Capítulo 14

Arthur llevaba su tiempo en la puerta, esperando que Francis por fin estuviera listo para partir. Si se marchaban a esa hora todavía quedaba la posibilidad de llegar a tiempo para el comienzo del concurso de Peter. Sin embargo, Francis no daba señales de estar listo pronto, ya hasta comenzaba a arrepentirse de su modo de hacer las paces. Justo pensaba esto, cuando sonó el timbre. ¿Quién podría visitar a su anfitrión tan temprano?

Al abrir, descubrió que era el tal Homais, uno de sus tantos amantes. Tenía un aspecto bastante deplorable pero a Arthur no le causó lástima, sino un profundo desagrado que estuvo a punto de hacerle tirar la puerta para cerrársela en sus narices. El otro tampoco parecía a gusto de verlo.

-Buenos días, ¿y Francis?

-En su habitación.

Homais pasó sin invitación al interior del apartamento. ¿Qué podría verle Francis a ese hombre? Ni siquiera era atractivo, una persona como Francis, que llamaba la atención por su apariencia física, descuadraba al lado de una apariencia triste y cuarentona.

Homais llamó a Francis en voz alta, hubo algo en su gesto que le cayó mal a Arthur. De repente sentía deseos de echarlo de allí, decirle que sobraba, porque hoy su amante ya estaba ocupado. Lo que hizo fue invitarlo a sentarse y explicarle que Francis se estaba vistiendo. Fue terminarlo de decir para que Francis saliera del pasillo, con aire confundido. Arthur le echó un rápido vistazo, solo para darse cuenta que Homais hacía lo mismo, como si no necesitara disimular las intenciones por las que había venido.

-¿Julian? Dios, ¿qué haces aquí?

-Tenemos que hablar -dijo, acercándose hasta quedar frente a él. Le tomó de la mano y se la besó.

-Estás helado, ¿qué ha pasado? ¿Ha sido tu esposa otra vez?

¿El hombre estaba casado? ¿Y con todo, Francis seguía con él? Tuvo que repetirse una y otra vez que la vida amorosa de su amigo estaba fuera de su incumbencia, si quería meterse con hombres que valían poco, no se lo iba a impedir. Lo que le molestaba era que los hiciera perder tanto tiempo, ¿era su intención quedarse?

-Francis, ya es la hora, ¿te vienes? -preguntó.

-Bueno... -Notó que Homais le apretaba mucho más la mano y le susurraba al oído palabras que no alcanzó a escuchar-... Lo siento, Arthur, para otra vez será.

-Bien -masculló, con los ojos en blanco.

Arthur acabó por retirarse, imaginándose que a continuación Francis le ofrecía consuelo y Homais, al tiempo, acababa por irse para reunirse con su familia. ¿Por qué aceptaba andar con un hombre con el que no tenía oportunidades de ser alguien más que el amante? ¿O acaso lo único que le interesaba en la vida era el sexo y nada más?

Deja de pensar en eso, se dijo, no es tu problema. En el camino, ya rodando en el auto, el pensamiento estaba fijo sin querer desaparecer. Bueno, ayer Francis había admitido que quien le gustaba era él, lo cual sacaba varias conclusiones, como que era un masoquista sentimental. Se le cruzó por la cabeza irse de ese apartamento y su influencia amanerada, pero no tenía mucho por donde escoger, además, le costaba reconocer que se sentía a gusto allí.

Llegó diez minutos tarde al concurso. Caterina se lo comentó con sarcasmo, mencionando que había fallado en su puntualidad inglesa. Arthur le respondió con una perla menos bonita y ambos se sentaron en sus asientos numerados en completo silencio. Ann se había quedado en casa de sus abuelos maternos.

Peter fue el quinto en salir. Respondió excelente a la primera ronda que se trataba de palabras de tres letras, luego, la dificultad iba aumentando a medida que superaba cada etapa. La décima y última conformaba palabras de diez letras, fue allí en donde falló. Acabó con el segundo lugar, sin embargo, y Arthur se sentía como si ya le hubieran dado un diploma universitario.

Peter llegó saltando hacia sus padres, radiante de felicidad. Les enseñó el certificado que le daban como premio. Arthur, orgulloso, le invitó a comer al sitio que quisiera.

-¡McDonalds! -exclamó al instante-, ¡quiero ir a McDonalds!

Arthur se arrepintió de no imponer su autoridad como padre e ir a otro sitio, pero Peter era feliz así. Caterina también los acompañó. En el establecimiento pidieron una cajita feliz y dos big mac. Peter era quien más parloteaba, Arthur se acordó de lo alegre que se volvía cuando sus padres salían juntos por alguna diligencia. No era sinónimo de reconciliación, pero le gustaba imaginar a sus cuatro hermanos y a sus padres viviendo juntos en una casa inmensa. Cuando acabó de comer, Peter se dirigió al parque para niños.

Mientras comían, apenas se habían dirigido la palabra. Ahora, pensó que era bastante infantil llevarse todo el rato sin hablar. Caterina pareció pensar lo mismo, porque le miró y, con un gesto educado, fue la primera en hablar:

-¿Y cómo te va, Arthur?

-Bien, ¿y a ti?

-El trabajo está bien.

-Me imagino, tienes un jefe tremendo.

Arthur sabía que debió haberse quedado callado, pero había tenido el comentario en la punta de la lengua y había salido solo. El rostro de Caterina se volvió frío fuego.

-Lo es -aceptó-, ¿y tú? ¿Sigues en casa de esa antigua amante tuya?

Arthur puso los ojos en blanco, pero decidió seguirle el juego.

-Sí, ayer dormí con él.

-¿Él?

-Ella -corrigió rápido.

-No estoy bromeando, Elizabeth me contó que era una antigua conquista.

¿Por qué no le extrañaba de su amiga, el andar traicionándolo con su ex esposa?

-Se puede decir que lo es -reconoció-, pero es hombre y no, no nos hemos acostado juntos.

-Pero estás interesado.

-Muy graciosa. Sorpresa, tu esposo ha sido gay todo este tiempo, por eso te has ido con otro hombre.

-Es una explicación perfecta.

-Todo va teniendo sentido.

-¿Te confieso algo? Cuando te conocí en la universidad, pensaba que lo eras. Gay, digo. Que te gustaban los hombres. Se me ocurrió que tenías algo con ese amigo tuyo, Gilbert. Y luego con Kiku.

-¿Si pensabas eso por qué te casaste conmigo?

-Porque estaba enamorada.

Arthur se sintió incómodo ante la respuesta, incómodo y triste. ¿Qué había pasado con su amor? ¿Cómo se había deteriorado tanto?

-Entonces -siguió-, le gustaste a ese antiguo amigo.

-Le gusto, ¿quién te dijo que eres la única que levanta hombres?

-Qué orgulloso te muestras. Espero que aguante tus ronquidos en la noche -Arthur iba a responder, pero su teléfono comenzó a sonar. Lo sacó de su bolsillo, se sorprendió ligeramente a ver el número de Francis en la pantalla. Atendió incómodo, porque Caterina le daba toda su atención.

-¿Quién?

-¿Arthur Kirkland? -No era la voz de Francis, sino la desagradable de Homais-, ven al apartamento, a Francis le ha pasado un percance y necesita ir a urgencias.

-¿Qué le ha pasado? -preguntó, sonando más alterado de lo que había pensado.

-Se ha cortado con... Bueno, ¿vas a venir o no?

-Llama a una ambulancia, llévalo tú, ¿qué esperas?

Caterina lo miró alarmada por sus palabras.

-Eh, yo no, comprenderás que yo, dado lo que hay entre nosotros, no me puedo tomar el riesgo de que me liguen con él...

Arthur sintió un deseo desesperante de darle un puñetazo a alguien en ese preciso momento y no, no era al amante de su mujer. Masculló un "ya voy", cortó la llamada y se levantó del asiento, explicándole a Caterina lo que había ocurrido atropelladamente y sin ninguna idea en orden. Ni siquiera pensó en despedirse de Peter, sino que salió casi corriendo del establecimiento de comida.

En el trayecto, en donde avanzó a exceso de velocidad y cometiendo varias imprudencias, el nerviosismo le provocaba estar menos concentrado. En su mente imaginaba mil escenarios posibles de accidentes fatales, ¿llegaría a tiempo?

Se estacionó sin la meticulosidad de siempre y echó a correr, como el ascensor se tardaba mucho en llegar, decidió subir por las escaleras. Al llegar al piso, sin aliento, abrió la puerta esperando una escena digna de horror. Lo que se encontró fue muy diferente: Francis estaba intentando limpiar la herida, que tenía en el brazo derecho, pero ya el paño estaba lleno de sangre y mucho no podía hacer. Homais al ver a Arthur exclamó un "¡Por fin!", explicándole a Francis que ya había llegado quien lo llevaría a un hospital. Acto seguido, le deseó que pronto se recuperara y salió de allí. Arthur controló sus ganas de entrarle a patadas, yendo hacia Francis.

-¿Qué ha ocurrido?

-Iba a llevar dos copas de vino -dijo entrecortadamente, intentando dejar de llorar-, y me tropecé y caí. Homais se ha negado a llamar a un hospital, he perdido tanto tiempo, ¿voy a morir desangrado? ¿Qué tan mal está la herida?

-La herida está abierta, pero no te vas a desangrar.

-¿Cómo que no? ¡Ni me siento el brazo! ¡Me voy a morir!

Arthur no tenía tiempo para escuchar sus lamentos, fue a su cuarto y tomó un pantalón, una camisa y unos zapatos. Al regresar a la sala se los tendió a Francis.

-Te llevo a Emergencia, pero vístete primero.

-¡Me estoy muriendo! ¡La ropa no importa ahora!

-Créeme que la ropa le importa al ciudadano común, más que la muerte. No te voy a llevar desnudo. ¡Dios, no te eches a llorar!

Arthur ya se daba una idea de por qué Homais relegó la tarea de llevar a su amante a un hospital a su compañero de piso. ¡Qué capacidad de convertirse en un niño pequeño! No, ni siquiera Peter sería tan llorón llegado el caso.

-Bien, sí, te mueres -terminó por aceptar, causando un quejido lastimero en Francis-, y te voy a dejar morir si no te pones la ropa. Tú decides.

La amenaza tuvo efecto al instante, el hombre comenzó a vestirse sin dejar de murmurar que se moría y estaban perdiendo el tiempo. Arthur acabó ayudándolo, porque con una mano disminuía su funcionalidad a la mitad, preso de pánico por la herida se volvía un inútil. Al estar listos, lo guió desde el apartamento hasta su auto. En el atropellado trayecto Arthur intentó decirle palabras que fueran a tranquilizarlo, pero solo acertó con poner música de pop juvenil y darle una palmadita en la pierna, que le hizo sentir incómodo.

Al llegar a la sala de emergencias, Francis fue atendido al instante y por delante de otros pacientes que habían llegado antes. Porque no solo era un herido, sino un herido ciego y eso ablandaba corazones. Arthur hubiera querido seguir estando con él cuando se lo llevaron para atenderlo, pero debía encargarse del lado menos benevolente de la medicina privada. Al ir a pagar, se encontró con que no sabía el número del seguro de Francis. Sin querer perder el tiempo, pagó usando una de sus tarjetas de crédito. Se sentó en la sala de espera sin que el monto menos en su cuenta le pesara, realmente no podía dejar de pensar en la suerte de su amigo. ¿Y si de verdad había perdido demasiada sangre? Consideró que tras el accidente, el que Homais se decidiera llamarlo, lo que tardó Arthur en ponerse en marcha y llegar hasta Francis, más el tiempo en que se ocupó en ponerse al corriente y que se vistiera, había pasado demasiado tiempo.

¿Y si terminaban cortándoselo? ¿Qué iba a ocurrir con su vida? Y todo sería su culpa... Que no se te pegue lo dramático, seguro pronto va a estar bien, pensó.

Le pareció que había transcurrido una eternidad desde que Francis ingresó a la sala y cuando le avisaron que ya podía ir a verlo. Se levantó de un salto y caminó con pasos apurados, sin pensar en disimular su nerviosismo. La sala de emergencias estaba dividida en muchas pequeñas habitaciones, la de Francis era la quinta. Al entrar, se lo encontró con una bata de hospital puesta, con el brazo vendado, y mucho más calmado de lo que esperaba encontrarlo.

-¿Ya te avisaron que te van a trasladar a terapia intensiva? -preguntó Arthur.

-Muy gracioso. De verdad me creí morir, pero ha terminado por ser menos mal de lo que imaginaba. ¿Me veo terrible?

-Me haces querer llorar.

-Qué tierno.

Francis estiró su mano con algo de torpeza, intentando llevarla en la dirección que supuso se encontraría Arthur, quien se movió de lugar para que la mano del otro no se encontrara con la nada. Estrechó sus dedos, sin saber qué más hacer, pero a Francis aquello le parecía suficiente.

-Gracias. De no haber acudido, habría tenido que esperar a Antonio, y él estaba más lejos...

-No me agradezcas -masculló-. No es mi culpa que andes con un imbécil. En serio, ¿cómo lo aguantas?

-Tiene un matrimonio que mantener.

-Y tú, que te mueras.

-No quiero hablar de eso.

-Porque sabes que tengo razón. Mira, tu vida personal me vale un cuerno, pero al menos consigue hom... Amantes que valgan la pena.

-En serio no quiero hablar de eso contigo.

-Y a mí no me importa lo que tú quieras. En fin, tampoco voy a llamar a ese imbécil para impedirle que te vuelva a buscar. Ya estás grande para decidir lo que te conviene y lo que no.

Arthur no planeaba llamar a Homais, pero sí a su esposa. No le gustaba meterse en los problemas de sus amigos pero, de seguir por ese camino, Francis podría estrellarse de verdad. Hasta parecía que le gustaba ser herido.

Al llegar a la casa, dejó a Francis en su cama, limpió los restos de las copas que todavía seguían en el piso, y llamó a Caterina para preguntarle por sus dos hijos. Le narró a grandes rasgos lo que le había ocurrido a su compañero de piso, ella se mostró sinceramente aliviada de que no le hubiera ocurrido nada. Al trancar, fue hacia Francis por si necesitaba algo y, al obtener una negativa, fue hacia su propia habitación, encendió su laptop y fue directo a Facebook.

Francis tenía una cuenta allí, pero no era el más actualizado de entre sus amigos. Le había dicho una vez que quien lo administraba era su hermana y solo se encargaba de subir fotos que le favorecían. En realidad, tuvo que admitir Arthur, Francis era tan atractivo que la cámara parecía adorarle. Cuando se dio cuenta que se estaba entreteniendo de más y sin motivo, buscó entre los amigos de Francis a Homais, sin conseguirlo. Fue al buscador general de la página y tecleó el nombre de aquel hombre. Una lista de Julian Homais se cargó un segundo después, buscó a quien le interesaba e ingresó a su perfil. No le mostró mucho porque lo tenía privado, pero sí encontró el nombre de su esposa.

Casado con Marie Homais.

Perfecto. Hizo click en ese nombre. Necesitaba convertirse en su amigo. Le envió la solicitud de amistad. Le aceptó a la media hora siguiente. Ni corto ni perezoso, le mandó un mensaje privado.

"Pregúntale a tu esposo quién es Francis Bonnefoy y qué tanto hace en su apartamento".

Con ello esperaba que el hombre, que había comprobado que ponía por encima del bienestar de Francis guardar las apariencias, se mantuviera alejado, asustado de lo que su esposa pudiera averiguar.

Si Francis no ponía un fin a su situación desequilibrada, él lo haría como una especie de pago por darle alojamiento. Volvió a la habitación de Francis, quien ya estaba dormido a pesar de ser temprano. Arthur se terminó el vino que Francis y el imbécil habían abierto horas antes, sentado en la cama como si fuera necesario vigilar al otro.

A él le gustaban las mujeres, desde siempre, se dijo, mientras le acariciaba el cabello con su mano desocupada. Al acabar con su copa, la dejó en la mesita de noche y se repitió que solo le gustaban las mujeres, que nunca se iba a sentir atraído por un hombre. Se lo repitió mientras le besaba en los labios, con los ojos cerrados, asustándose cuando Francis comenzó a reaccionar, pero no se detuvo.

A él le gustaban las mujeres, era el alcohol quien le hacía obrar tonterías. El alcohol y no su propio deseo.


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