Capítulo 12

Arthur no podía decir que hubiera hecho muchos avances en su vida estos últimos días. Intentaba que Peter y Ann lo vieran todos los fines de semana, sin importar lo que sucediera estaba allí para ellos. El divorcio seguía en pie, evitaba hablar con su futura ex-esposa o el reflexionar en todo lo que estuviera relacionado con ella; intentaba sellar las memorias del pasado.

Del trabajo no había nada relevante a mencionar, tampoco con sus amigos, cuyos problemas parecían los mismos. Elizabeth continuaba muy apegada al hombre que había atropellado (lo que le desconcertaba era que el hombre le correspondiera en el interés; si en el primer encuentro Caterina lo hubiera atropellado, no hubiera existido amor, sino una demanda millonaria). Por último, Francis había logrado colar al hermano de Gilbert en su trabajo, por ello había hecho amistad con Ludwig. Sospechaba que, en realidad, las intenciones de Francis eran menos inocentes que una simple relación amistosa; que el hombre tuviera amantes para todos los días y que unos incluso fueran más importantes que otros no era un problema en lo absoluto. Estaba libre de obrar como quisiera porque nunca se comprometía con nadie, aspecto que se lo dejaba claro a cada persona que pasaba por la casa. Arthur lo había oído infinidad de veces, dirigiéndose a otros, sabiéndose la aclaración de memoria. ¿Acaso habría un solo hombre que fuera la excepción a aquella norma?

En todo caso, Arthur no había vivido nada inusual, hasta esa mañana del viernes cuando se encontraba desayunando fruta fresca, por insistencia de su anfitrión que era un loco de la comida saludable. Había insistido en que ya era mayor y debía cuidar su figura con ahínco, de otro modo pronto tendría una barriga que sus trajes no lograrían ocultar. De nada sirvió decirle que él era de constitución delgada, como toda su familia, lo cual hacía muy improbable que engordara.

Francis se sentó a su lado, con expresión seria. Arthur miró su plato de frutas por si acaso su desayuno era el culpable, pero a su vista parecía lo suficientemente saludable para complacerlo.

-Cariño –comenzó por fin, después de un silencio que sirvió para aumentar la intriga.

"Cariño" no significaba nada. Francis solía gustarle ponerle apodos cariñosos a todo el mundo.

-¿Qué?

-No hables con la boca llena.

-Tú deja el misterio. ¿Qué me vas a decir?

-¿Por qué has estado viendo mi pornografía sin mi permiso?

La respuesta, dicha tan directa, causó que Arthur se atragantara con el pedazo de fruta que comía. ¡Cómo se atrevía a decirle aquello! No, lo peor era que se sentía abochornado por saberse atrapado. Se sonrojó de pies a cabeza, mirándolo con profundo desprecio a su hablante, quien seguía esperando una respuesta.

-¿Y bien?

-Yo no he visto nada.

-Me estás mintiendo. Mira, no te voy a juzgar, en serio es una simple curiosidad.

-Que no he visto nada.

-Bien, no has visto nada. Pero la próxima vez que no lo hagas, no cambies el orden en el que están las películas, ¿bien? –Arthur terminó su plato y se levantó de la mesa, oyéndolo a disgusto-. Es un problema volver a acomodarlas luego, están en un orden específico para facilitarme la búsqueda. Imagínate ayer cuando vine y me encontré con ese problema.

-¿Querías calentarte? ¿El sexo diario ya no es suficiente?

-Yo no tengo sexo diariamente –le aclaró, pensativo-. No, espera, sí, más o menos sí, ¿cierto?

-Es hasta enfermo.

-¿Te gustó lo que viste? –preguntó Francis en cambio-. Quiero decir, tú estarás acostumbrado a tus… cosas heterosexuales.

-Que no vi nada –masculló-. Mira, ya me tengo que ir. Deja el cuento y ponte a hacer algo útil.

-No suenes como si te estuviera acusando de matar a alguien.

Arthur soltó un bufido, se apresuró a tomar su maletín y salir del apartamento cerrando la puerta con más fuerza de la requerida. En el camino, las palabras de Francis no salieron de su cabeza. Maldición, lo había descubierto. Ya sabía que estaba usando sus malos y estúpidos vídeos cuando, en realidad, no debería. El ya había dejado atrás esa época de confusión, ¿no? Ya no tenía por qué ir suspirando detrás de chicos guapos, cuando ya estaba casado y con hijos y, además, tenía mujeres hermosas que querían más de una amistad con él. No tenía problemas con los homosexuales, pero él no era uno. Ni siquiera clasificaba como bisexual, no desde hace mucho.

No le gustaba recordar sus primeros años en la universidad. Se había descarriado al punto de probar con varios chicos. Su primera vez con un hombre fue con Berwald, una noche de copas que se le había ido de la mano; la segunda vez fue casi un desliz, para saborear el gusto cercano a la gloria que su cerebro había confundido con amor, recordaba que había sido un español más joven e inexperto que él. Y luego… no, luego había llegado Caterina y se había enfocado en ella como la persona que lo podía sacar de aquel abismo. Ironía que ahora ella fuera la principal culpable de haber vuelto a recaer. Era un hecho que no había mujer que le lograra atraer, que no podía ni siquiera imaginarse con ellas; en su interior no sentía el menor interés, a pesar de reconocer sus cualidades y su belleza física.

Parecía tan fácil parecer interesado en una mujer, pero no lo era. De estar interesado en enamorarse de Blanche, dada las circunstancias actuales, dudaba conseguirlo. También le parecería una canallada mostrarse interesado a sus avances, cuando estaba lejos de profesarle el mismo interés. A ninguna, a ninguna mujer…


Era un viernes por la noche sin ningún plan para salir; sus amigos no le habían llamado para quedar y él tampoco tenía interés en hacerlo. Al día siguiente iba a salir con sus hijos, con lo que quería mantenerse sobrio. Llegó al apartamento de Francis temprano, se dio una ducha rápida y se instaló a ver televisión. Una idea fugaz se le cruzó por la mente, mirando al punto donde tenía guardado los videos prohibidos. Negó con la cabeza, rechazando la propuesta de un deseo incoherente. Se resistía a volver a caer en el mismo error, menos cuando su simple incursión le podía hacer sacar a Francis conclusiones equivocadas sobre sus gustos. Cómo volaba la imaginación de ese hombre.

Sin embargo… si tenía cuidado de dejar apilados las cintas en el orden correcto, seguramente no le daría motivos para volver a sospechar de él. Era cuestión de saber dejar las cintas en su sitio una vez terminadas. Con esa idea en mente, se apresuró a colocar el disco en el reproductor. Confiaba en que Francis estaría en alguna cita con algún amante anónimo.

Fue cuestión de tiempo que, impulsado por las imágenes que se desarrollaban en la película, llevara una mano a su entrepierna y comenzara a acariciar su sexo por encima de la tela del pantalón. Gustaba de imaginar que aquella no era su mano, sino la de otra persona cuyo rostro no llegaba a visualizarse, no la había (ni quería que existiera, pues siempre era una mano masculina).

Se desabrochó el cierre del pantalón, y adentró su mano por entre la ropa interior, hasta tocar su miembro. Fue una fatal coincidencia que en ese mismo momento la puerta del apartamento se abriera, obligándolo a sacar la mano rápidamente y apagar el reproductor inmediatamente, después hizo lo mismo con la pantalla oscura del televisor. Mientras tanto, Francis ya había entrado a la sala, junto a un joven que no podía tener más de treinta años, más alto que ellos, de cabello castaño claro y piel blanca. Sus facciones eran delicadas y su ropa, muy elegante.

-¿Arthur? –preguntó Francis.

-Está en el sofá –señaló el joven desconocido.

Arthur se estaba abotonando el pantalón, abochornado. Francis no podía darse cuenta de aquella acción, pero sí el joven, que evitó volver la escena más incómoda al mencionarlo.

-¿Qué haces aquí? Te hacía ocupado –dijo Arthur, intentando que su voz sonara natural. No se movió de su sitio, intentando ocultar el bulto en su pantalón como fuera.

-Me encontré con mi amigo y quedamos en venir a casa a pasar un rato –le explicó.

-Encantado, soy Laurent. Debes ser Arthur. Fran me ha hablado mucho de ti –Laurent le sonrió, guiñándole un ojo antes de volverse a Francis-. ¿Te ayudo en la cocina? Ve a sentarte.

-De ningún modo, yo te sirvo. Eres mi invitado.

-Pero… mira, no es molestia ni nada –insistió Laurent.

-Ah, ya sé, tal vez mon cher Arthur te quiera ayudar, ¿no es así, mon ami?

Arthur gruñó para sus adentros, no había modo de negarse sin parecer descortés. O dejarse en evidencia.

-Creo que él preferiría no hacerlo –habló Laurent-. Fran, tenías razón sobre el asunto que me contaste en la mañana.

-¿A qué te refieres?

Laurent le susurró al oído algo que Arthur no alcanzó a oír. ¿A qué asunto se refería Francis? ¿Hablaba de él con otros? ¿Acaso de alguna intimidad…?

-Hey, ustedes dos, si van a compartir algo, que sea conmigo también –gruñó, detestando el gesto de sorpresa de Francis cuando Laurent acabó su confidencia.

-Arthur, lamento tanto interrumpirte. Pero busca mejores horas.

Se encontró sonrojándose sin poder evitarlo, sabiendo a qué se estaba refiriendo Francis, aunque ni le mirara directamente y no hubiera un tono especial en su voz. Parecía tomárselo con naturalidad, no que no lo fuera, pero mencionarlo de esa forma junto a un desconocido y como si no supieran ambos lo que implicaba.

-No interrumpes nada –Arthur intentó salvar su dignidad-. ¿De dónde has sacado a ese chico?

-¿A que es lindo? –preguntó Francis, quien no tenía modo de saberlo-. Es un viejo amigo, nos conocimos en París. Tiene veinticinco años y es actor. Ahora mismo es mi chico preferido. ¡Tendrías que verlo!

-Ya, sí, lo imagino –Arthur miró con desdén al joven, aunque fuera realmente atractivo. Le caía mal desde que lo había atrapado, entendiendo la situación y, para empeorar las cosas, informándoselo a Francis.

-¿Qué tienes?

-¿Tener de qué?

-Suenas seco. No me gusta –Francis extendió una mano hacia él, Arthur se la rechazó-. ¿Te has molestado? No ha sido nuestra intención interrumpir. Pero dime, ¿has sido ordenado esta vez?

-Ya cállate Francis, lo que sea que te haya dicho tu amigo, no es cierto. Veía televisión.

-Sé cuándo me mientes.

-Aquí tienen –dijo Laurent, entregándole una copa a cada uno. Arthur rechazó la suya.

-No pienso beber hoy. ¿Ustedes se van a quedar aquí?

-Es nuestra intención, sí –asintió Francis.

Arthur se levantó, yendo hacia el pasillo que conectaba a las habitaciones, bajo la atenta mirada de Laurent y la expresión desconcertada de su anfitrión.

-Estaré en mi cuarto.

Le daba igual sonar grosero. No soportaba la expresión del amigo de Francis. Se sentía humillado.


Laurent : Luxemburgo, con el diseño que le dio Hima en el evento pasado. Ojalá sacara más de él.

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