Capítulo 5

Aquel día había sido estresante. No solo por la cantidad de trabajo, nuevo y atrasado, sino que también había tenido que aguantar a Alfred pidiendo que mejorara la división entre departamentos. Al hombre se le había metido en la cabeza que era necesario hacer puertas de titanio. La sola idea era absurda en un lugar como aquel donde no tenían nada que esconder.

Cuando al mediodía buscó una explicación al empecinamiento de Alfred, Kiku le respondió que la culpa la tenía el nuevo empleado que había ascendido la semana pasada y con el cual Alfred tenía ciertos roces. Arthur escuchó sus razones y, cuando Kiku terminó, tenía ganas de golpear a alguien. Iván Braginski era un excelente profesional y no iba a prescindir de él porque a Alfred le perturbara su forma de ser. Cada día Alfred se ponía más ridículo, como un niño que nunca hubiera terminado de crecer.

Salió temprano del trabajo considerando que se merecía un descanso mayor. Tenía ganas de refrescar la garganta, pero tendría que ser antes de las seis, porque debía presentarse en casa para cuidar a sus hijos. Estaba seguro que a Caterina no se le pasaría por la cabeza llegar temprano. Eso quería decir que tampoco podía beber tanto como él hubiera querido. De todas formas llamó a sus amigos, para reunirse al menos unos cinco minutos con ellos. A Alfred no, que estaría en horario laboral y ya lo había aguantado lo suficiente. Marcó el número de Gilbert, pero no le atendió. Tampoco Elizabeth. Dylan le dijo que estaba ocupado como para poder librarse pronto. Arthur, al no tener más opción que ir solo al bar de siempre, se acordó que había una persona con la que todavía no había probado.

-Hola, ¿Francis?

-¡Arthur! -exclamó, después de unos segundos dubitativos-. Quería llamarte pero no me decidía... ¿Estás libre hoy?

-Eso te iba a preguntar yo. ¿Quieres tomar algo?

-Encantado. ¿Vienes a mi casa?

-Eh, en realidad prefiero que nos veamos en un bar que conozco. Es cómodo. –Arthur le dio la dirección del bar, preguntándose si el chófer del que le había hablado antes habría vuelto.

Quedaron en verse en media hora. El tráfico no estaba tan terrible como otros días y consiguió llegar a tiempo. Con todo, le tocó esperar a Francis por unos veinte minutos de más, permaneciendo atento a la entrada, rechazando la oferta de la mesera de aguardar a quien quisiera con una bebida ya en la mano. Cuando Francis por fin entró, Arthur se apresuró a levantarse e ir a su encuentro.

-Aquí estoy –dijo Arthur, tomándolo del brazo-, ¿cómo estás?

-¡Arthur! Maravillosamente, como siempre. ¿Y tú?

A Arthur le costaba creer que estuviera de tan buen ánimo teniendo tan reciente la muerte de su madre, pero no comentó nada al respecto. Lo llevó hacia la mesa, y se sentó a su lado. Entonces la mesera se presentó y le pidieron dos cervezas. Francis comentó que generalmente las detestaba, pero que hoy podía hacer una excepción.

-Lamento no haber podido ir al entierro.

-No te preocupes, yo tampoco tuve tiempo –Arthur levantó mucho las cejas, sin esperárselo-. ¿Te he sorprendido? –preguntó luego, inseguro-. Tenía que terminar el guión para el domingo. Todavía mi jefe me quiere matar.

Arthur examinó el rostro. La barba seguía intacta, pero en general tenía una buena apariencia. Sin embargo, tras una observación minuciosa comenzaban a aparecer defectos que Francis trataba de ocultar a toda costa. Los labios estaban ligeramente agrietados, atendidos por un bálsamo labial. Tenía unas ojeras que no se notaban a primera vista porque la atención se la robaba sus ojos de un color azul violáceo tanto llamativos como peculiares.

-Yo no pude ir porque mi hijo se levantó con dolor de estómago. Se despertó llorando.

-¿Tienes un hijo? –preguntó Francis, estupefacto.

-Dos. Peter, de seis, y Ann, de cuatro.

-¡Dios mío! Quién lo diría, no pensaba que… bueno, no, era de esperarse. A esta edad lo normal es conseguirse una familia y esas cosas. Entonces, ¿esposa o esposo?

¿Qué clase de pregunta era aquella? Arthur, turbado, consiguió tragar un sorbo de su bebida tras un sobresalto.

-Esposa.

-Ah. Siempre tuve la impresión de que eras gay.

-No entiendo cómo… en fin, no importa. –Arthur se sintió incómodo. Aquella decepción de Francis no era normal, como si después de tanto tiempo hubiera regresado para partirle el corazón de alguna manera. Por otro lado, ¿para qué darle explicaciones sobre sus gustos? Era lo que era y ya.

-Me da la impresión de que tú no tienes familia. Quiero decir, esposo e hijos.

-No se ha presentado la oportunidad. O el interés –Francis se pasó una mano por el cabello, tal vez buscando las palabras adecuadas para continuar-. Es decir, no me ha llamado la atención. Los hombres me aburren después de un tiempo.

-¿Y eso?

-No lo sé. Creo que… ¿Esta cerveza es inglesa? –Francis no tenía modo de saberlo.

-No, es alemana.

-Pues está muy bien. Pero a la próxima, vamos a un sitio donde podamos comer algo muy exquisito y tomar una buena copa de vino. Soy quisquilloso al respecto.

-Me estoy dando cuenta. Pero aquí no encontrarás nada mejor.

-¿Y venden comida?

-Nada del otro mundo. Seguro que pegas el grito al cielo si lo pruebas.

-¿En serio?

-¿Tienes hambre?

-Un poco –por su aspecto, Arthur tuvo el presentimiento de que no había comido muy bien últimamente. Y aquello era de esperar. Pensó que estaría devastado por su madre, aunque no quisiera demostrarlo en público. Arthur se imaginó que él actuaría de forma parecida cuando tuviera que afrontar la pérdida de sus padres. Él y sus hermanos.


Francis al dar el primer mordisco casi gritó por el horror. Arthur rió y le dijo que debería comérselo todo porque ya había pagado por él. El error de Francis era pasar saboreándolo demasiado tiempo, registrando cada textura desafortunada. Si era tan quisquilloso, lo ideal era comérselo todo sin pensar en lo que hacía.

-Años sin vernos y lo que se te ocurre hacer es envenenarme –le recriminó cuando apartó el plato, con la mitad del pan ya comida. No pensaba seguir más. Arthur se encargó de devorarse lo que quedaba.

-Estás hecho un pijo –dijo Arthur, cuando acabó. Miró su reloj y observó que ya eran las cinco. Ya se había tomado cuatro cervezas pero seguía con ganas de más. En ese entonces no se le ocurrió pensar que mañana trabajaba. O que Peter y Ann estarían esperándolo-. Entonces, Francis, tú marchaste a Estados Unidos para… ¿curarte, no?

-Sí, era el deseo de mis padres –Siguió un incómodo silencio, antes de admitir:-. Bien, y el mío. Ansiaba ver. Tanto, pero tanto. Solía decir que cuando pudiera ver, iría a Londres solo para comprobar que eras una persona horrible. Podrá ser un chiste ahora, pero me hacía ilusión verte.

-Me tenías en mucha consideración.

-Fuiste mi primer amor –confesó.

Hubo un matiz en el tono de voz que a Arthur le hizo bajar la cabeza, sintiéndose ligeramente acalorado. No se acordaba de nada de eso, no a la perfección. Sin embargo, James solía hacerle insinuaciones sobre que sus infidelidades comenzaron desde los doce años.

-Nunca fuimos novios –aclaró Arthur. Se sintió estúpido, como si acaso aquello no fuera obvio.

-Lo sé, pero yo no lo sentía así. Me gustabas muchísimo y quería casarme contigo y hacer mil tonterías que veía a diario en novelas rosa –Francis sonrió, como si recordara una fantasía agradable-. ¡Ah, pero no te asustes! Eso fue hace mucho tiempo. Ya te superé, lo juro.

-¿Hubo… alguna vez te correspondió alguien? –preguntó Arthur. Otra pregunta tonta, consideró después. Francis era bastante atractivo incluso ante la percepción de un hombre heterosexual como él. Si en este momento, sentados en la escasa intimidad de un bar, seguía atrayendo miradas de ambos sexos.

-Claro. ¿Recuerdas a Matthew? Fue mi novio durante tres años y luego lo decidimos dejar. Al comenzar a ir al liceo me di cuenta que enamoraba a mucha gente por alguna razón. A mí solo me interesaron los enamorados chicos, por supuesto. ¡Oh, y en la Universidad! Era la sensación. Todos, todos me querían.

Había un deje muy evidente de vanidad. Incluso parecía inflar el pecho cuando relataba sus conquistas que por "alguna razón" quedaban atraídos por él. La "alguna razón" era más que evidente si acaso pudiera mirarse en un espejo.

-¿Estás seguro que te querían? Porque una cosa es que te vean, y otra que soporten tu personalidad –observó, queriéndolo hacer aterrizar a su lado.

Francis sonrió, malicioso.

-No sé cómo soy, pero sí sé que soy lo que se llama "bello". O guapo. O como quieras. También sé que da igual si eres una persona horrible, porque si tu físico llama la atención, ellos olvidarán tus demás defectos. ¡Oh, por Dios! ¿En serio te estoy diciendo esto?

-Dejas a Narciso pendejo.

-Es que he tomado mucho.

-Has tomado menos que yo.

-La cerveza se ha calentado.

Francis extendió su brazo y llevó su mano, a tientas, a uno de los muslos de Arthur. Cuando se dio cuenta, lo retiró de inmediato, como avergonzado, pero siguió buscando hasta que Arthur entendió lo que quería. Le tomó de la mano, apretándosela entre las suyas. Estaba caliente.

-Lo siento –se disculpó Francis-, es que no sé cómo eres.

-Te llevo a casa.

Arthur estaba en mejores condiciones que Francis. Si bien en su juventud había sido poco tolerante al alcohol, a medida de que fue creciendo y tomando más, su resistencia mejoró. Lo que no quería decir que cuando por fin acababa borracho dejara de cometer salvajadas, en especial si se le unían Gilbert y Dylan a la ocasión.

En el camino descubrió que Francis no estaba tan prendido como había supuesto en el bar. La conversación tomó un rumbo más profesional. Arthur explicó qué hacía él, de qué se encargaba su empresa y cómo era que había obtenido un puesto tan elevado en ella. Del trabajo de Francis, solo determinó que era una serie que adaptaba una novela estadounidense y que como guionista le pagaban muy bien, bajo la consecuencia de tener que pasar más de diez horas al día en la creación del guión. No era tan fácil como sentarse y dejar que la musa guiara sus pasos.

Si bien hubiera bastado con dejarlo en la entrada, Arthur se vio ayudándolo a llegar a su apartamento. Entendía que Francis no necesitaba ayuda en algo como eso, pero ninguno de los dos comentó nada al respecto. Tampoco cuando Arthur se vio entrando al apartamento sin ningún motivo en especial.

Francis se encaminó hacia la cocina y le preguntó si quería algo de tomar. Arthur asintió, mientras admiraba el piso.

Luego observó cómo Francis iba a la cocina, de un lado para otro, como si su mirada no estuviera velada. Sacó una botella de vino. La abrió con un sacacorchos y vertió su contenido en dos copas. Cuando las tomó con ambas manos y se disponía a llevárselas, Arthur se apresuró a ir a su lado y tomar la suya. Temía que fuera a tropezarse, aunque no pareciera dar la impresión de hacerlo.

Arthur bebió, esta vez con lentitud, al contrario de Francis, que bebía a la vez que hablaba con la lengua desatada. No podía concentrarse en cada tema de conversación que sacaba con rapidez.


Arthur había bebido una copa de vino porque se conocía, recordaba que era mejor para la paz de su casa que su esposa no pudiera tener motivos para acusarlo de irresponsable. Emborracharse durante semana no era la mejor acción para evitarlo. En cambio, Francis se había encargado de tomarse más de media botella. Lucía encantador con el rostro rojizo y el ánimo más alegre de lo habitual.

En serio le sorprendía que no hubiera estallado en llanto todavía. Si a él se le muriera su madre… evitaría beber con cualquier conocido a toda costa. No iba a llorar en público. No mostraría su pena a los demás. Con alcohol encima menos se contenía en mostrar sus sentimientos, ¿quién podía fingir entonces?

En ese momento, la puerta de entrada del apartamento se abrió y por ella entró un hombre un tanto más bajo que ellos, de piel morena y cabellera castaña oscura. Pese a ello, tenía los ojos de un verde más claro que los suyos.

-Ah, hola –dijo, con un acento que Arthur no reconoció de inmediato-. Fran, ¿con una cita y sin avisarme? Lamento si interrumpo algo.

-¡Nada, nada, cher! Ven, siéntate conmigo. Quiero abrazarme a alguien. A alguien que me quiera –Francis fue a levantarse, pero Arthur le detuvo porque tenía la seguridad de que acabaría cayéndose.

El recién llegado fue hacia Francis y miró a Arthur con ojos curiosos.

-Mira qué lío estás hecho –le reprochó cuando Francis le pasó ambas manos por el cuello-. Eh, no eres su cita, ¿no?

-Soy un amigo –masculló-. Arthur Kirkland.

-Antonio Fernández.

-Supongo que ya puedo dejarlo –dijo Arthur, incómodo ante la escena. ¿Por qué tenía que estarse pegando a ese tal Antonio como si acaso se hubiera olvidado de su presencia?

-Eh, sí, vale –dijo Antonio, con una tranquilidad pasmosa.

Se despidió de ambos, aunque Francis ni se hubiera dado cuenta, y salió del apartamento. Tenía suficiente cabeza para manejar. Al ver el reloj descubrió que eran las siete de la noche. Una completa mierda.


Antonio llevó a Francis a la cama y lo recostó en ella, sin prever que Francis lo jalaría para que quedara encima de él, todavía con el ánimo tan dispuesto a comerlo a besos. Antonio no era bueno analizando los actos de las personas, pero había vivido con Francis demasiado tiempo como para hacerse una idea de lo que le ocurría. Por ello se dejó besar sin dejarlo avanzar en su deseo por aumentar la intensidad de sus caricias, hasta que por fin Francis se quedó quieto y comenzó a llorar.

Fue un sonido bajito al principio, hasta que subió el volumen de los sollozos y no hubo razones para ocultar su intensidad. Antonio le abrazó, le acarició la cabeza e intentó decirle palabras de consuelo hasta darse cuenta que nada de lo que pudiera expresar supondrían un alivio. Luego decidió mantenerse en silencio, como un pilar al que ahora Francis se unía y empapaba con el dolor que había guardado con llave hasta entonces.


Cuando Arthur llegó a casa, se encontró con la niñera en la sala, de evidente mal humor. Su hora de salida había pasado pero no había podido irse para no dejar a los niños solos. Le agradeció a la mujer y le aseguró que le pagaría aquellas horas extras. Luego preguntó por sus hijos, ella le informó que estaban en la sala, viendo televisión, antes de irse con dinero para tomar un taxi que Arthur le había dado.

No se extrañó, pero sí se decepcionó, el que Caterina estuviera ausente. Fue al baño y se lavó la cara, antes de entrar a la sala y reunirse con Peter y Ann. Cómo le apetecía un cigarrillo.


Notas:

¡Hola! A quienes sigan aquí :'D He tenido que corregir varias cosas y quitar varias partes, que ya no me gustaban, con lo cual el capítulo queda más corto de lo habitual. Espero poder compensarlo para el próximo.

Disculpen todas las molestias ocasionadas. A petición de una amiga, dejo el antiguo aviso también. Me parece terrible el tener que borrarlo, así que de todos modos, si ella no lo hubiera pedido, lo dejara igual. Ya nos vemos :)


Aviso:

Preveía sus comentarios, aunque en sí hubo dos que esperaba obtener y no recibí. En fin, lamento mucho mi actitud y el cómo fue tomada, de verdad creo que ha sido una actitud precipitada y muy inmadura de mi parte.

Alguien me dijo que era difícil encontrar una historia "de calidad" en este fandom (aunque la mayoría de mis escritoras favoritas son o han sido frukers), pero si supuestamente es muy difícil hacerlo, ¿por qué descuidar lo que ya se tiene? No es que sea la primera vez que alguien se desanima por la poca aceptación de una historia.

No entiendo por qué se desestima el valor de un comentario, cuando la dinámica del fanfiction ha sido creada entre tres elementos: autor – historia – comentarista. Obviamente, comentario no es sinónimo de elogio, y eso cualquier escritor que publica debe tenerlo claro, pero sin duda las historias (buenas, excelentes, regularsonas o muy malas) se sostienen en base de la aceptación del lector. Después de todo un autor no está ganando nada con publicar en este medio; un escritor escribe, reescribe, corrige y espera encontrarse con una respuesta mayor al silencio, aunque sea una respuesta positiva o una negativa (las críticas, que no hay que condenarlas de antemano, la verdad). Las negativas se superan y si el autor es lo suficiente maduro como para aceptarla, acaba mejorando a través de ella; con la indiferencia no. Esto no solo ocurre en un medio como el fanfiction, sino en la literatura misma. Un autor que escribe y publica no hace absolutamente nada si el público no está allí para leerlo y opinar sobre su obra; si todos los lectores se quedaran en silencio, disfrutando en silencio, la mayoría si no es que todas las obras literarias hubieran quedado en el olvido, porque quienes la han hecho parte de la cultura, los que se han encargado de hacerlas perdurar, son los lectores, de ningún modo su autor.

Simplemente veo que, si te gusta una historia o tienes algo que decir sobre ella, sea bueno o malo, al menos hacerlo saber al autor.

También he notado que se confunde lo que es el escribir con el publicar. Si yo escribo es para darme un gusto satisfaciendo mis necesidades de la pareja, lo hago para mí. Prueba es que tengo muchas historias fruk que no he publicado, pero de las que estoy feliz con ellas. Si publico, es porque tengo el deseo de que otros lean lo que escribo y opinen sobre ello, de otro modo no estaría en una página de dominio público, sino compartiendo historias por mail. Por esto, nunca dejaría de escribir (en realidad nunca lo hago, pero no viene al caso).

También se ha dicho que espero comentarios vacíos, pero incluso los que solo contienen una línea significan algo para el autor. Una persona lo ha leído y se ha tomado los segundos requeridos para demostrar su gusto o su apoyo. Obviamente siempre se van a preferir los largos, bien comentados, el problema está cuando no los hay o la persona quien los manda bien le puedes pasar la historia por un medio más privado, porque la conoces.

Ahora… no, no desprecio mi "talento" (como lo han llamado) por pedir comentarios. Yo a través del fanfiction no espero hacerme alguien famosa o valorada en el mundo literario, menos publicando en el fandom de hetalia con una pareja que ni es popular.

Y, vale, sí, hay muchos motivos para no comentar cierta vez, lo grave ocurre cuando la indiferencia se vuelve generalizada.

De verdad, me parece que la historia les aburre tanto que ni siquiera para dejar un comentario negativo daba ganas. O para manifestarse por el hecho de dejar de publicarla.

En fin, creo que he sido muy grosera con ciertas lectoras y me apena muchísimo. Espero poder recompensarlo de algún modo. Mis más sinceras disculpas, se me cae la cara de vergüenza ante ustedes.