Capítulo 8
Arthur fue a buscarlo puntualmente, pero al llegar, Francis no estaba esperándolo en la acera. Lo llamó y le preguntó dónde estaba, con lo que le dijo que ya iba bajando. Esperó, con los nervios creciendo a cada segundo transcurrido, echándole un vistazo al reloj. Alzó la vista para observar el edificio al frente, como si de esa manera pudiera apresurar a Francis. Cada vez que salía alguien de la entrada, inmediatamente volvía el rostro hacia ella para encontrarse con la desilusión en la apariencia de cualquier individuo menos a quien quería. Por fin, después de una eternidad de más o menos quince minutos, salió Francis con su bastón en la mano, con expresión de estar poniendo suma atención a su alrededor. Arthur se mantuvo callado, a sabiendas de que en cualquier instante podía acabar con aquel estado de deducción, pero tenía curiosidad por cómo se desempeñaba Francis bajo una situación adversa. En este caso, no pronunciaría una palabra a la espera de ver qué hacía Francis ante esto.
Después de un momento de duda, Arthur vio cómo se le fue acercando caminando a paso lento y con la cabeza erguida, atento al ruido de su entorno, hasta que se le plantó al frente sin que su expresión notara seguridad.
-¿Arthur? –probó.
-Impuntual –le apestó sin verdadero reproche-. ¿Cómo has sabido dónde estaba?
-Me concentré en el sonido que me interesaba, podría reconocerte en cualquier lado. Es que, mira, cómo respiras, ¿eh, cher? –le dijo antes de besarle en ambas mejillas.
Arthur se sintió azorado, sin acostumbrarse al saludo francés que Francis le había pedido darle cada vez. Decidió ignorarlo lo más posible y le abrió la puerta del automóvil. Al comenzar a conducir, Francis le preguntó a qué sitio irían y Arthur le fue explicando los detalles. En la emisora se escuchaba un programa de opinión sobre las enfermedades venéreas, el conductor ahora explicaba qué hacer cuando se sospechaba que se podía tener una de ellas; Arthur pensó en entablar conversación con respecto a ese tema, pero luego se lo pensó mejor, considerando que preguntarle si había sufrido alguna vez de VPH, además de que sinceramente no era de su interés, ameritaba un nivel de confianza más alto.
Sin embargo, cuando iba a cambiar de estación, Francis decidió desconcertarlo por primera vez en la noche:
-Toris sabe disimular tan poco, ¿has notado el nerviosismo en su voz? Es como estar gritando que habla más desde la experiencia que por las opiniones de esos expertos que tiene hoy en su programa.
-¿Lo conoces? ¿Al conductor?
-Sí, salí con él una vez. Estábamos los dos en Francia y vivimos un romance parisino. Todavía no sé si me sentía más enamorado de París en sí que de mi amante.
-Ya, fue una aventura.
-Más o menos sí, nada serio. Yo creo que me sentía solo y quería compartir a París con alguien, y él tenía problemas con su novio. Estaba tan necesitado, el pobre. Sobre todo en la cama.
¿Tenía que hablarle de ese tema, precisamente ahora? Arthur asintió, esperando que Francis cambiara la conversación por sí mismo, solo que aquello no ocurrió.
-Claro que luego volvió con su novio y todo estuvo bien, y menos mal, porque no creía poder aguantar un pene tan grande por demasiado tiempo.
Arthur apretó el volante, intentando concentrarse en la vía y no en la imagen mental que la explicación le había producido.
-Es que era animal, al sentirlo en mis manos tuve miedo de que esa cosa fuera a estar dentro de mí. Me afané en ser yo quien fuera el activo las primeras veces, pero luego… lo que hace la sensación de estar enamorado. –Ante el silencio de Arthur, a Francis se le ocurrió pensar:-Lo siento, ¿te estoy incomodando?
-No, para nada, si es una conversación interesante –dijo, poniendo los ojos en blanco-. Háblame más de su pene, por favor.
-¿En serio quieres oír más? Bien, no hay mucho que decir, no me gustan los penes tan grandes por lo mismo, una vez, con un francés…
-Era sarcasmo –le interrumpió Arthur.
-Ah. Ya. Ustedes los ingleses se pasan la vida hablando así, no hay quien los entienda –le señaló, como reproche-. Bueno, cambio la conversación a una más cómoda, ¿sí?
Cuando llegaron al bar, Arthur se apresuró a tomar del brazo libre a Francis y caminaron juntos desde la entrada hasta divisar a Gilbert y a Blanche en una mesa un tanto apartada del resto. Tal y como a Arthur le gustaba, que prefería huirle al bullicio. Se saludaron, se presentaron, y charlaron entre bebidas y recuerdos. Ninguno de los dos se acordaba de Francis, pero como los tres tenían el vínculo común de Arthur, la conversación comenzó a centrarse en él, a pesar de sus intentos por desviarla.
Arthur no vio otro modo de interrumpirla, que sacar a Blanche a bailar. Esta aceptó, tomándole del brazo, yéndose pronto a la pista de baile. Al instalarse, Arthur pronto se encontró dominando cada movimiento dado, como cada acción que requería la cooperación de otro. Era tan dominante que terminaba por apoderarse del mando y nunca soltarlo, aspecto que le había valido más de una discusión tanto con su esposa, como con sus hermanos y con Alfred. A pesar de que Blanche se movía realmente bien, tenía una sonrisa y escote encantadores, y un vestido que le favorecía mucho a la ya de por sí atractiva imagen, Arthur se vio buscando con la mirada a Francis, que se había quedado sentado junto a Gilbert y ahora se encontraba conversando. No bailaron más de tres pistas, antes de regresar a sus asientos. Arthur pidió una cerveza.
La conversación se reanudó, pero cuando Gilbert sacó a Blanche a bailar, Francis y Arthur se encontraron solos; Francis esbozó una sonrisa, como agradeciendo la oportunidad para intimar.
-Sin embargo, creo que la próxima vez estaríamos mejor en mi casa, ¿no te parece? Aquí hay mucho ruido.
-Si así te parece…
-Podemos invitar a tus amigos, si quieres. Me parecen encantadores. Y quiero conocer a Elizabeth. Gilbert no deja de hablar de ella. Es una envidia muy grande la que siento. Está muy enamorado.
-¿Envidia? ¿Te gusta Gilbert? Si apenas lo conoces –saltó Arthur, receloso.
-No, no, que me da envidia que posea una pasión tan grande. No sé a quién envidio más, si Gilbert quien es el que ama, o Elizabeth, quien es amada. ¿Y ella le corresponde?
-No tengo mucha idea, creo que solo son amigos –explicó, sintiéndose desorientado.
-¿Nada más? Vaya –soltó, desilusionado-. Si no se apura, pasará su tiempo. Quiero decir, el amor apasionado no es para siempre.
-Hablas como… no sé exactamente qué. Pero creo que debes dejar de tomar ya –terció Arthur.
-Pero la bebida me ayuda a pasar el tiempo. Tampoco he tomado mucho –le replicó-. Ah, pero yo lo que quiero es bailar. ¿Quieres, Arthur?
-No, realmente –masculló, sintiéndose incómodo. Bailar con un hombre enfrente de todo el mundo, ¿a quién se le ocurría? Incluso aunque este fuera discapacitado, aquello implicaba cosas que no estaba dispuesto a que se dieran a malinterpretar. Francis hizo un gesto de contrariedad, acabando por encogerse de hombros y dar otro trago a su bebida.
En la madrugada, Arthur se ofreció a llevar a Blanche pero esta lo rechazó, explicando que podía irse sola; quedaron en llamarse en el transcurso del día, la despidió con un beso en la mejilla y tomó del brazo a Francis, para dirigirse al auto que había quedado estacionado lejos. Caminaron un poco, pegándose entre sí por el frío de la noche. Fue un alivio llegar al auto y acomodarse en él, prendiendo la calefacción. Se quedaron allí unos cuantos minutos, disfrutando del calor.
Entonces, Francis cortó el silencio:
-¿Estás interesado en Blanche?
¿A qué venía esa pregunta? Arthur lo miró, sin que el rostro del otro reflejara nada que pudiera excusar aquella cuestión, a no ser que fuera simple curiosidad. ¿O habría sentido más entre ellos, del mismo modo en que había notado el amor de Gilbert por Elizabeth?
-No, realmente –dijo-, es solo una buena amiga. ¿Por?
-Ya, es que me pareció… Entonces deberías tener cuidado con ella, a lo mejor me equivoco.
-¿Pero qué pasa contigo? ¿Tienes un radar amoroso encima?
-Soy detallista con mi entorno –le explicó-. Cuando te falta un sentido como es la vista, tienes que aplicarte a los otros. La única posibilidad que tengo de comprender las emociones de los demás es a través de su modo de hablar. Por eso me empeño en oír y comprender, si no, me siento tan perdido… Bueno, siempre me sentiré un poco perdido continuamente.
-Entonces, ¿puedes saber cómo me siento con tan solo oírme?
-Más o menos –asintió.
Entonces, Francis desenfundó su guante y llevó su mano a la de Arthur, a la que también desnudó. Mientras, este se mantenía atento a la curiosa acción, viendo cómo su mano era recorrida por unos dedos largos, suaves, exploradores, hasta acabar envolviendo su mano con la suya.
-¿Sabes qué me parece? –habló-. Que no te interesa Blanche pero tampoco tu esposa. Ya pasó el amor apasionado y no has sabido cómo mantener ese amor que se crea por la cotidianidad. Tener hijos no es suficiente. Ser igual de buenos y exitosos en lo que hacen tampoco. ¿Me entiendes? Lo noto cuando me hablas. Cuando me hablas de ella, digo. Me digo "aquí no hay amor, aquí no hay nada más que un buen recuerdo y mucho rencor".
Arthur arrugó el ceño, ¿cómo podía suponer tanto con tan solo oírlo? ¿O es que cuando le llegó borracho, le habló de más, hizo cosas que dieron a pensar en una conclusión errada? Retiró su mano y arrancó el auto, sin decir palabra, sin tener el ánimo de contradecirle, entre fastidiado y ofendido.
-A lo mejor he hablado de más, lo siento –siguió Francis, volviéndose a colocar el guante.
Cualquier intento de conversación murió a las pocas frases. Cuando llegaron al edificio de Francis, este se despidió con un beso en la mejilla y Arthur se preguntó por qué sus labios se sentían tan diferentes a los de Blanche. O por qué él no se sentía el mismo al ser besado por aquel hombre, si acaso el cariño entre ambos era idéntico. Cuando Francis desapareció tras la entrada, consideró que estaba errado. De ningún modo era "idéntico", porque si le creía a Francis, Blanche se sentía atraída por él, se le notaba en la voz y, ahora se daba cuenta, en la mirada, en su modo de dirigirse hacia él, de inclinarse a decirle una confidencia o de buscar el menor contacto. Sin embargo, ¿acaso Francis no hacía lo mismo? ¿O Arthur no hacía lo mismo con él?
Cuando llegó a la habitación del hotel, se tiró a la cama buscando dormir, sin conseguirlo. Su mente le daba vueltas a los últimos acontecimientos, acabando con las palabras de Francis, sobre cómo se apaga el amor apasionado y hay que mantener la llama del amor cotidiano, de cómo dentro de su pecho no sentía arder ninguna llama parecida hacia Caterina, de cómo el sentimiento hacia su esposa había decaído tanto, que no tenía la capacidad de sentir ningún afecto más allá a lo que Francis le había revelado.
¿Era posible que todo cuanto hubiera dicho, fuera cierto?
—
Esto ha dejado de funcionar, Arthur.
¿A qué te refieres?
Lo sabes bien, quiero el divorcio.
La conversación tuvo lugar una semana después de la última salida con sus amigos. Ya Blanche se había devuelto a Bélgica, sin establecer ninguna relación que se pudiera considerar peligrosa entre ambos, más por precaución de Arthur que por falta de interés de su amiga. Pensaba en las palabras de Francis y consideraba que no tenía motivos para lanzarse a una relación que iría a peligrar todavía más su, por lo visto, culminado matrimonio.
Está bien, yo también lo quiero.
Pero ¿lo quería realmente? Sí, de su pecho no salía ninguna pasión por Caterina, lo que quedaba era un asco mezclado con una vaga consideración, donde cualquier acción que le conociera la condenaba como la más vil, cuando su cuerpo ya no le despertaba el menor deseo, cuando no podía ver ese futuro que antaño se construyera en sus imaginaciones, donde envejecer junto a ella se mostraba como el regalo más beatifico de la vida. Tan solo quedaba de ese amor extinto sus hijos, el vestigio de que alguna vez pudieron funcionar.
Ocupó parte de la mañana hablando con el abogado de ambos, informándose sobre los aspectos legales a llevar a cabo para un divorcio rápido. Entonces pensaba en si acaso sería posible, teniéndose que poner de acuerdo con las propiedades compartidas, si tendría que renunciar tan fácil a su hogar para cedérselo a ella, de qué otras cosas tendría que prescindir. Se preguntó también cómo decírselo a Peter y a Ann, en cómo se lo tomarían y si no habría modo de hacérselo más fácil.
Su mente se trasladó a recuerdos de su niñez, al divorcio de sus padres, ocurrido cuando tenía menos de diez años. Había sufrido los primeros meses ante la ausencia de la madre, cuestionando la decisión de ambos de terminar lo que hasta entonces había pensado que iba tan bien; no, más bien, de lo que pensaba que nunca se iba a acabar, pues ¿acaso las familias no eran eternas? ¿Dónde se había visto de una familia separada, donde padre y madre fueran por su lado, dividiéndose los hijos? Comprendió con el tiempo que fue lo mejor.
De sus hermanos, solo los gemelos se habían divorciado de sus esposas. Uno, sin hijos, el otro, con una chiquilla de cinco años; pero sus matrimonios habían durado poco. James, en cambio, vivía un feliz matrimonio y tenía tres niños, porque a su hermano siempre le gustó las familias numerosas. Su esposa, Sophie, era quien lo había frenado y decía tener suficiente con los tres pequeños. Haydn era el único que no se había casado, tampoco tenía novia conocida; siempre expresó poco apego por las relaciones amorosas. No consideraba que fuera homosexual, porque el mismo desinterés hacia la mujer se le aplicaba al hombre.
Al culminar el día atrasó su llegada al hotel. Llamó a Gilbert, a Dylan, a Elizabeth, pero ninguno le atendió. Probó con una última persona, sin estar seguro de querer hablar del tema precisamente con él. No lo llamó, por temor de un nuevo rechazo, sino que fue al edificio y se plantó frente a la puerta, llamó y esperó.
Quien le atendió fue un hombre que parecía de su edad, un tanto más bajo pero con buena musculatura, de piel blanca y cabello rubio, bastante corto, de ojos negros que no dejaron de estudiarlo.
-¿Sí?
-¿Está Francis? Es un amigo.
-Ah, sí, claro, pasa –dijo el hombre, aunque pareció recelar en un principio.
Francis estaba sentado en el sofá; cuando Arthur entró, presenció una transformación en su expresión que le dejó perplejo por segundos.
-¡Arthur! Reconocería esos pasos donde fuera, pero ven, acércate, ¿a qué se debe tu visita? –preguntó Francis, con un tono que quería sonar natural sin conseguirlo. Arthur arqueó una ceja, preguntándose a qué se debía, terminando por acercarse y saludarle con un "hola, pasaba por aquí", que fue correspondido con un beso y un "ya veo, siéntate, ¿quieres café? Digo, té, porque prefieres el té mil veces, ¿no?".
El otro hombre carraspeó para llamar su atención. El hombre lo miraba con cierto reproche, como si fuera lo menos oportuno en aquel momento. Arthur se preguntó qué había interrumpido, por qué el otro parecía tan contrariado y Francis, en cambio, muy aliviado. Sea lo que fuera, decidió quedarse allí hasta que el hombre se despidiera. No le gustaba en lo absoluto la actitud de Francis, como si el desconocido le causara cierta angustia.
-¿Sí, Julian?
-Eh, me voy. Pero llámame. No, yo te llamo. O vengo más tarde. En fin.
Sin más, el tal Julian salió del apartamento, cerrando la puerta tras de sí con un ruido fuerte. Francis soltó un suspiro, aliviado, levantándose. Se dirigió a la cocina, Arthur lo siguió. Quería preguntarle quién era ese hombre pero si Francis no le explicaba, no tenía por qué hacerlo o mostrarse especialmente interesado. Estaba fuera de su incumbencia. Fue a ayudarle a preparar el té, Francis le agradeció la ayuda pero insistió en que se sentara y le dejara hacer.
-Ah, y no te preocupes –le dijo, de pronto, sin venir a cuento-. Es un compañero de trabajo, hemos estado discutiendo ciertos asuntos. Nada muy impresionante.
Arthur arrugó el ceño, ¿de dónde sacaba que estaba preocupado? Si lo que menos le interesaba era volver a saber de aquel hombre. Además, ni mencionaba el aspecto que lo había inquietado en realidad: su propia actitud con respecto a él.
-Pues te veías muy mal, como si te hubiera dicho que cargabas con otro muerto –le respondió. Luego se maldijo, considerando el poco tacto de su comentario. Como Francis estaba de espaldas a él, no pudo registrar el efecto de sus palabras.
-¿Me veo mal? –preguntó, en cambio, desubicándolo.
-¿Qué?
-Que si mi apariencia se ve terrible, como has dicho.
-No me refería… digo, te ves muy bien hoy. Digo, siempre. Quiero decir -¿Qué mierda quería decir?- que eso no es lo que te discuto.
-Gracias por el cumplido.
-No lo fue –y antes de que Francis volviera a abrir la boca, se apresuró a seguir:-Me refiero a que parecías muy aliviado por mi llegada.
-No. Es que me gusta que estés conmigo, te disfruto mucho –le reveló.
¿Lo disfrutaba? ¿Qué clase de comentario era aquel? Lo estaba azorando y parecía hacerlo adrede.
-Más bien, diría que te he salvado de algo con aquel, ¿no?
-Tú de verdad quieres buscar el mediodía a las dos –le dijo-. Te juro que no hay nada espantoso detrás. Si quieres que te considere mi héroe tendrás que hacer algo mejor que aparecerte en mi casa de improviso. Julian no es un malvado ogro.
-Me puedo ir, entonces –gruñó. Le había salido un tono muy resentido.
-No quise decir eso, no te lo tomes a mal. Me parece maravilloso que seas tan atento conmigo.
-No estoy atento contigo, solo digo lo que me pareció. Tú no me importas –comenzó a negar, viéndolo como la única manera de mantener su imagen intacta.
-¡Ya! ¡No puede ser!
Arthur observó cómo buscaba las bolsitas para el té, en vano. Las buscó por todo el mueble sin conseguirlas, hasta concluir que se le habían acabado.
-Déjalo así. No importa. Me basta con un vaso de agua.
Efectivamente, acabaron tomando agua, sentados en la mesa, juntos, en silencio, tal vez resintiendo las palabras anteriores. Hasta que Francis le tomó de la mano y le preguntó si había, en realidad, una justificación para su visita. Arthur decidió que ya era tiempo para sincerarse con su viejo amigo.
Al principio fueron muchos más los rodeos que los hechos concretos, pero acabó relatándole sobre la conversación entre su esposa y él donde ella le había pedido el divorcio. Él había aceptado creyendo que era lo mejor; no, más bien, convencido de ello, pero le inquietaba cómo se tomarían Peter y Ann la noticia y, además, qué sería de su vida de ahora en adelante. Tenía que pensar en los acuerdos jurídicos, en la división de sus pertenencias, en que no podía seguir por un tiempo indefinido en aquel hotel. Sobre sentimientos íntimos, no dijo nada más que "tenías razón", y dejó que Francis fuera quien expresara todo el dolor que debería sentir pero que, al contrario, no sentía.
Le dio la impresión de que Francis entendía más de lo que se le decía. Sabía cómo expresarse en los momentos adecuados. Al finalizar, tras un silencio corto, Francis le dio un abrazo sorpresivo, tal vez en un intento inútil por brindarle apoyo. Se ahorró decirle que aquello era ridículo, en su lugar le devolvió el abrazo sintiéndose verdaderamente tonto. En vez de arrebatarse por un sentimiento de tristeza, se concentraba en estrechar aquel cuerpo que se estremecía como si acaso el divorcio fuera con él, pasando sus manos por su espalda, tal vez acariciando más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Cuando se separaron, le sorprendió encontrarse con los ojos de Francis húmedos. Se asustó.
-Oye, ¿estás bien?
-Sí, es que soy muy emotivo y toda tu historia me parece terrible. Lo siento, me vas a considerar un payaso.
-Sería una consideración muy acertada –asintió. Le quitó las manos de encima y se sintió desorientado sin saber qué hacer a continuación-. Pero en vez de echarme a morir, debo pensar en qué hacer. Es lo que me agobia, todo lo que sería muy recomendable realizar o no.
Francis llevó las manos a su rostro, con cuidado le tocó las pestañas, ante la protesta de Arthur que no se había esperado esa reacción.
-Lo siento, pero es que me has sonado tan frío. ¿No hay ninguna lágrima, acaso?
-No lloro. Francis, en serio, esto no es una tragedia. Al menos no del modo que andas pintando todo. Solo… necesito despejar mi mente y organizarme y llamar al abogado hoy en la noche.
Francis le retiró las manos de la cara y se quedó pensativo.
-No tienes por qué seguir quedándote en el hotel –le dijo-. Tengo una habitación disponible y me viene bien la compañía. ¿Quieres?
-No puedo instalarme en tu casa así como así.
-Te lo estoy ofreciendo, es una oferta excelente. Te cobro un monto pequeño –insistió-. Te digo que me viene bien vivir con alguien más. Es un tanto difícil vivir aquí siendo como soy, con todo y que la casa está organizada en función de mi discapacidad. ¡Vamos!
Le tomó de la mano, apretándosela con cariño. A Arthur le parecía repentina aquella disposición de Francis. ¿En serio lo quería allí? ¿Y él podía aceptar? ¿Qué pensarían los demás? ¿Y a él qué le importaba? Retirando su mano, tomó la palabra:
-Bien, acepto. Me quedo. ¿Y dónde voy a dormir?
Francis se levantó e insistió en ir sujeto en su brazo hacia la nueva habitación.
Toda la parte de Toris fue una alusión al fic de Fresita con nata, Vida y milagros de un acomplejado, un LietPol hetero bastante gracioso. En sí, esta mujer es la reina del LietPol en español, así que se las recomiendo.
"-Tú de verdad quieres buscar el mediodía a las dos" = Chercher midi à quatorze heures. Nuestro equivalente en español es buscarle las cinco piernas al gato.
Perdonen por el retraso, he estado ocupada con la universidad y demás. Pronto actualizaré mis otras historias, se los prometo. ¡Nos vemos!
