Capítulo 4
Arthur no había pisado muchas funerarias en su vida. Cuando se murieron sus abuelos y unos tíos ya mayores, pero había ocurrido cuando tenía menos de treinta años. En el caso de sus abuelos, menos de veinte. En esas ocasiones no lloró frente a nadie, sino tan solo en la intimidad de su habitación. El resto de su familia expresó su dolor de manera privada, con lo cual sus abuelos se fueron sin lágrimas ni grandes dramas, pero con el vacío que aquella perdida nunca podría reparar.
Con el tiempo Arthur se había acostumbrado a la muerte. No solo en su vida, sino en las noticias, en los programas de televisión, en las películas, en la literatura e incluso en la música. Estaba rodeado de muerte. De muerte y de vida. La vida de sus hijos, la de los hijos de James, Liam y Lorcan. La pequeña criatura de Dylan e Hilda, que llevaba un mes de nacida. Pero no solo a su alrededor, sino también en los mismos lugares que solía encontrar la muerte.
Un hombre sabio le había contado que la muerte era lo más ajeno al ser humano que se pudiera concebir, porque cuando se vivía la muerte estaba ausente, y cuando venía, el ausente era el propio ser humano. ¿Para qué temerle?
Aunque quedara la tristeza.
Se estacionó con dificultad, al costarle encontrar un puesto en el estacionamiento abarrotado. Al entrar en la funeraria, una antigua casa acomodada como tal, se quedó sorprendido por la cantidad de gente que llenaba su interior. Pensó que todas esas gentes habrían conocido a Claire Moreau, pero pronto se dio cuenta que velaban a varios difuntos en distintas habitaciones. Se preguntó en cuál estaría la que le interesaba. Monique se le había pasado decirle.
Pronto encontró la respuesta. Era la menos numerosa, por no decir que la habitación estaba vacía, a excepción de tres personas que Arthur desconocía. En un cartel estaba escrito el nombre de la difunta en mayúscula. Arthur entró en la habitación de paredes blancas. El féretro estaba en el medio. Fue entonces cuando se dio cuenta que sus ropas lucían demasiado para una casa donde gobernaba el blanco y el negro.
Lo vio en unas sillas colocadas a la pared de la izquierda. Estaba sentado, jugueteando con un pañuelo de color claro, vestido de negro de pies a cabeza. Pensó que era inconfundible incluso aunque hubiera transcurrido más de diez años. Estaba delgado y pálido, aquello no había cambiado. Tampoco el cabello largo y rubio, que mantenía recogido en una coleta. No podía verle los ojos por cargarlos ocultos en unos lentes oscuros un tanto exagerados para el tamaño de su cara. Llevaba barba de varios días.
No se acercó al instante. En su lugar se aproximó a la urna sin levantar la mirada del piso. No quería ver el rostro de la señora Moreau, prefería recordarla como era en su niñez. Una mujer hermosa y amable que siempre tenía platillos exquisitos para él. Lo que era ahora, seguramente una mujer mayor como su padre, le resultaría desconocido. ¿Y qué decirle a Francis? Debía darle el pésame.
Se acercó al hombre, quien se volteó hacia él al escuchar sus pasos. Se preguntó si lo recordaría. O, más aún, si le reconocería el timbre de la voz.
-Mi más sentido pésame.
-Gracias.
Ni el menor gesto de exaltación. Francis parecía cansado, casi a punto de caer exhausto en cualquier momento, y su voz había sonado monótona, como si ya no pudiera volver a repetir lo mismo aparentando gratitud.
-¿Sabes quién soy? –probó.
-No –negó Francis-, no te me haces conocido. ¿Eres un amigo de mi madre?
-Más o menos. Hace mucho que no la veía –le respondió.
-Qué pena, entonces.
-Me enteré hoy.
-¿Cómo se llama?
-Arthur Kirkland.
Esta vez sí tuvo una reacción. Se quedó paralizado, como procesando con lentitud una información maravillosa. Francis se metió el pañuelo en el bolsillo y se levantó. Si bien Francis había sido más alto que él en su niñez y juventud, ahora eran del mismo tamaño.
-¿Eres Arthur? ¿Mi Arthur?
-Éramos amigos, ¿no?
-Dios, sí. Lo éramos. No lo esperaba, no te esperaba en lo absoluto. –Las manos de Francis le temblaban. Varias veces hizo el amago de querer llevarlas hacia el rostro de Arthur, pero terminaba por retirarlas.
Arthur se encontró sin saber qué decir ni qué hacer. No solía tomar de la mano a nadie desconocido. Y Francis lo era. Un desconocido cuyo nombre y un poco más conocía, pero no era lo mismo. Fue entonces cuando llegó Monique, igual de seca que cuando la encontró en la casa de su vecina.
-Así que has venido de verdad –le dijo la mujer cuando lo vio.
-¿Por qué si no te pedí la dirección? –repuso.
-Simple educación. De todas formas, gracias por venir.
Monique se sentó en una de las sillas desocupadas y se restregó los ojos. Miró a su hermano con aire crítico, antes de emitir un corto bufido.
-Ya que llegué yo deberías irte a tomar un descanso. Tienes una pinta espantosa y esos lentes no disimulan nada –le señaló-. Toma un taxi.
-Pero…
-Llamaré a una línea. Pero lo pagas tú, ¿vale?
-Yo puedo llevarlo –se ofreció Arthur, sorprendiéndose a sí mismo por el acto impulsivo.
-¿En serio? –preguntó Monique. A Arthur le ofendía la incredulidad en su tono.
-En serio.
-Ya que insisten. Padre vendrá más tarde, ¿no?
-Te llamaré –le indicó Monique.
Francis tomó su bastón y comenzó a andar. Arthur se puso a su lado, sin dejar de vigilarlo. ¿Necesitaría ayuda para guiarse? No parecía necesitarla. Cuando salieron al estacionamiento pareció más perdido. Se detuvo, esperando indicaciones. Arthur le tomó del brazo y lo llevó hacia su auto, le abrió la puerta del copiloto y esperó a que entrara para cerrarla.
-¿Te hospedas en un hotel? –preguntó, cuando calentaba el motor.
-No. En un apartamento. Me mudé a Londres hace dos meses, por trabajo –le explicó-. Generalmente tengo contratado a un chofer, pero justo la semana pasada le di vacaciones y me estoy trasladando en taxi.
-Eso sale muy caro.
-No tengo otro modo. No sé de autobuses o metro.
-Tu inglés es muy bueno –comentó, dándose cuenta que Francis no había errado en ninguna palabra.
-El tuyo también –le dijo Francis, sonriéndole-. ¿Has seguido viviendo aquí?
-Siempre. ¿De qué se trata el trabajo…?
Arrancó. Antes de responder, Francis le dio la dirección de su apartamento.
-Soy guionista de una nueva serie que se lanzará para enero del próximo año. No puedo darte muchos detalles, porque debo guardar secreto profesional.
-¿Eres guionista?
-Sí. En Estados Unidos trabajé en series para mujeres. En su mayoría se enfocaban en el amor y el sexo. Ahora… ahora abarcaré un público más amplio.
-Vaya. ¿Y cuáles son?
Arthur no veía mucha televisión. A veces se limitaba a ver dibujos animados con sus hijos. Se había tenido que adaptar a los gustos de Ann con respecto a la serie de Barbie y los ponies parlantes, porque a la niña le hacía ilusión ver televisión en familia. Cuando tenía tiempo para él, a veces se iba a los documentales. Los fines de semana en que había partidos importantes de fútbol, se reunía con Dylan, Gilbert y Elizabeth en cualquiera de las casas de estos. O la suya.
-La primera fue una comedia escolar… Bueno, comenzó siendo una comedia –le fue explicando-, pero las cosas se complicaron y el director me iba pidiendo más drama en cada guión. Duró tres temporadas antes de que matara a la protagonista. Luego fue una serie ambientada en el campo. Tuvo cinco temporadas. Pero los episodios se reducían a sexo en el monte. Los protagonistas eran preciosos, supongo, y sus cuerpos vendían más que una trama elaborada.
-Estados Unidos tenía que ser. Aquí tendrás que esforzarte más si quieres captar público –dijo Arthur, con los ojos en blanco. Se lamentaba que Alfred no estuviera allí escuchando aquello.
-Lo sé, en parte fue por eso que acepté la oferta de trabajo. Quería ampliar horizontes.
Media hora después llegaron al edificio de Francis. Arthur se empecinó en llevarlo hacia la puerta de su apartamento, aunque Francis no puso mucha resistencia a ser tomado del brazo. Vivía en el séptimo piso. Era un edificio bastante bonito de clase media, muy silencioso. Al acercarse al apartamento 704, Francis buscó en sus bolsillos la llave para abrir la puerta, solo que no la consiguió.
-¿La has dejado en la funeraria? –preguntó Arthur.
-A lo mejor. Llamaré a Monique.
Mientras Francis llamaba, Arthur lo condenó como un irresponsable. Se preguntó, mientras escuchaba su voz como ruido de fondo, si tendría hijos. O si estaría casado. O si al menos comprometido. O… bueno, a esa edad lo normal era haber formado una familia o tener ese proyecto a punto de realizarse. Tuvo el presentimiento de que nada de aquello había ocurrido con él. Ni con él ni con Monique. Ella tenía muy buen cuerpo, como si nunca se hubiera enfrentado a la maternidad. Pero aquello era subjetivo, él había conocido modelos para sus anuncios publicitarios de su empresa que eran madres y seguían teniendo cuerpos espectaculares.
Hablando de buenos cuerpos… Detalló a Francis con descaro, agradeciendo que tuviera como cómplice su ceguera. Sí, lo había sabido desde que lo vio por primera vez, el hombre tenía muy buen ver. Y el rostro, cuántas veces no había soñado con un rostro así de varonil y elegante. Para la publicidad de su empresa, por supuesto, era difícil conseguir modelos masculinos que fueran de verdad atractivos. El hace mucho que se había alejado de aquellos gustos que fueron tan incómodos en su juventud; tras el matrimonio, se enfocó únicamente en Caterina.
-Moni dice que allá no he dejado nada –dijo Francis cuando terminó su llamada-. Entonces de verdad perdí las llaves.
-¿No tienes una copia o…?
-No te preocupes. Antoine vendrá dentro de poco. Él tiene un duplicado –le dijo, sonriéndole tranquilizadoramente-. Gracias por traerme, Arthur. Pero imagino que estarás ocupado.
-En realidad… pero ¿te quedarás aquí?
Arthur pronunció el "aquí" como si se tratara de un antro de mala muerte.
-Es el pasillo de mi residencia. En serio Toin no tardará en llegar. Y estoy seguro que tú estarás ocupado. Vamos, si ni me has contado nada sobre tu vida, pero este es un mal lugar para ponernos con confidencias. ¿Vendrías a visitarme otro día? En serio quiero hablar contigo.
-Claro, digo… -pero Arthur fue interrumpido por una nueva voz.
-¡Bonnefoy! –exclamó alguien a sus espaldas.
Arthur se volteó hacia el recién llegado. Era un hombre más bajo que ellos, delgado y de cabello negro. Parecía japonés por la tonalidad de la piel, aunque tuviera los ojos azules tal vez producto de cierto origen europeo. Tardó en reconocer el acento como francés, pero no el parisino al que Arthur estaba acostumbrado, sino el de las provincias.
-Picardía, cariño, qué gusto verte –dijo Francis-, ¿yo te he dado una llave de mi apartamento por casualidad?
-¿Eh? No, y no me llames así, el apodo es…
-Cuando dejes de recordarme a la Picardía de mi vida lo haré –o dicho de otro modo, pensó Arthur, abandona aquel acento.
-En fin, ¿qué te ha pasado? Charles está a punto de destruir el estudio si sigue sin tener noticias tuyas. Te hemos llamado desde el viernes sin parar y tú no has atendido ni una sola vez –le reprochó Picardía.
-Lo siento. Es que se ha muerto mi madre y quería pasar un tiempo en duelo.
-¿Ha sucedido eso? Lo siento, mi más sentido pésame. Pero –añadió al instante- has tenido que avisar. ¿Tienes listo el trabajo? Tenía que ser entregado ayer a más tardar.
-Estoy terminándolo.
-¿Cuándo lo terminarás? –preguntó-, ¿hoy? ¿Mañana? Para el lunes ya es muy tarde.
-La noche del domingo.
Picardía soltó un suspiro, como resignándose a disgusto. Arthur pensó que era de mal gusto tanta urgencia por acabar lo que Francis tuviera que hacer, cuando recién se había muerto su madre.
-Bien, eso es todo. Te estaré llamando y atiende. O el que vendrá será mucho peor que yo –dijo Picardía, antes de despedirse y partir, apresurado.
-¿Picardía? –preguntó Arthur.
-Está en el proyecto. En realidad se llama Jean Picard, pero su acento es tan adorable que no he podido resistirlo –le explicó-. ¡Ah! Dame tu número. Anótalo, por favor. Y pon tu nombre como Arthur. Eres el único que conozco, así que no habrá equivocaciones.
Arthur registró en su propio celular el número de Francis. Lo despidió, aún con ganas de quedarse a su lado hasta que llegara ese tal Toin del que había hablado, pero tenía que ir a casa de su padre a recoger a Ann y a Peter.
Arthur había recogido a sus hijos, que ya habían cenado en casa de su padre. Arthur terminó por llevarlos a comer helado. En casa los recibió Caterina, que ya había preparado la cena.
-Ya comimos –le anunció Arthur.
-¿Por qué no me avisaste? –preguntó Caterina, irritada al entender que todo su esfuerzo había sido inútil.
-No lo pensé. En realidad esperaba que no estuvieras aquí.
-¿Me estás acusando de algo?
-Tómalo como quieras. No tenemos hambre.
Peter protestó ante esto. El chico se sentó en la mesa y pidió de la comida de su madre. Arthur estuvo a punto de protestar. El chico ya había comido demasiado, le parecía que ahora su hambre era gula y su estómago lo iría a lamentar. No consiguió hacerle entrar en razón, ni a él ni a su esposa, quien le dirigió una mirada helada, ofendida por su postura desagradable.
Arthur decidió tirar la toalla y dejarla a cargo de la situación. Se llevó a Ann a su cuarto, la cambió y la acostó. La niña cayó rendida al instante. Luego se volvió a la cocina, donde Peter estaba terminando un segundo plato, observado por su madre que comía con él. Arthur se sentó al lado de su hijo y al frente de ella.
-Peter me ha contado que los dejaste solos con el abuelo. ¿A dónde has ido? –preguntó Caterina, sin rastros del pequeño enfado anterior.
-Una antigua vecina ha muerto y he ido a velarla. Mañana la entierran.
-¿Para qué la enterrarán? –preguntó Peter, curioso.
-Luego te lo explicamos, amor.
-¡Pero quiero saber ya!
-En la funeraria me he encontrado con su hijo. Fuimos amigos de pequeños. Lo he llevado a su casa.
-¿No podía irse solo?
-Quise llevarlo. Es ciego y, pues, hace mucho que no sabía de él. Ahora se ha establecido en Londres.
-Ya. Entonces te preocupabas que se fuera solo.
-¿Por qué está ciego? –preguntó Peter.
-No exactamente –se vio negándolo-, solo… bueno, quería saber más sobre él. Es guionista.
-¿Qué es eso? –preguntó Peter, insistente. Parecía decidido a que al menos le respondieran una de sus inquietudes-. Papá, ¿por qué es ciego?
-Porque sí, Peter. ¿Te vas a terminar lo que te has servido o te quito el plato?
Ante la posibilidad, Peter se enfocó en devorárselo todo. Caterina recogió la mesa y fregó los platos y mandó a Peter a cepillarse los dientes y acostarse a dormir. Arthur ya estaba acostado cuando Caterina entró en su habitación y comenzó a desvestirse. La observó en silencio. Era tan diferente el cuerpo de un hombre y una mujer y cómo ambos podían ser tan atractivos en distintos niveles. A Arthur le parecía que el hombre tenía más mérito, porque se podía hacer desear con un traje donde no enseñara nada de sus atributos. La prueba podía ser Francis, quien se veía sumamente atractivo en un traje donde no se le podía apreciar nada con detalle. Muchos de los vestidos de Caterina resaltaban su figura mediante un pronunciado escote.
Caterina le besó en los labios y a Arthur le supo a cigarro. Supuso que él tendría un mismo sabor. Le tocó el rostro, acariciándole las mejillas y la barbilla, y en el beso tenía los ojos abiertos, apreciando el rostro femenino y de facciones fuertes, los que se podrían esperar de una amazona.
A la mañana siguiente, un llanto lo despertó. Arthur se levantó y fue apresurado a donde provenía aquel sonido lastimero. Era el cuarto de Peter. Su hijo estaba acurrucado en la cama, llorando porque le dolía el estómago.
Lo atendió, sin apreciar el correr del tiempo. Cuando se dio cuenta, ya la hora del entierro había pasado. Peter mejoró en la tarde. No se le ocurrió llamar ni a Francis ni a ninguno de sus amigos. Lo más importante era que su hijo estuviera bien.
Notas:
Y ya apareció Francis. No tengo mucho que comentar, solo que gracias por sus reviews, fue un alivio no haberlos espantado con el cambio tan drástico que ha dado la historia.
Nos vemos, que ya voy tarde para la clase. ¡Besos!
