Capítulo 10

Una de las peores situaciones que se generan en la vida es ir al trabajo con resaca, por muy leve que sea esta. Arthur, a lo largo de los años, se había topado en esa situación más de las veces que estaría dispuesto a confesar, por lo que a estas alturas había desarrollado una perfecta capacidad de aparentar ante los demás que se sentía bien y que nada, nada había ocurrido anoche.

Por suerte el malestar comenzó a disminuir al mediodía, siguiendo en descenso hasta desaparecer. Llamó a sus hijos para preguntar cómo estaban, sin que hubiera grandes novedades; lo importante era que estaban bien y que Caterina todavía no se había largado con el amante, dejando a la deriva a Peter y a Ann. No creía que eso fuera a pasar nunca, en realidad, pero disfrutaba condenándola como nunca antes.

Al salir del trabajo fue a recoger a Francis en un café cercano. Arthur ayudó a Francis a dirigirse al vehículo, se acomodaron y se pusieron en marcha. El edificio de la exposición medieval no quedaba muy lejos; era una antigua estructura que había sobrevivido a los azotes de la guerra y a la modernización. Al bajarse del auto, Francis le tomó del brazo y le susurró al oído que a partir de ahora, él sería su guía. Afirmación que resultó estar equivocada, porque al seguir las indicaciones de Francis por una primera vez acabaron en el baño de hombres, la segunda en el armario de la conserjería.

-Temo pensar en las señales que intentas darme, Francis –soltó Arthur cuando Francis decidió probar otra vez-. Mira, yo tengo ojos que sirven, así que me hago cargo.

-Eso fue cruel.

-Ah, ¿herí tus sentimientos? –preguntó-, lo siento, no lo vuelvo a hacer, cegatón. Pero no ha estado tan mal, si necesito ir al baño o buscar una escoba, ya sabré a qué sitio acudir.

Después de tantos rodeos, por fin llegaron al piso de la exposición. Era bastante sencilla; estaba distribuida a lo largo de la habitación, cuyo espacio no era muy grande, y se dividía entre elementos religiosos, objetos bélicos y objetos de uso cotidiano. La mayoría de las cosas no se podían tocar. También había carteles que servían para explicar lo que se exponía. Arthur se encontró leyendo para sí, en silencio, en un principio, hasta que Francis le preguntó que qué hacía.

-¿Qué te parece a ti? –preguntó.

-Supongo que estás viendo y eso, ¿pero qué ves?

Hasta entonces no había captado la dificultad de Francis por apreciar los objetos de la habitación. Claro, si encima ni podía acercarse a ellos y, mucho menos, leer los carteles con la explicación. ¿Para qué lo había invitado a un sitio que no iba a poder disfrutar?

-Es una armadura –le dijo-, sabes cómo son, ¿no? –Francis asintió y Arthur se encontró continuando:-. Bien, de verdad parece pesada y está como oxidada. No imagino a nadie usándola, si soy sincero. Pero esto es lo que los franceses llamaban "estar a la última moda".

-Nosotros siempre nos imponemos en eso –soltó, con una sonrisa-, ¿y qué más?

Arthur siguió explicándole lo demás. Se encontró pensando que tal vez el principal interés de Francis era tener a alguien que le pudiera mostrar la exposición adaptándose a su manera. Tampoco le molestaba hacerlo, menos cuando representaba un esfuerzo mínimo y recibía tanto entusiasmo de parte de su oyente. A menudo, también, recibía contestaciones a los argumentos leídos en los carteles y Arthur se veía obligado a decirle que lo hablara con el encargado de la exposición, que de Edad Media sabía lo mismo que Francis en seguir direcciones.

Cuando llegaron al fondo de la galería, Arthur descubrió un pequeño escenario donde tenían montado un espectáculo de marionetas. Arthur iba a pasar de largo, sin que le llamara la atención, pero Francis le obligó a quedarse en cuanto se lo explicó.

-¡Tienes que ver esto! Son maravillosos.

-¿Ya lo has visto?

-Recuerda, que ya he venido. La última vez vine con un amigo que no conoces.

-Ah, ya. Entonces ya sabes todo lo que te he estado diciendo.

-No es lo mismo oírlo de tu boca, mon ami –consideró, regalándole otra sonrisa fácil.

-Ni creas que voy a tomar eso como un cumplido. En fin, ¿qué es lo interesante de esto?

-En esta época eran muy populares los espectáculos con títeres. Al principio eran muy rudimentarios y las historias, bastante simples, pero servían para entretener, que es lo importante –le explicó.

-Pues ahora me estoy aburriendo –consideró Arthur.

Iba a decir otra cosa, pero Francis lo calló con un "shhh". Le miró desconcertado, antes de descubrir por qué lo había dicho. En el teatrillo que tenía al frente dos hombres vestidos de negro habían entrado, sosteniendo dos títeres de singular fealdad. Iban a prepararse para la función. A su alrededor, ya la gente comenzaba a congregarse para verlos. Arthur se fijó en las preparaciones simples de los dos actores, luego pasó la mirada hacia su acompañante. Sonrió al notar la expresión animada que el ruido de la representación había generado en Francis, parecía hacerle mucha ilusión lo que estaban a punto de ver, cuando se dio cuenta de que sonreía sin motivo, hizo una mueca y agradeció más que nunca la discapacidad de su amigo.

-¡Bienvenidos, jóvenes y adultos! –exclamó otro hombre, fuera del escenario-. ¿Están listos para conocer a un hombre sin igual? Es un inglés, más inglés que todos ustedes, cuyo nombre es señor Punch y hemos venido a contarles su historia…

-¿Más inglés que todos nosotros? Eso es relativo, un clip elaborado en China tiene más de inglés que lo que podrías tener tú, Francis –le susurró. Éste esbozó una sonrisa.

-Calla y oye, Arthur, o te vas a perder de todo.

Una vez que el hombre terminó con la introducción, aparecieron en el escenario los títeres más horribles que había visto nunca. Eran un hombre y una mujer, que conformaban un matrimonio. La mujer tenía una nariz enorme, como las que tienen las brujas de los cuentos de hadas, un traje sencillo de campesina y una enorme verruga al lado de la boca. Sin embargo, su apariencia era pasable si se comparaba con el títere a quien tenía como esposo, el nombrado señor Punch. Este tenía unos ojos verdes bastante saltones, que miraban con malicia al espectador; la nariz parecía la de un tomate especialmente gigante, con una boca que sonreía de lado y lado, mostrando unos dientes dignos de un caballo. Las mejillas coloreadas desencajaban con el contorno que rodeaba los ojos, de un color muchísimo más blanco y que se diferenciaba también del color de la frente. Tenía el cabello rubio y alborotado, que dejaba entrever un sombrero largo y tan colorido como el traje de bufón que portaba.

-Pero qué guapos son –susurró.

-¿Lo consideras así? –preguntó Francis-, porque yo me los imagino verdaderamente feos.

-Punch se parece a ti.

Efectivamente, el señor Punch tenía el alma verdaderamente fea. Arthur llegó a la conclusión después de la pelea de Punch con su esposa Judy, cuando el hombre acabó de tirar a su bebé por la ventana en un acto de cólera, debido al que bebé estaba molestándolo con su continuo llanto. Luego, por puro placer, tomó un barrote y le partió la cabeza a Judy, siguiendo golpeándola por distintas partes del cuerpo hasta acabar por matarla. Una cualidad que hacía más digerible el personaje era su voz chillona y simpática, cuya estridencia era perfectamente audible para toda la audiencia.

-La historia me conmueve –le volvió a susurrar Arthur.

Acto seguido, la policía llega a la casa del matrimonio y confronta al señor Punch, este consigue librarse de ella y escapar como todo un héroe perverso, al mejor estilo donjuanesco. Era bastante indignante, pero al horrible hombre le salía todo bien. Arthur admitió que, a pesar de que no debería, le estaba comenzando a sentir aprecio y esperar que se saliera con la suya.

-Terrible, terrible, terrible –soltó Francis—, ¿no te parece igual a los héroes oscuros de estas últimas décadas? Apuesto que te está comenzando a gustar. La gente se siente inclinada hacia los villanos, más si hacen cosas que ellos nunca harían.

Además de asesino y perfecto prófugo, el señor Punch era un excelente seductor. Allí a donde iba las atrapaba a todas, diciendo sobre las mujeres del mundo que "en Italia se encuentran las mujeres de la peor especie; en Francia tienen la voz muy alta (todo clamor); en Inglaterra, tímidas y recatadas al principio, se convierten en las más amorosas del mundo; en España, orgullosas como infantas, aunque frágiles como infantas, y en Alemania son de hielo". Arthur lanzó una carcajada, que le causó el desconcierto de Francis y algunos otros voltearon a mirarlo levemente antes de volverse hacia la obra.

Al final, el hombre se consiguió librar de la justicia terrenal, pero al llegar la hora de su muerte, apareció el diablo para llevárselo al infierno. El señor Punch tuvo la suficiente mala saña como para acabar asesinando al mismo diablo y acabar yéndose del terrible escenario, habiéndose librado de todos sus males y teniendo al mundo para seguir obrando los suyos.

Al salir de la exposición, Francis todavía seguía bramando indignado ante la perversión del señor Punch. Arthur lo oyó sin escucharlo verdaderamente, interrumpiéndole al salir para preguntarle si le apetecía ir a cenar. Luego, cuando se dio cuenta de lo que aquello podría significar, se apresuró a agregar:

-Claro, tú pagas lo tuyo y yo lo mío. Y yo elijo el restaurante.

-De ningún modo. Mon ami, yo pago por los dos, pero escojo el restaurante. ¡No quiero réplicas! Es lo mínimo que puedo hacer después de que aceptaras venir conmigo. No muchos consideran salir conmigo teniendo que servirme de guía.

-Yo no sabía que tendría que hacerlo, ni me diste oportunidad de decidir si quería o no.

-¿Y qué hubieras respondido?

-¿Adónde quieres ir, por fin? Se hace tarde.

Francis le llevó dos manzanas abajo tomado del brazo. Se detuvo, con aire pensativo, intentando recordar. Arthur le pidió que le describiera el restaurante, pero Francis no tenía modo de describirlo porque desconocía su apariencia. Cuando creyó que todo estaba perdido, de repente se acordó que tenían a un músico en la entrada, tocando con un violín tonadas que los acompañarían toda la cena. Arthur se afanó en buscarlo, hasta dar con él por fin cuando comenzó a recorrer toda la cuadra. El sentido de ubicación de Francis no estaba tan dañado después de todo.

Entraron, el establecimiento estaba casi vacío, tal vez porque fuera demasiado temprano para cenar todavía. Escogieron una mesa cerca de la vitrina. Arthur fue lo suficiente caballeroso como para retirarle la silla a Francis, este se sentó con un "merci, mon ami", y Arthur se sentó frente a él, sin darse por aludido. Al poco tiempo llegó el mesonero con el menú.

-Lee en voz alta –pidió Francis.

Arthur le hizo caso. Mientras esperaban a que trajeran su pedido, Francis comenzó a hablarle de lo mucho que le había gustado visitar la exposición medieval con él.

-De verdad me gustan estos temas –le dijo-. Ya sabes, con lo que adoro los cuentos de hadas. La mayoría provienen de la Edad Media. Es una época mágica.

-Los que se murieron por la peste seguro opinan diferente.

-Incluso aquellas muertes tienen su atractivo. ¿Has oído hablar de la danza macabra? Es extraordinaria. Es la muerte invitando a bailar a todos… Una vez hice una representación de ello, como exposición en el colegio. Se burlaron de mí porque al parecer mis pasos eran, lo que se dice, afeminados, pero nadie se atrevió a tratarme mal por el asunto de mi ceguera. Pero a Matthew y a Alfred sí, ellos eran mi sacerdote y mi caballero. Lo recuerdo bien. Pobrecitos. Alfred pudo reponerse de las burlas, pero Matthew…

-Salías con Matthew, ¿no? –cortó Arthur. Recordó, con mucho esfuerzo, la vez que lo había encontrado en New York.

-Sí, fue mi segundo amor. Con él descubrí que mi interés por los hombres era más que platónico y que, además, podía estar con uno de ellos como una pareja normal –le explicó-. Claro, lo que se dice normal, no se era. Ambos teníamos que ocultarnos, tan solo lo sabían Alfred y Monique.

-Ya, eso me pareció la vez que estuve en Nueva York, ¿sabes? –le dijo Arthur-. Pero, ¿quién fue tu primer amor?

-Tú, ya te lo he dicho varias veces –le dijo sin ningún titubeo.

Arthur se encontró incómodo, de repente. Aquella sinceridad aplastante de Francis le desconcertaba la mayoría de las veces.

-Ya, lo siento, debo decir que tú no fuiste el mío –le dijo, por decir algo. Francis asintió.

-Lo sé, viéndolo en retrospectiva, yo fui el único enamorado de los dos, pero no me importa. Fue maravilloso y me encantaría volver a repetirlo.

-Ya no somos niños.

-Pero conservamos la capacidad de amar, eso no me lo puedes negar.

-Yo ahora no quiero estar con nadie –dijo Arthur, con brusquedad-, y menos contigo. Sin ofender, pero con la cursilería con la que vives día a día, te me harías inaguantable.

-¡Qué cruel! Encima que te iba a decir que hoy te has convertido en un caballero de ensueño –le reprochó. Arthur puso los ojos en blanco.

-¿No te da vergüenza ir soltando esas cosas por ahí?

-De ningún modo, careciendo de vergüenza es como he llegado tan lejos.

-Dios mío, cállate. La gente nos está mirando –gruñó Arthur.

-Bien, no te molesto más. Estaba bromeando, Arthur. Y si la gente nos mira, es porque soy guapo.

-Tu capacidad para echarte flores me asombra.

-Hay que estar orgulloso de lo que se tiene. O de lo que me han dicho que tengo. Ah, pero me encanta mi voz y cómo se siente mi cabello. Aunque esto no lo consigo gratis.

-Tanto te ocupas de tu cabello que te olvidas de afeitarte en las mañanas.

-Ah, pues prefiero no hacerlo… Y a ti te pasa lo contrario. Es fastidioso querer pasar la mano por tu cabello y encontrarte bolas de pelo, ¿nadie se le ocurrió enseñarte a peinarte?

-Mi pelo está bien. Digo, tampoco es que se pueda dominar –Luego chasqueó la lengua-. Cada conversación que tengo contigo es peor que la anterior. ¿Así eres con todos?

-Con los demás no hace falta hablar tanto.

Arthur se podía imaginar a qué se refería. Sin embargo, evitó toda alusión a la vida amorosa de su compañero y desvió el tema a una zona menos turbia.


Se me cae la cara de vergüenza con el ritmo de actualizaciones, no me extrañaría encontrarme hablando sola… ¡Lo siento! Bloqueo y esas cosas. Pero esta historia sigue.

Muchas gracias para quienes sigan por acá. Nos vemos!