Capítulo 7
Diría que sentía dolor, pero sería mentira. Sus piernas inútiles se convirtieron en un accesorio para su cuerpo, por lo tanto no había nada que pudiera sentir en su condición. Por las mañanas se quedaba un rato en la cama, reflexionando sobre su situación y su vida hasta aquel entonces, también sobre su futuro. Como profesional aquel accidente no lo afectaba, su talento no se menoscabaría; solo debía seguir esforzándose como venía haciendo desde pequeño, cuando conoció la música y ésta consiguió colarse tan adentro de su ser que se convirtió en parte de sí mismo.
Roderich podía concebir su vida sin una parte de su cuerpo, menos sus manos. Ellas eran tan sagradas como la música. Sin embargo, tenía otra preocupación, y era la economía de su casa. Hasta entonces se había llevado bien, pronto ofrecería su segundo concierto de piano y le ayudaría a pagar tanto el alquiler del apartamento como una pequeña parte del tratamiento médico. El seguro se le había agotado en las dos semanas de la clínica, por lo que utilizarlo ahora le sería imposible. Eso significaba vivir apretado unos cuantos meses, porque debía ir a inspeccionarse para ver si sus piernas tenían algún arreglo. Vash y él intentaron buscar una clínica menos cara, incluso emplear un hospital, pero ninguno supuso un alivio a sus bolsillos, teniendo que darse por vencidos, y por otro lado, Lily exigió que Roderich se quedara donde estaba, porque conociéndolos buscarían lo más barato, pero no necesariamente lo mejor.
Todavía no le daba la noticia a sus padres, quienes vivían en Wellow. Ni sus tíos ni sus primos quisieron informárselo pronto; además, preferían dejarle ese papel a él. Se angustiarían tanto que enloquecerían, lo obligarían a regresar con ellos y así quedaría olvidado su interés profesional, por no decir que saltarían en contra de Elizabeth.
Esa mujer.
Roderich acabó por levantarse, cansándose al instante al quedar sentado en la cama. Tenía que mejorar su condición física si iba a emplear sus brazos continuamente.
La estadía en el hotel se había alargado por alrededor de un mes. Arthur visitaba a sus hijos en la tarde y se iba cuando Caterina se presentaba en casa, sin dirigirle la palabra, como si él tuviera la culpa de la pelea. Ann se ponía tan triste por su marcha, que más de una vez lo despidió llorando. Peter, en cambio, preguntaba por qué tenía que irse y si acaso iban a tener una nueva casa. En una ocasión hasta propuso irse todos a la nueva casa de papá.
A Arthur se le encogía el corazón, con ganas de llevárselos de allí, pero no debía alejar a sus hijos de su casa y menos llevarlos a vivir consigo a un hotel, sin las comodidades a las que acostumbraban; además, por más que Caterina hubiera cambiado, seguía siendo una buena madre y nunca descuidaría a Peter y a Ann, menos ahora que debía cuidarlos sola por la noche.
A Arthur le complacía aquello, porque significaba que debería sacrificar sus noches de amor con el jefe para dedicárselas a sus hijos, hasta que Peter le informó un sábado en casa de su padre, que muchas veces la niñera se quedaba también por la noche, mientras que mamá estaba en el trabajo. Ese día la llamó para reclamarle, prolongando la pelea.
Arthur no pensaba dar su brazo a torcer. No sabía hacia dónde estaba dirigiendo aquel barco a punto del naufragio, pero no iba a pensar demasiado en eso, no cuando a ella parecía importarle tan poco. Su madre, al enterarse, intentó hablar con ambos por separado, esperando reconciliarlos y volver a unir una familia. Cuando fracasó, comentó que se quedaba tranquila por haber hecho lo posible. Sus hermanos poco interés mostraron en su problema, aunque James le tendió una breve lista de prostitutas por si estaba necesitado.
-Como no eres precisamente un Casanova, te lo mereces –le había explicado.
Cuando le dio la lista se encontraban ambos en casa de su padre.
-Lo que me perturba es que tengas una lista como esta estando casado -observó Arthur, sin alterarse.
La dejó olvidada en el asiento del copiloto y cuando Francis se sentó en él, para llevarlo a su apartamento, se la consiguió. No podía saber qué era, pero Arthur se ruborizó como si Francis fuera capaz de leerlos.
-¿Por qué te pones tan nervioso? –cuestionó Francis-. ¿Qué tengo en mis manos…?
-¡Nada! –Le arrebató la hoja y se la metió en su chaqueta, para después arrancar con cierta violencia.
Pero ni con las prostitutas ni con las mujeres con las que ligaba en los bares, cuando salía con Gilbert y a veces Elizabeth, hizo algún avance. No pasaba nada dentro de su organismo, como si a partir de la traición de Caterina algo se hubiera perdido en su interior.
Solo se atrevía a hablar de su problema con Elizabeth, Dylan y Gilbert. Ellos le decían que lo mejor sería esperar, darle paso al tiempo y que pronto volvería a la normalidad. Arthur intentaba hacerles caso, preguntándose cuándo llegaría ese día en que sería normal. Por otro lado, le desconcertaba que entonces pudiera ser considerado anormal.
Fue una noche en un bar, sentados en una mesa un tanto alejada de todo el bullicio, cuando el tema volvió a salir. Gilbert le indicó varias mujeres con las que podía probar pasarse esa mala pava, pero Elizabeth, atrevida gracias al alcohol, decidió que el problema iba más allá de acostarse con una mujer. Como Gilbert conocía a dónde iría a parar aquella charla, la tomó de la muñeca y la llevó a la pista de baile, sin que ella se opusiera, al contrario, se estrechaba a él y a menudo se hacía con el control del baile.
-¿Y cómo está Hilda? –preguntó Arthur, a Dylan.
-Pues bien, hoy está con sus hermanas.
-¿Y el bebé?
-Tiene mi carácter. No se calla y se entusiasma más cuando todo está tranquilo, en la noche.
-En los primeros meses, ni Peter ni Ann me dejaron dormir como se debe. Estuve a punto de enloquecer y tirarlo todo por la borda.
-Oye, por cierto, ¿has hecho algo fuera de lo común hoy?
-¿Eh? Pues salí del trabajo temprano y me tomé un café con Francis. Y luego nada, me reuní con ustedes, ¿por?
-Es que te veo de mejor humor –le confió Dylan, dándole esa sonrisa suya que parecía decirle que estaba al tanto de un secreto y él no-. ¿Sabes? Cada vez que te reúnes con ese tipo tu humor mejora. Estás como más feliz, y dado el ánimo que has tenido últimamente…
Arthur lo interrumpió de inmediato. Se levantó y se acercó a la primera mujer que vio.
Dylan lo había dejado en el hotel. A estas alturas, era el único sobrio entre sus amigos, aunque fuera difícil de creer por lo adepto que era a la bebida. Solo que desde el nacimiento de su hijo se había vuelto más moderado, tal vez a sabiendas de que al llegar a casa le iba a esperar una noche de desvelos.
Dejó primero a Arthur antes de dirigirse al apartamento de Gilbert. Arthur se bajó tambaleante y se encaminó a la recepción como si de verdad tuviera intenciones de cruzarlo, llegar a los ascensores e ir a su piso. Apenas el auto de su amigo desapareció de su vista, considerando que ya había transcurrido el tiempo suficiente para no ser atrapado, salió del hotel y se dedicó a dar vueltas sin propósito por las calles frías y húmedas de Londres. Lamentaba no tener una botella de ron en sus manos, para hacer su caminata menos inútil.
Sin darse cuenta hasta encontrarse en el sitio en cuestión, llegó al edificio de Francis, se le quedó mirando como si le costara precisar cuál de las dos estructuras era la real y cuál la doblada por el licor en su organismo; con el enigma en pie, entró a paso inseguro intentando no desplomarse contra el suelo. Se preguntó qué clase de seguridad era aquella que dejaban pasar a alguien a la medianoche sin ser detenido para un interrogatorio, aunque él fuera alguien de confianza, un caballero de pies a cabeza, y no pudieran detenerle; el guardia brillaba por su ausencia. Echando pestes sobre la plaga de edificio en donde el hombre ciego se le había ocurrido meterse, entró al ascensor y, como no se acordaba del piso de Francis, los marcó todos, maldiciendo la escasa ayuda que proporcionaba absolutamente todo. Si quería llegar a Francis, entonces, tendría que usar su memoria en vez de contar con señales que se lo dijeran. Tal vez, pensó, su apartamento no fuera tan público, ¿tenía motivos para serlo? No, al menos que le pagaran y ¿por qué habrían que pagarle a Francis para abrir la puerta de su apartamento? Él le ofrecería cien libras, para empezar.
Bajó en el piso que le pareció que podía ser el de Francis. Tendría que serlo o si no iba a demandarlos por negligencia. Tocó la primera puerta con ímpetu, gritando su nombre una y otra vez por si acaso estuviera durmiendo en la cama sin preocuparse de aquel amigo de la infancia que quería visitarlo. La puerta se abrió y de allí salió un hombre demasiado gordo e inglés para ser el francés. Aquello era un insulto.
Indignado, Arthur comenzó a gritarle a la vez que el individuo groseramente no-Francis le gritaba también, incoherencias sin sentido como que llamaría a la policía y que mejor se largara de allí; Arthur tenía razones justificadas para escupirle en la cara, porque había buscado a Francis Bonnefoy y se lo cambiaban por un gordo patético e imbécil, el colmo de los colmos, el peor de los insultos.
Se hubieran agarrado a golpes, de no ser porque una voz familiar les pidió que se detuvieran. Ante esa voz, Arthur se amansó y se quedó quieto, dándose cuenta que estaba a pocos centímetros de la cara del hombre gordo, con el puño levantado. Unas manos más suaves que las suyas lo separaron, alejándolo de aquel pobre diablo.
-¡Francis! ¿Ahora es que te presentas? –le amonestó Arthur, sin escuchar nada de la conversación sostenida por los otros dos.
Con un último "¡Disculpe mucho, monsieur Smith!", Francis tomó a Arthur del brazo y lo llevó hacia su apartamento. Se sintió extraño al ser guiado por el ciego, quien tenía mejor coordinación incluso. Francis lo sentó en el sofá y le señaló el baño en el caso de necesitarlo.
-Tremendo alboroto has causado, seguro monsieur Smith se queja de mí después –pero no parecía tomárselo mal, en su lugar se encaminó a la cocina y sirvió agua en un vaso de cristal.
Se lo tendió a Arthur después. Este lo miró como si de repente el agua se hubiera convertido en un pozo en donde vaciar sus pensamientos. Soltó:
-Mi vida es una ruina.
-¿Por qué lo dices, Arthur? –Francis se sentó en otro asiento, demasiado lejos para el gusto de Arthur, pero no reclamó.
-Mi esposa me engaña con su jefe, me he ido de la casa, vivo en un hotel, mis hijos se preguntan qué ocurre y no sé cómo explicarles que su madre es una perra.
-Cariño, problemas de pareja lo tiene todo el mundo. Debes hablar con ella y preguntarle qué es lo que quiere mantener, si su matrimonio o su amorío. Y, por dios, no creo que aconsejarte estando como estás sea una buena idea.
-Yo estoy bien, es ella la que está loca –repuso Arthur-. No te vayas a poner de su parte, que está tan rema… rema… esa mierda.
Arthur acabó volcando el agua sobre sí mismo, maldiciendo por el accidente. Miró sus pantalones mojados, dejando el vaso olvidado en el sofá, sin importarle estar empapándolo también. Francis se levantó, regresando con un paño luego.
-Eres un borracho desastroso –le acusó.
-Y tú eres un imbécil –le correspondió.
Francis negó con la cabeza, con toda la paciencia del mundo. Colocó el paño en la parte mojada del pantalón, tratando de secarlo. Esa acción incomodó a Arthur, pero no pensó en retirarlo, sino que observó cada movimiento de él hasta que se le hicieron demasiado inocentes para lo que habría esperado. Considerando que era un inútil y, si quería algo interesante, tendría que hacerlo todo él, tomó la mano de Francis, quien sostenía el paño todavía, y la colocó en su entrepierna, aprisionándole la mano entre la suya y el pedazo de tela, cuya parte ni siquiera estaba empapada.
Francis lanzó una risa, que murió en cuanto Arthur no se la correspondió. Su gesto turbado, que no llegaba a ser avergonzado pero sí inquieto, provocó que Arthur sonriera y moviera su mano para ser acariciado.
-Arthur, no, estás prendido y ni sabes lo que quieres –le criticó Francis-. Solo estás molesto por la pelea con tu esposa.
Como respuesta a su estúpida explicación, Arthur se bajó la cremallera con la mano libre, y hubiera seguido, de no ser porque una voz desconocida los interrumpió:
-Fran, ¿todo bien? –dijo Antonio, en un gran bostezo, entrando a la sala.
Era el mismo hombre que había visto la última vez. Vestía únicamente un bóxer. A Arthur no le costó llegar a una conclusión.
-Sí, Toin, no te preocupes –dijo Francis, que en el despiste de Arthur por el nuevo individuo aprovechó para retirar su mano y levantarse, como si nada hubiera ocurrido-. Es solo un amigo, Arthur. Ya se conocen.
-Ah –soltó el otro, menos somnoliento-. ¿Pero tú estás bien? Me han despertado…
Arthur, borracho y sin saber nada de la vida personal de Francis, podía sospechar que eran más que simples amigos. Solo había que ver la pinta de aquel joven, para darse cuenta que posiblemente valía mucho como amante en la cama, ¿aquellos eran los gustos de su amigo? ¿Morenos y fuertes? ¿Y él qué hacía reflexionando acerca de aquello?
-Vete a la mierda –gruñó Arthur, sin esperar ser amable con alguien tan grosero como para interrumpirlos. O por simplemente existir. A pesar de todo, seguía siendo un digno caballero, por lo que le hizo una reverencia-. En fin, me voy de aquí, visto que tienes compañía, llámame para tomarnos un té en mi casa. En mi hotel. En donde sea, coño.
-¿De qué hablas? No puedes salir de ese modo –Francis le tomó del brazo, y de su rostro a Arthur le alegró distinguir tanta preocupación.
-Claro que sí. Mañana tengo que… en fin, fue un placer, zarigüeya –dijo, despidiéndose de Antonio y soltándose de Francis.
Se encaminó tambaleante a la salida.
-Toin, ayúdame, no lo dejes salir –le pidió Francis.
A medida de que iba hablando, Antonio se aproximó a Arthur, y este, como acto reflejo, le dio un puñetazo en el rostro.
Antonio tenía bastante fuerza, con lo cual Arthur acabó en la habitación de Francis, pese a todas sus protestas. Pero no se los dejó fácil, Antonio tenía varios moretones en el pecho que lucirían bien con el morado en el ojo. Pensó en seguir revelándose, buscando una salida, pero en cuanto Francis entró y se quedó quieto, sin que Arthur imaginara qué pudiera estarle pasando por la cabeza, las ganas se fueron esfumando lentamente.
-Estoy aquí –repuso Arthur, y Francis asintió, acercándose.
Se sentó a su lado y Arthur aprovechó para abrazarlo.
-¿Me quieres contigo?
-No puedo dejarte ir. Mira todas las tonterías que has hecho. Acuéstate y esperemos la mañana.
-En realidad te mueres por mí, ¿no? Da igual qué tanto puto metas en este lugar.
-Sigo estando aquí –gruñó Antonio, poniendo los ojos en blanco-. Fran, ¿estarás bien con ese hombre?
-Sí, aunque no lo parezca, es inofensivo. ¡Oh, siento tanto lo que te ha pasado! –exclamó, con un toque dramático. Cualquiera pensaría que Antonio había perdido un brazo-. En un momento te atenderé todas tus heridas.
-No importa, de verdad, lo haré yo mismo… -Antonio dio un hondo suspiro-. Me vale con que estés bien, ya habrá otro modo de hacerte pagar el favor.
Arthur se recostó en la cama, adorando que fuera tan cómoda. Ya no tenía fuerzas para seguir peleando contra nadie. No llegó a pensar en nada más, al caer rendido segundos después.
En la mañana Arthur salió rápidamente del apartamento de Francis. Como este todavía dormía, le dejó una nota disculpándose por las molestias ocasionadas y prometiéndole que lo llamaría. No se acordaba de lo que había ocurrido anoche, pero agradecía despertar vestido.
Se dirigió al trabajo a sabiendas de que llegaría tarde, una vez allí, aguantó las burlas de Alfred sobre su apariencia y lo poco digno que se veía para ser un jefe, Arthur le gruñó y siguió de largo hacia su oficina, encerrándose. Intentó ocuparse de varios asuntos, aunque la resaca lo estuviera matando. Ignoró las llamadas de Caterina, que repicaba continuamente tanto en su celular como en el teléfono inalámbrico. Cuando Kiku entró con su celular en mano y le informó que su esposa quería hablar con él, Arthur soltó una maldición en voz alta, habiendo previsto la insistencia de ella por ser atendida. Pero ¿qué querría? No, no tenía ganas de tomárselo como si fuera su problema. Al menos ahora, no.
-Dile que estoy ocupado, que llame más… no, yo la llamo.
Kiku asintió, con esa expresión hermética en la que uno no sabía si quedaba satisfecho con la respuesta. Salió de la oficina, dejándolo solo. Arthur dio un hondo suspiro, preguntándose si habría desaprovechado una oportunidad para regresar a casa; solo que no quería volver con ella, sus hijos eran un mundo aparte pero ella no. A media mañana, su celular volvió a sonar. Miró la pantalla con pesadumbre pensando que se trataría de Caterina, su sorpresa fue grande cuando identificó el número de Francis. Atendió sin pensarlo.
-¿Aló? ¿Arthur?
Le agradó escuchar esa voz terriblemente afrancesada; tenía una peculiar forma para decir su nombre. Como una rana entre delicada y amanerada. Después de aquel pensamiento, se avergonzó por la noche anterior. ¿Qué habría ocurrido? ¿Cómo se habría comportado? Seguramente le estaría llamando para demandarlo, no sería la primera vez.
-Hola, ¿cómo estás? –le respondió.
-¿Yo? Bien, pero llamo para saber de ti. ¿Cómo amaneciste?
-Eh, bien… ya sabes cómo es…
-Me imagino, pensaba que te quedarías. Te hubiera preparado el desayuno. ¿Pero estás mejor?
-Sí, no te preocupes, anoche… anoche estaba mal. Si hice algo indebido, lo siento mucho y te pagaré todos los daños –se adelantó. Le sorprendió oír la risa de Francis.
-No hay manera que me puedas pagar nada, mon ami, tampoco es que quiera. Me basta con que andes mejor. Cher, debo dejarte, pero otro rato hablamos, ¿sí?
Francis trancó, dejando a Arthur un poco más aliviado que antes, pero ¿a qué se refería con que no había manera de recompensarle? Pudiera ser que, por primera vez en su historia de borracheras, no hubiera hecho nada estúpido. A mediodía se le ocurrió llamar a Caterina, pese a apetecerle poco. Cuando iba a tomar el celular, este sonó otra vez, con una nueva llamada: le pareció grato reconocer el número de una vieja amistad.
-Hola, Blanche –la saludó.
-¡Arthur! –exclamó.
Blanche estaba pasando unos días por la ciudad, le preguntó si podrían quedar hoy para ir a comer. Arthur aceptó al instante, teniendo ganas de verla. Se encontraron en un restaurante de comida italiana, que a Arthur le recordaba a su infancia por la cantidad de veces que su padre recurrió a ellos en la cena. Ella ya estaba en la mesa, se levantó para recibirlo y darle un abrazo. A pesar de que Arthur no era de dar efusiones afectuosas, con Blanche daba una excepción; la mujer había sido su amiga toda su vida, incluso les ayudó a conseguir un pediatra de confianza para Peter y Ann, por no hablar de la primera vez que Arthur se quedó solo con un Peter de meses y éste acabó con una fiebre tanto alta como inexplicable, desbordando los nervios de un padre primerizo quien corrió a llamar a la única doctora que conocía y podía importunar a esas horas. Blanche le atendió y le tranquilizó por teléfono, le indicó qué hacer y, en cuanto se desocupó, fue a visitarlo para cerciorarse que el bebé estuviera bien.
Blanche, ahora, estaba haciendo un doctorado que la obligaba a estar lejos de su país natal, habiéndose trasladado a Bélgica para continuar con sus estudios. Ahora tenía unas breves vacaciones, en donde aprovechó para visitar a su familia. Venía de ver a su hermano Henry, quien había desdeñado los estudios universitarios y prefirió establecerse en la tienda de la familia, un local pequeño ubicado en pleno centro que había pertenecido a su abuelo materno, donde vendía productos hechos a mano, sobre todo para turistas. Henry se había casado pronto y con su esposa atendían la tienda, tenían un hijo, igual de mala cara que su padre. Blanche, en cambio, no se había casado todavía y parecía que, por lo pronto, no tenía intenciones de hacerlo.
Hablaron de todo un poco, hasta que Arthur descubrió que debía volverse al trabajo. Como no quería despedirse de Blanche, la invitó a tomarse unos tragos esa noche, junto a Gilbert y seguramente Elizabeth. Ella aceptó, con un tono que pareció prometerle muchísimo más. Esa tarde, en la oficina, lo volvió a llamar Francis.
-Hey, hola.
-Hola, me preguntaba cómo estabas. Te parecerá tonto, pero no he podido sacarte de la cabeza –le reveló, después se rió, como si fuera un chiste maravilloso-. Quiero decir, que he pensado si estabas bien. Sé que ya pregunté lo mismo esta mañana.
-Ciertamente.
-Pero me refería a… bueno, creo que merezco que hablemos sin alcohol de por medio.
-¿Me estás invitando? –preguntó Arthur, algo incrédulo.
-Sí, qué perspicaz. Te estoy invitando –asintió-, te estoy invitando a comer.
-Vamos a terminar bebiendo –observó.
-Lo más seguro, pero te pienso aprovechar todo el tiempo que tardes en enredar la lengua. ¿Qué dices?
-Digo que no entiendo a qué te refieres, o dónde exactamente quieres que enrede mi lengua –soltó Arthur, para luego darse cuenta de cómo había sonado. Antes que Francis pudiera responde a aquella estupidez, se adelantó:-¿Cuándo estás disponible?
-¿Hoy puede ser?
-Hoy no… -Pensó en que saldría con sus amigos pero ¿Francis no era parte de sus amistades? Además, ¿por qué mantenerlo apartado, aparte del peligro que representaría Elizabeth?-… No, digo, sí. Hoy sí. Pero en este caso, decido yo. Ya he quedado con unos amigos para ir a tomar, te puedes unir.
-¿Eso va a estar bien?
-¿Por qué no?
-Cierto, entonces…
-Te paso buscando –cortó Arthur-. A las ocho.
Habiéndose puesto de acuerdo, Arthur trancó y miró el reloj, contando las horas que faltaban para el encuentro.
Qué curioso, pensaría mucho después, que estuviera más impaciente por la perspectiva de volver a encontrarse con Francis, que con una mujer increíblemente hermosa como lo era Blanche.
Notas:
Creo que no hay mucho que decir esta vez... Solo que la próxima semana entro en parciales y por eso aprovecho para actualizar de una vez. Ah, y escribir a Arthur borracho es sumamente divertido.
¡Gracias por sus comentarios! Nos vemos.
