Capítulo 19

La segunda semana de diciembre, Caterina le avisó por medio de un mail que se llevaría a sus hijos a pasar la navidad en casa de sus padres, quienes estaban radicados en Portugal, y que no regresaría hasta la primera semana de enero. Por más que Arthur protestó internamente sobre la decisión arbitraria de llevarse a sus hijos sin consultarle, pensó que estarían mejor con su madre y que, además, desde hace mucho tiempo no compartían con sus abuelos maternos.

Por lo cual aceptó la imposición y decidió dedicar cada día que pudiera a sus hijos antes de la partida, rechazando quedar con sus amigos. Francis acabó por unírseles cuando estaba desocupado, para alegría de ambos pequeños, porque había conseguido conquistar su simpatía. Cuando quedaban en el apartamento de Francis, Ann se le acercaba pidiéndole peinados.

Francis podía conquistar a cualquiera con los dulces que preparaba, Peter se los devoraba al instante pero siempre preguntaba cómo podía cocinarlos sin ver nada, y luego le pedía a su padre, con mucha aprehensión, que no lo dejara solo porque se podría quemar.

Un viernes por la noche Francis insistió en representar un espectáculo de marionetas, convenciendo a Antonio, Laurent y a Arthur para que fueran parte de los personajes. Juntos, representaron la comedia del señor Punch mucho más simplificada, además de edulcorada, digna para menores de diez años. El teatrillo se había construido gracias a Antonio, a quien le encantó la idea. A Arthur le alegró saber que, mientras el teatrillo se construía y los títeres se hacían, Francis evitó toda vida social, y aquello incluía a Ludwig.

A Peter y a Ann les encantó el espectáculo, para entonces, consideraban a Francis un tío más y ya le estaban pidiendo regalos de navidad.

Una vez, al salir los cuatro juntos, estando en un centro comercial, María y el actor que interpretaba a Hilary les vinieron a saludar. A Arthur le agradaba más la mujer que el joven, porque tenía plena seguridad que Francis no podía cansarse de Ludwig e irse con María, en cambio, por la manera de interactuar entre ambos, el recuerdo de los besos dados para practicar un papel, todo confluía para sentirse amenazado por él. Una amenaza superflua, dado que él no esperaba nada de Francis.

El actor les invitó a una fiesta que se iba a celebrar ese mismo día, pero Francis declinó la oferta. Arthur creyó, feliz, que se negaba por preferir pasar su noche tranquilamente con él, pero al llegar a casa descubrió que iba a salir a cenar con Ludwig. Otra vez, Arthur se volvía a sentir solo, y otra vez más, intentó aparentar que aquello no le afectaba.


El lunes por la tarde salió temprano de la oficina, porque quería comprar los regalos de navidad para Peter y Ann. Alfred se ofreció a acompañarle, y Arthur aceptó porque ese hombre siempre conocía lo que estaba de moda en el mundo del consumismo. Además, hacía mucho tiempo que no paseaban juntos.

—Entonces, oí que vives con Francis —le comentó Alfred.

—Sí. Temporal.

—Quién lo iba a decir. Sabes que mi hermano y él estuvieron enrollados hace mil.

—Pero tu hermano está casado ahora.

—Sí. En realidad nunca le dio mucha importancia al sexo de sus parejas.

—Tú tampoco lo haces, ¿no? —preguntó Arthur, de manera tentativa.

—¿Kiku te ha contado algo? —preguntó Alfred, moviendo las manos con nerviosismo.

—No, no ha hecho nada. Ha sido un comentario nada más.

—Estoy saliendo con un hombre —le confesó Alfred, con una firmeza que se notaba fingida.

—¿Tú? —Arthur entendió que buscaba su reacción. Incómodo, volvió a pensar en Francis—. Vaya, no lo esperaba. Tú no sueles salir con muchas personas.

—Lo sé.

Arthur se preguntó si acaso le diría quién era, pero como Alfred pareció enterrar la conversación, no se esforzó en averiguarlo, aunque le daba curiosidad.

Alfred le ayudó a comprar los regalos indicados para ambos niños. Además, Arthur le compró a Peter una espada de pirata adicional, porque recordó que en su infancia le había encantado jugar con ello junto al resto de sus hermanos. James siempre había sido el capitán.

Días después, cuando fue a comprar el regalo a sus hermanos y a sus padres, además del de sus amistades, se le ocurrió que Francis merecía un obsequio de su parte. Sin cuestionárselo mucho, sabiendo que ante el primer cuestionamiento se echaría hacia atrás, fue hacia una joyería y le compró un prendedor de oro en forma de ave de la paz. Había sido el regalo más caro de todos, pero valía la pena si acaso podía superar cada regalo que su amigo fuera a recibir esos días.


El veintitrés de diciembre llegó a tiempo para despedirse de sus hijos por la mañana. Llevó a Francis también porque había querido verlos partir, aunque el "verlos" fuera más una expresión. Arthur contuvo sus emociones, considerando que ya en enero estarían de vuelta y que siempre podía usar una laptop para comunicarse con ellos por videos, pero se conmovió cuando Peter y Ann se echaron a llorar.

Arthur se habría comovido si acaso no hubiera tenido que consolar a Francis que, en concordancia con su naturaleza dramática, lloraba en el auto de camino a casa. Su consuelo se limitaba a darle una palmadita en la espalda y a confiarle que esa noche les llamaría y hablarían con ellos por skype. En realidad, lo único que calmó su llanto fue el repique del celular de Francis. Al atender, se quedó muy serio escuchando lo que su interlocutor decía.

—Mi jefe es un workaholic —dijo Francis, con un suspiro resignado—. Quiere que me ponga con el próximo guión estas vacaciones de navidad. Es ridículo. No haré nada de eso. Quiero descansar. A lo mejor mañana voy a visitar la tumba de mi madre.

—Hmmmm… —respondió Arthur en un gesto de elocuencia—. Yo mañana estoy libre…

—Claro que lo estás, eres el jefe y es navidad —cortó.

Arthur maldijo que no hubiera entendido la indirecta. Quería acompañarle, porque le parecía que alguien con tan poco aguante como Francis se iba a derrumbar en el cementerio. Sin embargo, si él quería compañía para ese momento, lo ideal era que lo pidiera sin rodeos. Estaba seguro que si no lo había hecho, era porque quería encontrarse solo.


La mañana de navidad amaneció más fría que de costumbre. Para su sorpresa, al llegar a la cocina ya Francis estaba listo para partir. Le indicó que le había dejado el desayuno hecho, porque conocía que sus habilidades culinarias eran terribles. A Arthur se le hacía ofensivo que alguien que no podía ver tuviera mejor prestancia en la cocina que él, con todos sus sentidos en perfecto orden. Lo despidió pensando que, en definitiva, no quería que lo acompañara.

Se quedó viendo televisión, aunque la programación navideña lo deprimiera más que entretenerlo. ¿Cuánto podría tardarse Francis? Quería que almorzaran juntos, aunque seguramente su amigo podría tener otros planes. Si acaso siguieran acostándose, a lo mejor pudiera asegurárselo para ese día entero, y el siguiente.

Harto de encontrarse sin hacer nada, llamó a Gilbert y quedaron en verse en un café. El hombre no tenía buen aspecto, como si pasara noches en vela. Cuando indagó por su estado, Gilbert se encogió de hombros y mencionó un único nombre que lo explicó todo.

Anoche había sido el primer concierto de Roderich, después de meses inactivo por al accidente de coche, y Gilbert había cubierto la noticia. Descubrió a Elizabeth sentada en la primera fila, muy elegante, pareciendo toda una experta en música clásica cuando en realidad a ella nunca le había gustado. Al acabar la función, cuando Gilbert fue a entrevistar a Roderich, la descubrió junto a él, de allí que Roderich, influenciado por Elizabeth, le concediera a Gilbert la entrevista más larga de entre todos los periodistas allí congregados. Luego, la pareja había partido, y Gilbert se había quedado con la promesa de quedar en los próximos días.

A Arthur le parecía inverosímil el romance entre Elizabeth y el pianista, pero ¿él acaso no había comprobado que el único que le aliviaba el deseo era otro hombre? No era quien para criticarle.

El consejo de Arthur fue que se olvidara de ella, no había otra manera para ser feliz que esa. Había estado detrás de ella por varios años, Elizabeth nunca lo había considerado más que otro buen amigo. La vida pasaba y él se estaba perdiendo en una pasión sin frutos. Gilbert asentía, intentaba comprenderlo, pero en lugar de eso volvía de nuevo al tema de Elizabeth, en la pareja que hacía con Roderich, en lo injusto que le parecía aquella relación.

Arthur vio en Gilbert un espejo de sí mismo, lamentándose de unos acontecimientos cuyo arreglo estaban más allá de su capacidad. ¿Cuántas veces Arthur no se había sentido víctima de un destino arbitrario, cruel, déspota? Todavía lo pensaba cuando discutía con Caterina, cuando veía a Francis marcharse con el novio, cuando se encontraba solo la mayoría de sus noches.

Ambos amigos se despidieron a la medianoche. Gilbert iba a visitar a sus padres. Arthur se preguntó si Ludwig presentaría a su novio a la familia, y cuando se lo preguntó, Gilbert se encogió de hombros.

—No me gusta ese hombre para él. Por lo que he oído, de ti y de Elizabeth, no suele tomar las relaciones en serio.

Arthur no supo qué responder a favor de Francis, cuando sentía que lo defendería por obligación.

—Además, y no te alarmes, Elizabeth me contó lo que hubo entre ustedes dos. No te estoy acusando, solo no me da buena espina.

—Yo solo quería sexo —se justificó.

—Mi hermano no.

La conversación murió.

Se dijeron adiós y marcharon cada uno a sus respectivos hogares. ¿Qué pensaría Gilbert sobre él? ¿Ludwig se habría enterado de las antiguas relaciones entre Francis y él? A pesar que lo correcto sería pensar que no, Arthur quería que así fuera, dejarle claro que él estuvo primero, que el otro había llegado tarde y que, conociendo a Francis, pronto se cansaría de aquel noviazgo y querría empezar uno nuevo.


Aquella noche, Arthur habría creído que Francis iba salir con su novio o con alguna de sus amistades pero, para su sorpresa, decidió quedarse en casa, viendo películas de comedia no muy destacables por su calidad. Arthur se le unió aquella noche, hasta que por fin, al acabar la segunda, decidió decirle:

—Te tengo un regalo.

—¿Ah, sí? Gracias. ¿Te importa si me lo das cualquier otro día? No estoy de humor.

Arthur no se había esperado aquella respuesta, pero afirmó que se lo entregaría cualquier otro día tal y como le había pedido. Francis le tomó de la mano, apretándosela cariñosamente.

—Gracias. Yo no te tengo ningún regalo. Lo siento.

—No te preocupes. No me importa.


Al día siguiente no consiguió levantarse de la cama. Temblaba de pies a cabeza, y sentía tal dolor en los músculos que moverse era una agonía. Cuando Francis entró en la habitación para preguntarle si iba a desayunar con él, se le acercó reprochándole que hubiera bebido la noche anterior.

—No tengo resaca —le repuso, ofendido, pero acurrucado entre las sábanas—. Pasé toda la noche contigo y no bebí luego de que te fueras a acostar.

—¿No? Pero si generalmente te levantas y vienes a ayudarme…

Francis se sentó a su lado, y para evitar que tanteara en busca de su cabeza, Arthur le tomó de la mano y la llevó a su frente. Estaba helada en comparación.

—Tienes fiebre –dijo, con un tono preocupado—. Has debido llamarme antes. ¿Te has tomado la temperatura?

—No…

—¿Solo te has quedado aquí, sin más?

—Sí…

Arthur, así no te vas a mejorar.

Arthur le acarició la mano, y Francis le correspondió a la caricia sin preguntarle a qué se debía. Por la manera de quejarse, era obvio que no estaba en sus plenas facultades. Francis se levantó y fue a buscar el termómetro, pero no recordaba dónde lo había guardado. Después de quince minutos de búsqueda infructuosa, volvió a dejarse caer en la cama.

—Disculpa, estas cosas me pierden. No suelo enfermarme a menudo —se excusó—, y no tengo idea de dónde están las medicinas…

—No vayas a buscar nada —masculló Arthur, arrastrándose hacia su cintura—, quédate aquí y cállate.

—No actúas de manera razonable —le reprochó, pero le acarició el cabello.

Estuvieron poco tiempo en esa posición, porque Francis se levantó y le indicó que ya volvería. Arthur apenas le escuchó, se quedó acurrucado en la cama, sintiéndose morir lentamente. Cerró los ojos y tuvo un sueño ligero, interrumpido por la llegada de otro individuo a la habitación, acompañado de Francis.

—A ver, ¿entonces se está muriendo? ¿Por qué no has llamado a una ambulancia? —protestó.

—¡No me sé el número!

¿Ambulancia? ¿Ameritaba ser trasladado a una clínica? ¿Cuál era el número de su seguro?

Al abrir los ojos, descubrió al amigo de Francis, Antonio, encaminándose hacia él. Le tocó la frente y le puso un termómetro en la boca.

—Evaluemos la gravedad —dijo Antonio—, y luego vemos si es necesario su traslado, Fran.

—Pero se está muriendo.

—A ti te encanta el teatro, seguro sigue vivo para mañana —le repuso Antonio.

Arthur quiso quejarse, pero con aquel intruso en su boca era extremadamente difícil. Gruñó y le dirigió una mirada de queja a la única persona en la habitación que podía captarla. Antonio no lo entendió y, en su lugar, le quitó el termómetro de la boca. Lo examinó con aire crítico, ante la atención de Francis.

—Solo tiene 38 —dijo Antonio—, pero a ver si sube más si no se controla… Iré a comprar algo para la fiebre. Ya vuelvo. Fran, ni se te ocurra llamar a ninguna ambulancia, que luego nos cae un chaparrón por hacerles perder el tiempo.

Al quedarse solos, Francis volvió a sentarse a su lado y le acarició el cabello. Le preguntó si quería desayunarse algo ligero, con lo cual Arthur se negó y volvió a abrazarle por la cintura, queriendo simplemente su compañía.

—Te has convertido en un oso de peluche —le indicó Antonio al regresar de la farmacia.

Arthur se tomó dos pastillas, y Antonio le indicó que se echara en la cama e intentara volverse a dormir.

Toin, quédate, no sabré cuidarlo bien —imploró Francis.

—Me puedo quedar hasta la tarde. En la noche tengo una cita —le dijo—. Seguro mejora para entonces, ¿no?

—Si no mejora, lo llevo de urgencias.

—Seguro no hará falta…

—Quiero evitar complicaciones.

—Las complicaciones las vas a traer tú.

Sin embargo, Arthur no mejoró para la noche, pero tampoco empeoró. Antonio se despidió de ambos considerando que era una mala idea dejar a un enfermo en manos de Francis, pero se repitió que no era nada grave.

Arthur siguió abrazando a Francis.

—Si te acuestas conmigo, te pago. No uses tu cama ni traigas a nadie más.

—No pensaba hacer nada de eso. Y definitivamente, guarda tu dinero.

—Ni se te ocurra irte de aquí.

—No lo haré. Me quedaré.

—¿Siempre?

—Claro, suena bien.

Francis creyó que podría marcharse cuando Arthur se durmiera por fin, pero se encontró siendo incapaz de alejarse sabiendo que la fiebre podía subir en cualquier momento. Además, le había dicho claramente que no se iba a marchar. Era una promesa.


Los próximos dos capítulos serán definitivos. ¡Muchas gracias por leer! Y por seguir dejando comentarios… A Kari, ¡tus palabras me animan mucho!

Quiero agradecer especialmente a la anon que me dejó una crítica: estoy de acuerdo con lo que has dicho, me encanta que El ensueño sea tu FrUK favorito, porque de lo que he escrito es de lo que me siento más orgullosa y sé que su continuación tiene muchas fallas, no solo las que has señalado –y con las que estoy de acuerdo-: soy consciente de ellas, quiero esforzarme más con los próximos fics que suba para no volver a cometerlas. Quisiera poder darte una respuesta más personal, pero por este medio, me da pena xDU En fin, gracias por ponerle tanta atención a mis historias como para dejar un comentario tan largo, tan bonito y elaborado.