Capítulo 16

Acabó por marcharse sin hacer nada. Al llegar al apartamento, estaba lo suficientemente sobrio como para aceptarle otra copa a Francis, quien estaba solo, bebiendo, y tenía aire deprimido. Cuando le preguntó si le había pasado algo especial, negó con la cabeza, abrazándole a pesar de la poca disposición de Arthur para cariños de ese estilo. Sí, sin duda le ocurría algo, y no, no se trataba de una borrachera normal. Tampoco se podía decir que estuviera borracho.

-¿Te dejó tu cita de esta noche?

-Más o menos –asintió Francis.

Acabaron por sentarse en el sofá, Arthur con una copa llena, también llenó la de su amigo. La botella tenía casi todo su contenido intacto. Se imaginó las causas del estado de Francis, molestándole mucho cuando el sentido común le decía que se debía a un hombre. No lo merecía. Al menos podía asegurar que no se trataba de Homais, quien no había vuelto a aparecer desde que le avisó a la esposa sobre su infidelidad. Sin embargo, la lista de amantes todavía era larga, sin contar a los de una noche. Cómo le molestaba.

-¿Y bien?

-Hueles mal –le acusó Francis.

-Y tú pareces un vagabundo. Estaba con una amiga –le explicó Arthur, apresurándose a agregar por si acaso lo malentendía:-Una amiga de verdad, es Elizabeth. Fuimos a beber.

-Ah…

-¿Y qué hay de ti?

-Oh, yo. Yo esperaba a Monique, pero me ha dicho que va a retrasar su visita por nosequé motivos. Realmente, cuando me dice que ya no vendrá, no me importa el por qué. Saberlo no cambiará en nada la situación.

-Al menos te explica el por qué.

Francis dejó su copa en la mesa. Dio un bostezo enorme, tardando en taparse la boca por educación. Arthur se preguntó qué tan anormal era encontrarlo atractivo incluso haciendo gestos mundanos. También dejó su copa en la mesa, sin ganas de beber. Se pasó las manos por el pantalón, inexplicablemente sudadas, mientras se daba cuenta de la cercanía de su amigo. Ya habían estado así antes, pero estaba exaltado por su anterior conversación con Elizabeth.

-Pero la extraño a veces, ¿sabes? No digo todo el tiempo para no parecer patético. Es que… ella siempre ha vivido su vida, es su mundo y nada más. Yo apenas formo parte de él, no soy realmente importante. Claro, es independiente y siempre ha preferido dedicarse a cosas prácticas, como su trabajo. Mantenemos el contacto mínimo necesario.

-Hmmm, ya –soltó Arthur, lamentando su elocuencia.

-¡Pero te debo estar molestando! Yo aquí, quejándome de mi hermana. Debes tener sueño. ¿Estás cansado? ¿O quieres darte un baño? Hueles a perro remojado.

-No, está bien, si quieres hablar, habla –dijo Arthur.

Sin embargo, la breve intimidad de Francis parecía haberse acabado. Ahora hablaba de su trabajo, de cómo estaban terminándose los últimos capítulos de la temporada y él corría con el episodio final. Arthur escuchó con un interés a medias, más enfocado en la piel que mostraba la camisa, cuyos primeros botones estaban desabotonados. No había modo de que Francis supiera que se lo estaba comiendo con la mirada. Pensó en el consejo de Elizabeth, ¿y sí…?

-¡Ah! –exclamó Francis, Arthur pensó que cambiaría de tema, como solía hacer-. Hoy me llamó Matthew, ¿lo recuerdas? Fue en la mañana. Se oía muy feliz. Todavía me cuesta creer que esté casado. Con una mujer, digo. Es una persona maravillosa. Él, quiero decir.

-Sí, a mí también me cuesta creerlo –agregó Arthur-, digo, ¿no eran novios? Si alguien gay se busca una esposa como tapadera…

-No, no, no pienses eso. Él de verdad la quiere –cortó Francis-. No me parece raro. Digo, yo salí con chicos que luego prefirieron las chicas. Es normal experimentar, ¿sabes? Por eso no me parece raro.

-Ya, si por experimentar, experimenta cualquiera… -afirmó pensativo. Enseguida se dio cuenta de lo que estaba implicando, sonrojándose un poco. Antes de que Francis hiciera la pregunta que se imaginó que haría, agregó:-¿y tú? ¿Tú experimentaste con chicas?

-Bueno… hubo una vez. Fue como dos meses después de nuestro encuentro en Nueva York –le confesó.

Aquello no se lo había esperado; no podía imaginárselo con una chica, era demasiado… extraño, considerando que estaba ante la persona que había creído más firme en su homosexualidad. Aparte de Berwald, por supuesto.

-No fue una gran pasión, en realidad –se calló de pronto, mordiéndose los labios. Su rostro mostraba una seriedad inusual-. Te voy a confesar algo que no le digo a todo el mundo. Por favor, no lo tomes a la ligera. Significa mucho para mí.

-Habla con confianza –dijo, porque no se le ocurrió qué más decir.

Y el relato comenzó, más largo de lo que Arthur se pudo haber imaginado.


-Bien. Ocurrió cuando tenía dieciocho años. Pasó dos meses después de haberte vuelto a encontrar por primera vez. Miento –agregó de repente-, en realidad no sé cuándo comenzó, pero lo noté un mes después. Sí, así está mejor. Un mes después, en la clínica a la que asistía, en la sala de espera, escuché un sonido peculiar. Bueno, no peculiar en el sentido de único, sino que a cada visita al médico ese sonido, o movimiento en todo caso, estaba allí. Era un caminar ligero, el pasar de las páginas de un libro, una respiración que se notaba dificultosa. La persona se me sentaba al lado, pero hasta entonces no me había interesado saber quién era. Creo que ocurría lo mismo con esa persona, pues nunca me había hablado. No había necesidad.

Mis visitas a la clínica las hacía acompañado de mi padre, y eran muy mecánicas. Del auto a la consulta y de la consulta al auto, sin desvíos. Ese día a mi padre le surgió un problema urgente en el trabajo y mi hermana estaba reunida con unas amigas, en fin, que me encontré yendo solo a la consulta con el doctor. No tenía a nadie más a quien pedírselo, o más bien, no quería pedírselo a nadie. Mi mundo en esa clínica quería mantenerla apartada de mi vida normal, no iba a permitir inmiscuir a Matthew o a Alfred en ella.

Llegué más temprano de lo normal y no quería quedarme sentado esperando en el pasillo del consultorio. Me aventuré y tomé otro rumbo al acostumbrado, con paso torpe pues no tenía idea de hacia dónde me dirigía ni podía hacerme una idea del lugar. En fin, que acabé tropezando con alguien. Este iba a quejarse de mí hasta que notó mi invidencia y, como siempre, su actitud hacia mí cambió de inmediato. Le dije que me apetecía tomarme algo y que me llevara a la cafetería. Una vez allí, como ya no quería tenerlo encima como guía, le agradecí su atención, me costó hacerle entender que estaría bien de ahora en adelante, que me podía manejar por mí mismo.

Sentado, sin ganas de comer nada que me apeteciera realmente, me dediqué a escuchar a mi alrededor. Noté que mucha gente murmuraba sobre mí a mis espaldas, no es que me moleste, considerando que la mitad de esa gente tenía problemas mucho más graves que los míos. Entonces, oí a alguien tropezar con mi asiento, causando que mi bastón diera a parar al suelo. Era una chica que se deshizo en disculpas, la chica cuya voz me costó reconocer de inmediato. Yo le dije, ignorando sus preguntas: "¿Eres la paciente del doctor tal? Su consultorio queda frente al mío" y ella me respondió que sí, que incluso ya me había visto en la sala de espera. Otra vez volvió a disculparse y yo le dejé claro que no había problemas. Luego, no recuerdo quién de los dos preguntó si el otro se encontraba solo, pero ella terminó sentándose conmigo. Estuvimos hablando largo rato. Tenía una voz preciosa.

Se llamaba Lisa y estaba allí porque tenía cáncer, en el útero, si mal no recuerdo. Nunca podría tener hijos, pero eso ella podía superarlo. Una vez me confió un secreto, "lo que deseo, más que nada en este mundo, es poder vivir más tiempo". Tal vez no me lo dijo en realidad, sino que se me ocurrió. Lo siento, hace mucho tiempo que no la veo y es normal que invente o añada cosas que jamás pasaron.

Se convirtió en algo habitual hablar con ella en mis visitas a mi doctor. En parte representaba un alivio, una compensación por la suma decepción que significaba cada visita sin mejoría. Mis padres peleaban a menudo porque les generaba demasiados gastos, realmente llegué a pensar que era mejor no haber nacido, para que hubieran dedicado ese dinero a otras cosas, como la universidad de Monique. Ella siempre obtuvo las mejores notas, no es de extrañar a dónde ha llegado ahora. ¡Pero me desvío del tema! Lisa me hacía pensar, mucho más que Matthew, mucho más que yo mismo, que era afortunado de estar vivo, aunque fuera una decepción para mis padres. Además, ¿no era maravilloso estarlo por el simple hecho de conocerla a ella?

Comenzamos a vernos fuera del hospital. A mi padre le agradaba su visita porque me mostraba interesado en una chica, para variar, aunque fuera una chica que no me iba a prometer nada en un futuro. Él y sus delicadezas. A Monique también le gustaba, porque era un encanto. A Lisa le gustaba mucho la fotografía, Monique y Matthew me decían que de verdad era talentosa, que sus fotos eran muy buenas. Yo solo puedo imaginar que lo era.

Lisa era… pequeña, era más baja que yo. Era delgada y tenía las muñecas más finas que he tomado nunca. Sus senos también eran pequeños, en realidad nada muy apreciables. Tenía la manía de caminar muy lento, de cansarse rápidamente, perdía la respiración a menudo. Su cuello era largo y su rostro de facciones delicadas. Ella me dijo que alguna vez había tenido el cabello más o menos como el mío, pero solía llevarlo más corto.

Ella y Matthew fueron los únicos con los que me permití estar después de que mi padre me confiara que estábamos endeudados y que debíamos volver a mudarnos a una casa más pequeña. Yo quería decirle que quería terminar el tratamiento, que de todas formas no surtía efecto. Pero sabía que sería admitir que había tirado todos sus ahorros a la basura.

Nos mudamos. En esa época Monique dejó de hablarme porque consideraba que el cambio era mi culpa, lo cual era cierto. Por suerte tenía los números de Matthew y Lisa y los llamaba a menudo. Sin embargo, no los fui a visitar de inmediato. Tenía que acostumbrarme a una nueva zona que desconocía por completo, ya ni siquiera contaba con alguien para hacerme de guía las primeras semanas. Pero he vuelto a hablar más de mí que de Lisa… El tratamiento de ella sí surgió efecto, ¡me alegré tanto! Cuando pudo, me vino a visitar y comenzamos a salir. Nosotros dos solos. Ni siquiera pensé en que le podía estar siendo infiel a Matthew, es que, ¿sabes? Últimamente ya no me atraía tanto como lo hacía ella. Solo llegamos a besarnos, nada más. Creo que estaba bien para ese momento.

Estuvimos saliendo por unos meses, sin llegar a aclarar nunca nada. A lo mejor solo me consideraba el amigo gay a la que le daba ciertos permisos… no lo sé, realmente. Luego ella fue a la universidad y yo me encontré preguntándome qué hacer. No había modo de poderme pagar una matrícula, en ese tiempo vivimos muchas carencias. Al terminar el bachillerato busqué trabajo pero nadie quería contratar a alguien ciego y sin experiencia de nada. Luego me enteraría que en realidad mi padre tenía un poco ahorrado, pero era para pagar la universidad de Monique llegado el momento. En fin, sin mucho que hacer… ¡pero estaba hablando de Lisa!

Seguimos manteniendo el contacto, a diferencia de Matthew, en el que cada día nos distanciábamos más. Había días en el que incluso no le atendía al teléfono y durábamos semanas sin hablar. Incluso me seguí comunicando con ella estando en Francia, habiendo conseguido una beca (fue lo más loco que he realizado en mi vida, te lo juro, pero no viene al caso). En esas llamadas, que duraron tres años, ella nunca me dijo nada sobre su estado, por eso fue una sorpresa el volverla a llamar y enterarme de que había muerto. Así sin más. Me afectó tanto que descuidé mis estudios y casi termino de vuelta en Estados Unidos.


No fue un gran amor –acabó por agregar-, pero de haber podido, en otras circunstancias, creo que me hubiera quedado con ella.

-Vaya –soltó Arthur, sin saber qué decir. Jamás se le había dado estos temas-, lo siento.

-No, no te sientas incómodo. Lo decía para que vieras que todo el mundo puede experimentar. Esa fue mi única incursión en el terreno heterosexual, después de Lisa, no he tenido interés en otra chica. ¿Y tú, Arthur? –agregó de pronto-, ¿tú alguna vez te has sentido atraído por un hombre?

-No –respondió Arthur, intentando parecer sincero-, nunca. Esas cosas no son para mí.

-Ah, bien –dijo.

La conversación murió pronto. Francis, después de la historia de su antiguo amor, no parecía tener ganas de alargarla más, no se llegaron a beber la botella de vino completa. Arthur se encontró sin poder beber más, al imaginar a una chica pequeña y calva morir repentinamente, a Francis enterándose de su muerte en Francia, sin nadie para ayudarle a superarlo.

Cuando se despidieron, cada uno yendo a su habitación, Arthur tuvo deseos de admitir que había mentido. Decirle que sí, habían existido chicos en su pasado, que ahora, era él por quien se sentía atraído. Al menos, con ganas de probar. Pero ¿cómo ir ahora a confesarle aquello cuando Francis seguramente estaría pensando en Lisa?

No debía. No debía levantarse e ir. Abrir la puerta, sorprenderlo en la cama y colocarse a su lado, al tiempo que buscaba sus labios en la oscuridad. No debía, pero fue lo que terminó haciendo. Ahora no estaba lo suficientemente ebrio como para culpar al alcohol. Francis se quedó paralizado por la sorpresa, y cuando se recuperó, no buscó rechazarlo.

De sus labios, hambriento y voraz, bajó hacia su cuello y siguió bajando, abriéndose paso. Francis le facilitó el proceso, sin que de sus labios saliera ninguna pregunta, sin pedir explicaciones. Intentó, también, desvestirlo a su vez, mostrándose demasiado eficaz para no verlo en lo absoluto. Ya desnudos, los besos y las caricias se reanudaron.

Arthur, en realidad, no se fijó mucho en cómo se estaría sintiendo su pareja, sino en lo mucho que estaba disfrutando él y solo él; ocurrió lo mismo al momento de penetrarlo, intentó ser cuidadoso en las primeras embestidas, después, cuando el placer le nubló la razón, se olvidó de todo acto delicado y se enfocó en entrar y salir con brusquedad, embriagado por la sensación que parecía coronarlo ante el mundo.

Acabó primero que Francis, se disculpó pues el otro parecía faltarle mucho para terminar. Aunque Francis le dijo que no había problema, Arthur se sintió avergonzado y le costó recuperar el ritmo anterior. No se atrevió a tocar su sexo, en su lugar lo miró masturbarse, porque una cosa era tirarse a un hombre y otra estar dispuesto a una clase de intimidad diferente…. Y él ya se sentía satisfecho. Lo había hecho solo para calmar su deseo, nada más.

Se sentía la peor persona del mundo.


Actualización temprana; capítulo complemento del anterior, creo. Ya Arthur ha dado un enorme paso, aunque lo haya hecho por los motivos equivocados.

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