–38–
La sangre se heló en las venas de Sigyn. O tal vez hirvió. En su mente y en su pecho volvieron a repetirse los mismos desgarradores sentimientos de indefensión, celos y puro odio de tantos años atrás en una situación similar en Asgard, como si todos los años y experiencias transcurridas se hubiesen borrado de un plumazo. Sintió deseos de llorar, aunque ya no era la dama sumisa de entonces que se conformaba con llorar. Lo que en verdad quería era encontrar a Loki, estuviera o no con Angerboda, y molerlo a bofetadas por obligarla a pasar por aquello otra vez. Pero como eso tampoco era posible –no iba a perder el tiempo ni el decoro buscándolos por todo aquel helado palacio–, optó por la única solución que le pareció medianamente digna en ese instante: tragarse su bilis y marcharse. A ese condenado dios del engaño ya le ajustaría las cuentas a su debido momento.
Pese a que intentó disimular, no pudo evitar que su hijastro se fijase en lo alterada que estaba, y se acercó hasta ella, preocupado.
–¿Estás bien?
–No –por más que lo intentó, no consiguió mantener un tono de voz normal. En su lugar, le salió un graznido nasal muy próximo al llanto–. Fenrir, ¿podrías convocar el portal y llevarme a casa?
El joven dudó.
–Pero padre…
–¡Tu padre no está aquí, y tu madre tampoco! –prorrumpió ella con rabia– ¿Qué crees que significa eso?
–Oh –Fenrir suspiró, percatándose de la comprometida situación–. Escucha, tal vez no sea lo que piensas. ¿Por qué no esperas a que él vuelva y te aclare…?
–¡No! –exclamó, tan alto que por un momento atrajo las miradas de los presentes sobre ella. Dándose cuenta, se obligó a bajar la voz y disimular– No pienso quedarme para ser insultada otra vez, nunca más. Si no quieres llevarme, le pediré a Helblindi que me preste un trineo tirado por hrímdyr para volver a casa a la antigua usanza.
–Eso sería una estupidez. Son varias horas de camino y por muchas pieles que lleves, no serías capaz de soportar las temperaturas nocturnas del exterior.
–Entonces llévame tú, por favor –le suplicó ella con voz quebrada–. No quiero estar aquí.
Tras otro momento de vacilación, Fenrir accedió con un nuevo suspiro. Intuía que se avecinaba una nueva tormenta entre el matrimonio y de ocurrir, era preferible que tuviese lugar en su hogar, donde Malekith no pudiese verlo.
Pero antes de partir, por pura cortesía y por no quedar como una maleducada, Sigyn se obligó a despedirse de Malekith y Helblindi. Ambos, al igual que Amora, se extrañaron de que quisiera marcharse sin Loki, pero ella adujo astutamente que se encontraba muy preocupada por el estado de su hija convaleciente, lo cual era cierto, aunque no fuera el verdadero motivo de su marcha. Ellos lo aceptaron sin poner demasiadas objeciones. Seguramente sospechaban que no era más que una excusa –sobre todo viendo la palidez y la voz temblorosa de la mujer–, pero habría sido descortés cuestionarla. Y en el fondo, a esas alturas a Sigyn ya le importaba muy poco lo que pensasen de ella.
El rey jotun la despidió de nuevo con aquel caballeroso amago de besarle la mano sin llegar a rozarla, comentando que había sido todo un placer conocerla. Malekith, en cambio, sí la tocó al besar su mano; de hecho prolongó el contacto de sus labios sobre su piel durante un par de segundos más de lo estrictamente correcto, lo que la hizo sentir algo incómoda.
–Milady –dijo mirándola intensamente con sus extraños ojos, como si quisiera grabar todos sus rasgos en su memoria–. Ha sido una velada deliciosa, y en gran parte gracias a vos. Ojalá pueda volver a veros pronto.
–Lo mismo digo, Lord Malekith –repuso ella con la mayor corrección que pudo dentro de su agitado estado emocional, pese a que su educada respuesta no podía estar más lejos de la realidad. El caudillo svartálfer, pese a su inteligencia y modales exquisitos, le ponía los pelos de punta, no por su rostro deformado o su tenebrosa apariencia sino por algo mucho más subjetivo e intangible. Su tendencia a menospreciar sutilmente a Loki y su inexplicable interés en ella eran dos aspectos que la inquietaban bastante, aunque también tenía mucho que ver el hecho de que hubiese traído consigo a Angerboda. Eso era algo que jamás le perdonaría.
Apenas unos minutos después, en la oscuridad apenas iluminada con antorchas del salón de Glaesisvellir destellaron los chispazos azules que indicaban que volvía a abrirse el portal interdimensional, y al instante siguiente éste fue franqueado por la asgardiana y su hijastro, regresando desde Utgard.
–Gracias –suspiró Sigyn–. No podía permanecer en ese lugar ni un segundo más.
–Sigo pensando que te precipitas al desconfiar de padre… –comenzó el licántropo, aunque decidió callarse al ver la fulminante mirada de ella–… pero claro, haz lo que consideres.
–Te agradezco que me hayas ayudado a regresar, pero te estaría aún más agradecida si no te metieses en asuntos que no te conciernen –replicó ella con voz gélida. El joven, en lugar de ofenderse, se echó a reír.
–"Tú ocúpate de tus asuntos" –remedó con una cómica voz grave–. Ya ves, incluso hablas igual que él. Aunque no lo parezca, sois tal para cual.
–Yo… –Sigyn bajó la vista avergonzada–. Lo siento. Eres muy amable conmigo y lo último que querría es pagar contigo mi malestar.
–Bah, ya estoy acostumbrado –él le quitó importancia con un gesto de su mano–. Escucha, tengo que regresar para despedirme apropiadamente de Helblindi y de Malekith, y para traer a Amora por si padre… tarda… –se dio cuenta de lo que implicaba su última frase y se aclaró la garganta incómodo–. Esto… nos vemos mañana.
–Está bien –asintió ella, pero cuando él le dio la espalda para volver a convocar el portal, recordó una idea que llevaba circulándole por la cabeza durante toda la noche y lo llamó por última vez–. Fenrir, ¿puedo preguntarte algo?
–Claro, ¿de qué se trata? –dijo éste, volviéndose hacia ella.
–¿Es verdad que tu hermano odia a los asgardianos?
–Bueno… –se encogió de hombros–. No le gustáis mucho, es cierto. De hecho, no le gusta ninguna otra especie que no sea la nuestra.
–Entonces, ¿por qué está tan deseoso de que le confieran el gobierno de la Tierra?
–Ah, eso. Verás, se trata de una cuestión logística. Cuando Jormungand se convierte en serpiente, le cuesta moverse por tierra firme, por su gran peso. El hielo de la superficie de Jotunheim ayuda, desde luego… pero su medio natural es el agua. En Jotunheim no hay tanta agua en estado líquido: la mayoría de nuestra agua se encuentra en grandes bloques de hielo, y los pocos mares y lagos que hay son demasiado pequeños como para que se pueda mover con comodidad. En cambio, en Midgard, casi tres cuartas partes del planeta son agua, y sus océanos son inmensos. Eso es como el paraíso para él.
Sigyn escuchó la explicación de su hijastro con bastante inquietud.
–Pero esa agua, exceptuando la que rodea los polos, está a una temperatura mucho más cálida que la de aquí.
–Lo sabemos –asintió Fenrir–, por eso empleará el Cofre de los Antiguos Inviernos para enfriar el clima, no tanto como para que se hiele el agua pero sí como para estar cómodo. Así creará un Reino a su medida, como un nuevo Jotunheim sólo para él.
–Entiendo –ella asintió, meditabunda–. Bien, gracias de nuevo Fenrir. Puedes regresar.
–Que descanses –le deseó el licántropo– Y ojalá que se aclaren las cosas con padre.
Sigyn casi ni se enteró de la partida del joven, demasiado absorta en la información que acababa de recibir. Casi le había hecho olvidarse de su enfado con Loki.
De modo que Jormungand, no contento con querer convertir a su hija en una jotun pura, también quería transformar la Tierra en un "nuevo Jotunheim", según las palabras de su hermano. Una cosa más de la que preocuparse… por si no tuviera ya bastantes.
–*–*–*–*–*–
Mientras tanto, en Utgard, el dios del engaño aún no se había enterado de la marcha de su esposa. Era cierto que se había escabullido de la fiesta junto con Angerboda para mantener una entrevista en privado, y en ese momento estaban teniendo un acalorado encuentro, aunque no de la naturaleza que Sigyn temía.
Se habían escondido en uno de los aposentos de una de las alas más retiradas del palacio, donde sabían que no serían molestados. En un primer instante, al verse a solas con él, la jotun lo observó con cierta ambigua expresión, como si su porte elegante y majestuoso de maduro líder la hubiera dejado sin aliento, como si aún lo deseara… pero si ése era el caso, Loki no le dio tiempo a manifestarlo. Lo primero que hizo fue aferrarle el cuello con una mano y empotrarla contra la helada pared. Angerboda no acusó dolor ni molestia por el violento trato, y casi creía que era su forma de iniciar un avance sexual tal y como ocurriera en el pasado, pero pronto se dio cuenta de su error cuando vio la mirada de desprecio en sus penetrantes ojos verdes.
–Que sepas que si no te mato aquí mismo, es sólo por Fenrir y Jormungand, bruja –siseó el dios, con la voz temblorosa por la rabia contenida. Ella le sonrió desafiante.
–Qué considerado.
–Provocarme con burlas es lo último que deberías hacer en tu posición. Te has escapado de mi ira durante muchos años y ahora apareces ante mí como si no ocurriera nada. ¿Crees que he olvidado que mis hijos murieron por culpa de tus consejos a Karnilla?
–¡Suéltame! –Angerboda se sacudió rabiosa– Yo nunca le dije a Karnilla nada sobre tus hijos. Sólo le dije que para herirte debía apuntar a tu corazón, pues era blando en lo relativo a tu familia. Y como se demostró, tenía razón.
–Ella no me lo contó así –replicó él con expresión feroz.
–¡Pues estaba mintiendo! ¿Por qué no la buscas y se lo preguntas?
–Si me conoces, sabes bien que Karnilla ya no se encuentra entre los vivos.
–Pues es una lástima, porque entonces tendrás que creer en mi palabra.
Loki la observó entrecerrando los párpados, intentando dilucidar si podía creerla, si cabía la posibilidad de que fuera Karnilla la que hubiese mentido. Aunque de ser así, ¿qué motivo habría tenido para ello, el de torturarlo aún más haciéndole creer que todos sus aliados lo habían abandonado? Probablemente nunca sabría la verdad.
–Aun así, aunque eso fuera cierto, algo que no puedes negar es que me traicionaste, poniendo a Byleist en mi contra.
–Sí, lo hice –admitió ella, agachando la cabeza–. No puedes culparme, me habías rechazado para quedarte con tu asgardiana. Me sentía despechada y actué impulsivamente, lo siento.
–¿Lo sientes? Retrasaste mis planes durante años, me costó horrores rehacerme y recuperar mis efectivos, todo por culpa de tu niñería y tus celos. ¿Y ahora simplemente dices que lo sientes?
–Lo hecho, hecho está –se excusó ella–. Además, ahora estamos en unas condiciones mucho mejores que si nos hubiésemos ceñido a nuestros planes originales con Byleist.
–¡¿Estamos?! –Loki soltó una carcajada: no podía creer lo que estaba oyendo.
–¡Sí, lo estamos! ¿Por qué crees que he reaparecido ahora, jugándome el cuello ya que sé lo mucho que te gustaría cortármelo? No es por ti, por si lo has pensado –añadió despectivamente–. Por mí puedes quedarte con tu muñequita asgardiana, ya no me interesas como hombre. Pero aunque ya no haya nada personal entre nosotros, seguimos compartiendo el mismo objetivo.
Él frunció el ceño, escuchándola atento.
–¿Y ese objetivo, es…?
–El mismo que tenía el rey Laufey en su momento: ¡restaurar la gloria de Jotunheim y hacer que nuestro Reino domine sobre todas las ramas del Yggdrasil! ¡Nuestro plan del Ragnarök sigue adelante! Deberías estarme agradecido, ya que durante estos años en el exilio te he estado ayudando desde la sombra.
Él le devolvió una mirada algo divertida pero sobre todo escéptica, como si dijera "vamos, no intentes tomarme el pelo".
–¡Es la verdad! –insistió ella– ¿Por qué crees que Malekith cambió de opinión respecto a formalizar una alianza contigo? Yo me disfracé de svartálfer y lo convencí.
–Me imagino los argumentos que usaste para hacerlo –repuso él desdeñosamente.
–Pues te equivocas. Confieso que lo intenté, pero ese brujo no tiene ese tipo de apetitos… –explicó algo incómoda–. De hecho, me descubrió pronto en mi disfraz, pero no eres tú el único con habilidad para la persuasión, Loki. Me escuchó atentamente y se interesó mucho por mi poder de precognición. Desde entonces soy una de sus consejeros.
–¿Se supone que eso debería tranquilizarme? –el dios se cruzó de brazos de forma displicente.
–Te repito que estamos en el mismo bando, aunque no lo creas –insistió Angerboda–. Nada me interesa más que ganemos la guerra, pues contigo en el trono de Asgard, Fenrir en el de Jotunheim y Jormungand gobernando Midgard, crearíamos una tríada de reinos que sobrepasaría incluso el poder de oscuridad que pueda conseguir Malekith.
–Entiendo –Loki se acarició la barbilla, pensativo–. Admito que tener un doble agente en Svartalfheim me sería muy útil, lo que ocurre es que se me hace extremadamente difícil volver a confiar en ti. Podrías ser una doble agente, pero al servicio de Malekith. De hecho, toda tu supuesta lealtad a Jotunheim podría no ser más que otra de tus mentiras.
–¡No miento! –exclamó ella enfadada y enfatizando cada palabra.
–¿De veras? Eso está por ver –la rodeó, observándola con expresión calculadora–. Por lo que has dicho antes, conservas tu poder de precognición. Estoy seguro de que estás al tanto de la profecía que dice lo que ocurrirá con Heimdall y conmigo.
Angerboda asintió.
–¿Y bien? –preguntó él– ¿No has tenido ninguna de tus visiones al respecto? ¿Sobreviviré o no?
Ella asintió de nuevo, sosteniéndole la mirada con seriedad.
–Sí –tragó saliva–. Vivirás.
Loki sonrió como riéndose de un chiste que sólo él comprendía, pero a continuación hizo el gesto de apretar el puño y de inmediato su antigua amante sintió que se asfixiaba.
–Una respuesta demasiado rápida –dijo el dios mientras apretaba–. Demasiado complaciente.
–¡Es la verdad! –se desgañitó ella, debatiéndose por librarse de la letal telequinesis de Loki. Finalmente éste la liberó y ella se apoyó contra la pared, jadeando–. Es la verdad… aunque lo cierto es que he recibido visiones confusas. En algunas mueres, mientras que en otras sigues vivo.
–Eso ya me gusta más –murmuró él, asintiendo ante el desconcierto de la jotun–. Es una buena señal, pues así es como tiene que ser. Está bien –habló más alto, dirigiéndose ya a ella–. Te daré el beneficio de la duda como favor a Fenrir y a Jormungand, y sólo porque me parece lógico que quieras estar de mi lado porque es así como saldrás ganando. Me informarás de todo cuanto decida Malekith, y ya decidiré si tus informes me resultan útiles. Pero no creas que has recuperado mi confianza: en cuanto tenga la menor sospecha de cualquier juego sucio por tu parte, te mataré.
Angerboda, que ya había recobrado la sangre fría, respondió con una sonrisa torcida.
–Me parece bien.
–Y una condición más, algo que voy a dejar claro desde el principio y que sólo te diré una vez. No me importa que sigas en contacto con nuestros hijos, pero nunca, ¿me has oído?, nunca te acercarás a mi esposa o a mi hija, ni harás o dirás nada para molestarlas. El numerito de hace un rato con Sigyn no volverá a repetirse. Como oses desobedecerme en este sentido, ni Fenrir ni Jormungand podrán salvarte de mi ira esta vez. ¿Me he expresado con claridad?
–Perfectamente –replicó ella–. Ya te he dicho que ellas no me importan. Por mí, puedes seguir jugando cuanto quieras al marido y padre perfecto –añadió burlona–. Lástima que el juego no te vaya a durar.
–¿Por qué dices eso? –ante el silencio de ella, volvió a agarrarla, esta vez por los hombros– ¡Responde ahora mismo!
Ella, que estaba intentando evitar su mirada, no tuvo más remedio que alzarla para encontrarse con aquellos ojos que la atravesaban como puñales.
–¡Está bien! He visto otra cosa sobre tu futuro, y tiene que ver con tu adorada Sigyn –hizo una pausa, pero un pálido Loki la conminó sin palabras a que continuara, así que prosiguió–. Esa mujercita en la que tanto confías, te traicionará.
En pleno shock, él la soltó riéndose por el mero absurdo de la afirmación.
–¿Cómo puedes… precisamente tú, acusarla a ella de traición?
–¿Ves? Por eso no quería decírtelo, porque sabía que no me creerías, pero no quiero que en el futuro puedas reprocharme el no haberte avisado cuando pude hacerlo. Tu bienamada asgardiana actuará a tus espaldas, no una ni dos sino tres veces. La primera sólo te molestará, pero lo dejarás pasar. La segunda te dolerá más, pero la perdonarás igualmente. Sin embargo, de la tercera… no te recuperarás.
–Eres completamente estúpida –espetó él–, creyendo que caeré en tus trucos para sembrar cizaña. Puedo dudar de todo, salvo de la lealtad de mi esposa. Y por tu bien, que sea la última vez que hablas en su contra.
Ella se cruzó de brazos, desafiante.
–El tiempo me dará la razón.
–*–*–*–*–*–
Sigyn suspiró al verse sola, con una mezcla de alivio y desaliento.
¡Qué poco habían durado los buenos propósitos de Loki! No hacía ni unas semanas que había regresado con él, y ya volvía a buscar los brazos de otras mujeres. Casi ni le sorprendía, sabía bien lo veleidoso que podía ser el llamado, con toda justicia, dios del engaño. Más que rabia hacia él, lo que sentía era enojo consigo misma por haber vuelto a caer en sus redes. Pero cómo resistirse a los encantos de un hombre tan fascinante, y más con la vehemencia con que le había suplicado una última oportunidad. La razón de Sigyn le había repetido hasta la saciedad que no debía dársela, pero como otras veces era la voz de su corazón lo que había acabado escuchando.
Y como las otras veces, había resultado ser un tremendo error. Aquello casi le hacía sentir más cansancio que pena.
¿Y ahora, qué hacer?, meditó tristemente mientras caminaba por el corredor a medias iluminado por las antorchas. ¿Marcharse, quedarse…? Lo que tenía claro era que no toleraría que las cosas volvieran a ser como en Asgard. Si Loki quería volver a tontear con otras mujeres como en aquel entonces, que lo hiciese, pero ella no se prestaría a ese juego. Lo único que la detenía de empacar unas pocas cosas y marcharse en ese mismo instante era pensar en Sylene. La muchacha estaba muy feliz con el regreso de sus padres, y no merecía sufrir por culpa de su vaivén sentimental.
Pensando en su hija, se dirigió hacia los aposentos que ocupaba para comprobar cómo se encontraba: aunque supiera que ya estaba prácticamente bien, la joven todavía se estaba recuperando de los efectos del veneno que había bebido por equivocación. Su salud y su bienestar eran lo más importante.
Saludó con un gesto a los guardias jotnar que custodiaban la puerta y entró en la estancia sigilosamente y con cierta sensación de aprensión. No podía olvidar que había dejado a su hija con Jormungand, y aunque él había jurado que jamás haría nada que lastimase a su hermana, Sigyn nunca volvería a sentirse tranquila cuando esos dos anduviesen juntos. No, después de lo que había averiguado sobre su hijastro aquella noche. Un racista antiasgardiano que pretendía convertir a la Tierra en un segundo Jotunheim…
Pero parecía que Jormungand se había marchado hacía bastante, pues la habitación estaba silenciosa, a oscuras y en perfecta calma. Sylene dormía profundamente en su cama, sin la menor señal de que la intoxicación hubiese dejado secuelas en su organismo. Tenía mejor color y aunque su tez seguía siendo pálida, era más su blancura natural que la lividez enfermiza que lo había marcado durante las horas que había pasado luchando por su vida: Sigyn era capaz de distinguir la diferencia. Contrastando con su enérgica actitud durante sus períodos de vigilia, cuando dormía Sylene irradiaba belleza, paz y serenidad, de forma muy parecida a su padre.
Volver a pensar en Loki la llenó otra vez de desasosiego. Se sentía demasiado exhausta –tanto física como emocionalmente– para confrontarlo esa noche y armarle un escándalo como le habría gustado. Sería mejor que descansase un poco, y tal como decía Scarlett O'Hara en la película, "mañana sería otro día". Por supuesto, no tenía la menor intención de dormir en la habitación del matrimonio, esa noche no quería verle la cara a Loki. Pasaría la noche con Sylene: su cama era lo bastante amplia para dos personas, y con el sueño tan pesado que tenía su hija, probablemente ni se daría cuenta de que dormía a su lado.
Aunque estaba el problema de la ropa. Aquel maldito vestido dorado era demasiado ajustado e incómodo como para dormir con él, y al ser Sigyn más curvilínea que su hija, ninguno de los camisones de la joven le serviría. Y dormir sin nada encima también quedaba descartado; no por tener a Sylene al lado, sino porque, con la tendencia de ésta a acalorarse y apartar las sábanas a la mínima, ella acabaría helándose.
No tenía más remedio que volver a sus aposentos, aunque sólo fuese un minuto, para recoger alguno de sus propios camisones. Tendría que ir rápido para no coincidir con Loki cuando regresase a casa… si es que llegaba a regresar en toda la noche, pensó acumulando aún más bilis.
Sin embargo, cuando por fin estuvo en su dormitorio, una especie de abúlica melancolía invadió su espíritu, impidiéndole hacer lo contrario de lo que tenía la intención de hacer: actuar con rapidez y pasar el menor tiempo posible allí. Aunque ya tenía el camisón en la mano, en lugar de marcharse como había pensado se sentó en la cama con otro largo suspiro, y se quitó la tiara y la dejó olvidada en su mesilla de noche como si fuese una de las diademas de tres dólares que usaba en la Tierra en lugar de la joya de incalculable valor que era.
Tuvo que hacer otro esfuerzo para reprimir las lágrimas al mirar hacia la chimenea –ahora apagada– y recordar todas las promesas que se habían hecho apenas unas noches atrás frente al fuego, entre besos y caricias. ¿Cómo podía Loki valorarlas tan poco como para olvidarlas sólo porque su antigua amante hubiese reaparecido en su vida?
Automáticamente se levantó, pero en vez de marcharse sus pies la encaminaron, como guiados por una voluntad propia, a la biblioteca. Tenía que volver a leer aquel condenado libro, tenía que comprobar que todo lo que habían hablado aquella noche no había sido un sueño.
Después de todo, pensó con desaliento, Loki no acababa de llegar, así que ya no estaba tan preocupada por coincidir con él. Era más que probable que pasase la noche fuera… igual que en Asgard.
–*–*–*–*–*–
–¿Cómo que se ha ido? –a Loki le costó decir aquello de forma medianamente discreta, en lugar de bramar iracundo como habría hecho de estar más en intimidad. Incómodo, Fenrir bajó la mirada y arrastró los pies como si no supiera qué hacer con ellos. Casi parecía un niño pequeño recibiendo la regañina de su padre, en lugar de un licántropo adulto y peligroso asesino.
–He tenido que llevarla a casa, padre. ¡Prácticamente me obligó! Estaba fuera de sí, temí que te montase una escena delante de los svaltárfar y nos hiciera quedar a todos en ridículo.
–Por todos los… –maldijo Loki y se llevó una mano a la frente, malhumorado y fatigado. ¿Por qué tenía que salirle todo mal? ¿Y cómo había llegado a pensar que Sigyn no se enteraría de que se había ausentado con Angerboda? Seguro que habría imaginado lo peor, y ahora a él le costaría horrores convencerla de lo contrario. Claro que el error había sido suyo por prestar oídos a la petición de su ex amante… no, el error venía de antes: mezclar lo personal y los negocios jamás había sido buena idea, algo que él nunca acabaría de aprender.
Dio órdenes al primer sirviente que pasó por su lado para que le trajera su capa: no iba a esperar ni un segundo más para regresar a su casa y arreglar todo aquel lío. Sin embargo, cuando éste cumplió la orden y Loki comenzó a invocar su poder de teletransporte, tuvo que detenerse al ver a Helblindi acercándose. Frunció el ceño: ¿qué querría ahora?
–Te estaba buscando, nadie sabía dónde te encontrabas hasta que he captado que activabas tus poderes –dijo Helblindi–. ¿Te marchas ya?
–Sí –contestó él con voz tensa–. Tengo problemas… familiares.
–Me lo imagino, pero tendrás que venir antes a despedirte de Malekith y su séquito.
Loki puso cara de fastidio.
–A decir verdad, no me apetece nada –Aparte de que le daba una pereza horrible, no quería perder ni un segundo más en cortesías con la misma gente que le había costado tantos disgustos con su mujer–. ¿Por qué no les dices que he tenido una urgencia con mi hija y que he tenido que marcharme repentinamente?
–El dios del engaño eres tú. Yo no pienso mentir por ti –contestó Helblindi. Loki, que no se esperaba esa respuesta del normalmente dócil jotun, se quedó un poco sorprendido, al igual que su hijo– Fenrir, ¿te importaría dejarnos a solas?
Éste asintió y se alejó para darles privacidad, y el monarca ciego prosiguió:
–Hermano… –sintió que Loki se tensó al escuchar aquello, y preguntó– ¿Te molesta que te llame así?
–Claro que no –mintió él, pues en realidad ese apelativo le transportaba a otros tiempos que le hacían sentir incómodo y nostálgico–. Mientras no lo escuche nadie que pueda poner al descubierto mi verdadera identidad, me da exactamente igual.
–Si es por eso, no debes preocuparte, los guardias más próximos están demasiado lejos para oírnos. Lo que iba a decirte es que recuerdo la primera vez que contactaste conmigo, hace quince años. Prácticamente me obligaste a aceptar la corona bajo amenaza de muerte.
Loki se cruzó de brazos de forma displicente.
–¿Acaso me guardas rencor por ello?
–En absoluto. Sólo estaba pensando que en aquella ocasión accedí a ser tu testaferro sólo para salvar la vida, pero ahora realmente creo en lo que hacemos. De hecho te estoy agradecido, pues me diste la oportunidad de hacer algo que jamás creí posible: no sólo transmitir la historia, sino formar parte de ella.
El dios se impacientó: no le gustaba perder el tiempo, y menos escuchando batallitas.
–¿Qué intentas decirme, Helblindi?
–Sólo te pido encarecidamente, como hermano tuyo y como responsable de este Reino, que recuerdes cuáles son tus prioridades. Por primera vez en milenios Jotunheim puede volver a ser lo que una vez fue. Tal vez empezases esto como una venganza personal, pero se ha convertido en algo mucho más importante. Más importante que tú, más importante que yo… y más importante que tu mujer.
–Nada es más importante que Sigyn –replicó él, enseñando los dientes en una agresiva mueca.
–Entonces no debiste haber empezado esto, poniendo a medio Yggdrasil en pie de guerra, ¿no te parece? –el jotun mostró una desvaída sonrisa irónica–. Me agrada tu esposa, de verdad, pero es un punto débil en tu motivación y en tus defensas. Si yo, un ciego, he podido darme cuenta, qué no habrá hecho Malekith. Y sabes bien que no siempre será nuestro aliado. Ten cuidado.
–Te agradezco el consejo, pero no debes preocuparte –contestó Loki fríamente–. Está bien, iré a despedirme de ese elfo engreído para que no tenga la menor queja, pero que sea rápido.
–Bien –Helblindi asintió complacido, y ambos hermanos se dirigieron de nuevo a la sala donde estaba el resto del grupo. Mientras caminaban, el monarca volvió a hablar– Hay algo que jamás te he contado… ¿nunca te has preguntado por qué nuestros destinos fueron tan diferentes? Por qué, habiendo nacido ambos defectuosos, yo por mi ceguera y tú por tu tamaño, tú acabaste en manos de Odín mientras yo fui criado como un príncipe.
–Es algo que no me preocupa –repuso el dios, fingiendo una indiferencia que no sentía–. A mí me abandonaron en aquel templo y a ti no. Qué importa la razón.
–Te equivocas –le contradijo Helblindi–. Yo también fui abandonado.
Loki detuvo sus pasos por la sorpresa, observando al jotun lleno de asombro. Éste sonrió por haber logrado penetrar en la coraza de impasibilidad de su hermano.
–Así es –continuó–. La tradición obliga a los jotnar, cuando sus retoños adolecen del menor defecto físico o mental, a exponerlos al viento y a la escarcha para devolverlos a nuestros espíritus antecesores. Laufey, nuestro padre, no podía ignorar tal tradición so pena de despertar la ira de su pueblo, pero cuando yo nací, nuestra madre, la reina Nal, le suplicó por mi vida, de modo que idearon un modo de salvarme sin que pareciera que desafiaba la ley.
Hizo una pausa y sonrió, como rememorando:
–Me habría gustado que la conocieras, me refiero a madre. Murió cuando yo era pequeño, pero recuerdo su dulzura y gentileza conmigo, y aunque nunca llegué a verla era famosa por su belleza y su elegancia. No tenía nada que envidiarle a la reina Frigga.
–¿Cómo murió? –preguntó Loki con un hilo de voz, pero Helblindi continuó la historia sin responder.
–Tal y como lo ordenan las costumbres, me dejaron expuesto en el Templo Sagrado de Utgard, pero esa misma noche madre regresó en secreto y me recogió, llevándome a una fortaleza alejada de todo, donde me crié y donde permanecí la mayor parte de mi vida, aislado del mundo pero sin ninguna privación. Byleist, nuestro hermano mayor, sí había nacido con todo lo que tenía que tener un príncipe de nuestra raza, por lo que él era el heredero legítimo al trono… y yo no constituía amenaza alguna para él. De todas formas, gobernar nunca estuvo dentro de mis ambiciones, como bien sabes.
»Cuando tú naciste, tan débil y diminuto, nuestros padres también se vieron obligados a exponerte e intentaron la misma estratagema que conmigo, pero en esa ocasión les salió mal, pues les pilló por medio la guerra contra Asgard. Los Aesir invadieron Utgard el mismo día que fuiste expuesto y Odín llegó con su hueste hasta el mismísimo Templo, donde te habían dejado. Cuando madre se enteró, corrió hacia allí para sacarte, pero era demasiado tarde –acabó–. Habías desaparecido.
Aunque Loki no replicó, su rostro demudado indicaba a las claras hasta qué punto le había afectado aquel relato. Recordó las duras palabras de Laufey hacia Thor, refiriéndose a Odín: "Tu padre es un asesino y un ladrón". Ahora sabía que no se refería sólo al Cofre de los Antiguos Inviernos. Entonces, ¿Laufey había tenido la intención de salvarlo, de quedarse con él?
¿Y él lo había asesinado en venganza por un crimen del que era inocente?
–Aunque nunca encontraron tu cadáver, todo el mundo dio por sentado que habías muerto con el resto de ocupantes del Templo –prosiguió Helblindi en voz baja–. Madre nunca lo superó. El haber perdido a uno de sus amados niños fue más de lo que pudo soportar, ni siquiera pensar en los otros dos hijos que le quedábamos fue suficiente para atarla a la vida. Simplemente… se apagó.
Después fijó sus ojos ciegos en Loki, como si realmente pudiera verlo.
–Ambos tenemos razones para tomar venganza contra Odín, hermano. Te serviré en todo lo que necesites y haré todo lo que me pidas, pero no me falles, no nos falles. Cuando llegue el momento, no te eches atrás.
–No me echaré atrás –prometió Loki muy serio, y se aclaró la garganta como si tratase de deshacer el nudo que se había alojado allí–. ¿Puedes… adelantarte? Enseguida me reuniré contigo para despedirme de Malekith.
Necesitaba aunque fuesen unos pocos segundos para digerir la amarga verdad que acababa de serle revelada.
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De pie frente al atril de ébano, Sigyn fue pasando las páginas de la Völuspá hasta llegar a la parte que tantas pesadillas le había producido. Ahí estaba: no había duda. Loki moriría, Thor moriría, y todo se consumiría. ¡Maldito libro agorero, y maldita Vidente!
Aunque no dejaba de estar furiosa por la práctica certeza de la traición de su marido, el corazón de Sigyn seguía rebelándose ante el destino vaticinado para él, sin importar que fuese un mentiroso o un adúltero. ¿Seguía siendo tan tonta como en Asgard o acaso era una señal de su inconsciente? Tal vez Fenrir tenía razón y se estaba precipitando al condenarlo, como había ocurrido aquella noche cuando descubrió a Lorelei en sus habitaciones. Si era así, había hecho el más espantoso de los ridículos marchándose de Utgard de forma tan desbocada, aunque eso era lo de menos, pues tampoco le importaba mucho lo que aquellas personas pensasen de ella. Si Fenrir tenía razón, estaba siendo extremadamente injusta con Loki, pero si éste era inocente, ¿por qué había desaparecido con Angerboda sin decirle nada? Aun en el mejor de los casos había sido horriblemente desconsiderado, ya que se había desentendido de lo que ella pudiera pensar o sentir ante su ausencia.
Todo lo que sabía era que seguía enfadada con él y aún tenía ganas de darle una buena patada en el trasero, pero la idea de que muriera le seguía provocando una horrible sensación en la boca del estómago. Quería que viviese, aunque fuese con la otra: en eso no habían cambiado las cosas. ¿Habría una manera de romper la profecía? Loki afirmaba que tenía un plan para ello, pero su intuición de mujer le decía que ese plan, además de oscuro y peligroso, no sería suficiente.
Como sumida en trance, retrocedió despacio hasta que su espalda chocó ligeramente con la estantería que tenía detrás, haciendo caer un polvoriento volumen de los anaqueles. Cuando se agachó a recogerlo, vio que se trataba de un libro de mitología griega, con leyendas inventadas por los midgardianos sobre unas deidades y unas épocas muy antiguas. De hecho, Sigyn había leído muchas veces esas historias en Asgard, tanto para sí misma como para sus hijos, y se había maravillado con la inventiva y la creatividad de los mortales.
Llevada por la nostalgia, abrió el libro y se dejó perder de nuevo en aquel mundo de fantasía lleno de amores y pasiones trágicas, y donde abundaban las traiciones, pero también las esposas fieles y abnegadas. Teniendo en cuenta que los mortales consideraban la historia de los asgardianos otro tipo de mitología, se preguntó si también conocerían su propia vida y si la considerarían otro de esos relatos fantasiosos. ¿Narrarían la historia de Sigyn, la diosa de la fidelidad, que se quedó a proteger a su esposo el dios timador del veneno de la serpiente? ¿Sería entonces la suya una más entre todas aquellas leyendas, era ella simplemente una más de esas encarnaciones de la lealtad conyugal? Mujeres como Penélope, que aguardó durante más de veinte años el regreso de Odiseo; o Laodamia, que se suicidó tras la muerte de su esposo en la guerra de Troya; o…
–¡¿Por qué demonios te has ido sin avisarme?! –la voz crispada de Loki a sus espaldas interrumpió su cavilación.
Por un momento Sigyn se sobresaltó, como siempre que su marido se teletransportaba y aparecía de la nada detrás de ella. Sin embargo, esta vez la ira superó a la impresión y le faltó tiempo para girarse hacia él, con un fuego asesino en los ojos y las mejillas arreboladas de pura rabia:
–¡Tú! –chilló y se lanzó hacia él, empujándolo hacia atrás con violencia– ¿Cómo te atreves siquiera a aparecer delante de mí después de lo que has hecho? ¡Embustero, malnacido, infiel! –lo insultó, acompañando cada adjetivo con un nuevo empujón. Él se dejó golpear e increpar sin decir nada, sorprendido por tanta agresividad, pero al oír el último apelativo su semblante se ensombreció.
–¿"Infiel"? –repitió con ofendida indignación– ¿Se puede saber a qué viene eso?
–¿Que a qué viene? ¿Acaso niegas que te escabulliste tras la reunión para verte a solas con Angerboda?
El dios emitió un suspiro fatigado. Indudablemente las cosas habían tomado el peor rumbo que podían hacer.
–No, no lo niego, pero sólo hemos estado hablando. Quería verla en privado para advertirle de que se mantuviera alejada de Sylene y de ti.
–Sí, seguro… sólo hablar –repitió ella con amargo sarcasmo–. Así lo llamas tú. Y yo tragándome el cuento de que "nuestro amor está escrito en las estrellas". ¡Pero no ha cambiado nada desde Asgard! Esa zorra aparece y te ha faltado tiempo para correr tras ella. ¡Al menos podríais haber esperado a tener más privacidad en lugar de hacerlo delante de todos!
Loki frunció el ceño ante la acusación.
–¿Cómo puedes creer que ella y yo…? Sigyn, pensé que habíamos dejado todo eso atrás, que confiabas en mí.
–¿Confiar en ti, en el dios del engaño? Desapareciste con ella sin darme la menor explicación, ¿tenías siquiera intención de decírmelo?
–Pues no, la verdad, ¡porque sabía que ibas a reaccionar exactamente como lo estás haciendo!
–¿Y cómo quieres que reaccione? Angerboda fue tu amante durante décadas, es la madre de tres de tus hijos –en sus ojos empezaron a aparecer lágrimas que se limpió con rabia–. Incluso puede que aún sientas algo por ella, por mucho que lo niegues. Pero ya no soy la Princesa sumisa y cobarde que lo aguantaba todo sin decir palabra. ¡Si quieres volver con ella, por mí está bien, pero no toleraré ni una sola humillación más! Cogeré mis cosas y las de Sylene y nos volveremos a Vanaheim, y…
Antes de que continuara su iracundo discurso, Loki la tomó de los brazos para detenerla.
–Sigyn… ¡Sigyn, basta! Mírame.
Ella enmudeció y fijó sus ojos llorosos en los de él, con una expresión dolida e indefensa que le recordó mucho a aquella solitaria Princesa de Asgard.
–Aunque soy el dios del engaño, no quiero que dudes de mis palabras: no ha pasado nada entre Angerboda y yo y no tengo la menor intención de volver con ella. No quiero volver con ella. Su aparición no cambia nada, todo es igual que hace unas horas, antes de salir hacia Utgard. Sólo te quiero a ti. Siempre te he querido sólo a ti.
Ella lo escuchó en silencio y no contestó nada, sólo bajó la vista al suelo avergonzada por su histérico arrebato. Al parecer estaba empezando a convencerla, pero entonces Loki, llevado por sus propios celos, no pudo evitar añadir más secamente:
–Además, me sorprende que te dieras cuenta de mi ausencia, ya que se te veía más que complacida con tu íntima conversación con ese media cara de Malekith.
Apenas hubo pronunciado esas palabras se dio cuenta del error que había cometido cuando ella volvió a encolerizarse y se apartó de él indignadísima.
–Ah no, no te atrevas a hacer eso. ¡Ni se te ocurra volver a hacerlo!
–¿Hacer qué?
–¡Acusarme de algo de lo que sabes que soy inocente para distraer la atención de tus faltas, igual que en Asgard!
–¡Igual no, esta vez yo también soy inocente! –replicó él, también a gritos. Con lo cerca que había estado de acabar con la discusión, y ahora el enfrentamiento era más encarnizado que nunca.
–"Esta vez" –repitió ella sardónicamente–, eso porque lo dices tú y tengo que creerte. ¡Pero yo lo he sido siempre! Sabes muy bien que si estaba siendo amable con ese grimoso individuo era por ti.
–¿Por eso dejaste que te toquetease? –él la atacó con los brazos en jarras, aludiendo al momento en que Malekith la tomó de la mano.
–¿Habrías preferido que le diese una bofetada?
–¡Sí! –exclamó sin pensar, pero enseguida se dio cuenta de que había dicho otra tontería. Si ella hubiese hecho eso, Malekith lo habría visto como un insulto y habría roto las negociaciones ofendido–… No. En realidad no.
Apagada parte de su furia, Loki se sentó en las escaleras y se llevó las manos al cabello para echárselo hacia atrás. Tras aquella noche tan tensa, se sentía mentalmente exhausto.
–Si no confiamos totalmente el uno en el otro, esto no saldrá bien –murmuró. Ella bajó la cabeza.
–Entonces debiste haber confiado en mí para decirme la verdad. Si sólo querías hablar con Angerboda en privado, debiste habérmelo explicado en lugar de simplemente desaparecer pensando que no me enteraría. No me habría hecho gracia, pero tampoco te lo habría prohibido. Y me habría evitado la tortura posterior de imaginarme mil cosas.
–Lo sé, supongo que me hace falta empatía –repuso él–. Soy experto en penetrar en la mente humana para provocar sufrimiento, pero no para lo contrario. Lo siento. Y sé que tampoco tengo derecho a reclamarte por lo de Malekith…
–No, no lo tienes –lo interrumpió ella secamente.
–…Pero me ponía enfermo ver cómo te miraba y pensar que te deseaba.
–¿Qué? –Ahora era Sigyn la que no podía salir de su asombro– ¿Crees que él se interesaba por mí… de esa forma? Es lo más ridículo que he oído nunca. ¡Es un elfo, Loki! Todo el mundo sabe que las elfas, tanto de la luz como de la oscuridad, son los seres más hermosos y gráciles de los Nueve Reinos. ¿Entonces, cómo va a fijarse un elfo en una mujer de otra especie? A los ojos de Malekith, no debo resultar más atractiva que una mula. ¿Cómo se te ocurre que podría sentirse atraído por mí? –se echó a reír ante aquella idea que encontraba de lo más absurda, aunque a Loki no le parecía tan gracioso. Sin embargo, recordó las palabras de Angerboda sobre que el svaltárfer "no tenía ese tipo de apetitos".
–Si es así, ¿por qué no dejaba de mirarte, de hablar contigo, de buscar tu compañía?
–La verdad, no lo sé –admitió ella–, yo soy la primera sorprendida. Aunque, ahora que lo pienso, creo que quería lo mismo que Angerboda ha intentado conmigo: ponerte a prueba, ver hasta qué punto podías aguantar una provocación. Seguro que estaban compinchados, y los dos hemos caído como idiotas. Ese hombre no es tu amigo, Loki, es muy peligroso.
Él alzó los ojos al cielo como si aquella afirmación le hubiese parecido tonta por su obviedad.
–No me digas. ¿Crees que no lo sé?
–¿Entonces por qué sigues empeñado en forjar una alianza con él?
–Porque aunque Jotunheim tenga un gran ejército, Asgard sigue siendo tecnológicamente muy superior. Ni siquiera las armas que fabricamos en la Tierra pueden igualar las asgardianas, salvo las nucleares, y no puedo usar ésas en Asgard sin volver inhabitable todo el Reino. Tampoco puedo contar con los enanos, que se centran más en ingeniería y minería y sólo crean diseños armamentísticos a pequeña escala. Los únicos que están tan avanzados en tecnología bélica como para competir con los Aesir son los elfos oscuros, por eso los necesito.
Ante aquel argumento, Sigyn no podía seguir insistiendo en que dejase de lado aquella alianza que parecía tan necesaria, aunque siguiese dándole mala espina.
–Entonces debes tener mucho cuidado con Malekith –le rogó mientras se acercaba a él y lo tomaba de las manos, muy seria. El orgullo de Loki se rebeló, como si tanta preocupación implicara que ella lo subestimaba.
–Que tenga cuidado él conmigo –siseó altivamente–. Ese majadero se cree muy listo intentando manipularme. Pero quien juega con fuego acaba quemándose, y si vuelve a tontear contigo aunque sólo sea para molestarme, le mataré.
–¿Pero no acabas de decir que le necesitas? Eres increíble dando la vuelta a todo. Encima de que he tenido que aguantar la presencia de no una sino dos ex amantes tuyas en los escasos meses que llevo aquí y después de lo que he presenciado esta noche, eres tú quien se cree con derecho a estar celoso.
–Soy yo el que vive con pánico continuo a perderte. Eres lo mejor que tengo, que he tenido jamás. ¿Crees que voy a tolerar que otro venga de fuera a quitarme lo que es mío?
–¿…Lo que es tuyo? –repitió ella irritada– Otra vez hablas como si yo fuera de tu propiedad, ¡y ninguna persona pertenece a otra!
–Pero yo sí te pertenezco –el dios se acercó a ella cambiando radicalmente de actitud. Su irritante tonillo altanero desapareció para dar paso a un susurro mucho más dulce y seductor–. Te pertenecí desde la primera vez que posaste tus ojos sobre mí, desde antes incluso. De modo que, ¿cómo no vas a ser tú mía?
Ella tragó saliva ante la mirada llena de fuego de aquellos ojos intensos.
–Loki…
–Malekith no sabe lo cerca que ha estado de la muerte esta noche. Ya te lo dije aquella vez en Asgard y por si no te acuerdas, te lo vuelvo a repetir –añadió él aún más bajo, pero esta vez la amenaza era claramente perceptible en el terciopelo de su voz–: ¡cualquier hombre que te mire siquiera con deseo, cualquiera que pretenda alejarte de mí, lo pagará con su vida!
Sigyn sacudió la cabeza. Habría querido decirle que aquellas palabras y esa ansia de posesión no eran, como él creía, una muestra de amor o romanticismo. Aquello no debería formar parte de lo que ella entendía por una relación sana, pero tampoco podía olvidar con quién estaba tratando, y ya era muy tarde para hacerle cambiar. Durante años había deseado desesperadamente que él la amara, y ahora sabía qué significaba eso que se solía decirse sobre que había que tener cuidado con las cosas que se desean.
–Estás completamente loco… –susurró, y él no se esforzó en negarlo.
–Puede ser… pero loco por ti –hizo el gesto de tomarla entre sus brazos, pero ella se resistió.
–No creas que tus melosas palabras van a hacer que olvide tan fácilmente el mal rato que me has hecho pasar esta noche.
–Entonces tendré que cambiar de táctica –replicó el dios y de inmediato, sin dejarle tiempo para reaccionar, tomó el rostro de la mujer entre sus manos y la besó impetuosa y posesivamente, como hacía siempre que se quedaba sin argumentos; como si quisiera dejar en sus labios una huella de fuego que la marcara como suya. El tipo de beso que nunca fallaba en robarle la voluntad; y al cual, muy a su pesar, le era físicamente imposible dejar de responder.
Pero pese a todo, cuando la dejó ir –y ella pudo recuperar el aliento–, siguió mirándolo agriamente mientras se frotaba los labios hinchados, y aunque no quisiera admitirlo, también insatisfechos por lo breve del contacto.
–¿Sabes qué? Tampoco esto significa nada –espetó, y se alejó dándole la espalda para que no pudiera leer el dolor y la inseguridad en sus ojos–. Por lo que sé, perfectamente has podido tener un apasionado reencuentro con Angerboda y después volver aquí haciéndote el inocente enamorado para que te readmita junto a mí. Te conozco demasiado bien para ignorar tu tendencia a jugar a dos bandas, dios del engaño.
Loki dejó escapar una breve risa y caminó pausadamente hacia ella.
–Si fuese como dices, ahora mismo aún estaría junto a ella y no aquí, contigo… –la rodeó con sus brazos desde atrás, apretando su cuerpo contra él–, muriéndome de deseo por ti.
Sigyn cerró los ojos extasiada al sentir los brazos de su esposo estrechando su cintura y el rígido contacto masculino contra la parte baja de su espalda. Debía estar diciendo la verdad, porque ningún hombre o dios era capaz de acostarse con otra mujer y seguir después manteniéndose… así. Como siempre, a su cuerpo le resultaba casi imposible resistirse a aquello, pero su orgullo le impedía olvidarlo todo y entregarse sin más.
–Después de todo esto, ¿aún tienes el descaro de intentar seducirme?
Loki acercó sus labios a su oreja, haciéndola estremecer con el calor de su aliento cuando susurró:
–Querida, casi no he podido pensar en otra cosa desde que te vi con ese vestido.
Ella cruzó los brazos sobre su pecho, volviendo a ser consciente de lo ajustado de sus ropas o su vertiginoso escote y sintiéndose incómoda por ello… pero a la vez, tremendamente excitada.
–Eres incorregible. No hace ni cinco minutos estábamos discutiendo a gritos y ahora…
–Y ahora, ¿qué mejor forma de hacer las paces? –el dios sonrió torcidamente y llevó sus dedos a los costados de ella, casi rozando la parte baja de los senos… y Sigyn se descubrió deseando que siguiera hacia arriba. Intentó concentrarse en mirar los libros que tenía delante para no ceder, pero le era imposible con las sensaciones que le venían de detrás. La máscara de altiva indignación con que se había protegido hasta entonces no había tardado en desaparecer revelando un desnudo anhelo, tan intenso como el de él. Ni los celos, ni la tristeza del pasado o la ira, absolutamente nada era capaz de imponerse sobre la arrolladora química que surgía cada vez que sus cuerpos se tocaban.
–Aún sigo enfadada contigo –masculló a trompicones.
–¿Eso es un no? –susurró él, acercando aún más sus labios a la oreja de ella y sin dejar de juguetear malvadamente con sus dedos bajo sus pechos. Sigyn emitió un ahogado sonido gutural que podría ser tanto un gruñido exasperado ante su insistencia como un gemido excitado e indefenso. Él rió suavemente– Lo suponía.
Una de sus manos abandonó el costado de la mujer y subió hasta su mentón. Con dulzura, hizo que su esposa volviera el rostro hacia atrás y buscó su boca, sin que ella ya se resistiera en absoluto. Esta vez sus besos fueron todo lo contrario al de antes: suaves, pausados e increíblemente sensuales; y las manos del dios empezaron a moverse casi con voluntad propia sobre los senos femeninos. Sus dedos recorrieron el trazado de los bordes del vestido metiéndose poco a poco bajo éstos, separándolos un poco más de la piel con cada pasada; y Sigyn contuvo el aliento cuando los notó introducirse del todo en su escote para después bajarlo, separando el elástico tejido dorado de sus pechos desnudos y exponiéndolos al frío aire de la biblioteca. El dios los acarició con suavidad, con la respiración cada vez más acelerada y el fuego de su deseo enardeciéndose aún más al sentir la sedosa piel y la dureza de los pezones bajo sus palmas.
No era el único excitado por aquel contacto: Sigyn gimió de nuevo, esta vez de forma audible, y echó la cabeza hacia atrás, reclinando la cabeza sobre su hombro. Todo aquello era tan parecido a ese sueño húmedo que había tenido tiempo atrás en Midgard… poco antes de que Loki reapareciera en su vida.
Besándola en la frente, el dios introdujo un par de dedos en su boca; y ella le siguió el juego lamiéndolos y chupándolos de tal forma que él creyó que estallaría allí mismo. En lugar de eso, decidió contraatacar llevando la mano de nuevo a sus pechos y jugueteando con los pezones con unos dedos que ahora estaban mojados y resbaladizos; mientras que con la otra mano le levantaba la voluminosa falda y comenzó a deslizarse entre sus piernas, primero sobre la ropa interior, pero no tardó en apartarla para recrearse en la humedad caliente de la piel desnuda. Ella se estremeció y se revolvió con una mezcla de risa y jadeo al notar aquellos expertos dedos en su zona más sensible, pero él no le permitió alejarse.
Por un momento se detuvo –haciéndola casi aullar de frustración–, pero sólo para hacerla girar y colocarla de cara a él. Hubo más besos, intercambio de saliva, y sus lenguas se enredaron en un juego erótico que calentaba la situación aún más si cabía.
Sigyn comenzó a desabrocharle la camisa e introdujo sus manos en ella para acariciar su pecho, fascinada por la suavidad de su piel. Él disfrutó de la dulce caricia, pero era incapaz de permanecer pasivo demasiado tiempo, por lo que agachó la cabeza para alcanzar la garganta y clavícula de la mujer, que recorrió con los labios. Después bajó un poco más y su boca reanudó lo que habían comenzado sus dedos, acariciando y lamiendo los pechos de la asgardiana con delicado esmero, lo que la hizo respingar.
Ésta, casi incapaz físicamente de soportar tanto placer, arqueó la espalda y echó la cabeza hacia atrás, descansándola en la librería; y aferraba el cabello de su marido con ambas manos mientras jadeaba y se mordía los labios, pero pronto incluso ese punto de apoyo le fue arrebatado cuando la cabeza de Loki bajó aún más y terminó por desaparecer bajo la falda. Sigyn notó cómo le levantaba una pierna para colocarla sobre su hombro y apartaba la fina tela de la ropa interior para dejar su intimidad expuesta a las licenciosas atenciones que él quisiera brindarle.
Ella cerró los ojos, respirando ahogadamente: ahora todo lo que podía hacer era morderse el dorso de una mano para contener sus gemidos y procurar mantener el equilibrio mientras que aquellos lengua y dedos, tan traviesos como su propietario, la llevaban al clímax. Echó una mano hacia atrás para sujetarse a una de las baldas de la librería para no desplomarse en el suelo, ya que las piernas directamente se negaban a sostenerla; y gritó el nombre de Loki mientras el éxtasis la invadía, atravesando su cuerpo y su mente como una brillante ola blanca.
Él emergió de nuevo bajo la falda, con los labios brillantes y curvados por una juguetona sonrisa. Pocas cosas le excitaban más que ver a su amada tan entregada y saber que él, y nadie más, era el único capaz de proporcionarle tanto placer. Y prueba de aquello era el doloroso bulto que se veía en su pantalón al incorporarse, el cual parecía quejarse de la falta de atención, algo a lo que él iba a ponerle remedio enseguida. Ni siquiera se desnudó por completo, sino que se limitó a soltarse el pantalón y el calzón mientras que ella, casi sin fuerzas pero ansiosa por sentir la piel desnuda de su marido contra la suya, le abrió la camisa de un golpe sin preocuparse siquiera de terminar de desabrocharla, haciendo saltar un par de botones. Él correspondió encantado a la urgencia de Sigyn, llevando de nuevo su mano bajo la falda hasta hallar la exigua braguita que antes sólo había apartado y rasgándola como si fuese de papel para después dejarla caer al suelo.
Levantó a la mujer en peso y la apoyó contra la librería, y ella abrió las piernas para ceñirlas a su cintura. Por un momento, ambos lucharon por apartar toda aquella gasa blanca que se interponía entre sus cuerpos, lo que pareció hacerle mucha gracia a ella y algo menos a él, pero pronto solventaron ese pequeño problema técnico y ella lo acogió como hacía siempre, con un excitado suspiro de bienvenida. Elevando las manos de ella e inmovilizándolas contra la estantería, Loki se tomó su tiempo para mirarla a los ojos durante unos instantes antes de empezar a moverse, con tanta intensidad que Sigyn pensó que, aunque físicamente estuviera dentro de ella, lo que de verdad la poseía era aquella abrasadora mirada esmeralda.
Mientras sus cuerpos se unían en aquella arrebatadora danza que tan bien conocían, Loki se alegraba de que, incluso después de aquella desastrosa noche y de lo que había sido su primera auténtica pelea desde que habían reanudado su relación, su mujer continuara sin poder resistirse a él. Todo lo demás podía fallar, pero ella siempre estaría allí para él y la idea lo aliviaba en cierto modo. Se sentía tan feliz que ni se acordaba de lo que había ocurrido, ni había vuelto a pensar en Angerboda.
Pero Sigyn sí lo hacía, de hecho no podía apartar a la jotun de sus pensamientos. Su regreso había reabierto heridas que creía ya cerradas, no tanto en la relación con su marido como en su autoestima. Sabía que Angerboda había sido y seguía siendo más hermosa que ella, mucho más sensual, y que había abierto a Loki a un mundo de placeres y pasiones del que el dios nunca había sido consciente hasta que la conoció. Sigyn siempre había tenido, como una espina clavada en su alma, el remordimiento de que su marido había tomado una amante porque ella no había sido capaz de satisfacerle como mujer, cosa que su rival había logrado con creces. Y en aquel entonces aún podía justificarse con que era demasiado tímida y poco experimentada como para hacer nada al respecto, pero tantos años después eso sólo parecía una vulgar excusa.
Sabía, ahora sí, que él la amaba, y ella se entregaba con toda su alma, pero tras la reaparición de Angerboda le aterraba que él las comparase aunque fuese de forma inconsciente y acabar considerándola aburrida como antaño. Él era un verdadero mago de las artes amatorias, y no sabía si ella le daba tanto placer como él le daba a ella. Desde luego, no se merecía menos.
Tal vez, pensó, lo estaba enfocando erróneamente. No debía ver aquello como una amenaza, sino como una oportunidad. La oportunidad de mejorar en aquel aspecto concreto de su relación; y era algo que debía iniciar ella, ya que siempre había sido la más pasiva. No era que no le gustase el sexo más allá de como expresión de amor; de hecho le encantaba, pero casi siempre se había dejado hacer por él y pocas veces había tomado la iniciativa. Eso era lo que debía cambiar. Había tantas cosas que les quedaban por probar, tantos placeres que dar y recibir… a partir de ese mismo instante. Y con esa idea, por fin, logró relajarse y disfrutar de nuevo.
–Sigue, amor mío… –susurró jadeante, mientras se sujetaba a Loki con brazos y piernas–. Más fuerte.
–¿Seguro? –preguntó él entrecortadamente, preocupado por dañarla con su fuerza de gigante de hielo.
–Sí, por favor… –Quería sentirlo dentro de ella, tan profunda, intensa y animalmente como pudiese resistir. Quería mantener su ritmo y soportar sus embates cuanto más violentos mejor, aunque le hiciese daño; pues aquel moderado dolor era fácilmente tolerable cuando venía mezclado con aquel placer sublime. Quería que él no tuviese que contener sus energías con ella y que ambos se dejasen llevar por una pasión sin límites, demostrándole así que no era la frágil muñequita de cristal por la que siempre la había tomado sino una mujer de carne y hueso, tan sexual como él– Más fuerte… no pares nunca… oh Loki… –repetía una vez y otra con la voz ronca por la excitación.
Aquellos continuos gemidos lo estaban volviendo loco, de modo que el dios arreció en sus embestidas con todas sus fuerzas, empujando una y otra vez el cuerpo de la mujer contra la librería e incluso derribando al suelo algunos de aquellos antiguos y valiosos anaqueles en el proceso. En ningún momento ella se quejó por aquel ímpetu, al contrario: se aferró aún más a él enterrando sus dedos en su espalda y en el cabello, y sus gemidos aumentaron de volumen llegando a convertirse en auténticos chillidos de placer que acompañaban a los bufidos de él.
Aquello –tan fogoso, tan desenfrenado, tan intenso– no podía durar. Aunque él poseyera una resistencia superior a la común e intentase aguantar todo lo posible, llegó un momento en que ya no pudo más. Así que se dejó ir en medio de una gozosa explosión que hizo que todo el mundo desapareciera a su alrededor por un instante, pero aún llegó a arrancarle a la asgardiana un segundo clímax todavía más violento que el anterior, a juzgar por sus gritos.
Tras aquello, se quedaron quietos durante unos segundos, jadeando: estaban agotados y sudorosos, en especial él. Loki observó a su esposa, que seguía apoyada en la pared, recuperándose.
–No te habré hecho daño, ¿verdad? –preguntó, algo inquieto. Ella sacudió la cabeza, aún sin fuerzas para hablar o hacer ninguna otra cosa. Aunque estaba casi completamente vestida, tenía la falda levantada y el escote abierto mostrando sus blanquísimos pechos, que subían y bajaban al compás de su respiración y se veían perlados por el sudor. Era imposible que existiera una visión más erótica que aquélla– Entonces, ¿todavía sigues enfadada conmigo?
Ella desvió la vista.
–Sí –aunque enseguida una leve sonrisa se asomó a sus labios, demostrando que hablaba en broma–, aunque un poco menos.
El dios se echó a reír, aliviado.
–Me alegro –dijo, y le robó un nuevo y profundo beso. Después miró a su alrededor durante unos segundos, para volver a centrar la vista en la mujer semidesnuda– Recuerdo cuando vivíamos en Asgard y te encontraba en la biblioteca al volver del trabajo, en más de una ocasión deseé hacer esto. ¿Por qué nunca llegamos a hacerlo?
Ella fijó sus ojos en los de él, muy seria.
–Porque lo que querías entonces era una "esposa decente", y a las "esposas decentes" sólo se las cubre en el lecho y por puro compromiso.
Él cerró los ojos, apesadumbrado por el remordimiento de la aflicción que sabía que le había causado en aquella época.
–Sigyn, yo…
–…Pero yo no soy una esposa decente, Loki –lo interrumpió ella, acercándose a él de nuevo–. Soy una mujer, con deseos de mujer. Unos deseos muy intensos.
Él sonrió, seducido por sus palabras.
–Lo sé, querida. Y… –la frase quedó a medias cuando vio que ella, en lugar de recolocarse la ropa desordenada, se la quitaba del todo y la dejaba caer, quedando ante él totalmente desnuda salvo por unas finas medias hasta medio muslo y sus zapatos de tacón. Tragó saliva– Sigyn…
–¿No era esto lo que querías? –preguntó ella, señalando su vestido formando un revoltijo de tela dorada y tul blanco en el suelo– Sé que dijiste que lo querías en el suelo del dormitorio, no de la biblioteca, pero pensé que no te importaría el cambio de escenario.
Siguió avanzando hacia el dios, el cual permaneció en silencio, hechizado no sólo por la desnudez de ella sino por su actitud tan lanzada. En más de una ocasión había visto atisbos de ella, sobre todo cuando se dejaban llevar por el calor del momento, pero ésta era la primera vez que la mostraba tan directamente.
–Tienes razón, debiste haberme tomado aquellas veces en la biblioteca de Asgard, o donde hubieras querido. ¿Por qué te contuviste? Sabes que jamás te habría rechazado: me encantaba hacer el amor contigo, casi tanto como ahora –se apoyó sobre su pecho y sin dejar de mirarle a los ojos, comenzó a acariciarlo de nuevo–. Supongo que te debía parecerte aburrida por mi inexperiencia, pero entonces debiste haberme instruido en lo que te gustaba. No me habría negado a nada que me hubieses pedido.
–No podía hacerlo –las palabras le salieron a Loki con dificultad, aunque su cuerpo respondió por él adelantando el rostro para rozar con la nariz la mejilla de su mujer y su cabello bermejo y perfumado–. Eras una de las pocas cosas realmente puras que tenía. No quería ensuciarte.
–Tener sexo con la persona que amas nunca es algo sucio –replicó ella acercando sus labios al rostro del dios, provocándolo sin llegar a rozarlo–. Dentro de unos límites, claro, pero… me habría gustado experimentar y que me hubieses enseñado cosas, cosas que debimos haber hecho antes –comenzó a besarle en el cuello, por debajo de la oreja, para seguir por la garganta y el pecho–… Pero que aún podemos disfrutar.
El dios sonrió torcidamente.
–Deberíamos discutir más a menudo.
Ella siguió descendiendo por su cuerpo con su boca, recorriéndolo con los labios y con la lengua de la manera más estimulante posible, hasta que él cayó en la cuenta de adónde quería ir a parar. Y no fue una sorpresa constatar que, pese al poco tiempo que había transcurrido tras su anterior orgasmo, se encontraba completamente erguido y más que dispuesto a un segundo asalto.
Aun así, algo en él se resistía a dejarla continuar. Quizá era la parte que, como ella había constatado, seguía viéndola como esa "esposa decente", un ángel lleno de fragilidad y pureza. A él nunca le había importado usar su boca para hacerla gozar, de hecho le encantaba hacerlo sólo por el gusto de verla gemir y retorcerse de placer sin que él tuviera que perder el control, pero que ella hiciera lo mismo… por un lado la idea lo enloquecía, pero por otro le chocaba.
–S-sigyn… –con los últimos restos de racionalidad que le quedaban, intentó detenerla sujetándola de los hombros– No… no es necesario.
–Oh, pero sí que es necesario. Lo es para mí –dijo ella, besando su ombligo–. Quiero saber que puedo hacerlo. Que puedo darte tanto placer como… –vaciló–… como lo hacía ella.
–¿Todo esto es por Angerboda? –Loki frunció el ceño– Pensé que había quedado claro que no debías preocuparte por ella. Pase lo que pase entre nosotros, jamás se me ocurriría volver a su lado.
–¿Aunque ella sea capaz de satisfacerte como jamás lo hice yo?
–Tampoco creas que ella me satisfacía tanto. No es algo demasiado fácil –él esbozó una sonrisa irónica, que ella devolvió.
–Lo sé. ¿Qué era lo que solías decir… que la satisfacción no está dentro de tu naturaleza? –él asintió ufanamente, divertido al ver que ella recordaba sus palabras literales que le había oído tiempo atrás– Pero yo quiero intentarlo. ¿Me dejarás intentarlo?
Él fue a contestar algo, pero se le olvidó lo que iba a decir cuando sintió los labios de ella capturar uno de sus pezones y su lengua y sus dientes juguetear con él, enviando escalofríos desde esa zona al resto de su cuerpo. Nunca habría imaginado que en los hombres ese punto también podía resultar ser tan sensible.
En otras circunstancias a Loki no le habría hecho mucha gracia dejar el dominio en el lecho a su pareja, pero ahora descubría que cada vez le gustaba más. No tener que preocuparse por el control, ni por lo que tendría que hacer a continuación: sólo tenía que dejarse llevar y disfrutar de las intensas y deliciosas sensaciones que le sobrevenían.
Pese a que estaba claro cuál sería el destino de aquel camino, ella no tenía prisa en llegar. Al contrario, se demoró todo lo que quiso y más con sus juegos, sus besos y sus lamidas sobre los hombros, el pecho y el vientre masculinos, torturándolo, casi llevándolo al punto de suplicar que acabara con aquel suplicio e hiciera llegar su atención a la parte que volvía a reclamar su contacto, que se erguía hasta casi doler por la anticipación. Pero ella no se dejó ablandar.
–Que sepas que pienso usar tu cuerpo cada noche, todas las veces que pueda –le susurró lamiendo con parsimonia su bajo vientre, bajando cada vez más, hasta casi rozar la zona… pero sin acabar llegando nunca–. Voy a consumir todas tus fuerzas, para que si Angerboda o alguna otra ramera intenta acercarse a ti, estés tan agotado que la simple idea de tener más sexo te dé náuseas –le advirtió medio en broma, medio en serio.
Loki sonrió, pese a que cada vez estaba más impaciente: sentirla allí, muy quieta frente a él, con el rostro tan cerca de su parte masculina que él podía notar claramente el calor de su aliento en la piel; y ver cómo observaba fascinada aquella zona que hasta entonces siempre había evitado mirar por pura vergüenza…
Aquello era una tortura. Una tortura deliciosa, pero tortura.
–Lo que tú digas. Pero hazlo de una vez, por favor. Ya no puedo aguantar más.
Sigyn alzó los ojos pícaramente hacia él. ¿Había creído Loki que no existía una visión más erótica que la de ella medio desnuda después de hacer el amor? Aquello era la materialización de la fantasía que él había tenido tiempo atrás mientras estaba con Lorelei, creyéndola irrealizable… y ahora que la hacía realidad, descubría que era mil veces mejor que cualquier fantasía.
–Entonces di que eres mi esclavo.
–¿Qué? –él abrió los ojos, sorprendido.
–Di que eres mi esclavo y haré lo que tanto deseas.
–Sigyn, no me gustan estos jue… –empezó a decir un poco irritado, pero se detuvo con un jadeo ahogado: ella acababa de pasar por primera vez su lengua a lo largo de toda su masculinidad. Pero en vez de continuar, se detuvo para decir:
–Claro que te gustan, sólo que hasta ahora siempre habías sido tú el que llevaba la batuta. Pero está bien que se cambien las tornas de vez en cuando, ¿no crees? Ya te dije que me vengaría por lo de aquella noche junto a la chimenea.
–¿A qué noche te…? –súbitamente lo recordó– Oh, pero mira que eres rencorosa.
–Traviesa, nada más. Digna discípula del dios de las travesuras –soltó una risita, pero después volvió a insistir implacable– Di que eres mi esclavo. Y di también que soy mucho más mujer que Angerboda, Lorelei o cualquier otra zorra que te hayas llevado a la cama, y entonces continuaré.
Loki tenía ganas de maldecirla, pero su cuerpo estaba tan en llamas que estaba dispuesto a decir todo lo que ella quisiera sólo para que ella satisficiera por fin aquella necesidad insoportable. ¿Quién habría imaginado que los instintos del normalmente frío dios del engaño iban a ser más fuertes que su orgullo?
–Está bien, tú ganas. Soy tu esclavo, por completo. Y es verdad que ninguna de ellas te llega ni a la suela de los zapatos, no hace falta que me chantajees para que admita eso. Pero, por favor…
–Buen chico. Supongo te has ganado tu premio –repuso ella sonriendo y volvió a aplicar su boca, esta vez justo donde debía hacerlo y con una habilidad que él jamás habría sospechado en ella. Él cerró los ojos para disfrutar plenamente de cada maravillosa sensación. No dejaba de haber cierta torpeza en sus movimientos, se veía que no tenía la experiencia de sus otras amantes; pero la compensaba de sobra con un gran entusiasmo y una intuición asombrosa, que parecía hacerla adivinar dónde tocarle y el modo justo de hacerlo. No dejaba de acariciarlo, de besarlo y de estimularlo con sus manos, sus labios y su húmeda lengua, llevándolo a un punto cercano al frenesí.
–Eres increíble… ¿ya habías hecho esto antes? –preguntó él sin pensar. No tenía ni idea que supiera hacer esas cosas; de haberlo sospechado, nunca habría tenido necesidad de buscar a ninguna otra mujer más. Aunque al momento de preguntárselo se arrepintió de haberlo hecho: temía que la respuesta lo llevara a imaginársela con otros hombres, en brazos de otros amantes que debieron haberla instruido mucho mejor de lo que lo había hecho él. Pero Sigyn lo observó de nuevo, divertida.
–No. Es la primera vez que lo intento.
–Entonces, ¿cómo has aprendido a…?
–Leyendo el Cosmopolitan.
–¿Cosmopolitan? ¿Qué es…? Bah, no importa –se corrigió: mientras siguiera haciéndola hablar, era un tiempo que no podría dedicar a hacerle sentir todas esas maravillosas cosas que le estaba haciendo sentir–. Continúa, por favor.
–Será un placer, "mi señor" –Aquel apelativo, con el que ella lo había tratado siempre antes de casarse e incluso después, había salido más bien con un tono irónico, ambos sabían quién era la que dominaba y quién el que esperaba, suplicaba, las caricias; pero aun así hizo crecer la excitación de Loki. Cuando ella volvió a envolverlo con su boca, él sintió que no podría aguantar más y que tendría la indecorosa grosería de explotar en esa misma posición, pero se obligó a resistir. Aquél era un juego mil veces peor, y a la vez mejor, que la tortura de antes: él intentaba contenerse y ella trataba con su mejor habilidad de hacerle desistir de su propósito.
–Oh, Sigyn… –jadeó acariciando su cabello mientras ella continuaba atormentándolo, el más exquisito de los tormentos. Su respiración salía ronca de su garganta seca, casi le dolía–, vas a matarme.
Pero nadie podría negar que era una deliciosa manera de morir.
Aquello fue sólo el principio de una larga y tumultuosa noche, durante la cual el matrimonio se entregó una y otra vez a la pasión. Al final acabaron en la cama, pero antes pasaron por varios rincones de la biblioteca y otros tantos del dormitorio, dándole a ciertas zonas y muebles un uso muy distinto para el que habían sido concebidos; y probaron infinidad de posiciones, a cuál más placentera y excitante.
Acabaron por perder la cuenta de las veces que habían llegado al éxtasis, tanto juntos como por separado, y cada una de ellas había sido más violenta e intensa que la anterior. La última, en concreto, lo fue tanto que Loki tuvo que besar a su mujer con brusquedad para acallar sus gritos, como en otras ocasiones. Pero esa vez ella no pudo controlar su reacción y le mordió dolorosamente en el labio inferior, si bien aquel dolor se mezcló con el placer de su propio orgasmo acabando por hacerse indistinguible de él, incluso realzándolo.
Cuando se separaron, ambos estaban empapados en sudor y totalmente sin respiración ni fuerzas para nada, pero aun así continuaron abrazados. Ella observó preocupada el hilillo de sangre que le caía a Loki por la barbilla desde el labio, sintiéndose un poco culpable.
–Amor mío, ¿te hecho daño? –le preguntó mimosa, limpiándoselo con el pulgar. Él sonrió.
–La verdad es que apenas me he dado cuenta.
Pero eso no la tranquilizó del todo, otro asunto parecía inquietarla:
–Entonces… esto, yo… –titubeó, sin valor para terminar la pregunta, y Loki la apremió alzando las cejas.
–¿Tú, qué?
–Yo… ¿lo he hecho bien? ¿he conseguido satisfacerte? –lo miró con el temor y la esperanza mezclándose en sus ojos aguamarina, y su expresión se ensombreció cuando lo vio echarse a reír– ¿Y por qué te ríes?
–Estás tan graciosa cuando te preocupas por tonterías –Sobre todo viendo lo lanzada y segura de sí misma que se había mostrado hasta hacía sólo unos minutos, pensó, pero aquella respuesta la molestó aún más:
–¡Es natural que me preocupe! Yo nunca había hecho nada como esto, y tú siempre has dicho que la satisfacción no está en tu…
–Lo retiro –la interrumpió con otro beso–, lo retiro todo. No sé cómo te las arreglas, pero al final consigues que me desdiga de muchas cosas.
Ella sonrió llena de felicidad y apoyó el rostro sobre su pecho, cerrando los ojos. Loki le acarició la mejilla con ternura:
–No quiero que vuelvas a sentirte insegura respecto a nosotros, ni respecto a otras personas, ¿me lo prometes?
Sigyn no respondió, su respiración era pausada y profunda. No había tardado ni dos segundos en dormirse: ella no tenía la resistencia de un gigante de hielo y debía estar mucho más exhausta que él. La sonrisa de él se amplió.
–Tomaré eso como un sí.
Estrechándola contra sí como cuando eran más jóvenes, echó la sábana sobre ellos y se dispuso a dormir a su vez. En realidad, a él también le costaba mantener los ojos abiertos.
–*–*–*–*–*–
Horas después, casi llegando el amanecer, Loki despertó para comprobar que estaba solo en la cama y que el sitio que había ocupado Sigyn estaba frío al tacto, lo que era señal de que hacía tiempo que se había levantado. Y aunque en un primer momento se sintió invadido por la inquietud al no encontrarla en el baño ni en la biblioteca, no cedió al pánico como aquella otra vez, pues se dio cuenta de que sólo podía estar en otra parte. De modo que se vistió como tenía por costumbre y salió de sus aposentos encaminándose hacia la habitación de su hija.
Su instinto no le falló: Sigyn se encontraba exactamente donde había imaginado, sentada en un cómodo sillón junto a la cabecera de Sylene y vigilándola atentamente mientras tomaba a sorbitos una taza de té. Llevaba un simple vestido de lana, se había recogido el cabello en una sencilla trenza que caía a un lado de su pecho y su expresión volvía a ser dulce y maternal mientras observaba a su hija dormida. Costaba relacionarla con la sofisticada dama que lo había acompañado en la recepción de Utgard y más aún con la ardiente mujer que le había hecho descubrir el paraíso –y varias veces– apenas unas horas antes y que había demostrado disfrutar del sexo tanto como él, si no más.
Se aproximó sigilosamente para no despertar a la joven y Sigyn levantó los ojos hacia él. Sin decir nada, le dedicó una cariñosa sonrisa para saludarlo y se llevó un dedo a los labios para rogarle silencio. Él asintió.
–¿Está bien? –preguntó en voz baja. Sigyn también esbozó un gesto afirmativo, aunque Loki ya lo esperaba. Sabía que su esposa no habría estado tan relajada si hubiera habido el menor problema con su hija.
–¿Y nosotros, estamos bien? –insistió él, deseando quedarse tranquilo con respecto a la terrible pelea que habían tenido esa noche: aunque supuestamente se hubieran "reconciliado" (¡y ah, de qué placentera forma!), uno nunca podía confiarse con las mujeres, esos seres tan volubles y rencorosos. Pero la respuesta de su esposa fue levantarse, colocarse de puntillas junto a él y tomar su rostro entre sus manos para acercarlo a ella y besarle con suavidad. Con eso, concluyó él no sin alivio, el asunto quedaba totalmente zanjado.
Sus labios eran tan suaves y cálidos como siempre, aunque no pudo dejar de notar cierto sabor acre en ellos, supuso que causado por el té.
–¿Qué es esa porquería que estás tomando? –se separó de ella– Desde luego, no sabe a lavanda.
Ella negó con la cabeza.
–No es lavanda. Después de lo ocurrido, no creo que pueda soportar siquiera oler a lavanda nunca más. Es una combinación de hierbas para regular, eh… "problemas femeninos".
–Ya veo –Loki pareció conformarse con esa respuesta y no hizo más preguntas, cosa que Sigyn agradeció. Si hubiese querido seguir indagando, ella habría tenido que contarle la verdad, pero a su juicio era diferente mentir a ocultar información que resultaba irrelevante, pero que él no habría entendido.
Su marido ocupó el sillón en el que había estado sentada y se palmeó ligeramente en el muslo con una sonrisa para que se sentase sobre él, invitación que ella aceptó de buen grado. Pero antes de hacerlo, apuró el contenido de su taza y la dejó sobre la mesilla, y al igual que él tampoco pudo evitar un rictus de desagrado.
Se sentó sobre él y apoyó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos extasiada cuando él la rodeó con los brazos. Esta vez no había nada sensual en aquel contacto, sólo ternura, calidez y la necesidad de estar lo más juntos posible. Los dos se quedaron durante un rato abrazados en silencio y contemplando llenos de orgullo y cariño a la muchacha que dormía apaciblemente ante ellos.
–Es preciosa, ¿verdad? –murmuró Sigyn, y él asintió.
–Se parece a ti.
–Qué dices. Pero si es tu viva imagen.
Loki sacudió la cabeza.
–Tal vez en ciertos rasgos físicos; pero su determinación, su belleza interior, su energía… todo eso lo ha heredado de ti.
–Tiene lo mejor de los dos –concluyó ella, y él no pudo más que darle la razón.
Sigyn cerró los ojos de nuevo, disfrutando de aquellos momentos junto a las dos personas a las que más amaba en el mundo. Al cerrar los ojos, podía oír los latidos del corazón de Loki, por primera vez con un ritmo calmado, y eso le daba mucha paz.
–¿Por qué nunca estamos así de tranquilos? –se quejó en un susurro– Siempre tiene que haber gente metiéndose entre nosotros, causando conflictos, celos o peleas.
Él esbozó una sonrisa un poco traviesa.
–Así no nos aburrimos.
–No me vendría mal aburrirme un poco, en absoluto –repuso ella–. Lo que hablaste el otro día sobre hacer una escapada a Vanaheim… ¿lo decías en serio o sólo hablabas por hablar?
–Lo decía en serio –afirmó él–. Pero tendremos que esperar a que las obras de Naglfar estén algo más avanzadas. Por lo menos quiero dejar terminado el motor, lo más delicado.
–Claro, yo también quiero dejar pasar unos días para que Sylene esté completamente bien.
–Un par de semanas –prometió él–. En un par de semanas, me tomaré un descanso y volveremos a Vanaheim. Esos días serán sólo para nosotros.
–De acuerdo –asintió Sigyn, apretándose cariñosa contra él, y se mordió los labios.
Aún tenía mal sabor de boca por aquella condenada infusión. Pese a haberla endulzado todo lo posible, la ruda tenía un gusto espantoso: amargo y metálico como la sangre, como la muerte… lo cual resultaba hasta cierto punto apropiado, teniendo en cuenta las circunstancias.
Ella no quería considerarlo un abortivo, sino más bien un anticonceptivo de emergencia. En la zona de Midgard donde vivía, incluso había fórmulas químicas que se comercializaban, y que las mujeres mortales usaban, conocidas con el nombre de "píldora del día después". Lo más probable era que no estuviese encinta, pero con aquella infusión claramente eliminaría el riesgo, incluso después de haber mantenido relaciones. Por fortuna su constitución asgardiana, más fuerte que la de las mortales, le permitía ingerir aquella fuerte pócima sin sufrir los efectos adversos que solía provocar en éstas; pero más adelante tendría que disminuir la concentración del activo en la infusión, lo justo para que siguiera manteniendo su efecto anticonceptivo.
Había decidido que no traería más hijos de Loki al mundo para que sufriesen y fuesen víctimas de las intrigas y el odio que generaba su padre. Pocas mujeres disfrutaban tanto la maternidad como ella, pero aquél no era el momento ni el lugar para volver a quedar en estado, y menos con la guerra tan inminente. Tal vez, cuando ésta terminase… si ganaban, si el Yggdrasil no era destruido y si Loki sobrevivía –de nuevo, tantos "si" por cumplir–, tal vez considerase darle más hijos a su marido, seguro que él estaría encantado. Pero entretanto, debía estar en plena forma para proteger a la familia que ya tenía.
Ésa sería, a partir de ese momento, su única prioridad. Si la obsesión de Loki era conquistar el universo para vengarse de sus humillaciones del pasado, la suya sería mantenerlo con vida, a él y a su hija, a cualquier precio. Aunque eso implicase renunciar a todo en lo que creía; y aunque para ello tuvieran que caer civilizaciones enteras y ríos de sangre inundaran los Nueve Reinos. Antes eso le habría importado, ahora ya no. Ya sólo le importaba una cosa.
No perdería a nadie más.
¡Hola de nuevo! Lo primero, agradecer como siempre a las fieles lectoras que aún seguís leyendo esta larguísima historia, que no seguiría adelante sin vuestro apoyo.
En este capi, al contrario que en el anterior, no ocurre gran cosa más allá de drama, peleas y reconciliaciones "con erótico resultado", como dirían en los Simpson XD Esto es porque era la prolongación del anterior, pero lo corté para que no quedara tan larguísimo como otras veces. Por eso, también, he podido actualizar relativamente pronto en comparación con los demás capis, porque estaba medio hecho. Ya el siguiente volverá a tardar porque lo tendré que empezar desde cero.
Aquí he querido explorar un poco más la relación entre la pareja durante el sexo. Siempre ha sido Loki el dominante y Sigyn un poco "la que se dejaba hacer" (aunque en los últimos lemon la he puesto más activa), pero me pareció divertido empezar a cambiar los roles, y aunque en un primer momento la seducción la llevaba a cabo Loki como siempre, la aparición de Angerboda haya supuesto una catarsis que haya resultado en que Sigyn empiece a despertar como el ser muy sexual que siempre he creído que es. Mi headcanon es que, aunque sea Loki el experto en sexo, le sigue dando reparos hacer según qué cosas con su mujer, pues la considera un ángel puro e inocente. Pero ella le va a demostrar que no es así y que le encanta experimentar, y por supuesto que, como ella menciona, el sexo consensuado con la persona que amas nunca es algo sucio.
La canción que me ha inspirado mientras escribía esta escena lemon es "Bloodstream" de Stateless, por si os interesa :3
Sobre la historia que le cuenta Helblindi a Loki en relación a su madre y a que todo lo de abandonarle fue un truco: otra de mis paranoias, que intenta justificar esa laguna argumental que se me creaba al caracterizar a Helblindi como ciego: por qué a Loki lo abandonaron y a él no. Admito que vi algo similar en un fanfic en inglés hace tiempo (os lo citaría pero ahora no soy capaz de encontrarlo, odio que me pase eso), pero yo lo he cambiado bastante, y me gusta la idea de que Laufey no sea el bastardo que todo el mundo creía. Esto deja aún peor a Odín, pero más adelante pondré su punto de vista sobre el tema, para no demonizarlo tanto.
Ya sabéis que normalmente no suelo contestar a los reviews por falta de tiempo, algo que me da muchísima pena porque me encanta, en EW lo hacía y disfrutaba un montón. Pero voy a contestar a un review anónimo que recibí sobre mi comentario en el capi anterior sobre el bashing o no a Angerboda.
Una lectora opinaba que el OoC negativo sí constituye bashing y creo que es una afirmación bastante acertada (así como el OoC positivo es "suificar" al personaje). En general, cuando se crea una versión nueva de un fandom, es superdifícil apegarse a todas y cada una de las características del original. Si a eso vamos, supongo que Stan Lee estaba "basheando" al Loki mitológico cuando creó al Loki de los cómics, ya que el dios nórdico es un personaje ambiguo, no totalmente bueno ni malo; mientras que el de los cómics era un villano malvado hasta la médula. Y después, los cómics modernos y sobre todo el MCU "reciclaron" al personaje volviéndolo un poco Stu, convirtiéndolo en un antihéroe guapo e incomprendido, "byroniano" como he mencionado alguna vez.
En el caso de Angerboda, como también mencionaba esta lectora, no hay forma de saber si hay OoC si no conocemos al personaje canon. Ya comenté que la Angerboda de esta historia no tiene más en común con el personaje mitológico que el nombre y el hecho de que da hijos a Loki, todo lo demás me lo inventé. En cuanto a la Angerboda de los cómics (que por cierto es rubia y blanquita, todo lo contrario que aquí), tiene aún menos relación: sólo la he visto en un número, como el espectro de una hechicera que Thor invoca para preguntarle cómo viajar al Helheim. En ese número que he visto, ni siquiera se menciona que tenga una relación con Loki (es decir, podrían haberle puesto otro nombre y habría colado perfectamente).
Por tanto, la Angerboda de EW/DF tiene poca relación con la mitológica (sólo de circunstancias y de nombre), y ninguna con la del cómic. Es, podríamos decirlo, un OC. Podría haberle puesto otro nombre y habría servido igual, como decía esa lectora, pero ya que el personaje estaba ahí "desaprovechado", lo reciclé un poco. Me gusta hacer eso en vez de crear personajes totalmente originales, al igual que lo he hecho con Tess/Sylene.
También tenía razón cuando comentaba que EW me quedó demasiado maniqueo con Sigyn toda buenísima y sufrida y Angerboda haciendo de mala malísima. Pero siempre he dicho que EW era muy "telenovelera" y en las telenovelas los personajes son así. También es cierto que es signo de inmadurez de escritora, por eso en DF intentaré darles a ambos personajes cierta dimensión: Angerboda se va a quedar de villana y eso no lo voy a cambiar, pero quiero darle algo de motivación. Y Sigyn, pese a ser la heroína, muchas veces va a tener un comportamiento más sibilino que la propia Angerboda.
Prueba de ello es lo que ocurre en este capi: Angerboda ha sido más sincera con Loki que la propia Sigyn. Lo que la jotun ha profetizado es cierto: Sigyn mentirá o traicionará a Loki en tres ocasiones (aunque cada una de ellas tendrá sus razones). La primera es, como habéis visto, que está tomando anticonceptivos sin decírselo (la ruda es la hierba que le pidió a Amora en el capi 36). Reitero que emplea la ruda como anticonceptivo y no como abortivo: ella no está embarazada en absoluto, lo que pasa es que en mis investigaciones para buscar anticonceptivos naturales encontré la ruda que se puede usar también como abortivo, pero no es ése el uso que le doy aquí, no quiero que nadie se lleve las manos a la cabeza porque Sigyn "esté embarazada y quiera abortar".
Por cierto que he incluido esta escena porque no me resultaba lógico que con tanto lemon, ella no se quede embarazada si no toma la menor precaución (y pese a que me lo comentaron en los reviews, ya no quiero más embarazos: eso ya lo usé en EW y no quiero repetirme). Podría haber mencionado que ella tomaba algún tipo de poción y ya está, pero me gusta la idea de que ella empiece a guardar secretos a Loki y tomar por su cuenta decisiones que sabe que a él no le gustarían.
Y lo dejo ahí. Perdonad el rant :)
De nuevo, un millón de gracias a todas vosotras y os deseo que disfrutéis muchísimo del verano (o de las vacaciones de invierno, según donde estéis). ¡Un beso enorme!
