Capítulo 17
Al tiempo que Arthur se repetía que nada realmente anormal ocurría en él, más cedía ante sus propios impulsos. El deseo despertaba en su interior una inclinación irresistible que solo el acostarse con Francis lograba saciar. Creía que era el único hombre quien le provocaba aquella reacción, admitía no querer descubrir si acaso podía experimentar el sexo con otros hombres que no fueran su viejo amigo. Por ello, rechazaba los consejos de Elizabeth cuando estaban solos en un bar sobre ir con otros hombres. No creía que fuera correcto caer en brazos de un desconocido, a saber lo que se podía conseguir.
A Francis ya lo conocía, con él se sentía cómodo, podía abordarlo las noches en que se sentía necesitado de un alivio sexual, siempre y cuando Francis no estuviera ya comprometido en otra cita. De ningún modo su amigo le pidió una explicación a sus actos, en su lugar se limitó a aceptarle cada vez que Arthur quisiera; porque era Arthur quien, a veces con una copa de más encima, incitaba la situación y luego Francis se dejaba llevar, tal vez como si lo hubiera estado esperando pacientemente.
Arthur confesaba que no era el amante más atento y cariñoso del mundo; no sabía cómo hacerlo, menos cuando la mecánica de la relación solía centrarse en una estructura rígida: unos pocos besos en la piel, una mamada francesa y aplicar un poco de lubricante, porque lo cierto era que Francis no necesitaba demasiado, ni mucha preparación, para sentirse cómodo albergando el sexo de Arthur en su interior. Arthur siempre cumplía el papel de activo, aquello no se cuestionaba, ambos entendían que de otra manera Francis habría sido rechazado.
De esa forma, cuatro semanas transcurrieron. Cuando Arthur se veía con Caterina, no la podía mirar a los ojos sin sentirse culpable, no por el hecho de engañarla en sí, sino por la persona en cuestión. Su relación seguía estancada en una zona gris de tensa cortesía, donde el menor gesto podía dar pie a malas interpretaciones, argumentos acompañados con veneno.
Arthur pocas veces podía ver a Peter y a Ann en la semana, con lo cual se encargaba de apoderarse de ellos los sábados y domingos. Un sábado, en la mañana, Arthur se estaba preparando para buscar a sus hijos, cuando Francis le preguntó si podía llevarle a cierta avenida porque tenía que hacer una diligencia. Su rostro, que usualmente no ocultaba ninguno de sus sentimientos, expresaba cansancio y resignación.
-¿Qué clase de diligencia es? –se aventuró a preguntar Arthur.
-Hm… Bueno, Monique quiere vender la casa de mi madre, creo que ya te lo he dicho –le explicó Francis-, y ya tiene interesados. Se suponía que esto lo íbamos a discutir entre los dos, pero ella lo ha decidido sola. El hecho, el precio, el poner el anuncio… Yo solo me encargué de limpiarla, con los años todavía la recordaba.
Era más que evidente la incomodidad de Francis ante la venta de la casa. Arthur accedió a llevarle, aunque hubiera preferido quedarse con él y defenderle de la dura realidad. No se oponía al interés de Monique por salir de una casa que generaba gastos y estaba deshabitada, además, la resistencia de Francis solo se explicaba por un motivo sentimental.
Ya en el auto, a medio camino, Francis le tomó del brazo y le pidió que se detuviera.
-No quiero, en realidad no quiero ir allí. Que se encargue ella sola de todo.
-Entonces, ¿no te llevo?
-No.
-Bien, vale, no te llevo. Pero no me pienso devolver.
-Puedo tomar un taxi.
Arthur lo pensó unos instantes, preguntándose un gran "¿por qué no?" a la idea impulsiva que se había gestado en pocos segundos.
-Puedes venir conmigo, ¿sabes? Buscaré a mis hijos y los llevaré a pasear. A lo mejor al parque.
-¿Tus hijos? ¿Conocer a tus hijos?
-Sí, ¿te aburre la idea?
-¡De ningún modo! Hablas tanto de ellos que he querido conocerlos desde hace mucho.
Estuvieron hablando de ellos, entre otras cosas, en todo el camino. Cuando estuvieron en un atasco, sin embargo, se quedaron momentáneamente en silencio, amenizado por la música del reproductor, que ahora tocaba un grupo de Arthur. Sin previo aviso, Francis alargó la mano y la llevó al cabello de Arthur, este aceptó las caricias con aire distraído. Francis lo hacía con tanto cuidado y destreza, que Arthur acababa por relajarse, sintiéndose tan a gusto como si fuera un perro acurrucado cuando su amo le rasca una oreja.
Cuando Francis retiró su mano, Arthur soltó un sonido de disgusto, pero enseguida recuperó la compostura, actuando como si nada de aquello hubiera ocurrido.
Francis no se bajó del auto cuando Arthur fue a recoger a los niños, porque pensó que sería un asunto rápido, en cambio Caterina le mandó a entrar en la casa para darle instrucciones sobre sus hijos que él ya sabía. La cortó diciéndole que había dejado a Francis esperando en el auto. Caterina se mostró curiosa ante la mención de su amigo, pero apenas lo vislumbró desde el umbral de la entrada. Peter y Ann se despidieron de su madre y entraron en el auto de su padre, en un primer momento cohibidos por el desconocido.
-Niños, es Francis –dijo Arthur-, un amigo. Y ellos son Ann y Peter.
Peter y Ann murmuraron la cortesía de rigor, al tiempo que Francis sonreía cándidamente y decía que eran adorables.
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-¿Por qué Francis se ha quedado sentado? –preguntó Peter, cuando Arthur fue a la rueda con ambos niños-, ¿no quiere jugar?
-No es que tenga mucha idea de estos juegos –dijo Arthur-, para él creo que es mejor quedarse sentado.
-¿Y los columpios? ¡Si se queda sentado se va a aburrir!
Y luego decía:
-Si no ve, ¿cómo sabe que es de día? ¿Por qué tiene ojos si no los usa? ¿Y ese bastón? ¿Y no tiene perro? ¿Por qué tiene el cabello largo? ¿Nadie le dice que los niños lo llevan corto? ¡Como es ciego ni se dará cuenta!
Peter encontraba fascinante a Francis por el hecho de que resultaba muy diferente a las personas que trataba en el día a día. Ya el solo hecho de ser incapaz de ver le profería un aire de misterio y fascinación a su mentecita de niño despierto. Ann también estaba fascinada con él, más que nada por el modo tan meloso con el que se dirigía a los niños, y por el hecho de asegurarle que podía hacerle peinados de princesa.
-¡Pero si no ve! ¡Para peinar a alguien tienes que verlo! –exclamó Peter, alarmado.
-Eso no es cierto, puedo hacer un montón de cosas –dijo Francis-, y eso incluye peinar a una pequeña princesa. También tengo una hermana menor, ¿sabes? De pequeños aprendí a peinarla porque me encantaba su cabello.
Arthur estuvo atento a las interacciones entre Peter y Francis, porque si bien Ann había aceptado el hecho de la ceguera con absoluta normalidad (tenía cuatro años, no iba a cuestionarse demasiadas cosas), Peter estaba en la edad de querer saberlo todo, de aspirar descubrir el mundo y apropiarse de él. Francis significaba una anomalía que alteraba toda su infantil concepción de su realidad, donde nadie sufría incapacidades, todos desarrollaban su vida de modo normal, igual a los demás: jugando, saltando, inventando fantasías.
-Es imposible que sepa que es de noche si no ve la luna –le decía Peter-, ¡o que es de día si no ve el sol!
Francis le respondía a sus preguntas de una manera bastante simple, pero Peter volvía a arremeter sin dejarle en paz. Arthur se sentía incómodo, aunque su hijo no tuviera noción de estar siendo indiscreto y que Francis las tomara con absoluta normalidad. Cuando fueron a comer en un McDonalds, por insistencia de sus dos hijos y para horror de su amigo, Peter estuvo atento de los movimientos de Francis, de cómo se manejaba con el bastón.
Arthur había tomado a Ann con uno de sus brazos, y quería darle la mano a su hijo, pero eso conllevaba dejar a Francis caminando solo en un parque que su amigo nunca había visitado antes y, por lo tanto, no tenía idea de qué dirección tomar. Sabía que Francis era autosuficiente, que podía arreglárselas por su cuenta, pero no quería dejarlo solo. Fue entonces cuando Peter se le adelantó, le tomó de la mano que no sostenía el bastón.
-Como no ves nada seguro vas y tropiezas y te vas a caer. Yo te llevo. ¡Soy tu perro! –exclamó, feliz ante la idea de convertirse en el lazarillo de alguien más. Acto seguido comenzó a imitar los ladridos de un perro.
-Me parece bien… -dijo Francis, mientras Arthur se encogía de hombros.
No hubo manera de que Francis se comiera toda la hamburguesa, que acabó en el plato de un hambriento Peter. Ann, luego de jugar por un largo tiempo con sus papas fritas, acabó por comerse todo su plato. A Arthur no le desagradaba la comida de aquel establecimiento, aunque fuera comida rápida. Cuando los niños se fueron a jugar al parque para niños del local, Francis le riñó sobre la clase de alimentación que les estaba dando. Arthur le respondía secamente, sin prestarle atención. En su lugar mantenía su mirada en el parque, vigilando a sus hijos, quienes ya habían hecho breves amistades. Cortó el regaño de Francis preguntándole qué le parecían sus niños.
-Son un amor –y se lució en halagos hacia ellos.
Arthur no supo discernir cuánta sinceridad había en sus palabras, pero se sintió feliz de la opinión que tenía de sus hijos, incluso de Peter, que en opinión de Francis no había salido a su padre para nada. Arthur no entendía a qué se refería, pero tampoco le importaba saberlo. En su lugar le pidió un postre y Francis volvió a quejarse del sabor de la comida.
Caía la tarde cuando Arthur dejó a sus hijos con Caterina. Esa noche, volvieron a acostarse.
Cuando transcurrió una semana más bajo la misma rutina de todas las noches, Elizabeth comenzó a decirle que ya había sido suficiente tiempo para un período de prueba y que cuidara el estar profundizando más las cosas con un hombre del que no estaba interesado románticamente. Arthur entendía que debía detenerlo pronto, aunque a veces cuestionaba incluso el tener que hacerlo porque ¿acaso no disfrutaban ambos de sus cuerpos, sin esperar conseguir nada más a cambio que el mero goce? Francis lo había hecho a menudo con muchos amantes anteriores a Arthur, aunque ahora ya no los viera tan a menudo como cuando no se estaban acostando juntos. La explicación a esto fue sencilla, su amigo se estaba cuidando de que coincidieran dos amantes suyos en una misma habitación. Pensó decirle que él nunca armaría una escena, que nunca se pondría celoso, pero aquella idea dejaría de tener sentido cuando, mientras Francis se arreglaba, sonó su celular. Era alguien que quería pedirle salir otra vez.
-No, no va a salir contigo –se encontró diciendo-, ni hoy ni por un buen tiempo. Busca otro que te caliente el huevo –y trancó, arrepintiéndose segundos después.
No iba a entrometerse en la vida de Francis, estaba lejos de ser su intención, pero al tiempo que se repetía esto, aprovechaba cualquier oportunidad para arruinarles las citas a Francis para que solo le quedara el quedarse con él en la noche, ver una película, cenar juntos, acabar compartiendo cama. Por supuesto, era una rutina que solo ocurría cuando Arthur dejaba de salir con sus amigos en la noche, y en medio de esas salidas se preguntaba qué estaría haciendo Francis, si andaría con alguien, si lo estaría extrañando a él.
Se ponía furioso cuando llegaba a casa y no lo encontraba, o lo hallaba despidiéndose de alguien, un imbécil que por el rostro molesto de Arthur, dejaba claro que nunca más iba a volver a pisar aquel piso. Lo peor era que Francis parecía pasar desapercibido la ira de Arthur ante su –como lo había llamado- libertinaje. Solo le reprochó levemente el que tuviera menos números en su agenda telefónica.
¿Estaría celoso? ¿Y por qué iba a estarlo, si no sentía nada por un hombre, más que el deseo instintivo del sexo?
-Siempre has sido posesivo, Arthur –le decía Elizabeth-, comienzo a pensar que fue un error el haberte sugerido que probaras con ese hombre, ya no lo quieres soltar.
-Como tú no quieres soltar a tu lisiado –le respondía Arthur, y ella dejaba el asunto por la paz.
Arthur hubiera seguido sin el menor cambio, si acaso Francis no lo hubiera citado una noche en el apartamento, para hablar con seriedad sobre ellos. Era extraño verlo tan formal, como si se tratara de un acontecimiento solemne. Arthur había comenzado a sentirse nervioso, temiendo la clase de ideas que pudieran ocurrírsele a ese hombre que preferiría vivir la vida como si fuera un ensueño. Se sentó en el sofá, frente a frente, entrelazó los dedos de sus manos y lo miró intentando prever sus pensamientos. El rostro de Francis no podía ocultar su ansiedad. Se pasó varias veces las manos por el cabello, como hacía cada vez que estaba inquieto.
-¿Y bien? –preguntó Arthur.
-Oh, bueno… -comenzó Francis-, he estado hablando con Antonio y con Laurent. Esto no pude seguir tal y como va, ¿sabes?
-¿De qué estás hablando?
-De nosotros.
-Nosotros no tenemos nada –aclaró con rapidez, como una reacción defensiva.
-Lo sé, eso mismo es el problema… Me han llegado noticias de lo que haces con otros amantes míos. Yo mismo me he dado cuenta de tu comportamiento. ¿No te gusta que salga con otras personas, Arthur?
-Me da igual –masculló-, es tu vida.
-¿Y por qué les impides volverme a ver?
-Eso es una exageración, yo no hago nada –mintió-, te han dado ideas equivocadas de lo que pasa.
-¿Y qué es lo que pasa?
-Nada, no pasa nada. Mira, estás llevando esto muy lejos. Entre nosotros no hay nada, así que puedes salir con quien te dé la gana.
-¿Estás seguro de lo que dices?
-Sí.
Francis hizo un gesto de incredulidad que lo ofendió, ¿acaso no se estaba dando a entender como quería?
-Pensé que serías sincero.
-Lo estoy siendo.
-¿Y si te dijera de cortar nuestros encuentros?
Arthur dejó de razonar por unos instantes. ¿Cortar? ¿Llevar las cosas demasiado lejos? Comenzó a temer que aquella plática solo fuera una excusa para dejarlo esperando echarle la culpa del rompimiento a él. Comenzó a sentirse mal, pero quiso aparentar fortaleza allí donde no la había.
-Si quieres –volvió a mentir-. Ya te digo que a mí me da muy igual lo que hagas o no. Si cortamos, solo debo conseguirme un sustituto con el que coger de vez en cuando y listo.
No reparó en cuán hirientes sonaban sus palabras, porque él mismo se sentía muy herido. No quería interrumpir sus encuentros con Francis, menos que lo reemplazara yéndose con otros que no podían compararse a él. No era que hubiera sido el mejor polvo de su vida, pero Francis encerraba algo tanto extraño como seductor, casi como una joya dorada y fulgurante por el que miles se matarían por obtenerla.
Y él la estaba dejando ir.
-Bien –dijo Francis, después de una larga pausa-, entonces lo mejor será dejar esto.
-¿Y me voy?
-No es necesario. Tú no tienes casa. Sería una desconsideración de mi parte.
-Pero…
-Quédate el tiempo que quieras, solo no me busques más, ni te entrometas en mis citas.
-Nunca lo he hecho –masculló Arthur, recibiendo un gesto incrédulo de su parte-. En fin, te acompañaría, pero estoy ocupado.
Esa noche Arthur la pasó encerrado en su habitación, rememorando lo que acababa de perder sin que hiciera nada por mantenerlo junto a sí. Francis no salió esa noche, sino que estuvo en el apartamento, dando vueltas de un lado a otro, hasta acabar bajo la intimidad de su habitación. Había cerrado la puerta con llave. Ya no había más sitio para Arthur.
Le parecía imposible que la separación le doliera tanto como su divorcio, porque sin duda lo que sentía por su amigo con derechos no era igual al sentimiento que le unía con la mujer que había querido buena parte de su vida. Sin embargo, le dolía, pese a todas sus palabras de conforte, de cuánto intentara convencerse que solo había querido sexo fácil y nada más.
Me he tardado tanto... ¡disculpen! He estado ocupada estos últimos días, con el trabajo, por ej. ¿Qué les pareció el capítulo? No todo podía marchar tan bien y Arthur merece un jalón de orejas (creo que pasa en todas mis historias).
¿Prefieren capítulos largos o cortos? Intentaré con todo actualizar lo más rápido que pueda.
Feliz mes del FrUK, por cierto. Creo que no lo he dicho en las otras historias. ¡Gracias por sus comentarios!
