Capítulo 15
Arthur terminó con el beso de manera violenta, dejando desconcertado a Francis quien no sabía qué hacer ahora, si continuarlo, si volvería a ser recibido. Arthur le miraba con profundo pánico, pensando que cada vez que las cosas estaban bien entre ellos, él tenía que arruinarlo de alguna forma. Su forma era aquella, besar al amigo gay que había confesado estar enamorado de él, cuando el día anterior había negado todo gusto homosexual.
-Es el alcohol –dijo Arthur-, lo siento.
Fue a levantarse de la cama, solo que Francis le tomó de la mano antes.
-Bien, es el alcohol, pero nunca vuelvas a hacerlo.
-No planeaba que se volviera a repetir.
Se soltó con brusquedad, antes de salir del cuarto y encerrarse en el suyo, deseando borrar aquel acontecimiento. ¡Qué manera de arruinarse! ¿Lo habría herido? ¿Cómo iba a interpretarlo Francis? Aunque, se dijo, nada de lo que haga ahora será peor que Homais. Se alegraba también de haber borrado a esa basura de la existencia de su amigo, si su plan tenía éxito, que por supuesto lo iba a tener. En el caso contrario se encargaría de dejarle claro más directamente que le convenía apartarse de sus vidas.
Al día siguiente ninguno de los dos mencionó contacto alguno, aunque estuvieron juntos todo el día. A Francis le habían mandado reposo por una semana, lo que significaba que debía usar su mano afectada lo menos posible. Arthur le ayudaba en las tareas básicas como preparar el desayuno o llamar a establecimientos de comida para pedir a domicilio. Se hizo cargo de toda la limpieza, aunque Francis argumentara que no hacía falta, que llamaría a un servicio de domésticas.
Estando todo el día juntos, Arthur observó que Francis era una persona bastante popular, en el sentido que recibía invitaciones para salir constantemente, fueran de amigos o de parejas. Ese Antonio llamaba para contarle cualquier tontería, pero también estaban las personas de su trabajo y los amantes que querían volver a tener una cita. Arthur, en cambio, nunca fue de tener muchos amigos, con los años solo había conservado a los más importantes.
-Vaya que respondes lento –le amonestó Arthur, quitándole el celular-. Deja y termino lo que ibas a decir, "no estoy disponible". Ya.
-¡Iba a decir que se viniera el próximo viernes!
-¿Quién maneja tu celular? En todo caso, evita salir mientras te estés recuperando. Dios… ¿Antonio siempre manda mensajes cursi?
-¿Qué ha puesto?
-Ya lo borré.
-¡Arthur! ¡Eres un pésimo asistente!
Arthur aprovechó para borrar el número de Homais. Luego volvió a revisar los mensajes.
-¿Por qué le mandas un corazón al hermano de Gilbert?
-Le estoy dando ánimos con su nuevo trabajo.
-Ya, sí, qué cursi. Entiendo que seas gay, pero ambas cosas no tienen por qué estar relacionadas.
-Si vas a seguir criticando dame mi celular ahora mismo.
Arthur no le respondió, notando que entre toda esa marea de gente, se echaba en falta la hermana menor y su padre, ¿acaso nunca se telefoneaban? Entendía que la relación entre su padre y Francis nunca fue buena, pero allí a pasar de su existencia…
-Oye.
-¿Sí?
-¿Tu familia sabe de tu accidente?
-Es una simple herida.
-Ayer te estabas muriendo.
-Más tarde le avisaré a Monique.
-¿Dónde está ella?
-No tengo idea, no he hablado con ella desde hace mucho… pero debe estar bien. Si no lo estuviera, ya me habría enterado.
-¿Y tu padre?
-Hoy preguntas demasiado. En todo caso, no le avisaré. No le va a ser feliz una llamada mía.
Arthur podría haberse llevado mal con sus hermanos, pero a menudo les llamaba o revisaba sus páginas por Internet para saber qué era de ellos. Confesaba ser más cercano con su padre y con James, sin embargo. Era natural para él tener una familia enorme y mantener el contacto.
Luego de un tiempo se dio cuenta que Francis llevaba mucho rato sin decir nada, como pensativo. Se alarmó, ocurriéndosele que podría haberlo deprimido. Pero ¿cómo decirle que su patética situación familiar no importaba en lo absoluto? Dirigía su rostro hacia la pared, con aire abstraído. Incómodo, se levantó y se acercó a la ventana pensando que le encantaría huir de aquel momento. Para variar, estaba lloviendo y no parecía querer escampar.
-¿Sabes? Con mi mamá sí hablaba a menudo –le confesó.
Arthur se sintió de piedra, paralizado donde se había situado sintiéndose un tremendo idiota. No supo qué decir.
-¿Arthur?
-¿Qué?
-Nada, es que me costaba oírte, te has ido lejos.
-Estoy cerca de la ventana. Está lloviendo.
-Lo sé. Desde hace rato.
-No me había dado cuenta.
Arthur salió de la habitación sin avisar, esperando que Francis se diera cuenta por el ruido de sus pisadas. Buscó unos cigarrillos por toda la casa hasta concluir que ya no había. Le avisó a Francis que iría a comprarlos, antes de salir con paraguas en mano. Cuando los compró, tardó en regresar a casa, aunque el pensamiento de haber dejado a un hombre ciego de reposo le hacía considerar que no debía tardarse más. Se quedó observando una mujer preciosa que miraba la vitrina de una tienda de ropa; era alta, delgada como una modelo de pasarela, de piel oscura, cabello negro y largo, suelto. No fue la belleza de la mujer lo que le llamó su atención, sino un presentimiento que le causó encaminarse hacia ella, al tiempo que un nombre salía de sus labios:
-¿Michelle?
-¿Hm? -la mujer se volteó a mirarlo, cambiando su expresión de inmediato al reconocerlo-, ¡Arthur! ¡Tanto tiempo!
Arthur no se esperó el abrazo que le dio. No estaba acostumbrado a ese estilo de afecciones, ni sus hijos, ni Francis, quien era el único ser humano aparte de su familia con en el que se dejaba tocar tanto y esto era a causa de una razón especial.
El tiempo había conseguido mejorar los atributos de Michelle, se había convertido en una mujer que atraía las miradas de su alrededor. Arthur reconocía su belleza, y en otro tiempo, hasta habría intentado acostarse con ella.
Al final terminaron dirigiéndose a un café. Michelle le contó que ahora dirigía una tienda de ropa y le iba bastante bien, ya estaba casada y tenía un hijo pequeño. Aquello borraba toda intención de Arthur por intentar algo con ella, lo que lo agradecía, porque no creía que por ser más atractiva que la mujer promedio fuera a cambiar su inapetencia sexual.
Francis se recuperó en el tiempo estipulado, en ese tiempo Arthur se dio cuenta de que no había llegado a contactar con Monique. Estuvo tentado en contactar con la mujer por su cuenta, pero se arrepintió al ir marcando los números, pensando que no tenía motivos para ello, ¿qué era él de Francis para ir a inmiscuirse en sus asuntos? ¿El amor de toda su vida?
Su vida siguió como siempre, con el trabajo y su vida privada. Intentaba estar al día de todas las menudencias en el acontecer diario de sus hijos, saliendo con ellos los fines de semana. Iban al cine, al zoológico, museos, juegos de fútbol (aunque a Ann le aburrían mucho), a la casa de su padre, a la de su madre y a las de sus hermanos, donde acababan jugando con sus primos.
Con respecto a su matrimonio, parecía un barco que naufragaba a la deriva; el divorcio no salía y, si bien intentaba mantener con Caterina una relación cordial, ambos fracasaban en el proceso. A pesar de pasar la mayoría de sus noches en el apartamento de Francis, junto a él, aceptaba cuanto prospecto se consiguiera por delante. Ninguna mujer consiguió despertar en él mayor deseo, tampoco se atrevió a volver a usar las cintas de su compañero de piso, por lo que masturbarse en el baño o en su habitación se convirtió en una actividad cotidiana, bajo el único estímulo de su pensamiento. Se sentía culpable al usar a su compañero de apartamento como principal protagonista de sus imaginaciones pero ¿qué tenía de malo, si era un secreto y nadie se iba a enterar de aquel agravio para su sexualidad?
Además, ya no se sentía tan seguro ante ella. Pensó en cuánto se podía cambiar en el transcurso de unos pocos meses, llegando a considerar acciones que a principios del año hubiera desechado muy indignado. Ahora, sin embargo… él era humano, ¿no es cierto? Y todavía era joven, tenía para seguir experimentando a su antojo. Tal cual se lo había confesado a Elizabeth, una noche de copas en la que Gilbert estaba trabajando y Dylan ocupado con su vida familiar. Cuando no estaban sus dos amigos, Arthur sentía que podía intimar más con aquella mujer. Ella era capaz de aceptarle todas sus confesiones sin rastro de escándalo.
-Si quieres probar, hazlo –dijo ella-. ¿Quién te detiene? Además, aprovecha a tu amigo. Pídele experimentar. No creo que te vaya a decir que no, si ya le gustas… aunque podrías herirlo. Tendrías que tener cuidado con esas cosas. ¡Pero puede presentarte a un amigo!
-Prefiero que quede en secreto –admitió Arthur-. Y no es que me gusten muchos hombres…
-A ver, ¿cuál es tu tipo?
-No sé, no lo había pensado.
-Vamos. Debes de tener uno a estas alturas. Si yo fuera hombre, me pondrían mucho que tienen pinta de señoritos, que pueda dominar.
Por eso Gilbert nunca iba a tener oportunidad.
-Eso ya lo haces siendo mujer.
-En fin, empecemos con los papeles.
En verdad agradecía estar a solas con ella en aquel club. Nadie iba a enterarse de sus palabras, podía confiar en ella.
-¿Dominante o sumiso?
-Dominante.
-¡Oh! –exclamó ella sorprendida-. ¿Y eso?
-¿Cómo que "y eso"? No me voy a sentir cómodo con el pene de un hombre metido en mi culo.
-No digas que no si no lo has probado…
-Realmente prefiero quedarme como el dominante. No tendría que cambiar mucho estando con un hombre que con una mujer, pienso.
-¡Lo que te pierdes! Aunque te entiendo, a mí tampoco me gustaría de ser hombre.
-Ah, ¿es que todavía no te ha crecido el pene?
-¡Cállate! Sabía que era mala idea contarte mi infancia… -Elizabeth se calló de pronto, en su rostro apareció una sonrisa maliciosa, mirándolo con oscuras intenciones-. Hagamos algo. Somos tú y yo. Nadie de aquí nos conoce. ¿Por qué no pruebas? Hay un chico muy guapo sentado unas dos mesas al lado de nosotros, y te juro que se le sale el plumero a simple vista.
Arthur miró disimuladamente. El joven en cuestión aparentaba menos de treinta años, era delgado y tenía el cabello corto, rubio, con mechas rojas que no le favorecían la imagen. Sin embargo, era atractivo. Y estaba solo. ¿Acaso estaría esperando a alguien?
-¿Qué te parece?
-Tú estás más guapa.
-Gracias, amor. ¿Entonces?
-Prueba con sodomizarlo tú, yo de verdad paso con éste.
-¡Oh, si acaso pudiera…!
Esa noche Arthur no hizo gran cosa, a pesar de los hombres que Elizabeth le señalaba. Ninguno le llamó la atención demasiado como para intentarlo; además, no quería. Tal vez cuando se encontrara solo tuviera más fuerzas para aproximarse. Quería anonimato absoluto.
Disculpen mucho el retraso, pero es que conseguí trabajo (:333) y el tiempo de ocio se me redujo mucho, aparte de que sigo sin Internet donde resido. Intentaré seguir por aquí, a pesar de eso. Se puede decir que llegamos a la mitad de la historia. Como quisiera ser de esas escritoras más contantes en su ritmo de actualizaciones, ¿de nuevo, disculpen!
Muchas gracias por sus comentarios ;3;
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