Capítulo 18

Arthur había buscado un apartamento que comprar, para dejar de ser un inquilino en casa de un ex amante cuya tensión se equiparaba con la producida por su esposa. Solo se diferenciaba el modo de estallar de cada una; con Caterina, se producían enfrentamientos directos, sin que ninguno quisiera ceder ante el otro. Francis, en cambio, intentaba proclamarse la voz de la razón y la comprensión, adquiriendo un gesto condescendiente hacia Arthur que le hacía florecer ganas de golpearle, incapacitado y todo.

Se sentía molesto todo el tiempo, cuando estaba junto a él y cuando no, cuando imaginaba qué podía estar haciendo o con quién. Intentó volver a salir con mujeres, fracasando en su interés por querer comparar a toda persona atractiva con Francis. Luego, se volcó en sus hijos, pero de vez en cuando Peter volvía a la carga, preguntándole sobre el amigo que no podía ver. En una ocasión, le preguntó si acaso con unos lentes enormes esa persona llegaría a ver algo; otra, que cómo podía saber cuándo soñaba y cuándo estaba despierto, y si acaso soñaba. Arthur se armaba de toda la paciencia posible para responderle, pero a veces no aguantaba y cortaba el tema de manera brusca.

¿Por qué no podía ser más sencilla su vida? James, que se había casado joven, no tenía grandes problemas con su esposa. Entre Dylan e Hilda se desarrollaba una armonía equilibrada por sus dos caracteres tan dispares, y aunque a veces peleaban, siempre encontraban la manera de seguir con una buena convivencia. Incluso podía decir que Elizabeth se llevaba de maravillas con el pianista al que había atropellado, y ese hombre sí que tenía motivos para demandarla.

Entonces, ¿por qué no podía hacer lo mismo? ¿Por qué acababa decepcionando a las personas, al punto de que estas buscaran un escape a su atosigamiento?


Se sentía tan deprimido, que a menudo rechazaba las invitaciones de sus amigos para quedar, incluso desdeñaba cualquier perspectiva de cita, y pasaba las noches caminando por Londres, como alguien quien no tiene un hogar al cual regresar, volviendo a pensar con quién estaría Francis y, si acaso, le habría dedicado al menos un pensamiento.

Había fallado con su esposa, había fallado en su breve temporada con un amante masculino. Rechazaba las invitaciones de Blanche al no tener el menor interés en ella y creía que la mujer se merecía a alguien mejor. Pensó que al menos le quedaban Peter y Ann, que a ellos nunca les iba a fallar.

Una mañana del sábado, Arthur se levantó a las nueve, y con pereza, se arrastró hacia la cocina bajo la ilusión de que Francis habría adelantado el desayuno. Su sorpresa fue grande cuando lo encontró junto al hermano menor de Gilbert, Ludwig, y no tuvo que convertirse en un detective para encajar las piezas del misterio. Ambos estaban comiendo, y Francis tenía esa expresión que le había dirigido muchas veces a Arthur.

—Buenos días —saludó Ludwig y Arthur le respondió con sequedad.

—¿Quieres comer? —le ofreció Francis—. Te dejé lo suficiente porque sé que te gusta.

—Ah. Gracias.

No intercambiaron muchas palabras. Arthur, en realidad, quería estar en un sitio lejano, donde la visión de la pareja, su actitud, el cariño que profesaba Francis sin proponérselo, no perturbaran aún más su mente. Pero incluso cuando salió temprano para dar una caminata, dejándolos solos, no supo separarse de la imagen de Francis con otro hombre, del mismo modo que en ocasiones recreara a Caterina con su amante. ¿Por qué había sido reemplazado? ¿Así de fácil podían olvidarse de él?

Ludwig parecía una persona seria, que no se enrollaría con una persona a la ligera. Arthur repasó su propia actuación, cuánto había utilizado a Francis para saciar su propio deseo. Sí, solo había pensado en él, una y otra vez, en lo desgraciado que se sentía, en su soledad, en el hecho de no poder disfrutar con nadie lo que había vivido por mucho tiempo con Caterina y que, ahora, Francis volvía a rellenar como si fuera su primera vez con alguien, en el comienzo de la juventud. Solo que no, era una simple ilusión, porque se notaba en ambos el paso del tiempo.

Pensando en el pasado, pasó al lado de una tienda de antigüedades. Se detuvo, observándola con cierto interés. No tenía nada que hacer ese sábado como intentar huirle a su situación. Y qué curioso que justo cuando pensaba en el tiempo en que se había creído invencible, con toda la vida por delante, apareciera un sitio que resguardaba lo viejo como tesoros delicados, esperando ser descubiertos por la persona correcta.

Arthur entró en la tienda y susurró un buenos días, que no fue respondido por el vendedor. Anduvo por sus pasillos, viendo un millar de cosas que no le llamaban realmente la atención. No veía que una muñeca de porcelana pudiera gustarle a Ann, menos cuando estas en especial tenían unos ojos saltones como de rana. Al llegar a la esquina de un estante, observó una serie de soldaditos de madera, y se le ocurrió que Peter podría sacar un rato divertido con ellos.

Su padrino le había regalado unos cuando era niño. Ahora que recordaba… ahora que recordaba, ¿no le había dado uno también a su amigo ciego? Le costaba aclarar el hecho, pero tenía el presentimiento de que había ocurrido de ese modo. ¿Qué había sido de sus soldaditos? Se esforzó en rememorar, y le pareció que habían acabado en el sótano de la casa de su padre. Tal vez siguieran allí.

Sintió deseos enormes de volver a tener soldaditos de manera, no aspiraba a volver a jugar con ellos, pero sí poseerlos. Tal vez los colocara en su mesita de noche. Podía regalarle uno a Peter.

Acabó por comprar tres: el primero, uno con un fusil en la mano de uniforme rojo como un inglés, otro con el mismo fusil, pero barbudo y viejo, y el último, que exhibía un uniforme azul, como si fuera el contrario a los otros dos.

Al revisar los soldaditos en un café, mientras almorzaba, descubrió que el del uniforme azul no tenía pupilas como los otros dos. Se rió ante el desperfecto, que era mínimo pero que con él restaba presencia al pobre soldadito. Los otros dos, de brillante color rojo, lucirían más atractivos ante la atención de un niño.

Volvió al apartamento de Francis y decidió repartir dos regalos en vez de uno. Cuando entró, ya no estaba Ludwig en él, pero en su lugar había dos hombres jóvenes, bastante atractivos. Se le pasó por la cabeza que Francis iba a preferir estar con cualquiera de los dos, o ambos, antes que un hombre como él.

Quiso estar fuera de allí, para evitar enfrentarse a aquella realidad. Caminó hacia los dos hombres, que estaban sentados junto a Francis, y este se interrumpió para saludarlo.

—Chicos, él es Arthur.

—Ah, él —soltó el que parecía menor, en un gesto de comprensión.

—Ellos son Hilary y Leander, no son sus verdaderos nombres, pero no importa ahora. No quiero salir del papel.

Arthur no entendió nada de lo que estaba diciéndole, así que asintió y dijo que se marcharía al cuarto, para evitar molestarle aunque quisiera averiguar a qué papel se estaba refiriendo. Cuando salió tiempo después de su habitación para tomar un poco de agua, descubrió a los chicos jóvenes de pie, mirándose con una intensidad que le causó risa; intentó parecer serio, mientras los chicos se daban un beso y Francis escuchaba atentamente lo poco que se podía oír.

—¿Y así? —preguntó Leander.

—No lo sé. No puedo verlos —aclaró como si hiciera falta.

—Yo he seguido todas tus indicaciones —añadió Hilary.

Arthur se tomó el agua, observando la escena sin disimular que quería saber qué estaba ocurriendo.

—Tendríamos que practicar también con María —dijo Leander.

—Oh, no, ella tiende a exagerar —terció Francis—. Parecerían una comedia en vez de algo serio. De ninguna manera. Arthur, ¿estás allí?

—Sí… —asintió, sintiéndose un intruso.

—¿Le puedes decir a Leander y a Hilary si interpretan bien su beso? Yo allí no soy de utilidad.

—Eh…

Arthur se acercó, pensando que en realidad aquello no era una buena idea. Miró a los dos jóvenes, sin saber qué querían exactamente.

—Te lo diré claro —volvió a decir Francis—. Hilary está enamorado de Leander, tiene quince años y son hermanos. Están en la guerra civil. Hilary es demasiado joven para estar en ella. Leander, en cambio, con dieciocho años, demuestra ser un excelente soldado. Tiene una novia con quien se va a casar a su regreso. Pero descubre el amor de su hermano.

—¿Incesto? —soltó Arthur, mirando a ambos chicos como si fuera la primera vez.

—Es el primer amor de Hilary —siguió explicando Francis—. Y una noche, el primer beso. Antes de una batalla. Tiene que ser el beso.

—¿Es parte de tu serie de televisión? ¿Es sobre gays?

—Sobre una familia norteamericana. Ellos son la segunda generación.

—Ya…

—Bueno, pueden empezar, chicos.

Hilary y Leander se volvieron a besar.

—Lo hacen bien –dijo Arthur sin saber qué más decir. Era un simple beso, ¿qué más se necesitaba?

—¿Te parece? No estoy muy seguro.

—Pero si no tienes modo de saberlo.

—Pero sigo sin estar seguro.

—¿Qué hacemos mal? –preguntó Leander.

—¿Y si los beso por separado? Imaginen que yo soy el otro. Creo que podría criticar mejor así.

Arthur se puso pálido. Aquello era… era…

—Buena idea —dijo Hilary, acercándose a Francis—. Entonces, nuevo Leander, cierra los ojos —bromeó.

—Esperen, esperen, esperen. ¿Cómo que se van a besar? —exclamó Arthur, más alto de lo que había pretendido.

—Lo he hecho muchas veces para que mis actores practiquen —se justificó.

Arthur no creía que aquello estuviera bien. Masculló un "bien que sabes arreglártelas" y se levantó, diciendo que tenía asuntos que hacer y que había sido un placer. Se encerró en su habitación, esperando que Francis siguiera practicando besos con sus dos actores como si fuera lo normal. ¿Qué pensaría Ludwig al enterarse? Tenía unas ganas enormes de contárselo, para que descubriera la clase de novio que se había buscado.

Cuando se lo comentó a Elizabeth por mensaje de texto, a ella le pareció curioso pero original y práctico, ante la contrariedad de Arthur, quien la había querido de su parte. Elizabeth, en cambio, le prohibió contarle nada al hermano menor de Gilbert, porque era deber de Francis comunicárselo o no. El último mensaje que le mandó, antes de dejar de responder, fue si estaba celoso o no.

Por supuesto que no lo estaba.


Cuando los dos actores se marcharon por fin, ya había caído la noche. Arthur salió de su habitación, aliviado por estar a solas con Francis. Este estaba tomando notas en una libreta, pero al escuchar su presencia en la sala, la dejó a un lado.

—El problema era Hilary —le comunicó como si a Arthur le importara—. Besa muy bien para tratarse de alguien de quince años, y eso de ningún modo debe verse en pantalla. Le he dicho que se modere. Ah, y Leander luce muy decidido. Él es un cúmulo de confusiones, no entenderá todo hasta que sea muy tarde, y con ello arruine su vida. ¿Sabes? Me encantan. Hilary va a desaparecer y se llevará la vida de Leander con él.

—Lléname de spoilers –dijo Arthur, irónicamente, sentándose a su lado—. ¿No tienes nada que hacer hoy?

—No. He hecho mucho. Estoy cansado.

—¿De besar menores de edad?

—Tienen más de veinte años ambos. Y, pues, sí. Ha sido un día de trabajo.

—Me gustaría trabajar contigo algún día —dijo, poniendo los ojos en blanco.

—No creas que beso a todos con quienes trabajo —le repuso—. Esto es muy importante.

—¿Entonces no saldrás con ninguno?

—Tal vez cuando se termine de grabar el capítulo final.

—¿Y Ludwig?

—Ya no estaré con Ludwig para entonces. Es seguro —y, como si no quisiera seguir la conversación, cambió de tema—. ¿Cómo estuvo tu día?

—Ah. Te he comprado algo —dijo, de pronto, recordando sus soldaditos. Volvió con el soldadito azul y se lo tendió. Francis lo examinó con el tacto—. Es un soldadito de madera. No creo que recuerdes, pero yo te regalé uno. Creo. Estoy casi seguro.

—¿Sí? Ah, espera, ¡sí! Tú me diste uno. Aunque ya no lo conservo.

—El soldadito no tiene pupilas, es invidente como tú —le aclaró, con una sonrisa.

—Qué detalle. Es muy bonito —dijo, devolviéndole la sonrisa.

—También compré uno para Peter, aunque ese sí es normal. Su uniforme es rojo. El que tienes es azul.

—Ah, ya. Nunca se me han dado bien los colores. Entonces, es azul como el cielo.

—No, es más como el azul de la bandera francesa.

—Estoy perdido.

—Déjalo así. Al final no creo que el propio soldadito ciego repare en el color de su uniforme.

—Seguro a Peter le va a gustar.

—Peter sigue preguntando por ti —comentó Arthur, queriendo continuar con la conversación.

De algún modo sabía que Francis estaba deseando lo mismo.

—Es un chico adorable. Puedes traerlo cuando quieras.

—Podemos salir juntos. Quiero decir, el próximo sábado es la primera semana de navidad. Queremos ver las luces del parque y la decoración de las calles. Además, estrenan una película sobre Santa Claus.

—Suena bien, me gustaría estar con ellos.

—Sé que no debe ser atractivo para ti.

—Así ha sido toda mi vida, me he acostumbrado.

—¿Y qué hay de Ludwig?

—¿Qué hay de qué? Le digo que tengo otro compromiso y listo.

Arthur hubiera preferido que lo mencionara a él en el compromiso. No estaba usando a sus hijos para conseguir tiempo con Francis, solo se había dado la casualidad de que Peter quisiera volver a verlo y que Francis hubiera aceptado. Quedando de ese modo, Arthur esperó impaciente el próximo sábado.


Buscaron a Peter y a Ann al mediodía. Los llevaron al apartamento y comieron allí. Peter expresó que estaba más rico que la comida que hacía papá, lo cual tampoco era darle mérito a Francis dadas las habilidades culinarias de Arthur.

Salieron en la tarde, caminaron por el parque, jugaron y se maravillaron por el decorado navideño. Peter había estado junto a Francis, haciéndole preguntas con respecto a su ceguera y tratándole como si fuera un niño más, menor que él, al que debía cuidar. Ann, en cambio, se había subido a los brazos de su padre y abrazado a su cuello, sin querer bajarse de él. Cuando vieron un Santa Claus pidiendo dinero, Peter se le acercó y le metió un caramelo de limón que detestaba argumentando que era más rico que el montón de billetes feos que la gente daba.

—Santa, Santa, me vas a dar todos los regalos que te pedí —dijo, más como una exigencia que una sugerencia—. Y oye, ¿has visto a ese hombre? —y señaló a Francis, quien saludó al Santa—. Regálale unos buenos ojos, porque los tiene dañados.

—Peter… —comenzó Arthur, pero Francis se echó a reír.

—Estoy seguro que Santa hará lo que pueda por mí —dijo Francis—. Pero ven, ¿no íbamos al cine?

—¡Sí! —y Peter se alejó de Santa dando saltitos—. Pero tú no tienes ojos para ver una película, ¿qué harás?

—Oírla.

—¡No es lo mismo! ¡Pobrecito! —y le dio un golpecito, condescendiente, antes de alejarse y correr tras otro Santa Claus, preguntando por qué había tantos, por qué recogían dinero, si acaso en el Polo Norte eran pobres.

—Discúlpalo, se entusiasma con la gente nueva —explicó Arthur, y Francis negó con la cabeza.

—Es adorable. A esa edad… no, yo a esa edad no recorría el parque con esa soltura. Mis padres no me dejaban. Pero Monique iba y venía y una vez lo que hizo fue pedirle dinero a Santa para comprarse una chuchería. El Santa, ante su insistencia, acabó aceptando.

—Yo pateé un Santa, porque había oído decirle a James que eso fue lo que hizo una vez. Parte de mi niñez me la pasé queriendo ser como él.

—Sí, se te notaba mucho, pequeño gamberro.

No pudieron seguir con la conversación, porque Arthur tuvo que aproximarse a Peter, que se había apoderado de las campanas de Santa y amenazaba con golpear a otro chico con ellas.


De camino al cine se consiguieron a Dylan y a Hilda, con su pequeña bebé. Iban a casa de la madre de ésta. Peter y Ann observaron con curiosidad a la pequeña. Intercambiaron una rápida charla, antes de continuar con su camino. Arthur notó que el grupo que hacía con Francis y sus hijos lucía igual de sólida, real y segura, que la familia de Dylan.

—Yo compro las entradas —dijo Francis, cuando estuvieron en el cine.

Adelantándose hacia la taquilla, colándose de primero en la fila y enseñando el bastón como justificación, se acercó a esta y pidió cuatro boletos. Contó con inseguridad el dinero y le preguntó a la vendedora si era el monto correcto. Esta asintió, le entregó los boletos para su película y Francis regresó hacia Arthur y sus hijos en medios de diez minutos.

Hizo lo mismo con la cola para comprar los refrigerios y para la de entrar a la sala de cine. Usando el mismo pretexto de su discapacidad, consiguió buenos asientos. Arthur se sentó al lado de Ann, ésta al lado de Peter, quien había querido estar junto a Francis. Pidió abrirle el envoltorio del chocolate y, después de probarlo, le dijo con aires de entendido:

—No te preocupes, te han dado chocolate de verdad. Ten. Mira, aquí también tienes cotufas. Si quieres, pide. Oye, cuando eras niño, ¿por qué no le pediste a Santa que te diera ojos nuevos? ¿O lentes? Seguro pedías muñecas. Tienes el cabello largo. Tío James dice que papá pedía muñecas.

—Oh, sí, pedí a muchas personas que me dieran la posibilidad de ver. Pero no pasó y, en su lugar, me dieron el bastón que cargo.

—¡Que regalo más tonto! Yo que tú me quejaba.

—Peter, ya deja de molestar a Francis —intervino Arthur.

Peter se quedó callado, para volver a la carga segundos después:

—¿Y por qué tus papas no te siguen cuidando?

—Peter… mira, ya va a empezar la película —dijo Arthur, antes de que Francis pudiera responder.

En el transcurso de la película, Peter le fue diciendo en voz muy bajita lo que iba ocurriendo, acciones de los personajes que no podía saber con el mero audio. Cuando la película terminó, fueron a comer helado. Peter le abrió la puerta a Francis y lo llevó de la mano cuidando que no se tropezara. Francis recibía esas atenciones entre resignado y conmovido, mientras que Arthur intentaba que no se sintiera incómodo.

Al dejar a los niños en casa, Arthur le comentó en el camino de regreso que disculpara a Peter, que tarde o temprano dejaría de verlo como una novedad.

—No te preocupes, así me trata mucha gente, y ellos tienen más de seis años de edad –le confió.

Llegaron al apartamento, cenaron una comida ligera y Arthur miró como, tras desearle buenas noches, se iba a su habitación sin invitarle a entrar. Quiso seguirle, estar con él y cerrar ese día volviéndolo memorable. En su lugar, se dirigió a su propio cuarto, se cambió de ropa y se limitó a pensar hacia dónde estaba llevando su vida.


¡Hola! Disculpen el tiempo de abandono de esta historia... que ya está terminada, solo me falta apurarme con los últimos arreglos. Muchas gracias a quienes sigan por aquí, pendiente de ella, y por supuesto, por sus comentarios. La próxima actualización sí será pronto, estavezsílosientomuchodeverdad.

Sobre la serie de Francis y el rollo entre Hilary y Leander, se trata de un libro de un escritor de Estados Unidos: Las abuelas de Glenway Wescott.