Capítulo 3

A su edad, había una cosa que nunca cambiaría por más viejo que fuera haciéndose. Atrapado en el terrible tráfico de Londres, conectaba su dispositivo de música el equipo del automóvil, y buscaba en las numerosas carpetas de artistas al álbum que le apeteciera escuchar esa mañana. Esta vez el afortunado era Pink Floyd, con The Dark Side of the Moon. Subió el volumen que las ventanas amortiguaban con resistencia, impidiendo que el sonido se colara al exterior. Adentro era como buscar reventarse los oídos.

La cola avanzaba un poco cada cinco minutos. Ya llevaría media hora. Iba a llegar tarde al trabajo, con la suerte de que dada su posición no tenía por qué rendirle cuentas a nadie. Como el vicepresidente de la compañía se podía dar el lujo de retrasar su llegada sin preocuparse. Además, su tío seguía en Asia culminando unos negocios que llevaba haciendo desde hace meses.

Tomó el termo de té caliente y se lo llevó a la boca. Dio un largo sorbo, considerando que estaba bien pero que necesitaba algo más fuerte en ese momento. Lo que le apetecía era un cigarrillo, pero no podría fumar hasta encontrarse en la intimidad de su despacho. Caterina y él se habían propuesto detener el vicio, con escaso éxito. Desde que comenzó en su juventud, no se había detenido hasta entonces. Cierto que en el trayecto probó fumar otras cosas, sensación del momento que posteriormente perderían su atractivo. Tanto como el tatuaje que si todavía no se había quitado, era por puro sentimentalismo.

El anillo en su mano era de oro. Modesto y hasta un tanto simplón. Justo como quería a pesar de que su novia de entonces hubiera preferido uno más elegante. Cuando le pidió matrimonio a Caterina hace ocho años reparó en que sería mejor uno práctico que no le diera vergüenza de portar. Ella había dicho que sí, en una cena románticamente típica, cuando estaba a un año de terminar su carrera y él ya llevaba un año de graduado. Había sido su novia desde el tercer año en la universidad y con el tiempo descubrió que era la indicada. Quién iba a pensar lo mucho que se podía cambiar en ocho años.

Después de una hora poniendo a prueba su paciencia, llegó a su destino. Se estacionó en su puesto y se apresuró a entrar en el edificio. Era una estructura de veinte pisos, cuyos últimos tres pertenecían a su compañía. Se metió al ascensor y al marcar el botón para cerrar la puerta, una voz le pidió que se detuviera. Al alzar la vista descubrió que era Alfred, quien venía jadeando.

-El tráfico es terrible –le dijo, colocándose a su lado.

-Lo que es terrible es tu apariencia –repuso Arthur-. ¿Otra vez dormiste en el zoológico?

-Hey, que es Armani.

-Aunque la mona se vista de seda, mona se queda –La puerta se cerró, comenzaron a ascender.

-Ese amor tuyo me conmueve –repuso Alfred, poniendo los ojos en blanco-. ¿Caterina te dejó durmiendo en el sofá otra vez?

-Si te complace saberlo, ayer nos acostamos. Tirando toda la noche. ¿Sabes lo que es?

-Una mentira –repuso Alfred-. Y de las grandes. No intentes negarlo.

-¿Cómo estás tan seguro?

-Porque tienes un humor de perros, jefe –le dijo.

La puerta del ascensor se abrió y ambos salieron. Arthur hecho una furia por dejarse vencer por un personaje como Alfred, quien había perdido su virginidad después de graduarse en la universidad y que todavía parecía un crío la mayoría de las veces. Que a él no le hablara de andar de mal humor por no tener sexo con su pareja desde… desde hace demasiado tiempo como para recordarlo. No era culpa suya, ambos estaban muy ocupados en su trabajo y llegaban rendidos en la noche. Además, Caterina estaba muy absorbida por un proyecto entre una compañera y ella, por lo que su nivel de estrés también era alto los fines de semana y lo que menos quería era perder tiempo de trabajo extra para un poco de esparcimiento con su marido.

Arthur avanzó a su oficina saludando por cordialidad a quienes se cruzaba. Cerró la puerta cuando estuvo dentro y sacó inmediatamente la caja de cigarrillos que tenía guardada en el bolsillo. Tomó uno, a la vez que buscaba por su escritorio el mechero de plata que se había regalado hacía un mes, como un consuelo luego de una pelea monumental con su esposa por una tontería que ya no recordaba.

Encendió el cigarrillo y en la primera calada se sintió en la gloria. Abandonó la tensión que se había acumulado al comenzar el día, en el duro trayecto que Pink Lloyd intentó apaciguar, en la estúpida palabrería de Alfred. Cuando lo acabó, dejó el cigarrillo en el cenicero y se enfocó en los papeles que debía revisar hoy.


Arthur llegó a su casa a las seis de la tarde. Cansado, apenas prestó atención a Ann, quien al verlo en el recibidor salió corriendo lo más rápido que sus piernitas pudieron. Le enseñó el dibujo que cargaba en la mano, que Arthur pudo distinguir como el vanguardismo más puro. Le dijo que estaba precioso, sin escuchar realmente la explicación de la niña sobre lo que era. Le tomó en brazos y le besó en la frente.

Ann tenía cuatro años y, a excepción de las cejas prominentes, era la viva imagen de su madre. Tenía el cabello de color castaño, la piel blanca y los ojos azules tan despiertos como los de Caterina. Peter, en cambio, se parecía más a él. A sus seis años podría pasar por una réplica de su progenitor.

La niñera estaba a punto de marcharse. Le informó de las menudencias del día y se despidió. Peter estaba en su habitación, jugando videojuegos, y lo saludó rápidamente antes de enfocarse en la gran pantalla del televisor. A Arthur le habría gustado más encontrárselo en el jardín. Para ello Caterina había insistido en construirles un parque infantil y la piscina. La piscina había sido el mayor temor de Arthur cuando Peter no sabía nadar. Temía que se ahogara y él no pudiera hacer nada por evitarlo. Lo mismo le ocurría ahora con Ann, aunque la pequeña asistía a clases de natación para aliviar los temores de su padre.

Tomó un vaso de agua antes de cambiarse y ponerse ropa más cómoda. Ann ahora quería mostrarle el resto de los dibujos. Arthur los miró con paciencia. Estuvieron en la habitación de la niña hasta hacerse la hora de la cena. Le preocupaba que Caterina no hubiera llegado. Le mandó mensajes, para ver si respondía. Lo más seguro es que se hubiera quedado en la oficina y se le hubiera olvidado avisar, como tantas veces que perdía la noción del tiempo.

Arthur tuvo que encargarse de la cena. Comieron los tres, padre e hijos, bajo una agradable plática. Peter tenía mucho que decir sobre la escuela y sobre sus juegos y Ann buscaba rivalizar con su hermano. El día de sus hijos era tan movido como los de él en su oficina.

-¿Mami vendrá a dormir? –preguntó Peter, cuando acabaron la cena-. No la veo desde ayer. Cuando me desperté ustedes dos ya se habían ido.

-Está ocupada en el trabajo, ya sabes cómo es –le respondió.

A Arthur le parecía injusto que su esposa no pudiera equilibrar la vida laboral con la personal y terminaran pagando sus hijos. Además, él sí tenía motivos para desligarse del hogar por días, con la cantidad de actividades en su empresa, pero conseguía el tiempo para tenerlo todo perfectamente organizado. Hallaba el tiempo para no fallarle nunca ni a su compañía ni a sus hijos, ¿por qué ella no podía esforzarse en hacer lo mismo?

Intentaba comprender la postura de Caterina, lo intentaba todo cuanto podía, pero… pero había veces que se preguntaba exactamente qué daba ella a todo esto y si se correspondía con lo que daba él.

Supervisó a sus hijos en el baño. Luego ayudó a Ann a colocarse la pijama, aunque la niña insistía en que podía hacerlo sola, y miró a Peter que ya se había desligado de la influencia de su padre en cuanto al vestirse. Cuando Ann ya lucía su pijama de princesa de Disney y Peter la de una serie muy de moda por la televisión, los obligó a acostarse a dormir. Se despidió de Peter con un beso en la frente, resignado ante la expresión indignada del pequeño, quien había querido seguir jugando.

Acostó a Ann, más dócil, y al darle su beso, le fue devuelto. Pero ella quiso que le contara un cuento, con lo que Arthur se sentó en el borde de la cama y pensó con rapidez la lista de historias que se sabía de pies a cabeza. Optó por los tres cochinitos, porque a Ann le encantaba toda historia que tuviera animales de protagonistas. Se la tuvo que contar tres veces antes que la niña cerrara los ojos, satisfecha y rendida. Le dio un último beso antes de irse a su habitación.

Se acostó después de mirar el celular. Nada de mensajes de ella. No podía sacársela de la cabeza, entre preocupado y resentido. En la cama no concilió el sueño hasta sentirla llegar en la madrugada.

-¿Pero tú todavía vives aquí? –le preguntó cuando se estaba cambiando de ropa en la oscuridad.

-Arthur, ¿sigues despierto? Por dios… El trabajo me come. Y mañana y pasado será igual. Estoy que muero.

Arthur no podía culparle nada ahora, cuando sonaba tan hastiada del mundo y solo quería echarse a dormir. No tuvo valor para hablar lo que se le había ocurrido durante la cena. Ella le dio un casto beso en los labios, antes de darle la espalda y quedarse dormida al instante.


El sábado llevó a Peter y a Ann a visitar a su abuelo. Su padre seguía viviendo en la misma casa de su infancia, que había permanecido todos estos años. Una de las cosas que más adoraba al llegar, era el jardín espléndido que su padre cultivaba y dejaba crecer, ya jubilado y con el tiempo de sobra para dedicarse a sus aficiones. Arthur quería uno igual en su casa, donde las enredaderas taparan la fachada y las flores crecieran libres y salvajes.

Ann y Peter saludaron al abuelo con efusividad. El hombre, ya canoso pero en plena forma dada la avanzada edad, solía jugar con ellos y ser más atento que lo que como padre fue con Arthur. No le reclamaba nada, solo le parecía una curiosidad. Además, solía consentir a sus nietos dándole todas las galletas que pidieran. Arthur a menudo le pedía que dejara de consentirlos, porque luego no querrían comer comida de verdad. Esa vez Peter y Ann fueron a jugar en la antigua habitación de su padre, que guardaba algunos juguetes a los que les tenía demasiado aprecio para botar, mientras que John y él se quedaban en la cocina, conversando y poniéndose al día.

-Es lamentable lo que ha sucedido, ¿sabes? –dijo John.

-¿A qué te refieres? –preguntó Arthur, quien no tenía idea.

-¿James no te ha dicho? La vecina se murió anoche. La están velando en la funeraria.

-Ah, ¿sí? –Arthur no estaba muy interesado-. ¿Y de qué murió?

-Cáncer. Llevaba años batallando con él. Siempre pensé que lo iba a superar, pero supongo que, bueno, fue demasiado para ella –le explicó.

-Espera, ¿de cuál vecina me hablas?

-De Claire. Claire Moreau.

Esta vez Arthur pudo sentir la noticia como algo más que una anécdota. Aquella mujer había sido amable con él incluso cuando su hijo ciego se fue a Estados Unidos y no volvió más a Inglaterra. Con el tiempo se había distanciado, pero nunca podría borrar el cariño que esa mujer se había ganado por ser como era.

-Es una pena –fue lo único que se le ocurrió decir.

-Quería ir al velorio, pero no me gustan. No me gusta que todos mis amigos mueran. Pienso que seré el siguiente.

-No seas ridículo, estás más sano que yo.

-Eso te lo compro. ¿Cuándo dejarás de fumar? No crié a un niño toda mi vida para que se matara a sí mismo.

-Estoy dejándolo –mintió-. Pero, ¿qué pasará con la casa?

-No lo sé. Supongo que la venderán. Sus hijos no viven aquí.

Arthur se forzó en recordarlos. De la niña no tenía más en mente que una cabellera exuberante, lo demás era un borrón. Del hijo, apenas pocos momentos. Cuando era niño había sido su amigo, pero luego se había ido a Estados Unidos. El recuerdo de lo que ocurrió allá con él lo tenía más vívido. Estaba seguro que Francis no había dejado sus gustos por más que se esforzara su padre en desviarlo. ¿Por qué había sido amigo de aquel chico, en un primer lugar?

Arthur preparó un modesto almuerzo, nada del otro mundo. Peter y Ann comieron apreciando el sabor más por el amor que le tenían a su padre que por verdadero gusto. John le dijo que estaba mejorando en la cocina y que pronto tal vez no se le quemara nada. Arthur le rió el chiste, sin ofenderse por ser un troll en el arte culinario.

Luego sus hijos salieron al jardín a jugar. Peter podría ser varón y mayor, pero era muy dedicado con su hermana y solía compartir con ella todo. Era una relación abismalmente diferente a la que Arthur había tenido con James y los demás. Ni siquiera la poca diferencia de edad había aliviado la relación con Liam, Lorcan y Haydn.

John los observaba con gusto. Arthur iba a preguntarle sobre sus violetas, cuando en el otro lado del cerco una figura le llamó la atención. Era una mujer, bastante bajita pero delgada y hermosa. Se le hacía muy familiar. Su mente la asoció con la hija de la señora Moreau cuyo nombre no se le venía a la memoria.

-Hola –le dijo Arthur, captando su atención-. Mi más sentido pésame.

-Gracias –dijo ella con sequedad. Vestía de negro, elegante e impecable. Su rostro lucía apagado. Se preguntó si se habría retocado el maquillaje después de llorar-. ¿Quién eres? No te conozco.

-Arthur Kirkland. Nos conocimos una vez, de niños, pero no recuerdo tu nombre.

-Monique. Ya te recuerdo. Eres el Arthur de mi hermano –le explicó.

-No soy amigo de tu hermano. Al menos ya no.

-Lo sé. ¿Son tus hijos? –preguntó Monique.

-Sí, Peter y Ann. Eh… -pero Arthur no quería hablar sobre él-… ¿y tu hermano?

-En la funeraria. No ha querido acompañarme, aunque tarde o temprano será inevitable.

Arthur le preguntó a cuál funeraria se refería y ella le dio el nombre y la dirección.

-Igual mañana la enterraremos –le informó, sin cambiar el tono de voz seco. Le dio también la dirección del cementerio y la hora del entierro-. Debo irme, Arthur. Un gusto volverte a ver –añadió por pura cortesía.

Arthur se preguntó si asistir a la funeraria, al entierro, a ambos o a ninguno. Pero creía que le debía a la señora Moreau aquella despedida. No le gustaban esos sitios porque solía ver fantasmas rondando y la energía en general era deprimente, pero esta vez no podía escaparse de lo que se impuso como su deber.

Le avisó a su padre a dónde iría y le confió a Peter y a Ann. Estos quisieron ir con él solo por la novedad de pisar una funeraria. Arthur se los prohibió y les prometió que volvería temprano, además de advertirles que se portaran bien y no le dieran problemas al abuelo. Ann se puso a llorar, partiéndole el corazón, pero siguió su camino hacia el automóvil mientras John la cargaba y comenzaba a consolarla. Él sabría qué hacer para devolverle el buen humor.

Prendió el auto y comenzó a andar hacia la dirección que Monique le había indicado.


Notas:

Creo que a partir de aquí puedo decir que comienza de verdad este fic. Me alegro mucho tenerlo avanzado, porque ahora que comencé la universidad y tengo miles de lecturas y también la tesis, no tengo mucho tiempo para escribir (ni para corregir, ya que estamos). Me equivoqué la vez anterior al decir que tendría cuatro mil palabras… estaba confundida, en realidad lo largo empieza a partir del quinto. Esto es un calentamiento ?

Muchísimas gracias por sus comentarios, me gusta recibir tantos y tan largos. Los quiero, os adoro y todo eso.

Sobre los personajes... Caterina es la versión femenina de Portugal y Ann es... Wy, bastante ooc porque tiene cuatro años y me he dado muchas libertades. A la próxima aparece Francis, lo prometo.

¡Nos vemos!