Dos semanas habían pasado desde que estaba encerrada en esa habitación del castillo de Ángel, dos semanas habían pasado de escapes fallidos tanto de día como de noche, dos semanas habían pasado desde que vi por última vez a Lucario, me sentía desesperada, mi corazón me pedía a gritos que lo volviera a ver pero todo intento de escape y persuasión habían sido inútiles, incluso escapar de noche lo fue.
—¿Aún sigues renuente a quedarte aquí?— me preguntó esa ya tan conocida voz
—La respuesta en obvia Ángel— dije mientras me levantaba de la cama, Ángel estaba de pie en la puerta de la habitación observándome
—Solo te quería invitar a que bajaras a desayunar todos por aquí se preguntan quien es la que duerme en mi alcoba— dijo con una sonrisa maliciosa, lo miré enfadada
—Tendrán que seguir esperando por saberlo— dije cruzándome de brazos
Entonces una pequeña niña apareció detrás de él, la niña me observaba expectante con sus ojos violáceos
—¿Es ella?— le preguntó a Ángel mientras el bajaba la mirada y le sonreía cariñosamente, algo que en mi vida habría esperado ver
—Si es ella— dijo mientras la acariciaba en la cabeza
—¿Porqué no viene?—
—Tu pregúntaselo— le dio ánimos, la niña le regaló una sonrisa y luego muy alegremente caminó hasta mi
—Hola, soy May, ¿porqué no quieres bajar?— me preguntó inocentemente, no quería ser grosera con esa niña, miré a Ángel mientras él me miraba con un aire de superioridad, suspiré
—Es solo que no creo que les vaya a agradar— dije tratando de escaparme del tema, ella sonrió
—No seas tonta, todos te quieren ver anda vamos— dijo y sin previo aviso tomó mi mano y me arrastró literalmente todo el camino hasta el comedor mientras Ángel nos seguía el paso— es ella— dijo al llegar al comedor para presentarme, extrañamente todos tenían los ojos bien abiertos cuando me vieron, tal vez esperaban otra clase de persona en lugar de mi
—Ella es Renamon y es la culpable de todos estos desvelos que he pasado— dijo Ángel haciendo gala de buen anfitrión, me dedicó una sonrisa y yo lo fulminé con la mirada
—¿Verdad que es muy bonita?— dijo la niña mientras todos se acercaban para verme mejor, me sentí cohibida.
Después de unos cuantos halagos que lejos de agradarme me incomodaban más comenzamos a desayunar, extrañamente conocí una faceta divertida en Ángel que jamás me abría imaginado, todos los que comían a nuestro alrededor se reían de sus pláticas y lo tuteaban. Sorprendentemete me sentí... feliz por él, por saber que era feliz con todos lo que lo rodeaban y no era tan solitario como me había relatado Shadow antes.
—¡Señor!— a la mesa llegó un mensajero con un objeto envuelto en una fina tela—encontramos a un ser extraño muerto en los alrededores—
—Lucario— pensé de inmediato, me levanté de la mesa y caminé hasta donde estaba el mensajero, miré a Ángel pidiéndole con la mirada que me mostrara lo que habían rescatado de ese cuerpo
—Muestralo— dijo y sin más el mensajero desdobló la tela y me mostró una especie de pincho plateado que estaba cubierto de sangre y que incluso aún tenía un poco de carne de a quien le había pertenecido, en cuestión de segundos las lágrimas comenzaron a descender de mis ojos, era el pincho que Lucario llevaba en su pecho
—¿Qué le ocurrió?— pregunté totalmente devastada mirando hacia el pincho
—Al parecer alguien lo atacó, solo pudimos encontrar esto por que su cuerpo ya no estaba, al parecer lo habían despedazado por completo—
Ante eso no pude más, corrí hacia la habitación de Ángel y me tumbé en la cama llorando agónicamente, me sentía totalmente despedazada ero extrañamente mi corazón seguía intacto, era como si la noticia y la evidencia no le hubieran afectado, tal vez aún estaba conmocionado así como yo.
Me levanté de la cama y salí por la ventana trepando hasta el techo del castillo, una vez estuve arribe sentí todo mi cuerpo arder con impotencia y simplemente me dejé liberar
—¡LUCARIO!— mi gritó salió acompañado de un sonido lastimero al final, me tiré de rodillas en el suelo y me abrasé a mi misma, no podía creer que Lucario había muerto por mi culpa, no lo había podido encontrar y no había podido verlo por última vez.
No había podido hacer nada por evitar su cruel destino.
