Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon, nada me pertenece ni obtendré ningún tipo de lucro (sólo el simple placer de escribir).
Añoranza
A pesar de que ya pasaban de las tres de la madrugada, Arnold no podía dormir; tenía una sobrecarga de información dentro de la cabeza y amenazaba con hacer cortocircuito. Había llegado cerca de las 12:30 a su casa; su padre, que era el único despierto, lo había mandado directamente a la cama "ya hablaremos mañana" le había dicho, pero no parecía molesto.
Helga.
Al parecer, se había vuelto incapaz de pensar en otra cosa desde que había llegado. Lo que antes (hacía menos de una semana, de hecho), había sido una dulce fuente de inspiración y un poderoso motivo para desear volver a casa, se había convertido en una obsesión; simple y llanamente.
Eso le pasaba por fantasear durante años con algo que estaba totalmente fuera de su alcance: y ese algo era llamado destino.
¿Qué podía saber él del destino? Siempre había confiado que sería bueno y brillante, y que sólo cosas buenas les deparaba a todos. Nunca hubiera pensado que, si bien con él era casi un santo, (¡incluso le había devuelto a sus padres, y había vuelto realidad sus fantasías de niñez!), con otras personas parecía ensañarse de la forma más cruel e injusta.
Y ella era una de ellas.
Él, quien no sabía nada del mundo, ni cuando había vivido en la civilización, ahora menos, con años y años de aislamiento en diminutos asentamientos humanos, alejados de la mano de Dios, como dirían algunos, y grandes espacios abiertos de naturaleza en su estado más virgen… y equipos de muy alta tecnología, y muchos técnicos, directores y quién sabe cuántas cosas más los primeros años.
Y al "no saber nada del mundo" se refería al mundo real; ese que condenaba a inocentes niñas a una vida de tristezas e incomprensión; de abandono, que les daba la felicidad con la que tanto habían soñado por tan sólo un momento, luego se las arrebataba y, como premio de consolación, las llenaba de problemas y luego las mandaba al hospital por meses…
"Ahora es feliz" se decía a sí mismo. Sin embargo, sentía que le hacía falta algo a esa frase; algo que no se atrevía ni a formular dentro de su cabeza, y que, sin embargo, había estado asechándolo desde la vez que había hablado con ella, frente al casillero que se negaba a abrirse.
"Ahora es feliz… sin mí."
Bien, lo había dicho: Ella era feliz sin él. Al menos, todo parecía indicar eso. Él se la había imaginado siempre, feliz, sí. (En su eternamente optimista cabeza jamás se le había ocurrido pensar que ella tuviera más dolores que una dulce nostalgia y añoranza por él, tal y como él lo había sentido por ella), pero deseando su regreso. Esperándolo a él para poder ser completamente feliz…
Pero ella lo había recibido como a un amigo no tan cercano del que tenía un tiempo sin saber nada… O tal vez ni eso, porque ni siquiera le había preguntado cómo le había ido. ¡Por todos los cielos, ni siquiera había puesto atención a lo que había dicho en su presentación!
Al parecer, por ella no debía preocuparse; por quien debía hacerlo ahora era por sí mismo…
¿Qué iba a hacer si ella había dejado de amarlo? Él no tenía un "plan B" para algo así…
oOo
Caminaba lentamente; un montón de preguntas rondaban en su cabeza. Maldición. ¿Por qué tenía qué preocuparse ella por eso? Tenía cosas más urgentes en las qué pensar, y no las había pensado por estar pensando justamente en "eso."
Presionó el botón del intercomunicador, y un "ya voy" le respondió inmediatamente.
Un minuto o dos después, la chica salía del elevador, aún con el cepillo de cabello en la mano, que metió en la mochila en cuanto la vio.
-Llegas tarde –fue todo su saludo; la otra frunció el seño.
-Pues tú no parecías tener precisamente horas esperándome.
La rubia sonrió; la otra la imitó.
-Me atrapaste –soltó –, la verdad es que me quedé dormida.
-Yo también –admitió la otra, junto con un suspiro, cuya la mitad era un bostezo.
–Tenía tantas cosas en qué pensar, que casi no pude dormir anoche –afirmó la rubia, pasando ambos brazos sobre su cabeza.
-Al menos tú no dormiste por voluntad propia; a mí no me dejaron dormir. –Soltó la pelinegra, a medio camino entre la molestia y la resignación.
Su amiga volteó a verla con una mirada pícara en el rostro, la otra inmediatamente se ruborizó.
-¡No es lo que piensas! –Exclamó, más fuerte de lo necesario –, me hablaron por teléfono pasada la media noche –aclaró, haciendo un gracioso puchero.
-¿Y se podría saber quién te habló? –preguntó la otra, enarcando una ceja, sin quitar la suspicaz expresión del rostro.
-Gerald –soltó Phoebe de mala gana, desviando la mirada.
-¡¿Ya ves que sí era lo que pensaba?! –le recalcó la otra, triunfal.
-¡Sí! –Respondió ésta, aún a medio camino entre la molestia y la vergüenza –pero no por lo que piensas.
-¿Y entonces? –soltó Helga, un poco curiosa.
-¡Por ti! –respondió la menuda chica, mirando a su amiga algo molesta.
La otra alzó las cejas, sonriendo maliciosamente.
-¿Quiere hacer un trío o algo a…
Pero no pudo terminar, una mochila en forma de maletín le había dado de lleno en el estómago.
-¡Hey, Pheebs! –Exclamó, una vez que sus pulmones se llenaron de aire de nuevo -¡Te estás volviendo muy violenta!
-¡Tú me sacas de quicio! –soltó la otra, aunque se veía algo culpable, obviamente no había planeado darle tan fuerte. –Perdón –soltó, un momento después –, pero es que esa tonta competencia me tiene con los nervios de punta, y anoche me la pasé consolando a mi novio porque no sabe cómo consolar a su mejor amigo ¡porque no sabe cómo lidiar contigo!
Helga se detuvo un momento, tenía los ojos como platos.
-¿Qué?
-Lo que oíste –soltó la otra –y mejor camina porque no quiero, además, llegar tarde a la escuela.
Helga tuvo qué correr un poco para darle alcance a su amiga, quien no había detenido la marcha.
-¿Arnold no sabe cómo lidiar conmigo? –le preguntó, un vez que estuvo junto a ella.
-Ajá –respondió la otra. –Al parecer, que salgas con otros chicos lo está volviendo loco.
Helga dejó de caminar de nuevo. Esta vez Phoebe hizo lo mismo. La rubia tenía la mirada clavada en el piso; el labio inferior le temblaba ligeramente.
-Él se fue durante cinco años –soltó de pronto la otra, sin voltear a verla -¿Qué rayos esperaba? ¿Qué me recluyera en un convento hasta que volviera?
Phoebe resopló.
-Eso debes hablarlo con él –le respondió, meneando la cabeza lentamente –Yo no puedo responderte esas cosas, y ciertamente Gerald tampoco puede responderle a Arnold lo que sólo tú sabes…
Helga parecía clavada en el piso.
-Es un idiota –soltó, al fin, como si acabara de resolver un ecuación especialmente complicada.
Phoebe se encogió de hombros, al tiempo que retomaba la marcha.
-Entonces ve y díselo, pero, por el amor de Dios, ¡dejen de meterse con mis horas de sueño!
Helga ya no respondió; meterse con una Phoebe desvelada y medio histérica antes de una competencia era más peligroso que meterse a un jaula llena de leones hambrientos. Desvió la mirada, molesta; la primera clase le tocaba literatura: con su histérica mejor amiga, por cierto, molesta con ella, y sí, con Arnold…
…Vaya manera de comenzar el día…
Llegaron al salón, Phoebe tomó su asiento, sacó una libreta y se puso a dar los últimos toques a la tarea de ese día, Helga sólo arrojó la mochila a su silla y buscó con los ojos a cierto rubio con cabeza de balón.
…Pero aún no había llegado. Gerald tampoco, por cierto.
El moreno llegó más de veinte minutos después de empezada la clase, el otro, hasta el segundo periodo, y no se dio cuenta porque tuvieran clase juntos, sino porque lo vio entrar corriendo a la escuela cuando ella se dirigía hacia su casillero. Lucía terrible.
"Creo que este no durmió nada" pensó, y se dijo a sí misma que más le valía evitarlo por el resto del día. No sería demasiado difícil; no tenían ninguna clase juntos ya.
Pero se equivocó.
A la hora del almuerzo, Phoebe le dijo que Gerald se les iba a unir para comer, y como lo supuso, cierto rubio lo acompañaba.
-Hola, Phoebe, Helga.
Fue todo lo que dijo, al tiempo que dejaba su charola sobre la mesa.
-Hola –soltó ella, al tiempo que sacaba su lonchera de la mochila –. Creo que acabo de perder el apetito –le murmuró al rubio, al ver que Phoebe y Gerald intercambiaban saliva como saludo matinal.
Arnold sonrió, un tanto abochornado. Tal vez para Helga fuera algo del día a día, pero a él definitivamente le tomaría un tiempo acostumbrarse a las demostraciones de afecto de ese calibre de sus dos otrora inocentes compañeros de primaria.
-Lo hacen todo el tiempo –le susurró, y su tibio aliento sobre la oreja le provocó escalofríos –ya te acostumbrarás… o no –agregó, fingiendo escalofríos.
Arnold la miró, preguntándose cómo se sentiría probar ese tipo de saludo matinal con semejantes labios sonrosados.
Nadie dijo ni media palabra mientras comían, fue hasta casi terminar que Phoebe tomó la palabra.
-Junté a Arnold y a Gerald en nuestro proyecto de literatura –soltó de pronto, mirando a Helga. Gerald terminaba su pudín en ese momento, sin darse por enterado, Arnold sólo frunció el seño; no tenía ni idea de qué proyecto hablaba.
-Son equipos de dos, Phoebe –le respondió Helga, mirándola preocupada; en verdad parecía afectarle la más mínima falta de sueño.
-Lo sé –soltó la otra, despreocupadamente –, le dije al profesor que expondríamos por separado, pero trabajaríamos en el mismo proyecto, para explicarles –luego se encogió de hombros –Arnold va llegando y Gerald… bueno, hoy prácticamente no estuvo en clase…
-Y el profesor te cumple todos tus caprichos porque eres su favorita –la interrumpió la otra, desperezándose –no sé por qué te prefiere a ti; yo soy la que trae las medallas de literatura a la escuela.
-Sólo has traído tres –le respondió la otra, con fingida molestia –yo soy la que llena el medallero de la escuela, y eso todos lo saben.
-Y también llenas el comedor con tu enorme cabeza inflada –soltó la otra, imitando una expansión con sus manos.
-Al menos es lo único inflado que traigo –le respondió la otra, señalando cierta parte de la anatomía de su amiga que hizo que los dos hombres ahí presentes se sonrojaran notoriamente.
-¡Hey! –Exclamó la otra, cruzando sus brazos sobre los pechos –¡Estas son 100% Helga Pataki!
-¡Claro! –Soltó la otra, junto con una carcajada –¡justo ayer no tenías ni la mitad!
-Pues creo que necesitas otros lentes –respondió la aludida, poniéndose de pie -¿Quieres que te demuestre que son mías?
-Si no, me debes una entrada al parque de diversiones, ¡En domingo!
-Ok –soltó la otra –y si son mías, tú pagas.
-Hecho.
Y se retiraron a quién sabe dónde a comprobar teorías.
Arnold miró a su amigo con los ojos como platos.
-Ya te acostumbrarás –soltó Gerald, encogiéndose de hombros –el único problema es que nunca te piden que funjas como juez.
Y terminó su malteada.
De pronto, una idea cruzó por su cabeza.
-Oye, Gerald, ¿Phoebe antes…
Pero no se le ocurría cómo formular la pregunta exactamente, sin embargo, como ya se hacía costumbre, su compañero se le adelantó.
-No sé en qué momento comenzaron a llevarse así –le dijo –cuando Helga regresó, ya se trataban de esa forma; supongo que se estuvieron viendo durante esos dos años que Helga desapareció, y ve tú a saber qué cosas harían. Pero, como es costumbre, eso también es Top Secret… -luego agregó, mordisqueando el popote de su extinta malteada con expresión soñadora –aunque confío en que algún día esos expedientes sean desclasificados…
Arnold frunció el ceño, un tanto divertido, al ver la expresión en la cara de su amigo, luego le preguntó intrigado de pronto:
-Y tú… ¿de casualidad aprendiste a leer la mente o algo así en este tiempo? Cada vez que pienso o estoy a punto de decirte algo, tú me respondes sin siquiera haberme escuchado.
Gerald se encogió de hombros.
-¿Has tratado de convivir con esas dos al mismo tiempo, tú sólo? –le preguntó, con los ojos muy abiertos –Supongo que es un asunto de adaptación –continuó –Las mujeres en general son mucho más hábiles con el lenguaje que nosotros los varones, y si a eso le agregas la especie de simbiosis que existe entre las dos, y la agilidad mental de ambas… bueno; o aprendes a leer un poco la mente, o te quedas con la boca abierta cada rato como un idiota, teniendo la certeza que se están burlando de ti, pero sin comprender cuál fue el chiste…
Arnold se imaginó el escenario, y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espina dorsal; Tal vez era hora de comenzar a trabajar en sus habilidades telepáticas.
En ese momento Helga y Phoebe volvían, y por la expresión de ambas, Phoebe acababa de ganar un pase todo pagado al parque de atracciones… en domingo.
-Estúpida Olga –soltó, al momento que se dejaba caer en su silla –¿Quién le da derecho de comprarme ropa interior y ponerla en mi cajón sin decírmelo?
Por toda respuesta, Phoebe sonrió de manera triunfal.
-¡Y no es tanto! –Agregó, mirando la expresión en el rostro de Gerald –sólo tiene un poco de relle…
Pero se cortó a mitad de la frase; su rostro tomó un encendido color escarlata al toparse con ciertos ojos verdes que la veían, demasiado atentos a los detalles.
-¿Por qué rayos les doy explicaciones a ustedes dos, par de zopencos? –Soltó, cruzándose de Brazos.
-Yo sé que sólo es un poco, querida Helga –le dijo el moreno, dándole un fraternal apretón de hombros a la rubia –la naturaleza ha sido bondadosa contigo estos últimos años, lo sé…
Y luego salió disparado al suelo.
-¡Suficiente! –Se había puesto de pié y su cara resplandecía como un semáforo, y más valía obedecer la indicación que daba en ese momento: detenerse justo ahí –¡Me largo!, y tú, Phoebe, más vale que le pongas un bozal a ese novio tuyo, o la próxima vez no me voy a contener…
Y se dio media vuelta y salió de ahí hecha una furia, con el resto de la escuela siguiéndola con la mirada.
-Es TAN sexi cuando se enoja… -soltó el fornido chico, mientras regresaba a su silla.
Phoebe le dio un golpe algo fuerte en el hombro.
-¿Podrías esperarte a que me vaya para hacer ese tipo de comentarios? –le reclamó, aunque más que nada, parecía divertida.
Por toda respuesta, el otro la atrajo hacia sí de forma algo salvaje y le plantó un beso tan apasionado que la chica pareció desfallecer en sus brazos.
-Tú sabes que sólo tengo ojos para ti –le dijo, con la voz más profunda de todo su arsenal.
…Y Arnold tomó eso como su señal para retirarse.
-¡Nos vemos a las tres en tu casa! –Le gritó el Moreno, al ver que su amigo huía de ahí a toda velocidad del comedor; el otro sólo levantó una mano, en señal de mensaje recibido.
Por todos los cielos… Las cosas habían cambiado tanto en estos cinco años…
Parte de él, agradecía que en la siguiente clase no estuviera ninguno de ellos, sin embargo, sonrió.
Definitivamente, era bueno estar en casa.
oOo
Arnold estaba tendido en su cama, practicando su deporte favorito: pensar en cierta intempestiva rubia de penetrantes ojos azules. No había vuelto a verla desde el almuerzo…
Aún no se acostumbraba a la nueva mecánica entre ella y su mejor amigo…
Todo parecía haber sido sacudido por un poderoso huracán desde que él se había ido, y ahora se encontraba en un mundo patas arriba… Pero también, aterradoramente familiar…
Un ruido lo sobresaltó; tocaban a su puerta.
-Arnold, ¿Estás ahí?
El chico sonrió. Era Gerald. Ahora que lo recordaba, le había anunciado visita a las tres.
Se puso de pie de un salto y abrió la puerta.
Y la volvió a cerrar de golpe.
¿Qué rayos hacía ella ahí?
Volvió a abrirla, y esta vez unos ágiles brazos lo aventaron a un lado, abriéndose paso hacia el interior, seguida de una pareja tomada de la mano.
-Gracias por el portazo, cabeza de balón –soltó molesta la rubia, mientras se sentaba descaradamente en su cama.
-¿Qué? ¿No soportas una cucharada de tu propia medicina? –le espetó el moreno, al tiempo que la veía, burlón.
-Ya no lo haré –soltó la aludida, frotándose la punta de la nariz –…hasta el sábado –completó. Gerald y la susodicha compartieron una sonrisa de complicidad y luego soltaron una carcajada; Phoebe sólo meneó la cabeza, reprobatoria.
-Íbamos a hacer el proyecto de literatura, ¿recuerdas? –dijo la pelinegra al confundido anfitrión, optando por ignorara las malvadas burlas de su novio y su mejor amiga hacia tantos incautos compañeros de escuela juntos; Arnold se rascó la cabeza.
-No sabía que era hoy –dijo.
-Te lo hubiera dicho si no hubieras huido como liebre durante el almuerzo –le espetó su amigo, aún medio ahogado de risa.
-De seguro no le dejaron otra opción –le dijo Helga a Gerald, suspicaz –ya me imagino que deben de haber comenzado alguna de sus explícitos actos de exibicio…
Una contundente carraspeada la cortó en seco, al tiempo que la chica de lentes estrellaba un montón de cuadernos y libretas sobre la cama, algo sonrojada.
-ya repartí el trabajo –soltó, en un tono que no daba lugar a réplicas -, así que, Helga, esta es tu parte –y tomó la mitad de los libros –Arnold, esta es la tuya –y tomó la otra mitad.
Helga enarcó una ceja.
-¿Y se puede saber cuál es su parte? –le preguntó, molesta.
Por toda respuesta, Phoebe tomó a su novio de la mano.
-Nuestra parte es largarnos de aquí –respondió.
-Lo siento, viejo, pero ya estamos hartos de que nos pongan entre ustedes –soltó el moreno, mirando a su amigo algo angustiado.
-Lo que quieran saber el uno del otro, pregúntenselo –completó la pelinegra –nosotros ya cumplimos con reunirlos.
Y sin decir una palabra más sobre el asunto, salieron del cuarto, dejando a los dos rubios en shock.
Pasaron varios minutos sin que ninguno dijera nada; Helga, aún sentada sobre la cama, Arnold, aún de pie; ambos con la vista clavada en la puerta.
-Phoebe pasó de ser simplemente una genio, a una genio del mal –Helga fue la primera en romper el silencio.
Arnold volteó a verla; sentía que tenía una manada de perros y gatos correteando en su estómago; la rubia, con la mirada clavada en las colchas de él, no parecía en mejores circunstancias…
-D-debe haber sido tu influencia –balbuceó, tratando de sonar gracioso.
Sin levantar la mirada, la chica respondió
–Obviamente es por mi influencia –y luego suspiró, al tiempo que seguía con sus dedos los patrones geométricos de la tela –, pero creo que he creado a un monstruo.
Arnold rio sinceramente; Helga lo acompañó, pero no levantó la vista.
El chico comenzaba a acostumbrarse a sentir el corazón contra sus oídos.
Se sentó a un lado de ella, mientras tomaba un cuaderno.
-Creo que nos tocará hacer el proyecto a los dos solos –soltó, feliz de tener algo en qué ocupar su mente; para su desgracia, Helga empujó con la mano todos los libros y libretas hasta tirarlos en el piso.
-Ya está hecho –soltó. Un extraño tono monocorde se había apoderado de su voz. Además; ¿no pensaba despegar la vista jamás de esa estúpida colcha?
-¿Eh?
Arnold clavó la visa en el cabello que cubría la cara de la chica, confundido.
Helga al fin levantó la vista.
-Phoebe jamás dejaría un proyecto de la escuela, es decir, sus calificaciones, en manos de terceros, especialmente si esos terceros iban a estar pensando en todo menos en el estúpido proyecto.
Arnold suspiró, la chica, definitivamente, tenía razón.
Se sumieron en el mutismo total por un momento, y entonces, después de tantos años, los chicos hicieron algo otrora tan común, ahora tan extraño.
Sumergirse mutuamente en el universo infinito de sus miradas. El verde y el azul conectados; como el cielo perdiéndose de la vista en las aguas de un lago.
Sentía ganas de saltar sobre ella, apretarla entre sus brazos y no soltarla hasta el próximo milenio. Pero se contuvo, teniéndose qué conformar con apretar las estúpidas colchas con los puños.
Tantos años de tenerla tan endemoniadamente lejos… Y ahora, que la tenía ahí, enfrente, sentía que la distancia entre ellos no había hecho más que crecer…
"Te amo"
Esas dos estúpidas palabras le quemaban los labios, pero simplemente no podía pronunciarlas.
…Y ella lo miraba de esa forma tan insondable…
Tenía qué decir algo, o iba a volverse loco.
-Phoebe dijo que querías preguntarme cosas –dijo al fin, la otra lo miró un poco sobresaltada ante el abrupto comentario –. Pregunta lo que quieras.
La chica desvió la mirada.
-No hay nada que quiera saber, Arnoldo –soltó, algo ofuscada.
Helga… ¿No podía hacerle las cosas fáciles, al menos por una vez en su vida?
-Ok… -soltó él –entonces preguntaré yo, ¿estás de acuerdo?
La chica sólo se encogió de hombros; la infame colcha había tendido su embrujo de nuevo sobre los ojos azules.
-¿Cómo has estado todos estos años? –Preguntó, casi sin pensar.
Helga hizo un gesto de indiferencia, aún sin verlo.
-Supongo que Gerald o Phoebe ya te dieron un resumen de mi vida… o cualquier otro; al parecer, mi biografía se ha vuelto del dominio popular…
Arnold se tomó su tiempo para planear la próxima vez que abriera la boca; definitivamente, estaba pisando terreno peligroso…
-Nunca me escribiste… -soltó.
-Tú tampoco –le respondió ella, levantando la mirada al fin.
-Al principio sí lo hice; luego fue demasiado obvio para mí que no querías tener contacto conmigo… -respondió él, un poco a la defensiva.
-Pues hasta donde yo recuerdo, tú nunca te rendías TAN fácil –lo cortó la otra, tajante.
-¡Ni siquiera sabía dónde estabas! –Se defendió él –NUNCA supe tu dirección, porque tú no querías que la supiera.
Helga se movió un poco hacia atrás, mirándolo, aprehensiva.
-¿Y cuando volví a la ciudad? –soltó, casi en un murmullo.
-Tú seguías sin escribirme –le respondió él, ceñudo –Es verdad que era difícil ponerse en contacto conmigo, pero se podía.
-Era MUCHO más fácil que tú me enviaras una carta. –soltó la otra, cada vez con menos energía.
-No sabía tu dirección –soltó él.
…Y entonces la lluvia de absurdos pretextos se detuvo.
-Pensé que no ibas a hablarme hasta que volviera, tú sabes, para hacer presión…
Helga lo miró, confundida.
-Bueno –soltó el otro, encogiéndose de hombros –verás, Gerald, después de que volviste, me contó sobre tu regreso… y en lo increíblemente guapa que te habías puesto.
Helga volteó a verlo, a medio camino entre la vergüenza y el enojo.
-¿Qué?
-Él me dijo que ni le pidiera ninguna foto tuya, porque no me la enviaría –completó, sonriente. Helga parecía trabada entre dos emociones que se peleaban por salir al mismo tiempo; el chico se encogió de hombros –dijo que a ver si así al menos mi curiosidad (o desesperación) por verte me hacía venir más rápido…
La chica resopló, al tiempo que se cruzaba de brazos y desviaba la mirada, muy roja; al parecer, la vergüenza había ganado.
-No sé qué tiene el idiota de Gerald conmigo desde que volví…
Arnold sonrió.
-Le agradas –dijo simplemente.
La rubia lo miró, aún sonrojada, pareció por un momento lista para contraatacar, pero de repente pareció cambiar de opinión.
-Tengo una pregunta para hacerte –soltó de pronto.
Arnold se sintió en el cielo; Buena señal. Extraordinariamente buena señal.
-Adelante –soltó, mostrándole su sonrisa más franca.
La chica se mordió el labio inferior.
-¿Estás molesto conmigo, tú sabes… -desvió la mirada –por haber roto la comunicación todo este tiempo?
Esta vez el impulso fue más fuerte que cualquier cosa. Cuando menos lo pensó, se le había echado encima, rodeándola en un abrazo tan fuerte que a él mismo le dolían los brazos; la chica no le respondió, aunque tampoco lo alejó.
-Iba a preguntarte exactamente lo mismo… -soltó él, con voz ahogada.
De repente, sentía como si una tonelada de peso se hubiera retirado de sus hombros.
…Helga… Su Helga, estaba tan asustada como él…
Hundió la nariz en el rubio cabello, que en ese momento tenía una fragancia parecida a la de la vainilla, y sonrió. De niña olía a manzanas, y a veces a chicle… y su calor… el calor de su cuerpo era justo como lo recordaba; tan agradable que lo invitaba a no soltarla en los próximos cien años… Pero algo había cambiado. Ahí, donde antes sus cuerpos embonaban tan bien, había ahora ciertas protuberancias, suaves y a la vez firmes, apretándose contra él, que comenzaban a ponerlo nervioso…
…y mejor se separó, antes de que ciertas "protuberancias" aparecieran en su propio cuerpo.
Helga lo miraba de una forma extraña: parecía un tanto decepcionada por el abrazo tan corto.
-¿Otra pregunta? –inquirió él, sintiendo el calor abrasarle las mejillas.
-Nop –soltó ella, desviando la mirada, algo roja también.
-Vamos, Helga –inquirió él, buscando sus ojos -¿En serio no tienes curiosidad por todas mis increíbles aventuras?
Sonreía de la manera más genuina desde que había llegado a Hillwood; se sentía tan ligero en ese momento que, estaba seguro, la más ligera ráfaga de viento podría llevárselo sin esfuerzo.
Helga lo miró, parecía divertida también.
–¿Para qué preguntarte? ya están pasando por televisión tu tonto programa, ¿Lo sabías?
Arnold ensanchó su sonrisa; claro que lo sabía.
-Pero ahí no salgo yo –discrepó, divertido.
-Creo que una vez vi tu estúpida cabeza de balón detrás de un árbol –soltó, junto con una carcajada –Aunque tal vez era sólo una palmera enferma…
Silencio.
Arnold la había callado con un beso.
Nada loco y apasionado como el de sus amigos en la cafetería; sino uno inocente y limpio, como el que le había quedado debiendo la noche de su despedida…
Y entonces sí lamentó con toda su alma haberse ido: toda la adrenalina, el peligro y la emoción; la euforia que había sentido en esos años, ni todas esas emociones juntas se comparaban con lo que estaba sintiendo en ese momento… ahí, con la chica que, lánguidamente, se dejaba caer contra él, con sus suaves labios aún apretados contra los suyos, los ojos cerrados y las manos, que él sostenía de las muñecas, temblando de una emoción tan pura que parecía que iba a provocarle un infarto…
Era toda suya. Aún lo era; y lo sería para siempre, de eso se encargaría él.
Se separó de ella suavemente, sólo para depositar un corto beso en el mentón de la jovencita, que permanecía con los ojos cerrados. Luego la recargó contra su pecho, pero esta vez de una forma suave y protectora.
-Te extrañé tanto –soltó, apretando su cara sobre el brillante cabello de ella, quien, por toda respuesta, sólo asintió contra su hombro, donde había recargado su cara; el corazón de él se estrujó sobremanera al notar que ella había comenzado a llorar.
-Nunca volveré a dejarte sola, lo prometo –le susurró al oído…
Y ella se separó de inmediato de él; sus ojos, aún húmedos, lo miraban, molestos.
El encanto se había roto. Así, tan súbitamente como una pompa de jabón.
-Creo que mejor me voy –soltó ella, al tiempo que recogía su bolsa del suelo, ahí donde la había arrojado antes de sentarse en la cama.
Arnold se puso de pie de un brinco.
-¡Espera! –Exclamó -¿Fue algo que hice? –, luego sacudió la cabeza, mirándola, genuinamente angustiado –me adelanté, ¿cierto? ¡Debí haber esperado! –, se recriminó, sintiendo un nudo en la garganta de repente.
La chica lo miró un momento, seria, luego resopló y, para alivio de él, sonrió.
-No hiciste nada malo –dijo, aunque había en sus ojos una sombra de molestia al pronunciar esas palabras. –Estoy algo loca –agregó, meneando la cabeza –perdón.
Y, para gran alivio de él, volvió a sentarse en la cama, aún con la bolsa al hombro.
-¿Tendrías una cita mañana conmigo? –soltó él, sin pensar, sintiendo aún una leve opresión en el pecho.
-Claro –respondió ella de inmediato, encogiéndose de hombros –pero te advierto que ya me han llevado prácticamente a todos los rincones de esta ciudad.
Arnold la miró sorprendido, y el rostro de ella adoptó un brillante tono escarlata al caer en cuenta de cómo habían sonado sus palabras.
-Quiero decir… –se apresuró a agregar, visiblemente nerviosa.
-Sé lo que quisiste decir –la interrumpió el otro, poniendo una mano frente a ella, sonriente, luego agregó, algo serio –te conozco.
Helga sonrió, visiblemente aliviada; luego su rostro se puso serio también, de repente.
-Arnold –dijo –, Phoebe me dijo que te molesta lo de las citas…
Pero el chico la interrumpió de nuevo.
-Historia antigua –soltó –yo también conocí mucha gente en mis viajes, y conviví con muchas chicas, también.
Una sombra de enfado cruzó por el rostro de la joven, para absoluto deleite del rubio.
-Así que no nos andemos con reclamos ni disculpas; en cinco años pueden pasar demasiadas cosas. –Agregó, tajante –No nos podíamos recluir en una burbuja de cristal hasta que nuestros destinos se alinearan de nuevo.
Helga asintió, aunque no parecía muy contenta que digamos.
-Entonces te veo mañana. –dijo, al tiempo que se ponía de pié.
-¿Confirmamos de talles mañana en la escuela? –le preguntó él, sonriente.
La chica meneó la cabeza, tomó una de las libretas del piso y le anotó algo, arrancó el pedazo de hoja y lo puso en la mano del joven.
-Mi dirección –le dijo, e inmediatamente agregó –aunque tal vez no la necesites.
Arnold la miró, asombrado. Gerald tenía razón; tenía qué aprender algo de telepatía para hacerle frente a esta mujer.
-A las tres –agregó –así me das tiempo de arreglarme.
El chico, sonrió, apretando el papelito en su mano, sintiéndolo como oro puro.
-A las tres, entonces –confirmó, y sin pensarlo, la tomó de la cintura y volvió a besarla; esta vez lenta, profundamente, sintiendo con extraordinaria vividez cada ínfimo detalle de su encantadora faz.
-A las tres –repitió ella, luego de que se separaran, mientras se pasaba la lengua por los labios discretamente, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
Y luego, de súbito, emprendió la carrera por toda la casa hacia la calle, dejando al anonadado chico, como una estúpida estatua, parado en el marco de su propia habitación.
…Esta chica iba a volverlo loco…
…Y eso lo convertía en la persona más afortunada del planeta.
Nuevo capi... rápido, ahorita que tengo tiempo de escribir XD de nuevo gracias a todos lo que leen esta cosa y aún más para los que dejan reviews; mi más sincero agradecimiento a Mlanh de nuevo, y también a mi guest misteriosa, que ya no es tan misteriosa ahora que se identificó: ¡Muchas gracias también, Geraldine Hatch! Y bueno, de momento es todo, espero que lo hayan disfrutado y, si de casualidad algo no les gusta, también les agradecería que me lo dijeran, las críticas también ayudan mucho. Nos leemos y de nuevo, gracias.
