–33–
–Trolls de las rocas… –susurró Sigyn en voz baja para no provocarlos.
–Fenrir nos advirtió que no saliéramos de noche –repuso la chica angustiada–. Debimos hacerle caso.
La mujer asintió, rodeando protectora con un brazo los hombros de su hija. Sí, debieron haber tomado su advertencia más en serio, pero ahora ya era tarde.
Los seres que se erguían ante ellas eran muy similares en tamaño y forma a los gigantes de hielo, pero parecían estar hechos de piedra gris. Llevaban unas rudimentarias protecciones, más bien restos de armaduras, raídas y herrumbrosas, aunque tampoco las necesitaban, a juzgar por su aspecto invulnerable. Sus rostros, con los bestiales rasgos esculpidos en la roca como a cuchilladas, las contemplaban fijamente, y Sigyn sintió que un escalofrío le subía por la espalda al ver la sonrisa codiciosa, ávida, que mostró uno de ellos.
–Detrás de mí, Sylene –ordenó, situando a su hija a su espalda pese a las protestas de ésta e interponiéndose así entre ella y los trolls. Después alzó la voz para dirigirse a éstos, intentando que no le temblase la voz– ¿Qué queréis de nosotras?
El troll que le había sonreído le habló con un timbre profundo, cavernoso:
–Los campesinos de estas tierras apenas tienen ganado, y el que tienen lo guardan a buen recaudo. Así que como ya no podemos saquear las granjas, nos vemos obligados a hacerlo con las fincas residenciales. Tenemos hambre.
–Nosotras no tenemos comida –repuso ella, tratando de mantener la calma–, pero en la casa habrá algo. Si vais a las cocinas… –Pero el troll sacudió la cabeza.
–Muy arriesgado –gruñó–. En las viviendas suele haber humanos, demasiado numerosos para que nos compense atacarlas.
–Preferimos las presas fáciles –añadió el otro de timbre más agudo, con la baba escurriéndose de entre sus labios grisáceos por la anticipación–. Tiernas, jugosas y rápidas de cazar. Tenemos hambre…
Una gota de sudor helado se deslizó por el cuello de Sigyn cuando recordó que, en épocas de carestía, los trolls recurrían sin problemas al canibalismo, y se dio cuenta de lo que pretendían.
–No os acerquéis… –siseó en lo que sabía que era un patético intento de amenaza, y retrocedió un par de pasos empujando a Sylene para arrastrarla con ella. Hizo el gesto, que tenía automatizado, de llevarse la mano al cuello para que su colgante incrementara su poder mágico, pero pronto recordó consternada que ya no lo tenía. Y sin él y el poder de piedra Norn que le confería, su escasa magia era insuficiente para vencer a dos de aquellos peligrosísimos seres que ya habían puesto en apuros a los mejores guerreros de los Nueve Reinos… tal vez hubiera podido con uno, pero ciertamente no con los dos.
Los trolls se rieron al verla dispuesta a defenderse ante tan desigual choque de fuerzas.
–No intentéis luchar, hembras. Si no os resistís, será rápido e indoloro. Pero si nos dais problemas…
–¡Mamá, basta! –exclamó la muchacha, saliendo del área de protección donde ella intentaba mantenerla– ¡Yo he entrenado para esto, nos defenderé a las dos!
–¡Sylene, no! –trató de detenerla Sigyn– ¡Es muy peligroso!
Pero su hija no la escuchó y salió al encuentro de los dos gigantescos ogros con la valentía y la inconsciencia de la juventud. Invocó sus poderes como había hecho tantas veces, pero, tal vez debido al nerviosismo, no se activaron tan rápidamente como durante sus entrenamientos. Uno de los trolls aprovechó la situación, golpeándola con tanta fuerza que la elevó por los aires y la hizo chocar contra uno de los bancos de piedra del cenador, dejándola inconsciente.
–¡No! –chilló Sigyn angustiada y corrió para interponerse entre ella y sus atacantes e intentar protegerla de un daño mayor, pero sabía que era inútil. Estaban perdidas.
De repente, un fogonazo surgido de algún lugar a espaldas de Sigyn impactó contra uno de los trolls, desintegrándolo en pequeños trozos de roca que cayeron rodando frente a ambas mujeres. Era difícil saber quién de los dos se sorprendió más ante aquello, si la asgardiana o el otro troll.
Sigyn se volvió para averiguar la procedencia de aquel disparo, y dio gracias a todas las fuerzas del universo cuando vio que era Loki el que había aparecido como un ángel salvador vestido de cuero y con su cetro de manufactura chitauri. Claro que un ángel jamás habría tenido aquella mirada de oscura satisfacción que brillaba en los ojos del dios del engaño cada vez que eliminaba a alguien que, por cualquier razón, le estorbaba. Pero, por primera vez, aquella complacencia ante la muerte de su marido no le molestaba. Nunca antes se había sentido tan feliz al verlo.
–¡Loki…! –exclamó esperanzada, pero no tuvo tiempo de decir más. El otro troll la agarró por el cuello y la levantó por los aires hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo.
–¡Déjala ir ahora mismo! –ordenó Loki con su más imponente tono autoritario, pero que no tuvo mella sobre el bruto de piedra.
–Atrás, humano… –gruñó éste con su voz cavernosa–. Y suelta esa vara, o le romperé el cuello –Para demostrar que hablaba en serio, estrechó su presa en torno al cuello de Sigyn, comenzando a asfixiarla. Loki no tuvo más remedio que obedecer: arrojó su cetro a unos metros de él, y el arma emitió un apagado sonido metálico al rebotar contra el suelo, fuera de su alcance. La situación se complicaba, pero el dios no se arredró. Cambió radicalmente de actitud y de su posición en guardia pareció relajarse.
–Creo que no sabes con quién te estás metiendo… –caminó hacia él despreocupadamente, como haciéndole una confidencia, y en sus labios se dibujó una sonrisa cómplice–. Soy alguien muy poderoso y peligroso, y estas mujeres son parte de mi familia. Pero como asumo que no lo sabías, voy a ser magnánimo y dejarte vivir, siempre y cuando liberes a esa mujer sin lastimarla, te marches ahora mismo y no vuelvas a poner un pie en mis dominios.
La respuesta del troll fue un manotazo que dio de lleno al dios, lanzándolo al suelo al igual que había hecho con su hija.
–Me importa una mierda quién seas –dijo el ser de piedra–, eres humano y eres comida. Y estas hembras serán una deliciosa comida también.
La seductora sonrisa desapareció del rostro de Loki. Si había algo que le sacaba de sus casillas, era que le faltasen al respeto, ¡y en su propia casa!
–Has firmado tu sentencia de muerte, imbécil.
Aprovechando que había caído a unos pocos pasos del gigante, se lanzó contra sus piernas y hundió una daga en uno de sus tobillos, sabiendo que las articulaciones entre las rocas eran las partes más vulnerables de aquellos seres. El troll aulló y soltó a Sigyn –la cual no llegó a tocar el suelo porque Loki se lanzó a sostenerla–, y con su equilibrio herido de muerte, cayó pesadamente, retumbando contra el suelo. El dios remató la jugada concentrando su poder y transmitiéndoselo al interior de la criatura de roca mediante telequinesis. Loki tuvo tiempo de alejarse unos cuantos pasos con su preciada carga antes de que el troll explotara desde dentro, convirtiéndose en cascotes dispersos como ocurriera con su compañero.
–Cerebro de mosquito, creías que al privarme de mi cetro me dejarías indefenso… –comentó el dios mientras observaba el espectáculo con satisfacción, y añadió como para sí–. Hay que admitir que a veces Thor tenía su parte de razón: no se puede andar con sutilezas con estas bestias.
Olvidando pronto a su adversario destruido, centró su atención en la mujer que llevaba en los brazos:
–¡Sigyn! ¿Estás bien?
–Sí… –Ella aún estaba un poco conmocionada, pero se recobró enseguida y lo contempló como si fuera la primera vez que lo viera.
Cuando Loki había visto en su espejo el peligro en el que se encontraban ella y Sylene, no había dudado un segundo en teletransportarse hasta Vanaheim para protegerlas, sin pensar siquiera en las ulteriores consecuencias que tendría su presencia allí. Temía que Sigyn se sintiera molesta al verle, ya que había roto su promesa de mantenerse alejado, pero ella le miró embelesada, alzó los dedos y le rozó la mejilla, como si quisiera asegurarse de que era real. Loki no quería hacerse ilusiones, pero la dulzura que había en sus ojos y en aquel gesto estaba despertando en él unas esperanzas que quizás se vieran rotas, como las otras veces. Por eso, aunque de mala gana, la dejó ir, y ella se alarmó una vez más cuando vio a su hija desmayada junto a un terrazo.
–¡Sylene! –alejándose de Loki, corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, asustadísima– ¡Hija, por favor, despierta! –El dios, más capaz de mantener la calma, se inclinó junto a ellas para estudiar si la lesión había sido realmente grave. Por fortuna, la chica no tardó en mover la cabeza y entreabrir los párpados.
–Mmm, ¿qué ha pasado? –preguntó lentamente, y abrió mucho los ojos sorprendida al ver a Loki. Incapaz de mantener su rencor hacia él por mucho tiempo, no pudo evitar echarse en sus brazos llena de alegría– ¡Papá, estás aquí! –El dios del engaño le devolvió el abrazo, complacido.
–Me alegra verte, pequeña. ¿Cómo te encuentras?
–Estoy bien, no te preocupes. Bueno, me retumba un poco la cabeza y me molesta la rabadilla, pero nada grave. Me hice cosas peores de pequeña cayéndome de los columpios –se giró a ver la expresión de su madre, que la observaba preocupadísima–. Y mamá ponía esa misma cara –bromeó divertida.
Loki se separó un poco de ella y comenzó a inspeccionarla cuidadosamente, para cerciorarse de que no hubiese nada roto o alguna lesión importante:
–No debiste haberse precipitado enfrentándote a ellos… –comentó mientras tanto–. Nunca te habíamos sometido a ninguna situación de combate real, y éstas no tienen nada que ver con los entrenamientos. Has sido muy valiente, pero al igual que tu tío, te lanzaste al combate sin pensar, y olvidaste algo fundamental como es tener en cuenta el escenario. Tus poderes provienen de tu parte jotun, y con el calor de Vanaheim era normal que tardasen un poco más en manifestarse que en el frío de Jotunheim. A mí mismo me cuesta más hacer magia cuando estoy en un sitio caluroso, tengo que forzar más mi voluntad, aunque con la práctica he conseguido que no se note.
–Ahora lo entiendo… –la chica parecía avergonzada– Lo siento, papá, he aprendido la lección. No volverá a suceder.
A Sigyn le importaba un bledo la explicación de Loki. Todo lo que quería era saber si su niñita estaba bien.
–Pero, ¿cómo está? –insistió, angustiada.
–No te agobies –la tranquilizó él–. Sólo se ha aturdido un momento, ya está bien. Los gigantes de hielo somos más duros de lo que parecemos –sonrió hacia su hija, quien al principio le devolvió la sonrisa pero después lo observó preocupada.
–¡Pero papá, tú sí estás herido!
–¿Herido, yo? –se dio cuenta de que tenía un pequeño corte en la ceja, que debía haberle causado el troll al golpearlo– Ah, esto… no es nada. ¿Qué hacíais en el jardín a estas horas? Creí haberle dado instrucciones muy específicas a Fenrir para que os advirtiera del peligro de salir de casa por la noche. Ese chico tiene la cabeza en las nubes… –añadió molesto– Cuando vuelva a Jotunheim, me va a oír.
–Él no tiene la culpa. Sí que nos lo dijo, pero supongo que no le dimos la importancia que debíamos.
Sigyn se mordió el nudillo, azorada. Una vez pasado el peligro, la situación pasaba a ser una muy diferente, ya que, aunque por fin Loki estaba allí, como ella tanto había deseado, ahora no sabía muy bien cómo reaccionar. Pero su falta de resolución era compensada con creces con el exceso de la de su hija, quien no se anduvo con rodeos:
–Papá, ¿te quedarás a dormir aquí esta noche?
La propuesta sorprendió a los dos adultos.
–No creo que sea una buena idea… –repuso Loki, fijándose en Sigyn para intentar deducir su reacción ante aquella petición. Ésta parecía aturdida, no exactamente contraria a la idea pero tampoco mostraba señales de secundarla.
–¡Por favor, papá! –insistió Sylene– ¿Y si hay más trolls de ésos por aquí? Me sentiré más segura si te quedas con nosotras.
–No creo que a tu madre le parezca correcto… –arguyó él sin dejar de observar a su mujer, pero ella sacudió la cabeza. Tampoco despegaba la vista del suelo.
–Está bien, Loki –dijo finalmente–. Esta casa es tuya, no seré yo quien te prohíba quedarte si es tu deseo.
–Por supuesto, dormiré en una de las habitaciones de invitados –aclaró él, intentando tranquilizarla. Pero ella sacudió la cabeza.
–Ni hablar, ¿qué dirían los criados si se enterasen de que estás aquí y no usas tu propio dormitorio? Yo dormiré con Sylene.
–¡Genial! –a la joven sólo le faltaba saltar de alegría– Voy a buscarte algo para desinfectarte la ceja.
Antes de que pudieran detenerla, salió corriendo hacia la villa, con lo que el matrimonio quedó de nuevo a solas. Solos, y en una situación un tanto embarazosa, porque él estaba allí después de haber jurado que se mantendría alejado de ella, y todas aquellas emociones a las que ambos habían renunciado no sin tristeza, regresaban con fuerza sólo con volver a estar el uno junto al otro.
–Vamos a limpiar esa herida –dijo ella tras unos segundos de incómodo silencio, y se sentó en uno de los bancos de piedra a su lado–. Siéntate.
–No es necesario. He estado bastante peor.
–Sí, lo sé –asintió ella–. Pero siéntate de todas formas. Y mantente ojo avizor, no vayan a aparecer más de esas criaturas insidiosas.
Loki efectuó un rastreo telepático, constatando que el resto de los alrededores de la finca estaba libre de la presencia de aquellos seres.
–No has de preocuparte por eso –Observó que Sigyn sacaba un pañuelo de entre sus ropas, uno que reconoció–. ¿No es ése el pañuelo que te di en Jotunheim?
–Sí –contestó ella lacónicamente, sin molestarse en buscar una excusa. Invocó sus poderes para condensar la humedad del aire, formando un pequeño charquito de agua en su mano, en el que mojó una punta del pañuelo–. Al parecer, para estas tonterías sí tengo magia suficiente… –rezongó, molesta con el fallo de sus poderes de unos minutos antes, que tan caro hubiera podido costarles de no ser por la aparición de Loki. Él sonrió.
–No te castigues. Pero habría sido una buena idea que no te hubieras deshecho del colgante que incrementaba tu poder, sólo por capricho –le reprochó un poco de forma indirecta. El comentario pareció molestarla.
–No me deshice de él, lo olvidé por un descuido que he lamentado mucho. ¡Sabes que nunca renunciaría voluntariamente a él!
–¿De verdad? –Sorprendido y esperanzado, Loki alzó la ceja que tenía lastimada, lo que le provocó un leve dolor que le hizo torcer el gesto. Así que durante todos aquellos días había estado torturándose inútilmente, se dijo.
–Estate quieto –Ella comenzó a aplicar la punta húmeda del pañuelo sobre la ceja del dios, con toques breves y suaves para no lastimarlo. La herida había sido limpia, pero aún manaba un reguerillo de sangre que Sigyn no tardó en restañar. Como él había asegurado, apenas era un rasguño, pero se dejó hacer una cura que no necesitaba por el simple placer de tenerla cerca y concentrada en atenderle. Estaban separados por apenas unos centímetros, pero Sigyn se esforzaba en centrarse sólo en limpiarle la herida; lo que era muy difícil con los ojos de Loki fijos en ella, contemplándola como si quisiera beberse su rostro.
–Tu pelo… –susurró él con aquella aterciopelada voz suya. Ella ignoró el estremecimiento de excitación que sólo esa voz hacía ascender por su columna.
–Ah, eso –comentó como sin darle importancia, y se encogió de hombros–. Tu hija también se sorprendió. Pensé que como ya no tenía que esconderme o disfrazarme, podía recuperar mi color original. Así ya no tendré que estar preocupándome por las raíces, aunque no me rejuvenezca tanto como el rubio.
–Estás maravillosa… –musitó él, y no pudo reprimir el impulso de tomar entre sus dedos uno de sus bucles otra vez rojizos, recreándose en su suavidad de seda. Sigyn se alejó, más por nerviosismo que por auténtico rechazo al gesto.
–¿Cómo supiste que te necesitábamos? –preguntó, y ante el silencio de Loki no le fue difícil deducirlo– Nos vigilabas con ese dichoso espejito tuyo, ¿verdad? –Él habría querido mentir, pero en aquella ocasión no tuvo fuerzas para hacerlo. No, con el rostro de ella tan cerca, y aquellos ojos aguamarina observándolo tan fijamente.
–Sólo ha sido esta vez, una ocasión realmente oportuna –dijo, pero ante la mirada escéptica de ella, decidió confesar–. No lo hacía todos los días, de veras; sólo de vez en cuando. Lo hacía para saber que estabais bien –se justificó. Sorprendentemente, Sigyn no pareció enfadada.
–No importa, Loki. De no haber sido por eso, ahora nuestra hija y yo estaríamos muertas.
Terminada la primera –y breve– parte de la cura, Sigyn se inclinó sobre sí misma, apoyando las manos sobre sus rodillas y mirando hacia el suelo, intentando escapar de la mirada intensamente verde del hombre que tanto la turbaba.
–¿Por qué lo hiciste? –murmuró, y añadió un poco más alto– ¿Por qué le contaste a Sylene lo que pasó entre nosotros? Yo estaba intentando salvar tu imagen ante ella.
–Ya lo sé –ahora la voz de él era cálida, dulce–, y siempre te lo agradeceré. Pero ella se merecía saber la verdad, y tú merecías ser libre.
–Pero perdiste… –susurró ella– Siempre has estado obsesionado con ganar en todo: la guerra contra Asgard, esa contienda que tienes con tu hermano y con los mortales, el conseguir quedarte con nosotras… Y haciendo eso, renunciaste a tu victoria.
–¿Mi victoria? –él frunció el ceño, molesto– ¿De verdad piensas que todo lo he hecho por eso, como si vosotras fuerais un botín de guerra? ¿Crees que os metería en el mismo saco que a mis enemigos o a la escoria mortal? –Sigyn desvió la vista, lo que él interpretó como una respuesta afirmativa– Lo sé, lo sé, entiendo que pienses así. Y admito que no te equivocabas… antes. Pero ya no se trata de eso. No se trata de quién de los dos gane.
Se levantó del banco y rebuscó entre sus ropas, sacando el colgante de aguamarina. Los ojos de Sigyn se iluminaron al reconocerlo.
–En realidad, ya no me importa si gano o pierdo con todo esto porque al final… –añadió él, y en un gesto inaudito, se arrodilló frente a ella y le ofreció el colgante–, todo lo que deseo es que tú puedas ser feliz, Sigyn…
Ella se quedó sin palabras. El hombre obsesionado con dominar a los demás, que anteponía su orgullo por encima de todo, que había estado a punto de poner de rodillas a toda una civilización… ahora era él quien se arrodillaba ante ella como uno de esos caballeros de la Corte del Rey Arturo. ¡Y ella le había dicho a Sylene que era incapaz de ser galante!
–Por favor, no hagas eso –rápidamente se incorporó y le tomó de las manos para hacerle levantarse. Así como él no deseaba verla arrodillada, ella tampoco podía soportar verlo humillado ante ella.
Él sonrió y se inclinó hacia ella para ponerle el colgante como había hecho muchos, muchos años atrás, cuando se lo había regalado, en aquel dulce pasado que de repente volvía a cobrar vida ante ella. Sólo su orgullo, o puede que la vergüenza, le impedían lanzarse a sus brazos como había hecho Sylene, pero no pudo contener sus palabras, que brotaron de su corazón atravesando sus labios antes de que su conciencia pudiera frenarlas:
–La verdad es que yo… yo sólo… yo sólo podría ser feliz si estás a mi lado…
Las manos que ataban el colgante se quedaron congeladas en medio del gesto.
–¿…Qué? –murmuró él, incapaz de dar crédito a sus oídos.
Antes de que ella pudiera responder, aclarar o desdecirse, oyeron pasos que se acercaban. Sylene había vuelto, y traía en sus manos un preparado a base de árnica.
–Esto te bajará la inflamación. Lo he hecho yo misma, en una de mis prácticas de pociones curativas –añadió orgullosa. A Loki no le hacía falta nada para curarse una lesión tan nimia, pero no quiso herir los sentimientos de su hija rechazando su ofrecimiento.
–Gracias, ahora me lo aplicaré –En realidad, le gustaba que se preocupara tanto por él. Sonriendo, Sylene lo abrazó por la cintura, y los dos se encaminaron hacia el interior de la casa, seguidos de cerca por Sigyn–. Entonces, ¿ya no me odias? –preguntó el dios a su hija, y ésta contestó un poco a regañadientes.
–Sigo enfadada contigo, eso que conste. Pero me alegro muchísimo de que estés aquí. Y… –bajó la voz a un susurro para que su madre no pudiera oírla–, si mamá te perdona, yo te perdonaré también –Él le respondió en idéntico tono bajo:
–Tal vez algún día, princesa. Pero hoy por hoy, yo no me haría ilusiones.
Sigyn no entendía los cuchicheos que se traían los dos, pero tampoco quería prestar atención. Se sentía demasiado indecisa, demasiado turbada, demasiado emocionada.
–*–*–*–*–*–
–Ha sido super emocionante–comentó Sylene desde su lado de la cama, excitadísima ante la escena que acababan de vivir–. Papá ha podido derrotar él solo a esos dos seres tan enormes y feos, ¡nos ha salvado!
Sigyn no contestó. Con los brazos cruzados tras su cabeza apoyada en la almohada, tenía la mirada perdida en el techo color salmón, como si en él estuvieran escritas todas las respuestas a las dudas que tanto la atormentaban. Tal y como había decidido, se había quedado en la habitación de su hija para que Loki pudiese utilizar el dormitorio principal y que los criados no se hiciesen preguntas si descubrían que él usaba otro cuarto, pero en aquel momento, dormir era lo último que le apetecía.
–Precisamente estábamos hablando de si debías volver con papá y él va y se presenta aquí –añadió la muchacha maliciosamente– ¿Crees que podría ser algún tipo de señal?
–Lo que creo es que deberíamos dormir –repuso la asgardiana con voz inexpresiva, apagando un poco el entusiasmo de la joven.
–Entonces, ¿ya está? ¿Vas a dejar que papá se marche mañana sin decirle nada, a pesar de todo lo que habíamos hablado?
–Buenas noches, Sylene.
La chica rezongó un poco, pero no insistió más y se giró hacia su lado. Dio unas cuantas vueltas y, pese a su agitación por el episodio de los trolls, precisamente la adrenalina liberada durante el mismo tuvo un efecto sedante sobre ella, y tardó poco en dormirse. Entretanto, Sigyn no había movido un músculo, ni había cerrado los ojos.
Cuando oyó que su hija respiraba profundamente, se levantó de la cama con todo el cuidado que pudo para no despertarla, y salió de la habitación de la joven encaminándose descalza y de puntillas hacia el dormitorio principal. El corazón le martilleaba contra el pecho con violencia; no sabía bien qué estaba haciendo, no sabía si tendría valor para llegar hasta el final… pero sí sabía una cosa: su hija tenía razón. No dejaría que Loki se marchase sin decirle nada.
Al igual que en Jotunheim, el miedo la asaltó al llegar a la puerta, no se decidía a golpearla. Pero no fue necesario: en ese instante, como si el destino hubiese marcado que debían encontrarse en ese momento, Loki la abrió para salir, y se quedó mudo al hallarla allí, en el umbral. Estaba algo más vestido que cuando ella lo había visitado en sus habitaciones de Glaesisvellir, con su pantalón ordinario y la camisa de seda verde que solía llevar bajo su sobretodo de cuero, pero aun así parecía más desprotegido y accesible que cuando llevaba su armadura completa.
Los dos se quedaron mirando fijamente, cada uno sorprendido de ver allí al otro. Como en otras ocasiones, sus miradas se entrelazaron, comunicándose de forma más elocuente que con cualquier palabra. De nuevo, todo parecía haber desaparecido a su alrededor, no existiendo nada en el mundo excepto ellos. Y una pequeña parte de ambos supo qué significaba el que se hubieran reunido allí, que ella hubiera ido a buscarle y el hecho de que él estuviera despierto esperándola; sabían qué iba a ocurrir. Pero aun así, y por mucho que cada uno deseara lanzarse en brazos del otro, un resto de inseguridad y otro poco de orgullo, hacían necesario que representasen un último y enojoso acto de aquel teatro.
–¿Puedo… puedo pasar? –preguntó ella con un hilo de voz. Sin hacer el menor comentario, Loki se apartó de la puerta e hizo un gesto invitándola a entrar.
Mientras lo hacía, ella pudo notar cómo recorría su cuerpo con la vista, estudiando sus curvas que la ligera tela de gasa de su túnica revelaba algo más de lo necesario. Llena de turbación, se cruzó de brazos para esconder todo lo posible la forma de sus pechos; y se maldijo por no habérsele ocurrido ponerse algo por encima de aquel fino camisón, pero con las altas temperaturas tanto ella como su hija habían perdido la costumbre de utilizar batas. Decidió sentarse para esconder su cuerpo todo lo posible, y eligió el sillón que acompañaba al escritorio… le parecía más adecuado que hacerlo sobre la cama.
Loki se quedó de pie, observándola con los brazos cruzados, aguardando a lo que tuviera que decirle. La miraba tan fijamente que empezó a sentirse nerviosa, así que tuvo el impulso de bromear para relajar la tensión:
–Qué, ¿hoy no tienes escondida a ninguna de tus "amiguitas"? –preguntó maliciosamente.
–No, me he dejado a mi multitudinario harén en casa –repuso él con sarcasmo, demostrando que no le había hecho gracia el chiste–. Sigyn, ya te expliqué lo que pasó aquella noche, o mejor dicho lo que no pasó. Lorelei se metió en mi alcoba sin mi permiso, pero la eché; entre nosotros no ocurrió nada. No he dormido con ninguna otra mujer desde que supe que estabas viva.
Ella contempló los ojos del dios, aquella intensa mirada verde que podía ser tan impávida o engañosa como sincera y expresiva, según Loki lo deseara. Y supo que le estaba diciendo la verdad.
–Está bien, te creo –asintió apacible y deseosa de zanjar el tema–. Espero no haberte despertado –se disculpó, y Loki sacudió la cabeza.
–No estaba durmiendo –para demostrarlo, señaló la cama con un gesto. Ésta tenía la colcha un poco arrugada, pero no estaba deshecha.
–Sí… no me esperaba que en este Reino fuera a hacer tanto calor.
–No tiene nada que ver con el calor –repuso él gravemente–. ¿De verdad crees que podría dormir después de lo que me dijiste en el jardín? Me refiero a eso de que "sólo podrías ser feliz conmigo".
–Oh. Eso… –avergonzada, la asgardiana bajó la vista–. Fue… un impulso.
–Un impulso –repitió él, sin comprender–. ¿A qué has venido, Sigyn?
Ella suspiró. ¿Por qué era tan difícil decir algo tan sencillo como "te echo de menos"? ¿Cómo podían borrarse de un plumazo tantos años de odio, rencor y orgullo?
–Yo… venía a decirte que… –inspiró para armarse de valor– Tal vez venir a Vanaheim no fue tan buena idea como creía –admitió a trompicones–. Quizás tenías razón y nunca debimos dejar Glaesisvellir.
Loki la observó durante unos segundos, atónito ante aquella declaración. No concordaba en absoluto con la imagen feliz de ella que siempre había visto cuando la observaba con el espejo.
–¿Por qué dices…? Ah, ya entiendo –se interrumpió–. Comprendo por qué hablas así. Estás asustada por lo que ha ocurrido antes en el jardín, pero no tienes por qué. Fue un error mío dejar que os marcharais sin ningún tipo de protección, pero lo solventaré. Contrataré los mejores y más fuertes mercenarios que el oro pueda pagar y apostaré uno en cada rincón de la finca. Nadie podrá volver a acercarse a amenazaros, te lo prometo.
–No… ¡no es eso! –se levantó del sillón, vehemente–. Antes de que esas criaturas aparecieran, ya había decidido pedirle a Sylene que nos llevase de vuelta a Jotunheim. Sé que tiene el mapa de los pórticos interdimensionales… y al parecer, no es tan difícil usarlo –añadió, un poco en tono de reproche por haberle mentido.
–No, no es tan difícil –reconoció él con una sonrisa–, no cuando conoces los pasos. Pero no esperarías que fuese a ponértelo fácil, ¿verdad? –su expresión irónica fue sustituida por una interrogante– Pero, ¿por qué volver a Jotunheim, después de lo que te costó convencerme de que te dejara marchar? –"¿…Después de lo que me costó a mí dejarte marchar?", añadió mentalmente.
Ella titubeó de nuevo. ¡Qué difícil era, qué difícil!
–Y… ¿y si te dijera… que he estado pensando en volver… en intentarlo? ¿En darnos una última oportunidad?
–Sí, ya… –Loki sonrió escéptico, pensando que le estaba gastando otra broma, pero vio la expresión muy seria del rostro de su mujer, y su corazón se detuvo por un segundo– ¿Estás… estás hablando en serio?
Ella asintió, aunque no muy segura.
–Eso creo… –murmuró, más para sí misma que para él–. En plan de prueba, por supuesto, y bajo mis condiciones. Si no funciona, nos separaremos amistosamente, sin que tengamos que hacernos daño. Dejarás que me vaya y no intentarás impedírmelo.
Loki apenas había escuchado a partir de que ella admitía que la reconciliación era una posibilidad real. La felicidad y la esperanza se habían apoderado de todas sus emociones, y sólo quería asentir a todo lo que ella le exigiera.
–Sí, sí, te lo prometo, pero no será necesario –en un arranque de entusiasmo, la tomó por la cintura y la acercó hacia sí, sin que, por fin, ella se le resistiera. Lo único que la contenía de estrecharla entre sus brazos o besarla era que ella aún seguía hablando, estableciendo condiciones a las que él estaba dispuesto a acceder antes incluso de que salieran de su boca.
–No habrá otras mujeres, ni más secretos, ni más mentiras.
–No más mujeres, ni más mentiras –repitió él como un niño obediente, aunque el tema de "no más secretos" le hizo sentirse algo intranquilo. No podía olvidar que había un secreto, uno muy grave, que aún no le había contado.
–Y necesito que hagas una última cosa más por mí.
–Lo que sea… –murmuró él anhelante, buscando su boca, saboreando de antemano aquel dulce beso que por primera vez ella no le negaría–. Haré todo lo que me pidas, te daré el sol y las estrellas, pondré todos los tesoros del Yggdrasil a tus pies… –susurró con su voz más seductora, deseoso de complacer a su amada–. Pídeme lo que quieras y te juro que lo haré. Todo lo que quie…
–…Quiero ver tu forma de gigante de hielo.
–¿Qué…? –el dios la soltó retrocediendo un par de pasos y su sonrisa desapareció, siendo sustituida por una dura expresión de tensión– No. Eso jamás.
–Lo siento Loki, pero es a mi manera o a ninguna –dijo ella con firmeza–. Muéstrate tal y como eres o retiraré mi oferta. Volveré a la habitación de Sylene, tú mañana regresarás a Jotunheim, y no volveremos a hablar de esto nunca más, ni tampoco a vernos.
–¡Si hago lo que dices, entonces sí que no querrás volver a verme! –saltó él bruscamente– Pídeme cualquier cosa, salvo eso.
–Pero eso es lo único que quiero. Vamos –dijo ella con el mismo tono persuasivo que solía utilizar él–, he visto a Fenrir y a Jormungand en su forma jotun y no me parecen tan terribles. ¿Por qué ibas tú a ser peor?
–Porque eres tú quien me verá –alegó él de forma un tanto incoherente–. Y soy yo a quien verás… y…
–…Y siempre has considerado monstruos a los gigantes de hielo, aunque tú mismo pertenezcas a esa raza –completó ella–. Pero olvidas que mis hijos también eran en parte jotnar, y nunca me desagradarían por eso. Quiero verlo, Loki. Quiero verte.
Él aún parecía indeciso.
–Está bien. Buenas noches –dijo Sigyn duramente y se giró para marcharse.
–¡No, espera! –exclamó él, y ella se detuvo y lo miró de nuevo, expectante. Exigente. Implacable. No tenía ni idea de lo difícil que sería aquello para él, o tal vez no le importaba– Está bien, pero que sea rápido –se rindió, y sonrió un poco sarcástico–. Seguramente al verlo te aterrorices y salgas corriendo. Esta vez definitivamente.
–Tal vez –asintió ella, haciéndolo tensarse de nuevo–. O tal vez no. Deja que sea yo quien decida cuando lo vea.
Él resopló.
–Bien. Cierra los ojos.
–Vamos Loki, no seas ridículo…
–Aún me cuesta bastante transformarme y me pondrás nervioso si tengo que hacerlo contigo mirándome todo el tiempo.
–Eres peor que un niño –se burló ella, pero cerró los ojos obedientemente.
Loki respiró hondo y se concentró para volver a su forma jotun. Tal y como Angerboda le había dicho alguna vez, hacerlo sin la ayuda del Cofre de los Antiguos Inviernos o sin tocar a otro gigante de hielo le costaba cierto esfuerzo físico, aparte del mental, y más aún en un lugar cálido como Vanaheim. Su piel adoptó un intenso tono azulado y sus ojos pasaron del esmeralda al escarlata. Ya no era humano ni asgardiano, sino el auténtico Loki, el gigante de hielo.
–Ya está –murmuró intentando parecer tranquilo–. Puedes abrir los ojos.
Sigyn así lo hizo y ahogó una exclamación mientras Loki aguardaba su veredicto. Habría mentido si hubiera dicho que no estaba asustado. Le parecía que en cualquier momento ella se pondría a gritar y saldría corriendo, tal y como había predicho. Ninguna asgardiana, todas mujeres hermosas, podría resistir ver que su esposo era un gigante de hielo. Aquél era, sin duda, el punto de inflexión que marcaba el destino de su relación. Si ella se horrorizaba y huía de él, como seguramente ocurriría, todo acabaría entre ellos, para siempre. Pero si se quedaba…
Por el momento, se estaba quedando. Y se acercó aún más para tocarle, para palparle. Le rozó la frente con los dedos por un instante, y los retiró como si se quemara al notar la sensación extremadamente fría.
–Cuidado –susurró él. Loki no tenía el letal tacto de escarcha de los gigantes de hielo ordinarios, que helaban hasta quemar la piel de un humano normal; pero aun así estaba muy frío y no quería impresionarla. Pero ella no se retiró. Una vez acostumbrada a la temperatura, siguió tocándole llena de arrobada fascinación.
Loki contuvo la respiración mientras ella pasaba sus dedos por su cara, tan suavemente como en aquel sueño donde volvían a encontrarse en la caverna. Los deslizaba recorriendo sus escarificaciones y percibiendo el relieve que hacían sobre la piel azul; para a continuación acariciar sus mejillas, su nariz y sus párpados y labios. Parecía embelesada examinándolo, pero Loki aún se preguntaba cuándo esa expresión de curiosidad maravillada empezaría a transformarse en repugnancia y ella huiría. Casi no podía soportar tenerla ahí, tan cerca, y tocándole tan suavemente; le parecía que no podría resistir el impulso de tomarla entre sus brazos y apoderarse de sus labios de fresa… pero se obligó a permanecer inmóvil mientras ella llevaba a cabo su reconocimiento.
Tras un tiempo que a él se le antojó interminable y cortísimo a la vez, ella retiró las manos de él y se alejó un poco. Sólo un poco.
–Lo sé… –asintió él, sin querer mirarla– Tenía razón, ¿verdad? Soy un monstruo.
–¿Un monstruo? –repitió ella en voz baja–. En absoluto. Eres hermoso, Loki, muy hermoso… y el azul siempre ha sido uno de mis colores favoritos.
Estupefacto, él alzó la vista para encontrar sus ojos, que, como el resto de su rostro, sonreían suavemente.
–¿Te burlas de mí?
–Para mí nunca fuiste un monstruo. Muchas veces te comportas como uno, pero eso nada tiene que ver con tu raza. Ya lo sabes, que fueras gigante de hielo jamás me importó, ni antes, ni ahora. Ni nunca.
Loki no podía reaccionar. La incredulidad, el alivio y la felicidad se mezclaban en su alma de forma insoportable, casi impidiéndole respirar.
–Pero… –estaba tan anonadado que apenas podía poner sus pensamientos en orden–, me dijiste que me odiabas. Que me odiarías siempre.
–Y es cierto, una parte de mí aún lo hace. Pero otra… te amará siempre. A ti y a todo lo que forme parte de ti, incluyendo tu herencia jotun –le acarició con ternura la fría mejilla–. Es una parte de mí que subestimé, a la que intenté aplastar, pero que al final se ha alzado con la victoria sobre la otra. Por favor, no hagas que me arrepienta esta vez… –añadió dulcemente antes de besarle.
Aquello volvió a dejarle sin aliento. Ella lo estaba besando, por voluntad propia. Siempre había sido él quien de alguna manera había tomado la iniciativa en esas cosas, y ella se había limitado a responderle en mayor o menor grado. Pero esta vez era ella la que había avanzado hacia él, buscando su boca y tomándole desprevenido tal y como él solía hacer con ella. Fue un beso suave y de tanteo, apenas rozando sus labios; pero tan sólo ese levísimo roce envió escalofríos por todo el cuerpo del dios del engaño.
–¿Estás segura? –preguntó él con voz agitada por el deseo– Mira que esta vez no es ningún sueño.
–Dios, espero que no lo sea –susurró ella, y lo besó de nuevo.
Él apenas tardó un segundo en reaccionar. La estrechó contra sí con tanta fuerza que la levantó del suelo y profundizó en el beso hasta creer que volvería a quedarse sin respiración. Ella no protestó, sino que correspondió a la intensidad de aquel abrazo y aquel beso con una pasión desmedida. Sus bocas –los labios intensamente rosados de ella contra los azules de él, el calor de la piel humana contra la frialdad jotun– parecían no poder estar separadas y no dejaban de devorarse la una a la otra, como si no necesitasen respirar, como si el contacto del otro fuera todo el aire que requirieran. Por fin ambos estaban juntos, sin barreras que los separasen, sin malentendidos y sin sueños.
Vacilante, él tomó el rostro de la mujer entre sus manos para poder besarla con toda la intensidad que deseaba sin hacerla retroceder con su propia fuerza, y ella pegó un respingo al sentir la piel helada sobre su cara.
–Lo siento… –susurró él, mientras volvía a adoptar paulatinamente forma humana. Ella intentó detenerle:
–No es necesario…
–No, lo prefiero así –repuso él–. Así estoy más cómodo. Me cuesta concentrarme en mantener mi forma jotun con este clima tan cálido, y más si estoy… –volvió a besarla–… haciendo esto.
–Como quieras –asintió ella, jadeante al igual que él. Tenía los ojos cerrados y no llegó a ver cómo la piel le cambiaba de color de nuevo, pero sí percibió el aumento de temperatura de los labios que comenzaban a bajarle por el cuello. Cuando volvió a abrirlos, ante ella estaba de nuevo el Loki que conocía–. Realmente me da igual qué forma tengas, mientras sigas siendo tú.
Él sonrió y continuó besándola. Sus manos empezaron a descender por el cuerpo femenino muy lentamente, intentando captar al máximo cada una de las sensaciones que percibía al notar bajo sus dedos sus curvas, apenas cubiertas por el fino camisón de gasa. Acariciarla por encima de aquella fina túnica sólo hacía que tales sensaciones fuesen aún más exquisitas, pero él anhelaba poder tocar su piel desnuda más que ninguna otra cosa.
Aun así, todavía tenía algo pendiente antes de aquello. Ella le había exigido que se acabasen los secretos y no quería que pudiese reprocharle que habían recomenzado su relación con aquél tan grave por revelar. Rompió el beso y se alejó un poco de ella, provocando un gemido de protesta en la mujer.
–Antes de seguir, tengo… tengo que decirte algo… –jadeó él.
–¿…Ahora? –se quejó Sigyn, frustrada.
–Llevo mucho tiempo queriendo contártelo, y…
–Entonces seguro que es algo malo –lo interrumpió ella, pensando que debía tratarse de la confesión de alguno de sus muchos desmanes del pasado, algo que a ella ya no le importaba porque estaba decidida a mirar hacia delante y no hacia atrás–. Y si has esperado tanto tiempo, seguro que puede esperar un poco más –"Además, como sea algo muy gordo seguro que me enfado y no quiero que nada estropee este momento", añadió para sus adentros.
Loki lo pensó unos segundos y al final se encogió de hombros.
–Cuando tienes razón, tienes razón –dijo, y continuó besándola. Él había cumplido, había intentado hacer lo correcto, pero si era ella la que se lo impedía, no estaba dispuesto a insistir. Por su mente pasaba un pensamiento similar al de ella: era la hora del amor. Ya tendrían tiempo para confesiones.
Sin dejar de besarse, acabaron chocando contra el escritorio. Loki quiso corregir la trayectoria y llevarla hacia la cama, pero Sigyn se lo impidió.
–No… quedémonos aquí –le susurró mirándolo pícaramente, incitante. Como una chica mala, o una chica buena a punto de cometer una travesura muy maliciosa.
–¿En qué estás pensando? –preguntó él, extrañado pero en absoluto contrariado.
Sigyn retrocedió aún más, y sin perder aquella expresión sensual que tanto le fascinaba, se sentó en el tablero del escritorio.
–¿Te acuerdas de aquella mesa de tu despacho, en Asgard?
Él sonrió: desde luego que se acordaba. No olvidaría jamás aquella noche de su primer año de matrimonio, y estaba dispuesto a que tampoco olvidasen ésta.
–¿Quieres hacerlo aquí?
–¿Por qué no? –ella lo miró ardiente– Si tanto quieres estar conmigo, te dará igual el lugar, ¿verdad?
La sonrisa de él se amplió al reconocer sus propias palabras de tantos años atrás. Se aproximó a ella, colocándose a tan poca distancia que Sigyn tuvo que separar las piernas para dejarle acercarse sin estorbarle con las rodillas. En esa posición, enseguida pudo notar hasta qué punto estaba ya excitado y aquella sensación ya le dio vértigo.
Loki volvió a aferrarla contra sí y a saborear de nuevo aquellos dulces labios a los que no podía creer que sólo horas antes hubiera estado dispuesto a renunciar. Su boca sólo se resignó a abandonarlos para dirigirse a su cuello, el cual rozó suavemente con la lengua como sabía que a ella le gustaba; y volvió a subir hasta su oreja, lamiendo ligeramente el lóbulo y haciéndola estremecerse de nuevo, sin que esta vez tuviera nada que ver con el frío. Cubrió de besos su garganta y poco a poco, la fue reclinando hacia atrás para llegar más cómodamente a sus pechos, que por el momento se dedicaba a acariciar suavemente por encima de la túnica.
Con la respiración entrecortada por la excitación, Sigyn se abandonó por entero a los deseos de Loki dejando apoyar su espalda sobre el tablero de la mesa, exponiéndose a sus caricias y a todo lo que él quisiera hacerle sin reservas y sin condiciones. Él, aún de pie, y casi enloquecido al tener aquella imagen de su mujer entregándosele por completo como tantas noches había soñado, casi no sabía por dónde empezar. O sí lo sabía, pero no quería precipitarse. Quería saborear aquel momento por completo, prolongarlo al máximo.
Empezó a acariciar de abajo a arriba aquel cuerpo, anhelado durante tanto tiempo. Comenzando por las rodillas, sus manos se deslizaron sobre la delicada tela de la túnica, recorriendo sus muslos, sus caderas y su vientre, y se detuvieron sobre sus pechos palpándolos con suavidad, apenas rozando los pezones que ya se erguían exigentes, reclamando atención. Todo ello con una lentitud pasmosa, desesperante, explorando cada uno de los contornos del cuerpo femenino como si tuviera entre sus brazos a una virgen que nunca hubiera tocado antes, en lugar de la mujer que había dado a luz a tres hijos suyos. Sigyn se arqueó con los ojos cerrados, intentando adaptarse a aquellas hábiles manos como si no quisiese perder su contacto, como si lo necesitara.
Muy despacio, aquellas manos subieron un poco más hasta llegar a su cuello y su rostro recorriéndolos y pasando sus dedos por los párpados y los labios de ella al igual que ella había acariciado el rostro de él; y luego comenzaron el camino inverso, bajando lentamente por su vientre y deteniéndose en sus caderas, para explorar el contorno de su pelvis. Para entonces ella ya estaba ardiendo de deseo, y apenas la había tocado por encima del camisón.
Pero él enseguida cambió eso. Llevó sus manos al borde de la parte de abajo del camisón y se la levantó, de nuevo acariciando sus piernas bajo la propia tela, haciendo que se deslizara por los muslos y llevándosela hasta por encima de las caderas; todo con la misma parsimonia que estaba imprimiendo al resto de sus movimientos. Tanta lentitud la estaba volviendo loca de frustración, pero era una tortura dulcísima. Le dejó al descubierto la fina piel del vientre y empezó a besarla con besos leves, suaves, que casi le hacían cosquillas. De repente ella se acordó de la cicatriz de la cesárea e intentó levantarse, o al menos cubrírsela con las manos; pero él se lo impidió.
–Tú no te has inmutado al ver mi forma jotun… –susurró–, ¿y crees que a mí me molesta una simple cicatriz?
–Lo sé, pero…
–… Me encanta tu cicatriz –la interrumpió, cubriéndola de pequeños besos como al resto de su cuerpo–. Es la marca que demuestra que tuviste a mi hija –añadió mientras le subía aún más el camisón y ascendía con sus labios hacia arriba, bordeando el pliegue inferior de los senos.
Con la túnica levantada de por medio, Sigyn no podía ver nada de lo que él le hacía, sólo sentirlo. Cuando notó aquellos delicados besos cayendo como lluvia sobre sus pechos, y la húmeda caricia de la lengua de él sobre sus pezones, una oleada de excitación le cortó la respiración. Aquello no era como en sus sueños. Aquella ternura, aquella sensibilidad, no podría haberla imaginado ni en la más loca de sus fantasías. Si algo caracterizaba al dios del engaño, era que podía ser imprevisible, y ser un amante tan tierno era definitivamente lo último que ella habría esperado de él.
La boca de Loki volvió a bajar por su vientre, rozando su piel con su barbilla, y ella tragó saliva para aliviar un poco la sequedad de su garganta cuando sintió que enganchaba los dedos en su ropa interior, quitándosela muy despacio. Después, volvió a levantarle la túnica, con la ansiosa colaboración de ella, quien arqueó el cuerpo para que pudiera sacársela por la cabeza.
Sigyn quedó totalmente desnuda y expuesta ante él, y se mordió los nudillos de la mano derecha cuando notó que él le abría las piernas y extendía más de aquellos besos sobre la parte inferior de su vientre, la cara interior de los muslos y sobre su propia intimidad, llegando incluso a deslizar delicadamente su lengua sobre ésta última. Ella pegó un respingo, y por un momento creyó que él se demoraría allí más tiempo, algo que ella no soportaría. Ya estaba bien de preliminares, se dijo. Más adelante habría ocasión de jugar durante más tiempo, ahora ya no quería ni podía esperar más.
Y él debía pensar lo mismo, ya que se incorporó, se despojó de su propia ropa y la tomó de las caderas, atrayéndola hacia sí. Ella apretó los tobillos contra la parte posterior de sus muslos y movió la pelvis contra él en un gesto de invitación. Deseaba ser suya tanto como deseaba que él fuera suyo… y él estaba encantado de concederle ese deseo.
El dios del engaño no dejó de mirarla a los ojos mientras se adentraba en su interior, a lo que ella respondió con un suspiro, o una especie de ronroneo apagado. Loki se inclinó sobre ella, moviéndose rítmica y pausadamente mientras ella rodeaba su cintura con las piernas y se aferraba a su cuello con los brazos, besando dulcemente los hombros masculinos y su pecho pálido y lampiño, y hasta en algunos momentos agarrándolo de su cabello oscuro y largo, que siempre la había fascinado.
No hubo palabras: sus ojos, permanentemente en contacto, se decían todo cuanto debían decirse. Por fin estaban en completa sintonía. Todo rencor, toda desconfianza de cada uno respecto del otro, había desaparecido en aquel momento. Ahora cada uno aceptaba al otro tal y como era, lo amaba por entero. El odio y las heridas comenzaban a borrarse para siempre, y lo que quedaba eran los sentimientos de unión y el deseo de estar juntos, olvidando todo lo demás.
Loki continuaba besándola sin parar, no sólo en sus labios, sino en sus mejillas y en su frente, con una ternura que estuvo a punto de hacerla llorar. Avergonzada ante aquella posibilidad, ella intentó hundir la cabeza en su cuello, pero él se lo impidió.
–Sigue mirándome, amada mía –le pidió con voz agitada–. Quiero ver tus ojos mientras gozas.
Ella no sabía si sería capaz de hacerlo, más que nada porque le costaba mantener la vista enfocada en ningún objeto, ni siquiera sus hermosos ojos. El éxtasis se aproximaba y su cuerpo tomaba, más que nunca, las riendas de su voluntad. Sólo quería dejarse llevar, tener a su amor así, entre sus brazos y dentro de ella, y que aquello no terminara nunca.
–Háblame, Sigyn –jadeó él.
–¿Qué quieres que te diga? –ella casi no podía pensar.
–Sabes lo que quiero oír.
–No, yo… –se detuvo al darse cuenta de que sí lo sabía– Te amo, Loki.
Fue en ese momento cuando el orgasmo la sacudió, tan prolongado y violento que estuvo a punto de hacerla perder la respiración y desmayarse. Se convulsionó contra el cuerpo de él, pero él volvió a buscar su boca, hundiendo su lengua en ella mientras alcanzaba su propio clímax. Sus últimos embates fueron intensos, tan violentos como para hacerle daño, pese a que ella sabía que su intención no era hacérselo. Y no se lo hizo.
El dios se derrumbó sobre ella, respirando agitadamente; y ella le acarició el cabello, que como siempre se le había revuelto y descolocado mientras yacían juntos. Ni siquiera tenía fuerzas para salir de su interior, y además ella no quería permitírselo, puesto que seguía aferrándolo contra sí con brazos y piernas. Sin embargo, él realizó un esfuerzo para incorporarse un poco y contemplar su rostro. Parecía intranquilo.
–¿Sigyn…?
–¿Sí? –respondió ella, también jadeando.
–Sigues siendo tú –dijo, sin que estuviera muy claro si preguntaba o afirmaba.
–Claro que soy yo. ¿Quién querías que fuera? –frunció el ceño, medio en broma medio en serio– Oye, no habrás estado pensando en otra mientras lo hacíamos, ¿verdad?
–¿Tú qué crees? –bromeó él, sólo para hacerla rabiar, pero enseguida agregó muy serio– Sólo que… me resulta difícil creer que estés realmente aquí.
–A mí también me cuesta creerlo –lo besó en la mejilla (un besito suave e inocente en comparación a los intensos y apasionados que acababan de compartir), y le pasó la mano por la frente para enjugarle el sudor. Aunque no se hubiesen dado cuenta mientras consumaban su unión, los dos habían acabado sudando profusamente y sus cuerpos desnudos estaban resbaladizos y brillantes. Toda la habitación estaba cargada con una mezcla de los olores de ambos, sexo y transpiración: un olor lujurioso, sensual… absolutamente sublime.
Sigyn suspiró algo fatigada:
–¿Hace calor aquí, o somos nosotros? –intentó moverse un poco para escapar de la temperatura corporal de su marido (que, al contrario que su anterior frialdad jotun, era bastante alta), pero él se lo impidió. No quería que se alejara de él, ni un solo centímetro, ni por un segundo.
–Somos nosotros –sonrió maliciosamente–. Aunque si eso te hace sentir mejor, mañana haréis el equipaje y volveremos a casa… y estoy hablando de Jotunheim, por si no te había quedado claro. Allí podrás quejarte del frío, en vez de por el calor.
–Hablas como si fuera una bruja que estuviera todo el tiempo quejándome –ella lo golpeó ligeramente en el hombro, algo molesta por la broma, y él se echó a reír. Era la primera vez en mucho tiempo que Sigyn lo veía reír realmente, de auténtica felicidad.
–Puedes ser todo lo que te plazca, mientras seas mía –sin dejar de abrazarla, en la misma posición en la que habían acabado de hacer el amor, se incorporó, levantándola y llevándola en peso hasta la cama. Ella tuvo que aferrarse de nuevo a él con los brazos y las piernas para no caerse, pero él la cargó con facilidad, como si fuese una pluma. La depositó con suavidad sobre la mullida colcha y se dejó caer con cuidado sobre ella–. Mañana, cuando volvamos a Jotunheim, tú te trasladarás a mis habitaciones… mejor dicho, "nuestras" habitaciones; y actuarás como una auténtica esposa.
–Otra vez estás actuando en plan dictador, dando órdenes a diestro y siniestro.
Él alzó una ceja:
–¿Acaso no es lo que deseas?
–No he dicho eso, ni tampoco que esté en desacuerdo con lo que dices, sólo que… podrías decirlo más suavemente. Que parezca que tengo elección.
Él rió suavemente y hundió la nariz contra sus ondas rojizas, aspirando su perfume.
–Ya no tienes elección, amada; no después de esto. Te di una oportunidad para ser libre y la has rechazado, y no soy tan fuerte como para renunciar a ti dos veces. Te prometí que te haría feliz, y sólo si no lo consigo podrás pedirme que te deje marchar. Mientras eso no ocurra, estarás conmigo, comerás a mi lado y dormirás en mi lecho. Bueno, eso a partir de mañana. Esta noche… olvídate de dormir –añadió provocativamente, mientras empezaba a besarla de nuevo–. Llevamos separados quince años, son muchas noches de amor atrasadas. Y tengo intención de recuperarlas todas.
En ningún momento, mientras hablaban, él había abandonado su interior, y pronto Sigyn notó cómo él iba recuperando el deseo y su consistencia rígida mientras estaba aún dentro de ella. Era una sensación nueva para ella… deliciosa, muy íntima.
De nuevo le rodeó el cuello con los brazos y respondió a sus besos con pasión impetuosa.
–Como deseéis, mi señor –bromeó, siguiéndole el juego.
En el fondo, no le molestaba que en ese aspecto no hubiese cambiado, que siguiese obsesionado con el control o mostrándose autoritario, tanto dentro del lecho como fuera de él. ¿Qué importaba eso, si la dulzura de sus actos desmentía la aparente dureza de sus palabras? Además, si ambos estaban de acuerdo en que se amaban, ella aprendería a manejar su endemoniado genio y sus terribles modales. Sería un desafío, pero estaba deseando intentarlo.
Sigyn no habría sabido decir si aquella noche fue la más tierna o la más ardiente de su vida. O tal vez fuese las dos cosas, porque estaban indisolublemente unidas. Sin duda, aquél no era el Loki que había conocido. Aquél era el Loki de sus sueños… no: el Loki de sus sueños palidecía ante aquel desconocido de aspecto grave pero hermoso que no dejaba de besarla, de venerarla, de amarla.
Y se sintió tan feliz que casi no pudo soportarlo. Porque daba miedo.
Realmente esperaba que no fuese un sueño… estaba harta de sueños. Quería sentir aquella realidad, con sus alegrías y sus pesares, quería experimentar todo lo que el futuro les deparase, y quería hacerlo junto a Loki. Y después de haber probado la independencia y la soledad y de haberse descubierto como persona, ahora sabía que amar sin miedo y entregarse sin reservas y sin rencores, era la auténtica libertad… la única forma de estar viva.
Ojalá que esta esperadísima reconciliación haya sido todo lo que imaginabais y no os haya decepcionado, ni tampoco os haya parecido demasiado precipitada (estando en el capi 33, me parece que se ha hecho esperar bastante, pero ya me entendéis ;) ). Bueno, ha costado pero ya están juntos y reconciliados, ¡por fin! Ni yo misma me lo creo, jejeje. Pero, y aunque os cueste creerlo, esto es sólo el principio. El Ragnarök está a la vuelta de la esquina, y muchos problemas y malentendidos aguardan a nuestra parejita, sólo que, a partir de ahora, los afrontarán juntos.
En este capítulo, ha sido clave la contribución de mi musa particular Saku-Zelda, con dos cómics suyos que me han inspirado prácticamente todo el capítulo. El primero de ellos, cuando Loki le devuelve a Sigyn su colgante de aguamarina, me inspiró toda la historia del colgante. El otro, que refleja cuando Sigyn le pide a Loki que le muestre su forma jotun, es algo más antiguo, por eso hay algunas cosas cambiadas, espero que no te importe, Saku :)
Para la parte del lemon, podéis probar a escuchar "Fingers of love" de Crowded House (watch?v=j1kOOkxMqew) o "Pieces" de RED (watch?v=XLYImn6sxxE). El por qué hacer el amor sobre una mesa (con lo cómoda que es la cama ;) ): para las que no se acuerden, en el capítulo 10 de Early Winter conciben a Narvi sobre la mesa del despacho de Loki. El volver a hacerlo en una mesa, y esta vez por iniciativa de ella (incluso repite las mismas palabras que él dijera en su época), simboliza el nuevo comienzo, como si volvieran a retomar su relación a partir de ese punto.
De nuevo, mil gracias a todas por seguir el fic y por toda la motivación que me dais, sin vosotras no tendría el ánimo ni las fuerzas para continuarlo. Y ya sin más, os deseo que disfrutéis MUCHO de Thor: The Dark World, y si seguimos vivas después del estreno, nos veremos. Un beso!
