Derechos Craig Bartlett y Nickelodeon…etc. Enjoy!
Fractura
Después de tanto tiempo andando de arriba para abajo, incluso el aventurero nato que era él había deseado estar así, en casa, tranquilo, leyendo el periódico del día y tomando un café, tal vez sintonizando alguna aburrida estación en el anticuado estéreo de su padre… Pero, después de sólo un par de días, comenzaba a aburrirse. Tal vez era hora de ir a esa universidad donde le habían propuesto una entrevista para nombrarlo maestro catedrático de antropología… Aún no estaba seguro de querer hacerlo, así que se había tomado unos días para simplemente descansar. Estar con su familia y contemplar el cansado sol de la ciudad despedirse perezosamente de sus atareados habitantes tantas veces hasta que se hastiara… pero ese hastío estaba llegándole más pronto de lo que se imaginaba…
Su padre dormía la siesta en esos momentos como siempre, frente al televisor encendido; su madre, viviendo su propio y desenfrenado espíritu de aventuras en la jungla urbana (sonrió; su madre también era un felino, tal vez uno viejo, pero aún lo suficientemente misterioso y enigmático para estudiarlo con adoración), quién sabe dónde andaría.
Su esposa, aún más incansable que él, estaba en su recámara, preparándose para su propia entrevista de trabajo (un respetado hospital estaba interesado en sus investigaciones), y los inquilinos… bueno, por algún motivo, ninguno parecía querer mostrar su rostro es día; algunos trabajando, otros descansando de no hacer nada…
…Y su hijo, viviendo su propia gran aventura con su propia y desquiciada buscadora de aventuras. Le había prometido, después de volver de la escuela, que la última parada de su meticulosamente planeada (y algo loca) cita de ese día, sería ahí, en la casa; terminaría con el mayor regalo para Helga de esa ocasión: reencontrarse y por fin pasar un rato con su héroe (o sea, él) pensó, orgulloso.
Sonrió. Era gracioso lo fácil que había sido para él ganarse a la linda fierecilla, cuando todo el mundo –incluida Stella, que al final había terminado lográndolo, aunque no sin algo de esfuerzo y buena voluntad de ambas partes- parecían algo renuentes a acercársele.
La niña era imponente, (y odiosa, según la opinión de muchos, incluyendo al simpático y encantador amigo de Arnold; Gerald), sin embargo, ellos habían hecho "clic" casi inmediatamente… así que se preguntaba, en ese momento, cuánto tardarían en llegar… Tenía tantas ganas de platicar con ella; ver sus ojos abrirse por completo cuando le platicara, como en el pasado, tantas cosas que había descubierto en sus viajes.
Escucharla reír abiertamente de sus bromas, tomada de la mano de su hijo, quien reiría también… deleitarse con la facilidad con que la pequeña comprendía incluso las cosas más complicadas…
Entonces la puerta se abrió, él se levantó y miró. Su hijo estaba entrando. No supo por qué, pero en el momento en que el chico cerraba la puerta, aún sin verle la cara, supo que algo andaba mal. ¿No era algo temprano aún? ¿Por qué le ponía llave a la puerta? Y más aún ¿Por qué estaba batallando tanto para hacer algo tan sencillo?…
Y lo más importante de todo… ¿Dónde rayos estaba Helga?
-¿Arnold? –lo llamó su padre; el chico no volteó.
-¿Todo bien? –volvió a preguntar, mientras se le acercaba cautelosamente. Vio la mano del chico temblar en su fútil intento por mover la cerradura, con las manos tan temblorosas que ni siquiera podía meter la llave. El hombre puso su gran mano sobre la de su hijo, ya casi del mismo tamaño que la suya, y le dio un suave apretón.
-Hijo… -comenzó, pero el chico se soltó de su agarre, luchando frenéticamente por ocultarle el rostro.
-No quiero hablar ahora –le espetó su vástago; su voz sonaba alarmantemente cavernosa.
…Y eso le hizo sentir el alma caerle hasta los pies.
El muchacho corrió escaleras arriba, hasta su habitación, dejando las inútiles llaves caer al suelo. Apenas había logrado ver su cara durante una fracción de segundo, sólo para confirmar lo que ya sabía.
…El chico estaba llorando.
Se sentía en otro planeta cuando, después de mucho luchar (por Dios, ¿Por qué rayos no podía hacer algo tan sencillo?) al fin pudo bajar las escaleras que lo llevaban a su habitación. Una vez dentro, volvió a recogerlas y cerró la puerta, agradeciendo que su padre hubiese tenido el suficiente tacto para no seguirlo. Se recargó contra ésta, mientras pegaba la nuca contra la madera, con ganas de estrellarla tan fuerte que le hiciera un hoyo.
¿Pero qué demonios…?
Se sentía dentro de una pesadilla. Se suponía que ese día iba a ser perfecto; por fin iban a derrumbar los estúpidos muros que los estaban separando y, de ahí en adelante, su única preocupación sería ser felices juntos… Pero tal como ella había dicho, la perfección, al menos, para los humanos, no existe. Pero, ¿por qué esa maldita manía de hacerlo todo TAN ENDEMONIADAMENTE difícil?
Él lo sabía cuando había comenzado toda esta locura con ella, pero no le había importado. Esa chica era como una montaña rusa, y la adrenalina siempre le había gustado, pero tampoco era un maldito masoquista empedernido…
¿Cómo unas pocas palabras habían logrado herirlo de esa manera?
Ni siquiera sabía si ella había estado consciente de lo que realmente estaba diciendo; pero la verdad ahí estaba, clavándosele, de forma increíblemente dolorosa en el pecho, como una enorme daga que lo atravesara de lado a lado, tanto, que estaba casi seguro que si miraba hacia abajo, vería mares de sangre saliendo de su maltrecho corazón.
Se tiró sobre la cama, mientras las lágrimas lo ahogaban al punto de sentirse asfixiado. Lloraba como una nena, patéticamente acurrucado, abrazándose, lleno de lástima consigo mismo… "Patético" dijo una vocecilla dentro de él, y él deseó estrellar la cabeza tan fuerte contra el suelo hasta que la hiciera callar; hasta que perdiera la conciencia de todo eso y pudiera caer en un pacífico sueño donde esa maldita conversación no había pasado, donde él no se había ido a ningún lugar y ella siguiera rota…
Rota. ¿Era eso lo que él quería? ¿Tenía ella razón?
Lo que quería era que saliera de su sistema. Deseaba nunca haberla conocido, nunca haber visto en sus ojos y sentir que se perdía en ese mar profundo de felicidad que sólo ella podía provocarle…
Por todos los cielos; anhelaba tanto abrazarla…
Hundió la cabeza en la almohada…
El basurero… ahí habían comenzado las señales de alerta, pero él, necio, las había ignorado…
oOo
Una estridente carcajada resonó en el olvidado callejón, provocando que algunas palomas, asustadas, emprendieran el vuelo.
-¿Qué…? ¿Pero qué…?
-simplemente no podía terminar la frase; el ataque de risa ya la había doblado a la mitad.
-Apuesto a que nunca te han traído aquí –soltó el otro, con una ceja levantada, cruzándose de brazos de forma pomposa.
-No –admitió la otra, ya con lágrimas en los ojos. Apenas comenzaba a recuperar el control de su voz, y los músculos del estómago aún le dolían.
-Eres una caja de sorpresas –dijo la rubia, aún sin entender a qué iba todo eso.
-Hablando de cajas –soltó el otro, sin relajar su falsa actitud de superioridad.
-¿Mi regalo? –Inquirió la rubia, más intrigada que antes -¿es hora de abrirlo?
El chico asintió. Trataba de lucir lo más pomposo posible –era parte del juego- pero, secretamente, estaba conmovido ante la expresión de felicidad dibujada en el rostro de su amada en ese momento.
…Era tan raro verla bajar la guardia de esa manera…
Las palabras de Olga resonaron en su cabeza "eres la única persona en el mundo que ha logrado calar hondo en su corazón."
Todo parecía indicar que así era, y él, en el fondo, se estaba derritiendo…
Totalmente ajena a la tormenta interior del chico que la miraba fijamente en ese momento, la chica abrió su obsequio, e iba a ser atacada por un segundo y al parecer más potente ataque de risa cuando cayó en cuenta de algo. Clavó su vista en él, con los ojos repentinamente húmedos. Al fin comprendía el significado del lugar.
El paquete, como ella lo había anticipado, (aunque no hubiera hablado en serio en ese momento), estaba lleno de piedras.
-¿Lo recuerdas? –preguntó él, profundamente conmovido ante la expresión de ella.
La actuación había terminado, mucho más pronto de lo que tenía planeada; su chica era lista, sin dudas.
-Hace tanto que no… -comenzó ella, pero su voz se ahogó en un mar de recuerdos.
-Nunca te vi más feliz en el mundo que cuando arrojabas piedras aquí –le explicó él, sonriendo –, Y era una de las pocas veces que podía acercarme a ti y parecía no importarte.
Ella lo miró, sin saber qué decir.
-¿Quieres hacer los honores? –Le preguntó, sacando una piedrita de la caja y poniéndosela frente a la cara. La chica la tomó, aunque aún parecía en trance.
La examinó cuidadosamente por un momento, como si jamás hubiera visto una vulgar piedra como esa, y luego, súbitamente, la arrojó al enorme contenedor, casi vacío en ese momento.
…Y un estruendoso eco los envolvió de pronto, como una ola del pasado, trayéndoles fragmentos de la sencilla y salvaje alegría infantil de tiempos al parecer cada vez más lejanos.
La muchacha soltó una carcajada, mirándolo, fascinada.
-Hace tanto que no hacía esto –le dijo, con una sonrisa casi tan grande como la de su hermana cuando los había despedido al doblar la esquina hacía sólo unos momentos.
-¿Ninguno de tus elegantes pretendientes conocía el fino y sofisticado arte de arrojar piedras al basurero? –Le preguntó mientras tomaba otra piedra y ponía la caja en el suelo.
-M-m –la chica negó con la cabeza, arrojando otra piedra, el estruendo la hizo reír de nuevo; esta vez, Arnold la siguió.
-Sabía que te gustaría –le dijo, al tiempo que arrojaba la suya. Podía comprender la reacción de Helga. Esta tarea, definitivamente, tenía un efecto terapéutico.
-¿En verdad nunca te molesté estando aquí? –inquirió la chica, mirándolo un tanto incrédula.
-No que yo recuerde –respondió el otro –tal vez sea sólo que los recuerdos son tan malos que mi mente mejor decidió bloquearlos –agregó, encogiéndose de hombros.
Helga sonrió.
-Probablemente –dijo.
El chico la miró; Ella tomó la piedra, la analizó un segundo, y luego, con una maestría impresionante, la arrojó contra el contenedor. El chico la recordó de pequeña, pero no en el basurero, sino en el terreno baldío, jugando baseball con el resto de la pandilla.
-¿Ya nadie juega baseball? –le preguntó de repente.
La chica, que en ese momento disfrutaba del nuevo estruendo, lo miró, algo confundida.
-Ahora que lo dices –soltó –no. Hace mucho que nadie se reúne para jugar –se encogió de hombros –, cuando me fui, algunos aún lo hacían... Pero para cuando volví –negó con la cabeza –. Algunos juegan en el equipo de la escuela, como Sid. Stinky terminó en el equipo de básquet, y Harold practica lucha libre –, sonrió –y es bueno. Sólo hay una persona a la que no ha podido vencer.
Arnold la miró, curioso.
-A su novia Paty –Respondió a la pregunta que él sólo formuló dentro de su cabeza.
-Wow –exclamó él, -Me comentó algo al respecto el otro día –dijo –, pero no le creí del todo –confesó, algo apenado.
-Parece difícil de creer –reconoció ella, arrojando la última piedra del paquete –, pero el cabeza de chorlito resultó bueno para algo.
El chico sonrió.
-Oye, ¿Y Lila? –soltó de repente. Helga volteó a verlo, estaba agachada en ese momento buscando nuevas municiones –Ahora que lo pienso, no la he visto desde que llegué –. Se excusó. No entendía por qué había llegado a su mente en ese momento, de repente. Tal vez se debió al hecho de que, al ver agacharse a la rubia, recordó una vez que, en la primaria, (ya siendo novio de Helga) mientras buscaba una moneda que se le había caído debajo de una de las mesas del comedor, de pronto Lila se había parado frente a esta, y se había agachado así, de súbito, exactamente igual que Helga en ese momento, pero ella traía una falda… y sí, le había visto hasta la conciencia, aunque no intencionalmente. Y aunque amaba a su novia y su enamoramiento de la pelirroja hacía mucho que estaba muerto y enterrado, este simple e involuntario incidente había despertado cierto hormigueo en sus pantalones que jamás le contó a nadie.
Ese era uno de sus más grandes secretos (lo que mostraba con claridad lo exageradamente transparente que podía llegar a ser), y, definitivamente era una de las verdaderamente pocas cosas que, al menos de momento, jamás compartiría con la temperamental rubia.
La chica, por su parte, se rascó la cabeza, sin el más mínimo rastro de celos u otra de las emociones que antaño solían dominarla ante este tema. Arnold sonrió complacido. Definitivamente, Helga era mucho más segura ahora, y eso era genial... tal vez sí le contaría el tonto incidente del comedor… tal vez…
-La señorita perfección está en Francia –respondió la otra, sin darle importancia.
El chico la miró, confundido.
-Se fue en un intercambio. Al principio se lo habían ofrecido a Phoebe, pero ella al final no lo aceptó –se encogió de hombros –no debe tardar en llegar; esas cosas duran un año, y ella se fue el año pasado como por estas fechas.
-Wow –soltó él, aunque, en verdad, no le importaba demasiado.
La rubia sonrió.
-De seguro su club de admiradoras le harán una gran fiesta de bienvenida –dijo.
Arnold arqueó una ceja.
-¿No querrás decir admiradores? –la corrigió.
-No –soltó ella –contrario a lo que podrías pensar, la dulce y perfecta pelirroja no es muy popular con los chicos.
-¿En serio? –preguntó él, algo incrédulo. Hacía mucho que se había retirado de su club de fans, pero tenía que admitir que la chica era bastante deseable.
La otra asintió.
En verdad era increíble que conservara la calma ante su incredulidad. En otros tiempos, sin duda, ya se habría desatado una terrible tormenta de celos.
-Si me lo preguntas, creo que los chicos le tienen miedo –por toda respuesta, el otro alzó una ceja, sin comprender –Para los idiotas, es demasiado lista –le explicó, encogiéndose de hombros –para los listos, es demasiado bonita, para los guapos, es demasiado bien portada, para los bien portados, es demasiado… bueno, ya entendiste el punto –soltó algo fastidiada, al tiempo que retomaba su ruidoso ataque hacia el basurero. Arnold comenzaba a hartarse del estruendo; por suerte, los proyectiles eran cada vez más esporádicos.
-No sabía que la conocieras tan bien –le dijo, aprovechando el repentino cese al fuego, la chica parecía comenzar a hartarse también –. Nunca me imaginé que fueran amigas –confesó.
-Arnold –exclamó ella, mirándolo, al parecer, un poco preocupada por su salud mental –, yo no tengo amigas –soltó, como si fuera lo más obvio del mundo.
Y entonces el chico recordó cuando Gerald le había dicho que el resto de las chicas la odiaba por la popularidad que tenía con el sexo opuesto, pero Arnold no pensó que fuera literal.
-Bueno –dijo él, tratando de sonreír, algo incómodo –tienes a Phoebe.
-Phoebe no es mi amiga –soltó, muy seria.
Arnold la miró casi en shock.
-Ella es mi hermana –le explicó, con una extraña expresión en el rostro –. Una hermana que yo elegí –continuó –, no como con la que tendré que dormir hoy de nuevo –completó. Otra piedra se estrello. –Por cierto –le dijo –no le vayas a decir nada de esto a ese demonio, porque si se entera, intentará usar en mi contra ese poder que no sabe que tiene sobre mí.
Arnold la miró, conmovido. Helga en verdad había cambiado en ese tiempo. Al parecer, al fin podía expresar sus emociones hacia los demás, si perder su personalidad en el camino, por supuesto.
-¿En serio no te habla nadie? –preguntó, al tiempo que sacudía la cabeza, tratando de alejar el embelesamiento que lo atontaba en ese momento.
-Bueno, algunas sí –le respondió ella, con una sonrisa hueca –, algunas me hablan a veces, -continuó –para reclamarme por salir con chicos que no les hacen caso a ellas, por ejemplo –se encogió de hombros –justo ayer, una me reclamó por haber salido con su ex novio. ¡Su ex novio! Y cuando le dije que debería hablar de eso con él y no conmigo, se enfureció y me dijo, histérica, que yo estaba "tan hueca que sólo sabía llenar ese vacío existencial con hombres que usaba sólo como pañuelos desechables" –lo miró, parecía un poco divertida –La verdad he recibido miles de teorías de otras dolidas voluntarias dispuestas a explicarme por qué soy una reverenda perra.
Otra pedrada.
-¡No eres una perra! –exclamó él, muy molesto.
-Díselo a ellas –soltó la otra –a ver si así ya dejan de molestar. La verdad estoy más que harta de sus estúpidas teorías de psicología barata.
Otra pedrada.
El chico se mordió el labio. Había estado a punto de decirle que, la clave para que ya no la molestaran, era dejar de salir con tantos chicos, pero ese era un tema que ya abordaría después, con el mayor tacto posible.
-Aunque la psicología cara no está mejor.
Otra pedrada.
-¿Eh? –el chico la miró sin entender.
-Mi psicólogo –le explico –créeme que es bastante caro, y tiene una teoría de las citas tan estúpida como la de las otras voluntarias –otra piedra –él dice que lo hago porque odio a los hombres.
El estruendo de la siguiente piedra lo aturdió mucho más que las anteriores.
-Dice que siento que todas las figuras significativas masculinas que he tenido en mi vida me han abandonado –le explicó, con la vista fija en el gran y maloliente artefacto metálico –y que por eso me desquito con otros.
El estómago del chico de encogió dolorosamente dentro de él, al tiempo que se estrellaba otra piedra. La chica parecía querer hacerle un agujero al pobre contenedor.
–Idiota –soltó, junto con una mueca que intentaba ser una sonrisa –, no tiene ni idea...
-Mejor nos vamos de aquí –soltó él, acercándosele cautelosamente.
-¡Incluso dice que odio a tu papá! –La chica no lo escuchaba –Tu papá es la persona más increíble del mundo, ¿Por qué tendría qué odiarlo?
Llegó a ella y la tomó del brazo al tiempo que el siguiente estruendo le lastimaba los oídos.
…Pero no había sido un sonido metálico, sino un vidrio al estallar lo que había sonado esta vez.
Y la jaló con todas sus fuerzas, guiándola a toda velocidad fuera del callejón. Corrieron dos cuadras y luego se subieron al primer autobús que vieron, quería estar lo más lejos posible cuando el dueño de la ventana saliera, seguramente furioso, a buscar culpables, y definitivamente no quería pasar el resto de su cita en la comisaría.
Tomaron asiento. Ella, sentada del lado de la ventana, tenía la vista clavada en la sucesión interminable de cosas en la que estaba convertida en ese momento la calle. Su cara estaba enrojecida, pero no por la carrera, y su respiración, ya agitada aún desde antes de comenzar a correr, aún no se normalizaba.
Arnold suspiró. Al parecer se había equivocado; Helga podía verse muy diferente ahora, pero seguía siendo una bomba de tiempo.
El chico le pasó un brazo por los hombros, tratando de calmarla. Por fortuna, ella recargó dócilmente la cabeza contra su hombro y cerró los ojos.
-Debes de pensar que estoy loca –soltó, junto con un suspiro.
Él sonrió.
-Sí –reconoció, en tono juguetón –pero eso ya lo sabía desde mucho antes. –Y entonces sintió una risa silenciosa contra él.
-Creo que estás mutando, como Phoebe, en algo terriblemente malvado –le dijo, sonriendo cansada.
-Tu influencia, querida mía, tu influencia –susurró, al tiempo que le besaba la cabeza.
Pasaron apenas un par de cuadras y se bajaron; era parte de la segunda etapa de la cita, y en verdad deseó que saliera mejor.
-¿Eh? –la chica miró la vieja tienda, levantando una ceja; el chico observó su reacción un tanto decepcionado… Esta cita se estaba yendo a pique…
-¡Amabas estas donas! –exclamó él, con una sonrisa ya bastante forzada a este punto.
-Bueno, sí –reconoció ella, rascándose un brazo, incómoda –pero ya no como este tipo de cosas, Arnold –le confesó.
-¿Estás a dieta? –Inquirió él, en tono de broma (una broma cada vez más incómoda) –para mí ya estás bastante delgada.
La chica lo miró de una manera extraña.
–Digamos que intento ya no comer comida chatarra –le respondió, pensativa –por salud… -luego agregó, tratando de aligerar las cosas –pero si quieres compramos unas para ti…
-No –respondió él –la verdad no se me antojan…
Y entonces vino el silencio… el más incómodo en mucho tiempo…
-¿Ya comiste? –le preguntó ella, de repente.
-No –le respondió; la verdad había pensado llevarla a comer una hamburguesa, pero algo le decía que tampoco le iba a gustar la idea.
-Traje lunch –le dijo la chica, levantando el morral, sonriéndole –Sólo encontremos un lugar cómodo.
Él la miró, un tanto confundido.
-Escuché que nunca has cooperado con NADA en ninguna de tus otras citas –soltó, sonriendo de nuevo, la otra lo imitó, encogiéndose de hombros.
-Tú no eres como los otros –admitió, y entonces la repentina incomodidad que había llegado, se esfumó –por cierto –agregó de repente –creo que comienzo a captar la temática de esto; ¿se trata de un recorrido por el pasado o algo así?
-Me atrapaste –respondió el otro –pensé que sería buena idea recordar viejos tiempos…
-¡Oh!, la nostalgia… honestamente, estoy un poco harta de ella.
-Sí… creo que yo también…
Caminaron un rato ya sin rumbo fijo. Cada lugar al que había planeado llevarla tenía un significado especial, pero, la verdad, tal vez era hora de comenzar a pensar en el futuro y dejar ir el pasado… Después de todo, había qué reconocer que ya nada era como antes… ni siquiera ellos.
-¿Qué te parece allí? –preguntó él, de repente, al mirar un parque al otro lado de la calle –se ve bastante tranquilo.
Ella por un momento parecía que iba a aceptar, pero pareció cambiar de idea de pronto.
-Tengo un lugar mejor para tu recorrido de la nostalgia –dijo.
-Creí que nos íbamos a rendir con eso –sonrió él, al tiempo que la chica lo tomaba de la mano y lo llevaba hasta una parada de autobuses –¿A dónde vamos? –. Inquirió, curioso, pero ella, meneó la cabeza.
-Ahora me toca dirigir a mí.
El chico sonrió, resignado; sabía que eso de ser el líder no le iba a durar mucho.
Subieron a un autobús y pasaron largo rato en él; cada vez que intentaba preguntarle a dónde iban, ella le ponía un dedo en los labios. A decir verdad, hacía un rato que se había imaginado a dónde lo llevaba, pero era agradable que la chica lo tocara así.
Como lo había adivinado, se bajaron al final de la ruta, donde las casas ya habían desaparecido.
-Esto es historia más reciente –se quejó él.
-Nunca me dijiste que se tratara de la prehistoria –Le respondió.
Levantó el mismo viejo cerco de púas para dejarlo pasar, él la miró, a punto de protestar; era él el que debería ayudarla, no al revés. Pero en vez de eso se limitó a cruzar al otro lado; definitivamente, eso de los roles de género nunca había ido con ella.
Caminaron por un terreno un tanto agreste hasta llegar a una verde colina, en la punta había un frondoso árbol. Aún podía verlos a ellos dos, hacía cinco años, recargados contra ese grueso tronco, en esa perezosa tarde de verano, en la que ella le había hecho aquélla declaración tan significativa, y después, aquél regalo.
El chico la tomó de la mano, ella parecía algo cansada.
-No haces mucho ejercicio últimamente, ¿verdad? –le preguntó, al ver su rostro enrojecido y su acelerada respiración.
-El que tú te hayas convertido en Tarzán no me hace una perezosa, ¿sabes? –le respondió, sonriendo –la vez pasada que vinimos casi tuve qué arrastrarte la última parte, ¿recuerdas? Y eras tú el de la idea de venir aquí.
-Sí –reconoció él –vine con mi madre aquí a recolectar plantas, y de inmediato pensé que quería estar aquí contigo a solas.
-Pervertido –soltó ella.
-Pues, según recuerdo, a usted le encantó, señorita.
-No sabía que ibas a meter tu mano en mi blusa –contraatacó ella; habían llegado al final.
-Sí –reconoció él –no debí haber desperdiciado el elemento sorpresa; debí haber esperado a que hubiera algo ahí abajo.
-Perdiste tu oportunidad –le respondió ella –si lo intentas ahora te tumbaré algunos dientes…
-Valdría la pena –respondió el otro en tono soñador.
Se sentaron debajo del árbol.
Desde ahí había una gran vista de la ciudad, que debería ser mejor de noche, aunque nunca se había quedado ahí el suficiente tiempo para cerciorarse por sí mismo… tal vez ahora lo hiciera…
-¿Qué trajiste de comer? –le preguntó él, la chica abrió el morral y sacó una bolsa con algo dentro envuelto en una servilleta, un termo y un recipiente verde con tapa.
-Sándwiches –le respondió, sacando el bulto de a bolsa y desenvolviendo la servilleta.
-Qué original –se burló él –pensé que con tu nueva dieta traerías algo más sofisticado.
-Cállate y come –le ordenó, pasándole uno.
No era simple pan blanco, era uno integral, y tenía semillas incrustadas, iba a abrirlo pero ella le ordenó:
-Sólo cómetelo.
Así que él obedeció. No era un sándwich común, no había queso amarillo ni jamón, pero sí muchas verduras… y algún exótico queso… ¿Y aceitunas? ¿Qué aderezo era ese? Definitivamente no era mayonesa…
No tenía idea qué era; sólo sabía que era delicioso.
-Receta de Olga –le dijo, mordiendo el suyo –dijo que lo había creado especialmente para mí – rodó los ojos–con decirte que tomó un curso extensísimo y carísimo de cocina saludable especialmente para crearme una dieta adecuada – negó con la cabeza.
Arnold sonrió.
-Olga te adora –dijo simplemente.
-¡También creó un calendario de todo el año con indicaciones específicas de lo que debía comer! ¡ESPECÍFICAMENTE, CADA DÍA DEL AÑO! –Soltó, ignorando la observación de él –casi le da un ataque de ansiedad cada vez que sabe que voy a comer en casa de Phoebe, o en algún restaurante; me llama cada noche, para cerciorarse de que seguí su tonto calendario… te juro que me vuelve loca…
Arnold se rió con ganas. Comenzaba a comprender por qué esta chica alucinaba a su hermana mayor.
-Te lo juro; qué bueno que casi no se lleva aquí –soltó, junto con un suspiro.
El chico tomó el termo y bebió, esperando encontrar también una deliciosa y exótica bebida, pero se llevó una ligera decepción al encontrar agua simple.
-¿Por qué esa repentina obsesión por tu alimentación? –Le preguntó… e inmediatamente se arrepintió de haberlo hecho, al ver esa cada vez más familiar sombra pasar por su rostro -¿tema para otra ocasión? –le preguntó inmediatamente.
-Por favor –respondió ella, levemente fastidiada, con la vista clavada en una nube que pasaba en ese momento, mientras le quitaba el termo de las manos y se lo llevaba a la boca.
Y entonces, una vez más, el pasado llegó a la cabeza de él; su estómago se encogió igual que antaño, cuando verla hacer eso hacía que se le subieran los colores. Siempre le había parecido que hacer eso era un beso indirecto… y también, igual que entonces, comenzó a desear uno bastante directo.
-¿Postre? –preguntó ella, cuando todos los sándwiches habían desaparecido.
-Claro –respondió él, intrigado por lo que seguía; la chica tomó el recipiente y lo abrió, había fruta cortada en tiras bañada con un aderezo rojizo. Entonces recordó algo.
-¿Es eso lo que estabas comiendo en el cine? –las palabras salieron de su boca antes de que su cerebro se diera cuenta.
Ella lo miró extrañada.
-¿Eh?
-Nada –soltó él, volteando la cara hacia otro lado.
-¿Me has estado espiando? –inquirió ella, pero el tono divertido de su voz lo hizo voltear, repentinamente tranquilo.
-Fue una coincidencia que fuéramos a ver la misma película ese día –se defendió él.
-¿Y también fue una coincidencia que me estuvieras viendo a mí en lugar de la tonta película?
-Algunas cosas son coincidencia, otras son sencillamente inevitables –le dijo, al tiempo que tomaba una de las tiritas del recipiente… y sí, estaba deliciosa también.
La chica sonrió.
-Estabas celoso –dijo.
-Sí –reconoció simplemente él.
Y ya ninguno dijo nada por un largo rato, se habían quedado mirando las nubes, sin pensar realmente en nada, sólo disfrutando en silencio de la compañía mutua. El chico, de pronto, la jaló para que quedara sentada contra él; la recargó contra su pecho, acomodando la parte baja de ella entre sus piernas y rodeándole el torso con los brazos… Ahora que tenían prácticamente la misma estatura, esto era mucho más cómodo…
-¿Vas a meter tu mano en mi blusa ahora? –Preguntó ella de repente, el chico, en su lugar, saltó alarmado; ¿era eso una invitación? –La vez pasada –explicó ella –estábamos aquí, sentados bajo este mismo árbol, en esta misma posición, y tú metiste de repente tu mano ahí…
-Ah, sí –soltó él, con una sensación en el pecho a medio camino entre la decepción y el alivio –pero eso fue porque, desde siempre, cada vez que te abrazaba sentía algo duro contra mi pecho, y quería saber qué era.
-Pudiste haber preguntado –dijo ella, pero en su voz no había ni asomo de reclamo.
-No me hubieras dicho la verdad –respondió él, y el silencio de ella le dio la razón.
Esa vez, luego de la súbita intromisión de su mano en la ropa de la entonces niña (la había tomado por sorpresa de tal modo, que de puro milagro se había salvado de un ojo morado), había encontrado ese extraño relicario con su foto; ella había estado tan apenada que casi se había desmayado, y él casi se había desmayado también, pero de lo dulcemente conmovido que se había sentido.
-Me dijiste que llevabas mi foto contigo desde los tres años… -soltó, recargando la barbilla en la rubia cabeza de ella.
-Después de tu terrible interrogatorio –dijo ella riendo quedamente –estaba tan avergonzada que creí que iba a morir… -el chico la besó –por eso te regalé ese tonto relicario, para igualar las cosas –agregó.
Arnold sonrió.
-No me lo he quitado desde entonces –confesó.
Otro cómodo silencio.
Todo le decía que no hiciera la siguiente pregunta; pero no pudo resistir. Desde la vez que había hablado con ella frente a su casillero, sentía demasiada curiosidad.
-¿Aún tienes el tuyo? –Preguntó.
Y entonces confirmó su presentimiento, al sentir la cabeza de la chica, aún contra su barbilla, darle una respuesta negativa.
-Hace años que no se de él –confesó, encogiéndose un poco –cuando… bueno… -hizo una pausa, en la que se revolvió un poco incómoda contra él, dejó salir ruidosamente el aire de sus pulmones para luego llenarlos de nuevo, a tope, y continuó: -cuando estuve en el hospital… lo traía encima… pero nunca supe qué pasó con lo que traía puesto ese día…
De nuevo, ninguno dijo nada.
-¿Pasó lo mismo con tu moño? –preguntó él después de un largo rato. Era tonta la pregunta; lo sabía, tampoco era como si a esa edad seguiría usándolo todos los días, era sólo que, cuando la había visto ese día con el listincito café en el cabello, por un momento se le ocurrió que podía haber usado su moño rosa… qué tonto…
Sin embargo, hubo otro asentimiento de parte de la chica.
-Ese día perdí muchas cosas –dijo simplemente.
Arnold hubiera deseado preguntarle muchas más cosas sobre ese misterioso incidente, pero, recordando las palabras de Gerald, decidió esperar a ver si ella sola quería hablar de eso, sin tener él qué preguntar, y como no lo hizo, decidió simplemente cambiar el tema.
-¿Sabes? –dijo –esta cita no está saliendo nada como la planeé…
-¿Te sientes decepcionado? –le preguntó ella.
-En lo absoluto –reconoció él, apretando sus brazos alrededor del delgado cuerpo de ella –, es sólo que según yo quería darte la cita perfecta… y ahora que lo pienso, en este momento, esto es mucho mejor…
-Me encantó lo del basurero –soltó ella, riéndose.
-A mí también –dijo él –hasta que quisiste asesinar a ese pobre contenedor…
-Y terminé matando a la ventana… ¿Sabes? Me extraña que no te hayas quedado a hablar con el dueño, a explicarle lo que sucedió…
-Ya no soy un niñito encantador como antes; ahora el hombre hubiera llamado a la policía…
-Ese viaje te corrompió –exclamó ella con fingido pesar –además, agregó –nunca fuiste un niñito encantador.
-¡Claro que sí lo era! –se defendió él, divertido.
La chica se encogió de hombros.
-Eras más lindo que ahora, eso sí…
-Ah, ¿sí?
-Sí, ahora sólo eres guapo…
La cara del chico se encendió de golpe.
-¿Te sientes bien? –le preguntó, poniéndole una mano sobre la frente.
-Sólo estoy siendo honesta –respondió, retirándole la mano.
-¡Precisamente por eso! –Exclamó él, divertido -¿Tú? ¿Siendo honesta?
-¡Hey, tampoco soy una mitómana! –se defendió, aunque seguía riendo.
-Por supuesto que no –le respondió –, pero no es muy común que aceptes ese tipo de cosas así como así.
Suspiró.
-¿Sabes? –Dijo –cuando pensé… bueno, cuando estaba en el hospital… me prometí que sería totalmente honesta contigo…
-¿Ah, sí? –Soltó él -¿Entonces responderás a lo que te pregunte?
La chica lo pensó un momento.
-Te responderé con la verdad, de eso no hay duda –dijo –pero me reservo el derecho de responder algunas cosas.
-Eso es trampa –se quejó, una risa ahogada fue toda su respuesta -¿Entonces por eso cortaste la comunicación todo este tiempo? –De nuevo su boca actuó antes que su cerebro… tenía qué trabajar en eso, en definitiva…
-Sólo en parte –respondió ella, al parecer, sin darle demasiada importancia.
-¿Sabes? –De pronto, sentía que debía confesarle algo, para igualar las cosas –Yo también me hice una promesa sobre ti…
-¿En serio?
-Sí… me prometí que, sin importar lo que costara, sería el hombre perfecto para ti…
-No hagas eso. –lo cortó ella de golpe, con un tono tan seco que lo asustó.
-¿Por qué no? –preguntó, un tanto preocupado.
La chica volvió a exhalar e inspirar profundamente, sintió su cuerpo relajarse contra el suyo y luego dijo, en un tono mucho más calmado:
-No hay nada peor que la perfección…
-¿En serio? –Inquirió -¿Qué tiene de malo lo perfecto?
-¿Perfecto? –Preguntó a su vez ella, aún con la cabeza recargada sobre su hombro -¿de qué rayos serviría la perfección? Se volteó un poco y trató de mirarlo; él le sonrió confundido a la parte de su ojo que distinguía por entre el cabello; la chica extendió los brazos hacia el cielo.
-Perfección son las nubes –explicó. –; Es el movimiento de los astros; un atardecer en la playa, la lluvia conectando el cielo con la tierra; las montañas… Perfección es la naturaleza, o lo que muchos interpretan como Dios. ¿Quién rayos necesita la perfección en su ser cuando está rodeado de ella? Incluso dejando de lado que para un ser humano la perfección es imposible, ¿Te imaginas si alguien la alcanzara? Sería el ser más aburrido y patético sobre la faz de la tierra –movió la cabeza enérgicamente –es el ser imperfectos lo que le da sentido a nuestra vida, tener algo qué cambiar, algo qué mejorar… en fin. Una razón para luchar cada día…
Arnold la miró, con una revoltura de encanto y admiración en los verdes ojos.
-Me encanta cómo hablas –reconoció, recargando la barbilla sobre la rubia coronilla de la chica –me pregunto qué habría pasado si hubiera podido escucharte hablar así cuando éramos niños.
-¿Mh?
-Sí –respondió él, sonriendo –si hubieras sido así de libre de niña; si hubiera podido ver en tu interior de esa manera desde que te conocí… creo que nos hubiéramos enamorado mutuamente, ¿te imaginas? Novios desde los tres años. Creo que habríamos roto varios records.-Soltó, al tiempo que la estrechaba entre sus brazos.
-No hubiera pasado –dijo ella de repente.
-¿Por qué no? –inquirió él, haciendo un vano esfuerzo por ver su cara.
-Porque no nos hubiéramos llamado la atención –explicó ella, encogiéndose de hombros, aún entre sus brazos.
-¿Por qué no? –peguntó el chico de nuevo.
-Porque no hubieras visto nada especial de mi parte –dijo simplemente.
-¿Perdón? –el chico levantó una ceja. Estaba harto de escucharla menospreciándose a sí misma.
-Mira –soltó ella, junto con un suspiro –Debes admitir algo: si hubiera sido una chica normal, pues simplemente no te hubiera llamado la atención.
-No te entiendo –dijo él, apretando un poco su agarre.
La chica suspiró, un tanto hastiada.
-Te lo pondré fácil –dijo –a ti sólo te llama la atención la gente que está un poco rota.
-¿Rota? –preguntó él.
-Mjm; toda esa manía tuya por andar resolviendo los problemas de los demás… siempre tratando de ser el bueno… tienes una manía por arreglar a la gente…
-¿Eso te incluye? –Preguntó él, un tanto molesto.
-Sip –respondió ella simplemente.
–No hay nada malo en ti –soltó él, y ella sonrió.
-Lo sé –dijo –soy perfecta…
-y terriblemente modesta –completó él, riendo. -A ver, -soltó –compruébame tu teoría; quiero ejemplos.
La chica bufó.
-¡Duraría siglos hablándote de todas las veces que has tratado de salvarle el trasero a alguien! –exclamó, con una ligera risa, el chico la siguió.
-Bien –dijo, reconociendo su derrota –dime una chica que me haya gustado que haya tratado de salvar… además de ti, según tú.
-Lila –respondió ella sin dudar un segundo.
-¿Lila? –Preguntó él -¿Qué había de malo en Lila?
La chica se soltó de su agarre y se incorporó, para clavar sus asombrados ojos en los de él.
-¿Bromeas? –Exclamó -¡Todo estaba mal con esa chica!
Arnold arqueó una ceja.
-Ya te lo dije: nadie puede ser perfecto, y no hay nada peor que la gente que se fuerza a sí misma a aparentar serlo. Lila era un maldito robot incapaz de mostrar lo que sentía o pensaba; quién era realmente, de hacer lo que quisiera ¡o simplemente rascarse el trasero cuando quisiera!
Arnold soltó una carcajada.
-Lo digo en serio –siguió ella. –Lila puede ser la señorita perfección, pero yo conozco a la reina de todas: Olga es un maldito manojo de nervios y frustración detrás de esa sonrisa eternamente inmaculada… ¡Ve lo que pasó mi madre por tratar de quedar bien con todos antes de consigo misma! –luego agregó, genuinamente angustiada –esa pobre mujer me da tanta lástima… yo sé hacia dónde va si no cambia…
El chico se quedó sin palabras. No había forma a de rebatir eso. ¿Acaso él, inconscientemente, había notado todo eso también?
-Ok –soltó él sacudiendo la cabeza. No iba a dejar ganar a Helga tan fácil -¿Y Ruth? –Preguntó él -¿Qué había de malo con ella?
La otra soltó una carcajada.
-Oh, esa Ruth –y volvió a reír –creo que, desde lejos, te diste cuenta que la pobre niña no tenía cerebro, así que querías… no sé, buscar al mago de Oz para conseguirle uno… yo qué sé.
Ambos se rieron bastante alto.
-Creo que me das demasiado crédito –dijo él, atrayendo a la chica hacia sí hasta hacerla volver a su antigua posición –yo creo que sólo me gustaban las chicas bonitas.
-¿Y qué te hizo cambiar de gustos? –preguntó.
Arnold comenzó a sentir que la sangre le hervía
-¿Qué insinúas con eso? –le preguntó.
Ella sólo se encogió de hombros.
-Eres bonita –le informó decididamente –no sólo bonita, eres increíblemente hermosa.
La chica se revolvió contra él, incómoda.
-Supongamos que eso sea cierto –declaró, enfurruñada –razón de más para que no te hubiera gustado de niña…
-¿Insinúas que no eras bonita de niña? –preguntó.
Helga se rió, pero su risa era triste; obscura.
-¿Insinúas que era una niña bonita? –soltó cínicamente.
-Oh, créeme que lo eras –dijo –tanto como ahora.
-¿Desde cuándo piensas eso? –inquirió la otra, cada vez más a la defensiva.
-Desde siempre –dijo él, y antes de que ella respingara, continuó -¿Por qué crees que me molestaba tanto tu falta de femineidad? –inquirió –desde la primera vez que te vi, pensé que eras encantadora, y cuando me di cuenta (o al menos, creí darme cuenta) que sólo tu exterior lo era, me molestó; no podía darme por vencido y pensar que una cosa tan bella pudiera ser tan mala, especialmente porque jamás podría ser mi novia en esas circunstancias…
La chica se soltó de su agarre y lo encaró una vez más, pero esta vez lucía molesta.
-¿Vas a decirme que te gustaba desde que éramos pequeños? –inquirió, totalmente incrédula.
Arnold negó con la cabeza.
-Me gustabas CUANDO éramos pequeños… luego, en algún punto del camino… me rendí –reconoció, algo apenado.
La chica lo miraba de forma extraña.
-No me gustabas en la formalidad de la palabra en la primaria –admitió él, con la vista clavada en la de ella –pero seguía pensando que había más allí de lo que querías mostrar, que detrás de toda esa acritud, eras una persona por la que valía la pena luchar.
La chica recordó entonces una vez que, en la cafetería de la escuela, estando en cuarto grado, él le había dicho que, pese a su actuación, sabía que ella en el fondo no era mala, sino que era una persona buena y con sentimientos, y que algún día no estaría tan asustaba para mostrarlos. Sus mejillas se encendieron ante el recuerdo; Ahora que lo pensaba, esa no era la única vez que había dicho algo parecido…
-Siempre estuviste allí, rondando en mi cabeza, más que el resto de gente con problemas que me rodeaba… -continuó él.
-Tal vez porque yo tenía más problemas que el resto… -soltó ella, mientras se inclinaba contra él de nuevo.
Arnold dejó escapar todo el aire de sus pulmones, para luego inflarlos de nuevo.
-Tal vez porque eras muy especial para mí aún sin que me diera cuenta –contraatacó él.
-Eso sólo confirma mi teoría –soltó ella.
-¿Eh?
-Te gusta la gente rota –repitió ella –, y la verdad, eso me preocupa un poco –lo último lo dijo ya casi sin voz.
-¿Te preocupa? –inquirió él; la chica asintió contra su clavícula.
-Que te aburras al no encontrar nada en mi qué reparar…
-Estás diciendo tonterías –soltó él, incómodo, tratando de clavar su atención en la nube que iba pasando. ¿De qué tenía forma? "De nube" le espetó el lado racional de su cerebro "concéntrate, esto comienza a desviarse tanto que puede terminar en un barranco."
-Lo digo en serio –dijo ella –tal vez, inconscientemente, llegue a hastiarte ver que ya no estoy rota.
El chico suspiró, frustrado ¿Qué diablos estaba diciendo esa mujer?
Entonces, presintiendo el peligro, trató de cambiar el tema. Buena movida.
Y recordó un punto que había quedado inconcluso en su conversación de hacía un rato antes de desviarse.
…Gran error.
…Inconcebible y garrafalmente INMENSO error…
-Dijiste que yo no te hubiera gustado de pequeño si hubieras podido ser abiertamente honesta –dijo él -¿Por qué?
La chica exhaló ruidosamente.
-Porque hubiera significado que era feliz –soltó llanamente.
-¿Y?
Si pudiera viajar en el tiempo, se habría obligado a cerrar la boca y dejar de excavar su propia tumba…
-Que no hubiera necesitado tan desesperadamente entregar todo el amor que tenía adentro y no podía darle a nadie…
…Momento. Estaba insinuando que…
-Te amaba de esa manera tan desesperada porque pensaba que eras la única persona a quien podría amar, o que podría amarme también.
Ok. No se dio cuenta en qué momento había dejado de abrazarla.
-Ahora tengo a mi familia –soltó, incapaz de mirar a los ojos que estaban abrasándola en ese momento –ya no me siento rota; así que deberías reconsiderar si aún quieres algo conmigo…
Sus ojos se habían puesto algo rojos, sus manos temblaban. Él, por su parte, se había convertido en una estatua de piedra; su cabeza viajaba a una velocidad que ni siquiera él mismo podía seguir.
Las lágrimas habían comenzado a rodar por las mejillas de ella; su cuerpo temblaba notoriamente, y entonces se puso de pié e hizo eso que tan bien sabía hacer: huir.
-¡HELGA!
La voz encolerizada del chico la hizo parase en seco. Lentamente volteó, aunque estaba aterrada de hacerlo.
-Olvidas tu morral –le espetó él, al tiempo que lo ponía nada delicadamente contra su regazo. Las manos temblorosas de ella lo asieron con fuerza –Y por favor, discúlpame –soltó, el tono tan frío de sus palabras le heló la sangre. –Perdón por haber malinterpretado esta estupidez durante tantos años –Su mirada era tan fría y aguda que la atravesó dolorosamente –, perdón por haber pensado durante todos estos años, como un estúpido, que lo que sentías por mi era real; -siseó, la penetrante mirada de él clavada en la suya, quemándola desde los ojos entornados –perdón por no haberme dado cuenta que lo que sentías por mí no era más que la proyección de lo que no podías sentir por tu familia –, gruesas e iracundas lágrimas abrasaron el rostro de él. Las de ella habían cesado por completo, se sentía incapaz de hacer absolutamente nada. –Y perdón, por creer como un idiota, durante TANTO maldito tiempo, que a pesar de la distancia y el tiempo, a pesar de tu maldito mutismo, que teníamos algún futuro juntos… que podía esperar algo bueno de toda esta mierda…
Y se dio la media vuelta y se fue como un bólido. Su cabeza zumbaba como si tuviera un enjambre de abejas ahí dentro. El estómago era una braza dentro de él y el corazón… rayos, siempre había pensado que era sólo una estúpida metáfora, pero en verdad le dolía el corazón como si unas zarpas lo estuvieran desgarrando, arrancándoselo del pecho…
"El jaguar de ojos azules ataca de nuevo." Pensó irónicamente, mientras las gruesas lágrimas le nublaban la visión, aunque no por eso disminuyó la velocidad de su marcha…
Mientras, ahí, en la verde y encantadora colina, con el brillante y largo cabello como finos hilos de oro ondeando y desprendiendo destellos dorados hacia el sol de la tarde, una linda estatua rubia, con un igualmente lindo y multicolor morral tejido atenazado contra su regazo, ahora presa de una asfixiante sensación helada y hueca, se preguntaba una y otra vez, incapaz de hacer alguna otra cosa:
"¿Qué demonios he hecho…?"
Un barranco era poco; esto acababa de caer en un maldito precipicio…
Primero que nada, quiero disculparme por el tiempo que duré en subir este capítulo, pero es que no he tenido casi tiempo libre y la verdad… pues como que los personajes no querían cooperar; así como en el anterior parecía que todos querían salir, ahora todos estaban en huelga; simplemente huían cada vez que quería escribir… creo que ya sabían lo que iba a pasar. XD
En fin. Me gustaría saber qué les pareció el capítulo, porque lo sentí un poco forzado a la hora de escribirlo, tenía tantas ideas que al final se amontonaron y me hice bolas… si no entendieron algunas cosas, en el siguiente capítulo las aclararé, aunque en verdad me gustaría que me dijeran cuáles eran (si las hubo, claro).
Y ahora, los agradecimientos: muchas gracias a todos esos lectores anónimos que no me quieren dejar su opinión (aunque eso me destruya por dentro) jeje, no se crean, es broma… T-T
Muchísimas gracias también a las valientes chicas que me dejan su opinión: Milanh, Geraldine Hatch y Sakura, su opinión es mi mayor fuente de inpiración, un abrazo a todas c: también un saludo a LunaHermosa y a romiih, aunque no me han hecho el honor últimamente de expresarme su valiosa opinión (no es que sea obligatorio tampoco, jeje…
Bueno, me despido, espero postear el siguiente en unos pocos días más, ya tengo casi todo el capi dentro de mi cabeza (tendré qué ponerle una red a los personajes para que ya no huyan esta vez, jeje). ¡Nos leemos!
