Un capricho adolescente que podría costarme todo, señorita Gaunt.
El día pasó sin ningún sobresalto, al ser sábado, pude quedarme encerrado en mi despacho, lo cual creí que sería perfecto, porque estaba realmente cansado; pero no fue así, porque la imagen de cierta pelinegra no paraba de atormentarme, mientras aquella maldita frase me perseguía una y otra vez
"me siento muy atraída por la inteligencia, Severus, y jamás elegiría a alguien que no la poseyera"
Decidido a no desquiciarme, suspiré con resignación, y ocupe mi mente con las horrendas redacciones de mocosos de 4to año.
Solo me detuve cuando mi estomago gruñó por comida, solo entonces me di cuenta que era tarde, y algunas velas ya se habían consumido por completo, dejándome en una oscuridad parcial. También significaba que ella no había venido.
Había conseguido apartarla de mí. Tan rápido, tan fácil… "solo fue un pequeño capricho", me convencí con tristeza. Sabía que era lo mejor, pero supongo que una parte de mi quería creer sus inverosímiles palabras
"me siento muy atraída por la inteligencia, Severus, y jamás elegiría a alguien que no la poseyera"
Llame a un elfo, que me trajo un sándwich. Lo comí en silencio, aunque de pronto el estomago se me había cerrado. Y continué con mi rutina, bañándome mecánicamente, acostándome, mirando al techo hasta que el agotamiento me venciera, e incluso entonces mi mente se burló de mí
"me siento muy atraída por la inteligencia, Severus…"
Me senté en mi puesto, en la mesa de profesores, al mismo tiempo que una taza de café bien cargado y unas tostadas con miel aparecían frente a mí. Revolví el café con gesto ausente, no tenía hambre, ya había desayunado. Esa mañana había sido tempranamente despertado por el aroma a café y pan recién tostado. Una bandeja había aparecido en mi mesa de noche, con mi desayuno y una pequeña nota de cierta pelinegra, en donde se disculpaba por haber faltado al `castigo´ y decía que había sido solicitada por Dumbledore. Sin quererlo, me había alegrado; Hermione no se había olvidado de mi, ni había decidido que no quería desperdiciar su tarde en mi lúgubre despacho, con mi amarga presencia. No debería alegrarme de eso, cuando estaba claro que no podía verla como a una simple amiga y debía alejarme de ella.
Y mientras intentaba sacarla de mi cabeza, ahí venia ella, entrando por las puertas del Gran Comedor como si fuera la dueña y señora del castillo, con sus cabellos sueltos y el uniforme reemplazado por un vestido verde de falda acampanada que dejaba a la vista sus largas y níveas piernas. Recordé que hoy había visita a Hogsmeade. Apreté los dientes al ver a todos esos mocosos comiéndosela con la mirada, y justo entonces, esos ojos me miraron fijamente, antes de que sus labios se estiraran en una suave sonrisa; incliné levemente mi cabeza, a modo de saludo, antes de esquivar su mirada, observando mi desayuno. Se veía preciosa.
Toda pretensión de evitar levantar la vista de mis increíblemente interesantes tostadas se fue a la basura cuando, estruendosamente, la puerta del comedor se abrió para dejar ver a un pequeño grupo de jóvenes de sacos rojos, que escoltaban a la estrella de quidditch del momento.
Y como en cámara lenta, el camino hacia Hermione, como yo ya sabía que haría, y se arrodillo frente a ella, sacando de uno de sus bolsillos un pergamino enrollado que cualquiera con una neurona podría adivinar lo que era.
Y vi los pequeños dedos de ella cerrándose sobre el pergamino ofrecido, instándole a levantarse, sonriéndole con la misma dulzura con la que me había sonreído minutos antes a mí, parándose de su sitio…
Y Viktor Krum le ofreció su brazo con galantería, y así la perdí de vista, en un mar de sacos rojos que se encaminaban al jardín
Sentía como si mi estomago estuviese lleno de navajas, dolía como el infierno, contraído. Ni siquiera pude fingir interés en el desayuno, me levante, escapando por la puerta tras la mesa de profesores. Pensaba huir a las mazmorras cuando la voz del director me detuvo.
-Severus, no olvides que hoy debes supervisar el viaje a Hogsmeade. Deberías dirigirte ya hacia los jardines- cambie de rumbo sin siquiera responderle, con paso fúrico. Lo último que quería era supervisar la cita de Hermione con el búlgaro.
Para cuando llegué a los jardines, los mocosos de cursos superiores ya se habían adelantado hacia el pueblo; ya no había rastro de Hermione ni del troll que la acompañaba. Y lo peor, se habían ido solos, porque el resto de los recién llegados de Durmstrang estaban dispersos por el patio, ocupados con su propia cacería de alumnas.
De pronto me vi a mi mismo en Hogsmeade, mirando hacia el interior de cada tienda, buscando vislumbrar una larga cabellera negra de reflejos verdosos; me sentía enfermo, era tan incorrecto que ella me interesara de esta manera, pero mi furia hervía bajo mi piel al pensar en ese imbécil caminando junto a ella, tomando su mano, el no la merece, nadie en este mundo la merece.
Y entonces, encontré lo que buscaba. Me asomé levemente por el borde del ventanal del local de madame Poddifoot; ambos estaban sentados en una mesa apartada, tomando el té, y ella sonreía, y reía de las tonterías que aquel búlgaro le contaba que, por como movía las manos, debía estar relatando una anécdota de quidditch. Que estupidez, todo el mundo sabe que a Hermione no le gusta el quidditch.
Todos estos días había estado pensando en lo doloroso que sería, en lo inalcanzable y ridículo de la idea, en cómo no merecía nada de ella, como no fui digno de Lily… "pero tú no eres Lily, ¿verdad, Hermione?" suspiré, siguiendo mi camino y dejando atrás el cursi local de cortinas rosas
"me siento muy atraída por la inteligencia, Severus, y jamás elegiría a alguien que no la poseyera"
Hermione podría ser mejor, ella podría darme esa oportunidad que aquella lejana joven pelirroja alguna vez me había negado tajantemente.
Tengo una oportunidad, y esta vez no voy a perder contra un imbécil montado en una escoba.
