Parte 2: Despertar

34–

Empezaba a amanecer cuando Sigyn abrió los ojos. Enseguida reconoció la dulce tibieza del pecho masculino contra su mejilla y levantó el rostro para comprobar que él realmente estaba allí. Loki aún dormía; y su rostro se veía más joven y relajado, lleno de paz, como si los demonios que solían atormentarlo en la vigilia fuesen incapaces de alcanzarlo en su profundo sueño. Con aquella apacible expresión estaba más bello que nunca, como un ángel de rostro sereno y revueltos cabellos negros que contrastaban con su pálida piel.

La asgardiana inspiró feliz y apretó la cara contra él. Seguía sin poder creérselo. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se había despertado en brazos de su marido –mucho, mucho antes de aquellos quince años de separación, cuando sus hijos eran aún muy pequeños–, que casi había olvidado qué se sentía y la invadió una especie de dejà vu, una extraña sensación irreal. Casi como si estuviera dentro de uno de sus sueños, aunque, por primera vez desde hacía mucho, sabía que no era así. En realidad se sentía extrañamente lúcida, como si acabara de despertarse de verdad por primera vez en años.

Por un instante, tuvo la engañosa sensación de que seguían en Asgard, de que Loki continuaba siendo el segundo de los Odinson en vez del exiliado Comandante de Jotunheim, y de que todo lo que había ocurrido –no sólo los quince años que había estado escondida en Midgard sino también toda la época infernal de su matrimonio como Princesa Consorte–, habían sido producto de un sueño particularmente largo y espantoso; que Angerboda, Karnilla o Lorelei nunca habían existido y que Narvi y Váli estaban durmiendo en las habitaciones de al lado, vivos.

Loki empezó a moverse, a punto de despertar. Ella alzó la cabeza de nuevo para mirarle y ahí estaban, aún un poco adormilados pero ya abiertos, aquellos ojos de intensa esmeralda que la contemplaban con dulzura, libres por fin de la cautela ante los sentimientos que habían manifestado siempre.

–Buenos días, amada –le susurró. Su voz acarició sus oídos como terciopelo mientras sus dedos hacían lo mismo con su mejilla–. ¿Has dormido bien?

Aquel extraño desconcierto desapareció y la ilusión del pasado mezclado con el presente se rompió como una pantalla de cristal. No estaban en Asgard, sino en Vanaheim. El pasado era el pasado y no se podía borrar; afortunadamente, porque de haber resultado cierta aquella sensación, eso habría significado que Sylene tampoco existiría. Y, si bien Sigyn había aprendido a sobrellevar medianamente la pérdida de Narvi y Váli, no se sentía capaz de vivir sin su hija.

Asintió a la pregunta de Loki y lo abrazó, dejando reposar de nuevo la cabeza sobre su pecho.

–Sí, ¿y tú?

–Como un bebé… mejor que en mucho tiempo –contestó, satisfechísimo. La atrajo aún más hacia sí, estrechándola como un niño a su muñeco preferido–. Ah… había olvidado lo a gusto que se está así, no sólo durante sino también después.

Sigyn esbozó una sonrisa mordaz, un poco amarga.

–¿Quieres decir que con Angerboda o con tu Lorelei no hacías esto?

–¿Por qué te empeñas en torturarte recordando el pasado? –él sonrió con similar ironía– No, jamás se quedaron conmigo ninguna de las dos, no como tú y yo estamos ahora. Y antes de que empieces con eso, no tienes por qué sentirte insegura respecto a Lorelei. Lo que tenía con ella no se parecía ni remotamente a lo que tengo contigo.

–No, claro… –susurró ella con tristeza–, ella es más joven y hermosa.

Él se irritó un poco al ver que estaba obteniendo el efecto contrario al que buscaba.

–Puede que sea más joven que tú, pero no más hermosa –le dijo, algo impaciente–. Pero lo que estaba intentando decir es que nunca sentí nada por ella, mientras que a ti… –fijó sus ojos en los de ella para enfatizar sus palabras–… a ti te quiero.

Las lágrimas asomaron entre los párpados de la asgardiana.

–No sé cómo te las arreglas, pero después de acostarme contigo siempre acabas haciéndome llorar –protestó, enjugándoselas–. No hace ninguna falta que me adules.

–No lo digo para adularte. Alguien muy sabio me dijo que debería haberte dicho lo que sentía por ti mientras tenía la oportunidad; y ahora que vuelvo a tenerla no pienso desperdiciarla. Y te debo muchos "te quiero", no sólo de los últimos quince años sino de todo el tiempo que estuvimos casados, así que tendré que empezar pronto si quiero ponerme al día. Te quiero… –comenzó a besarla de nuevo, en los labios y por toda la cara–, te quiero…

Sigyn casi no podía soportar aquello. Tan frío que había sido siempre, y ahora no se podía creer aquel cambio de ciento ochenta grados. Todo se estaba volviendo demasiado emocional, tanto que tuvo que esforzarse para no echarse a llorar de nuevo, esta vez de felicidad.

–Entonces, lo de anoche…

–No te arrepientes, ¿verdad? –preguntó él entre un beso y otro. La apretó aún más contra sí, como si de forma inconsciente quisiese impedir que pudiera alejarse.

–No, no es eso… –le aseguró ella– Sólo me pregunto… qué va a pasar ahora.

–¿Ahora, dices? Déjame darte los buenos días a mi modo especial –dijo él juguetón, metiendo una mano bajo las sábanas para volver a acariciarla–. Te lo dije anoche, tenemos pendientes muchos…

–Sabes que no me refiero a eso –Sigyn golpeó suavemente su puño contra el pecho de él, llamándole la atención por la broma–. Hablo de nosotros. Ya hemos dejado de jugar al escondite, ya está claro lo que sentimos, pero ¿crees que eso es suficiente? ¿Después de todo lo que hemos vivido? –preguntó inquieta, sin poder ni querer pensar que las cosas pudieran solucionarse tan fácilmente, sólo habiendo pasado una noche juntos… por increíble y ardiente que hubiera sido.

Él escuchó sus dudas con expresión atenta, demostrando que cuando era necesario era capaz de pasar fácilmente de la frivolidad a la seriedad.

–Lo será si nosotros lo queremos así. Haremos borrón y cuenta nueva, como si acabásemos de casarnos –respondió reflexivamente, y viendo que seguía sin convencer a Sigyn, añadió–. Lo sé, sé que aún quedan pendientes muchos problemas entre nosotros, muchas cosas que solucionar, agravios por perdonar… pero si deseamos estar juntos, y yo lo deseo, nada volverá a interponerse entre nosotros –se separó de ella unos segundos y se volvió hacia su extremo de la cama, inclinándose sobre un sillón al lado de la mesilla, donde había dejado su gabán de cuero. Hurgó en uno de los bolsillos interiores y extrajo un pequeño objeto.

–Mi anillo de boda… –murmuró Sigyn, asombrada. Se lo había devuelto meses atrás, precisamente la noche que él había aparecido en Midgard buscándola, y él lo había guardado durante todo aquel tiempo.

Loki tomó la mano derecha de la mujer y deslizó con delicadeza la alianza en su fino anular.

–Como dije anoche, volverás a ser mi esposa –declaró en voz baja–. A partir de ahora, seremos otra vez un matrimonio de verdad y seremos felices…

–¿…Para siempre? –inquirió ella, y él sonrió melancólicamente, acordándose del libro que guardaba en la biblioteca de su fortaleza.

–Tal vez "para siempre" sea mucho decir.

–O sea, que seremos felices hasta que te canses de mí otra vez, y entonces volverás a tratarme como a basura –concluyó ella con dureza, intentando incorporarse para salir de la cama, pero él la retuvo.

–¡No quería decir eso! ¿Es lo que crees que pasará? –le preguntó molesto. Pensaba que habían dejado a un lado todas las desconfianzas– Te dije que pensaba hacerte feliz, que te alegrarías de volver conmigo.

Ella se dejó arrastrar de nuevo a su lado de la cama sin abandonar su expresión escéptica. Aún le costaba confiar del todo en él.

–Entonces, ¿por qué has dicho eso?

Loki reflexionó unos segundos, cabizbajo. Al fin había llegado el momento que había estado temiendo, ya no tenía más remedio que contarle la verdad… y romperle el corazón al hacerlo.

–Querida mía, es lo que intentaba decirte ayer… –sujetó suavemente su rostro entre sus manos. La mirada expectante en los ojos aguamarina de la mujer lo abrumaba–. Lo que llevo tratando de contarte desde hace mucho. Durante la guerra, yo… –tragó saliva: ¿por qué a él, al dios de legendaria elocuencia, le estaba costando tanto algo tan simple?

"Porque te habías prometido que jamás volverías a hacerla llorar", le contestó su conciencia. "Y no quieres romper esa promesa".

–Loki, ¿de qué se trata? Me estás asustando –ella se aferró a sus muñecas con las manos, la preocupación convirtiéndose poco a poco en ansiedad.

Él abrió la boca para contestar, sin saber realmente cómo plantearlo… pero en ese momento, la puerta de la alcoba vibró bajo unos sonoros golpes y a continuación, sin esperar respuesta, se abrió. Sylene entró en la habitación, plena de energía e impetuosidad juveniles.

–Papá, ¿sabes dónde está mamá? Cuando me he despertado ya no estaba en mi cuarto y no la encuentro por ningún… –se detuvo al ver la escena de sus padres desnudos en la cama–… lado… –su cerebro aún tardó un poco en procesar la información, y cuando lo hizo sus mejillas se tiñeron de escarlata y se giró bruscamente para no tener que seguir mirándolos– ¡Oh Dios mío, lo siento!

–¡Sylene, por Dios! –Con su propio rostro de un tono casi idéntico al de su hija, Sigyn se deslizó en la cama cubriéndose con las sábanas lo más que pudo– ¿Qué te he dicho sobre esperar a que te den permiso para entrar cuando llamas a una puerta?

–¡Lo siento mamá, de verdad!

Loki se limitó a observarlas, preguntándose divertido cuál de las dos parecía más incómoda. Él, al contrario, se sentía muy relajado. No existía forma más rápida y eficaz para enterar a la chica de la nueva situación.

–Supongo que ya tienes la respuesta a tu pregunta, ¿no, hija?

–Sí, pero no me hacía falta tanta información –replicó ella, aún dándoles la espalda–. No sé si en estos sitios tendréis psicólogos, porque voy a necesitar uno para quitarme el trauma de veros así.

–Oh, Sylene… –murmuró Sigyn descorazonada, pero la joven se echó a reír y se volvió. No mucho, sólo lo justo para poder hablar con ellos sin tener que verlos en aquella comprometedora posición.

–Sólo bromeaba. ¡Estoy muy contenta de que lo hayáis arreglado! –exclamó feliz– Supongo que esto quiere decir que volvemos a Jotunheim.

–Exactamente –el dios respondió por su mujer–. Volveremos a casa y seremos una familia como debe ser. De modo que ve avisando al viejo Lytir para que los criados preparen de nuevo el equipaje de tu madre y el tuyo… –se quedó mirando a Sigyn con expresión maliciosa–. Mejor que empiecen por el tuyo. Que nadie entre aquí en, al menos, otra hora… u hora y media.

–¡Loki! –aún más sonrojada, la aludida le dio un codazo dirigiéndole una mirada de reproche: ¿cómo podía ser tan desvergonzado, haciendo ese tipo de insinuaciones con Sylene delante? Pero la muchacha, ya pasada la sorpresa del primer momento, no parecía muy afectada, al contrario. Se llevó las manos a la boca para contener una risilla igual de pícara que su padre.

–Desde luego, papá… Me alegra que vinieras ayer, y que te quedaras con nosotras. Presentía que acabaríais así, aunque no sabía que sería tan pronto. Me voy, os dejo seguir con lo vuestro. Vosotros continuad, por favor, no os vayáis a cortar por mí.

Todavía abochornada, Sigyn torció el gesto, pero no hizo ningún comentario. Sylene, sin girarse en ningún momento, se dispuso a marcharse de la estancia, pero antes de salir del todo, volvió otra vez un poco la cara hacia ellos.

–Ah, y papá… esta vez no la cagues.

–¿Que no la… qué? –repitió él, estupefacto ante la extraña jerga midgardiana a la que aún recurrían a menudo tanto su esposa como su hija.

–Es una forma de hablar de la Tierra –explicó Sigyn–. Quiere decir que no lo estropees.

–¡Ah…! Si es eso, puedes estar tranquila, princesa. No tengo ninguna intención de… hacer eso.

–Más te vale –repuso la muchacha con calma–. Te quiero muchísimo papá, pero como vuelvas a hacer daño a mi madre, mi tío será el menor de tus problemas, porque yo misma patearé tu culo de dios nórdico, ¿de acuerdo?

–Cielo, eso es sólo asunto de tu padre y mío… –Sigyn sintió la necesidad de intervenir ya que, aunque la conmovía que su niña quisiera protegerla, también sabía que Loki aborrecía que le hablaran con tan poco respeto. Sin embargo, el dios no pareció molesto sino extrañamente orgulloso.

–Me parece un trato justo –replicó, muy serio–. Es lo que yo haría si estuviera en tu lugar.

Sylene asintió satisfecha y se marchó a buscar a Lytir, asegurándose de cerrar bien la puerta tras de sí para evitar nuevas interrupciones. Cuando se quedaron solos, Sigyn se llevó las manos a la cara, sofocada.

–¡Por favor, qué vergüenza!

Loki se echó a reír.

–Tampoco ha sido para tanto –intentó restar importancia a la angustia de su mujer, y ella respondió a su frivolidad fulminándolo con la mirada.

–¡Y encima tú, bromeando con ella! Estabas hablando con tu hija, Loki, no con una de tus "amiguitas".

Él seguía riendo, pero su risa empezaba a ser más maliciosa y provocativa. La veía más deseable que nunca con aquel rubor, mezcla de turbación y rabia, arrebolando sus mejillas, su frente y sus senos, dándoles un tono muy parecido al que se le ponía cuando estaba excitada sexualmente… Y todo pudor desaparecía ante aquella adorable visión, quedando sólo el deseo que entumecía el resto de sus sentidos, incluidos los de la responsabilidad y la memoria de lo que estaba a punto de confesar antes de que su hija les interrumpiera.

–Te dije que ya no tengo "amiguitas". Y aunque te empeñes en verla como una niña, Sylene ya es toda una mujer, fíjate cómo no ha dudado en enfrentarse a mí para defenderte –comentó lleno de orgullo paternal–. Tú misma tampoco eras mucho mayor que ella cuando te casaste conmigo. Cambiando de tema… ¿quién te ha dicho que estaba bromeando cuando le he pedido que nos dejen pasar más tiempo a solas?

Ella lo miró atónita, y más aún cuando vio que volvía a inclinarse sobre ella, con una mirada lasciva e inequívocas intenciones.

–¡Loki! ¿Quieres… ahora? ¿Otra vez?

–Me sorprende que te sorprenda, sobre todo cuando llevas todo el rato exhibiéndote desnuda ante mí, con esa piel tan suave y sonrojada y esa apariencia inocente y tentadora al mismo tiempo. Subestimas tu capacidad de seducción, amada… no puedes esperar que no te desee –murmuró contra su oreja, provocándole escalofríos con su cálido aliento, y empezó a descender con sus labios de nuevo por su cuello y sus hombros. Su voz había vuelto a transformarse en un sensual susurro, del tipo que no fallaba en lograr que todas las zonas secretas de su cuerpo se ablandaran y se encendiesen.

–Pero… pero tengo que ir a ayudar a Lytir y a Sylene con los equipajes –logró construir una frase más o menos coherente, pese a que sus facultades mentales y verbales se veían considerablemente mermadas cuando tenía a aquel dios de oscura belleza sobre ella, explorando su cuerpo con su boca y acariciándola por todas partes. Sin dejar de besarla, Loki sacudió la cabeza ante su débil argumento.

–Ni hablar, ya dije que mi esposa no volvería a realizar trabajos serviles. Lytir y Sylene se las arreglarán perfectamente solos, al menos por el momento. A ti te necesito aquí, para que te hagas cargo de una tarea de vital importancia –declaró imperiosamente, y ante la mirada interrogante de Sigyn, concretó–: complacer a tu señor.

Ella no pudo evitar una sonrisa al ver cómo mezclaba su habitual actitud autoritaria con esa picardía tan incitante, que ella empezaba a adorar.

–¿No podrías hablar en serio alguna vez?

–Mi placer es un asunto muy serio… –susurró él roncamente, deslizándose sobre ella. Sus piernas delgadas pero musculosas se rozaron contra el interior de los muslos de la mujer y ella ya pudo notar, aun sin verlo, que efectivamente el deseo de él estaba de nuevo despierto y demandando ser satisfecho. Pronto, el apetito de ella despertó también y se unió al del dios en su sensualidad.

–Está bien –asintió–. De modo que, complacer a mi señor, ¿eh? –repitió provocativamente y levantó la pelvis para estrechar el contacto entre ambos cuerpos. El rostro de Loki acusó aquella inesperada descarga eléctrica de placer, y sonrió complacido al ver cómo ella comenzaba a seguirle el juego.

–Así es, amada… ahora eres tú la exclusiva encargada de esa tarea –añadió él, y comenzó a deslizar su mano por los costados de ella, bajando hasta llegar a su sexo… que para entonces ya estaba húmedo y anhelante de sus caricias.

–En ese caso… y como sé lo exigente que eres en estos menesteres, tendré que emplearme a fondo –en un movimiento inesperado, atrapó las caderas de Loki entre sus piernas y se movió con agilidad arrastrándolo con ella, para acabar quedando encima de él. El dios, si bien era mucho más fuerte que ella y habría podido resistirse, no lo hizo y se dejó llevar. Le encantaban ese tipo de sorpresas, especialmente verla tomar la iniciativa–. Nos queda una hora antes de que vengan a ayudarnos con mi equipaje –Sigyn comenzó a descender con sus labios por su pecho y se detuvo en la suave piel del vientre, lamiéndola y mordisqueándola, haciéndole cosquillas.

–Una hora y media… –le recordó él, entre risas y escalofríos derivados de los manejos de su mujer, mucho más expertos de lo que los recordaba. Pronto dejaron de hablar del todo y los gemidos, los jadeos y los suspiros de placer fueron los únicos sonidos audibles en la alcoba del matrimonio. Ya no hubo espacio para más conversación, declaraciones de amor, bromas o juegos de palabras… ni tampoco para las obligaciones ni el recuerdo de una confesión muy necesaria, pero en aquel momento inoportuna y en absoluto deseada.

–*–*–*–*–*–

"Volveremos a casa y seremos una familia…". Las palabras de Loki resonaban en los oídos de Sigyn mientras atravesaban la salida del pórtico, apareciendo de nuevo en la sala de la fortaleza de Glaesisvellir que creía haber dejado atrás apenas unos días antes. Y lo primero que percibieron sus sentidos fue el aire frío que, como contraste con el ambiente cálido del reino Vanir, golpeó sus mejillas, haciendo que se estremeciera y obligándola a arrebujarse bien en su capa de terciopelo. Y eso, a pesar de que supuestamente dentro del edificio estaba más caldeado.

–Vaya, ¡qué fr…! –se mordió la lengua cuando vio que Loki la observaba divertido y recordó cómo él había predicho que haría exactamente eso, quejarse de las bajas temperaturas de Jotunheim tal y como había criticado las excesivamente cálidas de Vanaheim.

Apartó la vista, un poco molesta por darle la razón. Ella no solía ser una quisquillosa que protestara por todo, ¿pero tan difícil era encontrar un maldito término medio entre helarse hasta las pestañas y pasar tanto calor que no pudiera dormir? No, no lo era: en Asgard siempre habían tenido un tiempo moderado, con inviernos templados y veranos muy llevaderos. El clima perfecto, en el Reino perfecto. Pero Sigyn empezaba a darse cuenta de que muy probablemente ya nunca volvería a ver Asgard. Si se quedaba junto a Loki, aquella roca helada que era Jotunheim se convertiría en su hogar durante el resto de su vida.

–Me da un poco de reparo volver y que vuelvas a presentarme como la señora del castillo, cuando salí huyendo de aquí casi como un ladrón en la noche –comentó ella, algo avergonzada.

–No debes preocuparte por eso. La mayoría piensa que estabais de vacaciones.

–¿De vacaciones? Pero Jormungand dijo… –se detuvo, al darse cuenta de que el joven serpiente debía haberle mentido. Había mucho de su padre en él, y decirle que el escándalo por su marcha perjudicaría a Loki no había sido más que su forma de mortificarla para castigarla por estar, según él, "ablandando" a su padre–. Nada, no te preocupes –masculló. No quería que Loki se enterase de aquello. Si lo hacía, castigaría a Jormungand, y el muchacho ya tenía bastantes motivos para odiarla sin que se le añadiera aquél también.

A través de los guardias, Loki avisó a unos cuantos siervos para que se hiciesen cargo de los bultos de equipaje de las mujeres… aunque él podía seguir manteniéndolos levitando con su telequinesis sin percatarse siquiera, allí volvía a ser el señor del lugar, el Alto Comandante que no podía permitirse ser visto realizando ninguna actividad de bajo rango.

Mientras atravesaban los corredores en dirección a los dormitorios, el séquito de criados transportando los equipajes llamó la atención, y pronto los hijos del dios acudieron para ver qué ocurría. Al ver a las mujeres se quedaron muy sorprendidos, sobre todo Jormungand. Loki lanzó una mirada de advertencia hacia éste, avisándole de que, fuera lo que fuera que se le pasara por la cabeza, más le valía guardárselo para él. Y debió de dar resultado, ya que no dijo ni hizo nada aparte de entornar los ojos y resoplar con resignación. O puede que fuera Sylene la que no le diera tiempo a exteriorizar ninguna otra emoción negativa, porque salió corriendo y se lanzó a sus brazos para saludarle. Jormungand se esforzó por mantenerse impasible, pero era imposible no contagiarse de la alegría de la chiquilla, y muy a su pesar, una leve sonrisa se dibujó en sus labios finos y pálidos.

Por su parte, Fenrir avanzó hacia el matrimonio, y estrechó la mano de su padre para después besar caballerosamente la de su madrastra.

–Sólo una pregunta –comentó, demostrando que había deducido perfectamente lo que significaba aquello–: a partir de ahora, ¿tenemos que llamarte "madre"?

–Pues… –desconcertada, Sigyn buscó con los ojos a su marido, intentando deducir lo que debía responder. Pero éste se limitó a observarla divertido, como expresando "diles lo que quieras, tú decides"–, creo que estáis un poco mayores para eso.

La sonrisa socarrona de Fenrir se amplió.

–Bienvenida de vuelta –repuso, mientras Sylene dejaba de estrangular a su hermano con su abrazo y se precipitaba a hacer lo mismo con él.

Después del intercambio de saludos, la pareja y su hija siguieron su camino, pero Sigyn volvió la cabeza cuando escuchó una especie de cuchicheo entre los jóvenes Lokison, y vio que Fenrir hacía un gesto con la mano hacia el otro cerrando varias veces la palma hacia sí, como si dijera "vamos hermano, dame lo que es mío". Con un gruñido de fastidio, Jormungand se metió la mano en el bolsillo y sacó una abultada bolsa de cuero, que entregó al mayor de mala gana.

La mujer volvió a mirar hacia delante, ahogando una exclamación, y su mirada se encontró con la de Sylene, que también había mirado hacia atrás y había visto lo mismo que ella:

–¿Eso era… –le susurró a su hija– lo que yo creo que era? ¿Habían apostado a que nosotras regresaríamos, y que yo volvería con tu padre?

–Eso parece. Lo cierto es que no me extraña nada –repuso ésta, en absoluto sorprendida–. Esos dos son unos fanáticos de las apuestas. Especialmente en el caso de Fenrir, llega a ser un verdadero vicio. Como gana casi siempre…

Pronto llegaron al dormitorio de Sylene, donde dejaron a la chica reinstalándose y deshaciendo su equipaje; y Loki dio órdenes para que dejaran el de Sigyn en la alcoba principal, la que él utilizaba. Como siempre, los criados obedecieron sin rechistar.

Observando la interacción de su marido con sus vasallos, la asgardiana no pudo dejar de notar el cambio de actitud de aquél ahora que habían regresado a Jotunheim. En su falsa identidad Vanir de Lord Hvedrung, se había mostrado más relajado, pero apenas hubieron pisado suelo jotun recuperó al instante la pose severa y temible que lo caracterizaba. Sus rasgos se veían más duros, sus labios se apretaban y su mirada volvía a ser de hielo verde atravesando como un cuchillo cualquier cosa o persona que le desagradara. Los siervos, jotnar mucho más grandes, fuertes y letales que cualquier asgardiano, de nuevo volvían a inclinarse ante él al verlo pasar, encorvando los hombros y bajando la vista, respetuosos, intimidados, serviles. Justo el efecto que Loki deseaba. Tan distinto se mostraba del hombre considerado y cariñoso que había tenido en su lecho la noche anterior y aquella misma mañana que parecían dos personas diferentes, y Sigyn se preguntó cuál de los dos era el auténtico y cuál la máscara.

Únicamente cuando se quedaron a solas y Loki se volvió para mirarla, Sigyn vio que su expresión tensa se suavizaba y el hielo en su mirada desaparecía. Casi parecía sonreír, no tanto con los labios como con los ojos. Era una diferencia muy sutil, casi imperceptible, pero que ella pudo captar, y dio gracias a todo el universo por ello.

–He olvidado algo… –murmuró él distraídamente, lo que interrumpió sus elucubraciones.

–¿Algo en Vanaheim?

–No, algo que tendría que haber hecho aquí, antes de ir a por vosotras. Pero ahora no me acuerdo de qué era –dijo como para sí mismo mientras se quitaba su capa, parecida a la que llevaba Sigyn pero de piel oscura y peluda.

–Acabarás recordándolo –repuso ella, suponiendo que tampoco sería demasiado importante. Se acercó a la ventana y contempló el panorama que había creído no volver a ver jamás: la roca gris y el hielo azulado, azotados por la ventisca. Lo único que alegraba un poco el conjunto eran las luces de colores que seguían fulgurando y arrancando destellos en la nieve–. No tienes que seguir haciendo esto, sabes –añadió, refiriéndose a las auroras polares que él conjuraba para ella.

–Me gusta hacerlo –con un simple gesto de la mano de Loki, los troncos que había en la chimenea se inflamaron, produciendo una alegre fogata. Tras encender la chimenea, el dios caminó hasta ella y la abrazó amorosamente desde atrás. Hundió el rostro en su cabello para besarla en la coronilla con ternura, y observó el paisaje junto a ella–. Quiero hacer cualquier cosa que te haga feliz, que te haga sentirte cómoda. Acabarás viendo esto como tu casa, ya lo verás.

–Supongo… –murmuró ella. No sabía si estar tan segura como él, pero no quería estropear su optimismo. Además, ¿no era eso lo que decían los mortales, que el hogar está donde se halla el corazón? En Midgard, ella había sido bastante feliz sólo por tener a Sylene. De modo que, para tener también a Loki, seguramente le merecería la pena hacer el esfuerzo de adaptarse a Jotunheim.

Puede que ya comenzara a hacerlo. Aunque sólo se trataba de una impresión subjetiva derivada de su inmejorable estado de ánimo, aquella noche sin estrellas en el Reino de los Hielos Eternos ya no le parecía tan oscura y deprimente como la primera vez que había puesto su mirada en ella. Tal vez, aquellas ventiscas que tan lúgubres le habían resultado al principio, ahora empezaba a verlas novelescas, casi románticas, como si estuviera viviendo en el escenario de Cumbres Borrascosas junto a su Heathcliff particular. Y aquel frío que podía matar a una persona normal en pocos minutos tampoco era tan preocupante si ella podía contemplar el paisaje nevado desde una habitación confortable y caldeada, y pasar las noches bajo una colcha de plumas abrazada al hombre que amaba.

–Tenemos que celebrar nuestra primera noche juntos como auténtico matrimonio –comentó él, estrechando el abrazo en torno a su cintura–. He encargado que nos traigan la cena a la habitación, para tener más intimidad. Algo sencillo pero energético, que nos dé fuerzas para después… –añadió voluptuosamente junto a su oído– Las vamos a necesitar…

Sigyn sonrió: él sabía bien cómo provocarla. No sabía si era lo que decía, el tono incitante en que lo decía o simplemente su voz sensual y profunda y aquel aliento que sentía abrasador contra su oreja… o puede que todo a la vez. El caso era que sólo con aquellas simples palabras conseguía que quisiese mandar la cena a paseo y sin más dilación arrancarle sus arreos de cuero junto al resto de sus ropas y hacerlo suyo como tantas veces él había hecho lo mismo con ella. Y lo que más la hacía sonreír era anticiparse al momento, muy próximo, en que efectivamente acabaría haciendo realidad aquella fantasía.

"Sí, podría acostumbrarme a esto". Incluso el más inhóspito trozo de roca podría convertirse en hogar si tenía junto a ella a su hija y a su ahora maravilloso marido.

Sin embargo, cuando estaba a punto de volverse hacia él y responder a aquella provocación verbal con otra mucho más tangible –lo que habría contado con el absoluto beneplácito de él–, llamaron a la puerta. Los esposos se separaron, un poco frustrados por la interrupción, pero no era cuestión de dar un espectáculo.

–¡Adelante! –concedió Loki.

La puerta se abrió y entró una sirvienta con la cena, la cual no era otra que Gerda. Más que complacida de volver a verla, Sigyn se adelantó a recibirla y a indicarle dónde quería que les dejara la comida.

Detrás de aquélla, otro gigante se adentró medroso en la habitación, pidiendo permiso para hablar con Loki. Este jotun era muy diferente a la simpática criada: era altísimo y musculoso, y llevaba ropas descuidadas e incluso rasgadas en ciertas partes, pero carecía por completo de armadura o piezas defensivas. Loki lo reconoció como uno de los operarios que trabajaban en la nave que estaban construyendo para transportar su ejército hacia Asgard, colaborando con los enanos asalariados que había contratado. Una vez completado el diseño que Loki había desarrollado en común con Eitri, el ingeniero jefe, el primero había ordenado que las obras se llevasen a cabo con tal premura que no se detenían ni siquiera de noche. Los obreros hacían turnos para trabajar incesantemente, algo que no era un capricho de Loki sino una necesidad, teniendo en cuenta las formidables dimensiones del navío y la obligación de que estuviera listo en un plazo tan ajustado. El dios supuso que tendría que comunicarle alguna incidencia sobre las obras, de modo que le invitó a entrar con un gesto.

El jotun se acercó a su señor, sacó un complejo plano que desplegó ante éste y en voz baja se puso a mascullar una serie de enrevesados detalles técnicos que a Sigyn le sonaron a chino, por lo que prefirió centrar su atención en la sirvienta, que en aquel momento estaba preparando la mesa para ambos:

–Me alegro de volver a verte, Gerda.

–Lo mismo digo, mi señora –respondió la dulce jotun, algo azorada ante el proceder de Sigyn, mucho más cálido y cercano que los de Amora o Lorelei, las otras dos asgardianas que conocía–. Me hace muy feliz teneros de nuevo aquí… –añadió, pero en ese momento una furibunda exclamación de Loki las sobresaltó a ambas:

–¡¿Qué?! –Rápidamente las mujeres dirigieron su mirada hacia él, observando cómo increpaba acaloradamente al pobre operario– ¡No era así como yo lo autoricé! El motor iónico debe estar sincronizado con los pares de velas con un impulso específico de tres a uno, y los superconductores no van ahí, están demasiado lejos del motor. ¿Quién ha sido el imbécil que ha modificado las especificaciones?

El jotun le respondió tímidamente y con la cabeza agachada, creando un curioso contraste con su enorme tamaño –ya que le superaba en tres cabezas– y su grave vozarrón:

–El ingeniero Eitri, mi señor. Tratamos de localizaros ayer para que dierais vuestro visto bueno al nuevo diseño, pero no os encontramos por ningún lado…

Loki carraspeó enojado. Debía haber sido cuando estaba en Vanaheim, reconciliándose con su esposa.

–Pues debisteis haber esperado mi regreso. No quiero que se lleve a cabo el menor cambio en el diseño, y menos de un elemento tan importante como éste, sin mi expreso consentimiento, ¿entendido?

–Pero mi señor, vos mismo dijisteis que andábamos justos de tiempo y que no podía haber retrasos…

–¡No quiero excusas! –estalló Loki, haciendo encogerse de nuevo al operario.

Con un silencioso suspiro, Sigyn sacudió la cabeza. Ahí estaba de nuevo el Loki que conocía, violento e intransigente. Al parecer, su reciente felicidad matrimonial no había suavizado su carácter ni aumentado su tolerancia hacia los fallos de los demás. En el lecho podía ser el amante más dulce y considerado del mundo, pero como patrono seguía siendo un déspota intolerable.

–¿Qué ocurre, querido? –se acercó con precaución, y en un arranque de valentía lo tomó suavemente por el brazo para tranquilizarlo y distraer su atención del operario jotun, que ya le estaba dando lástima. Loki estaba tan furioso, que por un momento ella temió que desahogaría su cólera también con ella… pero de alguna forma se contuvo y pareció serenarse al verla, al menos en parte.

–¿Que qué ocurre? Estos inútiles… –rezongó iracundo– No puedo quitarles la vista de encima ni medio segundo sin que tiren por tierra todo mi trabajo –Con un suspiro que mezclaba exasperación y resignación, se volvió del todo hacia ella y la atrajo hacia sí, besándola en la frente–. Me temo que tendré que ir allí personalmente para impedirles que sigan… ¿cómo lo dijo Sylene? ¿"Cagándola"? ¿Se puede utilizar en este contexto?

Sigyn no tuvo más remedio que sonreír por el inusual empleo de la jerga midgardiana que él solía despreciar.

–Sí, me imagino que se puede aplicar a la situación.

–El espacio de construcción está a unas cuantas millas de aquí. Intentaré resolver esto lo más rápido que pueda, pero es posible que me lleve algún tiempo, quizás una hora… no más de dos. Tú ve cenando.

–Pero quiero esperarte… –protestó ella, mimosa.

–No lo hagas, o la comida se enfriará. Yo tomaré algún refrigerio rápido allí, mientras soluciono este maldito malentendido. No sabes cuánto lamento dejarte sola… pero eres la esposa de un hombre con muchas responsabilidades.

Ella se las arregló para sonreír y ocultar su decepción, no queriendo mortificarle más de lo que ya se sentía.

–Tranquilo, me hago cargo. Aprovecharé para deshacer el equipaje e ir instalándome. No te preocupes por mí, estaré bien.

Él le devolvió la sonrisa, complacido.

–Eres tan comprensiva… Eso hace que me dé aún más rabia tener que dejarte –su rostro volvió a ensombrecerse–. Habría querido que esta noche fuese inolvidable.

–Lo será… –prometió ella–, cuando vuelvas.

–Estaré contando los minutos hasta entonces –volvió a atraerla hacia sí, pero esta vez fueron sus labios los que besó largamente y con un ardor que anticipaba lo que tendrían a su regreso. Después se acercó un poco a su oído y le susurró de forma que nadie más pudiera oírlos–. Cuando acabes de cenar, ponte algo bonito y espérame en la cama. O mejor aún… no te pongas nada.

La sonrisa de ella se amplió ante la provocativa propuesta.

–Si hago lo que me dices, me quedaré fría… –bromeó.

–Yo te calentaré –replicó él, con aquel tono sugerente que antes no había fallado en encender su deseo, como tampoco lo hacía ahora.

Después, recuperando su gesto adusto y antipático, se envolvió de nuevo en su capa oscura y se colocó al lado del operario. Unos destellos dorados anunciaron que usaba de nuevo su poder de teleportación, y simplemente desapareció.

La asgardiana suspiró, viéndose sola de nuevo. Ya no era una cría que tuviese pataletas porque algo no saliera como esperaba, aunque le habría gustado que Loki hubiese aguardado al día siguiente para salir corriendo a controlar las obras de la nave que estaba construyendo. Pero eso no habría sido propio de él. Ni habiéndose convertido en el marido más galante y cariñoso del mundo, podía esperar que la antepusiera a sus infinitamente trascendentales proyectos.

De modo que se dispuso a aprovechar el tiempo en lo posible. Escuchando sus consejos, se sentó frente a la chimenea y se esforzó por comer un poco, no tanto porque tuviera hambre sino para que, en el caso de que él regresara y se metieran "en faena", no lo estropeara todo un inoportuno rugido de su estómago. Después deshizo la mayor parte de su equipaje y se tomó su tiempo ordenando su ropa en los armarios, los cuales, cosa increíble, eran incluso de mayor tamaño que el vestidor que había tenido en su propia habitación de la fortaleza.

Cuando terminó, Loki aún no había vuelto, de forma que se vio con tiempo para asearse en el baño, peinarse y perfumarse. Tal y como él le había pedido, buscó algún camisón bonito, y se decidió por un lindo salto de cama en tul color turquesa que no abrigaba demasiado pero que era más agradable a la vista y al tacto que una bata de lana, por ejemplo. Después de todo, su marido debía estar a punto de llegar y ella no tendría tiempo de enfriarse.

De pie frente al espejo, contempló reflexiva su alianza, de nuevo en su anular. Era una sensación agradable, de plenitud: aquellas semanas durante las que no la había llevado le había parecido que le faltaba algo, como si llevara el dedo desnudo. El destino de aquella alianza era estar en su dedo, y el suyo era llevarla.

No podía evitar cierto vértigo ante la rapidez con la que había sucedido todo. Tras quince años huyendo de Loki, fingiéndose muerta, escondiéndose de él y esquivándole después de que la encontrase… Al principio se había resistido con tanta energía que había llegado a tener la esperanza de ser capaz de hacerlo por siempre, pero apenas había estado unos días sin verle y prácticamente se había echado en sus brazos. Parte de ella se sentía molesta por ser tan débil, pero la felicidad la hacía indulgente consigo misma y con el resto del mundo. Qué importaba si al final había sucumbido, ahora todo estaba bien y era perfecto.

Pero, ¿y mañana?

Pese a las palabras de Loki de aquella mañana, no podía evitar cierto desasosiego, la ineludible pregunta de si realmente funcionaría esta vez, con todos los problemas que arrastraban y los fantasmas del pasado que los perseguían. Él parecía sinceramente arrepentido y dispuesto a comenzar de cero, y ella se veía capaz de perdonarle todo –o casi todo–; pero volvió a preguntarse: ¿sería eso suficiente para afrontar el futuro juntos, siendo él quien era? Implicarse de nuevo en una relación con el dios del engaño suponía un acto de fe, una entrega absoluta no sólo física sino también de su alma y de su confianza… al hombre que probablemente menos mereciera la confianza de nadie de los Nueve Reinos. Incluso en aquel momento pleno de dicha, las dudas hacían mella en su corazón. ¿Y si se cansaba de ella otra vez? ¿Y si volvía a traicionarla o a abandonarla? ¿Sería capaz de resistir ella una nueva decepción?

Pero no se echaría atrás. Si lo hacía, sabía que pasaría el resto de su vida preguntándose si habría salido bien. Del mismo modo que era consciente de que estaba arriesgando muchísimo, sabía también que jamás le había merecido tanto la pena el riesgo.

Frente al espejo, examinó por última vez su aspecto, se peinó de nuevo y se ató los cordoncillos de seda que sujetaban el escote del camisón. Ya sin nada más por hacer, sólo le quedaba aguardar a que Loki regresara, de modo que salió al dormitorio y esperó.

Y esperó.

Y siguió esperando.

Primero cambió de posición varias veces en la cama, después se acomodó un rato en el sillón y al final acabó sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra frente a la chimenea. Hacía rato que el fuego que se había extinguido y todo lo que quedaba eran unas pocas brasas cuyo color rubí brillaba tenuemente en la oscuridad. Poco a poco, el aposento comenzó a enfriarse, y Sigyn se estremeció al notar el descenso de temperatura bajo el ligero tejido del camisón. Bostezó ruidosamente, no por primera vez; y se enjugó la rebelde lagrimilla de sueño que se empeñaba en escapársele para resbalar por su mejilla. No sabía cuánto tiempo habría transcurrido –una de las cosas que más echaba de menos de la Tierra era su reloj de pulsera–, pero seguro que ya había pasado más de la hora que él había prometido, puede que incluso las dos que había puesto como límite.

Le decepcionaba un poco que lo que iba a ser su primera noche juntos en Jotunheim fuera a acabar así, pero tampoco la sorprendía. En Asgard solía ocurrir lo mismo: cuando Loki estaba a cargo de las obras de reconstrucción del Bifrost, a menudo se quedaba mucho más allá de su hora habitual de salida para ultimar detalles y asegurarse de que todo quedara lo mejor posible. Incluso entonces, tenía ese afán puntilloso que en el fondo sólo trataba de impresionar a Odín, por lo que no era extraño que buscara ese perfeccionismo para su propio trabajo.

Sigyn no quería enfadarse por eso. Él no iba a cambiar. Si lo acosaba con reproches cuando regresara, lo único que conseguiría sería arruinar totalmente aquella noche y por extensión el principio de su nueva vida juntos, y en el mejor de los casos él se comportaría en condiciones sólo durante un tiempo, para después volver de nuevo a las andadas. Pero una cosa era cierta: como tardara mucho más, cuando regresase la encontraría, no enfadada y dispuesta a armarle un escándalo, sino dormida, lo cual también era un final indeseable de lo que habían imaginado que sería una noche mágica para los dos.

Entonces, ¿cómo podía matar el tiempo y mantenerse despierta hasta que regresara? ¡Eso era, qué tonta al no haberlo recordado antes! ¿De qué servía tener una biblioteca gigantesca al lado de tu habitación si no podías leer para pasar el tiempo? Escogería uno o varios libros y se metería en la cama con ellos. La posibilidad de quedarse dormida mientras leía seguía existiendo, pero menos que si se quedaba allí, contemplando las brasas sin hacer nada.

Se levantó de un salto y se dirigió a la biblioteca, encendiendo las luces. La sala de tres plantas se iluminó completamente y ella pudo ver que volvía estar ordenada e impoluta, de forma muy diferente a como ella la había dejado en su búsqueda del mapa interdimensional, con libros y papeles tirados por todas partes. Sabiendo lo poco que le gustaba a su marido que un extraño tocara sus objetos personales, lo más probable fuera que lo hubiese ordenado todo él mismo con su magia. Sería difícil que con esa cantidad de libros, no encontrara alguno lo bastante entretenido como para ahuyentar el sueño.

Pasó junto al muro donde estaban tanto la armadura de su marido como los tapices que los representaban a ella y a sus hijos, el que un par de semanas antes había sido escenario de aquel momento de pasión que ella había interrumpido en un acceso de pánico. Se esforzó por mirar lo menos posible los tapices, especialmente el que la representaba a ella misma. Aquel retrato la inquietaba: no le gustaba cómo la habían reflejado, como una santa o una mártir. Su propia imagen en aquella pintura le resultaba fantasmal.

Se dirigió a la sección de literatura midgardiana, la que más conocía. Algo ligero y cómico estaría bien. ¿Molière? ¿Algo más antiguo aún, tal vez Aristófanes? Examinó el estante dedicado a los clásicos griegos, el teatro de Eurípides también le gustaba pero tal vez fuese un poco trágico para la ocasión: Medea, Electra, Alceste

De repente su vista se desvió hacia el centro de la estancia y vio allí el atril negro con aquel volumen encuadernado en piel y de aspecto ajado que había llamado su atención aquel día…

Völuspá.

Sigyn se acercó cautelosamente y lo tomó del atril: era pesado y polvoriento. Además, tenía un olor muy peculiar, no sólo a antiguo, sino a algo mucho más sombrío e inquietante. La curiosidad la había llamado ya entonces y seguía aguijoneándola, pero tenía un mal presentimiento sobre aquel libro… recordaba que, ese día, Loki había impedido que lo leyera, lo que significaba que no deseaba que conociera su contenido. Pero en aquel momento él no estaba allí.

Miró a ambos lados, sin duda él aún tardaría en regresar. Y si no quería que lo leyera, que lo hubiese quitado de allí. O que hubiese vuelto a su hora, qué diablos.

Se sentía tan intrigada y ansiosa por ver qué secretos ocultaba que ni siquiera se molestó en volver a la habitación. Se sentó en uno de los escalones de la escalinata de caracol que llevaba a las plantas superiores de la biblioteca, abrió el libro y comenzó a leer.

–*–*–*–*–*–

Cuando Loki se materializó de nuevo en sus aposentos, aún tenía el cabello húmedo y cristales de escarcha prendidos en éste y en su capa, producto de la ventisca de nieve que había azotado la zona de construcción mientras había estado trabajando allí. Se los sacudió con gesto irritado.

Estaba de pésimo humor. Cuando se teletransportó a las obras, creía que sería algo rápido, apenas hablar con Eitri y resolver lo que había tomado por una alteración injustificada en las directrices del diseño de la nave, pero al llegar allí había comprobado que aquellas modificaciones tenían una razón de ser, intentaban resolver un problema que tanto al ingeniero como a él se les había pasado por alto: la diferencia de temperatura entre el plasma que proporcionaba su impulso a la nave, que debía mantenerse a unos niveles superiores a cincuenta mil grados; y los superconductores magnéticos que lo trasladaban dicho impulso hasta el motor, los cuales sólo podían operar a varios cientos de grados bajo cero.

Tras un rato discutiendo, Eitri y él concluyeron que la solución más viable era un sistema de refrigeración basada en caloductos bifásicos que extrajera el calor del núcleo del sistema y lo transportase hacia unos radiadores que lo expulsasen al espacio, evitando que el resto de los componentes del motor se calentaran demasiado. La idea de Loki, al principio, había sido que los dos elaborasen rápidamente un esbozo del diseño y después dejar que Eitri se ocupara de los detalles, pero al final perdió la noción del tiempo y sólo horas más tarde, cuando el diseño estaba casi completo del todo, recordó que su esposa debía seguir esperándole.

Apenas unos segundos le bastaron para encargar al enano que acabara de perfilar el plano para entregárselo a la mañana siguiente y desaparecer de allí envuelto en un destello dorado, apareciéndose de nuevo en el dormitorio matrimonial de la fortaleza. Sólo unos segundos, pero Loki era consciente de que había llegado demasiado tarde.

¡Qué fracaso de noche romántica! Con lo mucho que le molestaban los fracasos, y con lo que había estado esperando la primera noche de ambos en casa; pero no podía haber dejado pasar sin más aquel problema tan grave de la nave. Si hubiesen continuado la construcción con aquel fallo, después les habría sido más difícil rectificarlo y aquello habría retrasado considerablemente las obras… o peor aún, nadie se habría dado cuenta hasta que hubiesen tratado inútilmente de hacerlo funcionar en el espacio.

No tendría que haberse quedado tanto tiempo, lo sabía, pero siempre le pasaba igual: cuando tenía un asunto de trabajo por delante, el resto del mundo se le olvidaba y no podía pensar en nada más. Ni siquiera se había acordado de cenar, una cosa más que había olvidado entre tantas otras. La que más le preocupaba era ese "algo" que debía haber hecho antes de trasladar a Sigyn a sus aposentos con él, pero seguía sin recordar qué en concreto. ¿Dejar más espacio en los vestidores, quizá? Las mujeres siempre traen mucha ropa consigo. No, era algo menos frívolo, más importante.

Ahora no quería preocuparse por eso, sólo quería ver a Sigyn. Aunque seguramente ya estaría dormida… y si seguía despierta, seguramente estaría furiosa por el plantón, pero la compensaría. Aquella noche sería sólo para ella, se prometió. Se dedicaría por entero a complacerla de todas las formas que conocía, que eran muchas. Cuando se ponía a ello, era capaz de hacer muy feliz a una mujer, y estaba convencido de que, para cuando acabase la noche, ella ni siquiera se acordaría de que la hubiese hecho esperar.

El aposento se hallaba totalmente oscuro y en silencio. Apenas se veían, brillando en la penumbra, unos rescoldos de la hoguera que había animado el hogar mucho tiempo antes. Loki supuso que el sueño debía haber vencido a su mujer y que ella estaría durmiendo plácidamente en el lecho matrimonial.

Mejor, calculó malicioso. Así podría empezar a jugar con ella antes de que tuviese tiempo a despertarse y reprocharle nada, pensó mientras se quitaba la capa y se aproximaba de puntillas a la cama, desabrochándose los arreos de su gabán de cuero lo más silenciosamente posible. Comenzaría a besarla mientras estuviera aún dormida, para despertar su deseo antes que su conciencia. Todavía somnolienta, ella comenzaría a responder a sus caricias pero sería él quien marcara el ritmo. Le haría el amor suave, casi subrepticiamente, y ella sólo acabaría despertándose del todo cuando el clímax la sacudiera. No era la primera vez que lo hacían así: cuando compartían lecho en sus primeros años juntos en Asgard, muchas veces la había sometido a aquel "despertar sensual" y ella solía disfrutar muchísimo de aquel modo de empezar el día. Parecía adecuado, pues, que recuperasen lo que había constituido una excitante fantasía para ambos ahora que recomenzaban su relación.

Pero aquel plan o deseo secreto se desvaneció cuando se dio cuenta de que la enorme cama no sólo estaba vacía, sino que ni siquiera estaba deshecha. La colcha de seda estaba algo arrugada, pero seguía en su sitio.

–¿Sigyn? –llamó sin poder evitar cierto matiz inquieto, pero no obtuvo respuesta. Extrañado, encendió las luces y examinó el amplio dormitorio, buscándola. No estaba en los baños adyacentes a la habitación, ni en el vestidor, ni en ninguna parte.

–Sigyn, ¿dónde estás? –preguntó algo más alto. Esta vez a la inquietud se le sumaba cierta irritación, y no quiso admitir que también miedo. ¿Se habría enfadado tanto por el plantón que se habría marchado? ¿Sería ella capaz de hacerle eso después de todo lo que habían compartido la noche anterior?

–Maldita sea… –murmuró, empezando a enfurecerse. Como ella le hubiera abandonado, como se le hubiera ocurrido jugársela, él… No quiso pensarlo, pero gritó, frenético–: ¡Sigyn!

–Estoy aquí –oyó su voz en la biblioteca, y simultáneamente pudo ver la luz de la estancia a través de la puerta entreabierta. Con un infinito alivio, Loki se encaminó apresuradamente hacia allí, alegrándose de que no le hubiese dado tiempo a mostrar aquella agresiva reacción frente a ella. No quería volver a asustarla, el equilibrio entre ellos aún era demasiado frágil.

Sigyn estaba sentada en uno de los peldaños de la escalinata de la biblioteca con las piernas cruzadas a lo indio, de forma similar a como se la había encontrado tantas veces en su biblioteca de Asgard, cuando estaban recién casados. Sobre sus piernas sostenía un libro que en ese momento parecía captar todo su interés. Llevaba un camisón turquesa que le sentaba muy bien y tenía la cabeza inclinada sobre el libro, de forma que Loki no podía ver su rostro, sino sólo sus cabellos, de nuevo de aquel color caoba que adoraba, deslizándose por sus hombros y sobre las páginas del volumen. Aquella tierna imagen lo conmovió al devolverle al pasado, cuando todavía no habían nacido sus hijos y aún estaban conociéndose, sin problemas ni conflictos que tuvieran que superar.

–No sabía dónde estabas –sintió la necesidad de justificarse por el grito–. Estaba… –la frase murió en sus labios antes de decir "preocupado". Porque aquélla no era exactamente la palabra correcta: era asustado. Pero aún era humillante para el dios del engaño admitir que podía asustarse, especialmente algo tan tonto como la idea de perder a su mujer– Lamento haber tardado tanto, perdí la noción del tiempo…

Pero ella alzó el rostro, y él lo olvidó todo cuando vio las lágrimas que lo bañaban.

–Yo… –el remordimiento lo aguijoneó. Se había prometido no volver a hacerla llorar jamás, pero tras regresar juntos no había tardado ni veinticuatro horas en lograrlo. ¡Vaya desastre de marido era!– Perdóname, te lo ruego. No volveré a hacerte esperar así, te prometo que la próxima vez…

–¿De qué estás hablando? –ella habló con voz nasal, como si estuviese sorbiendo por la nariz para contener el llanto– Ah, lo de esta noche… bah, eso no me importa. Pero esto… –levantó el libro un poco–… sí que me importa. Necesito… no, te exijo, que me expliques qué significa.

–¿Qué significa qué? –preguntó él, extrañado por la inusitada reacción, hasta que se acercó y reconoció la escritura rúnica, el grano del papel y por tanto el libro que ella estaba leyendo. Y en ese momento cayó en la cuenta de qué era lo que había estado olvidando durante todo aquel tiempo: esconder aquel maldito libro antes de dejar sola a Sigyn en su habitación– …Vaya.

–¿"Vaya"? –exclamó ella indignada, limpiándose las lágrimas de la cara– ¿Es eso todo cuanto tiene que decir el amo de la elocuencia, el "Lengua de Plata"?

Sí que era una respuesta un poco pobre, pero en su defensa, aquello lo había pillado desprevenido.

–Yo… no habría querido que te enterases así.

–¿Pensabas hablarme de esto en algún momento?

–Traté de hacerlo esta mañana, pero Sylene nos interrumpió. También anoche, antes de que yaciéramos juntos, ¿recuerdas? Pero tú me detuviste –arguyó él, y aunque de mala gana ella no tuvo más remedio que darle la razón–. Y antes de eso, en muchas ocasiones quise decírtelo, pero no parecías dispuesta a escucharme –añadió, lo que hizo que Sigyn recordase todas aquellas alusiones veladas a su posible muerte en la guerra, las cuales, debía admitirlo, ella no había querido tomar en serio… al menos hasta que comenzaron las pesadillas–. Y después pensé que nunca llegaríamos a reconciliarnos, así que no quise contarte algo que seguramente no te importaría.

–¿Que no me importaría? –repitió ella, sin poder creer que fuera tan astuto para unas cosas y tan obtuso para otras. De nuevo posó sus ojos en el carcomido papel y leyó con voz trémula–: "Le vio yacer atado bajo el Hveralund; su aspecto, engañoso, se parecía a Loki; allí está Sigyn, mas poco gozosa de ver a su esposo". Eso yo lo he oído antes, no recuerdo dónde… –murmuró como para sí misma, pero de nuevo se encaró con su marido– ¿Qué es el Hveralund?

–Es el nombre en idioma antiguo del lugar donde están emplazadas las minas Norn. Donde… donde ocurrió todo.

–¿Por qué en el texto viene tu nombre, y el mío? ¿Y el de Thor, Odín, tus hijos…? ¿Y por qué dice que vais a morir todos? ¿Qué demonios es este maldito libro?

Loki se agachó junto a ella y se lo quitó de las manos sin que ella opusiera mucha resistencia.

–Es la Völuspá. Significa Profecía de la Vidente.

–Conozco el idioma antiguo, Loki –replicó ella con voz tensa–. Lo que quiero saber es qué significa lo que viene dentro.

Él suspiró y, con el tomo en una mano, le ofreció la otra para ayudarla a levantarse. Aunque reluctante, ella aceptó el ofrecimiento.

–¡Por los Nueve! –exclamó él cuando le tocó la mano– Estás helada.

Ella se encogió de hombros con desgana. También debía haber perdido la noción del tiempo mientras leía en aquella estancia grande y sin calefacción; y vestida con ropa tan ligera, había acabado quedándose fría, pero ni se había dado cuenta. Sentía su corazón mucho más helado que su cuerpo.

–Volvamos a la habitación, debes entrar en calor –decidió Loki.

De nuevo en la alcoba, el dios elevó una mano hacia la mortecina chimenea realizando un movimiento envolvente, y al instante las cenizas y las brasas comenzaron a reintegrarse, regresando a su anterior estado de troncos secos que habían sido horas atrás, antes de arder. A continuación, se inflamaron de nuevo y el fuego volvió a brotar, tan alegre y ardiente como la primera vez que lo habían encendido. Aquélla debía ser la explicación a por qué nunca faltaba el fuego en ninguna de las chimeneas del edificio pese a la escasez de leña en aquel Reino.

Loki hizo que su mujer se sentase frente a la fogata, sobre la suave alfombra de piel de oso blanco que había delante, y empezó a frotarle las manos para calentárselas. El arcano volumen yacía junto a ellos, un poco dejado de lado, pero ella no permitiría que su marido esquivara el tema tan fácilmente.

–Sé que para ti es mucho pedir, pero si alguna vez vas a ser sincero conmigo, necesito que sea ahora.

–Está bien –él asintió, y comenzó a explicar–. La Völuspá es un libro de gran antigüedad y origen desconocido que encontré hace bastante tiempo, poco después de que tú desaparecieras. Estaba en la biblioteca de un brujo de Svartalfheim que, em… incauté.

–Que saqueaste, querrás decir –objetó ella.

–Llámalo como quieras –él se encogió de hombros–. Por fortuna yo lo encontré antes que Malekith… su contenido es tan delicado que no me habría gustado que ese elfo le hubiese puesto la vista encima. Recoge una serie de profecías que una Vidente, seguramente Völla, hizo hace muchos años.

–¿Profecías sobre qué?

–Sobre el Ragnarök. Aunque en realidad, no son exactamente profecías –puntualizó él–. Es el relato de una serie de eventos que sucedieron eones antes de que naciéramos.

–Espera un momento –confusa, ella alzó las manos para detenerle–. ¿Dices que son profecías de un acontecimiento futuro o el relato de hechos del pasado?

–Ambos.

La cara que puso ella fue todo un poema, por lo que Loki se vio obligado a aclarárselo:

–Verás: al parecer, mi idea del Ragnarök ni era ni tan nueva ni tan original. De hecho, ya ha habido varios Ragnarök antes de hoy. Y todos los han liderado hombres llamados Loki.

–¿Qué…? –murmuró ella.

–Todos ellos se desarrollaron tal y como lo menciona la Völuspá. Loki, que según el libro es considerado el dios del mal, lidera al ejército jotun contra los Aesir, encabezados por Odín y Thor. Así ha ocurrido antes y lleva ocurriendo desde el inicio de los tiempos. Creo que todos nosotros nos hemos estado reencarnando una y otra vez desde entonces, con mínimas diferencias. Por ejemplo, en mi anterior encarnación yo tenía el pelo rojo –sonrió, demostrando cuán absurda encontraba la idea–, y era hermano juramentado de Odín en lugar de su hijo. El caso es que siempre se repite la historia, y Odín, Thor y yo… todos hemos cumplido nuestro papel en ella… incluso tú.

–¿También yo? –Sigyn estaba estupefacta.

–Ésta no es la primera vez que estamos casados. Has sido mi esposa en todas y cada una de nuestras encarnaciones, y en todas ellas me has salvado del veneno que caía sobre mí. Y cuando yo me liberaba de mis cadenas, eso siempre marcaba el inicio del siguiente Ragnarök. Esta vez el intervalo ha sido un poco más extenso, no sé por qué –añadió, como para sí mismo–. Supongo que fue porque huiste y necesité un tiempo para recuperarme de mi creencia de que estabas muerta. Pero tú… y yo… estábamos destinados a estar juntos desde antes de nacer –acabó con una sonrisa–. ¿No es una idea alentadora?

Ella tardó en responder, intentando asimilar aquella extraordinaria revelación.

–Y siempre acaba igual… –dijo, sin saber ella misma si preguntaba o afirmaba.

–Así es –él asintió con la mayor serenidad–. Yo lucharé contra Heimdall, y según el libro ninguno de los dos sobrevivirá. Fenrir acabará con Odín pero morirá a su vez; y lo mismo ocurre con Jormungand y Thor. Y cuando eso ocurra, cuando todos hayamos muerto, Surtur se levantará de su letargo en Muspelheim y hará arder prácticamente todo el Yggdrasil. Por eso no podía permitir que Sylene y tú regresarais a la Tierra: no le queda mucho tiempo de existencia.

Sigyn no podía creer lo que estaba oyendo. Sus ojos vagaron por la chimenea y por las alegres chispas que revoloteaban alrededor de ésta, y rememoró el final de la pesadilla que había tenido la noche anterior, antes de que Loki apareciera en Vanaheim. Veía, en la amable fogata que en ese momento les proporcionaba luz y calor, el fuego de su sueño extendiéndose por doquier; y en las menudas llamas que allí danzaban cadenciosamente, otras mucho mayores y destructivas que lo arrasaban todo a su paso.

Y Surtur… ahora recordaba con claridad haber visto su pavorosa y gigantesca silueta incandescente recortándose contra el horizonte. Surtur era el demonio de fuego más antiguo y aterrador de todos, sólo comparable en poder a Ymir, su análogo de hielo. La leyenda decía que se encontraba confinado en Muspelheim, durmiendo un sueño de siglos, y que su resurgir traería consigo el fin de todas las cosas. Ella nunca había hecho caso de aquella creencia, considerándola un cuento infantil… pero en otra época tampoco había creído en la existencia de los gigantes de hielo.

Entonces, ¿era el futuro lo que había visto en su sueño, o alguna de sus vidas pasadas? Tal vez fuera una mezcla de ambos.

–Y lo dices con tanta tranquilidad… que todos vais a morir, y que el mundo se acabará…

–No del todo, sólo tal y como lo conocemos –repuso él animadamente–. Se supone que después de eso empezará otra vez, puro y renovado, purgado de sus males. Un nuevo comienzo tras el caos. Al final sí que voy a ser necesario, Sigyn –le aferró las manos, casi exaltado–. ¿No lo ves? Me ha sido encomendado un glorioso propósito, uno mil veces más trascendente de lo que Odín quiso planear para mí, uno con el que el imbécil de Thor no podría ni soñar. Mi misión es acabar con toda la miseria y la corrupción de la existencia, y asegurar el cambio, ese nuevo comienzo. La utopía vendrá sólo dada por mí, por mi rebelión contra el sistema establecido.

–Pero… pero… eso implicará la destrucción de todo lo que existía en ese sistema… –murmuró ella muy impresionada, aunque no de la manera que Loki habría deseado– Esa utopía de la que hablas sólo sería posible tras miles de millones de muertes. ¿Realmente aceptarías esa carga sobre tu conciencia?

Ahora él quien contemplaba la danza de las llamas en la chimenea. Las chispas se reflejaban en sus ojos, haciendo que su intenso color esmeralda resplandeciera más que nunca.

–Lo haré. Porque debe hacerse, porque es lo que se espera que yo haga. Porque alguien tiene que hacerlo… Sé que ya no pasaré a la historia como el dios del engaño, sino como el dios del mal, pero no me importa lo que se diga de mí en el futuro. Yo sé por qué lo hago… –volvió su penetrante mirada de nuevo hacia Sigyn–, y quiero que tú también lo sepas.

–Loki… –Sigyn estaba tan anonadada ante aquella pasmosa revelación que no sabía bien cómo sentirse. Lo que más la asombraba era el entusiasmo con el que su marido contemplaba aquel desolador panorama en el que todo era destrucción, caos y vidas desperdiciadas…

Y aunque sentía compasión por los millones de desconocidos que iban a morir, tampoco podía dejar de sentirla por él. En el fondo, sí comprendía por qué su marido iba a lanzarse a aquella desesperada empresa. Su frase "al final sí voy a ser necesario" encerraba un dolor antiguo y sólo superado de forma muy reciente: años de verse como una sombra, prácticamente invisible al lado de su deslumbrante hermano… ignorado, superfluo, inútil. Y el descubrimiento de sus auténticos orígenes tampoco había ayudado: no sólo no era un Odinson, lo único en su vida que lo había hecho sentir orgulloso, sino que encima era un gigante de hielo, el desecho abandonado de la estirpe de Laufey y un simple peón político para el hombre que una vez amó como a un padre. No era extraño que estuviera dispuesto a cualquier cosa para encontrar su lugar en el mundo; en realidad, cada uno de los actos atroces que había cometido por los diferentes Reinos, y su conocida e infame ser de poder, no eran más que vanos intentos por dar sentido a su vida.

Sigyn se preguntó cómo debía sentirse Loki; qué debía pasar por su mente –tan brillante y excepcional en todos los demás sentidos– para que contemplase un genocidio universal e incluso su propio suicidio como algo atractivo por la única razón de que lo hacían sentirse especial, valioso. No era de extrañar que ahora pareciese más confiado y seguro de sí mismo que cuando lo conoció en Asgard: en su propia estimación, había pasado de ser el "monstruo con el que los padres asustaban a sus hijos por la noche" al mesías que salvaría al universo de la degradación. Que dicha salvación pasara por arrasar los Nueve Reinos y causar millones de víctimas apenas suponía un insignificante detalle en su plan.

–Lo sé, lo sé… –sonrió él, como si le estuviera leyendo la mente–. No espero que lo entiendas.

Las lágrimas acudieron a los ojos de la asgardiana. No por pena o desamparo, sino de rabia; y no por la extinción de toda civilización humana que había anunciado Loki, sino por razones mucho más egoístas.

–No, no lo entiendo. ¿Es que no te das cuenta de lo que estás diciendo? –se levantó y lo fulminó con la mirada. Estaba terriblemente furiosa– Estás diciendo que todos estos años has trabajado y desarrollado tus planes perfectos, pero no para la conquista… ¡sino para morir!

Él se levantó también.

–No para morir –le explicó–, también para la conquista. A pesar de todo, aún tengo la esperanza de ganar. Ya te he dicho que de una reencarnación a otra se producen ciertas diferencias. Tal vez en esta ocasión sea distinto y pueda sobrevivir a mi batalla contra Heimdall, realmente estoy trabajando en eso. Pero si no lo logro, al menos me quedará la satisfacción de saber que mis enemigos tampoco quedarán vivos para celebrar su victoria sobre mí. Si consigo vencer, estupendo; pero si no… todo arderá y se consumirá, para comenzar de nuevo.

Ella sacudió la cabeza, demasiado confusa para aceptar lo que estaba oyendo, mientras él continuaba entusiasmado:

–Escucha, mi misión es propiciar el cambio, de la forma que sea. La usual, la que se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos, ha sido el fuego y el caos. Pero si consigo sobrevivir, podré también derrotar a Odín y a Thor y hacerme con el trono de Asgard. Entonces impediré el resurgir de Surtur; y como soberano del Reino más poderoso del Yggdrasil podré instaurar ese cambio por mí mismo, sin necesidad de destruir nada. Viéndolo de esa forma, estoy intentando salvar a mucha gente.

–Qué sacrificado.

Él sonrió ante el sarcasmo.

–Adelante, búrlate si quieres. No voy a fingir que no es una solución que satisface mis ambiciones, o que no soy un oportunista. No me las doy de "santito" como otros –recalcó con desprecio la última palabra, y ella supo al instante a quién aludía–. Pero lo que importa no son mis intenciones, sino el resultado. Y si yo gano, el universo entero saldrá ganando.

–Pero, ¿y si no es así, y si se cumple la profecía? Tú mismo has dicho que sería lo más probable, que la historia se repite siempre –le recriminó ella con desesperada indignación–. ¿Para esto me has traído a Jotunheim, entonces? ¿Para eso nos secuestraste a Sylene y a mí y nos has retenido aquí a la fuerza? ¿Has hecho que tu hija se encariñe contigo y que yo vuelva a enamorarme de ti… sólo para que veamos cómo mueres?

Él se acercó a ella, emocionado. Deseando abrazarla.

–¿De modo que vuelves a estar enamorada de mí?

–¡¿De todo lo que he dicho, sólo te has quedado con eso?! –exclamó ella, retrocediendo furiosa.

–Eso es lo único que me importa –La contempló con ojos anhelantes.

–¿Y mis sentimientos, no te importan? ¿Sabes lo mucho que me ha costado, me está costando, dejarte entrar en mi corazón de nuevo? ¿Y cómo crees que me sentiré cuando después de eso vuelva a perderte? –lo miró con reproche– Tu egoísmo sigue sin tener límites.

–Sí, supongo que tienes razón –asintió él, y la tomó en sus brazos, a pesar de los débiles intentos de ella por resistirse–. Pero quizás no tengas que perderme. Como te he dicho, estoy jugando mis cartas para que no ocurra lo de las otras veces, para no morir. Si sobrevivo y gano el trono de Asgard, te quedarás a mi lado como mi reina y gobernaremos el Universo juntos. Saber que te tengo aquí, esperándome, me dará más fuerzas para luchar. Pero cualquiera que sea el resultado, necesito que estés conmigo y poder compartir juntos el tiempo que me quede, sea el que sea.

–Pensé que no querrías perder el tiempo o la concentración distrayéndote con sentimentalismos antes de semejante ordalía –protestó ella, de mala gana–. Eso era una de las cosas que más odiabas de estar casado conmigo.

Él la besó en el cabello y respondió con cierta petulancia:

–Eso era antes, cuando era joven y estúpido. Pensaba que no era capaz de lidiar con las dos cosas a la vez, pero ahora sé que puedo. Sé que quiero hacerlo, que necesito hacerlo. No renunciaré a mi destino, pero tampoco renunciaré a ti. Os quiero a ambos y os tendré a ambos.

–Si mueres, no tendrás nada –remarcó ella severamente, y él la acarició como a una niña pequeña.

–Si muero, tendré el recuerdo de haber sido un poco feliz contigo durante estos últimos meses. Si conservo ese recuerdo, no temeré adentrarme en la oscuridad.

Ella bajó la vista.

–¿Y si mueres, qué será de nosotras… de Sylene y de mí? –preguntó casi en un susurro, y él volvió a sonreír.

–Qué bajo sigue siendo tu concepto de mí. ¿Me crees capaz de desatar la destrucción sobre el universo sin preocuparme de vuestra seguridad? Observa –la tomó de las manos y la hizo sentarse a su lado, obedeciendo ella de mala gana. Habló mientras le mostraba un pasaje del libro–: cuando muera, si muero, el libro predice que Surtur se levantará y todos los seres vivos serán aniquilados. Todos, salvo un escaso y afortunado grupo de supervivientes, quienes serán los encargados de construir el nuevo mundo del que te he hablado, esa nueva era perfecta. Yo me encargaré de que vosotras estéis entre esos elegidos. Pierde cuidado por eso, no os ocurrirá nada malo.

–¿Pero qué será de mí? –insistió ella, enfatizando el verdadero significado de la pregunta– ¿Cómo voy a poder seguir adelante sin ti?

–Cuando te encontré en Midgard, no lo estabas haciendo nada mal por tu cuenta –respondió él de buen humor.

–Eso era cuando te odiaba.

–Pues ahora saldrás adelante porque me amas. Si al final todos morimos, Fenrir, Jormungand y yo… sólo quedará Sylene para perpetuar mi legado, ya que Hela siempre ha renegado de su lazo conmigo. Tú tienes que vivir para proteger ese legado. ¿Lo harás por mí, como última voluntad de un condenado a muerte?

–Sabes que lo haré. Pero tú sigues siendo un miserable egoísta –escupió ella, golpeándole con el puño en el pecho–. Y un manipulador, y un suicida, y… y… –se detuvo sin querer seguir, ni mirarle a los ojos.

–¿Y…? –la provocó él, tomándola suavemente de la barbilla e instándola a mirarlo.

–Y… te quiero.

–Me quieres… –repitió el dios en un susurro, complacido ante el mero sonido de la frase– ¿…A pesar de todo?

–¿Con ese "a pesar de todo", te refieres a nuestro pasado o al futuro?

–A ambos.

–Te quiero, Loki –aseguró ella–. A pesar de todo.

–Dímelo otra vez –rogó él con voz ronca, y posó sus labios en su mejilla. Sabía salada por las lágrimas, y él dejó caer uno, dos, muchos besos leves y etéreos sobre la sedosa piel para borrar todo rastro del llanto. Ella sonrió, disfrutando del dulce contacto.

–Hubo un tiempo en que odiabas que te lo dijera.

–Ese tiempo quedó atrás, y ya no soy el mismo de entonces.

–Lo sé… –se apretó más contra él– …y eso es lo peor de todo.

Él alzó las cejas, sorprendido. ¿Cómo que lo peor? Ella se había pasado media vida reprochándole su comportamiento hacia ella, y ahora que se esforzaba por cambiar y actuar como un verdadero marido, tampoco parecía conforme. ¿Quién comprendía a las mujeres? Pero había dicho que lo amaba y eso era todo lo que necesitaba oír.

Buscó su boca y se recreó en la suavidad de sus labios que jamás, ni en el pasado ni en su presente, habían perdido un ápice de su dulzura. Muy despacio comenzó a reclinarla sobre la suave piel de oso, y observó su rostro con fervorosa devoción. La luz de las llamas del fuego que crepitaba en la chimenea hizo destellar el brillo húmedo de sus ojos, que en aquella semipenumbra parecían de color azul oscuro.

–Siento haber estropeado la noche… –se disculpó, su voz ahora reducida a poco menos que un susurro. Ella esbozó una sonrisa leve y triste, como si dijera "ojalá hubiese sido sólo eso"–. Estás preciosa con esto –añadió él, refiriéndose a su camisón.

–¿Entonces por qué quieres quitármelo? –bromeó ella, al notar cómo el dios manoseaba el cordoncillo que ataba el escote, tratando de desatarlo. Él le contestó con una risita maliciosa:

–Aún estás temblando… y te dije que te calentaría.

Sigyn estuvo a punto de decirle que si temblaba era precisamente por el efecto de sentir sus manos sobre ella, pero prefirió callarse. Además, para cuando terminó la frase él ya había conseguido soltar el lazo, y el ligero tejido se deslizó por sus hombros, dejando su pecho al descubierto.

Con un suspiro, la mujer echó la cabeza hacia atrás, permitiendo a su marido que recorriera su garganta con los labios y su lengua, haciéndola jadear. Los jadeos se hicieron cada vez más audibles a medida que el dios bajaba por sus clavículas y sus senos y la besaba y acariciaba por todas partes. No dejó un centímetro de piel sin tocar, utilizando la mano izquierda para sopesar sus pechos con delicadeza y la derecha para deslizarla bajo la parte inferior del camisón, acariciando sus suaves muslos y la seda de la ropa interior. Sigyn contuvo la respiración y cerró los ojos para percibir más intensamente cada una de aquellas deliciosas sensaciones.

Pronto los avances del dios comenzaron a ser más que superficiales, y tiró aún más del camisón hacia abajo y se lo dejó por la cintura, con lo que su torso quedó enteramente al descubierto. Sigyn tragó saliva cuando la mano cálida que sostenía su pecho comenzó a juguetear con el pezón entre sus dedos, mientras que la otra acariciaba con suavidad la hendidura entre sus muslos, rozando su intimidad como al descuido. Los apagados suspiros y gemidos de la asgardiana fueron aumentando de volumen a medida que lo hacía la intensidad de las caricias de Loki; y en la habitación que hasta entonces había sido fría empezó a hacer demasiado calor.

De repente él pareció retirarse y alejarse de ella, y Sigyn no pudo evitar un apagado gemido de frustración. Pero pronto se dio cuenta de que aquel abandono había sido sólo temporal, con el objetivo de quitarle su prenda interior de seda. Después, continuó con su voluptuoso recorrido por su cuerpo, y cuando Sigyn notó que empezaba a concentrar sus besos en su bajo vientre, rozando el suave vello del pubis, no le cupieron dudas sobre las verdaderas intenciones de su marido.

–Oohhh… –suspiró, dudosa aunque en el fondo deseando que continuara– No sé si deberías…

–Shhhh… –chistó él, totalmente inmerso en su juego. Tal vez fuera posible salvar la noche, a pesar de todo– Ahora es tu turno, esta noche seré yo quien me encargue de tu placer. Considéralo tu compensación por haberte hecho esperar tanto.

No era la primera vez que la hacía gozar de esa manera, pero hacía tanto, tanto de aquello, que casi le parecía que había sido una ilusión. Aquélla había sido una de sus fantasías recurrentes durante sus solitarios años en Midgard, pero siempre había sido sólo eso: una fantasía. Jamás había esperado volver a disfrutar aquello en la realidad, y ahora que iba a ocurrir y que la anticipación la tenía temblando de deseo, el malvado se hizo de rogar, besándola y lamiéndola en la parte inferior del vientre, en la cara interna de los muslos y en todas partes menos en la zona en cuestión. Ella sabía que a él le excitaba mucho atormentarla de esa manera, pero casi no podía soportarlo. Cada zona de su piel donde la tocaba ardía, cada leve roce la electrizaba.

Y a Loki lo enloquecía lo expectante y receptiva que veía a su esposa ante sus caricias, el hirviente calor y la humedad entre sus piernas y cómo la había encontrado encendida casi desde antes de que él la tocase. ¡Ah, cómo deseaba poseerla! Parte de él no había podido pensar en otra cosa desde que habían vuelto a poner los pies en Jotunheim, incluso cuando la mayoría de su atención estaba concentrada en discutir los detalles de la nave con los malditos enanos, sólo quería acabar de una buena vez y regresar a su lado. Pero ahora que la tenía allí, tan rendida y excitada, su lado más perverso se complacía haciéndola esperar, haciéndolos esperar a ambos, llevándolos al límite del deseo.

A despecho de su orgullo, ella se encontró suplicando:

–Por favor…

Presintió, más que verlo, que él sonreía.

–¿Por favor, qué?

–No me tortures así… no seas malo.

–Me pides un imposible, amada. Soy el dios del mal, ¿recuerdas?

Sigyn apenas se acordaba de nada. Lo único que le pasó por la cabeza fue que, para ser el dios del mal, era realmente bueno en lo que estaba haciendo.

–Algún día me vengaré por esto… –murmuró. Lo oyó reír, e inmediatamente después tuvo que morderse los nudillos para ahogar un grito cuando sintió su lengua en su zona más íntima, primero dando toques suaves y húmedos y a continuación explorándola con más intensidad. Su extrema habilidad hacía que el término "Lengua de Plata" que siempre habían atribuido a su marido adquiriera un sentido totalmente diferente y mucho más provocativo.

Sigyn giró la cabeza y se dejó hacer, cerrando los ojos de nuevo para aumentar las sensaciones. Ni sueños ni fantasías podían acercarse siquiera a aquello. Aferró sus dedos en torno al suave pelaje blanco de la alfombra, deseando tener algo más firme a lo que agarrarse, cuando notó que él agregaba al estímulo de su lengua uno sus dedos largos y expertos, como de pianista, y después un segundo. Continuó mordiéndose la otra mano, en un vano intento de acallar sus gemidos que cada vez eran más escandalosamente altos.

–Para… –susurró cuando no pudo más– Por favor, detente…

–¿Por qué? –preguntó él divertido, sin hacerle el menor caso. Su aliento quemaba contra su piel–. Si estamos en lo mejor.

–Por eso, estoy a punto de… –tragó saliva, incapaz de decir la palabra, y se incorporó un poco para mirarlo a los ojos–. Y quiero hacerlo teniéndote dentro de mí.

Loki se levantó sonriendo, encantado con la propuesta.

–Será un placer, mi señora.

Resultaba cautivador cómo él, el implacable amo de todo cuanto los rodeaba allí en Jotunheim, el hombre ante el cual se inclinaban los individuos más temibles de una de las razas más temibles, era quien se arrodillaba ante ella y la llamaba "mi señora" en la intimidad del lecho.

Comenzó a desnudarse manteniendo en todo momento el contacto visual con Sigyn, la cual también se deshizo a toda prisa del camisón que a fin de cuentas ya sólo estorbaba; y ya con ambos desnudos él se deslizó entre las piernas de la mujer y tomó una de ellas por su redondeada pantorrilla para pasarla por detrás de su cintura, estrechando el contacto de tal forma que ella pudo notar la erguida y poderosa virilidad rozando su vientre. Aquello la hizo estremecer.

–Dime que me deseas –ordenó él, siempre exigiendo su adhesión, su voluntad, su alma, como si estuviera requiriendo un sacrificio a los mortales que habían adorado a los Aesir siglos atrás. Y a diferencia de los antiguos y amargos tiempos, esta vez a ella no le importaba en absoluto rendirle aquel sacrificio de su orgullo.

–Te deseo. Te amo. Aunque realmente seas el dios del mal que dicen, aunque fueras el mismísimo demonio, jamás dejaré de amarte.

–Oh, Sigyn… –conmovido y excitado a partes iguales, se adentró en su interior muy despacio, arrancándole un gemido. Se inclinó sobre su rostro y lo sostuvo con ternura mientras empezaba a moverse sobre ella. La mujer pasó sus brazos por detrás de su cuello para aferrarse a él y atraerlo hacia sí, capturando su boca en un beso interminable. Le era fácil seguir su ritmo, un ritmo que ambos habían perfeccionado juntos tantos años atrás, y que ahora que sus corazones estaban también en sintonía había alcanzado un nivel sublime de compenetración.

A pesar de llevar tanto tiempo casados, la pasión entre ellos no sólo no se había extinguido sino que había aumentado con el paso de los años. Y además ahora, complementado con el inmenso e inquebrantable amor ahora les unía, todo ello resultaba en que cada beso, cada caricia, cada envite de él que ella acogía con el mayor de los entusiasmos, fueran simplemente perfectos. Y precisamente aquello era lo que más dolía a Sigyn, aunque Loki no hubiera podido comprender su comentario. Si todo aquello de la profecía hubiese ocurrido cuando él era el hombre frío y cruel que tanto la hacía sufrir, lo habría aceptado casi con alivio; pero justo ahora que había cambiado y era como siempre había soñado, ahora que tenía al hombre más inteligente y hermoso de los Nueve Reinos dispuesto a amarla y a hacerla feliz… ¡se lo iban a arrebatar!

¿Por qué, tras ser esquivada por la felicidad toda su vida, ahora que la encontraba estaba condenada a perderla?, se preguntó mientras sus ojos se desviaban llenos de odio hacia el viejo libro que yacía olvidado junto a la alfombra, aquel volumen de apariencia tan inocente y que sin embargo auguraba aquel horrible infortunio para ellos. ¿Qué había hecho ella para merecer ese castigo? Su único crimen en la vida había sido amar a un hombre demasiado especial para ser comprendido por sus semejantes.

–Maldita sea, ¡no es justo! –murmuró entre dientes.

Loki se detuvo, extrañado, al darse cuenta de que ella había perdido la concentración:

–¿Qué ocurre?

–Lo siento… –se abrazó contra su pecho, sin poder evitar que las lágrimas se escapasen de nuevo de entre sus pestañas–. Sé que me has dicho que no será así, pero no puedo dejar de pensar en que voy a perderte…

–Ssshh, no es momento de angustiarse con lo que pueda pasar… –el dios la estrechó con ternura y le acarició el cabello para consolarla, aunque verla así también lo atormentaba a él–. No pienses en el futuro, no pienses en la muerte. Ahora estamos aquí, juntos, y eso es más de lo que nunca pensé que volveríamos a tener…

Volvió a recostarla sobre la piel de oso, y sin que ella opusiera resistencia se situó de nuevo entre sus piernas.

–No pienses en nada, amada mía… –insistió él– Sólo en ti… y en mí… –mientras hablaba, la penetró de nuevo con delicadeza.

–Ooohhh… Loki… –Ella cerró los ojos y se relajó al sentirlo otra vez en su interior.

–Piensa en nosotros… en el tiempo que aún nos queda juntos… en todos esos días… y en sus noches… Ah, cómo voy a disfrutar esas noches… –jadeó el dios mientras se movía sobre ella de forma lenta y profunda, acompañando el ritmo de sus movimientos con el de sus palabras.

Ella se encontraba perdida en su voz, en su piel pálida y brillante por el sudor, y en el calor y en el placer que comenzaban en la unión de sus sexos para extenderse al resto de su cuerpo. Y aun así, no podía simplemente ignorar el dolor que seguía latiendo en su alma como una herida infectada, la casi total certidumbre de que aquella dicha maravillosa tenía fecha de caducidad.

–Pero por mucho que las disfrutemos, esas noches… acabarán… –murmuró con voz quebrada, y aunque Loki estaba intentando mantenerse tranquilo, aquel comentario consiguió impacientarlo.

–Basta –siseó. Se dio cuenta de que había sonado más autoritario de lo que habría querido, pero lo frustraba ver que no conseguía que se concentrase en el acto de amor que estaban compartiendo–. Deja ya de pensar así… ¡te lo prohíbo!

Y como último recurso para intentar hacerla olvidar aquel amargo tema, se arqueó sobre el cuerpo de la mujer hacia sus pechos para atrapar uno de sus pezones con los labios; y tras lubricarse los dedos con saliva, los deslizó entre sus muslos hasta llegar a aquel botón hipersensible de nervios de la parte superior de su vulva, el cual acarició con destreza mientras entraba y salía de ella cada vez con mayor intensidad.

La hábil estimulación simultánea de varias de sus zonas erógenas catapultó a Sigyn al séptimo cielo del placer. El deleite de los sentidos se apoderó de todo y ella ya no pudo pensar en nada. No sólo olvidó su tristeza por la funesta profecía, sino dónde se encontraba y casi hasta su propio nombre.

En apenas unos instantes, gritó al alcanzar uno de los clímax más repentinos y violentos de su vida, tanto que su cuerpo se convulsionó y sus manos se crisparon aferrando a Loki por los cabellos. Era una sensación tan intensa que casi era difícil de soportar, y trató de disminuir aquella intensidad alejándose un poco del causante de ella, de su cuerpo delgado pero musculoso y de sus habilidosos dedos y lengua que obraban más magia en ella que todos sus hechizos juntos; pero él no se lo permitió. La aferró contra sí sin dejarla ir ni cesar en sus caricias, buscando prolongar lo más posible aquel momento, como si quisiera tenerla de esa forma para siempre: rendida ante él, estremeciéndose ante su pasión y sus manejos. El señor del engaño imponía su ley tanto en la alcoba como fuera de ella, pero con su esposa ya no utilizaba la fuerza sino el placer… lo cual se le daba un millón de veces mejor.

Sólo cuando notó que aquella inmensa ola de éxtasis se desvanecía del todo la dejó ir, y ella se derrumbó sobre la alfombra de piel con el cuerpo sudoroso, trémula y jadeante, todavía acusando la intensísima experiencia. Tardó aún unos segundos en recuperarse, y cuando por fin su mente volvió a funcionar con claridad y recordó quién era y qué hacía allí, pudo ver que Loki la observaba con una expresión complacida en sus ojos verdes, como los de un gato que acabara de darse un banquete. Aquella plácida serenidad la hizo sospechar que él también había culminado mientras la poseía, aunque ella no se hubiera dado cuenta.

–Espero que esto te haya hecho olvidarte un poco de tus preocupaciones –comentó el dios ufanamente.

–Tengo que admitir… –dijo ella, todavía esforzándose por recuperar el aliento–, que sabes cómo hacer que una chica se centre.

–Sé hacer muchas cosas –él se miró las uñas en un gesto de falsa modestia–, y otra de ellas es escapar de una muerte que se supone cierta –Abandonando su traviesa afectación, volvió a fijar sus ojos serios e intensos sobre ella–. Amada, debes prometerme que no volverás a pensar en eso, ni seguirás torturándote con unas ideas tan sombrías.

La asgardiana le sostuvo la mirada, tan grave como la de él. En la oscuridad, e iluminada sólo por el resplandor de la chimenea que hacía brillar su sudor, toda ella se veía rojiza, como hecha de fuego: su piel, su cabello… incluso sus pestañas parecían pequeñas chispitas que reflejaban la luz de las llamas.

–No, Loki –respondió en voz baja.

–¡¿Qué?! –su indignación no fue tanta como su sorpresa, aunque aquélla no dejaba de estar presente. Desde que su padre adoptivo la empleara en cierta dramática situación, esa simple frase lo desquiciaba. En general, que le llevaran la contraria lo desquiciaba. Pero Sigyn no se arredró al ver su expresión enojada.

–No, Loki –repitió, con más firmeza aún–. No voy a hacer eso. Es más, el simple hecho de que me lo pidas es otra forma, edulcorada y paternalista, de decirme que no me meta en tus asuntos, como antaño. Pero esta vez no pienso obedecerte.

–Yo no pretendía… –confuso, se detuvo al darse cuenta de que ella tenía razón–. Yo sólo quiero protegerte.

–Lo sé, pero no quiero que me protejas de esto. Me querías a tu lado, y aquí estoy; y lo estaré con todas las consecuencias –se incorporó hacia él, tomando suavemente su rostro entre las manos–. No me importa que te obsesiones con tu trabajo, que llegues tarde a nuestras citas o que sientas ese odio irracional por Asgard y todo lo que dejaste allí. Ni siquiera me importa ya ese carácter endemoniado tuyo, pues te quiero tal como eres. Pero hay algo que no volveré a tolerar: no permitiré que me mantengas al margen o me apartes de tu vida. De ninguna parte de ella.

Sorprendido ante aquella declaración, Loki se mantuvo en silencio. Ella se apartó un poco y volvió a centrar su vista en el fuego:

–Sigo pensando que lo que planeas hacer es una locura, quizá la mayor locura de la historia de los Nueve Reinos; aunque a la vez tiene cierto extraño sentido, no lo sé… Pero, sin importar lo que yo opine, te apoyaré en tu decisión. Por entero.

Él sonrió, en cierto modo conmovido.

–¿Porque eso es lo que hace una esposa fiel? –preguntó, un poco en tono de broma. Ella apartó la mirada de las llamas y volvió a fijarla en él, algo molesta.

–Porque es importante para ti –le corrigió ofendida–. Porque lo es, ¿no es cierto?

–Así es –asintió él, volviendo a mostrarse serio de nuevo. Pasó un brazo sobre sus hombros y la atrajo hacia sí. Durante unos instantes, el matrimonio contempló en silencio la lumbre que amenazaba con extinguirse de nuevo, y Loki añadió–. Mi papel en el Ragnarök es lo que me define, lo que soy. Es mi propósito en la vida, mi gloria… y mi carga. Es lo más importante del mundo para mí… –vaciló, y añadió apresuradamente–, después de Sylene y de ti, por supuesto.

En la penumbra y con la mirada de ella fija en el fuego que crepitaba en la leña, él no se fijó en que sus ojos se cubrían de una tenue película de lágrimas.

–Entonces también lo es para mí. Sea lo que sea que traiga el futuro, bueno o malo, estaré a tu lado. No creas que eso significa que volveré a ser la esposa sumisa de antes, que acataba todas tus órdenes sin discutir –le advirtió–. Ya te dije que me arrepentía de no haber sido más sincera contigo en Asgard, y no voy a cometer el mismo error. Habrá muchas ocasiones en las que no esté de acuerdo contigo, muchas veces te criticaré y discutiré tus decisiones, y no me callaré lo que pienso… pero pese a todo, ten por seguro que siempre estaré de tu parte, siempre. Si ésa es tu carga, no dejaré que la lleves solo. ¿Recuerdas lo que te dije en la cueva? Juntos hasta el final.

Ya realmente emocionado, él volvió a estrecharla contra sí. Después llevó su mano hasta la de ella y se la llevó a los labios para besarla varias veces, suavemente y muy despacio.

–¿Te he dicho ya lo mucho que te amo, y lo afortunado que soy por tenerte?

Sigyn sonrió. No sólo por aquellas palabras, sino porque con sus besos, Loki le estaba haciendo cosquillas en los nudillos.

–Alguna vez, pero no me canso de escucharlo.

–Te lo repetiré cuantas veces quieras: te amo. Eres la forma en que el destino compensó todo lo que padecí en mi juventud… –le susurró al oído– Y esta vez será diferente, lo presiento. Saldremos de ésta, los dos. La victoria será nuestra, y entonces te cubriré de tesoros. Cuando sea rey… te haré la mujer más feliz de los Nueve Reinos.

Sigyn se apretó contra él y hundió el rostro en su cuello, como buscando su calor.

–No necesitas ser rey para eso.

Aunque seguía sonriendo y sus palabras continuaban siendo tiernas y de firme confianza, en sus ojos no dejaban de brillar las lágrimas, unas lágrimas que él no veía porque estaba demasiado cerca.

Loki había mentido. En él, las mentiras brotaban de forma tan natural que lo más probable era que ni siquiera se hubiese percatado de que lo había hecho, pero ella sí se había dado cuenta. Había afirmado que para él la guerra era lo más importante del mundo después de ella y de su hija, pero tendría que haberlo dicho al revés. Las amaba, de eso estaba segura, pero jamás serían su prioridad. Siempre ocuparían un segundo lugar por detrás de su ambición.

Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Le había prometido que lo apoyaría, que estaría a su lado hasta el final, y ella siempre cumplía sus promesas. Al menos, esta vez sí tenía su amor. Aquello era más de lo que habría podido soñar cuando vivía como Princesa en Asgard, lo único que había querido jamás.

Cuando Loki volvió a inclinarse sobre ella para buscar sus labios, Sigyn supo que estaba dispuesta a vivir con eso. Haría lo que él jamás había sido capaz de hacer: conformarse con el segundo puesto.

Y le devolvió los besos, intentando ahogar su angustia en la sensualidad y en el placer de disfrutar del mutuo contacto. Por mucho que él jurase que todo saldría bien y esta vez sería diferente, ella no estaba tan segura, pero decidió ignorar los gélidos dedos del miedo que se empeñaban en atenazar su corazón. Se hizo el propósito de que el negro futuro que les aguardaba no volvería a amargarle las dulces horas que les quedaban por disfrutar juntos, fuesen las que fuesen; al igual que no permitirían que el frío de aquel Reino de nieves perpetuas penetrase jamás en aquella alcoba, su santuario de amor, calor y pasión.

Afuera, la madrugada avanzaba y la ventisca arreció en su violencia, pero los amantes, perdidos cada uno en la piel del otro, no se dieron cuenta.

Las sombras ya se cernían en torno a ellos, pero aún no podían tocarles.


Abrimos segunda parte de la historia con Sigyn asumiendo por completo su papel como compañera de Loki, con todo lo que ello implica, incluido apoyarle en sus metas sobre el Ragnarök, por mucho que le duela lo que suponen. Éste es el auténtico concepto que he tenido siempre de Sigyn, no el que reflejé en Early Winter (el cual, como ya os he explicado, sólo trabajé por mi empeño en mezclar el cómic con el universo del MCU).

Este capítulo, aparte de la revelación completa de los planes de Loki (aunque aún se guarda algún que otro as en la manga), ahonda un poco en la caracterización de éste. Ya os habréis dado cuenta de que el Loki de esta historia es bastante diferente al de las películas, pero aquí quiero explicaros por qué no quiero considerarlo OoC.

La caracterización de Loki en DF se basa en dos factores que el Loki del MCU no ha experimentado: el primero es la traumática pérdida de sus hijos, el castigo con el veneno de la serpiente, y el haber descubierto el amor con Sigyn, haberlo perdido y vuelto a encontrar. El segundo, que he descrito aquí, es haber encontrado su verdadero propósito, su meta vital, algo que aún no ha conseguido en las películas. En las películas sigue confuso sobre su identidad, quién es y cuál es el sentido de su vida. Quiere conquistar Midgard, quiere poder porque está convencido de que es su derecho de nacimiento, aunque en realidad no sabe bien para qué. El mismo Coulson en Avengers se da cuenta, diciéndole: "te falta convicción". Al Loki de DF, que ya ha encontrado su meta en la vida, le sobra convicción y seguridad en sí mismo. Su megalomanía ha evolucionado de simple ambición por el poder al complejo mesiánico (algo que también se apuntaba en Avengers, –"me han encomendado un glorioso propósito"– pero que aquí se ha consolidado gracias al hallazgo de la Völuspá).

Esto no es algo que me he inventado, sino que lo he tomado de los cómics. En el primer número de la miniserie "Thor: Cielo y Tierra" de Paul Jenkins (2011), Thor y Loki (que está aprisionado en las mazmorras de Asgard) se embarcan en una discusión sobre el sentido del Ragnarök y, entre otras cosas, Loki le revela a Thor que éste será "una purga al cáncer en que se han convertido". Sus palabras textuales son: "El Ragnarök debe ocurrir. Porque todo tiene un propósito, Thor. Incluso yo. Incluso el fin de todas las cosas".

Por supuesto, si puede quedarse con lo bueno de todo (propiciar el cambio, convertirse en rey y quedarse con la chica), sin el "fastidioso" inconveniente de morir, lo hará. No sería el dios del engaño si no intentara hacer trampa.

Y sé que os habrá parecido decepcionante y poco romántico que haya plantado a Sigyn a la primera de cambio en cuanto le salió algo relacionado con sus planes; o que se mencione que el Ragnarök es lo más importante para él de todo, más incluso que su mujer y su hija, pero tenía que dejar eso claro. El canon establece que Loki es un villano, es ambicioso y lo más importante de su vida es su lucha contra Thor, y absolutamente todo lo demás está en un segundo plano. Sí, incluidas Sigyn y Sylene, por mucho que las quiera. Cualquier otra forma de enfocar el personaje me parecería OoC, y ya lo estoy poniendo bastante OoC con tanta galantería XD

En cuanto a la Völuspá. NO todo lo que he comentado sobre el Ragnarök, la profecía que explica Loki, viene en la Völuspá (como fuente real). Muchas cosas provienen de las otras dos importantes fuentes de la mitología nórdica, la Edda poética (Edda mayor) y la Edda prosaica de Snorri Sturluson (Edda menor). Para el fic, me he tomado la licencia poética de condensar toda la información del Ragnarök en la Völuspá, ok?

Sobre la explicación del ciclo del Ragnarök: al contrario que en la mitología nórdica, en el universo Marvel no hay un solo Ragnarök sino varios. Los Asgardianos están expuestos a un ciclo de destrucción y recreación en donde vuelven a repetir en parte sus mismas vidas. Como Loki explica, todos mueren en el Ragnarök como está vaticinado, para, tiempo después, volver a reencarnarse y continuar su lucha por el poder. Podéis buscar más información en w w w . marvunapp Appendix / godsasgd . htm # ragnarok (unid los espacios)

Dos últimos apuntes: cuando Loki le dice a Sigyn que la ama por seguir el consejo de "alguien muy sabio", alude al sueño que tuvo en el primer capi del fic. Ese "sabio" es su hijo Váli. Y aunque he escuchado muchas canciones como banda sonora mientras escribía (muchas de ellas gracias a las sugerencias de algunas lectoras), la que más me ha inspirado, sobre todo en la escena de la confesión y posterior lemon frente a la chimenea, es Sparks de Coldplay (watch?v=0Yf6eoaMTvc)