-Buenas tardes, director- sonreí cuando la puerta del despacho se abrió sola, dejándome ver a Dumbledore sentado tras su escritorio, desenvolviendo un caramelo de limón.

-Buenas tardes, señorita Granger. Recibí su carta, ¿qué situación es tan urg…- el dulce amarillo cayó de sus manos y rodó ruidosamente en el suelo en cuanto el levantó su vista hacia mi- ¿señorita Granger?- suspiré. El director solía ser más mesurado en sus demostraciones de asombro, si el reaccionaba así, no podía esperar a que todos los estudiantes llegaran a Hogwarts en unas horas.

-Deberá revisar el libro de Hogwarts en el que mi nombre está inscripto, profesor. Verá que es Gaunt, ahora, no Granger-

-Gaunt?!- el director había, definitivamente, perdido la calma que usualmente lo envolvía- tengo que revisar eso ahora mismo. Pero, por favor, tome asiento. Iré por Minerva y el libro- Y así, sin más, estaba sola en el despacho. Suspiré, sabiendo que iba a tener que dar muchas explicaciones. Palpé mi bolsillo, donde se encontraba el cuadro de Alcíone Sorvolo Gaunt…mi padre. Era tan raro pensar en aquel hombre como mi padre. Pero el había muerto para salvarme, y era, sin lugar a dudas, mi padre. Pero desde aquella vez en la que lo llamé así, y él se había emocionado tanto… no pude volver a decirle así. Quería hacerlo, pero cada vez que quería pronunciar esa palabra la imagen de John Granger aparecía en mi mente. El me había criado y me había amado y protegido durante todos estos años… se sentía como una traición llamar a cualquier otro "padre".

Sacudí mis pensamientos cuando oi la puerta del despacho abrirse con un chirrido, por ella apareció la oscura presencia de mi profesor de pociones.

-Albus, me quedaré con mis habitaciones en las mazmorras, la alcoba que me asignaste junto al salón de DCAO es totalmente desagradable y gryff…- Snape detuvo su monologo en el momento en el que alzó la vista y me vio allí sentada, observándole. Terminó de sacudirse el polvo de la capa, antes de dar unos pasos hacia mí.

-Donde se encuentra el director?- Mister Simpatía estaba de vuelta. Yay.

-Volverá en unos momentos, fue a buscar el libro de Hogwarts- ¿es que acaso no me había reconocido?

Al oír mi voz, su cabeza giró a toda velocidad. Pensé que el cuello debía de haberle dolido. Sus ojos me miraban con marcada sorpresa- ¿Señorita Granger?- no pude evitar sonreírme ante la misma pregunta antes hecha por Dumbledore. Asentí y le señalé la silla junto a mí. El alzó una ceja ante el ofrecimiento, haciéndome suspirar con resignación.

-siéntese. Seguro tiene preguntas y querrá oír lo que dirá el director cuando regrese- el dudó un momento, pero la curiosidad pudo más, y terminó sentándose junto a mí con una rígida postura que mostraba su desagrado. Me encogí de hombros, no había nada que pudiese hacer para evitar desagradarle. "Al menos no en este momento, tal vez cuando escuche lo que tengo para decir, me mirará de una manera diferente", inconscientemente, acaricié el bolsillo donde el cuadro permanecía reducido "espero que esto funcione".

-¿no me dirá nada?- Snape se impacientó. Le había tomado menos de un minuto- su apariencia física… ¿Qué sucedió, Granger? ¿Qué estupidez hizo esta vez?-

Y… entonces exploté yo- ¡¿Qué estupidez hice?! ¡¿Qué estupidez hice?! Apuesto que si aquí y ahora hacemos un recuento de estupideces hechas en la vida, ¡usted se llevará todos los premios!- mierda. ¿yo había dicho eso? Ay, Merlín, estoy muerta. Había pasado una semana desde que me enteré de mi verdadera procedencia, y desde entonces todo se había hecho más y mas loco y estresante, pero había intentado guardar la calma, ¿y todo para qué? Para explotar justo con Snape. Suspiré, "hubiese sido más seguro explotar con un colacuerno húngaro".

Snape se veía ridículamente sorprendido, pero sus rasgos mostraban además, la creciente furia. Parecía a punto de lanzarme un avada, pero de pronto, fue como si hubiese visto algo en mi rostro que le hubiese dicho que no quería realmente decir eso. Porque no quería, nunca hubiese querido echarle en cara esos errores de su pasado. Yo más que nadie siempre le había respetado por haber vuelto a la luz, y por su trabajo de espía. Sus músculos faciales se relajaron y se sentó mirando al frente nuevamente.

-Estará castigada hasta nuevo aviso- suspiré. Al menos no era un avada, ¿verdad? Ver el vaso medio lleno. Sigo viva.

-Sí, señor- lo miré por el rabillo del ojo, abochornada por mi reacción previa, y me pareció verlo sonreír sarcásticamente ante mi resignada respuesta.

Antes de que el asunto empeorara, la puerta volvió a abrirse y por ella entró el director, cargando el libro donde los nombres de todos los niños mágicos aparecen al momento de sus nacimientos. Detrás de él venía la profesora Mc Gonagall, que al verme se apresuró sobre mi, preguntándome si me encontraba bien y qué había sucedido.

-Es muy claro que no guarda preferencias, profesora- comentó con sorna el pocionista a mi lado. La profesora frunció el seño, y abrió la boca para contestarle cuando Dumbledore la interrumpió

-¡Aquí está!- exclamó, encorvado sobre el libro con sus gafas medialuna- Así que es cierto… increíble-

-ya dilo de una vez, Albus- gruñó hastiado, Mister Simpatía- ¿qué es verdad?- El director me miró con gravedad, retirándose los lentes.

-Bienvenida a Hogwarts, Señorita Gaunt-