Capítulo 13

Arthur estaba leyendo, o eso había pretendido al tomar una novela estadounidense sobre un hombre que a los cuarenta años decidía dar un cambio radical en su vida, renunciando a su trabajo como contador para dedicarse a la escritura, pese a la oposición de su familia. El hombre afrontaba un divorcio y el amor de una amante mucho más joven que él, que era compañera de universidad de su hijo mayor. Arthur no quería hacer paralelismos con su vida, porque él no estaba renunciando a nada ni descubriendo un talento hasta ahora insospechado. No quería pensar en cómo podía sentirse identificado con el protagonista, menos cuando también compartía el pensamiento de lo que Francis pudiera estar haciendo con su mentado amigo. Si es que acaso era un amigo de verdad (o le daba igual serlo, no le sorprendería lo libre que fuera con sus amistades).

Se sentía humillado por haber sido atrapado con las manos puestas en el fuego, después de querer retener su orgullo, terminaba tirándolo por la borda gracias a un amigo idiota que había entendido lo que estaba viendo al momento de apagar la televisión. Francis tampoco era ningún idiota, pero sí muy imaginativo, podía entender algo muy diferente a lo que de verdad era Arthur.

El no sentía un gusto especial por los hombres; sí, había probado en el pasado, pero lo que ocurría en el pasado se quedaba en él, no se le traía de vuelta. Se olvidaba, se olvidaba de sus errores para ser feliz. Ya era muy tarde para redescubrirse a sí mismo. El divorcio con Caterina le había afectado, tal vez confundido, pero nunca cambiado.

¿O sí?

Por dios, ¿lo estaba considerando siquiera? ¿Cómo se podía sentir atraído por los hombres, si la sola idea le producía…?

Fue entonces cuando tocaron la puerta. Arthur ya sabía quién era, pronunciando un "entra" sin querer verlo realmente. Francis abrió acto seguido, con un gesto de duda en el rostro.

-¿Qué quieres? –preguntó Arthur, forzándose a sonar seco.

-¿En serio no quieres salir? –preguntó Francis-. Le has caído bien a Laurent.

-No hemos compartido habitación ni por cinco minutos –observó.

-A veces no hace falta mucho tiempo para darte cuenta que esa persona es la correcta –consideró Francis, caminando hasta quedar sentado en la cama, casi a su lado. Arthur se sentó junto a él.

-¿Correcta en qué sentido? Más te vale no estarte imaginando nada extraño, ¿bien? –bufó-. Mira, sí, tal vez me guste ver tus videos cuando estoy solo. Y sí, hace mucho que no estoy con nadie, pero no, no por eso voy a saltar hacia el primer homosexual de piernas abiertas que conozca.

-Laurent no es… quiero decir, me estás malinterpretando –reparó Francis, sin ocultar la alarma en su voz-. No tienes por qué ponerte a la defensiva.

-No estoy a la defensiva, solo que tú eres molesto con el tema. ¿Qué esperas exactamente? –siguió, antes de que Francis lo interrumpiera-. ¿Que me haga gay y vaya por ti? Eso es lo que siempre has querido, ¿no? Tu obsesión conmigo es enferma.

-No tengo ninguna obsesión contigo y no espero nada de ti, ¿quién es el que va imaginando más de la cuenta ahora? –soltó Francis. Comenzaba a sonar irritado.

-¿No? Dices que fui tu primer amor. Dejaste a tu primer novio o lo que fuera por mí. Y cuando nos volvimos a encontrar, tenías la esperanza de que me hubiera convertido en uno de los tuyos, por eso fuiste tan amable, ¿no? E insististe en que nos volviéramos a ver. Y, mira, qué emocionado andarás porque estemos compartiendo apartamento, supongo que fantasearás sobre el momento en que compartamos cama. ¿No es lo que quieres?

Arthur había soltado todo aquello sin parar, echando al aire toda la rabia que guardaba en su interior y dirigiéndola contra la persona tal vez más inocente a la que se le podía reprochar por causar su debate interno. Entonces, Arthur le huía al pensamiento racional. Quería golpear y herir del mismo modo en que él se sentía golpeado y herido por las circunstancias.

Sintió un malsano placer al observar cómo se quebraba aquella persona que ahora le había ayudado tanto, pero se decepcionó al no encontrar nada de rabia en él. ¿Qué clase de persona era Francis? ¿Por qué no le gritaba, no intentaba golpearle, no buscaba lastimarle?.

-¿Qué te ocurre? –preguntó Francis-. Tú no eres así. Quiero decir, sí un tanto malhumorado y sarcástico, pero nunca llegas a ser cruel. ¿Ha sido el trabajo? ¿El divorcio? ¿Hay algo que me quieras decir?

-Ahora lo redireccionas, ¿no? Como te he dicho lo que planeas, ahora sacas que el problema es mío. Aquí el único con problemas eres tú.

-Yo no soy el del problema. Arthur, ¿cómo puedes pensar que quiero…? –Francis no pudo terminar su oración. Lo sintió respirar con fuerza, ¿sería la furia contenida? ¿Iba a explotar? ¿Por qué no le podía gritar del mismo modo?-. No, no lo voy a negar. Me gustas, me sigues gustando después de todo este tiempo, y sé lo enfermo y triste que parece. Pero yo no pido nada de ti, solo saber…

Arthur no lo escuchó. Había descubierto más de lo que esperaba con una provocación. Le gustaba, le seguía gustando después de todo este tiempo. Recordó las ocasiones en las que había salido con él, estado a su lado, protegiéndolo como si acaso ya no supiera valerse por sí mismo. ¿Cómo podía seguir queriéndole?

-Entonces tengo razón –interrumpió-. Todo esto es tu maldita culpa.

Arthur se levantó, caminando por la habitación con paso acelerado, cruzándole mil ideas por la cabeza. Miró al hombre, en tensión, que no dejaba de intentar precisar sus movimientos con ayuda del oído. "Tendría que golpearlo" pensó, pero fue una propuesta débil que no obtuvo eco. No podía golpearle, pero sus razones iban más allá a que simplemente fuera un invidente.

-Yo –comenzó Francis, Arthur no se dio cuenta de cuándo llegó Laurent, alarmado por los gritos- no soy quien molesta al otro apenas toma unas copas de más.

-¿A qué te refieres? –pero Arthur tenía mucho miedo de la respuesta.

-¿Qué está pasando? –preguntó Laurent.

-Nada, no pasa nada. Arthur me decía lo incómodo que se siente en mi casa y conmigo.

¿Sin respuesta? ¿Acaso se lo habría inventado? Arthur tenía miedo de lo que Francis se hubiera ahorrado decir. Huyéndole al reproche de Laurent y al desencanto de su amigo, Arthur murmuró un "Hasta luego" y se apresuró a salir del apartamento, tomando su abrigo primero para protegerse del frío. Caminó sin temor por las calles de Londres, conociéndoselas de memoria. Su mente no reparaba en el trayecto, sino que seguía reproduciendo la escena vivida una y otra vez.

Ya lejos, en retrospectiva, se veía a sí mismo como un patán. Francis en ningún momento respondió con violencia a sus acusaciones, en cambio había intentado serenarlo. ¿Cómo podía mantener la compostura?

Lo había echado todo a perder. No era culpa de Francis su desencanto con las mujeres, los problemas con su esposa, o cómo decidiera estimular su deseo sexual.

Se sentó en un banco, cabizbajo, con las manos en ambos lados de su cabeza. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Por qué, por qué sentía ahora tanto odio hacia sí mismo? ¿El acaso era el verdadero culpable de sus fracasos personales? Seguramente no había sido lo bastante bueno con su esposa para que ella siguiera permaneciendo a su lado. Su matrimonio no había sido perfecto, pero llevaban años y creyó que por más altibajos, Caterina estaría allí del mismo modo que él para ella. ¿O acaso no lo había estado?

Francis solo era culpable de haberle ofrecido alojamiento, sabiendo lo malagradecido que podía llegar a ser. Era Arthur Kirkland el culpable y nadie más.

Volvió al apartamento después de dar vueltas sin un rumbo establecido. Encontró las luces apagadas, sin rastro del amigo de Francis ni del él mismo. Revisó en las habitaciones y encontró a su anfitrión ya dormido en su cama. Sintió deseos de despertarlo para avisarle de su llegada, solo que se contuvo y fue a su propio cuarto, se desvistió y acostó. A la mañana siguiente se levantó temprano, se alistó y fue a prepararse un desayuno rápido. Intentaba no pensar en los hechos de ayer, fallando en el proceso.

Terminaba su plato cuando Francis apareció en la cocina, casi desnudo a excepción de un bóxer ajustado que marcaba los lugares correctos. Le dio una inspección rápida al cuerpo, costándole tragar el último bocado. ¿Por qué, por qué se tendía que poner tan nervioso ante aquel hombre?

-Buenos días –dijo Francis, inseguro-. Lo siento, pensé que estaba solo.

-No te preocupes –respondió Arthur, tenso, queriendo adoptar el tono más amable-. Llegué cuando ya estabas dormido.

Contrariándole, Francis no se devolvió a ponerse la bata usual, sino que se encaminó hacia la cocina para hacer café. Arthur se levantó atropelladamente y le tomó del brazo, deteniéndole.

-Déjame hacerlo –dijo-. Siéntate.

-¿Seguro?

-Sí, seguro.

Eso fue lo que Francis hizo. Los movimientos de Arthur eran torpes porque se sentía nervioso ante el silencio incómodo, sentía que debía decirle algo, pedirle una certera disculpa.

-Oye… yo… -Arthur intentó hablar, pero no podía expresarse como quería. Le huía a las sencillas palabras que le darían una momentánea calma-. Ya monté el café, ahora a esperar a que suba.

-Bien, gracias.

Arthur pensó en preguntarle cómo había pasado la noche, pero lo consideró ridículo dado que ya sabía la respuesta.

-Hoy mi hijo va a participar en un concurso de deletreo –dijo, sin pensarlo-. De francés, digo.

-Qué bien, debes sentirte muy orgulloso.

-Sí, algo. Peter es bastante inteligente.

No encontró qué más decir, Francis tampoco reaccionó. Cuando terminó de subir el café, Arthur tomó una taza y sirvió café para él, con dos de azúcar. Se la colocó en la mesa.

-Ten cuidado, está caliente.

Francis asintió, tomando la taza por el aza pero sin hacer nada más.

-Lo que dije ayer es cierto, si quieres irte en cualquier momento, lo entenderé –soltó.

El enamoramiento, a eso se estaba refiriendo. Arthur se sentía como un auténtico patán pero no había forma de remediarlo.

-Yo… -comenzó-… yo me porté mal –aquellas palabras fueron las más difíciles de pronunciar en su vida-. Estaba frustrado y acabé pagándolo contigo. Ahora no estoy siendo muy yo mismo, todo este asunto con mi esposa me tiene loco. Disculpa.

-Yo no creo que seas homosexual, si es lo que te preocupa. Has tenido tiempo de explorar tu sexualidad y a estas alturas no creo que nadie tenga que descubrir nada de sí mismo. Perdona por contarle tus problemas a Laurent, son tuyos y yo no me debo entrometer. Puedes usar mis cintas pornográficas todo lo que desees, yo estaría encantado que te calentaras con ellos. Sabes que un hombre sano debe masturbarse al menos…

-¡Cállate! Mejor no digas nada, lo empeoras –dijo Arthur-. Pero puedes venir conmigo al concurso de Peter. Solo si no tienes nada mejor que hacer.

-No lo tengo, de verdad –dijo Francis-. Iré a prepararme entonces, ¿de cuánto tiempo dispongo?

-Una hora, así que vuela. Quiero llegar temprano.

Francis se apresuró al baño, tropezándose en el camino. Arthur, desconfiado de su integridad física, le ayudó a llegar para evitar nuevos tropiezos y aguantando la vergüenza que le producía el hecho de que Francis volviera a desnudarse frente a él como si no hubiera ningún problema. Lo esperó en la sala, intentando no estresarse por el tiempo que corría y la recordada lentitud de su amigo. Mientras todavía se oía el sonido de la ducha, sonó el tono de timbre del celular de Francis. Una canción en español de música pegajosa. Como no dejaba de sonar, Arthur lo buscó hasta dar con él en su habitación y atender a la llamada.

-¿Di…?

-¿Por qué tardaste tanto? Mira, ya estoy en camino para allá, pero me pregunto si tú no habrás guardado los boletos, porque yo no los encuentro. Si no es el caso, creo que los he perdido. ¡Y ni te atrevas molestarte, que de haber querido ir de verdad, no me los hubieras entregado a mí!

-No soy Francis.

-¿No? No, obvio, te oyes diferente. Mira, dile que es Antonio.

-¿Iban a salir hoy?

-Sí, ¿por qué si no ando llamando? Oye, ¿eres uno de sus novios? Digo, su novio, su único novio, no creas que tiene varios ni na…

-No soy nada suyo. Quiero decir, somos amigos.

-Claro, amigos.

-El punto es que no hace falta que vengas. Ya ha cambiado de planes, pasará el día conmigo. Adiós.

Arthur cortó la llamada, al tiempo que Francis entraba en la habitación.

-¿Con quién hablabas?

-Sí tenías un plan, ibas a salir con ese Antonio amigo tuyo.

-Ah, me has atrapado. Iba a avisarle ahora que lo dejáramos para otro día.

Arthur desistió el preguntar el porqué, imaginándose la respuesta. Volvía a sentirse incómodo. A ese viejo amigo le seguía gustando, a pesar del tiempo, y también estaba lo que Francis le confesó ayer. ¿Sería cierto? No, no se atrevía a preguntarle. Se moría de miedo.


Soy un desastre para actualizar, disculpen. Últimamente no he tenido tiempo (a pesar de que me disponía a actualizar estos últimos días). Al menos ya Arthur hizo un gran avance, y Francis también.

Nos vemos!