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–Mmm… sí… –Loki cerró los ojos, su expresión mostrando un deleite indescriptible–. No sé si seremos dioses de verdad, pero éste es ciertamente un placer divino.
–¿Te gusta? –Sigyn sonrió, sin dejar de mover los dedos con la suavidad de una caricia.
–Más que eso. Aprieta un poco más…
–¿Así?
–Sí… –le faltó poco para ronronear de gusto–. Si hubiera sabido que esto se sentía tan increíble, te habría pedido que me lo hicieras cada día.
–Y yo te lo habría hecho encantada. A Frigga también le gustaba mucho que se lo hiciera antes de peinarla, cuando era su camarera.
–Quién hubiera imaginado que lavarse la cabeza resultara tan relajante.
Sumergidos en un montón de embriagadora y fragante espuma, el dios del engaño y su mujer se abandonaban al relax y a la sensualidad en el lujoso baño de los aposentos principales de Glaesisvellir, una estancia realmente espléndida toda revestida de mármol negro, incluida la enorme bañera. La habitación estaba casi a oscuras, exceptuando las llamitas de unas cuantas velas perfumadas repartidas por toda la estancia que ardían tenuemente, creando una semi penumbra y emanando un agradable olor a musgo.
Sigyn, con su melena rojiza recogida desmañadamente, estaba sentada tras su marido en la bañera, un poco elevada por encima de él. A Loki le habría gustado hacerlo al revés para tener la oportunidad de acceder mejor a todos rincones de su cuerpo y poder acariciarla cuanto quisiera, pero ella había insistido en lavarle la cabeza. Le encantaba el pelo de su marido y disfrutaba tocándolo, como si tuviera una especie de fetiche.
–Que sepas que voy a llegar tardísimo –comentó él, aunque no parecía preocupado por ello, a juzgar por su expresión relajada y su sonrisa–. Y la culpa la tienes tú.
Sólo bromeaba, pero Sigyn se lo tomó en serio.
–¿Yo? Pero si sólo te dije que iba a tomar un baño antes de desayunar y que si te apetecía acompañarme.
–¿Y te parece poco? –contestó él de buen humor.
–Podrías haber dicho que no.
–Sólo un idiota rechazaría una oferta así –repuso el dios de forma sugerente, llevando una mano hacia atrás para acariciar el muslo de su mujer bajo la espuma.
–No me refería a eso, dios de los salidos –replicó ella apartándola, aunque sin demasiada convicción–. Sólo estaba pensando en algo rápido pero relajante para empezar el día.
–Podemos hacer que sea rápido… –insistió Loki volviendo a llevar la mano a la suave pierna de su esposa. Ella alzó los ojos como gesto de resignación, pero ya no se la retiró. Tampoco era que el contacto le disgustara.
Las manos de la asgardiana, delicadas pero firmes, frotaban suavemente la cabeza del dios, y sus dedos se deslizaban resbaladizos por el jabón por sus sienes y coronilla, llenando de espuma su cabello oscuro, el cual ella ahuecaba con mimo. Fue bajando por la nuca y empezó a masajear sus hombros, insistiendo en los músculos de la espalda. Él cerró los ojos y respiró profundamente, emitiendo de vez en cuando sonidos guturales de placer. Quién le hubiera dicho que un contacto que no era sexual podría hacerle disfrutar tantísimo.
–¿Sabes? Estaba pensando… –comentó Sigyn sin dejar de masajear su cabeza y sus hombros.
–Qué peligro… ¡ay! –se quejó cuando ella le dio un leve tirón de pelo como represalia por la broma.
–Eso por gracioso.
–Eres un bicho vengativo.
–Mira quién habla –replicó ella–, estoy intentando decirte algo serio.
–De acuerdo –sonrió él–, dime.
–Estaba pensando en lo que hablamos ayer.
–Mmm… ajá… –asintió él, aunque más concentrado en los placenteros manejos de la mujer sobre su pelo que en sus palabras.
–Reconozco que ayer me sorprendiste al contarme tus planes, pero cuanto más lo pienso, más empiezo a verle sentido. No a eso de la destrucción del universo, sino a la posibilidad de que fuera posible instaurar un verdadero cambio sin necesidad de que Surtur tenga que resurgir y aniquilarlo todo. Y creo que tienes razón: que ganases la guerra y consiguieras gobernar Asgard sería la mejor solución para todos. Siempre pensé que tu ansia de obtener el trono no era más que una ambición estúpida –confesó–, un modo de tomarte la revancha ante tu padre y tu hermano por no valorarte como debían –Loki torció un poco el gesto. No era exactamente así, pero también había parte de aquello en su motivación–, pero estaba equivocada.
Él se alejó un poco para poder girarse y mirarla a los ojos.
–¿Ah, sí?
–Desde luego. Cuando hace tantos años comenté que habrías sido un buen rey, no hablaba por hablar –afirmó la mujer–. De hecho, lo mejor que habría podido pasarle a Asgard hubiera sido que Odín no hubiera despertado de su Sueño y que Thor se hubiese quedado para siempre en la Tierra –Loki se sintió un poco emocionado, y ella añadió–: Ponte bien, tengo que quitarte el jabón.
Obediente, él recuperó su posición original y cerró los ojos mientras Sigyn tomaba una jarra de plata llena de agua caliente sin espuma y la vertía lenta y delicadamente sobre la cabeza enjabonada de su marido, eliminando hasta el menor rastro de jabón y ayudándose con su otra mano, que deslizaba una y otra vez sobre el cabello mojado y lustroso.
–Seguramente habrías sido la única persona en Asgard que pensaba de ese modo –comentó Loki, incorporándose y abriendo los ojos cuando ella hubo acabado–. Te agradezco que tuvieras esa fe en mí.
–Aún tengo fe en ti, ahora todavía más que entonces –repuso ella, haciendo que él se volviera de nuevo hacia ella, sorprendido–. Siempre tuviste razón: ¡tú eres el más apto para reinar en Asgard! ¿Qué pueden ofrecer Odín o Thor? El Padre de Todos es un anciano y ya no tiene mentalidad ni energías para cambiar nada. Sólo le preocupa conservar lo que tiene, aunque sea defectuoso. Y Thor como guerrero es imparable, nadie lo discute… pero no creo que sepa nada de gobernar un reino. Puede que haya madurado con respecto a cómo era la primera vez que quisieron coronarle, pero sigue sin tener ni idea del tema. ¿Por qué crees que no quiere sustituir a Odín, y éste no le insiste? ¡Se lo pasa mejor haciéndose el héroe en la Tierra con sus amigos!
Con una expresión un tanto irónica que en realidad trataba de disimular lo feliz que le hacía escuchar aquello, Loki se movió en la bañera para colocarse detrás de ella. Allí, sin poder contenerse, la besó en la sien.
–Me gusta que pienses así –dijo, de forma pretendidamente indiferente.
–Cuando estuve en aquel pueblo de Vanaheim, vi a la gente muy descontenta con el actual gobierno de Asgard –recordó ella–. Se quejaban de que, siendo tributarios de Odín, éste no les ofrecía suficiente protección contra la inminente amenaza que suponía la alianza entre Jotunheim y Svaltarfheim. Es cierto que Thor va allí de vez en cuando para mantener a raya a las tribus salvajes de saqueadores, pero ¿crees que estará allí para ayudarles cuando comience la guerra de verdad?
–¿Él? –Loki ahogó una risa con desprecio– Ni él ni ninguno de los de su especie moverán sus traseros de los bien salvaguardados muros de Asgard.
–A eso me refería. Asgard no deja de captar los tributos de Vanaheim, pero a la hora de la verdad se olvidará de ellos, está dispuesto a sacrificarlos con tal de defender su propio reino. Pero si Asgard estuviera bajo tu mando, Vanaheim también formaría parte de tus dominios, ¿y qué harías tú si algún enemigo pretendiera invadirlos?
Meditando la idea, Loki mostró una oscura sonrisa.
–Lo aplastaría. Sin vacilar.
–¿Ves? Por una vez, esa manía que tienes de que nadie toque lo que es tuyo podría resultar de utilidad. Odín no ha sido un mal rey, y supongo que Thor tampoco lo sería… –Loki frunció un poco el ceño antes de que ella completara la frase–, pero ninguno de los dos puede aportar nada nuevo o importante a Asgard. Sin embargo, tú… y yo… –con expresión arrebatada, clavó sus ojos verdeazules en él–, podemos marcar la diferencia.
–¿Tú y yo? –Loki alzó una ceja, un tanto extrañado– ¿Es que también has cambiado de opinión sobre eso y ahora quieres ser reina?
–La verdad, no podría importarme menos –Sigyn se recostó contra él, apoyando voluptuosamente su cabeza contra el pecho mojado de su marido–, pero lo haré por ti. Nadie puede gobernar totalmente solo, ni siquiera tú. Quizás tú no quisieras ser el consejero de Thor, pero yo sí seré la tuya.
En los labios del dios del engaño apareció su característica sonrisa de suficiencia.
–Yo no necesito consejo de nadie.
–En cuanto a política o estrategias, estoy segura de ello –respondió la mujer–, pero hay muchas cosas que como rey podrías hacer por Asgard que apuesto a que no se te han ocurrido.
–¿Hacer por Asgard?
–Ya sabes… formas de ayudar al pueblo.
La sonrisa arrogante de Loki se amplió.
–En realidad, ayudar a la gente nunca ha sido lo mío. Soy el dios del mal, ¿recuerdas?
–Tonterías –replicó ella sin rodeos, haciéndolo parpadear de la sorpresa–, eso es sólo ahora mientras conquistas el trono, tienes que intimidar a tus enemigos. Pero cuando seas el rey, eso tendrá que cambiar. ¿O qué esperas hacer: sentarte en el trono en plan "temible señor" y esperar a que te sirvan, y ya está? –preguntó con una risita.
Loki pareció reflexivo. Siempre pendiente de la manera de alcanzar la corona, nunca había pensado demasiado en lo que haría si realmente acababa consiguiéndola, más allá de conservarla como fuese. Por ejemplo, en aquella breve etapa en la que el Padre de Todos había caído en el Sueño de Odín y él había sido nombrado regente, había estado más preocupado por mantener a Thor en su destierro en Midgard, por esquivar las sospechas de Heimdall, Sif y los Tres Guerreros y por atraer a Laufey a su trampa mortal, que por el gobierno de Asgard propiamente dicho.
–Está bien –concedió, haciéndose el magnánimo–. ¿Cómo crees tú que podríamos ayudar al pueblo?
Ella se encogió de hombros.
–No sé, de mil maneras. Podrías eliminar el sistema de jerarquías de sangre, eso de nobles y plebeyos ya está pasado de moda incluso en la Tierra.
–¿Y entonces quién nos serviría?
–Máquinas. O personas libres con un sueldo digno.
–Qué absurdo –esta vez fue Loki quien se rió.
–¡Nada de eso! En la Tierra lo hacen –insistió Sigyn, indignada por la poca seriedad con la que su marido se había tomado su sugerencia.
–Sólo en las zonas más desarrolladas, y no siempre. En la mayor parte de Midgard, la esclavitud está tan instaurada como aquí, sólo que no se la reconoce con ese nombre: los mortales adoran explotar a sus semejantes. Y además, aunque lo que dices fuese cierto, eso tampoco querría decir que sea mejor. ¿Qué sería lo próximo, instaurar una democracia?
–¿Por qué no? –una nueva carcajada de Loki aumentó su irritación– Todos deberían ser libres de elegir su destino, y que los plebeyos y sirvientes no estuvieran sujetos a los caprichos de los nobles.
–¿Eso es una indirecta, acaso? Porque si hubiera sido como dices, nunca habría podido obligarte a que te casaras conmigo… –murmuró él juguetonamente, buscando sus labios. Ella se dejó besar, con aquellos besos que ahora eran tan típicos de su marido, suaves, provocativos… terriblemente incitantes. Pero cuando se alejó un poco, regresó al tema con otra idea entusiasta:
–¿Y un sistema sanitario gratuito?
–Los sanadores son gratuitos.
–Sí, para los nobles. Las familias plebeyas se arruinan cada vez que hay una enfermedad o un accidente. Y aun así, incluso para los nobles tienen limitaciones. ¿Te acuerdas de Hoder? –Loki guardó silencio; no le gustaba que le recordaran su participación en el asesinato de Balder, pese a que ella no lo había mencionado con esa intención– Seguro que en la Tierra, con sus químicas y su cirugía podrían haber curado su enfermedad. ¡Y al revés! Con los adelantos genéticos de Asgard, los mortales podrían tener un remedio eficaz para el cáncer, el Sida, el Alzheimer… ¡incluso para el hambre! –exclamó, entusiasmadísima– ¿Qué tal si combináramos las fórmulas genéticas que permiten crear las manzanas de Idunn con los avances de la Tierra en ese campo y las empleáramos para producir alimentos transgénicos realmente seguros? ¡Podríamos acabar con el hambre! En Midgard, en Asgard… hasta en Jotunheim. Aquí podríamos crear cultivos realmente resistentes a este clima.
–Te estás precipitando… –Loki intentó frenar su apasionamiento, pero ella ya había dado rienda suelta a su vena imaginativa y ya no había quien la parase:
–¡Pero qué buena idea! ¿Te das cuenta de lo que podríamos conseguir combinando la magia y los avances de Asgard con la tecnología de la Tierra, lo lejos que podríamos llegar? Perfeccionaríamos la industria, la medicina, el comercio… Si tú te convirtieras en rey de Asgard, el Puente Bifrost quedaría a nuestra disposición, y podríamos establecer un canal comercial múltiple entre Asgard, Vanaheim, la Tierra y Jotunheim. ¿No lo ves, Loki? –volvió hacia él los ojos llenos de ilusión por el futuro– Tenías razón, el Universo no necesita a Odín ni a Thor para nada. Nosotros como familia nos bastaremos para llevar a Asgard y a los otros reinos a su auténtica era dorada, y algún día aparecerás en los libros de historia como el más grande rey que jamás haya existido.
Un brillo pareció destellar en los ojos esmeralda del dios.
–Apareceré así de todas maneras, haga lo que haga. No olvides que la historia la escriben los vencedores.
–Sí, pero la diferencia es que no lo escribirán porque te tengan miedo, sino porque será la verdad.
–Eres demasiado idealista. Lo que describes no es más que una utopía.
–Pero tú dijiste que lo que pretendías conseguir con la guerra es construir una utopía.
–Bueno… –él vaciló, viéndose comprometido–. Tal vez me excediera con ese término. Mi gobierno sería mejor que el de Odín, eso seguro, pero las utopías por definición son irrealizables.
–¿Pero no crees que merece la pena intentarlo?
Él se recostó en la bañera, haciendo que ella lo imitara para poder seguir abrazándola.
–Me parece demasiado trabajo para contentar a gente que no debería importarnos, y que no sabrá apreciarlo.
–¡Claro que sabrán! Loki, toda tu vida has estado pidiendo respeto y reconocimiento. Y te estoy diciendo la manera en la que todo el mundo te respetaría, te apreciaría… te amaría.
Los rasgos del dios del engaño se oscurecieron.
–No quiero que me amen. Quiero que me teman.
–Pues te equivocas –repuso suavemente ella, y cuando él volvió a mirarla sorprendido ella explicó–. Como dije ayer, no vacilaré en señalarte tus errores, y ese convencimiento que has tenido siempre es uno de ellos. Ser amado es mucho mejor que ser temido. Los hombres temidos acaban siendo odiados, y a menudo tienen que estar vigilando constantemente sus espaldas porque no tienen amigos, sólo enemigos; y todo el mundo querrá su perdición. En cambio, si eres amado…
–Si eres amado, ¿qué?
–Si eres amado, como lo era Balder por ejemplo, no faltarán serpientes envidiosas que querrán perjudicarte –Loki sonrió mordazmente ante la indirecta. Incluso dándole consejos bienintencionados, su mujer podía ser hiriente–, pero serán los menos. La mayor parte de la gente te adorará y te defenderá, llegando a luchar por ti, a morir por ti. ¿Por qué crees que todo Asgard seguirá fielmente a Odín y a Thor en el Ragnarök, cuando todos saben que la superioridad de tus ejércitos es tan clara y que eso les llevará a la muerte? No porque ellos sean mejores, ni porque tengan la esperanza de que los salven. Es porque los aman. Los aman lo suficiente como para dar su vida por ellos. Y contigo debe ser igual.
Él desvió la vista, fijándola en una de las velas que ardía frente a él. Parecía disgustado. No: parecía melancólico.
–El problema, Sigyn, es que el pueblo jamás me amará como los ama a ellos.
Ella sonrió afectuosamente y lo tomó por la barbilla con ternura casi maternal, haciendo que la mirase a los ojos.
–Sí que lo harán. Yo me encargaré de eso. Cuando vivía en la Tierra, sobre todo en los últimos años, hice bastante de relaciones públicas –cuando Loki la observó interrogante, explicó–. No pienses mal, no quiere decir lo que parece. Es una persona que se encarga de mejorar la imagen de…
–Yo también he vivido en la Tierra –la interrumpió él–. Sé qué es un relaciones públicas.
–Pues bien, seré tu relaciones públicas. Tú te encargarás de gobernar, harás cosas buenas por el pueblo, y yo me cuidaré de tu imagen. Haré que ellos aprecien lo que haces, les haré verte como yo te veo… –volvió a llevar la mano a su rostro, esta vez acariciando su mejilla–, y amarte como yo te amo.
Fascinado, sin poder apartar los ojos de ella, él no pudo evitar acercar el rostro y besarla apasionadamente.
Cuando se separaron, aun así él susurró, casi inseguro:
–Pero, ¿y si eso no da resultado?
–Si no da resultado, es que son unos palurdos ignorantes y realmente no merecerán el esfuerzo de molestarse por ellos –repuso ella sin vacilar–. Entonces podrás hacerlo a tu manera: violencia, terror, sangre… todas esas cosas que se te dan tan bien.
Tanto los incitantes cuchicheos de la mujer –en especial la forma en que usaba palabras como terror o sangre– como la proximidad de su cuerpo desnudo empezaron a encender positivamente el deseo del dios, que hasta entonces se había arreglado para mantener más o menos controlado. Como intuyéndolo, ella esbozó una sonrisa pícara y metió una mano debajo del agua. Loki respingó cuando notó sus dedos, que antes habían acariciado tan dulcemente su cuero cabelludo, haciendo lo mismo con otra parte de su cuerpo aún más sensible.
–Pero antes lo intentaremos a la mía –insistió ella con voz susurrante y provocativa, sin cesar de mover la mano bajo el agua con un ritmo enloquecedor–. ¿Lo harás, amor mío? ¿Lo intentaremos por las buenas antes que por las malas? ¿Lo harás por mí?
Él cerró los ojos y no pudo reprimir un ligero gemido mientras se centraba en las sensaciones que le venían desde el agua por debajo de la espuma, surgiendo de los finos y habilidosos dedos de su mujer y subiéndole por el cuerpo en forma de deliciosos escalofríos de placer.
–Me parece que… te enseñé demasiado bien… –murmuró entrecortadamente–. Eres una condenada manipuladora…
–Sólo intento estar a la altura de mi marido… –repuso ella apoyando la cabeza en su hombro y echándola hacia atrás para que la besara. Él la complació llenando de besos su sien y su mejilla, e incluso llegó a lamer el lóbulo de su oreja, a lo que Sigyn respondió con risas e inclinando aún más la cabeza para buscar sus labios. Pero ni aun así detuvo el movimiento de su mano bajo el agua, lo que era una tortura exquisita, pero cada vez más difícil de soportar pasivamente.
Por lo que Loki decidió contraatacar. Aferró el cuerpo de la mujer y, sin que ella pudiese –ni quisiese– resistirse, lo estrechó apasionadamente contra sí para hacerla sentir contra sus nalgas y sin barrera alguna lo que sus traviesos manejos habían causado en su hombría. Y desde luego ella pudo notarlo, a juzgar por la forma en que cerró los ojos y se mordió los labios llena de excitación. Entretanto, el dios se dispuso a vengarse del jueguecito de Sigyn con la misma arma que ella: sus no menos expertas manos, que llevó sobre sus pechos acariciando sin recato alguno la piel húmeda.
Ella gimió y se arqueó sensualmente restregándose contra su marido, en tanto que él se deleitaba en palpar a placer sus senos pequeños pero firmes, para después bajar lentamente una mano por su vientre y acabar entre sus muslos, en una zona que ya clamaba por él. Después la otra mano bajó también, y ambas parecían decididas a dar a Sigyn más de una cucharada de su propia medicina. Manosearon, hurgaron y estimularon sin compasión, mientras su dueño mordisqueaba su cuello y disfrutaba los jadeos y estremecimientos que sus caricias causaban en ella. De nuevo él volvía a tomar el control de la situación, y no había nada que le gustase más.
Y tampoco a Sigyn pareció molestarle el cambio de tercio. Casi sin respiración, abrumada o quizás agradecida por la deliciosa atención, sólo alcanzó a acariciar las manos que su marido mantenía entre sus piernas, para después subirlas poco a poco por sus brazos y terminar por aferrarle de su cabello negrísimo y algo ondulado por la humedad, dirigiendo su cabeza hacia ella para unir sus bocas fogosamente.
Pero no tardaron mucho en cansarse sólo de juegos. Loki, no sin cierto esfuerzo, logró separarse de Sigyn y la levantó sobre él, y él mismo se incorporó también en la bañera, tan bruscamente que la hizo chirriar. Haciendo que su mujer se situase esta vez ya de cara a él, alzó su cuerpo desnudo y mojado y la sentó a horcajadas sobre él. En ese punto, su virilidad estaba tan endurecida y en tensión que le dolía, y sintió un alivio indescriptible al enterrarla, de un solo golpe, en aquellas entrañas que lo recibieron con el mismo anhelo que tan bien conocía. Ella emitió una mezcla de gemido y suspiro.
–Oh, Loki…
–Mi Sigyn… –jadeó él contra su oído, mientras comenzaba a moverse bajo ella y a hundirse una y otra vez en su interior, tan ardiente que hacía, por comparación, que el agua del baño pareciera helada–. Lo haré… lo haré por ti. Seré el monarca más ridículamente benévolo que el Yggdrasil haya conocido…
–Palabras, palabras… –bromeó ella con una sonrisa–. Eso será sólo hasta que algo o alguien te pongan de mal humor.
–Cuando eso ocurra, te llevaré a nuestros aposentos reales y haremos esto, todas las veces que haga falta, hasta que mi humor mejore… –repuso él con voz anhelante, mientras deslizaba sus manos por la sedosa espalda de su mujer, llenándosela de espuma–. Podré hacerlo, pero sólo si te tengo conmigo…
–Nunca te dejaré… –prometió ella. Él cubrió su boca con los labios, devorándola ansiosamente, y buscó su lengua para enlazarla con la suya. Ella correspondió al beso con idéntica pasión y echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y transportada por el placer, momento que él aprovechó para apoderarse de su garganta, lamiéndola y mordisqueándola.
En aquel ambiente cargado de vapor y espuma, la piel de ambos se volvía húmeda y deliciosamente resbaladiza en cada contacto. El agua que los cubría facilitaba el impulso de Loki, que aferraba con fuerza las caderas de su esposa para subir y bajar su cuerpo sobre él; mientras que ella se sujetaba a sus hombros para acompañar sus movimientos y hundía el rostro en su cuello y en su pecho sin dejar de besarle.
Pronto el suave ritmo que llevaban fue intolerable para la imperiosa necesidad de Loki y aumentó la intensidad de sus embates de forma tan enérgica que movía el agua al compás de los movimientos de sus cuerpos, llegando a desalojar no poca cantidad fuera de la bañera. Sigyn no protestó, sino que se abrazó con más fuerza contra él para mantener su ritmo, y el dios sintió que se disolvía en un mar de gozo casi doloroso cuando notó que lo apretaba con sus músculos interiores, como si lo abrazase con todo su cuerpo desde dentro.
Aquello sólo podía tener un resultado: explotó impetuosamente dentro de ella, gruñendo y rugiendo contra su cuello. También capturó sus labios con fiereza y los aplastó contra los suyos, deshaciéndose en un éxtasis que pronto la invadió también a ella, a juzgar por el repentino grito de placer que sofocó contra su boca. Un grito que a él le pareció el sonido más hermoso del mundo.
Poco a poco fueron reduciendo el ritmo de sus movimientos. Ambos estaban jadeantes y cansados por el intenso intercambio, y ella apoyó la frente contra el hombro de su marido y tragó saliva para aliviar la sequedad de su garganta.
–Mi rey… –murmuró desmayadamente contra su pecho– Mi sabio y hermoso rey…
Él no contestó, sino que se limitó a abrazarla con los ojos cerrados y a acariciar con infinita ternura los rizos de su frente, húmedos por el vapor y el sudor. El recogido se le había deshecho hacía mucho con el movimiento y el cabello mojado, de un tono terroso, le caía por la espalda.
Sigyn tardó en recuperar el aliento, de modo que dejó descansar durante unos segundos la cabeza sobre el torso de su marido; con el oído sobre su pecho, escuchaba los aún apresurados latidos de su corazón, cuyo ritmo iba normalizándose poco a poco. Pronto frunció el ceño extrañada al advertir que algo había cambiado en la habitación:
–¿Es mi impresión o esto está más oscuro que antes?
Ambos esposos, que hasta el momento no habían tenido ojos más que uno para el otro, miraron a su alrededor y descubrieron el motivo de tanta oscuridad: habían salpicado tanta agua fuera de la bañera mientras estaban en lo más intenso de su encuentro íntimo que habían acabado apagando muchas de las velas que iluminaban la estancia, sobre todo las que se encontraban más cerca. Al darse cuenta, estallaron en carcajadas.
–*–*–*–*–*–
Ya de regreso en el dormitorio, Sigyn, envuelta en un mullido albornoz color ámbar y tumbada apoyando un codo sobre la cama, contemplaba cómo su esposo se arreglaba para salir frente al espejo.
–Pero apenas has dormido… –protestó, echándose hacia atrás el cabello todavía húmedo–. ¿No estás cansado? ¿Ni siquiera vas a desayunar?
Loki sacudió la cabeza.
–Tengo demasiadas cosas que hacer. He de controlar que el sistema de refrigeración se instale como decidimos anoche y que Eitri no introduzca ningún otro cambio sin mi consentimiento.
Sigyn suspiró. No podía decir que aquello la sorprendiera, en eso no había cambiado desde que se conocían. Cuando a su marido se le metía alguna obsesión en la cabeza, se olvidaba incluso de sí mismo y de sus necesidades básicas. Ni el hambre, ni el sueño ni la fatiga podían hacer mella en su voluntad de roca: si de satisfacer su ambición se trataba, la energía de aquel hombre era inagotable.
–Además, hoy va a ser un día caluroso… –añadió él con la cabeza vuelta hacia la ventana y frunciendo el ceño para expresar su contrariedad. Sigyn siguió su mirada, y fue incapaz de apreciar la diferencia con respecto a otros amaneceres que había presenciado en Jotunheim. La escasa luz que penetraba por la ventana continuaba siendo mortecina y grisácea, nada que presagiara un aumento de temperatura.
–¿Tú crees?
–Llevo unos cuantos años aquí, y sé lo que digo. Estamos casi en verano… y eso significa calor. Puede que hoy alcancemos, incluso, algunos grados por encima de cero.
Ella alzó las cejas, sorprendida. Para el Reino de Hielo, esas temperaturas debían ser extremadamente calurosas.
–¿Y eso es malo?
–Para mis planes, desastroso. La mayor parte de mis obreros son jotnar, y el calor los vuelve lentos y perezosos –rezongó–. Además, como la mayor parte de los andamios y plataformas de construcción están hechos de hielo, cuando la temperatura sube por encima de los cero grados éstos se debilitan y el riesgo de accidentes se multiplica. Tendré que estar encima de esos brutos todo el tiempo para que refuercen las estructuras con hielo más grueso. Debería haber llevado a cabo las obras durante el invierno, pero entonces los enanos que colaboran en la construcción se me habrían muerto de frío. Qué se le va a hacer, juntar dos razas tan dispares tiene esos inconvenientes –se encogió de hombros.
–Aunque otras veces tiene sus ventajas… –bromeó Sigyn con voz sugerente, refiriéndose a ellos dos. Él sonrió de nuevo.
–Sí que las tiene, pero nosotros somos un caso especial. Por desgracia, voy estar muy ocupado hoy, así que no sé si podré escaparme antes de cenar.
–¿…Qué? –exclamó ella, bastante contrariada por la noticia– De modo que lo de antes sólo era un premio de consolación porque vas a dejarme aquí sola todo el día.
–Mira que eres malpensada, sólo me apetecía estar un rato contigo antes de enfrentarme a un duro día de trabajo. Si pudiera eludir mis responsabilidades sin consecuencias, preferiría pasar todo el día a tu lado, pero no puedo arriesgarme a dejar las obras sin vigilancia durante tanto tiempo.
–Mmm, está bien… –aceptó ella, aunque en su rostro se leía el escepticismo–. Siento curiosidad por ver esa nave en la que estás trabajando tan duro –"Y que me está robando tanto de tu tiempo", añadió rencorosamente para sus adentros. Empezaba a caer en la cuenta de que en esta nueva etapa de su matrimonio, sería el trabajo de su marido y no otras mujeres lo que más le causaría celos.
–Cuando quieras, puedo llevarte a visitar las obras –ofreció Loki mientras acababa de peinarse, dedicando una atención casi excesiva a colocar hasta el último de sus cabellos en su sitio. Después se colocó la capa de piel ribeteada con pelaje negro y se separó un par de pasos del espejo de cuerpo entero, donde contempló su reflejo con actitud orgullosa, satisfecho con lo que veía; pero desde cierto ángulo pudo ver también el gesto desalentado de su esposa. Sintiéndose un poco culpable, se dirigió hacia su lado de la cama y se agachó junto a ella.
–Lo lamento –le susurró–. Sé que te desilusiona que no pase más tiempo contigo, pero te compensaré. ¿Qué te parece si, cuando las obras estén más avanzadas y mi presencia no sea tan imprescindible, hacemos una escapada juntos? Solos, tú y yo.
–Suena bien –repuso ella sin demasiado entusiasmo, y Loki alzó una ceja ante la tibia respuesta.
–No crees que hable en serio, ¿verdad?
–No sería la primera vez que se te olvida ese tipo de promesas, o que estás demasiado ocupado. O que surgen cosas más importantes…
–Te demostraré que te equivocas –aseguró él animadamente–. Y aunque no lo creas, todo este trabajo, tanto tiempo que estoy invirtiendo, lo estoy haciendo por ti. Por nosotros, por nuestra familia.
Ella esbozó una leve sonrisa.
–Ya lo sé.
Sólo decía lo que sabía que él quería oír, pero Loki pareció complacido de oír su aprobación.
–Te amo –Tomó el rostro de su mujer entre sus manos y la besó tiernamente.
Sigyn cerró los ojos para sentir con mayor intensidad la calidez del beso, pero tras un par de segundos entrevió unas luces destellantes entre sus párpados cerrados y la sensación de los labios de su marido sobre los suyos se desvaneció. Cuando abrió los ojos estaba sola en la habitación.
Suspiró otra vez y se levantó a vestirse ella también.
Una vez estuvo lista, se encaminó hacia la sala de la fortaleza que hacía las veces de comedor para desayunar. Aunque habría preferido hacerlo en sus aposentos –más que nada por evitar lo que seguramente sería un tenso encuentro con Lorelei–, tenía ganas de ver a su hija, y además ella era ahora la señora del lugar, con todas sus consecuencias. No podía quedarse escondida en su habitación eternamente, y tarde o temprano tendría que enfrentarse a la antigua amante de su marido. Era mejor acabar con aquello cuanto antes.
Sin embargo, en aquel momento sólo estaban allí Sylene y la Encantadora, que se encontraban discutiendo algún complicado asunto de magia. Sigyn no pudo evitar un silencioso suspiro de alivio al verlas solas: aunque sabía que debía encarar a Lorelei, no tenía ganas de hacerlo con el estómago vacío.
–Buenos días –saludó mientras se sentaba a la mesa.
–¡Hola, mamá! –contestó la muchacha jovialmente, en tanto que Amora inclinó la cabeza con una cortés sonrisa.
–Bienvenida, Lady Sigyn –la cordialidad de aquella hechicera siempre ponía nerviosa a la asgardiana–. Vuestra hija me ha estado contando los pormenores de vuestra estancia en Vanaheim. Espero que hayáis disfrutado de vuestras… eh, vacaciones–la forma en que pronunció dicha palabra le indicó que estaba al tanto del auténtico motivo de la ausencia de ambas, pero Sigyn no perdió la calma.
–Oh, muchísimo, gracias. Pero echaba de menos volver a casa, no puedo estar mucho tiempo alejada de mi amado esposo –replicó con idéntico tono meloso. Amora parpadeó, confusa; mientras que Sylene abrió mucho los ojos y estuvo a punto de soltar una carcajada por la sorpresa. Sin perder la sonrisa, Sigyn fingió concentrarse en elegir su desayuno. Si se trataba de ser hipócrita, no sólo a Amora se le daba bien: algo había aprendido tras años de ser Princesa de Asgard, pues la Corte de Odín era un puro nido de serpientes. Tras una ligera vacilación, preguntó– ¿Sabe vuestra hermana de mi regreso?
–Sí, lo sabe –esta vez el tono de la Encantadora ya no era tan cordial, lo que indicaba que la reacción de la joven ante la noticia no había sido muy buena. Sigyn suspiró internamente, pero no añadió nada más. ¿Qué podría decir?
Tras unos minutos observando todas las tentadoras viandas que ofrecía aquella mesa –jugosa fruta tanto natural como en conserva, fiambres salados de todo tipo y un sinfín de pasteles, golosinas y confituras–, se decidió por unos bollos de maíz calientes con manteca derretida y un cuenco de frutas, y uno de los criados sirvió té en su taza. Atacó su desayuno con apetito, pero apenas hubo probado unos cuantos bocados cuando sucedió lo que había estado temiendo: Lorelei apareció en el umbral de la salita del comedor. Al contrario de lo que acostumbraba, no parecía haberse preocupado mucho por su arreglo personal: sus ropas estaban arrugadas y su color malva la hacía parecer aún más pálida. Estaba despeinada, su semblante lucía muy demacrado y tenía sus ojos violeta inyectados en sangre; un aspecto, en definitiva, que Sigyn supuso no sería muy diferente al de ella misma en Asgard, cuando pasaba las noches en blanco pensando en las infidelidades de su esposo.
Sin embargo, Lorelei no era tan pasiva como lo había sido ella. Al verla sentada a la mesa, el gesto hasta ese momento ausente de la joven desapareció y, presa de una ira homicida, pareció dispuesta a saltar sobre ella y a arrancarle los ojos con las uñas. Por puro instinto de conservación, Sigyn retrocedió un poco en su silla, y agarró el primer objeto cortante que vio –el cuchillo del pan–, por si tenía que usarlo para defenderse. Pero por fortuna, no fue necesario.
–¡Lorelei! –exclamó Amora con voz imperiosa, y levantándose apresuradamente de su asiento, corrió hasta su hermana para detenerla de cometer cualquier desatino que se le hubiese ocurrido. Si su hermana no era consciente de la nueva situación, ella sí: Sigyn era ahora la señora del castillo, y levantar la mano contra ella sólo conseguiría atraer la ira de Loki sobre las dos. Aferró a Lorelei del brazo y trató de sacarla de allí para evitar que la situación empeorase– Regresa a tu habitación, te mandaremos tu desayuno allí.
–¡No quiero! –gritó ella como una niña pequeña.
–Haz lo que te digo –el tono de la Encantadora intentaba mezclar la ternura maternal con una orden que no admitía réplicas–. Es mejor que Lady Sigyn y tú no estéis en el mismo sitio, por lo menos hasta que te tranquilices.
–¡Estoy muy tranquila! –chilló Lorelei, para contradecirse enseguida empezando a llorar. Azorada y molesta por la escena, Amora tiró del brazo de su hermana y la sacó a algún punto del corredor, fuera de la vista de Sigyn y de su hija. La primera respiró hondo, agradeciendo la rápida reacción de la hechicera: aunque había llegado allí con la idea de ponerle las cosas claras a Lorelei, en el fondo no le apetecía en absoluto un enfrentamiento. Pese a todo, seguía siendo una persona esencialmente pacífica y detestaba los conflictos; y sabía que no conseguiría nada atacando a alguien que, por otra parte, no estaba en sus cabales.
Madre e hija intentaron proseguir su desayuno como si no ocurriera nada, aunque no podían evitar poner cara de circunstancias ya que, aunque por su posición fuera de la sala no podían ver a las hermanas, sí continuaban escuchándolas.
–Por última vez, cálmate –oyeron cómo Amora intentaba serenarla con voz baja y tensa–. Acéptalo: ella es la esposa de Loki, y no puedes montar un escándalo cada vez que la veas.
–¿Pero por qué ha tenido que regresar esa mujer? –respondía Lorelei entre sollozos– De no ser por ella, habría conseguido que él me amara… ¡Y sé que ella me envidia! ¡Incluso se ha teñido el pelo para parecerse a mí!
–No digas tonterías –la cortó su hermana, empezando a perder la paciencia.
Dentro de la sala, Sigyn tomó un sorbo de su té y observó a su hija, sorprendida de que ésta no hubiese saltado con una de sus ácidas diatribas contra Lorelei como tenía por costumbre, sobre todo cuando oyeron el absurdo comentario sobre el color de su cabello. Se quedó muy extrañada cuando vio la expresión de la muchacha, cabizbaja y pensativa.
–En el fondo, me da un poco de pena… –murmuró Sylene, y su madre la observó con los ojos como platos.
–¿Quién eres y qué has hecho con mi hija? –repuso ella, medio en broma, medio en serio– ¿Y a qué viene esa reciente compasión por Lorelei?
Sylene se encogió de hombros.
–Amora dice… dice que su hermana se comporta así porque está bajo los efectos de un hechizo que la obliga a decir y hacer cosas que no quiere. Y dice que papá ayudó a poner esa maldición sobre Lorelei y que ahora se niega a deshacerla –añadió, entre triste e incrédula.
Sigyn sintió que la comida se le atascaba en la garganta y tomó un poco más de té para hacerla pasar. "Amora dice, Amora dice…", se repitió mentalmente como un sonsonete despectivo. Ya estaba tardando. A menudo había observado preocupada a la hechicera, preguntándose qué juego se traería ella con tanta amabilidad, y le inquietaba que tuviese tanta influencia sobre Sylene. La Encantadora había sido paciente, había sabido esperar; pero ya estaba jugando sus cartas. Y su hija siempre había sido un espíritu libre e independiente, salvo cuando alguien la impresionaba: en ese caso, absorbía juicios y opiniones como una esponja.
–Tu padre siempre tiene sus razones para hacer todo lo que hace –respondió sin querer arriesgarse con demasiadas explicaciones, y de nuevo tuvo otra sensación de dejà vu. ¿Dónde había oído antes una frase semejante? Ah sí, ya lo recordaba: de labios de la reina Frigga. Sigyn se preguntó qué pensaría Loki si le dijeran que tenía más en común con su padre adoptivo que el propio Thor.
–Pero… ¿no podrías tú hablar con papá, convencerlo para que la liberara?
La asgardiana dejó su taza sobre el platito con más fuerza de lo que hubiese deseado.
–Él y yo acabamos de reconciliarnos –gruñó molesta–, ¿y quieres que me arriesgue a tener un conflicto con él para favorecer una persona que no ha hecho más que intentar perjudicarme desde que llegamos aquí?
Sylene volvió a mostrarse triste y cabizbaja.
–Pero él te adora, haría cualquier cosa que le pidieras. Y si Lorelei dejase de estar hechizada, te dejaría en paz… y también a él. Además, Amora te debería un favor.
Sigyn tamborileó sus dedos sobre la mesa, sin saber qué contestar. De acuerdo, eran buenos argumentos a favor; su hija había heredado también la habilidad para la persuasión de su padre. El argumento en contra era que Loki, una vez tomaba una decisión, era casi imposible que cambiase de idea. Cavilosa, alejó de sí el plato de bollos que había estado comiendo con gesto de repugnancia.
Preocupada, Gerda –la cual estaba en la sala y permanecía atenta en todo momento a las necesidades de su ama–, acudió rauda junto a ella:
–¿Qué ocurre, mi señora? ¿La comida no es de vuestro gusto?
–¿…Qué? –Sigyn volvió a la realidad desde sus lúgubres meditaciones– Nada de eso, es deliciosa. Simplemente, ya no tengo hambre –Era imposible conservar el apetito con tantas tensiones.
–Oh –la doncella pareció aliviada–. ¿Puedo hacer algo por vos?
–No, tranqui… Espera –se interrumpió al recordar una cosa. Se metió la mano en un bolsillo de su traje y extrajo un saquito con la flor de lavanda pulverizada que había adquirido en aquel mercado de Vanaheim–. ¿Podrías entregarle esto al cocinero y decirle que lo utilice para preparar infusión? Me gustaría tomarme una taza de este té cuando anochezca –Era algo que solía hacer de joven, y ya que tenía la lavanda, no la iba a desperdiciar. Además, por muy altas que fueran las temperaturas según Loki, para ella siempre haría frío allí y sería grato contar con algo caliente y relajante para beber. Lo de relajante, sobre todo, le vendría muy bien.
–Desde luego, mi señora –Gerda tomó el saquito y se retiró con una respetuosa reverencia.
Afuera del salón, aún continuaban oyéndose los ya amortiguados sollozos de Lorelei junto con las palabras, casi inaudibles, de consuelo de la hechicera. Al final ésta pareció convencerla de que regresara a sus habitaciones y pasaron una última vez junto al umbral de la sala, pudiendo Sigyn ver cómo Amora sostenía a su hermana que caminaba lenta y débilmente, como si estuviese enferma o herida. Los ojos de zafiro de la Encantadora se cruzaron con los suyos por un segundo, y aunque no pudo leer ninguna emoción indebida en ellos, Sigyn se sintió rabiosa.
"No creas que ignoro tu juego, bruja". Amora había manipulado a la hija para que ella manipulase a la madre, y ésta a su vez manipularía al padre. Eso le dejaba a ella el trabajo sucio, la penosa y extremadamente ingrata tarea de convencer al hombre más testarudo de los Nueve Reinos que cambiase algo en la inalterable estrategia de su plan. Y encima para ayudar a una de sus antiguas amantes.
–Está bien… –suspiró–, veré qué puedo hacer.
–¡Gracias, mamá! –Al igual que en su padre, la sonrisa de Sylene cuando se salía con la suya podía ser la más luminosa y bella del mundo– Sigues siendo la mejor persona que conozco.
"Tonta de remate, es lo que soy", rezongó para sus adentros. Bien, lo haría, o al menos lo intentaría. Pero no porque Sylene se lo pidiese, ni para quitarse a Lorelei de encima o que Amora quedase en deuda con ella. Lo haría porque era lo correcto. Y porque, en aquella época en la que tanto había sufrido por el amor de Loki, si alguien le hubiese ofrecido un modo para deshacerse de sus sentimientos por él, lo habría aceptado sin dudarlo.
Claro que no sería una tarea fácil. Como había explicado a su hija, el simple hecho de intentarlo le hacía arriesgarse a tener un conflicto con Loki, al que no le gustaba que se metiesen en su forma de hacer las cosas. Tendría que pensar la manera de planteárselo y buscar el momento más apropiado para que él no se sintiese atacado en su "inquebrantable derecho a decidir las cosas a su manera". Esperaría un poco a que la situación entre ellos estuviese completamente afianzada y entonces sacaría el tema.
Sin embargo, el tema saldría forzosamente mucho antes de lo que planeaba, y en circunstancias inesperadas y dramáticas.
–*–*–*–*–*–
Tras desayunar, Sigyn regresó a su habitación. Había pensado pasar el día en su habitación leyendo alguno de los títulos de su espléndidamente surtida biblioteca, pero pronto lo pensó mejor y se le ocurrió que podría dar un paseo por el exterior. ¿Por qué no? No podía quedarse encerrada en la fortaleza todo el día, y pensó que debía aprovechar el supuesto buen tiempo para descubrir lo que Loki había llamado una vez las "maravillas de Jotunheim", en uno de los pocos días en los que podía salir sin correr peligro de morir por congelación. Por tanto, en lugar de dirigirse a la biblioteca, se encaminó hacia el vestidor en busca del abrigo más grueso que pudiera encontrar.
Tras unos minutos examinando y descartando muchas de las pieles que se guardaban allí por demasiado ostentosas y poco prácticas para pasear, se decidió por una prenda mezcla de capa y poncho, en grueso vellón gris, rematada con una amplia capucha forrada de armiño. Debajo se puso un vestido de lana, guantes forrados y unas botas especiales para la nieve, con suelas claveteadas para evitar en lo posible el riesgo de resbalones. Y una vez pertrechada con todo aquello, se dispuso a salir al exterior de la fortaleza por primera vez desde que había llegado a Jotunheim.
Los guardias jotnar que custodiaban la entrada de la fortaleza la observaron extrañados cuando les ordenó que abrieran las puertas para salir, pero obedecieron sin rechistar; y Sigyn atravesó el umbral con cierta sensación de extrañeza: hasta entonces, y pese a las afirmaciones de Loki, una parte de ella nunca había dejado de sentirse un poco prisionera.
Antes, mientras atravesaba los corredores en dirección al portón principal, había empezado a notar algo de calor, lo que la había llevado a preguntarse si no se habría excedido abrigándose tanto; después de todo, Loki había comentado que sería un día cálido. Pero ya desde el primer momento en que el viento del exterior golpeó su rostro, se dio cuenta de que no se había excedido en absoluto. ¡Maldita sea, qué frío hacía! Más seco que cuando Loki y ella descendieron a las mazmorras donde se encontraba la petrificada Karnilla, pero mucho más mordiente. "¡Un día caluroso, dijo…!", rezongó para sus adentros, y se subió la capucha de piel para protegerse la cara de aquel viento ensordecedor y helado que le cortaba las mejillas.
Pero aun así, el frío no consiguió distraerle del impresionante paisaje que se abrió ante sus ojos, mucho más imponente cuando se contemplaba desde el suelo que si se divisaba desde una ventana a gran altura. El hielo y la nieve eran de una blancura cegadora, y el tímido sol les arrancaba destellos que herían los ojos deslumbrados de la asgardiana. De no haber sido por la ausencia de árboles nevados, arbustos o cualquier vegetación, casi habría podido tomarse por una alegre postal navideña. En cierto sentido, incluso resultaba hermoso.
Sigyn comenzó a caminar por el traicionero suelo procurando ir lo más despacio posible para no resbalar. Y aunque tardó un poco en darse cuenta –resultaba difícil oír otra cosa que aquel atronador ulular del viento ensordeciéndole los oídos–, se llevó un susto de muerte al percatarse, al oír pasos a sus espaldas, de que había dos soldados jotnar caminando a poca distancia de ella.
–¿P-por qué me seguís? –inquirió recelosa. Sabía que no debía temer nada de los lacayos de Loki, pero su aspecto seguía siendo tan intimidante que no podía evitar sentirse nerviosa.
–Disculpad, mi señora –se justificó uno de ellos con su voz bronca–, pero es sólo por vuestra seguridad. Si el amo descubre que hemos dejado que vaguéis por aquí sin protección, nos despellejará vivos –Por su forma de decirlo, parecía que su afirmación no era en absoluto una forma de hablar.
–Oh. Está bien –se conformó ella. Estaba claro que, siendo quien era y viviendo donde vivía, nunca tendría la misma libertad o intimidad que antes. Aunque, visto lo ocurrido en Vanaheim con el troll de las rocas, llevar escolta no era tampoco mala idea.
Súbitamente la asaltó la inspiración:
–¿Sabéis dónde quedan las obras de construcción de la nave que está dirigiendo mi esposo? –El soldado elevó su brazo azulado y musculoso, señalando una dirección al noroeste–. ¿Y podríais proporcionarme una montura para ir hasta allá?
Los dos jotnar intercambiaron una mirada confusa, como si no comprendieran por qué ella querría hacer tal cosa. Pero el primero de ellos salió en dirección a la fortaleza con unos pasos largos y ágiles que eran impensables para Sigyn, la cual apenas se podía mover con pasitos cortos y cautelosos para no resbalar.
Regresó pasados unos minutos, pero lo que traía consigo no era un caballo. Pese a que Sigyn intentó mantener la calma, no pudo evitar retroceder al ver a la enorme bestia que el gigante sostenía mediante un grueso arreo de cuero.
–Qué… ¿qué es eso?
–La montura que habéis pedido, mi señora –repuso el jotun.
–Pero yo me refería a un caballo… –murmuró ella observando al extraño ser, que parecía una mezcla entre tigre y oso pero totalmente lampiño, de un color grisáceo como de roca y del tamaño de un pequeño elefante terrestre. Al igual que en los elefantes, una especie de salientes óseos surgían a ambos lados de su mandíbula, tenía unas enormes garras y su lomo estaba cuajado de escamas espinosas, aunque por fortuna estaba debidamente ensillado. Ahora que recordaba, Sigyn había oído hablar de esos animales, aunque nunca los hubiera visto antes. Cuando vivía en Asgard, Thor había relatado en más de una ocasión que durante la incursión en Jotunheim que precedió a su destierro en Midgard, sus amigos, su hermano y él habían tenido que vérselas con una bestia de esas características.
El soldado sacudió la cabeza ante su comentario.
–Los caballos no sobreviven a estas temperaturas. También tenemos tigres dientes de sable, pero son más impredecibles y agresivos.
–¿Más que esto? –se asombró ella, resistiendo la tentación de retroceder aún más cuando la fiera gruñó en su dirección, dejando entrever unos enormes colmillos en el interior de su hocico. Al notarlo, el soldado jotun tiró enérgicamente de su brida para controlarlo.
–Sí, mi señora. Los hrímdyr eran salvajes hasta hace pocos años. Cuando el amo llegó a estas tierras nos enseñó a domesticarlos, y ahora nos son muy útiles como monturas, bestias de carga… En realidad son bastante dóciles, lo único que hay que hacer es no mostrarles miedo.
–Vamos, lo más fácil del mundo… –murmuró ella con cierta ironía, aunque se forzó a dar un paso hacia ellos–. Pero yo no voy a saber montar esto, es demasiado grande para mí.
En ese momento una enérgica y jovial voz masculina sonó a sus espaldas:
–Si es por eso, dejadme que os eche una mano, Lady Sigyn –la aludida se volvió y pudo ver que Fenrir se acercaba ataviado con un ligero conjunto blanco y con andares y actitud relajados–. Yo me dirigía a las obras para ayudar a mi padre, así que puedo llevaros.
–Sólo llámame Sigyn, y por favor, tutéame –le rogó ella–. Aunque no sea tu madre biológica, tenemos que empezar a tratarnos como familia.
–De acuerdo… Sigyn –asintió él–. Entonces, ¿quieres que te lleve? –al verla vacilar, la animó con una sonrisa– Vamos, no muerdo. Al menos, no mientras tenga esta forma.
Ella no pudo evitar reírle la broma, aunque solía hacerla a menudo.
–Está bien, gracias.
–No hay de qué. Marchaos, ya me ocupo yo de ella –despidió a los guardias, los cuales retrocedieron de vuelta hacia Glaesisvellir… bastante aliviados por haberse librado de una responsabilidad tan grande como era proteger a la esposa de su amo. Ágilmente, Fenrir saltó a la grupa de la bestia, aterrizando sin dificultad en la silla de cuero oscuro. Después, se inclinó hacia ella y le ofreció una mano enguantada–. Sube.
Ella se armó de valor, tomó la mano que Fenrir le ofrecía y se ayudó de ella para impulsarse y montar en la silla tras su hijastro, sujetándose a la espalda de éste para no caer. Apenas le dio tiempo a sentarse bien, cuando con un brusco "¡Agárrate fuerte!", el joven espoleó al animal y éste salió disparado.
–¡Uuuhh! –exclamó sobresaltada, viendo cómo todo a su alrededor se convertía en un borrón gris. Aquello era lo más rápido que había montado Sigyn jamás, y la velocidad junto con el violento bamboleo hicieron que estuviera a punto de desmayarse. No lo hizo porque, al estar en movimiento, la sensación térmica descendió aún más; y pese a su temor a caerse, se vio obligada a soltar una de sus manos de su férreo agarre a la espalda de Fenrir para mantener cerrada su capucha sobre su boca y nariz, protegiéndolas del viento congelante.
Durante un tiempo impreciso –¿una hora, tal vez más?–, el jinete y su pasajera cabalgaron sobre el hrímdyr a través de la interminable llanura helada de Jotunheim. Sigyn habría querido ir algo más despacio para poder contemplar el paisaje con tranquilidad, pero tampoco había demasiado que ver, al menos por allí: no eran sino kilómetros y kilómetros de suelo periglaciar pródigo en heladas formaciones rocosas de las formas más diversas y con algunas zonas ocasionales similares a la tundra como únicos oasis de vida en aquel desierto blanco y gris, tan parecido a su cielo que ambos parecían confundirse en el horizonte.
Cuando Sigyn ya tenía los dedos agarrotados, tanto por el frío como por la fuerza con la que se estaba sujetando a su hijastro, sólo entonces éste comenzó a frenar la marcha de su bestial montura. Simultáneamente, empezaron a divisarse unos tenues brillos titilando débilmente en el horizonte, como las luces nocturnas de una gran ciudad al contemplarlas desde cierta distancia. A medida que se acercaban al lugar de donde procedían éstas, otra cosa fue definiéndose en la borrosa lejanía: la silueta de la cabeza de un gigantesco reptil, muy similar a un dragón. Sigyn no había oído hablar de la existencia de dragones en Jotunheim, pero si utilizaban aquellas feroces Bestias de Hielo como si fueran inofensivos caballos, podía esperar cualquier cosa. Alarmada, la mujer se aferró de nuevo a la espalda de su hijastro con las dos manos, con el impulso de retroceder; y el viento le echó hacia atrás la capucha con lo que sus cabellos volaron alocadamente.
–¡Volvamos atrás! ¡Vamos directos contra ese monstruo! –suplicó, aterrada, pero Fenrir le respondió con una risa gutural.
–Ésas son las obras.
–¿…Qué?
A medida que se acercaban al lugar, las luces se fueron haciendo más grandes y definidas, pero inexplicablemente las brumas permanecieron rodeando muchas de las partes de la construcción que se elevaba ante ella. Era una sensación extrañísima para la asgardiana, ya que podía ver sin problemas los andamios de hielo –que semejaban carámbanos gigantes lanzando destellos en el páramo–, pero las mismas partes de la construcción se mostraban borrosas ante sus ojos, como si una especie de niebla las opacara selectivamente. La única que parecía más fácil de deducir era aquélla que, por su forma, había confundido con un dragón, pero que ahora que estaba más cerca podía ver que se trataba de una figura inmóvil. Por la altura –Sigyn tuvo que levantar la cabeza exageradamente para poder verlo–, el conjunto parecía un edificio de cinco o seis pisos, pero la extensión era aún mayor, como de un par de estadios de fútbol.
Igualmente, lo que al principio habían parecido diligentes hormiguitas moviéndose de un lado para otro se fueron definiendo como el sinnúmero de obreros que trabajaban sin cesar martilleando, soldando y atornillando. Los había de dos tipos: enormes jotnar de piel gris azulada, apenas vestidos con cortas prendas de cuero que no limitasen sus movimientos; y hombrecillos de estatura algo inferior a la de los mortales, barbudos y cubiertos de enormes pieles casi hasta los ojos, como ella misma. A esos últimos, Sigyn los identificó como los enanos de los que le había hablado su marido.
–Pues aquí estamos –Fenrir detuvo al hrímdyr y desmontó, ayudándola a hacer lo mismo–. Espero que el viaje no haya sido muy accidentado. Podría haberte traído yo mismo sobre mi lomo, pero tampoco habría supuesto mucha diferencia. Además, sólo a mi padre le permito que monte sobre mí. Los demás gigantes se burlarían si me acostumbrara a llevar a todo el mundo como una montura cualquiera –confesó, un poco azorado–, y especialmente si me vieran cargando a un asgardiano.
–No te preocupes, Fenrir. Te agradezco que me hayas traído, sea como sea –ella le tomó de las manos cariñosamente, y éste sonrió.
–Allí está padre –señaló a un lugar a espaldas de la mujer, y cuando ella se volvió pudo ver la figura de su esposo sentado a lo lejos en una de las formaciones rocosas cubiertas de nieve, elevado de forma que podía dominar con la vista todo el valle donde tenían lugar las obras. El viento hacía ondear sus cabellos y el pelaje de su capa; y aun desde aquella distancia, Sigyn pudo ver su rostro. Su expresión era difícil de identificar: vigilante y meditabunda pero también soñadora, llena de esperanza, como si estuviese viendo mucho más de lo que realmente había, como si con la simple contemplación de aquella nave a medio construir anticipase fácilmente ese alentador futuro del que le había hablado a su mujer la noche anterior. Parecía tan concentrado en aquellas meditaciones que aún no los había visto.
–Espera aquí –dijo el licántropo a Sigyn–, voy a decirle que has venido.
–Tal vez no debieras molestarle… –murmuró ella dubitativa, pero él sacudió la cabeza despreocupadamente.
–Tranquila, le gustará verte. Además, ahora que estoy aquí, puedo sustituirle un rato, así él podrá tomarse un descanso –terminó mientras se alejaba.
Mientras esperaba, Sigyn se paseó por las inmediaciones de las obras, contemplando apabullada su asombrosa magnitud. El ambiente a su alrededor hervía de actividad: incontables gigantes y enanos iban de un lado a otro transportando piezas mecánicas de diseño casi irreal y placas de un brillante color nacarado. Subidos a plataformas sostenidas por gruesos andamiajes de hielo y distribuidas a diferentes alturas, otro numeroso grupo trabajaba sobre ciertas superficies verticales que se alzaban ante ella pero que seguían manteniéndose borrosas a sus ojos, un hecho que la intrigaba cada vez más.
La mayoría parecía ignorarla, demasiado inmersos en sus tareas como para reparar en su presencia, pero algunos jotnar que tenía más cerca sí la miraban. Y la desaprobación en sus rostros la hizo sentir bastante intimidada, por lo que retrocedió tratando de disimular y de confundirse con el entorno. Se preguntó si sabrían quién era ella, y en consecuencia si estaba segura allí. Volvió a mirar hacia el sitio donde había visto a Loki, pero éste había desaparecido, algo que la inquietó un poco. Tal vez Fenrir se había precipitado al dejarla sola mientras localizaba a su padre.
Pegó un respingo al notar, por detrás de ella, la inesperada sensación de unas manos rodeando su cintura, pero enseguida se tranquilizó. Sólo una persona en el mundo podría atreverse a tocarla así… la única a quien ella permitía que la tocara.
–Verte aquí es como descubrir una flor estival creciendo entre la nieve… –susurró el dios del engaño en su oído–. Una sorpresa inesperada pero maravillosa –En contraste con la helada temperatura del ambiente, su dulce aliento parecía aún más cálido contra su piel.
Sonriente, Sigyn se volvió hacia su esposo y acercó el rostro para besarle. Su intención era un beso corto y simple, sólo para saludarlo; pero él la atrajo hacia sí y prolongó el contacto entre sus labios durante varios segundos, como si las pocas horas que llevaban separados hubiesen sido demasiadas para él.
–Bueno… –cuando por fin la hubo soltado, ella sintió la necesidad de justificarse–, me dijiste que cuando quisiera me enseñarías las obras, así que pensé: "¿Por qué no hoy?". Así podría pasar un poco de tiempo contigo sin que tuvieras que abandonar tu lugar de trabajo –en su rostro se reflejó cierta aprensión–. No te importa, ¿verdad?
La sonrisa con la que Loki acompañó su respuesta disipó sus temores.
–En absoluto. Ardía en deseos de mostrarte todo en lo que he estado trabajando estos últimos meses.
–Pero no puedo ver nada… –se lamentó ella–. Veo claramente a los operarios y los andamios, pero no en lo que están trabajando –parpadeó y guiñó los ojos por enésima vez tratando de enfocar la vista, de nuevo sin resultado. Él rió con suavidad.
–No te esfuerces, querida. Toda esta zona está protegida mágicamente para emborronar la visión de cualquier individuo que no pertenezca a la obra o que no esté autorizado. Es una defensa mística contra el espionaje, ya venga de muy lejos –miró suspicazmente hacia el cielo, y Sigyn se dio cuenta de que aludía a Heimdall– o de muy cerca, por parte de intrusos o incluso de gigantes de hielo que no sean de completa confianza y que puedan acercarse por aquí. Tenemos una barrera de seguridad que prácticamente nadie puede traspasar, pero en el caso improbable de que la burlaran, tampoco podrían ver lo que estamos haciendo. ¿Lo entiendes ahora?
Sigyn asintió, asombrada ante tantas precauciones. Él se inclinó hacia ella:
–Ven, deja que retire el velo místico de tus ojos.
La mujer sintió que le tapaba los ojos con las manos, acariciando delicadamente sus párpados con los pulgares. Aparte de eso, no notó ninguna sensación especial, ni en ese momento ni cuando él retiró sus manos, diciendo:
–Ahora ya podrás ver sin trabas y en toda su extensión el producto de mi trabajo, mi obra maestra… el arma que hará estragos, no sólo en los ejércitos sino en los corazones de nuestros enemigos –recitó vehemente, como un showman de circo presentando su número más espectacular. La tomó por el brazo y la hizo girarse un poco para poder verlo todo desde una posición más adecuada–. Mi querida esposa, que tus ojos se maravillen al contemplar a… ¡Naglfar!
En ese momento Sigyn abrió los ojos, ya libres del velo místico, y pudo ver el conjunto completo de construcción. Y lo que vio la dejó boquiabierta, sobrecogida.
Mientras vivía en Midgard, había llegado a ver un programa de televisión, emitido por uno de esos canales de divulgación científica, llamado "Megaconstrucciones" o algo así; aquel programa mostraba construcciones de titánicos edificios, puentes y túneles casi imposibles, barcos o aviones que parecían salidos de películas de ciencia ficción, y en definitiva los proyectos de arquitectura e ingeniería más formidables y ambiciosos llevados a cabo por los mortales. A Sigyn le encantaba aquel programa, y solía maravillarse con el ingenio creativo de los terráqueos, una raza bastante subestimada por los Aesir. Pero nada de lo que había visto en aquellos documentales podía acercarse siquiera al panorama que en aquel momento se mostraba ante sus ojos.
Su estética recordaba vagamente a la de los drakkar, las embarcaciones asgardianas de antaño cuyo diseño habían copiado los antiguos vikingos de la Tierra, pero ahí acababa toda semejanza. En realidad lo que tenía ante ella era una compleja y tecnológicamente superavanzada nave estelar cuyo tamaño era veinte, quizás veinticinco veces superior al del mayor drakkar que ella hubiera visto en Asgard. O al menos, el proyecto de tal nave, porque en aquel momento sólo estaban completas la armazón principal y parte del casco, sostenidas en equilibrio sobre el suelo por los grandes andamios de hielo. Sigyn se sintió un poco tonta cuando se dio cuenta de que lo que había tomado por un dragón no era más que un horripilante mascarón de proa, tras el cual surgían, en ambos costados del casco, dos enormes estructuras metálicas que semejaban las alas desplegadas de un dragón, que en ese momento los obreros recubrían con unas placas doradas iridiscentes.
Se dio cuenta de que Loki aguardaba expectante un veredicto por su parte y se esforzó en decir algo, aunque no supiera bien qué decir.
–Es… impresionante –dictaminó finalmente, aunque en su mente resonaban otros términos como "excesivo" o "monstruoso"–. Pero ese nombre… Naglfar. ¿No es un poco extraño? Si mis conocimientos en lengua antigua no me fallan, significa… "Barco de las uñas".
–Sí, así es –asintió Loki–. ¿No te gusta?
–Es un tanto… pintoresco.
–Es el que dice el libro –adujo él.
–¿Y ahora haces todo lo que dice un libro? –preguntó ella, un tanto mordazmente.
–No. El libro predice todo lo que voy a hacer, que no es lo mismo.
Sigyn no acababa de comprender en qué radicaba la diferencia, pero prefirió no discutir. Se acercó a la parte del casco que estaba completa y lentamente, fascinada, dejó deslizar sus dedos sobre ella. La superficie de un color blanco lechoso –aunque algo verdoso si se contemplaba desde cierta distancia– brillaba, pulida como el nácar, como una perla, como… sus uñas cuando se las pintaba.
–¿Y cómo funciona?
Loki pareció encantado de que le hicieran esa pregunta. La agarró por el brazo y la fue llevando de un lado a otro de la impresionante estructura, explicando complicadísimos detalles tecnológicos con el apasionamiento de un escolar que describe su mejor proyecto de ciencias.
–¿Ves esas cosas que parecen alas? –señaló las estructuras metálicas que había visto a ambos lados del mascarón de proa–. En realidad no son alas, no sirven para volar; funcionan más como unas velas de un barco. Tampoco es que sean velas en el estricto sentido de la palabra –se corrigió–, son unos dispositivos especiales de captación; o al menos lo serán cuando estén terminados. Esos dispositivos captan y almacenan la energía plasmosférica del viento electromagnético que existe en el espacio, y la trasladan a las turbinas del generador principal. Ven –la guió hacia el interior de la nave, esquivando los focos donde trabajaban los operarios, hasta una parte cercana a la proa, por debajo del mascarón en forma de dragón y entre las "alas"–. Éste es el corazón del motor. Aquí el impulso electromagnético es fusionado con plasma obtenido de gas argón calentado a más de cincuenta mil grados, y sólo esta combinación es capaz de generar la cantidad de energía que requiere la nave.
–No cabe duda de que se requiere mucha para mover esta mole tan gigantesca por el espacio –Los labios de Loki se curvaron en una leve sonrisa.
–No sólo para moverla, querida. Este motor requiere tanta energía porque será capaz de plegar el universo, creando un pasaje interdimensional artificial con fuerzas electromagnéticas; es por esto que necesitamos el viento electromagnético espacial. En pocas palabras, reproducirá el mecanismo del Bifrost a gran escala, aunque con la diferencia de que no trasladará cosas ni personas desde un punto inmóvil, sino que empleará ese pasaje para trasladarse a sí misma. Eso significará que podemos cubrir distancias de años luz en pocos minutos y plantarnos en Asgard en un periquete.
–Oh… –Sigyn observó boquiabierta el gran motor y las intrincadas turbinas que lo rodeaban–. ¿Y cómo has conseguido copiar el mecanismo del Puente Arco Iris? Pensé que era una tecnología super secreta.
–Eso es lo mejor de todo –los ojos del dios del engaño brillaron maliciosos–. Tengo los planos del Bifrost memorizados aquí –se señaló la frente con su dedo índice–. Alguna utilidad tenía que tener que mi padre me obligase a trabajar en las obras de reconstrucción del Observatorio de Asgard.
Sigyn advirtió que Loki había vuelto a referirse a Odín como "su padre", pero no se lo mencionó: seguramente se molestaría si se lo hacía notar. Pese a haber aborrecido a toda su familia adoptiva desde hacía tiempo, el dios del engaño aún tenía esos deslices de vez en cuando, especialmente cuando hablaba del pasado.
–¿Y por qué lo has hecho tan grande?
–Es obvio, ¿no? Tengo la intención de trasladar a todo el maldito pueblo jotun hasta Asgard. En la última guerra de los Aesir contra los gigantes de hielo, ésta se desarrolló entre Midgard y Jotunheim, con lo que su precioso Reino Dorado quedó a salvo de todo. Ahora llevaremos la guerra hasta ellos, y les haremos sentir el terror de tener la muerte en las puertas de su casa.
El dios guió a su mujer de nuevo hacia el exterior del casco, que varios obreros estaban recubriendo con más de aquellas placas nacaradas que le daban ese color tan característico. Los jotnar hacían los trabajos que requerían fuerza bruta –acarrear y subir los materiales, martillear y preparar morteros, etc.–, mientras que los enanos se encargaban de las tareas de precisión, como encajar las piezas, soldarlas y atornillarlas. El ruido que generaban con tanto golpe y con sus máquinas era ensordecedor.
Todos los obreros parecían concentrados en su frenética actividad, pero muchos no podían evitar mostrarse algo nerviosos cuando veían acercarse a su inflexible capataz. Algunos, incluso, se quedaban observándoles, y Sigyn tuvo de nuevo la sensación de que lo hacían con desagrado… no a Loki, sino a ella. Algo inquieta, se aferró al brazo de su marido para que le infundiera seguridad.
El dios del engaño no tardó en cortar aquellas miradas por lo sano:
–¿Qué estáis mirando, perros? ¡Seguid con vuestro trabajo! –Los aludidos se apresuraron a agachar la cabeza y a obedecer, pero Sigyn se sobresaltó al reconocer aquel tono despótico que le recordaba tanto al Loki que había odiado años atrás. Aunque afortunadamente ya jamás empleaba ese tono con ella, eso no quería decir que hubiese desaparecido, ni tampoco el hombre cruel que lo utilizaba. Pero cuando volvió a mirarla a ella, en sus ojos sólo se reflejaba preocupación y una dulce ternura.
–¿Estás bien? –le acarició suavemente la barbilla con la intención de confortarla.
–Sí, no te preocupes. Pero, ¿por qué me miran así? –preguntó inquieta, sin apartar la vista de los gigantes algunos de los cuales aún la observaban ceñudos… aunque con más disimulo que antes para no provocar las iras de su señor–. ¿Es porque soy una mujer?
Loki negó con la cabeza, no parecía sorprendido en absoluto.
–Es porque eres asgardiana, querida. Los siervos que tenemos en casa ya están acostumbrados a tratar con asgardianos por la presencia de Amora y Lorelei, pero son la excepción. En el resto de Jotunheim, los asgardianos siguen siendo vistos con desconfianza y hostilidad. Pese a que tuvo lugar hace siglos, los jotnar aún se resienten de la aplastante derrota que les infligieron en la guerra entre Odín y Laufey.
Ella reflexionó sobre sus palabras, recordando el comentario de Fenrir minutos atrás sobre que sus congéneres le criticarían especialmente si le veían llevando sobre su lomo a un asgardiano.
–Pensaba que ambos reinos estaban ya en paz. ¿No existía una tregua?
El dios del engaño soltó una carcajada.
–Amada, eso de la tregua no es más que una farsa. Oficialmente existe tregua, si lo recuerdas fui yo mismo quien la gestionó, pero no son más que unas firmas sobre un papel sin valor alguno. Como casi siempre en política, lo que deciden los gobernantes no refleja en absoluto el sentir de los pueblos. Los gigantes de hielo nunca dejaron de odiar a los asgardianos y desear venganza por su derrota, algo que utilizaré a mi conveniencia –entrecerró los ojos con expresión calculadora.
–Pero para ellos tú también eres asgardiano –le recordó ella–. ¿O acaso conocen…? –se detuvo, sin saber cómo expresarlo.
–¿…Mis auténticos orígenes, quieres decir? –completó él con una maliciosa sonrisa– No, en absoluto. Para ellos soy un asgardiano traidor a su patria… –explicó, observando circunspecto a los obreros que se movían alrededor de ellos, unos seres con los que tenía más en común que con su propia esposa–. Obedecen mis órdenes porque les fui impuesto como Comandante por Helblindi, al menos en apariencia, ya que realmente fue al revés. Me odian y me desprecian, pero no tanto como lo harían si supieran que soy la semilla endeble y repudiada de su antiguo rey. Ahora mismo me consideran poderoso para ser asgardiano, pero si conocieran la verdad, puede que no quisieran luchar a las órdenes de un gigante de hielo débil.
–¿Y no piensas decirles nunca la verdad?
Él se encogió de hombros.
–No lo sé. Ahora mismo no, desde luego. Quizá más adelante, si surge el momento propicio. De todos modos, ahora me toleran, no sólo por contar con el respaldo de Helblindi, sino porque les estoy acercando más que nunca a su anhelada venganza contra Asgard. Pero independientemente de lo que sientan hacia mí, ¡tienen que aprender quién manda aquí! –alzó la voz de forma enérgica para ser escuchado por todos los que estaban a su alrededor.
Consiguió, aunque sólo a medias, el efecto deseado: los enanos siguieron un poco a lo suyo, ajenos al conflicto interracial y atentos a realizar su trabajo para ganar su cuantioso sueldo, pero los gigantes de hielo que los rodeaban volvieron a encogerse y reanudaron sus respectivas tareas con más vigor si cabía. Sin embargo, Sigyn pudo ver las expresiones de sus rostros y se dio perfecta cuenta de que distaban mucho de estar conformes con la situación.
–No tengas miedo –quiso tranquilizarla Loki, leyendo la tensión en su cara–, mientras yo sea la autoridad aquí, estás igual o más segura que entre los muros de Odín.
–No tengo miedo –repuso ella, si bien sólo era una verdad a medias. Todavía notaba las miradas hostiles sobre su piel, casi parecían quemar físicamente–, aunque tampoco es una sensación agradable. Es incómodo, como si me odiasen por el mero hecho de existir, como si… –se detuvo sin saber cómo explicarlo, pero Loki completó sus palabras:
–…Como si fueras una intrusa, ¿cierto?
Sigyn asintió, asombrada de que hubiese sido capaz de condensar de manera tan exacta sus sentimientos en una sola frase.
–¿Cómo lo sabes? ¿Acaso a ti también te ocurrió?
–Me ocurre todos los días, Sigyn. Durante mi juventud en Asgard, y también aquí en Jotunheim –su mirada vagó por el horizonte azulado de escarcha, perdida en sus recuerdos–. Nunca un verdadero asgardiano, pero tampoco totalmente un jotun. Pertenecer a dos mundos sin sentirse realmente parte de ninguno, es lo que Odín consiguió al robar un niño que no era de los suyos y criarlo sin decirle la verdad. En Asgard fue peor, porque no sabía por qué me sucedía eso. Siempre pensé que era culpa mía el no ser como los demás.
–Oh, Loki… –conmovida, Sigyn posó una mano sobre el hombro de su marido en un gesto de consuelo, pero él sacudió la cabeza con una sonrisa melancólica.
–No sufras por mí, amada, hace mucho que lo superé. Uno acaba acostumbrándose a todo, y el no tener auténticas raíces tiene sus ventajas. Mira a todos estos brutos… –señaló con un gesto a los obreros que se afanaban en la construcción–. En cierto modo soy como ellos, pero no me siento parte de ellos, y no me importa lo que les pase, ni tampoco a los asgardianos.
–Por lo que te dará igual sacrificarlos a todos con tal de conseguir tus objetivos –concluyó ella, y Loki asintió sosteniéndole la mirada con tranquilidad.
–Sí, así es. Si me veo obligado a ello, no me temblará la mano al hacerlo.
–¿Y qué ocurre con los mortales? –reflexionó Sigyn preocupada–. Ellos no tienen nada que ver en esta pugna entre Asgard y Jotunheim que ya dura siglos, ¿por qué tienen que sufrir también?
–Eso es diferente. Si fuesen un poco más listos, si se hubiesen postrado ante mí y me hubiesen adorado tal y como hicieron sus antepasados hace siglos, no tendría necesidad de exterminar a gran parte de su población para doblegarlos.
–Pero Loki, ellos… –trató de razonar ella, pero él la cortó enseguida:
–No intentes defenderlos, no lograrás convencerme. Les he dado muchas oportunidades para someterse en los últimos años y las han rechazado, ahora deberán afrontar las consecuencias –concluyó con dureza, y Sigyn suspiró. Cuando se cerraba de esa forma, ni los mejores argumentos del mundo conseguían hacerle cambiar de opinión.
–Ojalá que todo acabe pronto allí… y la transición se haga lo más rápida y lo menos dolorosamente posible –murmuró, aunque sabía que no sería así. Sintió una punzada de culpabilidad al imaginar lo que estaría ocurriendo en aquellos momentos en la Tierra, y al pensar cómo había contribuido ella a ese terrible panorama.
–Quisiera que tuvieras razón, pero por desgracia los mortales son rebeldes y testarudos, tanto como los jotnar. Por eso tengo que tratarlos con firmeza, tanto a unos como a otros, para reafirmar mi autoridad. Es lo que hablábamos esta mañana, Sigyn: la imagen lo es todo, y para que me respeten, debo darles una imagen a la que temer.
Ella escuchó cavilosa, mientras él continuaba su razonamiento:
–Soy duro, sí; y en muchas ocasiones incluso cruel, soy consciente de ello. Pero es lo que se espera de mí, lo que la situación me exige. Aquí en Jotunheim, sin ir más lejos, no puedo andarme con sutilezas. Ya has visto cómo me odian, cómo nos odian, pero se reprimen porque me tienen pavor. Si los tratase con compasión o delicadeza, lo interpretarían como una muestra de debilidad, y entonces se rebelarían contra mí y me despedazarían, a mí y a todos los míos. Mi proceder con ellos, que alguien con corazón blando podría calificar de despiadado, no es un simple capricho: es una cuestión de supervivencia.
Sigyn asintió.
–Pero eso seguramente se debe a una cuestión cultural, los jotnar son más duros e indómitos, como los antiguos espartanos mortales. En Asgard y en Midgard responderán mejor a la amabilidad que a los castigos, estoy segura. ¿O ya estás pensando en desdecirte de tu promesa de esta mañana? –inquirió, algo temerosa.
–No –aseguró él sonriendo–, no lo haré. Te di mi palabra y pienso cumplirla… –la atrajo hacia sí con expresión pícara–, aunque me la sonsacaras con malas artes.
–¡Con malas artes! ¡Serás caradura…! –intentó zafarse indignada, pero él no la dejó escapar.
–No es que me esté quejando –le susurró al oído de forma sugerente–. De hecho, espero ver muchas más de esas malas artes tuyas esta noche cuando volvamos a casa.
Pese a su irritación por la burla, ella no pudo evitar sonreír. Sin dejar de abrazarla, Loki se volvió de nuevo a contemplar la nave con el cariño y el orgullo de un padre:
–Entonces, dime sinceramente, ¿qué te parece? –le susurró, ávido como siempre de aprobación, de admiración– Estoy deseando conocer tu opinión.
–Pues me parece… –siguió su mirada, examinando el monumental conjunto. Si resultaba así de imponente cuando sólo estaba a medio construir, no quería imaginar cómo sería una vez finalizada– Me parece que Odín hará bien en tener preparada una provisión de ropa interior de repuesto para sus hombres –dijo finalmente, y ante la expresión interrogante de Loki ante su comentario, aclaró–. Porque todos se van a ensuciar los pantalones cuando vean esto.
Él respondió con una sonrisa divertida… y halagado como una doncella que recibe su primer cumplido.
–Vamos, no exageres… apuesto a que sólo lo dices porque es lo que quiero oír.
–En absoluto. Cada vez me alegro más de estar del bando de Jotunheim –afirmó ella con rotundidad–. Porque si ahora mismo estuviera en Asgard, y viera esto cargando contra nosotros, estoy segura de que me moriría de miedo.
Loki no podía estar más feliz.
–Entonces, ¿realmente estás en el bando de Jotunheim?
–Estoy del bando en el que tú estés, amor mío –aseguró ella, sosteniéndole gravemente la mirada–. Ahora y siempre.
Conmovido ante aquella nueva promesa de fidelidad, él no resistió al impulso de besarla de nuevo, aun delante de todos aquellos obreros. Pero su beso no duró más que un par de segundos, ya que en ese momento les sorprendió un extraño sonido por encima de ellos: un ruidoso aleteo acompañado de un profundo graznido. Ambos alzaron la vista y vieron sobrevolando sobre sus cabezas a un ave rapaz bastante grande. Los ojos de Loki resplandecieron ante aquella imprevista novedad.
–Noticias de Utgard –anunció.
Alzó su brazo derecho y el gran ave se posó sobre su muñeca obedientemente. Era muy hermosa: casi totalmente blanca, exceptuando sus alas y su cola, que estaban moteadas en negro. Con la otra mano, el dios empezó a registrarle las patas, acabando por extraer el pequeño pliego enrollado que estaba sujeto a una de ellas. Tras eso, levantó el brazo y el animal levantó el vuelo de nuevo, emitiendo otro graznido de despedida.
–Qué pájaro tan bonito –comentó Sigyn–. ¿Es un halcón?
–Un gerifalte –asintió Loki, mientras desataba y desenrollaba el pliego–. Es la especie que usamos aquí para enviarnos mensajes, las palomas no resisten este clima. Lo creas o no, el método tradicional acaba siendo el más seguro: las comunicaciones por vía mística o mediante Las Llamas de la Omnipresencia pueden ser espiadas mágicamente, pero nadie ha conseguido interceptar jamás a estas bellezas.
Leyó el contenido del papelito con gesto concentrado, acabando con un débil gruñido que Sigyn no supo interpretar si era de aprobación o disgusto. A continuación, sostuvo el papel entre sus dedos y en un segundo éste ardió, sujeto a algún tipo de combustión espontánea. Tras aquello, el dios del engaño se quedó muy silencioso, absorto en sus meditaciones.
–¿Son buenas o malas noticias? –quiso saber ella, algo preocupada.
–Depende de cómo lo mires –repuso Loki, aún pensativo–. Era un mensaje de Helblindi, han tenido respuesta al comunicado que les ordené que enviaran a Svaltarfheim. Malekith vendrá a Jotunheim a entrevistarse con él y conmigo, para coordinar estrategias de cara a la guerra inminente; y a mi cumplido hermano se le ha ocurrido preparar una recepción para él mañana por la noche.
–De modo que tendrás que ir.
–Tendremos, querida –corrigió él, y ante la sorpresa de ella, le explicó–. Esa recepción será una ocasión solemne, no muy diferente de los banquetes y eventos de protocolo a los que íbamos en Asgard. De forma que sería lo propio que, como esposa mía, asistieras tú también.
–Buff… –Sigyn resopló torciendo el gesto. La idea no le apetecía en absoluto: siempre había sido una persona más bien introvertida, y aquellas fiestas y actos en Asgard a los que había aludido Loki habían sido una de sus obligaciones como Princesa Consorte que más cuesta arriba se le habían hecho–. La verdad es que me da bastante pereza. ¿Yo tengo que ir necesariamente?
–Necesariamente, no. Ya te dije que jamás volveré a obligarte a hacer nada que no desees. Pero… significaría mucho para mí que accedieras a acompañarme –terminó diciendo con expresión zalamera. Sigyn levantó los ojos al cielo gris.
–Y ahora me vienes con chantaje emocional. ¿Quién de los dos es el que usa malas artes? –Loki no contestó, sino que alzó las cejas con una sonrisa esperando una respuesta, y ella finalmente se rindió– Está bien, iré –cedió, arrastrando cansinamente las palabras, y la sonrisa del dios se amplió, como si dijera "Ésa es mi chica".
–Te lo agradezco –volvió a atraerla hacia así y la besó en la mejilla–. Y no debes preocuparte: no será en absoluto tan prolongada o populosa como las fiestas asgardianas. Habrá muy pocos asistentes: nosotros, incluyendo a los chicos si quieren venir; Malekith y su séquito y Helblindi junto con algunas personas de confianza de la Corte. Y no sé si llevar a Amora también, tendré que pensármelo. Ella es una baza para mí y no quiero tenerla cerca de Malekith.
–Veo que para ser aliados, no te fías mucho de él –observó Sigyn, recordando que no era el primer comentario en ese tono que oía de su marido.
–No, y cuando le conozcas, mañana en la recepción, entenderás por qué.
–¿Cómo es Malekith? –preguntó ella, curiosa.
–Dicen que es un gran caudillo, un astuto hechicero de inmenso poder –empezó él bastante diplomáticamente–. Pero si quieres saber mi opinión, creo que es el hijo de perra más ambicioso, perverso y traicionero con el que me he topado nunca.
–Qué curioso: había oído antes esa definición, pero no aludiendo a Malekith precisamente –bromeó la asgardiana.
–Ja, ja, ja –Loki no pareció divertido–. Podemos tener métodos similares, pero te aseguro que yo soy inofensivo como un bebé en comparación con ese brujo. Yo puedo ser duro y mi moral cuestionable en bastantes ocasiones, pero tengo mis límites. Él no conoce ningún límite. No reparará en maquinaciones ni en medios para llevar la oscuridad a todos los Reinos que conquiste.
El matrimonio paseó tomados del brazo, mientras él relataba:
–Después de que te marcharas a la Tierra, me quedé sin apoyos tanto aquí como en Nornheim, de forma que me vi obligado a buscar otros aliados. En mi mente, Svartalfheim siempre fue una opción factible, pero cuando éramos jóvenes Malekith y yo fuimos rivales en cuestiones de magia e incluso alguna vez llegamos a enfrentarnos, por lo que nunca contestó a mis ofrecimientos de asociarnos. Pero en algún momento, cuando me convertí en Comandante de Jotunheim, debió ver que podía conseguir más trabajando conmigo que solo, porque pareció cambiar de idea y accedió a una alianza con nosotros. Desde entonces, cada uno ha estado preparando sus ejércitos por su cuenta y prácticamente no nos hemos visto, sólo hemos hablado por carta. Mañana será, por fin, cuando nos veamos cara a cara para una puesta en común de nuestras estrategias. Es por eso que esta reunión será primordial.
«Supuestamente existe un trato provisional por el que, si tenemos éxito, nos repartiremos los Reinos conquistados, pero tendremos que confirmarlo mañana. Y aun así, ya veremos si después lo respeta… ¿te he dicho ya que no confío en absoluto en ese tipo? Apostaría cualquier cosa a que en secreto tiene sus propios planes, planes que incluyen intentar jugármela y quedarse con todo.
–¿Y tú no tienes unos planes similares?
Loki le dirigió una significativa mirada acompañada de una maliciosa sonrisa.
–Digamos que ahora mismo me interesa contar con su respaldo y sus ejércitos, así que por el momento me avendré a algo que nunca me ha gustado, que es jugar en equipo –fue cuanto dijo–. Veremos lo que ocurre más adelante.
Sigyn sacudió la cabeza. Sólo alguien como su marido era capaz de formalizar una alianza así, en la que ninguno de los dos miembros se fiaba del otro y donde ambos estaban dispuestos a traicionar al otro a la primera de cambio.
–Bien, demos por terminada la visita –decidió Loki–. Voy a llevarte a casa.
–¿No tenías que quedarte a controlar las obras? –se extrañó ella, pero el dios hizo un gesto negativo.
–En teoría sí, pero después de recibir el mensaje de Helblindi, hoy voy a regresar más temprano para empezar a preparar la reunión de mañana. Fenrir se quedará en mi lugar –alzó la vista para buscarlo, y no tardó mucho en localizarlo sobre uno de los andamios, dando instrucciones a unos obreros–. Él conoce las obras casi tan bien como yo mismo o Eitri.
En pocos minutos, Loki hizo venir a su hijo y le puso al corriente de la situación. El licántropo alzó las cejas impresionado cuando oyó mencionar al caudillo svartálfar.
–Vaya… Malekith –comentó–. Al fin le conoceremos.
–Sí, y yo tengo que marcharme ya. Te quedas al cargo a partir de ahora. Ayer Eitri y yo ya dejamos preparado el diseño del sistema de refrigeración, de modo que tú sólo tienes que supervisar que se sigan los planos al pie de la letra cuando lo instalen. Si surge alguna incidencia o hay el menor cambio, contactas conmigo de inmediato.
–De acuerdo –asintió el joven, y se despidió del matrimonio.
Sin más dilación, Loki abrazó estrechamente a su mujer y teletransportó a ambos de vuelta a su dormitorio de Glaesisvellir. El hechizo de teleportación aturdió bastante a Sigyn –de forma no muy diferente a si hubiera montado en la Bestia de Hielo–, pero se sintió agradecida de haberse ahorrado horas de viaje con el cortante viento helado en la cara, y en cambio encontrarse al momento en sus cálidas y seguras habitaciones.
–Oh… –algo mareada, se tambaleó ligeramente al caminar hacia la cama para sentarse.
–¿Estás bien? –se preocupó su marido, pero ella le quitó importancia con un gesto de su mano.
–Sí, tranquilo. Sólo es cuestión de que me acostumbre a esto, pero aun así ha sido mucho mejor que la ida. Algún día tendrás que enseñarme ese hechizo.
–Ahorra mucho tiempo, ¿verdad? –sonrió Loki– Si de verdad te encuentras bien, tengo que ir a mi despacho. He de redactar ahora mismo una contestación para Helblindi confirmándole nuestra asistencia para mañana.
Sigyn se esforzó en sonreír para mostrarle que se había recuperado totalmente.
–Claro, ve.
Una vez sola, se levantó y comenzó a desvestirse. Aunque le habría venido mejor tumbarse a descansar, en la fortaleza hacía más calor que afuera y se asaría si seguía llevando aquellas ropas tan extremadamente abrigadas, de modo que lo primero era cambiarse. Con movimientos lentos y pausados, empezó a quitarse la capa de pieles y el grueso vestido de lana; y cuando estaba sacándose las botas con suelas claveteadas, llamaron a la puerta.
–¡Adelante!
Tras solicitar permiso, Gerda entró llevando entre sus manos una bandeja con una taza humeante y una jarrita de plata.
–Buenas tardes, mi señora; cuando he visto al amo en los pasillos supe que ya habíais regresado vos también. Os traigo la infusión que me pedisteis esta mañana.
–¡Ah sí, el té de lavanda! Gracias, querida –le sonrió la asgardiana. Después de haber descubierto cómo se sentían los jotnar respecto a los de su raza, apreciaba aún más su simpatía. La sirvienta dejó la bandeja en la mesita y se retiró con una leve reverencia.
Ya con ropas algo más ligeras –que seguían siendo invernales, pero no tan gruesas–, Sigyn se dirigió a la mesita y tomó la taza entre sus manos, soplando levemente la superficie. El olor fragante de la lavanda y el tacto caliente de la taza entre sus dedos aún entumecidos por el frío resultaban sensaciones muy agradables y familiares, que parecían darle la bienvenida de vuelta al hogar. La jarrita de plata que había al lado de la taza contenía miel, y Sigyn usó un poco para endulzar su bebida. Sin embargo, cuando fue a llevársela a los labios, tuvo que apartarla de nuevo con un apagado quejido: estaba demasiado caliente.
Encogiéndose de hombros, dejó la taza de nuevo sobre la bandeja: tendría que esperar un par de minutos a que se enfriara un poco y la temperatura fuese más aceptable. Además, antes de relajarse con su té había otra cosa que tenía que hacer de forma urgente: Sigyn solía preguntarse por qué Loki y otros asgardianos se empeñaban en considerarse a sí mismo dioses, cuando la prueba más evidente de lo contrario era que tenían las mismas necesidades biológicas que los mortales. Sin embargo, antes de que pudiera poner un pie en dirección al cuarto de baño, volvieron a golpear la puerta y esta vez –y sin esperar respuesta para variar–, entró su hija, llena como siempre de entusiasmo y energía juveniles.
–¡Hola, mamá!
–Hola, cielo –feliz de verla, la estrechó entre sus brazos. Después de no haberla visto en todo el día, la había echado de menos.
–Acabo de ver a papá y me ha dicho que acababais de volver, así que he pasado a saludarte antes de la cena. ¡Pero no me dijiste que ibas a visitar las obras de la nave! –protestó mimosamente– Me habría gustado ir con vosotros.
–Porque surgió de forma improvisada –explicó Sigyn–. Además, no habría querido interrumpir tus clases con Amora. ¿O también te aburres como en el instituto de Nueva York y buscas formas de hacer novillos?
–Ni hablar, la magia es lo más apasionante que he estudiado nunca –replicó la joven, abriendo mucho los ojos para enfatizar sus palabras–, pero también tenía mucha curiosidad por conocer la nave de papá.
–Tu padre te llevará un día de éstos –le prometió ella–. Y ahora, si me disculpas, debo hacer una cosa "que nadie más puede hacer por mí" –dijo, usando una locución que ambas solían emplear en la Tierra en ese tipo de situaciones. Sylene sonrió, indicando que había comprendido.
–Claro mamá, ve.
Con cierta celeridad –ya la urgencia empezaba a ser un poco más que acuciante–, Sigyn se encaminó hacia el cuarto de baño, pero antes de entrar vio que Sylene se dirigía hacia la mesita y se inclinaba, curiosa, sobre la infusión traída por Gerda:
–¿Y qué es esto que huele tan bien?
–Es té de lavanda –explicó Sigyn apresuradamente mientras entraba en el baño, pero su hija aún tenía otra pregunta que hacerle:
–¿Puedo probarlo?
–Por supuesto cariño, sólo ten cuidado, no vayas a quemarte –respondió ella mientras cerraba la puerta del baño. Mientras se apartaba las ropas, oyó la voz entusiasta de la muchacha a través de la puerta:
–¡Oye, esto está buenísimo!
Y Sigyn, con el instinto que lleva a toda madre a quitarse la comida de la boca para dársela a sus hijos –algo que había hecho literalmente más de una vez en la Tierra, durante sus años más precarios allí–, contestó en voz alta y sin pensar:
–Pues tómatelo entero si te gusta, ya le diré a Gerda que me traiga más.
No oyó réplica por parte de Sylene, por lo que supuso que había aceptado su ofrecimiento, pero tampoco reflexionó mucho más sobre ello. Tras desahogarse, se dirigió al lavabo para lavarse las manos, y mientras lo hacía contempló su reflejo en el espejo. El clima helado de Jotunheim sentaba bien a su tez, el frío le afinaba la piel y le sonrosaba las mejillas haciéndola parecer más joven; pero le dejaba el pelo hecho un desastre: apelmazado por la humedad y la capucha de su abrigo y revuelto por el viento invernal. Tendría que hacer algo con él de cara al día siguiente.
–Por cierto, ahora que me acuerdo –comentó alzando la voz para que Sylene la escuchara–, no sé si tu padre te lo ha mencionado, pero tenemos un importante evento mañana en Utgard. Tendremos que pensar qué nos ponemos; espero que me aconsejes, ya que tú siempre has tenido mejor gusto para la ropa que yo.
Hizo una pausa aguardando la respuesta de su hija, pero ésta no se produjo. Aquello extrañó un poco a Sigyn, ya que a Sylene le encantaba la moda, y desde que era pequeña solía dar consejos sobre ropa a su madre. Por eso, Sigyn había esperado una reacción entusiasta por parte de la joven ante su petición de ayuda, por lo que le extrañó su silencio.
–Sylene… –dijo mientras salía del baño–, ¿has oído lo que te he dicho?
Sin embargo, tanto la pregunta como cualquier otra consideración quedaron olvidadas, relegadas a un millón de kilómetros, cuando la asgardiana vio el cuadro que se presentaba ante sus ojos:
La taza y el platito de porcelana habían rodado sobre la alfombra de piel de oso, manchándola de líquido violáceo. Sylene permanecía de pie, pero se había llevado las manos a la garganta, como si estuviera asfixiándose, y de sus labios sólo surgía una serie de sonidos inarticulados y espeluznantes. Era como si alguien le hubiese arrancado de cuajo la facultad de hablar.
Sigyn sintió que el corazón quería salírsele por la boca de la angustia.
–Hija… –murmuró con un hilo de voz–, ¿qué te pasa?
La muchacha la miró de una forma que hubiera helado el alma de cualquier madre: doliente, indefensa, y también estupefacta por no comprender lo que le estaba pasando. Dejó de agarrarse la garganta y extendió los brazos hacia Sigyn, suplicándole que acudiese en su ayuda, y ésta pudo ver que le temblaban, presa de estremecimientos incontrolables. Sylene aspiró una bocanada de aire, haciendo un esfuerzo sobrehumano por hablar, pero sólo consiguió articular dos sílabas estranguladas:
–…Ma… má…
Y, sin más, se desplomó inconsciente en el suelo.
¡Por fin puedo volver a actualizar! A estas alturas, ya estaréis acostumbradas a mis continuos retrasos, pero aun así os pido disculpas una vez más, por ésta y por todas las veces que haya en el futuro. No sé si la calidad del capítulo haya hecho que os merezca la pena la espera, ojalá sea así.
La primera escena (el lemon en la bañera), aunque no lo parezca, es algo más que puro fanservice. Muestra también el cada vez más acusado cambio ideológico de Sigyn respecto a los planes de su marido, aunque en ella comienza con un enfoque diferente, más idealista (algo a lo que sin embargo he hecho alusiones veladas un par de veces tanto en DF como en Early Winter). Tanto esa conversación como, en general, toda la interacción Loki/Sigyn del capítulo, con confesiones y planes de futuro de por medio, refleja una complicidad entre ambos cada vez más profunda, y que trasciende el simple vínculo sexual o incluso romántico. Es, como dije, una relación de confianza, de igual a igual aunque respetando las personalidades de ambos (sobre todo el difícil carácter de Loki), la clase de relación que siempre quise que hubiera entre ellos.
El núcleo central del capítulo, sin embargo, es el avance de los planes de guerra de Loki mediante la presentación de Naglfar (o al menos, el WIP de ésta) y el planteamiento de la reunión con Malekith. La descripción de los exteriores de Jotunheim y, en especial, todo lo que rodea las obras de Naglfar, son las escenas culpables de la mayor parte de mis atascos en este capi, espero que hayan resultado creíbles. En mi imaginación, Naglfar es una nave como las de las pelis de ciencia ficción pero con una estética vikinga, y estuve mucho tiempo buscando fuentes de inspiración. Finalmente encontré en dA un diseño que me encantó, aunque no es profesional: su autor se llama Justin Prokowich. Como los enlaces aquí no se muestran, os animo a que busquéis en el buscador de deviantArt "Naglfar, Viking Vessel" (aunque en mi imaginación el color es distinto).
En cuanto al funcionamiento de la nave, etc. fue otra de las cosas en las que me rompí la cabeza, porque quería que fuese algo diferente de la antimateria que aparece en la mayoría de las pelis de ciencia ficción. Finalmente me decidí con algo que parece de ciencia ficción, pero que existe actualmente, y que se está desarrollando como lo último en tecnología aeroespacial: el denominado "Motor de magnetoplasma de impulso específico variable" o VASIMR (combinado con algunos detalles salidos de esta cabecita totalmenteignorante en este tipo de cuestiones científicas).
Otro concepto que quería establecer eran las tensiones raciales que aún existen entre asgardianos y gigantes de hielo, que tienen dos finalidades: constituirán un recurso argumental futuro; pero también tienen el propósito de hacer sentir a Sigyn como pez fuera del agua, lo que la hará comprender cómo se sentía Loki en Asgard. Ambos experimentarán, a su manera, lo que es intentar pertenecer a dos mundos tan diferentes y enfrentados, viéndose rechazados por ello.
Ah, y aunque supongo que no hace falta decirlo, los hrímdyr son esas bestias gigantes que aparecen en la secuencia de Jotunheim de la primera película de Thor y en la post créditos de TtDW. El nombre es inventado, no es más que una traducción chapucera al nórdico antiguo del nombre oficial que le dan en el MCU, que es Bestia de Hielo.
Sobre Malekith, por fin lo veremos en siguientes capítulos, pero antes quería advertiros una cosa: tenía la idea de incluir a Malekith en el fanfic mucho antes de que anunciasen que sería el villano en TtDW (si no me creéis, releed el capítulo 38 de EW, publicado a mediados de 2011, antes incluso de que se estrenase Avengers), por lo que mi idea de él es algo diferente de la que salió en la película, más cercana al cómic que es donde me inspiré. Intentaré combinar ambos conceptos cuando llegue el momento de escribir sobre él, pero puede que aun así quede un poco OoC respecto a la película, ya lo iremos viendo.
Y respecto al final… sorry, hacía unos cuantos capítulos que no acababa con cliffhanger y lo echaba de menos (qué mala soy XD). En el capi que viene veréis qué le ha ocurrido a Sylene y por qué, pero podéis suponerlo y seguramente no os equivocaréis: al menos en esto, no he planeado ningún giro argumental raro (lo cual no quiere decir que no vaya a haber sorpresas en otros aspectos ;) ).
Me despido, no sin antes agradecer nuevamente y con millones de gracias a todas las lectoras, en especial a las que invierten su valioso tiempo en dejarme comentarios: saber que esta historia sigue interesando es mi mayor motivación para continuar a pesar de todas las dificultades que tengo para ello.
Ah, ¡y un muy feliz cumpleaños a Tom Hiddleston, por supuesto! (e igualmente, aunque con cierto retraso, a Rachelle Lefevre, mi actual FC de Sigyn para la historia). ¡Besos y hasta la próxima!
