De nuevo, tras mi retraso de varios meses (como siempre, os pido disculpas), creo que es adecuado que os recuerde lo que pasó en el capi anterior:
Después de que Sigyn ha aceptado su papel como esposa de Loki, la paz ha vuelto al matrimonio pero por poco tiempo. Los deberes de éste como líder del ejército de Jotunheim y el vaticinio de su destino durante el Ragnarök, que incluye su muerte en combate contra Heimdall, crean continuos conflictos entre la pareja.
En una recepción celebrada para definir las estrategias en la alianza de Loki con Malekith, el caudillo de los elfos oscuros, la aparición de la antigua amante del dios Angerboda vuelve a desatar celos y otra pelea entre ellos, aunque por fortuna vuelven a reconciliarse. Cansada de tanta tensión, Sigyn suplica a su marido que se marchen unos días lejos de todo para estar juntos, y él está más que dispuesto a concederle ese deseo…
–39–
–Ella camina en la belleza, como la noche de cimas despejadas y noches estrelladas. Y lo mejor de lo oscuro y lo brillante se encuentran en sus rasgos y en sus ojos, así, suavizados bajo la tierna luz que el cielo al llamativo día niega… ¿de quién es esto? –el dios del engaño entrecerró el libro para mirar su portada– Lord Byron. No está mal, supongo… para venir de un mortal.
–Oh, pero no te detengas –protestó Sigyn con voz melosa–. Por favor, sigue leyendo.
–No sabía que te gustase tanto la poesía midgardiana.
–Lo que me gusta es oír tu voz recitando poesía midgardiana, o lo que sea –puntualizó ella, acariciándole el cabello oscuro–. Te escucharía con gusto aunque sólo estuvieras leyendo la lista de la compra.
–Los dioses no hacemos "listas de la compra" ni ninguna de esas banalidades a las que te acostumbraste en la Tierra –repuso él con voz arrogante.
Tumbado con la cabeza cómodamente apoyada sobre el regazo de su esposa, dejó el libro a un lado y levantó la vista para observarla con ternura. La mujer le acariciaba la cabeza mientras contemplaba el panorama sobre el lago, sentada sobre la piedra caldeada por el sol y con los pies metidos en el agua para refrescarse. La rojiza melena suelta, salvo algunos mechones que mantenía sujetos sobre las sienes y adornados con pequeñas flores silvestres, su rostro radiante aunque sin rastro de maquillaje y el sencillo vestido que llevaba casi la hacían parecer una adolescente.
–Además, me gusta leer en casa, con frío fuera, la chimenea encendida y la nieve cayendo blanda en la ventana, pero no aquí. Aquí hace demasiado calor… y hay demasiadas distracciones… –terminó con tono pícaro, hundiendo la cara en el vientre de la mujer y restregando su nariz contra la piel cubierta de gasa amarilla.
–¡Eh, eso hace cosquillas! –protestó ella entre risas– ¿Estás seguro de que puedes permitirte que estemos fuera de Jotunheim tanto tiempo? –preguntó, algo inquieta.
–Pierde cuidado. Cuando nos fuimos, el motor de Naglfar estaba ya instalado y después de eso el proceso es menos complejo. Mis hijos y Eitri pueden ocuparse sin problemas –contestó, volviendo a estirarse con los ojos cerrados y actitud indolente, como si ni la menor preocupación perturbara su mente. Al menos, intentaba que así fuera, aunque sólo lo consiguiera a medias.
La idea de prolongar su estancia en Vanaheim de los cuatro días previstos a una semana entera no había sido de ella, sino suya. En el fondo sabía que era un error, que era desperdiciar tiempo precioso en lo que no dejaba de ser un capricho y en el momento más delicado, en el culmen de sus preparativos para la guerra contra Asgard. Pero no podía evitarlo. Sabía que si no lo hacía entonces, ya no lo haría nunca. Y después de todo, lo necesitaba. Necesitaba aquellos días de paz y tranquilidad a solas con su amada, alejados de todo, para construir un recuerdo al que aferrarse cuando vinieran tiempos más oscuros.
Y habían sido unos días maravillosos, de los más felices y relajados de su vida. Apenas habían hecho otra cosa que descansar, comer, charlar y hacer el amor, mucho de todo eso. Placeres sencillos, inocentes o casi inocentes, pero saciándose de todos ellos. El sexo era sólo una forma más de conocerse, extremadamente placentera, sí, mas no la única: durante aquellos deliciosos siete días hablaron más que durante todos los años de su matrimonio en Asgard. Se revelaron el uno al otro recuerdos, secretos, fantasías; compartieron todo tipo de intimidades y confidencias. Se podría decir que aquellos días les sirvieron para conocerse realmente el uno al otro y acabar sintiéndose aún más unidos si cabía. Nunca tuvieron una luna de miel después de casarse, y esta escapada era lo que más cerca estaba de serlo, tantos años después.
Pero como todo lo bueno, había pasado volando y ¡sus deliciosas vacaciones llegaban a su fin! Los dos se sentían algo tristes por ello, pero para él era imposible seguir postergando sus deberes como Gran Comandante del ejército jotun, el cual estaba también entrenándose para su inminente invasión contra Asgard. De modo que habían decidido aprovechar su último día en Vanaheim pasándolo en aquel hermoso lago que era el lugar favorito de Sigyn allí, un sitio íntimo y tranquilo.
La asgardiana sacó los pies del agua y se enderezó, cansada de estar sentada; y al oírla Loki se incorporó también para observar a su alrededor desde la plataforma pedregosa donde se encontraban. Haría calor, pero el paraje era maravilloso: la laguna serena y cristalina era alimentada por el arroyuelo que caía desde un desnivel en forma de cascada y estaba rodeada por sauces cuyas ramas caían sobre las orillas, los cuales creaban un curioso juego de luces y sombras cuando se movían mecidas por la brisa. Los pequeños haces de luz titilaban plácidamente sobre la tierra y la roca, arrancando pequeños destellos plateados al suelo. Por un momento, le recordó al centelleante sendero que conducía al Observatorio de Asgard.
–¿Cómo descubriste este sitio?
–En uno de tantos paseos que dábamos Sylene y yo cuando nos mandaste a Vanaheim. Después ella prefería explorar el bosque a caballo, pero a mí me daba pereza montar y me quedaba aquí leyendo o simplemente disfrutando del paisaje. Me aburría terriblemente –confesó la asgardiana con una sonrisa–, y te echaba mucho de menos, así que fantaseaba con verte aparecer por aquí para buscarme.
–¿De veras? –Loki enarcó una ceja, halagado– Mmm, interesante –Le agradaba saber que él no había sido el único que lo había pasado mal durante la separación.
–Sylene también disfrutaba paseando por aquí –agregó ella–. Sigo sin comprender por qué se ha empeñado en quedarse en Jotunheim, en vez de venir de vacaciones con nosotros.
–Sabes que el calor no le gusta, querida –Debido a su constitución de mestiza de gigante de hielo, su hija detestaba las temperaturas demasiado cálidas. A él tampoco le entusiasmaban, pero las toleraba mejor debido a su infancia en el templado Reino de Asgard. Por suerte, él mismo estaba tan ligeramente vestido como su mujer, con unos pantalones de lino y una fresca camisa verde del mismo material que llevaba de modo informal, semiabierta y con las mangas remangadas hasta el codo. Se sentía un poco vulnerable sin sus habituales arreos de cuero y metal, pero si los hubiera llevado encima con ese clima se habría achicharrado. Vistos desde fuera, no parecían en absoluto el temible dios del engaño y su noble esposa, sino una pareja cualquiera que había venido a disfrutar de su amor en aquel recóndito paraíso.
–Sin contar con que nuestra hija es ya toda una mujercita y como tal lo que más ansía es libertad, unos días lejos de la vigilancia de sus padres. Estará bien –añadió él–. Amora está con ella y sé que no hará nada estúpido, por la cuenta que le trae. Además, sus hermanos también cuidarán de ella.
La frente de Sigyn se frunció momentáneamente en señal de inquietud.
–Eso es lo que me preocupa. Jormungand…
–¿Jormungand? No temas nada de él –le quitó importancia–. Al igual que Fenrir, adora a su hermanita y jamás le haría daño.
–Lo sé –volvió a asentir ella–, y no es eso lo que me molesta, sino lo que oí sobre él en la cena, acerca de su odio anti asgardiano. No quiero que aproveche nuestra ausencia para intentar llenarle la cabeza a nuestra hija de ideas raras. Sylene es inteligente, pero también es joven e influenciable, y no quiero que le enseñen a odiar a los Aesir… como a ti te enseñaron a odiar a los gigantes de hielo.
Él se levantó del todo, meditando esas palabras. Tenía razón: aunque por su historia personal él hubiese declarado la guerra a Asgard, su hija merecía crecer libre de prejuicios y temores para que un día no tuviese que avergonzarse de su mitad asgardiana.
–Muy bien, vigilaré a Jormungand. Y con respecto a estos días, Fenrir y él me dijeron que pasarían todo el tiempo libre que les dejasen sus tareas fuera del castillo cazando, así que no debe preocuparte que ejerza su "perniciosa influencia" sobre nuestra hija –acabó con expresión burlesca.
–De acuerdo –murmuró ella sin darse cuenta de la broma y continuó con la vista perdida sobre el lago, aún inmersa en sus meditaciones. Así, tan seria y preocupada, le parecía adorable, incluso más que cuando se mostraba coqueta, y Loki no pudo evitar el impulso de abrazarla por la espalda.
–Había olvidado lo protectora que eres como madre –sonrió, apoyando la barbilla sobre su hombro y rozando su oreja con la nariz, lo que la hizo sonreír a su vez–. ¿Sabes qué me gustaría? Que tuviéramos otro hijo, y aún mejor si fuera un varón –añadió con tono soñador. De nuevo la inquietud se reflejó en los ojos de su esposa, aunque desde su posición él no pudiera verlo–. Recuerdo que estabas especialmente encantadora con un bebé en brazos.
Se dio cuenta de lo inoportuno de sus palabras cuando sintió el cuerpo de la mujer, tan relajado y abandonado a su abrazo un segundo antes, endurecerse como si le hubiese clavado un puñal. Al instante se soltó de su abrazo y se apartó de él, deteniéndose al pie de la roca y contemplando las aguas con melancolía. Su bello semblante estaba pálido y la risueña claridad de sus ojos empañada, como si un oscuro nubarrón hubiese velado el reflejo del sol sobre el lago.
–Sigyn, lo siento. No pretendía avivar ese recuerdo precisamente ahora –Loki intentó abrazarla de nuevo, pero ella volvió a tensarse ante su contacto, lo que lo disuadió del gesto.
–Estoy bien –dijo ella, pero el tono helado de su voz parecía sugerir todo lo contrario.
–Nunca vas a perdonarme, ¿verdad? –murmuró él, herido; y ella se volvió mirándole entre sorprendida e indignada.
–¿Qué es lo que quieres de mí, Loki? Te lo he perdonado casi todo: tus infidelidades, tu comportamiento conmigo y todas tus fechorías; y he regresado a tu lado, me he entregado a ti en cuerpo y alma. ¿Es que eso no te basta? Al final sí que es verdad que el dios del engaño no conoce la satisfacción.
–Ya te he dicho muchas veces que todos los días pienso en nuestros niños y que lamento lo que ocurrió incluso más que tú.
–Permíteme que lo dude –espetó ella, rencorosa.
–Está bien, pues lo lamento tanto como tú, ¿pero cómo iba a imaginar lo que iba a hacer Karnilla? ¿Cómo podría haberlo evitado?
–¡Nadie te obligó a matar a Balder! –chilló ella, con los ojos brillantes de lágrimas– ¡Por un estúpido capricho!
Él apartó la mirada, malhumorado. ¿En qué momento la idílica escena de enamorados había degenerado en una pelea? Pero había sido él quien había metido la pata con ese estúpido comentario sobre la maternidad, reabriendo la única herida de Sigyn que aún no había sanado del todo, y que probablemente nunca lo haría.
–Tienes razón, nadie me obligó a hacerlo. Pero me dijeron que debía cometer un acto aborrecible de perversidad gratuita, que acabara de desarraigarme de la sociedad asgardiana y a la vez sirviera de revulsivo tanto para mí como para ellos.
–¿Quién te lo dijo, Angerboda? –Sigyn se cruzó de brazos, suspicaz. Había que admitir que no se le escapaba una.
–Ella me lo dijo, sí; pero no me sugirió nada en concreto. Fui yo quien eligió a Balder porque, es cierto, no le soportaba, pese a que nunca me ofendió personalmente. Fue mi elección y no me arrepiento de lo que hice, son las consecuencias que no pude prever las que pesarán sobre mí toda mi vida… y saber que aún me guardas rencor por ello no mejora las cosas.
Ella bajó la vista y se sentó de nuevo en el borde de la roca, sobre las aguas. Él la imitó.
–No te guardo rencor Loki, al menos, no toda yo. Sólo una parte de mí lo hace, y tal vez… tal vez algún día deje de hacerlo.
–¿Y cuándo será ese día? –preguntó él, impaciente. "¿Cuando haya muerto?" estuvo a punto de añadir, pero se contuvo.
–No lo sé. Necesito más tiempo.
¿Más tiempo? Más tiempo era lo único de lo que no disponía, pero no tenía sentido seguir discutiendo por ello.
–Ojalá no hubiera dicho esa tontería de los bebés –gruñó, molesto–. Con lo a gusto que estábamos… y lo he estropeado todo. Detesto que estemos enfadados.
Ella sacudió con la cabeza con tristeza.
–No estoy enfadada. Sólo cambiemos de tema, ¿de acuerdo?
Loki estaba ansioso por hacerlo, pero no se le ocurría de qué hablar a continuación, ni tenía ánimos para volver a la intrascendencia de la poesía midgardiana, que ahora veía forzada e inoportuna. ¿Qué decir, entonces? Mientras discurría, empezó a transformar sus dedos de normales a su azulado estado jotun, y viceversa. Era un gesto inconsciente similar al repiqueteo de los dedos sobre la mesa o jugar con la lengua entre los dientes. Ni siquiera se daba cuenta de que lo estaba haciendo hasta que vio que Sigyn lo observaba con interés.
–¿Qué haces?
Él se miró la mano, de nuevo enteramente de su pálido color humano, y la cerró, retirándola azorado.
–Nada.
–No, no lo escondas, no tienes por qué –insistió ella, al parecer ya superado su resquemor por lo de antes–. Vuelve a hacerlo.
Loki, más por complacerla y hacerla olvidar la discusión que por auténtico deseo, repitió el gesto, haciendo que cada uno de sus dedos revirtiera a su forma jotun para regresar a su estado original: primero el meñique, luego el anular y el resto hasta llegar al pulgar, y después realizaba el recorrido inverso.
–Ni siquiera sé cuándo empecé a hacerlo –comentó–, ni me doy cuenta de cuándo lo hago. Me pasa a veces, cuando estoy nervioso o concentrado.
–Me gusta que lo hagas.
–¿Qué, cambiar de color como un camaleón? –preguntó él con sorna.
–No, tomarte tu condición de jotun con naturalidad, incorporarla a tu rutina, a tus gestos. No es nada que deba avergonzarte –dijo ella, probablemente aludiendo a su inseguridad la primera vez que se mostró con esa forma ante ella, la noche que se reconciliaron.
Él esbozó una sonrisa escéptica y un poco triste al tiempo que su mano, y posteriormente su antebrazo, tomaban gradualmente el tono azul grisáceo de su raza.
–¿Sabes? La primera vez que vi así mi brazo sentí auténtico pavor –rememoró–. Estábamos en Jotunheim luchando contra gigantes de hielo y alguien, no recuerdo quién, gritó que no dejásemos que nos tocaran… después supe que era por el tacto de escarcha, pero en ese momento no sabía por qué era. De repente uno de ellos me sorprendió y me agarró el brazo de lleno. Su poder de hielo congeló el brazal de mi armadura, desintegrándola, y mi brazo comenzó a colorearse de azul –Hasta entonces, había estado con la mirada perdida sobre su brazo, vagando por sus recuerdos, pero en ese instante sus ojos verdes se clavaron en los de Sigyn–. Nunca había tenido tanto miedo en mi vida. Creí que me había infectado con algo.
–Amor mío… –ella le tomó la mano del brazo que le estaba inspirando aquel lúgubre recuerdo y se la besó con ternura para después llevársela a la mejilla, sin al parecer molestarse por su gélida temperatura. Su mirada estaba iluminada por la compasión y la simpatía, y sin que él hiciese esfuerzo alguno el brazo recuperó poco a poco su tono y calor habituales.
–No llegué a manifestarlo externamente, supongo que estaba en shock. Pero entonces me percaté de que mi adversario estaba tan sorprendido como yo y eso me hizo reaccionar. Lo maté y mi brazo volvió a su color normal. Nadie se dio cuenta de lo que había ocurrido, pero mis sospechas fueron acrecentándose y pronto no pude ignorarlas. Al final, tuve que comprobarlo personalmente entrando en la Cámara de Odín para tocar el Cofre de los Antiguos Inviernos. Sabía que sólo los jotnar podían tocarlo sin peligro de muerte, pero yo estaba dispuesto a correr el riesgo con tal de saber la verdad. Y entonces descubrí que la verdad era aún peor que cualquiera de mis sospechas: el gigante de hielo nunca me infectó… la infección siempre estuvo en mí desde el principio.
–¡Loki! –su esposa protestó con tono ofendido, como si cada palabra con que se denigraba a sí mismo la afrentase igualmente a ella– ¡Cómo puedes decir eso!
–Sí, sí, ya sé, ser jotun no es una infección ni nada vergonzoso… pero en esa época así era como lo sentía. No es de extrañar que cuando mi padre apareció sorprendiéndome con el Cofre en las manos, hubiera un intercambio de palabras bastante… intenso. Tú lo sabes, ya que estuviste espiándonos –comentó con algo de ironía. Ella no pareció darse por aludida.
–Entonces, esa batalla donde descubriste tu condición fue…
–Sí, durante aquella incursión en Jotunheim –asintió él–, a la que Thor se empeñó en que fuésemos para "enseñarles quién mandaba allí" después de que unos cuantos gigantes de hielo interrumpiesen su ceremonia de coronación –terminó con un tono que no dejaba lugar a dudas sobre su opinión acerca de los "caprichos" del mayor de los Odinson.
–Si mal no recuerdo, estaban allí porque tú les dejaste entrar –comentó ella, y él le quitó importancia a tal hecho con un gesto.
–Detalles. Sólo quería retrasar la coronación, nada más. Nadie me cree, pero entre mis planes no estaba que Thor se pusiese hecho una furia, ni que se obcecase en esa incursión suicida, y mucho menos que padre lo desterrase, aunque aprovechase la situación cuando se me presentó, ¿qué otra cosa podría haber hecho? –suspiró–. A veces me pregunto qué habría pasado si me hubiese negado a acompañar a Thor, o si le hubiese convencido de desistir de aquella incursión. ¿Habría cambiado algo o seguirían las cosas tal y como estaban, seguiría yo estancado en mi papel de príncipe segundón contribuyendo a los caprichos del heredero?
–¿Pero por qué tenías que ser su segundón? –preguntó Sigyn– ¿Acaso tú no tenías inteligencia o valía de sobra para no tener que ir a remolque de él? ¿Por qué accedías a todo lo que te pedía?
–¡No es tan simple! Él era el ideal de guerrero asgardiano y yo todo lo contrario, así que nunca me alejaba demasiado porque quería aprender de él. No sólo yo: esos lelos de los Tres Guerreros o incluso Sif, también revoloteaban en torno a él como si fuésemos polillas frente a la llama de una vela; y su magnetismo era tal que resultaba difícil negarse a algo que te pidiera aunque supieras que era una tontería. En fin, supongo que… supongo que en el fondo me gustaba –acabó por admitir muy bajito, tanto que ella casi no pudo oírle.
–¿Qué?
–Me gustaba –repitió él, más alto aunque aún incómodo–. Me gustaba que él contase conmigo. Thor siempre decía que los Odinson debían luchar juntos y se empeñaba en incluirme en su grupo, muchas veces incluso contra la desaprobación de los demás. Y aunque a mí muchas veces me fastidiaba lo bruto y arrogante que era él, o lo idiotas que eran sus amigos, otras era agradable sentirse parte de un equipo. Para mí era tan inusual sentirme integrado en ninguna parte, que me sentía feliz cuando estaba con ellos, compartiendo sus aventuras. Déjame que te ponga un ejemplo…
Empezó a relatar la historia de cierta ocasión en que descubrió que Haldier, el herrero de Asgard, había encontrado por casualidad la legendaria Copa de la Gloria. Loki trazó un plan no sólo para hacerse con ella, sino para hacerlo de una forma osada y memorable, de modo que al conseguirla recayesen sobre él la fama y el triunfo. Haldier había escondido la Copa en una mina abandonada donde los jóvenes hacían pruebas iniciáticas de valor, de modo que Loki retó al hijo del herrero y al grupo de éste a una de esas pruebas de valor, junto con Thor y sus amigos. Por supuesto, su plan era utilizar a éstos últimos para que le despejasen el camino, para después desmarcarse de ellos para encontrar la Copa y llevarse él solo toda la gloria.
Al principio su plan pareció funcionar, pero se le fue de las manos, como tantas otras veces. Resultó que aquélla no sólo era la Copa de la Gloria, sino también de la Envidia y de la Ira: se trataba de un objeto mágico que despertaba la envidia de todos hacia quien la poseyera, una envidia que pronto se manifestaba con rabia y agresividad. Todos los participantes de la prueba empezaron a pelearse entre sí, presos del hechizo de la Copa, y Thor con el Mjölnir hizo que parte de la mina se derrumbase sobre ellos, lo que disipó el hechizo.
Afortunadamente no hubo que lamentar daños personales, pero aun así, cuando Loki confesó que estaba detrás de todo, se volvieron contra él. Y fue su hermano el único que le defendió, como otras veces:
"–La confesión de Loki es noble, y su reconocida falta de juicio no le será tomada en cuenta" .
Y ya más tarde, a solas frente a una fogata en la oscuridad de la mina, le preguntó–. "¿Pero por qué lo hiciste?". Tan inocente, Thor. Era incapaz de comprender que alguien tuviera que preparar escenas para llevarse algún reconocimiento porque él los conseguía todos los días y casi sin esforzarse.
Y así se lo hizo saber, contestando cabizbajo:
"–Sólo quería algo del respeto que mi hermano disfruta cada día."
El aludido quedó muy silencioso ante aquella respuesta. Tras unos segundos, puso una mano sobre su brazo y lo apretó con cariño.
"–¿Puedes perdonarme, Loki, por cualquier cosa que yo haya hecho que haya podido herirte?"
Éste no pudo evitar sonreír con genuina felicidad. Aunque fuese un lerdo y un presumido, había que reconocer que su hermano mayor tenía sus momentos. Era la primera vez que Thor se mostraba humilde ante él o ante cualquiera; y la primera que le pedía perdón por algo, aunque no sería la última.
"–Claro que sí "–respondió devolviendo el apretón con la otra mano al brazo del hombre que en ese momento creía compartía su sangre.
Un bonito momento fraternal, lástima que cuando regresaron al Palacio de su padre, toda aquella intimidad quedara olvidada. A los amigos de Thor, así como al hijo de Haldier y a su grupo, les faltó tiempo para cantar alabanzas del primogénito de Odín, que había superado todas las pruebas con su nobleza y valentía; al igual que censuraron el afán de notoriedad de Loki, cuyo plan para quedar como un héroe los había puesto a todos en peligro. El Padre de Todos puso los ojos en blanco como si estuviera ya acostumbrado a las tropelías de su hijo menor, Frigga sacudió la cabeza con un suspiro; y Thor, celebrando con un cuerno de cerveza lo que había sido otra aventura exitosa, apenas prestó atención a las críticas hacia su hermano, de modo que Loki quedó relegado a su papel de liante una vez más, sin que a nadie pareciera importarle sus motivos.
–Gracias, Loki –oyó susurrar a su esposa, y sus palabras lo devolvieron al presente– …por contarme todo esto. Gracias por confiar en mí.
Él apretó los labios en una ligera sonrisa no exenta de amargura, sorprendido al igual que ella de haber sido tan abierto y sincero. De ordinario solía guardarse todos sus sentimientos para sí, considerando que expresarlos le hacía vulnerable; pero en aquella ocasión, en aquel paraíso perdido y a solas con la mujer que consideraba su alma gemela, se sentía diferente, como liberado.
–Gracias a ti por escuchar. Sólo es una anécdota, pero me imagino que ilustra cómo era nuestra relación. Yo era diferente también en aquel entonces, incluso de cuando me conociste. Estaba lleno de sueños, de esperanzas… que nunca llegaron a realizarse. Que se destrozaron la noche en que averigüé la verdad –añadió con melancolía, metiendo un par de dedos en el lago y moviéndolos mientras se coloreaban de azul. Los sacó cuando vio que el agua que los rodeaba empezó a congelarse.
–Pero entonces, tampoco fue tan malo, ¿verdad?
–¿Qué es lo que no fue tan malo? –Levantó la vista hacia ella, extrañado.
–Tu infancia, tu juventud… el tiempo que pasaste en Asgard. Casi podría decirse que fuiste afortunado.
Fue en ese momento cuando fue consciente del peligroso rumbo que habían tomado sus pensamientos, de la sonrisa nostálgica sobre sus labios y de lo que parecía todo aquello, de modo que reaccionó a ese comentario de la única forma posible: enojándose.
–¿Afortunado, dices? –repitió indignado– Sigyn, ya te conté lo que me dijo Helblindi, ¡mis padres biológicos nunca tuvieron intención de abandonarme! ¡Odín me secuestró, me arrebató de mi auténtico hogar!
–Pero él no podía saberlo, ¿cómo querías que lo supiera? Todo lo que vio fue un bebé solo y abandonado a su suerte en aquel templo helado, ¡y supuso, con toda lógica, que morirías si te dejaba allí! La verdad, yo no habría actuado de otra manera.
–Sí, pero…
–Además, ni siquiera te llevó a Asgard como esclavo o prisionero –prosiguió ella, sin dejarle replicar–, sino como su hijo. Por mucho que insistas en que te trató de forma diferente a Thor, desde fuera no se veía así. Al igual que a él, te alimentó y te vistió sólo con lo mejor y te dio la más esmerada educación, algo con lo que muchos niños asgardianos no podían ni soñar, ¡yo incluida!
–¡Y eso qué importa! –exclamó él, cada vez más irritado– De acuerdo, tal vez no se me privó de nada material, ¿pero qué hay del amor de una familia, de…?
–¡Vamos, no me hagas reír! –lo interrumpió ella– ¿Intentas convencerme de que no te querían cuando aguantaban todas tus trastadas y jamás te castigaban severamente? ¿Vas a decirme que a Frigga no le importabas cuando pasaba contigo más tiempo que con su propio hijo y despertó en ti el amor a la magia?
Él agachó la cabeza, consciente de que no podía negar el cariño con el que le había tratado la Reina asgardiana, a la cual, a su pesar, todavía veía como su madre.
–E incluso el Padre de Todos, aunque es verdad que sentía más afinidad por Thor por sus caracteres similares, te apreciaba lo bastante como para continuar la farsa de que eras su hijo para no hacerte daño.
Loki sacudió la cabeza varias veces, rechazando la idea con todas sus fuerzas.
–Sólo lo hacía para tenerme controlado…
–¿Y Thor, de verdad crees que no te quería? Puede que fuera egocéntrico, presuntuoso y mandón, pero adoraba a su hermano pequeño. La historia que acabas de contarme lo demuestra. Aparte de sus padres, eras la persona más importante del mundo para él. Incluso ahora, sé que todavía te quie…
No llegó a acabar la frase, el rugido de Loki la sobresaltó.
–¡Basta! ¿Se puede saber de parte de quién estás?
–¡De la tuya, por supuesto! –se defendió ella– ¡Sólo intento recordarte que, aunque no sean de tu sangre, las personas de Asgard sobre las que vas a desatar la destrucción son tu familia!
El dios carraspeó como si estuviera intentando contener una carcajada de desprecio.
–Mi familia… –murmuró, mientras que por su mente volvían a desfilar los recuerdos, esta vez en forma de rápidas imágenes: Odín insistiendo en que lo veía como a un hijo, que no lo había acogido como el arma estratégica que él sabía que era. Frigga pasando todo su tiempo con él, enseñándole nociones de magia, y concediéndole la regencia de Asgard durante el Sueño de su marido con los ojos brillantes de amor y confianza. Y Thor… Thor que le pedía disculpas frente a aquella fogata, Thor que tantas veces le defendía cuando otros le atacaban, Thor que se sinceraba con él antes de la coronación que él mismo arruinó y que jamás le había guardado rencor por ello. El mismo Thor que una y otra vez intentaba acercarse a él y arreglar las cosas, pese a todo lo que él había hecho y sin desanimarse por sus repetidos rechazos.
Thor… ese maldito patán, ese gigantón bobo y sentimental. Sólo pensar en él le hacía crispar los puños de rabia y le llenaba los ojos de lágrimas. Se suponía que el odio liberaba, que lo hacía más fuerte, pero si era así, ¿por qué su recuerdo le dolía tanto?
Habría deseado tenerlo ahí; le habría gustado tenerlo delante de él para molerlo a puñetazos, y tal vez así descargar una mínima parte de la furia que sentía. Pero como eso era imposible, y por mezquino que fuese, dirigió su ira hacia la persona que sí estaba allí, con él. Después de todo, ella era la culpable de que le hubiesen invadido emociones tan dolorosas.
–¿Crees que no sé lo que estás haciendo? –escupió, apuntándola con un dedo acusador–. No me importa que uses el sexo para salirte con la tuya como el otro día, de hecho me divierte; pero que intentes jugar con mis emociones… no voy a consentírtelo, ni a ti ni a nadie.
Ella le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos.
–¿De qué estás hablando?
–¡Está claro que tratas de manipularme para que paralice mis planes de guerra contra Asgard!
–¡No es verdad! Sólo quiero que estés totalmente seguro de lo que vas a hacer antes de que tenga lugar alguna otra pérdida irreparable, como pasó con nuestros niños.
–¡Estoy muy seguro! –exclamó él cortante, furioso porque ella hubiera recurrido al recuerdo de sus hijos para hacerle sentir culpable… y había funcionado– ¡Y pensaba que me apoyabas, como mi esposa que eres!
–Por supuesto que te apoyo, cariño, pero…
–¡Pues no se nota, llevas un buen rato defendiendo a Odín y a los estúpidos asgardianos!
Ella no respondió, sólo sacudió obstinadamente la cabeza apretándose la frente con los dedos, como agotada. Era increíble: tras aquellos deliciosos días de una armonía casi perfecta, justo el último día de sus vacaciones no hacían más que pelearse.
–Se acabó la conversación. Y nunca más vuelvas a tocar ese tema en mi presencia –zanjó él secamente, mientras se ponía de pie y se sentaba en la otra punta del cancho, dándole la espalda como un niño enfurruñado.
Durante unos minutos ninguno de los dos habló, pero después de un rato Sigyn se acercó y se sentó a su lado, inclinándose para apoyar mimosamente la cabeza sobre su brazo. Aunque Loki era el ser más orgulloso de la creación y su primer impulso fue sacudirse para rechazarla, lo resistió. En el fondo, muy en el fondo, estaba agradecido porque ella hubiese dado el primer paso: detestaba estar enfadado con su esposa y ansiaba hacer las paces cuanto antes.
–Perdóname –musitó ella–. No debería haberte hablado de ese modo de ellos… Había subestimado lo sensible que eres con ese asunto.
Loki continuó inmerso en su ofendido silencio, pero no por demasiado tiempo.
–No soy sensible –protestó de forma un tanto infantil, lo que la hizo reír.
–Sí que lo eres. No era mi intención que te enfadases tanto, sólo quería darte mi opinión sincera como me había propuesto, pero con ciertos temas te cierras en banda y es imposible hablar contigo. "Oh susceptibilidad, vuestro nombre es Loki" –declamó jocosamente, parafraseando a un famoso dramaturgo midgardiano que a ambos les encantaba leer.
El aludido intentó mantener su posición de dignidad impasible, pero fue incapaz cuando vio que ella comenzaba a reírse otra vez de su propia chanza y finalmente una leve sonrisa empezó a dibujarse, a su pesar, en sus labios.
–¿Te burlas encima, mujer? Eso clama venganza.
Y antes de que ella pudiese darse cuenta y mucho menos evitarlo, se le echó encima y comenzó a buscar con sus hábiles dedos lo que sabía que eran sus zonas más débiles ante las cosquillas. Sigyn gritó por el ataque sorpresa e intentó apartarse o por lo menos detener sus acometidas, pero no había defensa posible: él era mucho más fuerte y no parecía dispuesto a dejarla marchar.
–¿Qué decías antes sobre las cosquillas? –preguntó, satisfecho al ver cómo se habían cambiado las tornas y que ahora era él quien reía… al menos de forma voluntaria, porque Sigyn también reía, aunque de un modo menos placentero.
–¡Loki, por favor, para! –suplicó la asgardiana entre aspavientos, risas nerviosas y espasmódicas contracciones intentando zafarse en vano.
–El dios del mal no conoce la piedad –declaró él con expresión ufana, casi perversa, mientras continuaba torturándola–. No me detendré hasta que te desdigas de tus palabras.
–¡Jamás!
Él no respondió, sólo levantó maliciosamente una ceja: aún no había empleado todos sus recursos para el tormento. Sin apenas pensarlo, los dedos de sus manos volvieron a tornarse azules y Sigyn respingó aún más al notar su tacto de escarcha en sus costados.
–¡Aaah! –Unos cuantos pájaros echaron a volar sobresaltados por el agudo grito– ¡Maldita sea, está helado!
–¿Algún problema, querida? –preguntó él, burlón– Pensé que te gustaba que incorporase mi parte jotun a mi rutina.
–¡Suéltame, sádico! –Ella continuó debatiéndose con todas sus fuerzas, sacudiéndose y tratando de apartarse de todas las formas posibles, aunque sin éxito… hasta que por puro reflejo y sin darse cuenta le asestó un enérgico empujón. Eso consiguió hacerle retroceder, pero al encontrarse en pleno borde del cancho sobre el lago, también perdió el equilibrio y cayó pesadamente al agua. La zambullida fue tan ruidosa que hasta generó eco en aquel casi silencioso lugar.
–¡Ja! –Sigyn se puso en pie de un salto y contempló el agua donde había caído con alegría triunfal– ¡Te está bien empleado por rufián! ¡Espero que el remojón te cure esa manía que tienes de quedar siempre por enci…! –enmudeció antes de acabar la frase al darse cuenta de que no lo veía subir de nuevo a la superficie, y en su semblante se dibujaron todos los signos de la alarma.
–¿Loki? –preguntó con voz temblorosa, asomándose al borde de la roca. Aunque el lago era cristalino no se veía el menor signo del dios, apenas unas pocas burbujas de aire borboteando en el agua como si ascendieran desde el fondo– ¿Estás bien? ¡Loki, contesta!
No hubo respuesta más allá de la brisa y el sonido característico de los insectos. Y Sigyn estaba empezando a ponerse histérica, imaginándose a su marido en las profundidades del lago, desvanecido tras un golpe en la cabeza o peor aún, ahogado. Se dispuso a lanzarse al agua para rescatarlo, pero un segundo antes de que tomara impulso creyó ver algo bajo el agua, una sombra que ascendía con rapidez.
–¿Loki? –esperanzada, se inclinó aún más en el reborde de la roca y empezó a estirar un brazo hacia el agua para que su esposo pudiera tenerlo de asidero. Sin embargo, a mitad del movimiento se paralizó al ver que la sombra que subía a toda velocidad era bastante más grande que él y tenía forma de animal. Apresuradamente intentó retirarse, pero era demasiado tarde: en la superficie del lago surgió lo que parecía un reptil enorme y monstruoso, que atrapó el brazo de la mujer con su boca y la arrastró consigo al agua. Sigyn se hundió con un grito horrorizado.
Instantes después, el ser reptiliano emergió de nuevo y observó con ojos feroces cómo la mujer se debatía por subir a la superficie y mantenerse a flote. Parecía que disfrutara viéndola en apuros, y justo cuando cualquiera habría creído que se lanzaría sobre ella para devorarla, ¡se echó a reír de una manera muy humana!
Mientras Sigyn tosía y escupía el agua que había tragado, una luz dorada envolvió al cetrino engendro y tras desvanecerse ésta apareció un Loki mojado, muy risueño y tremendamente satisfecho con su payasada. Reía a mandíbula batiente, tanto que ni siquiera la expresión de furia que se veía en el rostro de ella fue capaz de desalentar su hilaridad.
–¡Si te hubieras visto la cara! ¿Cuándo dejarás de caer con mis ilusiones? ¡Hasta un ciego se habría dado cuenta! –exclamó con la voz entrecortada por las carcajadas. Sabía que parecía un crío, pero le daba igual: hacía mucho que algo no le hacía tanta gracia. A Sigyn obviamente no se la hacía tanta.
–¡Eres un imbécil! –nadó hasta él para tratar de golpearlo, pero falló y sólo consiguió salpicarle con un poco de agua– ¿Tienes idea del susto que me has dado? ¡Creía que te había pasado algo!
Él siguió riendo, mientras esquivaba los intentos de su esposa por agredirle. Tampoco le habría hecho daño si le hubiese dado, pero le divertía verla frustrarse aún más por no conseguirlo.
–Venga mujer, no te pongas así. Sólo ha sido una broma inocente.
–¡Tú y tus estúpidas bromas que no tienen ninguna gracia!
–Bueno, para mí la tienen –dijo él, tratando de contener la risa para no enfadarla aún más–. ¿En serio estabas preocupada por mí? Con todas las amenazas, enemigos y posibles muertes que he enfrentado y que me quedan por enfrentar, no será este bucólico sitio lo que me mate. Lo bueno de tener tu muerte determinada de antemano es que para todos los demás peligros eres casi invulnerable –terminó ufano, pero curiosamente aquello sólo pareció molestarla aún más.
–Es justo lo que necesito que me recuerdes –espetó y trató de alejarse de él nadando, pero él la alcanzó y la retuvo entre sus brazos–. ¡Déjame!
–Vamos, lo siento –se disculpó él, con ese tono suavemente persuasivo que sabía que nunca le fallaba–. De acuerdo, ha sido una broma muy tonta, pero ¿qué prefieres, verme de buen o de mal humor?
–Eres insoportable en cualquiera de tus estados.
–Por eso soy tan afortunado de haber encontrado una maravillosa mujer que me aguanta en cada uno de ellos.
–Ya puedes decirlo –escupió ella, a regañadientes pero empezando a suavizarse: la descarada adulación había logrado su objetivo.
–Déjame que te compense –le susurró al oído de forma provocativa, atrayéndola aún más contra sí en el agua–. Cuando venías aquí sola y pensabas en mí, ¿había alguna fantasía en específico que te habría gustado cumplir?
Sigyn no respondió, pero su mirada se posó en el pequeño salto de agua que caía sobre la boca que conectaba el lago con una gruta subacuática. Sólo fue un instante y enseguida bajó la vista, pues todavía seguía enfadada con él y más molesta aún consigo misma por caer en la tentación de esos pensamientos. Sin embargo, Loki era rápido deduciendo y ese segundo fue más que suficiente para que se percatase del ávido brillo en sus ojos.
–Mmm, buena elección –aprobó con voz sugerente–. Siempre he querido hacerlo bajo una cascada.
–¡Eso será si me atrapas! –exclamó ella desafiante, y se lanzó sobre Loki tomándolo por sorpresa. Le agarró la cabeza y consiguió sumergírsela momentáneamente bajo el agua, y cuando él pudo subir a la superficie, vio que se alejaba riéndose y nadando a toda velocidad.
Meneó la cabeza, sonriendo. "Ah, Sigyn…". Le encantaba tener a una mujer que no sólo era esposa, amiga y amante, sino también una compañera capaz de soportar el temporal de su mal humor, para al minuto siguiente seguirle el juego en sus chanzas y travesuras. La observó nadar y dirigirse a la cascada sin moverse de su sitio, todavía no: quería darle la ilusión de una ventaja, hacerla creer que no podría alcanzarla, para disfrutar de otra de sus adorables expresiones de sorpresa cuando lo hiciera.
Cuando creyó que había sido suficiente, se lanzó tras ella y logró darle alcance sin dificultades tras sólo unas pocas brazadas, justo al borde de la cascada donde el agua del torrente caía con fuerza, produciendo remolinos de espuma. Allí la acorraló justo cuando ella iba a encaramarse en una de las rocas bañadas por la corriente y la aferró, estrechándola entre sus brazos con un cómico rugido parecido al de antes. Ella no se resistió, sino que también reía y parecía feliz de haber sido cazada.
–¿Cómo has podido llegar tan rápido? –preguntó mientras se daba la vuelta y se sujetaba a su pecho. Él se echó el largo cabello mojado hacia atrás con gesto petulante.
–Otra cosa que olvidé decirte, querida, es que soy un excelente nadador. Cuando era un muchacho, íbamos al lago que está a las afueras de Asgard y hacíamos carreras, y aunque no lo creas muchas veces ganaba yo, de modo que tengo bastante entrenamiento.
–¿"Íbamos"? –repitió ella, y él torció el gesto cuando se dio cuenta de su involuntario empleo del plural. Estaba claro que por mucho que lo intentase, no podía apartar a Thor de su mente cuando rememoraba algún recuerdo feliz de su infancia, pues su antiguo hermano aparecía en todos ellos. Pero por mucho que le molestara, no estaba dispuesto a permitir que eso le amargase las últimas horas que le quedaban de aquella luna de miel tardía.
–Como dije antes… se acabó la charla –susurró mientras tomaba el rostro de la mujer entre sus manos con gesto seductor, y deslizó su pulgar derecho por los labios húmedos de ella, disfrutando de su suavidad. Pese a que junto a la cascada el agua estaba más fresca, el cuerpo femenino seguía siendo cálido y terso y el roce contra el suyo empezó a despertar su deseo–. Si no recuerdo mal, ¿en qué quedamos que pasaría si te atrapaba?
Ella no dijo nada, se limitó a rodearle el cuello con los brazos y le besó.
–*–*–*–*–*–
La tarde empezó a caer morosamente, aunque los rayos del sol aún calentarían durante un buen rato. Sigyn y él habían vuelto al cancho donde se encontraban antes para descansar y secarse al sol, lo mismo que sus ropas mojadas, las cuales habían tendido en una roca contigua. El libro de Byron había quedado olvidado en un rincón y se limitaban descansar desnudos y abrazados, sabiendo que no había un alma a millas a la redonda que pudiese molestarlos. La calma era total y el silencio sólo era roto por el sonido de los insectos y la incesante cadencia acuática de la cascada; era como si fuesen los únicos seres pensantes allí, dueños de la creación en aquel paraíso terrenal, semejantes a ese mito midgardiano de Adán y Eva.
–Me encanta estar así contigo, relajados y olvidados de todo –murmuró Sigyn con los ojos cerrados y el rostro pegado al cuello de él–. Y me encanta este sitio, pese al calor. Ojalá pudiéramos estar así para siempre.
–No estaría nada mal –concordó él, acariciando el vientre de su esposa y disfrutando de la suavidad de su piel como si no se hubiera saciado de ella durante las últimas horas.
–Me alegra no ser un guerrero y no tener obligación de morir en combate. No me gustaría ir al Valhalla… un sitio tan violento, donde la recompensa por tu valentía y sacrificio es más lucha y dolor… –reflexionó ella en voz alta–. Cuando muera, me gustaría ir a un lugar como éste: lleno de naturaleza y armonía, donde pueda reunirme con los seres amados que perdí y esperar a aquellos que vengan tras de mí.
El comentario de su mujer despertó en él una desagradable sensación en la boca del estómago. Ya había superado una vez la supuesta muerte de su amada, y tras haberla recuperado de nuevo, la simple idea de que Sigyn tendría que morir realmente algún día le provocaba escalofríos. Sólo le consolaba el hecho de que él no estaría allí para verlo, pues tuviese éxito o no en su titánica empresa, siempre sería el primero de los dos en partir al Reino de los Muertos. Podía soportar la derrota o la ignominia, lo que fuese excepto el tormento de sobrevivirla una segunda vez. Pero eso no ocurriría. Pasara lo que pasara, había jurado que ella y Sylene se salvarían de la destrucción del Ragnarök. Cualquier plan podía torcerse, salvo ése.
–¿Por qué piensas en eso ahora? –preguntó, disimulando su inquietud con una risa despreocupada–. Faltan literalmente siglos para que ocurra. Sería más probable que fuese yo quien te esperase a ti, pues mi muerte siempre estará más cercana que la tuya.
Ella cortó el abrazo bruscamente, separándose de él enfadada de nuevo.
–¿Vas a seguir mucho más con eso?
–¿Pero qué he dicho ahora? –La agresiva reacción de la mujer lo desconcertó.
–Bastante me tortura ya saber lo que puede pasarte como para que encima me lo estés recordando continuamente, y así tan tranquilo, ¡como si fuese otra de tus bromas!
Loki parpadeó en confusión pero sólo durante un par de segundos, tras los cuales su rostro se iluminó. Su aguda mente había atado cabos y descubierto la razón, no sólo de la irritación de su esposa, sino también de su extraña actitud de antes. Entonces le acarició el cabello con ternura, revolviéndoselo y despeinándolo como habría hecho con una niña pequeña.
–¡Chiquilla tonta, así que era eso! Antes me estabas preocupando de verdad, de tanto oírte defender a mis enemigos –y en realidad así era, pues Loki no conocía las medias tintas: o estabas con él por entero, o estabas contra él–. Pero sólo quieres que paralice mis planes de guerra para protegerme.
Ella bajó la vista, turbada.
–Es… es el motivo principal, es cierto –admitió–. Pero también…
–Ya hemos hablado de esto –declaró él, sin dejarla continuar–. Te dije que no debías temer por mi destino, puesto que tenía un plan para sobrevivir.
–¡Un plan del que nunca has querido hablarme! Todo lo que sé es que es oscuro, peligroso y con pocas probabilidades de éxito, a juzgar por el secretismo con que lo has rodeado todo este tiempo.
Él reflexionó apretando los labios y al final asintió varias veces.
–Tienes toda la razón –acabó diciendo y se incorporó para sentarse con las piernas flexionadas–, creo que ya es hora de que te cuente sobre el Sjælevandring.
–Sjæle… ¿qué? –la mujer abrió mucho los ojos, desconcertada.
–Es un término en lenguaje antiguo.
–Suena a eso, pero yo conozco más o menos bien el lenguaje antiguo y jamás he leído ese vocablo en mi vida.
–Eso es porque eres inocente, querida –repuso él–. Me preocuparía si lo conocieses, porque pertenece a una parte prohibida de la magia a la cual sólo los hechiceros más corrompidos y osados tienen el valor de acceder.
–Hechiceros como tú, quieres decir.
Él alzó las cejas con una sonrisa orgullosa, en su cinismo había acabado aceptando esa forma de referirse a él como elogio antes que como insulto.
–Podría decirse así.
–¿Pero qué es exactamente el Sjælevandring? –insistió ella.
Loki se levantó y se puso la camisa, mientras su esposa hacía lo propio con su vestido. Después echó un vistazo a lo lejos, bajo un árbol donde habían quedado los restos del picnic que habían traído al lago y del cual habían disfrutado aquel día a la hora del almuerzo. Sus ojos se entrecerraron decididos: había tenido una idea.
–Te lo explicaré con un ejemplo –murmuró, y chasqueó los dedos como haciendo una llamada. Al instante, las dos jarritas de cerámica que les habían servido de vasos se alzaron en el aire y levitaron hasta donde ellos se encontraban hasta posarse cada una en las palmas de las manos del dios. No estaban vacías, aún conservaban algunos restos del vino joven y dulce que habían estado bebiendo, y ni una sola gota se había derramado durante su viaje aéreo. Loki dejó una de ellas en el suelo, junto a él, y tomó la otra entre sus manos.
–Los seres vivos se componen de dos elementos: una forma física que actúa de continente –señaló con un dedo la cerámica de la jarrita–, y la energía o esencia vital que mora en esa forma física y que la hace moverse, es decir que la anima, por eso en ocasiones se la llama "anima". Aunque eso cambia según la religión o la cultura: a veces la llaman "alma" o "espíritu". Ése es el contenido –inclinó un poco la jarrita para mostrarle a Sigyn el resto de vino que había dentro. Ella asintió, indicando que comprendía el concepto.
»En ocasiones, el cuerpo físico, el continente, puede verse dañado sin que ello afecte a dicha esencia vital –prosiguió él, y para ilustrar sus palabras pellizcó un trozo del borde de la jarrita con los dedos y lo arrancó–, pero en otras, cuando el daño infligido es mayor o en una zona más peligrosa, el impacto causa que el espíritu, ese anima contenida, escape de su continente de forma que ya no puede regresar. Eso es la muerte.
Y para seguir con la demostración, golpeó la jarra contra el suelo de roca por su parte inferior, haciéndola quebrarse de modo que el resto de vino se desparramó por las angulosas grietas de la piedra. Sigyn se sobresaltó por la violencia repentina y gratuita de la acción, y luego se quedó mirando perpleja cómo él sostenía ufanamente la mitad superior de la jarra rota, aún con el asa.
–¿Pero qué tiene esto que ver con…?
–Ahora vamos a eso –prometió él–. El cuerpo, como cualquier materia física, puede ser reparado. Sobre todo en las razas superiores como las nuestras, pues contamos con nuestras técnicas de sanación mágicas, las piedras de curación, etcétera –expuso, mientras que con su telequinesis hacía que los trozos rotos de la jarra se elevaran en el aire. Ante los maravillados ojos de su esposa, Loki reconstruyó la jarra en dos segundos, quedando ésta como si jamás se hubiese roto.
»Lo malo de eso –comentó mientras lo hacía– es que aunque la forma física pueda ser reparada, una vez efectuada la separación entre ésta y su anima, es prácticamente imposible volver a unirlas –señaló el vino derramado por la roca.
–Vale, eso lo entiendo –asintió ella, aunque seguía expectante, como preguntándose adónde quería ir a parar con toda aquella explicación.
–Cuando el cuerpo sufre un trauma lo suficientemente grave, ya no puede contener al espíritu y éste escapa, lo que produce la muerte –prosiguió él–. Aun cuando fuera posible reparar el trauma del cuerpo posteriormente –agitó la jarrita vacía–, ya es demasiado tarde porque es imposible hacer que el espíritu regrese al cuerpo que ha abandonado.
–En Midgard sí lo hacían –señaló ella–, en sus hospitales, he leído casos. En algunos accidentes o durante operaciones, a algunos mortales a los que se les paraba el corazón conseguían devolverlos a la vida. Lo llamaban reanimación.
–Sí, lo sé –comentó él, algo irritado por el comentario. Era como si ella quisiera recordarle que los mortales no eran seres tan torpes e inútiles como él siempre había creído–, yo también lo he investigado. Pero sólo son capaces de hacerlo si la muerte se ha producido de forma muy reciente, a lo sumo unos minutos atrás.
–Eso es porque si pasa más tiempo, el cerebro no recibe oxígeno, las funciones cerebrales se dañan y ya no… –Sigyn dejó de hablar al ver que él meneaba la cabeza de forma negativa.
–No es eso. Bueno, sí es eso, pero tiene un motivo más profundo que la simple biología. Es porque transcurridos esos minutos, el lazo entre cuerpo y espíritu se rompe definitivamente, este último abandona el lugar del cuerpo para siempre y ya no puede regresar.
–¿Y adónde va? –preguntó ella fascinada.
–Hasta hace algunos años no sabría decirte, tal vez se dispersase por el espacio, volviendo a reintegrarse en la inmensa energía que fluctúa por todo el Yggdrasil –miró a su alrededor, como si realmente pudiese ver la invisible esencia de la que se componían todas las cosas–, pero ahora ya no. Ahora, está claro dónde van los espíritus que parten de sus cuerpos: al Helheim, atraídos por el poder de Hela.
La sorpresa impactó a la mujer, haciéndola abrir aún más sus ojos verdeazulados.
–¿De Hela, es decir… de tu hija?
–Ajá –asintió él–. Atrae los espíritus hacia ella como la gravedad atrae a los cuerpos hacia el abismo. Imagínate un enorme agujero negro que absorbe almas.
–Suena muy tenebroso –comentó ella, estremeciéndose–. ¿Entonces…?
–Entonces, cambiemos de escenario –propuso él con voz más animada y tomando la otra jarrita de cerámica, la que aún contenía restos de vino–. Supongamos que el cuerpo, el continente, va a sufrir un trauma bastante grave, no irreparable esperamos, pero que con toda probabilidad conduzca a la fuga del espíritu que contiene. Aunque el cuerpo pudiese ser curado de dicho trauma, sería inútil ya que el espíritu habría huido, absorbido por la atracción de Hela. Pero si tras el trauma, tuviésemos preparado otro recipiente temporal para el espíritu, podríamos inutilizar el poder de Hela y retener al espíritu durante el tiempo necesario para reparar su cuerpo original.
Mientras efectuaba su explicación, rascó la parte de abajo de la jarrita hasta que consiguió desprender un diminuto fragmento, y el vino comenzó a escapar poco a poco por el agujero: era como si la vasija se "desangrase" lentamente. Entonces, Loki tomó una ancha hoja de tilo y la situó justo debajo de la jarrita, recogiendo el vino que caía.
–En este caso, dispondríamos de todo el tiempo necesario para reparar cualquiera que fuese el daño de ese cuerpo, y una vez estuviera reparado ya tan sólo tendríamos que reinsertar el espíritu en él –concluyó, y el trozo desprendido de la jarrita volvió a incrustarse mágicamente en el hueco que había dejado, quedando su superficie tan lisa como si nunca se hubiese roto. Con una sonrisa, el dios inclinó la hoja de tilo sobre la boca de la jarra, ahora vacía, y vertió de nuevo el vino en ella.
Tras eso, hizo una breve pausa para que su esposa asimilase en condiciones lo que acababa de explicarle, pues lo cierto era que, a juzgar por su expresión, a la pobre todo aquello le superaba.
–Dices que vas a usar un… "recipiente temporal", para que contenga tu alma si tu cuerpo recibe alguna herida mortal durante tu combate contra Heimdall –se limitó a resumir.
–¡Exacto! Lo has captado muy bien –aplaudió él, complacido ante la agudeza de su esposa.
–Quieres decir, otro cuerpo.
–Sí, pero no cualquier cuerpo, tiene que reunir ciertas condiciones. Debe ser uno sano y vivo, y dado lo conflictivo que es que dos espíritus pensantes coexistan en el mismo cuerpo, creemos que lo menos problemático es usar uno de animal y no de persona. Además, tiene que haber cierto vínculo entre ambos cuerpos que facilite la transición de mi espíritu cuando llegue el momento, de modo que hace unas semanas tuve que transferir parte de mi alma al "cuerpo recipiente" en cuestión, en espera de que esa parte actúe como enlace en el momento de la transferencia completa. Por eso el hechizo se llama Sjælevandring, que en lenguaje antiguo significa "transmigración de las almas".
Sigyn parecía escandalizada por la impactante información.
–¿Vas a transferir tu alma al cuerpo de un animal?
–Sólo de forma temporal –levantó un dedo para destacar el matiz–, mientras curan mi auténtico cuerpo de cualquiera que sea la herida que reciba. Después, mi espíritu regresará a mi cuerpo y habré sobrevivido a mi destino. La profecía se habrá cumplido, pues técnicamente yo habré estado muerto durante un tiempo, pero con la diferencia de que después volveré a levantarme para reclamar lo que es mío –terminó con desafiante orgullo, algo que su esposa no pareció compartir.
–¿Lo que es tuyo? –repitió mortificada, como si dijera "¿Todavía estás con eso?".
–Pues sí, lo que es mío –declaró tajante–. Por lo que sé, de los que estamos condenados por la profecía de la Vidente: Thor, Heimdall, Odín… sólo yo tengo un plan infalible de supervivencia, de modo que cuando todos los demás estén muertos, ¿quién crees que quedará para regir Asgard? –preguntó, como si la respuesta fuera tan obvia que sólo un estúpido pudiera dudar de ella. Sigyn asintió, aunque sin mucho entusiasmo al parecer.
Sin embargo, él no dejó que eso lo desanimara. Como siempre, estaba ansioso de aprobación, de admiración, de alabanzas.
–De modo que, ¿qué opinas de mi plan del Sjælevandring? –inquirió expectante, pero ella continuó cavilosa.
–Es retorcido y jactanciosamente temerario… –hizo una pausa, para añadir–, lo cual concuerda con tu carácter, ahora que lo pienso. ¿Pero qué pasaría si algo fallase? –Él se hizo el desentendido, reticente a contestar, mas ella insistió– Loki, ¿qué pasaría?
–Lo más seguro es que Hela se apoderase de mi alma y la agregase a su ya ingente colección –intentó bromear para hacer más ligero el momento–, o… en el peor de los casos, ésta se perdería para siempre, vagando en una dimensión que no es ni de este mundo ni del siguiente. Pero eso no va a ocurrir –agregó rápidamente al ver que la lividez se apoderaba del rostro de su esposa–. Si todo sigue su curso según lo previsto, no tiene por qué haber ningún fallo. Funcionará, te lo prometo –Pero estaba claro que ella concedía a sus promesas un valor relativo, por decirlo de forma suave.
–Entonces, si se respetan todos los pasos, ¿ese hechizo funciona siempre?
–Desde luego –aseguró él, pero la excesiva seguridad en su voz le granjeó una mirada escéptica por parte de ella–. Bueno, la mayor parte de las veces suele hacerlo.
–Loki… –Sigyn inclinó el rostro, alzando las cejas de forma inquisitiva.
–Está bien, no he encontrado ningún registro de algún caso documentado en que se haya hecho con éxito –admitió, a lo que ella lanzó un suspiro exasperado mientras levantaba la vista al cielo–, pero eso no quiere decir que no los haya habido.
–¿Y crees que la victoria merece el riesgo de tener tu alma vagando por otra dimensión para toda la eternidad?
–Te he dicho que eso es sólo poniéndonos en lo peor –repitió él–, probablemente Hela le echaría el guante antes.
–Ah, entonces me quedo muuucho más tranquila –soltó el sarcasmo como un latigazo–. Aunque… Hela es tu hija. ¿No sería más fácil prescindir de hechizos raros y simplemente pedirle que, aun si Heimdall te hiere de muerte, liberase tu espíritu para que pudiese regresar a tu cuerpo?
Él soltó una cáustica risita.
–Está claro que no la conoces, y eres afortunada por eso. Sería más fácil convencer a un chacal hambriento para que renunciase a su carroña que a ella para que me dejase ir. Me detesta hasta límites insospechados.
–No sé cómo te las arreglas, pero siempre acabas provocando esa reacción en cada mujer que te conoce –se cruzó de brazos, mirándolo con desaprobación.
–Bueno, no siempre –le guiñó un ojo de forma juguetona, refiriéndose a ella misma–. No, no quiero depender de la "caridad" de Hela. Bastante me molesta el tener que hacerlo de Amora, que es la única aparte de mí con el poder y conocimientos suficientes para poder acompañarme en el conjuro del Sjælevandring, pese a que tú te asegurases de ponerla a nuestro favor.
–Genial –rezongó ella–. La vida de mi marido, en manos de una sibilina hechicera y de un conjuro del que no se conoce ni un solo caso con éxito.
–Ay, amada… –emitió un cómico suspiro, pasando un brazo sobre sus hombros y atrayéndola hacia sí–, sin riesgo no hay beneficio.
–Me parece demasiado riesgo para un beneficio incierto –replicó ella, ignorando la broma–. No puedo creer que, con toda tu inteligencia, no hayas pensado en algo más seguro, más directo, más… –sus ojos se abrieron emocionados cuando una idea pareció golpearla de repente– ¡Por supuesto, si es obvio! Hay otra manera, fácil, sencilla y lógica.
–¿Ah sí? ¿Y cuál es? –preguntó él con desdén, irritado porque su idea no había recibido la acogida que merecía–. Ilumíname con tu ingenio, oh diosa de la sabiduría.
–Déjate de suspicacias y sarcasmos, esto es importante –ella le aferró las manos con las suyas, mirándolo con intensidad–. Lo único que tienes que hacer para salvarte… es matar a Heimdall.
–¿Qué? –El dios se separó un poco, completamente atónito.
–¡Mata a Heimdall! –repitió ella entusiasmada–. Si él muere antes de que tenga lugar vuestro encuentro, ya no podrá tocarte, ¿verdad? Es tan simple que no entiendo cómo no se te ha ocurrido a ti antes… –su discurso se interrumpió al darse cuenta de la rara expresión en el rostro de él– ¿Qué?
Loki la observaba como si estuviese viendo a una extraña. Aquella sugerencia no concordaba en absoluto con su habitual carácter tan poco amigo de dañar a los demás, de forma que el dios se preguntó si su compañía no estaría efectivamente ejerciendo una "perniciosa influencia", como lo había llamado antes en broma, sobre su dulce mujercita.
–Claro que se me había ocurrido, ¿por quién me tomas? –replicó, ofendido porque dudase de su instinto asesino– Lo que me sorprende es que se te haya ocurrido a ti. Yo no aguanto a ese fantoche de guardián, pero pensaba que a ti te caía bien.
–Y así es –confirmó ella–, de hecho tengo mucho que agradecerle, pues si él no me hubiese dejado escapar a la Tierra mediante el Bifrost, con toda probabilidad habría seguido mi primer impulso de acabar con todo –Loki torció el gesto cuando recordó aquellos oscuros momentos–. Pero, y aunque pase a la Historia como un monstruo de ingratitud, si tengo que elegir entre su vida y la de mi marido, mi elección es clara.
–Mi siempre fiel esposa –murmuró él conmovido, acariciándole la mejilla con ternura.
–Pero si ya habías pensado en ello, ¿por qué no has hecho nada al respecto?
–¡Porque no es tan fácil! Te recuerdo que Heimdall lo ve todo. Ahora mismo no puede vernos porque nos estoy ocultando con un velo mágico, pero sólo funciona a cierta distancia. Créeme, ni el mejor velo místico del universo funcionaría si me acercase a él.
–Y yo te recuerdo que te las arreglaste para matar a Balder, que era virtualmente invulnerable. Si conseguiste idear un plan perfecto para acabar con él, no veo por qué no puedes estrujarte un poco ese prodigioso cerebro del que siempre presumes para que se te ocurra una forma de eliminar a Heimdall, por muy difícil que sea.
–Es distinto –Loki se esforzó para recurrir a toda su paciencia, pese a que la constante insistencia de su mujer comenzaba a irritarle–. Balder estaba destinado a morir bajo mi mano.
–¡Al igual que Heimdall!
–¡Sí, pero no de cualquier forma, sino en combate singular durante el Ragnarök! Cualquier otra forma de atacarle fracasará. De hecho, el caso de Balder es un buen ejemplo de lo inútil que es intentar impedir que se cumplan los vaticinios de Völla. Mi ma… Frigga, Odín y su caterva de sanadores empacharon a ese idiota de poción fortalecedora para nada. Es imposible anular una profecía.
–¿Pues no es lo que intentas hacer tú con ese hechizo del Siala… Sieje… bueno, como sea?
–Sjælevandring –la corrigió sonriendo–. Y no, no es lo mismo. Yo no voy a anular la profecía, voy a esquivarla. Lucharé y moriré, tal y como está en los escritos, pero después reviviré de nuevo –La diferencia era notoria a sus ojos, y no entendía por qué Sigyn era incapaz de comprenderla. Más bien se negaba a comprenderla, sólo porque la idea no le gustaba o los riesgos le parecían demasiado altos.
Y eran altos, sí; pero merecían la pena. Él sólo se arriesgaba tanto porque los beneficios le compensaban, no era estúpido ni suicida.
–¿Pero no quieres al menos intentarlo?
–No, no voy a intentarlo –respondió tajante: la paciencia no le había durado mucho–. Tengo mucho que hacer y sólo invierto mi esfuerzo en planes que creo que pueden funcionar, y sé que eso no lo hará. No voy a atentar contra Heimdall para que ese engreído pueda reírse de mí creyendo que le tengo miedo.
–Así que es eso –ella entrecerró los ojos con suspicacia–, ya me lo temía. Te preocupa lo que piensen de ti. En el fondo, sigues obsesionado con demostrar que eres mejor que ellos, ¡cuando no tienes nada que demostrar!
Al verse descubierto, Loki frunció el ceño durante un instante, pero enseguida recuperó su flemática actitud.
–Te equivocas –dijo mientras tomaba el rostro de su esposa entre las manos con dulzura–. Y dejemos ya el tema, eres agotadora. Me gusta que te preocupes por mi seguridad, pero no quiero que pierdas el sueño por ello si confías en mí. Porque confías en mí, ¿verdad?
–Yo… sabes que sí.
Él sonrió ante la respuesta, aunque hubiera tardado un segundo más de lo deseable. Eso era lo que le gustaba, lo que exigía a todos sus allegados: aceptación completa e incondicional.
–Entonces no cuestiones mis decisiones –la besó con suavidad en los labios–, estaban tomadas desde mucho antes de imaginarme que volverías a formar parte de mi vida, y por mucho que te ame no pienso cambiarlas.
–¿Entonces, no tengo voz ni voto en la vida de mi marido? –preguntó ella de forma lastimera, y él sacudió la cabeza.
–Tienes voz, y la he escuchado. Pero la última palabra siempre será la mía –repuso volviendo a besarla, y después se apartó de ella.
Sigyn observó taciturna a su esposo mientras acababa de vestirse. Éste echó un vistazo hacia el cielo y vio que comenzaba a tintarse de rosa y azul oscuro, indicando la inminente llegada del ocaso. Los sauces, dulcemente mecidos por la brisa, revelaban en su balanceo parte del firmamento donde habían comenzado a titilar las primeras estrellas. En aquella casi total calma, también empezaban a oírse los sonidos vespertinos de los grillos y chicharras.
–Deberíamos regresar –sugirió el dios–. Pronto caerá la noche aquí.
–Al igual que sobre el resto de Reinos del Yggdrasil… la más oscura de las noches –murmuró ella con tristeza. Loki asintió, sabiendo que aludía a la locución con la que también era conocido el Ragnarök: el Crepúsculo de los Dioses.
–Es cierto –dijo, mientras volvía a acercarse a ella y le alargaba la mano para ayudarla a levantarse–, pero recuerda que la noche siempre trae un nuevo día.
–*–*–*–*–*–
Mientras atravesaban el portal interdimensional que los llevaría de vuelta a Jotunheim, cada uno con un brazo entrelazado a la cintura del otro, Loki notó que su esposa se apretaba contra él. Tal vez se debiera a que había sentido el radical contraste de temperatura entre el cálido Reino que acababan de abandonar y el hogar gélido al que regresaban, pero él quería creer que no había sido el único motivo. Pese a los conflictos, el clima general entre ellos durante aquella semana había sido de auténtica intimidad y armonía. En realidad, aquellas discusiones sólo eran un síntoma más de la confianza que mantenían: tantos años después de haber unido sus vidas, era ahora cuando por fin empezaban a hablar de igual a igual y a ser sinceros el uno con el otro. Era natural que surgieran desencuentros, pero eso no quería decir que hubiera menos amor entre ellos sino al contrario… o al menos era lo que él esperaba. Y cuando Sigyn ladeó la cara para mirarlo, su amplia sonrisa le confirmó que sus suposiciones eran acertadas.
Estaba muy feliz de haber hecho aquella escapada con ella. Le había costado una semana de su valioso tiempo en unas fechas muy complicadas, pero había merecido la pena. Aquel viaje había sentado de maravilla a su relación y regresaban a casa más enamorados que nunca.
El Sjælevandring tenía que funcionar, se dijo una vez más. Aquella luna de miel se le había hecho cortísima. Necesitaba, no una semana, ni tan siquiera unos meses, sino todos los siglos que le restasen de vida para disfrutarlos junto a su amada. Gobernar los dos sobre Asgard como benévolos dioses y construir juntos una auténtica era dorada que haría olvidar a ojos de la Historia cualquiera de los logros de Odín. Darle a su esposa uno, dos o varios hijos más, los que ella quisiera, que ayudasen a curar su maternidad herida. Hacerla feliz y ser feliz cumpliendo su destino, la grandeza que le había sido designada por derecho, ¿era eso tanto pedir?
Cuando regresaron a Glæsisvellir todo parecía estar en calma. Tal vez demasiado, para la hora que era.
–Qué silencioso está esto –murmuró el dios, dejando caer de un golpe el equipaje que había estado haciendo levitar con su telequinesis. Su mujer lo observó desconcertada por su sombría expresión.
–¿Y qué?
–No me gusta.
Nada parecía haber cambiado, los guardias seguían en sus posiciones como si no hubiese ocurrido nada relevante durante aquella semana en la que habían estado ausentes, y pese a todo Loki continuaba con ese ominoso presentimiento aguijoneando su sexto sentido.
–¿Me puedes decir qué te pasa? –insistió ella, ya inquieta al ver que él había acelerado el paso por los corredores mirando con atención a su alrededor, examinándolo todo en busca de posibles anomalías.
–Por lo menos el edificio sigue en pie –bromeó con cierto nerviosismo mientras intentaba en vano dar una impresión despreocupada–. Creo que antes te exageré un poco sobre la disposición "responsable" de mis hijos. Lo cierto es que tienden a desmandarse un poco cuando no estoy. Una vez metieron un tigre dientes de sable en el castillo sólo por la diversión de cazar bajo techo y causar el pánico entre los sirvientes. Los destrozos fueron cuantiosos –recordó sonriendo, pese a que en aquel momento no le hizo nada de gracia encontrarse con la fortaleza patas arriba.
–Pero ahora todo parece estar bien –observó ella, intentando seguirle el paso.
–Además, durante mi último viaje, cuando fui a la Tierra a buscarte, se comportaron a la perfección, no hubo el menor problema –añadió él. Tal vez la proximidad de la guerra los hubiera hecho madurar, lo cual no dejaba de ser triste.
–Y si lo hubiera habido ahora, nos habrían avisado con tu espejo, ¿no es así? –comentó ella con semblante preocupado, seguramente pensando en su hija.
–…Claro –asintió él. Lo que no le había dicho era que había intensificado el espesor de su velo místico durante los últimos dos días para que nadie pudiera localizarles y por tanto molestarles. Necesitaba auténtica intimidad por una vez en su vida. De todas formas, ¿qué era lo que podía ir mal en dos días?
Sin embargo, cuando llegaron al salón principal, enseguida comprobaron que efectivamente algo había ido mal.
–¿Qué hace ella aquí? –gruñó el dios al ver a Jormungand sentado junto a su madre. Angerboda llevaba un traje de terciopelo pardo menos lujoso que aquellos que tenía por costumbre, y su bello rostro lucía agotado y carente de maquillaje, algo muy poco habitual en ella.
Al otro lado de la mesa estaban Sylene y Amora. La segunda tenía una expresión bastante tensa, y aunque Sylene parecía estar en perfecto estado de salud, se la veía mustia y temblorosa, como si intentase aguantar las ganas de llorar.
El joven serpiente se levantó enseguida al verlos.
–¡Padre! –exclamó. Su voz angustiada debió haberlos puesto en alerta, pero Loki estaba demasiado furioso por la presencia de su antigua amante como para darse cuenta de lo que pasaba.
–Voy a preguntarlo otra vez: ¿qué hace ella aquí? –repitió lentamente, pero Jormungand no pareció afectado por el amenazante tono de su padre, estaba demasiado abrumado por una circunstancia que ellos aún no conocían.
–¡He tenido que llamarla, padre! ¡No sabía qué otra cosa hacer!
–¡Tengo perfecto derecho a estar aquí! –siseó la aludida furiosa– ¡Y ni te atrevas a intentar impedírmelo!
Sigyn, pese a que de ordinario solía molestarle compartir espacio con Angerboda, en ese momento no pareció preocuparle. Había ocurrido algo grave, eso podía verlo cualquiera, pero por lo menos su hija estaba bien. Eso le producía un inmenso alivio.
–Mi niña… –caminó hacia ella y al instante Sylene se levantó del lado de Amora y corrió a echarse en sus brazos, hundiendo la cara en su pecho para intentar contener las lágrimas.
–¡Oh mamá, ha pasado algo horrible!
–¿Qué es lo que ha pasado? –inquirió, intentando contener la angustia que le producía aquel funesto suspense. Entonces cayó en que faltaba alguien en aquella escena– ¿Y dónde está Fenrir?
Sylene se apretó aún más contra ella, tanto que le hizo daño. Entonces Amora habló con voz cansada e inexpresiva, y sus palabras resultaron un mazazo para la pareja:
–Los asgardianos lo han capturado.
¡Vaya, más de seis meses de parón! De nuevo os pido millones de disculpas, el trabajo, el peque y el bloqueo de escritor son una muy mala combinación u_u Entiendo a la gente que se haya desenganchado de esta historia con un ritmo de actualizaciones tan irregular, pero es que realmente no puedo hacer más, debería haberla acabado / abandonado hace tiempo pero no la quiero terminar en plan chapuza y me resisto a abandonarla… Sólo puedo reiteraros mi eterno agradecimiento a las que seguís ahí leyendo y aguantando como campeonas y también daros la bienvenida a las nuevas lectoras, que sé que hay unas cuantas por los reviews y arts que he recibido, vuestro apoyo es el responsable de que siga actualizando aunque sea a paso de tortuga.
No sé si este capi, tan largamente esperado, responderá a vuestras expectativas, hay demasiada charla y poca acción, pero era lo que tocaba y además a partir del capi que viene la cosa empieza a ponerse mejor otra vez. Para éste quería hacer algo fluff, pero como veis he fallado miserablemente XD He querido aprovechar esos momentos de intimidad entre la pareja para tratar ciertos temas que tal vez en otros momentos me habrían "cortado" la acción, y algunos de ellos llevan inevitablemente al conflicto. Uno de ellos es que Sigyn empieza a ser la voz de la conciencia para Loki respecto a sus planes de guerra y su odio hacia su familia adoptiva, aunque como sabéis nuestro dios favorito es duro de roer XD
El recuerdo de Loki sobre la aventura de la Copa de la Gloria es canon, procede de una miniserie digital de cómics patrocinada por Burger King (sí, ya sé que es raro) con los personajes del MCU, no del universo de cómics normal (para las interesadas, creo que podéis encontrarla en Internet para descargar, aunque yo sólo la he visto en inglés). Quería un flashback de Loki que manifestase la antigua conexión que tenían los dos hermanos, iba a inventarme uno pero como vi que esos cómics tenían esa escena tan bonita de Thor pidiéndole perdón y Loki sonriéndole, pues quise ponerla. Más adelante veré si se me ocurre algún otro de mi invención, si puede ser incluyendo a Frigga u Odín.
La parte de la broma de Loki en el lago, ojalá no os haya parecido muy tonta. Es que he visto que últimamente pongo al personaje demasiado serio y maduro, siendo que uno de los principales rasgos del dios mitológico es su tendencia a las travesuras, las bromas pesadas y, en una palabra, a "trollear" a todo bicho viviente. Y claro, su mujer no tiene por qué ser la excepción =D
Otro tema que quería tratar es la explicación del hechizo del Sjælevandring,el cual, como habéis visto, es el arriesgado y complejo plan de Loki para "eludir" la profecía de la Voluspá. Si habéis visto influencia de Harry Potter en este hechizo, habéis acertado: tiene mucho de horrocrux potteriano, pero tiene aún más de una saga de fantasía épica que leí en mi adolescencia llamada El imperio de Gorethria, de Freda Warrington. En ella, el antagonista principal, una serpiente gigante e inteligente llamada M'gulfn, tiene su alma vinculada a un ser humano, para que si su cuerpo se ve dañado su alma pueda huir al de su "receptor" hasta que pueda regenerarse. Normalmente el pobre receptor acaba enloqueciendo, incapaz de soportar el vínculo con un ser tan poderoso, por eso se me ocurrió que aquí el receptor debería ser un ser irracional como un animal. Y sobre todo, es una posible explicación de por qué una parte del alma de Loki acabó en Ikol (sé que en el cómic no fue así, pero como dije en este fic hay muchas paranoias por mi parte).
En fin, tengo mis razones para haber querido explicarlo ahora y no más adelante. Una de ellas (aunque no la principal, que no detallaré para no spoilear) es que Sigyn plantee la alternativa de matar a Heimdall para contrarrestar los excesivos riesgos de este hechizo. A igual que a Loki, a muchas os habrá sorprendido que haya hecho esa sugerencia, pero Sigyn hace mucho tiempo que dejó de ser un ángel. Durante un tiempo he ido encauzándola así, es un personaje que se va oscureciendo poco a poco, lo que será clave en cierto punto esencial de la trama.
Espero que no os haya decepcionado la ausencia de lemon u_u Durante los últimos capis he puesto bastantes escenas, tal vez demasiadas, y aparte de que es agotador por el esfuerzo que me supone, me da la impresión de que empiezan a ser repetitivas. Además he recibido comentarios en este sentido, de que tanto lemon llega a sacar al lector de la trama, y eso no es lo que quiero. El lemon no es lo importante del fic, sólo un recurso secundario de fanservice, y si estorba a la trama es mejor ir limitándolo (además, reconozco que por mucho que me esfuerce jamás tendré la "magia" de otras autoras que escriben unos lemon espectaculares y superespeciales, los míos jamás serán así). Eso no quiere decir que ya no vaya a haber más lemon, de hecho tengo pensado algunas escenas muy hot en momentos puntuales; sólo que no las habrá cada dos por tres.
Ya el final plantea la apertura de una nueva subtrama, con la captura/secuestro de Fenrir. Supongo que lo sabréis, pero por si acaso no está de más que os recuerde que según los mitos Fenrir fue apresado por los asgardianos y encadenado con la cadena Gleipnir, estando vaticinado que su liberación marcaría el inicio del Ragnarök. En los siguientes capis veréis mi interpretación de esta parte del mito dentro de la historia y las consecuencias que tiene eso sobre nuestra parejita. Sin querer desvelar mucho, os adelanto un cambio de escenario y una gran sorpresa, de modo que aunque este capi se os haya hecho soporífero os garantizo que el final del que viene merecerá la pena.
Qué más… ah, sí: espero que os haya gustado la idea de Loki recitando a Lord Byron. Ese poema siempre fue uno de mis favoritos y cuando me enteré de que circula un audio de Tom Hiddleston leyéndolo (podéis encontrarlo en Youtube, y lo he subido a mi blog de tumblr), no me pude resistir. Aparte, también he escuchado otras canciones para inspirarme como Forever de Breaking Benjamin o Cayman Islands de Kings of Convenience.
Ahora sí, corto y cierro. De nuevo gracias por leer y hasta la próxima.
