabía lo que hacía. Aunque feudatarios de Asgard, los Vanir siempre habían sido ferozmente independientes y no participaban en las guerras e intrigas de los demás Reinos a menos que les afectaran directamente. Si bien la orden de busca y captura contra Loki también se extendía a aquel Reino, allí prácticamente nadie lo conocía y por eso era un lugar mucho más seguro que Asgard, en eso Sigyn tenía que darle la razón; y si él había sido capaz de moverse por la Tierra con tantos enemigos como tenía allí, no había razones para suponer que ellas tendrían problemas en Vanaheim, a menos que llamaran demasiado la atención.

Con tanta curiosidad como Sigyn había sentido por ese Reino, era extraño que nunca lo hubiera visitado antes. Había tenido que pasar por otros dos mundos, Midgard y Jotunheim, antes de llegar ahí. Pero una vez allí, tuvo que admitir que lo que Eir contaba debía ser cierto y que algo debía unirla a aquel lugar, ya que desde que posó el pie en él por primera vez, se sintió como en casa.

Todo era verde, exuberante vegetación y naturaleza llena de vida. Altísimos, los árboles ascendían hasta el cielo y más allá de lo que la vista podía alcanzar, algunos parecían llegar casi a las nubes. Y en los más antiguos, sus ramas se retorcían en formas caprichosas, en unas ocasiones armónicas y en otras siniestras. Multitud de ríos y lagos poblaban la zona, y la flora y la fauna eran tan abundantes y variadas como en muchos lugares de la Tierra.

El palacete de Loki se encontraba escondido en la espesura, resguardado por las montañas Eiglofianas. "Debéis tener cuidado de no ir más allá, hay Trolls de Roca en las montañas", les había advertido Fenrir, "…No suelen bajar al valle a menudo, pero por si acaso es mejor que no salgáis del palacio de noche, que es cuando se mueven esos seres. Aparte de eso, a poca distancia al sur hay un pequeño poblado donde podréis adquirir provisiones y todo lo que necesitéis, pero tenéis que ser discretas para que no descubran vuestra identidad". Sigyn pensó que Fenrir no debía preocuparse por eso. Ella era la menos interesada en volver al punto de mira de los enemigos de Loki.

La villa era de mucho menor tamaño que la fortaleza de Loki en Jotunheim, y de aspecto menos intimidante. Seguramente no debió haberla construido él personalmente, sino comprado a algún noble Vanir venido a menos, porque el estilo no era en absoluto el suyo, algo por otra parte necesario para ocultar su presencia allí. Era confortable y acogedora, pero no carecía de ciertos detalles lujosos que sí concordaban más con el gusto del dios del engaño.

Sigyn y Sylene se acercaron a la entrada de la mansión, observando las hiedras y rosales trepadores que recubrían los muros de granito rosado. Tal y como había mencionado Fenrir, la servidumbre estaba ya preparada y esperándolas, como una comitiva militar aguardando a su capitán. Todos eran Vanir, es decir, de tamaño humano, lo que produjo en las mujeres una sensación irreal. Acostumbradas a tratar con los sirvientes jotnar, les resultaba extraño poder hablar con aquellos criados de tú a tú y no tener que levantar la cabeza para hacerlo.

Un hombre maduro y corpulento vestido con una librea verdosa, se adelantó y las saludó con una reverencia:

–Mis señoras, os estábamos esperando. Soy Lytir, el mayordomo de esta finca, y en nombre del resto de vuestro séquito y en el mío propio, os doy la bienvenida. Os ruego que me acompañéis, os mostraré la villa –las invitó con un gesto, mientras unos cuantos criados de apariencia fornida se apresuraron a recoger los bultos de equipaje que Fenrir había dejado en el suelo.

–¿Qué les pasa? –Sylene se dio cuenta de que la mayoría de siervos las observaban con confusa cautela, y Lytir se apresuró a explicarle:

–No os preocupéis, mi joven señora, sólo están un poco extrañados. Conocíamos a los hijos varones del señor Hvedrung porque habían venido aquí alguna vez, pero no sabíamos que tuviera, además, una esposa y una hija. Imaginad nuestra sorpresa cuando nos comunicaron que existíais, y que debíamos acondicionar la casa para vuestra visita.

–¿Señor Hvedrung? Ah… entiendo –Sigyn supuso que "Hvedrung" debía ser la identidad falsa de Loki en Vanaheim.

Mientras los criados trasladaban el equipaje a sus respectivos dormitorios, Lytir guió a ambas mujeres en un breve recorrido por las diferentes estancias del palacete: el gran salón, aunque no tan enorme como el de la fortaleza jotun; un comedor, también demasiado grande para usarlo ellas dos solas; las bulliciosas cocinas… y cómo no, la biblioteca. Habría sido difícil imaginar cualquier residencia de Loki sin libros.

Sigyn se sorprendió al ver que, incluso en una residencia de vacaciones, la biblioteca era extensa y estaba muy bien provista. Sin embargo, pudo advertir un pequeño detalle que la diferenciaba de las otras que poseía Loki en Jotunheim o en Asgard: no había ni un solo libro sobre magia, ciencia o política. En su lugar, todo eran novelas, filosofía, memorias de viajes y poesía lírica, todos los géneros que a Sigyn le gustaban. Lytir explicó que apenas unos días antes el señor había enviado muchos de aquellos nuevos libros para que ellas pudieran disfrutar de la biblioteca.

–Parece que papá aún no se da por vencido –comentó Sylene. La chica aún seguía molesta con su padre, pero por otro lado, no podía dejar de sentirse fascinada por todas aquellas manifestaciones románticas de él hacia su madre. Revisó un poco las hileras de los libros para ver los títulos–. Están todos tus favoritos. Un último detalle galante por su parte.

–¿Pero qué dices? –incómoda y algo turbada, Sigyn intentó restarle importancia– Él no es del tipo "galante", precisamente –Aunque no sabía por qué, si ya había quedado claro que no iba a lograr nada con ella, él seguía teniendo ese tipo de detalles.

La finca que rodeaba el palacete les deparaba más sorpresas. La extensa zona ajardinada que rodeaba la villa estaba cubierta de magnolios, álamos blancos y cipreses, además de setos artísticamente recortados y macizos de flores de varios colores. Era atravesada, además, por varias travesías cubiertas con arcos revestidos de vides decorativas que hacían las veces de techo, y los verdes pámpanos y hojas descendían armoniosamente a poca distancia de las cabezas de quienes las atravesaran: era imposible pasar por debajo de aquellos arcos sin sentirse un personaje de cuento. La parte central de aquel parque tenía un cenador rodeado unos banquitos de piedra, y junto a éste había incluso unos columpios cuyos laterales estaban recubiertos también de plantas trepadoras, lo cual demostraba que alguna vez había sido el hogar de una familia antes de ser adquirida por el dios del engaño.

Para regocijo de Sylene, encontraron también, anexo a la propiedad principal, un establo con magníficos caballos –algo que no era de extrañar teniendo en cuenta que los caballos de Vanaheim eran de los mejores de los Nueve Reinos, de hecho gran parte de los caballos usados en Asgard tenían procedencia Vanir–, lo que le permitía a la muchacha retomar otra de las aficiones de su niñez en la Tierra: la equitación, deporte al que se había habituado durante su infancia en Texas pero al que había tenido que renunciar al trasladarse a Nueva York.

Terminada la visita, el lacayo las condujo a sus dormitorios, primero a Sylene y después a su madre. Los de Sylene, decorados en estuco color salmón, eran de menor tamaño y sus muebles eran mucho menos lujosos que los que había tenido en Jotunheim, pero a ella no pareció importarle. Ella seguía mostrándose entusiasmada con todas las novedades que le presentaba la vida, sin importar el mundo del que procedieran.

Tras dejar a la muchacha instalándose, el lacayo acompañó a Sigyn a la alcoba principal, que era la que solía utilizar Loki cuando pernoctaba en la villa. Ella habría preferido dormir en otro cuarto –uno que no le recordase tanto a él–, pero no pudo encontrar una explicación convincente o discreta de por qué una esposa no querría utilizar la misma habitación que su marido, así que se avino a quedarse allí.

–Cuando tengáis un momento, el cocinero desea veros para concretar con vos el horario y la composición de las comidas. Lo que no me dijeron, mi señora, es cuánto tiempo durarían vuestras vacaciones aquí –comentó Lytir mientras le mostraba la cámara.

"Así que vacaciones…". Loki era muy listo inventando excusas para justificar su presencia allí.

–Aún no está decidido, pero creo que será bastante tiempo –murmuró ella, observando la que sería su nueva habitación. Ésta era más grande que el cuarto de Sylene, aunque no tanto como el dormitorio de Loki en Jotunheim, y si bien tenía algunos detalles en dorado, eran bastante más discretos.

–Como deseéis, estamos a vuestra disposición –repuso el hombre–. No hemos recibido instrucciones al respecto, así que no hemos tocado nada y todo está tal y como lo dispuso vuestro esposo –De la actitud del mayordomo se desprendía que, aparte del hecho de que le daba mucha importancia a la discreción y a la obediencia, poco sabían de su misterioso amo, el cual sólo visitaba la villa muy de vez en cuando–. Sin embargo, si necesitáis que cambiemos cualquier cosa, sólo tenéis que decirlo.

–Está bien, lo iremos viendo sobre la marcha.

Una vez sola, Sigyn ya pudo desabrocharse el pesado traje de terciopelo, que ya empezaba a agobiarla. Recordó de nuevo que tendrían que comprar ropa más ligera y empezó a deshacer el equipaje para ver qué podría aprovechar y qué tendría que guardar hasta que llegase una estación más fría. El sudor se le deslizó por el escote y ella se pasó la mano por el cuello para enjugárselo un poco, advirtiendo la desagradable sensación de que algo le faltaba en el pecho. ¿Dónde estaba su colgante de aguamarina?

"¡Oh, no!", se angustió. En ese momento recordó que, inmersa en los preparativos de su equipaje, se lo había quitado un momento para arreglar un nudo en el cordón, y tras hacerlo, no sabía muy bien cómo, se había olvidado de ponérselo otra vez. Se había quedado en el joyero de sus habitaciones de Jotunheim, junto con el montón de joyas que le había regalado Loki pero que no representaban para ella ni la millonésima parte del valor de aquel colgante.

La pérdida de una de sus posesiones más preciadas le provocó una intensa furia contra sí misma por su estúpido despiste. ¿Cómo demonios había sido tan descuidada? Pero había tenido la cabeza en demasiadas cuestiones aquellos últimos días. Aparte de su enfado, también se sintió muy deprimida: no sólo su magia se vería considerablemente mermada al no poder contar con el poder de piedra Norn de la aguamarina, sino que ya no tendría nada que le recordara a Loki. Y no podía contactar con él para que se la devolviera, porque entonces le estaría demostrando cuánto significaba aquel objeto para ella.

Tal vez, pensó suspirando, aquello fuera una señal. Un símbolo de que debía dejar atrás a su marido y a todo lo que lo representaba, incluyendo aquel colgante. Tendría que conformarse y acostumbrarse a vivir sin aquella joya y sin magia… al igual que debía acostumbrarse a vivir sin Loki.

Pero aquello se le antojaba más difícil que nunca. Y el vacío que ahora percibía en su pecho no era sólo físico.

–*–*–*–*–*–

Durante los primeros días, todo fue bien. O al menos, Sigyn se esforzó en mantener la ilusión de que así era.

Pasaba con Sylene todo el tiempo que podía, sirviendo aquel período como reencuentro entre madre e hija después del distanciamiento que habían experimentado durante su estancia en Jotunheim y sus últimos días en la Tierra. Hablaban de casi todo, de lo divino y lo humano, del gran cambio que suponía para la joven pasar de ser una simple adolescente mortal a una hechicera hija de dioses, y de sus sueños para el futuro.

Sólo había un tema tabú para ambas: Loki. Sylene parecía extrañamente decidida a no hablar de su padre, y a Sigyn le avergonzaba un poco sacar el tema, como si haciéndolo estuviese admitiendo que sentía necesidad de hablar de él, de recordarle. Tal y como habían quedado, Fenrir o Jormungand seguían contactando con su hermanastra a través de Las Llamas de la Omnipresencia, o bien era Amora la que guiaba a su pupila dictándole qué pasajes de los libros debía estudiar o qué hechizos debía practicar. Sigyn prefería no estar presente para conceder un poco de intimidad a su hija, pero cuando volvían a reunirse tenía que aguantarse las ganas de preguntarle por noticias de él.

En cierta ocasión, durante el desayuno, ella no pudo resistir la tentación y mencionó, como de pasada:

–Y… ¿sabes algo de tu padre? ¿Tus hermanos te han comentado algo?

La pregunta no pareció hacer mucha gracia a la joven. Miró hacia abajo, a la mesa surtida de pan tostado con manteca, té y leche, zumo y toda clase de fruta fresca:

–No –masculló, pero a continuación la miró suspicaz–. ¿Por qué lo preguntas? ¿Es que te importa?

–No, no –se apresuró a contestar ella, sintiendo que las mejillas se le acaloraban–. Sólo quería… tenía curiosidad, eso es todo.

"Sólo quería saber si está bien".

Sigyn comenzaba a sentirse intranquila, además de culpable. No le gustaba haber acabado con él de aquella desagradable forma, sobre todo cuando, por primera vez, él mostraba signos de querer hacer lo correcto, al menos con ella. Que no pudieran estar juntos no significaba que disfrutara hiriéndole; nunca, ni siquiera cuando creía odiarle, le había gustado verle sufrir. Ojalá hubieran podido acabar su relación racional y civilizadamente, suspiró, pero sabía que era pedir un imposible. El trágico pasado que compartían y la intensa pasión que se desataba a la mínima cuando estaban juntos lo impedía. Estar separados era lo mejor para ambos.

Aunque aquellos días juntas resultaron esenciales para reforzar su relación y ambas parecían disfrutar mucho, pronto Sylene comenzó a requerir un poco más de tiempo en soledad para dedicar a sus estudios, tiempo que por supuesto su madre no quiso negarle. Además de sus prácticas de magia, la muchacha se dedicó a explorar a caballo las vastas posesiones Vanir de Loki, y aunque invitó a su madre a ir con ella, Sigyn declinó la oferta. A ella no le entusiasmaban tanto los caballos como a su hija, pues los consideraba sólo simples modos de transporte y además bastante incómodos, comparados con los automóviles o los aviones de Midgard. De esta forma, se vio obligada a pasar más tiempo sola y, lo que era peor, con sus pensamientos.

Intentó llenar esos huecos con las pocas y sencillas distracciones que pudo encontrar. Por supuesto, pasó muchos de esos ratos leyendo, pero las grandes pasiones de las novelas que siempre había disfrutado, palidecían y le sabían amargas, metálicas; y las memorias de viajes le parecían grises y descoloridas. Y si se descuidaba, muchas veces se encontraba fantaseando con viajar a los mismos lugares cuyas descripciones leía… con él, siempre con él. Y después levantaba la vista del libro y contemplaba la enorme biblioteca, y una punzada de culpabilidad la acometía cada vez que recordaba que Loki había dispuesto todo aquello para ella pese a lo desagradable que había sido con él.

Así que se dedicaba a dar amplias caminatas por el jardín, pasando bajo los arcos floridos y sentándose a meditar en el columpio rodeado de enredaderas que en el pasado habría conocido a familias mucho más felices que la suya, suspirando y contando los minutos hasta que su hija terminase su estudio o regresase de su paseo a caballo. Incluso hubo veces en que se vestía con ropa vieja de alguna criada y se ponía a trabajar en los macizos de flores del extenso jardín, ante la mirada asombrada de la servidumbre, sólo para matar el tiempo. Se aburría como una ostra y se sentía más sola que nunca. Y se moría de calor.

Después de que Sylene le hablase de la existencia de un estanque a un par de millas al sur de la finca, adoptó también la costumbre de pasear hasta allí para darse un chapuzón. Era aquél un lago pequeño y tranquilo, muy similar a otro que había cerca de la capital asgardiana donde solían nadar Narvi y Váli y donde seguramente habrían acudido también el padre y el tío de éstos durante su infancia, mucho antes de verse separados por aquella sangrienta enemistad. El lago de Vanaheim estaba más resguardado que el de Asgard: por el lado más septentrional conectaba con una gruta de origen natural sobre la que caía una pequeña cascada, en tanto que el lado opuesto estaba rodeado de plantas y sauces llorones que dejaban caer sus ramas sobre el agua, proporcionando una agradable sombra en la orilla semi pedregosa. El agua era clara y fresca sin resultar demasiado fría, y las piedrecillas que había en la parte más húmeda daban paso, a poca distancia sobre la orilla, a una mullida alfombra de hierba.

Aquel bucólico paraje invitaba a dar una cabezada bajo uno de aquellos sauces, y eso era lo que ella hacía tras refrescarse. No llegaba a dormirse del todo, pero sí a ese estado de profunda relajación que precede al sueño. Al bajar la guardia ante sus férreamente dominados sentimientos, muchas veces la asaltaba una ensoñación que tenía mucho de fantasía, donde Loki aparecía allí, buscándola y declarando que no podía vivir sin ella. Y entonces se imaginaba que se arrojaba a sus brazos, incapaz de recordar su deber ni nada que no fuera su ansia de estar juntos, y hacían el amor en el agua, bajo las dulces hojas de aquellos árboles. Pero cuando abría los ojos ella estaba sola, en aquel bello paraje cuya tranquilidad apenas era rota por los chirridos de las chicharras y alguna libélula ocasional. Y suspiraba llena de añoranza por lo que pudo haber sido y ya no sería.

Cuando se enfrentaba a aquellos pensamientos, a aquel anhelo, se enfadaba consigo misma. "¿Por qué no te aclaras de una vez, Sigyn?", se reprochaba mientras contemplaba su reflejo en las límpidas aguas del estanque. Sin embargo, el problema no consistía en estar confundida. Su mente tenía las ideas muy claras; lo malo era que su corazón también, y éstas eran radicalmente opuestas.

Si al menos pudiese dormir de noche… pero las noches eran lo peor. Seguía sin poder dormir bien y cuando lo conseguía, su sueño era inquieto y se despertaba sudorosa e incómoda. Debía ser por el calor, hacía un calor horrible allí o al menos eso le parecía. Con todo lo que había extrañado el calor y la luz del sol cuando estaba retenida en Jotunheim, y ahora tanta claridad y aquellas temperaturas cálidas y húmedas la agobiaban, la sofocaban. Podría deberse a que su cuerpo se hubiera aclimatado al frío durante el invierno permanente de Midgard y su paso por el Reino de los Hielos Eternos, pero el caso era que, por difícil que pudiera parecer, lo echaba de menos. El frío tenía solución: un grueso abrigo, una buena fogata, el contacto con la piel desnuda de un amante –no, no debía pensar en eso–…; pero de aquel maldito calor no había manera de escapar.

–*–*–*–*–*–

–Podrías venir conmigo un día al mercado del pueblo –sugirió Sylene un día, después de ver el rostro macilento de su madre tras otra larga noche de insomnio–. He visto un puesto con hierbas y remedios naturales, tal vez encuentres algo que te ayude a dormir.

Sigyn lo pensó. ¿Por qué no? Cuando era joven, una chiquilla no mucho mayor que Sylene, Eir le había enseñado mucho sobre homeopatía y medicina natural. Recordaba que solía recurrir bastante al té de lavanda cuando ella misma o alguno de sus conocidos le costaba dormir, y esperaba que ahora también surtiera el mismo efecto de entonces. Seguramente en aquel puesto podría conseguir flores secas de lavanda para hacer infusión.

El poblado, llamado Skaun, era pequeño, pero a la vez estaba en una zona de paso bastante concurrida por viajeros, de forma que los extraños no llamaban la atención; y su mercado no era muy diferente de los mercadillos de ferias medievales que las dos mujeres habían visitado en Midgard. En una extensión relativamente pequeña se concentraban varias decenas de puestos de mercaderes, herreros, artesanos y bodegueros que ofertaban sus productos, desde alimentación hasta textil, desde artesanía cerámica hasta orfebrería y cristal. En toda la zona se percibía una intensa mezcla de olores de especias, fruta en conserva, carne recién asada y pomadas aromáticas.

Ambas mujeres iban vestidas con discreción, con capas de sarga en tonos pardos, y llevaban la cabeza cubierta con caperuzas para intentar confundirse con la multitud. Mientras caminaban, iban oyendo retazos de conversación, y el mercadillo no sólo bullía de actividad comercial sino de tensión, de intranquilidad y de preocupantes rumores sobre el futuro entre los feriantes del mercado y el resto de habitantes del poblado. Se hablaba de una invasión por parte de Malekith a Nidavellir que los enanos no habían sido capaces de contener, y todos se preguntaban si Vanaheim no sería el siguiente Reino en caer. Muchas de las voces se alzaban en forma de crítica hacia Asgard, ya que Odín, ocupado en pertrechar su propio reino, sólo había enviado a su feudatario una escasa tropa de cadetes sin experiencia, a todas luces insuficientes para proteger Vanaheim de un potencial ataque de los svartálfar o de los aliados de éstos, los aterradores gigantes de hielo.

–¿Te has dado cuenta? –le susurró Sylene a su madre–. Hablan de papá.

–Ssshhh –la acalló Sigyn. Nadie debía descubrir que tenían la menor relación con el temido comandante jotun.

Una vez en el puesto de hierbas, Sigyn pidió las flores de lavanda secas y, ya que estaba allí, otros productos como cera de abeja, con la que podría preparar bálsamo de labios, jengibre y flores de camomila. Al ver el polvo de alheña en un saquito en el mostrador, lo pensó unos segundos y finalmente agregó un poco al pedido.

El tendero le hizo un paquete con todo lo que había comprado y se lo entregó. El precio, tres veces superior a lo que le habrían cobrado en Asgard en su juventud por una compra parecida, la sorprendió, pero no dijo nada y pagó sin rechistar. Aun así, el tendero, que la había visto torcer el gesto al oír la cantidad, se sintió obligado a justificarse:

–Disculpadme, mi señora. Sé que todo está bastante caro, pero no es culpa nuestra. Los de Asgard llevan meses llevándose casi toda nuestra producción agrícola y ganadera, y eso ha disparado los precios.

"Como si estuvieran aprovisionándose, preparándose para un asedio", se percató Sigyn. La guerra iniciada por su esposo no sólo afectaría Asgard, Jotunheim y Midgard, sino que se extendería a los confines de todos los Reinos del Yggdrasil.

Mientras volvía a casa con Sylene, se le ocurrió, no por primera vez ni tampoco por última, que el que Loki ganara la guerra y se convirtiera en el monarca absoluto de aquellos Reinos tal vez no fuese lo peor que les podría pasar. "A diferencia de Odín, Loki nunca permitiría que un enemigo pusiese el pie sobre ninguno de los Reinos que estuvieran a su cargo", pensó. "Los protegería ferozmente, aunque sólo fuese por su celoso sentido de la propiedad. Él nunca descuidaría Nidavellir o Vanaheim, si fueran suyos".

Una vez de vuelta en la villa con su hija, a salvo de cualquier mirada indiscreta y en la intimidad de su habitación, Sigyn desempaquetó sus compras, y a través de una de las criadas mandó la lavanda desecada a las cocinas para que le preparasen una infusión, que se tomaría antes de acostarse. Después, se quedó contemplando la alheña pensativamente, y se dirigió al espejo para observar las crecidas raíces rojizas en su cabello rubio.

Ya su hija la había avisado de que el contraste entre ambos colores empezaba a ser un poco más que apreciable, pero hasta entonces no había podido hacer nada al respecto. Al parecer, sólo en Midgard era posible encontrar tinte rubio para el cabello: en Jotunheim las jotnar que tenían pelo no estaban interesadas en colorearlo artificialmente, y en Asgard la mayoría de Aesir tenían cabellos naturalmente rubios. Preparar una solución oxigenada para retocarse ella misma su falso rubio sería problemático y arriesgado, ya que en la Tierra siempre había recurrido a peluquerías, pero con la alheña sería más fácil. Sabía de amigas suyas de Midgard que a menudo empleaban ese polvo, que allí llamaban henna, para obtener un color de cabello muy similar al suyo original.

Recordó que semanas atrás, cuando Loki y ella acababan de reencontrarse, él le había preguntado por qué se había teñido el cabello. Ella le contestó que lo había hecho para ocultarse, lo cual era cierto, pero había algo más. El cabello rubio había cambiado su identidad. La había hecho más fuerte, más independiente, lejos de la Sigyn pelirroja tímida y asustadiza que había sido entonces. La Sibyll Black rubia era otra persona que la había ayudado a sobrevivir. Pero ya no necesitaba ocultarse, al menos de Loki, y tampoco tenía ya que demostrarse nada, y menos con un estúpido color de pelo. Podía volver a ser la que era, no Sibyll Black, ni tampoco la Princesa Consorte de Asgard o la falsamente proclamada Diosa de la Fidelidad. Simplemente ella, Sigyn.

Preparó una mezcla con la alheña tal y como recordaba que lo hacían sus amigas, la dejó reposar y esa noche tras la cena se la aplicó en la cabeza. Esperó un tiempo prudencial, mientras leía sagas de las eras antiguas, y ya entrada la noche, se lavó el cabello en su cuarto de baño.

Sigyn permaneció bajo el chorro del surtidor un buen rato para que el agua limpiara los restos de henna, y cuando salió se contempló en el espejo un poco sorprendida ante su imagen, antigua y nueva a la vez. Llevaba tanto tiempo siendo rubia que ahora se sentía extraña otra vez con aquel cabello rojizo, tal vez un tono más claro que el suyo original por el efecto de la alheña sobre la base dorada. Su melena aún estaba empapada y unos regueros carmesíes de agua mezclada con tinte rojo se escurrían por su espalda, lo cual daba una imagen bastante inquietante, como si la tuviera toda ensangrentada, pero ella lo ignoró. No quería pensar en sangre aquella noche.

Ya con el cabello seco, se vistió con una ligera túnica de gasa de color verde agua, una de las nuevas adquisiciones que habían hecho al llegar allí, y se tomó la infusión de lavanda que una de las sirvientas le había dejado en su dormitorio mientras ella estaba bañándose. Tal vez fuese el nuevo cabello, o quizás la larga ducha o el té, pero se sentía fresca, relajada y por primera vez dueña de sí misma y a gusto con su situación desde que hubieran llegado allí. Ni los rumores de guerra o los sangrientos augurios del agua rojiza sobre su espalda la intranquilizarían aquella noche, podrían esperar hasta el día siguiente. Se dejó caer con un suspiro de placer en el mullido lecho. Lo único que habría mejorado aquello sería no estar tan sola, pero no se podía tener todo en la vida, pensó mientras cerraba los ojos.

–*–*–*–*–*–

Y otra vez estaba allí el sueño.

De nuevo volvía a verse en el campo de Vígrid tapizado de cadáveres, muchos de ellos de hombres que había conocido, que habían sido algo en su vida; y lloraba arrodillada mientras sostenía entre sus brazos el cuerpo del que más había significado para ella de todos. Loki… lo llamaba una y otra vez. Su boca parecía no poder pronunciar otra palabra, como si en aquel breve nombre se concentrase todo su pasado, su presente y su futuro. "Loki, por favor… por favor, despierta".

Su corazón dejó de latir durante un segundo cuando lo sintió moverse débilmente para a continuación verle abrir los ojos. Aún vivía, pero no sería por mucho tiempo, lo supo al contemplar la enorme herida en su pecho. Era imposible que nadie pudiera sobrevivir a semejante pérdida de sangre, ni siquiera un gigante de hielo.

Sigyn… –murmuró él con voz apagada–, estás aquí.

Loki… –ella lo estrechó entre sus brazos, feliz de poder verlo y hablar con él aunque fueran unos breves minutos. Su corazón se rompió ante la conciencia de que aquello sería todo lo que tendrían.

Creí que moriría sin volver a verte.

No vas a morir –sacudió la cabeza obstinadamente–. Vas a ponerte bien.

Los labios finos y pálidos de Loki se curvaron en una sonrisa resignada.

No hay que ser el dios del engaño para reconocer la mentira en esas palabras.

Tienes que aguantar… –dijo ella con desesperación–. Iré a buscar ayuda –añadió, aunque no sabía dónde encontrarla en aquel paraje desolado, o siquiera si vería cerca algún signo de vida, pero él esbozó un gesto negativo.

Esta vez no puedes ayudarme. Mi destino es acabar aquí.

¿Ya lo sabías? –ella jadeó por la sorpresa– ¿Por qué no me dijiste nada? Si lo hubiera sabido…

Intenté decírtelo varias veces, pero… no quisiste escucharme. Y ya es demasiado tarde.

¡No! –exclamó ella entre lágrimas– ¡Tienes que resistir! ¡Por favor no me dejes! ¡Te quiero!

¿De verdad? –El dios volvió a sonreír débilmente, aunque ahora mostrando cierta alegría e ilusión– Entonces es una lástima. Habríamos podido ser felices durante estos últimos meses.

¡Lo siento! –dijo ella hipando– Fui demasiado orgullosa… y rencorosa.

Tenías derecho a ello, después de todo lo que te hice.

No importa… ya no importa.

Sigyn no podía dejar de llorar. Tanto que le había odiado, o que había creído odiarle, y ahora… la simple idea de perderle le resultaba insoportable. "¡Por favor!", suplicó, aunque no sabía a quién. Si tuviera una sola oportunidad más, ella…

Pero él tenía razón: ya era tarde. Y tenía que afrontar las consecuencias de sus errores.

Cuidaré de nuestra hija… –prometió con el deseo de tranquilizarlo con respecto al futuro de Sylene. Pero él sacudió la cabeza.

Por desgracia, no me sobreviviréis durante demasiado tiempo –murmuró–. Lo siento. Habría querido que os salvarais, pero…

¿Qué? –preguntó con un hilo de voz– ¿Por qué?

Él desvió la vista.

Surtur. Él… –no llegó a acabar la frase, y dijo en cambio– Todo va a desaparecer.

Sigyn lo acunó entre sus brazos, sonriendo con las mejillas bañadas en lágrimas.

Entonces, al menos moriremos juntos.

Él asintió, imitando su sonrisa.

Juntos hasta el final. ¿No dijiste eso en la cueva?

Ella hizo un gesto afirmativo.

Hasta el final.

Él llevó sus dedos a la mejilla de la mujer para acariciarla, manchándosela con su propia sangre. A ella no le importó.

Te amo, Sigyn.

Te amo, Loki –contestó ella sin vacilar, inclinándose sobre él y besándole en los labios. Él respondió al beso, pero tras unos segundos su gesto perdió fuerza y la mano que acariciaba la mejilla de su esposa cayó inerte.

No… –susurró ella– ¡No, Loki! ¡Por favor, no me dejes!

Pero se dio cuenta enseguida de que sus ruegos y súplicas ya no serían escuchados, porque le estaba hablando a un cadáver.

¡Loki, amor mío! –lo abrazó sollozando, tan desgarrada como quince años atrás, cuando estrechaba contra sí los cuerpos aún calientes de sus hijos asesinados. ¿Por qué siempre tenía que perder así a todos aquellos a los que amaba? Daría cualquier cosa, cualquier cosa, con tal de evitar aquello.

Loki… –murmuró entre lágrimas, y de nuevo apartó los mechones de color azabache y besó la frente de su marido. Su amado marido muerto–. Descansa en paz, mi amor.

Continuó abrazando el cadáver durante no supo cuánto tiempo más, y le parecía que podría haberse quedado eternamente allí, pero no tuvo esa opción. De repente el aire se enrareció aún más y la iluminación, ya mortecina, disminuyó de intensidad, como si el sol oculto tras el humo se estuviera apagando o la sombra de algo gigantesco se cerniera sobre el cielo.

Simultáneamente, un sonido atronador, similar a un trombón pero mucho más grave y siniestro, hirió los oídos de Sigyn, haciendo encogerse su estómago y lanzando escalofríos que subieron por su columna. El humo que volvía borroso el cielo desapareció y ella sintió que el terror atenazaba su corazón cuando vio la gigantesca figura recortándose contra el horizonte, roja e incandescente como una descomunal brasa viva con figura humanoide y enormes cuernos.

"Surtur…", susurró casi sin voz. Ahora sabía lo que había querido decir Loki cuando había mencionado que todo desaparecería y que nada ni nadie podría sobrevivirle durante mucho tiempo.

El fuego arrasó todo el lugar, extendiéndose en pocos segundos y abrasando todo a su paso: cielo y suelo, la hierba y los cadáveres, la tierra y el aire. Sigyn vio la ola de fuego abatiéndose sobre ellos, pero el horror no le permitió emitir sonido alguno. Se abrazó al cuerpo de Loki unos instantes antes de que las llamas llegaran hasta ella, hundiendo el rostro en su cuello ensangrentado. Sabía que el resto de Reinos del Yggdrasil no tardaría en seguir su misma suerte, y en aquel momento estar cerca de su marido era lo único que la consolaba.

Nunca habían podido estar realmente juntos en vida, pero podrían estarlo en la muerte.

Se despertó congestionada, casi sin respiración. Se llevó las manos a la cara y sollozó desesperada: ¿por qué seguía pasándole eso, es que no se le concedía ni un respiro? ¿Cuándo acabaría aquello, cuándo?

Una voz estridente y desagradable de su conciencia respondió su pregunta: "Cuando traigan el cadáver de tu marido ante tus pies, y te arrepientas amargamente de haberle abandonado. Cuando ya sea tarde para rectificar. Entonces ya habrá acabado todo, para él… y para ti".

¿Y si era cierto, y si no volvía a verle con vida? Recordó que las últimas palabras que le había dicho antes de separarse, cuando estaba tan furiosa con él, habían sido "te odiaré todos los días de mi vida". ¿Cómo podía dejar que él marchara a la guerra creyendo eso… cuando en realidad era todo lo contrario?

–*–*–*–*–*–

En su habitación, Sylene tampoco podía dormir. ¡Demonios, qué calor tenía, y qué sed! Se sirvió agua de una jarra que tenía en la mesilla, pero estaba a temperatura ambiente, desagradablemente tibia. Intentó recurrir a uno de los trucos de su naturaleza jotun, el generar hielo con sus propias manos para enfriarlo, pero le costó más de lo que había pensado. Al parecer, en lugares calurosos como aquél sus poderes de gigante de hielo no funcionaban tan bien como en Jotunheim.

Jotunheim… lo echaba terriblemente de menos. Vanaheim era precioso, le encantaban aquellos bosques verdes, los ríos cristalinos con sus cascadas y los pueblos que parecían sacados de sus libros de fantasía épica, pero no era su hogar. Ella era mestiza de gigante de hielo, y su mitad jotun pesaba más que la Aesir, ahora lo sabía. Extrañaba la escarcha, la nieve y el sonido de las ventiscas. Añoraba aquellos tontos juegos en el hielo con sus hermanastros, echaba de menos las enseñanzas de Amora, que la hechicera impartía con una aparente frialdad que ocultaba sincera preocupación por ella; y, por extraño que pareciera, incluso había llegado a extrañar las estupideces de Lorelei. Su mundo era Jotunheim, no Vanaheim.

Pero su madre merecía ese sacrificio. Si ella era feliz allí y quería tenerla a su lado, era allí donde tendría que estar. Se lo debía, después de todo lo que había hecho por ella, y después de cuánto había sufrido la pobre en el pasado.

Sin embargo… ¿realmente era feliz? A veces Sylene tenía sus dudas. En muchas ocasiones, cuando estaban juntas, su madre parecía estar en otra parte. A medida que pasaba el tiempo allí, sus sonrisas se iban haciendo cada vez más falsas, sus suspiros de añoranza más frecuentes. Aunque se encontrara un poco como pez fuera del agua, Sylene se esforzaba en disfrutar lo máximo que podía de aquel reino, montando a caballo y explorando los bosques, pero su madre se iba mustiando lentamente, como una flor expuesta a un sol demasiado fuerte.

Esperaba que no se tratara de lo que ella creía… o mejor dicho, de quien ella creía. Aún seguía terriblemente enfadada con su padre, de modo que trataba de luchar con esa sensación que crecía dentro de ella, de que también lo echaba de menos. Pero no podía negarlo por mucho que lo intentara: echaba terriblemente de menos a su padre, no podía odiarlo aunque quisiera. Pero, ¿sentiría su madre lo mismo? ¿A pesar de todo lo que le había hecho?

Aquellas cuestiones la agobiaban y no la dejaban dormir, y tampoco ayudaba ese calor húmedo, que aquel agua con escaso hielo no podía mitigar. Tal vez un paseo por el jardín le sentaría bien. El aire fresco la despejaría, aunque no tuviera nada que ver con aquel viento helado y vigorizante de Glaesisvellir.

Caminar por aquel bello y enorme jardín a la luz de las estrellas tenía su lado misterioso y romántico. Una se imaginaba que podían salir a su encuentro duendes, hadas o cualquier ser mitológico de ésos que hasta entonces sólo había creído que existían en los libros. Por de pronto, ya sabía que los elfos, los enanos o los dioses eran reales, así que ¿por qué no el resto?

Precisamente esa pregunta la asaltó cuando vio la figura sentada en el columpio rodeado de hiedra, con una vaporosa ropa verdeazulada y el cabello rojo y largo ondeando en la brisa nocturna. Era idéntica a una ilustración de una ninfa que había visto una vez en un cuento. La chica se quedó boquiabierta y se restregó los ojos con incredulidad, pero no fue hasta que se acercó para observarla más de cerca que se dio cuenta de que se trataba de su madre.

Al principio no dijo nada y se limitó a observarla, un poco sorprendida pero también fascinada por aquel cambio en su cabello. Sylene sabía que su madre nunca había sido rubia natural, pero jamás la había visto con su auténtico color de pelo.

Cuando sus pasos cercanos revelaron la presencia de otra persona, Sigyn alzó la cabeza sobresaltada… y también esperanzada.

–¿Quién anda ahí?

–Soy yo, mamá –anunció Sylene, y se sintió confusa cuando la vio apagarse un poco al reconocerla, como si hubiera sufrido una desilusión.

–Ah, eres tú.

–¿Quién esperabas que fuese? –preguntó, ya que los sirvientes dormían en un ala bastante alejada de aquella zona y era improbable que ninguno de ellos pudiese visitar el jardín a aquellas horas– O más bien, ¿quién habrías querido que fuese?

–No sé de qué estás hablando –se desentendió su madre, desviando la mirada, pero como vio que Sylene seguía observándola suspicaz, optó por cambiar de tema–. ¿Qué haces aquí?

–No podía dormir, hace mucho calor.

–Tampoco yo.

–¿Qué le ha pasado a tu pelo?

–Oh, esto… –Sigyn deslizó sus dedos por uno de sus mechones, de nuevo bermejos–. Compré alheña en el mercado, y me dije que ya era hora de recuperar mi verdadero color. ¿No me queda bien?

–Claro que te queda bien, mamá. Estás muy linda.

No sólo le parecía "linda" a secas. La veía también más joven, aunque esto hubiera podido deberse igualmente a que ambas habían estado comiendo regularmente esas manzanas milagrosas mientras vivían en la fortaleza de su padre. Y con aquel nuevo aspecto parecía tan hermosa y frágil… No le extrañaba que su padre estuviera tan enamorado de ella. ¿Por qué tenían que estar separadas dos personas que se querían tanto? ¡Qué idiotas podían llegar a ser los hombres!

La mujer se levantó del columpio e hizo que Sylene tomara asiento junto con ella en uno de los bancos del cenador. La situación, de íntima confidencia entre madre e hija, era bastante similar a la que la chica había mantenido con su padre días atrás, aunque cambiaban los protagonistas, el ambiente –el suave y amable de Vanaheim contra el riguroso frío de Jotunheim– y el tono de la conversación.

–Mamá, ¿puedo hacerte una pregunta? Y necesito que me respondas con sinceridad. No creas que lo pregunto por papá, no es de mis personas favoritas ahora mismo: lo hago por ti.

Algo extrañada, Sigyn asintió, y Sylene no se anduvo con rodeos:

–¿Realmente odias a papá, o sólo crees que debes odiarle?

Ella se quedó aturdida.

–¿Qué?

–Me has oído perfectamente. ¿Le odias de verdad, o le quieres pero sientes que estás obligada a odiarle por lo que pasó?

–¿Lo que pasó…? –repitió Sigyn con un hilo de voz.

–Sé lo que les ocurrió a Narvi y Váli. Fueron asesinados por esa reina que quería vengarse de papá porque él mató a un hombre que ella quería.

La mujer palideció.

–¿Cómo… te has enterado…?

–Eso no importa, simplemente lo sé.

–¡Entonces sabes que la respuesta a esa pregunta no es relevante! –exclamó Sigyn con más energía– ¡Tengo que odiarle y le odiaré!

–Aunque sigas enamorada de él… –replicó Sylene serenamente.

–¡Eso es lo de menos! ¡Tus hermanos murieron por su culpa! ¡Por su codicia, por su ambición, por su crueldad!

–¿Y crees que él no lo lamenta?

–Sé que lo lamenta –su madre bajó la cabeza–, pero es demasiado tarde.

–Todo el mundo dice que yo me parezco mucho a Narvi. Si yo estuviera en su lugar, es decir, si fuera yo la que hubiese muerto, no querría que mi recuerdo separara a mis padres, sobre todo si se aman –razonó la muchacha–. Desearía que, al contrario, los uniera todavía más. No puedo imaginar cómo debió haber sido para ti perder a tus hijos, nadie puede… nadie excepto él. Creo que si aún no lo has superado es porque no has tenido a nadie en quien apoyarte para hacerlo, ¡pero ahora podrías! Podríais apoyaros el uno al otro.

Sigyn pareció abstraerse, perdida en aquellas palabras, tan simples y poderosas a la vez. ¿De verdad eso sería lo que pensarían sus niños?

–Pero eso no borra el pasado… –susurró finalmente.

–Sé todas las cosas tan horribles que te hizo. Y tienes razón, merece una buena patada en el culo. Y me encantaría que le mandaras al infierno… si fuera eso lo que realmente quisieras hacer, si eso te hiciera feliz. Pero estoy viendo que no lo hace. Si lo mantienes alejado de ti, sí, él sufrirá; pero tú también, y no quiero que sufras. ¿Recuerdas la semana antes de ir a Jotunheim, la semana que él pasó con nosotras en la Tierra? Yo nunca te había visto tan contenta.

–Eso sólo fue porque creía que era Sif.

–No. Yo me di cuenta enseguida de que era él. Y tú seguramente también debiste darte cuenta, al menos una parte de ti lo hizo, aunque fuese de forma inconsciente. Él… o ella, era papá de verdad. El Loki real. Y estar a su lado te hacía feliz.

Sigyn bajó la vista. Todo aquello superaba su entendimiento, y sus fuerzas para resistirse.

Y aquellos sueños… aquellos sueños donde él moría entre sus brazos, y ella se arrepentía de haber sido tan orgullosa y no haber olvidado su rencor. Se retiró el cabello de la cara. Se sentía fatigada.

–Apenas estoy empezando a conocer a mi padre –continuó su hija–, pero ya hay dos cosas que sé positivamente sobre él, aparte de todo el asunto de los dioses nórdicos, la magia, S.H.I.E.L.D., la guerra contra Asgard, etcétera. La primera es que se portó horriblemente contigo en el pasado y no merece que lo perdones.

Sigyn asintió. Aquello era un hecho.

–Pero la segunda es que ha cambiado. No con respecto al mundo, sino con respecto a ti. El Loki del que oí aquellas cosas horribles, ése que tanto daño te hizo… ya no está. No es el Loki que yo conozco, el que es ahora. Es como si fueran dos personas diferentes.

La mujer se mordió los labios, inmersa en una dura batalla interior. Sí, en eso su hija tenía razón: era Loki, pero a la vez ya no era él. El Loki déspota y tirano de los últimos años de su convivencia había desaparecido. De acuerdo, seguía siendo malvado; lo que le había hecho a Karnilla lo demostraba, y todo el caos y la destrucción que estaba causando en Midgard. Él nunca sería un buen hombre como podrían serlo Thor o Balder, por poner un par de ejemplos. Pero con ella… con ellas, ella y Sylene, era totalmente distinto. Estaba desconocido, más cálido y cariñoso aún que durante los primeros años de su matrimonio.

¿Quién era el auténtico Loki, el del pasado o el del presente? La asaltó la idea de que, con todo lo que sabía de él, en realidad no conocía a su marido, ni había llegado a comprenderle realmente. Al igual que los demás, siempre había considerado sus sueños y sus ambiciones como simples desvaríos de una mente enferma y rencorosa, y una pequeña parte de ella empezaba a pensar que se equivocaba. ¿Quién era, entonces, el Loki real, el brutal príncipe de Asgard o el visionario señor de Jotunheim… ambos, tal vez ninguno? Ni siquiera había llegado a verlo con su forma jotun, pues él la ocultaba celosamente de todo el mundo. ¿Cómo había podido creer que lo conocía cuando jamás había visto esa parte tan importante de él?

–No, hija –sacudió la cabeza–. Puede que ahora esté siendo un poco más amable, pero no es la primera vez que su amabilidad resulta ser pura fachada. No volveré a caer en esa trampa.

Se levantó para volver al palacete, para huir de todas aquellas ideas que la atormentaban, de aquella posibilidad, de aquella tentación, pero antes de que se alejara, Sylene la detuvo agarrándola por el brazo:

–¡Espera, mamá! ¿Sabes por qué sé lo que te hizo y lo de mis hermanos? ¡Él me lo contó!

Estupefacta, Sigyn volvió la cara a su hija, con los ojos muy abiertos.

–¿Qué? ¿Él hizo eso?

–¡Sí! ¡Me lo contó todo, sabiendo que entonces yo le odiaría y accedería a marcharme contigo! ¡Lo hizo precisamente para eso! ¡Estaba dispuesto a renunciar a nosotras con tal de que fueras feliz!

"Oh, Loki…" La idea la dejó sin aliento, y tuvo que sentarse de nuevo en el banco porque las piernas le fallaban. ¿De verdad la amaba? ¿Por qué, si no, habría bajado a la Tierra y se habría expuesto así para verla; por qué se había metido en la boca del lobo para rescatarla? Y sí, había vuelto a mentirle, se había metido en su casa –¡y en su cama!– disfrazado, engañándola una vez más, mintiéndole, manipulándola; pero tal vez alguien como él no conocía otra forma de amar.

Inspiró hondamente y se llevó las manos a la cara para controlar sus ganas de llorar.

–Mamá, ¿estás bien? –preocupada, su hija se inclinó para observarla.

–Sí, sí… –se frotó la nariz y se esforzó en dominar sus emociones, que en aquel punto no podían ser más intensas y contradictorias. Jamás en la vida ella habría creído que él fuera capaz de realizar ningún tipo de sacrificio o acto desinteresado–. Pero… pero no podría volver, ni aunque quisiera. Estamos en otro Reino, a millones de años luz, y él ya no vendrá a buscarme. Y no creo que tus hermanastros nos ayudasen, después de cómo me he portado con su padre –se lamentó.

Sylene se entusiasmó al ver un leve resquicio en lo que siempre había sido la decisión inquebrantable de su madre.

–Mamá, no es necesario. Yo sé cómo volver.

–¿Qué?

–El mapa de los pórticos interdimensionales. Jormungand me lo dio antes de venir aquí y me explicó cómo usarlo.

Sigyn recordó que efectivamente el joven serpiente le había entregado a escondidas un objeto a su hija, sin que ella pudiera acertar cuál era.

–Pero tu padre me dijo que era extraordinariamente difícil utilizarlo. Que aprender a hacerlo podía tomar meses o años y que era muy arriesgado usarlo si no se tenía práctica.

–¿De veras? –la chica pareció confusa– Pues a mí me ha resultado muy sencillo. De hecho… confieso que la mitad de las veces que decía que me iba a montar a caballo, en realidad hacía una escapada a Jotunheim a ver a mis hermanos –admitió, un poco avergonzada.

–¡Sylene! ¡Podría haber sido peligroso! –le reprochó su madre.

–¡Pero si me salió bien a la primera! Será que lo complicado es calcular las coordenadas de los puntos de ida y vuelta, y que cuando los tienes sólo hay que aplicar una sencilla fórmula rúnica. Y como Jord ya me dio las coordenadas correctas junto con el mapa, pues…

No debía olvidar que su hija tenía una mente privilegiada, pensó Sigyn, y que para ella eran fáciles las cosas que a ella misma le resultaban incomprensibles. Claro que otra posibilidad, bastante más que probable, era que Loki hubiese exagerado la dificultad de aquel mapa para que ella perdiese interés en él.

–El muy embustero… –murmuró como para sí, pero no con tono despectivo sino divertido, y una sonrisa nostálgica se asomó a sus labios. Ya hasta extrañaba sus mentiras.

–Mamá, escúchame –su hija la agarró por los hombros–. Te quiero, y quiero que seas feliz, pero tienes que preguntarte qué es lo que realmente te hará feliz. Si nada hubiese ocurrido, si acabaras de conocer a papá tal y como es ahora, ¿querrías estar con él? Olvídate del pasado, olvídate de mis hermanos, olvídate incluso de mí y sé egoísta por una vez. ¿Qué te dice tu corazón?

Sigyn alzó los ojos al cielo nocturno cuajado de estrellas, tan templado y sereno, tan diferente a la helada oscuridad de Jotunheim. Era muy hermoso, y sin embargo, no la hacía sentir nada especial. Dicen que el hogar está donde se halla el corazón, y el suyo no estaba allí.

–Mi corazón dice que… –de repente, su vista se perdió en un punto situado detrás de su hija, y contuvo la respiración cuando divisó dos enormes sombras que se recortaban contra los setos– Oh, mierda.

–¿Eso te dice tu corazón? –Sylene se extrañó ante la poca ortodoxa respuesta, y al ver que la mirada de su madre no se dirigía a ella sino a sus espaldas, se giró, para quedarse sin aliento al ver a los dos monstruosos seres que se dirigían hacia ellas.

–*–*–*–*–*–

–Cincuenta latigazos.

Se formó cierto revuelo entre los presentes, impresionados por la severidad del castigo, pero nadie dijo nada. Sólo el reo, un gigante de hielo condenado por deserción, se lanzó a los pies de Loki, aterrorizado:

–¡No, mi señor! ¡Os lo ruego, tened piedad!

Estoy siendo piadoso –recalcó el dios del engaño con voz helada–, te dejo vivir. Y para que quede claro –alzó la voz para que todos pudieran escucharle–, el castigo del próximo insensato que se crea lo bastante listo como para desafiarme y faltar a sus deberes será la muerte.

La guardia de Loki prendió al gimoteante jotun y lo aprestó para la flagelación, llevándolo al patio de entrenamientos y amarrándolo a un poste que habían dispuesto para tal fin. El dios se dispuso a seguirlos para dar la orden de ejecución de la sentencia, pero Fenrir lo detuvo sujetándolo por un brazo.

–¿Cincuenta latigazos, en serio? –le susurró– ¿No crees que es excesivo?

Loki le clavó una mirada gélida antes de contestar:

–¿Es que acaso te he pedido tu opinión? –entornó los ojos sarcásticamente, como si hiciera memoria–. No, no lo he hecho.

–Me gusta la sangre tanto como al que más, pero con cincuenta latigazos sólo conseguirás lisiar a un soldado completamente válido, dejándolo inútil para el combate –arguyó el licántropo, intentando apelar al lado pragmático de su padre–. No digo que lo indultes, sólo que cincuenta son demasiados. Treinta están bien.

Loki observó a Fenrir durante unos instantes, como si sopesara sus palabras. Pero pronto pareció decidirse.

–¡Setenta latigazos! –sentenció en voz alta, ignorando las lamentaciones y protestas del condenado, al cual le dijo en voz alta– Agradece el "extra" a la compasión de mi hijo.

–¡Lo matarás! –exclamó Fenrir, a lo que éste replicó:

–Si es resistente y digno de servirme, vivirá. Si no, tampoco lo necesito con vida –continuó su camino hacia el patio, no sin antes sisear hacia el joven–. Vuelve a cuestionarme en público y la próxima vez serás tú quien acabe en su lugar.

Mortificado, Fenrir observó cómo su padre se marchaba hacia su estudio, ni siquiera iba a quedarse a ver la ejecución del castigo. Se retiró el cabello hacia atrás, suspirando.

–Está más insoportable que nunca –la voz de Jormungand a sus espaldas estaba llena de censura. Se había mantenido aparte, en uno de los soportales que rodeaban el patio, y no había revelado su presencia hasta aquel momento.

–¿Así que estabas ahí? Podrías haberme echado una mano con padre.

–¿Para que se me eche encima a mí también, y por defender a un miserable desertor? No, gracias –el joven de cabello blanco salió de su refugio y se apoyó contra el muro junto a Fenrir, cruzándose de brazos. Ambos hermanos contemplaron cómo empezaba a hacerse efectiva la sentencia: el condenado empezó a gemir y a desgañitarse de dolor ya al llegar al latigazo número diecinueve. Aunque era un gigante de hielo, y como tal tenía resistencia reforzada, el verdugo que llevaba a cabo la flagelación también lo era, y la fuerza de cada azote era formidable. Uno solo de aquellos golpes era capaz de partir en dos a un humano normal, y aquel desdichado tendría que aguantar setenta. Probablemente no sobreviviría.

–¿Aún crees que fue buena idea que nuestra madrastra se marchara? –preguntó el mayor de los Lokison, aludiendo a que, desde entonces, su padre se mostraba más cruel e intratable que nunca.

–Fue una mala idea desde el principio que ella viniera aquí, lo volviera loco y después se marchase dejándonos a nosotros para que tuviéramos que aguantarlo –gruñó Jormungand.

–Supongo que es mal momento para pedirle que reconsidere su prohibición de dejarme ir a Asgard para averiguar lo de las estaciones receptoras del escudo –comentó Fenrir, y la mirada que el otro le dirigió fue bastante elocuente:

–Hazlo y acabarás en la pica como ese desgraciado.

–¡Pero es que me indigna estar aquí sin hacer otra cosa que entrenar y cazar, quiero hacer algo útil! Y sabes que mientras ese escudo esté operativo, ya podemos tener el mayor ejército del universo, que será lo mismo que no tener nada. Y pensar que podría resolverlo como mucho en un par de días…

Su hermano lo observó escéptico.

–Tú lo que quieres es acercarte a Odín, por eso estás tan empeñado en ir a Asgard –le dijo risueñamente, satisfecho de haber descubierto sus auténticos motivos–. Sé que ardes en deseos de conocerle antes de que tenga lugar vuestra batalla legendaria, pero yo que tú no desafiaría a padre. Por no hablar de que te estarías jugando el cuello tontamente al meterte en la boca del lobo. ¿Lo has pillado? ¡En la boca del lobo! –se rió de su propio chiste, pero Fenrir no compartió su hilaridad.

–Sé cuidar de mí mismo, muchas gracias. Es cierto que tengo muchas ganas de ver al Padre de Todos en persona, después de haber oído y leído tanto sobre él, pero esto no tiene nada que ver. Tenemos que encontrar una manera de localizar esas malditas estaciones… –murmuró como si calculara–, aunque padre no esté en condiciones de colaborar.

–*–*–*–*–*–

Sin interesarse en la flagelación pública que acababa de ordenar –no le apetecía perder su valioso tiempo quedándose allí para contemplarla, los gritos y los sollozos perdían interés después de los veinte latigazos–, Loki se había encerrado en su estudio para revisar unos planos de los accesos amurallados de Asgard, tal vez pudiera deducir la ubicación de las estaciones receptoras de la señal del escudo a partir de la orografía del terreno… pero no se concentraba. No podía quitarse a Sigyn de la cabeza.

Se había ido para siempre y ya no la vería nunca más. Justo como antes, cuando pensaba que estaba muerta, pero ahora era peor, porque sabía que ella estaba viva y era él quien había muerto en su corazón. El sabor metálico del fracaso, semejante a sangre en su boca, lo volvía violento y cruel; y como siempre, despertaba en él deseos de hacer daño por el puro placer de hacerlo, intentando diluir su dolor infligiéndoselo a otros.

Sigyn… Aquella derrota superaba todas las anteriores. Cuando Thor, los Vengadores o cualquiera de sus enemigos frustraban alguno de sus planes para apoderarse de Midgard o de Asgard solía ponerse de mal humor, pero después de todo podía volver a intentarlo. Siempre acabaría ocurriéndosele otro plan maestro o habría otras mentes que manipular, otros aliados a los que exprimir; siempre habría otras oportunidades. Pero con esto se había estrellado definitivamente. Una de sus guerras más importantes, y estaba perdida casi desde antes de empezar.

Suspirando, sacó un objeto de su bolsillo, una cadena con una piedra, y lleno de melancolía lo contempló por enésima vez en los últimos días. Cuando su esposa… o más bien tendría que empezar a llamarla ex esposa, y su hija acababan de marcharse, recién despierto de una de sus peores borracheras en los últimos años, entró en las habitaciones de la primera y fue incapaz de soportar la desolación que lo golpeó al ver la estancia vacía. Aún quedaban allí algunas ropas y objetos de Sigyn, señal de que había hecho las maletas con mucha prisa, ansiosa por alejarse de allí y perderle de vista.

En medio de aquella lamentable resaca e inmerso en una aún más lamentable autocompasión, Loki atesoró algunas de aquellas cosas, los únicos restos que le quedarían de la mujer que había acabado venciéndole: un camisón que conservaba su perfume, una taza de infusión a medio beber que tenía la marca de sus labios o un cepillo de pelo que aún conservaba unos cuantos cabellos. Vio el joyero que Sigyn no había tenido interés en llevarse: al contrario de para otras mujeres asgardianas, las joyas nunca habían sido su prioridad.

Lo abrió para coger también alguna cadena o pulsera que hubiese estado en contacto con su piel… y entonces vio allí algo que acabó rematándolo: su colgante de aguamarina. Aquel colgante, del cual ella nunca había querido desprenderse y que aumentaba sus poderes mágicos, al igual que las esperanzas de él de que representara algo especial para ella. Lo había dejado abandonado, al igual que a él mismo. Era obvio que había querido deshacerse de absolutamente todo lo que le recordara a él, y aquel pensamiento le había resultado tan insoportable que lo único que había impedido que se echara a sollozar sobre su cama con aquel colgante apretado al pecho habían sido su orgullo y su autocontrol. El dios del engaño no iba a llorar como una niña con el corazón herido… por más que deseara hacerlo.

Lo único que lo había ayudado a resistir durante aquellos días, su solo consuelo y a la vez placer culpable, había sido observar lo que ella y su hija habían estado haciendo mediante Las Llamas de la Omnipresencia. El espejo mostraba a una Sylene bulliciosa y a una Sigyn relajada y feliz, ambas disfrutando del calor, la tranquilidad y la libertad de Vanaheim, y ambas completamente olvidadas de él. Incluso había descubierto que su hija se escapaba de vez en cuando a Jotunheim para ver a sus hermanos, merced al mapa de los pórticos interdimensionales que le había entregado Jormungand –era tan inquieta y transgresora de las normas como él mismo a su edad–, pero nunca había hecho nada para encontrarse con ella. Si ella quería verle, sería ella la que se acercaría a él, mas no antes de que estuviera preparada. En cuanto a Sigyn, no parecía que Jotunheim –ni tampoco él– hubiesen existido nunca para ella.

Estrujó los planos, apretando los dientes y deseando, de nuevo, dar salida a su dolor destruyendo todo lo que lo rodeaba. Por supuesto, jamás haría algo así –estaba en su querido estudio, rodeado de objetos de valor incalculable–, por lo que el dolor se quedaría allí, dentro de él, justo como merecía. Ahora comprendía a sus hijos. Sólo tenía ganas de que la guerra llegara cuanto antes y se lo llevara todo por delante, a él el primero.

No debería seguir pensando en Sigyn, debería centrarse y estudiar el plano de Asgard, tenía que encontrar el punto débil de aquel condenado escudo… pero simplemente, su mente no estaba allí. Casi sin darse cuenta de que lo hacía, apartó los papeles arrugados y se giró para enfrentar su espejo, activándolo con su telequinesis. Sólo una vez más, se dijo. En Vanaheim era de noche, así que seguramente ella debía hallarse en su dormitorio. Sólo quería verla dormir y saber que estaba bien. Ver su dulce rostro dormido, lleno de paz, lo consolaría un poco y lo reafirmaría en su idea de que había hecho bien dejándolas marchar.

Sin embargo, la imagen mostrada por Las Llamas fue muy diferente. En lugar de la seguridad de su dormitorio, el espejo mostró el jardín, donde Sigyn –la cual, cosa extraña, tenía el pelo rojo de nuevo– se encontraba con su hija, las dos despiertas y con los ojos muy abiertos. Ambas en posición de alerta, retrocediendo ante dos enormes sombras que las acechaban.


Espero que no se os haya hecho muy largo o aburrido este capítulo. En realidad, es la primera parte de uno que me salió muy largo, así que lo corté en dos, y en éste quedó sólo la parte de transición, puede que más tediosa, que presenta cómo están las cosas tanto en Vanaheim como en Jotunheim. En breve (puede que dentro de unas horas, o quizás mañana o pasado, según tenga tiempo ya que aún tengo que revisarlo), subiré el siguiente, y os garantizo que os va a gustar mucho más.

Cosas para comentar aquí: las menciones a Eir, la sanadora que crió a Sigyn cuando era niña, son un homenaje al precioso fic Logyn Solsticio, de Lola StJames. Este fic también me inspiró la idea de que Sigyn tuviera conocimientos de medicina natural, de hecho ella utiliza con frecuencia la lavanda como remedio en ese fic, así que yo también quise incluirlo, jejeje Espero que no te importe, amiga ;)

Si vais a mi tumblr y ponéis en el buscador "farscapes", tendréis algunas ilustraciones de cómo me imagino el reino de Vanaheim. En el cómic Thor The Dark World: Prelude, se describe a Vanaheim como un sistema planetario, pero yo he preferido mantener la concepción clásica, es decir un único planeta similar a Asgard o a Midgard. SIN EMBARGO, como al parecer vamos a ver escenas de Vanaheim en la película TDW, es muy posible (por no decir seguro) que se mostrará un Vanaheim distinto del que describo aquí, de modo que vuelvo a apelar a la bondad de mis lectoras para que disculpen las potenciales transgresiones del canon del MCU.

En cuanto al clima de Vanaheim, objetivamente no es tan caluroso sino que es templado, uno que nosotras encontraríamos muy agradable, pero estamos contando la historia desde el punto de vista subjetivo de Sigyn y Sylene, dos personas que llevan tiempo acostumbradas a un clima mucho más frío (el invierno permanente de la Tierra y después Jotunheim, además de que Sylene es medio jotun), por lo que es comprensible que al cambiar a una temperatura más moderada, acusen más el contraste y lo encuentren demasiado caluroso para ellas.

De nuevo tengo cómics que me inspiraron: el de Arihdni, cuando Sigyn y Sylene descubren la biblioteca que Loki ha preparado para ellas en su villa de Vanaheim, que intentaré subir a mi tumblr y, si me da tiempo, en mi perfil de aquí.

Canción para el capítulo: para la estancia de Sigyn y Sylene en Vanaheim, sobre todo cuando la primera vagabundea sola por la finca de Loki y por el mercado, "Scarborough Fair", pero la preciosa versión de Amy Nuttall (watch?v=D7YDOhz7jxo). No por la letra, sino por la melodía tipo medieval, la estuve escuchando todo el tiempo que escribía esa parte y me resultó muy inspiradora.

Y nada más, estad atentas para la continuación, a ver si puedo subirla pronto. Como os he comentado, está escrita y sólo tengo que revisarla para corregir posibles errores. Tengo muchas ganas de que la leáis!