Espacio.

-Hey, Arnoldo, creo que te equivocaste de casillero…

No podía decir que su estómago había dado un vuelco en ese momento, se había sentido más bien como si una retroexcavadora hubiese llegado y se llevara todo lo que tenía adentro de su cuerpo.

Su corazón retumbaba contra sus oídos, su cuerpo comenzó a temblar.

Oh, por Dios, oh por Dios, ohporDiosohporDios…

Volteó. Un par de enormes e intensísimos ojos azules estaban clavados en él. Sus suaves y carnosos labios esbozaban una enigmática sonrisa.

No era la primera vez que la veía desde su despedida. La había visto el día anterior, cuando había ido a esa misma escuela a entregar cierta documentación que le faltaba para inscribirse, por ser alumno extemporáneo.

Iba caminando por el pasillo y, de repente, una fuerza superior lo había hecho voltear hacia su izquierda, a la ventana.

Ella estaba ahí, sentada en el pasto; la espalda recargada contra el tronco de un frondoso árbol.

Estaba cómodamente posicionada, como siempre, totalmente ajena al mundo que la rodeaba. Una mochila que muy seguramente era la suya estaba tirada a un lado de ella y una de sus largas -por Dios, qué largas- piernas estaba estirada a lo largo, sobre el pasto; la otra, ligeramente recogida, sirviendo de apoyo para el libro abierto que ésta sostenía con su mano izquierda y que sin embargo no leía. Tenía la mirada perdida en el cielo, con expresión soñadora. El largo cabello rubio, totalmente libre, le surcaba ligeramente la cara, de ahí se iba hacia sus finos hombros y, de ahí, se desparramaba sobre sus lindos pechos (porque ahora tenía pechos), y, en la mano derecha, la cual sostenía sobre su regazo, parecía encerrar algún pequeño objeto.

…Había soñado tantas veces con cómo luciría cuando la viera de nuevo, pero ella siempre rebasaba sus expectativas.

Espectacular. Sí, esa era la única palabra que se le venía a la cabeza para describirla. La niña más hermosa del mundo se había convertido en la mujer más espectacular del universo; El ángel que él sabía que vivía dentro de ella por fin había extendido sus alas. Lucía tan grande (en todo sentido), tan soñadora, tan imponente, tan… en paz consigo misma…

Había sentido ganas de abrir y saltar esa estúpida ventana que los separaba y correr hacia ella, echársele encima y abrazarla y no soltarla en las próximas dos horas.

Pero contuvo el impulso. De repente, una MUCHO mejor idea se le había venido a la cabeza. (Especialmente porque, conociéndola, si hubiese seguido su primer impulso, mínimamente habría terminado con un ojo morado: Nadie le saltaba encima a Helga G. Pataki y resultaba ileso, aún cuando la chica en estos años hubiese perdido el 99.99% de su ferocidad).

Así que, haciendo de tripas corazón, la observó por última vez (por todos los cielos, qué hermosa era) y continuó su camino.

Pero su excelentemente ingenioso y romántico plan se había ido por el retrete; acababa de ser sorprendido in fraganti…

-¡Hey, tierra llamando a Arnold! –Una blanca mano se paseaba frente a su cara.

-Eh… yo…

¿Por qué sólo se paraba frente a él? ¿Por qué sus labios sólo esbozaban esa linda sonrisa en lugar de estar devorándolo a besos? ¿Por qué esa intensísima mirada sólo parecía divertida en lugar de estar arrojándole fuego?

…El tiempo había cambiado a su diosa, Lo supo en ese momento, y volvió a sentir ese hueco de nuevo, pero, esta vez, sentía que lo dejaba vacío.

-Quería… -Balbuceó, pero de nuevo se quedó afónico, aunque, esta vez, de forma totalmente diferente.

-Si quieres dejar tus libros –dijo ella, acercando su cara a la de él –te equivocaste de casillero, este es el mío.

Nada. Se había quedado sin aire.

-Oye… ¿estás bien? –Su cara se acercó más a la de él, tanto, que sus narices casi se rozaban.

-Yo… -Balbuceó de nuevo.

Los ojos azules lo miraron ya con genuina preocupación.

-Yo –carraspeó, estaba quedando como un idiota. –Quería darte una sorpresa –Soltó de un tirón.

Por toda respuesta, la chica levantó una ceja, parecía divertida.

-Mira –soltó él, sonriendo. Ya investigaría después qué pasaba. Había soñado por años tenerla frente a él, y no dejaría pasar la oportunidad. –Iba a dejar algo en tu casillero, pero la tonta combinación que me dieron está mal.

-A ver –dijo ella, ensanchando su sonrisa.

El chico le tendió el pequeño papel donde la había anotado.

-La combinación está bien –soltó ella, negando con la cabeza –sólo que a Phoebe se le pasó decirte que tenías qué hacer esto.

Y le dio con la palma de la mano, un tanto fuerte a un lado del pequeño mecanismo para introducir los números.

La puerta dio un ligero rechinido y luego se abrió.

-¿Cómo supiste que fue Phoebe? –Preguntó él, divertido. Nunca se le hubiera ocurrido golpear la puerta del casillero, aunque, teniendo la dueña que tenía, no le extrañaba en lo absoluto.

-¿Quién más pudo haber sido? –Soltó ella, encogiéndose de hombros –También se que te pusiste en contacto con ella ayer antes de las tres.

El chico abrió los ojos, asombrado.

-Ella me habló a las pureas tres –dijo, soltando una ligera risa –, y cuando le contesté, me dijo, histérica, que no podía decirme nada, y colgó. Pensé que era algo sobre el tonto de Gerald, así que no le pregunté, al fin que sonaba feliz.

-¿También sabes cuándo llegué, Sherlock? –Preguntó él, tratando de sonar divertido, aunque la idea de que ella supiera que él estaba en la ciudad y no lo hubiese buscado le dolía demasiado.

Por fortuna, la chica respondió.

-Te doy mi palabra: no tenía idea de que habías vuelto.

No hay forma de describir el alivio que sintió en ese momento.

-Llegué el domingo en la noche –soltó él –. Te juro que lo primero que hice en cuanto amaneció fue ir a buscarte a tu casa, pero me abrió una mujer que nunca había visto y me dijo que ya no vivías ahí.

El rostro de la chica se ensombreció apenas una fracción de segundo, pero luego sonrió de nuevo.

-Así es, cabeza de balón –dijo –cambié de domicilio –, y luego, abriendo muy grandes los ojos, como si acabara de escucharlo, preguntó: -¿Sorpresa? ¿Cuál sorpresa?

Arnold sonrió; tal vez sus besos también serían de efecto retardado.

-Esto –dijo, sacando de su mochila una cajita de madera hermosamente labrada. Tenía la figura de un jaguar en medio de la selva, y había una brillante piedra azul en cada uno de los ojos.

-¡Wow! –exclamó ella.

-Ábrela –dijo él, visiblemente emocionado.

Y ella obedeció. Y tan pronto como lo hizo, su sonrisa se congeló en sus labios.

Adentro estaba algo que ella conocía muy bien. Un pequeño relicario de forma ovalada estaba ahí, con una fotografía de ella a los diez años.

La chica estaba pasmada.

-Ese es mío, como recordarás –dijo él, deleitado ante la turbación de la chica –la cajita sí es para ti, esto, dijo señalando la alhaja aún en la mano de ella –sólo lo iba a dejar dentro para que supieras que había vuelto.

Ella seguía de piedra; los ojos clavados en la foto. La mano trabada sobre el relicario.

Un minuto… dos…

Ok. En un principio había sido lindo, pero, honestamente, comenzaba a asustarse.

-¿Estás bien?

Ahora era él quien preguntaba.

Pero esto era realmente grave, la chica ni siquiera parpadeó; de hecho, parecía que ni siquiera respiraba.

-Oye… -Puso una mano sobre su hombro e instantáneamente ella dio un respingo. Bueno, al parecer se había quedado sorda, pero al menos no había perdido el sentido del tacto.

-¿Estás bien? –Repitió.

Los ojos azules se movieron lentamente de la foto hasta quedar clavados en los suyos. Había una maraña indescifrable de sentimientos ahí dentro.

La chica asintió lentamente, abrió los labios, pero sólo emitieron un sonido ahogado.

Lo volvió a intentar:

-Aún lo tienes –dijo al fin; su voz sonaba increíblemente profunda.

El chico asintió; iba a hacer la siguiente pregunta obvia, pero de repente sintió miedo de escuchar la respuesta.

-Wow –soltó ella, junto con un suspiro, y se lo devolvió. –Han pasado tantos años…

-Sí –dijo él, al tiempo que ella le devolvía su preciada posesión.

-Menos mal que te vi primero. Encontrarlo así me habría provocado un infarto.

El chico se rió aunque, en el fondo, por algún motivo se sentía muy triste. ¿Qué rayos esperaba? En verdad habían pasado MUCHOS años…

-Supongo que estás en la escuela de nuevo, ¿verdad? –Preguntó ella, luego de sacudir ligeramente la cabeza –Lo digo por la mochila que traes al hombro –le aclaró, antes de que preguntara; el chico asintió.

-Tengo matemáticas –le dijo -¿Y tú?

Por toda respuesta, la chica puso la mano sobre su hombro.

-Espero que vayas al corriente con tus estudios –le dijo, al tiempo que emprendía la marcha y lo hacía caminar a él también –Hoy vamos a trabajar en parejas, y por nada del mundo te dejaré hacer equipo con alguien más -Le dijo a modo de juego, pero la conocía demasiado bien para saber que iba en serio. Sonrió. Por nada del mundo se le hubiese ocurrido hacer equipo con alguien más.

Llegaron al salón. La chica lo hizo tomar asiento frente a ella y, aunque pasaron como cinco minutos antes de que comenzara la clase, la chica no le dirigió la palabra más que para indicarle el tema que iban a ver ese día, y una vez que éste le confirmó que estaba familiarizado con este, la chica le ordenó que lo repasara en su libro para luego ella misma hundir la nariz en el propio.

Esto era extraño. Muy extraño. Ella lo trataba como si se hubieran visto todos los días desde su tormentosa despedida… ¿Había acaso algo que él desconocía?

Suspiró resignado y se concentró en la lección. Por algún motivo, la clase de hoy parecía importarle demasiado a la chica, así que más le valía hacer un buen papel.

El profesor llegó. Como buen chico nuevo se presentó ante la clase y, respondiendo pregunta tras pregunta, les tocó escuchar una probadita de lo que había sido su vida en los últimos años. Todo el grupo estaba atento a cada palabra. Todo el mundo, menos ella, que seguía con la nariz clavada en el tonto libro de matemáticas.

-Bien –Soltó el profesor, poniéndose de pie de repente, haciendo que las manos que se habían levantado de repente, ansiosas por saber más cosas, se bajaran. –Por más triste que suene, creo que es hora de abandonar las exóticas tribus africanas y volver a nuestra aburrida realidad.

La clase entera soltó un suspiro de reprobación.

Era gracioso notar cómo, a medida que lo habían ido escuchando, la clase se había ido sincronizando en risas y exclamaciones admiradas, que ahora actuaban como un único ente; como un mecanismo cuyos engranes se movían en una sincronía perfecta. Bueno; casi todos. Había un hermoso engrane rubio que parecía encontrar ese estúpido libro mucho más interesante que él.

Maldito libro de matemáticas. Qué ganas de romperle su estúpida cara a golpes… o más bien, su estúpida portada.

oOo

La luna había asomado su brillante faz ya. Era la tercera noche ahí, pero aún no se acostumbraba del todo.

Cinco años. Habían pasado más de cinco años sin ver ese pedazo de cielo. El pedazo de cielo de su infancia que al fin volvía a ser suyo. Era la tercera noche que lo veía, pero aún no se lo creía por completo.

Había vuelto.

Recordaba cómo antes, de niño, miraba esas estrellas y fantaseaba con infinidad de aventuras. Luego, cuando había salido al mundo a vivir esas aventuras, lo único que pensaba era en esas estrellas. En ese pedazo de cielo que estaba cerca de ella.

Se preguntaba cada noche, antes de que el cansancio lo dejara fuera de combate, cómo estarían todos por allá: Cómo estaría Gerald; Si habría conseguido un trabajo y se llevaría mejor con su hermano, si ya tendría otro mejor amigo; si Ernie seguiría en la construcción, si el señor Kokoschka ya habría conseguido empleo; si seguiría casado con Susie… Si su abuela no se habría roto la cadera trepando en los tejados; si su abuelo seguiría sin comer frambuesas… Si Abner seguiría con su cola tan enroscada…

…Si ella aún pensaría en él…

Ella. Su suave ángel de aterradores puños. De ojos brillantes y labios anhelantes…

¿Por qué no la había besado esa última vez?

Recordaba haberla abrazado hasta quedarse sin lágrimas. Cómo la noche había caído sobre ellos y las estrellas (sí, esas mismas estrellas), los habían bañado con su luz esa noche.

-Tengo qué irme –Había dicho al fin, luego de mucho pensarlo, mientras la tomaba por los hombros y la retiraba suavemente. –Comienza a hacer frío.

Ella lo había mirado con ojos enrojecidos. La luz de los astros le daba un brillo fantasmal a su cabello.

-Sí –había musitado ella, desviando la vista –No querrás emprender un viaje tan largo estando resfriado. –Y se pasó el dorso de la mano por la nariz, al tiempo que un pequeño espasmo la estremecía levemente.

-Helga… -Había comenzado él, pero ella se había puesto de pie.

-Buen viaje, Arnold. –Cuando menos lo había pensado, ella había desaparecido detrás de la puerta de su casa.

…Se había arrepentido tanto de eso…

Se había recriminado una y mil veces no haber pasado la noche ahí, junto a ella, abrazándola, secando cada una de sus lágrimas… deseaba tanto no haberla soltado nunca…

Y por eso, en esos momentos, se odiaba por ser tan feliz.

Porque esos cinco años habían sido fenomenales. Aunque diferentes a su primera experiencia en la selva, donde tantas cosas significativas habían pasado…

Ahí, donde su mundo se había hecho pedazos, y vuelto a unir de una manera increíble.

Ahí, donde había recuperado a sus padres…

Ahí… Donde la había obtenido a ella

Se había sentido tan completo en ese tiempo…

Luego todo había cambiado de nuevo…

Había vuelto a la aventura, pero con sus padres en lugar de ella.

…Y había sido genial.

Había qué admitirlo. Si pudiera viajar en el tiempo, se hubiera ido con sus padres de nuevo.

…Y la habría abandonado de nuevo.

Pero sólo físicamente.

Porque no había pasado ni un día; literalmente, NI UN SOLO DÍA en el que no hubiera pensado en ella, y no hubiera sentido ese deliciosos cosquilleo en su estómago; esa cálida y reconfortante sensación en su pecho.

Porque ella era un ángel, Un ángel que había venido a la tierra sólo para estar con él.

Siempre había tenido esa certeza.

Hasta hoy.

Hasta ese momento en el que se preguntaba qué rayos había pasado.

En la clase de matemáticas, cuando el grupo se había abalanzado sobre él a pedirle que fuera su compañero de equipo, la chica se había puesto de pié y atenazado su brazo alrededor del cuello de él y les había gritado, a modo de broma (de sus bromas absolutamente en serio):

"¡Yo lo vi primero, apártense!"

En ese momento, cuando uno de sus senos se aplastaba contra su oreja, y el olor de su cuerpo se colaba por cada uno de los poros de su ser, había sentido que, indudablemente, seguía siendo suya.

Sin embargo, después de esa clase no había vuelto a verla hasta el receso, junto a Phoebe, comiendo y charlando feliz. Pero no había podido acercársele. El resto de sus amigos de la infancia (especialmente Gerald) habían exigido su atención.

La había vuelto a ver en literatura, pero, como se había perdido antes de llegar al salón, había alcanzado apenas el último asiento disponible, justo en el polo opuesto del lugar donde ella se sentaba. Así que se había conformado con admirarla de lejos, mientras esta absorbía la clase con extraordinaria avidez.

La hora de salida apenas había logrado alcanzarla, pero la chica había rechazado su invitación a caminar juntos a casa, argumentando que tenía otros planes.

-Además –le había dicho –no sé si recuerdas que vivo en otro lugar ahora; mi casa ya no queda de camino a la tuya.

Tampoco había querido verlo más tarde ese día, y luego había desaparecido.

…No sin antes plantarle un sonoro beso en la mejilla.

-Bienvenido a casa –le había dicho, y había huido.

…Y él estaba tan en shock que ni siquiera había visto para dónde se iba.

Se levantó de la cama y miró el reloj. Eran las siete. Su teléfono sonó. Era Gerald.

-Hey, viejo, ¿Tienes ganas de salir con tu viejo camarada?

La verdad era que no, pero su viejo amigo sonaba tan emocionado que no podía responder con una negativa.

Gerald. Una de las pocas cosas que no había cambiado. Más allá del físico (rayos, cómo había crecido), seguía siendo el mismo y, al parecer, felizmente, seguían manteniendo el estatus de mejores amigos.

…Sí; era bueno cuando el estatus en las relaciones era claro.

-Por supuesto –respondió él, tratando de sonar animado. -¿A dónde quieres ir?

-Al cine –respondió el otro –Hoy estrenan en gemelo malvado XI.

Arnold sonrió.

-Genial –dijo –pero tendrás qué ponerme al corriente de varias entregas.

La risa de su amigo al otro lado de la línea se le contagió.

-Paso por ti en 20 minutos.

Y salieron juntos, entraron al cine, y Gerald lo puso al corriente de lo que tenía qué saber (Por suerte, las películas de terror rara vez tienen tramas complicadas), se rieron, compraron palomitas…

…Y luego la miró ahí, entrando en la misma sala que ellos, junto a un chico que obviamente iba con ella.

Bien; el libro de matemáticas podía sentirse tranquilo, porque la furia de cierto rubio muy bronceado acababa de cambiar de objetivo.