Capítulo 20

Llegaría el momento en que ninguno de los dos aguantaría más la situación. Arthur por fin quedaría sepultado por el cúmulo de negaciones en su interior, que se iban cayendo a cada pensamiento tentador, y el demonio que lo provocaba ejercía una presencia constante en su mente. Él se justificaba afirmando que era una etapa de confusión y prueba, por la manera en que había acabado su matrimonio con Caterina y su escaso gusto sexual por cada mujer que se apareciera.

Y se aprovechó. De haberle gustado a aquel viejo amigo desde la niñez, de tenerlo en el apartamento, de que todavía fuera capaz de suspirar por él como si Arthur fuera alguien que realmente valiera la pena.

Arthur tampoco podía dejar de pensar en lo que se estaba perdiendo con Francis. Odiaba la situación, porque lo había tenido. Siempre lo tuvo. Y gracias a él mismo lo había perdido también.

Por otro lado, Francis luchaba por mantenerse firme en su decisión de enterrar a Arthur, de concentrarse en Ludwig –o quien siguiera después- y superar por fin aquel amor dañino y caprichoso. Él podía ser una fortaleza cuando la situación lo requería.


Cuando llegó el aniversario del fallecimiento de su madre, Francis y Monique compartieron una breve llamada antes de volver ambos a sus asuntos.

Esa tarde, Francis se colocó los audífonos y escuchó música recostado en el sofá, sin reparar en nadie. Ignoró llamadas, e incluso la voz de Arthur. Este, extrañado por el comportamiento de su compañero de apartamento, decidió pasarlo por alto suponiendo que aquella rareza se le pasaría en unas horas.

En la noche preparó la cena y comieron mientras platicaban tonterías. Solo al acabar, cuando lavaba los platos, se aventuró a preguntar:

—¿Hoy estabas molesto o algo así?

—Ah, no. Solo no quería saber de nadie —explicó Francis—. No me pasa a menudo. Supongo que es normal que lo consideres… ¿anormal?

—Yo hacía eso de joven. Escuchar música a todo volumen y olvidarme de todos. Pero con Peter y Ann tuve que cambiar. Viven armando alboroto, tengo que estar pendiente.

—Parecen unos niños tranquilos.

—Porque solo los ves unas horas. Vivir con ellos es diferente. Bueno, era diferente. Igual es normal para los niños ser incontrolables… Yo de pequeño hacía unas cuantas tonterías al día. James igual. O peor. Sin duda, mucho peor.

—Lo sé. Yo también, aunque en ese entonces era más caprichoso que tremendo. Y mi mamá me consentía todo.

—Me di cuenta. Eras como un niño de cristal.

—Y tú pateaste a ese niño desde que lo conociste.

—Ni sabía que fueras invidente. En realidad, solo me pareciste una niña llorona.

—¿Y luego?

—Yo me vine a enterar en Estados Unidos que eras un chico, no sé de qué hablas.

Luego me trataste con rudeza. Pero como soy tan masoquista, me hiciste feliz. Fuiste el primer amigo que hice por mi cuenta.

Fui su primer amigo, su primer amor, y no vaciló en echarme de su vida amorosa una vez comprobó que me comporté como un idiota, pensó Arthur.

Mensaje: Gilbert

Tu amigo ciego rompió con mi hermano.

Recibió este mensaje al mediodía, y Alfred lo miró como si le pidiera que compartiera el chiste. No consiguió disimular la pequeña sonrisa que salió de sus labios, dichosa por un triunfo que no tenía claro.

Mensaje: Gilbert

El día de su aniversario.

Agradecía que Gilbert se encontrara tan alterado como para no esperar reunirse y decírselo personalmente. No habría hallado manera de disimular la sonrisa. Se entretuvo con el mensaje instantáneo como si esperara que empezara a lanzar fuegos artificiales para homenajear su buen humor.

Se guardó el celular pensando todavía en la noticia. Dada la racha de Francis con diversas parejas, era cuestión de tiempo para que enviara a Ludwig al baúl de los recuerdos. Eso, si acaso su relación había valido la pena para ser recordada. Arthur creía que no, porque duraron muy poco. Nada que durara tan poco sería perdurable. Menos, claro, el sexo, y Arthur se encontró deseando encontrarse acostado encima de unas sábanas con un aroma en específico.

Al final, dada la insistencia de Alfred y su incapacidad por guardarse la derrota de sus enemigos —por más extraño que sonara esto—, acabó contándole lo que había sucedido.

—Creo que el novio que más le duró a Francis fue mi hermano —dijo Alfred—, y ni siquiera, porque lo dejó sin muchas explicaciones. El defecto de Francis es su inconstancia. Menos mal que mi hermano lo superó rápido. Querer a alguien que no dudaría en serte infiel no es el tipo de cuñado favorito.

Fue como una puñalada en el estómago.

Arthur había querido a alguien que, por lo que sabía, no había dudado mucho en serle infiel en cuanto el barco en que habían zarpado comenzó a sufrir malos vientos. Tampoco había hecho lo posible para mantenerlos a flote. Se encontró solo, engañado y planteándose su vida desde el comienzo de su matrimonio.

¿Francis sería igual? Él había arruinado sus encuentros al entrometerse en la enorme agenda amorosa de Francis, por otro lado… ¿no sería un plan premeditado, echarle la culpa a él para quedar libre de las ataduras que suponían acostarse con su compañero de piso, un viejo amigo, su primer amor?

El destino de Arthur era enamorarse de los infieles.


No supo cuándo comenzó a considerarse enamorado de aquel ciego cursi y estúpido. Pero cuando cayó en cuenta de su error, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Compartía el entusiasmo de sus hijos cuando hablaban con Francis, disfrutaba los pequeños celos que suscitaba en Caterina la mención de su antiguo amigo, de las bromas e indirectas de Elizabeth. Aunque eso le costara los reproches de Gilbert.

—Así que… Te despediste de Ludwig —dijo Arthur, una tarde en casa. No hablaba ya más del apartamento de Francis, le gustaba imaginar que podía acomodarse en ese piso y volverlo tan de él como su dueño. El problema estaba en que eso sería admitir más de lo que su corazón aguantaría.

El sabor del miedo no se disipaba de su boca.

—No queríamos lo mismo —se excusó Francis, encogiéndose de hombros.

Se había acomodado en el mueble, vestido para quedarse en casa esa noche. Ojalá el teléfono no sonara ahora. Arthur asintió como si acaso Francis fuera a captar su gesto y quiso celebrarlo de algún modo. Aprovechar su buen humor, la reciente ruptura, la vía libre en el camino. Hasta que próximamente apareciera un nuevo obstáculo que desvelara sus pensamientos.

—¿Qué harás hoy? ¿Tienes planes?

—Revisar guiones —le confesó Francis.

—Yo podría… bueno, es que estoy aburrido —intentó sonar desinteresado.

—Me vendría bien una ayuda. Así llamo a María para decirle que no hace falta que venga.

Arthur se encargó de la lectura, tarea que le correspondía a María en un principio, y Francis de indicarle las correcciones que debía anotar en el mismo documento. Al principio Arthur leía como si estuviera pronunciando en voz alta los ingredientes de una caja de cereales. Francis se apresuró a corregirlo, repitiendo las frases como si se estuviera preparando para subir a un escenario. Francis dramatizaba el contenido —que realmente se sabía casi de memoria— pero, cuando objetó que se le cansaría la voz si todos los diálogos caían bajo su responsabilidad, obligó a Arthur a unírsele. Arthur se sentía ridículo, pero aceptó.

Arthur estaba seguro que no era necesario una dramatización, pero se puso imaginar a Francis, a María, a Catarina y al resto del combo armando sus pequeños dramas por puro placer. Montón de actores frustrados.

Al principio solo quiso dramatizar papeles de hombres pero, cuando Francis no dio señales de estar presenciando el mayor ridículo en la vida de Arthur, se sintió con mayor seguridad y no le importó improvisar también voces de mujeres, niños o sonidos de animales.

Su voz no poseía tantos matices como los de Francis, quien le confesó que durante un momento de su vida quiso ser actor de voz.

—Mi voz es maravillosa —dijo Francis, sin perder oportunidad de alabarse. Arthur quiso decirle que exageraba, pero era una mentira: su voz era profunda, suave pero sin dejar de sonar varonil.

Francis no necesitaba hablar para conquistar a las personas, eso ya lo conseguía con su apariencia, pero sin duda su voz ayudaba a atraparlos en sus redes de amor fugaz.

—Tu voz suena como esos juguetes chillones para perros.

—La tuya suena muy joven, pero un joven pirata.

—¿Has conocido algún pirata en tu vida para estar tan seguro de eso?

Siguieron con la lectura. Cuando apareció el personaje de Hilary en escena, los nervios de Arthur llegaron como invitados a la velada. Francis exclamaba los diálogos de Leander.

Tragó saliva. Se mordió los labios. Perdió la concentración cuando se fijó en la expresión de Francis.

Estaban narrando una despedida. Un acto desesperado. El enamorado incestuoso y el hermano que desconocía todo hasta ese momento, el de quiebre. El punto final de los tormentos de Hilary.

Arthur se encontró acercándose a Francis, desde allí captaba su perfume y parte de su propia esencia. Su cuello, libre, invitaba a reposar sus labios allí. Intentó controlarse.

De verdad lo intentó.

—Te amo —leyó, con un nudo en la voz. Francis se detuvo unos segundos antes de continuar con las líneas de Leander.

¿No había sido descrito como un pirata? ¿Acaso no obtenía lo que deseaba siempre? Aguantarse, después de aquellos meses de soledad, era difícil. Más conociendo que Francis era libre.

Dejó su guion a un lado, le apartó el de Francis y, en su lugar, le sujetó ambas manos.

—Te quiero —soltó, con las mejillas igual de calientes que el resto de su cuerpo— para mí. Para nadie más, solo para mí.

—Arthur… —comenzó Francis, como un reproche.

Si se detenía, iba a sucumbir de la vergüenza y el arrepentimiento. Arthur lo cortó besándole en los labios. Quería darle el mejor beso de su vida, que se olvidara del mundo, de sus antiguos errores, de los hombres con los que había estado, del trato que Arthur le había dado y del que se había hartado al final.

Le acarició el cabello de oro, su espalda delgada demasiado escondida a través de la ropa. Imaginaba más allá de lo que estaba sucediendo. Deseaba su cuerpo, morder la piel blanca y suave y mil veces tocada por otros; sentirse dentro de él como si fuera la primera vez, como si el mundo no importara.

A partir de ese beso, Francis se rindió. No había fuerzas, ni sentido común, que pudiera dominar el deseo de ambos. Arthur se entregó primero pero Francis lo recibió casi llorado de la satisfacción.

Consiguió leer un "te extrañé" en lo demencia de sus movimientos, en sus manos torpes que buscaban acariciarle, besarle, adorarle, como Arthur hacía con él.


Francis sabía cómo despertar a sus amantes y enloquecerlos desde la mañana. Arthur lo distrajo lo suficiente en la cocina para casi quemar lo que estaban preparando. Quererse era bastante fácil cuando no tenían que ponerle un nombre a lo que estaba ocurriendo.

Pero llegaría un momento en que deberían bautizarlo. Arthur acabó por suponer que, de ser por Francis, lo haría de inmediato pero por consideración a él dejaba correr el tiempo.

No quería hundir ese barco. Otra vez no.

Era apenas un niño cuando lo conoció y le cambió la vida, pero había sido ahora, como adulto, cuando Francis se la cambiaba a él.

Se consideraba un cobarde en cuestión de sentimientos, pero no sería tan estúpido. No lo supo comprender la primera vez, cuando el deseó nació y se hizo tan inmenso que dolió controlarlo, pero no podía llegar a equivocarse toda su vida. El hombre en penumbras y él, tan negado a aceptarlo como parte de sí mismo. Realmente podía atreverse a dar el primer paso, sin pensar, sin mirar a atrás, murmurando un nombre y un deseo.

Antes que fuera demasiado tarde y aparecieran otras personas con sus mismas intenciones.


Cuando el divorcio por fin salió, Arthur sintió lo más parecido a un alivio. Por supuesto, concernía a Caterina y todavía no estaba preparado para sanar sus heridas en su totalidad.

Cuando la vio por última vez, después de intercambiar una despedida formal, quiso creer que con el tiempo podía dejar atrás esos momentos amargos para recordar lo bueno que había existido en su matrimonio. Tenían a Peter y a Ann para demostrarse que alguna vez se amaron como nadie en el mundo.

Brindó con sus amigos para celebrar la ocasión aunque no se sintiera con ánimos. Elizabeth insistió en que ameritaba una noche especial, entre amigos, y por suerte, no mencionó ni una sola vez a su novio músico. Gilbert ya tenía suficiente con dos corazones rotos, como para insistir en abrir la herida.


—¿Estás seguro? —preguntó Gilbert, una tarde en que habían quedado en un café.

Los planes le daban vuelta en su cabeza desde hace días. Lo que faltaba era reunir el valor para llevarlos a cabo.

Arthur le dio un sorbo a su café antes de asentir. Dylan sonrió y le animó, admitiendo que esta era una oportunidad excelente. Elizabeth lo apoyó también, pero eso ya se lo esperaba de ella.

Gilbert no compartía el sentimiento general en la mesa.

—No te voy a decir cómo tienes que dirigir tu vida —comenzó—. Pero recuerda que hablamos del mismo hombre que usó a mi hermano, y por lo que me has contado, no es de los que respetan un compromiso.

Gilbert no perdonaba a Francis por lo que había ocurrido con Ludwig. Arthur asintió. Ya conocía cómo era Francis, no necesitaba que se lo repitiera como si no llevara meses viéndolo ir y venir con uno y con otro.

Sin embargo, estaba decidido. Era eso o volverse loco.


Decidieron ir un fin de semana a la playa. Arthur adelantó mucho de su trabajo los días previos y Francis hizo lo mismo, para tener dos días libres de remordimientos. Lo que más le costó dejar fue a sus hijos. Seguramente Francis no hubiera tenido problemas con compartir el viaje con ellos, pero esta vez él quería un momento íntimo.

Era la primera vez que viajaban juntos. Y Arthur tenía la certeza que nadie esperaba a Francis a su regreso, a diferencia de él con una familia y unos amigos de años.

Qué curioso, que Francis a pesar de su personalidad no tuviera a muchas personas atentas de sus pasos. Tal vez Antonio y Laurent, tal vez Monique.

Se ahorró comentar que la persona que más pensaba en él estaría a su lado estos dos días.

Francis se sentó en el asiento del copiloto, aunque Arthur suponía que la tarea de estar pendiente del tráfico iba a recaer únicamente en él. Con todo, Francis demostró ser tan buena compañía como siempre, y lo entretuvo con una plática incesante que Arthur siguió con largos momentos de silencio.

Cuando llegaron a la casa de playa que había alquilado, Arthur dijo, con una voz autoritaria cuando realmente quería disimular el nerviosismo:

—Espera, no te bajes todavía.

—¿Me desabrocho el cinturón? ¿Hay algo terrible afuera?

—No hay asesinos esperándonos, Francis.

—Yo me refería a cosas odiosas como charcos. ¿Sabes las veces que me he mojado sin darme cuenta?

—Menos de las veces en que te mojas queriendo —consideró Arthur, poniendo los ojos en blanco.

Caminó como robot hasta la puerta del copiloto y la abrió. Luego tomó a Francis de la mano y se maldijo al encontrar su propia palma sudada. No era por el calor. Ni siquiera hacía tanto calor.

—¿Me permite llevarlo?

—Encantado, señor.

Arthur guió a Francis hasta la entrada de la casa. Allí lo tomó en brazos, aunque el hombre fuera tan pesado que le hizo temblar las rodillas. No, no te vayas a caer, Kirkland, tú puedes con este peso y más.

—No me siento muy seguro aquí arriba, pero aprecio la intención, de verdad —dijo Francis.

—¡Cá-lla-te!

Arthur acabó por dejarlo en el suelo, donde Francis pareció agradecer a dios que no se hubieran caído estrepitosamente.

—Olvidé las llaves, espera. —Regresó al auto, insultándose a sí mismo por cometer tantos errores de novato. Con Caterina había actuado con mayor confianza, ¿por qué con Francis tenía que ser diferente?

Tal vez buscaba demasiado impresionarlo.

Abrió la puerta de la casa. Arthur fue a tomar a Francis en brazos nuevamente, pero este presintió lo que planeaba repetir y retrocedió unos cuantos pasos, colocando su bastón entre ambos como punto de separación.

—Agradezco el detalle, es muy lindo, pero no pienso dejar que me hagas sentir como una caja llena de objetos pesados. No estoy gordo —protestó.

—¿Seguro? Porque no es normal que peses tanto.

—Eres tú el debilucho —e iba a decir algo más pero cerró la boca antes de hacerlo. Arthur se sintió confundido hasta que recordó que, comparado con algunos ex amantes de Francis —como Ludwig, por ejemplo—, él no tenía nada de extraordinario. Su cuerpo tenía músculos, pero era delgado. Ludwig en cambio…—. Mira, te cargaré yo.

Francis hizo su mejor intento, pero lo dejó cuando le sonó la espalda. Arthur no había llegado a separarse mucho del suelo.

—Al menos sé que te puedo inmovilizar cuando me apetezca —consideró Arthur y sonrió divertido por la idea, más ante la expresión indignada de Francis—. ¿No te preguntas por qué sugerí de repente esto? ¿No sabes nada de asesinos en serie?

—Lo suficiente para saber que eres violento, brusco y poco sincero, pero nada que atente contra mi vida directamente. —Francis alargó su mano hacia donde creía que estaba situado Arthur, este se movió para que pudiera encontrarlo y enlazar sus dedos—. ¿Vamos?

Arthur dio un paso hacia adelante.


Lo primero que hizo Arthur fue revisar la cama: estaba tendida sencillamente, y cuando probó el colchón, encontrándolo cómodo. Francis lo apremió para que le describiera el baño.

Arthur chasqueó al ver qué tenía delante.

—Es algo normal pero… al baño le falta la mitad de una pared en la regadera. Prácticamente todo el que esté en el jardín podrá verte el culo en algún momento.

Estaba exagerando: a lo máximo se vería el pecho, pero a Arthur no le provocaba ni una pizca de gracia. Francis se encogió de hombros.

—¿Y eso qué tiene? Tengo un cuerpo precioso, me lo dice todo el mundo.

—La gente miente.

—Nadie puede mentir tan bien, ni siquiera tú.

—¿Me estás llamando mentiroso?

—Te llamo Arthur Kirkland, el máximo nivel de terquedad.

Antes de que Arthur le respondiera, de los labios de Francis nació una sonrisa pícara.

Arthur no hizo nada por detener lo que sucedió después.


Espero que hayan sobrevivido a esta cantidad de fluff del final. Actualización temprana por ser la semana previa a San Valentín, planeo actualizar varios fics míos en honor a la pareja (y porque puedo también, jaja).

Gracias por leer! Nos vemos en el último capítulo.