Derechos Craig Bartlett... etc.

Transición

El hombre se quedó con la boca abierta, a punto de darle un trago a su taza de café, al ver al bólido rubio que de repente pasó frente a sus ojos.

Una amplia sonrisa invadió su rostro al percatarse de quién se trataba: Era el jaguar de ojos azules, ni más ni menos.

Una ola de nostalgia lo invadió al verla, mientras su cerebro repetía lo que se había convertido casi en un mantra todos esos años, cada vez que pensaba en Hillwood; en casa: "Cómo hubiera deseado llevársela con ellos". Esa niña valía su peso ya no en oro, sino en diamantes; y verla ahí, aunque hubiera sido sólo una fracción de segundo, definitivamente iba a ser la mejor parte de su día, por muchos motivos.

Aún recordaba la primera vez que la había visto: increíblemente sucia, raspada y llena de moretones y costras, el brillante cabello desordenado cayéndole caóticamente sobre el, aunque lleno de borrones de lodo, muy blanco rostro, la ropa hecha jirones… Los enormes ojos azules, mirándolo con un fuego que amenazaba con reducir a cenizas todo a su alrededor… y entonces se había descubierto a sí mismo deseando, aún en medio de tantas cosas que tenía que pensar, en que ojalá que esa salvaje criatura se casara con su hijo…

Sí. Quería nietos con ese fuego en los ojos; definitivamente.

Nietos con la calmada sabiduría de su dulce hijo y el caos frenético de esa hermosa criatura… Nietos capaces de zamparse al mundo de una sola mordida.

…Pensar en nietos cuando apenas hacía unos segundos que había recuperado a su hijo, y éste sólo contaba con diez años, hubiese parecido la creación de una mente febril, atestada de emociones más fuertes de las que podía manejar; sin embargo, esa idea no lo había abandonado ni un solo momento desde entonces.

Quería a esa encantadora niña, ahora convertida en una encantadora jovencita, dentro de su familia; Como buen padre, sólo quería lo mejor para su hijo, y tenía muy en claro "quién" era lo mejor para él.

Recordaba haber visto a Arnold acompañado de algunas chicas muy lindas durante sus viajes, y recordaba haber sentido cierta aprehensión ante la idea de que él pudiera enamorarse de nuevo por allá; después de todo, el corazón joven, por lo general, es voluble. Pero ver la manera en que los labios de su hijo traían su nombre a la menor provocación, le había devuelto siempre las esperanzas.

…Claro que él habría aceptado a cualquier otra chica, si fuera lo que su hijo realmente quería, pero siempre tendría a la hermosa rubia en un lugar muy especial en su corazón.

Aquella fuerte y decidida muchachita que le había regresado a su hijo, y de una forma bastante poco delicada, por cierto.

Sonrió. Estaba enamorado de esa niña, pero de una forma totalmente inocente y limpia; la amaba de una forma muy parecida a la que amaba a su hijo.

La había visto entrar y salir de esa casa tantas veces, había platicado tanto con ella, que había logrado conocerla bastante bien: darse cuenta de lo increíblemente inteligente y despierta; caótica, romántica, sinvergüenza, artística y apasionada que era… y también darse una idea de el tipo de vida que llevaba allá.

…Y siempre su corazón se oprimía ante ese recuerdo.

-Estará bien, cariño –le había dicho Stella esa noche, cuando habían tomado aquella difícil decisión. –Ambos lo estarán, son unos niños muy fuertes.

Él la había abrazado, tratando de convencerse de ello. Por supuesto que eran fuertes, pero eso sería demasiado para ambos.

En primer lugar, era una crueldad separarlos. Punto.

Jamás había visto a una pareja tan enamorada, a pesar de su corta edad.

El echo de que alejar a sus propios padres de su nieto, después de haberlo criado todos estos años, le parecía el peor acto de cobardía del mundo, sin embargo, ellos lo habían apoyado en todo: "Estos huesos viejos aguantarán hasta su regreso" había dicho enérgicamente su madre, mientras mostraba los músculos de su brazo izquierdo, parada sobre el sillón, Phil había asentido, sonriente "Aquí estaremos cuando vuelvan, lo prometo," luego había agregado: "vayan y vivan su sueño, que para sufrimientos ya han tenido lo suficiente para el resto de sus vidas."

Él creía en las palabras de sus padres; sabía que no había ni el mínimo reproche en ellas, y que, en efecto, ahí estarían cuando volvieran, siempre con los brazos abiertos.

Arnold, aunque aprehensivo, les daba la razón también, y lucía discretamente emocionado por la posibilidad ante sus ojos. Sólo había algo que no lo hacía abrazar alegremente a su futuro por completo, y ese "algo" tenía nombre y apellidos… y un par de hermosos ojos azules que, detrás de todo ese fuego deslumbrante, ocultaban una profunda tristeza, ya vieja y algo resignada.

Y ella era la principal razón de que él mismo lo estuviera pensando tanto.

Dos años. Dos años de viajar por el mundo, de explorar hermosos parajes vírgenes y de conocer remotos asentamientos humanos; infiltrarse en sus costumbres, explorar reliquias del pasado… Todo puesto en charola de plata. El sueño de su vida servido frente a él con tenedor y cuchillo, esperando pacientemente a que lo engullera… y por si fuera poco, incluía a su familia… y todo sin costarle un centavo; es más, le pagarían, y bastante bien, por cierto…

¿Acaso estaba loco por atreverse a dudarlo?

No. Estaba preocupado porque cierta niña se iba a quedar sola en un mundo demasiado hostil para su gusto.

Pero al final había podido más su sueño. Se había dicho que era lo mejor para todos, y se había forzado a creerlo así. Helga se había quedado y ellos se habían ido. Habría dado su mano derecha por llevársela con ellos; por mostrarle el mundo y todas sus maravillas… por no dejarla sola…

Pero la niña no era su hija y, le gustara o no, estaba anclada a esa familia, y él nada podía hacer para impedirlo.

Recordaba el día que le habían informado su decisión final a su pequeño hijo. El había parecido en shock, especialmente, porque él había tomado la decisión en el último minuto, así que apenas le había dado tiempo de despedirse… y él sólo se había despedido personalmente de dos: primero su mejor amigo Gerald, y luego de la dulce fierecilla de bellos ojos azules.

Recordaba haber ido a recogerlo a la casa de la pequeña a una hora prudente, pero haberlos distinguido a la distancia, sentados frente a la casa de ella, abrazados…

Habían pasado más de una hora así (desde que él había llegado), y luego se habían separado de pronto.

Recordaba la cara de su hijo, casi en trance, al pasar por un lado del coche, sin verlo; sin escucharlo mientras lo llamaba. Se había tenido qué bajar y tomar a su hijo por el hombro y subirlo al vehículo. El chico no había pronunciado palabra, hasta el otro día en la mañana, cuando había tenido que despedirse de sus amados abuelos…

También había perdido la cuenta de el tiempo que había durado abrazándolos.

Luego había venido la despedida final, en el aeropuerto, de todos sus amigos y compañeros de clase. Ésta también había sido emotiva, pero algo deslucida, comparada con las otras que le había tocado presenciar. Luego había notado una cosa: la pequeña rubia no estaba ahí. Él tenía pensado despedirse de ella en ese momento, pues un día antes no había tenido corazón para interrumpirlos, sin embargo, para su gran decepción, la chica no se había aparecido.

Se recordaba a sí mismo analizando la expresión de su hijo y se dio cuenta que, contrario a él, éste ya había esperado que ella no se presentara.

Así que, desde aquélla vez, que la había visto de lejos, bajo la mortecina luz de la lámpara de la calle, desaparecer repentinamente tras la puerta de su casa, no había vuelto a verla, hasta ese momento.

…Y se había sentido como una refrescante ráfaga de brisa en medio de una infernal tarde de verano.

La niña había sobrevivido. La pequeña gran guerrera estaba ahí, en una pieza, y, para su gran deleite, parecía estar retomando viejos hábitos con su hijo.

Y su hijo se presentó ahora, frente a él, con el rostro completamente aturdido.

-¿Viste a… -comenzó, mirándolo un poco extraviado.

-Acaba de salir –respondió él, señalando la puerta con su taza de café –aunque, dada la velocidad a la que iba, yo diría que ya no la alcanzas.

-Lo sé –soltó el chico, llevándose una mano a la nuca –es un chita cuando se lo propone.

Miles sonrió; por lo general esa frase hubiera llevado la palabra "gacela" en lugar de "chita", pero lo comprendía. La gente de ojos verdes se refería a ella como "el jaguar de ojos azules"; Stella le había comentado, poco después de conocerla, que la chica era como un gato salvaje. Arnold, una vez, después de toparse con un tigre de bengala de frente, le había dicho que en lo primero que había pensado había sido en la rubia; no sabía cómo explicarlo, pero el tigre se parecía a Helga.

Él si sabía cómo explicarlo, en realidad, era muy simple: el encanto felino de la chica consistía en que, por naturaleza, ésta era salvaje y libre, tanto, que no podías despegar los ojos de ella, aunque tu sentido común te avisara del peligro inminente; Lo mismo exactamente que pasaba con lo grandes felinos. ¡Caramba! Incluso los gatos caseros tenían ese extraño embrujo que los hacía elegantes, misteriosos y casi mágicos, y a su vez eran perezosos y cínicos, libres y sedentarios, salvajes y mimosos, amorosos y antipáticos… Todo al mismo tiempo. Sonrió. Helga podía ser un chita, un jaguar, un gato salvaje o un tigre, pero si le preguntaban a él, la chica era un gato doméstico, sin disminuirla en lo absoluto.

Entonces notó que su hijo lo miraba curioso. El hombre sonrió, aún sintiendo el zoológico felino rondando en su cabeza.

-¿Se puede saber qué le hiciste para que saliera corriendo así? –inquirió, divertido. Su hijo se quedó ido por un pequeño momento, con la soñadora mirada perdida en la nada, pero casi inmediatamente recuperó la compostura, al tiempo que se encogía de hombros.

-Supongo que no quería ayudarme con el proyecto de literatura –dijo, sonriente –tendré qué terminarlo yo solo.

-Creí que ibas a seguirla –soltó, como quien no quiere la cosa. Su hijo le sonrió a los ojos de su padre, que lo miraban, curiosos, desde el borde de la taza de café.

-Hace mucho que aprendí a no seguir a los tigres a sus guaridas.

Miles casi escupió el café que tenía en la boca.

-¡Vete a hacer tu tarea, entonces! –le ordenó, conteniendo una carcajada; el chico lo miró divertido y, sin responderle más que con una amplia sonrisa, regresó a su habitación.

Menos mal que habían vuelto a la civilización; su hijo ya se parecía tanto a él que comenzaba a asustarse.

oOo

Las cosas a su alrededor se habían reducido a borrones de colores; un auto le había pitado enérgicamente al tiempo que una encolerizada voz le exigía que tuviera cuidado. Que se fuera al infierno; en ese momento, la adrenalina en su cuerpo era tanta que no iba a desaparecer a menos que llevara a su cuerpo al límite, y eso iba a hacer, incluso si eso significaba terminar en un hospital; Al fin que ya tenía experiencia en eso.

…Arnold, Arnold, Arnold…

Su nombre sonaba como campanas celestiales dentro de su cabeza. Estaba teniendo una regresión, pero a quién demonios le importaba. Nunca se había sentido tan feliz en su vida…

Bueno, sí. Otras veces también se había sentido por el estilo, pero siempre había estado él de por medio.

Ya después se preocuparía por las consecuencias. Ya después su cerebro la reñiría por su estúpida actitud. Ya después sus inseguridades la harían sentirse tan avergonzada que no querría asomar la cara a la calle.

…Pero, en ese momento, su corazón latía desbocado en su pecho, y ella lo acompañaba en la carrera.

"¿Te sientes libre, eh corazón?" Le preguntó mentalmente, al tiempo que sonreía. "Disfrútalo, porque no sabemos cuánto nos dure."

El tiempo le había mostrado, en repetidas ocasiones, que no sería mucho; pero, en ese momento, le importaba un reverendo cacahuate.

oOo

"Helga"

El cuarto estaba frío; por Dios, qué frío estaba… Que alguien le pasara un cobertor…

"Helga"

No podía moverse; le dolía el estómago terriblemente… ¿o no? Todo su cuerpo estaba adormecido; pesado. Tanto, que no podía ni abrir los ojos.

"Te pondrás bien, hermanita bebé; lo prometo."

Esa voz, la conocía. Tanto tiempo siendo lo único en su cabeza… en otros momentos la hubiera vuelto loca, pero ahí, en ese mar de frío y obscuridad, paradójicamente, había sido el único atisbo de cordura del que podía sujetarse… el faro de luz que la guiaba de regreso a la vida…

-Helga.

Abrió los ojos. No estaba en el hospital; estaba en casa.

…Pero vaya que hacía frío. ¿Quién había puesto el aire acondicionado tan fuerte?

…Y no. La voz no era parte del sueño ¿O del recuerdo? Ella en verdad estaba ahí, junto a su cama, pero esta vez sonreía.

-¿Olga? –preguntó, frotándose los ojos, confiando en que tal vez aún estaba medio dormida.

Pero Olga no desapareció.

-Claro que soy yo, tontita –exclamó, al tiempo que le revolvía el ya muy revuelto cabello.

-¿Qué haces aquí? –preguntó, malhumorada.

Olga sonrió. Hacía DEMASIADO tiempo que se había acostumbrado a las terriblemente frías bienvenidas de su adorada hermana menor como para que le importara.

-Decidí venir a pasar unos días aquí, aprovechando un receso que hubo en mis clases del doctorado –soltó, junto a una radiante sonrisa -, la pregunta es –agregó, con una falsa seriedad en el rostro -¿Qué haces tú en la cama en una tarde tan hermosa?

Helga se incorporó de repente, confundida: Era verdad; ¿Qué rayos hacía en la cama a esas horas?

Luego recordó que había llegado casi arrastrándose de cansada al departamento (¡Rayos, si incluso había subido los diez pisos corriendo!), había entrado al departamento, se había quitado la ropa y se había ido de cabeza hacia la cama.

…Lo que le recordaba que, justo en ese momento, salvo por las bragas, estaba completamente desnuda…

Un profundo sonrojo invadió su rostro, al tiempo que se cubría con la sábana hasta la barbilla.

Olga se rió son ganas.

-¡Hermanita, no hay nada de qué avergonzarse! –Exclamó, divertidísima –recuerda que ambas somos mujeres, así que tenemos lo mismo –Y luego agregó, clavando la vista ahí donde sus pechos estaban ahora ocultos –y, por lo que veo, prácticamente en la misma cantidad y calidad.

Helga tomó lo primero que agarró (que resultó ser el pantalón que se había quitado una hora antes), y se lo arrojó a su hermana, ésta lo esquivó, divertida.

-¡Anda, vístete y demos un paseo por la ciudad! –Soltó, de forma cantarina –sirve que te compramos ropa para tu cita de mañana.

Helga la miró, un poco asustada.

-¿Cómo sabes que tengo una cita mañana? –inquirió, mirándola con los ojos como platos.

Olga se rió con ganas.

-¡Hermosa –exclamó –, tú siempre tienes una cita mañana!

Contra su propia voluntad, Helga se rió con ganas también.

Olga podía ser increíblemente molesta, sobre protectora y sin idea del espacio personal, pero había qué reconocer que era muy ingeniosa cuando se lo proponía.

-Voy a darme un baño –dijo poniéndose de pie. Ahora que lo recordaba, se había acostado asquerosamente sudada.

-De acuerdo –confirmó la otra, sentándose sobre la cama.

-Y Olga –agregó la ceñuda adolescente antes de salir de la habitación.

-Dime –soltó su hermana, mirándola de forma angelical.

-Aléjate del cajón de mi ropa interior.

Y cerró la puerta al tiempo que su hermana soltaba otra carcajada.

Abrió el grifo de la regadera; incluso el agua fría se sentía tibia en su cuerpo helado; al menos ahora comprendía por qué había tenido tanto frío. El aire acondicionado había estado a buena temperatura; lo que pasaba es que ella se había acostado bañada de sudor, y éste se había enfriado. Además no se había tapado… Sólo esperaba no haber pescado un resfriado (en ese instante agradeció que Olga la hubiera despertado); Por primera vez en años tenía programada una cita que realmente le importaba, y tenía qué ser perfecta. Incluso la idea de ir a comprar ropa con Olga, contra toda costumbre, le agradaba. Quería que todo fuera perfecto con él.

Cuando salió de su habitación, ya lista para emprender la marcha, notó que había más personas en el departamento, miró con curiosidad hacia el sillón en donde platicaban, y aunque no les vio la cara, no había forma de que no conociera a una de ellas; era Miriam.

El hombre, si mal no recordaba, era ese tal Fred… ¿O acaso era George?

…¿O acaso era Ron?

Sacudió la cabeza. Como sea que se llamara, no iba a ganarse a Olga, por más esfuerzos que hiciera.

La señorita amabilidad encarnada, tenía sólo un tipo de persona que no soportaba en el mundo, y esa era cualquier hombre que osara acercarse a su madre.

Olga siempre había tenido la certeza de que sus padres iban a volver.

"Sólo es cuestión de tiempo" le decía siempre a la chica, sin tener idea de lo mucho que aterraba a su hermanita con su comentario.

Helga, por su parte, estaba segura de que sus padres estaban terminados, totalmente… tenía qué decirse eso, o, de lo contrario, no podría conciliar el sueño en las noches.

Se había sentado con ellos, sólo para deleitarse con la tortura de la imponente Olga con el pobre hombre que, aterrado (como todos los demás) se preguntaba qué había hecho para merecer semejante frialdad.

Al final el hombre, (que se llamaba Arthur, curiosamente), había terminado retirándose, argumentando que las dejaría solas para que pasaran su tarde de chicas. Miriam suspiró, apenada, al verlo marcharse, pero no dijo nada.

En otro tiempo esto habría molestado a Helga, pues ese mutismo hacia algo que ella hubiera hecho habría sido impensable; Sin embargo, ahora, Helga estaba segura que podría bailar sobre la cabeza de cualquier persona, y luego escupirle en la cara, y su madre no le llamaría la atención en lo absoluto.

Sí, desde esa infame ocasión en el hospital, Helga había quedado exenta de cualquier tipo de regaño o llamada de atención para el resto de su vida de parte de su progenitora.

En un principio había sido agradable, después, había comenzado a fastidiarla la nula capacidad de su madre de corregirla; si incluso había comenzado a fumar sólo para ver si Miriam así la regañaba. A propósito fumaba en la sala de su departamento justo antes de que llegara su madre, pero ésta no le decía nada. Un día incluso había encendido un cigarro frente a ella, y ésta sólo la había mirado, impasible.

"Yo también fumé durante algún tiempo" le había dicho "aunque creo que eres muy joven para hacerlo" y luego se había retirado a preparar la cena.

Helga había aplastado el cigarrillo, furiosa, con la suela del zapato, y ese había sido el último.

Ya bastaba de tratar de enseñarle a Miriam a ser una buena madre –y peor aún, dañar su cuerpo en el intento-; primero la había ignorado por estar sumergida en sus propios problemas; ahora se sentía tan insegura por sus propios remordimientos que no se atrevía a llamarle la atención en lo absoluto.

Helga lo terminó de comprender ese día: Su madre nunca sería un ejemplo maternal, y a ella dejó de importarle: dudaba mucho que volviera a tener otro hijo, y ella ya estaba lo suficientemente grandecita para saber cuidarse sola. Así que, realmente, no había problema; simplemente la dejaría ser. Entonces se propuso esto: haría las cosas más fáciles para las dos: Fue a la cocina, le dijo a su madre que no volvería a fumar, a lo que ella le respondió con una sincera sonrisa, un abrazo y la invitación a ir a cenar a su restaurante favorito.

Helga había decidido esa vez, aceptar la vida como la tenía y sacarle el mejor provecho, sin reclamarle nada al destino por el pasado ni por el presente, y eso incluía el hecho de que, al parecer, jamás le traería de regreso a cierto rubio cabeza de balón.

…Y entonces éste (oh, caprichoso y voluble bellaco), se lo había regresado. O, al menos, eso parecía. Estúpido destino, sólo esperaba que esta no fuera otra de sus crueles bromas.

oOo

Esa noche, de nuevo, Arnold no podía dormir: primero, había tenido tanta adrenalina en el cuerpo que había terminado haciendo toda la investigación por su cuenta (aún cuando estaba seguro que ya estaba más que terminada). Después, cuando su cabeza se había enfriado, había comenzado a preguntarse dónde llevaría a Helga…

Esta cita debía de ser absolutamente memorable, si quería recuperar su pase de estadía permanente en el corazón de la tempestuosa rubia…

Por su parte, Helga no podía conciliar el sueño tampoco, en parte, porque su hermana había insistido en quedarse en el departamento, aunque por lo general se iba en las noches a su antigua habitación, a pasar la noche con su padre. Pero esta vez había decidido quedarse ahí, aún cuando no contaba con su propia cama (el departamento era bastante compacto, a decir verdad), así que se había quedado en la cama de su hermana menor, y de ninguna manera había aceptado que ésta durmiera en ningún otro lugar, así que ahora estaban ambas acurrucadas en la pequeña cama; Olga ya profundamente dormida, abrazándola por la espalda. Pero Helga ni siquiera la notaba del todo: Tenía sus propias preocupaciones rondándole la cabeza, aunque estas eran mucho más simples que las del rubio: solamente se preguntaba qué ropa se pondría de entre la tonelada que le habían comprado su madre y su hermana (rayos, esas mujeres parecían trabajar sólo para llenar de trapos inútiles su armario) y preguntándose a dónde la llevaría el melenudo rubio cabeza de balón.

Era agradable ser mujer y sacarle jugo a los estúpidos roles de género; así los hombres siempre se preocupaban por sorprenderla con los detalles y por el dinero; ella todo lo que tenía qué hacer era lucir bonita y aceptar las atenciones (sólo las que ella deseara, por supuesto). Sonrió al recordar la vez que un chico la había llevado a pescar, y habían terminado nadando en medio de un pequeño lago, con las pobres carnadas que habían llevado trepándoles por el rostro, en pleno final de otoño, mientras su precaria embarcación se iba a pique. Uno había tenido el atrevimiento de llevarla a un bar de mala muerte, y la cita había acabado justo en ese momento, después de dejarle un ojo morado al idiota atrevido, por supuesto. (Ahora que lo pensaba, era la cita en la que más contacto físico había tenido, al menos con esa bola de perdedores), luego había habido otro con el que había terminado en las carreras de caballos. Sorprendentemente, se había divertido tanto con ese que, sólo en esa ocasión, ella le había propuesto una segunda cita; sin embargo, ésta había resultado tan estrafalariamente mal que no había habido una tercera, por mutuo y tácito consentimiento.

Arnold bostezó. Que la cita de mañana saliera perfecta…

Helga bostezó. Que la cita de mañana no fuera un fiasco…

Y entonces, en perfecta sincronía, ambos cayeron dormidos, al mismo tiempo.

oOo

Al día siguiente, Arnold había llegado muy temprano, lleno de energía y cuando había llegado la hora en la que tenía clase con sus ahora tres mejores amigos, les había mostrado orgullosamente el fruto de su esfuerzo de toda la tarde; Había llegado con el tema de exposición escrupulosamente bien investigado, con su respectivo apoyo visual impresionantemente bien hecho. El punto había sido que, el chico, había desarrollado un tema que se acababan de ver la semana pasada. Helga se había reído a más no poder de él, especialmente porque ella ya le había explicado que Phoebe ya había realizado el trabajo (cosa que, obviamente, había resultado ser cierta). Gerald sólo lo había mirado con cierta lástima y le había dado una palmada en el hombro. Pero Phoebe, bastante impresionada por el trabajo de su amigo, había hablado con el profesor y éste le había permitido exponer el tema, el cual, aunque todos ya conocían, había resultado extremadamente interesante de la boca del misterioso chico nuevo.

Gerald, por su parte, había tenido qué exponer con las dos chicas, y aunque la exposición había sido buena, al tocarles justo después de la del rubio, había parecido bastante deslucida. Al final, Phoebe le había dicho en broma (una broma absolutamente en serio), que si dejaba a Gerald como compañero de equipo de literatura, ella haría lo propio con Helga y así podrían hacer equipo los dos. Tanto como su novio como la rubia protestaron de inmediato, mientras ésta, ignorándolos, le susurraba todos los beneficios que obtendría con ella; como acceso a pedidos totalmente inconcebibles por el profesor para otros alumnos. Arnold simplemente la había mirado algo asustado: En verdad parecía haberse creado una especie de simbiosis entre las dos chicas; y al parecer el lado obscuro de Helga ya había contagiado a la otrora inocente niña hasta la médula.

Después de eso, las clases habían corrido con naturalidad, sin embargo, algo curioso había pasado: el tema de la tan pensada cita no había sido tocado en lo absoluto. Al parecer, Helga no le había comentado nada a Phoebe, ni él le había dicho nada a Gerald, por alguna razón que aún no comprendía del todo.

Ya en casa, Arnold se había arreglado a toda prisa, había envuelto a toda velocidad un paquete para Helga y había salido de la casa, más nervioso que cuando su padre le había informado, hacía unos años, que la tribu que visitarían corría el rumor de que era caníbal, y, al parecer, tenían una especial fascinación por la carne de los extranjeros (cosa que había resultado totalmente falsa, por fortuna, aunque siempre había tenido la ligera sospecha de que sólo se había tratado de una broma de su padre, pues una vez habían visitado una auténtica tribu caníbal, pero él no se había enterado hasta después de haberla abandonado).

Sacudió la cabeza. Definitivamente, Helga no iba a comérselo…

Luego pensó, mientras un cada vez más común cosquilleo en cierta parte de su anatomía lo invadía: "…aunque no me molestaría en lo absoluto que lo hiciera." Una amplia y maliciosa sonrisa se extendió por su rostro, sin embargo, el niño bueno que aún llevaba dentro de él y que se negaba tozudamente a darle una tregua, lo riñó por el comentario y éste, de mala gana, lo hizo a un lado.

…Estas hormonas iban a volverlo loco.

Llegó al edificio donde vivía Helga –como ella lo había adivinado-, la dirección que le había proporcionado había salido sobrando; el día que Gerald lo había llevado arrastrando hacia allí, para ver el absurdo final de la absurda "cita" de Helga, el lugar se había quedado grabado a hierro y fuego en su cerebro.

Iba a presionar el intercomunicador del departamento de la chica, (sólo para saber el número había servido el papelito), cuando vio una agradable y conocida cara a su lado.

… Ahora que Helga había crecido, el parecido entre ambas era MUCHO más notorio.

-Hola Olga –saludó, sonriente.

Por toda respuesta, la chica le dio un gran abrazo, tan efusivo, que hizo que las mejillas del chico ardieran como braza, y cierta parte de su anatomía –bastante inquieta últimamente, por cierto- comenzara a cosquillear de nuevo; "Soy un pervertido" pensó, al tiempo que la chica lo soltaba.

-¡Arnold! –exclamó la otra, totalmente ajena a la turbación del adolescente –has crecido tanto, ¡Y estás tan guapo! –Añadió, con los ojos brillándole de júbilo, mientras le revolvía el cabello –¡Con razón Helga se muere por ti!

El chico se sonrojó aún más, sin la menor idea de cómo responder a eso, sin embargo, ésta no esperó una respuesta: lo tomó de la mano y lo arrastró por el pequeño vestíbulo del edificio de departamentos (que por cierto, no había estado ahí cuando él se había ido de la pequeña ciudad) y lo metió en el elevador.

-La ciudad ha crecido mucho en estos años, ¿verdad? –comentó, feliz de tener algo medianamente decente qué decir.

Olga le sonrió con ganas.

-De hecho –respondió –. Yo aún me sorprendo cada vez que vengo; esta ciudad parece una criatura en pleno crecimiento, como tú y mi hermanita –agregó, mirándolo tan resplandecientemente que casi encandilaba.

-¿Nervioso por la cita? –le preguntó, al ver que el chico no parecía querer aportar algo más a la plática.

-Un poco –aceptó él, ligeramente avergonzado.

La puerta del elevador se abrió, pero ella lo detuvo apenas hubieron salido.

-Mira, Arnold –soltó, poniéndole delicadamente una mano en el hombro –sé que has escuchado, seguramente, que Helga suele salir con muchos chicos –, el aludido asintió –, pero no te preocupes por eso –dijo la otra, sonriéndole. –No sé muy bien por qué lo hace, pero nunca se ha tomado en serio a nadie; la única persona (y te lo digo como alguien que la conoce desde que nació, literalmente) que ha logrado calar en su corazón genuinamente has sido tú.

Arnold sólo la miró, profundamente conmovido, pero, al parecer, el objetivo de Olga era hacerlo llorar, porque luego añadió.

-Mira, cuando estaba en el hospital, inconsciente, yo le hablaba mucho; me la pasaba horas enteras junto a su cama, rogando por que mi voz de alguna manera le llegara, y te juro que, cuando le decía que pronto volvería a estar contigo, y todo eso no sería más que un recuerdo (sus ojos se humedecieron de pronto, mientras su voz se quebraba ligeramente), te juro que sonreía. Tal vez quien no la conociera no notaría nada, pero yo lo veía, te lo juro.

Bien, aunque hubiera tenido algo qué responder a eso, no hubiera podido; la garganta se le había cerrado en un nudo tan fuerte que no podía ni tragar; sus ojos de pronto comenzaban a picarle.

Y entonces un grito casi hizo brincar a ambos.

-¡¿Se puede saber qué tanto le dices a Arnold?! –la rubia los miraba, ceñuda, desde la puerta que acababa de abrir. –Ya déjalo en paz –dijo, al tiempo que se acercaba hacia ellos –vas a traumarlo con tus tonterías.

Y entonces notó, al llegar junto a ambos, que Olga se limpiaba discretamente la nariz, mientras Arnold desviaba la mirada, tratando de que esas rebeldes lágrimas que amenazaban con salir, volvieran a su lugar.

La rubia los miró a ambos, suspicaz, pero no dijo nada.

-Vamos adentro –soltó, un poco avergonzada (ya se daba una idea del tema que debían haber estado tratando), mientras tomaba a Arnold del brazo y lo dirigía hacia la puerta aún abierta de su departamento.

Entraron. En la pequeña sala de estar, estaba la madre de Helga, sentada en un sillón, mirándolo encantada.

Arnold se sorprendió genuinamente al verla: La mujer lucía incluso más joven que la última vez que la había visto; su rostro, otrora cansado y ligeramente melancólico, resplandecía casi tanto como el de su hija mayor; llevaba puesto en elegante traje de oficina, bastante juvenil con los pantalones ligeramente entallados y sin saco, y el cabello casi tan largo como el de su hija menor, peinado en una elegante trenza de lado.

-Gusto en verla de nuevo, señora Pa…

Pero se detuvo de golpe; ahora que estaba divorciada del padre de Helga, ¿aún era correcto llamarla así?

La aludida soltó una risa divertida.

-Sólo llámame Miriam –dijo, al parecer bastante acostumbrada a ese tipo de situaciones.

-Entonces mucho gusto de verla de nuevo, Miriam –soltó, ligeramente aliviado –luce usted increíble –añadió.

-Gracias –dijo la mujer, sonriente.

-De hecho, -agregó Arnold, mirando a Olga, que había tomado lugar en el sillón junto a su madre, y a Helga, que permanecía de pie, junto a él, cruzada de brazos y ligeramente enfurruñada –las tres lucen increíbles –y era verdad, las tres mujeres ahí presentes eran impactantes por separado, pero juntas… parecían una auténtica obra de arte.

Olga ensanchó su sonrisa, Miriam agradeció con un gesto el comentario y Helga resopló, al parecer, genuinamente fastidiada.

-Gracias, Arnold –soltó Olga, al tiempo que se ponía de pié, luego se dirigió hacia él y le dio un ligero y corto abrazo –aunque esta damita –agregó, ahora abrazando a su hermana –se vería mucho mejor si hubiera tomado algo de la ropa que ayer tardamos toda la tarde en escogerle.

Helga resopló, mirando ceñuda a su hermana que, al parecer, no pensaba soltarla.

-Esta ropa me gusta, ¿Qué tiene de malo? –le preguntó.

Por primera vez Arnold puso atención a la ropa que traía puesta (desde que había vuelto, de hecho, por lo general, era su rostro, o su cuerpo en sí, lo que captaba su atención) y de hecho, se le veía bastante bien: Unos jeans de color azul algo obscuro, ajustado al cuerpo desde la cadera hasta los tobillos, sin ser extremadamente apretados, una blusa sin mangas y cuello ovalado, con muy poco escote, algo floja, que se abría ligeramente en forma de A hacia las caderas, color beige con pequeños lunares cafés, y unos flats blancos, sin ningún tipo de adornos. El cabello lo traía recogido muy parecido al de su madre, con una trenza cuidadosamente hecha que le comenzaba en la nuca y le terminaba a un lado, cayéndole sobre el pecho izquierdo, sostenida al final por un fino listón color café rosáceo.

-Yo creo que luce increíble –soltó él con una admiración tan auténtica que Helga desvió la mirada, con las mejillas ligeramente sonrosadas, las otras dos sonrieron auténticamente encantadas, al tiempo que la susodicha aventaba a su hermana hacia un lado para caminar hacia la sala y recoger algo del suelo, a un lado del sillón donde estaba sentada su madre.

-Ya nos vamos –dijo ella, molesta, al momento que se echaba al hombro un lindo y multicolor morral tejido.

-¿No se quedarán un rato más? –preguntó Olga, genuinamente decepcionada.

-¡Ni siquiera íbamos a estar aquí! –exclamó la chica, empujando a Arnold hacia afuera –fuiste tú la que estuvo esperándolo ahí afuera como acosadora para obligarlo a entrar antes de que yo me diera cuenta de que había llegado. –Agregó, al tiempo que rodaba los ojos.

Olga sólo se rio.

-De otra manera no nos lo hubieras presentado nunca –se defendió, divertida.

-¿Presentarlo? ¡Si ya lo conocen! –exclamó, una vez fuera del departamento, para luego dar un portazo.

-Nos vemos –le dijo el chico a la puerta cerrada, al tiempo que era arrastrado de manera muy poco delicada hacia el ascensor.

Helga, aún enfurruñada, con los brazos cruzados, miraba la puerta del susodicho aparato, esperando impacientemente a que se abriera. Arnold tenía la vista clavada en el único accesorio de Helga, él conocía ese bordado de flores y abejas multicolores; le había llevado semanas terminarlo.

-Aún lo tienes –soltó. Helga lo miró de una forma extraña, y luego dio un pequeño brinco cuando la metálica puerta al fin se abrió.

Ambos salieron al agradable sol de la tarde.

-¿Pensaste que lo había echado a la basura, o qué? –inquirió la ojiazul, aún ofuscada un poco.

Arnold sonrió.

Gerald me dijo que se lo había dado a Phoebe, pero nunca supe si lo habías recibido.

Helga lo miró, con los ojos extrañamente brillantes.

-Tengo cada cosa que me mandaste –le dijo –pero sólo las uso en ocasiones especiales… lo que significa que casi nunca las uso –agregó, tratando de que, con el último comentario, se aligerara un poco el tono de lo dicho.

-Eso me alegra –reconoció el chico, algo aliviado. A veces se preguntaba qué opinaría Helga de las cosas que le enviaba. Tal vez eran tan feas que por eso no le escribía.

Siempre que aprendía alguna artesanía en algún lugar de los que visitaba, se aseguraba de hacerle algo la rubia, y luego mandárselo. Ese morral había sido lo primero que había aprendido a hacer, y había sido especialmente difícil. Lo último había sido la cajita de madera que le había entregado ya personalmente. Esa la había hecho en San Lorenzo, el último lugar que habían visitado antes de volver a casa.

-Por cierto –soltó Helga de pronto, mirándolo, muy coqueta (¿Desde cuándo Helga había aprendido a ser coqueta?) –no te he agradecido propiamente por tantos regalos…

Y lo tomó del cuello de la camisa y lo besó.

…Pero sólo por una fracción de segundo; un grito ahogado, apenas audible, la hizo casi aventarlo hacia atrás.

Sacando casi la mitad del cuerpo de la ventana de uno de los departamentos del último piso, Olga se cubría la boca con las manos, eufórica, aún con la vista clavada en ellos.

-¡AAAAASHHH!

Helga lo arrastró hacia la calle, furiosa, mientras Olga se despedía de él con la mano, con una sonrisa tan grande que casi no le cabía en el rostro, a un lado, con una sonrisa mucho más discreta, lo veía Miriam.

El chico apenas pudo levantar la mano para responder cuando dieron vuelta en una esquina y las perdió de vista.

Arnold miró divertido el rostro enrojecido de Helga de ira y vergüenza; siempre había sido genial ver cuántas emociones al mismo tiempo podían reflejar esas facciones.

-Por cierto –dijo Arnold, tratando de calmar un poco la loca carrera de la chica –, te tengo otro regalo.

Y funcionó tan bien, que la chica se detuvo por completo.

-¿En serio? –preguntó, extrañada. La molestia había desaparecido.

-Ajá -respondió él, al tiempo que sacaba de su mochila el paquete que alrededor de una hora antes había envuelto.

La chica lo tomó, curiosa, y luego lo miró con los ojos muy abiertos; en verdad era pesado.

-¿Qué metiste aquí, piedras?

Por toda respuesta, el chico sonrió.

-Ábrelo hasta que yo te diga –le ordenó.

La muchacha sonrió.

-Ok.

oOo

Ahora Arnold lideraba la marcha. Helga, con los ojos casi cerrados, lo seguía, tomada de la mano de él.

-No veas –le dijo.

Helga sonrió.

-No estoy viendo –respondió.

Pero Arnold conocía esa sonrisa; la soltó de la mano, se posicionó detrás de ella y le tapó los ojos.

-Me ofende que no confíes en mi –soltó ella con fingida indignación.

-Y a mí me alegra conocerte tan bien –agregó él, sonriendo, mientras la escuchaba reír frente a él.

-Arnold, esta cita apesta, literalmente –le reclamó, aunque sonaba encantada con la situación.

Arnold sonrió aún más; en efecto, mientras más avanzaban, más mal olía.

-Sólo camina –le ordenó, la chica obedeció sin emitir sonido.

…Era agradable tener el control, para variar.

-Bien, ya puedes abrir los ojos –dijo el rubio, retirando las manos de su cara. La chica abrió los ojos, y, por un momento, no dio crédito a lo que veían.

Ahí, frente a ellos, había un gran contenedor de basura.


Y he aquí el capítulo que no debió de existir... es decir, no tenía planeadas la mayoría de las cosas que pasaron aquí; es como si Olga hubiera dicho "Quiero mi momento de Gloria" y se lo hubiera dado sola... Y Miles también se coló más de lo que planeaba, ¡jajaja!

Realmente es genial cuando las cosas fluyen de tu cabeza sin realmente ponértelo.

Bueno, ya ven la primera parada en la cita de estos dos... me pregunto qué vendrá después (con eso de que los personajes, al parecer, ya se están mandando solos dentro de mi cabeza XD). Me gustaría saber que piensan ustedes.

Por cierto, quiero dar la bienvenida a mis dos nuevas lectoras, y Luna Hermosa; y enviarles un enorme abrazo a mis ya fieles lectoras Geraldine Hatch y Milanh, y darle la bienvenida (y un abrazo) de nuevo a romiih (Te extrañé T-T) jeje (¡también un abrazo para las nuevas! *u*)

Las amo a todas. Y un abrazo también, y de nuevo, mi agradecimiento a tod s los que leen el fic, aunque aún no se han animado a dejar su review (Que por cierto, ¿Qué esperan? jejejejeje).

Bueno, ya no los entretengo más, ¡nos leemos! :D