Capítulo 6

Caterina estaba ausente otra vez.

Después de un mes donde la había pasado con Francis, llegado tarde a casa, esperándola en la cama hasta cumplirse la mañana del día siguiente y agarrado un enfado monumental. No había que ser muy inteligente para darse una idea de lo que ocurría; él lo había hecho muchas veces, el punto radicaba en que nunca incumplía con sus hijos ni con el hogar.

Caterina llegó cuando estaban desayunando, Arthur no reprimió nada de lo que tenía guardado, ni se contuvo porque Peter y Ann estuvieran presentes. Caterina le reprochó a su vez su falta de tacto y propuso que lo discutieran más tarde, que además estaba cansada. Arthur soltó un resoplido y miró a los pequeños, considerando que no merecían presenciar aquella discusión. Asintió y le anunció a su esposa que le tocaba llevar a los niños a la escuela.

―No he dormido en toda la noche, no creo… ―comenzó ella.

―No es mi problema ―le cortó Arthur y salió de la cocina. Tomó su maletín y salió de la casa a paso veloz.

El trabajo transcurrió terriblemente lento; por ello fue un alivio cuando Gilbert le llamó y le pidió verse en su apartamento. No podía ser en otro lugar, por motivos que no quiso precisar; se trataba de algo serio, a juzgar por el tono de voz, pero Arthur estaba tan harto ese día que escucharle lo había animado un poco. Se conocían desde la infancia y siempre había estado allí para él.

Gilbert vivía en un edificio de diez pisos. Estaba plagado de vecinos ruidosos, sin que ninguno de ellos buscara entrometerse en la vida del otro; no tenía amistades aparte de sus amigos de la infancia y el pájaro que se había comprado al mudarse. Aunque con lo demás fuera un desastre, Gilbert era bueno cuidando de otros. En su momento pensó que acabaría estudiando medicina, educación o sicología, no comunicación social y menos que terminara siendo fotógrafo. Durante mucho tiempo sospechó que la decisión fue causa de Elizabeth y sus ganas de viajar por el mundo y buscar el peligro; Gilbert siempre se lo negó, pero era una negación cercana a la mentira, Arthur podía reconocerlo.

Lo recibió su amigo con un gesto entre nervioso y cohibido, obligándolo a tomar asiento sin las grandes efusiones de las que era adepto. Se inquietó de inmediato por el comportamiento inusual.

―¿Ocurre algo, Gil? ―le preguntó, con el ceño fruncido.

―Sí, y es difícil decírtelo a ti ―dijo.

Estaban sentados en la sala. Casi hubiera preferido estar en el balcón, al menos le hubiera acariciado la brisa fría de Londres, sentido las primeras gotas de lluvia caer y mojarles la ropa, de aquel cielo que se iba tornando gris oscuro, tal vez anticipando lo que se venía.

―Dímelo de una vez y salimos de eso ―dijo Arthur, y Gilbert le señaló un sobre de manila pequeño en la mesita más próxima. No había reparado en él hasta ahora. Lo tomó, examinándolo sin hallar nada preocupante: no tenía nada escrito, se mantenía sellado con una cinta plástica que le costó remover. Cuando estuvo abierto, se apresuró a revisar su contenido.

Eran fotografías, a juzgar por la textura del papel. Las sacó, pensando que era muy extraño que alguien se tomara el trabajo de imprimir algunas. Ahora todo se quedaba en la red. Al verlas comprendió el comportamiento de Gilbert.

El primer impulso fue romperlas, luego se serenó, considerando que debía pensar en el problema con la cabeza fría. Frente a sí estaba la prueba de la infidelidad de su esposa: estaba junto a un hombre alto, delgado, de cabello castaño oscuro sujetado por una coleta, barbudo y de ojos verdes. Lo reconocía porque una vez se lo presentaron, era el jefe de Caterina, y estaba junto a su empleada en posiciones cariñosas variadas, sin llegar a ser íntimas. Era lo que le faltaba para terminar de convencerse de la razón por la cual ella había cambiado tanto en los últimos meses.

No supo qué decirle a Gilbert, tenía la mente en blanco; o, mejor dicho, enfocada en las fotografías que ya podría recrear como escenas en su mente, preguntándose desde cuándo y por qué, en qué había fallado, si acaso era un castigo por haberle hecho lo mismo a sus primeras novias. Pero no, con Caterina era diferente. A ella nunca se hubiera planteado engañarla con alguien de modo serio. Infidelidades esporádicas sí ocurrieron, pero ¿qué importancia tenían comparado con esto?

―Tenía que decírtelo ―le dijo Gilbert, rompiendo el silencio tenso formado entre Arthur y las fotografías, del que él se había apartado―. Las tomé hace una semana. No podía dejarlo pasar. Con ella, con Caty, ¿las cosas van bien?

―Ya te lo puedes imaginar.

Arthur acabó por devolver las fotos al sobre. Soltó un suspiro agotado. Se sentía como un imbécil. Fue entonces cuando notó que Gilbert tampoco se veía bien, y la infidelidad de Caterina no podía ser la causa, la empatía con sus amigos no llegaba a tanto.

―¿Y a ti qué te pasa?

―Es Eli ―le respondió, como si hubiera esperado la pregunta―. ¿Recuerdas que atropelló a un hombre hace poco más de un mes?

―Sí, ¿cómo ha seguido ese asunto?

-Ya le dieron de alta. Pero creo que quiere presentar cargos. Eli me estuvo hablando que el asunto no pintaba nada bien ―le explicó Gilbert―. Si lo llegan a hacer, la suma será millonaria. Podría caer presa, incluso.

―Ya ―dijo Arthur, sin saber qué decir al momento―. ¿Habló con su abogado?

―No lo sé.

―Pero el hombre ¿está bien?

―Está vivo.

―¿Y…?

―No podré estar sobre la pista como quisiera. Tengo que viajar a Alemania para una serie de conciertos de beneficencia y no puedo relegarle el trabajo a otro. Invité a Eli, pero se negó. Dice que debe quedarse con su atropellado.

―La entiendo. No debe descuidarse, un paso en falso y ese hombre podría hundirla.

―Eli no tiene dinero.

―Eso es lo de menos, ¿qué importa, con la posibilidad de destruirle la vida?

―Piensas como un villano.

―Veo las cosas como son.

―¿Crees que…?

―Debe estar preparada.

Arthur acabó yéndose pronto, siendo incapaz de aportar más al problema de Elizabeth. Veía que Gilbert se estaba tomando el asunto como personal, como si fuera él el principal afectado. Se preguntó si todavía la seguiría queriendo después de tanto tiempo. Gilbert ni siquiera se había casado, tampoco se le había conocido novia que le durara más de un mes, toda su atención se fijaba en Elizabeth, pero ella rechazaba cualquier relación larga y se enfocaba únicamente en su carrera, sus amistades y en ella misma. Además, nunca se había fijado en Gilbert de la forma que él habría esperado.

Incluso cuando ingresaron a la universidad, por quien Elizabeth se sintió atraída fue Arthur, pero él le huyó y renegó de sus avances, porque ella distaba mucho del ideal de mujer que buscaba en sus relaciones. Arthur supo que muchos desearon estar en su posición, pero él la rechazó y Elizabeth se lo tomó bien, mejor que su posterior noviazgo con Caterina, a la que siempre vio con ojos desconfiados. ¿Acaso ella habría previsto el futuro engaño? ¿Habría pensado que, de todas las mujeres escogidas, Caterina era la peor para él? Pero Arthur la había querido, incluso ahora… ¿ahora qué? No podía decir que no la amaba, tenían hijos y no podía renegar de todo cuanto habían vivido.


Caterina llegó tarde, como se estaba haciendo costumbre. Ya los niños estaban acostados, después de una velada con una cena espantosa para sus paladares exquisitos (eran demasiado exigentes, Arthur con su padre nunca fue así), revisando la tarea de Peter cuidando que estuviera en orden, viendo televisión y vigilando sus juegos.

Cuando la vio, un acceso de rabia le impidió reaccionar de inmediato. Consiguió controlarse, la saludó y la besó sintiéndose como Judas, aunque el papel debería tocarle a ella. No podía hablarle de las fotos, aunque lo estuvo pensando largo rato, pero acabó por tomarla de la cintura y besar esos labios usados por otro. Intentó en vano disfrutar el beso el tiempo que duró.

―¿Qué te pasa? Hoy estás extraño ―le dijo Caterina, con un tono de voz inocente. Sus ojos lo miraban desconcertados, lejos de sentir deseo y hasta amor. ¿Acaso el único que quería mantener la relación a flote era él? Pero ahora no sentía ninguna pasión por besarla y enterrarse en su interior.

Pese a ello, la volvió a besar y la llevó al cuarto, diciéndole que esa noche quería acostarse con ella y no iba a aceptar un no por respuesta. Sin embargo, fue él quien no consiguió avanzar mucho más en la cama.

―Arthur, cariño, ¿qué te pasa? ―cuestionó ella.

―No lo sé. Creo que hoy en realidad no tengo ganas ―se excusó Arthur, para luego aparentar que nada había pasado. Que él no había fallado en nada, porque la traidora era ella.


Arthur no volvió a tocar a Caterina, nada más que para darle besos tan helados como su corazón. No podía, simplemente no podía hacerlo. Se encontró sin hallar el deseo que debería despertarle su esposa, imaginándose en distintas situaciones donde ella no estuviera compartiendo su vida con él y sus hijos.

Fue un sábado en la noche cuando estaba en casa de su padre, con James y Haydn, cuando notó a alguien en la casa de la fallecida señora Moreau. Cediendo a la curiosidad, pensando en Francis después de tanto tiempo, se excusó con su padre y sus hermanos y salió al jardín. Se apresuró a cruzar la cerca que los separaba y llegar a la entrada, tocó el timbre, esperando ser escuchado. Tras unos minutos, fue Francis quien le abrió la puerta.

La alegría que sintió luego se convirtió en una pulsada de culpabilidad cuando notó que Francis no le daba la mejor de sus apariencias.

―Arthur ―le dijo él, sonriendo en ese rostro de tristeza y fatiga.

―¿Cómo sabías que era yo? ―cuestionó Arthur.

―Ven, pasa. Nunca subestimes a un ciego ―le dijo, dándole paso.

Arthur tuvo que encender las luces, visto que el interior estaba a oscuras. Se sentaron en la sala, a una distancia que a Arthur se le hizo inusual tratándose de él.

―¿Visitabas a tu padre?

―Sí. ¿Y tú? ―Luego se percató de cómo podría interpretarse la frase―. Quiero decir, ¿qué haces aquí?

―Estaba limpiando un poco, llevo todo el día en esto. Se suponía que Monique me ayudaría, pero le ha salido un imprevisto de última hora ―le explicó―. La casa está muy descuidada y de esa forma no se venderá.

―¿La van a vender?

―Sí, ¿qué sentido tiene conservarla? ―cuestionó Francis. Arthur no supo qué decirle, él no parecía animado por hacerlo―. ¿Quieres algo? ¿Té, galletas…?

―No te preocupes, no hace falta que hagas nada.

―Hace mucho que no me llamabas, pero he pensado en ti.

―Bien podías llamarme tú.

―Cierto, bien pude.

Arthur lo miró sin disimulo, visto que Francis no podría percatarse de ello. Era extraño no verlo impecable como las últimas veces en que habían estado juntos. El cabello lo tenía sujetado en una coleta, con unos cuantos mechones desordenados que se habían salido de ella y que Francis parecía despreocupado al respecto.

―Perdí mi teléfono, lo dejé olvidado en algún lugar y, cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde.

―¿En algún lugar?

―No sé exactamente en dónde, pero bueno. ¿Me vuelves a dar tu número?

―Bien, pero no lo vuelvas a perder.

Arthur, después de registrar su número en el nuevo teléfono de Francis, editó el que tenía guardado en el suyo.

―¿Cómo has estado? ―preguntó Francis, tomándole de la mano. Se tensó al principio, pero decidió dejárselo pasar―. No te oyes muy bien.

―Tú no te ves muy bien tampoco ―repuso, a la defensiva. Francis arqueó dos cejas en señal de sorpresa.

―Entonces sí tienes algo, ¿qué ha ocurrido…?

―No es de tu interés. Es algo de mi vida, privado. En fin, mejor ocuparte de tus asuntos, pareces a punto de morirte ―le achacó, todavía en ese tono que adoptaba cada vez que se sentía amenazado sentimentalmente.

Pronto comprendió que había hablado de más, el gesto de Francis se ensombreció, mordiéndose los labios y retirando sus manos de las suyas. No debió haber dicho eso precisamente en esa casa, pero era cierto: Francis no tenía la mejor de las apariencias.

―Es por el cansancio ―le dijo―. Con un baño se me pasará.

Se quedaron en silencio, hasta que Francis, quien nunca había sido adepto a ellos, se levantó y le tomó de la mano nuevamente, impulsándolo a seguirlo. Lo llevó hasta su antigua habitación, de la que había cambiado muy poco en todos aquellos años. A Arthur se le hizo familiar la estantería llena de libros, algunos no los reconocía, pero hubo unos cuentos infantiles que le llamaron la atención.

―Cuentos de hadas ―dijo, como quien reconoce a un viejo amigo.

―Y de caballería ―agregó Francis―. Estaba por limpiar mi habitación, pero ya vendré mañana. Hoy solo quiero darme un baño y echarme a dormir con alguien a mi lado.

Arthur se encontró ruborizándose. No podía saber nada de la vida amorosa de Francis, pensó en el hombre que había conocido la vez anterior.

―Me daré un baño antes de partir, supongo que tú…

―¿Te irás solo?

―Pediré un taxi. Mi chófer está de descanso.

―Yo te llevo. Báñate y te llevo ―se ofreció Arthur. Tampoco tenía muchas ganas de llegar a casa, donde estaría Caterina y ese infierno llamado matrimonio.

Transcurrió una eternidad cuando Francis terminó de bañarse y salió del baño con una toalla envolviendo su cintura. Arthur detestó que su mirada se perdiera en cada pedazo de piel al descubierto, recorriendo los hombros anchos, el pecho lleno de vello rubio, de las piernas largas, y el trasero redondeado y firme que la toalla blanca dejaba adivinar. Francis no era un hombre musculoso, al contrario, pero sabía hacerse mirar. Azorado por tercera vez en la velada, desvió la vista intentando disimular su nerviosismo. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué se sentía tan incómodo si lo que tenía en frente era un hombre, por muy afeminado que fuera a veces? Se suponía que había dejado atrás esa etapa de su vida.

―¿Por qué te levantas? ―preguntó Francis, cuando Arthur se propuso salir de la habitación para darle privacidad―. No, quédate, te prometo estar listo pronto.

―¿No te incomoda…?

―¿Estar desnudo frente a alguien? No, de verdad no entiendo por qué tanto pudor. ―Como para ejemplificar su punto, se quitó el paño y el rostro de Arthur se volvió más rojo todavía―. Quiero decir, ¿qué es lo que hay que ocultar? En mi caso nada, todo el mundo dice que soy divino, y si lo dice todo el mundo…

―Por dios ―Arthur se tapó el rostro con sus manos, queriendo que Francis fuera mudo también. ¿Qué tonterías decía? ¿Qué clase de punto de vista era aquel? Traicionándose, acabó por mirarlo atentamente. Con horror se fijó a su vez en los pantalones que le comenzaban a parecer incómodos. Deseó que Francis no se diera cuenta de aquel predicamento o se sentiría morir allí mismo.

Cuando Francis se acabó de vestir, Arthur soltó un suspiro de alivio que provocó una sonrisa maliciosa en el rostro del otro. Francis le tendió la mano, para bajar juntos, pero Arthur lo rechazó, considerando que por el bien de su reputación debería mantenerse alejado del único hombre en su vida adulta que le había causado una erección. Hasta pensó en pagarle el taxi con el fin de alejarse de una vez, pero aquello sería sospechoso y, además, ya era muy tarde para cambiar de planes.

Salieron de la casa de la señora Moreau, luego fueron a su antigua casa y presentó a Francis a su padre y sus hermanos. James esbozó una sonrisa extraña, como quien sabe un secreto incómodo, y Arthur tuvo miedo de lo que pudiera estar pensando. Una vez avisó que llevaría a Francis a casa, se dirigieron a su auto. Pudo ver a lo lejos cómo los tres se reunían para chismosear por lo bajo, a saber qué se estarían inventando. James, sobre todo, gustaba de hacerle bromas con respecto a su sexualidad.

En todo el trayecto hablaron de temas sin importancia; a Arthur le agradó comprobar que Francis parecía de mejor humor a como lo había encontrado, e incluso él mismo había dejado de sentirse tan miserable. Cuando se estuvieron encaminando hacia el apartamento de Francis, se lamentó tener que dejarlo tan pronto, pero debía irse a casa y de seguro el otro también estaría ocupado.

―¿Quieres pasar? ―le preguntó Francis, en cambio.

Lamentándose, Arthur tuvo que negarse.

―Oh, bien, pero no dudes en llamarme para cuadrar otra salida. Me gusta estar contigo, me levanta el ánimo, aunque seas un inglés de pies a cabeza.

A Arthur no le pareció un comentario inteligente, pero se encontró sonriendo y asegurándole que ese sería el trato.

―Te llamaré pronto.

―Oye ―dijo Francis, justo antes de que Arthur se marchara-, ¿puedo despedirme a la manera francesa?

―¿Cuál es esa manera? ―preguntó Arthur, obviando el pensamiento de que sería la forma más vulgar posible para una despedida.

―Así ―Francis le besó ambas mejillas, tensándose Arthur de inmediato, sin osar apartarlo―. Lo pregunto antes porque hay ingleses que se sienten muy incómodos con esto. ¿A ti qué te ha parecido?

―Muy francés ―repuso Arthur.

―¿Puedo saludarte y despedirme de ti así, de ahora en adelante?

―Como quieras ―masculló, preguntándose por qué no se había negado de una vez. Pero si a Francis le gustaba y, además, era una costumbre de su país y no algo que implicara una relación profunda entre ellos, estaba bien. Podía aceptarlo.

Con un último apretón de manos, Arthur acabó por alejarse del apartamento.


Se reunió con Gilbert en su apartamento. Allí estaban también Dylan y Arthur. Por el rostro de todos, se imaginó que estarían buscando noticias de su problema; se encontró sin saber qué decir, por lo que al exponer lo que había pasado las últimas semanas, se vio interrumpida por los tres hombres, quienes la instaban a buscar un abogado y a adelantarse a los acontecimientos.

―Entiendo que estén preocupados ―dijo Elizabeth―, y se los agradezco, pero quisiera que me dejaran actuar a mi modo. Cuando lo vea necesario, lo buscaré, por ahora… bueno, no creo que haga mucha falta. He hablado con él y no parece dispuesto a demandarme.

―No parecer dispuesto a demandarte no es lo mismo a estarlo ―repuso Arthur―. La gente es mentirosa. Te debe estar engañando, para hundirte.

―No lo creo, parece muy sincero. Es muy cálido ―explicó―. En todo caso, no soy una niña, si se pone amenazante, sabré llevar la situación. ―Gilbert iba a protestar, por lo que decidió cambiar de tema―. Arthur, no tienes buena cara, ¿qué te ha pasado…?

El aludido la miró ceñudo, antes de confesar, en voz baja:

―Ayer peleé con Caterina. Llegué tarde a casa. Al parecer olía a perfume de… flores o algo así, y creyó que había estado con una mujer. Es ridículo.

―¿Y lo estuviste?

―No. Estuve con un amigo de la infancia.

―Con Francis ―agregó Dylan―. No sé si lo llegaste a conocer, era ciego y no asistía a la escuela, como nosotros.

―No, nunca ―aceptó Elizabeth, teniendo curiosidad―. Entonces el perfume era de tu amigo. Pero debieron estar muy juntos para que se te quedara impregnado el olor.

―Es ciego, teníamos que estar juntos para ayudarlo a caminar ―se excusó Arthur. Elizabeth entornó la mirada, con suspicacia―. No te imagines nada raro, que te veo venir. En fin, que con sus reclamaciones a mí se me salió que ella es como una puta.

―¡Por dios! ¿Por qué le dijiste eso?

―Le dije que ya sabía que me mete los cuernos con su jefe, así que el que tenía que reclamar aquí soy yo.

―Un momento, ¿te engaña? ¿Desde cuándo? ¿Por qué nadie me había dicho?

―Yo no lo sabía hasta ahora, si te sirve de algo ―repuso Dylan, encogiéndose de hombros.

―El punto es que la discusión pasó a mayores y por eso desde ahora vivo en un hotel. No quiero acercarme a esa casa nunca más.

―Cariño, eso no es manera de arreglar las cosas ―dijo Elizabeth―, tienes que hablar con ella de modo civilizado y…

―Déjate los sermones para después.

―Tarde o temprano tendrás que hacerlo.

―Ya lo sé.

Gilbert se levantó para servirle cervezas a los cuatro. Fue entonces cuando Elizabeth se pegó a Arthur, con aire confidente.

―Y ese amigo tuyo, ¿es guapo? ―preguntó.

―Sí ―asintió Arthur. Dylan arqueó una ceja―, digo, ¿yo qué sé? Pero es agradable. Estoy por llamarle y quedar juntos. Pero no te ilusiones, Eliza, es gay.

―Me lo imaginé ―repuso Elizabeth, dando un suspiro de placer que nadie entendió pero todos temieron, sin llegar a imaginar lo que pasaba por su cabeza―. De todas formas quiero conocerlo, hombre guapo lo sigue siendo sea gay o no. Y deleitarse con la vista no es un delito.

―No, no lo es ―consideró Arthur.

―¡Pero háblame más de él! ―exclamó Elizabeth―, ¿qué hace? ¿Por qué nunca me habías hablado de él? ¿Tiene novio? ¿Lo has visto besándose con alguien? ¿Qué papel crees que le va en la cama?

―Por dios, mujer, cálmate ―repuso Gilbert, llegando con las cervezas―, que parece que te vas a mojar.

―Ya lo está, Gil ―soltó Dylan, quien consideraba todo muy gracioso.


¡Buenos días! El capítulo por fin está beteado y pude actualizar… Esta vez se ha encargado Noe de hacerlo, así que si hay cualquier error, es culpa de ella :) Prometo no tardarme tanto con el siguiente capítulo, vaya que estoy pasada.

¡Oigan! Esto es importante: En la comunidad de livejournal fruk me bastard estamos organizando un evento FrUK para abril, ¿les interesa participar? Ya los primeros 15 puestos están tomados, pero se ha abierto 15 nuevos para quienes se quieran animar todavía. Les aseguro que será genial, el requisito más importante es estar dispuesto a cumplir para la fecha de abril.

Si se inscriben, ya sea con fics o arts, me harán muy feliz.

EDIT: En Tumblr una chica (que dibuja demasiado bien) ha hecho un art de Arthur con diferentes edades. Así es como me lo imagino en este fic (el mayor, obvio): vuri. tumblr post/ 42254876355/ failing-at-drawing-anything-more-ambitious-so (sin los espacios en blanco)

Nos vemos!